Vídeo promocional de Mujeres descosidas

miércoles, 29 de abril de 2009

MUJERES DESCOSIDAS

La estación estaba atestada de gente; parecía que regalaban algo. Empujones, pisotones y caras con gestos de estar buscando su destino. Menos yo que tenía muy claro mi rumbo: la vía cuatro a las once y treinta.
Se puede decir que estoy todo el día subida a un tren y tengo medido los tiempos que me llevan hacer una maleta, coger lo necesario que utilizaré y que llevaré a mano, el traslado de casa a la estación en un taxi, con y sin atasco; todo bajo control.
Pues bien, a pesar de eso, me corre una leve corriente eléctrica por mi cuerpo que desaparece cuando ya estoy instalada en mi asiento. Siempre al lado de la ventana y nada de esos asientos compartidos, ah, y que la ventana no queda partida. No, un amplio ventanal y un solo asiento.
Tiene gracia…, es el único lugar en el mundo en que me aíslo y me olvido de cualquier runrún que precipite mi ansiedad. Noto que mis músculos se relajan, que mi sonrisa fluye a la nada que me rodea, y que mi pensamiento se entrega al mero placer de dejarse llevar por la fantasía…
Muchas veces pienso a dónde voy, qué soy. Aunque en este apartado me entre cierta tristeza el contemplar la soledad en la que se ha convertido mi vida y yo misma. Soy benévola conmigo misma, y no me maltrato sino que trato de ser positiva. Total, lo que soy, a lo que he abocado mis pasos, nadie me ha obligado, nadie tiene la culpa; soy y voy a donde yo quiero ir y ser. Claro, eso no quita que cuando me pongo a observar a los otros que se cruzan en mi camino, un chasquido de sentimentalismo asalte en mi cerebro, y éste quiera vivir aunque sean unos instantes las vidas de esos dos amantes que se enfrascan en caricias con un fin, o la madre que acurruca en su regazo al hijo que buscó o que simplemente llegó y lo aceptó…
¿Y yo qué tengo de todo eso? Nada, no nos engañemos. Mi trabajo me absorbe, ya no tengo padres, ni nunca tuve hermanos, y los amigos nunca los mimé demasiado, con lo cual los fui perdiendo en mi trayecto, tal vez dejé a más de uno olvidado en alguna de las muchas estaciones por las que pasé, quién sabe.
… Mi defecto siempre ha sido que voy a lo mío. No paro a mirar más allá de dos segundos a los ojos de una persona. ¿Por qué soy así? Me lo he preguntado muchas veces porque la vida me ha tratado muy bien dándome siempre lo que he pedido, y cariño, compañía, no he pedido. He querido sobresalir, ser yo misma y mis circunstancias… Esto me lo dijo una de las monjitas del colegio donde viví y vivo a raíz de la muerte de mis padres “Sara has de aprender a defenderte, a ser tú misma y a que tus circunstancias nadie las maneje nada más que tú”. Sí, Sor Adelina fue la única persona que me habló con cierta sensatez mientras veía como mis compañeros iban y venían en las vacaciones y a mí nadie me iba a buscar.
Cuando el colegio quedaba abandonado, en silencio, me inventaba amigos ficticios que no me hacían sombra y me seguían como la verdadera heroína de sus vidas. A los dieciocho años y con becas comencé a despuntar en la universidad. A ver, qué remedio me quedaba, o sacaba matrículas o se me acababa el chollo…
-Disculpe… Creo que se ha equivocado de asiento-una voz me ha sacado de mis meditaciones.
-No imposible. Éste es el tres A-la voz masculina insistía aunque con educación.
-Sí. Éste es el cuatro A, el mío. El suyo es el de atrás- yo tozuda, erre que erre…
-No, yo siempre pido amplio ventanal y el de atrás está cortado.
-Ya, la comprendo, pero esta vez me lo han dado a mí- según terminó de hablar me dedico una sonrisa que me resultó a triunfo, lo cual me molestó y con gesto de desaprobación me levanté con todos mis chismes que ya los tenía todos organizados y cada uno en el sitio que debían estar.
-¡Gracias!- por supuesto no le contesté y, una vez organizado de nuevo todo mi avituallamiento, me volví a sumergir en mis pensamientos…

… Al terminar la carrera, me dieron un puesto en la cátedra de derecho canónico un puesto y fue cuando comencé a viajar de una universidad a otra. No tenía casa. Desde que recordaba, nunca la había tenido así que no podía echar de menos algo que no había conocido. El colegio siguió siendo mi hogar, mi habitación mi mundo y pagaba a las monjas por los servicios prestados… “¡Qué frío e impersonal suena ésta última expresión, Sara!”, me dije, pero así, en resumen, era mi vida, fría e impersonal. No tenía más que destacar. Treinta y seis años y no poder contar nada más… Me he deprimido de repente. Me he sentido hueca, vacía. Ni las imágenes cortadas que se me han aparecido por el ventanal han distraído el lenguaje del silencio atronador que me ha invadido de repente…
-¿Un café?-he levantado la vista y ahí estaba el ladrón de mi asiento brindándome la mejor de sus sonrisas.
-No…, gracias- le he contestado cortante, sin brillo en mi respuesta.
-Tal vez la venga bien. Venga, anímese- ¿por qué me decía que me animara? ¿Tan espejo era mi expresión que se me escapaba la tristeza por la comisura de mis rasgos faciales?
Me he levantado como una sonámbula y, según caminaba por los pasillos del tren, me he dado cuenta que tenía el rostro húmedo. ¡Qué vergüenza!, había estado llorando y el hombre le había dado lástima; lo último que quisiera en esta vida es dar pena, y menos a un desconocido que va regalando sonrisas. Seguro que era “un asalta mujeres”, un ligón profesional; segurísimo.
-¿Con leche, cortado?
-Menta poleo-¡hala!, para qué voy a ser amable… Qué asco me doy a veces.
-Voy a Córdoba y, ¿tú?-tuteándome, esto es el colmo. Claro, no soy una anciana y hoy en día la gente se trata con más familiaridad… “Sara, por favor, sé un poco amable”, me dije.
-A Sevilla-mentí. Igualmente iba a Córdoba. Primero de trabajo y luego ya me quedaría un par de días en las fiestas de las cruces. Había oído hablar mucho de ellas.
-¡Lástima!, me había hecho ilusiones de conocer a alguien en Córdoba. Llevo fatal viajar solo, no me gusta- “¿Y a mí qué me importa?”, pensé.
-Estar solo tiene sus ventajas. Nadie te molesta, ni te incordia y haces lo que te dé la gana- “Pero que borde eres Sara, así cómo no vas a estar sola, hija mía…”Me volví a decir.
-Sí, es cierto, pero es mejor compartir aunque de vez en cuando acarree contrariedades- “¿Compartir? ¿Qué es eso?” Me pregunté extrañada del vocablo, como si nunca hubiera oído esa palabra.
De pronto, el tren dio un frenazo y paró en seco. La menta poleo y el café se abalanzaron encima del hombre; no pude reprimir la carcajada. El traje quedó hecho un cuadro. Y él en vez de enfadarse, se puso a reír conmigo. Vamos, me pasa a mí eso y lo primero que hago es propinarle una bofetada. En cambio él, ahí estaba tan feliz.
-Me malicio que hay una avería. Han abierto las puertas. ¿Te apetece qué bajemos a tomar el aire?-no contesté. Como una autómata seguí sus pasos.
Era una mañana espléndida. Un vientecillo suave acarició mi rostro.
Todo el mundo había bajado del tren y estaba admirando las magníficas vistas. La verdad que el tren, dentro de la faena de la avería, había tenido el acierto de estropearse en un paraje encantado. Desde lo alto se veían montes de encinas por un lado y, por otro, inmensos caminos de olivos. Si no fuera por las voces de la gente, hubiera pensado que había llegado al cielo. El silbido del vientecillo, los rayos de sol, el tintineo de alguna campana muy lejana y un silencio pacífico me vino a preñar de una paz insólita.
-Ven, dame la mano. Vamos a sentarnos debajo de ese árbol-me alargó la mano y no titubeé. Se la di como si se tratara de alguien que había estado siempre a mi lado.
Nos sentamos y estuvimos un largo rato sin decir nada. Callados, saboreando nuestras íntimas sensaciones, perdidos en la contemplación de aquella belleza.
-No soy creyente y, sin embargo, cuando disfruto de estos momentos y veo semejante belleza, pienso que ha de haber un ser superior que haya creado todo esto. ¿No crees?
-No sé-contesté cortada, asustada. Nunca me había parado a pensar en un dios creador. Parecía mentira, pero así era. Vivía entre religiosas desde siempre y nunca había pensado en Dios. ¿Dónde estaba yo o la parte de mí consciente cada vez que me habían llevado a la capilla a rezar? Aún más atroz fue cuando me di cuenta que tampoco nunca había rezado aunque tenía su lógica porque si para mí la palabra dios no existía, el rezar era algo absurdo.
-¿Has rezado alguna vez?- escuché mi voz pronunciar esa pregunta y me quedé perpleja.
-Sí, ahora mismo lo estoy haciendo- contestó con una entonación como si estuviera ausente.
-Has dicho que no eres creyente-insistí.
-Cierto, pero cuando veo, siento momentos así, algo dentro de mí se pone a dar gracias.
-¿Gracias a qué, a quién?-me tenía intrigada.
-No lo sé. Sinceramente no lo sé. Hace años que me lo pregunto. Esta paz que siento en momentos así, cuando observo de lo que me rodea es algo bueno, instintivamente doy las gracias. No me preguntes el porqué ni a quién.
-Yo no sé dar las gracias ni a nada ni a nadie- me sorprendí diciendo aquello, sincerándome por primera vez en la vida frente a una persona.
Allí estuvimos casi tres horas hasta que llegó otro tren a recogernos. Se me pasó el tiempo como si hubiera sido un suspiro y me dio pena que me arrancaran de aquel lugar mágico.
Nos subimos al nuevo tren, pero no nos sentamos, nos fuimos directamente a la cafetería a tomar una cerveza y seguir charlando. A mis treinta y seis años descubriendo el placer de la conversación, de la compañía ajena más allá del trabajo, no dejaba de asombrarme. Me estaba dejando llevar por primera vez en mi vida por el instinto de un placer desconocido y qué grato era aquella sensación…

En megafonía anunciaron que nos aproximábamos a Córdoba. Ambos, sin decir nada, enmudecimos y nuestras expresiones cambiaron y nos preparamos a coger nuestro equipaje. Él no me preguntó nada y cuando estuvimos en el andén me miró a los ojos extendiendo su mano y me dijo:
-Me alegro de que me mintieras-le sostuve la mirada. Instintivamente, supe que toda mi persona estaba sonriendo, que no llevaba antifaz y que me gustaba ir con el corazón desnudo. Era una sensación nueva, esplendorosa- Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy Jesús.
-Yo, Sara- ambos nos echamos a reír y nos pusimos a andar.

¿Qué me podía deparar el futuro? No lo sabía y no tenía ninguna gana de investigarlo ni psicoanalizar mis nuevas sensaciones. Esta vez me dejaría arrastrar por la vida y aceptaría de buen grado lo que me ofreciera; era hora de aprender a vivir con todas sus consecuencias, sin miedos, sin personajes ficticios. A sentir la realidad tal como llegara, a compartir mis miserias, alegrías, yo qué sé…
Tras de mí sentí como el tren reanudaba la marcha y sin darme cuenta, noté como mis labios decían “Gracias”

8 comentarios:

TitoCarlos dijo...

Hermoso relato. Muy bien narrada la transformación de Sara.
Si vamos al campo de la realidad, resulta que lo has calcado. Hay evidencias que no se pueden negar; puede que no llegue el amor, pero si llega, caemos. Podremos jurar que no volveremos a caer, pero si aparece de nuevo, caeremos.

Un beso,

Adolfo Payés dijo...

Un gusto siempre leerte, cuando se siente en el escrito esa realidad tan ciertas en tu texto escrito.. precioso..

saludos fraternos
un abrazo inmenso
besos

ZAYI HERNÁNDEZ dijo...

muy lindo sin lugar a dudas, me he quedado a gusto...
Besitos.

El Señor de Monte Grande dijo...

Interesante relato y es verdad hay que vivir tomando lo que la vida nos da, a veces trstar de planificar el futuro nos da solo una ilusion que nada tiene que ver con la realidad.

Un beso desde MG

calamanda dijo...

Querida amiga.Tremenda realidad
la que nos traes hoy...lo importante es darse cuenta a tiempo.Es un relato muy bonito...
parece siempre que estás metida en la piel de tus protagonistas,me
encanta como describes épocas pasadas...alguien creería que las
has vivido.

Ahora voy a por "Zapatos de Raíl"
y menos mal que son dos relatos...
porque pensaba que me había perdido
al menos tres.

Hoy tengo que dedicarme a mi blog
y estoy espantada...ya sabes por lo
que lo digo...

Te envío un fuerte abrazo.

CALAMANDA

calamanda dijo...

"MUJERES DESCOSIDAS"...Es totalmente actual,de ahora...pero
también de siempre...

Un beso.

Mónica dijo...

Siempre hay que aceptar lo que la vida nos da. Me encantó tu relato.

bsss. ¡tanto tiempo! ¿no?

Bos vemos, amiga.

joselop44 dijo...

Tal vez el comienzo de un romance, duredero o no. Con seguridad es el final del cerramiento en sí misma de Sara.
Nuevamente me ha encantado leer uno de tus relatos.
Saludos