jueves, 25 de septiembre de 2008

BAJO LAS RUINAS (5ªparte)

... ¡Cómo estaba la criatura!, no lo quiero recordar. Sólo contaré que la habían hecho de todo.
El médico nos dijo que no sabía si se podría salvar, pues del estado en el que se hallaba, entre las heridas, la inanición, la pulmonía, era difícil de curar… Pero sanó, claro que sanó y su sonrisa volvió a florecer en su rostro. Tardó meses en recuperarse, tuvo, ¡pobre! hasta un aborto, pero aquella tragedia no dejó mella en su carácter. No la preguntamos qué sucedió y cuando llegó la guardia civil para tomarla declaración, dijo que no recordaba; sé que mentía. Era demasiado dolor para recordar y pasó mucho tiempo hasta que habló de ello. Justo cuando se murió ahogado uno del pueblo que iba mucho por el bar, ella musitó “Todo cerdo tiene su San Martín” Así, de esa forma tan escueta supimos quién le había hecho todas esas salvajadas. No obstante, no dejó de ser aquel caso curioso. En el velatorio de aquel hombre, que no sé qué hacía yo allí pues lo había visto tres veces contadas, una anciana trató de tapar una foto y yo, que a esas alturas, ya nada se me pasaba desapercibido, en un descuido me dirigí al rincón a ver la fotografía. Era una mujer muy hermosa. Como si Joaquín intuyera lo que estaba mirando se me acercó y me susurró al oído:
-Era la puta del pueblo tuyo, la Flori. Fueron amantes hasta que murió a manos de mi padre. Una noche, durante la guerra, la pilló robando y disparó sin saber quién era. Este pobre diablo nos la tenía jurada… Y ya ves, con quién se ensañó, con María.

La vida, como ven ustedes, es una serie de eslabones que, aunque perdidos, llega un momento que se enlazan, se encuentran y van cerrando el círculo… Curioso.
Una vez muerto el desalmado, la pedí que se casara conmigo y María aceptó ser mi esposa con la bendición del párroco. No hubo celebraciones. Fuimos diez personas escasas, pero recuerdo aquel día como precioso. La vida se estaba portando muy bien conmigo; me había dado una nueva oportunidad.
Después de la boda, nos fuimos a nuestro nido. Según arrancaba el coche, sentía los ojos escondidos tras las ventanas. Aún sigo pensando por qué nos tenían por raros, los dábamos miedo. Sé que la mente en los pueblos se estrecha porque creen que hay poco horizonte, pero si ellos supieran que están errados. Su equivocación es la falta de pensamiento lúcido.
María nuevamente se me desveló en múltiples facetas a cual más deliciosa: buena amante, ama de casa, jardinera, intuitiva. ¿Cómo lo hacía? Otro misterio por desvelar. La vida junto a ella era simple y sencilla, inundando todos los rincones con su alegría.
Juntos creamos un mundo a nuestra medida al lado de los que ya descansaban en paz y quienes insistían que les hiciéramos caso como Doña Matilda.
María que parecía conocer a todos los habitantes de 25 de Abril, una noche de diciembre mientras preparaba los adornos de navidad para colgarlos en el almendro me dijo que si no encontrábamos a Doña Matilda nos daría las navidades. Ella había sido la que organizaba muchos de los actos navideños antes de la guerra y María hacía un par de noches que había soñado con un piano y una viejecita pizpireta.
-Es ella, Manuel. Debemos encontrarla.
-¿En dónde María? Hay cuatro calles que jamás, desde que llevo aquí, he paseado por ellas, no me ha dado tiempo. Y además, ¿quién te dice que no está ya enterrada? Te recuerdo que llevo contabilizados ciento sesenta cadáveres.
-Manuel, en el libro del censo que encontraste en verano, en aquella época aquí vivían quinientos cuarenta y un vecinos. Fíjate los que nos faltan.
Esa misma noche, los pronósticos de María se cumplieron. Los rugidos, llantos, golpes en las paredes fueron infernales. Desesperado, me levanté y me subí al campanario. Con todas mis fuerzas me puse a tocar la campana. Tenía que callarlos de alguna manera y lo logré. Se hizo el silencio y las voces se aplacaron, pero, sin duda, era un aviso. Así que a la mañana siguiente, nada más que la luz despertó, María, Navidad y yo nos pusimos en marcha. Bueno también vino Paco con nosotros. ¿Quién era Paco? Un lechón domesticado. Sí no se rían. Uno de los regalos de boda fue un cerdo, pero el cerdo nos salio también raro y su comportamiento eran el de un animal de compañía, guarro, pero con hábitos no de su clase.
Era una mañana muy fría y con la niebla a ras del suelo, lo teníamos muy difícil, pero en el fondo nos gustaba pasear así. De vez en cuando miraba de reojo a María y su varicilla inspiraba el aire con verdadero placer y eso me recompensaba. Y lo bueno de Navidad es que olfateaba todo, se subía a los escombros más insospechados. A la media hora de estar andando a tientas, el perro vino con un cable en la boca. María se agachó a tocarlo y le preguntó a Navidad de dónde lo había sacado. Como si la entendiera se dio la vuelta y a los escasos segundos de un montón de adobe estaba sacando otro cable. Me dispuse a clavar la pala cuando una voz de hombre dijo.
-No levanta eso ni con una grúa. Debajo de esos cascotes hay vigas. ¿Tiene una polea?
-¿Y usted quién es?
-Es Fermín, el hijo del boticario… Buenos días, Fermín. ¿Qué haces por aquí?
-Buenos días María. Me iba de caza y me he perdido con la niebla... ¿Queréis que os ayude? Ataúlfo es buen rastreador ¿Qué buscáis?
-Algo muy agradable. Un cuerpo.
-Jajaja, con razón os llaman en el pueblo los siniestros desenterradores. Venga, vamos a ello. ¿Llevas soga, Manuel?
Y así comenzamos a remover aquello. Sudamos lo que no está escrito y cuál fue nuestra sorpresa que encontramos parte de la casa sin destruir. Simplemente estaba tapada con montones de tierra; algo inaudito.
Por un boquete del tejado me colé con una linterna. Había ratas por doquier, pero parecía que el tiempo estuviera estancado allí dentro. En el centro de la sala había un cuerpo, un esqueleto más bien aferrado a su fusil. El uniforme estaba impoluto. Decidí dejarlo como estaba y salir, faltaba el aire.
La noche se nos echó encima quitando escombros y decidimos dejarlo. Acerqué al pueblo a Fermín y me dijo que al día siguiente si no nos parecía mal, volvería. Pensé que cuatro manos son mejor que dos, así que acepté encantado. Esa noche, estuvo el soldado con su fusil dándome la noche, sólo veía su macabra calavera. No había amanecido cuando Fermín llamó a la puerta.
-Buenos días Manuel. Ha venido Melquíades conmigo. Es un amigo y hombre de confianza.
No me gustó mucho la cara del tal Melquíades, pero no quise discutir. María nos preparó el desayuno y al primer rayo, nos encaminamos a la casa encantada; así la dio por llamar María a nuestro nuevo descubrimiento mientras Paco, el cerdo, se ponía morado a cazar ratones. ¡Un cerdo cazando ratones, Señores!... Ver para creer.
A eso de las doce ya habíamos logrado entre los tres quitar todas las ruinas de alrededor de la casa y lo que estaba claro era que aquella zona del pueblo era mucho más baja. Es decir, el pueblo se me comenzaba a parecer como si hubiera estado enclavado en una especie de montículo. Y no me equivoqué.
Continuará...
PD.Foto cedida por Rafa Ruiz Moreno http://alfaguara-errante.blogspot.com/

4 comentarios:

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Continuo si contemplar ningun cambio... Pero hay una cuestión:
¿No se tendría que llamar 14 de abril, en vez de "bajo las ruinas?

mi despertar dijo...

Hermoso relato¿estás bien?
Yo madrugando
besos

Nómada planetario dijo...

Al pobre 'prota' no lo dejan descansar ni un segundo. Cuando remate su tarea le tendrán que hacer un homenaje.
Vendría bien que recibiese algún mensaje más explícito de los antiguos moradores.
El laísmo, típico de la meseta, asoma mucho en los primeros párrafos, para esa zona suena normal, pero la RAE aún se resiste a admitirlo.
Besos de finde grisáceo.

Perlita dijo...

María es ciega y manca...Bueno, también es buena amante y acompaña a todos incluído al cerdo a buscar a los muertos: ¡Jó, que utilidad la suya! Sigo escamada a ver qué final tiene tu relato, pero confieso que lo del derdo, me tiene en ascuas.
Besos