martes, 16 de agosto de 2016

AGUA DULCE

Sara Con cinco meses gateaba y a los nueve andaba. Tenía maestría al coger su biberón y ella misma se acunaba para soñar con los angelitos. Con dos años bordeaba la piscina sin jamás caerse y, con cuatro, se ponía sola los manguitos. Se defendía de los niños mayores como gato panza arriba. Si tenía hambre, no dudaba en coger a otro su bocadillo. Fue una niña lista. No era guapa. Además, la vestían con poca gracia mientras que las otras niñas iban siempre limpias, aseadas y con vestidos muy bonitos; ella, nunca.
Al recordar aquellos años, tengo la sensación de que nunca fue un bebé y ni una niña, no la vi jamás con una muñeca. A los nueve, su cuerpo comenzó a cambiar, mientras que el de sus amigos seguían siendo tiernos cuerpos de infante. A los diez, despuntaron sus senos y ese mismo año fue mujer. Era muy mala estudiante aunque los profesores insistían que tenía una inteligencia prodigiosa y sólo necesitaba que se la prestara más atención, pero ni su padre lo hizo y su madre en ese momento estaba enfrascada en tener más hijos, y mantener caliente la cama para que el marido no se escapara.
Con doce años, Sara floreció. Era hermosa, coqueta y descubrió que los hombres la miraban. Sus piernas se modelaron en dos bellas esculturas, los senos eran dos montañas con cimas tentadoras. Su pelo caoba con briznas de trigo hacía soñar. Nada en ella era casual aunque sí instintivo y, según se metía en la jungla adulta, desarrolló sus instintos como salvoconducto para su éxito personal. Cada verano que pasaba, me gustaba mirarla en la distancia, observar sus progresos al borde del agua, como siempre la vi. Era cómo un pájaro sobre un estanque de agua dulce que elevaba su trino mientras la envidia de sus amigas crecía. Ellas no tenían senos, no eran mujeres, sus cuerpos estaban desgarbados por la pubertad que no  llegaba y, sin embargo, Sara ya fumaba. Hacía bucles con el humo y su boca era manantial para la imaginación de cualquier chaval que pasara por su lado. No he hablado de sus ojos, dos almendras dulces, miraban con mirar evaporado, agitando las pestañas como si fueran abanicos. No me equivoco si digo que bastantes muchachos, de catorce, dieciséis años, aprendieron el sexo con ella mientras lucía cuerpo al borde de la piscina, mientras sus pies se remojaban en el agua dulce.
Después, eso no la bastó. Eran niñatos que no sabían explorar sus caderas y su pubis pedía más y más… Así conoció a Carlos, un socorrista de veintitrés años, que venía cada verano de doce a ocho. Ese verano pasó Sara por su lado mientras él pescaba manchas bajo el fondo de la piscina. Se quedó prendado de Sara y ella sintió la urgencia bajo la bragueta de aquel socorrista. Por fin tenía el triunfo en sus manos pues él era guapo, alto, atlético y el sueño de cualquier adolescente que pasaba los veranos allí. Pero fue Sara quien se llevó el trofeo. Pasaba las horas muertas alrededor del agua siguiendo los pasos de Carlos y, cuando la pasión venía de improviso, el botiquín era su refugio. Una tarde en que yo estaba tomando el sol, Guillermo, un crío de once años, le vi pasar todo colorado y nervioso. Lo paré preguntándole si le pasaba algo y me contestó “¿Por qué los mayores se pegan?” Y según terminó de hacerme la pregunta se echó a correr. Esa misma tarde vi a Sara, como siempre, sentada al borde de la piscina con la mirada perdida y una sombra en el lado izquierdo de su rostro. Bien pensé que habría armado alguna en casa y a su padre, que últimamente bebía más de la cuenta, se le fue la mano; según pasé por su lado, con mi mano acaricié su pelo. Era de seda y Sara se estremeció.
Pasaron unos días y no vi a Sara por la piscina; pensé que estaría fuera. Luego me enteré que estaba interna en un colegio para ver si lograban que sacara el curso. Dio la casualidad que una tarde en  que bajaba a la ciudad, vi haciendo autostop a Carlos y lo recogí. Nos pusimos a hablar de cosas triviales hasta que le pregunté si tenía novia y me contestó que todas las tías eran unas putas y se merecían una paliza; enmudecí. Pero cual fue mi sorpresa que al parar el coche para que se apeara donde Carlos me había indicado, estaba esperando Sara. Poco me pude fijar en ella pues enseguida se abrió el semáforo y tuve que arrancar, pero lo poco que vi de ella me preocupó: andaba cojeando, apenas peinada y con un buen rasguño en uno de sus brazos.
Terminó el verano y perdí de vista a Carlos y a Sara. Al año siguiente, allí estaba Carlos, más alto, más guapo y mirando como lobo a cualquier chiquilla que se le acercaba; ni rastro de Sara. A la segunda semana de haber llegado, la vi pasar. Estaba más mujer, con el rostro sereno…, bellísima. Las distancias son lo que son, muchas veces engañan porque cuando ya estuvo a mi lado no era Sara. Sus ojos eran la tristeza con su guadaña. La dije que se sentara a mi lado y lo hizo, pero no nos dio tiempo a más. Carlos la llamó y se fue; al ratito la vi desaparecer de la piscina.
Las noches de verano son mágicas, efervescentes. Salí a pasear porque me gustaba ver el sol hundirse sobre los campos, oler la tierra recién segada pensar en que me gustaría estar acompañado… Y es cuando oí detrás de unas pacas de paja unos gemidos. Me quedé parado. Se hizo el silencio y a continuación una voz de hombre que decía “Dime que me quieres” Y otra voz contestaba “Sí, lo sabes de sobra” “No te he oído, dilo más alto”… Y escuché como una mano azotaba un cuerpo y una voz femenina decía “Para, para, te quiero, pero no me pegues más”. No pude aguantar más y me acerqué. La escena era escalofriante. Allí estaba tirada en el suelo Sara con las bragas por la rodilla y sangrando por la nariz. Cogí a Carlos por el pelo hasta que le pude levantar y le asesté un puñetazo con todas mis fuerzas. Calló para atrás y se quedó inmóvil. Levanté del suelo a Sara como pude, la vestí y me la llevé de allí. En mi casa la desvestí, la lavé amorosamente y se tomó un vaso de leche templada. La chiquilla ni me miraba. Sabía que estaba avergonzada. Yo no hablaba, sólo acariciaba su pelo mojado. Cuando estuvo más tranquila, la acompañé a su casa y directamente después fui al presidente de la comunidad para que hiciera las diligencias oportunas para despedir a Carlos. A la mañana siguiente, fui a hablar con el padre de Sara; estaba borracho. Le conté a la madre lo que había pasado y me contestó escuetamente “Desde pequeña estuvo buscando jaleo”… Entonces Sara contaba con dieciséis años; yo tenía veintinueve. A partir de aquel día traté de tomarme como causa propia enderezar a Sara, ¿cómo? Hablando con ella, enseñándola que hay amores que matan, pero que son los menos. Le fui abriendo caminos para que viera que en la vida hay más cosas que el propio placer del cuerpo, que el placer del alma es muy gratificante…, que hay muchos amores que dilatan la vida sin dañarla.
Así seguí dos años, viendo crecer a Sara en la distancia, flirtear con otros chicos y cuando cumplió los dieciocho, subí a su casa una mañana de verano y la pedí que se casara conmigo. Estaba embarazada,  no se sabía de quién; no me importó. Sus padres aceptaron rápidamente, no así ella. Hasta que entró en razones y una mañana de domingo, a las diez de la mañana me casé con Sara. Sí, ahora me doy cuenta que la quise siempre, desde que la vi  extasiada mirando el agua dulce de la piscina con apenas cinco meses de vida.

Son trece años de diferencia los que separan a Sara de mí. Jamás los hemos notado rondar en nuestras vidas. Yo sigo loco por ella. Ella me quiere, no como yo quisiera pues a Sara no la enseñaron a amar, sin embargo es gratificante cuidar de ella, sentir su cuerpo a mi lado cada noche, protegerla de sus fantasmas, tenerla a salvo de sí misma. No ha aprendido a ser madre, yo lo hago por los dos, sin embargo cada día va a ayudar a mujeres que como ella sufrieron los rigores del maltrato, de la soledad, de la incomunicación, de la comprensión social.

viernes, 12 de agosto de 2016

¡BONJOUR, FRANCE!

Talina suspira mientras mira por la ventana. Medita y se echa a reír. Su cara se ilumina al observar con ternura a Anacleto y se dice a sí misma “Este hombre no tiene remedio. Ha cogido afición a llevar la cámara al cuello y ahí está con ella en el jardín. Irá a sacar el tejado del vecino porque otra cosa no saca. Se ha especializado en tejados, gárgolas y vidrieras que no se ven. Un día me enfadé con él por sacar esas fotos tan absurdas y para retractarse me quería hacer fotos hasta haciendo mis necesidades detrás de unos matorrales ¡Mi Anacleto está disminuido cerebralmente!”
Talina se vuelve a coger su blog de notas donde guarda las sensaciones, algunas segadas de su viaje por Bretaña y Normandía. Se habían ido tres parejas de vacaciones en un monovolumen a hacer nada menos que 3400 km. Tadeo, adaptándose a las dificultades, resolviendo dudas con su móvil. Una languidez inexpresiva y apacible le envolvía. Sus ojos enfundados en unas gafas de sol no te dejaban ver la lectura de los acontecimientos, si bien cuando se despojaba de los lentes, sus pupilas descansaban en un mar de calma contenida. Su pareja, Baldomera, una muchacha audaz, valiente, creativa, cariñosa y divertida, disfrutaba leyendo el mapa de carreteras, buscando hasta los nombres imposibles de pronunciar y cuando los hallaba, sus ojos bailaban en felicidad. Paquita, la madre y esposa coraje. Intuitiva, honesta, de carácter fuerte y sincero, resolutiva y directa. Su esposo, Sindulfo, alterado y divertido, intuitivo y visceral. Gran conversador y extrovertido de emociones. Y Talina, la mujer de Anacleto, simpática y extrovertida, despistada e imaginativa, legal y cabezota. Este era el sexteto que se había embarcado en un monovolumen a la aventura vacacional. Prácticamente conducían siempre los mismos aunque por lógica deberían repartírselo pero Talina era un desastre; si a ella la hubieran dejado el volante, además de haberla dado un ataque de nervios es probable que en vez de visitar Francia hubieran visto Jerez de la Frontera. Anacleto el monovolumen le daba vértigo, en Baldomera nadie pensó, Tadeo conducía bien, Sindulfo conocía muy bien las carreteras francesas y Paquita conducía de maravilla. Tranquila, reposada y atenta al asfalto.
Tantos kilómetros metidos en aquel micro espacio dieron de sí para hacerse la peluquería, la manicura, divagar sobre nefastos políticos, el porqué de alimentar a tanto sinvergüenza, lectura o pasear por las nubes, actividad favorita de Talina. No obstante, a veces las horas se hacían demasiado lentas por carreteras que en vez de tardar un cuarto de hora, tardabas más de una hora.
El viaje comenzó alterado por una rueda en mal estado que hubo de cambiar y esperar un rato que se les hizo a todos eterno. Talina se sentó a esperar en una rueda de tractor delante de un ratón muerto hasta que se decidió la suerte de las cuatro ruedas. Cuando se volvieron a montar, Sindulfo, un enamorado de la música francesa, puso unos compases que hicieron volar a cada uno a sus rincones secretos, porque las sensaciones  tienen su personal vida secreta, así que aquella música, por ejemplo, hicieron soñar a Talina, de los campos castellanos a su amada costa amalfitana repleta de acantilados, aguas turquesas y cielos cuya inmensidad azul nunca termina. A reflexionar mientras tanto que hay que dar descanso al rencor y al odio que nada aportan sino malestar al espíritu. Dar oxigeno a la mente y al corazón porque, en definitiva, viajar es eso precisamente lo que te regala, además de vivir otras costumbres y paisajes, oxigenar tu vida para luego reincorporarte a tu rutina diaria y mirar la vida bajo otras perspectivas más amables y condescendientes.
La furgoneta masticaba kilómetros alegremente llena de sueños, maletas, embutidos y cervezas. Tintinearon botellas igual que campanillas desde Burdeos, Saint Emilión, Nantes, La Baule, Vannes, Josselyn, Rennes, Dinard, Saint Maló, Mont Saint Michel, Fougeres, Port en bessin, Deauville, Honfleur, la Rochelle y San Sebastián. Un vino batido través de kilómetros que habrá de reposar antes de ser bebido; soportó todos los rigores climatológicos.
Talina sigue repasando las hojas de su blog y suelta una carcajada; ahora comienzan a aflorar recuerdos chocantes y divertidos porque, cuando sales de casa, eliminas ese corsé que te auto impones delante de la sociedad para hacer cosas impensables como comer a la orilla de un cementerio un buen queso regado de cerveza o Coca-Cola bretona, darte un paseo entre las tumbas, pegar la hebra con una francesa que tiene un hijo en Madrid, darle un ataque de cólera al bueno de Anacleto porque Talina quería un currusco de pan y él lo estaba reservando para el resto de la expedición. Lavarte las manos en el grifo del cementerio y, si con eso no has tenido suficiente, te vas a tomar café a un bar coqueto frente a un concesionario de pompas fúnebres mientras que Paquita, Baldomera y Talina tocaban madera en sus cabezas.
Un viaje se resume por detalles mínimos, simples pero llenos de instantes únicos e intensos en la mente, en el corazón, en las retinas. Sensaciones que corren internamente de agrado, o desespero algunas veces. Esa mirada a una muralla, a un castillo, a un amigo. Tú te quedas en la sombra simplemente observando y ves como cada uno va  diluyendo sus sensaciones personales en un gesto de satisfacción, en una mueca contrariada, en una sonrisa que fluye libre y llena de satisfacción, en un ensimismamiento  al presentir la tranquilidad de un pueblo, al admirar la arquitectura local, al oler el aroma de un cruasán o el salitre de la mar en un pueblecillo pesquero mientras discurren barcos de colores y el canturreo de las gaviotas alegra a tus sentidos.
Todos los viajeros del monovolumen miraban glotones, respiraban con fricción, contaban los colores del mar, hasta cinco, desde el cobalto al esmeralda. Un mar de oscuras sombras alternándose con las aguas turquesas y un cielo, tan azul, que se desplomaba sobre aquel lugar de playas kilométricas y acantilados de cuchillo donde un 6 de junio de 1944 desembarcaron aquellos que proporcionaron la paz a Europa; un lugar que mientras paseabas perdido entre los pinos y las cruces se oyó el batir del toque a silencio y el himno de USA. Todos los americanos pararon y saludaron a su bandera y Anacleto, Baldomera, Tadeo, Sindulfo, Paquita y Talina sintieron envidia por ese respeto a un himno, a una bandera cuando en España se los pisotea a ambos.

Talina piensa que los hombres escarmientan poco, por eso vuelven a cometer sus mismos errores una y otra vez. Mientras se obstinan sin conseguirlo en poner atención a cuanto dicen, hacen y sienten porque están convencidos que con esa actitud sentirán la vida más cerca correr por sus venas y se darán cuenta que todo lo que les rodea encierra una enseñanza, sin embargo el hombre suele hacer todo lo contrario… Se acerca el blog a la naricilla y aspira su aroma. Su cabeza entonces se convierte en una filmoteca que salta de Burdeos, ciudad señorial y elegante, tremendamente chic y seductora, repleta de hippies contemporáneos y sus perros. A Nantes con sus chimeneas rectangulares y su línea verde para que el viajero la bordee… Talina de pronto se para y se pregunta “¿A ti que cosas te emocionan?” “Tantas”, se contesta…  “El azul del mar o del cielo. Su luz imprime carácter, te ensancha el espíritu, te confiere una serenidad especial de optimismo  que te hace pensar que todo es posible. Pero también me emociona la lluvia, un amigo con un detalle inesperado. Rafa Nadal, Pau Gasol, el himno nacional…” “Para Talina”, se reprocha, “que cuando te pones patriótica, desbarras” Entonces Talina  vuelve la mirada hacia el jardín y encuentra a Anacleto con su cámara al cuello enfocando al tejado “Este pobre hombre está como las maracas”, vuelve a sonreír, cierra el blog y se dice “Bonjour France” mientras coge el aspirador y vuelve a su realidad presente.
BURDEOS
SAINT EMILIÓN
NANTES
LA BAULE
VANNES
JOSSELYN
RENNES
DINARD
SAINT MALÓ
MONT SAINT MICHEL
FOUGERES
OMAHA, NORMANDÍA
DEAUVILLE
HONFLEUR
LA ROCHELLE
SAN SEBASTIÁN

miércoles, 29 de junio de 2016

PASEANDO ENTRE ALMENAS

Hubo una época en mi vida donde todo cambió; la urna de cristal en la que mis padres me habían protegido se rompió y comencé a barruntar sentimientos desconocidos.

Yo en aquel entonces era un adolescente de esos que dicen mutantes porque igual queremos ser bomberos como a la media hora ser astrólogos, pero siempre, siempre, radicales.

Tenía una tía que era la vergüenza de la familia Oliú pero a mí de verdad que me gustaba y me reía mucho con sus aventuras; el lema “Vive y deja vivir” era la enseña de su bandera y yo tenía la sensación de que estaba ante un personaje autentico, no de pose o fachada. Envidiaba su vida porque volaba, hacía lo que le daba la gana mientras el resto de la humanidad sólo podíamos soñar, hasta aquel fatídico verano en que mis padres se espachurraron en un accidente de tráfico; quedé huérfano y fui a parar a sus manos.
Fue entonces cuando me enteré que no todo en la vida parece lo que es…

Ahora sé que el traje de madre le venía grande y más de un androide como yo pero, en los papeles estaba bien claro que era el familiar elegido para heredar el tesoro más pesado de los Oliú Heredia, es decir, yo y mis circunstancias.

Me miró primero con asco, después con una cara difícil de valorar para a continuación decir secamente “Coge lo imprescindible, lo demás tíralo” Me paseé por toda la casa buscando aquello que ella consideraría imprescindible; miré las paredes, los objetos, hasta dentro de los armarios y al final me decanté por seis cosas: la brújula, los prismáticos, Lucas mi mascota de trapo, una foto de mis padres sonriendo, el atrapa sueños de mi madre que lo compró en una tribu sioux y un pequeño boceto que pintó mi padre de la Alhambra y que siempre que mamá lo miraba, me decía “Tolo, es lo mejor que ha hecho la humanidad” no sabía bien qué quería decirme pero seguro que era algo profundo. Metí mis nexos con la vida anterior en la mochila y me cerraron la puerta del pasado para siempre.

La primera sensación que tuve de mi nueva vida fue la de perro y no bien tratado precisamente; iba tras de ella a todas horas, no me daba explicaciones, actuaba como si yo no existiera. Me llevó al médico haciéndome pruebas de todo y vacunándome del tifus, malaria y paludismo, después me sacó el pasaporte y ahí no pude callar y pregunté ¿Dónde vamos tía? Ella me respondió: a la India Tolomeo. Sinceramente, me amargó la emoción al llamarme Tolomeo, era un nombre horrible del cual me avergonzaba pues en el colegio se habían reído siempre de mí llamándome meón. Mi padre decía que el nombre heredado de bisabuelos y abuelos había que llevarlo con la cabeza muy alta pero yo cuanto más escondida mejor.

Nunca había viajado en avión y la excitación me quitó el sueño y el hambre; no pregunté cuánto iba a durar el viaje, me estaba acostumbrando a no preguntar, observar y sacar mis propias conclusiones; el proceso de comunicación con el mundo exterior se interceptaba sin yo querer. Mi tía no era lo que yo me había imaginado porque recuerdo que vomité en el avión varias veces y me llamó de todo menos bonito. Cuando aterrizamos en la aduana y registraron nuestros equipajes comencé a sufrir de veras; un hombre de tez morena, sudoroso y uñas negras cogió a Lucas y lo rajó por la mitad. Empecé a chillar, a darle patadas hasta que mi tía me dio dos bofetadas “Están buscando droga imbecil” Enmudecí; cogí los restos de Lucas y los metí en una bolsa de plástico.

El llanto nubló la visibilidad y sólo sentí el polvo que se mezclaba con mis lágrimas, como caminábamos por calles atestadas de gente cuyo idioma no entendía; cuando llegamos a nuestro destino me indicó que me acostara en una especie de cama que estaba en el suelo y se fue. Me tumbé y perdí la noción del tiempo; al despertar noté que estaba abrazado a la bolsa de plástico y que algún resto de Lucas navegaba perdido por el camastro. Volví a meter cuidadosamente los restos en la bolsa y salí a aquel mundo extraño.

Busqué un grifo pero allí no había ni grifos ni duchas. Encontré un cántaro y usé toda el agua ¡Menudo enfado el de mi tía! El agua nunca se debía de desperdiciar.

Los primeros días fueron duros de veras, estuve más tirado que una colilla y pasé miedo. Ella se iba a trabajar y me dejaba notas para decirme lo que debía hacer, nada más; la comida era muy distinta de lo que yo había estado comiendo hasta ese momento y toleraba mal las especias y picantes, así que decidí no comer pero como las tripas me rugían yo también puse una nota a mi tía que no se molestara en hacerme la comida, yo me la guisaría.

Aburrido, decidí hacer mis primeros paseos por los alrededores de la casa, llevándome la brújula por si me perdía; una angustia muy rara me invadía al observar ese modo de vida tan diferente al mío.

Cuando atardecía me iba a casa, bien claro me lo había dicho mi tía, no debía deambular a ciertas horas por la calle; allí permanecía horas solo mirando con los prismáticos las luces lejanas que parecían tener vida propia o, enfocando a las estrellas por si en alguna estaban mis padres hasta que ella aparecía; me percataba que se lavaba y se metía en la cama. No sentía curiosidad por si yo estaba en casa o si había cenado; sin hacer ruido me acercaba y me sentaba en el suelo a observar su cara. Dormida parecía otra persona más afable y comunicativa, semejaba estar muerta; gracias a estas observaciones comencé a dejar de tener miedo a la muerte.
Recuerdo una de las noches en que la estaba contemplando en la oscuridad, hacía un calor sofocante y me imaginaba a mi tía muerta pero bañándose en un río de agua fresca y limpia, volvía la cabeza hacia mí y me sonreía… de pronto, mis pensamientos fueron rotos por un relámpago; penetró por el ventanuco iluminando todo su cuerpo, después comenzó a llover y las gotas salpicaron sobre la cama pero como ella estaba profundamente dormida ni se enteró. Me levanté y abrí la puerta de la calle; cerré bien la bolsa de plástico y me puse debajo de la lluvia, comprobé como me crecía el pelo; me desnudé quedándome en calzoncillos ¡qué sensación más gratificante! Después de un mes de estar allí era lo primero bueno que me pasaba, notaba incluso que mi cara sonreía. Sentí que alguien me miraba y me volví, era ella. En segundos pensé que mi fiesta se acababa y que la regañina iba a ser morrocotuda, pero me equivoqué; sin decirme nada se sentó en el suelo en la postura típica de yoga y cerro los ojos. “Ahora es una muerta sentada que sonríe mientras se moja” pensé y me dispuse a hacer lo mismo; me senté a su lado pero no cerré los ojos, me gustaba ver la lluvia y su rostro iluminado. Estuvimos así hasta que las nubes se vaciaron, ya amanecía.

-Tolo, vamos dentro o cogeremos frío – y acariciándome el pelo se levantó y se fue. Me dejó perplejo su actuación pero no me hice ilusiones y cogiendo mi bolsa de plástico, me fui a dormir.

Otra noche en la que ya no pude soportar el silencio, la esperé sentado en la cocina y cuando ella entró para coger un vaso de agua, me puse a hablar; me resultó raro oír mi voz.

-Tía ¿por qué ya no eres simpática conmigo como antes?

-¡Qué bobadas dices Tolo! Antes te veía cinco minutos al año, ahora te tengo que aguantar todo el día.

-¿Por qué no te querían los abuelos, los tíos y mis padres? Eres mala pero mi madre me enseñó que debíamos perdonar y querer a la gente como es, por eso yo te perdono pero no te quiero porque no me dejas ¿Qué hiciste?

-Nada y todo; ser distinta.

-He visto en un cajón un álbum de fotos; son todas mías. He leído una carta de mi padre en la que te dice que si tuvieras vergüenza irías a verme más ¿Qué quería decir papá?

-¿Quién te manda hurgar en mis cosas enano de mierda?

-Estoy todo el día sólo, me aburro.

-Hasta que empiece la escuela, a partir de mañana vendrás conmigo y sabrás lo que es vivir aquí.- se levantó muy enfadada y se fue, esa noche no volvió a casa-

La amenaza se cumplió y el resto del mes que faltaba para ir a la escuela me llevó a aquel lugar tan especial donde colaboraba con una ONG; ayudaban a las viudas hindúes rechazadas por sus familias políticas. Yo llamaba a aquel sitio el gueto del olvido.

Allí trabajaban siete personas; tres asalariados, dos estudiantes voluntarios que se iban rotando aprovechando las épocas no lectivas de sus universidades, y otros dos voluntarios ya mayores que habían decidido dejar todo por ayudar a otros. Me gustaba estar en el gueto porque durante aquellas horas mi soledad se difuminaba. Unos impartían formación laboral a las más jóvenes y otros, prestando atención a las viejas. Todos parecían contentos con lo que estaban haciendo menos mi tía que era una autómata, cuyo trabajo, el más desagradable de todos, semejaba un sacrificio íntimamente impuesto; cuidaba de las ancianas moribundas y ayudada por uno de los médicos aliviaban como podían el dolor hasta que se dormían definitivamente.

Los primeros días iba de un lugar a otro mirando todo; hice mentalmente varios grupos de las mujeres de blanco, signo de viudez en la India: las viejas asquerosas, cubiertos sus huesos de pellejos, las orantes que pasaban el día entonando recitaciones por lo que deduje que sus cabezas les funcionaban bien y por último, las viudas que aún servían para hacer algo. Pasaba desapercibido para todos pero no porque no me quisieran hacer caso, eso se notaba a la legua sino porque estaban concentrados en su trabajo al cien por cien. Cuando decidí colaborar me di cuenta que el hablar no es importante; los gestos, las obras, avalan a tu persona comunicándote con el resto de los mortales. De todas formas aprendí a marchas forzadas el inglés y el indi.

Me encargué de la cocina; trataba de memorizar los pasos que daba mi madre delante de una cazuela e imitar lo que recordaba; mis guisos no eran buenos pero estaba convencido que eran más sanos para aquellas pobres viudas abandonadas. Había una en concreto que me inspiraba sensaciones contradictorias; al darle cada día los cuatro granos de arroz que le correspondían o las lentejas, se quedaba mirando muy fijamente la bolsa de plástico que llevaba sujeta al cinturón y un día osó preguntar qué era; se lo expliqué. Aquella imagen no se me olvidara en la vida, quedó grabada a fuego en las retinas; de su gastada y rota vestimenta, sacó unos cuantos hilos y cuando consideró que eran los suficientes, tomó con suma delicadeza la bolsa de plástico y sacó los restos de Lucas. Sin duda hizo magia pues el muñeco de trapo fue lentamente recobrando su fisonomía anterior; cuando terminó, sonriéndome con su boca desdentada me entregó el muñeco. Esa mujer me daba mucha grima pero al besarla en un impulso, me llenó de un calor perdido. A partir de aquel día, una parte de mi comida la compartía con ella; sabía que por mucho que mendigara, había tanta hambre y tan pocos alimentos que era casi imposible que a Güla, como así se llamaba y viuda desde los catorce años, le llegara algo más que los cuatro granos de arroz o lentejas.

Pasaron los años, inexorable máquina del tiempo y poco se modificó mi vida; me aclimaté perfectamente a aquel país; hice míos las especias, el incienso, los animales, los ricksows, el mosaico de razas y religiones, el calor humano… los males endémicos como la pobreza eran calcinados por tanta belleza que guardaba aquella compleja cultura. En mi décimo séptimo cumpleaños los compañeros de la ONG me tenían preparado un regalo extraordinario: una bicicleta reparada a base de trozos de otras. A mí me pareció la mejor del mundo; con ella paseé mi soledad. Sé que mi tía aunque apenas me hablara, me observaba en la sombra y se sentía orgullosa de mí, no obstante, no olvidaré nunca sus palabras cuando le entraron aquellas fiebres; sacaron a relucir toda su amargura.

Me dijo palabras tan duras como que si ella hubiera podido elegir, yo no habría nacido; entonces entendí que yo había sido un accidente en su camino. Era tarde para hacer más preguntas, ella cerró los ojos y su rostro se dulcificó para siempre.

La quemaron en una pira y sus cenizas volaron con el viento que vino a por ellas; aún hoy siento que ella sigue por el espacio tan libre como quiso ser hasta que mi persona se interpuso en su vida.

En la ONG no sabían qué hacer conmigo, yo me negaba a regresar, me sentía un paria y así quería seguir; les demostré que podían confiar en mí y que mi ayuda era valiosa a pesar de ser tan joven, me sentía maduro para hacer frente a lo que viniera.

Me especialicé como mi tía en ser conductor de las ancianas viudas hacia la vida eterna; cuando su mirada perdida se clavaba en mi rostro con un agudo gesto de dolor, les apretaba la mano con todas las fuerzas de que era capaz y me agachaba a besar sus frentes arrugadas, entonces se producía el milagro: la huella del sufrimiento se evaporaba y daba paso a la paz en su vida marginada.

Si en alguna ocasión la tristeza me hundía, me abrazaba a Lucas, con el dedo meñique movía el atrapa sueños y fijaba la vista en las almenas de la Alhambra, entonces sentía algo muy especial como si estuviera caminando entre ellas y de pronto parara y mirara al lejano horizonte; mis pulmones se llenaban del aire puro de Sierra Nevada y mis ojos dejaban su estado lacrimógeno; aquellas sensaciones tan grandes me hicieron comprender las palabras de mi verdadera madre…

jueves, 23 de junio de 2016

DANIEL Y LUCAS

Lucas, así se llama mi perro y, por mucho que digan algunas voces que los animales son el vivo reflejo de sus amos, Lucas y yo no nos parecemos en nada; eso sí, el entendimiento es total. Cada uno de nosotros tiene sus manías, sus gustos y sus amores…

Hay una química entre ambos muy especial. Lo mío por él, he de reconocer, que comenzó por ese sentimiento llamado lástima para pasar por aquel estadio en el que yo sufría hace dos años, nueve meses y once días: la soledad más absoluta.
Él era demasiado pequeño para barruntar cómo podía ser la vida callejera si no llego a aparecer en su vida. Su madre parió delante de mis narices mientras estaba sentado al calorcito del sol andaluz un mes de abril del 2004; me impactó. Al rato, sin yo haber despegado los ojos de aquella escena y, mientras la madre lamía los tres cuerpecillos famélicos, apareció el dueño del cortijo. Me explicó que estaba arto de que se le colaran chuchos por cualquier rendija y, sin más dilación, cogió a la madre y a los tres cachorros y se los llevó; no sé qué haría con ellos, lo que sí sé es que a los dos días estaba contemplando el aguacero que caía, cuando oí un ruido extraño; busqué, pero no encontré nada, así que seguí en mi ensimismamiento por observar la lluvia tan delicadamente triste como yo me sentía, pero el dichoso ruidito volvió a surgir, esta vez junto a mí. Miré en dirección a la maceta de geranios instalada junto a la puerta de la casa y allí encontré una especie de bola negra con manchas blancas que levantaba a duras penas los ojos en mi dirección;  se me pusieron de escapulario mis partes varoniles ante aquella mirada de desamparo, de abandono… Tal como yo me sentía. Inmediatamente, según lo cogía con mi mano, recordé que era uno de los perrillos de dos días antes. Aferré una toalla y lo envolví; estaba tiritando y a continuación comenzó a chupar mi dedo meñique.
Sé que, a veces, los hombres damos de sí, lo que damos y lo único que se me ocurrió en aquel momento fue tirar de mi taza de café, ¡cómo lamía el plato!... desde entonces, puedo decir que Lucas es un experto cafetero; no le vale cualquiera y, es más, el aroma le hace mover el rabo que da gusto…, más vale que no haya nada a su alrededor porque va al suelo.

El resto de mis vacaciones solitarias las pasé con aquel chucho de raza imprecisa compartiendo mis cafés y llevándole en mi mochila cada vez que bajaba a Sevilla a ver alguna procesión; pensaba que si le dejaba solo le podría pasar algo.
Llegó el día de mi partida y, honestamente, mi intención fue dejarlo y entregárselo al dueño del cortijo, pero ¡coño!, me lanzó una de esas miradas tan suyas que se me partió el mundo en dos. ¿Qué iba a hacer yo con un perro en Madrid si no sabía  cuidar ni de mi vida? Me sentía  el ser más desdichado desde aquel once de marzo en que mi Macarena se fue al cielo en uno de aquellos trenes malditos. Yo, tampoco quería seguir viviendo y, sin embargo, estaba condenado a respirar el mismo aire que el de los asesinos que me robaron a mi esposa… Entonces, ¿qué hacía un perro en mi truculenta existencia?
Después de sopesar todos los inconvenientes y la ausencia de ventajas, el chucho se coló en mi coche… Bueno, no tengo porqué mentir: el perro era tan pequeño que si no le llego yo a montar en el asiento, allí se queda… Así llegamos juntos a mi nueva vida de viudo de España. Con él, nunca me sentí solo en aquellos tiempos difíciles en que la niebla oscureció mi biografía.

Juntos hemos aprendido a caminar, a disfrutar de los pequeños placeres. Lucas es mi mejor confidente. Fíjense cómo será de inteligente que cuando le cuento historias de Macarena y me quedo callado porque una lágrima se escapa de mi corazón, él me lame mis manos perdidas en la nada.
Claro que, a veces, es un perro que no me respeta: odia a Tchaikovsky y en el momento que me ve con el CD en la mano, se pone a ladrar como un poseso… ¿Lucas no será la reencarnación de Mozart?

… Si una mañana, alguien llama a tu puerta y ese alguien es de cuatro patas y te ladra, déjale que se enganche a tu corazón… Yo sé que Lucas me salvó del abismo.




miércoles, 8 de junio de 2016

EL TREN DE LAS COLINAS DEL TÉ

Nilgiri es una palabra nativa que significa montañas azules. Las colinas están tapizadas de bosques frondosos, jugosos prados que se funden en aguas de mandarina y naranja.
En esas tierras nací yo.
La manera más romántica de adentrarse en ellas es coger un pequeño tren que aguarda aletargado en la vía de Mettupalayam al despertar el día. El cielo, entonces, se muestra azulado ante tus ojos, envuelto en bruma. La estación late adormecida hasta que comienza a bullir con la llegada del tren. Voces insistentes ofrecen diversas mercancías: café, bananas, tabaco, bálsamo de tigre… Respirar este ambiente es envolverte en magia.

Pensé que la manera más hermosa de despedirme de este mundo, sería volver a mis raíces. En esta zona vivía la tribu Toda, hombres altos con tradición ganadera hasta que llegaron los ingleses y sembraron mi paisaje de té, grandes extensiones que se denominan jardines. Primero, los hombres cuidan de su cultivo, poda y formación de setos. Luego, las mujeres lo recolectan en cestos de mimbre, y ataviadas con vistosos saris, seleccionan las hojas de mayor riqueza en tanino y teína. Su aroma se extiende por el aire… Aún oigo la voz de mi esposo contarme todas estas cosas. Él amó mi tierra y mi cultura tanto como yo.

Observar mis orígenes es como volver a nacer, el mismo milagro de las rocas del mar de Omán que se cubren cada doce años, de flores azules. Ver a mi hermano, Yang, bajar a ese mar y pescar con mallas chinas, o, en la lejanía, divisar las casas de techo rojo y el artesonado de mis templos que parece de encaje… No tardo en asimilar todas estas sensaciones que afloran a mi memoria, los colores vivos, la torta de arroz, las joyas ornitológicas que cantan en estas colinas.

Según avanzamos en este pequeño tren de juguete, cruje la madera, la maquinaria rechina. El jefe hace sonar con insistencia la sirena para alertar de nuestra presencia. Entonces, según te adentras, tienes la grata sensación de una vuelta al pasado, de formar parte de un grabado de la India colonial del XIX.
Recuerdo que toda mi vida cambió aquella mañana en la estación de Connor. Yo iba a trabajar a una gran casa señorial inglesa. Pensé que aquel hombre de andares ágiles y firmes era el chofer que venía a recogerme. Claro, que poco me duró la ignorancia: él era uno de los hijos de los grandes señores. Yo la sirvienta. Pero aquella diferencia social y cultural, no pudo evitar nuestra atracción.

Al principio, nuestros encuentros fueron a furtivos. De día, vestía, peinaba y cuidaba de sus hermanas. Al atardecer, cuando el sol se despedía extendiendo su manto hechizado, nosotros nos entregábamos a un acto de amor compartido y generoso. Mi forma de hacer sexo, le acercó al corazón de hombre que latía dentro de él, le aproximó al ser humano que ignoraba. Desperté su energía dormida: sensibilidad, sexualidad, sensorialidad y sensualidad. Él le gustaba decir que yo provocaba sus cuatro eses.
El sexo en occidente siempre me ha parecido vulgar, descarnado y falto de poesía… Cuestión de educación y mentalidad, seguramente. Allí no se cuidan los prolegómenos del acto amoroso.
Recuerdo que antes de encontrarme con mi esposo, me bañaba en aromas de jazmín. Éste estimula los sentidos, y la piel se convierte en seda. Los olores, sabores y colores son tan importantes que sin ellos la plenitud del goce amoroso es imposible. Entre la tenue luz de las velas y la suave música, recuerdo que nos perdíamos. Entonces, yo comenzaba a recorrer cada rincón de su cuerpo, cicatriz, vello, curva… Él tenía dos debilidades hacia mí: Succionar el lóbulo de mi oreja y los pezones. Si notaba que me encogía, entonces seguía hasta provocarme múltiples orgasmos. Estimulaba mis cinco deseos. Mis pensamientos hacia él hacían que la respiración fuera irregular, lo que predisponía a la vagina para que deseara la unión. Las fosas nasales se me dilataban y la boca pedía más y más. Mi esencia vital deseaba ser estimulada por lo que movía el cuerpo hacia arriba y hacia abajo. Mi corazón anhelaba manifestarse por lo que mi humor vaginal brotaba sin parar. Un último recuerdo me llevaba a sentir entre mis piernas algo tan poderoso como el hormigueo de una plenitud próxima. Alargaba el cuerpo y cerraba los ojos para que mis sensaciones me transportaran donde el tallo de jade deseara.
Mi esposo decía que olía a hierba recién cortada…

Mi vida ahora cabe en una mochila; el paso del tiempo me ha enseñado a ordenar las palabras que antes me fueron incomprensibles, y mi lucidez me ha mostrado que nací para amar a mi hombre en cuerpo y alma a través de nuestro sexo. Fui rehén en sus manos, y ellas cincelaron mi cuerpo con orgasmos. Fui su puta, como dicen los occidentales. A mí me gusta decir su amor sagrado, porque para nosotros, los hindúes, el contacto sexual no es una sensación sino un sentimiento sagrado. Mis padres me educaron para lograr la habilidad sexual. Mi esposo no fue un común varón ni yo su objeto sexual como se dijo en la colonia británica. No entienden los del otro extremo del mundo que, si el sexo obsesiona, no es una depravación ni lujuria, sino la marca del destino humano. Nacimos para el erotismo.

Los ingleses dicen ahora que soy lady Graves, me da igual que me llamen así o de otra manera. De verdad, soy Yin y moriré siendo Yin.
Mi esposo tenía alma de escritor; nunca publicó. Lo que escribía se lo regalaba a sus amigos junto con la flor de un jazmín. Antes de morir, me donó su cuento más bello: nuestra historia de amor. Versaba así:
“Yin paseaba entre un gran racimo de magnolios. Al pasar por el estanque, se sentó a contemplar el agua fresca y transparente.De pronto, ésta se convirtió en espejo, reflejando a Jade que se acercaba, y con su flauta comenzaba a tocar una hermosa melodía.Entonces, Yin extendió su cuerpo entre el borde del aljibe y el agua de mandarinas, e inició un vuelo hacia el paraíso hasta que el tallo de Jade la elevó definitivamente a una nube de algodón.Desde allí, descendió tan suavemente como la pluma de un ave, y cuando la flauta terminó su canción, Yin, abriendo los ojos dijo:-Jade, duerme y despiértame otra vez…”


Prohibieron que nos amáramos pero fue inútil. Nos fugamos un amanecer en aquel pequeño tren de las colinas del té… Mi tierra invitaba a soñar, a que los sueños hechizaran el corazón y volvieran realidad nuestros deseos… Lo recuerdo muy bien.

sábado, 4 de junio de 2016

NINA COTOV


-Ana, por Dios, date prisa. Va a salir el autocar y nos van a dejar en el hotel. Todos ya están montados.
Quería darme prisa, pero aquella mañana no sé qué me pasaba. Me había despertado justo al amanecer. Bajé a desayunar y por los cristales del comedor vi cómo la nieve caía sobre el río. Entonces, sin terminar de desayunar, me acoplé el sombrero hasta las cejas y salí a la calle. Crucé sin mirar, parecía que el Neva me estuviera llamando a gritos. Me apoyé sobre la piedra del malecón de las Esfinges y mis ojos se quedaron clavados sobre el río helado; no sé lo qué me pasó. Cuando desperté de aquel estado, miré el reloj, eran más de las ocho y media, y la excursión salía a las nueve. Corrí hacia el hotel…

Nada más entrar en el Hermitage, volví a intuir aquella sensación extraña. No dije nada a Ramiro y me despegué del grupo. Subí sin pensar la gran escalinata del Jordán y me perdí por las logias de Rafael…

Aquel museo no era uno más por muchas obras de arte que colgaran de sus muros, jalonaran bronces por los largos pasillos y Roma o Egipto fueran los reyes. Ni siquiera los zares que habían pisado aquellos suelos de madera haciendo hermosos dibujos, se hacían idea de los duendes que bailaban un vals en el salón de San Jorge, o los besos furtivos al lado del ventanal que daba al Neva…

Me quedé absorta mirando a aquel espejo que reproducía cientos de veces la lámpara de cristal de Swarovski hasta que mis ojos se chocaron con su imagen. Me volví sobresaltada justo en el momento que un aire frío venía a por mí. Y allí estaba ella, sentada en una silla a la entrada de la sala del pabellón. Se miraba las manos como deseando encontrar en ellas alguna respuesta. Su cabello era muy negro cayendo en bucles hasta los hombros. Su frente estaba oculta bajo un espeso flequillo recto. El vestido de seda malva caía casi tan lánguido como ella. Llegaba justo hasta la altura de sus tobillos. A partir de ahí se asomaban unos lustrosos botines de charol negro.
Debió de sentir mi mirada intrusa pues levantó el rostro hacia mí. Sus ojos eran de un azul tan gélido que las dos lágrimas que se escaparon corriendo por sus mejillas se quedaron heladas a medio camino.
Jamás había visto una piel tan blanca, casi nácar ni una boca tan jugosamente puesta para ser besada sobre unos labios carnosos del color de una frambuesa madura.
Según la observaba con inconsciente osadía, presentía que su imagen no me era desconocida y como si estuviera vislumbrando en ese preciso momento que era a ella a la que había estado buscando por todas las salas del palacio de invierno.
Pasados los primeros momentos, ella cambió el gesto ausente por uno más humano y su cuerpo se removió en la silla de forma que percibiera que era de carne y hueso.
Sin darme cuenta de que mis actos eran libres de mí, sentí que me iba acercando a ella hasta estar a apenas un palmo de donde estaba sentada; después, me arrodillé para estar a su altura o, incluso, yo un poco más baja que ella. Y fue cuando me habló:
-¿Por qué has tardado tanto?- cayó unos segundos para reanudar sus preguntas- ¿Encontraste a Mikhail?- Turbada, negué con la cabeza; no sabía de qué me hablaba.
-Has de ir a la sala donde está Goya y busca a Antonia de Zárate. Mikhail está con ella. Dile que Nina Cotov le está esperando en la sala del pabellón.
Como si mis pies tuvieran alas y supiera lo que estaba haciendo, corrí por el palacio de invierno. Hasta sentí mi voz que hablaba en perfecto ruso preguntando dónde podía encontrar a Goya. Seguí volando, pasé como un disparo entre Rubens y Ribera hasta que me paré en seco… Un cuadro de enormes longitudes presidía la sala; era el Cristo crucificado de Murillo. Miré hacia la izquierda y supe que era él, Mikhail. Conversaba con una bella dama de porte muy español y ademanes descarados.
Me acerqué muy despacio, intentando no despistar la curiosidad que había en ellos, el uno por el otro, hasta que estuve tan cerca de la espalda de Mikhail que fue mi respiración la que le hizo girarse hacia mí. Sus ojos me recordaron al resplandor del otoño, al castaño y al fruto del ciruelo. Su sonrisa era la dulzura de la primavera.
-Vos, ¿quién sois?
-Vengo en nombre de Nina Cotov. Ella le está esperando en la sala del pabellón.
-Sería tan amable de indicarme qué fecha es hoy…
-¿Hoy? Son las diez de la mañana del uno de noviembre de año dos mil diez.
-¿Dos mil diez, ha dicho? Imposible, se ha confundido. Hoy es el baile de las ánimas, ahora recuerdo. Treinta y uno de octubre de mil setecientos ochenta y tres- según pronunció el último número, su voz enmudeció y a su rostro llegó una azulada tristeza.
-Ella le espera, venga conmigo, por favor, aún hay tiempo- yo no sabía de qué estaba hablando, pero él lo comprendió al momento porque giró su cuerpo hacia la hermosísima dama y le oí decir “Discúlpeme, señorita Zárate. Presiento que su belleza y espontaneidad han retrasado en demasía mi tiempo y hay alguien que me espera desde hace siglos. Un placer haberla conocido ¡Buenas noches!”… Sentí como su mano firme atrapaba mi brazo izquierdo y ambos volvíamos a volar por las salas del Hermitage hasta encontrar a Nina que estaba en la misma silla en la que la dejé. Al intuir nuestra presencia, levantó su rostro y vi la luz del río Neva en sus ojos… Se besaron; es lo último que vi…

-Ana, ¿dónde, demonios, te habías metido?
Miré a Ramiro aún con la sonrisa pintada en mi gesto y la luz del Neva envolviendo mi espíritu.
-Perdida en el tiempo, pero ya he vuelto. ¿Qué habéis visto mientras yo no estaba, Ramiro?


martes, 31 de mayo de 2016

ASÍ ES LA VIDA

A Fermín le acaban de despedir; trabajaba en una empresa pequeña de reparto, pero las grandes la han comido su mercado. Fue un goteo de despidos y, el último, el de Fermín. El dueño, un buen hombre, trabajador, honrado con su gente, hizo malabares para que su negocio no se fuera a pique. Fermín, por no cobrar, no va a cobrar ni la indemnización que le correspondía por veintiséis años de trabajo en “Transportes Mellado”. Camina cabizbajo reflexionando, tratando de entender lo que ha de hacer en sus pasos siguientes. Encima ahora que llega navidad… A su chica la despidieron en el mes de septiembre; Natalia tuvo más suerte ya que la dieron seis mil euros y hasta el último atraso de sus nóminas.
Llevan viviendo juntos diez años,  y era ahora cuando comenzaban a hacer planes de futuro… Los hijos, un matrimonio pasado por el ayuntamiento, un viaje de novios a Lanzarote… Cosas sencillas que hasta ahora no habían podido por sus circunstancias personales… Que si la madre de Natalia, que si los padres de Fermín, el paro de los dos hermanos pequeños de Fermín, vamos, los dos manteniendo a sus familias hasta que a principios de año los padres fueron cayendo como rosquillas y los hermanos encontraron, al fin, trabajo en unos supermercados. Sí, ahora era el momento, pero a Natalia se la va a pasar el arroz porque la han dicho que con treinta y siete años es premiparañosa y a Fermín con cuarenta y cinco sus espermatozoides no tienen fuerza. Todo esto se lo han dicho en la SS después de once meses de pruebas y las consiguientes esperas para los resultados.
Total, qué más da, piensa Fermín mientras camina rumbo al piso alquilado desde hace unos meses cuando vieron la oportunidad de tener piso propio sin necesidad de vivir cada seis meses con la madre de Natalia, o los padres de Fermín. Una casa nueva en una barriada joven a las afueras de Soria… Y menos mal que no se metieron a comprar casa ya que les asustaba eso de las hipotecas. Natalia y Fermín no tienen estudios, no saben de casi nada, y tenían miedo de que les engañaran. Gracias a ese temor ahora no tienen el apretón de la hipoteca, pero ¿por cuántos meses podrán pagar el alquiler? De momento, sigue reflexionando Fermín, lo mejor será que dejen esa casa y busquen una vieja, esas son más baratas y, si no tienen ascensor, más.
¡Lástima!, se dice Fermín, que el vestido de Novia de Natalia, comprado en segunda mano por internet, se vaya a pasar de moda, con la ilusión que la hacía a Natalia ser la novia por un día lleno de tul e ilusión ¿para qué? Es mejor tener los pies en la tierra porque, a los pobres, soñar es inútil y un desperdicio de tiempo. Y ahora, ¿cómo se lo cuenta a Natalia? Fermín ha callado sus circunstancias a Natalia. Desde que ella fue al paro, Fermín omitió que él iba por el mismo cauce porque ella, a pesar  de quedarse sin trabajo, tenía ilusión por eso del casorio y formar familia ¡pobrecilla!, no sería él el osado que amargara a la flor de su vida.
Fermín ya ha llegado a casa, pero se para en el portal; se fumara un cigarrillo y subirá a rasgar la ilusión de Natalia… “Tal vez si volvieran al pueblo”, piensa, “Allí la vida es más barata y, además he leído que la gente vuelve al mundo rural en busca de alguna oportunidad… Acuérdate el otro día que leíste que ingleses y chinos están comprando pueblos abandonados, algo dejarán para los demás…” Fermín apaga el cigarrillo, lo aplasta con rabia y llama al ascensor.
-¿Natalia?
-Sí, Fermín, estoy en el baño ahora salgo, tengo que decirte una cosa increíble…
-¿Increíble dices? Sal y siéntate que te cuento lo mío.
-Ya estoy aquí… Fermín, Fermín, déjame hablar a mí primero, ¿vale?
-Venga, va. Dime…
-¡Estoy embarazada!- Fermín mira el rostro radiante de Natalia y sin saber el porqué, lágrimas mudas ruedan por la cara desolada de Fermín.
-¿Estás contento?
-Mucho, mi vida, mucho… Tiene gracia, vaya pruebas de mierda que nos han hecho para decirnos que si tú eres una cual y mis espermatozoides otros cual…
-Bueno, y tú, ¿qué me tienes que contar?

-Pues que…- Fermín enmudece buscando palabras que no salen hasta que…- Natalia, que he pensado que debemos volver al pueblo, allí la vida con un niño es más sana, ¿no te parece?

jueves, 26 de mayo de 2016

MANZANAS PODRIDAS

29 de marzo 2014
La primavera se ha vuelto del revés. Alocada y alegre, igual hace sol que el viento atiza las persianas bamboleando una lluvia pertinaz.
Me he acercado hasta Cibeles, es una zona preciosa de ese Madrid inesperado y acogedor en el que nada más  cruzar el umbral de la puerta de Alcalá te sientes un turista accidental.
Este paseo me sentará bien, es más, el aire zumbón, tal vez, me despeje las ideas. Llevo días sin descansar. Todos desde que mi madre, en su lecho de muerte, me confesara que en el armario del trastero había unas carpetas, que las sacara de allí inmediatamente y que hiciera con ellas lo que creyera pertinente. Ella confiaba en mí a pesar de todo, y estaba convencida de que aquel material lo utilizaría con mesura y mano firme.
Después del entierro, de comer con la familia, me retiré; estaba cansada, triste, sin ganas de hablar ni cubrir más paripés. Todo había surgido muy deprisa, sin tiempo para digerir nada: mi aborto, los cuernos de Paco, la separación y, por último, la muerte de mamá. Sí, era joven, con mucha vida por delante aún, pero a mis treinta y siete años, la mochila de Amelia Rodríguez Antúnez pesaba demasiado y, sin querer, recordaba las palabras de mi padre “La vida es larga, pero pasa muy deprisa. Atrápala antes de que se te escape”… Así que descolgué el teléfono, cogí la llave del trastero y subí. Allí, sentada en un suelo frío y polvoroso, me adentré en la vida de quienes creía conocer hasta ese momento. Consumí tantos cigarrillos como todos los que tenía a mano mientras las letras, a veces manchadas de sangre y lágrimas se escurrían bajo mis ojos ahumados de tanto desconocimiento.

29 de Marzo de 1939…
Mi familia tenía un bar en la Cava Baja, al lado de hostales centenarios, se llamaba “Bar Central” ubicado en una calle que podía ser de un siglo perdido que ya nadie recuerda. Mi abuelo despachaba vino con tanto tanino que dejaba la garganta más seca que un erial y los labios amoratados. Mi madre, entonces, tenía onces años. Siempre revoloteando detrás de sus dos hermanos. Jesús, tenía diez, y José, siete. Eran felices a pesar de tanta carestía, y tanta pena en el centro de aquella guerra que ellos aún no entendían. Ya decía mi abuela Daniela que la pena une más que la alegría aunque mis tíos y mi madre no estuvieran conformes con la reflexión de su madre. A ellos les gustaba aquel abanico de colores que entraba a ráfagas por la puerta del bar: labriegos huidos de sus tierras, más que nada por el miedo pintado en sus caras, los falangistas estirados de camisa tan azul como su corazón. A mi madre la gustaba mirarles tan altos, tan gallardos, tan enjabonados y sin miedo; ella quería ser como ellos porque estaba rodeada de pavor, de días oscuros pasados en la bodega codo con codo con caras ajenas a ella aunque pertenecieran a su mundo, mientras los bombardeos arrasaban la vida de los malos. Su padre se enfadaba con ella cada vez que la oía decir que los malos eran los republicanos “Mocosa, aquí no hay buenos ni malos sino todos somos unos pobres desgraciados” “De pobre nada, Padre, nosotros tenemos un bar”… Mamá ya entonces apuntaba maneras.
Lo cierto es que en casa de mis abuelos, y esto lo tengo que afirmar yo que me críe con ellos, jamás se decantaron por ningún bando, o al menos nunca sentí manifestación alguna. Claro que hablaban de política, pero siempre presentí que el respeto se cincelaba en sus palabras.
Aquel veintinueve de marzo, la Carmina, una vecina de mis padres, apareció con su hijo Miguelito que iba a dar un paseo hasta la Cibeles y si mi abuela lo tenía a bien poderse llevar a toda la chiquillería. Mi abuelo dio el beneplácito  y allá se encaminó la Carmina con su jardín de infancia tan peculiar. Digo lo de peculiar, porque nada más llegar en lo alto de la Cibeles había chiquillos desenterrando a la diosa (Protegida por la Junta de Protección Tesoro Artístico del Gobierno de la República –que abandonó la capital dos años y medio antes-. No era la única, también habían sido recubiertas como se pudo, con lo que había, las otras fuentes de Apolo y Neptuno, las estatuas de Felipe III y Felipe IV)
Mis tíos y mi madre no lo dudaron y se encaramaron por los ladrillos hasta llegar a la arena. Según palabras de la Carmina, las carcajadas de los niños iluminaron aquel Madrid torturado después de cuatro años; era el rostro de los supervivientes. Los mayores, abajo, contemplaban fascinados aquel insólito juego mientras sus personas comenzaban a mudar de piel, de corazón y otros a oprimir y ocultar sus ideas.
En esto apareció algún que otro fotógrafo a inmortalizar el momento. La chavalería que se percata comienza a levantar los brazos. Mamá y sus hermanos no sabían cuál era el brazo bueno en aquel instante y lanzaban sus huesos bien alto con la mano estirada en ademán de engancharse a una ilusión.
Sí, mi familia se había ido adaptando a los colores de cada estación política guardando para sí sus íntimos pensamientos, sus aguerridas convicciones.
El uno de abril del treinta y nueve amaneció aparentemente para la familia  Antúnez como un día más. Sin embargo ese día mí abuelo no abrió el bar ni se oyó ruido en su casa, ni siquiera la cacharrería se desplomó en el pilón para que el agua bendijera su limpieza. Mi abuela hizo café y se sentó con el abuelo en la mesa camilla, se agarraron muy fuertes las manos y encendieron la radio. El sonido no era tal sino un susurro que sólo ellos oían. Sus ojos permanecían catapultados en aquel altavoz enrejado. Mi madre salió de puntillas y se paró  en las cortinillas que separaban su habitación del cuarto de estar. Allí, medio engatusada por la escena de sus padres, y la curiosidad que siempre había corrido por sus venas, pudo plasmar aquella escena que no olvidaría jamás.
Lo escuchó nítidamente aunque el sonido de la radio fuera un tintinear de palabras que ella en ese momento no entendió: En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”, firmado por “el generalísimo”, Francisco Franco, en Burgos.
Entonces mis abuelos se fundieron en un abrazo, lágrimas y risas, añadiendo mi abuelo “Hemos ganado, al fin la guerra, Daniela”… Mi madre les seguía espiando atónita mientras sus pensamientos infantiles la venían a dar la razón de que su familia era de derechas, pero de derechas de toda la vida. Tanta era su emoción ante el descubrimiento que no se dio cuenta que su padre la había pillado “Papá, Papá, somos ganadores, ya no hay que ocultarlo ¡Viva Franco! ¡Viva la República! ¡Viva los anarquistas!”...Después de sus osadas y locas manifestaciones sin sentido, mi abuelo la daría la única y más sonora bofetada de su vida “Mocosa del demonio, no sabes ni lo que dices. Todos somos perdedores, hija mía… Dime, ¿cuántas compañeras del colegio te quedan, eh? ¿Desde cuándo no vas a casa de una amiga a merendar, a jugar? Tu padre te contestará: has perdido a tus amigas, has perdido juegos y meriendas… ¿Y los amigos de tus padres dónde están? Muertos, Amelia, muertos. Aquí hemos perdido todos, hija mía”… Pero Amelia aún vio un atisbo de luz en el rostro de su padre que se había apagado de repente “Papá, niégamelo, pero tú vas con Franco” “Qué más da con quién vaya, Amelia, al fin ahora habrá paz”
Pasaron los años y mi familia vivió como las demás, con más penas que gloria. Fueron años difíciles y, aunque ellos se sintieran ganadores franquistas, siguieron acogiendo a todos, con miedos, con silencios. Respetaron al régimen porque eran los suyos aunque jamás lo reconocieran y, aunque los exterminios franquistas de las manzanas podridas les abrieran las carnes por crueles e injustificados, pero como dijo mi abuelo, un día, al haber crecido ya sus hijos “En todos los lugares hay gente buena y gente mala y no siempre el fin justifica los medios. No por ser franquista has de ser malo. No por ser republicano o anarquista, vas a ser el demonio. Unos mataron antes, los otros después, pero todos, hijos míos, mataron,  mataron para defender, por miedo a las represalias, por convencimiento. Tantos son los motivos del hombre que su número es infinito. Vuestros padres podían tener sus ideas pero jamás, ¿me entendéis? Jamás se chivaron ni delataron a nadie porque lo que no quieras para ti, no lo desees para los demás”

1 de abril del 2014
Sí, mi abuela Daniela tenía parte de razón cuando sostenía que las penas unen más que las alegrías, sin embargo, hoy en día, aún los vencedores de antaño que fueron y son buena gente, les da vergüenza aquel espolio de nuestra España más reciente. Se esconden entre las letras de mi teclado como si fueran en parte autores de crímenes sin sentido, pero decidme, ¿qué guerra es justa?
Hoy he vuelto a bajar a la Cibeles, es un día de primavera lluvioso y frío, pero mi corazón se siente cantarín, tal vez porque las golondrinas no se acerquen a la gran ciudad porque no encuentran ya alimento entre tanto asfalto  y sea yo, una descendiente de una buena y honrada familia de derechas que ve en la cabeza de la diosa Cibeles cómo las manos infantiles de unos niños de ayer desenroscan la belleza para que vuelva la luz y la paz a un mundo tan encrespado como el de hoy.

domingo, 22 de mayo de 2016

LLANTO

Hay realidades difíciles de digerir y la imaginación de un escritor queda menguada cuando se topa con alguna de ellas…
La lluvia se precipitaba sobre el asfalto de tal manera que rebotaba hacia la nube, como deseando volver a sus orígenes. Observaba la escena con parsimonia mientras esperaba noticias del médico; sólo el murmullo de las máquinas alteraba el silencio. “Mi tiempo plano” me dio por pensar “Un tiempo  suspendido en espera de algo”… Pero ese silencio que me hacia revolotear entre la estampa de la lluvia y los pensamientos absurdos, se vio rasgado por el llanto de un niño. Era un trueno que dejó mudos al rumor de las máquinas. No era un llanto sino, más bien, el bramido de un dolor sin respuesta. Callaba para luego erguirse con más fuerza si cabe. No me atrevía ni a respirar para no perder el control del sonido de aquel calvario desconsolado. Unas voces dulces, entrecortadas por su propia tristeza, trataban a duras penas cantar una nana Duérmete niño de cuna/duérmete, niño de amor, /que a los pies tienes la Luna /y a la cabecera, el Sol” Dos voces, una de mujer y la otra de hombre, seguían sin cesar hasta que lograron aplacar aquel llanto desgarrador.
Salí a fumar un cigarrillo y en la puerta me topé con un joven que fumaba mientras lloraba, Era bien parecido, su flequillo caía enmarañado por la frente mientras sus lágrimas se confundían con la lluvia. Me daba tanta pena aquel joven que me acerqué a él sin saber ni qué decir.
-Hola…
-Hola-se secó las lágrimas con las mangas del jersey-… Disculpa, no puedo contenerme.
-Tranquilo, seguro que te viene bien llorar-paré un momento mi voz como buscando palabras para poder continuar-… ¿Tienes a alguien en el hospital?
-Sí, a mi hijo de tres meses-volvieron las lágrimas con ímpetu a sus ojos.
-Pobre… ¿Es el bebé que llora tanto?
-Sí… No sabemos qué tiene… Le están haciendo pruebas.
-La nana que le habéis cantado tu mujer y tú ha dado resultados.
-No tengo mujer, soy viudo, ella se murió en el parto. Es mi madre la que canta conmigo- tragué saliva ¿Qué podía decir a ese hombre? No hay palabras de consuelo posibles. Le tendí un cigarrillo que aceptó sin pensárselo dos veces.
-El niño nació prematuro y  ha estado en la incubadora, pero desde que le llevamos a casa hace un mes,  la pobre criatura no ha levantado cabeza, cada vez le sale algo distinto… ¿Tú crees en Dios?- la pregunta hecha a bocajarro me dejó atónita ¿qué responderle?
-A veces sí, otras no… No sé, mi fe es bastante endeble.
-Pues yo creía y mucho. He sido buen cristiano pero cuando murió Natalia fue como si mis sentimientos hacia Dios se hubieran ido con ella.  Y ahora, con mi niño, le maldigo. Si le pudiera esculpir, te aseguro que lo haría-hizo una pausa y siguió- Y tú, ¿qué haces aquí?
-Mi madre, muy mayor, se la acaba su tiempo…
-Me voy adentro… Gracias por tu compañía.
-No hay de qué… Estoy cerca, así que si sales, dame un toque, y nos fumamos un cigarrillo,  juntos.

No hubo tiempo; el llanto de aquella criatura siguió mientras se sucedían nanas “A la nanita nana/Duerme mi niño; /Va entornando los ojos, /Tiene sueñito” El sonido de la campana en un convento cercano dando la una de la madrugada de aquel mismo día fue seguido de un bramido desgarrado maldiciendo a Dios…Después el silencio mientras yo me preguntaba dónde estaba El Altísimo mientras la nada se llevaba a aquella criatura dejando a una anciana vagando por un mundo que no la necesita.
El hospital siguió su curso mientras el tiempo se suspendía en una nada esperando algo.