En algún rincón de la plaza de los Chisperos se oyen las campanas de la Concepción que llaman a maitines. Es veinticuatro de diciembre y la noche sigue paseándose por las calles que no duermen. Madrid, aunque no es Nueva York, esta ciudad de Austrias y Borbones, tampoco duerme si bien sueña que el rebaño de barrenderos, putas, alcohólicos y drogadictos se acerca al portal de Belén en la puerta de Alcalá mientras una estrella le guía. La niebla se ha pegado al asfalto y las farolas de luces de mantequilla apenas dejan ver más allá de unas botas por donde asoman los dedos de Emilio. Él ya está acostumbrado al frío, a dormir a la intemperie. Lleva haciéndolo quince años, justo desde que se quedó sin trabajo y su mujer, Elisenda, una santa por cierto, harta de borracheras y trampas, le echó de casa. Desde entonces vive de la caridad y del vino. Es feliz a su manera y piensa que hay aún gente buena que se apiada de un borracho. No obstante, cuando empezó la profesión de vagabundo, los profesionales de su mismo gremio eran serios y respetuosos y, aunque perdieran la conciencia por el alcohol, jamás se robaron unos a otros. Pero los tiempos han cambiado y si Emilio se despista, le roban hasta la honra sus propios compañeros. Ahora, por ejemplo, está sin manta y con unas botas rotas que no son suyas; mientras dormía, otro borracho le hizo el cambio. Fue a la iglesia a hablar con don Damián, el párroco, hombre curtido en personajes no queridos por la sociedad, pero éste no le creyó. Sin pestañear le contestó “Emilio, no te gastes, has vendido la manta y las botas por un cartón de vino” Y con las mismas salió de la iglesia, compungido y cabizbajo porque él era un borracho, pero no mentiroso.
Emilio trata de buscar entre la niebla a Conrado, su compadre, pero no le ve. Se acerca a su banco y agita su espalda para que se despierte y se vayan juntos a la iglesia; allí estarán calientes y seguro que don Damián, al terminar los maitines y la misa, les da un cafelito con panecillos. Pero Conrado no se despierta; Emilio se preocupa. Le vuelve a mover y cuando el cuerpo se voltea, ve la expresión de su compañero distinta. La piel canela se ha pintado de violeta y por su boca se escapa un hilillo de sangre.
Emilio acerca su oreja al pecho de Conrado y oye débilmente el tic-tac del corazón. Suspira aliviado aunque al segundo la preocupación vuelve a su ánimo. “Emilio, Conrado está mal, muy mal, pide ayuda… ¿A quién voy a pedir ayuda? Con la que pela, ni la policía patrulla hoy… Pues a don Damián… Pero si está dando misa… Vete al altar y dile que una oveja descarriada se la quiere llevar el diablo, ya verás como viene…” Todos estos pensamientos se disparan en la cabeza de Emilio mientras se quita el abrigo agujereado para tapar a su amigo; después corre hacia la iglesia. Justo en el momento que entra Emilio, el sacerdote está levantando el cáliz. Pero a Emilio esto le da igual. Corre peligro el único amigo que tiene en este mundo. Los dos son dos diablillos alcoholizados, pero sabe que Dios no les abandona a pesar de lo que muchos crean.
-Padre, Padre, deje la Hostia y el Vino, que a Conrado algo le pasa.
Su voz retumba en la iglesia. Las diez personas que están asistiendo a misa se le quedan mirando como si observaran al mismísimo Satanás; las voces angelicales de las monjas enmudecen.
-¿Qué miran? Menuda fe la suya, menos rezos y más caridad.
Don Damián corre con Emilio al banco de la plaza de los Chisperos; saca del bolsillo de la sotana el móvil y marca el 112.
-Tranquilo, Emilio, ya vienen para acá, hijo.
-… Ya no hace falta, Padre. ¿Ve? Está nevando… Mire esa luz que asciende al cielo, es Conrado que va a dar un trago vino al niño Dios para que no pase frío.
… Sigue nevando bajo el cielo de Madrid. A lo lejos se escuchan las voces de las monjas de la Concepción que reciben en el portal de Belén a las almas perdidas; para el Niño Dios también son sus hijos… tal vez, los más queridos.




1 comentarios:
me cae muy bien teniendo ya la navidad a la vuelta de la esquina.
Abrazotes!!
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