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miércoles, 1 de octubre de 2008

BAJO LAS RUINAS (El final...)

... Me sobrepuse como pude y bajé a buscar a María. Seguía sentada donde la dejé. Casi tartamudeando, la pregunté:
-Amor mío, ¿tienes algo qué contarme?
-… Manuel si lo que te preocupa es que sea un fantasma, no lo soy. Toca, soy de carme y hueso, ningún espejismo…
-Entonces, ¿quién es la de arriba? ¿Y el bebé?
-Mi bisabuela Matilda, la del piano. Arriba está mi abuela Marina y la de la cuna mi tía Pacita.
-¿Y la del retrato?
-… Te juro que no lo sé, Manuel… Todavía, pero lo descubriré, te lo juro, no te miento.
-Dime María, ¿Por qué sabes todo esto?
-Desde pequeña, sabía las cosas antes de que fueran a pasar. Pero desde el día que me pilló la tormenta…
-¿Qué pasó?
-La oscuridad me invadió, Manuel, sin embargo comencé a ver cosas. Ingenuamente lo empecé a contar y la gente me tomó por loca, rara…
-¿Qué veías?
-Al principio no lo entendía, te lo juro. Tenía la sensación cuando me quedaba sola, de ser trasladada a otra época. Veía gente, hasta hablaba con ellos y me trataban como si fuera una de ellos. Así me fui familiarizando con cada rincón de… este pueblo. Después viví la guerra. Ahí lo tengo muy nebuloso. A veces veo escenas, pero no las comprendo.
-¿Y por eso te quisiste casar conmigo, María? ¿Era la puerta para entrar?
-Sí, no… Bueno, al principio sí. Eras la única persona que me ayudaría y, al fin y al cabo, si íbamos a hablar de raros, tu comportamiento no era nada frecuente. Todo el mundo sabe en el pueblo que vives entre fantasmas y que, lejos de amedrentarte, te has sabido superar a ellos y, en cierta medida, les has ayudado.
-¿A quién he ayudado?
-A todos Manuel, a los vivos, a los muertos…, a ti mismo… Y yo te quiero Manuel, te lo juro. Ahora eres mi vida aunque quiera saber por qué yo y no otro. No sé, por una extraña razón, sé que estamos destinados a cumplir un deber, ¿cuál? Lo iremos descubriendo con el tiempo, ¿no crees?
La bese, la besé como hasta entonces no lo había hecho. Sí, era la primera persona que quería de veras y por nada del mundo la quería perder. Sentía que la debía de proteger, a pesar de saber que en muchos aspectos era más fuerte que yo.
Bien, en total dentro de la casa encontramos ocho cadáveres: Matilda, la abuela, el hombre de la biblioteca, dos soldados franquistas, el bebé y dos mujeres en uno de los dormitorios que presumiblemente trabajaban en la casa.
Mientras Fermín y Melquíades preparaban las tumbas, yo fui metiendo por riguroso orden los cadáveres en bolsas y finalmente los enterramos. Había caído la noche mientras yo daba campanadas y María nos preparaba a todos una suculenta cena.
Todos en el fondo estábamos, después de los sustos, emocionados y aunque yo tenía dudas sobre la casa encantada ya que todos la habíamos descubierto, tanto Fermín como Melquíades dijeron que esa casa sería para María y las siguientes, si las encontrábamos para ellos. Después de cenar se fueron para el pueblo y a la mañana siguiente cuando María y yo nos levantamos, vimos por la ventana que ya estaban trabajando. A ellos se había unido la hermana de Melquíades, Hortensia. Comenzábamos a ser una gran familia sin proponérnoslo.

A las dos semanas llegó navidad y venía cargada de sorpresas. Aún no ocupábamos la casa grande pues habíamos estado en busca y captura de más viviendas intactas y hasta la fecha no había dado su fruto, pero esas fechas llegaron con regalos. Obsequios nada normales.
Decidimos pasar la nochebuena en nuestra casa. María puso una mesa enorme para el boticario que, aunque con reticencias, al final claudicó y vino a cenar con nosotros. Fermín, Melquíades, Hortensia, el padre de María y nosotros.
A media noche, cuando estábamos saboreando unos deliciosos caragillos, la campana se puso a sonar, el almendro se iluminó por la luna y un eco de voces angelicales cantó al ritmo de un piano. ¿Quiénes fueron? No está bien que ustedes, a estas alturas de la historia, pregunten esas cosas. Simplemente déjense llevar…
Aquel invierno transcurrió tranquilo, con grandes nevadas que impidieron que siguiéramos excavando aunque María y yo lo aprovechamos para concebir a nuestro primer hijo.
Con el primer deshielo de la primavera, reanudamos nuestros trabajos, con ganas y alegría. Ahora contábamos con un tractor que nos facilitó mucho las tareas de desescombro. A mi suegro se le ocurrió una excelente idea: todo el material que no nos sirviera, lo amontonábamos en la entrada del pueblo a modo de montaña. ¿Para qué? Sería el monumento a los caídos de una guerra entre hermanos porque eso fue la guerra civil española.
Fueron apareciendo más cadáveres que recibieron cristiana sepultura. Ya no se separaba, como hacía yo al principio, los republicanos de los católicos. El párroco nos dijo que todos eran hijos de Dios. Y no fue hasta casi finalizar cuando encontramos una especie de palacio, por el escudo que había en el muro principal de la casa y el ayuntamiento. Ahí me emocioné mucho pues un sexto sentido me decía que podía estar perdido entre las ruinas mucha documentación, como así fue…, hasta el plano del pueblo, cosa inaudita para aquella época, pero alguien que amaba al pueblo dejó dibujado cómo era en aquella época.
En verano, estando María de cinco meses terminamos de habilitar la casa encantada y donde antes vivíamos fue cedida al dueño del tractor, Anastasio, que ya era uno más de la cuadrilla de los locos. En el mes de agosto, estando paseando Hortensia y María vieron acercarse un par de coches. Hortensia corrió a avisarnos y fuimos todos hacia el camino por donde se acercaban.
Pararon los coches y un hombre se bajó. Nosotros permanecíamos apiñados sin saber ni lo qué nos iban a preguntar ni lo qué responderíamos. Con un codazo, pasamos el testigo a mi suegro que se adelantó del grupo.
-¡Buenas tardes! ¿Se han perdido?
-No, buscamos dónde acampar cerca de un riachuelo.
-Esta zona es peligrosa, más con niños. Les sugiero que vayan camino arriba y giren como a doce kilómetros a la derecha. Verán una chopera muy agradable.
-Esto por lo que vemos es un pueblo en ruinas. No viene en los mapas.
-No, desapareció hace un montón de décadas. La gente se trasladó a quince kilómetros de aquí.
-¡Qué interesante! … Permítame que me presente, soy Carlos García y soy arqueólogo- un chasquido de fastidio se me escapó y fue oído por todos y el tal Carlos se dio cuenta-… No quisiera importunarlos, pero si puedo ser de ayuda…
-No, muchas gracias, nos apañamos bien.
-¿Han encontrado algo de interés?- el hombre se estaba poniendo pesado, pero mi suegro no quería que se notara.
-Nada que valga la pena, pero nos divertimos- en esto uno de los niños se puso a llorar y María se acercó al segundo coche.
-Ese niño tiene fiebre muy alta y pronto tendrá convulsiones-no terminó de decirlo y el niño comenzó a volver los ojos, a babear.
-Por favor tráiganlo rápido a mi caso.
Como habíamos ido poniendo los escombros para futuro monumento del pueblo, la entrada estaba cortada. Cogieron al niño en brazos y en cinco minutos entraban en la casa encantada. Lo acostaron en uno de los dormitorios y María se puso a trajinar con unos emplastes hasta que el niño se calmó a las dos horas.
Bajó al salón y todos estaban callados.
-Ha pasado el peligro. Ahora con un poco de reposo, se pondrá bien. Ese niño necesita mucho aire libre.
-¿Cuánto tiempo lleva así?
-Casi desde que nació… ¿Es usted médico?
-Soy bruja- y según terminó de decirlo, su rostro se encendió con una enorme sonrisa que provocó romper la tensión. Con ayuda de Hortensia más una de la mujeres de los coches, se pusieron a preparar una merienda en la parte trasera de la casa donde crecía una enorme parra. Una fuente de agua daba al lugar una enorme serenidad.
-Nunca he visto una casa que transmita tanta paz.
-Mi esposa y sus antepasados son los artífices- espetó Manuel.
Hacia las once, Manuel sugirió que había un cobertizo que estaban terminando y donde podrían extender los sacos de dormir y pasar la noche. Según iban, la campana sonó dejando secos a los turistas menos a Carlos, el arqueólogo que se sonrió. Yo me di cuenta del gesto y le pregunté:
-¿De qué te ríes?
-Manuel, no me extraña que tratéis de proteger este lugar. Es maravilloso. ¿os quedan muchos fantasmas?- su pregunta me dejó descolocado y sólo pude balbucear:
-¿Por qué lo preguntas?
-He leído mucho sobre este tipo de lugares-sin reflexionar, le pregunté:
- ¿Actualmente tienes trabajo?
-Sí, pero no me importaría dejarlo. Más, si mi hijo le viene bien el aire del campo.

No hubo más palabras, no eran necesarias. A los cuatro días marcharon y en noviembre, cuando estábamos recogiendo leña y castañas para el duro invierno, vimos de lejos acercarse un coche con un remolqué. Sonreí, sabía que era Carlos que volvía para quedarse. De hecho que María con el embarazo, sus dotes de clarividencia se habían desarrollado, quiso que una de las casas que se encontraron en septiembre bajo las ruinas se restaurara porque decía que pronto tendría ocupantes que aportaría a 25 de abril cosas buenas.
Nada más llegar, María se puso de parto. Llevaba fuera de cuentas dos semanas y ya todos estábamos inquietos menos ella. Con los nervios, no podía conducir, así que fue Melquíades el que me acercó al pueblo a por el médico. Cuando llegamos mis hijas ya habían nacido. Sí, fue otra de las sorpresas: en vez de una niña, llegaron trillizos, Matilda, Carmen y Rafael que, con los años, heredaron la belleza de su madre, Matilda las dotes para tocar el piano de su abuela Matilda y Carmen, su bondad. Rafael era un manitas para todo lo que se le ponía delante. Y ¡curioso! Las tres sombras que habían estado conmigo desde que llegué, al nacer los trillizos desaparecieron.
Por todos nosotros iban cayendo los años como campanadas aunque ninguno de nosotros hemos envejecido, nos conservamos extrañamente igual que al principio de nuestra aventura y, 25 de abril cada vez estaba más bonito. Pusimos nombres a las tres calles, tal como venían en los planos. Aún, hoy, veinticinco años después, Carlos sigue haciendo sus excavaciones particulares, Navidad sigue vivo. Sí, es un duende, de eso ya no nos cabe mayor duda.
Vivimos cuarenta personas en total, somos cautos cuando llega alguien aunque tenemos la enorme suerte de que nadie se queda… Nuestra leyenda sigue viva: somos los raros que surgimos bajo unas ruinas un veinticinco de abril; el año ya no me acuerdo.
PD. Gracias a Rafa Ruiz Moreno http://alfaguara-errante.blogspot.com/ por cederme sus fotos con tanto empeño e ilusión.

6 comentarios:

JAVIER AKERMAN dijo...

Un embeleso de recuerdos en esta historia que me evoca otras con sabor a diciembres y espumillón.
Un post muy costumbrista y creativo.

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Dale mi enhorabuena a Rafa Ruiz Moreno por las fotos, aunque la 4 página y la del final son la misma con la diferencia que una tiene magia y la otra no.
Un abrazo.

Kurt dijo...

Muy pero que muy bonito relato.

Me ha gustado mucho.

Un saludo

El Rincón del Relax *Beatriz* dijo...

Hola! Precioso como siempre!

Un abrazo!

Nómada planetario dijo...

Has puesto broche de oro al relato, enhorabuena por la serie.
Lo mismo daría como guión de cine.
Un abrazo de alguien que sí envejece.

Perlita dijo...

¡Ay, si me ha gustado! Una imaginación prodigiosa, la tuya. Lo de los trillizos, genial y está todo tan envuelto en ese halo fantasmagórico, que les pondria un monumento a la valentía a todos los que están y van llegando a ese pueblo porque yo no me habría quedado allí ni un solo minuto de puro miedosa quw soy.
En otro plano, me parece encomiable que en tu relato, midas por el mismo rasero a todos los que murieron en la guerra que no conocimos pero que tantas vidas de hermanos costó...
Y, Navidad...Ojala que mi perrito UFO hubiera sido inmortal, como él. No hubo suerte y menudo disgusto cuando se fue al cielo de perritos hace ya cuatro años.
¡Larga vida a tus fantasmas y a tus investigadores curiosos, Mª Angeles! Besos.