Vídeo promocional de Mujeres descosidas

jueves, 7 de febrero de 2008

ÁLBUM INACABADO


La mente humana es retorcida, sádica y sedienta de sangre ajena. Sólo, cuando logras rozar su fibra más sensible, te das cuenta que debajo de esas capas de alcachofa, late un corazón, sobreviven los restos de un naufragio humano.

Por encima de la mesa navegan retazos de vidas que me eran ajenas, y sin embargo, después de meses, ya son parte de mí.
El bombero, el estudiante, la señora de la limpieza, la ucraniana en paro, el programador, la esposa, el marido, un ATS… me miran expectantes. Están convencidos que jamás acabarán sus historias particulares, pero depositan en mí, como en otros muchos, la responsabilidad de recordarles, de hablar de lo que pudo ser y no fue. Su sangre no ha de correr en vano, sus móviles no cejarán en su empeño de sonar mientras su recuerdo esté entre los vivos.

Me pregunto por qué he de hablar de un dolor que muchos desean olvidar. Juan me susurra que sintió rabia e impotencia, pero que nunca se volverá a sentir tan cercano a otros como aquellos días en que se subía al metro y palpaba que la persona que estaba sentada a su lado, cuidaba y se preocupaba por él.

Jesús me mira de una manera rara, entre el dolor y la resignación. Me cuenta que una extraña se abrazó a él. Después, secó sus lágrimas depositadas en el rostro de él y dijo: estás vivo.
Por lo visto le conocía; él jamás reparó en ella. Durante quince años había pasado por su lado sin fijarse en la mujer que fregaba el suelo cada la mañana. Cuando acabó de hablar con ella, Jesús comprendió que todos formamos parte de la vida de otras personas, y que, de alguna manera, somos necesarios para ellas.

Fernando busca algo en su cara que no encuentra. Desiste; está triste. Cualquier ruido le estremece. Aquel día oyó un estruendo; creyó que él mismo había estallado, pero aún tuvo tiempo para mirar hacia su derecha. Su hijo Julián dormía abrazado a su carpeta; por la nariz se escapaba un río rojo.

Podía seguir hurgando en la herida pero no quiero.
Me llamo Daniel, cuenta cuentos de viajes. Siempre iba con mi fiel compañera, Macarena.
A decir verdad, sólo existíamos en la imaginación de nuestra escritora. Ella decidió rendir tributo y desprenderse de mi adorada Macarena.
Desde entonces, mi idiosincrasia personal ha cambiado. Soy viudo, sigo viajando y contando lo que mis sentidos expresan a mi corazón. Pero, como muchos, aunque Daniel sea ficticio e imaginario, ya no ha vuelto a ser el mismo desde aquel día en que las entrañas de Madrid rugieron al espanto, al dolor sordo.
Ahora, pienso que no siempre se ha de escribir del derecho, también del revés se leen las cosas, y, a veces, con más claridad. Estoy seguro que en el dedo corazón tengo clavada una espina, que, al teclear, duele. Sin embargo, es una tortura dulce y cadenciosa. Hogaño, mis viajes tienen un sabor especial entre el azahar y la lluvia, entre la nostalgia y la tristeza. Macarena ya no está aquí, aunque pienso que puede estar posada en la rama de un naranjo, o, quizá, mirando tranquilamente las aguas del Guadalquivir mientras cae el sol sobre la Torre del Oro. No he podido evitar el recordar aquel soneto de Neruda que decía:“Desde hace mucho tiempo la tierra te conoce:eres compacta como el pan o la madera, eres cuerpo, racimo de segura sustancia, tienes peso de acacia, de legumbre dorada.Sé que existes no sólo porque tus ojos vuelany dan luz a las cosas como ventana abierta, sino porque de barro te hicieron y cocieron en Chillán, en un horno de adobe estupefacto.Los seres se derraman como aire o agua o fríoy vagos son, se borran al contacto del tiempo, como si antes de muertos fueran desmenuzados.Tú caerás conmigo como piedra en la tumbay así por nuestro amor que no fue consumido continuará viviendo con nosotros la tierra.”

Mi álbum, como el de ciento noventa y dos personas más, se encuentra inacabado. Trescientas sesenta y cinco instantáneas le faltan a cada uno desde el 11 de marzo del 2004.

1 comentario:

Common People dijo...

Mª Angeles, no somos tan especiales. Me gusta que sientas al ser humano como lo sientes en estas palabras. Pero no quiero enfadarte, no son 192 personas, Mªangeles, son miles y miles. 5000 chinos a la silla electrica, 47 afganos por los aires, siete niños muertos en las minas de colombia, mujeres violadas en africa, un iraki que ve como matan a su familia o un indio que un dia, su cuerpo dice basta, por falta de alimento. Lo que pasó en Atocha, fue terrible, pero hay tantas cosas terribles...¿por que hacemos diferencia? ¿que tiene el joven que iba a la universidad ese dia en atocha que no tenga un iraqui que ni siquiera iba a la universidad porque...no tenia?. Pero te repito que me ha encantado que hables de corazon y sentimiento. Todos lo tenemos, el problema es que nuestros miedos nos hacen debiles, cometemos errores por eso. Por algo somos humanos. Seguiran pasando cosas como esta... por eso solo se puede hacer una cosa, respetar y valorar.

Besos, amiga filosofa.