miércoles, 8 de noviembre de 2017

PEQUEÑAS ESPERANZAS

Está lloviendo de tal manera que las calles comienzan a ser riachuelos en búsqueda rápida de un destino. Isabel se refugia en un portal y mete la mano en un bolsillo del abrigo y luego vuelve su búsqueda al bolsillo derecho. De sobra sabe que tampoco va a encontrar nada, sin embargo no pierde la esperanza del milagro de última hora.
Así ha transcurrido siempre su vida, al borde del precipicio y, en el último instante, ocurría lo inesperado y volvía a empezar, siempre a empezar. Nunca le ha faltado el ánimo, más desde que murió Damián, su marido. Mala gente, peor marido y padre. Desde entonces cada noche se metió en la cama, aún con el estómago muchas veces vació pero tranquila, con esa paz que se siente del deber cumplido.
 Isabel ha sacado adelante a sus tres hijos, se sentía orgullosa de ellos. Buenos chicos trabajadores y honrados…, hasta que llegó la crisis hace dos años y comenzaron los despidos. El primero fue Arturo, el mayor y el más débil. Luego, Ramiro, pero Isabelita, la hija pequeña y ella misma, siguieron limpiando casas, cada vez menos hasta que su mundo femenino, ese bastión que tiene toda mujer para aguantar tormentas, truenos y rayos, se desvanece y cada vez menos esperanza.
Ella no fue de pedir, pero tuvo que solicitar que la fiaran en el supermercado de Felipe, en la carnicería. Ellos jamás preguntaron nada; la daban lo que pedía, pero llegó un momento que las deudas la ahogaban y su conciencia no le permitía pedir más. La cortaron la luz, luego el gas. Más tarde el agua… Arturo, que en el fondo se sentía el cabeza de familia, aceptó cualquier trabajo, hasta los más sucios… Todo ocurrió muy deprisa, piensa Isabel mientras mira como llueve. Son sus propias lágrimas las que caen del cielo… Arturo se juntó con gente de pocos escrúpulos siendo consciente de su declive pero engañando a su madre para no hacerla sufrir. Un buen día, antes de amanecer, llamaron apresuradamente a la puerta. Tantos golpes aporrearon a la puerta que les sacaron de un sueño frío. Era invierno y ni las mantas calentaban al aliento. Cuando abrieron se encontraron a la policía.
Enterraron a Arturo al día siguiente al mismo tiempo que Isabel se enteraba de cómo había muerto su hijo en un ajuste de cuentas; ella hubiera puesto las dos manos en el fuego sabiendo que nunca se quemaría porque sus hijos eran de lo mejor. Sin embargo, desde entonces, un mes atrás, la escocía todo el cuerpo mientras su corazón sangraba de pena.
Isabel se ajusta el abrigo y dentro de él derrama nostalgia, penas, mientras sigue lloviendo ahí fuera.
Un señor pasa y la mira. Ella siente que los ojos varoniles la miran con admiración. Sí, no lo puede negar, aún conserva la belleza de su juventud, y ese porte que hace de quien lo posee en una dignidad y elegancia innatas. Pero lejos de consolarla, a Isabel la entristece más porque para pedir limosna hay que poseer espíritu de indigente y ella no lo tiene aunque detrás de su máscara sus tripas rujan enfurecidas.
Sigue lloviendo pero más suave. Isabel estornuda por la humedad y, sin embargo, sale a la calle. En una papelera hay un paraguas roto; lo saca y lo abre. Al menos algo tapa, piensa mientras se encamina a la Iglesia de San Justo. Pronto habrá misa de doce, es domingo, Nochebuena. Tal vez hoy tenga suerte y caigan algunas monedas de los feligreses. Es navidad y a la gente se le pone el corazón más tierno.

Isabelita y Ramiro se acercan a la iglesia de San Justo a recoger a su madre; vienen contentos. En un supermercado cercano han sacado mercancía caducada; han llegado a tiempo.

Isabel ve llegar a sus dos cachorros. Sonríe y piensa que aún la queda lo más importante. Tal vez mañana su suerte cambie y pueda tejer su próxima esperanza, piensa. Mientras, abre sus brazos para alimentarse del amor de sus hijos. Hoy es Nochebuena y tendrán algo que llevarse a la boca… ¡Maldita crisis!

viernes, 20 de octubre de 2017

NADA CAMBIÓ

El teléfono sonó a una hora demasiado temprana; me asusté. Estaba tan dormida que no atinaba a buscar el móvil y cuando lo encontré, había dejado de sonar. Miré a ver quién era; mi amiga Nati, con lo Cual aún me asusté más y marqué rápidamente su número.
-Nati soy yo, ¿qué pasa? Son las seis y cinco de la mañana.
-Ya. Necesitaba oír tu voz.
-¿La mía? Cuánto más vieja, más tonta eres, hija. Deja de disfrazar las cosas como siempre y dime que te pica.
-¿Podemos quedar a tomar un café? A la hora que te venga bien, ¿vale?
-A las siete está la churrería de abajo abierta. Un poco de grasa para el cuerpo no nos vendrá mal. ¿Has visto como nieva?
-Sí. Parece un cuento. Ha estado toda la noche nevando.
-Vamos, que no has dormido. Me pongo el chándal y a la siete y cuarto estoy abajo.
-¡Gracias!-un lacónico gracias y escuchó como Nati colgaba.
De un tiempo a esta parte, Natividad Fuentes había cambiado. De ser una chica espontánea, divertida, se había convertido en un ser taciturno y Cristina en parte se echaba la culpa, tenía que haber hablado con ella, preguntarla. Sin embargo se había dedicado a mirar hacia otra parte, no quería problemas, bastante tenía con los suyos. Desde que se separó, Carlos se había vuelto intransigente y quisquilloso y la hacía la vida imposible con cualquier cosa que se resumía en los hijos. Lo que comenzó siendo una separación cívica por falta de compatibilidad de caracteres, se estaba convirtiendo en un infierno, más desde que Cristina perdió el trabajo y a duras penas llegaba a final de mes y su ex se negaba a pasarla más dinero “Puto dinero, siempre el cochino metal” Se dijo mientras se enfundaba el chándal.
Pero Nati, no tenía esos problemas, su vida era fácil. Soltera y con bufete, bien saneada la cuenta corriente y viajando en cuanto tenía oportunidad. Sí, a veces se quejaba de la soledad, pero Cristina a pesar de dos hijos, de vez en cuando también sentía la soledad como una punzada mortífera, pero tiraba hacia delante como cualquier hijo de vecino. Pero Nati, ¿qué, puñetas, pasaba a su amiga?
Cuando bajó a la churrería, ya estaba Nati sentada en un rincón. Su gesto era un poema.
-Venga, desembucha-dijo Cristina sin mediar más palabras, ni siquiera un buenos días.
-¿Nos pedimos un chocolate con bien de churros? Te advierto que tengo el estómago cerrado, no me entra ni un palillo.
-Entonces, ¿para qué quieres pedir chocolate con churros? Una tila para ti y yo chocolate y churritos calentitos, ¡qué bueno!
-¿Alguna vez perderás el humor, Cristina?
-No te cuento el montón de veces, ¿para qué? Mira este mes me falta pagar la factura del cole de Carlitos. La de Sara ya está pero Carlos como si oye llover…
-Te he dicho que cuando necesites, aquí estoy yo, Cristina…
-Oye, oye, no desvíes la temática. Estamos aquí para que me cuentes no sé qué…- Nati baja la cabeza y empotra los ojos en la mesa.
-No puedo seguir así, Cris. Llevo enferma más de diez años por callar, por negar…- y su voz se apaga en un lamento dolorido, silencioso.
-¿Enferma de qué? ¿Tienes cáncer?
-¡Burra! No, no es eso.
-¡Ay qué susto, guapa! ¿Entonces?
Enferma por negarme a evidenciar, Cristina.
-Evidenciar, ¿el qué, Nati? Desembucha, joder…
-Cristina llevo diez años sintiendo lo mismo y…-Nati arranca a llorar con desesperación. Cristina deja que su amiga desahogue las penas y cuando está más calmada la coge una de las manos y se la aprieta.
-Mírame, Nati, a los ojos y di en voz alta tu puñetero duelo.
-… Cris, estoy enamorada.
-¡Genial! Ya era hora, ¿y qué tiene de malo eso?, ¿es casado, es un suicida, un asesino?-Cristina trata de limar el dolor de su amiga como sea.
-Es… una mujer. Asun mi secretaria desde hace  quince años… Cris, soy lesbiana.
-¿Y?-Cristina taladra con sus ojos el rostro de su amiga.
-¿No te importa?
-¿Tú eres gilipollas?
-¿Lo sabías?
-Sí, desde que teníamos veinte años y ahora tenemos cuarenta y siete.
-¿Y por qué nunca me dijiste nada, imbécil?
-Vamos a ver, Nati, es tu vida. Tú tienes que asimilar tu condición, aceptarte, respetarte. Luego, los demás seremos otro tema. Pero eres tú, y nadie más que tú.
-¿Te corresponde?
-No sé.
-Y, ¿a qué esperas, a que os llegue la menopausia?
-Tengo ganas de chocolate con churros… ¿Me das un abrazo?, ¿Nada cambia?
-Sí, bonita, sí. Primero has cambiado una asquerosa tila por una suculenta ración de grasa con azúcar y dos, has decidido salir del armario y oler a naftalina.
Detrás del ventanal  sigue nevando, no ha amanecido aún, pero las risas de dos mujeres encienden un gélido día de invierno.


martes, 17 de octubre de 2017

SAUDADES

Hay recuerdos que por hermosos escuecen y los guardas en una de las estanterías de tu memoria para no perderlos; ahí duermen reposados, preñados de lluvia, gaviotas y luz. Pero un buen día suena el teléfono y el ayer vuelve con toda su intensidad…
Me llamaron para saber si quería ir a un congreso y dar una conferencia en Finisterre, por supuesto acepté. Hacía más de veinte años que no iba a Galicia y cuando colgué el teléfono las campanillas de mi memoria sonaban alborozadas. Hice el viaje en autobús con el resto de los ponentes. Buena compañía no fui pues una vez finalizadas las presentaciones, me disipé en mis pensamientos, en mirar el paisaje desde la ventanilla y esperar gozosa el olor a eucaliptus que embadurnó mi niñez y juventud. Se me pasó el viaje sin sentir y cuando bajé del bus un vientecillo impío, un silencio sordo camuflado de pajarillos adolescentes, me vinieron a recibir. El cielo era añil, en ninguna parte del mundo he visto ese color. Levanté la mirada y en aquella capota tan azul volví a ver los ojos que dejé veinte años atrás cuando me obligaron a irme a estudiar a Madrid. La ciudad era un pretexto pues en Santiago podía estudiar la misma carrera. Lo que querían era que me alejara de Manuel pues para él había otros planes mucho más ambiciosos y no emparentar con la hija del dueño de la fonda Do Miño. Y lloramos, lloramos como dos críos al separarnos y nos prometimos un amor incondicional, eterno y cartas y llamadas y escapadas, pero no pasó nada de eso.
Mis padres me llevaron a Santiago, me montaron en un avión y no volví. Fueron mis padres, los que al poco tiempo llegaron desarraigados a Madrid y allí los tres echamos unas raíces endebles, pobres pero el tiempo lo cura todo y el dinero ayuda. Mi padre vendió la fonda y con ese dinero y mucho más que no supe hasta tiempo después de dónde lo sacó, compró un pisito coqueto y un local chiquito en el barrio de Usera y cambiamos el mar por el asfalto. Nunca más volví a saber de Manuel ni mis cartas fueron contestadas ni tampoco mis llamadas; los años hicieron el resto. Yo no perdí el tiempo, estudié, viajé, me doctoré, viví intensamente, pero no me casé, no amé a nadie.
Nada más dejar la maleta en el hotel, he bajado corriendo a la playa. Tanto tiempo mis sentimientos dormidos y de pronto tan despiertos. La luz en mi piel, la espuma blanca del mar bravo. Mis pies hundiéndose en mi arena y un perro ladrando a una gaviota, pero esta ha insistido en acercarse a mí y con la mirada la he acariciado. Han llegado las nubes, el añil se ha ido, ha descendido la bruma y la lluvia ha venido a reconocer mi estado jubiloso de volverme a encontrar con miña terra.
De repente me ha dado por mirar la hora y he vuelto a echar a correr; en apenas media hora comenzaban los actos. Ni me ha dado tiempo a mirarme en el espejo. Me he vestido precipitadamente y con el pelo calado he ido deprisa hasta el salón de actos del ayuntamiento. Me he sentado en el primer hueco que he encontrado y he respirado hondo para recobrar la calma y esperado con la sonrisa abierta y la mirada encendida.
Estaba sentada en la esquina de la última fila cuando mis ojos chocaron con una silla de ruedas tres filas más adelante. El pelo canoso del hombre no coincidía con la vitalidad de sus gestos por lo que deduje que no era un anciano. Fueron instantes furtivos en los que mis ojos se pegaron a aquella figura que sin ser conocida me era muy familiar, pero el acto comenzó, las luces se apagaron y después de la inauguración del acto, tocó el momento de mi ponencia. Con paso seguro y decidido avancé hacia el estrado y después de mis saludos en mi lengua madre, comencé a desarrollar el tema que llevaba preparado. Costumbre adquirida en mis numerosas charlas es la de fijar la vista y moverla en tres emplazamientos y así lo hice. Busqué tres puntos de referencia siendo uno de ellos aquel hombre de la silla de ruedas que, sin ver su rostro por la lejanía y la falta de luz, me daba la seguridad necesaria. Una vez terminada mi ponencia, las luces y los aplausos se encendieron y lentamente después se fue desalojando la sala para pasar a tomar un coctel de cortesía. Me demoré en recoger mis papeles y cuando levanté la vista en la sala solo quedaba el hombre de la silla de ruedas.
Una ternura aterciopelada que se aleja del deseo carnal recorrió todo mi espíritu para sumergirme en el cuerpo encorvado donde se acinan los años y el tiempo que fue de aquel hombre que sin ser un anciano la vida le había tratado de una manera cruel.
De Manuel quedaba lo más importante: sus ojos, su sonrisa y su voz; poco después descubrí que también quedaba de él aquel amor que nos juramos.
Los planes de sus progenitores no se llevaron a cabo; un terrible accidente de moto sesgó las esperanzas de unos padres que compraron a otros padres para que retiraran de la circulación a su hija. Manuel tampoco se casó, pero realizó dos de sus sueños: ser veterinario y poeta…

De esta historia que acabo de relatar han pasado ya tres años. Volví a mis orígenes y me casé con Manuel. He renunciado a parte de mi vida profesional, pero he ganado en intensidad pues me siento viva por cualquier arista de mi ser. Ambos somos uno a pesar de aquella arruga en el tiempo que no nos dio tiempo a planchar.

lunes, 9 de octubre de 2017

IGNACIO

Mi querido hijo…

Espero que al recibo de la presente estés bien; yo bien.

Está amaneciendo y me he acordado de ti… Cada día, a esta hora, te enfundas las zapatillas y sales a dar los buenos días a esa ciudad que se despereza. Al rato vuelves habiendo cubierto la primera etapa. Te duchas y cambias el color de tu cuerpo con un traje y una camisa blanca; con maestría te miras en el espejo mientras las manos logran el nudo perfecto de una corbata que es la guinda para una presencia elegante con una chispa juvenil. Te observo desde un recodo del pasillo, me gusta mirarte desde esas esquinas que no controlas y así verte crecer sin interferir en esos minutos tan tuyos… Y pienso cómo eres, como te veo… Y sí, eres imperfecto, a veces egoísta, desordenado, tan cerrado para tus sentimientos que ni con taladradora puedo perforar lo que te duele y no dices…

¡Cuántas veces nos enzarzamos! Nuestras conversaciones son un combate de boxeo donde ninguno nos escuchamos. Nos echamos en cara hasta el calcetín que yace en el suelo mudo e ignorante ante tanta bobada de una madre y un hijo, pero cuando nos quitamos los guantes y nos bajamos del ring somos capaces de mirarnos y, aún con el orgullo herido, también nos susurramos un te quiero.

Lejos de esas manchas, tu corazón late sano, sin dobleces en tu carácter risueño. Tus ojos achinados siempre miran con tanta luz que cuando ríes parecen dos semáforos chocolate. Tus pies tienen alas, tu sonrisa es la tarjeta de presentación y eres, en resumen, tan buena gente que cuando te pienso me convenzo que como tú hay muchos y aunque paséis desapercibidos en la gran masa global, el mundo podrá despertar cada mañana con esperanza porque gente como tú hace que la vida merezca ser vivida con una enorme sonrisa.
¡Ah! Recuérdame  cuando nos veamos que nos tiremos durante un rato los trastos a la cabeza, lo echo de menos.

Te quiere… Tu madre

martes, 19 de septiembre de 2017

LA VENTANA

Hace un rato dejó de llover después de días carbonizados de agua y ceniza. Ahora entra un rayo de sol por la ventana. Es tierno y mestizo. La habitación se ha vestido de alegría y yo también.
Las plantas apostadas en la ventana brillan reventando su color verde entre las estrellas de agua que resbalan por sus hojas; sé que a Marcos le gustará mi casa.

Prepararé un chocolate caliente y lo pondré en la mesa camilla; está en el mejor lugar de la casa porque ves el ir y venir de la vida. En esta mesa me paso horas. Navego por Internet dándome unas alas increíbles. De vez en cuando retiro la mirada de la pantalla y miro por la ventana, siento que el mundo sigue ahí ante mis ojos. Por la mañana, las amas de casa, los estudiantes. Por las tardes, el paseo, las compras...

Aquí también escribo a mis amigos, esos desconocidos que encontré en la vida de internauta y que tanto me han dado. Hoy, por ejemplo, el chocolate que voy a preparar es para Marcos. Llevamos meses escribiéndonos, chateando y, al fin, hemos decidido conocernos. Le he invitado a venir, aunque me están entrando los nervios y sé el porqué.
Hay veces que le digo que él se ha convertido en mi mejor amigo, que me conoce mejor que yo. Desde que le conozco, sé que he cambiado, hasta mis padres me lo dicen. Antes era más huraña, insegura, reservada y de carácter agriado. Pero desde que mi padre me regalo el portátil, la vida de nuevo vino hacia mí.
... ¡Madre!, si son casi las cinco y estoy sin arreglarme; se me ha ido el tiempo en pensar lo feliz que soy...

José Daniel sigue delante del ordenador. Se atusa la calva tratando de encontrar una salida, pero ¿cuál?... Un padre hace por un hijo cualquier cosa que esté en su mano con tal de verle feliz. No repara en medios, ni en imaginación.
Cuando Beatriz, su hija de veintitrés años, tuvo el accidente de moto y se quedó postrada en una silla de ruedas, el mundo giró en torno a ella, pero nada de lo que hicieran devolvía un ápice de alegría a aquella criatura hasta que se le ocurrió comprarla un portátil. Lo malo es lo que siguió después. Se inventó un personaje, Marcos, y fue una mentira que se fue agrandando día a día, hasta hoy. Su hija esperaba a Marcos con una taza de chocolate y él, su padre, sin poderse bajar en la próxima estación...

-José Daniel, ¿te pasa algo? Estás pálido.
-Ah, hola, Rubén... -José Daniel se quedó callado mientras miraba a Rubén, el joven y recién estrenado tesorero de la empresa- Por cierto, ¿estás casado o tienes novia? - Rubén le pilló por sorpresa la pregunta, pero no pudo reprimir una sonrisa de comprensión hacia ese hombre que le estaba implorando.
- ¿Qué quieres pedirme, José Daniel? Me gusta mucho el chocolate, ¿me vas a invitar a tu casa esta tarde?
- ¿Cómo sabías...? -Los ojos de Rubén brillaron mientras se daba la vuelta hacia su mesa; ya era hora que recibiera un encargo. Llevaba seis meses esperando, ejerciendo de tesorero cuando en realidad era un ángel que se debía ganar las alas.

“¿Cómo sería la joven Beatriz?” Se preguntaba Rubén mientras revisaba unas cuentas, y buscaba en la memoria el capítulo de cómo no enamorarse de una mujer viva...

viernes, 1 de septiembre de 2017

TARTUFO

Un trueno, dos, tres y al cuarto la casa se iluminó unos segundos. Tartufo en ese momento se desperezaba. Se había quedado dormido en una tumbona vieja y abandonada al lado de la piscina. A duras penas pudo abrir los ojos, la luz grisácea le cegaba, pero un ruido insistente en la parte delantera de la casa le puso en alerta. Sigilosamente avanzó hasta la entrada y vio la puerta abierta preguntándose quién habría sido a esas horas. No utilizaba un reloj convencional, sino que usaba la luz como la manecilla que guiaba su rutina diaria. De pronto otro trueno y con él un chillido, una carcajada y la lluvia zumbona.
Le molestó esa agua que comenzó a descargar con furia una nube estúpida, empecinada en regar justamente en ese momento el jardín. Encima, los árboles animados por el viento, comenzaron con sus campanillas acuáticas a tocar una melodía divertida acorde con la voz que venía de dentro de la casa. Dudó si entrar o esperar y por último decidió esconderse en el viejo olivo. Desde allí agudizó las orejas y abrió bien los ojos esperando acontecimientos.
Apenas un rato cuando la vio aparecer. Su cuerpo era armonioso, pequeño. El cabello amarillo lo llevaba sujeto en una coleta y sonreía. Reía mientras la lluvia empapaba su ropa, “¡Se la ve tan feliz debajo del agua!” Se dijo Tartufo sin despegar sus ojos hipnotizados por aquella aparición inesperada “Tal vez es un duende, Tartufo, en forma de mujer. Mírala bien, solo la faltan las alas… Tartufo, va a ser un ángel” Así se hablaba así mismo como siempre lo hacía pues la soledad era su compañera, a la única que podía hablar y siguió mirándola, disfrutando de la visión hasta que oyó una voz gritando “Ana, Ana” y Tartufo chilló sin ser oído “¿Quién, puñetas, es este cenizo que osa estropearme este momento celestial?” A continuación, apareció un hombre que cuando vio a la mujer corrió hacia ella y la estrechó entre sus brazos poniéndose a hablar los dos a la vez “¡Qué gesto más humano! Hablar, hablar sin escucharse” Se dijo Tartufo malhumorado y celoso por haberle robado aquel desconocido su pequeño placer furtivo, aunque un rugido de sus tripas le hizo deslizarse de sus reflexiones. Llevaba horas sin comer, necesitaba pillar comida o sus fuerzas desfallecerían inmediatamente.
Se descolgó del olivo y con cautela de no ser visto se fue a la cocina. El suelo estaba lleno de bolsas lo cual le fascinó de tal manera que se tiró casi en plancha sobre ellas, pero justo en ese momento una algarabía de voces irrumpió en la cocina y Tartufo precipitadamente se escondió tras una bolsa. “¿Cuánta gente hay? ¿Quiénes son?” Se preguntaba cuando la bolsa tras la que se escondía fue retirada por una mano. Tartufo se vio descubierto y desnudo. Salió despavorido por la ventana sin mirar a donde iba hasta que oyó un frenazo y volvió la cabeza.
Un coche había parado delante de la casa y un hombre bajaba precipitadamente a mirar debajo del coche. Entonces Tartufo, como si su memoria fuera una gramola que se enciende, comenzó a recordar aquel día, una escena idéntica a la que acababa de ver… Una muchacha salía de una casa con alguien y cruzaba la carretera cuando, de repente, apareció un coche y la muchacha fue atropellada. Su acompañante pudo salir de debajo del coche y a duras penas llegar hasta la cuneta, allí justo donde se encontraba Tartufo ahora… Sin darse cuenta sus ojos se apagaron mientras una lluvia fina y dulce mojaba la piel de Tartufo.
La gente ruidosa y estridente salió de la casa a recibir al recién llegado “Son doce” Se dijo Tartufo nostálgico y entristecido mientras miraba al grupo desde la otra orilla de la carretera. Pero su tristeza lluviosa, sentida y transparente, se vio mitigada pues en el umbral de la casa estaba Ana mirando complacida al grupo. Sonreía, seguía sonriendo y la lluvia continuaba descargando agua mientras el petricor llegaba al olfato de Tartufo.
Le gustaba ese aroma a tierra mojada, incluso en invierno salía de la casa a deambular por el bosque con la excusa de oler la tierra y seguir el rastro… “¿Qué rastro?” Tartufo no sabía la respuesta, pero llevaba tiempo, demasiado, buscando una huella sin saber qué era lo que buscaba. Sí que recordaba una voz diciendo “A la mañana que se vuelve oscura sigue la noche, que se vuelve clara a solas con su sed, que hiere y cura…” Palabras que Tartufo no comprendía ni siquiera de dónde venían pero que a él le servían para seguir buscando sin desfallecer, para seguir esperando.
Y allí se quedó Tartufo en la cuneta mientras la noche llegaba lentamente y las luces y voces encendían el eco de la casa. Sintió el vacío, la soledad, la tristeza, el abandono y el frío. Tal vez esto último hizo que Tartufo se metiera en la casa y el placer del calor le reconfortara. Tanto que, después de haberse dado un festín con los restos de la cena de aquellos doce intrusos se fue a un rincón de la cocina a dormitar hasta que le despertaron las voces de tres mujeres. Como estaban de espaldas, no las veía bien así que de un salto se subió a la mesa. Literalmente y sin darse cuenta se puso delante de ellas a mirarlas y es cuando se dio cuenta de algo extraordinario: las tres cotorras, porque para Tartufo eran tres loros parlantes a la vez, no le veían “¡Cáspita, soy invisible!” Se dijo satisfecho Tartufo mientras que las mujeres se encaminaban hacia las escaleras y se metían en la habitación de la torre, justo la favorita suya “Estas tres se van a enterar de lo que vale un peine” Y dicho y hecho, Primero comenzó levantando y bajando la tapa de una maleta tan deprisa como podía. Paraba y miraba a las mujeres en cuyos rostros se había instalado el terror. Para finalizar, se encaramó en las cortinas con tan mala fortuna que se descolgaron cayendo él y las cortinas encima de las mujeres. Le dio pena pues comenzaron a chillar histéricas y decidió largarse y meterse en otro dormitorio en el que vio un haz de luz. Dos susurros de voces clamaban palabras de amor “Los humanos no tienen término medio o chillan o susurran. Me largo de aquí” Se dijo Tartufo deambulando por la casa y pensando en su próxima víctima; hacía tiempo que no se divertía tanto pues la casa estaba normalmente siempre vacía. Pasó por el comedor y vio que había vasos abandonados; como tenía bastante sed después del atracón de comida, decidió beberse el líquido. Era de distintos sabores y cuanto más bebía, más risa floja le entraba hasta que se cayó de la mesa y fue tambaleándose hasta una puerta entornada. Allí había alguien que roncaba y fue a taparle la boca para que dejara de hacer ruido cuando la boca del intruso se cerró quedando dentro una extremidad de Tartufo. De nada servía chillar, nadie le iba a escuchar así que decidió esperar. Espera breve pues la boca del tragaldabas volvió a abrirse y Tartufo salió corriendo como alma que lleva un diablo travieso.
Se estrelló contra la pared del fondo del pasillo. Estaba mareado y no era del golpe precisamente así que decidió ir a trompicones hasta la cocina a buscar algo de beber; tenía de pronto más sed que antes. Encontró una botella tumbada que goteaba líquido y bebió “Tatufo, no bebaz má, ece agua no e zana” Se dijo mientras trataba de incorporarse sin lograrlo, “Tatufo etás bodacho, mu bodacho, vete a domí la mona” Y Tartufo se quedó dormido abrazado a la botella hasta que pocas horas después, sin haber amanecido aún, fue despertado por voces. Apenas pudo abrir un ojo y vio a una mujer alta y esbelta de pelo zaíno que se estaba peleando con la cafetera “Si supiera la moza qué café más malo hace la máquina esa, se daría mejor a la bebida” Pensó Tartufo justo en el momento que entraba Ana y a él se le abrieron de par en par los ojos. Observó con qué destreza sacaba café de aquella máquina infernal. Sin pensarlo dos veces, Tartufo dio un salto y se fue al lado de Ana. Cada gota de café que caía fuera de la cafetera, Tartufo la lamía con avidez, pero un manotazo invisible e inesperado le mandó a tomar vientos. Cuando se recuperó del golpe miró quién le había propinado semejante desprecio y tampoco se lo pensó dos veces, se tiró encima de sus piernas y la comenzó a arañar “Toma, rubia encendida, toma de tu propio jarabe” … La rubia se restregaba las piernas con las manos mientras chillaba “En esta casa hay un fantasma” Todos se reían de ella, pero la voz de Ana dijo:
-Tranquilos, es Tartufo- y como si nada hubiera dicho, Ana siguió haciendo el café y Tartufo se quedó mudo, como si algo en su interior se hubiera, por fin, despertado y su cuerpecillo desnutrido, su ánimo famélico y su alma rota de ausencias, hubieran recobrado la vida que le perteneció.
En silencio, se salió al jardín, se tumbó al lado de una de las columnas del porche y dispuso a mirar la lluvia. El agua lavó las telarañas de su memoria para así recordar la otra vida que se le arrebató…
Sí, Tartufo no se llamaba así antes, ni siquiera era un gato como ahora sino un perro, un perro de la raza de los carlinos y se llamaba Frostriche, Frost para los amigos. Su ama era una cuentacuentos a la que la crecían las alas cuando se ponía a escribir. Entonces Frost se acurrucaba a sus pies mientras ella inventaba historias. Vivían en el campo y todos los días salían a pasear por el bosque. Hasta llegar a él, antes, tenían que cruzar una pequeña carretera por la que nunca pasaban coches, pero aquel día sí pasó uno y les atropelló a los dos. Frost pudo salir de debajo del coche hasta llegar a la cuneta y ver como sacaban a su ama de debajo del coche, la tapaban con algo y se la llevaban para siempre. Frost, entonces se adentró en el bosque hasta cerrar los ojos y cuando los abrió había un hombre a su lado que le acariciaba y le decía “Pareces un gato abandonado. Te llamaré Tartufo y yo seré Enrique y me dedicaré a cazar palabras mientras tú encuentras a tu duende”
La tarde languidece mientras la lluvia sigue un vals acompasado con el ritmo de las hojas de los árboles. Ana sale al porche, se sienta en el silencio de esa hora mansa y dice “Tartufo ven conmigo. Te voy a leer un poema de Antonio Gala…A la mañana que se vuelve oscura sigue la noche, que se vuelve clara a solas con su sed, que hiere y cura” De un salto el gato se acurruca entre sus piernas; a lo lejos se ve partir a Enrique y a los otros habitantes de la casa. Antes, todos se vuelven y dicen adiós con un pañuelo blanco.

Tartufo y Ana echan a volar. Ahora son dos charranes, de cola horquillada y esbeltas alas…

martes, 22 de agosto de 2017

UNA FRESA PARA TÍ

Me estoy comiendo una fresa y cada vez que lo hago viene a mi memoria Arturo. La muerdo despacio, la tengo en la boca un buen rato para que todo su sabor endulce mi corazón, tal como lo hacía él.

Cuando Arturo comía fresas, sus ojos del color de la nuez echaban chispas y en su boca se dibujaba esa sonrisa amable que todo ser humano debería tener. Un mechón rubio ceniza se descolgaba por la frente iluminando un rostro corriente pero lleno de ángel. Arturo no era un hombre bello, no, sin embargo, tenía algo que le hacía especial. No me explico cómo no teniendo nada, poseía tanto. Era tan dulce como la fresa de mayo, tan buena gente que daba todo su ser según despertaba cada mañana. Amelia, su madre, le miraba con el orgullo de madre que no se puede disimular, surge sin más y a borbotones. No hacía falta que dijera nada; hay muchos momentos que los gestos cuentan más que un puñado de palabras.

Le conocí por casualidad. Vendía pipas y chucherías en un carrito ambulante; era primavera. En una esquina de su quiosco siempre había florecillas frescas y, a las muchachas que hacían sonar una campanilla que, según él, tenía cerca del corazón, cogía con sus manecillas torpes y se las regalaba. A mí me regaló un poquito de azahar diciéndome “Huele usted igual que un naranjo”

Al llegar mayo, añadía a su mercancía fresas del huerto de su madre; poco le duraban. Las vendía rápidamente en pequeños cucuruchos de papel de estraza. Nunca más de seis pues decía que si no, no tendría para todos sus clientes.

Un buen día desapareció de su lugar habitual y, al ver que pasaban los días sin que volviera, pregunté a uno de los camareros del café de la plaza; me dijeron que estaba muy enfermo. Una paliza de unos gamberros había terminado con su sonrisa. Él trató de defender con la vida el carrito inmaculado, pero su fortaleza era mínima y…

Me dieron la dirección y me acerqué a su casa, una barriada de casitas molineras muy humildes. Al dar la vuelta a la esquina, supe cuál era su casa. Un remolino de gente silenciosa estaba parada delante de una puerta mientras otros miraban a una ventana enrejada con la persiana de esparto levantada; decían adiós a Arturo, un muchacho de treinta años con síndrome de Down.


Era principios de junio. Una mujer salió de la puerta, en sus manos llevaba un pequeño cestillo lleno de fresas que fue compartiendo mientras las lágrimas corrían cuesta abajo.

martes, 15 de agosto de 2017

LA SOLEDAD DEL CERDO

Desde los inicios al mundo de los adultos tuve la firme convicción por las experiencias juveniles que los malos ganaban siempre aunque la abuela Daniela cuando me encontraba desinflada y deshecha en lágrimas me decía “A cada cerdo le llega su San Martín” Pero la vida me demostró que si había veinte cerdos, solo uno pagaba por sus tropelías, hecho que encajaba muy mal pues una idealista como yo, a pesar de tanto cerdo, creía en la justicia hasta que el tiempo y los años me tornaron en descreída.
Sin embargo, anoche encontré a Sulfurosa, Sulfi para los conocidos, en la verbena de mi pueblo, bailando sola. Un vaivén desvaído sin ritmo iba acompañando a su cuerpo. En la mano tenía cosido un vaso vacío y la otra mano la agitaba tratando de atrapar algo que a mí se me escapaba.
Dejé a los amigos en la barra del chiringuito y me fui a sentar en un rincón apartado para que nada distrajera la atención, los recuerdos, el análisis y las sensaciones. Recordaba como si fuera ayer en el patio del colegio a Sulfurosa, Solo se dejaba llamar Sulfurosa cuando nos entregaban las notas; el resto estaba prohibidísimo por ella misma llamarla por su nombre y nos exigía de manera tirana que la llamáramos Sulfi, decía que era un nombre de gran carisma y que se distinguía de todas las Anas, Mari Carmen y Pepitas que había en aquel entonces. Su tarjeta de visita era aquellos ojos de gato maravillosos que tenía, una sonrisa seductora a pesar de sus cortos años y de ser la líder de la manada. Todo el mundo había nacido para servirla, incluida yo que era su debilidad a la hora de hacerme ante todos como si yo fuera un esperpento de chica sin gracia, baja, gorda y sin sustancia. Aquella actitud suya para conmigo no me molestaba en exceso hasta que comenzó a hacerme faenas de las gordas como quitarme a mi primer amor, pedirme en un examen que la pasara las respuestas y pillarnos y acusarme de estar copiando su examen y volverme a quitar otro novio con el cual se casó.
Se llamaba Jesús. Alto, moreno, ojos del tono del café con leche, dulces y tranquilos, el perfecto paraíso para columpiarse en una mirada, pero al poco tiempo encontré al amor de mi vida con la vista perdida y un caminar sin reloj. No había vuelto a hablar con él y medió tanta pena que me acerqué. Sus palabras eran evasivas como su actitud escurridiza. Después de aquel día pasaron varios años hasta que nos volvimos a encontrar pues yo saqué una oposición y me fui del pueblo.
El siguiente encuentro fue aún más triste si cabe. Eran las fiestas patronales y todos estábamos en la plaza, lugar de encuentro en cualquier pueblo. Primero vi a Sulfi. Se había teñido peligrosamente el pelo de rubia dejándose las cejas muy marcadas y muy negras. Por su escote se escapaban sus armas arrojadizas, los senos de los que tanto presumió siempre. Bebía y bebía mientras sus carcajadas atontaban a tres hombres que la acompañaban que, según miraban al escote, babeaban sin cesar. Y en el extremo de la plaza, un rincón infantil de nueva creación, revoloteaban muchos niños bajo la atenta mirada de un hombre. Estaba sentado de espaldas y parecía tener un bebé entre sus brazos. Era una escena bonita, tierna y muy apetecible de mirar en ese momento en que la mujer comenzaba a disfrutar de ciertos privilegios hasta entonces vetados para ellas. Siempre fui una sagaz observadora de la vida, como si mi espíritu necesitara vivir a través de la vida de los otros, por lo que no pude refrenar el impulso y me acerqué con mi vaso de limonada a mirar la escena más cerca. En ese momento el hombre estaba consolando a un niño que lloraba mientras que una niña trataba de sujetarle la cara con sus dos manitas. Interiormente me deshice en elogios ante aquella escena hasta que el hombre, tal vez presintiendo una mirada intrusa, movió la cabeza hasta chocarse con mi rostro iluminado por una enorme sonrisa que en ese instante se convirtió en una mueca congelada.
Jesús tornaba casi a un anciano con sus sienes plateadas, una enorme brecha tapada por un vendaje encima de su ceja izquierda y unas ojeras que se descolgaban estrepitosamente. Mi primer instinto fue agacharme para abrazarme a aquella escena. Los niños me miraban con estupor y cuando pudo verlos detenidamente poseían tanta tristeza como el padre. Me senté junto a él y en apenas quince minutos resumimos siete años de ausencias. Le propuse que abandonara a Sulfi y que se marchara lejos con sus hijos y con una voz entrecortada me dijo “La amo, Mari Carmen” No nos dio tiempo a más. Sulfi apareció con una sonrisa borrascosa diciéndole a Jesús que si no le daba vergüenza tener a los niños a esas horas sin cenar. Ella ni me miró y yo le tiré un beso en el aire y me fui con los ojos repletos de nubes a punto de estallar en una copiosa tormenta.
No le volví a ver. La siguiente vez que fui a recrearme en mis raíces, cinco años después, mi madre me contó que Jesús cayó por unas escaleras llevando en brazos a su quinto hijo. “Una desgracia muy grande”, me narraba, pues los dos se mataron. Sulfi se fue del pueblo a Madrid a buscar trabajo dejando a sus hijos con sus padres.
Durante un tiempo estuvo mandando dinero hasta que un par de años después dejaron de saber de ella. Por lo visto, tiempo después, se enteraron que se fue a América con uno que iba a montar un casino allí, pero ella nunca volvió al pueblo, ni mandó dinero, ni llamó preguntando por sus hijos.
Anoche, cuando vi bailar a aquella mujer, de aspecto decrépito y descuidado, el pelo de mil colores, los pechos sueltos sin fuste y ojos de gato perdidos, sentí pena por aquella imagen, aunque un rencor sordo vino a mi boca para hacer vomitar todo el odio que había yacido dentro de mí.
 Sin darme cuenta, me levanté de la silla, nadie bailaba, parecían abducidos por la mujer borracha de la pista. Me acerqué a ella y la llamé por su nombre.
-Sulfurosa, vámonos de aquí- la agarré del brazo y me la llevé.

Mientras los vahos del sueño se difuminan voy oyendo suavemente al mundo despertar y entre medias a la mente llegan las últimas horas vividas y los ojos se me nublan de repente. Una tristeza lastimera se apodera de mí al observar a la mujer que duerme en el cuarto de al lado. No puedo dominar mi odio e ira, me da asco, pero algo en mi interior me dice que no deje a esa cerda sola.

martes, 8 de agosto de 2017

EVARISTO, un relato mágico

Yo era una niña cuando oteé por primera vez a Evaristo. Vivíamos en un primer piso, y me pasaba las horas muertas en la ventana escudriñando a unos y a otros. A los más reticentes, hubiera jurado conocerles por dentro: sus maneras de comportarse al hablar con algún conocido, los gestos, la forma de caminar, los movimientos mecánicos, incluso me hablaban de sus estados del alma, de su forma de ser.

El que más me cautivó fue el galán de doña Asunción, nuestra vecina del segundo piso. En aquel entonces aún era joven y apuesto. Pasaron años en la misma actitud. Jamás le vi subir a su casa, y sí despedirse quitándose el sombrero para, después, besar con un leve roce de labios la mano de la mujer que en esos momentos parecía una dama, aunque en la convivencia vecinal fuera insoportable. A doña Asunción la podías ver por las escaleras y darte ganas de vomitar por su mero aspecto: tez ajada, amarillenta. Su ropa olía mal, no tenía apenas cabello. Todo le molestaba, cuando era ella la que mortificaba al resto de la comunidad.
Sin embargo, en los encuentros con Evaristo dejaba una estela de perfume delicioso en el portal, la piel era tersa y de buen color. Su pelo semejaba un frondoso jardín de orquídeas en forma de mariposas brillantes. Al ver Evaristo se la iluminaba la cara con una sonrisa. Sus movimientos eran delicados, así como la musicalidad de su voz al dirigirse a él.

Un buen día, estudiando yo primero de carrera, él desapareció de escena. En el decorado surgió un nuevo acompañante. Nada que ver con el anterior, y sí muy cercano a la verdadera doña Asunción. Éste subía a su casa y preparaban unas grescas que nos tenían a todos escandalizados. Una noche, mi padre tuvo que llamar a la policía. Cuando ésta llegó, era demasiado tarde. Él la había estrangulado. Por los periódicos nos fuimos enterando de los pormenores. En ese momento entendí muchas cosas, sobre todo la más importante: las apariencias son sólo eso. Engañan y ciertas situaciones a veces no son tan fáciles de comprender, y menos para juzgar. Lo único decente que tuvo esa mujer atropellada por las circunstancias, los maltratos de un marido que terminó matándola, fue aquel caballero que la cortejó durante los años en los cuales el esposo estuvo en la cárcel por ladrón y no sé cuántas cosas más.

El verano en que me licencié, me salió trabajo en una de las bibliotecas municipales situadas, para la estación, en los parques de la ciudad. Principalmente los visitantes más asiduos eran los chavales de doce y trece años y, esporádicamente, algún adulto. A primera hora de la mañana se formaban largas colas para coger los libros. En una de ellas encontré de nuevo a Evaristo. No habían pasado los años por él, sin embargo, se me antojó triste al apreciar las ojeras que jalonaban sus ojos a pesar de ir bien vestido con termo, corbata y sombrero de verano. Sus ademanes seguían siendo exquisitos y, con suma educación, me preguntó qué libros de poemas había en la biblioteca ambulante.
A partir de aquí comenzó una extraña relación con este hombre. Cada mañana a las diez en punto estaba esperando. Me regalaba una dulce y tímida sonrisa y, mientras yo buscaba su pedido, me contaba alguna anécdota de su vida. Después, se sentaba en un banco frente a la biblioteca. Al observarle, ofrecía una estampa muy hermosa aquel hombre que entraba en la ancianidad con porte y serenidad mientras se concentraba con agrado en la lectura; los rayos de sol que se colaban entre las hojas de los árboles iluminaban su silueta.
Si tenía algún hueco libre, me acercaba a charlar con él. Así pude conocer a poetas maravillosos como Francisco Pino, Oliverio Girando o Cesar Vallejo. Incluso saber que él era poeta. En alguna ocasión me leyó algún poema suyo: “Yo sólo creo en los placeres de la cama/ y en la irremediable soledad del alma” *… Entre sus versos intuí la forma que él tenía de ver el mundo, el desgarro de su lírica y su crispación ante el engaño y el desamor. Poseía, además, un fino e irónico humor al narrarme pasajes de su historia más personal. Era un descreído de la vida, se burlaba de ella, pero palpé que al fin y al cabo era un buen hombre.

Se había casado dos veces y en ambas fue abandonado, sin embargo, los hijos de los dos matrimonios fueron a vivir con él hasta que se independizaron. Ahora, me decía, con una leve nostalgia, que vivía solo y el silencio a veces le pesaba demasiado.
Me moría de ganas por preguntarle por doña Asunción, pero siempre había algo que me echaba hacia atrás. Él era tan comedido, delicado y cauto, que me intimidaba. Sí notaba que necesitaba hablar, oír su propia voz y yo, lo único que podía hacer por él, era acompañarle, escuchar sus sabias y cifradas palabras.
No obstante, una tarde en que yo estaba cerrando ya la biblioteca, se personó y me contó que venía del médico. Debí poner cara de susto porque enseguida me tranquilizó contándome que su dolencia venía de antiguo y que había aprendido a vivir con ella: sufría depresiones y el psiquiatra de vez en cuando le cambiaba el tratamiento. Me reconoció con renuencia que las pastillas no eran suficientes si no se acompañaban por una fuerza interior de búsqueda de valores espirituales. Los antidepresivos podían atenuar el dolor, pero no eran capaces sin la voluntad del enfermo de recuperar los alicientes que daba la vida, y él ya no tenía ganas de luchar ni de buscar. Su tiempo había pasado.
Aquella confesión me dejó desconsolada. Le noté totalmente entregado a su desgracia y yo no supe qué decir. Pero no me hizo falta pues Evaristo, con la amabilidad que le caracterizaba, se ofreció a acompañarme hasta el autobús y de paso, me narró el trozo más importante de su vida: doña Asunción...

Se conocieron siendo muy jóvenes y, su historia no tuvo nada de insólito y sí mucho de común con otras que suceden a diario. Evaristo era un chico muy apuesto, de buena familia y con gran éxito entre las mujeres, aunque él nada hacía. Afirmaba que era la timidez junto a su buena conversación lo que más las atraía. Sin embargo, sus ojos se posaron en la menos adecuada. Asunción fue una mujer que le amó demasiado o demasiado poco, según se mire. La relación entre ellos resultó tóxica y dañina. Ella era incapaz de ser fiel a nadie. Le gustaba flirtear demasiado, quizá porque se supiera, en aquellos momentos, atractiva y que, junto a su amor por una mal entendida libertad, un buen día se largó, dejándole con dos niños. Tiempo después, quiso volver, pero él sólo la ofreció amistad sincera, un hombro donde llorar penas y un corazón que la hiciera respetarse así misma… En voz queda, me explicaba: “Compréndeme, era la madre de mis hijos”.
Nunca llegó a entender el fracaso estrepitoso con las dos mujeres con las que se desposó, ni su falta de voluntad para liberarse de las redes del amor, ese eterno desconocido que marchitó su corazón. Cuando se enteró de la muerte de Asunción, él murió también… Escribió su último poema y rompió la pluma con la que siempre dibujó carencias y deseos.
Al acabar de relatarme ese pedazo de su vida, ya se había ido mi autobús. Las luces de la ciudad, los barrenderos y el silencio era el único rastro de vida que quedaba a esas horas. Sentados en la parada como dos estatuas, enmudecimos. Pasé mi mano por su hombro. En poco más de tres horas había envejecido una barbaridad. Me impresionó profundamente, no ya su historia sino su actitud al rato de terminar de hablar porque me dio las gracias de una forma, con un tono revelador de despedida, de agradecimiento tan profundo y sincero por haberle escuchado que, cuando a los tres días leí en la prensa el suicidio de un hombre, supe que era él.

A la semana de su desaparición, recibí una carta. El sobre contenía sólo un poema:
“Puede que sea la tristeza/ que nace con los brotes del otoño y muestra/ su talante umbrío cuando caen las tardes. / Tal vez la soledad que cubre de penumbras y algodones grises/ que empapan el silencio de lágrimas calladas y bajan/ entre surcos que la piel ampara. / O ¿por qué no? Las ilusiones entre cortinas mecidas por la brisa/ que son tan largas de dolores que el tiempo no las abandona y afloran/ los odres de recuerdos que al pasar han fundido en blanco y negro. / Puede que sea tanta la tristeza de este otoño/ que me da igual que muera yo o que mueran otros/ sólo me abrigo en la esperanza y sueño.” *

Al terminar de leerlo, me hundí en una dulce y triste nostalgia.
Nunca olvidaré que tuve el privilegio de conocer a un venerable anciano, víctima de sus sentimientos. Un hombre honrado y un caballero… un tímido seductor.
*Luis Alfredo Alcocer.


domingo, 6 de agosto de 2017

LA GAVIOTA

El sur lo llevo prendido en los pliegues del alma.
En mis ojos, su azul sin límite.
En la boca, el sabor de su salitre.
En el olfato, el aroma de su luz y, en el corazón, la espuma blanca y alegre de esa Andalucía que tanto quiero…

El mar se puso a mis pies para que mis ojos golosearan en su espuma. El agua era un cúmulo de chispas de cristal, oleaje turquesa, y arena desempolvada.
De pronto, inesperadamente, una gaviota se posó muy cerca de mí. Picoteó gorgojos de agua entretanto confiaba que yo era una estatua de sal abandonada por la mar y, por lo tanto, no suponía ninguna amenaza para ella.
Algo me hizo girar la cabeza hacia la arena y la ternura de mi visión se desbordó. Una cría de gaviota chapoteaba entre la mar y la arena. Dubitativos sus pasos, paraban para hallar consuelo de un abandono despistado. Movía la cabeza para escuchar el aleteo de su madre que no descendía. Llegué a sentir miedo por el desamparo e indefensión de aquel minúsculo prodigio de la naturaleza que esperaba a una madre que no aterrizaba. Me dispuse yo también a esperar a esa madre que yo tampoco veía en aquel cielo. Tal vez, pensé, estuviera atrapada en el tiempo, en esa realidad terca que a veces escuece tanto para una madre cuando no puede llegar a sus crías.
No había más sonido que un levante suave azuzando mi piel, agitando las briznas doradas de mi cabello, y un susurro de olas llegando a la orilla de mis tímpanos. En el horizonte, esa línea tan recta, tan horizontal que casaba a la perfección con la mar tan azulada, tan lisa, tan segura… Justamente en ese hechizo presentí, por fin, que algo se acercaba velozmente. Disparé mis ojos al cielo, casi cegatos por la fuerza de la luz escuchando un graznido repetitivo y rotundo. En un suspiro de segundo una inmensa gaviota aterrizó en la arena, igual que una bailarina de ballet posando sus puntas en un suelo de algodón. Traía algo en el pico que la cría capturó rápido, tan rápido como la madre alzó el vuelo llevando en su pico el mejor trofeo: su cría.
Seguí su vuelo tanto como pude hasta perderla en aquel horizonte majestuoso donde presientes que eres tan chico como aquel polluelo de gaviota.

Yo, también levanté mi vuelo sobre aquella arena rubia en la que mis pies se barnizaban del color del albero tibio y sintiendo muy adentro la maternidad que se nos otorga a la humanidad mientras que por mi boca se escapaba un gracias a quien me hubiera regalado esa historia tan sencilla.

miércoles, 26 de julio de 2017

LUNAS DE ABRIL

Fue una historia de amor, aún la recuerdo. Fue la primera vez, la única. Yo era muy joven y salía de la iglesia con mi madre. Veníamos de hacer la novena a San Antonio... Era junio de mil novecientos treinta y seis, y los colores del día eran tan tiernos como mis pensamientos; nada hacía presagiar a mi alrededor los tiempos turbios que se avecinaban. Mi madre resbaló y, aunque la quise sujetar, su peso me venció a mí también. No me preocupaba mi rodilla que sangraba con profusión, pero sí el gesto dolorido de mi madre. Alguien por detrás de nuestros cuerpos nos preguntó que si estábamos bien. Levanté mi rostro asustado y le vi.

Sus ojos azules camuflados tras unas gafas de concha me miraban con interrogación, y yo me perdí en aquel océano sin contestar a su pregunta.
Al ver mi nula reacción, se agachó decidido, primero a inspeccionar a mi madre que con sumo cuidado incorporó llevándola a un banco próximo. Después, volvió a por mí que seguía anclada en el mismo lugar mirando embelesada a aquel hombre joven de pelo engominado, maneras amables y pinta de intelectual.

Claro que había visto muchos hombres. Mi padre tenía una pequeña cantina heredada de mi abuelo. Éste fue un rico terrateniente venido a menos que procuró dejar a cada hijo un mínimo para que subsistieran. A padre le tocó la cantina de la estación y madre y yo ayudábamos, una en la cocina y yo en la barra. Mis hermanos trabajaban la tierra de otros. Así que hombres había visto muchos, pero no como aquel..., nunca.

Sacó un pañuelo inmaculado del bolsillo para limpiarme la herida. La suavidad de sus dedos me hizo temblar. Él, ante mi reacción, paró para mirarme, y sé que en aquel instante nuestras vidas se fundieron para siempre.
Remigio, como así se llamaba, era un maestro de escuela de un pueblo a setenta kilómetros del mío, y estaba en el mío para ver a Pascualón, mi maestro. Tenía entonces veintiséis años (nueve más que yo) y amaba la poesía. El día que le conocí iba camino de la estación. Había quedado en Madrid con un editor interesado en sus cuadernillos de poesía. Pascualón le había animado, decía que tenía madrera de poeta.

Nos acompañó hasta la cantina y le vi montarse en el expreso de las nueve y cuarto de la noche... Los raíles del tren reflejaron el ocaso de aquella tarde de junio, y el humo de la locomotora se llevó mi corazón prendido tras él.
Recibí a los pocos días una carta en la cantina, era de Remigio contándome la buena nueva de su próxima publicación; le escribí, me volvió a contestar y así hasta el dieciséis de julio en que se presentó una mañana en el tren de las diez.
Le vi entrar espigado, gallardo..., y padre me dio el día libre.
¿Qué decir de aquellos tres días? Fueron un sueño, a veces dudo que existieran si no fuera por...
Creo que nuestros corazones presintieron lo que se avecinaba. Remigio había oído, había visto en Madrid cosas que no le habían gustado. Yo no entendía de qué me hablaba, entonces era demasiado inocente, infantil y fantasiosa.
Me entregué a Remigio en cuerpo y alma en aquellos días de antesala a la guerra civil; el dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis fue la última vez que le vi.

Tres años después le mataron por rojo, decían que su poesía atacaba al nuevo régimen y ofensiva para los nuevos valores. Pasó cerca de dos años en la cárcel hasta su fusilamiento. Remigio era un hombre de paz, amante de los libros y que nunca hizo daño a nadie. Lo sé.

Pude escribirle un par de cartas contándole que tenía una hija que había nacido bajo una luna hermosa de abril y que se llamaba Amapola como el título de una de sus poesías, pero tengo la duda que le entregaran aquellos mensajes.
Al terminar la guerra, no me quedaba nada: ni padres, muertos en un bombardeo, ni cantina, y mis hermanos no me hablaban por ser la puta de un rojo.
Entregué en adopción a mi Amapola y yo me fui a un convento de Carmelitas.

En mil novecientos setenta y ocho me enteré por un periódico- sé que Dios estaba detrás de esa noticia- que una profesora de Salamanca había ganado un importante premio de poesía. Corría el mes de abril y yo miraba como cada noche a la luna, se había convertido en una costumbre, tal vez porque buscaba una respuesta en ella que nunca llegaba. Después, me puse a pelar unas patatas y guardando las mondas en las hojas de un periódico cuando leí la noticia y vi la foto de la mujer.
Entonces comprendí que tanto la vida de Remigio como la mía había tenido un sentido, no habían muerto después de aquellos días de julio del treinta y seis; la respuesta había tardado, pero había llegado.

Amapola, nuestra hija, con otros apellidos, pero con las mismas facciones que su padre y el mismo amor a la poesía que él, era la respuesta de aquella luna de abril.
Mi historia de amor, que pensé arrancada de cuajo, había cerrado su círculo felizmente.


sábado, 22 de julio de 2017

YO POR MI HIJA MAAAATO…

Esto no es un relato, aunque bien lo pudiera ser, pero es la vida misma, la cruda realidad de esperpentos que han creado ciertos programas y los telespectadores que hemos seguido esas cadenas de televisión.

Hija de una princesa del pueblo o una princesa del pueblo fabricada por una televisión corrosiva…
Me voy a mojar en un tema absurdo a simple vista, aunque las consecuencias han ido mucho más allá y deprime pensar como los medios de comunicación del “Cuore”, al menos algunos, han podido destruir a un ser humano, pero no lo han conseguido…de momento.
Esos programas que se deberían llamar “Todo por la audiencia” lo único bueno que tienen es, supongo, dar trabajo a un batallón de psicólogos porque después de machacar y destripar al famoso de turno, tienen el deber y la obligación de reconstruir, si es que se puede, la cabeza de aquel o aquella que reclamó su minuto de fama gloriosa.
No me vale que digan que la persona X se prestó encantada, es más, ella quería porque, ¿dónde se halla la moralidad del que supuestamente está preparado, formado?, ¿acaso no se da cuenta que el que pretende ser famoso no tiene los registros suficientes para defenderse de esos buitres que le van a acosar?

Una vez dicho esto, el que lo niegue es un cínico, en más de una ocasión he visto estos programas por distintas circunstancias. Momentos que se pueden resumir en uno: mi cabeza llegaba tan atascada del trabajo que me quedaba delante de la pantalla del televisor embobada hasta con la boca abierta. Luego despertaba del estado catatónico en el que llegaba a casa y a otra cosa mariposa.

Así pude conocer las aventuras y desventuras de personajes fetiche de estos programas descuartizadores de personas… La Pantoja y sus hijos, Carmina Ordoñez o Belén Esteban.
¿Qué hay de verdad en estos personajes a cuyo producto se suben hasta la asistenta de turno que se vende como Judas? Porque los aledaños son Judas que por unos buenos euros cuentan de qué color es el papel higiénico que usa el destripado de turno.

España es un país de porteras, los hechos y números cantan; yo soy una portera.
Una cosa es que se cuente que hay una fiesta, que fulanita llevaba un traje prestado, que fulanito se murió y fue fulanita y perenganita al entierro…, y otra muy distinta es meterse en los interiores de una persona.  Claro, lo primero no vende porque no hay carnaza ya que nos mola la depravación, las miserias y bajezas ajenas, así de paso olvidamos las nuestras.
Todo este rollo que acabo de soltar viene a cuento de la mayoría de edad de la hija de una famosa que ha vendido hasta su carnet de identidad y ha hecho de ello su “modus vivendi”
Pero la madre es una cosa y la hija es otra. He de reconocer públicamente que Belén Esteban me cae simpática, aunque ha hecho muchas de las cosas que más odio en esta vida. Sin embargo, hay un sexto sentido que deseo que no me falle que me dice que es una buena persona. Da de sí lo que da, pero no hay trampa ni cartón, vamos que es igual por el derecho que por revés y ha estado a punto de morir en las garras de su modus vivendi.
Pero bajos sus luces y sombras está su hija y su famosa frase “Yo por mi hija maaaato” … La hija de la Pantoja es punto filipino y no me da ninguna pena. Pero Andrea sí.

La chiquilla es poco agraciada o nada, ¿y? ¿Por eso va a ser la mofa de todas las redes sociales? ¿Acaso tú eres tan guapo como para estar por encima del bien y del mal? ¿Acaso tú y yo somos un dechado de virtudes que nos podamos permitir reírnos de todo y de todos? ¡Venga ya!
Tal vez si nos comportamos como seres humanos esta chiquilla que acaba de ser desprotegida del anonimato pueda llegar a ser una chica corriente, con sus estudios, su trabajo…, vamos lo que todos deseamos para nuestros hijos. Dejémosla pixelada, que ría, que corra y salte, hasta que se coja su primera borrachera como lo hemos hecho tú y yo sin que nos hayan sacado en la prensa, porque parece ser que la joven, sí, esa joven tan poco agraciada lo único que quiere es vivir su vida y que la dejen en paz.

Honestamente, puedo equivocarme, ojo, creo que la princesa del país de los porteros y porteras podrá contarnos las aventuras de su hija, pero su hija querrá seguir su existencia anónima.
Espero no arrepentirme de estas letras porque mi vida está sellada de arrepentimientos, de recoger velas y volver al mar a navegar para posteriormente equivocarme, perdonarme y vuelta a empezar... Ya digo, estoy sellada de arrepentimientos, pero esta vez me gustaría no equivocarme con Andrea.

martes, 18 de julio de 2017

TRES BILLETES DE 20 EUROS

Compró una docena de huevos de los cuales, cinco, llegaron rotos. La tensión se mascaba en los últimos meses y, un detalle nimio, tonto, puede ser la gota que ahoga definitivamente una convivencia…

Después de cinco años en el dique del paro, me llamaron para camarera en un club de alterne. Era abogada, quebró el bufete y me fui a la calle. Al principio pasé meses deprimida, sin querer asimilar la situación. Luego me acostumbré y me especialicé en ser ama de casa, pero desde hacía un año en mi mente no cabía un guiso más. Servía para algo más y Lucrecio calmaba mi pena con poca convicción. Así que cuando me ofrecieron ese trabajo no lo dude. Necesitaba salir de casa, sentirme útil, aunque fuera sirviendo copas y, sobre todo, tener la sensación de independencia. El sueldo era una miseria, pero me avisaron que las propinas eran un acicate.

Al poco de estar trabajando, a Lucrecio le despidieron; reajuste de plantilla, y pasó a ocupar el hueco vacío que dejé yo en casa. Como no le gustaba comenzaron las tiranteces y las presiones.

Sin embargo, yo era feliz trabajando; servía copas y daba consejos legales a clientes. Las propinas comenzaron a llover. Según me las daban, las metía en el sujetador como hacían mis compañeras.

La noche de los huevos rotos, enfurecida me fui a duchar. Lucrecio fue detrás de mí y al desnudarme cayeron tres billetes de 20 euros. El nerviosismo se apoderó de él y me llamó “Zorra”
Nos pegamos, nos insultamos y todo se acabó entre nosotros.


Desde entonces, Lucrecio es un cliente más del club. Le arreglé el divorcio y me pagó con tres billetes de 20 euros.
Somos felices y entre nosotros cada vez existe más alta tensión…corporal.