sábado, 9 de noviembre de 2013

EL SEPULTURERO

La piqueta al hombro, El sepulturero, Cantando entre dientes, Se perdió a lo lejos La noche se entraba, Reinaba el silencio; Perdido en las sombras, Medité un momento: “!Dios mío, que solos Se quedan los muertos!” Gustavo Adolfo Bécquer

Jacinto mira al cielo; amenaza lluvia aunque eso no le molesta. Lo que de verdad le fastidia es ese viento que muerde zascandileando todo lo que encuentra a su paso… Y le duele porque su trabajo se va al carajo. No es que los muertos salgan volando de sus tumbas por el maldito aire, no, ya que él hace muy bien su trabajo. Son demasiados años…, desde los quince y ahora tiene cincuenta y dos. Aprendió el oficio de su abuelo, y más tarde de su padre con el que  trabajó codo con codo hasta que se murió;” Es una labor que lastras hasta que te  abandona la vida” piensa mientras recuerda la tarde en que cambió su vida para siempre… “Las campanas de la iglesia de San Esteban tocaban a muerto. Eran las cuatro y media  cuando la comitiva alcanzaba el último tramo del camino de cipreses. Marianico, mi aprendiz, y yo estábamos dispuestos en el nicho correspondiente. Éste era de nueva creación, rondando los cuatro meses. Unos forasteros lo habían comprado llegándonos el rumor de que debía ser un lugar concreto del cementerio; por lo visto don Pascualón, el alcalde, al principio se negó en rotundo, pero como los forasteros le untaron con unos buenos cuartos, al final cedió. Nadie conocía a la familia, y todo eran especulaciones pero, de verdades a ciencia cierta, nada de nada, hasta ese día nueve de noviembre. No hacía malo para ser la época de hoja amarilla y frambuesa,  y el cielo estaba pintado de un gris vaporoso, se me antoja pensar,  ahora,  hasta que era de un azul tan dulce para, así, acompañar a la niña. Porque la finada era una joven de no más de dieciocho años, una flor demasiado hermosa para sesgar su vida. No la trajeron en carruaje sino en andas. Un féretro de caoba con un crucifijo de marfil en la tapa. Don Severino hizo un responso conmovedor antes de que Marianico y yo pusiéramos las cuerdas alrededor de la caja. De pronto, el cielo oscureció trayendo la noche hasta el cementerio y comenzó a desplomarse de aquellas nubes negras una lluvia rabiosa, hecho que espantó a los que rodeaban el nicho hasta el punto de quedarnos solos mi aprendiz y yo.  Azuzados por un vendaval silbón y la lluvia furibunda proseguimos con nuestro trabajo y, al ir a ajustar las cuerdas, me di cuenta que la caja no estaba bien cerrada así que procedí a ajustar el cierre cuando,  de repente y por el maldito vendaval, la tapa salió volando como alma que lleva al diablo, al igual que Marianico que, del susto, salió corriendo… Y es cuando la vi por primera vez. El cuerpo estaba tapado con una sábana que se empapó rápidamente de agua dejando casi al descubierto el rostro de la muchacha. No pude contener las ganas de descubrir del todo aquella carita blanquecina con tintes amoratados. Aún conservaba el rictus de una sonrisa y su gesto era tan plácido como una noche de verano. Volví a tapar, de nuevo, su faz y, dejándola a la intemperie fui a buscar la tapa…, pero no la encontré. Lo juro, había desaparecido. Tan solo encontré el crucifijo y con él volví a la tumba más, sola estaba la caja y ni rastro de la chiquilla.

De esto ha pasado ya una década, nadie ha vuelto a poner una triste flor en época de difuntos, ni siquiera en su aniversario. En la losa versa tan sólo “Almudena, viniste para volver al cielo”, ni siquiera fecha.
A la mañana siguiente de aquel fatídico día procedí yo solo a enterrar aquella caja sin tapa; dentro acomodé el Cristo de marfil y, desde entonces Almudena y yo nos dedicamos al oficio de sepultureros… Nuestro amor será eterno”

1 comentario:

Sara dijo...

Espero que en algún momento tengamos la posibilidad de viaje y disfrutar para que en algún momento tengamos la posibilidad de escribir cosas lindas como estas quizas estoy pensando en tomarme un pequeño tiempo libre y buscar Vuelos a Los Angeles