martes, 20 de marzo de 2018

REGALO DE CUMPLEAÑOS

Carmen mira sus zapatos, ¡por fin!, no se lo cree aún, pero su hermano José lo hizo posible. Todos los días desde casi un año pasaba por aquel escaparate, se paraba, los manoseaba con la mirada hasta que un día entró con el rubor que le caracteriza y se los probó. Incluso se los enseñó a su madre, pero ella los tachó de caros, feos y que el dinero estaba para otras cosas. Y era verdad, su madre limpiando casas, su hermano de camarero cuyo sueldo casi se basaba en las propinas y estas habían descendido considerablemente, y Carmen, se pagaba sus estudios con un par de clases semanales a dos niños del barrio, casi tan pobres como ellos, más las becas que se iba ganando a pulso. Total, los zapatos seguían en la tienda y en los sueños de Carmen.
Pero esta mañana, desayunando los tres cuando el alba se cuela por la ventana de la cocina, un paquete con gran lazo la esperaba. Lloró, rió, se abrazó a su hermano, a su madre y no supo qué decir.
-Carmen, hoy cumples dieciocho años y tengo yo también un regala para ti-dijo su madre muy ceremoniosa- Vete al tercer cajón de mi cómoda y ábrelo- Carmen con sus soñados zapatos en la mano voló, su madre y hermano fueron detrás de ella.
Carmen se agachó y abrió nerviosa el cajón. No veía nada si no un papel de seda extendido. Se quedó parada, no entendía. Su madre al darse cuenta se agachó y le explicó
-Nuestra familia no fue siempre pobre, ¿sabes? Cuando se cumplían dieciocho años se regalaba una mantilla y su peina.
-¿Para qué?-Carmen no entendía nada.
-Pues para ponérsela en actos importantes religiosos como el jueves Santo. En la época medieval significaba la virginidad de la muchacha.
-Mamá, tú sabes que…-el pudor de Carmen le impidió terminar la frase.
-Tranquila, hija… En s. XVII comienzan a utilizarse las mantillas como las conocemos hoy, y  su mayor auge fue con Isabel II, era muy aficionada a los encajes que se hacían en Cataluña tanto negros como blancos. En la segunda mitad del s. XIX adquirió su máximo esplendor cuando durante la regencia de Amadeo de Saboya las damas de la corte y la aristocracia las utilizaron para desafiar a ese rey italiano cambiando los sombreros por la mantilla para ir de paseo. Aquella revolución femenina se llamó la conspiración de las mantillas.
-Ya, cuánto sabes de este aparato-Carme lo decía sin atisbo de emoción.
-Y esta es la peina para sujetarla. Es de carey y muy delicada su conservación. No me explicó cómo ha llegado intacta. Las dos cosas son de valor incalculable, Carmen.
-Pues vendámoslas-contestó Carmen impetuosa.
-No, hija, si lo podemos evitar. ¿Sabes? Perteneció a tu bisabuela, luego pasó a la abuela Carmen, después a mí y, a partir de hoy a ti.
-¿Y qué hago yo con esto, mamá?
-Es tuyo. Yo nunca me la puse, me parecía una ostentación en los tiempos que viví y vivo y me conformé con mirar este pequeño tesoro que heredé.
-¡Ah!-Carmen captó el sentimiento de su madre. Después miró sus zapatos…-Mamá, ¿esto se lleva con vestido negro, verdad?
-Sí, pero por debajo de la rodilla, cuanto más simple y discreto sea mejor. El único detalle que permite son unos pendientes largos porque son los que mejor quedan con la mantilla, Se les suele llamar pendientes de la Virgen porque son del estilo de las Vírgenes de Gloria-Carmen hablaba con devoción tal como lo hizo su madre con ella trasladándola una tradición para que no se perdiera.
-Mamá, José, ¿me haréis el honor de acompañarme el Jueves Santo a recorrer las siete iglesias como le gusta a mamá hacer todos los años? Me vestiré por mi bisabuela, por la abuela y por mamá…
Carmen era tan feliz con sus zapatos nuevos que fue incapaz de que su madre no lo fuera.

miércoles, 14 de marzo de 2018

AL OTRO LADO DEL TIEMPO


Poner punto final a un capítulo de tu vida por las razones que sean siempre es duro. Es desprenderse de una parte de ti mismo para bien o para mal, y depende de las circunstancias poner fin es liberador.

Cuando escribí el último renglón de “Al otro lado del tiempo” sonreí. Habíamos pasado juntos dieciocho meses, luego seis más corrigiendo y, una mañana de esas que amanecen los pajarillos trinando alocadamente, anunciándote que hoy puede ser un gran día, posé mis labios en la pantalla, la besé, la volví a sonreír y di al botón de “Enter” y se fue volando como esos pajarillos a manos de Basilio Rodríguez Cañada mi editor.

Meses después, apenas hace quince días, cuando la presenté en sociedad, yo seguía sonriendo, esteba segura de mi nueva hija, para más dicha la abalaba un premio internacional de narrativa. Yo miraba alegre como la gente la compraba la gente, con qué satisfacción firmaba ejemplares en mi librería de cabecera, El Sueño de Pepa…

Pero una noche desperté, había tenido una pesadilla. Una bola en el estómago, una opresión ansiosa en mi pecho, impedían que conciliara el sueño. “¿Qué te pasa, Cabra loca?”Me pregunté en medio de ese silencio sordo que me asusta a veces y contesté “Aún nadie ha dicho qué opinan de la novela. A ver si yo estaba tan segura y era una fantasía mía, a ver si el jurado se equivocó, a ver si…”

Esta mañana, como una mañana cualquiera, de las que se enredan a tu libro de vida, con mi café humeante, he encendido el ordenador y “Voilá”, por arte de magia me estaban esperando cuatro críticas:

“Un libro precioso, divertido, lleno de valores, intriga...con el que pasas un rato maravilloso”

“Una novela increíble, amena, divertida, con una dosis de misterio, pero sobre todo sorprende por lo bien que está escrita y por la recuperación de los valores que propone. Una vuelta al pasado con mirada hacia el futuro, la solidaridad, la amistad, el trabajo en común, la integración cultural,.....en definitiva, un gusto de lectura lleno de momentos divertidos, que recomiendo a mis conocidos desde ya que no se la pierdan. Gracias por haber escrito una novela así”

“Vital, divertida, llena de valores, misterios. De lectura fácil y amena. Un lujo para los sentidos, donde nos podemos en algunos casos ver reflejados… Ángeles eres la bomba, ¿de dónde sacas esa imaginación?”

“Es muy tarde pero solo quería decirte que escribes maravillosamente un libro escrito con sentimiento me ha encantado”

…Os podéis imaginar que estoy un poco/bastante/mucho contenta y como que el miedo se ha largado con viento fresco por la ventana.

Pido disculpas por otro lado debido a mi ausencia de los blogs y las lecturas que hago en los de mis compañeros. He tenido un trajín  de aquí para ya con la nueva novela que no puedo con el alma, pero pronto volveré. Muchas gracias

sábado, 24 de febrero de 2018

EL TREN DE LAS COLINAS DEL TÉ

Nilgiri es una palabra nativa que significa montañas azules. Las colinas están tapizadas de bosques frondosos, jugosos prados que se funden en aguas de mandarina y naranja.
 En esas tierras nací yo.
La manera más romántica de adentrarse en ellas es coger un pequeño tren que aguarda aletargado en la vía de Mettupalayam al despertar el día. El cielo, entonces,  se muestra azulado  ante tus ojos, envuelto en bruma. La estación late adormecida hasta que comienza a bullir con la llegada del tren. Voces insistentes ofrecen diversas mercancías: café, bananas, tabaco, bálsamo de tigre… Respirar este ambiente es envolverte en magia.

Pensé que la manera más hermosa de despedirme de este mundo, sería volver a mis raíces. En esta zona vivía la tribu Toda, hombres altos con tradición ganadera hasta que llegaron los ingleses y sembraron mi paisaje de té, grandes extensiones que se denominan jardines. Primero, los hombres cuidan de su cultivo, poda y formación de setos. Luego, las mujeres lo recolectan en cestos de mimbre, y ataviadas con vistosos saris, seleccionan las hojas de mayor riqueza en tanino y teína. Su aroma se extiende por el aire… Aún oigo la voz de mi esposo contarme todas estas cosas. Él amó mi tierra y mi cultura tanto como yo.

Observar mis orígenes es como volver a nacer, el mismo milagro de las rocas del mar de Omán que se cubren cada doce años, de flores azules. Ver a mi hermano, Yang, bajar a ese mar y pescar con mallas chinas, o, en la lejanía, divisar las casas de techo rojo y el artesonado de mis templos que parece de encaje… No tardo en asimilar todas estas sensaciones que afloran a mi memoria, los colores vivos, la torta de arroz, las joyas ornitológicas que cantan en estas colinas.

Según avanzamos en este pequeño tren de juguete, cruje la madera, la maquinaria rechina. El jefe hace sonar con insistencia la sirena para alertar de nuestra presencia. Entonces, según te adentras, tienes la grata sensación de una vuelta al pasado, de formar parte de un grabado de la India colonial del XIX.
Recuerdo que toda mi vida cambió aquella mañana en la estación de Connor. Yo iba a trabajar a una gran casa señorial inglesa. Pensé que aquel hombre de andares ágiles y firmes era el chofer  que venía a recogerme. Claro, que poco me duró la ignorancia: él era uno de los hijos de los grandes señores. Yo la sirvienta. Pero aquella diferencia social y cultural, no pudo evitar nuestra atracción.

Al principio, nuestros encuentros fueron a  furtivos. De día, vestía, peinaba y cuidaba de sus hermanas. Al atardecer, cuando el sol se despedía extendiendo su manto hechizado, nosotros nos entregábamos a un acto de amor compartido y generoso. Mi forma de hacer sexo, le acercó al corazón de hombre que latía dentro de él, le aproximó al ser humano que ignoraba. Desperté su energía dormida: sensibilidad, sexualidad, sensorialidad y sensualidad. Él le gustaba decir que yo provocaba sus cuatro eses.
 El sexo en occidente siempre me ha parecido vulgar, descarnado y falto de poesía… Cuestión de educación y mentalidad, seguramente. Allí no se cuidan los prolegómenos del acto amoroso.
Recuerdo que antes de encontrarme con mi esposo, me bañaba en aromas de jazmín. Éste estimula los sentidos, y la piel se convierte en seda. Los olores, sabores y colores son tan importantes que sin ellos la plenitud del goce amoroso es imposible. Entre la tenue luz de las velas y la suave música, recuerdo que nos perdíamos. Entonces,  yo comenzaba a recorrer cada rincón de su cuerpo, cicatriz, vello, curva… Él tenía dos debilidades hacia mí: Succionar el lóbulo de mi oreja y los pezones. Si notaba que me encogía, entonces seguía hasta provocarme múltiples orgasmos. Estimulaba mis cinco deseos. Mis pensamientos hacia él hacían que la respiración fuera irregular, lo que predisponía a la vagina para que deseara la unión. Las fosas nasales se me dilataban y la boca pedía más y más. Mi esencia vital deseaba ser estimulada por lo que movía el cuerpo hacia arriba y hacia abajo. Mi corazón anhelaba manifestarse por lo que mi humor vaginal brotaba sin parar. Un último recuerdo me llevaba a sentir entre mis piernas algo tan poderoso como el hormigueo de una plenitud próxima. Alargaba el cuerpo y cerraba los ojos para que mis sensaciones me transportaran donde el tallo de jade deseara.
Mi esposo decía que olía a hierba recién cortada…

Mi vida ahora cabe en una mochila; el paso del tiempo me ha enseñado a ordenar las palabras que antes me fueron incomprensibles, y mi lucidez me ha mostrado que nací para amar a mi hombre en cuerpo y alma a través de nuestro sexo. Fui rehén en sus manos, y ellas cincelaron mi cuerpo con orgasmos. Fui su puta, como dicen los occidentales. A mí me gusta decir su amor sagrado, porque para nosotros, los hindúes, el contacto sexual no es una sensación sino un sentimiento sagrado. Mis padres me educaron para lograr la habilidad sexual. Mi esposo no fue un común varón ni yo su objeto sexual como se dijo en la colonia británica. No entienden los del otro extremo del mundo que, si el sexo obsesiona, no es una depravación ni lujuria, sino la marca del destino humano. Nacimos para el erotismo.

Los ingleses dicen ahora que soy lady Graves, me da igual que me llamen así o de otra manera. De verdad, soy Yin y moriré siendo Yin.
Mi esposo tenía alma de escritor; nunca publicó. Lo que escribía se lo regalaba a sus amigos junto con la flor de un jazmín. Antes de morir, me donó su cuento más bello: nuestra historia de amor. Versaba así:
“Yin paseaba entre un gran racimo de magnolios. Al pasar por el estanque, se sentó a contemplar el agua fresca y transparente.
De pronto, ésta se convirtió en espejo, reflejando a Jade que se acercaba, y con su flauta comenzaba a tocar una hermosa melodía.
Entonces,  Yin extendió su cuerpo entre el borde del aljibe y el agua de mandarinas, e inició un vuelo hacia el paraíso hasta que  el tallo de Jade la elevó definitivamente a una nube de algodón.
Desde allí, descendió tan suavemente como la pluma de un ave, y cuando la flauta terminó su canción, Yin, abriendo los ojos dijo:
-Jade, duerme y despiértame otra vez…”


Prohibieron que nos amáramos pero fue inútil. Nos fugamos un amanecer en aquel pequeño tren de  las colinas del té… Mi tierra invitaba a soñar, a que los sueños hechizaran el corazón y volvieran realidad nuestros deseos… Lo recuerdo muy bien.

martes, 13 de febrero de 2018

LOS MALOS TAMBIÉN AMAN

Sentí  vencer el pudor que clama deseo cuando yo lo visto de amor. Es una puerta que, o la traspasas o te quedas en su umbral para que otros la abran y vivan, imaginen, lo que tú por pudor no quisiste hacer…

Triana tiene nombre de virgen. Es una chica corriente, ni alta ni baja, de mirar esquivo y pelo azabache. Insegura y temerosa, inconformista y quejosa. Una muchacha atormentada de oscuro pasado familiar Ella es una víctima más de la marea muda de las circunstancias de la vida. En concreto, de una madre, una madre implacable, absorbente y dominadora.
Romeo es un tipo vulgar, de unos treinta años, acostumbrado a vivir al límite desde el día que marchó de tu patria, Rumanía. Aquí, en España, pensó que encontraría el futuro que en su tierra se le negó, pero tampoco aquí lo encontró. Para subsistir  se convirtió en un ladrón del tres al cuarto. Su carácter no es conflictivo y cae bien a la gente; a su manera, se puede decir que es un tío horado, víctima como Triana de las circunstancias.

Él ladrón, ella asesina por encargo de su madre. Los dos viven en la cárcel; allí se conocieron.

Los dos lastraban tantas carencias como primaveras bajo el sol. Se cayeron bien desde la primera vez y, aunque Triana no acostumbrada a mirar de frente, su primer beso en un pasillo y de refilón, lo hizo mirando a los ojos de ese hombre que comprendía la amalgama de duelos en la piel de una chiquilla.

Al principio se alimentaron de palabras, sonrisas y besos tímidos, pero besos que abren las puertas de un cielo vetado para algunos. En sus labios revolotearon esperanzas, veranos, otoños y el invierno lo conocieron en las duchas de un baño de prisión sin calefacción. El calor los pusieron ellos con sus llamas, primero pudorosas, luego ardientes, y en el rigor de sus brasas bucearon en sus cuerpos hasta hallar el climas que Triana desconocía pues, aunque sea una asesina, era virgen como su nombre.

En navidad se hicieron pareja de hecho y así, cada quince días tienen un vis a vis para encender la chimenea de sus pasiones.
Triana ahora mira de frente. Su amor crece entre rejas aunque ella ya no las siente tanto, ni siquiera las ve.

A su madre, también asesina, el hecho de que su hija se haya enamorado no la gusta ni una pizca y anda urdiendo un plan para separar a su hija de su amado; aún no ha encontrado la clave, pero es astuta y la encontrará.

Mientras, los enamorados se preparan a pasar su primer San Valentín juntos entre palabras, sonrisas, caricias y fuego. No temen lo que pueda ser el mañana. Solo tienen el ahora que construyeron entre las rejas de una cárcel.

sábado, 10 de febrero de 2018

PERRILLOS AMBULANTES

El día amaneció mentiroso; un sol sobre un cielo azul, tal azul que era hielo. Después, mutó al gris que presagia nieve en las montañas…

El Km 0 de Madrid despertaba perezoso aunque con su bullicio habitual porque mientras en otras calles la noche duerme, el centro de esta ciudad no duerme jamás, sólo entorna los ojos mientras las campanadas gorgotean cada hora. Y cuando yo he llegado un racimo de barrenderos limpiaba el suelo por encima, sin ganas, el gracejo de la escoba los delataba, y sus cabezas eran un puro interrogatorio, la incógnita si se arreglaría la huelga maldita. Los comercios aún permanecían cerrados, no así la iglesia del Carmen a la que entraba un rosario de fieles a rezar, a esperar, a guarecerse del frío, a meditar…, quién sabe. 

Yo les imité, pero antes de subir las escaleras me llamó la atención una maleta andrajosa y una manta que se movía, al instante apareció de aquella lana sucia, la cabecillo de un perro. Me miró con esa expresión que sólo los chuchos nos regalan: tierna, lastimera, cariñosa y pedigüeña; me provocó la primera sonrisa del día. Dentro de la iglesia se estaba caliente, un silencio roto por un canto gregoriano muy bajito que te obligaba a sentarte y meditar. Una luz casi apagada con el consuelo de múltiples y diminutas velas te conducían a rezar; cada uno a su manera porque todos los caminos llevan a un Dios… Hasta los que no están alumbrados por la fe, se recogen en sus rezos tan íntimos, personales y válidos como el de cualquier “mea-pilas”.

Al rato volví a salir a la calle, ésta olía a café y churros; un perro canela aguardaba en la puerta de un bar; no quitaba ojo de la entrada. Me quedé parada observando y enseguida me di cuenta, por el movimiento incesante de su rabo, que su amo ya salía. Un indigente cuya cara no se apreciaba por la espesa barba salió del café; el chucho se abalanzó sobre él. El mendigo le pidió que se sentara y así lo hizo, sin titubear. El hombre, entonces, sacó de su bolsillo un churro y, sonriendo a su can con tal felicidad que pensé que este hombre tan sucio, tan mal amañado, seguramente era más rico que muchas fortunas presuntamente conocidas; el perrillo se comió el churro y ambos se perdieron calle abajo.

Continué hacia mi destino, pero éste de nuevo se vio interrumpido; una muchacha, como salida de la década de los sesenta, rasgaba una guitarra, su voz imitaba a la de Joan Báez. Su compañero, un perro azabache, jugaba mientras con una pelota. Los pocos viandantes que pasaban por allí rascaban sus bolsillos cayendo las monedas en un plato. Al acabar de cantar la chica, recogiendo el dinero y la mochila, dijo a su perro “Vámonos, Alimaña, ya tenemos para desayunar”

Les vi partir hasta que mis ojos se perdieron entre la marea de turistas que se acercaba.

El reloj de la Puerta del Sol daba las diez campanadas. Un gigante árbol de navidad esperaba ser terminado de decorar. Las puertas de los comercios se abrieron con alegría y yo desaparecí por un subterráneo en pos del metro, no antes sin echar el último vistazo al Km 0 de una ciudad que habla sin necesidad de usar las palabras.

jueves, 1 de febrero de 2018

TIEMPOS SIN COSECHA

-¡Mare de Déu, Mare de Déu! Estáis locos- rezongaba Virtudes mientras unas lágrimas salpimentaban la ropa que recogía en ese momento del tendal.
Había llegado un momento de su vida en el cual se desconectó del mundo. No sabe muy bien si por falta de entendimiento o porque ya no la interesaba. Ella, luces tenía las justas pero eso no era óbice para que no se diera cuenta y comprendiera mucho de los actos de sus hijos junto al mutismo del padre y la presencia omnipresente de la madre que era ella misma, Virtudes, la mujer que vino del campo castellano hace treinta y cinco años a buscar trabajo a Barcelona.
¿Y por qué a Barcelona y no a Madrid que estaba más cerca de su pueblo? Muy sencillo… Virtudes por no saber no sabía lo que era una capital; nunca había salido del pueblo ni de las faldas de su madre. Eran cinco hermanos y los cinco trabajaban las tierras de su padre que antes fueron de su abuelo y mucho antes de su bisabuelo. Trabajaban de sol a sol y era precisamente lo que Virtudes bien sabía hacer: trabajar. Sin embargo, llegaron tiempos de malas cosechas, sus hermanos varones emigraron a las ciudades en busca de pan y trabajo, y a su padre le dio por la bebida, perdiendo las tierras de dos generaciones y una cirrosis se lo llevó.
Su hermana Suplicio, que arrestos no la faltaban y el pueblo la picaba las entrañas, decidió también marcharse, cuanto más lejos, mejor. Don Pere, el párroco, un catalán reconvertido a castellano por los muchos años que llevaba por esas tierras por mandato de su diócesis, escribió a unos familiares que aún conservaba en Barcelona. Estos le mandaron un par de referencias para que Suplicio trabajara de “Noia de servei” y, sin pensarlo dos veces, partió. Al poco tiempo de irse, la madre, de pena y años, murió, quedándose Virtudes sola en el pueblo. Por caridad cristiana a su madre y a ella, las habían dejado vivir en la casa que tampoco era ya suya pues las tierras y la casa iban unidas. Así que en la calle y sin nada con veinticinco años se fue en busca de su hermana a Barcelona.
Virtudes nunca había visto el mar y aquella masa de agua interminable llamada Mediterráneo le cautivó como le sedujo aquel azul de cielo tan lleno de luz. Comenzó una nueva vida donde todo era nuevo y sorprendente para ella. Lo único que de verdad conocía era trabajar y a su hermana; el resto, para ella, era volver a nacer y aprender a caminar como si se tratara de una niña chica.
Entró de Noia de servei, como Suplicio, en la casa de la cuñada de la señora donde trabajaba su hermana. Y allí precisamente conoció a Pere, el chófer de la familia.
¿Qué vio en él? Todo. Eran la noche y el día con solo dos puntos en común: trabajador y servicial y amor a su tierra. Pere era extrovertido, soñador. Virtudes, tímida y realista. Él apenas hablaba castellano y Virtudes nada de catalán, pero sus miradas y gestos hablaban por ellos. Sus ratos libres siempre iban a la playa, a sentarse en la orilla y sistemáticamente Virtudes decía a Pere “¡Me gusta tanto el mar! No tiene patria ni condición y sus aguas darán eternamente cosecha”
 Después de más de tres décadas ninguno sabe el idioma del otro, sin embargo Pere aprendió a amar los campos castellanos sin haberlos visto jamás y para Virtudes Cataluña se convirtió en su otra tierra. La ama, la venera y no concibe su vida sin el Mediterráneo que la brindó su segunda vida. Siete lustros mirando ambos en la misma dirección e igualmente comprometidos que el primer día.
Pere y Virtudes aún no se han jubilado, el trabajo les mantiene vivos y así les han podido dar a sus hijos una amplitud de miras que ellos no tuvieron. Pero ahora, mientras Virtudes sigue colgando la colada en un domingo de otoño soleado y dorado que se dibuja por la parra que crece en el patio de su hogar, se pregunta para qué tanto sacrificio si sus tres vástagos son más obtusos que ella misma sin ningún estudio, ni si quiera su Pere, tan catalán que es y que nunca salió de su tierra, es tan visceral como sus hijos.
- Ells saben el que volen, Virtuts. Allà ells, el futur és per a ells. Nosaltres ja hem fet tot el que
 havíem de fer i orgull és l'única cosa que hem de sentir (Ellos saben lo que quieren, Virtudes.
 ¡Allá ellos! El futuro es para ellos. Nosotros ya hemos hecho todo lo que debíamos hacer y
 orgullo es lo único que debemos sentir)- dice Pere a Virtudes con una sonrisa cansada 
y una mirada buscado la comprensión de su esposa.
-Pere mírame a los ojos y contéstame, ¿Tú vas a ir a votar para separarte de España?
- Sí, Virtuts. Jo em sento català, no espanyol. Als teus fills els passa el mateix (Sí, Virtudes. 
Yo me siento  catalán, no español. A tus hijos les pasa lo mismo)- calla un momento para 
coger aire, para seguir mirando a su amor castellano-… Així aquesta vegada, encara que 
sentis que m'allunyo de tu, no és cert del tot ja que em quedo en una part de tu mateixa, 
potser la més important, en els teus fills (Así esta vez, aunque sientas que me alejo de ti, 
no es cierto del todo, pues me quedo en una parte de ti misma, tal vez la más importante,
 en tus hijos)- los ojos de Pere taladraban a los de su esposa- ¿vas a respetar mi decisión?
 
Virtudes bajó los ojos pero sintió que los pasos de Pere se alejaban. Aquel domingo la comida
 familiar fue distinta a otros festivos en los que se sentaban los cinco alrededor de una mesa y 
compartían las cuitas semanales. A partir de aquel día en la casa de Virtudes más que voces 
se oían susurros que enmudecían cuando sentían acercarse a Virtudes. Y en el hogar de esta 
mujer sin más entendederas que la propia subsistencia, comenzó a crecer una brecha que ni 
ella misma comprendía ni se explicaba, pero su tozudez, su forma de ser reservada le impidió 
decir una palabra más alta que otra, ni siquiera un reflexión escapada en un momento de 
soledad, nada. 
Por su parte, tanto su marido como sus hijos, por amor, respeto y no querer herir a su madre, 
silenciaron pensamientos, verbos, todo, y en casa de Virtudes y Pere se instaló la afasia.
 
Tan atribulada estaba que hasta su propia hermana se lo notó y un buen día la invitó a dar un
 paseo. Se acercaron hasta la playa, el lugar predilecto de Virtudes. Ambas hermanas se 
descalzaron, a las dos las gustaba el contacto de la arena en sus pies. Caminaron hasta 
la orilla. Virtudes se volvió a su hermana y mirándola con una sonrisa extraña, dijo:
-Me hubiera gustado saber nadar para comprender qué sensación es la de flotar. 
¡Me gusta tanto el mar! No tiene patria ni condición…, es de todos. Nunca se me ocurrió 
pedirle a Pere que me enseñara. Si hubiera aprendido, quizá ahora sabría flotar entre dos 
aguas, hermana.
-Algo dejó caer Pere el otro día cuando estuvo en casa de mis señores y no te entiendo 
Virtudes. Cataluña te ha dado todo, en cambio España nos quitó todo- Virtudes al oír las 
palabras de su hermana se volvió y en su cara solo había estupefacción.
-Suplicio, ¿tú también reniegas de España?
-Mi patria es esta, Virtudes, no te digo  nada más. Es lo que siento.
 Las hermanas no hablaron más. Fueron por el reborde del agua mientras la tarde palidecía 
y una suave brisa agitaba  sus hebras de plata. Virtudes se agarró al brazo de su hermana 
pero presintió en él la frialdad del hielo y lo soltó.
 
Se dijeron adiós y cada hermana tiró en una dirección. Virtudes se montó en el autobús 
sentándose en un asiento de atrás del todo. Solía hacerlo con asiduidad siempre que estaba
 libre. Sentía que era el confesionario consigo misma mientras sus ojos se perdían por el 
ventanal viendo la ciudad. Esa tarde se sentía especialmente sola y abatida. Nunca  se había
 sentido así como si su corazón se hubiera rasgado y nadie acudiera a coser su herida.
El autobús paró en un semáforo y mientras ella miraba a lo lejos el Mediterráneo, 
un fuerte impacto rebotó en el autobús. El cuerpo de Virtudes salió despedido; apenas 
vivió unas horas.
 
- ¿Pare, on anem a soterrats a la mare?
-En el Mediterráneo.  No tiene patria ni condición y sus aguas darán eternamente cosecha.
Fue la única vez que Pere habló en castellano. El uno de octubre Pere y sus hijos fueron a votar.

miércoles, 17 de enero de 2018

MANTAS PARDAS

“Ortega y Gasset dijo que la vida se nos entrega vacía. El oficio de escritor, por su capacidad de imaginar, debe crear algo bueno y útil para los demás que ayude a vivir” Richard Ford

Encontré a Pedro una noche de otoño en esa Castilla que, en días de diario, se apea temprano de la vida mundana; oí las campanadas del reloj dar las diez. Caminaba deprisa, la acera era ancha, los arboles desmembrados y apenas un autobús vacío pasó por la calzada. Un vientecillo suave cosquilleó el silencio hasta que fue roto por un ronquido bronco, profundo. Aminoré el paso, incluso volví la cabeza y lo único que pude ver fue, en un rincón de un antiguo edificio de banca abandonado, un bulto tapado por una manta parda que subía y bajaba armoniosamente. Mis ojos no se acostumbran a ver esa imagen que tanto desamparo me infunde. Sin embargo, este verano volví a contemplar estas escenas en la Bretaña francesa. Entonces se me antojó pensar que, tal vez, era una postura contra el capitalismo, una forma de reivindicar otras formas de vida, pues aquellos rostros anónimos estaban lejos de la tristeza. Exhibían complacencia, hasta alegría.

A la mañana siguiente salí temprano a pasear a Gazpacho, un terranova que todo lo que tiene de grande lo tiene de bueno, aunque hay algo que le sobreexcita y no he llegado aún a comprender por qué después de tres años unidas nuestras almas de perro y humano. Cada vez que ve a un mendigo, se pone a ladrar desaforadamente; he tenido que dejar de pasar cerca de las iglesias pues a ciertas horas hay muchos inquilinos haciendo colecta. Sin embargo, esa mañana fue distinto. Gazpacho iba suelto husmeando todo lo que encontraba al pasar cuando, de repente, vino una nube a descargar tanta agua que el mismo Gazpacho fue corriendo a refugiarse en el primer sitio que encontró; el antiguo edificio del banco.

El perro llegó y se aposentó en un extremo dado que el otro estaba ocupado por un hombre cuyos ojos apagados contemplaban mansamente aquella agua que caía. A su lado, un perrillo “Mil leches” en la misma actitud que su amo. Yo me puse al lado de Gazpacho tratando de sujetarle por el collar temiendo que en cualquier momento se le cruzaran los cables y se pusiera a ladrar al mendigo. Pero no.

El contemplar el agua rabiosa era una escena, la verdad, fantástica. Relajaba tu mente, abría las compuertas de alguna sensibilidad dormida. Tan imbuida estaba en la escena que fue Gazpacho con un lametón el que me despertó.
-          ¿Un café? -giré la cabeza y el hombre me tendía un vaso humeante de un termo. En su boca se desplegaba una media sonrisa ácida que, a mí, no sé por qué, me supo a azúcar. Dudé unos segundos en aceptar o no aquel vaso que se me antojaba sucio, pero aquel brazo insistente y confiado, hizo que el mío saliera a su encuentro y que, por fin, mi mirada paseara por aquel rostro.

Mis ojos, desvergonzados y descarados, subieron y bajaron mil veces por una barba descuidada de hebras de plata, por una boca de labios finos y dientes amarillentos, por una nariz golfilla de ave rapaz, una frente de surcos profundos y una mirada tan honda que taladró a la mía. No sentí daño ni duelo en sus ojos pardos y anónimos, y leí tantos capítulos en ellos que me sentí afortunada. Fue un lenguaje de ausencia de palabras donde los gestos nacen para contarte que no siempre es mala una decisión descabellada, ni mucho menos descartar por simples apariencias, pues la verdad posee muchas formas.

Dejó de llover, despertaba la ciudad y el silencio se evaporaba para mejores momentos. Solté a Gazpacho y dije.
-Me llamo Rebeca. Tengo una manta en casa en desuso. Da mucho calor, no abulta y pesa poco, ¿me la aceptas?
-Yo me llamo Pedro. Pillo y yo estaremos encantados con tu regalo.

Hay pobrezas inexorables; mis ojos tardaron un buen rato en despegarse de su rostro marcado por demasiadas añadas malviviendo, o los estragos producidos por el deshoje de la margarita existencial, pero para nada arrepentidos… Quién sabe lo que lleva a un ser humano, además de la pobreza, a tirarse al asfalto y hacer de él una escuela de vida.

miércoles, 10 de enero de 2018

LA ENTREVISTA

Es sanísimo reírse de uno mismo. Es más, deberíamos comenzar el día haciéndolo. Yo me doy motivos constantemente.

Esta mañana, haciendo memoria, he soltado una carcajada al silencio; este me ha mirado como diciéndome “Muñeca, no tienes solución” y lo mejor es que Silencio tiene razón…

Era un 26 de diciembre cuando el teléfono comenzó a sonar muy temprano. Miré y era un número desconocido; no cogí la llamada. La pena, la tristeza, colgaban de mis solapas pues la pérdida de mi perro me había hundido en un caos emocional. El teléfono insistió un par de veces más y mi actitud no varió.
Me fui a la ducha, me disfracé de persona feliz y me encaminé a la estación en busca de una prima; ese día teníamos reunión familiar.
 El teléfono volvió a sonar y mi prima me dijo “Mujer, coge la llamada” y yo contesté “Seguro que es para venderme algo” La mirada de Mari me hizo recapacitar y descolgué:
-Diga… Antes de comenzar a hablar ya digo que no quiero comprar nada, muchas gracias y feliz navidad.
-No quiero vender nada. Deseo hablar con Ángeles Cantalapiedra.
-Ahora me va mal. Me voy con mi familia al manicomio-bien podía haber dicho que me iba a ver nacimientos al antiguo manicomio de Valladolid, pero abrevié-… De todas formas, ¿qué quería, usted?
-Soy, Virginia, de CanalSur Radio y quería entrevistarla.
-¿A mí? Si no he hecho nada-mi mente siempre muy centrada.
-Es sobre su novela Sevilla…Gymnopédies.
-¡Ah! Llámeme en una hora, gracias- y colgué. Así de simple y gilipollas suelo ser.
Cuando recapacité, vinieron a visitarme los nervios, la emoción, los remordimientos; todos juntos y revueltos.
A la hora prevista, me salí del manicomio a esperar la llamada. Puntual como un rayo. Pedí disculpas, me dieron instrucciones y me pusieron la música de Gymnopedies de Eric Satie. ¿Qué hice yo? Pues llorar un poquillo, se me da de cine, ¡me trajo tantos recuerdos y tan bonitos de la novela! Entre las lágrimas y la locutora que comenzaba a hacerme preguntas, no me di cuenta que a mi lado había alguien tratando de secarme las lágrimas. Del susto me aparté y me fui a sentar en una jardinera; el intruso vino y se sentó a mi lado. Me sonreía, pero su sonrisa era una nube perdida en un día lluvioso y su mirada la de un ángel caído en un mundo incomprendido.
Yo contestaba a las preguntas mientras fumaba y “mi álter ego” me pedía un cigarrillo; terminamos a pachas fumando el único cigarrillo que tenía. Del nerviosismo, debí de dar a un botón y la voz de la locutora salió de mi oreja para que mi compañero la escuchara. Él, al oír aquella voz tan bonita, quiso también hablar. Yo le retiraba, pero era inútil. No obstante, algo debí de decir que él calló mirándome con los ojos muy abiertos. Cuando me despedí de Virginia, mi acompañante aplaudía alegremente. Le miré y me puse a acariciar sus hombros.
-¿Cómo te llamas?, ¿te has escapado?
-Soy Manuel y, ¿tú?
No dio tiempo a mi respuesta; vinieron a buscarle.

Ahora que mi cielo personal comienza a estar limpio de chubascos, me he acordado de aquel día. No sé si tendré la oportunidad de volver a ser entrevistada pero esta, en concreto, la guardaré entre una carcajada y una ternura infinita.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

CHOCOLATE PLAYERO

Aquella mañana me sentía una princesa de ésas que salen asiduamente en las revistas en las que parece que el mundo está para satisfacer sus necesidades, y que el ocio ocupa una parte importante en sus vidas. Íntimamente me preguntaba si se me notaria mucho que no era de ese gremio, sino una simple currante que se había gastado los escasos ahorros en un viaje y, ahora, estaba tratando de emular un estilo de vida que no era el suyo. En el fondo, daba igual que se me notara o no, la sensación era lo suficientemente placentera como para deleitar los cinco sentidos tan tocados por la realidad.

El entorno era exactamente el de los folletos de viaje: apoltronada en una tumbona bajo una sombrilla de paja, frente a un mar de agua turquesa cuyas aguas eran el cristal que te hacía ver el vaivén de peces de colores. Por la orilla, paseaban mujeres igual que estuvieran en una pasarela exhibiendo estilo y belleza. Cuerpos modelados en un gimnasio, pechos formados a la sombra de un bisturí igual que sus labios o narices. La piel parecía seda dorada acariciada por unos rayos de sol exclusivos para ellas. Sinceramente, estaba extasiada por aquella exaltación de armonía donde el entorno de roca veteada de pinos y una arena, tan blanca y fina como una lluvia de gluten, que parecía el escenario ideal para que hombres y mujeres, de una especie que no te encuentras normalmente por la calle, pudieran saborear un manjar hecho para unos pocos... Y allí estaba yo jugando a princesas imaginarias.

Cerré por unos instantes los ojos para sellar aquella escena en la memoria y grabar en mis pulmones el aroma de alga y salitre cuando, de pronto, sentí algo sobre mí. Desperté del ensueño y me encontré un rostro pintado de noche en cuya boca estaba colgada una luna risueña.
-Señorita: Gucci, Dior, Prada, Vuitton...
Me incorporé ante el magnetismo de aquella sonrisa y unos ojos que me expresaban más de un océano incompresible para mí. Me quedé mirando la mercancía sin saber bien lo que veía hasta que reparé en el traje blanco del hombre: una especie de túnica inmaculada cubría el azabache de su piel; era realmente hermosa la fotografía que mis ojos despistados contemplaban. Entonces, le devolví la sonrisa a la par que le preguntaba de dónde era. Él, sentándose con naturalidad en la arena y expresándome una alegría inusitada, paró el reloj del tiempo y me comenzó a narrar un retazo de su vida mientras el sol iba girando sobre nosotros mismos.
A cada cosa que me contaba, yo lo preguntaba más y más y él, obediente y satisfecho, me iba contando las edades de sus cinco hijos, el nombre de sus dos esposas, la tierra que araba de noviembre a abril en la lejana Guinea y, en mayo, cogía un barco para hacer el verano en las islas; así llevaba once años. Me contó que España ya era un poco su casa, la policía, sus amigos, y que la gente le trataba con amabilidad, aunque, el mismo día que partía de Guinea, ya estaba añorando volver.
No sé cuánto tiempo estuvimos juntos... Le vi partir y aún tuvo tiempo de volver la cabeza para saludarme una vez más y regalarme media luna risueña colgada sobre la noche de su cara.

Me levanté a caminar por la orilla mientras la espuma del agua jugaba entre mis dedos y sobre el horizonte el sol se despedía tiñendo mi cuerpo de princesa ficticia en el color de las fresas... Entretanto, mi mente se bañaba en un dulce y tierno chocolate.

PD. Se me olvidaba contar que le compré dos bolsos..., aunque eso para mí fue lo de menos.

sábado, 9 de diciembre de 2017

LA CARTA


Pontevedra, 14 de febrero, 2016

Mí querido Miguel…
No podía creer lo que mis ojos veían, cuando este domingo de invierno tan lluvioso y nostálgico, se me ocurrió abrir el buzón. Una ola de sentimientos acalorados, locos, titubeantes y tímidos, se alojaron todos a la vez en mis manos al reconocer tu letra, tan fina, tan varonil, tan tuya.
Subí las escaleras con las energías que me ha quitado el tiempo pero que tu carta me ha devuelto por unos instantes. Me he encerrado en el baño con las lágrimas descontroladas por la emoción del ayer que regresaba a mi hoy.
Has logrado emocionarme, cosa que ya creía imposible. Leer tu alma hecha letra me ha conmovido, y me ha hecho recordar sentimientos que guardaba con celo, miedo y nostalgia.
Si te soy honesta, nunca me quise desprender de ellos pues era el recuerdo más bonito que tengo de mi faceta como mujer. De pronto, se han agolpado en mi mente aquellos tiempos en que paseábamos nuestro amor a escondidas, la vida por aquel entonces no era fácil, pero tú te supiste adaptar a mí sin reprocharme nada ¡Gracias! Creo que nunca te las di por todo el cúmulo de sensaciones que me regalaste sin esperar nada a cambio, de sobra sabías que en cierto modo era una mujer fiel a otro hombre, y que jamás me separaría de él
¿Fui cobarde, egoísta? Un poco de todo, Miguel. Pesaba mucho la educación, los hijos, la bondad de mi marido…, no le podía abandonar, yo le respetaba, le quería mucho, y a veces el sexo y el amor parecen ir por caminos distintos. Tú aún tienes mi alma y mi cuerpo. Él, mi corazón. Nunca he visto  y comprendido de manera tan nítida como ahora mismo, la dualidad que hay dentro de un ser humano, cómo conviven ambos dentro de los paisajes del alma.
Miguel, me enseñaste a dar vida a mis horas y aún en la renuncia que me supuso dejarte marchar, tu amor prende una llama constante en mi ánimo para seguir caminando, ahora lo comprendo. Me equivoqué al pensar que eras pasado y que mi presente era otro. Mi presente es la vida que llevo, el día a día de entregas, sonrisas y algún llanto. Es mi realidad inequívoca. Sin embargo dentro de mí yace otra vida adormitada pero que corre por mis venas, silenciosa, dulce, cadente. No, no te tenía relegado en un cajón sino que vas parejo a mí en el día a día aunque nuestros cuerpos no se unan ni los ojos se regalen la fotografía de nuestro físico.
De verdad, me ha parecido muy hermosa tu carta, hasta romántico el gesto de llegar por correo tradicional, ese que ya sólo lo utiliza la gente mayor o ¿acaso la edad ya está haciendo mella en nosotros? Da igual, he recuperado la magia de abrir el buzón y encontrar  noticias de mis seres queridos.

Siempre, siempre te amaré.

Carmen

jueves, 30 de noviembre de 2017

NADA

Hoy, en muchos días, es el primero que duermo profundamente y con la mente en blanco, tanto que he pensado que mi intelecto ha estado toda la noche en una nube algodonosa en total reposo. Al despertarme, he notado algo duro bajo la almohada, lo he sacado y al verlo he sonreído. Lo he acercado a la nariz para que su aroma añejo endulzara mis tristezas. Después, he pasado la palma por su lomo. Áspero y marchito, ciertamente deteriorado y endeble, una presencia pobre, pero hace setenta años era lo que había después de la gran guerra fratricida y una España comenzando a caminar por caminos sin hacer.
Metida en las sábanas de hilo que una vez bordó mi madre, mi pereza placentera era la de seguir en el refugio anti bombardeos mundanos dejándome llevar sin rumbo por recuerdos vagos mientras apretaba el pequeño tesoro contra mi pecho…

No alcanzaría un palmo del suelo cuando me ponía de puntillas para ver el escaparate que había en la plaza España de Valladolid. Me sujetaba como podía al borde del escaparate y miraba y miraba. Cuando abrían la puerta sonaba una campanilla y se escapaba el aroma de una goma de borrar o a papel sin estrenar.

Crecí un poco más y entonces encontré mi lugar soñado, mi estatura alcanzaba perfectamente el campo de visión. Aquel lugar mágico estaba en la calle Panaderos, era una tienda chiquita con dos escaparates igual de pequeños. En uno exponían bolígrafos, lápices de colores, cuadernillos y gomas de borrar de todos los tamaños y formatos. En el otro, se exhibían el mundo de los sueños en forma de cuentos, novelas. Recuerdo que iba de un escaparate a otro apoyando las dos manos en los cristales dejando mis huellas menudas. Un día de finales de invierno, un veintiuno de febrero, era el cumpleaños de mi padre, metí mi mano derecha en el bolsillo y palpé las monedas y entré.

Había que bajar un peldaño de manera gastada y con temblor abrí la manilla sonando una alegre campanilla; es el recuerdo más bonito de mi infancia, creo que me desdoblé. Mis ojos revoloteando en las estanterías, en el mostrador. Mi olfato, absorbiendo ese aroma que regala el papel, los lápices, las gomas de borrar, y mi corazón galopando en sensaciones infantiles.

Puse encima del mostrador mis monedas y pedí el libro más barato, era un regalo para mi padre. La mujer se bajó los lentes hasta pararlos en la mitad de la nariz y me miró de una forma rara, luego se metió en la trastienda y al rato salió:
-Esto es lo más barato que tengo. Tiene casi treinta años, pero se conserva en buen estado.
Leí la cubierta “Nada” y debajo estaba escrito Carmen Laforet.
Me lo envolvió de manera muy mimosa, se quedó con todas mis monedas y salí.

Mi padre nunca leyó esa novela, pero cuando murió, busqué entre sus cosas y la encontré en el cajón donde guardaba sus pertenencias más valiosas.

Ya no adornan esas pequeñas librerías en este paisaje sin corazón, pero de ellas tengo este libro de piel marchita que en su interior está repleto de racimos de palabras sabias, de poesía en versos asimétricos.

domingo, 26 de noviembre de 2017

HUEVOS FRITOS CON TRANQUILIDAD

Un hombre, una mujer, se hacen a sí mismos, tal vez se inventen un personaje, lo hagan suyo y al final vivan en la piel de una mentira, ¿por qué no? Nadie más que ellos lo sabrán, hoy nadie tiene tiempo para descubrir al otro. Lo malo es si un día tienes el tiempo, la templanza, la tranquilidad, la sinceridad para preguntarte a ti mismo quién eres, ¿el triunfador, el farsante, un pobre hombre? Porque ahora se piensa mucho, quizá demasiado, pero no se piensa hacia dentro sino para expandir redes y más redes para atrapar, cazar salvajemente, como hacían nuestros antepasados. Pescar ideas, tormentas, miles de tormentas de ideas para después conformar una sola, lógica, potente, firme. Y cuando llega el final del día y descorchas una cerveza, miras como se derrama la espuma sin saber siquiera qué es lo que está saliendo por la boca de la botella; has llegado al final de tus horas con la cabeza tan hueca, tan llena y vacía a la vez que eres incapaz de dar un paso más. De nada ha servido rodearte de apetencias, de deseos si no los ves, si no los sientes… Te has convertido en un muerto viviente.
Todo esto se va diciendo Pablo según va conduciendo camino de alguna parte después de que su sesera reventara y su corazón dijera basta ya. Era uno de los pocos afortunados en su país de tener trabajo y disfrutar de él porque Pablo vivía para el trabajo, lo único que de verdad sabía hacer bien. Claro, por el camino dejó muchos cadáveres, el más importante: el mismo.
Tuvo gran fortuna de ser hijo de un padre al que se le abrían puertas con facilidad. Él, un brillante estudiante que a los veintidós años había acabado su doble licenciatura y al mes de tener sus títulos en el bolsillo, dominando el inglés y el alemán casi como su lengua materna, ya estuvo trabajando. Nunca fue un trepa que pisa según escala; no le hizo falta, insisto, era brillante como brillantes sus relaciones humanas. Siempre tuvo pandilla de verano en Ciudadela, cuna de su madre, pandilla del colegio, amigo de sus amigos, buen hijo, buen hermano. Insisto, brillante. ¿Qué pasó, entonces? Pablo sólo sabe que no sabe nada. Treinta y siete años y cayó fulminado.
Lo que a él le pasaba, había pasado a muchos en la década de los ochenta cuando aparecieron los hermosos y ampulosos yuppies, pero estamos hablando del dos mil catorce en una España con seis millones de parados; Pablo un parado forzoso, no por falta de trabajo sino por el puto y maldito trabajo. ¿Y ahora qué, Pablo? Se volvía a preguntar mientras la noche comenzaba a llegar. Miró el GPS y le marcaba que en noventa kilómetros llegaría a su destino.
Se lo había recomendado, su psicóloga que a su vez se lo había recomendado una de sus hermanas la primera vez que fue; no discutió, le pareció bien porque se fiaba de ella… El rostro de Ana, apareció en el parabrisas… Sí, era su forma de mirar, su gesto concentrado, su media sonrisa, lo que le daba a Pablo confianza y a dejarse llevar por una voz que le salía de dentro clamando ayuda, ayuda a gritos. Estaba harto de tomar pastillas, le hacían perder el control de sí mismo. Él quería sentir cuando respiraba, cuando las náuseas guillotinaban su garganta, cuando, de repente, sin saber el porqué, se le llenaban los ojos de lágrimas y lloraba hasta caer extenuado… Y las pastillas le anulaban, le privaban de ese dejarse arrastrar por los sentimientos inteligibles.
El coche comenzó a trepar por la montaña, una montaña pelada, como si al final fuera a estar tan pelada como al principio, pero no, al terminar la enésima curva comenzaron las primeras luces para dar paso a calles estrechas y empedradas, ensortijadas y de luz tan pobre que era noche oscura, negra como su alma… Su pensamiento fue interrumpido por la voz del GPS que le indicaba que había llegado a su destino. Frenó casi de golpe y sin darse cuenta un hombre le abrió la puerta poniéndose la mano derecha en el corazón. Pablo casi ni le miró entrando rápido en el hotel; tenía sueño, mucho, ni hambre así que según le dejaron la maleta y él dio un billete de cinco euros al muchacho que le había subido el equipaje, se dio una ducha y desnudo se metió en la cama. Por primera vez en meses agradeció el roce de unas sábanas frescas y su cabeza encima de una mullida almohada; se durmió al instante.
El cacareo de un gallo, hizo que Pablo se revolviera con gusto en la cama y ya con un rayo indiscreto colándose por alguna rendija, hizo que entreabriera los ojos. Primero no supo dónde estaba, segundo, desistió de preguntárselo. Se levantó despacio, entumecido el cuerpo, estirándose con ganas, y se acercó hasta donde provenía la luz. Forcejeó unos instantes con la cerradura hasta que atinó y se abrió. Delante de él, una coqueta terraza con una enorme sombrilla una mesa y dos sillones; pero Pablo no los vio. Sus ojos estaban embrujados con el horizonte. El cielo era añil con un mar infinito del color del cobalto que llegaba a tierra, a una playa tan infinita como aquel océano de agua salada. Unas risas le sacaron del hechizo. Miró a su izquierda y vio en la terraza de al lado dos chicas mirándole y riéndose a carcajadas… “De qué se reirán estas estúpidas”, pensó al mismo tiempo que se daba cuenta de que estaba desnudo. Se fue corriendo hacia el interior al mismo tiempo que iba tomando conciencia del hambre que tenía; cogió el teléfono y pidió que le subieran un café con algo.
Al salir de la ducha se encontró que en la terraza le habían dejado un suculento desayuno; tenía prohibido el café después de haberse tomado diariamente litros para estar despejado, para rendir más, pero sus nervios fueron tocados y no había vuelto a tomarlo desde hacía cuatro meses, pero el olor que salía de la cafetera fue más fuerte que su voluntad y se puso uno, sólo uno que lo saboreó lentamente, tomó conciencia cómo el líquido caía por su garganta dejándole un pequeño placer inexplicable. También troceó una pieza de bollería crujiente, dulce, de masa suave y tierna que le supo muy bueno. Después se vistió y salió a la calle sin rumbo, sin saber ni qué hora era; se sorprendió al darse cuenta que llevaba más de veinticuatro horas sin mirar el reloj, cuando ese gesto era un tic más de su persona: estar constantemente mirando las manecillas del reloj, incluso hubo varios días que su vista estuvo clavada en la manecilla del minutero. En aquella ocasión le encontró su padre que gracias a su comentario le devolvió al mundo “Pablo, se te han quedado los ojos redondos, como una esfera” Le dio la risa al escuchar la expresión de su padre, pero ni siquiera fue consciente de que se estaba riendo. Y ahora, sin saber por qué, se había desprendido del tiempo mientras bajaba por aquellos rizos de calles y paraba a leer un cartel que le decía que por esas calles habían pasado musulmanes durante más de cinco siglos.
En su no saber a dónde iba, topo con un estanco y entró a comprar tabaco, también lo tenía prohibido pues en sus peores momentos se llegó a fumar cuatro cajetillas de tabaco; no lo probaba desde hacía seis meses, pero algo dentro de él pedía probar al menos uno. Mientras esperaba a que le atendiera una mujer cuyos movimientos parecían ralentizados por algún hechizo raro, se dio cuenta que en una de las paredes había un teléfono público, pensó que ese tipo de teléfonos ya habían desaparecido de la faz de la tierra con el uso de los móviles, pero allí estaba el teléfono de antaño, pulcro y dispuesto. Rebuscó en uno de sus bolsillos para encontrar unas monedas y trató de memorizar el teléfono de sus padres y marcó. Al instante escuchó la voz de su madre, acelerada como siempre pero cuando oyó la voz de Pablo se transformó en el jardín de la alegría. Lo primero que le preguntó cómo estaba pues le habían estado llamando a su móvil y no había contestado. Pablo fue consciente, una vez más desde que había emprendido su viaje, que se había olvidado de su otra arma arrojadiza y que tanto le había dañado: el móvil. Tranquilizó a su madre, la contó cómo se sentía y se escuchó así mismo decir “Mamá, estoy bien, muy bien y no sé por qué”, aunque su madre le pilló en un renuncio cuando le preguntó “Hijo, ¿Te gusta Vejer?” La mente de Pablo se quedó en blanco “¡Dios!, Pablo, no sabes ni dónde, coños, estás” … Salió un tanto desanimado del estanco dejándose arrastrar calle abajo hasta que fue recobrando el ánimo poco a poco “Pablo, despacio, no pasa nada, sigue adelante”, le decía esa vocecilla tímida y basculante que surgía de sus entrañas mientras sus ojos se iban inundando de la cal de las fachadas de las casas.  “Están inmaculadas, parecen vírgenes expuestas”, pensó mientras comenzaba de nuevo a hallar el placer contemplativo.
Es cierto que tuvo otro lapsus mental cuando se dio cuenta de que no había controlado sus pasos, ni que había sido consciente de que había tomado un camino hasta llegar a un gran arenal. Su consciencia se evaporaba tan frecuentemente que ni los ejercicios de relajación le habían servido para mucho. Sin embargo, al aterrizar de nuevo y contemplar aquella arena limpia, fina y rubia, presintió que dentro de él se abría una nueva compuerta. Gateó hasta llegar a la cima y poder contemplar la belleza majestuosa del lugar. Apenas había gente, dos hombres charlando en la orilla mientras sus cañas de pescar las cimbreaban suavemente el viento, una mujer mayor con chiquillos revoloteando a su alrededor y nadie más.
Se acercó a la orilla, se quitó las alpargatas y cuando las olas cosquillearon sus dedos, supo que había llegado a alguna parte. Comprendió en ese instante porqué el horizonte era tan recto que su espíritu de hombre perdido se fundiese en él en un abrazo invisible. El aire atusaba su rostro que sintió como un terciopelo arrullaba sus despistes, como las briznas doradas de una melena de mujer extasiaba sus sentidos. Era menuda, casi frágil, casi etérea por los rayos solares, por aquel azul tan intenso del cielo. La vio pasar como si fuera un ángel salido del mar. Respiró hondo, mucho, hasta presentir el aroma marino, el salitre en sus pulmones y una voz anciana que le decía “Oiga, joven, sálgase de ahí que se está calando” Pablo volvió la cabeza y encontró una sonrisa desdentada que le pareció maravillosa. Se acercó al hombrecillo anciano y le dijo sin cortapisas que él nunca había pescado a pesar de haber pasado todos los veranos de su infancia en un puerto de mar. El acompañante del anciano, tan anciano como su compañero se levantó para ofrecerle una silla descascarilladla, Pablo se dejó sentar como se dejó guiar por aquella clase improvisada y, al caer la tarde, cuando el sol se ocultaba en aquel horizonte tan recto y previsible, Pablo sintió que una luz comenzaba a encender dentro de su ser.
Recogieron las cañas de pescar, todos los adminículos y regresaron despacio, muy despacio fundidos y una grata charla en la que pablo apenas colaboraba pero que escuchaba con sumo placer. Al despedirse de ellos quedaron para el día siguiente y allí estuvo puntual Pablo, como un clavo de puntual. Pasaron días y días en los que Pabló dormía profundamente, fumaba de vez en cuando dando largas bocanadas de humo, tomaba café, muy poco, pero lo disfrutaba. Comía salmorejo, manteca colorá. Se zambullía en un océano de olas locas y frías, aprendió a pescar y a disfrutar de la cúpula de estrellas que nacían encima de él cada noche.
Había días que llegaba antes a la playa que sus dos nuevos y únicos amigos y se relamía al contemplar que su consciencia era capaz de sentir, predecir cómo la noche, o la aurora, cómo el tránsito de la mar había dejado huellas inconfundibles: algas glotonas jugueteando entre sus dedos, conchas que habían perdido sus secretos y plumas, muchas plumas… “Mis gaviotas”, se decía Pablo “Sin duda han coleteado los vaivenes de las olas desplumándose en la cresta de la espuma. Después ha bajado la marea y ha dejado los restos del naufragio de miles de gaviotas” Y mientras esperaba Pablo comenzaba a sentirse como aquellas gaviotas que comienzan a aprender a volar. Sus ojos se perdían en su vuelo, en sus alas extendidas y alzadas al infinito…
Tanto intimó con la pareja de ancianos que una tarde se descubrió así mismo contándoles con voz entrecortada, emocionada, a veces profundamente triste, todo lo que le había pasado, esa enfermedad tonta llamada estrés depresivo agudo que había entrado lentamente como el veneno de una serpiente para arrebatarle la vida hasta que le dejó sin nada, solo. Cuando terminó el relato, estaba anocheciendo, pero antes de levantarse de sus tres sillas desvencijadas uno de los ancianos le dijo “En la vida pasan muchas cosas por casualidad, buenas y malas. Ésta, la que estás viviendo ahora, en este instante es buena. Eres consciente de que respiras, que ves como el sol se marcha, menudo, silencioso, grandioso dejando una estela anaranjada que ilumina tus pasos… Además, sabes que estás desnudo, sin nada, pero que tus manos, tu corazón y tu cabeza comienzan a ser capaces de construir sin prisas, sin desánimo, con voluntad un hombre. El hombre que tú quieras ser, querido amigo Pablo, y métete en la mollera que, si caes, no pasa nada, porque cada día que amanece habrá siempre, que tú quieras, una nueva oportunidad para ti… Vamos a celebrarlo, os invitaré a un chato en la cantina de mi nieta…” Y así emprendieron el camino de vuelta a casa, Pablo con su brazo izquierdo reposando sobre los hombros de uno de sus amigos mientras el sol se relamía a sus espaldas.
Entraron en la taberna o cantina, cada uno la llamaba de una forma, riéndose de un chiste muy malo que Pablo aprendió en la universidad. Se sentaron en una mesa coja, tan coja y encantadora como aquel local donde todo parecía de antaño, viejo obsoleto, pero con mucho encanto, limpio y bien cuidado. Una mano tostada de dedos largos posó ante ellos tres vasos de vino y ellos siguieron con su amena charla hasta que uno de ellos dijo “Clara, hija, tráenos unos huevos fritos con tranquilidad” Pablo soltó una carcajada al escuchar las palabras de su amigo y comió, comió aquellos huevos hechos de puntillas blancas y doradas mientras sus ojos se perdían en las profundidades del pelo de Clara, aquellas briznas pajizas que le cautivaron en los primeros días en la playa.
También la sonrisa de Clara espoleó a Pablo, el muchacho de treinta y siete años que una vez se perdió y que se encontró en el sur, un sur vestido de añil, de arenales limpios y dorados.