Vídeo promocional de Mujeres descosidas

lunes, 4 de enero de 2010

FLORES ROTAS

El caluroso sol va descendiendo sobre el horizonte dando una luz especial sobre la estrecha calle del Olvido que desemboca en una encantadora plaza de arbolillos y bancos de madera. Aunque la reliquia más preciada de ese rincón es la Iglesia de San Martín, una joya del siglo XVI cuyos muros son tan gruesos que sólo la voz de Dios los atraviesa. En una esquina de la plaza vive Jacinta con sus recuerdos.
Todas las tardes a eso de las ocho de la tarde, si es verano, hace de sus hechos un mismo ritual: descorre los visillos de ganchillo, sube la persiana y saca a Duque a tomar el aire. Acerca su banqueta a la barandilla y entre los geranios rojos asoma su rostro inmaculado a ver pasar la vida, a otear el tiempo que cae. Se abanica con maestría tratando de disuadir el sofocante calor y, aunque no haga calor, igualmente saca su abanico para que se sepa que ella no olvida.
Duque, un hermoso búho de ojos verdes, mira impasible las copas de los árboles y levanta su majestuosa cabeza cada vez que una ráfaga de vientecillo fresco surca por la plaza.
Jacinta le mira entre el orgullo y la angustia. Son compañeros desde hace doce años en que fue a parar el pájaro perdido al patio trasero de Jacinta. Venía con una pata herida. Pidió ayuda a “la casa grande”, rápidamente la llevaron un guante de cetrería para que el búho se posara en su mano sin hacerla daño. Lo cuidó con indulgencia y temor y, cuando estuvo sano, lo soltó. El animal voló por encima del tejado, pero a la mañana siguiente cuando Jacinta salió a regar sus hortensias, allí estaba Duque en un rincón con los ojos cerrados; nunca se volvió a ir. Y eso que Jacinta no lo tiene atado, sólo cuando hay visitas.
Últimamente piensa, cada vez que va al médico, que si a ella le pasa algo qué será de Duque y de sus flores. Y es que la enfermedad avanza, camina sin piedad hacia su destino y aunque la vida no la ha tratado con cariño, Jacinta ha sido feliz a su manera.

Contrae la respiración; ya salen de la novena del Carmen y pronto aparecerá él agarrado como siempre al brazo de Tomasa, su mujer. Es la ilusión de cada día, ver cómo alza al vuelo su mirada furtiva parándose unos segundos en el balcón de Jacinta. Un lenguaje sin palabras, silencioso, pero repleto de signos. Treinta y dos años así, buscándose sobre las horas, guardando distancias, que nadie diga nada. Ya ellos se lo dicen todo.
Manuel se para al unísono que su mujer y comienza a dar vueltas a su boina, la de toda la vida. La mima, la acaricia y siente que es como tocar a Jacinta y quiere que cada vez que se cruzan que ella lo vea y él nota que el abanico sigue agitando sus amores. Ni un solo día ha dejado de pensar en ella. Ha sido padre, esposo, hijo, todo lo que le han pedido y de manera ejemplar. Pero en sus cavernas íntimas nadie pasa, es lo único que le queda y está lleno de Jacinta, la modistilla del pueblo.
Él era un rico terrateniente, de una clase especial que sólo se roza, se junta y se multiplica con los de su misma clase. Ella, Jacinta, pobre de familia, heredó la profesión de costurera para los ricos y, en uno de sus trabajos acompañando a su madre, conoció a Manuel. Fue lo que se decía entonces “flechazo a primera vista”. Nadie se dio cuenta exceptuando la madre de Manuel que trató de evitar a toda costa lo imposible. Hasta pensaron en escaparse, pero antes de que aquello sucediera, a él le mandaron a ultramar a supervisar las posesiones de la familia en Manila. Manuel escribió largas cartas de las de ayer en las que la prosa se queda parada en cada recoveco tratando de decir hasta el suspiro que no se ve, pero se siente. Cartas en las que se palpaba en cada palabra el devenir diario, el amor solapado. De todas aquellas epístolas durante dos años, Jacinta pudo rescatar tres, el resto fueron interceptadas. Fueron suficientes para que la llama siguiera viva. De castigo, el padre de Jacinta se quedó sin trabajo y Jacinta preñada del hijo prohibido. Dicen que nació muerto.
Cuando Manuel volvió, vino con el botín más preciado para su madre: una esposa a medida, hija de un hacendado español en Manila, Tomasa.
El ayuntamiento que estaba muy agradecido al padre de Manuel por todo lo que hacía por ellos, les preparó un recibimiento acorde con su escalafón social. Todo el pueblo fue invitado a una verbena popular y hasta se renovaron los votos los recién casados en la iglesia de San Martín. Por la calle del olvido subieron los pomposos novios en el momento que Jacinta volvía de hacer entrega de un pedido en el pueblo de al lado. Bajaba canturreando encima de su pollino cuando la multitud la sorprendió.
Así se enteró de su destino en la calle del Olvido, esa calle que nunca olvida, que baja al mar y por la que vuelan de vez en cuando algunas gaviotas despistadas que lloran más tarde en la pequeña plaza.

Don Inocencio, el párroco, cuyos años son todos más los que ha olvidado, está contento. Su pequeño Guillermo cumplió votos y es quien le sustituirá. Don Inocencio mira con orgullo al chaval que posee la dulzura y la bondad de una madre a la que nunca conoció. De sobra sabe que hará bien su trabajo y, aunque el silencio ya le pesa, duda si seguir callando o hablar de una vez a esa madre que se asoma cada día a ver al padre que sigue en la inopia del fruto de un amor interrumpido.
Una mañana de invierno, hacía veintiocho años, llamaron a su puerta; aún no había amanecido. Salió su ama de llaves y encontró un bulto con un sobre. Al agacharse, vio unas diminutas manitas cerradas, haciendo fuerza por no llorar, por templar el frío. Lo cogió rápidamente y se lo llevo a Don Inocencio que en ese momento tomaba su tazón de leche.
Abrió el sobre que iba dirigido a él y encontró unas escuetas palabras en las que le indicaban que se devolvía a Dios el fruto del pecado. No debía comentarlo a nadie y olvidarse del asunto. Junto a las palabras, un buen fajo de billetes para la manutención de la criatura. Don Inocencio una vez mirado a ver si era niño o niña alquiló un ama de cría para los primeros meses y el niño comenzó a crecer como la espuma y llenar de alegrías y satisfacciones al padre putativo. Le bautizó con el nombre de Guillermo en recuerdo a un hermano que murió en la guerra.
Cada año en las mismas fechas, llamaban a la puerta a la misma hora. Antes de abrir ya sospechaban quién sería. Mejor dicho, quién no sería, pues sólo encontraban el sobre de rigor con dinero y un brevísimo texto dando las gracias y que guardara silencio; año tras año, la misma historia.
Cuando ya Guillermo se ordenó sacerdote, pensó Don Inocencio que el dinero y el mensaje pararían, pero se equivocó. Tres años llevaba Guillermo en el pueblo y el dinero seguía llegando. Con la ayuda de Jacinta habían creado una especie de casa para ayuda del desfavorecido. Jacinta se vio alagada que el joven sacerdote hubiera pensado en ella. Dios era muy listo, pensaba Don Inocencio. El establecer lazos invisibles entre el hijo y la madre, ambos ignorando quiénes eran realmente.

-Jacinta, ¿me acompañas esta tarde a llevar estos alimento a casa de Anselmo?
-Sí, pero no quiero, Padre Guillermo. Les tiene mal acostumbrados. ¿De dónde viene ese orgullo mal entendido? ¿Acaso es malo aceptar la bondad de otros? Que vengan a esta casa, como hacen todos. Además, hoy vendrá Casimira a leerme el último capítulo. La hace ilusión saber que ella misma ya sabe casar letras y, ¿cómo la voy a quitar ese capricho?
-¿Ves Jacinta? ¿Quién mal cría a quién? Estamos hechos del mismo paño.
-¿Don Guillermo sabe que podría tener un hijo de su edad? Se me murió… Si viviera sería bello como su padre.
-¿Eres viuda? Nunca nadie me dijo nada. Casi me he medio criado contigo y no conocí varón a tu lado.
-Es una larga historia, Padre, secreto de confesión.
-¿Quieres que nos vayamos al confesionario y me la cuentas?
-No sea tonto, Padre… Me hace gracia, es usted un cotilla.
-¡Ah! Y ¿tú no lo eres? Escuchas y callas, pero escuchas mucho.
-Jajajaja…
-Buenos días, ¿interrumpo, Padre?
-No, Doña Tomasa. ¿Qué la hace por aquí, tan temprano?
-Vengo en busca de ustedes dos. Mi marido, Manuel, hoy se ha levantado indispuesto y me ha pedido que desea confesión.
-¿Qué le pasa?-la voz de Jacinta es un hilo casi mudo envuelto en angustia.
-Nada de preocupar. Seguro que es un frío de verano, la maldita manía de ponerse entre corrientes para aliviar el calor. Pero le ha dado por pedir confesión y con Don Guillermo. Por cierto Jacinta, su búho está en la ventana de mi dormitorio, no hace más que mirar a mi Manuel.
-¡Ay, Dios mío! Disculpe usted, ahora mismo voy.
-Sí, porque tengo a la servidumbre atemorizada y ya he pescado a uno tirándole piedras.
--Sí, sí, ya me voy. ¡Adiós, buenos días!
Jacinta salió como alma en pena. Subió a casa a buscar el guante de cetrería para rescatar a Duque y montándose en su burro tomo el camino de la ermita que era el más directo para llegar a la casa grande.
Jacinta seguía la costumbre de muchos del pueblo de montar en burro. Ahora ya era casi una especie a extinguir con lo que el ayuntamiento anualmente les daba una pequeña manutención para estos animales.
Cuando llegó a la casa grande, se apeó del pollino y una vez saludado a dos sirvientes que encontró en el jardín, se puso a silbar a Duque. Ella no sabía en dónde estaba la habitación de Tomasa y Manuel, la casa era demasiado grande y caminaba intimidada, sintiendo que algo estaba violando. Al rato, Duque soltó uno de sus sonidos que orientó a Jacinta. Cuando llegó le vio en la poyata de una ventana que permanecía entreabierta. Se quedó parada un instante. Sabía que detrás de aquellos visillos que se movían graciosamente estaba Manuel.
Repitió el nombre de Duque, pero no la hizo caso hasta que una sombra se acercó a la ventana.
-Duque baja, tu ama te ha venido a buscar. Anda, vete.
El búho como si hubiera entendido las palabras, voló a la mano de Jacinta. Ella levantó la vista hacia la ventana y dio un gracias que casi fue un susurro para, a continuación, preguntar a Manuel.
-¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
-Me voy haciendo viejo y quería que me vinieras a ver- terminó la frase con una enorme sonrisa y Jacinta sintió todo el fuego en las mejillas.
-Espera que bajo, Jacinta.
Al cabo de un par de minutos, uno de los ventanales se abrió y apareció Manuel. En su rostro llevaba colgadas unas grandes ojeras y una barba de dos días sin rasurar.
-Te acompañaré un poco el camino si me permites Jacinta. El aire del mar me vendrá bien.
-No creo que sea procedente, puede dar lugar a murmuraciones.
-Ya está bien Jacinta, estoy arto. Toda la vida igual. ¿Cuánto nos queda de vida, Jacinta?
¿Dos, tres, veinte años? Es hora de vivir en paz con nuestras conciencias. Hemos sido buenos cristianos, yo creo que buen padre, esposo e hijo. Ahora quiero algo para mí. ¿Qué hay de malo que baje por el camino contigo y miremos al mar mientras caminamos?
Jacinta calló, era demasiada dicha para perderla en discusiones tontas

4 comentarios:

Albino dijo...

Cuando te pones seria eres una gran escritore, Este es un relato lleno de ternura. Pero ello no desdice lo divertido de tus personajes Lola y Magui Pili a las que adoro.
Un beso

Pilar Moreno Wallace dijo...

En una palabra: precioso.

Néstor Luis González dijo...

:o
Besos.

Juan Antonio dijo...

Cada dia que voy conociendo tu obra me pregunto como es que no estas en lo mas alto.me gusta mucho como escribes y ese transfondo bonachon que tienen tus relatos.Sabes sacar el alma a las cosas y eso es un don divino.Esa ternura de la madre con su desconocido hijo ,esos hilos invisibles que nos unen a personas especiales ,esa libertad final de caminar mirando al mar...
Me gusta mucho, si señor , mucho,mucho...