viernes 25 de diciembre de 2009

DESCOSIENDO TIEMPOS

Un hombre de unos cincuenta y muchos años, de pelo cano y aspecto cansado se acercó lentamente a mí…
-¿Daniela Vargas?
-Sí, soy yo.
-Su hija ha tenido un paro cardiaco- su voz enmudeció para instantes después reanudar su textura fría e impersonal- lo siento mucho, señora.
No tenía lágrimas, ni siquiera sentía nada. Oí mi corazón latir nada más.
El hombre de bata verde se dio la media vuelta y me dejó sola…, bueno, como siempre había estado. De repente sentí los años estrellarse contra mi cabeza sin siquiera avisarme del derrumbe. Sí, tenía cuarenta y tres años, ¿y qué? Como si aquello fuera a significar algo. Me veía vieja y cansada. Toda yo había fracasado en mis relaciones con los demás, no había sido capaz ni de querer a mi propia hija, ésa que tuve con apenas veintidós años y que siempre me estorbó en mi camino.
Me agaché al sofá a recoger el bolso y el abrigo; estaba lloviendo, hacía frío y quería cerrar los ojos y olvidar. Tres horas antes había recibido una llamada del hospital para comunicarme que mi hija había ingresado con parada cardiaca. Me avisaban a mí porque era el teléfono que ella llevaba en el móvil en caso de emergencia; no me dijeron más. Salí disparada y cuando llegué, pocas explicaciones me dieron, sólo que esperara. Y esperé hasta aquel fatídico desenlace. Un año si saber de mi hija y cuando supe…
-Señora, ¿se va?
-Sí. Sólo quiero rellenar los papeles y me iré a preparar las cosas…
-¿No va a ver a la niña?
-¿Qué niña?- miré a la enfermera desorientada, sin comprender de qué me hablaba.
-A su nieta, señora Vargas- ¿nieta? ¿De qué me hablaba aquella mujer?
-Venga, por aquí, por favor, la podrá ver en la incubadora… Es preciosa.
La seguí como una autómata, había algo que no cuadraba. Lo que me decía era imposible y, sin embargo allí estaba siguiéndola. Llegamos a una habitación con varias urnas de cristal. Era una sala templada, de luz tenue que te transmitía lasitud, el tiempo congelada. La mujer me sonrió indicándome con un dedo una de las urnas. Me acerqué lentamente sin poder parpadear hasta que con un hilo de voz pude garabatear con la voz unas breves palabras.
-El doctor no me dijo nada. Nadie me ha explicado nada…- y enmudecí. Un nudo en la garganta me impedía continuar.
-La recogieron desvanecida. Una sobredosis, señora Vargas. Su hija estaba embarazada de siete meses.
No pude contestar. La enfermera pasó su brazo por mis hombros; el primer gesto humano en horas.
Me llevó con delicadeza al bar del hospital, y me tendió un café humeante que agradecí infinito… Me comenzaba a sentir tan ruin, tan…, que necesitaba del calor de alguien a mi lado, daba igual quién fuera.
Los tres días siguientes fueron una pesadilla. Me había convertido en una mujer hipnotizada por el momento que estaba viviendo, arrastrada por los remordimientos. A mis padres no les di explicaciones, ni a mi hermana, ni siquiera al padre de mi hija. A todos oculté que en el final de mi hija había algo más; hasta pasados cuatro días no volví al hospital.
Después de dormir más de veinticuatro horas seguidas encerrada en mi soledad, en mi vacío, recibí una llamada un tanto extraña convocándome a una entrevista en el mismo hospital. Acudí con desgana, ni siquiera me importaba qué me fuera a comunicar. Sólo deseaba desaparecer. Se me habían descosido los tiempos y necesitaba repararlos huyendo.
La reunión fue un tanto ambigua, pero lo suficientemente directa para entender que me estaban preguntando si querría dejar a la neonata en adopción al no tener padre conocido. No puse reparos para la salida más digna para aquella criatura, y me volví a casa peor aún de lo que había salido.
Era de noche cuando entré en casa a oscuras chocando con algo. Encendí la luz y miré al suelo. Era una pequeña caja de cartón que me entregaron cuatro días antes en el hospital. La cogí y me fui con ella a la cocina. Una vez que me calenté un vaso de leche y encendí un cigarrillo, abrí la caja.
Unas playeras mugrientas, ropa interior descolorida, un pantalón vaquero, un blusón y una chaqueta agujereada; en el fondo de la caja, un bolso.
Lo volqué encima de la mesa. Parecían lágrimas cayendo diseminadas y sin amparo sobre la superficie: un móvil apagado, un peine casi sin púas, un encendedor, un monedero con tres euros y su carné, una agenda y un sobre… Todo eso dejaba resumida la vida de una joven de veintiún años totalmente desconocida para su madre.
Dudé unos instantes antes de decidirme a abrir el sobre o la agenda; me decanté por el sobre.
Una letra temblorosa y escueta decía:
“Por si me pasa algo, mi madre sabrá qué hacer. Daniela Vargas. Calle Cerrajería cuatro. Segundo derecha.
Mamá, perdóname… Si es niña quiero que se llame María, y si es niño, Pablo. Ámala como nosotras no supimos hacer”
Marta
… Sentí como la pena, al fin, brotaba.
Dos meses después dieron de alta a María. Fuimos a recogerla mis padres y Alfonso, mi ex marido.
Cuando nos dejaron solas en casa, un rayo de sol entró por la ventana del salón; supe que era mi hija que me daba una nueva oportunidad.

miércoles 23 de diciembre de 2009

LOS MONÓLOGOS DE EVA

A veces, cuando vago en el olvido y me dejo mecer por la desidia, siempre termino pensando que nací para ser gaviota. Gaviota contemplativa del horizonte, atisbando mareas y huracanes, observando la serenidad de la calma chicha.
Un día, hace muchos años, era yo aún muy niña, me plantificó mi padre en un muro de un puerto pesquero a ver salir a lar mar a los pescadores y sus redes. En la poyata donde estaba, llegó una gaviota que, con elegante ademán, sentí que me daba los buenos días. Del susto, osé no respirar hasta que no pude más y robé al viento todo el aire de que era capaz. Doña Gaviota me miró curiosa; yo también la miré de reojo y noté que su curiosidad iba más allá de los que mis sentidos podían abarcar. Quise imitarla, pero no me dio tiempo; voló tras el sonido del barco sumándose a una estela de gaviotas que surcaban un mar plácido, despertando en un día luminoso. Las oí cantar y cerré los ojos para guardar en mi memoria aquel instante efímero.
Al día siguiente, estando en la playa, la vi llegar. Sabía que era ella, mi instinto me lo decía. Se aposentó, de nuevo, junto a mí. Yo escarbaba la arena, y ella bebía de agua que brotaba. Quise imitarla y acerqué mi nariz a la tierra; fue aquel instante cuando el aroma a salitre se mezcló en mi esencia hasta convertirme en hija del mar.
Esta vez, me dio tiempo a examinarla con detenimiento. Era blanca con vetas levemente agrisadas. Un pico largo y amarillo; el contraste era espectacular. Tan ensimismada estaba con Doña Gaviota que no sentí, al principio, el tintinear de la lluvia ni siquiera arreciar el trueno; ella tampoco… Estábamos imbuidas en un mundo aparte, donde la sensibilidad humana pocas veces entra. Cuando mi padre avisó, ella presenció con absoluta calma mi partida y, a continuación, volvió a mirar al horizonte enfurruñado de gris y noche y, elevando su cabecilla, comenzó un cántico coreado por multitud de gaviotas. Al día siguiente me fui y nunca la volví a ver, pero siento que la llevo dentro, que hubo un milagro que la ciencia no podría explicar aunque se lo propusiera.
Hoy, muchos años después, mi cuerpo de niña me ha abandonado, ahora en mi piel surcan cicatrices blancas, mi pelo se viste de ceniza y por mis dedos emergen letras en amarillo.
Cuando me falta el aire, si puedo, me escapo al mar más cercano a tumbarme boca abajo, a la orilla de la ola, y barnizarme del salitre que me falta, a rociar mi espíritu del mensaje del agua al llegar a puerto que canta a esperanza en un mundo de incomprensión.
Me gusta reflexionar en el silencio del oleaje, mirar al horizonte y preguntarme por qué no entiendo al ser humano, por qué yo soy lo que no quiero ser.
Así estoy hasta que despierto con una trova de gaviotas que lamen mis heridas. Sé que mi cuerpo no posee alas, pero sí mi imaginación. Ella vuela tan alto como mis gaviotas y emigra a los mares del sur cuando el temporal arrecia el alma de Eva que llevo dentro.
A veces, cuando vago en el olvido y me dejo mecer por la desidia, siempre termino pensando que nací para ser gaviota y, como tal, pinto en una cuartilla mis vuelos rasantes con plumas cenizas, alimentando mi sed con los peces lectores que pesco en un mar de letras.
¡Feliz navidad, amigos!

viernes 18 de diciembre de 2009

FÁBRICA DE SUEÑOS

Leí atentamente la noticia:"Papa Noel ya no vive en Groenlandia, ni los Reyes magos en Oriente.Hasta San Nicolás se mudó de domicilio, y la bruja Befana se marchócon su escoba; trasladaron su mundo mágico a un polígono giganteentre Chantou y Dongguan. Tampoco ya hay duendecillos que fabriquen sueños. Éstos han sido sustituidos por niños; ellos son los artistas que crean y visten a Barbie ejecutiva, el último modelo de cocheteledirigido, el videojuego de moda..."
Me quité las gafas de leer, me sentía de pronto muy cansada, vieja, desfasada. Sin embargo apareció Catalina, y me sustrajo de aquella negra sensación. Su carita de ángel soñador me hizo recordar...

"Yo también fui niña una vez, y tuve dos clases de muñecas. El primer grupo era muy numeroso. Cada una de ellas tenía un nombre elegido cuidadosamente según sus cualidades físicas; todas las tardes al llegar a casa, una vez que había merendado y hechos los deberes, jugaba con ellas. Las peinaba hasta que sus cabellos perdían suavidad y brillo, las vestía, las desvestía mientras en sus trajes se esfumaba la elegancia de tanto manoseo. Eran mis mejores amigas, siempre estaban junto a mí. Cuando iba aterrada al médico, ellas me acompañaban en la fría sala de espera. En el primer día de curso las presentaba en sociedad; cuando tenía miedo se metían en mi cama. Nunca me fallaron. Pasaban los años y ellas seguían conmigo. Algunas tras largas batallas estaban mutiladas, ajadas, calvas, pero todas seguían siendo mis princesas. El otro grupo de muñecas era muy reducido, eso sí, su belleza era espectacular, los trajes de ensueño ¡Hasta tenían enaguas!. Sus caritas de porcelana pintadas a mano eran una obra de arte. Los cabellos caían en cascada sobre los hombros, y siempre al mirarlas pensaba lo mismo: ¡Ojalá fuera como ellas de bonita!.

Estas muñecas estaban prohibidas, no se podía jugar con ellas, sólo decoraban las estanterías de mi habitación; eran tan frágiles, que cualquier juego por inofensivo que fuera, las podía romper. No tenían nombre ¿para qué?, no necesitaba llamarlas ya que nunca acudirían.

Ha pasado el tiempo, mucho, el primer grupo, aún recuerdo sus nombres. Esperaron fieles guardadas en un cajón a que yo tuviera descendencia. Hoy, alguna de ellas ameniza los juegos de mi pequeña Catalina. Otras, son enfermas, abiertas en canal por Juan y Pedro,dos cirujanos de once y catorce años.

Respecto a las muñecas sin nombre ¿Dónde estarán? ¿Cómo eran? No recuerdo apenas nada de ellas. Son princesas sin reino. Mis muñecas me recuerdan lo autentico; las cosas frágiles pueden en primer momento deslumbrar, pero fácilmente son olvidadas. Sólo las cosas sencillas que comparten tu vida son las que ayudan en el día adía. Todas ellas, me las trajeron los Reyes Magos, venían de Oriente..."

Una vez divagado por un mar de recuerdos, continué leyendo la noticia:"El pequeño Bo rellena de algodón un peluche con sus diminutos deditos, apenas tiene once años. Vino de una aldea rural del oeste de China para trabajar en la fábrica de sueños. Vive en condiciones pésimas de salubridad; le pagan 50 euros al mes, lo mismo que cuesta la Barbie ejecutiva.

Sus deditos no son tiernos ni suaves como los de nuestros hijos; son manos encallecidas de jornadas de catorce horas diarias, siete días a la semana para inundar occidente de juguetes entre el seis dediciembre, San Nicolás, veinticuatro de diciembre, Papa Noel, y el seis de enero, Reyes Magos y la bruja Befana"

Terminé de leer. Sentía húmedo mi rostro, y asco por el recuerdo amis muñecas.

jueves 10 de diciembre de 2009

HELENA, MUJER DE FUEGO

"Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas"Mariano José de Larra.
Hécuba reposaba en su lecho, el embarazo hizo de ella una mujer débil.
Desde aquel sueño que tuvo en el cual daba a luz a una antorcha que incendiaba Troya, el descanso relajado desapareció.
Aquella premonición tiempo después, fue tomado como mal presagio y su carácter se enturbió pues su amado esposo indicó la muerte del niño nada más que naciera. A los primeros síntomas de parto huyó para salvar al bebé; dejó al recién nacido abandonado en el monte Ida. Unos pastores recogieron a la criatura haciendo de él su hijo adoptivo.
Los años transcurrieron y Paris acudió a unos juegos funerarios en Troya donde Casandra, la profetisa, reconoció al hermano perdido; Príamo, feliz, por encontrar al hijo perdido, le restituyó al lugar que le pertenecía.
Un buen día, Paris fue elegido como arbitro para seleccionar a la diosa más hermosa.
Tres eran las candidatas: Hera, Atenea y Afrodita. Cada una dio a su juez un presente sin embargo, él se decantó por el que le parecía más sugestivo y este era el de Afrodita, que le prometía el amor de la mujer más hermosa de la tierra.Helena, reina de Esparta, ignorante sobre la nube de fuego que se avecindaba, paseaba su hermosura ante los ojos de su esposo Menelao.
Paris llegó a Esparta con la estrategia calculada y sedujo a Helena mientras el cónyuge de ésta se hallaba en Creta para asistir a unos funerales; no sólo se conformó con raptar a la beldad sino además, saqueó a su paso cuantas riquezas pudo y llegando a Troya vivieron años felices haciendo caso omiso a los reclamos troyanos. Meneo desesperado ante su impotencia, solicitó ayuda de los príncipes griegos y así, poder vengar su honor y el de toda Grecia.
Diez años de duras batallas, en las cuales en una de ellas, Paris salió ileso gracias a la ayuda de Afrodita, que le envolvió en una nube, sin embargo murió en manos de una flecha envenenada.
La bella viuda desposó con otro hermano de Paris provocando los celos de Heleno, su cuñado, y éste ante el despecho, revelos a los griegos como tomar Troya. Fue entonces cuando Helena tomó parte activa para la caída y destrucción de la poderosa ciudad que una vez fue conocida como la dueña de Asia.
La tradición cuenta que Meneleo perdonó a su esposa y ésta en gratitud, se convirtió en ejemplo de todas las virtudes domesticas, terminando su recuerdo en que fue divinizada e inmortalizada.
Epílogo:
Clara está cansada, ha sido un día duro; su único pensamiento es llegar a casa. La mesa es un hervidero de papeles emborronados de notas que ya no tienen importancia. Suspira aliviada y feliz mientras apaga la luz cuando el teléfono suena; un gesto hosco no le hace olvidar su profesionalidad.
-Prismus y asosociados¿En qué podemos ayudarle?
-Buenas noches, deseaba abrir una cuenta con ustedes.
-Por supuesto. Permítame que me presente, soy Clara Fernández ¿me facilita su
nombre por favor?
-Elena Garcia Ruiz.
-¿Elena con h o sin ella?
-Señorita, sepa usted, que Elena ha sido y es sin h.
-Disculpe señora Garcia ¿conoce a Helena de Troya?
-Conozco al caballo de Troya, un restaurante magnifico y sé quien es ElenaGarcia ¿me abre la cuenta sí o no?
-Por supuesto, ahora mismo.

martes 1 de diciembre de 2009

SEPTIEMBRE

Para ser una tarde de primeros de septiembre, el viento aullaba dolorido. Las hojas se arremolinaban a mis pies mientras trataba de abrir la verja. Estaba oxidada y me costó que la llave del candado funcionara. Tardé en meter el coche porque me quedé varada en medio de aquel jardín fantasmagórico o al menos a mí me lo parecía. Su abandono hubiera podido ser una insultante belleza en otro momento: la naturaleza en estado salvaje. Sin embargo en ese momento me hizo sentir tan yo misma que aún me hundí más en la tristeza. Aquel paraje gritaba soledad hiriente, oscuridad y vida muerta.
Hice un esfuerzo en levantar la trampa del garaje y bajé mis cosas. Había huellas de que el agua había inundado ese sótano; el barrizal estaba pegado al suelo y las huellas adheridas a las paredes.
Me temblaba la mano según trataba de abrir la puerta. Sin duda era miedo. Siempre había sido una miedosa, incluso ahora al enfrentarme con mis fantasmas, conocidos todos ellos durante años y yo huyendo de ellos como alma que lleva el diablo hasta que me cansé o se me terminaron las fuerzas y determiné dar la cara y cerrar el último capítulo de mi vida.
Al abrir la puerta de la casa se escapó un hedor entre muerte y humedad. Traté de dar la luz pero no funcionaba el interruptor; no me hacía falta, me sabía de memoria el camino. Subí el primer tramo de escaleras palpando la pared y notando bajo mis pies las telas de araña que iba aplastando. Al llegar al rellano abrí la ventana para poder a continuación desempolvar la contraventana. La luz asustó a los habitantes de la casa. Una serie de sonidos me dejaron petrificada, no tuve valor para volverme, sólo miraba hacia afuera como si de un salto pudiera escapar. El maullido de un gato me despertó del terror. Se restregaba contra mi tobillo. Miré hacia abajo y el hacia arriba y a mitad de camino se encontraron nuestras miradas desorientadas. Fueron décimas de segundos pero las suficientes como para entender que él estaba tan tirado como yo. A continuación se dio ha vuelto y subió por el siguiente tramo de escaleras; yo le seguí embrujada. Parecía conocerse cualquier recoveco. Después de un salto desapareció por el ventanuco del baño que estaba frente a la cocina. El cristal estaba roto y una vez que se fue el gato, se coló un pájaro. Revoloteaba asustado dándose contra las paredes. Añadió más angustia a mi estado de ánimo. Corrí a la cocina a abrir la ventana para que el pobre pudiera escapar ya que yo no podía. Cuando al fin estuve sola me dispuse a ir abriendo las ventanas de toda la casa para ahuyentar aquel olor a orín, polvo, humedad, muerte.
Pensé que volver a la casa en esa época sería más fácil. Aún el verano revoloteaba en el horizonte aunque las tardes fueran menguando. Tendría el tiempo suficiente para prepararme antes de que llegara el invierno. El otoño en esa parte del mapa era muy intenso, pero muy breve. Un buen día amanecería y encontraría la nieve en la puerta.
Ahora que estaba allí, me preguntaba por qué deseaba sufrir en vano. Hay ciertos recuerdos que más vale dejarlos enterrados por mucho que pienses que tu capacidad de sufrimiento ya está agotada. No, mientras tu corazón late, aunque esté deshojado aún es capaz de sentir y mientras sientes el sufrimiento corre por tus venas.
Después de tiempo de convivir con la soledad hasta que he llegado a la casa no me he dado cuenta de lo atroz que puede llegar a ser. En cierto modo había olvidado ese dolor seco que produce el reencontrarte con el ayer. Al abrir la puerta de uno de los dormitorios y abrir la contraventanas, la luz tibia de la mañana se reflejo en cada una de las paredes…, incluso sobre la cama reposó un rayo de sol extraviado. Allí con toda su intensidad entre la maraña de polvo y telas de arañas tejidas con primor estaba una camiseta, ahora blanquecina, abandonada de cualquier forma. A su lado un peluche. No sé cuánto tiempo tuve la mirada clavada, tal vez hasta que mis ojos picaron de dolor y las lágrimas se secaron sobre mi rostro. Me agaché a coger el osito y estrecharlo entre mis brazos; fue como volver a tener a mi hijo Rubén entre mis brazos, a oler su piel a canela tierna. A pesar de estar temblando, por dentro sentí el calor perdido desde el día que él se fue para no volver.
Cuando hallé las fuerzas suficientes, arranqué mis pies de aquella estancia y fui a abrir las contraventanas del salón. Fue un alivio sentir el gorgojeo del aire tratando de arrastrar el polvo, la luz trepar por los muebles a pesar de ir descubriendo cómo se quedó el ayer estancado en un instante. En el sillón orejero yacía un periódico cuyas hojas amarillentas bailaban al son del viento, unas gafas de leer en el suelo y un vasito en la mesa tan tupido de tela de arañas que parecía estar conservado en una urna de cristal; el teléfono estaba en el suelo. Todo había quedado sellado como en las páginas de aquel periódico que marcaban cinco de septiembre de mil novecientos noventa y tres; estábamos en el dos mil cinco.
Recogí del garaje la maleta y los víveres y volví a subir las escaleras hacia mi dormitorio. Según pasaba por una de las puertas de una habitación que aún permanecía cerrada, salió de ella un ruido; me paré en seco. Dejé los bultos en el suelo y abrí con celeridad la puerta; había olvidado el miedo.
La habitación estaba rodeada de una atmósfera grisácea, casi transparente, diría que mágica. Entraba la luz alegremente y a pesar de que no haber un hueco libre para más suciedad, se me presentaba bellísima la visión que estaba ante mí. Así era mi hijo Andrés, porque aquella estación había sido de él. Aunque la tristeza agrietó de nuevo mis paredes internas, era un dolor suave, dulce. Nunca podría recordar a aquel chaval que se comía a mordiscos el mundo con tristeza. Para él no había problemas ni fronteras; todo en la vida parecía haberle sonreído.
Me senté en la mesita de su escritorio. Allí yacían un bolígrafo, una radio, libros desordenados y unas hojas bajo aquel bolígrafo. La última palabra escrita estaba sin terminar. Las tomé entre mis manos y las letras se enredaron en mi cabeza. Era una carta de amor. Mi hijo estaba enamorado en aquel momento y yo sin saberlo; ella se llamaba Patricia… Los años de pronto se apelotonaron en mis sienes y volví a gritar al silencio que no existía justicia. Al sonido de mis lamentos volvió a aparecer el gato. Me miraba asustado. De un salto se subió a la cama expectante, sólo cuando dejé de vociferar se tumbó a mi lado y cerró los ojos.
Nacemos para morir, todos lo sabemos, pero hay que vivir un tiempo prudencial, beber la vida y cuando se agote el manantial, tumbarte en la sombra a esperar la muerte en paz. Hasta entonces siempre pensé que Dios era justo y amable y yo por tanto le correspondía con cada uno de mis actos dándole gracias cada día antes de dormirme.
Pero aquel cinco de septiembre se me paró el reloj; Dios me arrancó las entrañas dejándome el corazón latiendo sin sentido. Desde entonces le he odiado y maldecido cada segundo que mi corazón ha seguido latiendo moribundo.
…Era un septiembre hermoso. El calor había dejado paso a días dulces y el jardín volvía en cierto modo a latir pausado dándonos las últimas flores de aquel estío en que todos habíamos gozado del agua, el sol, el descaso estival. La casita que estaba en medio del campo la heredé de mis padres. Ellos la habían construido para cuando llegara la jubilación poderse retirar al campo, cerca de la ciudad, pero con el aliciente del huerto, los árboles y la chimenea que tanto les gustaba; no dio tiempo. La muerte les vino a buscar antes. Por aquel entonces yo me había casado y ya había tenido a mis tres hijos. Decidimos no vender la casa y a partir de primavera trasladarnos a ella cada año. Allí crecieron mis hijos, allí disfrutamos de ellos como de nuestros amigos.
Aquel cinco de septiembre estaba en el jardín recogiendo las huellas de la fiesta de la noche anterior. Manuel, mi marido estaba dentro de la casa leyendo el periódico, Mi hijo Andrés permanecía en su habitación y Rubén había bajado a la ciudad con su hermana laura a despedirse de sus abuelos paternos. Eran gemelos. Al día siguiente volaban a Londres a continuar sus estudios. Tenían veintiún años recién cumplidos el ocho de agosto.
Sonó el teléfono, yo lo oí y la siguiente imagen fue cuatro ojos mirándome desolados. No recuerdo más. Sé que cuando abrí los ojos estaba en un lugar desconocido, rodeada de gente desconocida. En aquel lugar estuve tres meses hasta que fui recordando. Cuando el puzzle de mi memoria puso todas las piezas en su lugar se me comunicó que yo había tenido un accidente según íbamos al hospital donde mis hijos gemelos yacían muertos; se había empotrado contra un camión… y nosotros nos salimos de la carretera, íbamos a gran velocidad.
Trece años vagando como un fantasma sin atreverme a volver a la casa, a aquel día en que el tiempo se congeló.
Cuando he despertado, tenía un frío helado entre mis huesos. Estaba abrazada al osito de peluche y el gato dormitaba a mi lado; era de noche. He bajado a la cocina, recordaba que en la despensa guardábamos velas para cuando se fuera la luz ya que era muy frecuente que eso sucediera en aquel lugar; el gato me ha seguido.
La llama de la vela entonaba las sombras. Éstas bailaban al ritmo que el vientecillo peinaba el polvo que iba de un lado a otro. Me he sentado en la silla de la cocina. Respiraba tranquila y si esa escena que estaba contemplado era para dar miedo, yo insospechadamente no lo sentía. Muy por el contrario, me encontré a mi misma sonriendo. El gato se ha subido encima de la mesa y yo le he acariciado mientras la llama de la vela se intensificaba y me rodeaba de una luz muy bella.
En ese momento he visto aparecer a Paco, a los gemelos y a Andrés. Me tendían sus manos y yo me he refugiado en sus brazos.
El gato y yo, por fin, hemos dejado de estar solos para siempre.

lunes 23 de noviembre de 2009

COMO GRANOS DE ARROZ EN LA TORMENTA

Llamó y me lo contó casi en un susurro; me dijo que no podía redondear su vida desde que él faltaba. A pesar de la ternura con que el tiempo trata a las pérdidas y hace más pausado el asimilar el dolor, no lo superaba.
Él era un corazón forjado en la bondad, alegre y vital… Ahora, las sombras espesas que la abrazan son tan frías como el hielo en noches de invierno. La angustia comprime los surcos de su frente, la comisura de sus labios y su pelo ya no es el trigal de antaño sino la nieve difuminada en su cráneo.
Calló unos instantes, el silencio también sabe hablar de dolor, su lenguaje va más allá de las palabras. No la veía, pero me imaginaba su rictus perdido y preguntando lo que los años no han sabido responder.
Recuperó la voz para narrarme que sus duelos son como los granos de arroz en la tormenta: jamás se ablandan y hacen daño al estrellarse contra el corazón..., contra la razón. Se han convertido en el peso basculante entre la realidad y el deseo, entre la nostalgia y la memoria.
Sigue guardando en cada rincón, en cada pliegue del aire que respira, un trozo de él que pinza su existencia.
A veces, siente que sigue vivo, que entrará por cualquier ventana aquella sonrisa con que iluminaba su vida… También, a veces, le presiente en la afonía de las paredes mullidas por lágrimas secas. Su imagen se difumina y agarra la foto para pensar su cuerpo más alto, crecidas sus manos con el rigor de la madurez… ¿Cómo sería él ahora? Se pregunta.
Para ella, no hay fecha ni caducidad en su amor, éste será eterno. Da igual que los años se marchiten en un calendario; sólo pide saber qué pasó con él. Un día salió y la puerta no se volvió a abrir. Ella, sigue esperando..., esperando saber qué pasó aquel día en que su hijo desapareció.

martes 17 de noviembre de 2009

DE ALMA Y CARNE

No creo en las casualidades, ni siquiera en el destino. Sin embargo, he de reconocer que nuestra historia la escribimos nosotros con dosis de algo que está fuera de nuestro control. De nada sirve arrepentirse, lo hecho, hecho está y afrontas tus consecuencias como los estigmas que marcan tu presente y tu futuro, si es que éste lo tienes.
Aquel viernes salí de marcha con rabia, ganas de olvidar líos de trabajo, de familia y me enrollé con un tío que olía bien. Para eso, siempre, he sido muy mirada, el sexo me moló desde el instituto, pero mi olfato era el que determinaba con quién debía irme y, el chico de aquella noche de viernes, su perfume, además de jabón, era a colonia cara. Fuimos dos locos huyendo. Tal era nuestra urgencia que no nos preguntamos los nombres. No recuerdo su cara, ni me llevó a casa. Todo sucedió una y otra vez en el aparcamiento. Después, salí temblorosa, mareada y satisfecha. Me pasé el domingo en cama y el lunes volví a mi normalidad.
Dos meses después, comencé a encontrarme mal: cansada, con vómitos y sin ganas de comer; pensé que era la carga de trabajo, los viajes y el estrés de fin de año. Dos semanas antes de nochebuena me encontraba fatal y bajé al ambulatorio que estaba al lado de la oficina. Me miraron, me hicieron todo tipo de preguntas que me enfurecieron sobre mi vida íntima y, finalmente, me recomendaron unos análisis.
Recuerdo aquel nueve de diciembre como una pesadilla; no había diagnóstico, sólo una afirmación: estaba embarazada.
Me moví como los conejos atrapados, recabé toda la información posible y pedí un par de días libres en el trabajo. Todo lo que hacía era meditado, calculado, pero en mi interior me pedía a gritos sosiego pero, ¿qué iba a pensar? No había nada que pensar.
Eso me iba diciendo cuando me monté en un taxi camino de aquella clínica. El viaje se me hizo eterno. Me bajé asustada, hueca, vacía; jamás había tenido semejante sensación.
Al entrar percibí un a atmósfera fría, totalmente despersonalizada y una mujer, que no me miro a la cara, me preguntó a qué hora tenía la cita. Contesté con un hilo de voz y me tendió un papel para que lo rellenara. Me dio por pensar según iba rellenando las casillas que mi vida estaba en ese papel, incluso la de mi hijo. Aquella afirmación al hablarme a mí misma de un hijo al que en ese tiempo había ignorado y que, en unos instantes, le iba a negar el derecho a la vida, me hizo tiritar. Efectivamente, el cuerpo era mío pero la vida que crecía dentro de mí, ¿también? Volví a tiritar.
Entregué el papel y me pasaron a una salita. Allí estaban otras dos mujeres que ni siquiera levantaron la vista. La tenían apostillada en aquella moqueta azul cobalto escondiéndose de ellas mismas, lo sé.
Un silencio hierático traspasaba mis tímpanos y mis manos comenzaron a sudar al abrirse la puerta para que pasara una de las mujeres. Fue definitivo: el corazón galopaba desbocado hacía algún lugar y yo necesitaba aire en mis pulmones. Salí corriendo entre sollozos y lágrimas indescriptibles.
Han pasado cinco meses y siento a mi hijo como patalea cuando corro por los pasillos. Vive, vive por mi cobardía porque tuve miedo al holocausto al que le conducía sin medir que dentro de mí crecía un alma y una carne. Algún resorte moral se despertó dentro de mí…, puede que fuera eso, no sé.
No soy feliz porque, en cierto modo, me he fastidiado la vida, me he complicado la existencia, pero duermo tranquila, en paz, no me siento asesina de nadie y he llegado al convencimiento que no soy quién para negar la vida a nadie, ni siquiera a un hijo que no deseo.
Nuestra vida la escribimos nosotros, no es fruto de ninguna casualidad.

miércoles 11 de noviembre de 2009

EN BUSCA DEL SUEÑO PERDIDO

• ¿De que sirven los sueños si casi nunca se cumplen abuelo?- La cara de Guillermo era todo un drama de Chéjov mirando a su abuelo y esperando una inminente respuesta. Sabía que él siempre tenía respuestas para todo, sabía casi todo y… el todo estaba en la cabeza de abuelo.
• Guille hijo mío, las cosas no son como nosotros queremos a veces, pero podemos intentar su conquista ¿Qué te parece?- El niño se atusa la cabeza con los dedos llenos de mugre. Ha estado escarbando en el jardín; su caja de canicas no aparece.

• Abuelo entendámonos. Dices que la gente no hace más que filosofar y es basura lo que dice, y ahora tú me vendes una moto sin ruedas. No es justo-Guille se queda callado, se siente impotente, frustrado por no saber ni el mismo su inquietud.- Abu… ¿Cómo supiste que tus sueños eran una fantasía y que nunca se cumplirían?

• Cuando me presenté delante del Teatro Calderón con un ramo de rosas para invitar a Celia Gámez a cenar. Como yo, había trescientos hombres esperando con las mismas intenciones. Yo muy buen mozo, aunque mi aspecto de pueblerino no me había dado tiempo a sacudírmelo; mi carrera de medicina recién terminada, cuatro perras en el bolsillo, y algo muy importante que me decía mi madre “Hijo tienes carisma” Muy bien no sabía lo que significaba aquello, pero yo me hice mi composición mental y pensé que aquel vocablo extraño que mi madre oyó en una película de Valentino era suficiente para que Celia Gámez no me rechazara… Y ya ves Guille, no pude ni acercarme. Sin embargo, según me iba, vi a una chica parada contemplando fascinada la salida de la gente del teatro; me cayó simpática y le regalé las rosas. Por cierto, me las tiró a la cara y dos años después me casé con ella. Quise que Celia Gámez fuera la madrina, al fin y al cabo, ella en cierto modo era un poco cómplice ¿No crees? Pues bien, tu abuela que es muy suya, no sólo se rió de mí sino que anuló nuestro compromiso; tuve que comerme mi orgullo y mi admiración por Celia, y prometer a Nuria que jamás volvería a mencionar a esa mujer.

• Y… y ¿Te quedaste tan pancho abuelo? Ya lo dice la abuela que eres un calzonazos.- Guillermo pone todo su máximo esfuerzo en que su cara sea de asco absoluto, de rechazo a la actitud de su abuelo, como cuando su madre le pone el plato de lentejas con acelgas, comida que odia con todas sus ganas… aunque, pensándolo bien, quizá ese sea su sueño no desvelado “No comer más ese asqueroso alimento”

• No renuncié Guille.- De pronto el abuelo baja el tono de voz y se pone muy misterioso.- Cuando quieras, bueno, cuando se vaya la abuela a la compra, si quieres subimos al desván y te enseño…

• ¡Abuuuuu eres la leche!- El entusiasmo, la esperanza, han vuelto a renacer en el corazón infantil.- Por cierto abuelo ¿Tú crees que con mi edad ya tengo cataclismo como decía tu madre?

• Carisma Guille… eres joven aún y muy tozudo, pero si te trabajas el carácter quizá un día…En las paredes del despacho de Guillermo Salazar no cabe ya ni un alfiler; todos son diplomas honoríficos, de cursos, especializaciones; sólo una nota disonante rompe la monotonía del paisaje: justo en el centro de la estancia, en la pared que está tras la mesa, hay dos fotos colgadas. Una es de un hombre de bigote cuidado y pelo ondulado, bien engominado; la otra fotografía, es de una mujer muy bella, de la misma época que la del hombre. Anabel Plaza no hace más que reír contemplando ese pequeño gran detalle, es más, piensa que es la última esperanza que tiene para lograr llevar a su abuelo a la consulta; decirle que el doctor Salazar tiene colgada en la pared una sorpresa para él.Guillermo entra en su despacho mirando unas radiografías; un carraspeo le saca de su concentración; busca el ruido distraído y se encuentra que hay una chica sentada. Es bonita piensa, se parece a Michelle Pfeiffer en sus ojos, en su sonrisa, en su sencillez… Agita fuertemente la cabeza; ya está como siempre, comparando a todas las mujeres con su actriz favorita.

• Soy el doctor Salazar ¿Qué desea?

• Guille, hoy es tu último día de trabajo ¿Dónde vas de vacaciones?

• Estoy tan cansado, que lo único que deseo es tirarme en una tumbona bajo el sol.

• Llévate la foto de Celia Gámez que tienes colgada… te inspirará Jajajajajajaja.- Guillermo se vuelve hacia la pared y musita:

• No es mala idea. Quizá trate de recuperar algo de un pasado que se perdió.
Guillermo conduce por la autopista; le gusta esta época del año cuando todos han vuelto de sus vacaciones, el se va. Ha parado a repostar gasolina y mientras espera, contempla la forma en que vuelan los pájaros; su vuelo le induce a pensar que el otoño está cerca. Como una nube sin lluvia se alejan todos juntos, grises y silenciosos; el canto mudo del aleteo de sus alas es uno de los sonidos que más estremece a Guillermo en su estación favorita.
Hace tiempo que recibió su herencia pero no quiso ni pensar en ella, le hacía daño. Sin embargo las palabras de la joven que acudió a su consulta revolotearon con tal insistencia en su cabeza, que hicieron débiles su temores y fuertes sus añoranzas “Doctor tiene gracia. Mi abuelo siempre deseó conocer a Celia Gámez pero siempre termina diciéndome que los sueños son espinas clavadas en el corazón, deseos que nunca llegamos a cumplir…
”Aquella mañana de final de verano, cuando Guille subía los peldaños con su abuelo camino del desván, éste de pronto se sintió indispuesto y cayó escaleras abajo. El niño contempló la escena petrificado; salió a la calle en busca de ayuda pero el miedo le impidió vocalizar una sola palabra. No volvió jamás a la casa de los abuelos.Los años transcurrieron, la vivienda no sabía por qué extraña razón no se vendía; allí nadie vivía, estaba abandonada y su abuela se había ido a vivir con ellos. Cuando ésta falleció, se enteró que ya en el testamento de su abuelo, dejaba como único heredero de la casa a su nieto Guillermo, con la única condición de que fuera a ella sólo y exclusivamente cuando sintiera el deseo. Confiaba en la honestidad y el carácter de su nieto, que así lo haría.
Ahora Guillermo se preguntaba cómo podía saber su abuelo en aquel entonces el carácter que tendría su nieto cuando fuera mayor; no había duda de que su abuelo entre los muchos dones que poseía, también estaba el de adivino; no se equivocó.Los seiscientos cincuenta kilómetros de distancia, los recorrió casi en un suspiro, llegando a la caída del sol: Las hojas de los árboles habían comenzado ya a descender, extendiéndose por el césped como una bonita alfombra dorada. El murmullo del oleaje al chocar en el acantilado le dio la bienvenida; sintió como si retrocediera en años, como si abriera la puerta que cerró precipitadamente una vez. Aspiró el aroma del salitre tanto como pudo y se apoyó en árbol donde transcurrieron muchas horas de su infancia. Sin darse cuenta de lo que hacía, se agachó, y se puso a escarbar en la tierra; no pasó mucho rato hasta que sus manos pararon y todo su cuerpo quedara colapsado de la emoción: delante de sus ojos había una caja de latón oxidada, pero que no se habían borrado del todo los dibujos y el nombre de Galletas Fontaneda. Tomó con sumo cuidado el objeto. El pelo enmarañado, revuelto por la huella dactilar del viento, caía por la frente, sensación que aún le acercaba más al día que escondió su tesoro. Abrió la tapa y allí estaban sus canicas, justo treinta y tres; las contó una a una y se dio cuenta que aquello bien podía ser premonitorio; era la edad que Guillermo tenía en ese momento.

Despertó con el silbido del aire y un olor a brasas; la noche anterior al entrar en la casa no pudo dar un paso más allá de la cocina, uno de los lugares favoritos en su niñez y se sorprendió al hallarla tal como era en aquel entonces: la mesa de madera donde directamente cortaba la abuela los ajos dejando marcada la huella del cuchillo, la alacena repleta de vasos, platos y bandejas en perfecto orden de tamaño, con sus baldas cubiertas de tela y rematadas con encaje; el fogón donde se cocinaba y Guille se calentaba las manos en inverno. El punto central de la estancia era una mecedora; unas veces era la abuela quien se sentaba a repasar los calcetines, y hacer ganchillo; otras, era el abuelo quien al calor de la lumbre, se sentaba a fumarse la pipa mientras observaba el trajinar de su esposa o… contaba historias a su nieto.La escena era tal real que Guillermo tenía la sensación de que estuviera sucediendo en ese preciso instante; no hacía más que sonreír por los recuerdos tan gratos que se agolpaban en su cabeza. Él también se sentó en ella y meciéndose, el sueño le sobrevino.Después de tomarse un café con leche con unas rebanadas de pan que le habían sobrado de las provisiones que trajo, se dispuso al fin a pasearse por las otras habitaciones de la casa.
Fue abriendo las contraventanas para que pudiera pasar la luz; ni siquiera había polvo suspendido en el aire, como si las sábanas blancas que cubrían los muebles hubieran absorbido cualquier suciedad; olía a cera y aún, a limón, olores que ahora él comprendía como en su casa siempre los ambientadores que elegía eran de esas características. Le hacía gracia como los recovecos de la mente humana guardan espejismos que un día desvelan las causas del por qué está allí.

Pasaron tres días; Guillermo era feliz rodeado de su pasado; no echaba en absoluto de menos compañía alguna; la soledad como única compañera, le inspiraba en paseos, lecturas, limpiar el jardín de hojas… Durmió a pierna suelta en su cama, tal como lo hacía de pequeño, tapado hasta las orejas, cosa que no había vuelto a hacer desde entonces.

Al amanecer del cuarto día, un ruido en el techo le despertó; provenía sin duda del desván, estancia que no había visitado todavía; el ruido se volvió a repetir y Guillermo decidió ir a ver qué era lo que estaba pasando; subió lentamente los peldaños, la luz del descansillo aún funcionaba de manera intermitente; con un suave golpe, se quedó estable, como lo hacía su abuela. Abrió la puerta y la oscuridad era tal que no se veía nada; encendió la linterna que había subido por si la luz fallaba y buscó en la pared cercana el interruptor; el desván se iluminó.Se apoyó en el quicio de la puerta para digerir la maraña de trastos y cómo no, ordenados de la mano de su limpia, pulcra y maniática abuela. Todos los objetos inservibles podían tener utilidad por lo que jamás iban a la basura; eran depositados en aquel cajón de sastre en espera de que alguien necesitara una parte, una pieza o… cualquier cosas de ellos.

El ruido provenía de la diminuta ventana y de un pájaro que se había quedado atrapada una de sus alas. Se acercó a rescatar al pobre bicho y éste en vez de irse, entró, posándose en un rincón tranquilamente. Se acercó a él lentamente, no quería asustarlo y cuando estuvo próximo, se dio cuenta de que se había posado encima de una caja; el animal voló hacia otro rincón, y Guillermo pudo coger la caja de cartón que no pesaba mucho; ya con ella en las manos buscó donde sentarse y aunque había un par de sillas, vio que estaban totalmente cojas, así que se dejó caer directamente al suelo.Lo primero que observó del contenido fueron las gafas del abuelo, un bloc de dibujo de Guille, un sobre con fotografías y un cuaderno; una vez echo el recuento, decidió analizar detenidamente aquellos objetos.Se puso las gafas y el mundo fue borroso, pero no se las quitó; cogió el sobre y sacó las fotos. Se preguntaba quién serían aquellas figuras difuminadas, hasta que sacó una grande, tan conocida para él, que aunque fuera desdibujada la imagen por las dioptrías de los cristales, de sobra sabía quien era. Delante de él y en exclusiva para Guillermo Salazar estaba la única e irrepetible Celia Gámez, la misma foto que él tenía en el despacho, pero con una diferencia; estaba dedicada.

Se quitó las gafas para leer con claridad “A mi fiel y tierno Gerardo… Celia” Guillermo abrió los ojos tanto como pudo ¿Cómo es que el abuelo tenía una foto dedicada? Eso de fiel y tierno ¿A qué se refería? ¿Sería lo que su abuelo le iba a contar el día que murió? ¡Joder abuelo, qué putada me hiciste con morirte! Musitó Guillermo; ahora siempre le quedaría la duda de qué hubo entre ellos ¿A quién se lo iba a preguntar si los dos protagonistas del misterio estaban criando malvas desde hacía mucho tiempo?¡Abueloooooooooo! Chilló Guille; del susto, el pájaro revoloteó, posándose esta vez en la misma cabeza de Guillermo.¿Qué pajarraco, vienes a explicarme si al calzonazos de mi abuelo se le cumplieron sus sueños? El pájaro se movió y se puso encima del sobre: ¿Tú, enano qué pretendes? ¿Qué me vuelva más loco? Sin terminar el diálogo que mantenía con aquel extraño animal cogió el sobre y sacó más fotografías; los abuelos en Palma de Mallorca, el abuelo recogiendo un diploma en manos del General Franco ¡Ostras abuelo! ¿Pero no me dijiste que nunca te fiaste de este tío? ¿Qué haces ahí estrechándole la mano y para colmo sonriéndole?Una foto de mamá cuando era pequeña, la abuela en el huerto ¡Menudos tomates sacaba! Yo, unas navidades con la pelota que me regaló un amigo de papá… ¡Coño el abuelo y la Celia juntos! ¿Pusiste los cuernos a mi abuela truhán?Guillermo alucinaba en colores con sus descubrimientos; unas veces se enfadaba con su abuelo, otras, le felicitaba por haber tenido un par de narices al luchar aunque fuera por un sueño absurdo, pero que sin duda, había significado mucho en su vida.

No se dio cuenta hasta mucho tiempo después, de que no había abierto el pequeño cuaderno; fue el pájaro de nuevo quien le indicó el camino.La letra allí escrita era sin duda la de su abuelo; una caligrafía perfecta, dibujada con tinta negra. Casi todas las hojas estaban ocupadas “Y yo abuelo que siempre he pensado que lo de escribir en un diario era una mariconada de las mujeres… y ahora me sale tú con estas”

27 de septiembre: Guillermo ha cogido la muñeca que Nuria guardaba con tanto celo de nuestra querida hija, y le ha abierto en canal, sin duda será un cirujano excelente pues le ha hecho un corte limpio.

Efectivamente abuelo, soy cirujano cardiovascular, recuerda que tú me metiste en la cabeza la profesión; tanto contarme cuentos de autopsias, mira las consecuencias.

2 de abril: Estuve con ella. Le encontré más enferma que unas semanas antes; el mal avanza rápidamente. Sin embargo, sus piernas a pesar de que empiezan a aparecer llagas, siguen siendo preciosas ¡Ay Celia mía! Qué pena que te haya conocido en estas circunstancias, pero al menos me consuela que mi humilde persona te sirviera aunque fuera de médico. ¡Recuerdo tantas veces el día que nos conocimos! Llegaste a mi consulta bajo un nombre falso, no querías levantar sospechas en la prensa; elevé la vista y se me quedó clavada en aquel cuerpo tan familiar; de pronto, apareció como en un sueño tu rostro… ¿Quién osó decir que los sueños, sueños son?

Desde entonces, he visto amanecer en tu piel los surcos del mal, que se han convertido en el camino de mi arado para calmar tu dolor, y así será hasta el fin.

Abuelo ¿Me quieres decir que gracias a la medicina cumpliste tu sueño? En confianza abuelo, y sin que salga de entre nosotros ¿Tú crees que me debo ir a USA, ejercer allí de medico para conocer a Michelle Pfeiffer? Te entiendo, me podía haber buscado una mujer española, pero abuelo, estos son otros tiempos, y hay invasión de americanos para todo. ¿Qué opinas? Espera un segundo abuelo que está sonando el móvil, ahora vengo…

• ¿Sí? Salazar al aparato.

• Doctor Salazar, buenos días soy Anabel Plaza ¿Me recuerda? Le llamo porque mi abuelo ha accedido a ir a su consulta.

• Sí la recuerdo perfectamente; me alegro mucho. Volveré a Madrid en una semana aproximadamente ¿Le llamo previamente y cenamos juntos? Podremos hablar tranquilamente de su abuelo ¿Le parece?

¡Abueloooooooooooooooo! Siéntate que te cuento: No es La Pfeiffer precisamente, pero se parece mucho, y su abuelo era un forofo de la Gámez. Le he invitado a cenar con la excusa de que su abuelo padece del corazón ¿Qué opinas de la estrategia para ligar con mi Celia particular calzonazos?

Creo abuelo, que éste bien puede ser el sueño de tu nieto…

miércoles 4 de noviembre de 2009

UNA HISTORIA SENCILLA

Miguel me atusa dulcemente la mano. Parece mentira con lo hoscas y atribuladas que eran sus manos, con el tiempo han logrado refinamiento, dominio sobre su fuerza bruta.
Levanto la cara, me está mirando. Me mira con esos ojos de cachorro perdido y lastimero; con lo cenizo que es, seguro que me está llorando antes de irme…, le conozco tan bien que… Sobre sus ojos se ha posado la niebla de los años aunque no han perdido la ternura a pesar de esas arrebolados de arrugas que acarician su años.
Le miro sintiendo la gratitud que se me escapa sin querer, con ese amor que da el roce, el tiempo…, y busco entre las telarañas de la memoria aquel joven que conocí con apenas veinte años.
Miguel era guapo, muy guapo. Extrovertido, parlanchín, culto y divertido. Como se decía en aquellos tiempos, hubo flechazo en el mismo instante en que nuestras voces se rozaron en el aire. Yo era camarera, y él un señorito bien de una ciudad de provincias. Yo, trabajaba para sacarme unos estudios con el enfado de mi padre que deseaba que me quedara en el pueblo y desposara con alguien que acrecentara las tierras familiares; para mi tiempo era una muchacha díscola e independiente en mi fuero interno.
Miguel era ya un apuesto abogado, además de tener novia reconocida, y de su misma clase, pero hubo algo que condujo a sus sentimientos por caminos muy distintos a los de Casida, su chica como dicen ahora.
Al principio, él se debatió entre lo correcto que era Casilda y la pueblerina que era yo, sin haberes y, como único aval, mi belleza. Sí, hasta yo debía reconocer cuando veía fotos mías de aquella época que era muy hermosa. De esas bellezas limpias, sanas, sin necesidad de acudir a afeites que engalanaran mi tarjeta de presentación. Tampoco tenía falsas pretensiones y mis pies estaban demasiado clavados a la tierra para permitirme ciertos sueños. La discreción y la prudencia, mi carácter tranquilo me ayudaron a escalar los montículos sociales que nos separaban. Bueno, fue una ficción porque el tiempo demostró que no trepé ni las paredes de mi casa.
Nos enamoramos poco a poco, sin prisa, pero sin pausas. La declaración oficial de sus sentimientos a sus padres fue toda una tormenta que no acalló ni tiempo después de estar sus padres en la tumba. A él le perdonaron, pero no a mí que había truncado los planes de futuro para su hijo. Era una sociedad hipócrita, consintiendo, tapando cualquier desmán moral; todos estaban corrompidos, hasta Don Severino, el guía espiritual de mi suegra. Gracias a su ejemplo, dejé de pisar la iglesia. Ellos taparon los escarceos de faldas de Miguel. Claro, mi culpa fue callar, asentir, y hacer que nada veía. Le amaba demasiado hasta que dejé de quererle. Todo tiene un límite, hasta los sentimientos.
¿Por qué no me fui? Mis hijos, mis hijos me ataron a la pata de la cama de su padre. No, nunca tuve miedo de perder, Dios lo sabe bien. Sabía que no tenía nada, odiaba esa sociedad mentirosa, ellos tampoco me querían. No me fui porque el amor a mis hijos era lo que de verdad era real, limpio y puro en mi vida mientras su padre iba de triunfo en triunfo. Pero como todo en este mundo, los caminos se agotan, y has de volver a caminar, esta vez de regreso, cuesta abajo. Y allí estaba Matilde, yo, para recoger los escombros.
Los años pasaron, la vejez llegó, y Miguel se acopló a mi brazo hasta hoy.
No quiere escuchar a los médicos ¡Pobre!, tiene terror a la soledad, al eco de las paredes de su alma. Por él estoy aguantando, me da lástima. Guardo las pocas fuerzas que me quedan para cuando Miguel se acerca silencioso, se sienta, me agarra la mano y me mira con esos ojos de perrillo maltratado, abandonado.
El ser una octogenaria me ha hecho perdonar, olvidar mis duelos…, he dejado de sufrir por mi pasado, aunque no olvido que Miguel está aquí, ahora, porque su vejez le ha prohibido todos los placeres de la juventud.

… Me vuelve a acariciar la mano, se la acerca a la boca y me la besa suavemente; es lo último que he sentido antes de cerrar los ojos…

jueves 29 de octubre de 2009

PUNTITO CHIQUITO

El tren frenó estrepitosamente. Los cuerpos de los viajeros avanzaron más allá de sus asientos y los enseres rodaron por los coches sin amo ni rumbo. Algunos que iban durmiendo, se despertaron y se pusieron a chillar en defensa propia, por si acaso.
-Mi arma, cállese o terminará asustando al tren- ésta es la voz de Paquito que también iba durmiendo placidamente cuando el frenazo le arrancó de los escenarios. Soñaba que el teatrillo estaba lleno y la gente en pie no paraba de aplaudir. Su espectáculo se llamaba Triana… Pero la realidad es más cruda, irreversible, diría Paquito...
Se estira en el asiento como puede ya que la mujer que sigue gritando es tan gorda como las vacas de su tío Rufo y apenas le deja hueco; no hay problema, Paquito es la mínima expresión de ser humano que te puedes echar a la cara. Según su padre, a la madre que le parió se le acabaron las fuerzas después de nueve embarazos y, cuando se quedó preñada de Paquito, no había más materia, así que la criatura que llegó al mundo era diminuta. Con el tiempo, el muchacho aprendió a tener las espaldas anchas y echarse en ellas todas las risotadas que provocaba su persona. Sin embargo, se le reconocieron rápidamente tres cualidades: era fuerte, alegre y su voz como la de un ruiseñor.
Desde chico corrió por sus venas el flamenquito y, cuando las monedas se acababan en su casa, no dudaba en irse a la taberna, subirse a una silla y cantar. Al terminar, se bajaba de la silla, la colocaba en su sitio y, estrujando su gorrilla, pedía una limosna.
Nunca nadie, hasta ese momento, se había preocupado, ni siquiera su madre, de saber qué dotes tenía aquella criatura diminuta de ojos cristalinos y alma al viento, pero un día en la taberna, un hombre que siempre se sentaba en el rincón derecho junto a la ventana, posó los ojos en el niño. Era un hombre extraño con la mirada perdida y, en sus manos, invariablemente una copa de anís y una pluma.
Paquito pasó con su gorrilla junto a la mesa de aquel hombre y vio el papel que había encima de la mesa lleno de dibujos incomprensibles para él y osó preguntar:
-¿Qué es eso?-como el hombre no contestó, Paquito insistió- ¿Qué hace usted, señor?- entonces el hombre bajó el rostro en dirección del niño y le sonrió. Paquito recuerda que fue la primera sonrisa con cariño que le dedicó un ser humano; la guarda en su corazón como el mejor tesoro.
-Escribo poesía, chaval.
-Dígame una poca, señor. Yo, después la cantaré- y el hombre le leyó y Paquito con aquel desconocido aprendió a soñar.
Desde aquel día, todos los días se escapaba un rato e iba a buscar al poeta. Éste se apiadó del chiquillo y comenzó a enseñarle a escribir. Su alumno puso tal énfasis en las enseñanzas que en apenas dos meses el chico comenzó a trazar sus primeros garabatos. Pero el padre del muchacho, un hombre violento, descubrió lo que su hijo se traía entre manos, y una tarde se acercó a la taberna propinando al poeta tal paliza que le rompió uno de las manos y la mandíbula. El padre pasó un par de semanas en el calabozo, y el poeta no volvió a escribir; le había destrozado la mano derecha. El poeta comenzó a beber, beber tanto que un día Paquito lo encontró tirado en el camino.
-Maestro, maestro despierte. Venga, le llevaré debajo de aquel árbol y robaré una poca leche para usted… Maestro despierte.
-Paquito déjame, quiero morir.
-¿Y qué voy a hacer solo? No puede morir aún, no ha terminado de enseñarme a escribir.
-Paquito…-el maestro en ese momento tosió sangre manchando a Paquito con puntitos rojos la camiseta andrajosa que llevaba puesta. El maestro al darse cuenta, se echó a reír- Paquito mira esos puntitos chiquitos que te he regalado, son como tú- hizo una pausa para luego reanudar su voz con enorme esfuerzo- Paquito camina, camina y coge un tren. Vete de aquí…
-Maestro me iré con usted. Venga levante.
Pero el maestro de Paquito no volvió a levantarse. Le enterraron en una fosa del cementerio junto a la tapia donde cada día se colaba un hermoso rayo de sol, y allí iba todas las tardes el chiquillo con papel y un lápiz que robó al tabernero para escribir mientras su maestro descansaba eternamente.

Pasaron cinco años antes de que Paquito se subiera a un tren como le pidió el poeta y, cuando lo hizo, sintió que sus pulmones se llenaban de aire. Había soñado tanto en viajar en tren, un sueño de ida y vuelta meciendo la magia de las letras que crearía sobre un raíl, sobre el humo de una locomotora, que sólo pensarlo tiritaba de emoción.
Con él llevaba un atillo con sus escasísimas pertenencias que se resumían en los poemas de su maestro, papel, lápiz y la camiseta ensangrentada de aquel día; no más.
Contaba diecisiete años. Su madre acababa de morir, de lo cual Paquito se alegraba. No es que la deseara ningún mal porque jamás hubiera reparado en su hijo pequeño, pero éste la respetaba a pesar de todo y sentía que su madre era una eterna desgraciada, así que era bueno que dejara de sufrir. Él la defendió de las palizas del padre y, cuando ella voló al cielo, Paquito estuvo seguro que su madre se hallaría en alguna de las estrellas que tanto brillaban en las noches de verano… Y el chiquillo se metió de polizón en un vagón de ganado que iba camino de Cádiz. Allí, precisamente, con el traqueteo y el aroma a carbón escribió su primera coplilla o lo que entendía él que debería ser una copla “Entre paja y vacas, mi alma desplegó las alas para convertirse en el tren de los sueños…”

La primera vez que Paquito vio el mar lloró, una emoción honda corrió por sus adentros. Pasó cuatro días en la playa contemplando la inmensidad plata que se extendía ante él. Por las noches dormía con el rumor de las olas y despertaba con el canto de la gaviota. Cuando le rugieron las tripas, levantó el campamento y fue en busca de algo que comer. Pero no lo buscó en cualquier sitio. A él lo que le tiraban eran las tascas, las tabernas. Iba recorriendo calles, se asomaba como un perrillo sin amo y proseguía camino. Hasta que encontró una que se llamaba “El Aguilucho”; entró. Pidió una tosta de pan con aceite y un vaso de agua. Se apoyó en la barra a contemplar el ambiente y, después de un buen rato, llegó a la conclusión de que aquel lugar tenía magia.
-Señor, ¿necesita ayuda? Puedo fregar, barrer, cantar a cambio de un poco de comida- Paquito no perdía nada por preguntar aunque estaba seguro de la contestación y, a continuación, le echarían a patadas. Pero se equivocó.
-¿Comes mucho?
-Menos que un pajarillo, Señor.
-Vete al fondo, coge el delantal que está colgado y ponte a barrer la entrada.
Y así comenzó una de las épocas más bonitas de su vida. Trabajaba mucho y duro, pero era feliz. Por las noches la tasca se llenaba de gente. A la semana de estar barriendo y fregando, Paquito se atrevió a preguntar a Pascualón, el dueño, si le dejaba cantar.
-Súbete a la silla porque si no, nadie te verá- y Paquito se subió a la silla y comenzó a cantar su flamenquito que salía del alma, de aquel ser diminuto que no llegaba en estatura al uno cincuenta.
Una noche, sirviendo unos vasos de vino en una mesa, un hombre le preguntó entre carcajadas cuál era su nombre artístico, y él muy serio se quedó callado unos segundos y después contestó “Puntito Chiquito, señor”
Su tiempo en el Aguilucho duró tres años, treinta y seis meses de vida cómoda y en paz para Paquito. Cada noche se subía al escenario improvisado y cantaba las letras surgidas de un rostro que pasó por allí, de una tortillita de camarones…, de cualquier cosilla que le inspiraba para que el flamenco fluyera por su garganta. Y siempre terminaba con la misma canción “Subido al tren de un sueño”.

Pero Paquito sabía que su vida eran retazos descosidos y que todo se terminaba para él, y una vez más enterró a un ser querido. Pascualón murió una mañana sin más, sin hacer ruido, se le paró el corazón y Paquito hizo su atillo volviéndose a montar en un tren tres años después.
De nuevo de polizón y, entre ovejas siguió escribiendo sus letrillas hasta llegar a Sevilla. Esa ciudad le hipnotizó aunque le faltaba la mar. Vagó varios días sin rumbo, regresando a dormir a las puertas de un convento. ¿Por qué allí? Se preguntaba Paquito. No era el mendrugo de pan que se encontraba cada mañana al despertar lo que le ataba a aquel lugar sino las campanas, las voces angelicales que escuchaba antes del amanecer tras aquellas puertas. El aroma a incienso que salía por debajo de la puerta… Esas pequeñas cosas que a Paquito le abrieron un mundo de sensaciones nuevas.
El colofón fue cuando una mañana cruzó el río a ver que encontraba en esa parte de la ciudad y vio una iglesia abierta y entró; su corazón se quedó prendido a la imagen que estaba ante él. No sabía rezar, nunca lo había hecho y comenzó a musitar su flamenquito a aquella mujer cubierta con un manto cuyo rostro emanaba bondad. Al salir, frente a la iglesia había una tasca y preguntó tímidamente que si la imagen que había en esa iglesia tenía nombre. El hombre que estaba secando un vaso en ese momento, le miró con recelo primero y, después le vomitó a la cara:
-¿Pero tú de dónde sales, quillo? Es la Esperanza de Triana.
-¿Puedo ayudarle a secar los vasos?- Y Paquito comenzó una nueva etapa de su vida cuyo futuro nadie sabía. Él, acostumbrado a no tener esperanzas, aquel lugar le hizo sentir como si hubiera llegado a algún puerto.
“Anselmo, el dueño, es tan buena gente como el difunto Pascualón”, pensaba Paquito cuando se sentaba invariablemente en el último banco de la capilla de los marineros a contemplar a la mujer cuyo rostro le achicaba el corazón. También le daba por pensar que le hubiera gustado tener una madre y esconder en su regazo el rostro cuando sentía miedo porque Paquillo comenzaba a sentirse muy solo a pesar de que toda la vida había estado solo. Pero nunca había sentido la soledad como ahora. Sus letras cambiaron, eran más tristes, más profundas. Algún amanecer que otro se acercaba al convento -ahora ya no dormía allí sino en el patio de la tasca tapado con cartones- a escuchar las voces angelicales y él, Paquito, Puntito Chiquito, desde la calle cantaba su flamenquito triste haciendo coro a las otras voces.
Una mañana se preguntaba mirando a la virgen de la Esperanza el porqué de su tristeza, y de algún sitio surgió una voz que le dijo “Es Triana”
Y es que Triana era la hija de Anselmo, mujer que según entraba con el cesto de la compra en la tasca de su padre a Paquito se le arrugaba el estómago. Claro, al pobre Paquito no se le había podido imaginar que el amor había llamado a su corazón. No reconocía un sentimiento tan universal como el amor. ¿Pero cómo una mujer de semejante belleza cuyos ojos despedía fuego y pasión, iban a posarse en un hombre como él?
Para dar rienda a su quemazón cantó y cantó su flamenquito en la tasca de Anselmo. Toda Triana se hizo eco de la voz desgarrada y honda del chaval, y de esta manera llenó los bolsillos del dueño de la tasca; él apenas unas monedas, pero acostumbrado a no tener nada, con sólo que le dejaran cantar ya tenía bastante.
Y llegó el día más triste de la vida de Paquito después de la muerte de su maestro. Triana se desposaba con un hombre que no era él.
Antes del amanecer, recogió su atillo, besó la estampita de su Virgen y se acercó a despedirse de las voces angelicales. Fue un instante mágico, recuerda ahora Paquito. En un momento en que cantaban cual gorrioncillos, él, Puntito Chiquito les hizo coro, pero en un minuto determinado, los gorriones enmudecieron, escuchándose tan sólo la voz aflamencada de Paquito resonando en el empedrado de la calle estrecha y retumbando en los muros de las casas; fue sin duda un santiamén bendito.
Cuando se hizo la luz, Paquito se encaminó a la estación a ver en qué tren se iba; su vida se había convertido en una sucesión de estaciones donde entraba y salía dejando amores en unas, enterrando pasiones en otras, y buscando futuros en los trenes que le esperaban.

… Y para la primera vez que pagaba un billete como Dios manda, le había tocado al lado de una gorda que no dejaba de gritar.
Paquito se levantó, no soportaba más a esa mujer. El tren estaba parado en medio de la vía y bajó a darse un paseo, a pensar, afición por la que cada día sentía más apego y ya que la mañana pintaba hermosa, tal vez encontraría inspiración; todo menos estar con aquella mujer gorga y chillona.
Aunque con la pena pegada a sus entrañas, debía probar fortuna e ir a Madrid como muchos otros que llegaron a la capital con las manos vacías como él. Recordó al hombre que una noche se le acercó después de cantar y le extendió una tarjeta diciéndole:
-Si alguna vez te decides ir a Madrid, ven a verme. No te faltará trabajo.
Paquito con la mano izquierda metida en el bolsillo del pantalón, manoseaba el trozo de papel del desconocido “Sí, nada más bajarme en la estación de Atocha iré a verle”, se dijo.
Era la primera vez que intuía algo de su futuro y, aunque estaba desgajado por dentro y los ojos de Triana quemando sus entrañas, le hacía ilusión acercarse a la capital de España. Allí también llegó un día Manolo Caracol y triunfó. ¿Por qué no le iba a pasar eso a Puntito Chiquito? Alguna vez la suerte se quedaría con Paquito y así podría hablar largo y tendido de los misterios de la vida, cantar hondo, sin prisas ni miedos para aliviar penas y lejanías, y convertir definitivamente el flamenco es una forma de vivir.

La vía brillaba con los rayos del sol, era como la plata de su mar gaditano, pensó Paquito mientras fumaba. Al volver la cabeza, la escena seguía siendo bellísima: unas suaves colinas plagadas de olivos se despedían del sur en el que había transcurrido hasta ahora su vida… Y como siempre hacía cuando la emoción le subía a la boca, se puso a cantar su flamenquito hondo. Tan concentrado estaba en los versos que surgían de la garganta que no oyó que el tren arrancaba, ni el maquinista vio a un hombre diminuto a un lado de la vía; las ruedas pasaron por encima de una voz que desgarraba en ese momento un sentimiento.
Una pasión quedó aplastada por el chucuchú del tren. El cuerpo de Puntito Chiquito quedó tendido sobre el acero plata, tan plata como el mar gaditano.
Dentro, en el tren, la mujer gorda, tanto como las vacas del tío Rufo, había callado. Para estar más cómoda tiró un bulto que estaba en el asiento de al lado; era la vida de Paquito envuelta en un atillo.
Ya no habría más estaciones para Puntito Chiquito; ésta había sido la última.
Él, que ahora creía intuir un futuro…

En algún coche del tren alguien canta un fandanguillo, una bulería, un tango…, qué más da, pero la letra dice así: “En el tren va mi futuro/ ya llega mi suerte maestro/ ya llega montá en un tren/ vestidita de plata y ojitos negros como mi Triana”
-Es la voz de un ruiseñor. ¿Quién canta?, ¿sabe usted?-pregunta la señora gorda a otra que está más seca que la mojama.
-Tal vez un ángel, señora, que dejó sus alas rotas en la vía de un tren.

viernes 23 de octubre de 2009

PRÓXIMA ESTACIÓN

Hace un rato dejó de llover después de días carbonizados. Ahora entra un rayo de sol por la ventana: es tierno y mestizo. La habitación se ha vestido de alegría y yo también.
Las plantas apostadas en la ventana brillan reventando su color verde entre las estrellas de agua que resbalan por sus hojas; sé que a Marcos le gustará mi casa.
Prepararé un chocolate caliente y lo pondré en la mesa camilla; está en el mejor lugar de la casa porque ves el ir y venir de la vida. En esta mesa me paso horas. Navego por Internet dándome unas alas increíbles. De vez en cuando retiro la mirada de la pantalla y miro por la ventana; siento que el mundo sigue ahí ante mis ojos: por la mañana las amas de casa, los estudiantes. Por las tardes, el paseo, las compras...
Aquí también escribo a mis amigos, esos desconocidos que encontré en la vida de ínternauta y que tanto me han dado. Hoy, por ejemplo, el chocolate que voy a preparar es para Marcos. Llevamos meses escribiéndonos, chateando y, al fin, hemos decidido conocernos. Le he invitado a venir aunque me están entrando los nervios y sé el porqué.
Hay veces que le digo que él se ha convertido en mi mejor amigo, que me conoce mejor que yo. Desde que le conozco, sé que he cambiado, hasta mis padres me lo dicen. Antes era más huraña, insegura, reservada y de carácter agriado. Pero desde que mi padre me regalo el portátil, la vida de nuevo vino hacia mí.
... ¡Madre!, si son casi las cinco y estoy sin arreglarme; se me ha ido el tiempo en pensar lo feliz que soy...

José Daniel sigue delante del ordenador. Se atusa la calva tratando de encontrar una salida pero, ¿cuál?... Un padre hace por un hijo cualquier cosa que esté en su mano con tal de verle feliz. No repara en medios, ni en imaginación...
Cuando Beatriz, su hija de veintitrés años, tuvo el accidente de moto y se quedó postrada en una silla de ruedas, el mundo giró entorno a ella, pero nada de lo que hicieran devolvía un ápice de alegría a aquella criatura hasta que se le ocurrió comprarla un portátil... Lo malo es lo que siguió después: se inventó un personaje, Marcos, y fue una mentira que se fue agrandando día a día, hasta hoy. Su hija esperaba a Marcos con una taza de chocolate y él, su padre, sin poderse bajar en la próxima estación...
-José Daniel, ¿te pasa algo? Estás pálido.
-Ah, hola, Rubén... -José Daniel se quedó callado mientras miraba a Rubén, el joven y recién estrenado tesorero de la empresa- Por cierto, ¿estás casado o tienes novia?- Rubén le pilló por sorpresa la pregunta, pero no pudo reprimir una sonrisa de comprensión hacia ese hombre que le estaba implorando...
-¿Qué quieres pedirme, José Daniel? Me gusta mucho el chocolate, ¿me vas a invitar a tu casa esta tarde?
-¿Cómo sabías...?-Los ojos de Rubén brillaron mientras se daba la vuelta hacia su mesa; ya era hora que recibiera un encargo. Llevaba seis meses esperando, ejerciendo de tesorero cuando en realidad era un ángel que se debía ganar las alas.
“¿Cómo sería la joven Beatriz?” Se preguntaba Rubén mientras revisaba unas cuentas, y buscaba en la memoria el capítulo de cómo no enamorarse de una mujer viva...

jueves 15 de octubre de 2009

SILENCIO

Los ojos infantiles imploraron piedad, su madre acarició el rostro salpicado de lágrimas queriendo consolar el llanto cada vez más frecuente. No hallaba palabras que justificaran el panorama que se cernía sobre sus vidas ni una pobre justificación para calmar a aquel niño que veía como su familia se hundía.Tomó la mano infantil, primero la besó, después apretando el cuerpo tembloroso de su hijo hacia sí y dijo:
-¿Damos un paseo? El aire nos vendrá bien.
-Haz algo mami. Quiero ser como mis amigos, no temer por llegar a casa.
-Todo pasará.
-Nunca pasa nada. Llevamos dos años así y va todo a peor. ¿Mami, has visto tu cara? Se llena de arrugas como la de abuela, ya no gastas bromas, no nos hablas. Quiero una madre como mi compañero Edu. No quiero un padre, solo sirve para chillar y pegar. No quiero un hermano que sólo piensa en él , no te hace caso, y ya verás, terminará pegándote también.
-Nos necesitan, no podemos dejarlos tirados, debemos aguantar.
-Mami quiero paz, reírme, tener una casa. No me importa ser pobre como Raúl y no tener ventanas a la calle. No quiero juguetes en Navidad, pero llévame de aquí.
-Aún no, espera un poco más, se solucionará.
-¡Cobarde! Eres un fracaso mamá, a todo callas y nada haces.
-Ven, no digas eso.
-Déjame en paz, mentirosa, me prometiste hacer algo y no lo has hecho. Lloras cuando no te vemos y te pones sumisa delante de ellos. Me voy solo a dar un paseo, tú no sirves para nada.

Ha vuelto el silencio aunque la tensión persiste en el cuerpo de Matilde; se sienta y como cada día hace repaso de una vida.
Razón tiene su hijo, es un fracaso como madre y mujer, y lo triste no es que se dé cuenta sino que no sepa qué hacer. Su cabeza piensa, pero no acierta postura coherente. Observa su cuerpo y se congratula que no tiene marcas como los de otras mujeres, ellas están peor, Matilde solo tiene roto el corazón.

viernes 9 de octubre de 2009

DIARIO DE UN VIUDO

He pasado a engrosar las filas del clan de los solitarios: grupo de individuos que viven solos adoptando la convivencia consigo mismos y que, como mucho, comparten intimidad con una planta y un gato. A mí estos animales no me gustan, así que he añadido a Lucas, un perro con personalidad propia, que aguanta mis manías sin rechistar…

Me ha dado por pensar que la vida sigue irremediablemente su curso natural, y aunque te quiera retener a mi lado, vuelas cada día un poco más lejos de mí. Te tengo en mi corazón, pero a veces, para recordar tu cuerpo, he de clavar los ojos en una fotografía, pues el tiempo va difuminando tu imagen. La soledad es la peor enfermedad que puede sufrir un ser humano. Trato de compartir cosas contigo y me llaman loco: “está muerta, Daniel”- me dicen-. Cuando oigo eso, caigo abatido y mis lágrimas surgen como torrentes. Otras veces me digo que ya he llorado bastante, que es el momento de volver a empezar, pero siempre encuentro una excusa para quedarme en el punto de partida…

Menos mal que no estás: si ves la galería de la cocina como la tengo, das un portazo y te largas de nuevo. Las plantas están preciosas. No se han muerto, aunque alguna ha estado a punto: sobredosis de agua y vitaminas. He hecho lo que tú hacías, quizá me he excedido un poco, pero ahora, crecen a lo bestia. Lo malo es que me ha dado por guardar allí los envases de zumo de piña ¿Para qué? A lo mejor mi subconsciente quiere hacer un Exín Castillos, no sé. Tampoco he tirado los periódicos ni las latas de cerveza. La lavadora no la pongo hasta que se me agotan las existencias, o aparece mi madre por casa, echa un par de blasfemias por su boca, y se pone a hacer lo que yo no hago…

Los riesgos que corre un viudo es que parece que todo el mundo tiene derecho a opinar y dirigir tus pasos. La buena voluntad de los que te rodean cae sobre ti como una losa que llega a asfixiarte. Mi amigo Iñigo casi lo consigue. Una tarde de principios de junio quedamos para tomar una cerveza y, al segundo trago, desplegó toda su batería de reflexiones bienintencionadas:
-Basta ya de llorar, Daniel. Tu pena no la va a resucitar
-Juro por mi perro, que ni lloro ni me quejo delante de nadie. Esos estados anímicos los dejo para cuando me abrazo a mi soledad.
-La vida sigue, y lo que tienes que hacer es meterte en Internet y ligar, o afiliarte a un club de solteros, lo que se llama Speeddating. Entras en su Web, consultas próximos eventos y te apuntas a una de esas citas. Eliges un apodo, pagas la cuota y...
-Encima he de pagar dinero por ligar ¡Manda huevos!
-Déjame hablar, Daniel. El día acordado, te plantas allí. Tendrás siete minutos para conocer a cada uno de los participantes. Las estadísticas dicen que funciona en el veinte por ciento de los casos.
-Y si yo soy del ochenta por ciento restantes, ¿Me devuelven el dinero? ¡No te jode!
-Ya verás Daniel, se te arregla rápido, total, no eres tan feo.
-Mira qué condescendiente, da gusto tener amigos.
-Tienes 43 años, trabajo estable, casa propia…
Me hizo un currículum despiadado ¡Será capullo, el tío! Se pensaba que por ser amigo mío, debía de aguantar semejante ristra de bobadas... Pero aguanté estoico hasta que acabó. Cuando por fin le vi alejarse, respiré aliviado pensando que nada más llegar a casa me metería en Internet a buscar alguna oferta de viajes: me apetecía huir de mi verdad irrefutable…

Hay veces que me miro y no me reconozco: parezco un alma en pena…

Las cosas que me pasan a mí, no le pasa a casi nadie.
Hace un mes se murió Ulpiano Rodríguez, tío abuelo de Macarena. Hasta ahí, normal, tenía todos los años del mundo y era el momento de irse, al menos, eso creo yo.
La semana pasada recibí una llamada de su abogado porque hoy se iba a hacer lectura del testamento, y he ido. Allí estaba mi adorable suegra, tan encantadora como siempre.
-Ya veo Daniel que la viudez te ha sentado divinamente, estás moreno, te brillan los ojos. Me han dicho que tienes novia; muy pronto olvidaste a mi hija.
-Doña Emilia, no empecemos con sus sarcasmos, póngase las gafas. ¿No ve usted las canas que me han salido, o aún ve menos que antes? Estoy moreno porque es verano. Mis ojos brillan porque las vacaciones las he pasado durmiendo. Y, señora, no tengo novia, le han informado mal.
-Ya, Ya…-Siempre tiene que dar la nota. Me he mordido la lengua y me he sentado en un lugar discreto. La verdad, no sabía qué pintaba allí con aquel gallinero.
Siento decirte, Macarena, que tu familia tiene un pinzamiento cerebral. Están un poco tocados, mejor dicho, tocadas, porque se han muerto todos los varones y sólo quedan vivas las mujeres, y ¡qué mujeres! No me extraña que se hayan muerto. Discúlpame, Macarena, pero que Dios me libre de cualquiera de ellas.
¿Dirás? Tú bien sabes que eras la sobrina predilecta de tu tío; como tú ya no estás, me ha nombrado a mí heredero junto a sus dos hermanas vivas. La cara de tu madre al oírlo, era un poema. Pensé que le daba un ataque y también estiraba la pata.
A mí me ha tocado la casa del concejo de Quirós, el huerto y las tres vacas. Cuando he levantado la vista, tu prima Mari Rosi me estaba sonriendo de una forma que me ha dado miedo, ¿no querrá ligar conmigo, ahora que soy guapo heredero con tres vacas en mi haber, verdad? Es como un pecado de fea.
Pero, espérate, Macarena, que aún hay más: la herencia lleva condiciones. Como la casa era uno de tus lugares favoritos, pues no la puedo vender, y, atenta a la jugada: si me volviera a casar, me quitarían la casa.
Ahora que comienzo a reaccionar, me pregunto si me quitarían también las vacas, ¿Qué crees, Macarena? No me importaría porque ¿qué coños voy a hacer con tres vacas? ¿Darán leche? La madre que me parió…
Tu tía Paz me ha dicho que la casa es preciosa y que podía llevar a Mari Rosi a Asturias. Su pobre hija no ha salido de vacaciones. Y a mí ¿qué leches me importa, señora, que su niña no se haya ido de vacaciones? Llévela usted si quiere… lo he pensado, Macarena, pero no dicho, tranquila.
He pedido unos días de los que me quedan aún de vacaciones, y mañana partiré para allí. Voy contento, porque es una excusa estupenda para hacerme una excursión, y además, en Gijón está Mercedes con sus padres, me apetece mucho verla. Se ha convertido en una gran amiga…

Ayer no fui a trabajar. No hubiera soportado los golpecitos en la espalda, las miradas lastimeras. Preferí la soledad, mis cuatro paredes. Descolgué el teléfono. Me cogí una borrachera de las que marcan época y me sentó divinamente, aunque no pude olvidar qué día era.
No hice nada especial, sólo mirar tu foto. Abrazarte. Me sentí feliz hasta que el hechizo se rompió: llamaron a la puerta. No abrí, pero se me había olvidado que alguien tenía las llaves de casa: era la pesada de tu madre; aún sigue ejerciendo de suegra. Creo que tampoco ha asimilado que tú ya no estás. Me dio lástima y la invité a un güisqui. Se tomó tres ¡Tu madre bebiendo! No hacía más que mirarse las manos, no quería levantar los ojos y encontrarse con los míos. Cuando se fue, todo regresó a la calma y volví a sentirte a mi lado.
Entonces, me levanté y fui a por tus diarios. ¿Te acuerdas lo que me reía de ti por escribir aquellos cuadernos? Te defendías diciéndome que sería tu legado para nuestros hijos... No nos dio tiempo. Cogí uno al azar y me puse a leérselo a Lucas. Movía las orejas con mucho interés. Es un perro muy inteligente, te gustaría. Dormimos juntos…

Estoy aprendiendo a cocinar. Antes de invitar a gente, ensayo con Lucas: es infalible. Tiene un paladar de sibarita. De nueve platos, me ha dado el beneplácito con dos: macarrones “Mamma mía” y tortilla a la española, aunque se me olvidó echar las patatas. El resto del menú, provoqué al pobre animal una especie de ¿diarrea, gastroenteritis?...

Me pregunto cuándo dejaré de amarte, cuánto tiempo dolerá tu ausencia, cuándo se cerrará esta herida, Macarena...

sábado 3 de octubre de 2009

EL MUCHACHO DE LA MIRADA PERDIDA

Hoy no ha salido el sol. Y si lloviera aún sería mejor. Cuando llueve me pongo debajo del agua y parece que arrastra todo lo que soy, sobre todo los pensamientos. Miro a las nubes y me gustaría perderme en ellas, o ir al mar y, cuando estuviera bravo, me metería despacio para sentir como una ola me traga para siempre. O rizando el rizo, si tuviera una cerilla y un bidón de gasolina, prendería todo lo que me rodea.
Alguien estará pensando quién es este loco cuyos pensamientos son únicamente destructivos… Soy Pablo. Tengo veintitrés años y acabo de terminar la carrera de empresariales hace un año con premio extraordinario. Seguramente si no me mato antes, aprobaré las oposiciones. Es la única salida que tengo para trabajar porque no soportaría una entrevista, me tumbarían según entrase en la sala. No soy capaz de hilar con coherencia más de tres palabras seguidas. De ahí que esté más tirado que una colilla, no tenga con quién intercambiar una mirada, una frase; no tengo ni siquiera amigos.
Sé que los sentimientos no se fuerzan: nacen, te haces a ellos y convives civilizadamente como si fueran parte de ti mismo; y lo son. Muchas veces me pregunto desde cuándo estoy loco y no sabría decirlo, quizá ya el en vientre materno, yo apuntaba maneras; no me extraña. Tengo unos padres que como mejor estarían serían muertos o enjaulados. De esto me doy cuenta cuando ya no hay vuelta atrás, hay demasiado ladrillo y cemento encima de mí para que pueda salir de los escombros y recuperar el tiempo perdido.
Fui un niño, un adolescente tranquilo, buena gente y amigo de sus amigos. Me gustaba mirar a la gente, escucharla, andar en bicicleta, jugar a la pelota y comer helados. Pero los únicos que comían helados eran mis padres. Mientras mis hermanos y yo mirábamos como se relamían con aquel dulce tan sabroso. Alguna vez a escondidas, el padre de un amigo me invitaba y me lo comía en dos bocados. Después, cerraba los ojos y sentía el sabor, el placer de aquel fruto prohibido. Pero un día mi padre me descubrió aceptando la invitación de la madre de mi amigo Guille. Lo primero que hizo fue tirarme el helado, después, delante de todos, me dio dos tortas que el oído derecho comenzó a sangrar. Me tuvieron que llevar al hospital y dijo mi padre que me había caído; nadie levantó la voz al ver unos dedos marcados en mi mejilla, eran otros tiempos.
Mis padres sostenían que los vicios llevaban al camino de la debilidad y sólo con la abstinencia y una fe férrea en Dios hallaríamos nuestra salvación. Mis hermanos sobrevivieron, pero yo me fui hundiendo poco a poco.
Al principio me refugié en los juegos, en el colegio y cuando llegaba la hora de volver a casa, cerraba los ojos, apretaba los puños y subía tragándome las lágrimas. De todo esto no contaba nada a mis amigos, sé que ellos eran muy listos y se daban cuenta, y me apoyaban que era lo más importante.
Pero con dieciséis años todo se estropeó. Alonso, otro de mis amigos, había descubierto en la mesilla de noche de sus padres varios paquetes de preservativos y les mango uno; nos los repartió diciendo que ya teníamos edad de estar preparados para el sexo. Yo lo guardé en la cartera que siempre llevaba en el bolsillo y, cada noche, antes de apagar la luz, miraba profundamente aquel sobrecito negro de letras doradas como si fuera un mundo por explorar y deseando que llegara el momento de descubrirlo.
En la cartera también llevaba una pequeña foto recortada de Patricia, la chica de la que estaba enamorado desde que tenía cinco años y la vi meterse en la piscina de agua helada como si fuera un cisne… En una de esas noches contemplando mis dos tesoros, entró mi madre y me pilló. Inmediatamente llamó a mi padre.
Aquello no fue una paliza, fue algo más: se me partió el corazón, y me troncharon la mente al llevarme interno para espiar mis pecados.
Aquel internado fue la cárcel donde te lavaban el cerebro. Me encerré en mi mismo hasta que no aguanté la presión. Salí por navidad y deseé que terminaran las vacaciones para volver. Permanecí todo el curso y cuando llegó el verano, mis padres afirmaron que era un chico nuevo; lo era. Mis amigos me miraban como si fuera un extraterrestre cada vez que habría la boca y les decía de memoria algún pasaje de la Biblia. Poco a poco me fui quedando solo, hasta mis hermanos huían de mí; iba a todos los sitios con mis padres.
Pasó el tiempo, yo cada vez más trastornado con los consejos de mis padres y la abstinencia a todo aquello que estuviera fuera de la moral de ellos.
Yo estudiaba y estudiaba. Los profesores de la facultad estaban contentos conmigo, pero me decían que fuera de los libros también había un mundo y que debería conocerlo. Tanto insistieron que dejé de hablar con ellos. El único mundo bueno que tenía era el que me habían inculcado mis padres a base de prohibiciones y palizas; a todo se acostumbra uno hasta que lo encuentras de lo más normal.
El día en que se celebró la fiesta de fin de carrera caí del limbo, descubrí toda la verdad que me rodeaba y me odie, me odie profundamente al comprobar como mis compañeros de promoción reían, se miraban a los ojos mientras mi mirada estaba perdida. Bailaban cuando yo no sabía ni dar un paso. Bebían Gin Tonic y yo zumo de naranja. Me acerqué a la barra y, ¿dirán quién estaba allí como una sirena recién salida del mar con su melena rubia cayendo por sus hombros como si se tratara de una fina seda? Patricia.
Me miró, yo bajé los ojos, estaba muerto de vergüenza. Ella actuó como si no se diera cuenta de mi turbación y me saludó como si nada. Recobré medianamente la confianza en mí mismo que no tenía, y elevé la mirada a su rostro de nácar tostado. ¡Qué bonita estaba!, pero no sabía qué decirle ni qué contar; la dejé entonces que hablara ella mientras bebíamos alcohol; se me olvidó el zumo de naranja.
La trompa que me cogí fue monumental, devolví hasta la primera papilla que me dio mi madre en la infancia.
Cuando desperté, no sabía ni cómo había llegado a casa. Los ojos de mi padre me estaban mirando fijamente. Me di cuenta dentro del dolor de cabeza que tenía que su mirada era turbia. Habló y su voz se me antojó babosa. Me dijo que me levantara y, cuando lo hice, me dio una bofetada que fui directamente a parar contra la ventana. Los cristales cayeron sobre mí como una lluvia estrellada; al incorporarme vi a mi madre en la puerta observando la escena con la frialdad del hielo. Pensé en ese momento cómo sería sentir la ternura, una caricia… Acababa de aterrizar a mi realidad.
Durantes días permanecí castigado en mi habitación. Contaba veintidós años y de esto ha pasado un año.
Insisto, si no me mato o cometo una locura antes y apruebo las oposiciones, sacaré fuerzas de donde no las hay y me iré lo más lejos posible de aquí. Me compraré un perro para que me enseñe a ser un ser humano y, si lo consigo, volveré para conquistar a Patricia. También me gustaría recuperar a mis amigos, les echo tanto de menos, tanto…
¿Seré capaz?

martes 29 de septiembre de 2009

LA PSICÓPATA AGAZAPADA

Desperté sudando. Un sofoco frío recorría toda mi piel. Fijé la vista en el entorno y, al ser el cotidiano, me tranquilicé. Cuando la respiración volvió a la calma imaginé que había sufrido durante la noche una pesadilla que, sin embargo, según iba recuperando la conciencia, presentía que no era tal ya que pensar en ella me agradaba. Mi subconsciente había logrado lo que yo en las horas de luces y sombras era incapaz.
Sí, había soñado que, en el colmo de la desesperación, un arrojo interno sumando fuerzas de flaqueza había cogido una inmensa piedra y machacado el cráneo de mi instigador. Aquella sensación me hizo paladear un regustillo agridulce: volvería a ser persona con derechos. Recobraría mi vida privada. La sonrisa, esfumada, retornaría a mi rictus habitual así como el buen humor. Dormiría al menos siete horas seguidas. Saldría a horas normales, no cuando retiran las calles del mundo. Y sobre todo, recuperaría mi autoestima, vejada durante los últimos tres años… Rescataría mi salud mental y física.

Lejos de levantarme de la cama, ya era tarde, seguía en ella vagueando en el disfrute de mis pobres anhelos. No hacía daño a nadie, pero la atmósfera complaciente se vio interrumpida por el sonido del móvil. Miré la pantalla y comprobé que la realidad llamaba a mi puerta. Contesté con premura. Tomé un café rápido para despejarme y me dediqué a acicalarme con esmero. Luego salí corriendo o perdía el último tren.
Acercarme a la ciudad diariamente en ese medio me gustaba; un lapsus de tiempo para descansar, meditar… Aquella mañana veía todo con nitidez. Estaba contenta, resuelta.

-Buenos días, Clara.
-Buenos días, Ramón. Te dejé anoche el informe terminado. Dime tus puntualizaciones
y quedará perfecto.- le miraba de frente, alegre, segura de mi misma.
-Lo he tirado a la basura; no sirve.
Sí, creo que fue en ese momento cuando mis ojos se toparon con el regalo que le hice en la anterior navidad: un sujetapapeles de malaquita. La mano reptó hacia él con agilidad y… lo aplasté sobre su cabeza.

En este momento me hallo entre rejas sin remordimiento alguno. Cumplí mi sueño: me liberé de mi jefe.

miércoles 23 de septiembre de 2009

LUZ DE INVIERNO

Era la más bonita de todas las mujeres que cada mañana se arremolinaba en la parada del autobús.
Pulcra, delicada, femenina, amable... Juntando todos los adjetivos, faltarían aún para definir a Aurora.
Se sentaba en el penúltimo asiento y dividía su tiempo en la lectura de un periódico y mirando por la ventana. Yo me sentaba a cierta distancia de ella, pero siempre frente a su asiento. Me intimidaba su personalidad dulce y arraigada en códigos íntimos que se la escapaban por sus ojos almendrados, o por aquella boca diminuta de labios finos. Me conformaba con mirarla, perderme en ella deseando que llegara el siguiente día para volverla a ver. Los fines de semana se me hacían eternos y el lunes volvía la luz a mi vida.
La timidez me mataba, se lo conté a mi amigo Luis y me dijo que me lanzara, que el no, el rechazo ya lo tenía, pero el sí era un misterio, una suerte que debía correr tras ella. Si no lo hacía, siempre me quedaría la duda; me convenció.
Y llegó aquel tres de diciembre, eran las siete y media de la mañana cuando ambos llegamos a la parada casi a la vez. Entre la multitud que había esperando fui haciéndome hueco hasta que llegué a situarme detrás de ella. Nunca había estado tan cerca de ella... Y olía a especias y su pelo eran infinidad de trigos cayendo por su abrigo.
Llegaba el autobús y la gente comenzó a tomar posiciones. Yo no me despistaba del pelo de Aurora que como una dulce luz de invierno iba iluminando mis expectativas.
De pronto alguien me empujó y fui a parar a la calzada. Me incorporé rápidamente, pero noté que me dolía todo aunque el dolor se evaporó rápidamente...Entonces me di cuenta que un cuerpo yacía en medio de un charco y un coche estaba empotrado contra la marquesina del autobús. Nervioso, busqué a Aurora que lloraba en un rincón. Me acerqué sigilosamente, su cuerpo se agitaba entre el llanto y el miedo. Sin darme cuenta abrí los brazos y atraje su pecho al mío. Mi nariz se perdió en el aroma de su piel hasta que la magia se rompió por las voces que nos decían que subiéramos al autobús. Nos sentamos en el penúltimo asiento y tomé sus manos bajo las mías; comenzaba a amanecer y sus dedos estaban fríos.

... Soy feliz, Aurora y yo no nos hemos vuelto a separar desde aquel día de invierno, tengo la sensación de que nuestro amor es eterno. No me importa que ella haya envejecido después de cincuenta años, y yo me siga viendo igual. También me da lo mismo que ella no me pueda tocar, ni siquiera ver. Ya lo hago yo por los dos.

sábado 19 de septiembre de 2009

TRIGALES DE HORMIGÓN

Una forma de entrar en tierras castellanas es llegar a ellas en tren desde la capital del reino. Con ojos despiertos, avispados en diseccionar sensaciones, y mirar a través del ventanal cómo el paisaje se funde desde Ávila hasta Valladolid… Les aseguro que podrán ver la puesta de un sol macizo en sus enseres, tan espectacular, como las inmensas tierras con pueblecillos perdidos en la planicie.
También, podría empezar diciendo a los lectores que a mí me gusta mi tierra en cualquier versión… Y, lo tremendo, es que es la verdad, hasta cuando el calor achica las ideas y has de remojarlas en la ribera del Pisuerga, un río, a veces, demasiado sucio y contaminado por la mano oscura de la ambición y la desidia.
El otoño es dorado por estos pagos de Dios, las choperas se desnudan al sol que se enmudece y cubren el suelo de oro y grana. El pino mira impertérrito el tintinear de la hoja caduca; al pinar le da igual, bastante tiene él con no dejarse desforestar.
El invierno es crudo, la humedad del río se mete en el alma, pero crea una atmósfera encantada donde la niebla recrea la imaginación de los lugareños.
La primavera en la viña es hermosa como los cerezos en flor decorando alguna parte de una inhóspita autovía… Y, aquí viene la cruda y triste realidad porque, quizá, por el amor a esta tierra recia, hosca en el gracejo y cuyo silencio es digno de escuchar por austero e inexorable, me duele su paisaje trepado por la fiebre urbanitas. No hacen pueblos de casas con tejados a doble vertiente y teja clara. Calles de ventanas floridas y campanario para un cigüeñal; no, son setas pareadas o rascacielos en la nada, en mi estepa castellana… A vista de pájaro torcaz, es un suicidio con nombre de ladrillo y aroma a dinero, ¡si no hay gente para morar tanta seta pareada!… Lástima tener que decir que los alrededores de Valladolid ya no son campos extensos donde recrear los sentidos, sino masas ingentes de hormigón prensado, colmenas hacinadas donde, supuestamente, vivirán personas. Trigales suplantados por edificios donde se les olvidó plantar el frescor del verde y es el asfalto quien decora esas cárceles humanas; vamos, que no hace falta ir a la costa para ver crímenes urbanísticos.
Hay cosas que se me escapan al entendimiento: Acaso, ¿está reñida la belleza con la construcción?, ¿es necesario masacrar la tierra aledaña a la gran ciudad de esa forma tan ausente de estética y respeto al medio natural?
Temo las modas por torpes, incultas y olvidadizas. Por asesinas del espacio sin pudor… Y, así se crean superficies anodinas, sin rastro de un sello de identidad que las distingan del norte o del sur.
Me piden que hable de mi tierra y he de cerrar los ojos para sumergirme en ella…, porque cada vez es menos ella y más la otra, donde no hay siembra ni llanuras para perder la vista en ellas. Ni siquiera el aroma a pueblo, a pueblo de verdad en aquellos eneros de matanza y huevo frito… Y me pregunto, ¿Ustedes creen que esto es el progreso? Señores míos, mientras el alma y la mente no estén al abrigo de una naturaleza sana que alimente el quehacer diario, que alivie los sentidos en belleza, me temo que el hombre estará abocado, sin remedio, al ocaso.

El tiempo corre, galopa por la vega y no perdona al torso, talle, sustancia y materia de esta tierra llamada Castilla.
Pero, a pesar de eso, la amo por ser mi raíz de vida, por dejarme olvidar el ruido de la gran ciudad por las calles estrechas y tortuosas de Simancas. Edificios blasonados, diminutos balcones poblados de geranios y mirando a la vega de un río constante mientras pienso que “nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar…”

miércoles 16 de septiembre de 2009

LO QUE EL TIEMPO HIZO DE TI

El jardín está silencioso, es un remanso de paz, cosa que a Gabriel le incomoda, se aburre sin hacer nada y se pregunta cuánto faltará para que todo termine.
-Gabriel, hay un estudiante en la verja que pide permiso para entrar.
-¿Qué quiere?
-Tiene que hacer un trabajo y ha pensado en ti, si le puedes ayudar.
-¿Yo? Dile que pase.
Ya nadie se acuerda de él, las visitas dejaron de gotear hacía tiempo; esto es inesperado.
-Buenas tardes señor Fernández. Me llamo Javier Olivas, estudio cuarto de Periodismo en la Complutense y he de presentar un trabajo… había pensado en usted.- el joven mira implorante a Gabriel, su timidez no le deja expresarse más.
-Juventud, divino tesoro ¿qué años tienes?
-Veintitrés, señor.
-¿Qué has hecho para no haber terminado la carrera? A esa edad, yo ya estaba zascandileando por el mundo con el título en el bolsillo ¿Eres tan parado normalmente? Con esa actitud Olivas no te comerás un rosco en el periodismo. Siempre habrá alguien que te pise y se lleve tu trabajo por delante ¿Sabes mentir? Hay que ser honesto e íntegro con tu trabajo pero al de al lado, ni agua ¿Sabe alguien que estás aquí? ¿Te has molestado en averiguar de qué van los trabajos del resto de la gente? ¿Eres perro solitario? Sí, creo que sí, no hay más que contemplarte ¿Fumas?
-No señor, es malo.
-Anda, mete la mano en el bolsillo de mi bata y enciéndeme uno, fumar es como aspirar el aroma de una mujer ¿Cuánto ha de ocupar tu trabajo? ¿De qué tiempo dispones?
-No hay límite señor; pienso que cuanto más extenso mejor y he de presentarlo en cinco meses.
-Primer error: la calidad ha de primar, no la cantidad ¡Capacidad de síntesis chiquillo! Decir mucho en poco para atrapar al lector sin cansarle y que cuando termine, tenga la necesidad de más ¿Comprendes? Natacha por favor, enciende la chimenea, empieza a hacer fresco; vamos a dentro Olivas, hay poco tiempo.-Javier ¿cuánto dinero tienen tus padres?
-Una posición acomodada, señor.
- Tu ropa es cara y tus modales denotan que hasta ahora no has tenido que luchar por nada ¿Aún no te has destetado verdad?
-¿Cómo dice, señor?
-Déjalo. Bien, comencemos. Enséñame cómo has pensado enfocar el trabajo ¿Es un best-sellers de mi vida? ¿Qué preguntas tienes preparadas? ¿De qué documentación dispones?
-Pensaba que usted me lo diría porque no sé si quiero hacer una radiografía de usted o de su pensamiento.
-Mira tú por donde, te has vuelto a equivocar. Vete ahora mismo a tu casa y cuando tengas una maqueta hecha, vuelves.
-Si, señor.
-Deja de una puta vez el señor. Por favor, llámame Gabriel a secas.
-Sí, señor.
Con esta respuesta Javier Olivas se marchó cabizbajo, oyendo mientras se alejaba, el eco de los gritos del anciano, era verdad lo que había oído decir de aquel hombre.
-Pregunté en el estanco y me dijeron que este tabaco huele muy bien ¿Le enciendo uno señor?
-Eso es una mariconada hijo, te han engañado, pero pruébalo tú y me dices; no tosas encima de mí.
-Pues no está mal su sabor, es suave ¿desde cuando fuma, señor?
-Desde que vestía pantalón corto; compraba un cigarrillo suelto todos los días marca Bisonte y, me sentaba en un bordillo para ver mejor las piernas de las mujeres ¿sabes? Fui un canalla con ellas pero nunca maltraté a ninguna, sólo disfruté de sus personas. Recuerdo a Margot ¡Magnífica mujer! Era un poco mayor que mi madre, me enseñó a ser un as en la cama ¿Tú cuándo has echado el último polvo? Bebe un poco de coñac, estás temblando.
-¿Yo, señor? ¿He de responder? Y disculpe pero no bebo.
- Pues Bebe ¡Coño! Prueba primero. Tu cara, tu expresión nunca han de ser el reflejo de lo que piensas o sientes, además, ninguna pregunta o actitud te deben pillar desprevenido, como si por tus venas no corriera la sangre ¿No me ves a mí? Estás patético.
-Sí, señor, pero es que usted es un viejo cascarrabias ¿Usted siempre ha sido así?
-Recuerda que siempre hay más preguntas que respuestas. La hipocresía social me abrumó desde bien chiquito, yo quería aproximarme a la verdad; me acercaba al suceso, lo contemplaba y después, velaba porque esa escena cotidiana no fuera camuflada por un cheque en blanco. Tenía ambición de ser libre, no poderoso. Javier ¿Qué es para ti la honestidad?
-¿Para mí, señor? No hacer daño.
-Muchas veces comprendí que lo que contaba no era oportuno ni conveniente por eso alguna vez pasé por los calabozos; en aquella época me convertí en un periodista incomodo para el régimen.
-Entonces ¿Dónde están los límites?
-¿Cómo puedes ser tan mamarracho al preguntarme eso? Tú sabrás, yo luché por no ser reo de otros ni siquiera de mi mismo, al menos en cuanto al trabajo. Chico, cada persona es un mundo, tú lo has de saber. Cada vez que vas al baño, ¿tu mamá te dice como te has de limpiar el trasero?

El reloj marcó las cinco. Gabriel miraba por la ventana hacia el jardín, era una tarde lluviosa pero no se convertía en el principal pretexto para que el muchacho llevara media hora de retraso en la cita, cada vez odiaba más la falta de puntualidad o ¿Es que la paciencia se iba agotando? Le caía bien aquel chico asustadizo, crecido entre libros y mermado de vida. Los tres últimos meses había notado un empeoramiento y aquel chaval, le hacía olvidar, sentir nostalgia del tiempo.
-Buenas tardes señor, disculpe mi tardanza, me he entretenido con un par de compañeros; les pregunté de qué iba su trabajo ¡Una tontería! Se limitan a recopilar información de periódicos sobre el hundimiento de Mario Conde ¿Recuerda aquel caso señor?
-Y tú ¿Qué les has dicho del tuyo?
-Nada, señor, que ni siquiera había empezado.
-¿Te has mirado al espejo? Estás horrible con esas melenas que te has dejado.
-A mí me gustan, señor, es la primera vez que me gusto cuando me veo ¿Usted se ha gustado siempre?
-Siempre es un término absoluto. Todos los días me miro, más que nada para corroborar que el del espejo no soy yo, la imagen va por un lado y yo por otra. Esta situación me ha hecho vulnerable y para luchar contra eso, me recuerdo mi estado mirándome; siento orgullo de mi proeza y vergüenza de mi cuerpo.
-Pues yo llevo media vida avergonzándome de mi mismo aunque, desde que le visito, noto que tengo más agallas, no me escandalizo de mí mismo. Usted ¿Cuándo se sintió hombre?
-Desde que me explicaron que las niñas tienen vagina y los niños pene; me gusta frivolizar con los temas serios y tomar en verdad las tonterías más banales, la aparente simplicidad de la vida. Por eso, me llamaban los colegas el alquimista de sueños cuando de verdad, era un idealista que no se había quemado a pesar de tanta porquería que me rodeó. Amé mi profesión como un enamorado a una mujer; no me dejé arrastrar por el miedo de saber realidades como las de las cárceles cubanas o el comprobar que el Tratado de la Convención de Ginebra apenas se cumplía… el enfermo de SIDA, el político corrupto, los pederastas. Sólo sabía que mi pluma debía hablar, llevar la verdad, la opinión que me merecía todo aquello que palpaba, está aún guardada.
-Señor ¿No le quema tanta reflexión sin compartir? Sepa usted que eso es un filón.
-¿No me digas que te has vuelto un sabihondo? Lo mío es mío y un perfecto desconocido no tiene derecho a saber mis secretos más íntimos.
-Señor, mas que contarme su vida, me está enseñando a ver; soy un ciego con ojos sanos. A usted ¿le hubiera gustado que haciendo su trabajo, le hicieran un corte de mangas como el que me acaba de hacer a mí? Mañana se muere y ¿Para que sirvió su experiencia? ¿Para los gusanos?
- ¡Ójala sucediera! A mí nadie me impone nada.
-Sepa usted que es un amargado; no quiere compartir porque no quiere recordar, la nostalgia duele ¿A que sí?
-Te has vuelto un descarado.
-Usted me ha enseñado a escarbar, a desear la verdad. Es un viejo carcamal y me largo.
-Recuerda cuando termines el trabajo, que no me llamo señor, sino Gabriel Fernández.
-No se preocupe señor… Gabriel, no pienso hablar de usted.
Javier Olivas salió al jardín y se acercó al estanque; el agua reflejaba su persona y sonriendo se marchó todo lo rápido que pudo. Tenía que escribir y sabía que ahora sí podía; conocer a aquel viejo chocho era lo mejor que le había pasado.
El agua del estanque es un espejo arbolado en días de sol primaveral, mientras que en el otoño se transforma en una manta dorada de hojas flotantes. Una silla de ruedas reposa tranquila en su borde; está ocupada por un hombre cuya mirada no puede ocultar la tristeza. Sus brazos yacen inertes, la hemiplejia sigue su curso imparable; desde hace cuatro años, Gabriel mira hacia delante, pelea silenciosamente contra la naturaleza y las limitaciones que trae con ella. Su consuelo después de conocer al joven aprendiz, es pensar que aún la cabeza funciona y la capacidad de seguir sus huellas es más que nunca el salvoconducto para no caer en la desesperación. Piensa, estructura los caminos y rumbos que tomó su existencia durante sesenta y cuatro años vividos intensamente, demasiado deprisa recapacitaba a veces, sin embargo hoy, se han convertido en un pozo inagotable de reflexiones; ese muchacho tímido e inseguro le ha hecho revivir lo que el tiempo hizo de él.
-Natacha por favor, llama al mamarracho de Olivas, quiero ver lo que está haciendo.

viernes 11 de septiembre de 2009

LUNA DE ABRIL

... Fue una historia de amor; aún la recuerdo. Fue la primera vez, la única. Yo era muy joven y salía de la iglesia con mi madre. Veníamos de hacer la novena a San Antonio... Era junio de mil novecientos treinta y seis, y los colores del día eran tan tiernos como mis pensamientos; nada hacía presagiar a mi alrededor los tiempos turbios que se avecinaban. Mi madre resbaló y aunque la quise sujetar, su peso me venció a mí también. No me preocupaba mi rodilla que sangraba con profusión, pero sí el gesto dolorido de mi madre. Alguien por detrás de nuestros cuerpos nos preguntó que si estábamos bien. Levanté mi rostro asustado y le vi.
Sus ojos azules camuflados tras una gafas de concha me miraban con interrogación, y yo me perdí en aquel océano sin contestar a su pregunta.
Al ver mi nula reacción, se agachó decidido, primero a inspeccionar a mi madre que con sumo cuidado incorporó llevándola a un banco próximo. Después, volvió a por mí que seguía anclada en el mismo lugar mirando embelesada a aquel hombre joven de pelo engominado, maneras amables y pinta de intelectual.
Claro que había visto muchos hombres. Mi padre tenía una pequeña cantina heredada de mi abuelo. Éste fue un rico terrateniente venido a menos que procuró dejar a cada hijo un mínimo para que subsistieran. A padre le tocó la cantina de la estación y madre y yo ayudábamos, una en la cocina y yo en la barra. Mis hermanos trabajaban la tierra de otros. Así que hombres había visto muchos, pero no como aquel..., nunca.
Sacó un pañuelo inmaculado del bolsillo para limpiarme la herida. La suavidad de sus dedos me hizo temblar. Él ante mi reacción, paró para mirarme, y sé que en aquel instante nuestras vidas se fundieron para siempre.
Remigio, como así se llamaba, era un maestro de escuela de un pueblo a setenta kilómetros del mío, y estaba en mi pueblo a ver a Pascualón, mi maestro. Tenía entonces veintiséis años (nueve más que yo) y amaba la poesía. El día que le conocí iba camino de la estación. Había quedado en Madrid con un editor interesado en sus cuadernillos de poesía. Pascualón le había animado, decía que tenía madrera de poeta.
Nos acompañó hasta la cantina y le vi montarse en el expreso de las nueve y cuarto de la noche... Los raíles del tren reflejaron el ocaso de aquella tarde de junio, y el humo de la locomotora se llevó mi corazón prendido tras él.
Recibí a los pocos días una carta en la cantina, era de Remigio contándome la buena nueva de su próxima publicación; le escribí, me volvió a contestar y así hasta el dieciséis de julio en que se presentó una mañana en el tren de las diez.
Le vi entrar espigado, gallardo..., y padre me dio el día libre.
¿Qué decir de aquellos tres días? Fueron un sueño, a veces dudo que existieran si no fuera por...
Creo que nuestros corazones presintieron lo que se avecinaba. Remigio había oído, había visto en Madrid cosas que no le habían gustado. Yo no entendía de qué me hablaba; entonces era demasiado inocente, infantil y fantasiosa.
Me entregué a Remigio en cuerpo y alma en aquellos días de antesala a la guerra civil; el dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis fue la última vez que le vi.
Tres años después le mataron por rojo, su poesía decían que atacaba al nuevo régimen. Pasó cerca de dos años en la cárcel hasta su fusilamiento. Remigio era un hombre de paz, amante de los libros y que nunca hizo daño a nadie. Lo sé.
Pude escribirle un par de cartas contándole que tenía una hija que había nacido bajo una luna hermosa de abril y que se llamaba Amapola como el título de una de sus poesías, pero tengo la duda que le entregaran aquellos mensajes.
Al terminar la guerra, no me quedaba nada: ni padres, muertos en un bombardeo, ni cantina, y mis hermanos no me hablaban por ser la puta de un rojo.
Entregué en adopción a mi Amapola y yo me fui a un convento de Carmelitas.

En mil novecientos setenta y ocho me enteré por un periódico (sé que Dios estaba detrás de esa noticia) que una profesora de Salamanca había ganado un importante premio de poesía. Corría el mes de abril y yo miraba como cada noche a la luna, se había convertido en una costumbre, tal vez porque buscaba una respuesta en ella que nunca llegaba. Después, me puse a pelar unas patatas y guardando las mondas en las hojas de un periódico cuando leí la noticia y vi la foto de la mujer.
Entonces comprendí que tanto la vida de Remigio como la mía habían tenido un sentido, no habían muerto después de aquellos días de julio del treinta y seis; la respuesta había tardado, pero había llegado.
Amapola, nuestra hija, con otros apellidos, pero con la misma facciones que su padre y el mismo amor a la poesía que él, era la respuesta de aquella luna de abril.
Mi historia de amor, que pensé arrancada de cuajo, había cerrado su círculo felizmente.

lunes 7 de septiembre de 2009

UN HOMBRE Y SU PERRO

El día se está despertando; el mar es una balsa meciéndose en sí mismo.
La bruma, desperezándose sobre la arena recién planchada, inmaculada.
La playa a esa hora está desierta y, entre los pinos que bajan casi hasta el agua, aparecen un hombre y su perro.
Ambos se sientan en la orilla; beben la calma de la hora silenciosa. De vez en cuando, el hombre, sin dejar de mirar al horizonte, atusa el lomo del animal; éste restriega su hocico en la pierna de su amo. Se vuelven a quedar quietos respirando la paz, tragando el Mediterráneo mientras la ola derramada llega a sus pies y patas.
… Entonces, el perro, como si el cosquilleo de la espuma le hubiera despertado, se levanta y, cojeando, se adentra en las olas; sobre sus crestas, las gaviotas.
Se derrite la espuma al llegar a la orilla y, mientras llora la gaviota, aparece la cabeza del animal ladrando; es feliz y su amo vuelve a rezumar salitre. El sol asciende a su universo y el hombre dibuja lágrimas en un papel; la soledad pesa. Hoy hace dos años que ella partió y el tiempo quedó enredado entre ese amor que no muere y la vida que sigue su peregrinar inexorable.
Dos días después de su marcha, depositó sus cenizas donde ella siempre había querido reposar: en medio de las olas. Según terminaba, escuchó entre el rumor de la mar un débil quejido. Se acercó hacia las rocas; había un pequeño cachorro, abandonado, cojeando. Se preguntó “¿Será ella que regresa?” Y desde entonces caminan juntos, a veces, extraviándose en las olas. Otras, buscando el puerto donde amarrar ausencias.
El día ya despertó… Allá se pierden entre los pinos un hombre y su perro; mañana será otro día.

jueves 3 de septiembre de 2009

ALGO QUE DECIR, ALGO QUE CONTAR

Tomaba el primer café y mis ojos estaban perdidos en las noticias del día. Mi intelecto no me hacía más que decir “No sigas Raimundo, los periódicos ya no tienen nada que contar”.
Sin embargo, seguí mi búsqueda mientras el café despejaba las entrañas. Pero llegué hasta la última hoja y nada. De rabia, lo tiré al suelo y, cuando me fui a levantar, mis ojos chocaron con una hoja; me agaché, no daba crédito a lo que leía. Rezaba así “Por falta de hechos, los periodistas, a partir de mañana, contarán lo que pasa por la vida”

P.D. I CERTAMEN DE MICRORRELATOS SEVILLA PRESS

miércoles 26 de agosto de 2009

EL PLAYERO

El Pau se despereza; estira los brazos en ademán de abrazar el aire que le viene a despertar como cada día. Mira al cielo y sonríe. De su boca surge una mueca placentera y con pocos dientes. Es feliz, tiene todo lo que necesita aunque algunos cuando le ven pasar piensen “Ahí va el infeliz del Pau”, pero nadie sabe lo que le ha costado llegar aquí y alcanzar el consenso de lo que hay exprímelo hasta el último jugo.
Es cierto, no tiene nada. Bueno no es cierto, lo que pasa que nadie lo sabes pero su mayor tesoro está oculto en una de las cuevas del acantilado y pronto reunirá el suficiente dinero para volver a empezar; es cuestión de tiempo y al Pau lo que le sobra es paciencia.
Mira al cielo y lo ve despejado. Piensa “Hoy habrá mucho trabajo”, y se pone manos a la obra. Después de un buen baño entre las olas calmadas, se pone el traje de baño, la camiseta desteñida donde reza “El Playero” y se pone a desayunar. Gasta poco en alimentos porque el dueño del chiringuito playero le guarda muchos restos de comida aunque este año con la crisis los turistas no dejan ni las raspas.
Cuando baja de su refugio ve que acaban de limpiar la playa. La arena se le antoja un colchón mullido de plumas de gaviota. Abre la sombrilla, trae la mesa y la silla y se dispone a plantar las sombrillas y las hamacas. Todas en hileras de seis con la suficiente distancia para que la gente esté cómoda. Se le da bien el trabajo, y le gusta. Ya no es sólo agradecimiento a Sergi, el dueño de media cala y sus alrededores que le recogió cuando estaba a punto del suicidio. Había perdido todo hasta “la mareta” su barquita con la que iba a pescar. Eulalia, su gran amor, acababa de morir de cáncer y él ya no tenía en qué sujetarse. Le dio por beber, pasar los días tirado en la Mareta hasta que lo encontró Sergi. Le quitaron todo, pero con unos mínimos cuidados de este hombre, el Pau resurgió de sus cenizas. Para que no estuviera mendigando por la cala y espantara a los turistas, Sergi le ofreció hacerse cargo del negocio de las tumbonas en verano. Pau se había vuelto huraño, pero aceptó. Poco a poco cogió gustillo al asunto y pronto le dio a mayores el Sergi que se hiciera cargo de unas embarcaciones de alquiler. Todos los días, las limpiaba, las pulía y a media mañana ya las tenía alquiladas todas para el resto del día. Sergi le pagaba bien con lo que ahorraba toda la paga y vivía de las propinas.
Lo malo era el invierno. Los turistas desaparecían y el Pau se quedaba sin trabajo. Entonces se bajaba al puerto y ayudaba a remendar las redes de los pescadores. No le pagaban nada,, pero siempre caía algún pescado que otro con lo que ir tirando.
Habían pasado cinco años ya y el negocio iba en aumento. Joan, el dueño del chiringuito no hacia más que decirle que la cueva no era un lugar para vivir, que debía tomar cartas en el asunto y alquilar aunque fuera la habitación. Un día se puso tan pesado que ya el Pau le tuvo que contar su secreto.
-Allí no estoy solo. Escondo la Mareta. Con lo que ahorre este verano ya podré comprar los artilugios para pescar y en otoño cuando todo el mundo se haya ido, saldré con ella.
--Lo que tú digas, pero vivir en una cueva no es lugar para una persona.
-Tengo de todo y el suelo lo he forrado de las losetas que sobraron del hotel. En invierno enciendo el fuego y estoy tan calentito. Me tapo con los vestidos de la Eulalia. A pesar del tiempo,, aún huelen a ella. Hay noches que me corro con su aroma. Veo amanecer y por las noches hablo con la Mareta. ¿Qué más puedo pedir?
-Estás loco, Pau.
-Tengo más de lo que muchos desearía. He pintado ya la Mareta. De blanco y el azulón que a la Eulalia le gustaba tanto.
…Es finales de septiembre, ya queda poca gente. El tiempo viene revuelto, pero el Pau le parece bien. Anteayer cogió en bus y bajó a Mahón; ha comprado una red y un par de cañas. Lleva dos noches que no duerme, no puede, no deja de mirara a su Mareta, a sus cañas de pescar y a la red que la tiene arrebujada entre la ropa de la Eulalia.
Mediados de octubre… Joan está preocupado. Hace tres días que no hace más que mirar hacia la cueva del Pau. Ni entra ni sale. Piensa “¿Dónde se habrá metido este truhán?”, y vuelve a mirar. Hace tres días justos, por la noche hubo una gran tormenta. El diablo vino a hacerse con la cala. Las olas arrastraron todo, hasta las hamacas y las sombrillas del Sergi; las embarcaciones de recreo se han dado por perdidas.
Joan vuelve a mirar en la misma dirección. Entonces deja de barrer, se quita el delantal y se encamina hacia las rocas.
Sí, menos mal, allí está el Pau, en su cueva, abrazado a su Mareta mientras una red le tapa la cabeza.
Joan se agacha, no puede reprimir el llanto; El Pau se ha ahogado por el maldito temporal. Lo sabía que hago pasaba. Le quita con cuidado la red y descubre el rostro de su amigo. En él está pintada una sonrisa.

martes 4 de agosto de 2009

EN EL CORAZÓN DEL ABISMO (Hasta septiembre, amigos, me voy de vacaciones)

Me llamo Ismaiel. Me llamo Khadija. Voy a contarles un trocito de mi vida. Tan cercana como la nuez en mi garganta. Tan lejana como esos planetas que rondan en el universo…

Aquel día de principios de verano, acabábamos de terminar el último alimento de la jornada. Mi madre estaba fregando los cacharros, mientras que mis hermanas recogían del patio la ropa recién secada por los últimos rayos del sol que se me antojaba abrasador. Mi padre y mi hermano mayor, tumbados en unos modestos pero recién mullidos cojines, se hallaban sumergidos en una charla mientras fumaban. La luna era muy joven a esas horas pero no impedía otear el fulgurante destello de chispitas luminosas en el cielo. El silencio de la noche era hermoso, decía mi padre a mi hermano. La hora bruja que hace que te concentres en las pequeñas cosas sucedidas durante el día. El momento idóneo para que las mastiques, como el tabaco, y saques la savia que hay en ellas. De repente, un trueno rasgó nuestra paz. La descarga de metralla duró unos pocos segundos. Los suficientes para destrozar nuestras vidas.
Tenía apenas 11 años cuando vi morir a mi hermano mayor. Mi padre enloqueció y fue ingresado en un psiquiátrico. Mi madre perdió el nuevo hijo que esperaba. A nuestro alrededor todo era muerte y desolación. No quedó vivo ni un vecino. Nosotros cuatro éramos el único atisbo de vida en aquel espacio chamuscado. Situación que mi progenitora aprovecho a favor nuestro. Nadie nos conocía, nada nos quedaba sino esos hilos ensangrentados y doloridos de cuatro vidas a la deriva. A esa edad tan temprana -y algo más que mi madre procuró guardar como el mayor de los secretos-, yo me convertí en el sostén familiar…
Mi cara y cuerpo eran irreconocibles después de las terribles quemaduras sufridas por el misil, y a pesar de que la policía obligaba incluso con golpes en público a llevar como mínimo la longitud de la barba del tamaño de un puño de varón, a mí nadie me preguntó por qué no me crecía.
Primero trabajé cortando hierba. Mis manos eran demasiado pequeñas y de escasa fuerza, por lo que me echaron sin haber cobrado nada. Esos días vagué por las calles de la ciudad mordiendo el polvo, comiendo mis lágrimas y mocos infantiles y pidiendo limosna… robando fruta en el mercado para que comieran mi madre y mis hermanas. Al fin, encontré un trabajo transportando ladrillos: me pagaban poco muy poco pero lo suficiente para que mi familia pudiera llevarse unos granos a la boca y no morir de inanición. Mis dedos crecieron, las palmas se encallecieron y atrás dejé la niñez. Después, pasé al terreno de la construcción, haciendo agujeros para el cableado eléctrico y colocación de tuberías. Mis espaldas ensancharon y se robustecieron. Trabajos mal pagados pero que al menos permitían que viviéramos con cierta dignidad.
Ser hombre me posibilitó hacer muchas cosas a las que mis dos hermanas debían constantemente renunciar: ir a la escuela, andar solas por la calle, montar en bicicleta, ganar dinero ni defender a su familia.
Un hombre recibe el aire limpio de los amaneceres hechizados de mi tierra, tan bellos que no parecen reales. Mientras, a la mujer se le tapona la luz hermosa de la mañana en la oscuridad del burkha… Me podrían sentenciar por estos pensamientos, por estas palabras. No soy valiente aunque estoy aprendiendo, por eso hablo tan bajito, conformándome que el corazón de ustedes me oiga…
Mi vida estaba bien encauzada por aquel entonces y me sentía medianamente satisfecho hasta que me ofrecieron en la escuela aquellas clases de inglés. Tenía en aquel momento 19 años cuando conocí a Siddiq. Me enamoré perdidamente de él y mis desgracias llegaron todas juntas. Olvidé que era hombre y me dejé arrastrar por el corazón de la mujer que con tanto celo trató de guardar mi madre para que no muriéramos en un mundo donde el varón era la pieza clave para subsistir. Si descubrían el doble juego, no sólo perderíamos lo poco material que teníamos, sino además, lo único valioso: nuestras vidas.
A mi madre le habían adjudicado, por ser viuda, el honor de confeccionar “nan”, --el pan sin levadura que comíamos todos los afganos- para otras viudas, huérfanos y personas con insuficiencias económicas. A mi madre eso le vino bien para olvidar su propia amargura y desesperación al ver a sus hijas enflaquecidas jugar sin alegría en un suelo sembrado de recordatorios de guerra: cartuchos de proyectiles, tanques quemados y árboles desmochados por la crueldad de los cohetes. La fortaleza que crecía en el interior de mi madre era fruto de una silenciosa lucha por la vida, no la suya, sino la de su descendencia. Ahora comprendo muy bien la bofetada que me propinó mi madre la noche en que me pilló probándome un zapato de tacón que había comprado en un mercado prohibido, así como adornando mis mejillas de un suave color. Pedí perdón por la ofensa, pero mi corazón bramaba por ser mujer y mostrarme con mi burkha al hombre de habla inglesa.
No tuve picardía alguna y me tomaron como un maldito homosexual. La áspera y cuarteada piel de mis manos rozó el brazo de Siddiq. Esa fue mi primera manifestación de mi sexo controvertido. La segunda y definitiva fue cómo le miré públicamente sin pudor, llena de amor.
Me pasearon por las mordisqueadas calles de Kabul en una camioneta de caja descubierta con el rostro ennegrecido con aceite de motor. Después, me llevaron junto a otros dos homosexuales a la base de un enorme muro de barro y ladrillo y, por medio de un tanque, lo derribaron sobre nosotros. Permanecimos enterrados bajo los escombros media hora, yo logré sobrevivir. Estaba condenado a seguir caminando… Los designios de Alá son inescrutables.
Permanecí en el hospital varios meses hasta que me recuperé. Allí supe que a las mujeres se les permitía ser enfermeras. Aquello me gustó y decidí llevar una doble vida: por un lado no deshonraría más a mi familia, por lo que seguiría siendo el cabeza de familia tal como lo proyectó mi madre cuando yo era una niña de apenas 11 años. En mis horas robadas, estudiaría enfermería bajo un supuesto nombre que al fin y al cabo era el real: Khadija.
El tiempo continuó su transcurso lento y agónico. Los talibán prohibieron toda forma concebible de entretenimiento que, de todos modos, siempre escaseaba en un país pobre y lleno de privaciones como es aún hoy Afganistán. A los afganos nos entusiasmaba el cine, pero las películas, la televisión, los vídeos, la música y el baile fueron vetados. Nos dijeron que la gente necesitaba cierta diversión y que para eso podíamos ir a los parques y ver las flores.

Yo todavía no he recuperado mi identidad. Sigo siendo hombre al despuntar el día mientras acarreo fajos de ladrillos. En las tardes, soy una eficiente ayudante de enfermería. Mientras tanto, lucho en tres frentes muy distintos: como hombre, en ser más humano en una sociedad machista; como mujer, en defensa de nuestros derechos; y mi tercer frente, el más duro quizá, es el de defender a aquellos que han nacido homosexuales, no se han hecho ya que es una condición biológica no una opción. Que la sociedad acepte y reconozca su derecho a ser diferentes, a que dejen de ser objeto de palizas, difamaciones, chantajes y, en el mejor de los casos, burlas o conmiseraciones. Y que ellos mismos sepan afrontar su condición. Son homosexuales. Personas, seres humanos como usted, como yo.

Desde el fondo de la espesa bruma, Ismaiel va emergiendo en su bicicleta como cada día. Va para diez años desde aquella negra noche…

Mí presencia aquí no fue elección mía;
A mi pesar el destino me acosa
para que me vaya.
Levántate, envuelve un trapo
a tu cintura, mi SakÍ,
Y embriágate para alejar la miseria
de este mundo.
Si hubiera sido mi elección,
¿habría venido?
¿Y en que me habría convertido?
¿Qué mejor fortuna podríahaber hallado
Que no venir, devenir o incluso ser?
RUBA-I-YYAT OMAR AL-JAYYAM

jueves 30 de julio de 2009

LOS HOMBRES TAMBIÉN LLORAN

Nuestro rollete nació en un bar en una noche de verano y sin yo saberlo que es lo más grande de esta historia. Contado así todo parece romántico, una historia bonita al uso; pero todo es pura apariencia…
El bar era cutre que te cagas y no sé cómo llegué hasta allí después de que Natalia me hiciera un corte de mangas rompiendo después de once años juntos, y yo beberme para olvidar hasta el agua de los floreros.
Pedí un daiquiri, el dueño de aquel antro me miró y después de unos segundos puso encima del mostrador de mármol un vaso chiquito y lo llenó de güisqui. No protesté, pero tuve la sensación de estar en una película del oeste y que si rechistaba, mi cabeza recibiría el tiro de gracia
Estaba apoyado en el mostrador para no caerme mientras lloraba cómodamente. Si, cojones, los hombres también lloran y el que no lo hace es un maricón reprimido... Y mientras hacía estas reflexiones, oigo una voz que dice:
-Un daiquiri, por favor. Ponga el ron más barato que tenga. Sabrá mejor.
Giré la cabeza instintivamente y vi a una especie de hombre de melena rubia y ademanes afeminados esperando a que el camarero le pusiera el güisqui como a mí. Pero no. A esa cosa le sirvieron mi daiquiri. A duras penas me acerqué a ver qué tenía aquella persona que no tuviera yo; estaba claro: yo estaba mamado y la cosa se hallaba sobria.
Pero todo es pura apariencia, insisto. La cosa en cuestión se bebió el daiquiri de un trago. Miré atentamente cómo bajaba el líquido por su garganta. Después, con un leve toque aposentó la copa en la barra y el camarero se apresuró a prepararle otro. Yo alcé mi vasito a ver si colaba y me daba mi daiquiri; inútil. A la cosa se lo dio y a mí el consabido güisqui.
La escena se repitió seis veces y aquella especie de persona la comenzó a hacer efecto el ron barato hasta que en un momento impreciso –digo lo de impreciso porque me fui a mear y cuando volví, la cosa estaba cerca de mi vaso- me miró de arriba abajo, sin verme, seguro, y me dijo:
-¿Tú qué tipo de cabrón eres?- yo repliqué entonces, después de desanudar mi lengua.
-¿Cuántas clases hay?
-Decenas, centenas y millares- evalúe su respuesta dentro de lo que el alcohol me dejaba y contesté.
-Cabrón solitario. Se ha ido con sus dos periquitos- a continuación me dirigí al camarero y le increpé... -Dos daiquiris, invita la casa.
¡Qué rico estaba!, y mientras la cosa hablaba, yo me bebía el suyo y el mío hasta que decidí echar por mi boca una frase profunda.
-Me he perdido, no sé qué te pasa, pero si necesitas llorar, hazlo. El hombre que no llora es un maricón reprimido- según terminé de exorcizar mi frase, la cosa me arreó tal bofetada que caí al suelo según la echaba encima la pota.

Fin de la historia. No me preguntéis cómo llegué a mi casa, ni cómo recordé pasadas varias semanas del incidente aquel bar cutre donde preparaban los mejores daiquiris que había probado en mi vida. No volví a coincidir con la cosa tampoco. Se preguntarán por qué lo llamaba cosa. Mis recuerdos son vagos, pero mi percepción jamás se ha equivocado: era un ser extraño, un maricón que no lloraba. Vamos, que no se había atrevido a salir del armario.
Hoy me he casado con Laura, una mujer maravillosa. Apenas seis meses de relación, pero no hemos necesitado más tiempo; hubo química desde el primer instante.
Cuando todo el rollo del bodorrio se ha terminado, mi mujer me ha dicho que me iba a dar una sorpresa.
¿Quieren saber cuál era? Me ha llevado al barucho. Sí, el cutre.
Nos hemos apostado en la barra. Andrés, el camarero ha actuado como si no me conociera, no entendía el porqué, pero como estaba tan alucinado de que Laura me llevara precisamente allí que no he preguntado nada.
Ella con voz pausada ha pedido dos daiquiris. Hemos brindado y cuando se ha llevado la copa a la boca, he mirado su garganta, cómo el líquido corría dentro de ella. Después, con un leve toque ha depositado la copa en la barra. Andrés ha acudido ante ese gesto y nos ha puesto uno, y dos, y tres y..., así hasta darme cuenta que Laura era la cosa.
Sí, me he puesto a llorar, pero esta vez de risa.

lunes 27 de julio de 2009

CARTAS DE AYER: LUIS RODRÍGUEZ ESPINOSA

Navidad, 1938

El aire viene cargado de un humo opaco, se mezcla con los copos densos de nieve. El silencio está enquistado de miedo, de advertencia; nada parece lo que es. Sin embargo todos hacemos un mundo paralelo al horror, a la espera de que en cualquier momento, retomemos el fusil y salgamos a morir.
Paco, mi compañero de trinchera, se embelesa en leer cartas de haces meses de Dionisa, su novia. Muchas veces, en esas noches en que el frío arrecia, que no hay el calor del cigarrillo de picadura liada, ni el aguardiente para olvidar, nos lee alguna misiva de ella. Me hace gracia, todas terminan de la misma manera: “Si me quieres escribir ya sabes mi paradero…” famosa letra de la canción que nos abandera a ambos frentes. Son lienzos que desmenuzan la vida en la retaguardia. Nos cuenta las penurias, la carestía de la vida cotidiana, el temor de las palabras del general Franco que corren como ríos de pólvora: “Juro aplastar y hundir al que se interponga en nuestro camino”. Sí, esto era el único lamento de Dionia y, a pesar de eso, transmitía esperanza, luz a una próxima victoria, a una paz que no parecía llegar jamás…

Paco, en su fuero interno, guarda con celo un secreto inconfesable a sus compañeros de trinchera, exceptuando yo. Dionisia es enlace entre dirigentes del PCE. Él, francisco Barroso, comandante de una de las legiones de Franco. Eso, por mucho que se quiera poner voluntad en digerir, puede llevarles a los dos a una muerte previamente anunciada. Dos mundos, ideologías contrapuestas, pero el amor no sabe de ideas, sólo de sentimientos y Paco se enamoró de aquella niñita de cara angelical la primera vez que la vio; poco le importó el que dirán en la sociedad provinciana en la que vivía hasta antes de la guerra, ni siquiera la diferencia de edad que les separa. La chica es menor de edad, 19 años; Paco, rondando la treintena.

Es Nochebuena, un lápsus para el fuego abierto al enemigo. Trato implícito de acallar los disparos en ambos bandos: preservar la tradición y que el niño Dios reine en todos nuestros corazones.
Acabo de escribir a casa contando “una milonga”, todos hacemos igual; nadie cuenta la verdad. “Estamos todos bien, apostados cerca de un caserío, donde hay abundancia de huevos y leche”. La verdad es otra: tenemos frío, mucho. Las tripas rugen desesperadas desde hace días. La cena ha consistido esta noche en agua caliente con sabor a mondas de patata y, cada uno a su manera, ha llorado lágrimas de hiel, abandonado el traje de valentía, necesitamos el calor de los nuestros y todos sabemos que estos, quizá, ya no vivan. Hace exactamente cinco meses que no llegan cartas y, aunque la guerra parece lenta, los acontecimientos se precipitan de tal manera que en un momento es gloria y al instante, tu vecino yace sin vida con un hilo de sangre escapado de su nariz como último signo de que una vez fue alguien.

Quiero señalar en papel que soy Rubén Brisac, recordarme, cada día que puedo, quién fui y, ahora, qué soy. Escribir este cacho de diario me reconforta; no tengo a nadie a quien enviar cartas… Bueno, tampoco es cierto esto que afirmo, ahora lo explico. Vengo de un pueblo en que todos desaparecieron. Por allí pasó un batallón y me enrolé. Antes de este infierno, iba a la escuela, de ahí que sepa casar letras. El maestro me enseñó el amor a la lectura y tenía mis planes: compaginaría las labores del campo junto a padre y Mariano, mi hermano; trabajaría en la biblioteca del ayuntamiento, pero la guerra se adelantó.
No entendía de odios y he terminado machacando las vísceras de mi hipotético enemigo que, por cierto, no conocía de nada.
Ahí, de verdad, comenzó mi verdadera aventura y no esta apestosa contienda.
Entramos, una madrugada del mes de agosto, a descansar en un camposanto. Creíamos que estaría vacío de vivos y la sorpresa fue mayúscula cuando fuimos recibidos por balas a diestro y siniestro. Sé que en aquel momento perdí miedo al fusil. Inconscientemente decidí vivir, defenderme de la muerte; lo logré, pero, cuando se hizo la luz, al alba, descubrimos un reguero de cadáveres que removería la conciencia de todos los que podamos sobrevivir a ese horror. Allí había niños, ancianos, mujeres abrazadas a machetes. Sí, también estaba el cuerpo de Luis Rodríguez Espinosa. Sus ojos valientes me miraban fijamente; una mano caía sobre su arma, la otra reposaba sobre el pecho. Un bulto sobresalía de él. Me agaché y recogí el paquete que él defendió hasta morir; cerré sus ojos y me marché como si la frialdad se hubiera apoderado de mi ánimo
.
Al caer la noche, recordé el paquete. Miré alrededor, todos parecían descansar. Lo abrí. Era un montón de cartas y dos fotos avejentadas, seguramente de tanto manoseo. Una era el retrato de boda de los padres de Luis. Antonia, la madre, era muy guapa y rolliza, perfectamente enlutada para los cánones de la época. Luis, el padre, se mostraba altivo, sereno, distante. La otra era de la chica más hermosa que yo hubiera visto jamás. Blanca Manzanero era el amor de Luis; después pasó a ser el mío. Una vez leídas a borbotones aquellas cartas repletas de sentimientos, ilusiones y contradicciones, decidí que Luis Rodríguez Espinosa no moriría para esas personas mientras yo pudiera.
Así comencé mi vida paralela. Escribí una carta para cada uno de ellos, advirtiéndoles que, si me contestaban, pusieran en el sobre el nombre de Rubén Brisac.

22 de febrero, 1939

He recibido tres cartas; una de “mis padres” y dos de Blanca. Puff, he sentido una angustia que no sé describir. Al principio no me he atrevido a abrirlas, me veía como un farsante; luego, una vez leídas, he sentido una paz difícil de contar, un sentimiento de que ya no volvería a ser jamás Rubén.
Ella me cuenta que no se fía de nadie pues ha oído que los franquistas han metido chivatos en todos los sitios: “Tenía tanta hambre, Luis, que me he vendido por un plato de lentejas de Negrín. Cuando todo ha terminado, he salido corriendo; en el camino se me han caído unas pocas, pero hoy todos hemos comido caliente. Mi casa parecía una fiesta. Cuando me he metido en el petate, he visto tu cara desangelada; amorcito mío, ¿sabrás perdonarme? Si no recibo respuesta, sabré entenderte. Sólo te pido que no me guardes rencor. Las gente buena no sabe de esas bajezas…”

“Mi padre” parece un hombre muy riguroso en sus ideas. Intuye que pronto terminará en el paredón y “me instiga” a que sea fiel a mis ideas, que no caiga, por debilidad, en los brazos del enemigo. Una cosa es pasar por uno de ellos para salvar a muchos y, otra, que olvide a los camaradas que confían en mí. “Querido hijo: pronto me iré de este mundo. La única pena que me llevo es no poder darte el último abrazo porque, por lo demás, la conciencia va alta; no he hecho mal a nadie. Son los fascistas quienes matan y no respetan. Cuida de tu madre cuando yo falte. Tienes que sobrevivir por todos nosotros…”

Hay un trozo de espejo colgado en la pared de la trinchera. Me miro y me pregunto quién tiró la primera piedra. No me veo como fascista; mis compañeros son buenas personas, ¿entonces?


4 de agosto, 1939

Aún no he regresado a casa, ¿qué casa?, desde que terminó la guerra. Blanca me insta, una y otra vez y yo le doy largas. Pero hoy me he avalentonado y le escribí una carta conjunta a ella y a “mi madre” contándoles la verdad. No se me ocurría cómo terminarla y decidí poner la letra de la canción:”Si me quieres escribir ya sabes mi paradero/Tercera Brigada Mixta, /primera línea de fuego…”

Lo más seguro es que haya decidido enfrentarme a mi única verdad por la desolación de mi buen Paco. Estamos en Madrid, a las puertas de las Ventas; vamos a pasar la noche, aquí, apostados. Al alba ejecutarán a Dionisia, la novia, menor de edad, de Paco. A mi amigo, no le dejo solo con este trago; dicen que las llevarán escoltadas por la guardia civil a las tapias del cementerio del Este.
Llora sin consuelo. Sus lágrimas no son las de la trinchera. La rabia yace en ellas y contengo su ímpetu para que no salga corriendo y una bala atraviese su espalda.
Le calmo, le susurro que si nosotros somos los triunfadores, aprovechemos esa circunstancia para salvar al vencido… Me ofrezco a leer la última carta de Dionisia; está aún cerrada; él asiente:
“Muero, mi amor, pero no reniego, no me escondo. Me reuniré con mi padre y mis dos hermanos. Descansaré, al fin. No quiero que se me olvide felicitarte a ti y a los tuyos por vuestra gran victoria, pero no la uses para humillar. No me lloréis, que mi nombre no se borre de la historia. Mi causa fue honesta…”. He parado de leer. Nos hemos abrazado muy fuerte y llorado juntos.


Navidad, 2005

El telefonillo del portal de la calle Maestro Alonso, 22, 3ºC no hace más que sonar.
-Luis, hijo, ¿no oyes el timbre?
-Voy, abuela…

Luis regresa con un paquete y se lo tiende a su abuela. Va a nombre de ella, Blanca Manzanero. Abre un sobrecito pequeño y le dice a su nieto que se lo lea:

“Estimada Sra. viuda de Luis Rodríguez Espinosa y de Rubén Brisac: tenemos el gusto de enviarle el documental “Que mi nombre no se borre de la historia” que se emitirá a primeros de enero en TVE y, que usted, tan amablemente ha colaborado tanto con su testimonio como con el diario de su marido.
Le deseamos unas felices fiestas, camarada Manzanero”

martes 21 de julio de 2009

UN ANTES, UN DESPUÉS

He descubierto un lugar delicioso y solitario: es el hueco de la escalera de incendios; Entre dos puertas. Allí corre una fina brisa y la vista de una de ellas es a un trozo de cielo.
Me siento libre como un pájaro.

Me escondo allí a fumar, a pensar y a leer. Está un poco sucio, pero no me importa, aunque esa suciedad me acerca el recuerdo de mi armario cuidadosamente cerrado con naftalina de olor a lavanda. Allí están guardados trajes de siete años; “Me sentaban muy bien, me favorecían, he de reconocerlo” me digo para saciar mi vanidad perdida.
Sin embargo, ahora voy hecha un cuadro, mi condición de proletaria me induce a ponerme cualquier trapo para equipararme al resto y no sobresalir de la masa en nada; he olvidado mi imagen y, si alguna vez en el ascensor me miro, no me reconozco. Antes subida a unos andamios y ahora rozando el suelo. “¿Cuál es más real?” Me pregunto mientras ese trozo de cielo me regala un rayo de sol que no quema y me endulza... Nunca dejé de ser yo de alguna manera, pero la soledad siempre me ha perseguido. Antes, por ser quién era, debía guardar las distancias, y ahora..., no sé lo que debo guardar, la verdad, pero aquí estoy sola, nadie se acerca a mí desde que llegó la maldita crisis y comenzaron a rodar cabezas, sueldos. Después llegaron los despidos, los llantos, los orgullos heridos y… yo.
No me mandaron a la calle, es cierto, pero me hicieron toda clase de judiadas; mi vida se convirtió en un infierno hasta que una mañana cuando llegué a trabajar con mis tacones de vértigo me encontré sin despacho. Mi vida laboral se resumía a una caja arrinconada y a una maceta.
Me agaché a mirar la planta, no recordaba tenerla. Estaba allí pacientemente esperando a ser recogida por alguien. Su humildad me hería; tan simple que su belleza irradiaba luz. Recogí mis chismes y la planta y me dirigí al departamento de RRHH a que me leyeran el futuro; de esto hace un año.

… Ahora, pienso que nos ofuscamos en no ver la belleza de las cosas cuando éstas están deseando ser descubiertas, palpitando por una mirada sin ceguera.

Pisoteo el cigarrillo, lanzo un suspiro a la nada y retorno al trabajo. Ser proletario tiene sus ventajas: no he de mandar, sólo dejarme llevar y mis tiempos son sólo míos.
He sentido tras de mí el airecillo humilde que rozaba mi espalda y he sonreído; desde entonces no he dejado de sonreír.

sábado 18 de julio de 2009

INCIERTO

…Hace frío. Estoy temblando por más que me arrebujo al abrigo. He tenido una pesadilla, una premonición, o cómo se quiera llamar esa sensación. El caso que me he despertado pulverizada de miedo, con ese encogimiento del corazón que tenía de pequeña cuando en medio de la noche abría los ojos y todo era oscuridad. Me ponía a chillar hasta que las suaves manos de mi padre acariciaban mi pelo y el calor volvía a mi cuerpo… Me gustaría que estuviera ahora aquí para consolarme. El alma de un adulto por mucho que madure, en algún rincón lleva pegado el sello de la niñez y a lo largo de la vida emerge aunque sea unos instantes. Es como una regresión en el que ves con toda nitidez aquel ayer, sientes como entonces y meces a ese niño entre tus manos encallecidas de desilusiones.
…Qué lastima que no tenga un cigarrillo; he palpado en los dos bolsillos y no hay nada. Es muy raro, siempre llevo chismes en ellos, pero ahora están tan vacíos como yo. También quisiera mirar la hora, pero no tengo reloj. No me digas que no es extraño, nunca me quito el reloj… Voy a cerrar los ojos, a recordar y así olvidar este abandono, pero el caso es que no puedo hacerlo; a ver si me explico: quiero, pero no puedo. Mis ojos ya no se cierran y mi último recuerdo es el que acabo de narrar de mi padre. Después de eso no hay nada.
Páginas en blanco, brumas. Las palabras se me hacen indómitas y cada vez peso menos. Como si fuera aligerando lastres, desprendiéndome de lo que hasta ahora iba conmigo… Y este lugar tan silencioso, no se ve a nadie. ¿Cómo habré llegado hasta aquí? Caminaré si es que el miedo me permite aunque ya no es miedo la sensación que me recorre sino, más bien, una soledad, una clarividencia cada vez más palpable de soledad, de que no soy nada, de estar flotando sin saber más… Allá, entre la niebla parece que he visto algo; es una puerta.
… No ha hecho falta que la abriera, se ha abierto sola según me acercaba. Lo que he visto me ha dado la sensación de una película. Debía mirar hacia abajo para ver… Llovía, era una carretera, un coche circulaba; se acaba de salir de la calzada y se ha empotrado contra unos árboles. Sale humo, pero no hay grandes desperfectos, sólo el morro del coche; menos mal… Ay, parece que se abre la puerta delantera. Sale alguien del coche y mira para todos los lados. Está desorientada… Llega otro coche. No, son tres coches; paran. Se bajan y corren hacia donde está el coche empotrado. Ella se hace a un lado. Sí, es una mujer la del coche accidentado y observa lo que hacen las otras personas. No la hacen caso. Ella trata de hablarlos, pero es inútil, la ignoran. Llega una ambulancia, sacan una camilla. ¡Por fin!, alguien la ha visto, la invitan amablemente a que repose en la camilla y ella acepta.
Antes de tumbarse, ella eleva la cabeza hacia arriba y saluda en dirección a donde yo estoy; me ha visto. Yo también la saludo, pero cuando se han cruzado nuestros ojos, he visto algo más… Era yo.
La puerta se ha cerrado de golpe.
Mi cuerpo ha comenzado a temblar, tirito por dentro y por fuera; no entiendo nada. Estoy llorando, mis lágrimas rebotan como chispas de cristal…, vuelvo a sentir miedo… Noto un roce en mi espalada. Me vuelvo, ¡es mi padre!
Me he refugiado en sus brazos y he sentido que había llegado al final de mi camino.

domingo 12 de julio de 2009

MÁS LIGERO QUE EL AIRE

No fueron las alas de una gaviota, sino un globo de seda rebosante de gas, más ligero que el aire, que recorrió cuarenta y tres kilómetros desde París. Sin embargo, hay quien sostiene que su ligereza llegó más allá del tiempo…

París, 21 de noviembre 1783

-¡Padre, ha sido impresionante! Todo París estaba allí; dicen que más de cuatrocientas mil personas.
-Y esta vez ¿no se han perdido los animales?
-Padre, usted jamás me escucha. Eso fue en septiembre, en Versalles y delante del rey, Luis XVI; los hermanos Montgolfier metieron en un cesto cilíndrico suspendido del globo, a una gallina, un cerdo y un pato para averiguar si en las capas superiores del aire podría sobrevivir la vida animal. El globo desapareció en el cielo. Pero hoy padre ¡Ha salido todo fabuloso! El marqués d’Arlandes y Rozier han permanecido suspendidos en el aire veinticinco minutos y han recorrido unos nueve kilómetros. Han aterrizado cerca del camino a Fontainebleau.
-¡Ay François! Tú si que estás suspendido en el aire; el día que aterrices hijo mío, será un gran día para tu madre y para mí.

¿Por qué su familia no le quería entender? Siempre estaban achacándole un exceso de imaginación, unos gustos estrafalarios. Desde muy pequeño amó los experimentos y no hay duda que quien contribuyó en su carácter fue su vecino, el físico Alexandre Cesar Charles; de él decían muchas cosas en París, la menos cruel era que estaba un poco loco. Pero, François de la Riviere a sus veintiún años, consideraba a este hombre una musa para desarrollar sus dotes de investigador y así se pasaba las horas muertas metido en la casa del señor Charles.
-Por fin señor ¿Para cuando prevé, usted, el vuelo?
-Todo estará listo para el uno de diciembre. ¿Has visto las últimas modificaciones? Tiene dos cuerdas de mando; una deja salir el gas por una válvula en lo alto del globo para descender, y otra abre la juntura del cierre para desinflar el globo una vez que se ha posado. Debajo de la cesta lleva una especie de amortiguadores de mimbre para que el golpe al aterrizar se aminore. Voy a llevar un estatoscopio, así conoceré la variación de la presión exterior y sabré si el globo asciende o desciende.
Llegó el treinta de noviembre, por cierto, era el cumpleaños de François y víspera del nuevo intento del hombre por volar. El muchacho no había convencido al señor Charles de que le dejara ser su acompañante. Había increpado hasta la saciedad a la sensibilidad del físico pero, éste, hizo caso omiso a las súplicas del jovencito.
Había caído la noche muy temprano en París, y François no hacía más que dar vueltas al globo, contemplar y admirar su belleza. En un arrebato inconsciente, se metió dentro de la cesta de mimbre; observó que estaban todos los detalles preparados, hasta las cosas más simples como ropa de abrigo, algunos alimentos pero se dio cuenta, mirando hacia el exterior, que el ancla no estaba bien sujeta; cuando bajase apretaría fuerte el artilugio, pensó.
Mientras, si mal no recordaba, el señor Charles le había dicho que había que tener exquisito cuidado a la hora de arrojar el lastre de arena, pues si se echaba demasiado no tendría una altitud constante para compensar la salida gradual del gas y ascendería.
Tan embebido estaba en examinar los pasos que se tendrían que dar, que no se percató de que no estaba haciendo un repaso mental sino que… estaba realizándolos.
Algo extraño le despertó; le dolía fuertemente la cabeza y apenas podía abrir los ojos, aunque sí pudo vislumbrar un enorme animal delante de sus ojos. Del susto, intentó incorporarse pero los picotazos en una de sus manos, se lo impedían ¿Qué era aquello? Centró más la visión, se sentía muy mareado, con ganas de devolver y perdió el conocimiento.
-Buen hombre ¿cómo se encuentra? La gallina con sus picotazos le ha dejado la mano destrozada. El otro animal lo tiene bien alimentado; por estas tierras no hay de esa clase ¿qué bicho es? El pato como no lo ate, se meterá en el agua.
-El animal es un cerdo, señor ¿Dónde estoy?
-En el mar de galilea o lago Tiberiades. Me llamo Simón y soy pescador. Volvía a casa cuando lo encontré. Se ha dado un buen golpe; tiene moratones por todo el cuerpo y la ropa destrozada. Por cierto ¿De qué va vestido?
-¿Dónde me ha dicho que me hallo? Según terminó de balbucear la última palabra, François volvió a caer en la inconsciencia.
De nuevo sus ojos se abrieron, pero en esta ocasión la sensación era muy distinta; no le dolía el cuerpo ni la cabeza; las nauseas habían desaparecido y lo que sí notaba era un apetito feroz. Se incorporó lentamente. Frente a él había una fogata encendida que daba un resplandor extraño y cálido; la temperatura era suave y junto al fuego vio a tres hombres que charlaban tranquilamente… también vio varios animales de distintas especies reposando placidamente.
-¿Mejor? Come un poco de pescado, te sentará bien- Aquella voz sonaba a remanso de paz, pensó François, pero lo que de verdad le conmovió fue la mirada del hombre; jamás había visto esa profundidad, bondad, seguridad… humildad. Estaba impresionado aunque, si era sincero consigo mismo, tanto la voz como aquellos ojos le eran familiares
- Acércate al fuego.
-Gracias- François no dijo más, simplemente escuchaba y observaba; tenía la sublime sensación de estar asistiendo a un hecho… nada común.
-Os anuncio que el reino del Señor está cerca; debéis ser consecuentes con vuestros actos, arrepentiros y purgad vuestros pecados… bautizaros en estas aguas benditas por Yahvé. Pronto llegará la tormenta celestial a reclamar a sus hijos lo que es suyo. Toda Judea, mercaderes, recaudadores de impuestos, soldados, hasta fariseos y saducéos vienen a tomar el bautismo en las aguas del Jordán.
-Oye Juan- preguntó Simón- ¿Acaso crees estar iluminado por ser un asceta que ha pasado años meditando en el desierto, que predicas la misma vida austera y ruda que tú llevas, y de quien Isaías pronosticó tu llegada?- el pescador se echó a reír de buena gana. Se notaba que era un hombre tosco pero franco, poco versado en las aptitudes espirituales aunque su actitud estaba carente de toda maldad.
-Tú que te haces llamar profeta de Yahvé, que te haces eco de los grandes profetas de Israel ¿crees acaso que el verdadero Mesías se acercará a tus aguas?-Ahora hablaba el hombre que había sobrecogido tanto a François- Si es el hijo de Dios, carne de su carne ¿Cómo puedes pensar que se halle en pecado?
-Pronto vendrá; ni Él mismo sabe, por estar recubierto por la carne de hombre, quién es. Se sumará a la muchedumbre arrepentida, y siguiendo los pasos de publicanos y pecadores, recorre como un peregrino anónimo el surco de la miseria, de la esperanza humana.Y tú, muchacho raro, aplícate la lección, arrepiéntete, echa el demonio fuera de tu espíritu.
-Él ya fue bautizado-habló de nuevo aquel hombre extraño- aunque aún no sepa quién es Dios, ni qué significa el pecado.
Según terminó de hablar el hombre, se retiró del grupo y se fue a sentar al borde del río.
François no podía pensar más allá de la incoherencia; su estado anímico, acusado por el golpe, pensaba, le hacía estar viviendo de forma real un sueño, o que la altitud del vuelo, la presión, le hubieran afectado a la cabeza de tal modo, que imaginara una vivencia inimaginable. Sin embargo, lejos de desear despertar, regresar a su realidad, quería seguir viviendo esa experiencia. Era consciente de todo lo que estaba pasando aunque fuera un somnolencia; no se preguntaba dónde se hallaba el globo, qué hacían allí los tres animales desaparecidos en el vuelo del último septiembre delante de Luis XVI, la gallina, el cerdo y el pato, cómo volvería a casa… eso ahora era lo de menos ¿Por qué no vivir un poco más aquella locura?
Se durmió placidamente al lado del fuego, acunado por el murmullo de la discusión entre Juan y Simón, y sólo a media noche volvió a despertar. El cielo estaba plagado de estrellas, jamás había visto tantas, quizá porque al vivir en una gran ciudad, eso es imposible; el brillo y la luz impresionaban. La luna caía reflejada en las aguas tranquilas del Jordán e iluminaba una sombra que seguía al borde del agua: era aquel hombre de extraña naturaleza, de temple controlado y rodeado de un misterio que a François le subyugaba.
Se acercó a él como los polos opuestos que se atraen; silenciosamente, se sentó a su lado y sin saber por qué, preguntó:
-¿Sabes que hago aquí?-El hombre sin inmutarse, siguió mirando al infinito y de su garganta volvió a surgir la voz.
-Penetra en tu interior, pregúntatelo, yo no soy quien para responderte. Obra justamente, busca tu sentido, el por qué y para qué. No has de ser un autómata sino corroborar a la bondad de quien te ha creado; volcar ese don en tus hermanos. Te has preguntado quizá cómo es tu mundo, si el error impera, si es la ceguera quien guía tus pasos y los de otros; si cada mañana, te impones la justicia al débil como premisa para tus actos. Si es la verdad la que ilumina tu palabra; respóndete a todo esto y sabrás un por qué.
-¿Quién eres?
-Nadie más que tú; cargo con mi cruz, como tú con la tuya. Cada quien es libre de elegir su camino de espigas, piedras víboras y lobelias. He venido a que Juan, ese hombre vestido con piel de camello y alimentado durante años de grillos y miel salvaje, me bautice, a convertirme en árbol que de buen fruto.
-¿Eres judío? ¿Seducéo?
-Soy Judío; me crié en las enseñanzas de La Torá, pero no soy seducéo; no pertenezco a ninguna rama aristocrática. Soy hijo del pueblo. Ellos creen que Yahvé no se inmiscuye en sus vidas cotidianas; no creen en la inmortalidad del alma ni en la resurrección de los muertos… yo sí.
-Yo tampoco creo en nada de eso.
-¡Pobre ignorante, tu oscuridad es total! ¿Acaso crees que vienes de la nada y a la nada regresarás? Polvo eres y en polvo te convertirás, pero eso vale para las vestiduras con las que tapas tu alma; el cuerpo, la carne, vuelven a la tierra y ¿Tú? ¿Crees que también eres polvo, arena del desierto, que nace porque sí y muere olvidada en la nada eterna? ¿No será quizá un ser supremo que nos done estos bienes sagrados de la vida y el sentimiento?
-En mi mundo no imperan las creencias celestiales; se vive sin más. Unos gozan, otros sufren… es condición de vida, porque ¿Tú crees que si existiera un ser altísimo y bondadoso permitiría atrocidades? Respondedme.
-Se os da el don de la vida, vosotros elegís el camino.
-No me digas eso. Nadie elige la pobreza ni el dolor; a unos, se da todo; a otros, se les quita hasta la luz ¿Cómo entonces me puedes hacer creer en una justicia divina, que hay un antes y un después, que somos libres de elegir? Si es que hay un Dios es tan ciego e insensible que no se merece creer en él.
-Bucea dentro de tu alma, pues la tienes. No preguntes a otros dónde está la dirección; toda respuesta está dentro de ti. Allí encontrarás la paz, la conciencia del bien y del mal. Darás lo que siembres si eres capaz de regar tu corazón para que quites la paja del trigo y, cuando lo hayas hecho, estará tu Dios particular esperándote. No es sino en la humildad, en el reconocimiento de tus limitaciones donde se halla la grandeza de espíritu, la luz de tu vida, antes, mientras y, después de tu muerte física.
Dicho esto, ambos silenciaron la palabra; la luz del día se acercaba con paso majestuoso, tiñendo el horizonte de un rojo suave aunque sí muy luminoso. Se disipaba una tierra fértil de palmeras, olivos, nogales e higueras. A lo lejos, François podía observar campos de trigo y vid; si era verdad donde se encontraba, en alguna ocasión había oído decir al señor Charles que aquella zona era el punto más bajo de la tierra, como unos cuatrocientos metros bajo el nivel del mar. Ahora, asombrado en su contemplación, daba gracias, no sabía a quién, pero las daba, por aquel sueño, por aquella realidad tan distinta a la que él, François de la Riviere, nacido en París del siglo XVIII, futuro científico, acostumbrado a investigar, a profundizar, a averiguar el porqué de las cosas, estaba acostumbrado; si aquello era una excusa para pensar, discernir y aclarar otras ciencias ocultas dentro de él ¡Bienvenido aquella alucinación tan real! Y una vez hecha la reflexión, sintió como su cuerpo se incorporaba y seguía con decisión los pasos de la muchedumbre que caminaba hacia el punto donde Juan se encontraba.
-François, hijo despierta ¡Apareció el globo! Corre por todo París la buena nueva. ¡Dios mío! ¿Qué hacen esos tres bichos metidos aquí?
El muchacho miró en dirección de los animales y, con una profunda e indescifrable sonrisa contestó:
-Lo sé padre, lo sé…
-¿Cómo es qué lo sabes si estabas dormido profundamente? Levántate, ha mandado a buscarte el señor Charles, no le hagas esperar.

P.D. En realidad, cuentan que fueron un pollo, una cabra y un pato quienes volaron durante ocho minutos por los cielos de Versalles, aterrizando sin incidencias, y que jamás el globo del científico Charles desapareció, pero los cuentos son a veces para soñar…

martes 7 de julio de 2009

VIDAS ROBADAS

Ana, se llama Ana Padilla, cuarenta y ocho años, y dos hijos que nunca quiso tener. Sin carrera, sin futuro y que acaba de divorciarse. Se frota las manos ante esa sensación nueva que significa libertad. Al fin, se siente libre aunque lleva un buen rato parada en la calle; no sabe a dónde dirigir sus pasos de su recién estrenada condición de ex.
Se pone a caminar despacio, sin rumbo, rozando el aire su incipiente piel marchita, sus despreciables síntomas de mujer en los albores menopáusicos.
Todo se ha desencadenado tan rápido, apenas hace seis meses vivía una cómoda hipocresía, nada hacía preveer semejante desenlace. Tan acomodada estaba en su condición “de”, que llevaba años siendo arrastrada a ser un objeto más de una vida que aunque renegó al principio, después se fue adaptando hasta bordar el papel.

Las brumas del tiempo fueron borrando aquella chiquilla que gustaba atraer la atención de los demás, perdiéndose en el mundo de las sensaciones al límite. Transcurrían parejas lo que navegaba en sus adentros con lo que afloraba en el exterior. Porque aquella vida más falsa que Judas se tragó la juventud del corazón, y sus ojos se nublaron de vejez y desidia. Toda ella olía a olvido y, sin embargo, siguió montada en aquel estatus cómodo y práctico. Pero Paco, su marido, la sirvió en bandeja la puerta grande.

Como pasa a muchos cuando llegan a cierta edad y han perdido por el camino la ilusión, a la vuelta de una esquina encuentran sin buscar la miel de la segunda oportunidad enganchada al escote de una joven, seguramente quince años más jóvenes que ellos y, entonces, en esos corazones marchitos y apagados se enciende una linterna que ilumina todos sus recovecos.
Paco rejuveneció, tiró por la ventana lastres innecesarios y se fue de casa.
Al principio, Ana tardó en digerir su nueva realidad de mujer canjeable y abandonada; estaba tan acostumbrada a cerrar páginas en blanco que…

En el despacho del abogado ha sido todo tan frío y materialista que parecía que no había ni siquiera sentimientos ni un ayer para recordar. “Paco está loco”, pensaba Ana mientras éste no discutía ni un punto de los acuerdos. Ella se quedaba con todo: casa, coche, acciones… Él no quería nada. En principio la dolió porque veintiséis años de matrimonio no se pueden tirar por la borda de esa manera, ¿no? Ana, cuánto más reflexionaba, más ofendida estaba hasta que el abogado pronunció la pregunta “¿De mutuo acuerdo?”, y ambos, sin titubear, contestaron que sí.

… Ana, está sentada en un banco del Retiro respirando hondo mientras una chicharra se afana en recordarla que hace calor; ella no siente nada si no es culpabilidad. Sí, se siente culpable de no haber tenido coraje y haber roto muchos años atrás. Ha robado una vida a Paco, se la ha robado a ella misma… Y, ¿ahora será capaz de encontrar una nueva para ella?
Cae la tarde, Ana sigue sentada en el mismo banco. Sigue pensando, tiene miedo, se siente sola, se siente una cobarde y se pregunta, “¿Cómo se construirá un mañana después de haber destrozado un ayer?”… Entonces, se acuerda que en casa alguien la espera; hay dos hijos que tampoco Paco ha querido discutir; también son para Ana, y ella no les quiere quitar lo que sus padres se quitaron así mismos.

domingo 5 de julio de 2009

LA HUELLA

María está fregando los cacharros. Mientras, escucha en la radio un programa muy entretenido. En el mejor de los momentos, lo interrumpen para dar paso a los anuncios, y una voz tan alegre como el sol que entra por la ventana, dice: "Amigo, no se olvide. Hoy es San Valentín".
Para su trajinar y, secando la piel de sus manos, prepara un café y se sienta. Enciende un cigarrillo. Fuma con placer y su pensamiento asciende igual que las volutas de humo…

María olvidó cómo es el amor. Ni siquiera recuerda qué textura tiene, o el sabor que produce en el paladar del corazón.
Le gustaría ser como los otros que dicen amar, sonreír porque la dicha vive en ellos. Pero no, ella es distinta, tan diferente, que a sus años, su amor está marchito. Se secó una primavera y jamás volvió a florecer.
… Lo contempla con ternura y sus ojos entristecen. Aún conserva sus lágrimas tatuadas en ellos.Se pregunta cómo sería ahora su vida con amor. No sabe, no contesta.
Hace memoria y, aunque el tiempo desdibuja los recuerdos, hay imágenes que no se pueden olvidar.
Entonces, el rostro de María se ilumina y la mirada se pinta de amor.
Suspira, ¡qué tiempos aquellos!, y se funde de nuevo en el olvido.

jueves 2 de julio de 2009

NANA PARA UNA CEBOLLA ANCIANA

“En la cuna del hambre/ mi niño estaba. / Con sangre de cebolla/ se amamantaba. /Pero tu sangre, / escarchada de azúcar, / cebolla y hambre…” Miguel Hernández

¡Buenos días! Voy a subir un poquito la persiana, pero no demasiado para que los rayos de sol no te molesten, y ¡es una pena! porque hoy es un día precioso de primavera; la temperatura es deliciosa. Se nota alegría en el ambiente, y parece que, por fin, la tristeza del invierno se ha ido.


… He visto en el jardín los rosales en flor ¡qué colores!, los más bellos son los rojos y amarillos, los colores que a ti te gustan. Ya verás como este tiempo te sienta estupendamente.
He traído zumo de pomelo. Como dices que tiene tantas vitaminas y es muy sano, te vas a tomar a pequeños sorbos un vasito, ¿vale?
... ¿Te acuerdas cuántas veces me hiciste llorar cuando no me dejabas ir al colegio sin tomarme el zumo de pomelo? No me gustaba y sigue sin gustarme pero, ahora, hago lo mismo que tú; según se despiertan los niños, les preparo el dichoso pomelo.
No me pongas mala cara, que te veo venir ¿Te has dado cuenta que ahora haces lo mismito que nosotros cuando éramos enanos? La higiene es fundamental; ya verás, una vez que te lave, te echaré la colonia que te gusta... ¡Qué recuerdos me trae! ¿Alguna vez te lo he contado? Cuando ibas a salir y te empezabas a arreglar, yo, me escondía muy cerca de donde estabas y observaba cada paso que dabas ¡Cómo me gustaba! Pensaba que no había en el mundo una mujer más femenina que tú; grababa cada gesto tuyo en mi mente porque cuando fuera mayor, deseaba ser exactamente igual que tú. Y ya ves, mucho no me equivoqué pues dicen que me parezco muchísimo a ti ¡Mira mi pelo! Así lo tenías tú, pero que sepas, que a pesar de que ahora lo tengas cano, sigues siendo la más bonita; claro que tienes la piel marchita, pero esos surcos en tu piel también te hacen linda de veras, dando carácter a tu edad... ¡No te muevas! o no terminaré en la vida de peinarte…
Por cierto, te contaré que tengo un nuevo novio; me gustaría que le conocieras ¡Ay!, no me mires así. Reconóceme que no he tenido la suerte de mis hermanos; sigo al pie de la letra tus consejos, pero no me dan resultado. Tú viviste en otra época y de las cosas que me aconsejabas, hoy en día se han quedado obsoletas. ¡Sí! No pongas esa cara, no pienso ser una esclava para nadie. Tú de todas formas, es que has sido demasiado buena, complaciendo siempre a todos, pero yo no soy así.
…¿Qué camisón te pongo, el azul o el rosa con encajes? ¿Éste? Sí, es cierto, no me había dado cuenta; es más bonito. Eres una llorona, te quejas y sigues siendo la mejor; nada se te escapa. ¡Bien!, mírate en el espejo ¡No seas boba!, nadie nos ve ¡Ven, acércate! Haz un esfuerzo; he de decirte un secreto que creo que no lo sabes, y te va a gustar mucho ¡No, no y no! Sí que puedes, yo te ayudo ¿No me digas que no quieres oírlo? Pues es tan sencillo como que te muevas ¡Así!...Jajajajajaja, me encanta la cara de niña traviesa que pones; ya te lo cuento ¡Déjame abrazarte! Así nos lo hacías tú ¿Te acuerdas? Te has vuelto tan mimosas como éramos nosotros; bueno ahí va el secreto del día ¿Preparada? Me encanta verte sonreír: ¡Te quiero mucho, mucho mamá!
¿Qué quieres que te lea hoy? ¿Tu poeta preferido, un cuento mío? ¡Vale! Las dos cosas:
“Una mujer morena/ resuelta en luna/ se derrama hilo a hilo/ sobre la cuna. / Ríete niño, / que te traigo la luna/ cuando es preciso…” Miguel Hernández.

martes 23 de junio de 2009

EL VIEJO PROFESOR

Amanece despacio y el sol comienza a acariciar los edificios de Viena. El astro no entiende quién de ellos es más añejo e importante…, así la vanguardia y la historia se entremezclan naciendo lentamente a un nuevo día.

El viejo profesor se retira después de una noche de guardia bajo las estrellas alimentando su obra, llena de páginas con olor a mar, su último trabajo finalizado hace escasos minutos. Relee para el firmamento, masticando las palabras a fin de que tengan estructura y entendimiento. Arrastra su voz por cada línea, tachando o añadiendo un sentido a la percepción de un sentimiento, quiere sentir su trabajo, desea que quien lo compre para deleite, comprenda cada milímetro. Su voz aún joven a pesar de los años, acompaña por última vez al silencio de la noche, único camarada en su travesía.

Esa mañana tiene una vieja añoranza dormida durante tiempo y despertada sin saber por qué en el amanecer. Antes de la retirada, vuelve a echar una ojeada a la ciudad en la que se refugió muchos años atrás. Desde la azotea adivina cada rincón en el cual alguna de sus piezas magistrales había encontrado inspiración. Para un instante en el recorrido, un golpe de tos interrumpe su paseo mental, esos detonantes les están matando poco a poco, es consciente.

Una vez pasado el pequeño temporal bronquial, hace algo prohibidísimo por su médico de cabecera: enciende un cigarrillo cuyo tabaco está tan seco como el mismo, prepara un melange bien cargado de cacao y crema y se sienta a respirar el aire fresco de la mañana que se acerca. A vista de pájaro presiente Mozarts Figarohaus en cuyo patio tantas veces recibió vibraciones insultantes, deseando correr a casa y ponerse a reflejar con los cinco sentidos aquello. Desviando la vista, adivina la calle donde se ubica el café Central ¡Cuántas horas pasadas allí! Perdidas en conversaciones rítmicas con el sonido de fondo de un viejo piano, e iluminadas por la claridad de pensamiento de sus contertulios, iconoclastas como él de la vieja retaguardia...

Sí, demasiados recuerdos buenos plasmados en un trabajo que disfrutarían otros a través del tiempo. Nada de qué arrepentirse el viejo profesor de literatura, su gran amor clausura definitivamente página.

Cierra los ojos y se deja llevar, comprende que se va, no así su obra, historias de amor, desazón, esperanza, guerra y tal vez alguna frustración..., mayor placer no pudo sentir, esto también lo percibe. Fue lo que siempre deseó ser: escritor de las pequeñas cosas.

El sol brilla en lo alto de la gran ciudad y, en una azotea no muy lejana, alguien espera quien le sustituya para la vela diurna... Las estrellas se han quedado desamparadas, claman un nuevo compañero que las duerma cada noche con una historia.
¿Quieres ser tú?

domingo 14 de junio de 2009

LA MUJER DEL CORSÉ INVISIBLE

Ella, era una mujer de las de antes; de ésas que llevan en el ojal de la chaqueta prendidos silencios y renuncias. Nunca la veías con un mal gesto, ni siquiera una mueca de fastidio. Su dulzura traspasaba los límites de lo incierto y se entrega a los demás sin falsas objeciones.
Amante del arte, de la cultura que se esconde entre las líneas de un libro, y en la novela de moda donde yacían sueños jamás descubiertos.
Su charla era pausada, amena y certera; sin duda, tenía una mente brillante aunque su humilde porte no dejaba entrever lo que en sus entrañas se cocía.
Se casó porque todas las mujeres de su generación lo hacían, ella no iba a ser menos, y entregó lo que se suponía que debía de dar: su virginidad, su persona…, su libertad.
Nadie dudó que su vida sería un éxito como así fue. Cualquier papel, de ama de casa, madre y esposa, lo bordó. Su marido la exhibía como el trofeo más preciado y ella no dejaba de sonreír con su sonrisa de Mona Lisa.
Siempre tan acorde con el momento y la situación… Vestía con rigor y sencillez. Una leve elegancia envolvía cada movimiento que surgía de su cuerpo menudo, delgado, bello. Sus ojos eran dos hojas de otoño enmarcadas en un rostro de perfil griego, boca chiquita y una frondosa selva de pelo negro que caía suavemente por sus hombros como la lluvia de primavera.
… Y así pasaron los años: pañales, estudios, crianzas, ausencias y su piel se fue marchitando. Una mañana de un templado febrero se miró al espejo y no se reconoció. ¿Quién era esa mujer que se presentaba delante de su espejo con ese corsé invisible?
No, no era ella porque Laura tenía una chispa encendida en su corazón. Insinuante y sensual que gustaba de volar, amar y ser real. Sin embargo, la mujer del espejo se la antojaba seca, comprimida, artificial.
Tanto impacto la produjo el descubrimiento de la mujer del corsé invisible que la seguía a todas partes, que se movía con la fuerza del huracán ahogando a la pobre Laura…, apenas ya tenía aire en sus pulmones por culpa de aquella mujer que, aún sin espejo, la presentía a su vera.
Dejó de hacer las camas, de pasar el plumero, de hacer la comida; se vistió y salió corriendo del castillo de naipes.
Se precipitó al banco, sacó dinero y huyó a la estación de trenes; se montó en el primero que pasó.
… De aquello, han pasado dos años, no se supo más de Laura; se la tragó la tierra, o tal vez las entrañas del infinito.
Hoy Manuel, el esposo abandonado, está leyendo el periódico en una terraza de Marbella; es verano, cae la tarde y es delicioso el rumor del mar al llegar a puerto. Un leve perfume le ha revuelto su concentración. Levanta la vista en busca de algo. No encuentra nada hasta que choca con una sombrilla, tres mesas a la izquierda de la suya. Está sentada una mujer con la cabeza hacia tras; la postura no puede ser más insinuante. Está fumado, tomándose una copa y presiente la mirada de un extraño. Se vuelve y le mira con unos ojos del color de las hojas de otoño; le sonría y se gira hacia otro lado.
Manuel ha sentido un pellizco en sus adentros…, le ha recordado tanto a Laura. Pero no, Laura era su esposa, de esas mujeres de las de antes. En cambio, la mujer de la sombrilla es de las de hoy. No lleva corsé, es simplemente una mujer que rema su propia vida.
Manuel, ladea la cabeza en afán de despreciar esos pensamientos locos. Saca unas monedas del pantalón. Paga y se va, no sin antes volver a mirar a la mujer… Le recuerda tanto a Laura, tanto…

domingo 7 de junio de 2009

HOY EL CIELO ESTÁ GRUESO

Dicen que hoy lloverá. El cielo está grueso, oscuro. Marta mira por la ventana mientras toma un café. Le duele la cabeza, apenas ha dormido. Ha amanecido como el día y es consciente que ese ánimo no ayuda. Hoy más que nunca ha de hacer un esfuerzo, olvidar que tiene memoria. Marta hija se lo merece; es su día.
Hoy a las siete de la tarde se casará con su chico. Un sueño mecido desde que corría por el parque y veía a David, un niño valiente trepando por el tobogán y jugando a espías y ladrones.
Comienza a llover, son las ocho de la mañana y el día llora con Marta. Su soledad la pesa demasiado. Tiene cincuenta y dos años y, cada año a sus espaldas, es una losa. Dicen que es joven, que tiene una segunda juventud para disfrutar en el penúltimo tramo y, sin embargo, se siente vieja, abandonada. Pero no puede fallar hoy a su hija. Tolo, el perro que compró Marta a su madre hace un par de meses, siente a sus pies. Llegó para sustituir el hueco que hoy Marta hija dejará en casa.
Pero nadie entiende que el frío que corre por el cuerpo de Marta sólo lo puede entibiar una persona, y esa persona ya no quiere estar con Marta. Hace seis meses firmaron el divorcio. De un plumazo se borraron veintiocho años de amor…, porque para marta y Alberto hubo amor y mucho… Pero él un día se cansó de sufrir, de aguantar y se fue.
Se fue y Marta se ha quedado estancada en aquel día; se paró su reloj sentimental, biológico.
Dicen que Alberto vuelve a sonreír, es feliz, y Marta aún siente más el dolor. Se piensa que cuando el amor se rompe es por culpa de terceras personas y éstas son mucho más jóvenes; Marta no opina así, no en su caso. Ella, sin saberlo, fue quebrando una ilusión casi desde el mismo día que se casó con Alberto; es consciente de que fue ella, y nadie más que ella, la culpable de no hacer porque la barca flotara, pero la lejanía de sus raíces la fueron hundiendo poco a poco, como los buenos venenos que no te enteras hasta que estás muerto.
Y mientras, Alberto aguantando el temporal, enderezando el timón hasta que se cansó de remar. Sus hijos ya no le necesitaban, y él requería despertar en paz, sin temor, volver a ver la luz; ni siquiera se llevó su ropa, no le hacía falta.

Han salido un par de rayos de sol en el horizonte, y en el cielo se pinta el arco iris. Marta llega del brazo de su padre. Siente que el mundo se pone a sus pies mientras se embelesa en la mirada de David. En una esquina, Marta madre contempla la escena. Primero mira a su hija y a su yerno; la ternura la inunda. Llora, llora y sonríe. Después, mira a Alberto; está más joven, tan varonil y guapo como el ayer que se quedó estancado en su memoria.
Entonces, Marta madre siente una punzada en el estómago y palpa que está tan enamorada de Alberto como el primer día… Pero ya es tarde. Él pasa por su lado y ni la mira.

miércoles 3 de junio de 2009

TRES DISPAROS

Una mañana de primeros de junio... Es agradable caminar a estas horas. El vientecillo agita las copas de los árboles haciendo de la luz que se cuela entre las ramas un vaivén de rayos temblorosos y cristalinos.
He caminado cuesta bajo más de una hora temiendo que cuando llegue al llano, el sol estará en lo alto y, antes de llegar a mi destino, me deshidrate como no encuentre al menos un riachuelo donde poderme refrescar...

Mi vida había cambiado mucho en los últimos años, a peor, pero no me lamentaba; era lo que había buscado inconscientemente. Ahora era libre, pobre, pero la vida se abría ante mí sin necesidad de rendir cuentas a nadie.
Siempre fui una persona de recursos, ninguna traba me impidió demostrarme que todo era posible y, aunque luego no consiguiera la meta, mi conciencia descansaba en paz porque, al menos, lo había intentado.
Ahora tenía treinta y ocho años, todavía era joven para empezar de nuevo. Mi madre decía que la madurez de una mujer comienza a partir de los treinta y cinco... La echaba de menos, pero su recuerdo me había levantado el ánimo estos años. Tanto, como para aguantar la prisión durante trece malditos años, pero eso era ya pasado.
Esta misma mañana, al amanecer, me habían soltado con una bolsa de deportes, el colgante indio que me regaló Paco, como únicas pertenencias materiales y cien euros guardados en el sujetador tal como me pidió Gabriela que lo hiciera..
Por dentro, no se medían las perdidas en años y, aunque dudosa, me inclinaba a pensar que había ganado muchas cosas...
Cuando entré en la cárcel de mujeres creí adentrarme en un mundo sórdido; en cierta mediada lo era, pero sólo si te quedabas parado en las primeras apreciaciones. A mí no me quedó más remedio que inmiscuirme en aquel planeta que fluctuaba entre el bien y el mar, entre el horror y la soledad. Todas aquellas sensaciones me vinieron a bocajarro aquel 6 de septiembre de mil novecientos setenta y uno cuando, en un juicio plagado de irregularidades, me declararon culpable de asesinato con premeditación.
No hubo premeditación, lo juro. Sí, asesinato. Lo acepte con los ojos de frente mientras me leían la sentencia. Pagaba con mi libertad lo que mi cuerpo y mi mente habían sufrido durante cinco años. Resignada caminé esposada, pero sabiendo que ya nunca más tendría miedo. Y, aunque en la cárcel vence el más fuerte y, a su sombra, se cobijan los satélites hermanos de la debilidad y la inmundicia, aquello sin ser el edén, no me quitó el sueño.
Los primeros tiempos fueron duros, las mujeres recelaban de mis silencios, de mis ojos mirando a la nada menos a ellas. Sí, lo reconozco, me daban asco las lesbianas, las putas, las yonquis, de ahí que tratara de ignorarlas. Pero gracias a que ellas no me ignoraron pude ir lentamente, no sin dolor, conociéndolas y dándome cuenta que no era ni mejor ni peor que ellas. De algún modo, todas nosotras habíamos terminado tras unas rejas después de sufrir verdaderos traumas porque lo que sí estoy convencida que para llegar a hacer lo que habíamos hecho cada una de las reclusas que estábamos allí era la única salida para liberar el mal que nos tragaba sin remedio.
Una a una, nos creábamos nuestra fama de alguna manera. Puta Esmeralda, por ejemplo, que en la realidad se llama Gabriela, su obsesión era robar cualquier tipo de tela y en la oscuridad de la celda cortar con los dientes aquellos andrajos, sábanas, manteles..., lo que fuera e imaginar que era costurera. Calva, que su verdadero nombre era Noelia, era la peluquera. Ver un cabello bonito y ella esculpir en él un peinado. A mí me dio por subir y bajar escaleras, dar vueltas al patio corriendo... No sé, me daba la sensación que neutralizaba la furia que se mecía dentro de mí. Al poco tiempo, una docena de reclusas corrían detrás de mí, y a los dos años me nombraron profesora de gimnasia... ¡Qué cosas!
Lo que de verdad me liberaba era la lectura. Cuando mis ojos y mente se imbuían en las hojas de un libro, presentía que me nacían las alas y volaba, volaba muy lejos de allí; sin duda leía para sentir que no estaba sola.
Al poco de nombrarme como profesora, a Puta Esmeralda se la hicieron realidad sus sueños: dirigir un taller de corte y confección. Sus manos, que no su gusto, eran prodigiosas y muchas nos apuntamos a sus clases. Además de la creatividad impresa en sus dedos, era una mujer viva con unos golpes de humor magistrales. Lástima que cuando la daban las crisis, sus ojos se nublaban y debían aislarla para que no hiciera daño al resto.
Alguien con alma, menos mal, se dio cuanta de que aquel taller de tijeras, aguja e hilos amortiguaba las crisis de Puta Esmeralda y, poco a poco, fueron desapareciendo. En una de las últimas que la dieron, al devolverla a su celda, me pidieron si sería capaz de compartir la celda con ella para amortiguar su soledad. Me habían elegido a mí porque cada vez estaba desarrollando más fuerza en los brazos y en las piernas y ante una crisis de Esmeralda, la podría reducir con facilidad... Y comenzamos a intimar, a saber del ayer que nos había llevado al hoy. Ella estaba encerrada por haber matado a su padre a hachazos después de haberla obligado a prostituirse durante años; no pudo demostrar nada. Sufría pesadillas constantemente y las tijeras con las que cortaba las telas sus puntas eran redondeadas y sus filos apenas cortaban. Sudaba hasta que la tela se avenía a sus apetencias y el último año que estuvo en la cárcel, la dejaron utilizar unas tijeras de verdad; fue toda una fiesta al igual que el día de su partida. Alegres aunque todas lloramos su ausencia. La última noche que estuvimos juntas nos la pasamos en vela haciendo proyectos cara al futuro. Estaba empeñada en que cuando saliera yo me bajara al sur y ella me estaría esperando. Puta Esmeralda quería abrir una boutique de ropa de mujer. Dentro habría un pequeño taller donde se harían las piezas y me propuso ser su socia. Aquello no me dejaba de parecer descabellado, pero se la veía tan feliz que no sólo no la quité la idea de la cabeza, sino que, además, la animé a que diera el paso, y yo estaría encantada de ser su socia.
Un año después, recibí una carta diciéndome que el proyecto había sufrido un pequeño traspié pero que en breve estaría solucionado. Mientras había tenido que recurrir de nuevo a la prostitución para hacer frente a los gastos, y había tenido que claudicar a un negocio que aunque la había partido el alma, anto todo era su supervivencia.
Después de haber tenido durante meses cartas repletas de faltas de ortografías, pero llenas de esperanza, su última misiva fue demoledora; perdí la fe en ella y en mi futuro.
Me sumergí sin darme cuenta en una honda tristeza, ni la lectura podía distraerme y, sin saber cómo, volvieron mis miedos y cada noche soñaba con Paco: siempre le veía a mis pies. En su tórax, tres agujeros de los cuales ya no manaba sangre. Ésta yacía seca mientras los ojos de Paco me miraban fijamente. Otras veces, me despertaba en medio de la noche porque creía oír su voz amenazándome o vomitando aquellos insultos tan vejatorios... Nunca lo denuncié, me podía más el miedo a las represalias, así que seguí aguantando sus celos, los arrebatos de rabia cuando su miembro viril no reaccionaba, decía que era culpa mía y... Aquella madrugada entró dando un portazo, no sé que le había pasado, pero estaba fuera de sí. Yo me hallaba desvistiéndome pues había esperado con la cena puesta desde las nueve de la noche. A la una decidí irme a la cama. Fue cuando Paco llegó y al verme se abalanzó sobre mí; me violó como un animal. Después, se quedó dormido; yo me levanté y al ir a recoger la ropa que estaba tirada en el suelo, de su chaqueta cayó una pistola pequeña. Primero la miré durante un largo rato. La toqueteé, no sabía cómo funcionaba; luego..., disparé tres veces.

... Dos días antes de salir de la cárcel volví a recibir noticias de Puta Esmeralda; fue la tabla de salvación.
Lo que nunca me había pasado, ahora se me hacía cuesta arriba. Mi futuro no era negro, simplemente no existía y de nada había valido que recuperara mi libertad; en esos momentos mi inseguridad me ahogaba. No hacía otra cosa que pensar que después de trece años adónde iría, qué haría... Pero la misiva de Gabriela despejó mis dudas.
Se había establecido en la costa, un lugar turístico y donde corría el dinero, según ella. Si iban mal las cosas, allí sería más fácil encontrar salida... Me maliciaba las salidas de Gabriela en caso de que el negocio de costura nos fuera mal. Ella volvería a la prostitución, seguro o, a esos negocios oscuros que la había mencionado en una de sus cartas. ¿Pero yo?
Esta mañana cuando me han soltado, he cogido una línea de Autobús siguiendo las indicaciones de Gabriela. Cuando he llegado al cruce de caminos que explicaba en el correo, me he bajado del bus y tomado el bosquecillo que baja hacia la costa. Lo llaman el Bosquecillo Encantado y me insistió Gabriela que veré un panorama de la costa tan hermoso que nunca olvidaré.
Me gusta este paseo, nada de dar vueltas al patio, correr para no avanzar. Ahora voy andando, trece años de entrenamiento para poder avanzar hacia un presente durante veinte kilómetros. Siento mis piernas fuertes, vivas, con ganas que se acercan ya al mar pues lo veo ya desde este alto en el horizonte. Mis ojos están llenos de belleza y presiento que he llegado a mi destino; no quiero más, por fin soy feliz, estoy en paz... ¿Qué es lo que veo? No puede ser, no, no puede ser... El terror me ha paralizado...

Epílogo

14 de junio, 1974

El periódico local reseña los sucesos acaecidos la semana pasada en el Bosquecillo Encantado, un área extensa de bosque mediterráneo que baja hasta la costa, donde la semana pasada la guardia civil encontró el cadáver de una mujer con tres disparos en el pecho; en su mano izquierda, una pequeña pistola.
Hasta el momento poco se ha sabido de este hecho ya que se ha declarado secreto de sumario.
Únicamente ha transcendido que el cadáver de la mujer pertenecía a una ex reclusa que esa mañana había salido en libertad después de cumplir trece años de condena, y se sospecha que es un ajuste de cuentas, no un suicidio.

sábado 30 de mayo de 2009

DESDE EL ABISMO

… Está anocheciendo; se agradece que la luz se apague. Ha hecho un calor infernal aunque dentro de mí el frío helaba toda sensación de vida.
Llevo días, tal vez semanas, encerrado, durmiendo a todas horas y no he ingerido ni un solo alimento. Al principio me obligué, pero al ver que todo lo vomitaba me abstuve y mi cuerpo lo agradeció. Ahora mi estómago está tan vacío como yo mismo y agradezco esta sensación de abandono, de desconexión con todo.
El primer día descolgué el teléfono nada más que sonó; era mi madre con la voz tan angustiada que terminé yo consolándola a ella. Debe ser muy duro para un padre ver sufrir a un hijo y no poder hacer nada ni devolverle lo que la vida te ha robado.
La segunda vez que sonó, también lo descolgué como una autómata. Era mi hermano Pedro para echarme una charla sin sentido; sabía que ponía buena voluntad, pero su fuerte precisamente nunca fueron las palabras.
Después estuvo como una hora el teléfono mudo y cuando repicó, dude si contestar, aunque al final contesté. Me daba igual quien fuera, pero intuía que el que fuera, no quería que yo estuviera solo. El ser humano es inhumano, sin embargo, en los momentos estelares de la vida, una corriente interna hace despertar dentro de él la ternura, la solidaridad, el cariño y, por unos momentos, el hombre se transforma. Olvida el animal que lleva dentro y se transforma en persona. Con estos razonamientos contesté nuevamente. Era Javier, mi amigo del alma. Me habló con esa voz honda que le sale cada vez que quiere dar un toque de atención. Quería recordarme que el miércoles me pasaría a buscar a las ocho para ir a ver la final de la Champions. Con picardía me atacaba en mi debilidad. Pero cuando llamó a la puerta no abrí. A esas horas del veintisiete de mayo se me había parado el reloj y había desconectado con todo lo relacionado con la vida.
Mis ojos, mi cuerpo, mi alma estaban con ella, Sus manos rozaban mi piel con suavidad, como sólo sabía hacer Ana. Tras ella gritaba Guillermo diciendo “Papá tírame la pelota”… A mi lado dormía placidamente la pequeña María.
Con esas sensaciones tan gratas, tan familiares, me sumergí en el mundo de los sueños porque sólo quería atarme a lo que quería, y así pasó el tiempo hasta hoy en que he despertado a esta dimensión donde impera el vacío.
Y ahora cae la noche, irremediablemente trepa la oscuridad a hacerme compañía… Un ruido me ha sacado de mi abstracción; me he vuelto y he visto un bulto en el sofá del fondo del salón. Me he acercado cauteloso y la sorpresa ha sido mayúscula; Javier dormía plácidamente. Me he sentado en el suelo, frente a él a observarle. Su rostro aniñado cuajado de barba de hace días no le hacía más maduro. Su gesto era como él mismo: sonriente, confiado, generoso. Al cuello llevaba atada la bufanda del Barça, su equipo, el mío, el de mi hijo…
Como si sospechara que alguien lo estuviera mirando ha abierto lentamente los ojos y las últimas luces del día se han pegado a ellos; parecían un espejo.
-¡Hola, cabronazo!- ha dicho con voz infantil. No he respondido y me he limitado a sonreír. Llevamos juntos desde los tres años, no hace falta que nos hablemos; con mirarnos nos leemos.
-¿Quién ganó la Champions?- me pregunta.
-¿Cómo que quién ganó? Dímelo tú-le espeto indignado.
-¿Qué día es hoy?- su voz es pesada, como si le costara pronunciar cada palabra.
-Y yo qué sé. ¿Desde cuando llevas aquí?
-Vine a buscarte el miércoles veintisiete. Como no abrías, me fui a por las llaves a casa de tu madre. Entré, vi que estabas dormido, llamé a tus padres para que se quedaran tranquilos y me desconecté del mundo… Por cierto, ¿qué mierda es esa que te has tomado? Qué dolor de cabeza. Me tomé las pastillas que quedaban.
-¿Tú eres gilipollas? Son las pastillas de dormir de Ana. ¿Para qué te las tomaste?
-… Para encontrarte, cabronazo… ¿Qué día es hoy?
-¡Joder!, te he dicho que no lo sé.
-Llama a Telepizza. Tengo el estómago vacío y enchufa el vídeo. Vamos a ver el partido.
-¿Lo grabaste?
-Síiii…, para verlo juntos cuando volviéramos… Hijo de puta, llego a estirar la pata por la mierda esa que me tomé y te enteras de mí toda la eternidad. Trae unas cervezas.
-¡Gracias!... No sé si quiero seguir viviendo, Javier.
-No digas sandeces, tío. Lo superaremos juntos, no sé cómo, pero saldremos de ésta.
-¿Por qué, Javier?
-Por qué, por qué… No hay respuestas. Pasa y pasó, y te lo tienes que comer crudo o con cuscús, como te dé la gana. La vida es cruel, pero hay que echarla huevos… A ver, ¿por qué estoy yo en una silla de ruedas? Yo circulaba por mi carril, no iba deprisa, pero la moto patinó, choqué contra un coche, y aquí estoy clavado a ese carromato desde hace ocho años. Es inútil preguntarse por qué, Pablo…-su voz se ha apagado y con gesto rabioso se seca una lágrima furtiva.
-… Me he quedado sin nada- repito para mí mismo con afán de lamerme las heridas.
-Te has quedado sin familia como yo me quedé sin piernas. La puta carretera, coño… Es como una guadaña. ¿Sabes por qué aún estoy vivo? Por un hijo puta como tú. Te empeñaste y te empeñaste en que saliera adelante, y aquí estoy… Llama a Telepizza y deja de marear la perdiz. Es la hora de reemprender el camino.
-Voy…-le he contestado con desgana y me he puesto a llamar a Telepizza.

… Me he colocado la bufanda de mi hijo y, abrazado al peluche de María, me he puesto a devorar la pizza.
-¡Gollllllllllllllllllllll!... Ya tenemos el primero en el bote… Por cierto, ¿te funcionará bien la pilila, no? Cuando llegue el momento, habrá que ponerla en funcionamiento-me ha espetado la pregunta con la boca llena de pizza mientras me daba un codazo y me miraba con ojos de pícaro. No he podido por menos que soltar una carcajada… Con o sin ganas, he sentido que la vida volvía a rodar por mis venas.

jueves 28 de mayo de 2009

LOCAS DE ATAR

-¿Qué tal hoy?
-Fatal.
-Ya.-¿Acaso no me crees, eh? Sí, reconozco que estoy descontrolada, descentrada, desquiciada…, vamos, muy “des” en todo.No quería venir, ¿sabes? Fue Leonor, mi amiga, quien me suplicó que diera el paso, que pusiera una solución en este caos, que te buscara, que tú mi ayudarías, y a lo único que te limitas es a escuchar y decir “Ya”
-Ya, continúa…-Oye guapito de cara, que sepas que en mi presupuesto no estaba pagar sesenta euros semanales para que me digan “Ya” Para eso, mi amiga, sí, la pelirroja, la de la risa floja, es más barata que tú; le invito a una caña, me escucha, y que sepas que no se limita a decir”Ya”… Me aconseja, me riñe, me…, bueno, a ti qué puños te importa lo que me dice. Sólo faltaría que te contara nuestras intimidades ¿Qué? Ya sé lo que me contestarías”Ya, ya” como somos dos, doble repetición.
-Relájate…-Es que me pones, ¡Ay como me pones! ¿Lo haces con todas? Es que, ¿yo no te inspiro algo distinto? Sinceramente, siempre pensé que la gente, cada persona éramos diferentes unos a otros, pero tú me haces sentirme mal, francamente, más mierda de lo que soy, y no me gusta, que lo sepas, no me gusta nada.
-No te trates así…-Sí, admito que si estoy aquí es porque algo me falta; Leonor me aprecia y pensó que tú me darías eso que tanto… vamos, eso que sólo tú me puedes dar, pero no puedo soportar esa cara de pusilánime que pones cada vez que me ves. Si eres un especialista, que la fama te avala como único en tu especie… por cierto ¿Tus orgasmos también acaban en “Ya”
-¿Ves? Tienes sentido del humor…
-¡Qué horror! No me explico qué hago aquí tumbada contigo; encima este sistema es incomodísimo. ¿Dónde lo aprendiste? No cabemos, y si me muevo, tu aliento se mete en mis narices. Si me quedo quieta, tu respiración taladra mi tímpano… creo que hoy será mi último día, no vendré más.
-Ya.
-Lo siento de veras, pero es que no has saciado mis expectativas. Fíjate: Leonor me dijo que la mujer de su jefe la dejaste como nueva. Qué tú le dabas lo que su marido no le daba: Tiempo, comprensión, relax… ya sabes. Disculpa si no soy más clara, en el fondo soy muy tímida y mi situación “Des” aún lo acentúa más y más.
-Ya.
-Sé que mi amiga no exageró, que ella es paranoica como yo, que su vida se reduce a cogerse un par de globos al día, no más, como yo, pero es sincera y si lo dijo, lo que dijo tenía fundamento… No creas, no es fundamentalista islámica, la pobre no tiene tiempo para esas cosas; con dar de comer al gato, regar las plantas y limpiar el armario de polvo y paja cada quince días ya tiene suficiente. Bueno, también tiene sus vicios, pero entre tú y yo, no los quiere confesar…, me da pena en el fondo, por eso la dejo.
-¿Vicios?
- ¿Qué, qué vicios tiene? Ella se cree que es Sherlock Holmes, y de corridillo en sus locuras, yo me convierto en su ferviente seguidora el doctor Watson…, un desastre, lo sé y precisamente por eso, me fastidia que no pongas cara de sorpresa… ¿Cuántas has visto como yo? Ninguna, sí, dilo, ninguna, eres única en tu especie.
-Y lo eres…
-Bueno, me voy a levantar y vestirme; cerraré esa puerta y jamás me volverás a ver. No creas, me alegro de haberte conocido; tenía mis reticencias hacia los de tu especie. Ahora ya no. Tengo las ideas muy claras. A partir de este momento, me las apañaré yo solita, no te preocupes, buscaré medios…, es más ¿Ves eso? No pienses que sólo lo tienes tú, hay muchas tiendas que lo venden. No, no están vetadas, es más, admiten tarjeta VISA, y si es necesario, forraré toda una habitación con ese trasto… para excitarme más y sacar toda mi impotencia fuera. ¿Tienes algo más que decirme?
- Ya.


-¿Leonor?... Hola cielo, ¿cómo estás hoy? Yo, genial. Mira, te doy las gracias por el consejo que me diste, pero no voy a volver. Me he comprado… Jajajajajaja ¿Leonor me escuchas? No te oigo ¿Qué? ¡Ah! Cada día estoy más sorda, perdona es que estoy un poco histérica.
Como te decía, compré un diván rojo, una grabadora y dos espejos de tamaño natural. Que me noto mal, voy y me tumbo; enciendo la grabadora y grabo todo lo que diga. Después, cuando termine, me levanto y me miro al espejo profundamente ¿Me sigues? Él es lo que hace, después de escucharme todo el arsenal de bobadas que cuento, me planta delante del espejo y hace que me mire para ver si me reconozco. Según él, debía cada vez que me miro, descubrir una faceta más de mi misma, comenzar a quererme, a respetarme, a aceptarme, pero Leonor, de verdad te lo digo, la tía esa que aparece delante del espejo es espantosa… ¿Cómo es? ¿Qué dices? ¡Que mierda de teléfono! No se oye nada ¿Leonor?... ¡Ah, estás ahí! Te contaba que no es nuestro tipo de mujer; es baja, con el culo caído, más bien gorda, tiene celulitis en los muslos. El pelo, ni te cuento; lo tiene teñido, las cejas son gruesas y si tiene la boca cerrada no vamos mal, pero si la abre ¡Espanto, Leonor! Parece Drácula con colmillos incorporados. Más tarde, ese esperpento de mujer se pone a hablar. Sale de su boca una voz nasal, fría y metálica, pero lo peor no es eso sino lo que dice.Además, que comente que no se gusta, lo entiendo, pero cuando comienza a decir que se siente débil, insegura, llena de temores, sin personalidad, que no le gusta la vida que lleva pero que no se atreve a cambiar por temor a ser rechazada… ¿Qué te parece Leonor? Amiga mía, esa no soy yo, y tú lo sabes. Estoy zumbada, ese es mi problema, pero no soy ese esperpento de Valle Inclán que aparece el espejo de psiquiatra ¿A qué no?
En el fondo Leonor, me siento ofendida contigo. ¿De verdad, me ves tan loca para recomendarme un psiquiatra? Yo a ti te veo bastante peor que yo, y sin embargo jamás osé mandarte a un loquero. La vida que llevamos es un poco deprimente, pero sólo un poco; el día debería tener al menos veintisiete horas, sabes que nos falta tiempo. Estamos constantemente corriendo, de bus en bus. Llegas a la oficina, una mesa cargada de papeles y un jefe con la intención de joderte el resto del día. En la hora de comer, no comemos; hacemos la compra, que si huevos, pan, fruta, desodorante, papel higiénico, parece que nuestros hijos tienen diarrea a todas horas pues anda que no gastan celulosa… Terminamos la jornada laboral y corre que te corre a una reunión en el colegio de tus hijos. Anotas las palabras del profesor, del psicólogo infantil; en el autobús atestado de gente, vas interiorizando todo lo que te han dicho. Llegas a casa, lavadoras, deberes de matemáticas, cenas, imprevistos y cuando al fin te quedas sola para poder recobrar el equilibrio que perdiste, te has quedado dormida en la silla y abrazada al muñeco de peluche en vez del hombre de tus sueños.… Leonor escúchame ¿En ese maratón tenemos tiempo para pensar? Nooooo, porque cuando estás a punto de hacerlo, te acuerdas que tienes la cuenta del banco en descubierto y te pasarán el recibo de la luz y allí no hay ni un mísero euro. Esa sensación de desamparo te produce insomnio, y al día siguiente te levantas con ojeras, de mal humor y lo que es peor: desequilibrada…, y no te he mencionado el asunto de los globos, tan proclives ambas; eso sí que es de estudio. Vamos a ver, ¿de qué nos sirve ser cirujanas de los actos ajenos? Para nada Leonor, para nada. No nos aporta otra cosa que mosqueos, deprimirnos, pensar lo mala que es la gente y lo idiotas que somos tú y yo. Claro que… ¿Y si nos cargamos al resto del mundo y nos quedamos solas? No, no es buena idea, nos aburriríamos.
En fin, como veras Leonor, te he hecho un balance frío y calculado; esto que nos pasa, en tu caso mucho peor, insisto que lo tuyo es más grave porque te dedicas a descuartizar cada palabra que dice cualquiera que pase por tu lado, sea el frutero o tu pareja, y de paso me contagias. Tía, que eso lleva mucho tiempo y no lo tenemos. Como te decía, esto que nos sucede no lo arregla un psiquiatra ¿Quién entonces? No sé, si tuviera tiempo para pensar te lo diría.
Quizá la solución estribe en que tú me digas lo estupenda que soy, y yo te diga lo maravillosa que resulta tu sonrisa en un día nublado. Es más barato, acrecienta nuestra autoestima y quizá…, cuando seamos viejas, hayamos logrado aceptarnos como somos ¿Qué te parece?-Ya.
¡Mierda! ¡Maldita sea mi estampa! ¿Qué he hecho para merecerme esto?... Se ha cortado la llamada. Llamaré a Daniela, seguro que me da una respuesta.
-¿Daniela? ¿Te he despertado? Soy Leonor. Si te cuento lo que me ha pasado, te caes de la silla. El caso es que… ¿Daniela? Ya estamos, como siempre hablando sola, se cortó el teléfono ¿Cuántas veces le habré dicho que se compre uno nuevo? Miles… Y ahora volver a empezar, a contarle todo, y eso no es lo malo. Lo peor es que esté de mal humor, y cuando está así, se queda sorda y me dice que no oye, que si no le cuento las cosas… Decididamente, voy a dejar de pensar. Mañana mismo me voy a un psiquiatra.


P.D. Dedicado a todos los locos, estresados y zumbados. A todas esas mujeres que tratan de ser “Superwoman” y, al final, son simplemente, seres humanos, con vicios y virtudes, que sienten y padecen… que están vivos y que calladamente piden… una sonrisa.

miércoles 20 de mayo de 2009

LOS AMANTES DE PRISCILA

El reloj marcó las ocho; la mejor hora del día para Rita. Acababa de salir de la ducha y se sentía limpia, relajada. Se puso el pijama. La prenda no podía estar más desgastada, los dibujos ya ni se veían, pero lo peor de ese atuendo no eran sus años sino el antídoto de la lujuria. Nadie hubiera deseado a Rita si la vieran de esa guisa vestida aunque eso a ella le importaba poco. Era su pijama y la sensación de confortabilidad que la transmitía era suficiente.

Fue a la cocina, llenó un vaso de hielos, echó un buen chorro de ginebra y después la tónica. Abrió la mini lata de aceitunas y las echó en el plato. Siempre el mismo vaso, el mismo plato, los mismos ritos. A Rita seguir un guión establecido, le daba sensación de seguridad, de tener todo bajo control, de no depender de eventualidades.

Lo puso en la bandeja y se encaminó hacia la terraza. Faltaba un mes para que llegara el verano. Las flores estaban en plena ebullición y a esas horas su color era espectacular; tanto o más que el de las primeras horas del día. Se sentó en el sillón y respiró hondo antes de dar el primer trago. Miraba al horizonte. La puesta de sol desde aquel ángulo era como contemplar el paraíso, pero esa tarde la belleza de las plantas la hacía titubear; no sabía dónde posar la mirada.

Nada más encender un cigarrillo, sonó el teléfono y, con una mueca de fastidio, se levantó a descolgarlo; al menos tardó en volver más de treinta minutos y, cuando volvió, los hielos habían casi desaparecido y el rictus en la cara de Rita mutaba entre el desconcierto y la desolación. No debía haber descolgado el teléfono, tal vez así hubiera seguido disfrutando de esa soledad que la hacinaba día a día en su propio mundo. El impuesto, el buscado… La vida sin duda era complicada, y Rita había dejado de apostar al juego de la fortuna. No así su amiga Priscila que seguía jugando a la ruleta rusa; la misma persona que la había desestabilizado después de haberla tenido media hora al teléfono contándole las aventuras con su nuevo amante y el próximo viaje a New York. Un regalo de un hombre que, según Priscila, la cuenta corriente era gigantesca, pero lo mejor de él eran sus juegos amorosos, lo impredecible que era, o lo divertido que podía llegar a resultar estar con alguien echado hacia delante, sin temores, seguro de sí mismo y con unas enormes ganas de vivir.

Rita se preguntó cuánto le duraría la nueva adquisición varonil. La media eran tres, cinco meses a lo sumo; después se volatilizaban, pasaba una temporada en barbecho y volvía renacida, con las mismas ganas e ilusión por encontrar su príncipe definitivo, el último y sublime que la retiraría de la caza de la felicidad.

Aunque, ¿qué significaría para Priscila la felicidad? ¿Tener un hombre a su lado, no sentir la soledad, tener con quien hablar?

Todo eso ya lo había buscado Rita tantas veces que tenía el cuerpo, el alma y la mente con tantas cicatrices que no se podía permitir un traspié más. ¿Cuántas veces había mirado por su adorada terraza hacia abajo con el afán de terminar y olvidar para siempre? Sin embargo una vez superado el último fracaso, y que a punto estuvo de concluir su vida con todos los barbitúricos que encontró en casa y que la llevaron a estar tres días en coma, llegó a la conclusión de que no servía para ser feliz, ni para conservar un amante y ni siquiera para suicidarse; en todo había fracasado.

El psiquiatra que la había tratado en el hospital la regaló ciertas claves que la hicieron reflexionar, y el descanso, el mar, la calma y lejos de lo cotidiano habían logrado que Rita fuera una mujer nueva.

Dejó de buscar y se encontró consigo misma. Sin embargo, cada vez que Priscila aparecía en escena algo dentro de Rita se crispaba e incluso sentía que por dentro se resquebrajaban los cristales de su alma, tan débil y vulnerable a pesar de las cerraduras y armaduras que había puesto para que nada ni nadie alterara esa soledad que tan dañina y cruel ataba sin misericordia a Rita a su vacío existencial.

Mientras pensaba todo esto, también pensaba qué tenía Priscila que no tuviera ella… Sí, belleza. Pero eso no era suficiente, nunca lo sería. En cambio ella había sido generosa, sociable, de sentimientos nobles… Claro, los resultados estaban a la vista: tampoco eso era la clave del éxito.

¿Qué secreto guardaba Priscila que nunca había compartido con Rita? Priscila siempre había sido egoísta, fría y, sin embargo, había disfrutado a tope hasta de la cosa más nimia. Aparecía una oportunidad, y la engarzaba como el mejor pescador del mundo... Y sus trofeos fueron los hombres.
Rita pasó la noche en vela. En el momento que tornaba los ojos, aparecía Priscila y sus amantes riéndose delante de ella; una noche de pesadilla.
Así que decidió llamar al trabajo y comunicar que no iría ese día; la migraña era espantosa. Llamó al médico de cabecera para que se acercara a hacerla una visita médica. El centro de salud le comunicó que irían hacia las trece horas. Se pasó la mañana con las persianas bajadas y una toalla húmeda en la frente.
A las trece treinta sonó el timbre de la casa de Rita. Ésta tardó en abrir la puerta y, al abrirla, el médico se quedó impresionado del mal aspecto de Rita; le dio tanta lástima de aquella mujer que, lo que la recetó, bajó él mismo a por ello para, treinta y cinco minutos después, regresar a casa de Rita con la medicación. Volvió a tardar en abrir la puerta y cuando abrió, el médico se preocupó; aún tenía peor aspecto.
-¿Qué hace con zapatos puestos, mujer? Póngase unas zapatillas. Antes las tenía usted puestas, estará más cómoda.

Cuando se fue el médico Rita volvió a la cama y no despertó hasta las diez de la noche; su teléfono no paraba de sonar. Al colgar el auricular, el rostro de Rita era la palidez extrema: era uno de los hermanos de Priscila comunicándola que su hermana había fallecido. Se la encontró muerta su último amante; debió de fallecer entre las trece treinta y las catorce horas.

Tardaron tres días en enterrarla, lo justo para que la hicieran la autopsia. Parecía que había muerto envenenada y el presunto culpable era el amante., todas las pruebas le incriminaban. Sólo había una pieza que no encajaba: la declaración de la portera. Sostenía que oyó a Priscila discutir con una mujer esa misma mañana. Pero no se hallaron otras huellas que las del amante y las de la propia difunta, y nadie vio entrar ni salir a ninguna mujer aquella mañana del edificio.

… Han pasado cinco años, Rita es feliz; no ha vuelto a acordarse de Priscila, y los amantes de ésta ya no la acosan en sueños.

viernes 15 de mayo de 2009

QUISQUEYA

No podíamos avanzar más, habíamos llegado hasta el control de pasajeros; allí deberíamos dejar a Flor de Oro.
No hablábamos y nuestro silencio era roto por otras despedidas más ruidosas. Nosotros ya nos habíamos dicho todo. Cuarenta años mirándonos a los ojos eran suficientes. Los chicos y Pablo se retiraron discretamente para que Flor de Oro y yo nos estrecháramos con intimidad. Se me hacía difícil mirarla a la cara sin que me cegaran las lágrimas y, sin embargo, lo debía de hacer; debería guardar su última imagen en mi corazón porque no la volvería a ver jamás... Lo sabía.
Ella había sido todo para mí: protectora, madre, amiga, mis pies, mis manos, mi alma.
Arriesgó su vida por mí en aquellos años funestos del anticomunismo del Jefe, Chapita o el Chivo como se le conocía al general Trujillo. Me refugió en los bosques que están a los pies de “los Alpes dominicanos” entre musgo, lianas y frondosos árboles; allí permanecimos dos años. Mientras, nos amamantaba a Angelita, su hija, y a mí. Pero Angelita nació débil y una noche voló con los ángeles, entonces toda la leche, todo su amor, fue para mí.
Muchas, muchísimas noches la pedía que me contara cómo habían sido mis padres. Eran historias fantásticas, como sacadas del cine más glamoroso de los años cuarenta. Y según me hacía mayor más me preguntaba como siendo Flor de Oro una mujer analfabeta podía saber tanto del mundo... Era mi bruja buena. Me decía que había sido llamada espiritualmente para sanar al enfermo, adivinar el futuro y el uso de los más creativos e insólitos métodos para resolver los problemas cotidianos a los demás..., y terminaba diciéndome que todos sus poderes no habían podido evitar la ascensión de Angelita al cielo.
Sin duda, aún siendo una mujer iletrada, me enseñó todo lo necesario para sobrevivir. Me contagió su alegría por vivir, su simpatía, hospitalidad, su sonrisa permanente que nacía de un rostro tizón para desembocar en la blancura de unos dientes perla, y su carácter extravertido. Me enseñó la cultura de la tierra en la que nací: el Carnaval, las peleas de gallos y, sobre todo, la omnipresencia del baile: El Merengue. Pero sobre todo, me imprimió el sello a ser fiel a mí misma, a amar mis raíces y no avergonzarme nunca, nunca, de quien soy.
Mis padres eran judíos y llegaron a la isla como inmigrantes huyendo de la Europa nazi. Pudieron llegar con sus escasas partencias, pero gracias al alto grado de mi padre para los negocios pronto destacó el la isla y no sólo fue atesorando tierras y riquezas sino, además, poder. Y precisamente ese poder le destruyó. Una noche en la que se celebraba una fiesta en el jardín de las palmeras tropicales –así me relata Flor de Oro el jardín de mi hogar dominicano- cuando se silenció la música, se oyeron ruidos extraños y, a continuación una ráfaga de disparos que iban ascendiendo poco a poco al segundo piso, justo donde estaba mi habitación. Flor de Oro se quedó parada unos instantes y después, cogiéndome entre sus brazos salió por el balcón hasta las cocinas. Allí yacían los cadáveres de los camareros que habían estado sirviendo durante la cena. Siguió bajando hasta el sótano donde estaban los dormitorios de los empleados. Cogió a Angelita que dormía plácidamente en la cama y nos escondimos las tres debajo de la cama.
A una hora incierta, una pareja de colibríes se posó en el ventanuco de la habitación de Flor de Oro lo que la llevó a pensar que de un momento a otro amanecería, por lo que decidió dejarnos acurrucadas a Angelita y a mí debajo de la cama y ella salir a investigar.
Lo que encontró, aún hoy después de tanto tiempo, se le oscureció la vista. Mis padres yacían en un enorme charco de sangre encima de la cama acribillados a balazos. Toda la habitación aparecía desordenada como si hubieran estado buscando algo. Flor de Oro que sabía donde mi madre guardaba sus secretos –así llamaba a sus joyas, dinero, documentación y un pequeño diario- porque un día, cuando me estaba Flor dando de amamantar, mi madre se acercó a ella y le dijo:
-Dios quiera que no nos pase nada, pero si tuviéramos esa desgracia, confío en que tú saques a mi hija del horror. Ven conmigo que he de enseñarte algo por si fuera necesario.
Y así, Flor de Oro supo el lugar de los secretos de mi madre. Hizo un atillo con lo que encontró, bajó de nuevo a la cocina y metiendo unos víveres en un cesto, fue a por nosotras y huimos a la selva donde los espíritus del bien nos protegerían. Invocó a “los luases”- divinidades intermediarias entre la deidad suprema y los hombres- para que nos sacaran vivas de allí... Y salimos dos años después rumbo a España con una familia de grandes influencias que me prohijó al no poder tener hijos propios. También se llevaron con ellos a Flor de Oro que fue una más de la familia.
Con veintiún años me casé y Flor de Oro se vino a vivir con nosotros... hasta hoy. Hace un par de meses la detectaron un tumor y no ha querido que la siguieran hurgando; sólo ha tenido un deseo: volver a Quisqueya para de allí volar al cielo con Angelita.
...Me ha mirado a los ojos con esa mirada oscura, penetrante, tan suya. Sé que me ha querido transmitir ese ángel que ha llevado toda su vida guardado.
Nos hemos abrazado hasta que delicadamente me ha quitado los brazos de su cuerpo, y la he visto marchar lentamente moviendo sus enormes caderas; seguro que iba bailando para sí un merengue.

PD. Los Dominicanos se refieren a veces a su isla como Quisqueya, un nombre para la Española usado por los indígenas Taínos que significa «madre de todas las tierras».

domingo 10 de mayo de 2009

CUALIFICATIVO

Mi hermano Cuali medía a las mujeres por el tamaño de sus culos. A mí no me dejaba de exasperar aquella actitud tan obsesiva porque, ¿qué tenía que ver el tamaño del cerebro con el de un culo? Nada. Claro, así le iba en su vida amorosa: cuánto más culo, menos cabeza. Sí, sí, aquel que me escuche esta afirmación se hará de cruces, pero durante años estudiando a las mujeres que pasaron por la vida de Cuali, llegarían a la misma conclusión que yo.
¿Por qué esa cerrazón con una parte de la anatomía femenina tan vulgar? La culpa la tuvo nuestra abuela Gabriela. Ella, en aquella época en que despiertas a otros horizontes más allá de los coches, la pelota, la bicicleta y las pistolas, cuidaba de nosotros mientras mi madre trabajaba. No teníamos padre reconocido, ni siquiera el mismo padre; la madre era común, no más… Y nuestra madre tenía que sacar para adelante a los tres hijos.
Recuerdo aquella etapa de nuestras vidas como la de los grandes descubrimientos porque no sólo descubría los míos sino también Cuali se encargaba de abrir mi mente; y la abrió menos en el tema de lo de los culos.
La abuela, después de comer sistemáticamente, se quedaba dormida y era el momento de investigar e instruir a nuestra hermana Rosarito que, aún siendo más mayor que nosotros, era más corta que las mangas de un chaleco. La tuvimos que enseñar lo que era la menstruación porque el susto que se llevó la pobre en su primera visita femenina, si no hubiera sido porque Cuali espiaba en el baño de la casa a todo aquel que entrara, hubiéramos pensado que nuestra hermana se desangraba sin remisión.
Hay que decir que nacer pobre tiene sus ventajas, ya que no te queda más huevos que aprender deprisa, y hacer acopio de tus propios recursos. Y en una casa de cuatro pisos, a cinco hogares por planta, llena de pobres, tienes una enciclopedia entera de enseñanzas.
Nos hubiera gustado seguir enseñando a Rosarito, pero mi madre después de que nuestra hermana se hiciera mujer, comenzó a desarrollar una hermosas tetas y… menudo culo; recuerdo Cuali pasándose la noche mirando al trasero de Rosarito. Cuando estaba profundamente dormida, se levantaba silencioso, se acercaba a su cama y, retirando las sábanas, se pasaba horas acariciando su culo.
… Y como iba contando, nuestra madre decidió llevarse a Rosarito a trabajar con ella.
Volvían de trabajar, casi a la misma hora que Cuali y yo íbamos a colegio y se levantaban a la hora de comer. Se acicalaban y se volvían a ir, festivos inclusive; la verdad es que eran muy trabajadoras.
Con edad de quince años, Cuali sintió la necesidad imperiosa de una hembra. Yo tenía trece y no sabía muy bien lo que quería decir mi hermano, sólo sé que me mandaba robar unas monedas a la abuela mientras dormía la siesta. Después, nos íbamos dos calles más abajo de la nuestra, y nos metíamos en un portal. Cuali me decía que esperara sentado en las escaleras a que él bajara; bajaba rápido, y yo le preguntaba por qué tanta prisa, y me contestaba que con tan poco dinero sólo le daba para una paja. Yo seguí sin entender nada, y él al ver mi cara replicaba que ya habría tiempo para comprender.
El día que cumplí quince años fue de los días más tristes y tenebrosos de mi vida; se paró el reloj de mis sueños, de mi imaginación. Me gustaría borrarlo del arsenal de recuerdos que martillean en mi cabeza, pero no puedo, y eso que han pasado ya nueve años de aquello… Me desperté nervioso, excitado de emoción porque Cuali llevaba más de dos meses diciéndome que el día que cumpliera quince años dejaría de ser “un panoli”, pardillo para entendernos, y que su regalo sería ponerme el mundo a mis pies. Yo qué sé lo que me imaginé, bueno, en aquel tiempo pude soñar de todo, desde que Cuali me regalaría una bicicleta con la cual me iría lejos de aquel mundo, hasta una tableta de chocolate negro, vicio que no he perdido, o que me regalaría un libro de historias ya que en aquel momento había cogido mucha afición a leer.
La pobreza no quita que muchos tuvieran ansias de expandir su mente y Teófilo, el vecino del primero, un raterillo de poca monta, tenía muchos libros. Cuando volvía de trabajar en el robo fácil, se tumbaba en su camastro a leer. Yo le espiaba por la escalera de incendios, y siempre pensaba que yo también querría tener aquella cara de felicidad que a Teófilo se le ponía en el momento que sus ojos se topaban con aquellas hojas amarillentas llenas de letras… Pero no entiendo cómo conociendo a mi hermano, pensé, soñé, con aquellos regalos que a él jamás se le pasaron por la imaginación.
Él era mucho más práctico, lo entiendo; yo un ingenuo y soñador. Nuestra vida era demasiado pobre para soñar con cosas tan poco prácticas para subsistir en aquel mundo.
Así que me desperté con los ojos de pícaro de Cuali clavados en mi rostro. Sólo me dijo que me lavara bien porque después del colegio esperaba mi regalo. Le pregunté que me diera una pista, y sólo me contestó “Es el momento de iniciarte a la vida. Llevo robando a la abuela meses para que el mundo hoy se ponga a tus pies”
No pude centrarme en nada, sólo miraba el reloj de la pared, que de viejo, había ratos que se paraba. A las cuatro Cuali me estaba esperando fumando un cigarrillo en la esquina de la escuela; él hacía tiempo que había dejado de ir. Gracias a la recomendación de un señor importante, según palabras de nuestra madre, Cuali entró a trabajar en un almacén de chico de los recados, pero últimamente no iba muchos días. Me contaba que no le importaría que le echaran pues había descubierto otro trabajo que le reportaba más dinero sin hacer casi nada. No sé qué era, tampoco se lo pregunté. Notaba en mis tripas que, aún queriendo mucho a mi hermano y siendo el epicentro de mi vida, silenciosamente se iba levantando un muro muy grande entre los dos.
Al encontrarnos, me dijo que mi regalo había cambiado de ubicación. Le habían contado de un lugar que era muy bueno, él no lo conocía, pero iríamos allí. Yo callé nervioso y le seguí. Me gustó que pudiéramos montarnos en el tranvía, además, pagando, sin temor a que nos echaran a patadas. Me senté junto a una ventana y disfruté cómo iba cambiando el paisaje de los suburbios a zonas mucho más elegantes. Después de casi tres cuartos de hora, nos bajamos y tiramos calle arriba hasta llegar al número cincuenta y tres.
No era un gran edificio, pero olían a limpio según ascendíamos por las escaleras… Me dio por pensar que aquel lugar olía a mi madre… ¡Qué cosas!
Llamamos a una puerta del tercer piso y no tardaron en abrirnos. La mujer que se apostó en la puerta me dejó helado: casi no llevaba ropa y sus caderas eran muy jugosas, y su pelo caía rojizo por sus tetas.
Cuali me empujó hacia dentro con una sonrisa nerviosa: yo también estaba nervioso, pero de miedo. Nos pasaron a una sala bastante oscura. Caían sobre la ventana unas espesas cortinas de un verde gastado que hacía de la luz un misterio. Y curioso, allí dentro olía más a mi madre.
La mujer de las caderas jugosas me tomó de la mano y me arrastró por un pasillo casi tan oscuro como la sala. Al final del pasillo abrió una puerta y me empujó adentró y, a continuación, cerró con cuidado y se fue.
No se veía nada. Me quedé parado hasta que noté que algo gateaba a mi espalda; me estremecí, pero una mano se posó en mi boca y, después, me empujó hasta caer en una cama, supuse.
Lo que vino a continuación no sé explicar aquel cúmulo de sensaciones, era un niño, un infeliz y pazguato chaval de un barrio de pobres que soñaba con otra vida mejor, pero jamás despertar a esa vida en brazos de una mujer que mareaba constantemente mi cola hasta estallar en una locura. Al terminar, la mujer que estaba tumbada a mi lado habló por primera vez.
¡Dios!, ¿para qué abriría la boca? Reconocí su voz, ¡dios! claro que la reconocí. Era la voz de mi hermana Rosarito. El aullido que di, ella también lo reconoció y rápidamente dio la luz. Nos miramos como dos extraños para que, a continuación, yo saliera desnudo, corriendo sin rumbo. ¿Por qué me tuve que encontrar por el camino a mi hermano, dios mío? Yo, estaba loco, fuera de sí y ni siquiera conocía las fuerzas que me sobrecogieron para agarrar del cuello a mi hermano hasta estrangularlo. Nadie me pudo apartar hasta que el rostro de Cuali, con los ojos desorbitados se quedaron en un punto fijo, y la piel de su cara se puso del color de las lilas mustias.
Un grupo de mujeres me acorralaron; yo ya no tenía fuerzas. Lloraba incontroladamente al lado de una ventana. Mis ojos eran un diluvio. Pero cuando levanté la vista que la tenía pegada a una tarima desgastada lo primero que vi fue a mi madre. Iba vestida como la mujer de las caderas jugosas. Lloraba, gimoteaba; no pude soportar la visión y me abalancé sobre ella. Caímos los dos al suelo. Ella estaba debajo de mí en medio de un charco de sangre.
… Han pasado nueve años de aquello. Me metieron en un reformatorio porque era un menor, luego me trajeron aquí. He aprendido un oficio, he tenido la oportunidad de leer mucho en estos años, y mañana salgo a la calle.
Rosarito, que ahora trabaja de sirvienta en una casa fina, eso es lo que ella me cuenta, me ha dicho que me vendrá a buscar y empezaremos una nueva vida juntos, como si el ayer no existiera.
… Y me pregunto, ¿eso será posible?, ¿habrá una vida nueva para nosotros?

jueves 7 de mayo de 2009

LA CIUDAD DEL VIENTO

Manuel huele el aliento de la muerte pegado a su nuca; hace tiempo que la espera. Mientras, hace cábalas entre manuscritos, libros y recuerdos. Es una forma de sobrevivir viviendo dos veces: el antes y el ahora tejidos en una maraña de luchas. Porque recordar, para él, sirve para saber que ha vivido alguna vez y que hubo sueños que sustentaron sus cimientos.
No tuvo opción a la vida que le ha tocado en suerte, pero ha sido fiel y leal a su existencia. Sus noventa y cinco años dan para mucho aunque su pasar se detuviera en una estación. El humo de una locomotora a vapor le mece en una nube y se ve así mismo sentado en aquel banco de madera viendo pasar un tren dos veces al día de junio a septiembre y en invierno una vez a la semana; eso, mientras la nieve no les aislara…
-¡Manuel, Manuel!, ven acá. Es la hora del desayuno y llegarás tarde a la escuela como no te des prisa.
-Voy, Madre. Oigo los latidos del tren; faltan sólo tres minutos para que llegue.
Desde muy chiquito, Manuel creció al lado de la vía del tren, mascando el polvo del carbón, soñando con sus pasajeros y sintiéndose una gaviota hostigando a las volutas del humo al partir.
Al llegar el verano, la ciudad del viento expandía sus alas al visitante. Sus callejuelas adoquinadas con aroma a especias se vestían de fiesta y las murallas, al caer el sol, se teñían de rojo. En el puerto trajinaban mucho antes del amanecer para que la lonja estuviera abastecida de pulpos y calamares y, así, los tres bares y los dos hoteles tuvieran vituallas marinas en las jornadas de verano. Es más, de pueblos colindantes se acercaban también a comprar. Manuel, al cumplir los diez años, tuvo el honor de acompañar a su padre una vez terminadas las clases en junio, cada mañana a la lonja. Se descalzaba y, con los pantalones remangados, ayudaba a recoger las redes. Le gustaba sentir el agua en sus plantas, el escalofrió de la espina clavarse en la carne. Cuando terminaba, se bajaba a la playa con restos de pescado para dar de comer a sus gaviotas. Precisamente allí conoció a los hermanos Martínez, Beatriz, Samuel y Luis, unos niños oriundos de Madrid que, cada verano, el 27 de junio recalaban allí tres meses, justo hasta mediados de septiembre. Casi todo le distanciaba de aquellos tres hermanos salvo la edad, pero los cuatro congeniaron por la curiosidad infantil de ser mundos antagónicos en los que crecieron. La admiración con la que oteaban a Manuel en su maña al recoger las redes o la capacidad de entendimiento con las gaviotas, les hizo acercarse a ese niño de piel morena y ojos de oleaje profundo. Manuel soñaba con las bicicletas de aquellos chavales, con sus maneras de pelar los langostinos con cubierto o los libros que Beatriz le enseñaba. Él, a cambio de aquellas enseñanzas tan valiosas para su mundo rudimentario, les hizo partícipes de los misterios que encerraba la pequeña estación del tren, como la huella de los pasajeros, mucho después de su partida, seguía tintineando por aquellas cuatro paredes. El sonido del silbato, que según Manuel, era una especie de rugido del viento llorando por la marcha de la gente y cómo el caminar por la vía del tren a la caída del sol hacía sentir bajo sus pies los latidos de la locomotora.
Al principio, las madres de los cuatro chiquillos se opusieron a esa amistad por estar fuera de sus clases sociales, pero el aroma a salitre, a la barbacoa de sardinas y al carbón de aquella pequeña estación de tren, fueron suficientes acicates para salvar barreras y entre ellos fue creciendo una amistad tan fuerte como las murallas que envolvían a la ciudad del viento como así llamaba Manuel a su pueblo.
-Manuel, ¿por qué la llamas así?
-Beatriz cierra los ojos y extiende los brazos. ¿Qué sientes?
-Nada, Manuel.
-Inténtalo de nuevo. ¿No escuchas el viento?, ¿no notas que te quema la piel?
-Sí, es verdad. Oigo maullar al viento.
-Ahora, te voy a dar la vuelta despacio y cuando yo te diga, abres los ojos… Ya, ábrelos.
-¡Caspita!, la muralla está roja y las hojas de los árboles que sobresalen se mecen al ritmo del vientecillo.
-¿Ahora, entiendes porque la llamo la ciudad del viento?
-¡Cuánta imaginación tienes, Manuel!, algún día llegarás a escribir libros maravillosos.
-Escribiré sobre tu pelo dorado y tus manos de pan recién horneado…
Manuel cierra los ojos para atrapar aquellas imágenes de entonces cuando la luna se reflejaba en su mar y el tren marcaba distancias. Aquellos días de sol, arena y viento alimentaban los meses de invierno cuando la ausencia de Beatriz, cada año que pasaba, dolía un poquito más.
A la edad de quince años comenzaron a escribirse cartas, letras que dibujaban pensamientos, añoranzas y sueños; un nexo de unión que una vez a la semana aquel tren que cruzaba la montaña, si la nieve no lo impedía, traía noticias de los tres hermanos. Pero, un buen día, el tren dejó de traer misivas así como tampoco trajo a los hermanos Martínez al llegar el verano y Manuel se sumió en un tiempo de dolor y silencio. Su madre le observaba y se afligía por la desdicha de su hijo, maldiciendo en la hora que claudicó a aquella amistad que ahora hacía sufrir tanto a su hijo.
-Qué vas a hacer, hijo? Tienes veintiún años y demasiados pájaros a tus espaldas.
-No sé, Madre. Me gustaría ocupar la vacante del señor Damián cuando se jubile en octubre.
-¿En la estación, Manuel? Pero si el tren en invierno pasa una vez a la semana. Con tu juventud, no puedes encerrarte en eso.
-Sí, Madre, así tendré tiempo de escribir y si me necesitáis, os podré ayudar.
-¿Has dicho escribir?, ¿de dónde has sacado esa idea tan peregrina?
-Eso es lo de menos, Madre; sé que lo quiero hacer y ya está. Es más, he de decirte que quiero viajar a Madrid. Estoy pensando en el dinero que gané el verano pasado; lo tengo guardado.
-¿Manuel qué quieres buscar tan lejos de casa? Nunca has salido de aquí.
-Ya es el momento. Quizá, no haya un mañana, Madre…
-Manuel, escúchame: Beatriz desapareció de tu vida hace tres años.
-Madre, me iré la semana que viene.
Y Manuel se fue y volvió con la tristeza prendida en el alma; nadie le supo dar razón del paradero de la familia Martínez, como si su existencia hubiera sido un sueño. En la portería sólo le supieron decir que vendieron el piso y se fueron; ninguna dirección, ni un rastro para seguir. Cuando se le acabó el dinero volvió; era finales de junio y se sentó en el banco de la estación a esperar, tanto, que le salieron canas. Según pasaban los años y al tren le sumaban cuatro vagones más de pasajeros de primera, segunda y tercera clase. La ciudad del viento crecía y era más conocida así como la prosa de Manuel mientras sus esperanzas se iban enterrando.
Su primer libro de relatos fue publicado con treinta años y fue un éxito de ventas, pero no dejó la pequeña estación. Había muchas horas oscuras que las empleaba en imaginar cómo sería la piel de Beatriz y si sus manos seguirían siendo pan recién horneado. Cuando el temporal arreciaba y se quedaban dos meses aislados, soñaba con sus labios; hasta los llegó a rozar con las yemas de sus dedos. Guardaba su último beso como la lumbre que avivaba su pluma cada vez más vigorosa y afianzada.
El mundo de Manuel se fue borrando; primero fue su padre y, más tarde, su madre. Ya estaba solo aunque su fama crecía, pero eso a él le daba igual. Escribía por necesidad:
"Escribo para ser otro, / para vivir lo que no he vivido, /para olvidar quien soy./Escribo para recordar que guardo esperanzas,/para huir de mi sombra/e incinerar la tuya./Escribo para saber qué sería si el viento soplara del norte/y mi piel fuera de otro color./Escribo para darte vida/con mi lenguaje de algodón/y el ocaso del sol en mis ojos./Escribo porque mi voz es ronca/y no sabe pronunciar los silencios del alma./Escribo para pensarte mejor,/ver deslizarte entre mis letras/y amarte con mis dedos"
En el año que cumplió cincuenta y cuatro años obtuvo un galardón y, a pesar de sus reticencias, no le quedó más remedio que ir a recogerlo a Madrid. Cada vez se sentía más de pueblo, más enraizado con sus costumbres, no le atraía nada el otro mundo del que hablaban los periódicos. Sin embargo, tenía un tema pendiente consigo mismo: no se había casado ni añoraba hacerlo, pero sí echaba en falta un hijo.
Además, se sonrojaba al pensarlo, a sus años era aún virgen. Los chicos del pueblo cuando salieron de allí para hacer la mili la habían perdido, pero él como no la hizo por ser hijo único, se mantuvo fiel a un celibato que, aunque paradójico, no le molestó en absoluto.
Según iba montado en el tren rumbo a Madrid, se preguntaba cómo serían las mujeres de la capital, qué diferencias habría entre ellas y las del pueblo…
Al llegar a la estación de Atocha, no pudo por menos que añorar la vez que fue, lleno de esperanzas, a buscar a Beatriz y sus hermanos, ¡cuánto tiempo había pasado! y, sin embargo, tenía la sensación de estar anclado en una época que aún no había superado.
El hotel que le habían reservado le abrumó. Estaba fascinado, no sólo por el lujo, sino por aquella claraboya gigante en cristales de colores justo encima del ambigú. Se sentó clavando los ojos en aquel cielo tan particular, cuando oyó una voz que pronunciaba su nombre.
-Buenas tardes. ¿Es usted Don Manuel Rasilla?
-Sí…¾ no acertó a decir más. Una muchacha de apenas veintitrés años le estaba mirando fijamente. Manuel sintió que le desnudaban y dejaban a un aire cálido traspasar sus muros más íntimos. Con la espontaneidad que da la juventud, la mujer le espetó:
-Es usted mucho más joven de lo que esperaba y sumamente atractivo. Permítame que me presente: soy Clara Maldonado de la editorial; vengo para acompañarle a la entrega de los premios.
Sí Manuel se quedó estancado en aquella pequeña estación cuando partió Beatriz y él contaba diecinueve años, esos días en Madrid le supusieron despertar de un sueño para entrar en otra dimensión. Si había pensado quedarse tres días, estuvo cuatro semanas y cuando se montó en el tren de regreso a la ciudad del viento, fue como si le arrancaran las entrañas.
Era consciente de que los sentimientos que aceleraban la sangre en sus venas no eran normales ni lógicos. Se había enamorado como un chaval de una chiquilla treinta y un años más joven que él. No hacía otra cosa que decirse así mismo que se olvidara de aquella locura, pero la voz de Clara insistía cada noche al teléfono hasta que, un día de principios de junio, se presentó en la pequeña estación. A partir de ahí, Manuel perdió el control y la voluntad; se convirtieron en amantes sin remordimientos ni prejuicios.
- ¡Caspita!, la muralla está roja y las hojas de los árboles que sobresalen se mecen al ritmo del vientecillo.
-¿Qué has dicho, Clara? ¾ Manuel había palidecido al oír aquella expresión.
- ¿Cuál?, ¿caspita?
-Sí.
- Siempre la pronunció mi madre.
-¿Cómo se llamaba? Nunca me has hablado de ella.
-Se llamaba Beatriz. Murió hace cuatro años de cáncer.
-Beatriz…
Así el pasado volvió a Manuel y lo revivió en los brazos de Clara con dulce cadencia y nostalgia. Tuvieron dos hijos aunque no se casaron hasta que el párroco se negó a bautizar al primero de ellos si los padres no estaban bendecidos antes por la Santa Madre Iglesia.
Compartieron cada minuto de su existencia, vieron unidos cada atardecer desde la muralla, navegaron con sus vidas mar a dentro en oleaje y en calma, sin rubor ni presunción. Un amor en calma, a veces, con pasión, otras. Clara constituía en su vida amar a dos mujeres en una y siguió escribiendo, tejiendo vidas en papel hasta que sus manos se negaron. Después fue Clara quien tradujo su pensamiento, el elixir de haber vivido tal como la savia de su conciencia le dejó.
Y el tiempo continuó cortando las hojas del calendario; la pequeña estación fue remodelada construyendo un segundo andén. Por respeto a Manuel, el banco en el que se sentaba de niño le dejaron en su lugar. A sus noventa y cinco años, seguía sujeto a la mano de su fiel Clara dando sombra y cobijo a las gaviotas que se acercaban.
Una tarde de agosto, cuando los rayos calentaban los raíles y Manuel escuchaba los latidos del tren, cerró los ojos mientras una gaviota se posaba a su lado y las murallas del la ciudad del viento se teñían de rojo.

miércoles 29 de abril de 2009

MUJERES DESCOSIDAS

La estación estaba atestada de gente; parecía que regalaban algo. Empujones, pisotones y caras con gestos de estar buscando su destino. Menos yo que tenía muy claro mi rumbo: la vía cuatro a las once y treinta.
Se puede decir que estoy todo el día subida a un tren y tengo medido los tiempos que me llevan hacer una maleta, coger lo necesario que utilizaré y que llevaré a mano, el traslado de casa a la estación en un taxi, con y sin atasco; todo bajo control.
Pues bien, a pesar de eso, me corre una leve corriente eléctrica por mi cuerpo que desaparece cuando ya estoy instalada en mi asiento. Siempre al lado de la ventana y nada de esos asientos compartidos, ah, y que la ventana no queda partida. No, un amplio ventanal y un solo asiento.
Tiene gracia…, es el único lugar en el mundo en que me aíslo y me olvido de cualquier runrún que precipite mi ansiedad. Noto que mis músculos se relajan, que mi sonrisa fluye a la nada que me rodea, y que mi pensamiento se entrega al mero placer de dejarse llevar por la fantasía…
Muchas veces pienso a dónde voy, qué soy. Aunque en este apartado me entre cierta tristeza el contemplar la soledad en la que se ha convertido mi vida y yo misma. Soy benévola conmigo misma, y no me maltrato sino que trato de ser positiva. Total, lo que soy, a lo que he abocado mis pasos, nadie me ha obligado, nadie tiene la culpa; soy y voy a donde yo quiero ir y ser. Claro, eso no quita que cuando me pongo a observar a los otros que se cruzan en mi camino, un chasquido de sentimentalismo asalte en mi cerebro, y éste quiera vivir aunque sean unos instantes las vidas de esos dos amantes que se enfrascan en caricias con un fin, o la madre que acurruca en su regazo al hijo que buscó o que simplemente llegó y lo aceptó…
¿Y yo qué tengo de todo eso? Nada, no nos engañemos. Mi trabajo me absorbe, ya no tengo padres, ni nunca tuve hermanos, y los amigos nunca los mimé demasiado, con lo cual los fui perdiendo en mi trayecto, tal vez dejé a más de uno olvidado en alguna de las muchas estaciones por las que pasé, quién sabe.
… Mi defecto siempre ha sido que voy a lo mío. No paro a mirar más allá de dos segundos a los ojos de una persona. ¿Por qué soy así? Me lo he preguntado muchas veces porque la vida me ha tratado muy bien dándome siempre lo que he pedido, y cariño, compañía, no he pedido. He querido sobresalir, ser yo misma y mis circunstancias… Esto me lo dijo una de las monjitas del colegio donde viví y vivo a raíz de la muerte de mis padres “Sara has de aprender a defenderte, a ser tú misma y a que tus circunstancias nadie las maneje nada más que tú”. Sí, Sor Adelina fue la única persona que me habló con cierta sensatez mientras veía como mis compañeros iban y venían en las vacaciones y a mí nadie me iba a buscar.
Cuando el colegio quedaba abandonado, en silencio, me inventaba amigos ficticios que no me hacían sombra y me seguían como la verdadera heroína de sus vidas. A los dieciocho años y con becas comencé a despuntar en la universidad. A ver, qué remedio me quedaba, o sacaba matrículas o se me acababa el chollo…
-Disculpe… Creo que se ha equivocado de asiento-una voz me ha sacado de mis meditaciones.
-No imposible. Éste es el tres A-la voz masculina insistía aunque con educación.
-Sí. Éste es el cuatro A, el mío. El suyo es el de atrás- yo tozuda, erre que erre…
-No, yo siempre pido amplio ventanal y el de atrás está cortado.
-Ya, la comprendo, pero esta vez me lo han dado a mí- según terminó de hablar me dedico una sonrisa que me resultó a triunfo, lo cual me molestó y con gesto de desaprobación me levanté con todos mis chismes que ya los tenía todos organizados y cada uno en el sitio que debían estar.
-¡Gracias!- por supuesto no le contesté y, una vez organizado de nuevo todo mi avituallamiento, me volví a sumergir en mis pensamientos…

… Al terminar la carrera, me dieron un puesto en la cátedra de derecho canónico un puesto y fue cuando comencé a viajar de una universidad a otra. No tenía casa. Desde que recordaba, nunca la había tenido así que no podía echar de menos algo que no había conocido. El colegio siguió siendo mi hogar, mi habitación mi mundo y pagaba a las monjas por los servicios prestados… “¡Qué frío e impersonal suena ésta última expresión, Sara!”, me dije, pero así, en resumen, era mi vida, fría e impersonal. No tenía más que destacar. Treinta y seis años y no poder contar nada más… Me he deprimido de repente. Me he sentido hueca, vacía. Ni las imágenes cortadas que se me han aparecido por el ventanal han distraído el lenguaje del silencio atronador que me ha invadido de repente…
-¿Un café?-he levantado la vista y ahí estaba el ladrón de mi asiento brindándome la mejor de sus sonrisas.
-No…, gracias- le he contestado cortante, sin brillo en mi respuesta.
-Tal vez la venga bien. Venga, anímese- ¿por qué me decía que me animara? ¿Tan espejo era mi expresión que se me escapaba la tristeza por la comisura de mis rasgos faciales?
Me he levantado como una sonámbula y, según caminaba por los pasillos del tren, me he dado cuenta que tenía el rostro húmedo. ¡Qué vergüenza!, había estado llorando y el hombre le había dado lástima; lo último que quisiera en esta vida es dar pena, y menos a un desconocido que va regalando sonrisas. Seguro que era “un asalta mujeres”, un ligón profesional; segurísimo.
-¿Con leche, cortado?
-Menta poleo-¡hala!, para qué voy a ser amable… Qué asco me doy a veces.
-Voy a Córdoba y, ¿tú?-tuteándome, esto es el colmo. Claro, no soy una anciana y hoy en día la gente se trata con más familiaridad… “Sara, por favor, sé un poco amable”, me dije.
-A Sevilla-mentí. Igualmente iba a Córdoba. Primero de trabajo y luego ya me quedaría un par de días en las fiestas de las cruces. Había oído hablar mucho de ellas.
-¡Lástima!, me había hecho ilusiones de conocer a alguien en Córdoba. Llevo fatal viajar solo, no me gusta- “¿Y a mí qué me importa?”, pensé.
-Estar solo tiene sus ventajas. Nadie te molesta, ni te incordia y haces lo que te dé la gana- “Pero que borde eres Sara, así cómo no vas a estar sola, hija mía…”Me volví a decir.
-Sí, es cierto, pero es mejor compartir aunque de vez en cuando acarree contrariedades- “¿Compartir? ¿Qué es eso?” Me pregunté extrañada del vocablo, como si nunca hubiera oído esa palabra.
De pronto, el tren dio un frenazo y paró en seco. La menta poleo y el café se abalanzaron encima del hombre; no pude reprimir la carcajada. El traje quedó hecho un cuadro. Y él en vez de enfadarse, se puso a reír conmigo. Vamos, me pasa a mí eso y lo primero que hago es propinarle una bofetada. En cambio él, ahí estaba tan feliz.
-Me malicio que hay una avería. Han abierto las puertas. ¿Te apetece qué bajemos a tomar el aire?-no contesté. Como una autómata seguí sus pasos.
Era una mañana espléndida. Un vientecillo suave acarició mi rostro.
Todo el mundo había bajado del tren y estaba admirando las magníficas vistas. La verdad que el tren, dentro de la faena de la avería, había tenido el acierto de estropearse en un paraje encantado. Desde lo alto se veían montes de encinas por un lado y, por otro, inmensos caminos de olivos. Si no fuera por las voces de la gente, hubiera pensado que había llegado al cielo. El silbido del vientecillo, los rayos de sol, el tintineo de alguna campana muy lejana y un silencio pacífico me vino a preñar de una paz insólita.
-Ven, dame la mano. Vamos a sentarnos debajo de ese árbol-me alargó la mano y no titubeé. Se la di como si se tratara de alguien que había estado siempre a mi lado.
Nos sentamos y estuvimos un largo rato sin decir nada. Callados, saboreando nuestras íntimas sensaciones, perdidos en la contemplación de aquella belleza.
-No soy creyente y, sin embargo, cuando disfruto de estos momentos y veo semejante belleza, pienso que ha de haber un ser superior que haya creado todo esto. ¿No crees?
-No sé-contesté cortada, asustada. Nunca me había parado a pensar en un dios creador. Parecía mentira, pero así era. Vivía entre religiosas desde siempre y nunca había pensado en Dios. ¿Dónde estaba yo o la parte de mí consciente cada vez que me habían llevado a la capilla a rezar? Aún más atroz fue cuando me di cuenta que tampoco nunca había rezado aunque tenía su lógica porque si para mí la palabra dios no existía, el rezar era algo absurdo.
-¿Has rezado alguna vez?- escuché mi voz pronunciar esa pregunta y me quedé perpleja.
-Sí, ahora mismo lo estoy haciendo- contestó con una entonación como si estuviera ausente.
-Has dicho que no eres creyente-insistí.
-Cierto, pero cuando veo, siento momentos así, algo dentro de mí se pone a dar gracias.
-¿Gracias a qué, a quién?-me tenía intrigada.
-No lo sé. Sinceramente no lo sé. Hace años que me lo pregunto. Esta paz que siento en momentos así, cuando observo de lo que me rodea es algo bueno, instintivamente doy las gracias. No me preguntes el porqué ni a quién.
-Yo no sé dar las gracias ni a nada ni a nadie- me sorprendí diciendo aquello, sincerándome por primera vez en la vida frente a una persona.
Allí estuvimos casi tres horas hasta que llegó otro tren a recogernos. Se me pasó el tiempo como si hubiera sido un suspiro y me dio pena que me arrancaran de aquel lugar mágico.
Nos subimos al nuevo tren, pero no nos sentamos, nos fuimos directamente a la cafetería a tomar una cerveza y seguir charlando. A mis treinta y seis años descubriendo el placer de la conversación, de la compañía ajena más allá del trabajo, no dejaba de asombrarme. Me estaba dejando llevar por primera vez en mi vida por el instinto de un placer desconocido y qué grato era aquella sensación…

En megafonía anunciaron que nos aproximábamos a Córdoba. Ambos, sin decir nada, enmudecimos y nuestras expresiones cambiaron y nos preparamos a coger nuestro equipaje. Él no me preguntó nada y cuando estuvimos en el andén me miró a los ojos extendiendo su mano y me dijo:
-Me alegro de que me mintieras-le sostuve la mirada. Instintivamente, supe que toda mi persona estaba sonriendo, que no llevaba antifaz y que me gustaba ir con el corazón desnudo. Era una sensación nueva, esplendorosa- Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy Jesús.
-Yo, Sara- ambos nos echamos a reír y nos pusimos a andar.

¿Qué me podía deparar el futuro? No lo sabía y no tenía ninguna gana de investigarlo ni psicoanalizar mis nuevas sensaciones. Esta vez me dejaría arrastrar por la vida y aceptaría de buen grado lo que me ofreciera; era hora de aprender a vivir con todas sus consecuencias, sin miedos, sin personajes ficticios. A sentir la realidad tal como llegara, a compartir mis miserias, alegrías, yo qué sé…
Tras de mí sentí como el tren reanudaba la marcha y sin darme cuenta, noté como mis labios decían “Gracias”

martes 21 de abril de 2009

ZAPATOS DE RAÍL

Me llamo Rosario.
De las cosas que más me gustan hacer es pensar, ahora me paso horas, tengo mucho tiempo, todo el tiempo del mundo... Mi imaginación vuela osada y perspicaz por los cirros y nimbos de mi vida. Se posa en añadas pasadas, picotea circunstancias, olfatea sensaciones que llenan de aire mi momento actual. Me siento libre, pájaro que sigue fiel a un tren y, en cada estación, abriga sus pies sobre el calor que despide el rail…

Nací en Palacios del Pan, un pueblo agraciado por la naturaleza y animado por la corriente del caudaloso Esla; las casas de piedra, pizarra y madera todavía dibujan un paisaje hermoso.
Casi puedo ver aquellas tardes en las que el sol acariciaba sus tejados y las lindes de las huertas, donde crecían zarzas y rosales silvestres y revoloteaban gorriones -el petirrojo-, el pardillo y otras aves, al ritmo sosegado del río.
Mi familia siempre se dedicó al cultivo del cereal. Molían el grano en aceñas y molinos para obtener harina con la que amasar el pan, pero mi madre, mujer muy suya, nunca abandonó sus queridas ovejas churras, de sabrosa carne y leche, que le dejó mi abuelo Tomás al morir. Era hija única como yo. Luego mi abuela Pura hacía quesos que vendía en el mercado… Yo gozaba ir con ella; me regalaban manzanas y trocillos de empanada.
Crecí sana, espontánea y sin maldad. Las chicas de pueblo, en aquel entonces, éramos bobaliconas, cualquier cosa nos hacía gozar.
Sabía mal-leer y escribir porque nunca me gustó la escuela y, en casa, nunca me obligaron a hacer gran cosa. Eran otros tiempos donde la mujer servía nada más para otras labores; y más, siendo de campo. Yo al no conocer nada, tampoco lo eché en falta. Era muy dispuesta y mañosa con todo lo que me pusieran delante, aunque demasiado cría, según mi padre. Anidaban –decía- demasiados pájaros en mi cabeza y que no permitían que yo fuera responsable, trotando todo el día por los campos, haciendo pifias sin mayor importancia y, mi madre, terminaba diciendo, para disculparme sin duda, que eran cosas de niña chica y mal consentida.
En el año en que cumplí los diecinueve, mi vida dio un giro. Transcurría un incipiente otoño, el primer fin de semana de octubre cuando celebrábamos la fiesta del Ofertorio, en honor a la Virgen del Rosario. Pensaba la manera de preparar con mi amiga Carmelilla la ofrenda en acción de gracias por la cosecha recogida con la que representaríamos a nuestras familias para ser subastada, después, entre los asistentes.
Estábamos sentadas en nuestro lugar favorito, a la altura del ferrocarril, un camino que discurre paralelo a su trazado. En sus lindes había zarzas, rosales y juncos que nacían en un pequeño regato. No nos poníamos de acuerdo en el tamaño de la ofrenda, cuando una voz nos asaltó:
-No será tan hermosa como usted –dijo.
Levanté la mirada y encontré al hombre más guapo, después de mi padre, que había visto en mi vida. Por su porte y ademanes, estaba claro que no era de por allí. Los ojos eran de un azul intenso, tanto que me sentí volar sobre ellos e hicieron que me sonrojara. Mis cuerdas bucales temblaron al decir “un gracias” apenas imperceptible. Después, él sonrió y desapareció.
Esa noche casi no pude pegar ojo y, a la mañana siguiente, una vez terminadas las tareas encomendadas por mi madre, me acerqué al regato con las ovejas. Me molesto infinito encontrar por allí revoloteando a Carmelilla que no atinó a responder a mi pregunta de qué hacía por allí tan temprano. Seguro que me engañó con el pretexto de que había ido a recoger las flores para el centro. Nada dije, pero estuve todo el día mohína con ella aunque la ofrenda, al final, nos quedó perfecta; ambas estábamos convencidas que sacaríamos mucho dinero por ella… como así fue.
Para el día de la fiesta, mi abuela Pura me hizo un vestido del color tibio de las flores y mi madre me colocó una cinta alrededor del cabello. Nunca me había fijado en mi físico, aquel día sí y, la verdad, no supe decirme quién estaba frente al espejo pues no me reconocí en la mujer que vi reflejada en el espejo.
Después de la santa misa, expusimos todo el pueblo nuestros trabajos; parecía que había más gente que otros años. El señor alcalde tomó la palabra para darnos las gracias y, además, agradecer la asistencia de unos representantes de los ferrocarriles españoles junto a personas que habían estado en la articulación del proyecto del viaducto de Martín Gil. Estaba tan excitada que era imposible sacarme del ensimismamiento general.

Recuerdo aquel día como la primera vez en que las palabras comenzaron a calar en mí de una forma especial. Si antes me gustaba escuchar, a partir de ese día, deseé probar el significado de las cosas. La verborrea de don Marcial, el alcalde, pronunciando términos como ingeniero, foto, tren, estación… vocablos que se convirtieron en mágicos. A partir de ese momento mi existencia no sólo giró entorno a la tierra que me vio nacer, a las queridas ovejas, el estiércol en las suelas de las zapatillas o al olor a rocío. Sin ser consciente, fui avanzando en el espacio de la sabiduría; lo que antes negué, después fue vital en mi vida. Hablo de libros, escribir largas cartas en las que la letra cobraba una dimensión imprescindible tanto en mi cabeza como en los sentimientos que comenzaron a emerger. No renegué, pero sí anhelé ser algo más que una simple campesina.
¿Por qué? Durante años me hice esa pregunta, hoy me río por la simple respuesta. La vida de las personas son ciclos. Una tenue y hasta imperceptible campanada avisa en tu interior de que esa nube o ese pájaro que se muestra ante tus ojos te ha llamado la atención para que comiences a investigar, a caminar por otros senderos. Hasta mí llegó un gorrión de ojos azules y canto primaveral que me anunció cómo sería mi vida a partir de aquel instante. Se llamaba Ramón. Ingeniero de caminos, canales y puertos, nacido en San Sebastián. De carácter afable, elegantes modos y con un verbo para mí desconocido, pero que no influyó para que me acomplejara del abismo que nos separaba Me salvó el aire limpio en el que crecí, por eso el significativo complejo que invade a muchas personas, en mí nunca caló.

La fiesta del ofertorio se convirtió en un hito en mi historia particular. Ramón no sólo pujó por nuestro centro de flores sino, además, me sacó a dar el primer baile como doncella y me abrió las puertas de mi exigua sabiduría. En sus brazos aprendí a retozar en el placer de hombre y mujer. En su voz, viajé en los trenes que hasta entonces había visto pasar. Masqué el olor a carbón de sus máquinas, palpé con mis manos los muros de hormigón que la sociedad de aquel entonces erguía para que nadie se los saltara, fui rechazada por los abismos culturales, pero el cúmulo de vivencias y sensaciones hoy son el resorte para que pueda seguir soñando.
Sé que en Ramón nunca hubo maldad por mucho que mi madre quisiera hacérmelo ver. Él vio en mi algo muy distinto a lo que estaba acostumbrado. Es verdad que no había refinamiento, pero mi persona se envolvía de una ingenuidad que para él fue adorable. Nuestros cimientos se basaron en la amistad, luego la distancia los acrecentó y, más tarde, la sociedad los demolió… Hoy en día, hubiera pasado igual, lo intuyo.
Estuvo por mi tierra el tiempo suficiente para que su agua mansa calara en mi corazón. Él me enseñó el leguaje secreto de los libros; yo le introduje en el placer de la pesca de lucios, carpas y barbos y, al caer la tarde, en los baños refrescantes del Esla. A sus orillas engendramos nuestro hijo, a su vereda nos despedimos, una vez concluido al Viaducto -cinco años después-, obra de ingeniería por donde pasa la línea de ferrocarril Zamora-Orense, pionera en el mundo, por sus dimensiones y características de su arco de cemento, para salvar los 316 metros que existían de orilla a orilla. Después su presencia se evaporó y yo me sumergí en interminables epístolas que me narraban su quehacer, añoranzas hasta… su boda con una chica de su clase y el nacimiento de sus dos hijos.
Por Ramón fui capaz de saborear el silencio, de acallar el llanto de un niño sin padre, de cegar el que “dirán” de mi pueblo. Asentí con orgullo al repudio de mis gentes -ellos no tenían lo que a mis pechos amantaban-, nunca pedí perdón en la iglesia, yo no tenía arrepentimiento ninguno. Don Salustiano, el párroco, me comprendió aunque sus palabras no fueran acompañadas de sus obras. Apostada en la esquina de la iglesia, cuando veía salir a la última beatona, me apresuraba a entrar y rezar a la Virgen por mi niño y Ramón… pues para mí no había nada más importante.
A lo largo de los años, las cartas siguieron llegando con la puntualidad de los trenes. En ellas compartimos añoranzas, las soledades y los éxitos de Ramón. Ya no vivía en San Sebastián sino en Madrid, una ciudad que, me contaba, era cosmopolita y su museo, El Prado, un vértigo de belleza para los sentidos. De ambos lugares me mandó libros que yo, entusiasmada, le enseñaba a nuestro hijo. Por mi parte le enviaba recetas para que la cocinera -su mujer no lo hacía, era una dama dedicada a obras benéficas- se las guisara: pollo de corral “al estilo Arrebalde”, sopas de ajo… Le narraba el lento transcurrir de las horas, el cambio de estación y cómo crecía el hijo de mi amiga Carmelilla: ¡mentira piadosa!, no deseaba pedir ni que se preocupara. Algún día, tal vez, le contaría que tenía otro hijo. En cierto modo, sabía paso a paso todo sobre Agustín, nombre que le puse al niño, igual que mi padre y que mi abuelo.

El día que cumplí cuarenta y dos años recibí el regalo más hermoso que yo hubiera podido soñar. A mis manos llegó una foto de la reproducción del centro floral que nos unió junto a un texto breve:
“Mi querida Rosario: no me olvido ni un solo momento de ti; ya ves el centro que te envío. Son flores naturales que adornan mi despacho. Cuando se marchita, me reponen uno igual.
No me extiendo más, hoy me noto muy cansado. No te lo conté, para no preocuparte, pero me estuvieron haciendo unas pruebas y han encontrado algo que no les gusta a los médicos y debo guardar reposo. Tranquila, me voy sintiendo mejor, por eso te lo cuento.
Quiero que sepas que las horas sin ti muerden, arañan mis entrañas huecas. El tiempo pasa lento, al unísono del tic tac y siempre igual, al mismo ritmo, despacio y vacío.
Hoy soñé con aquellos días de vino y fresas apostados en el esplendor de nuestro amor furtivo…
He codiciado en los vahos de mis deseos aquellas horas robadas.
Te he mirado, te he estudiado y, ahora, me pierdo en fantasías mientras germino lentamente en lo que siempre fui: tu sombra.
El viento azota, la lluvia arrecia, pero mis ojos no se inmutan; siguen clavados en el ayer, travesía sin retorno.
La luz me baña en su cálido y tierno grado haciéndome crecer raíces que se expanden hacia las tuyas; aún evocan los brazos que envolvían los cuerpos de estambre y pistilo… Todavía yacen tus yemas en mi piel.

Hoy desperté ebrio de añoranzas y el sabor dulce de tus fresas en mi boca.

Un beso muy grande de Ramón”

La siguiente misiva no fue de su puño y letra sino del de su secretario en la que me comunicaba que Ramón había fallecido el 23 de septiembre y que en un próximo envío me llegarían ciertas pertenencias que Ramón deseaba que yo las guardara. Al día siguiente llegó una caja que nunca abrí. Sabía que dentro estaba todo nuestro mundo de flores secas y espigas.
Caía la tarde de un incipiente otoño, el camino estaba pintado en ocre y una alfombra seca acompañaba a mis pies. Llegué sin pensar al viaducto, hacía horas que yo ya no estaba en mí sino en otro lugar con olor y sabor a hormigón. Me puse a caminar por los raíles del tren. Ellos se convirtieron en mis zapatos…
Aquel día en que quise montarme en un tren invisible llamado Ramón, al final no pude. Con apenas un roce, tronchó las articulaciones para siempre, pero no arrebató el alo de vida. Quizá él quiso que hoy llegara hasta aquí para contar mi sencilla verdad… quién sabe.
Esta cama es el zaguán de mi estación donde espero pausadamente que llegue mi tren. Mientras, me dedico a pensar… me paso horas… tengo mucho tiempo, todo el tiempo del mundo… Porque, mi propio tren está detenido en una vía muerta…

sábado 18 de abril de 2009

La editorial Planeta acaba de sacar el último libro de Marta Rivera de la Cruz, LA IMPORTANCIA DE LAS COSAS y ha convocado por Internet un concurso literario de microrrelatos acerca del libro. Los concursantes tienen que escribir un texto de 150 palabras sobre la novela.
Pues bien, Rosa María Arroyo me ha pedido que cuelgue en el blog su microrrelato para que pueda ser leído y evaluado. Así que ¡voilá!... Espero que os guste.


LA IMPORTANCIA DE LAS COSAS

Le fascinaban los nombres desconocidos que firmaban en la primera hoja como símbolo de posesión y, quizá, de amor y complicidad hacia el ejemplar adquirido, vaya usted a saber dónde, cómo y por qué. Sentía afición por los libros usados, no podía remediarlo, y siempre le intrigaba ese Carmen-Madrid 1930, Héctor 1947..., incluso aquel anónimo callado. ¿Qué les habría impulsado a su compra?, ¿cuántas veces lo leerían?, ¿les habría gustado?, ¿qué sentirían?... ¡Se preguntaba tantas cosas...!

Hasta que encontró un nombre con una fecha: Leandro Ormaechea Ruiz, Madrid 1910, y debajo, con letra cuidada: “La importancia de las cosas está aquí, ahora: en esta pluma con la que escribo; en esta novela recién adquirida, el olor a tinta de sus hojas, la historia que esconde su interior ...; lo demás, la última peseta en mi bolsillo, el sonido de las pisadas amadas por la casa..., son un regalo añadido”

Rosa M. Arroyo

domingo 12 de abril de 2009

EL ALQUIMISTA DE PASIONES

-¡Buenos días!, traigo este correo certificado para Don Sebastián Mairena.
-Soy yo. ¿Dónde he de firmar?... ¡Gracias!
He cogido el sobre y me he retirado al jardín. Me gusta observar las cosas con la lentitud que produce el silencio, exprimir el jugo que pueda encerrar cada escena para que la sensibilidad despierte. Cualquier detalle, por nimio que sea, puede ser muy valioso. Don Arturo me enseñó que la vida cotidiana guarda el suficiente engranaje para que el artista pueda plasmar la esencia de una belleza vaga que, a primera vista, no se ve si no se tiene la paciencia suficiente y la calma necesaria para pensarla y ver como emerge el capullo que podrá convertirse en una hermosa rosa.
El sobre es de un papel delicado, diría que caro. De un color extraído al blanco, pero sin llegar a su luminosidad. La letra es perfecta; pausada y uniforme; sólo una mujer puede dibujar esos trazos tan sensibles aunque seguros. Mi nerviosismo crece ante la expectativa de que una dama pueda rondar mi solitaria intimidad. Sin darme cuenta, he acercado el sobre a la nariz; he cerrado los ojos para concentrarme en su aroma. Huele a jazmín. La sorpresa aumenta porque me trae recuerdos, recuerdos muy hondos cuando, hace mucho tiempo, mi olfato que estaba acostumbrado a las nubes del trigo, heno y el polvo de la tierra, desembarcó un aroma nuevo, tan sutil como el canto de un mirlo. Sí, intuía, mirando a la naturaleza, que en la piel de un pétalo podía esconder un mundo de sensaciones para mí desconocidas, pero que no era aún el momento y…, aquel instante llegó…

Hace años fui invitado a una tertulia en casa de una aristócrata francesa en Granada; dama elegante y refinada. A la reunión acudí acompañando a mi entrañable profesor Don Arturo que me había prohijado para aprender el oficio de fotógrafo. Le conocí de la manera más absurda: el sombrero de Don Arturo voló calle abajo y fui detrás de él hasta atraparlo. Se sintió muy agradecido ya que, tiempo después, me relataría que había sido el último regalo de su esposa, Doña Rosario, fallecida hacía tres años, por lo que para él aquel sombrero de ala ancha tenía un significado muy profundo y, desde que ella había partido, no se despegaba del sombrero porque tenía la sensación de que su amada le acompañaba a todas partes; ahí comencé a descubrir el alma romántica de mi maestro, lo que él quiso imprimir en mi carácter para dotar a mis futuras obras del áurea que permanecería a través de los tiempos.
Yo no había nacido artista, sin embargo, desde la pubertad, sentí una querencia por las artes plásticas pero, al proceder de una familia humilde y sin posibles, me tuve que conformar con observar y trabajar en el campo hasta que, el golpe de fortuna al conocer a Don Arturo, cambió mi vida.-Sebastián, ya soy mayor y mis hijos no han heredado mi afición que se ha convertido en el pulmón de mi vida. Tu compañía me será grata y veremos si puedo hacer de ti algo más que un gusto por el arte.
De esa manera, recogí en un atillo mis escasas pertenencias y me trasladé con Don Arturo a Cabra de Santo Cristo, en Jaén. Por el camino, notaba la mirada de mi mentor puesta en mis gestos mientras trataba de digerir el paisaje de encinas, pinares y las bastas extensiones de olivares y almendros. A partir de aquel momento me convertí en su sombra, en el lazarillo de su extinguida juventud. Él decía que aprendía de mí la inconsciencia de la juventud, la inocencia que guarda la ignorancia, las ganas de beber la vida. Yo, de él, aprendí todo hasta sentirme el hombre más afortunado y el ser más insignificante de la faz de la tierra poseído de la belleza que yace en el universo.
Mis ojos, si siempre habían mirado curiosos, Don Arturo los convirtió en cirujanos de la realidad circundante. Me acostumbró a tallar los cincos sentidos, a diseccionar el sonido, el silencio, a leer en los labios de los siglos dormidos en La Alhambra. A segmentar los sabores en el paladar hasta sentir una eclosión de placer aunque fuera por una miga de pan recién orneado. A que las yemas de mis dedos bucearan en la piel de una amapola, en la arena de una playa. A sentarme un día entero ante el azahar hasta emborracharme de su perfume.
Los días se me hacían esqueléticos para lo que yo necesitaba. Leíamos juntos su correspondencia, analizábamos el contenido, seccionábamos las frases de gentes, igualmente eruditas que Don Arturo, versadas en otros campos de la belleza y el arte, como el pintor Sorolla o su amistad con Cecilio Pla. A veces, le pillaba observándome con un gesto entre divertido y asombrado para terminar con una de sus frases favoritas: “Qué mal repartido está el mundo; no perdamos tiempo”
Sí, recuerdo aquella reunión muy bien…
La velada a la que habían acudido otros invitados fue un éxito y, allí, se inició la trama de lo que posteriormente me deparó el futuro. Recuerdo como si estuviera sucediendo en este mismo instante, la cara de Madelaine, sobrina de la anfitriona, entrando en el salón. Nunca había visto a una mujer con aquella piel tan blanca, parecía nácar. Su pelo, entre cobre y rayos disueltos en reflejos dorados, era espeso, recogido en una cascada en la nuca y decorado con un gracioso lazo que le daba un toque ingenuo. Sus ojos…, eran del pálido azul de un cielo cuando despierta en la mañana. Pero, todo esto, fue la primera impresión. No estaba acostumbrado a ese tipo de belleza y, menos, con tanto refinamiento. En mi pueblo como en Cabra, las mujeres son de otra manera, que no digo exentas de belleza, pues ésta es robusta, fuerte como un trigal y de piel curtida. De senos henchidos y desafiantes y caderas preparadas para traer al mundo zagales, uno detrás de otro. Sin embargo, la cintura, las caderas de Madelain,e eran un suspiro.
La reunión constó de tres partes muy bien definidas y al gusto, como me dijo Don Arturo, muy francés. Después de la cena, los varones nos retiramos a un saloncito, anexo al comedor, y cuyos ventanales daban a un exuberante jardín. Al fondo, se podía ver perfectamente la silueta de La Alhambra. No había visto nunca una casa de ese estilo que en Granada se llaman cármenes: dee tapiales rebosantes de verdura que ocultan el rinconcito íntimo y hogareño y, éste en concreto, estaba ubicado en el Albaycín; me dije a mí mismo que algún día yo tendría un lugar así.
Me contó Don Arturo que Chateaubriand llamaba a los cármenes "verdaderos eremitorios de los placeres, asilo de la cansada vida"… Aquel lugar me fascinó, de tal manera, que rehusé tomar la copita de Brandy para pasearme por aquel espacio mágico. Esa noche, el cielo estaba despejado y semejaba a una enorme cúpula de diminutas lucecillas. Tan ensimismado estaba, que no oí las voces que reclamaban mi presencia en el interior; hubo de venir el mayordomo a por mí.
Si fuera, en aquel jardín, tuve la sensación de estar flotando en un universo reservado sólo para unos pocos, lo que me esperaba en el saloncito fue algo que, aún, no atino con las palabras acordes para definirlo.
Dentro, sólo habían quedado tres personas: el afamado pintor granadino, José María López Mezquita, el Señor Rodríguez y mi mentor, que estaba preparando la cámara fotográfica.
-Disculpe, Maestro, por mi descortesía… ¿desea que le ayude?
-Sebastián, por favor, coloca ese haz de luz detrás de la cheese longue- me quedé tan parado ante la palabra que desconocía su significado, que Don Arturo lo captó rápidamente, y, para que los presentes no se dieran cuenta de mi ignorancia, y no herir mis pobres conocimientos, hizo un gesto indicándome lo que era la cheese longue.
Mientras colocaba la luz, me di cuenta del colorido de la estancia. Las paredes estaban tapizadas en tela un verde de hoja madura, lo que hacía que el color de la cheese longue resaltara, convirtiéndola, al ojo espectador, como si fuera la pieza central del saloncito. Su rojo era atrevido, pendenciero, incluso…, pensé en la sangre derramada de Madelaine. Frente a mí, estaban apoyados en un biombo de seda adamascada con pajarillos exóticos, Don José Mª y el Señor Rodríguez, observado muy concentrados todos los preparativos.Yo me movía al unísono de las órdenes de Don Arturo sin darme tiempo a preguntar realmente qué se iba a hacer, cuál iba a ser la siguiente escena. Cuando terminamos, pude ver el rostro de mi maestro que esperaba deseoso el siguiente paso; mis gestos se quedaron mudos cuando la puerta se abrió.Apareció Madelaine con la cabeza alta y una sonrisa triunfal, pero al ver nuestros ojos desgajando sus gestos, la piel de su cara se torno del color de la manzana reineta camuesa, pequeña y roja.
Se había cambiado de indumentaria y, ahora, aparecía con una especie de bata suelta del color de su piel. Estaba tan impresionado que mis sentidos permanecían paralizados; sólo el galopar de mi corazón se escuchó en aquellos breves momentos iniciales. Segundos después, la vi moverse, no sólo con gracia y desparpajo, sino como que si estuviera acostumbrada a esa escena.
Se sentó en la cheese longue y dijo:
-Cuando, usted, desee, Don Arturo.
Mi maestro con un leve gesto de complacencia, movió la cabeza y se dispuso a maniobrar la máquina fotográfica. Madeleine fue lentamente con sus dedos diminutos soltando cada broche de la bata; intuyo que tanto el Señor Rodríguez como Don José Mª no respiraban. Yo comencé a sudar; notaba las gotas resbalar tan lentas como la prisa de mi cuerpo en descargar emociones.
Madeleine, en un gesto gracioso, levantó la cara y nos sonrió con dulzura y naturalidad a todos; después, echó para atrás la bata hasta quedar todo su torso desnudo a la luz del foco, a la electricidad de mis ojos desorbitados.
Su piel nacarina era como un regalo al rojo explosivo y que, sin embargo, Madeleine, con su sola presencia, había anulado el resplandor de aquel terciopelo grana.
No sé decir cuál me gustaba más, si sus brazos redondeados, más carnosos de lo que parecían vestidos o, sus senos directos y bien plantados. No cabían, seguro, en la palma de mi mano; eran más grandes, pero ni mucho menos sugerían que fueran soeces por su tamaño. Aquellos pechos me sugirieron dos primaveras en un día soleado de invierno, que agradeces esos rayos sobre tu cuerpo encogido por el aire gélido. Su figura me irradiaba un goce a la vida, amar la esplendidez fecunda de aquel cuerpo de formas redondeadas y cintura de medio suspiro. Hasta mí llegó el aroma de su piel que no supe qué olor era, pero la sensación que me provocó, fue la de un crepúsculo único en mi, hasta ahora, pobre existencia.Desee recorrer los caminos de aquella mujer llamada Madeleine; estaba dispuesto a dejar todo y correr tras ella. No tocar ni un centímetro de su piel, sólo disfrutar de aquella áurea que despedía.
Aquella noche no pude dormir y comencé a pasear pasillo arriba, pasillo abajo, hasta que desperté a Don Arturo y le hice cómplice de mis pensamientos, no reaccionó como otras veces ante mis salidas de tono. Entonces era indulgente, pero paciente y, cuando se me aplacaba el ánimo, me hacia ver que no era el comportamiento adecuado, que una vez metido en la materia, debía ser capaz de salirme de ella, de cortar el cordón umbilical que me unía a ella y ser el ojo objetivo que comprendiera un total para plasmar la poesía que pudiera encerrar lo que me había conmovido.
No, en esta ocasión, su gesto fue adusto, como si su pensamiento estuviera malhumorado por mis palabras.
-Sebastián, es el momento de que vueles solo, que te encuentres únicamente con tu pensamiento, que te aísles cuan anacoreta y, luego, regreses y seas capaz de plasmar la belleza.
Así, con estas palabras nos despedimos; a la mañana siguiente, cuando me desperté, él ya había partido para Cabra. La dueña de la pensión me entregó el material fotográfico de Don Arturo, un sobre con dinero y una nota escueta que versaba lo siguiente: “Vete a la oscuridad para descubrir la luz”
Y, así, partí rumbo a la costa pensando siempre, siempre en Madeleine.
Pasaron varios meses en que no toqué la máquina; comía muy poco para dar de sí el dinero. La dueña de la casa donde me alojé, se empeñaba en que iba a caer enfermo, me miraba con tristeza, trataba de arrancarme las palabras, pero yo apenas le esbozaba una leve sonrisa. Paseaba horas por la playa; arrastraba mis pies por la arena hasta sentir que las plantas reaccionaban. Mi aroma se convirtió en salitre, mi piel en el tueste de un sol cariñoso que me arropaba y la ola fue mi refugio.
Un buen día desperté y, al fin, vi algo, mi ceguera estaba llegando a su fin. Había logrado despejar de mis telarañas nocturnas los senos de Madeleine y, ahora, estaba contemplando estupefacto el delantal de Dola Lavinia, la posadera. Según me estaba sirviendo el café, la vi, vi el resplandor, la pulcritud y humildad en su quehacer y fui corriendo a por la máquina; ella posó de todas las maneras que mi sensibilidad fue capaz. Paciente, campechana, estuvo con la complacencia esteoritipada en su rostro y mi ojo fue capaz de captarlo.
Mi creatividad se acercó a los pescadores, a sus redes, a sus rostros quemados por el sol. A esa mujeres, millones de mujeres que habían pasado ante mis ojos y que sólo mi cuerpo de hombre había reaccionado. Ahora no, veía seres maravillosos, sencillos y frescos que me inspiraban un todo para aunarlo y plasmarlo en la belleza de una época. Esas mujeres quedarían atrapadas en mi cámara y, a través de los tiempos, surcar sobre la sensibilidad de quien las mirara.El dinero se me acababa, no podía comprar más material y, para colmo, tenía miedo a salir de mi retiro. Miedo a que cuando volviera, las musas se hubieran evaporado en un verano y el otoño sólo me regalara ocres muertos en mi naciente imaginación.
Doña Lavinia me animó a que me acercara a Cádiz a vender mi obra y volví con el ánimo ausente y mi trabajo guardado en las carpetas; no había tenido éxito.
A la posadera no le sobraba el dinero y, aunque su afecto por mí era sincero, no podía mantenerme. Me comí el amor propio y escribí a Don Arturo mandándole lo mejor de mi creación; esperé inútilmente. No recibí contestación alguna.De pronto, me entró el temor que a don Arturo le hubiera pasado algo y nadie me hubiera notificado su óbito; fue la primera vez en mi vida que pensé en la muerte y en el miedo a perder un ser querido. Hasta ese momento, siempre había tenido la sensación de la eternidad en los seres que me habían rodeado, en la seguridad que me daba pensar que ellos estaban ahí y con su presencia, aunque fuera en la distancia, era inagotable, inmune a la muerte; me sentía protegido con esa sensación. Sin embargo, la palabra muerte comenzó a rondar, cada vez con más fuerza, en mis pensamientos y, una mañana de invierno, salí zumbando para Cabra de Santo Cristo.
En el camino paré a ver a mis padres, qué viejecillos les encontré. Me impresionó el respeto, el cariño con que me recibieron a pesar de mi despego hacia ellos. Ahí redescubrí mis raíces y, mi amor se desdobló en orgullo y agradecimiento. Antes de partir, quemé mis últimos cartuchos: hice una serie de fotografías que sentí muy intimas y especiales; el tiempo me dijo que sí. Fue la última vez que vi a mis padres. Una epidemia de gripe se los llevó.
Según me iba aproximando a Cabra, noté la ausencia del vergel, tupido por nacientes jaramagos, lirios y otras florerillas primaverales a las que estaba acostumbrado en Cabra; no me daba cuenta que era ya casi pleno invierno.Me dejaron a la entrada del pueblo; deseaba caminar, respirar ese aire de olivar dormido, otear en la lontananza a sierra Mágina. Y allí encontré entre sus callejuelas, refugiada la figura encorvada de mi maestro. Caminaba despacio, presentí sus pensamientos midiendo ese invierno en su cuerpo de anciano. Sentí, entonces, por él, una ternura indescriptible, una sensación hermosa que en silencio, con la no contestación a mi misiva, había clamado a mi corazón que volviera a Cabra y bebiera de sus últimos amaneceres.
Me aproxime a él despacio, mucho, y cuando estuve a su altura, seguimos caminando como si nunca nos hubiéramos separado. Cuando entré en la casa, mi habitación estaba tal como la dejé y en la mesa esperándome un sabroso cabrito con ajos. Me lo comí todo. Limpié el plato como si hiciera años que no comía y, así, reanudamos nuestra vida en común, nuestro último trayecto juntos.
Tres meses después de mi llegada, recibimos la visita de Madelaine que regresaba de París a Granada. Mis sentimientos habían cambiado. La miré con gratitud, con aplomo de quien mira a una estatua bellísima, valora sus formas, pero no hay atisbo de placer carnal.Comió con nosotros y Don Arturo le pidió antes de partir si sería tan amable de posar para que su alumno captara todo su resplandor. Seguía siendo muy hermosa, ahora con una madurez en su rostro que hacía de ella casi un ser irreal. También, ahora, supe que su aroma era el de los jazmines tiernos.
Don Arturo se empeñó en que tratara de reproducir la misma escena que años atrás en Granada.
Cuando la revelamos, simplemente me dijo:
-Hijo, ya has encontrado la luz.
- Maestro tiene una forma de decir que sólo lo sabe decir el sabio, el que está lejos de lisonjas y apura su humildad- oí mi voz como un eco mientras grababa en mi memoria el rostro de aquel hombre tan grande.
Estuve con él hasta que un 15 de febrero, cuando el sol estaba nublado por la nube ceniza, voló a otros cielos y allí estará sin duda retratando a los alevines de Dios.
La lluvia de recuerdos que han venido hasta mí mientras mantenía el sobre en mis manos, me ha hecho bien. Cada vez que reaparece en mi memoria Don Arturo, es como si una serie de fogonazos misteriosos avivaran mis sentidos para sacar de dentro de mí el artista que él creó.
Abro el sobre y aparece una nota que dice: “Vuelvo a Granada el 13 de mayo, al despuntar el jazmín; él nos inundará con su aroma los atardeceres del verano. Siempre tuya, Madeleine”Junto a la nota, las dos fotos que se hicieron de aquella escena costumbrista, el desnudo que me abrió las puertas del edén de un alquimista de pasiones.
Un poeta árabe escribió:
“El cenador de jazmín es un cielo; sobre él hay pequeños escudos blancos plateados y pequeñas lanzas... Son estrellas de plata que descubren un cielo de crisolita"Don Arturo me dio todo y el tiempo me devolvió a Madeleine envuelta en jazmín.

jueves 9 de abril de 2009

CARTA A CONCIENCIA

Buenos días Conciencia…
Hija, siento tenerte tan abandonada, pero ya sabes que soy la reina del caos y nunca encuentro un momento para dedicarme a uno de mis mayores placeres que bien sabes que es escribirte y contarte mis cuitas.
Esta mañana cuando amanecí y vi el regalo que me había dejado la naturaleza, me dije “Obra, de hoy no pasa en que escribas a Conciencia”… Y aquí estoy mientras cae esta tarde de primavera tan hermosa y escucho a Madeleine Peyroux con su Summer wind.
Bueno, voy al grano. Te preguntarás de qué regalo te hablaba antes, pero para decírtelo y que lo valores en su justa medida, Conciencia, he de contarte los prolegómenos…
Creo recordar que fue hace tres años, tal vez cuatro, no sé, cuando en una fiesta me regalaron una orquídea: dos enormes hojas y una vara larga de donde se descolgaban tres bellísimas y diminutas orquídeas. Sus flores me duraron dos meses. Después, languideció, y sus hojas perdieron la prestancia y el brillo inicial. Allí permaneció la orquídea arrinconada, a veces pasaban semanas sin darle agua, se me olvidaba, ya sabes lo desastre que soy, Conciencia, aunque cuando pasaba por su lado me resistía a tirarla. Me decía “Tiene vida, no la tires”.
El año pasado, como sabes, me fui cuatro meses de casa por una obra que hicimos y allí quedó la orquídea a merced de la tempestad de polvo, escombros y sequedad. Cuando volví, allí seguía arrinconada, fea, desaliñada, así que decidí tirarla de una vez a la basura; y lo hice.
Pero cuando subí de nuevo a casa y pasé por su rincón, un remordimiento se apoderó de mí. ¿Cómo podía tirar un ser vivo a la basura porque mi casa estuviera preciosa y la planta fuera una birria?” Sí, eran absurdos mis remordimientos, pero ahí estaban a calentarme la cabeza. Según me hacía la pregunta, me di cuenta que estaba bajando las escaleras, pero había llegado tarde: la bolsa de basura ya no estaba. Salí a la calle en busca de los contenedores; los abrí, ¡qué tufo!
Después de un buen rato y, habiendo registrado dos contenedores, decidí cerrar el caso de la orquídea fea y meterme en la ducha; el pestazo me estaba asfixiando; esa noche soñé con la planta.
A la mañana siguiente -era domingo- desayunando en la terraza, vi en la calle, unas bolsas de basura tiradas en medio de la calle; en ese momento pasó un coche y las bolsas se rompieron extendiéndose toda la porquería en el asfalto. Cuál fue mi sorpresa al descubrir algo parecido a una planta machacada en medio de la calle. Bajé rápidamente y sí, efectivamente, allí estaba mi orquídea moribunda. Cogí los restos como pude y me subí a casa. Después busqué un recipiente, la recompuse como pude y la volví a colocar en su rincón; estaba hecha un cromo la pobre.
A partir de aquel día, cada vez que pasaba por allí miraba a la planta decrépita, incluso echaba agua en su tierra y alguna vez que otra hasta llegué a darle vitaminas.
… Y pasó el tiempo y la planta con unos mínimos cuidados no murió si no, además, hoy me ha obsequiado con dos maravillosas flores de orquídea.
¿Qué, qué te parece Conciencia el regalo? Estoy dando saltos de alegría y me decía “Esta misma tarde, Obra, escribes a Conciencia y se lo cuentas”
Claro que, me he sentado a contemplarla un buen rato y sin querer mi pensamiento se ha puesto a divagar en las múltiples variantes que tiene el hombre para sesgar la vida a cualquier forma, aspecto, estructura, imagen, apariencia perfil… que contenga precisamente VIDA… ¿Te has dado cuenta, Conciencia, que en el fondo el hombre, es un homicida?... Este pensamiento me ha dejado un poco del revés. Pero, en fin, te voy a dejar; he de preparar la cena.

Un abrazo muy grande, tranquila, volveré a escribirte pronto
Obra (…son amores que no buenas razones)

viernes 3 de abril de 2009

LA COLECIONISTA DE BOLSOS

Seis y cuarto de la mañana…
Voy a comenzar un diario. No sé si tendré voluntad. No soy constante para nada… Menos para los bolsos. Lo llevaré metido en él y cada cosa que se me ocurra, lo anotaré. ¿Para qué? ¡Qué más da!, como si yo fuera una mujer lógica.
¡Qué noche he pasado!, me he despertado angustiada, sudando; la menopausia va a terminar conmigo.
Tengo ansiedad, como que necesitara algo; en el estómago hay un agujero. Me he ido a la cocina y me he hecho un par de huevos fritos con patatas y chorizo; un desayuno a la americana que me ha sentado fatal en cuerpo y mente. He consumido grasas sin haber amanecido y mi organismo ahora no quema calorías ni haciendo el acto sexual siete veces seguidas. Bueno, eso si tuviera con quién. El mercado de hombres está fatal. La mercancía acorde a mi edad está pasada de rosca y la que no es de mi edad es un infanticidio; claro un hombre jamás pensará eso cuando se pone a salir con una muchacha veinte años más joven que él. Al contrario, sus hormonas rejuvenecen, sus espermatozoides procrean. ¿Y los nuestros? Un asco, además de sentirnos viejas pellejas por manchar y abusar de un joven con las locuras de una mujer madura… Me acabo de sentirme fatal con estas reflexiones; no sé para que pienso, siempre termino fatal.
Si pesco a un hombre hablando de las mujeres como si fueran mercancía, hubiera puesto el grito en el cielo. Y es que en el fondo somos iguales. Pero a ellos estas cosas que nos pasan a nosotras o no les pasan o no se les nota. Ellos salen a ligar y ligan aunque sea con un adefesio, el objetivo está cumplido. ¿Pero nosotras? No nos vale cualquiera y menos a una edad. Parecemos lobas en celo. Que sí, que no es tirar piedras contra nuestro tejado, es la verdad.
Y si a eso sumamos que nosotras buscamos compromisos, amor…, apaga y vámonos.
Mi madre dice que acarree con las consecuencias “¿No querías igualdad? Pues ahora atente a las consecuencias” Claro que quería igualdad, ya bastante había visto con mi madre toda la vida frustrada con niños, casa y un marido apestoso. Ella quería ser peluquera, pero él dijo “Natalia, tú saca la casa adelante, yo sostengo a la familia” Mi madre se lo creyó a pies juntillas y ahí está, con sesenta y tres años hablando todo el día si ella hubiera sido peluquera. En cambio yo…, yo nada de nada tampoco. Me siento hueca. Las de mi generación han estado a caballo entre querer y no poder y libres como el viento; somos un puñado de frígidas mentales. No hemos entendido correctamente el mensaje que nos lanzaba la sociedad, o hemos salido corriendo en busca de una libertad que no hemos sabido interpretar con los moldes de un pasado; vamos como hacer magdalenas con las técnicas de la “Nouveau cousine” con los elementos de ayer; un churro. Tal vez si yo hubiera tenido hijas, ellas ya tendrían ahora la cabeza como dios manda, bien amueblada, pero yo no.
Yo me he convertido en una solterona con manías de solterona y con los tic de la edad que no perdona. Y lo que es peor: renegando de los años y tratando de hacer lo que hacen mis sobrinos con dieciocho años; total, un esperpento.
No lo asumo, no digiero los vahos que se me aproximan y, ¿qué hago? Comprarme bolsos… Hay qué dolor de cabeza me he puesto.

Ocho treinta y cinco de la mañana…
He abierto el armario y he llegado a la conclusión de que soy una coleccionista de bolsos, o detrás de ellos se esconde una fijación, enfermedad, un cuadro patológico. Una manía sería el diagnóstico más benigno y el que me consolaría más, pero hoy me he levantado con ganas de psicoanalizarme, de ser valiente y mirarme al espejo de frente, sin tapujos. La honestidad no la puedo aplicar hacia los demás si no la he consumido previamente conmigo misma.
Podría montar un comercio ahora mismo con semejante cargamento que tengo: todos los colores, nacionalidades, tamaños, tendencias, buenos, malos, y de imitación; absolutamente todos.
¿Cuándo empecé? ¿Y por qué? Creo que con el primer novio que tuve y que, por cierto, era mi jefe. Me dejé engatusar, me gustaba, era buenísimo en la cama, yo más infeliz que una colección de cromos y para colmo ambiciosa: quería ascender. Me creí todo lo que me dijo, hasta aquel bolso que me regaló diciéndome que era auténtico y que ni a su mujer la regalaba uno así; el tiempo me hizo descubrir que no sólo era falso, el bolso digo, sino que además su mujer tenía otro igual y era el de verdad. Aquella experiencia me toco hondo tanto que comencé a gastarme los ahorros en pieza legítimas.
Años después salí con un pusilánime, pero buen hombre. Como veía que cada día iba con un bolso y él era viajante, siempre que venía de viaje, me traía un souvenir: un bolso. Los de Europa del este son los más feos.
Luego tuve una época en que el estrés laboral fue tan fuerte que me desquitaba comprando bolsos. Tuve amantes esporádicos poco detallistas; no me regalaban nada, pero como yo ya estaba en una etapa de mi vida de total independencia hormonal y psicológica, me compraba todos los bolsos que pillaba a mano; fue la etapa de los tamaños. Todos eran enanos, como mi cerebro.
Y hace un año entré en la época vanguardista: grandes, casi como maletas colgadas al hombro, de hechuras disparatadas que no pegan ni con cola con mi vida. Voy de casa al trabajo y del trabajo a casa. Me enfundo en el pijama, un buen libro o una película de amores imposibles para dar rienda a mis frustraciones.
Me aburre salir. Siempre los mismos solteros, las mismas chorradas, los mismos caretos de angustia que el mío.

Siete menos cinco de la tarde…
Me he quedado dormida abrazada a un bolso. Me cogí tal llantina, que tengo los ojos de una rana.
Este bolso me lo regaló Rubén, el gran amor de mi vida. Fue una relación breve aunque intensa. Un día se esfumó de mi vida sin darme explicaciones; me quedé deshecha y embarazada. Estuve durante semanas noqueada, hipnotizada hasta que decidí borrar todo rastro de Rubén.
No tiré el bolso, lo guardé en el fondo del armario; dentro metí un babero que había comprado para nuestro hijo… Ahora tendría dieciséis años.

Once de la noche…
¡Decidido!, mañana mismo saco de mi vida todos estos bolsos; los he estado contemplando, incluso he abierto uno por uno y he encontrado rastros, pruebas de lo que he sido y soy. Son demasiado peso a mis espaldas. Más vale tarde que nunca.

Dos años después…
Podía haber tirado este diario, pero me alegro de no haberlo hecho aunque no haya vuelto a escribir nada desde el primer día que lo hice.
Pero hoy es un buen día para reanudarlo; cumplo cincuenta años y sigo soltera como antes aunque soy otra.
Todo comenzó aquella noche de marras cuando tiré los bolsos… Menos dos: el de mi jefe y el de Rubén.
Ellos dos me recordarían en lo que me había convertido y el otro en lo que quería de verdad ser. Por supuesto no utilizo ninguno, pero cuando me pierdo, voy en su busca. Enseguida ellos me disipan mis dudas, la brumas del ayer.
Ahora sólo tengo un bolso donde cabe de todo: el móvil, sonrisas, peine, lágrimas, monedero, esperanzas, pañuelos, proyectos, perfume, fracasos, sueños, bolígrafo y agenda, consuelo… Todo para mí y los demás. He comprobado que cada vez que abro el bolso, la vida me llena los pulmones de aire fresco.

viernes 20 de marzo de 2009

EXPIACIÓN

Mi querida Expiación…
Te escribo para que no pienses que me olvidé de ti y tu reclamo de una justificación. Más bien sería un explicación, sabes que no me gusta justificarme, "A lo hecho, pecho", soy como una gaviota errante posándome allá donde se despierte mi querer. Y aquella tarde deseé subir a su casa y lo hice. No sabía lo que me iba a deparar el destino, pero me sentía atraída, turbada, por su invitación. Adolfo vivía en un primer piso. Subí los peldaños despacio, sintiendo aquella madera gastada bajo mis pies sin alas. Al llegar a la puerta, estuve unos instantes parada, escuchando las voces que emanaban de aquella puerta vieja y descolorida. Desde un principio sabía que una de aquellas voces era de Penélope; sin duda se me había adelantado. Conociéndola, no me extrañó. Ella y su puntualidad milimétrica, ella y su prudencia exacta…
Llamé y enseguida sentí pasos que se acercaban. La puerta chirrió al abrir y, frente a mí, Adolfo. Apenas le veía con claridad, Un velo blanquecino envolvía la atmósfera, lo cual, no me extrañó porque para Adolfo el orden y la limpieza no estaban dentro de su escala de urgencias. Además, él siempre decía que el desorden inspiraba a su poesía.
Entré tímida, insegura, pero al instante de estrecharme Adolfo entre sus brazos, sentí que estaba en casa. Olía a jabón y canela. Entre risas me dijo que estaba terminando de preparar todo, y sin más preámbulos me arrastró de la mano a la cocina.
¡Qué desastre de lugar!, nada había en su sitio y la grasa corría por los azulejos en busca del riachuelo de una suciedad infinita. Y sin embargo, en medio de aquel caos, me sentía bien. Penélope estaba enzarzada en la salsa de los calamares. El vaho que salía de la cazuela, lo atrapaba en sus manos y decía "Huele, huele" y yo acerqué la nariz embrujándome la tinta del calamar… Penélope era perfecta hasta delante de un cazo cochambroso.
Adolfo me indicó que me quitara el abrigo y que fuera a sentarme al cuarto de estar y así lo hice. No tenía pérdida, una luz plata me guió.
… Me encontré con la habitación más hermosa que nunca me hubiera imaginado. Seguía siendo un caos aquella estancia, pero encumbrada de un ángel especial. La luz plata venía de un pequeño balconcillo por donde entraban los últimos rayos de sol de aquella tarde de principios de primavera; lo abrí y me rocié de una polución muy grata. El olor a carbón de las máquinas llegaba justo hasta aquella microscópica terraza y se oía perfectamente el anuncio de la llegada de los trenes. Mi vista se posó en tres almendros en flor que caían justo frente a donde yo estaba. Eran pequeños, rechonchos y coquetos. Imaginé a Adolfo observarlos en sus horas de soledad… ¿Cuántos versos habrían salido de aquella imagen?
Una paloma vino a sacarme de mi ensoñación, la verdad es que era perfecta para aquel cuadro. En ese momento llegó Penélope junto a mí. No dijo nada, ella respetando siempre las parcelas íntimas del prójimo. Así estuvimos las dos sin decirnos nada, pero sintiendo, seguro, lo mismo.
La voz de Adolfo nos anunció que estaba ya todo. Nos volvimos las dos al unísono y es cuando contemplamos la habitación en su pleno esplendor.
Las volutas de polvo bailaban al son de los rayos menudos que se colaban por el balcón. Una pila de cajas en un rincón adormecían los sueños de cualquier avispado lector que se hubiera hecho con ellas. En la pared colgaba un cuadro torcido cuyo paisaje era un remanso de paz.
Adolfo colocó las tres únicas sillas que había; viejas, descoloridas, pero guardando la dignidad de aquello que fue bello en su época dorada.
Mis ojos se toparon con una librería repleta de libros bailando un desorden inusual entre ceniceros llenos de colillas. Pero, insisto, lejos de afear, expandía mi conocimiento hacia los entresijos de mi amado Adolfo. Siempre me he imaginado que un poeta debería vivir en su propia estercolara para que sus versos semejaran a flores de azahar, pavanas sin música ni tiempo…
Y allí estaban los manjares, mezclando aromas, sentimientos de placer. Si los calamares en su tinta estaban buenos, las torrijas eran como adornar tu boca con un beso y jugar con él al escondite hasta desaparecer por el tragaluz de tu garganta.
En esto estábamos cuando mi vista reparó en un esquinazo de la estancia. Allí estaba ella, blanca, mortecina, esquelética, sentada con la mirada perdida y lágrimas secas en su rostro… vestidita de novia cuyo tul ilusión era la rancia telaraña que fue creciendo en su espera. Nunca había sentido tanta pena, tanta lastima por nadie como en aquel instante fugaz.
Digo lo de fugaz porque el hechizo se evaporó, los calamares y las torrijas vinieron a mi boca con el sabor amargo de la realidad… Y me volví hacia Adolfo, mirándole como si no le conociera, condensando todo mi estupor en mis ojos ensangrentados de odio, y me tiré hacia él con toda la rabia. La mala fortuna es que le pilló desprevenido, cayéndose hacia atrás justo en el momento que Penélope pasaba. Ambos cayeron al suelo y la luz plata fue bañada por hilitos de sangre.
Era una escena bellísima, Expiación, sacada de cualquier cuadro de Bacon, el pintor que tanto le gustaba a Adolfo…
¿Qué hice? Nada, bueno, sí. Me senté en el suelo junto a ellos mientras el polvo se tragaba mis sensaciones.
Cuando la policía llegó, me encontró comiéndome los calamares y las torrijas, ¡estaban tan buenos!…
Me tomaron declaración y aquí estoy, entre rejas, soñando con Penélope y Adolfo, y pensando que es una lástima que se murieran, cocinaban muy bien.
Debajo de la cama guardo el maniquí vestido de novia y unos cuantos poemas de Adolfo.
Expiación, ésta es la única verdad de lo que pasó aquella tarde, te lo juro. Como verás estoy pagando cara mi locura.

Hasta que cumpla condena, siempre tuya… Lola
P.D. Foto cedida por Rafael Ruiz.

sábado 7 de marzo de 2009

CUESTIÓN DE PELOTAS

Andrés caminaba trémulo. Dos veces le tuvieron que pitar los coches pues cruzó con el semáforo en rojo y ni siquiera había tomado conciencia de que nevaba con profusión; simplemente iba ensimismado en sus propias reflexiones.

Hoy había sido un día imprevisible. Amaneció como cualquier otro en los últimos tiempos, días en que cuesta amanecer, tragar la realidad aunque no guste y pese demasiado, pero Andrés era un tipo animoso, corriente, sencillo, sin grandes complicaciones y con una cabeza práctica hecha a base de esfuerzo y no pretender más allá de lo que su condición de hombre de clase humilde pudiera darle. A su modo Andrés era feliz, sacaba de la vida el jugo necesario para que su existencia fuera amble; sí, muchas veces, en etapas duras, pensaba de sí mismo que era un superviviente del mundo que le había tocado vivir, de una sociedad cruel, pero ahí estaba Andrés, tipo que a la par que trabajó desde que sus manos tuvieron edad para hacerlo y que fue estudiando módulos para ensanchar su mundo y no dejarse clavado en un erial como les pasó a sus padres. Estaba satisfecho hasta donde había llegado “Y sin ayuda de nadie” se repetía muchas veces.

Amigo de sus amigos, corrió desde chico por las calles del barrio tras una pelota, su gran pasión el fútbol, con sus zapatos siempre heredados, siempre viejos, pero él fue feliz. En esas mismas calles también olvidadas por los alcaldes sin alcantarillado ni asfalto conoció a Carmen… La primera vez que la vio sentada en la puerta de su casa cosiendo junto a su madre pensó que era un ángel de trigales espesos sobre su cabeza; fue un flechazo. Estuvo detrás de ella años hasta que se dignó a mirar de frente a Andrés; el mayor logro de Andrés, pensaba siempre al recordar aquel tiempo. No hubo boda, no hubo viaje ni regalos. Eran tiempos duros, pero ellos vivieron en su nube, no necesitaron más que su amor y ganas de salir “palante”

Andrés en la actualidad tenía cuarenta y tres años y llevaba trabajando en la misma empresa dieciocho años. Era una pequeña empresa de repuestos de neumáticos. Un negocio de barrio muy boyante hasta hace unos meses en que comenzó a planear la crisis por todo el país.
Al dueño le consideraba su padre, su mentor y al negocio lo sentía un poco suyo. Allí había hecho de todo: limpiar, vender, contabilidad, cambiar ruedas, ir tras los morosos…; no había secretos en esa pequeña empresa familiar para él y se consideraba un excelente profesional e insustituible. No es que lo dijera Andrés, él no era capaz de tirarse ningún pisto sobre su persona, sino Don Marcial, el dueño.

… Hasta esta mañana de un crudo invierno que no llegaba a su fin. Llegó como todos los días, bueno no. Últimamente barruntaba hacia sus adentros que el negocio iba a dar un petardazo. Ni ayudas, ni clientes y Don marcial cada vez que entraba algo de dinero en la caja, lo cogía y se largaba. Había ido despidiendo a empleados hasta quedarse sólo Andrés al frente de todo. Don Marcial había ido cambiando de carácter según transcurrían los meses. En vez de echar pecho, se había ido acobardando hasta que su actitud fue un huir hacia atrás… Así se lo contaba Andrés a Carmen cada noche a su regreso. Los tres últimos meses apenas había cobrado Andrés su salario; tiraba de sus ahorros.

Y hoy, esta mañana cuando llegó y vio la tienda y el garaje cerrado a cal y canto, el corazón de Andrés dio un respingo; algo no marchaba bien. Según metía las llaves en la cerradura comenzó a temblar. ¿Cómo pueden ver los ojos más allá de lo que la vista no puede ver? ¿Cómo la cabeza puede adivinar antes de que suceda algo de lo que va a pasar?...
Andrés entró y allí estaba Don Marcial atado a una soga y colgado de una de las vigas. Varios minutos tardó Andrés en descolgar el teléfono y llamar al 112, el primer número que se le ocurrió.

Había sido un día imprevisible, largo, extraño, muy duro, demasiado, pensaba Andrés mientras cruzaba los pasos de peatones con el semáforo en rojo y la nieve anidando en sus hombros. “¿Y ahora qué, Andrés?” No cesaba de repetirse la pregunta. Siempre había sido capaz de salir de cualquier atolladero, pero hoy…

Sin darse cuenta, caminando, caminando sin rumbo, Andrés llegó a la calle principal del barrio donde siempre había transcurrido su vida, sus mejores momentos. “Cómo ha cambiado”, pensó mientras intuía el asfalto cubierto de nieve. Buscó instintivamente el portal donde vio por primera vez a Carmen; éste había desaparecido y ahora había una tienda de electrodomésticos. Sin pensar más cruzó, como rastreando las fuerzas que le faltaban en el pasado, queriendo retroceder al ayer. Delante del escaparate había dos hombres mirando muy enfrascados y Andrés miró por curiosidad a ver qué miraban aquellos tipos “¡Dios santo!” masculló al darse cuenta. Era la final de la copa del rey de fútbol y su equipo, el Atleti, el equipo que siempre perdía, pero que jamás se rendía había sido capaz de llegar hasta la final… Andrés disfrutó del partido, olvidó los tres bajo cero que hacía en aquellos momentos, la nieve, el suicidio de Don Marcial, su futuro negro, todo…, y cuando terminó el encuentro y volvió para casa despacio, Andrés iba con otro ánimo. La realidad era la que era, sus circunstancias no dejaban de ser graves por mucho que su equipo hubiera ganado la copa, que la había ganado. Sin embargo, Andrés sonreía, triste, pero sonreía sin dejar de repetirse “Andrés, una vez más, demuéstrate que eres un superviviente”.

Para Andrés y muchos tipos como él, mañana sería otro día…

sábado 28 de febrero de 2009

RESCOLDOS A MEDIA TARDE

Se terminó de atar los botines con enorme dificultad. Paró un momento respirando hondo; no se encontraba bien y no lo quería reconocer. Era demasiado testaruda y la salud de hierro que siempre la había acompañado comenzaba a resquebrajarse. “Cualquier cosa antes que ir a un médico” Se decía para sí misma. “Total, es la edad. A mi madre le pasó lo mismo” Y así seguía caminando por los vericuetos de una vida abandonada. Porque así era su vida: vacía, sin techo donde cobijar sus desalientos y esperanzas. Éstas últimas cada vez más escasas. La culpa no era de nadie sino de ella. Se había dejado arrastrar durante los años por unos y por otros y ahora se encontraba en un callejón sin salida. Sus hijos se habían ido hace tiempo de casa, no podían aguantar a su padre y allí se quedó ella tirando de un carro al que nunca quiso estar atada. En aquella época ya no se llevaban los matrimonios de conveniencia pero, sin embargo, su padre casi la obligó a casarse con Celestino “Tienes veintitrés años, se te ha pasado el arroz. Este hombre es bueno y tiene dinero” Y Prudencia terminó casándose con un hombre al que no quería. Aunque eso fue lo de menos. Peor fue cuando descubrió su rudeza en el lecho conyugal y su olor a sudor constante. Había noches que se levantaba a vomitar del asco… Así pasó los primeros diez años mientras la palidez se iba apoderando tanto en su piel como en su alma.
Hasta que una noche, ya habían nacido sus tres hijos, descubrió en la camisa carmín. Cayó y nada dijo. De sobra sabía que no era de ella que jamás se pintaba. Espero pacientemente a pillarle en un renuncio y no tardó. Se hizo la dolida, victima de los cuernos del marido y Celestino tuvo que claudicar y dormir y dormitorios separados. Esa fue la época más feliz de Prudencia. Celestino pasaba el día fuera y cuando llegaba, ya tarde, cenaba y se acostaba. Prudencia así disfrutó de sus hijos, del hogar siempre limpio y en orden y de las noches sin ser forzada a un acto que la daba repugnancia. Ni siquiera a tener que soportar aquel olor nauseabundo; sólo cuando tenía que lavar la ropa de su marido, a veces, las arcadas no las podía evitar.
Los años pasaron y el éxito de Celestino con las mujeres también. O que se había ido arruinando poco a poco y ya ninguna mujer le quería.
Entonces Celestino volvió a llamar a la puerta del dormitorio de Prudencia para evacuar las necesidades de hombre que en otro lado no podía echar fuera.
La primera vez que Celestino la vio llorar después de un acto vejatorio, la propinó una buena bofetada diciéndola “Así no volverás a llorar y te sentirás como cualquier mujer” Y Prudencia comenzó a llorar hacia dentro y a marchitar sus escasas esperanzas de vivir en el olvido, pero en paz.
Nunca dijo nada a sus hijos, ya bastante amargura tenían ellos. El día que se fue el último de casa, una losa de tristeza cayó sobre ella porque fue cuando comenzó su verdadero calvario con aquel hombre que cada vez estaba más violento y Prudencia sin energías para denunciar aquello. ¿Quién iba a creer que un hombre como Celestino, adorable en la calle, fuera un ogro en su casa? Nadie se decía Prudencia mientras terminaba de atarse los botines.
…Estaba haciendo recuento de lo que debía comprar y se dio cuenta que no tenía dinero. Se acercó despacio a Celestino que dormitaba en el cuarto de estar aún bajo los efluvios del alcohol de la noche pasada y con cuidado metió la mano en uno de los bolsillos para buscar algún billete, pero Celestino en ese momento se despertó.
-¿Me estabas robando puta?
-No te quería despertar. Necesito dinero para la compra.
-Me has robado toda la vida y ahora verás…
Los gritos llegaron a la calle, pero nada se pudo hacer. Cuando tiraron la puerta abajo, encontraron a Prudencia en un charco de sangre; a su lado, un botín perdido, sin ama… Con lo que la había costado atárselos.