martes, 15 de agosto de 2017

LA SOLEDAD DEL CERDO

Desde los inicios al mundo de los adultos tuve la firme convicción por las experiencias juveniles que los malos ganaban siempre aunque la abuela Daniela cuando me encontraba desinflada y deshecha en lágrimas me decía “A cada cerdo le llega su San Martín” Pero la vida me demostró que si había veinte cerdos, solo uno pagaba por sus tropelías, hecho que encajaba muy mal pues una idealista como yo, a pesar de tanto cerdo, creía en la justicia hasta que el tiempo y los años me tornaron en descreída.
Sin embargo, anoche encontré a Sulfurosa, Sulfi para los conocidos, en la verbena de mi pueblo, bailando sola. Un vaivén desvaído sin ritmo iba acompañando a su cuerpo. En la mano tenía cosido un vaso vacío y la otra mano la agitaba tratando de atrapar algo que a mí se me escapaba.
Dejé a los amigos en la barra del chiringuito y me fui a sentar en un rincón apartado para que nada distrajera la atención, los recuerdos, el análisis y las sensaciones. Recordaba como si fuera ayer en el patio del colegio a Sulfurosa, Solo se dejaba llamar Sulfurosa cuando nos entregaban las notas; el resto estaba prohibidísimo por ella misma llamarla por su nombre y nos exigía de manera tirana que la llamáramos Sulfi, decía que era un nombre de gran carisma y que se distinguía de todas las Anas, Mari Carmen y Pepitas que había en aquel entonces. Su tarjeta de visita era aquellos ojos de gato maravillosos que tenía, una sonrisa seductora a pesar de sus cortos años y de ser la líder de la manada. Todo el mundo había nacido para servirla, incluida yo que era su debilidad a la hora de hacerme ante todos como si yo fuera un esperpento de chica sin gracia, baja, gorda y sin sustancia. Aquella actitud suya para conmigo no me molestaba en exceso hasta que comenzó a hacerme faenas de las gordas como quitarme a mi primer amor, pedirme en un examen que la pasara las respuestas y pillarnos y acusarme de estar copiando su examen y volverme a quitar otro novio con el cual se casó.
Se llamaba Jesús. Alto, moreno, ojos del tono del café con leche, dulces y tranquilos, el perfecto paraíso para columpiarse en una mirada, pero al poco tiempo encontré al amor de mi vida con la vista perdida y un caminar sin reloj. No había vuelto a hablar con él y medió tanta pena que me acerqué. Sus palabras eran evasivas como su actitud escurridiza. Después de aquel día pasaron varios años hasta que nos volvimos a encontrar pues yo saqué una oposición y me fui del pueblo.
El siguiente encuentro fue aún más triste si cabe. Eran las fiestas patronales y todos estábamos en la plaza, lugar de encuentro en cualquier pueblo. Primero vi a Sulfi. Se había teñido peligrosamente el pelo de rubia dejándose las cejas muy marcadas y muy negras. Por su escote se escapaban sus armas arrojadizas, los senos de los que tanto presumió siempre. Bebía y bebía mientras sus carcajadas atontaban a tres hombres que la acompañaban que, según miraban al escote, babeaban sin cesar. Y en el extremo de la plaza, un rincón infantil de nueva creación, revoloteaban muchos niños bajo la atenta mirada de un hombre. Estaba sentado de espaldas y parecía tener un bebé entre sus brazos. Era una escena bonita, tierna y muy apetecible de mirar en ese momento en que la mujer comenzaba a disfrutar de ciertos privilegios hasta entonces vetados para ellas. Siempre fui una sagaz observadora de la vida, como si mi espíritu necesitara vivir a través de la vida de los otros, por lo que no pude refrenar el impulso y me acerqué con mi vaso de limonada a mirar la escena más cerca. En ese momento el hombre estaba consolando a un niño que lloraba mientras que una niña trataba de sujetarle la cara con sus dos manitas. Interiormente me deshice en elogios ante aquella escena hasta que el hombre, tal vez presintiendo una mirada intrusa, movió la cabeza hasta chocarse con mi rostro iluminado por una enorme sonrisa que en ese instante se convirtió en una mueca congelada.
Jesús tornaba casi a un anciano con sus sienes plateadas, una enorme brecha tapada por un vendaje encima de su ceja izquierda y unas ojeras que se descolgaban estrepitosamente. Mi primer instinto fue agacharme para abrazarme a aquella escena. Los niños me miraban con estupor y cuando pudo verlos detenidamente poseían tanta tristeza como el padre. Me senté junto a él y en apenas quince minutos resumimos siete años de ausencias. Le propuse que abandonara a Sulfi y que se marchara lejos con sus hijos y con una voz entrecortada me dijo “La amo, Mari Carmen” No nos dio tiempo a más. Sulfi apareció con una sonrisa borrascosa diciéndole a Jesús que si no le daba vergüenza tener a los niños a esas horas sin cenar. Ella ni me miró y yo le tiré un beso en el aire y me fui con los ojos repletos de nubes a punto de estallar en una copiosa tormenta.
No le volví a ver. La siguiente vez que fui a recrearme en mis raíces, cinco años después, mi madre me contó que Jesús cayó por unas escaleras llevando en brazos a su quinto hijo. “Una desgracia muy grande”, me narraba, pues los dos se mataron. Sulfi se fue del pueblo a Madrid a buscar trabajo dejando a sus hijos con sus padres.
Durante un tiempo estuvo mandando dinero hasta que un par de años después dejaron de saber de ella. Por lo visto, tiempo después, se enteraron que se fue a América con uno que iba a montar un casino allí, pero ella nunca volvió al pueblo, ni mandó dinero, ni llamó preguntando por sus hijos.
Anoche, cuando vi bailar a aquella mujer, de aspecto decrépito y descuidado, el pelo de mil colores, los pechos sueltos sin fuste y ojos de gato perdidos, sentí pena por aquella imagen, aunque un rencor sordo vino a mi boca para hacer vomitar todo el odio que había yacido dentro de mí.
 Sin darme cuenta, me levanté de la silla, nadie bailaba, parecían abducidos por la mujer borracha de la pista. Me acerqué a ella y la llamé por su nombre.
-Sulfurosa, vámonos de aquí- la agarré del brazo y me la llevé.

Mientras los vahos del sueño se difuminan voy oyendo suavemente al mundo despertar y entre medias a la mente llegan las últimas horas vividas y los ojos se me nublan de repente. Una tristeza lastimera se apodera de mí al observar a la mujer que duerme en el cuarto de al lado. No puedo dominar mi odio e ira, me da asco, pero algo en mi interior me dice que no deje a esa cerda sola.

martes, 8 de agosto de 2017

EVARISTO, un relato mágico

Yo era una niña cuando oteé por primera vez a Evaristo. Vivíamos en un primer piso, y me pasaba las horas muertas en la ventana escudriñando a unos y a otros. A los más reticentes, hubiera jurado conocerles por dentro: sus maneras de comportarse al hablar con algún conocido, los gestos, la forma de caminar, los movimientos mecánicos, incluso me hablaban de sus estados del alma, de su forma de ser.

El que más me cautivó fue el galán de doña Asunción, nuestra vecina del segundo piso. En aquel entonces aún era joven y apuesto. Pasaron años en la misma actitud. Jamás le vi subir a su casa, y sí despedirse quitándose el sombrero para, después, besar con un leve roce de labios la mano de la mujer que en esos momentos parecía una dama, aunque en la convivencia vecinal fuera insoportable. A doña Asunción la podías ver por las escaleras y darte ganas de vomitar por su mero aspecto: tez ajada, amarillenta. Su ropa olía mal, no tenía apenas cabello. Todo le molestaba, cuando era ella la que mortificaba al resto de la comunidad.
Sin embargo, en los encuentros con Evaristo dejaba una estela de perfume delicioso en el portal, la piel era tersa y de buen color. Su pelo semejaba un frondoso jardín de orquídeas en forma de mariposas brillantes. Al ver Evaristo se la iluminaba la cara con una sonrisa. Sus movimientos eran delicados, así como la musicalidad de su voz al dirigirse a él.

Un buen día, estudiando yo primero de carrera, él desapareció de escena. En el decorado surgió un nuevo acompañante. Nada que ver con el anterior, y sí muy cercano a la verdadera doña Asunción. Éste subía a su casa y preparaban unas grescas que nos tenían a todos escandalizados. Una noche, mi padre tuvo que llamar a la policía. Cuando ésta llegó, era demasiado tarde. Él la había estrangulado. Por los periódicos nos fuimos enterando de los pormenores. En ese momento entendí muchas cosas, sobre todo la más importante: las apariencias son sólo eso. Engañan y ciertas situaciones a veces no son tan fáciles de comprender, y menos para juzgar. Lo único decente que tuvo esa mujer atropellada por las circunstancias, los maltratos de un marido que terminó matándola, fue aquel caballero que la cortejó durante los años en los cuales el esposo estuvo en la cárcel por ladrón y no sé cuántas cosas más.

El verano en que me licencié, me salió trabajo en una de las bibliotecas municipales situadas, para la estación, en los parques de la ciudad. Principalmente los visitantes más asiduos eran los chavales de doce y trece años y, esporádicamente, algún adulto. A primera hora de la mañana se formaban largas colas para coger los libros. En una de ellas encontré de nuevo a Evaristo. No habían pasado los años por él, sin embargo, se me antojó triste al apreciar las ojeras que jalonaban sus ojos a pesar de ir bien vestido con termo, corbata y sombrero de verano. Sus ademanes seguían siendo exquisitos y, con suma educación, me preguntó qué libros de poemas había en la biblioteca ambulante.
A partir de aquí comenzó una extraña relación con este hombre. Cada mañana a las diez en punto estaba esperando. Me regalaba una dulce y tímida sonrisa y, mientras yo buscaba su pedido, me contaba alguna anécdota de su vida. Después, se sentaba en un banco frente a la biblioteca. Al observarle, ofrecía una estampa muy hermosa aquel hombre que entraba en la ancianidad con porte y serenidad mientras se concentraba con agrado en la lectura; los rayos de sol que se colaban entre las hojas de los árboles iluminaban su silueta.
Si tenía algún hueco libre, me acercaba a charlar con él. Así pude conocer a poetas maravillosos como Francisco Pino, Oliverio Girando o Cesar Vallejo. Incluso saber que él era poeta. En alguna ocasión me leyó algún poema suyo: “Yo sólo creo en los placeres de la cama/ y en la irremediable soledad del alma” *… Entre sus versos intuí la forma que él tenía de ver el mundo, el desgarro de su lírica y su crispación ante el engaño y el desamor. Poseía, además, un fino e irónico humor al narrarme pasajes de su historia más personal. Era un descreído de la vida, se burlaba de ella, pero palpé que al fin y al cabo era un buen hombre.

Se había casado dos veces y en ambas fue abandonado, sin embargo, los hijos de los dos matrimonios fueron a vivir con él hasta que se independizaron. Ahora, me decía, con una leve nostalgia, que vivía solo y el silencio a veces le pesaba demasiado.
Me moría de ganas por preguntarle por doña Asunción, pero siempre había algo que me echaba hacia atrás. Él era tan comedido, delicado y cauto, que me intimidaba. Sí notaba que necesitaba hablar, oír su propia voz y yo, lo único que podía hacer por él, era acompañarle, escuchar sus sabias y cifradas palabras.
No obstante, una tarde en que yo estaba cerrando ya la biblioteca, se personó y me contó que venía del médico. Debí poner cara de susto porque enseguida me tranquilizó contándome que su dolencia venía de antiguo y que había aprendido a vivir con ella: sufría depresiones y el psiquiatra de vez en cuando le cambiaba el tratamiento. Me reconoció con renuencia que las pastillas no eran suficientes si no se acompañaban por una fuerza interior de búsqueda de valores espirituales. Los antidepresivos podían atenuar el dolor, pero no eran capaces sin la voluntad del enfermo de recuperar los alicientes que daba la vida, y él ya no tenía ganas de luchar ni de buscar. Su tiempo había pasado.
Aquella confesión me dejó desconsolada. Le noté totalmente entregado a su desgracia y yo no supe qué decir. Pero no me hizo falta pues Evaristo, con la amabilidad que le caracterizaba, se ofreció a acompañarme hasta el autobús y de paso, me narró el trozo más importante de su vida: doña Asunción...

Se conocieron siendo muy jóvenes y, su historia no tuvo nada de insólito y sí mucho de común con otras que suceden a diario. Evaristo era un chico muy apuesto, de buena familia y con gran éxito entre las mujeres, aunque él nada hacía. Afirmaba que era la timidez junto a su buena conversación lo que más las atraía. Sin embargo, sus ojos se posaron en la menos adecuada. Asunción fue una mujer que le amó demasiado o demasiado poco, según se mire. La relación entre ellos resultó tóxica y dañina. Ella era incapaz de ser fiel a nadie. Le gustaba flirtear demasiado, quizá porque se supiera, en aquellos momentos, atractiva y que, junto a su amor por una mal entendida libertad, un buen día se largó, dejándole con dos niños. Tiempo después, quiso volver, pero él sólo la ofreció amistad sincera, un hombro donde llorar penas y un corazón que la hiciera respetarse así misma… En voz queda, me explicaba: “Compréndeme, era la madre de mis hijos”.
Nunca llegó a entender el fracaso estrepitoso con las dos mujeres con las que se desposó, ni su falta de voluntad para liberarse de las redes del amor, ese eterno desconocido que marchitó su corazón. Cuando se enteró de la muerte de Asunción, él murió también… Escribió su último poema y rompió la pluma con la que siempre dibujó carencias y deseos.
Al acabar de relatarme ese pedazo de su vida, ya se había ido mi autobús. Las luces de la ciudad, los barrenderos y el silencio era el único rastro de vida que quedaba a esas horas. Sentados en la parada como dos estatuas, enmudecimos. Pasé mi mano por su hombro. En poco más de tres horas había envejecido una barbaridad. Me impresionó profundamente, no ya su historia sino su actitud al rato de terminar de hablar porque me dio las gracias de una forma, con un tono revelador de despedida, de agradecimiento tan profundo y sincero por haberle escuchado que, cuando a los tres días leí en la prensa el suicidio de un hombre, supe que era él.

A la semana de su desaparición, recibí una carta. El sobre contenía sólo un poema:
“Puede que sea la tristeza/ que nace con los brotes del otoño y muestra/ su talante umbrío cuando caen las tardes. / Tal vez la soledad que cubre de penumbras y algodones grises/ que empapan el silencio de lágrimas calladas y bajan/ entre surcos que la piel ampara. / O ¿por qué no? Las ilusiones entre cortinas mecidas por la brisa/ que son tan largas de dolores que el tiempo no las abandona y afloran/ los odres de recuerdos que al pasar han fundido en blanco y negro. / Puede que sea tanta la tristeza de este otoño/ que me da igual que muera yo o que mueran otros/ sólo me abrigo en la esperanza y sueño.” *

Al terminar de leerlo, me hundí en una dulce y triste nostalgia.
Nunca olvidaré que tuve el privilegio de conocer a un venerable anciano, víctima de sus sentimientos. Un hombre honrado y un caballero… un tímido seductor.
*Luis Alfredo Alcocer.


domingo, 6 de agosto de 2017

LA GAVIOTA

El sur lo llevo prendido en los pliegues del alma.
En mis ojos, su azul sin límite.
En la boca, el sabor de su salitre.
En el olfato, el aroma de su luz y, en el corazón, la espuma blanca y alegre de esa Andalucía que tanto quiero…

El mar se puso a mis pies para que mis ojos golosearan en su espuma. El agua era un cúmulo de chispas de cristal, oleaje turquesa, y arena desempolvada.
De pronto, inesperadamente, una gaviota se posó muy cerca de mí. Picoteó gorgojos de agua entretanto confiaba que yo era una estatua de sal abandonada por la mar y, por lo tanto, no suponía ninguna amenaza para ella.
Algo me hizo girar la cabeza hacia la arena y la ternura de mi visión se desbordó. Una cría de gaviota chapoteaba entre la mar y la arena. Dubitativos sus pasos, paraban para hallar consuelo de un abandono despistado. Movía la cabeza para escuchar el aleteo de su madre que no descendía. Llegué a sentir miedo por el desamparo e indefensión de aquel minúsculo prodigio de la naturaleza que esperaba a una madre que no aterrizaba. Me dispuse yo también a esperar a esa madre que yo tampoco veía en aquel cielo. Tal vez, pensé, estuviera atrapada en el tiempo, en esa realidad terca que a veces escuece tanto para una madre cuando no puede llegar a sus crías.
No había más sonido que un levante suave azuzando mi piel, agitando las briznas doradas de mi cabello, y un susurro de olas llegando a la orilla de mis tímpanos. En el horizonte, esa línea tan recta, tan horizontal que casaba a la perfección con la mar tan azulada, tan lisa, tan segura… Justamente en ese hechizo presentí, por fin, que algo se acercaba velozmente. Disparé mis ojos al cielo, casi cegatos por la fuerza de la luz escuchando un graznido repetitivo y rotundo. En un suspiro de segundo una inmensa gaviota aterrizó en la arena, igual que una bailarina de ballet posando sus puntas en un suelo de algodón. Traía algo en el pico que la cría capturó rápido, tan rápido como la madre alzó el vuelo llevando en su pico el mejor trofeo: su cría.
Seguí su vuelo tanto como pude hasta perderla en aquel horizonte majestuoso donde presientes que eres tan chico como aquel polluelo de gaviota.

Yo, también levanté mi vuelo sobre aquella arena rubia en la que mis pies se barnizaban del color del albero tibio y sintiendo muy adentro la maternidad que se nos otorga a la humanidad mientras que por mi boca se escapaba un gracias a quien me hubiera regalado esa historia tan sencilla.

miércoles, 26 de julio de 2017

LUNAS DE ABRIL

Fue una historia de amor, aún la recuerdo. Fue la primera vez, la única. Yo era muy joven y salía de la iglesia con mi madre. Veníamos de hacer la novena a San Antonio... Era junio de mil novecientos treinta y seis, y los colores del día eran tan tiernos como mis pensamientos; nada hacía presagiar a mi alrededor los tiempos turbios que se avecinaban. Mi madre resbaló y, aunque la quise sujetar, su peso me venció a mí también. No me preocupaba mi rodilla que sangraba con profusión, pero sí el gesto dolorido de mi madre. Alguien por detrás de nuestros cuerpos nos preguntó que si estábamos bien. Levanté mi rostro asustado y le vi.

Sus ojos azules camuflados tras unas gafas de concha me miraban con interrogación, y yo me perdí en aquel océano sin contestar a su pregunta.
Al ver mi nula reacción, se agachó decidido, primero a inspeccionar a mi madre que con sumo cuidado incorporó llevándola a un banco próximo. Después, volvió a por mí que seguía anclada en el mismo lugar mirando embelesada a aquel hombre joven de pelo engominado, maneras amables y pinta de intelectual.

Claro que había visto muchos hombres. Mi padre tenía una pequeña cantina heredada de mi abuelo. Éste fue un rico terrateniente venido a menos que procuró dejar a cada hijo un mínimo para que subsistieran. A padre le tocó la cantina de la estación y madre y yo ayudábamos, una en la cocina y yo en la barra. Mis hermanos trabajaban la tierra de otros. Así que hombres había visto muchos, pero no como aquel..., nunca.

Sacó un pañuelo inmaculado del bolsillo para limpiarme la herida. La suavidad de sus dedos me hizo temblar. Él, ante mi reacción, paró para mirarme, y sé que en aquel instante nuestras vidas se fundieron para siempre.
Remigio, como así se llamaba, era un maestro de escuela de un pueblo a setenta kilómetros del mío, y estaba en el mío para ver a Pascualón, mi maestro. Tenía entonces veintiséis años (nueve más que yo) y amaba la poesía. El día que le conocí iba camino de la estación. Había quedado en Madrid con un editor interesado en sus cuadernillos de poesía. Pascualón le había animado, decía que tenía madrera de poeta.

Nos acompañó hasta la cantina y le vi montarse en el expreso de las nueve y cuarto de la noche... Los raíles del tren reflejaron el ocaso de aquella tarde de junio, y el humo de la locomotora se llevó mi corazón prendido tras él.
Recibí a los pocos días una carta en la cantina, era de Remigio contándome la buena nueva de su próxima publicación; le escribí, me volvió a contestar y así hasta el dieciséis de julio en que se presentó una mañana en el tren de las diez.
Le vi entrar espigado, gallardo..., y padre me dio el día libre.
¿Qué decir de aquellos tres días? Fueron un sueño, a veces dudo que existieran si no fuera por...
Creo que nuestros corazones presintieron lo que se avecinaba. Remigio había oído, había visto en Madrid cosas que no le habían gustado. Yo no entendía de qué me hablaba, entonces era demasiado inocente, infantil y fantasiosa.
Me entregué a Remigio en cuerpo y alma en aquellos días de antesala a la guerra civil; el dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis fue la última vez que le vi.

Tres años después le mataron por rojo, decían que su poesía atacaba al nuevo régimen y ofensiva para los nuevos valores. Pasó cerca de dos años en la cárcel hasta su fusilamiento. Remigio era un hombre de paz, amante de los libros y que nunca hizo daño a nadie. Lo sé.

Pude escribirle un par de cartas contándole que tenía una hija que había nacido bajo una luna hermosa de abril y que se llamaba Amapola como el título de una de sus poesías, pero tengo la duda que le entregaran aquellos mensajes.
Al terminar la guerra, no me quedaba nada: ni padres, muertos en un bombardeo, ni cantina, y mis hermanos no me hablaban por ser la puta de un rojo.
Entregué en adopción a mi Amapola y yo me fui a un convento de Carmelitas.

En mil novecientos setenta y ocho me enteré por un periódico- sé que Dios estaba detrás de esa noticia- que una profesora de Salamanca había ganado un importante premio de poesía. Corría el mes de abril y yo miraba como cada noche a la luna, se había convertido en una costumbre, tal vez porque buscaba una respuesta en ella que nunca llegaba. Después, me puse a pelar unas patatas y guardando las mondas en las hojas de un periódico cuando leí la noticia y vi la foto de la mujer.
Entonces comprendí que tanto la vida de Remigio como la mía había tenido un sentido, no habían muerto después de aquellos días de julio del treinta y seis; la respuesta había tardado, pero había llegado.

Amapola, nuestra hija, con otros apellidos, pero con las mismas facciones que su padre y el mismo amor a la poesía que él, era la respuesta de aquella luna de abril.
Mi historia de amor, que pensé arrancada de cuajo, había cerrado su círculo felizmente.


sábado, 22 de julio de 2017

YO POR MI HIJA MAAAATO…

Esto no es un relato, aunque bien lo pudiera ser, pero es la vida misma, la cruda realidad de esperpentos que han creado ciertos programas y los telespectadores que hemos seguido esas cadenas de televisión.

Hija de una princesa del pueblo o una princesa del pueblo fabricada por una televisión corrosiva…
Me voy a mojar en un tema absurdo a simple vista, aunque las consecuencias han ido mucho más allá y deprime pensar como los medios de comunicación del “Cuore”, al menos algunos, han podido destruir a un ser humano, pero no lo han conseguido…de momento.
Esos programas que se deberían llamar “Todo por la audiencia” lo único bueno que tienen es, supongo, dar trabajo a un batallón de psicólogos porque después de machacar y destripar al famoso de turno, tienen el deber y la obligación de reconstruir, si es que se puede, la cabeza de aquel o aquella que reclamó su minuto de fama gloriosa.
No me vale que digan que la persona X se prestó encantada, es más, ella quería porque, ¿dónde se halla la moralidad del que supuestamente está preparado, formado?, ¿acaso no se da cuenta que el que pretende ser famoso no tiene los registros suficientes para defenderse de esos buitres que le van a acosar?

Una vez dicho esto, el que lo niegue es un cínico, en más de una ocasión he visto estos programas por distintas circunstancias. Momentos que se pueden resumir en uno: mi cabeza llegaba tan atascada del trabajo que me quedaba delante de la pantalla del televisor embobada hasta con la boca abierta. Luego despertaba del estado catatónico en el que llegaba a casa y a otra cosa mariposa.

Así pude conocer las aventuras y desventuras de personajes fetiche de estos programas descuartizadores de personas… La Pantoja y sus hijos, Carmina Ordoñez o Belén Esteban.
¿Qué hay de verdad en estos personajes a cuyo producto se suben hasta la asistenta de turno que se vende como Judas? Porque los aledaños son Judas que por unos buenos euros cuentan de qué color es el papel higiénico que usa el destripado de turno.

España es un país de porteras, los hechos y números cantan; yo soy una portera.
Una cosa es que se cuente que hay una fiesta, que fulanita llevaba un traje prestado, que fulanito se murió y fue fulanita y perenganita al entierro…, y otra muy distinta es meterse en los interiores de una persona.  Claro, lo primero no vende porque no hay carnaza ya que nos mola la depravación, las miserias y bajezas ajenas, así de paso olvidamos las nuestras.
Todo este rollo que acabo de soltar viene a cuento de la mayoría de edad de la hija de una famosa que ha vendido hasta su carnet de identidad y ha hecho de ello su “modus vivendi”
Pero la madre es una cosa y la hija es otra. He de reconocer públicamente que Belén Esteban me cae simpática, aunque ha hecho muchas de las cosas que más odio en esta vida. Sin embargo, hay un sexto sentido que deseo que no me falle que me dice que es una buena persona. Da de sí lo que da, pero no hay trampa ni cartón, vamos que es igual por el derecho que por revés y ha estado a punto de morir en las garras de su modus vivendi.
Pero bajos sus luces y sombras está su hija y su famosa frase “Yo por mi hija maaaato” … La hija de la Pantoja es punto filipino y no me da ninguna pena. Pero Andrea sí.

La chiquilla es poco agraciada o nada, ¿y? ¿Por eso va a ser la mofa de todas las redes sociales? ¿Acaso tú eres tan guapo como para estar por encima del bien y del mal? ¿Acaso tú y yo somos un dechado de virtudes que nos podamos permitir reírnos de todo y de todos? ¡Venga ya!
Tal vez si nos comportamos como seres humanos esta chiquilla que acaba de ser desprotegida del anonimato pueda llegar a ser una chica corriente, con sus estudios, su trabajo…, vamos lo que todos deseamos para nuestros hijos. Dejémosla pixelada, que ría, que corra y salte, hasta que se coja su primera borrachera como lo hemos hecho tú y yo sin que nos hayan sacado en la prensa, porque parece ser que la joven, sí, esa joven tan poco agraciada lo único que quiere es vivir su vida y que la dejen en paz.

Honestamente, puedo equivocarme, ojo, creo que la princesa del país de los porteros y porteras podrá contarnos las aventuras de su hija, pero su hija querrá seguir su existencia anónima.
Espero no arrepentirme de estas letras porque mi vida está sellada de arrepentimientos, de recoger velas y volver al mar a navegar para posteriormente equivocarme, perdonarme y vuelta a empezar... Ya digo, estoy sellada de arrepentimientos, pero esta vez me gustaría no equivocarme con Andrea.

martes, 18 de julio de 2017

TRES BILLETES DE 20 EUROS

Compró una docena de huevos de los cuales, cinco, llegaron rotos. La tensión se mascaba en los últimos meses y, un detalle nimio, tonto, puede ser la gota que ahoga definitivamente una convivencia…

Después de cinco años en el dique del paro, me llamaron para camarera en un club de alterne. Era abogada, quebró el bufete y me fui a la calle. Al principio pasé meses deprimida, sin querer asimilar la situación. Luego me acostumbré y me especialicé en ser ama de casa, pero desde hacía un año en mi mente no cabía un guiso más. Servía para algo más y Lucrecio calmaba mi pena con poca convicción. Así que cuando me ofrecieron ese trabajo no lo dude. Necesitaba salir de casa, sentirme útil, aunque fuera sirviendo copas y, sobre todo, tener la sensación de independencia. El sueldo era una miseria, pero me avisaron que las propinas eran un acicate.

Al poco de estar trabajando, a Lucrecio le despidieron; reajuste de plantilla, y pasó a ocupar el hueco vacío que dejé yo en casa. Como no le gustaba comenzaron las tiranteces y las presiones.

Sin embargo, yo era feliz trabajando; servía copas y daba consejos legales a clientes. Las propinas comenzaron a llover. Según me las daban, las metía en el sujetador como hacían mis compañeras.

La noche de los huevos rotos, enfurecida me fui a duchar. Lucrecio fue detrás de mí y al desnudarme cayeron tres billetes de 20 euros. El nerviosismo se apoderó de él y me llamó “Zorra”
Nos pegamos, nos insultamos y todo se acabó entre nosotros.


Desde entonces, Lucrecio es un cliente más del club. Le arreglé el divorcio y me pagó con tres billetes de 20 euros.
Somos felices y entre nosotros cada vez existe más alta tensión…corporal.

domingo, 9 de julio de 2017

CERRADO POR DESCANSO

En unos días volveré. Disfrutad de la vida y nunca olvidéis reír.

miércoles, 5 de julio de 2017

EL LENGUAJE DE LAS NUBES

Marta cose y Carmela mira la televisión. Todos los días son exactamente iguales, afónicos, aburridos. Pero Marta ya lo sabe y renunció a que fueran distintos. Carmela no hace nada más allá que someter bajo su yugo a Marta. Piensa que es obligación de toda hija cuidar a sus padres, estar a su merced día y noche.
Marta tuvo su oportunidad de volar y le salieron mal las cosas. Otra mujer se cruzó en su camino cuando tenía a Gustavo a punto de decir “sí quiero”. La otra fue más lista, más libre. Llegó en el momento de titubeo de dar el paso o no. A Gustavo, Marta le parecía una chica estupenda, amena, divertida con ganas de beber la vida. Él hacía tiempo que estaba a la vuelta de todo y deseaba fundar un hogar, pero algo en Marta, bueno más bien en su familia, le echaba para atrás. La excesiva dependencia de Marta con sus padres la sentía como una cadena demasiado pesada. Llegó Sofía y se lo dio hecho. Sin darse cuenta le ató con la maternidad y se casó con ella. Al principio añoró a Marta, pero por poco tiempo. Sofía no daba tregua para que Gustavo se quedara anclado en el pasado y Marta dejó de ver la vida pasar cómo un rayo de luz.

Lloró en silencio, se refugió en el trabajo y después en el cuidado de sus padres. El padre había muerto cuatro años atrás y cuando sucedió el óbito, sintió como una liberación. De vez en cuando al salir de trabajo, daba un paseo, tomaba un café, sonreía. Pero a Carmela esa tregua en la vida de su hija no la gustó. Temía que reiniciara la aventura de vivir y ella fuera abandonada.
-Si Marta se va, ¿quién me va a cuidar?
-Mujer, tú eres joven. Puedes vivir sola y en el momento que necesites a Marta, sabes que vendrá.
-No, no. A mí me da miedo estar sola y mi corazón no funciona ya bien. Cualquier día…
Y con el pretexto de corazón, Marta dejó de pasear de tomar café y de sonreír. Según terminaba de trabajar, iba a buscar a su madre y jugaba a las cartas con ella, o preparaba la merienda para su madre y sus amigas o iba al médico, lugar que encandilaba a Carmela pues mantenía que una salud vigilada era un seguro de vida.
Marta cada vez que entraba en el consultorio médico, un par de veces por semana, el tedio se inflaba hasta nublar sus ojos y quedaba dormida en la sala de espera.
-¡Marta, por dios, despierta! Qué poco te importo.
-Mamá, si estás hablando con la gente, qué más te da.
-No me da igual, qué va a pensar la gente.

El qué dirán era una soga opresora con la que Marta había crecido y a la cual estaba demasiado acostumbrada. Muchas noches soñaba en que se saltaba las reglas de juego y se iba lejos, lejos de aquellos muros. Cuando despertaba era la misma chica sumisa de siempre, sin quejas ni protestas.
Por fortuna, Marta halló en su imaginación el mástil para sujetarse de su propio naufragio y llevaba ya un año que cuando su madre se ponía a lamentarse de sus desgracias, Marta volaba a ese mundo paralelo donde ella era tan libre y fuerte como el viento.
Últimamente Carmela presentía la muerte. Cada noche despertaba a Marta porque decía que tenía taquicardias, que no podía respirar, que sus pies no respondían… Todo con tal de no dejar dormir a su hija. Y en Marta iba creciendo el odio, tanto que se asustó y fue a confesarse aunque ya la confesión no la consolase y odiase las iglesias, las misas y los rosarios; tanta mojigatería había terminado por asfixiar a Marta. En un mes llevaba tres novenas por la salud de su madre y en la última descubrió así misma pidiendo a Dios que su madre muriera, que otros merecían más vivir que ella.

Cuando reflexionó sobre sus pensamientos, se asustó y como no tenía con quién hablar ya que había perdido todos los contactos con sus amigas, decidió descargar su conciencia con un sacerdote.
-… Padre, he tratado de ser buena hija, pero he incurrido en el pecado. Comencé siendo dócil con las peticiones de mi madre, pero ya no la soporto. Deseo que se muera y me tengo miedo a mí misma.
-…Hija, la bondad de corazón hacia el prójimo es un seguro para ganarse el cielo.
-… Yo no quiero ganarme el cielo, quiero vivir.
-… Los hijos han de cuidar a sus padres. Olvidarse de sí mismos. Dios te premiará por ello el día de mañana.
-… Padre no quiero el día de mañana, quiero el ahora de este momento.
-… Calma, recemos juntos para que Dios te dé fortaleza.
Según terminaba el sacerdote de pronunciar la palabra fortaleza, Marta se levantó del confesionario y diciendo “Señor, perdóname”, salió de la iglesia.

Esa noche apenas durmió. Pasó las horas fumando; hasta Carmela se asustó y se levantó a rezar en silencio un rosario mirando de reojo a su hija.
El día transcurrió tranquilo, Marta estaba serena y su madre volvió a las andadas y, cuando era la hora de salir del trabajo, recibió una llamada de una vecina.
-Marta he llamado a una ambulancia. Tu madre nos llamó diciendo que la faltaba el aire, que no podía dormir y que tenía el brazo derecho paralizado. Nos dijo que no la cogías el teléfono.
-Muchas gracias… Aquí no ha sonado el teléfono, bueno, da igual. Díganla que voy para el hospital…. Muchas gracias.
Marta recogió tranquilamente su mesa de trabajo, se puso el abrigo y en vez de coger un taxi, se fue andando. Estaba rabiosa por el numerito que había montado su madre, por su mala suerte, por sus nefastos pensamientos.
Cuando llegó a la hora al hospital, una enfermera le comunicó que estaban haciendo un chequeo a su madre y que, de momento, no habían encontrado nada; de sobra sabía Marta que estaba como un roble.
Se apoyó en la ventana de la sala de espera, estaba anocheciendo, pero aún se veía el cielo. Una claridad extraña traspasaba las nubes. Pensó que era muy hermoso aquel espectáculo, parecía que las nubes la estuvieran infundiendo ánimos.

Marta y Carmela llegaron a las doce de la noche a casa. Con ternura, Marta desnudó a su madre, mulló bien los cojines para que estuviera cómoda y la ofreció una tisana para que pudiera conciliar el sueño. Carmela estaba feliz, su hija hacía tiempo que no la veía tan dulce y compasiva. “Así deben ser todos los hijos”, pensó para sus adentros, “Un buen susto es lo que necesitan a veces para que nos hagan caso” Y con este pensamiento cerró los ojos.
Marta, al rato, se cercioró de que su madre estaba dormida y se fue a la cama. Antes, lavó la taza de la tisana de su madre. La frotó fuerte, muy fuerte, para que quedara brillante y luego la colocó en el armario; esa noche durmió profundamente.
A las seis y media, como todos los días, sonó el despertador. Marta se levantó y fue a preparar el café. También preparó un buen tazón de leche con galletas desmigadas y se lo llevó a su madre. Encendió la luz de la mesilla y vio a su madre dormida; sonrió y se marchó sin apagar la luz.
Se duchó, se arregló y volvió al dormitorio de su madre; seguía tal como la vio la anterior vez. Ahora, se fijó en la mueca extraña que tenía la boca de su madre y la tocó el rostro. Estaba helado. Fue a tomarla el pulso y no tenía. Con suma frialdad descolgó el teléfono y llamó a urgencias. Tardaron en llegar un cuarto de hora. Sólo pudieron certificar el fallecimiento de Carmela. Posiblemente un fallo cardiaco.
Al día siguiente la madre de Marta fue enterrada en un bellísimo ataúd, el más caro que encontró en el catálogo de la funeraria y se celebró un solemne funeral, tal como a Carmela la hubiera gustado. Despidió uno a uno a todos los asistentes y el último fue el sacerdote.
-…Hija, te acompaño en el sentimiento, una irreparable pérdida, pero ya tu madre está con el Señor, feliz, en el cielo.
-Gracias, Padre.
-… Marta, mírame… ¿Tendrás la conciencia tranquila, verdad, hija mía?, ¿no habrás hecho nada de lo que te puedas arrepentir, verdad?
Marta le miró y, después de retener una sonrisa en sus labios, dijo:
-… Padre Dios es justo, ¿no cree?- y según terminó de decir esto se dio la media vuelta y se fue.
Al día siguiente, Marta se despidió del trabajo, cerró la casa y se fue lejos de su ciudad.
 … Marta está mirando las nubes, está convencida  que tienen su propio lenguaje. Nunca ha sentido tanta paz.

martes, 27 de junio de 2017

LA PACA, LA MUJER DE LA ESPAÑA INVERTEBRADA

La Paca es una mujer muy sentida. Su yerno decía que pertenecía a la España invertebrada. Cuando comentaba esto, la Paca se le quedaba mirando y en sus adentros murmuraba “Semejante mamarracho, bien podría estar callado, qué sabrá él…” Y ella seguía siendo ella, mujer sencilla y de arrestos “echá palante”
Sin titubear, ve la vida con maestría, otra cosa no puede hacer. A ver, qué remedio la quedó a la Paca al quedarse viuda de un borracho y cinco hijos que sacar hacia un futuro incierto, oscuro el panorama que vio delante de ella cuando se quedó sola con cinco renacuajos... Y, después, la otra desgracia, la más grande, la que nunca imaginó que le fuera a suceder...

¿Leer? A duras penas, y escribir, su nombre en trazos temblones. Eso sí, sumar y restar, hasta con los ojos cerrados.
Aprendió a llamar a todas las puertas, a convertir un no en un sí, a comerse el orgullo y llevar el pan cada día a sus hijos. Limpió la mierda de otros, las horas extras eran las veinticuatro horas del día y su hucha, una lata de aceite que encontró en la basura. “El chisme este e mu bonito” Pensó y, una vez lavado, lo puso de decoración, un recordatorio de todo lo que hubo de purgar en aquellos años de penas y miserias. Nada más entrar cada noche pasaba por la lata a meter sus sobras, pocas, pero tacilla a tacilla, la hucha fue engordando a base de sacrificios, de lágrimas tragadas y la alegría de ser ella y no otra.

Sus cincos hijos, Paco, Manuel, Sebastián, Carmela y Lorena tuvieron buena escuela con su madre. Bueno, menos la pequeña Lorena, la debilidad de la Paca. A veces, cuando todos dormían, a la Paca la gustaba pensar y soñar, y soñaba que la Lorena llegaría a ser algo grande, para eso llevaba el nombre de una radionovela, la favorita de la Paca que escuchó bien de jovencilla y se dijo que un día tendría una hija tan bonita como la muchacha de la radio. Casi se la escapa su sueño, pues su difunto marido quería que la niña se llamara Ambrosia. “Y un jamó”, dijo la Paca.

La madrugada en que se puso de parto, llamó a Paco, su hijo mayor y le dijo “Da vino a Padre, y mucho, la noche será larga”… Amaneció y al mediodía, el marido de la Paca seguía durmiendo la mona, lo que aprovechó ella para ir al registro y llamar Lorena a la destinada a ser Ambrosia, la niña de sus ojos.

Sí, ella daba paría en casa con la ayuda de su amiga Genara, la comadrona del pueblo, y al día siguiente se levantaba como nueva a seguir la faena.
A veces, la Paca piensa que las mujeres de antes eran de otra pasta y ahora se derriten como la margarina. Las comodidades no las ha beneficiado para nada. Además, para ellas la familia no es lo primero y eso antes podía ser un pecado, pero ahora nadie peca, todo vale… “¡Dios, mío, qué mundo” Piensa la Paca mientras  recuerda aquel aciago día. Observaba cómo se arreglaba su Lorena.
-¿Dónde vas, hija, con esas pintas? Que sepas que así, de esa guisa, vas pidiendo guerra.
-Mamá, es lo que quiero.
-¿Y tu marido qué opina?
-¿Ése? Cualquier día le doy boleto y me largo. Pretende tenerme en casa metida cuidando de los niños. Lo tiene claro…
-A ver, tienes a la jodía de tu madre para que les cuide. Esos niños necesitan una madre y no una abuela.
-Mamá, tú vales por las dos. Vendré tarde, no me esperes.
Lorena cerró estrepitosamente la puerta y la Paca pensó que hizo mal llamando a la niña Lorena. Debía haberse llamado Ambrosia, seguro que su carácter hubiera sido distinto y, para colmo, tuvo que aguantar un yerno que decía que ella, la Paca, era de la España invertebrada “será mamarracho”, pensaba mientras ideaba a ver qué contaría al yerno cuando llegase esa noche a casa y no encontrara a la Lorena.
“La niña era un poco puta” Reconoce la Paca, pero para pringada ya estaba su madre o su hermana Carmela, tan tonta como la madre, razonó la Paca… “¿No habría un término medio, Señor?” Suplicó a Dios mientras daba cenar a los dos nietos… “Y es que mi yerno es un capullo, ¿cómo le voy a dejar a mis dos nietos?, ¿para qué les convierta en dos vertebrados españoles?, ¿qué querrá decir este mamarracho con la España invertebrada?... Y así se durmió la Paca aquella noche en que no padeció insomnio, y más la hubiera valido haberlo padecido, así, quizá, tal vez, su Lorena estaría viva.
Porque aquella madrugada el yerno de la Paca llegó a casa y al ver que la Lorena no estaba, la esperó en la puerta con el cuchillo de trocear las gallinas y cuando la muchacha fue a abrir la puerta, de las sombras apareció el mamarracho vertebrado rasgando la vida y la belleza de la Lorena, la chiquilla con nombre de radionovela. Después, él se cortó las venas.

Ha pasado el tiempo y aún la Paca se pregunta quién era quién en aquella España invertebrada de aquel entonces, si su yerno, la Lorena o la misma Paca. Por si acaso, la Paca ha mando a estudiar a sus dos nietos para que sus mentes sean libros abiertos y cerrados, no vaya a ser que los invertebrados vuelvan a rondar su casa.


domingo, 25 de junio de 2017

LAS CARAS DE LA VIDA

La mañana ha nacido plagada de nubes grises, un abanico digno de mirarse mientras tú te vistes de azul y respiras un aire suave y bebes a sorbos tu primer café.
Alguien por los mundos cibernéticos sugiere leer esto, lo otro y lo de más allá, te da los buenos días y me dejo arrastrar encantada pues mi cabeza, aún virgen a estas horas, despierta queriendo saber, pero no saber lo de siempre, lo de todos los días que envenena el ánimo y te hace dar traspiés ya en el alba. No, algo que abra mis poros y me deje sentir que el mundo es otro además del que existe y me muestra reiteradamente la misma faz desagradable y doliente.

Comienzo leyendo poesía, Neruda, Hernández, Salinas, incluso algún poeta que no conozco. Luego, instintivamente, sin darme cuenta, buceo algo que clame la sensibilidad, que pinte mi percepción de sonrisas, de ánimo, de positividad.

Porque estoy harta de políticos, ladrones, criminales, maltratadores, estrellas rutilantes del firmamento futbolístico… Y es una hartura incongruente pues lo que hago es echarles la culpa a ellos y mirar hacia otro lado, y esta mañana en el poso del café me estaba esperando una pregunta “¿Qué haces tú para mejorar todo aquello que te irrita?” Mis ojos dormidos leían los posos sin ver y una segunda pregunta, esta vez era el azúcar quien me preguntaba, “¿Huir esa es tu respuesta?”
Como me eran dos preguntas incómodas, las he aparcado y he seguido viaje por la autopista de la información hasta que una amiga sugiere a hora temprana que leamos un artículo de Aberasturi y allá que me ido.

Me gustó, me gustó mucho y me hizo trasladarme a cuarenta y ocho horas antes. Era la noche de San Juan, estaba atardeciendo y mi ciudad, Valladolid, se hallaba más silenciosa de lo habitual. El calor nos había regalado una tregua a todos.
Recuerdo que íbamos paseando despacio, tranquilamente y casi sin rumbo, simplemente por el placer de dejarse llevar cuando, por una calle que bajaba hacía el río vi dos escenas que me encandilaron e instantáneamente me enamoraron…

La primera, un anciano con sombrero de paja, camisa abotonada hasta el cuello, en silla de ruedas y encima de sus piernas descansaba un bastón. La silla en cuestión iba empujada por un chico joven, no más de veintidós años e iba dando animada conversación al anciano; solo pude oír este fragmento:
-Abuelo, tú no te asustes porque habrá mucha gente pero te lo voy a enseñar todo. Seguro que las hogueras ya están encendidas.
-Tira, tira, tú tranquilo. Para mí esto es una aventura. Luego compramos churros, pero no se lo cuentes a tu madre que nos pela. Vive obsesionada que todo me cae mal al estómago.
Caminamos un rato tras de ellos y sentí ternura y amor.

Segunda escena, llegábamos al paseo de las Moreras. Abarrotado de gente, policías organizando  para que nada quedara al azar y pasan por nuestro lado dos mujeres de distintas edades; bien podían ser madre e hija. Iban agarradas del brazo en amena conversación y señalando con sus dedos a uno y a otro lado. En un momento dado la mujer más joven apoya la cabeza en el hombro de la otra mujer. Escuché sus risas y como la mano de la más mayor acariciaba el rostro de la más joven.

Escenas menudas, simples, pero reconocedme cargadas de belleza. Esa belleza humana que hoy no se ve o no queremos ver.
…He vuelto a los posos del café, al azúcar y he tratado de analizar sus preguntas. No me esculpo de mi actitud, la rabia y el rechazo, no me abandonan, pero quiero pintar mi mundo de colores y que mi gesto lo copien otros o yo lo copie de ellos. Tal vez nuestros hechos hablarán más que nuestras palabras e induzcan a otros a imitarlos.

PD Os recomiendo leer este artículo… http://grego.es/?p=8485

miércoles, 21 de junio de 2017

GESTANDO

Ayer fue uno de esos días que amanecen en gris; cielo y ánimo. Juntos los dos, la luz de tu pensamiento se torna igualmente ceniza. Eso tiene sus pros y sus contras.
Por un lado, cuando el color plomizo te rodea, tu percepción se amplifica, la sensibilidad imprime carácter a tus horas y puedes escuchar mejor el dolor, el desánimo, la languidez en tu propia piel y así escribir con ojos de drama las partes oscuras de la vida que, cuando eres feliz y positivo, no eres capaz de transmitir los duelos en su plena intensidad.
Por otro lado, si despiertas con el día sombrío, incluso con el petricor ajustado a tu olfato, eres incapaz de ver luz en tus minutos; todo te molesta, todo te distrae. Tu tiempo es tiempo perdido en los suburbios de la negatividad.

Y ayer me dio por pensar en mi nueva hija al ver un anuncio que decía a todo color “Descárgate gratis las últimas novedades literarias”; fue lo que me faltaba para presentir temporal en mi ánimo que no se cosía al nuevo día.
Seguramente habrá escritores fecundos, rápidos, ágiles, que con nada se enganchan a un teclado, a una hoja de papel en blanco y crean maravillas sin más; no es mi caso.
Lo normal es que la gestación de una obra literaria, ensayo, poesía, narrativa… lleve sus duelos impresos, sus ausencias, días de sangre en que no ves ni el alba ni el crepúsculo. Días en que como ave de rapiña buscas documentación, meses de claroscuros en los que prende la llama en ti, meses de ceniza en los que tu trabajo se estanca y no avanza por mucho que te empeñes. Horas de absoluta soledad y de ejercicios espirituales en los que te adentras en descuartizar sentimientos…

Yo, cuando comienzo una nueva novela tengo la sensación de tener barro en mis manos, o un lienzo níveo con pinceles y pinturas esperando a mi lado, o un bloque de madera con cincel en ristre… De pronto, ves una pequeña lucecilla y te sujetas a ella; anotas y sigues buceando en tu cabeza, incluso comienzas a manchar el lienzo, a manosear el barro entre tus dedos y no paras hasta que ves ante tus ojos un posible personaje, hasta que sientes que a tu corazón llega una nueva vida y te vistes de ella y vives para ella y terminas siendo ella. Sí, esa persona que vive en cualquier estantería de tu memoria, que viste un día que no recuerdas pero que selló su existencia para que tú la dieras vida en papel.

Se sorprendió la periodista, incluso mis compañeros de tertulia literaria aquel día en que manifesté que yo no regalaba mi obra por respeto a mi trabajo principalmente… ¿Acaso regalarías tus jornadas de trabajo? ¿A qué no? Por propia dignidad, por tu esfuerzo personal y, no nos engañemos, económicamente los escritores desconocidos nadie nos ayuda, somos nosotros quienes tiramos de nuestra cuenta corriente para sufragar el sueño de ser escritor.
Una media de trece meses escribiendo más siete u ocho corrigiendo tú y los que te ayudan a evaluar tu trabajo y a sellar que la historia no haga aguas, no se rompa por ninguna esquina.
Llevo seis capítulos de mi nueva novela mientras se corrige “La ruta de la vainilla”…Seis capítulos en los que cada amanecer me pongo a manosear unas vidas que no logro dar vida, no las hago mías aunque sueñe con ellas, aunque camine, respire e imagine. Sin duda un sobreesfuerzo como haces tú muchas veces en tu trabajo.
¡Por favor, no descargues gratis libros!

Vete a la biblioteca, pídelos prestados, cómpralos… Lo que no te guste para ti, no lo quieras para los demás.

jueves, 15 de junio de 2017

LA CASA

Bajé del coche y arrastré mis pasos; mi ánimo hacía juego con el ambiente que me rodeaba. La tarde era ceniza, lluviosa, como si la vida ese día se hubiera maquillado de gris.

Allí estaba ella esperándome desde hacía al menos ocho meses. Las huellas de las últimas tormentas se dejaban ver entre sus canas, sin embargo se mantenía erguida, con su aparente modernidad de una época que ya pasó, y aquel silencio que encerraba tantas risas, encuentros y recuerdos. La volví a mirar y no pude reprimir esa ternura que siempre me aflora al contemplar su perfil añoso y gastado. “Yo también pinto canas en el alma, amiga” La dije calladamente antes de abrir la puerta. Un vientecillo suave se arremolinó junto a mis pies para regalarme como bienvenida un ramillete de hojas secas.

La puerta se dejó seducir por mi mano y se abrió dulcemente y, entonces, mi olfato se disparó. Un olor rancio y húmedo era lo único que quedaba con vida en sus paredes atrincheradas de años. Mi vista se paseó en la penumbra con la tristeza haciendo aguas en el quicio de mis ojos. Todo estaba tapado con sábanas de colores esperando que yo desempolvara sus secretos. Las persianas estaban bajadas, pero por sus rendijas se colaba la luz gris perla de esa tarde de junio. 

Me senté en uno de los sillones a esperar que mi mente se aclimatara a los nuevos cambios en mi vida y, sin darme cuenta, un pequeño rayo de luz opaca enfocó la mesita que estaba al lado del sillón. Entre la sábana que la cubría se podía adivinar un bulto. Lo palpé pero no supe qué era.

Desde el jardín mi marido reclamaba mi presencia para que le ayudara con los bultos. Los vecinos también se habían hecho eco de mi llegada, sin embargo yo seguía allí dentro sentada pensando en las musarañas, en aquellos pedazos de telas descoloridos aguardando tal vez a que yo les diera vida. 

Y de repente me encontré hablando a ese aire empolvado y hacinado en el ambiente “Me siento cansada, ¿sabes? Todo me sobra, tan solo necesito un rincón para mis huesos, un par de silencios para pensar, una risa agradecida y un abrazo para calentar el corazón, no necesito más”… Mascullé mientras ella me contemplaba y asentía a mis reflexiones.

En el jardín seguía habiendo ruido, palabras inconexas, ladridos y, para colorear aquel momento, unos cuantos truenos cargaban al cielo de aplausos lluviosos, pero yo seguía aislada en ese mundo que no se toca, solo se siente. Entonces decidí levantar aquella sábana vieja que cubría la mesita; mis ojos, de pronto, se iluminaron. Acababan de reencontrarse con su último verano.
Una agenda de hojas sepias, onduladas de humedad, aromatizadas por crema de  sol sellada a su piel. Estaba abierta con su bolígrafo preparado. En la última hoja se podía leer “El tiempo descansa sobre nosotros, los días, los meses, no pasan, los llevamos encima. Solo falta que tú pongas letra y música”… Sonreí comprendiendo que un halo misterioso está siempre pendiente de nosotros ayudándonos a dar sentido a nuestras huellas.


Sentí la dulzura de su abrazo, la voz de mis padres en las cortinas, las carcajadas de mis amigos en la bodega, los gritos infantiles de mis hijos en los muebles.

Y me levanté de aquel sillón. Ya no sentía cansancio sino urgencia. Levanté persianas, abrí ventanas, encendí la nevera y me asomé por la puerta de esa casa que siempre me espera desde mi tierna juventud. Después, con la luz que faltaba a esa tarde gris, mi rostro se encendió y dije al aire de mi jardín “¡Hola, ya he llegado!”

lunes, 5 de junio de 2017

LA CHAQUETA

Te conocí en algún lugar que no recuerdo. Tu cara menuda, aquel gesto tan tuyo de esconder la cabeza por vergüenza, el rascarte la sien izquierda convulsivamente. Tu lengua mojando tus labios resecos de palabras. Tus manos de dedos afilados juntándose para sentir la valentía que te faltaba. Aquel pelo lacio de un trigo descolorido. ¿Y la nariz? Tan chiquita como tú misma, respiraba a trompicones.

Sí recuerdo el calor, caía como un centauro sobre nosotros y sin embargo tú llevabas chaqueta; temblabas de frío. Te miraba y te miraba, había algo en ti que se me escapaba. Tu mirada huidiza me clamaba pero no sabía el qué.

El grupo comenzó a charlar animadamente y sé que escuchabas. A veces te asombrabas, otras reías y muchas te evaporabas hasta que, sin darte cuenta, tu piel se desnudó; te quitaste la chaqueta y mis ojos acusaron el dolor.
Rasguños de cicatriz, moratones recientes; no pude seguir, habías pillado mis ojos grapados a tu piel.

Corriste a buscar tu chaqueta, te la pusiste del revés y te levantaste precipitadamente. Corrí tras de ti hasta alcanzar uno de tus brazos; paraste. No por mi fuerza sino por el tormento de mis dedos en tu piel. Entonces vi tus ojos, tus ojos llenos de nubes. Luego llegó la tormenta.
Palabras mudas, silencios y así fui desgranando tu triste realidad… A veces es tan duro ser mujer que no hay valentía posible para ciertas realidades.
Te acuné en mi pecho, no tenía práctica, pero tú te dejaste porque de mujer a mujer hay algo invisible que une.

No pudiste superar el miedo. Esa misma noche, el amor rabioso, el amor celoso, el amor que destruye…, te fulminó.

Vi tu historia negra en el periódico y aún me pregunto, ¿qué pude hacer por ti y no hice?

martes, 30 de mayo de 2017

DE TEJADOS Y VENTANAS

Las ventanas poseen un mágico imán para mí. Es asomarme a ellas y sentir que mis ojos despliegan sus alas paseándose por las nubes, los edificios, mojándose de lluvia, niebla o de perpetuos amaneceres…

Era una mañana soleada de grados templados y cielos rasos. La espera se me hacía incisiva a pesar de estar rodeada de soñadores como yo aguardando el turno de una cita que no llegaba. En un momento indeterminado sentí que a mis pulmones no les llegaba el oxigeno necesario y pedí una ventana, una soledad, un silencio. 
Me depositaron en un despacho al abrigo de la calma y volví a encontrarme, aunque tuve que salir corriendo tras mis ojos pues se escapaban por una ventana. Nada más sujetar a ese par de ladrones de sensaciones supe el porqué de su fuga. 
La ventana era chiquita con un par de plantas en su poyata. Algunas hojas estaban secas de hielo, los fríos atrasados las mataron. Las quité con cuidado y emergió la belleza simple sin florituras ni ornamentos, la sencillez estampaba su riqueza. Entonces volví a sentir la fuga de mis ojos que volaban lejos a la lontananza de una sierra nevada en sus picos para regresar y depositarse como dos pajarillos en un tejado.

¿Por qué me parecen tan románticos y evocadores los tejados, techumbre de secretos inconfesables, bóvedas de amores clandestinos? Tejas gastadas de edificios llamados viejos y alturas bajas, de vertientes a dos aguas que en esas horas amainaban sus fríos pasados a un sol alegre de finales de enero.
Tejados de tejas de colores gualdos, rubios, pajizos, ambarinos y dorados. Una amalgama en la que mis ojos se mecían en el sosiego de una hora incierta hasta encaramarse en la barandilla de una balconada, un mirador de trastos abandonados pero aún así de vivo clamor por la vida. Una bicicleta colgada de su pared desconchada, una maleta mal cerrada, un minúsculo ventanuco entreabierto flagelando de airecillo sus raídas cortinillas. La colada tendida de un hombre pulcro sin duda por los elementos encajados de mayor a menor tamaño en pinzas de madera. Dos espontáneos geranios de rojo reventón ponían la nota colorista a aquella naturaleza muerta como si de un cuadro de Agustín Arrieta se tratara. Un perfecto bodegón de nubes, tejados y la vida de un balcón, morada de un hombre sin conocer.

Se abrió la puerta, ya era mi turno. De mis ojos colgaban esa belleza cotidiana que nunca miramos.