sábado, 16 de junio de 2018

UN PASEO POR LAS NUBES Y UNA CAJA


Beatriz paseaba por los campos Elíseos feliz, sin prisa, dejándose llevar por el aroma primaveral de la mañana. Se sentía con demasiada suerte para ser verdad por lo que disfrutaba tragando millas con los ojos mientras sus pies volaban por el asfalto parisino.

Incluso, un par de horas antes, sin mirar su monedero, se permitió el capricho de sentarse en una terraza en la Madeleine y pedirse un café por el que pagó ocho euros. Una insensatez para su precaria economía, pero la opción fue la mejor pues una vez sentada, la permitió soñar con los ojos abiertos entretanto la lluvia tartamudeaba sobre el toldo burdeos que la refugiaba de esa agua que limpiaba el parabrisas de su sensibilidad para otear la vida con placer; no necesitó más mientras sus pulmones se llenaban de calma y en  su rostro se encendía la llama de una sonrisa.

Después, fue trepando despacio por los Champs-Elysées, colgándose de cada edificio fascinada igual que una niña descubriendo un mundo a su alcance. El sol había barrido el sombrío plomo del cielo justo para que el dorado del Petit Palais diera el brochazo del amor en su escalinata y dos japoneses declararan su amor eterno en la ciudad de la luz. Envuelta de esa imagen, Beatriz siguió escalando por la avenida, pensando que daría lo que fuera por vivir una escena parecida donde el amor vive en su reino por siempre jamás.

A lo lejos, vio una multitud que, según se fue acercando, comprobó que era una hilera interminable y disciplinada de almas humanas, “Será un museo” se dijo, pero cuando estuvo lo suficientemente cerca leyó unas letras enormes que se descolgaban por la fachada de un edificio impoluto, “Louis Vuitton

Asombrada, perpleja, comprobó que era una tienda, una firma de lujo. Cerca había un banco y una papelera; se sentó a observar qué semblante tenía la opulencia y la ostentación. Admiraba los rostros de regocijo que salían del comercio con sus enseres materiales envueltos en maravillosos paquetes. Y ella deseó tener tiempo y dinero para vestirse con ese gesto de satisfacción.

Tiempo aún tenía para perderlo en emborracharse de ese placer que es unos instantes sin reloj que marque las horas para extraviarlos porque sí. Sin embargo, dinero para comprar allí, no. Sus hombros se desplomaron y su espalda se encogió en una graciosa curvatura. Sus ojos, dos fisgones al acecho, vieron como dos jóvenes japonesas se acercaban a la papelera, abrían la hermosa bolsa, deshacían el bello paquete que cubría una caja preciosa, sacaban un bolso y, excitadas de ilusión y complacencia, abandonaban bolsa y caja en la papelera y se iban saltando de alegría.
Beatriz se volvió y, cogiendo con delicadeza caja y bolsa, las admiró con deleite y, después, se levantó presintiendo que sus pies tenían alas, en sus bolsillos pocas monedas y, en su corazón, ganas de reír.

Beatriz se sorprende del Arco del Triunfo “¡Qué grade es!” se dice mientras que, con su mano izquierda, acaricia una bolsa de lujo que descansa en su hombro y espera complacida a sus compañeros.
-¡Guau, Bea! ¿Qué te has comprado en Louis Vuitton?
-Una caja para guardar mis collares. Mira, qué bellezón de caja…

domingo, 3 de junio de 2018

TRINOS EN LA HABANA


Allí, en la Habana gaditana, los barrios son calles de un suspiro largo y casas bajas de azúcar. De sus balcones penden geranios de un rojo que revientan granas y pájaros cantantes que silban a la mar en mañanas de luz.
Se hacen coro unos a otros  mientras en los patios de las casas abren las ventanas al mundo que vive ahí fuera rodeado de mar y aroma a yodo.
En las entradas de las moradas humildes no deja de relucir el verde de sus plantas y su azulejo andaluz.

Salía prendida de ese duende de aguamarinas cuando un muchacho me paró. De una mano emergían trinos y al ir a buscar el cante jondo pajarero mis ojos se toparon con unos brazos agujereados de cavernas sin noche. Enmudecí, pero su voz insistió y le miré de frente… Aún conservaba la luz del sur en su rostro a pesar de los estragos malditos a los que aboca la vida a muchos débiles sin salida.
¿Por cuántos amaneceres resistirían aquellos ojos de luz gaditana? Me pregunté apenada y los pajarillos que llevaba me respondieron cantándome entre el azul y el blanco de aquella tierra. Mi sonrisa yacía a sus pies y mis recuerdos colgados de una tumba de aquel que sucumbió a los encantos de un sueño fácil, o de una huida a ninguna parte.

Calle abajo, los trinos y gorgoteos derrochaban una sonrisa amable en todo aquel que los escuchaba. Mis pies fueron en su busca, mis oídos necesitaban de su trino mientras la tristeza me hacía comprender las luces y sombras de una realidad en cualquier rincón del mundo.

El sur es una tierra diferente, tan hermosa que hasta la miseria tiene su luz propia…

miércoles, 30 de mayo de 2018

CIENTO CUARENTA CARACTERES


El Hogar de los Fernández Espinosa normalmente es un lugar tranquilo sobre todo los domingos. Los jóvenes pactan con la resaca un cese de hostilidades, un descanso para afrontar la nueva semana. Los mayores, un roto con la rutina y un affaire con actividades lúdicas.

Gerardo, el padre,  y Olivia, la hija, leen la prensa. Bueno, la joven tartamudea las cabeceras de las noticias, es incapaz de introducirse en la letra pequeña.
-Papá, no sé cómo puedes sumergirte en el periódico, las noticias me recuerdan a los jinetes de la apocalipsis o las diez plagas de Egipto.

- La falta de un proyecto que de estabilidad a la sociedad, al mundo, la ausencia de un guía a modo espiritual, llamémoslo así. La ausencia de unas leyes que protejan al ciudadano hace que este pierda la fe y un ser humano sin fe está abocado al desastre. O cuando presiente en su convencimiento que todo está perdido, qué más da lo que haga, es un león que arrasa con todo lo que pilla por delante… Desolador y aterrador, ambas sensaciones por igual.

-¡Qué optimista estás, Papá! Yo desde luego no pierdo el tiempo en lecturas que me destrozan la moral.

-No vas descaminada, Olivia. Cuando la vida, la sociedad, no funciona o se enturbia, la gente se evade en  las cosas más inverosímiles, se refugia donde puede, se defiende con piel de oso.

-Anda deja de filosofar, papi, y recomiéndame una peli de esas tuyas de los años cuarenta o por ahí.

-¿Ves? Te estás evadiendo de la realidad-Gerardo calla un momento, como si estuviera reflexionando-… Finales de los cuarenta, el mundo trataba de salir del caos que habían supuesto dos guerras mundiales con bomba atómica incorporada, en España, una guerra civil, una España abocada al silencio y a pagar por sus pecados…La abuela contaba que entre la miseria siempre se hallaba una luz. Un baile, una festividad, una boda ramplona, la vendimia, ¡qué tiempos aquellos!, y el mundo emergió de su propia destrucción…

-Y ahora, Papá. El mundo es cíclico, la sociedad, también… ¡Anda! En Twitter cuentan que se ha casado el príncipe Harry. Pon la tele, hay un programa especial… ¡Uff! Los cotilleos que están contando. Enciende, enciende la tele rápido, papi.

-Ciento cuarenta caracteres te sirven, Olivia, para encender tu evasión-Gerardo suspira, se ríe y pregunta- ¿Qué canal te pongo?

martes, 22 de mayo de 2018

EL PRESENTE DE GUSTAVO


Gustavo se pasa la mano por la frente para recoger el sudor. Luego sin darse cuenta menea la cabeza  sin perder de vista un punto fijo. Yuri e Iván son dos gemelos de tres años bien avenidos pero tan movidos que su padre no puede despistarse ni un segundo. Mientras, en la sillita de paseo, Katia, de once meses, se ha quitado un zapato y lo está chupando con fruición.

Cada festivo para Gustavo, el padre, es exactamente igual. A las siete de la mañana los gemelos gatean hasta la cama de su padre poniendo sus manitas encima de  su padre y éste después de un largo suspiro, abre a medias los ojos y se pone a jugar, a besar, a sus dos ángeles. Duerme poco, no hay tiempo a más pero lo tiene asimilado. Sus padres le propusieron que se trasladara con ellos a vivir, pero Gustavo se negó. Bastante le ayudaban ya, los festivos serían el relax de sus progenitores y para él la convivencia plena con sus tres hijos; lo decidió libremente aunque apesadumbrado de lo que venía encima, ni siquiera él sabía si podría con ello. Han pasado once meses y Gustavo comienza a sonreír, un poco, solo un poquito, hay momentos que aún tiene un nudo sin desatar en la garganta.

Los gemelos desayunan solos su tazón con cereales bajo la atenta mirada de su padre que toma un café. Hoy se ha despertado con las palabras de su madre la noche anterior sobre la conveniencia de bautizar a los niños “Madre, si soy comunista por convicción y no creo en Dios ni en casi nada, déjame en paz” La contestó seco, amargado y se arrepiente. Qué más da si bautiza a los chicos, al menos haría felices a sus padres. Él también está bautizado e hizo la comunión y eso no quitó su libertad de pensamiento y posterior conducta acorde con sus ideas.

Escucha llorar a Katia y va a por ella. Después del desayuno la baña, la habla, la besa y aparecen Yuri e Iván a ayudar a su padre. Aquello parece un baño de espuma y las risotadas de los cuatro, el alimento para todos. La casa está bastante desastrosa, no hay adornos, no hay casi nada a no ser juguetes por el medio, pero a Gustavo le gusta y le facilita su limpieza mientras los gemelos medio hacen la cama; sí, el abuelo les ha enseñado y para ellos es un juego más.

Gustavo plancha, mal, pero sus hijos no van arrugados. Coser se le da peor pero también lo hace. Incluso va a la compra, no deja que su madre se la haga pues ni la pensión ni el tiempo dan de sí a sus progenitores.

-Dos kg de patatas, uno de zanahorias, tres de naranjas y dos de plátanos, por favor…- Gustavo sonríe a la frutera y ella le mira con dulzura.  

Lleva tres meses engatusado de esa mujer joven y bonita, ni siquiera sabe si está casada o no. Qué más da, aunque quisiera algo con ella, hoy por hoy no puede, no tiene tiempo para él. Además, ella no querría y haría bien, ¿cómo va a cargar con un viudo de treinta y seis años con tres hijos? Pero a Gustavo por las noches le gusta soñar con la frutera, es lo único que se puede permitir antes que le venza el sueño y este no le ha dejado pasar de la escena “Me llamo Gustavo y, ¿tú?”

martes, 15 de mayo de 2018

LAS AVENTURAS DE PEDRITO


La pureza, el candor, la inocencia, de un niño es tal dúctil y delicada que  parece papel de fumar; una sola chispita y prende, se quema, desaparece para siempre…

Los años sesenta para Pedrito fueron fulminantes. Tantas experiencias diluyeron al Pedrito niño para ir tamizando en lo que sería el futuro Pedrito hombre.
El 29 de mayo de 1965 Pedrito se vistió de marinero de agua dulce e hizo su primera comunión. Ni qué decir la emoción que sintió por dar el gran paso para dejar la niñez aunque en su mesilla de noche por mucho tiempo estarían sus fieles compañeros de aventuras Toro Salvaje, Rin Tin Tin, el indio Gerónimo y el perro más famoso de muchas infancias, Lasie.

Ese mismo verano, sus padres prepararon unas vacaciones  muy especiales: además de ir a Galicia, le llevarían a ver el Botafumeiro en Santiago de Compostela.
Por mucha imaginación que Pedrito echara al asunto del botafumeiro, en sus sueños solo veía una nube de humo blanquecina sin gracia alguna y como en aquel entonces con su primera comunión recién estrenada, pensamiento o acción que creía sospechosa pues cada dos días se iba a confesar esos pecados que él creía que podían llegar a ser pecado como el de no emocionarse por aquel chisme que volaba mientras echaba humo como las chimeneas.
Y llegó aquel veinticinco de agosto. La catedral estaba a rebosar y Pedrito impaciente. Su madre le había vestido como un príncipe con sus pantalones de lino blanco cortitos y un polo inmaculado al que su madre se le olvidó abrochar los dos botoncitos. Como el asunto del humo tardaba, Pedrito para aplacar su ansiedad dijo a su madre que se iba a confesar.

-¿Otra vez, criatura? Si te confesaste esta mañana- pero Pedrito no la escuchó y se fue corriendo al confesionario.

Y allí llegó Pedrito a uno de aquellos recintos cuadrados que parecían huchas del Domund donde se depositaban pecados inconfesables, ficticios y vicios innombrables y delante de un sacerdote cuyos tabúes estaban a flor de piel, Pedrito desembolsó la ingenuidad y candor de un niño de ocho años. Como respuesta a sus pecados fue desvirgada su inocencia por un hombre que se hacía pasar por pastor de almas tachando a un infante de ir provocando la libido ajena por llevar unos pantaloncitos blancos y un polo con dos botones desabrochados.

El niño sintió vergüenza, muy bien no sabía a qué, ni siquiera comprendía de qué se le acusaba pero cuando Pedrito volvió junto a su madre, alguien en la oscuridad clandestina de un confesionario le había arrebatado la pureza con un solo golpe de voz, con un toque de palabras salpimentadas de vetos malsanos.

En el momento que Pedrito vio volar al botafumeiro por la nave central, en su interior deseó ser una humilde gaviota que amaba la lectura sobre todas las cosas y volar de aquellos muros para siempre.
Jamás volvió a pisar una iglesia como creyente.

lunes, 7 de mayo de 2018

TODO ESTÁ BIEN


Mauricio se rasca la cabeza, luego los riñones; se ha levantado hoy demasiado perezoso o no tiene motivación alguna por construir un domingo más con ilusión. Se acerca a la nevera y rastrea con la vista qué preparar para comer. Nueces se sienta a su lado en espera que su amo se decante por algún alimento y pille cacho de su decisión. Mauricio se da cuenta y tira de un paquete cualquiera y saca una raja de lomo y se lo da. El perro lo caza al vuelo y le mira agradecido pero al segundo le observa con angustia. Es animal pero percibe que su amo no está bien. Restriega el hocico contra el pantalón de Mauricio y este se agacha.

-Sí, Nueces, hoy no estoy inspirado. Estoy tristón, hoy seremos de los pocos españoles que comemos solos y a ti y a mí nos gusta la familia, ¿verdad? Pero los chicos celebran el día de la madre con la bruja de Manuela…Hay que comprenderlos, es su madre y la quieren, es lógico, Nueces. Que nosotros no la aguantemos, no quiere decir que en mis hijos ese sentimiento exista.

Mauricio suspira y se decanta por una cerveza. Se va a la terraza y se sienta. Mira el cielo azul y piensa que hoy es un día bonito, lástima que esté solo.
Bueno, lleva viviendo cinco años así y vive como Dios. La tranquilidad volvió a su vida después de separarse de Manuela; lo que no entiende como no lo hizo antes… Pereza, desidia, egoísmo, quién sabe. El caso es que no se entendían ni en la cama y aquel fatídico día en que Manuela le montó un número por unas nueces, sí, se había comido unas nueces que ella iba a emplear en un guiso. ¡Vaya tontería! Pero la justa que colmó el vaso después de veinte años de matrimonio y la mandó a tomar por culo. Así, sin más. Ella, toda soberbia, altiva y déspota, eso que la dejaran colgada, sin terceras personas ni nada, significó la guerra; una separación traumática en la que él cedió por el bien de su hijos. Total, le dejó poco más que con los calzoncillos puestos, ¡qué a gusto!, se cogió un apartamento que a duras penas podía pagar, se fue a la perrera a por un perro abandonado, cosa que nunca pudo hacer porque Manuela odiaba los perros y volvió a dormir tranquilo. Los chicos iban todos los domingos a comer con él y Mauricio era feliz. Les ayudaba en todo lo que podía. Incluso llegó a pensar que era mejor padre que antes.
No se echó ni amante ni novias, más mujeres, no, por favor… Recuperó a los amigos que a Manuela como no la caían bien, renunció a ellos y todos los sábados quedaba con ellos a tapear, a tomar unas cervezas, ¿qué más quería? Vivía en paz y feliz cada domingo cuando aparecían sus hijos o entre semana le llamaban con cualquier excusa tonta. Pero hoy…
De repente, Nueces se pone a ladrar como un poseso; llaman a la puerta. Mauricio mira el reloj y ven las seis de la tarde. Se ha dormido, no ha comida, ¿quién llamará?

Se levanta, abre la puerta y…
-¡Papi! Ya hemos comido con mamá, ¿nos invitas a una copa?
Mauricio sonríe, se le escapa la sonrisa por todo su rostro. Nueces salta entre unos y otros mientras la felicidad regresa por un rato al hogar de un divorciado.

martes, 20 de marzo de 2018

REGALO DE CUMPLEAÑOS

Carmen mira sus zapatos, ¡por fin!, no se lo cree aún, pero su hermano José lo hizo posible. Todos los días desde casi un año pasaba por aquel escaparate, se paraba, los manoseaba con la mirada hasta que un día entró con el rubor que le caracteriza y se los probó. Incluso se los enseñó a su madre, pero ella los tachó de caros, feos y que el dinero estaba para otras cosas. Y era verdad, su madre limpiando casas, su hermano de camarero cuyo sueldo casi se basaba en las propinas y estas habían descendido considerablemente, y Carmen, se pagaba sus estudios con un par de clases semanales a dos niños del barrio, casi tan pobres como ellos, más las becas que se iba ganando a pulso. Total, los zapatos seguían en la tienda y en los sueños de Carmen.
Pero esta mañana, desayunando los tres cuando el alba se cuela por la ventana de la cocina, un paquete con gran lazo la esperaba. Lloró, rió, se abrazó a su hermano, a su madre y no supo qué decir.
-Carmen, hoy cumples dieciocho años y tengo yo también un regala para ti-dijo su madre muy ceremoniosa- Vete al tercer cajón de mi cómoda y ábrelo- Carmen con sus soñados zapatos en la mano voló, su madre y hermano fueron detrás de ella.
Carmen se agachó y abrió nerviosa el cajón. No veía nada si no un papel de seda extendido. Se quedó parada, no entendía. Su madre al darse cuenta se agachó y le explicó
-Nuestra familia no fue siempre pobre, ¿sabes? Cuando se cumplían dieciocho años se regalaba una mantilla y su peina.
-¿Para qué?-Carmen no entendía nada.
-Pues para ponérsela en actos importantes religiosos como el jueves Santo. En la época medieval significaba la virginidad de la muchacha.
-Mamá, tú sabes que…-el pudor de Carmen le impidió terminar la frase.
-Tranquila, hija… En s. XVII comienzan a utilizarse las mantillas como las conocemos hoy, y  su mayor auge fue con Isabel II, era muy aficionada a los encajes que se hacían en Cataluña tanto negros como blancos. En la segunda mitad del s. XIX adquirió su máximo esplendor cuando durante la regencia de Amadeo de Saboya las damas de la corte y la aristocracia las utilizaron para desafiar a ese rey italiano cambiando los sombreros por la mantilla para ir de paseo. Aquella revolución femenina se llamó la conspiración de las mantillas.
-Ya, cuánto sabes de este aparato-Carme lo decía sin atisbo de emoción.
-Y esta es la peina para sujetarla. Es de carey y muy delicada su conservación. No me explicó cómo ha llegado intacta. Las dos cosas son de valor incalculable, Carmen.
-Pues vendámoslas-contestó Carmen impetuosa.
-No, hija, si lo podemos evitar. ¿Sabes? Perteneció a tu bisabuela, luego pasó a la abuela Carmen, después a mí y, a partir de hoy a ti.
-¿Y qué hago yo con esto, mamá?
-Es tuyo. Yo nunca me la puse, me parecía una ostentación en los tiempos que viví y vivo y me conformé con mirar este pequeño tesoro que heredé.
-¡Ah!-Carmen captó el sentimiento de su madre. Después miró sus zapatos…-Mamá, ¿esto se lleva con vestido negro, verdad?
-Sí, pero por debajo de la rodilla, cuanto más simple y discreto sea mejor. El único detalle que permite son unos pendientes largos porque son los que mejor quedan con la mantilla, Se les suele llamar pendientes de la Virgen porque son del estilo de las Vírgenes de Gloria-Carmen hablaba con devoción tal como lo hizo su madre con ella trasladándola una tradición para que no se perdiera.
-Mamá, José, ¿me haréis el honor de acompañarme el Jueves Santo a recorrer las siete iglesias como le gusta a mamá hacer todos los años? Me vestiré por mi bisabuela, por la abuela y por mamá…
Carmen era tan feliz con sus zapatos nuevos que fue incapaz de que su madre no lo fuera.

miércoles, 14 de marzo de 2018

AL OTRO LADO DEL TIEMPO


Poner punto final a un capítulo de tu vida por las razones que sean siempre es duro. Es desprenderse de una parte de ti mismo para bien o para mal, y depende de las circunstancias poner fin es liberador.

Cuando escribí el último renglón de “Al otro lado del tiempo” sonreí. Habíamos pasado juntos dieciocho meses, luego seis más corrigiendo y, una mañana de esas que amanecen los pajarillos trinando alocadamente, anunciándote que hoy puede ser un gran día, posé mis labios en la pantalla, la besé, la volví a sonreír y di al botón de “Enter” y se fue volando como esos pajarillos a manos de Basilio Rodríguez Cañada mi editor.

Meses después, apenas hace quince días, cuando la presenté en sociedad, yo seguía sonriendo, esteba segura de mi nueva hija, para más dicha la abalaba un premio internacional de narrativa. Yo miraba alegre como la gente la compraba la gente, con qué satisfacción firmaba ejemplares en mi librería de cabecera, El Sueño de Pepa…

Pero una noche desperté, había tenido una pesadilla. Una bola en el estómago, una opresión ansiosa en mi pecho, impedían que conciliara el sueño. “¿Qué te pasa, Cabra loca?”Me pregunté en medio de ese silencio sordo que me asusta a veces y contesté “Aún nadie ha dicho qué opinan de la novela. A ver si yo estaba tan segura y era una fantasía mía, a ver si el jurado se equivocó, a ver si…”

Esta mañana, como una mañana cualquiera, de las que se enredan a tu libro de vida, con mi café humeante, he encendido el ordenador y “Voilá”, por arte de magia me estaban esperando cuatro críticas:

“Un libro precioso, divertido, lleno de valores, intriga...con el que pasas un rato maravilloso”

“Una novela increíble, amena, divertida, con una dosis de misterio, pero sobre todo sorprende por lo bien que está escrita y por la recuperación de los valores que propone. Una vuelta al pasado con mirada hacia el futuro, la solidaridad, la amistad, el trabajo en común, la integración cultural,.....en definitiva, un gusto de lectura lleno de momentos divertidos, que recomiendo a mis conocidos desde ya que no se la pierdan. Gracias por haber escrito una novela así”

“Vital, divertida, llena de valores, misterios. De lectura fácil y amena. Un lujo para los sentidos, donde nos podemos en algunos casos ver reflejados… Ángeles eres la bomba, ¿de dónde sacas esa imaginación?”

“Es muy tarde pero solo quería decirte que escribes maravillosamente un libro escrito con sentimiento me ha encantado”

…Os podéis imaginar que estoy un poco/bastante/mucho contenta y como que el miedo se ha largado con viento fresco por la ventana.

Pido disculpas por otro lado debido a mi ausencia de los blogs y las lecturas que hago en los de mis compañeros. He tenido un trajín  de aquí para ya con la nueva novela que no puedo con el alma, pero pronto volveré. Muchas gracias

sábado, 24 de febrero de 2018

EL TREN DE LAS COLINAS DEL TÉ

Nilgiri es una palabra nativa que significa montañas azules. Las colinas están tapizadas de bosques frondosos, jugosos prados que se funden en aguas de mandarina y naranja.
 En esas tierras nací yo.
La manera más romántica de adentrarse en ellas es coger un pequeño tren que aguarda aletargado en la vía de Mettupalayam al despertar el día. El cielo, entonces,  se muestra azulado  ante tus ojos, envuelto en bruma. La estación late adormecida hasta que comienza a bullir con la llegada del tren. Voces insistentes ofrecen diversas mercancías: café, bananas, tabaco, bálsamo de tigre… Respirar este ambiente es envolverte en magia.

Pensé que la manera más hermosa de despedirme de este mundo, sería volver a mis raíces. En esta zona vivía la tribu Toda, hombres altos con tradición ganadera hasta que llegaron los ingleses y sembraron mi paisaje de té, grandes extensiones que se denominan jardines. Primero, los hombres cuidan de su cultivo, poda y formación de setos. Luego, las mujeres lo recolectan en cestos de mimbre, y ataviadas con vistosos saris, seleccionan las hojas de mayor riqueza en tanino y teína. Su aroma se extiende por el aire… Aún oigo la voz de mi esposo contarme todas estas cosas. Él amó mi tierra y mi cultura tanto como yo.

Observar mis orígenes es como volver a nacer, el mismo milagro de las rocas del mar de Omán que se cubren cada doce años, de flores azules. Ver a mi hermano, Yang, bajar a ese mar y pescar con mallas chinas, o, en la lejanía, divisar las casas de techo rojo y el artesonado de mis templos que parece de encaje… No tardo en asimilar todas estas sensaciones que afloran a mi memoria, los colores vivos, la torta de arroz, las joyas ornitológicas que cantan en estas colinas.

Según avanzamos en este pequeño tren de juguete, cruje la madera, la maquinaria rechina. El jefe hace sonar con insistencia la sirena para alertar de nuestra presencia. Entonces, según te adentras, tienes la grata sensación de una vuelta al pasado, de formar parte de un grabado de la India colonial del XIX.
Recuerdo que toda mi vida cambió aquella mañana en la estación de Connor. Yo iba a trabajar a una gran casa señorial inglesa. Pensé que aquel hombre de andares ágiles y firmes era el chofer  que venía a recogerme. Claro, que poco me duró la ignorancia: él era uno de los hijos de los grandes señores. Yo la sirvienta. Pero aquella diferencia social y cultural, no pudo evitar nuestra atracción.

Al principio, nuestros encuentros fueron a  furtivos. De día, vestía, peinaba y cuidaba de sus hermanas. Al atardecer, cuando el sol se despedía extendiendo su manto hechizado, nosotros nos entregábamos a un acto de amor compartido y generoso. Mi forma de hacer sexo, le acercó al corazón de hombre que latía dentro de él, le aproximó al ser humano que ignoraba. Desperté su energía dormida: sensibilidad, sexualidad, sensorialidad y sensualidad. Él le gustaba decir que yo provocaba sus cuatro eses.
 El sexo en occidente siempre me ha parecido vulgar, descarnado y falto de poesía… Cuestión de educación y mentalidad, seguramente. Allí no se cuidan los prolegómenos del acto amoroso.
Recuerdo que antes de encontrarme con mi esposo, me bañaba en aromas de jazmín. Éste estimula los sentidos, y la piel se convierte en seda. Los olores, sabores y colores son tan importantes que sin ellos la plenitud del goce amoroso es imposible. Entre la tenue luz de las velas y la suave música, recuerdo que nos perdíamos. Entonces,  yo comenzaba a recorrer cada rincón de su cuerpo, cicatriz, vello, curva… Él tenía dos debilidades hacia mí: Succionar el lóbulo de mi oreja y los pezones. Si notaba que me encogía, entonces seguía hasta provocarme múltiples orgasmos. Estimulaba mis cinco deseos. Mis pensamientos hacia él hacían que la respiración fuera irregular, lo que predisponía a la vagina para que deseara la unión. Las fosas nasales se me dilataban y la boca pedía más y más. Mi esencia vital deseaba ser estimulada por lo que movía el cuerpo hacia arriba y hacia abajo. Mi corazón anhelaba manifestarse por lo que mi humor vaginal brotaba sin parar. Un último recuerdo me llevaba a sentir entre mis piernas algo tan poderoso como el hormigueo de una plenitud próxima. Alargaba el cuerpo y cerraba los ojos para que mis sensaciones me transportaran donde el tallo de jade deseara.
Mi esposo decía que olía a hierba recién cortada…

Mi vida ahora cabe en una mochila; el paso del tiempo me ha enseñado a ordenar las palabras que antes me fueron incomprensibles, y mi lucidez me ha mostrado que nací para amar a mi hombre en cuerpo y alma a través de nuestro sexo. Fui rehén en sus manos, y ellas cincelaron mi cuerpo con orgasmos. Fui su puta, como dicen los occidentales. A mí me gusta decir su amor sagrado, porque para nosotros, los hindúes, el contacto sexual no es una sensación sino un sentimiento sagrado. Mis padres me educaron para lograr la habilidad sexual. Mi esposo no fue un común varón ni yo su objeto sexual como se dijo en la colonia británica. No entienden los del otro extremo del mundo que, si el sexo obsesiona, no es una depravación ni lujuria, sino la marca del destino humano. Nacimos para el erotismo.

Los ingleses dicen ahora que soy lady Graves, me da igual que me llamen así o de otra manera. De verdad, soy Yin y moriré siendo Yin.
Mi esposo tenía alma de escritor; nunca publicó. Lo que escribía se lo regalaba a sus amigos junto con la flor de un jazmín. Antes de morir, me donó su cuento más bello: nuestra historia de amor. Versaba así:
“Yin paseaba entre un gran racimo de magnolios. Al pasar por el estanque, se sentó a contemplar el agua fresca y transparente.
De pronto, ésta se convirtió en espejo, reflejando a Jade que se acercaba, y con su flauta comenzaba a tocar una hermosa melodía.
Entonces,  Yin extendió su cuerpo entre el borde del aljibe y el agua de mandarinas, e inició un vuelo hacia el paraíso hasta que  el tallo de Jade la elevó definitivamente a una nube de algodón.
Desde allí, descendió tan suavemente como la pluma de un ave, y cuando la flauta terminó su canción, Yin, abriendo los ojos dijo:
-Jade, duerme y despiértame otra vez…”


Prohibieron que nos amáramos pero fue inútil. Nos fugamos un amanecer en aquel pequeño tren de  las colinas del té… Mi tierra invitaba a soñar, a que los sueños hechizaran el corazón y volvieran realidad nuestros deseos… Lo recuerdo muy bien.

martes, 13 de febrero de 2018

LOS MALOS TAMBIÉN AMAN

Sentí  vencer el pudor que clama deseo cuando yo lo visto de amor. Es una puerta que, o la traspasas o te quedas en su umbral para que otros la abran y vivan, imaginen, lo que tú por pudor no quisiste hacer…

Triana tiene nombre de virgen. Es una chica corriente, ni alta ni baja, de mirar esquivo y pelo azabache. Insegura y temerosa, inconformista y quejosa. Una muchacha atormentada de oscuro pasado familiar Ella es una víctima más de la marea muda de las circunstancias de la vida. En concreto, de una madre, una madre implacable, absorbente y dominadora.
Romeo es un tipo vulgar, de unos treinta años, acostumbrado a vivir al límite desde el día que marchó de tu patria, Rumanía. Aquí, en España, pensó que encontraría el futuro que en su tierra se le negó, pero tampoco aquí lo encontró. Para subsistir  se convirtió en un ladrón del tres al cuarto. Su carácter no es conflictivo y cae bien a la gente; a su manera, se puede decir que es un tío horado, víctima como Triana de las circunstancias.

Él ladrón, ella asesina por encargo de su madre. Los dos viven en la cárcel; allí se conocieron.

Los dos lastraban tantas carencias como primaveras bajo el sol. Se cayeron bien desde la primera vez y, aunque Triana no acostumbrada a mirar de frente, su primer beso en un pasillo y de refilón, lo hizo mirando a los ojos de ese hombre que comprendía la amalgama de duelos en la piel de una chiquilla.

Al principio se alimentaron de palabras, sonrisas y besos tímidos, pero besos que abren las puertas de un cielo vetado para algunos. En sus labios revolotearon esperanzas, veranos, otoños y el invierno lo conocieron en las duchas de un baño de prisión sin calefacción. El calor los pusieron ellos con sus llamas, primero pudorosas, luego ardientes, y en el rigor de sus brasas bucearon en sus cuerpos hasta hallar el climas que Triana desconocía pues, aunque sea una asesina, era virgen como su nombre.

En navidad se hicieron pareja de hecho y así, cada quince días tienen un vis a vis para encender la chimenea de sus pasiones.
Triana ahora mira de frente. Su amor crece entre rejas aunque ella ya no las siente tanto, ni siquiera las ve.

A su madre, también asesina, el hecho de que su hija se haya enamorado no la gusta ni una pizca y anda urdiendo un plan para separar a su hija de su amado; aún no ha encontrado la clave, pero es astuta y la encontrará.

Mientras, los enamorados se preparan a pasar su primer San Valentín juntos entre palabras, sonrisas, caricias y fuego. No temen lo que pueda ser el mañana. Solo tienen el ahora que construyeron entre las rejas de una cárcel.

sábado, 10 de febrero de 2018

PERRILLOS AMBULANTES

El día amaneció mentiroso; un sol sobre un cielo azul, tal azul que era hielo. Después, mutó al gris que presagia nieve en las montañas…

El Km 0 de Madrid despertaba perezoso aunque con su bullicio habitual porque mientras en otras calles la noche duerme, el centro de esta ciudad no duerme jamás, sólo entorna los ojos mientras las campanadas gorgotean cada hora. Y cuando yo he llegado un racimo de barrenderos limpiaba el suelo por encima, sin ganas, el gracejo de la escoba los delataba, y sus cabezas eran un puro interrogatorio, la incógnita si se arreglaría la huelga maldita. Los comercios aún permanecían cerrados, no así la iglesia del Carmen a la que entraba un rosario de fieles a rezar, a esperar, a guarecerse del frío, a meditar…, quién sabe. 

Yo les imité, pero antes de subir las escaleras me llamó la atención una maleta andrajosa y una manta que se movía, al instante apareció de aquella lana sucia, la cabecillo de un perro. Me miró con esa expresión que sólo los chuchos nos regalan: tierna, lastimera, cariñosa y pedigüeña; me provocó la primera sonrisa del día. Dentro de la iglesia se estaba caliente, un silencio roto por un canto gregoriano muy bajito que te obligaba a sentarte y meditar. Una luz casi apagada con el consuelo de múltiples y diminutas velas te conducían a rezar; cada uno a su manera porque todos los caminos llevan a un Dios… Hasta los que no están alumbrados por la fe, se recogen en sus rezos tan íntimos, personales y válidos como el de cualquier “mea-pilas”.

Al rato volví a salir a la calle, ésta olía a café y churros; un perro canela aguardaba en la puerta de un bar; no quitaba ojo de la entrada. Me quedé parada observando y enseguida me di cuenta, por el movimiento incesante de su rabo, que su amo ya salía. Un indigente cuya cara no se apreciaba por la espesa barba salió del café; el chucho se abalanzó sobre él. El mendigo le pidió que se sentara y así lo hizo, sin titubear. El hombre, entonces, sacó de su bolsillo un churro y, sonriendo a su can con tal felicidad que pensé que este hombre tan sucio, tan mal amañado, seguramente era más rico que muchas fortunas presuntamente conocidas; el perrillo se comió el churro y ambos se perdieron calle abajo.

Continué hacia mi destino, pero éste de nuevo se vio interrumpido; una muchacha, como salida de la década de los sesenta, rasgaba una guitarra, su voz imitaba a la de Joan Báez. Su compañero, un perro azabache, jugaba mientras con una pelota. Los pocos viandantes que pasaban por allí rascaban sus bolsillos cayendo las monedas en un plato. Al acabar de cantar la chica, recogiendo el dinero y la mochila, dijo a su perro “Vámonos, Alimaña, ya tenemos para desayunar”

Les vi partir hasta que mis ojos se perdieron entre la marea de turistas que se acercaba.

El reloj de la Puerta del Sol daba las diez campanadas. Un gigante árbol de navidad esperaba ser terminado de decorar. Las puertas de los comercios se abrieron con alegría y yo desaparecí por un subterráneo en pos del metro, no antes sin echar el último vistazo al Km 0 de una ciudad que habla sin necesidad de usar las palabras.

jueves, 1 de febrero de 2018

TIEMPOS SIN COSECHA

-¡Mare de Déu, Mare de Déu! Estáis locos- rezongaba Virtudes mientras unas lágrimas salpimentaban la ropa que recogía en ese momento del tendal.
Había llegado un momento de su vida en el cual se desconectó del mundo. No sabe muy bien si por falta de entendimiento o porque ya no la interesaba. Ella, luces tenía las justas pero eso no era óbice para que no se diera cuenta y comprendiera mucho de los actos de sus hijos junto al mutismo del padre y la presencia omnipresente de la madre que era ella misma, Virtudes, la mujer que vino del campo castellano hace treinta y cinco años a buscar trabajo a Barcelona.
¿Y por qué a Barcelona y no a Madrid que estaba más cerca de su pueblo? Muy sencillo… Virtudes por no saber no sabía lo que era una capital; nunca había salido del pueblo ni de las faldas de su madre. Eran cinco hermanos y los cinco trabajaban las tierras de su padre que antes fueron de su abuelo y mucho antes de su bisabuelo. Trabajaban de sol a sol y era precisamente lo que Virtudes bien sabía hacer: trabajar. Sin embargo, llegaron tiempos de malas cosechas, sus hermanos varones emigraron a las ciudades en busca de pan y trabajo, y a su padre le dio por la bebida, perdiendo las tierras de dos generaciones y una cirrosis se lo llevó.
Su hermana Suplicio, que arrestos no la faltaban y el pueblo la picaba las entrañas, decidió también marcharse, cuanto más lejos, mejor. Don Pere, el párroco, un catalán reconvertido a castellano por los muchos años que llevaba por esas tierras por mandato de su diócesis, escribió a unos familiares que aún conservaba en Barcelona. Estos le mandaron un par de referencias para que Suplicio trabajara de “Noia de servei” y, sin pensarlo dos veces, partió. Al poco tiempo de irse, la madre, de pena y años, murió, quedándose Virtudes sola en el pueblo. Por caridad cristiana a su madre y a ella, las habían dejado vivir en la casa que tampoco era ya suya pues las tierras y la casa iban unidas. Así que en la calle y sin nada con veinticinco años se fue en busca de su hermana a Barcelona.
Virtudes nunca había visto el mar y aquella masa de agua interminable llamada Mediterráneo le cautivó como le sedujo aquel azul de cielo tan lleno de luz. Comenzó una nueva vida donde todo era nuevo y sorprendente para ella. Lo único que de verdad conocía era trabajar y a su hermana; el resto, para ella, era volver a nacer y aprender a caminar como si se tratara de una niña chica.
Entró de Noia de servei, como Suplicio, en la casa de la cuñada de la señora donde trabajaba su hermana. Y allí precisamente conoció a Pere, el chófer de la familia.
¿Qué vio en él? Todo. Eran la noche y el día con solo dos puntos en común: trabajador y servicial y amor a su tierra. Pere era extrovertido, soñador. Virtudes, tímida y realista. Él apenas hablaba castellano y Virtudes nada de catalán, pero sus miradas y gestos hablaban por ellos. Sus ratos libres siempre iban a la playa, a sentarse en la orilla y sistemáticamente Virtudes decía a Pere “¡Me gusta tanto el mar! No tiene patria ni condición y sus aguas darán eternamente cosecha”
 Después de más de tres décadas ninguno sabe el idioma del otro, sin embargo Pere aprendió a amar los campos castellanos sin haberlos visto jamás y para Virtudes Cataluña se convirtió en su otra tierra. La ama, la venera y no concibe su vida sin el Mediterráneo que la brindó su segunda vida. Siete lustros mirando ambos en la misma dirección e igualmente comprometidos que el primer día.
Pere y Virtudes aún no se han jubilado, el trabajo les mantiene vivos y así les han podido dar a sus hijos una amplitud de miras que ellos no tuvieron. Pero ahora, mientras Virtudes sigue colgando la colada en un domingo de otoño soleado y dorado que se dibuja por la parra que crece en el patio de su hogar, se pregunta para qué tanto sacrificio si sus tres vástagos son más obtusos que ella misma sin ningún estudio, ni si quiera su Pere, tan catalán que es y que nunca salió de su tierra, es tan visceral como sus hijos.
- Ells saben el que volen, Virtuts. Allà ells, el futur és per a ells. Nosaltres ja hem fet tot el que
 havíem de fer i orgull és l'única cosa que hem de sentir (Ellos saben lo que quieren, Virtudes.
 ¡Allá ellos! El futuro es para ellos. Nosotros ya hemos hecho todo lo que debíamos hacer y
 orgullo es lo único que debemos sentir)- dice Pere a Virtudes con una sonrisa cansada 
y una mirada buscado la comprensión de su esposa.
-Pere mírame a los ojos y contéstame, ¿Tú vas a ir a votar para separarte de España?
- Sí, Virtuts. Jo em sento català, no espanyol. Als teus fills els passa el mateix (Sí, Virtudes. 
Yo me siento  catalán, no español. A tus hijos les pasa lo mismo)- calla un momento para 
coger aire, para seguir mirando a su amor castellano-… Així aquesta vegada, encara que 
sentis que m'allunyo de tu, no és cert del tot ja que em quedo en una part de tu mateixa, 
potser la més important, en els teus fills (Así esta vez, aunque sientas que me alejo de ti, 
no es cierto del todo, pues me quedo en una parte de ti misma, tal vez la más importante,
 en tus hijos)- los ojos de Pere taladraban a los de su esposa- ¿vas a respetar mi decisión?
 
Virtudes bajó los ojos pero sintió que los pasos de Pere se alejaban. Aquel domingo la comida
 familiar fue distinta a otros festivos en los que se sentaban los cinco alrededor de una mesa y 
compartían las cuitas semanales. A partir de aquel día en la casa de Virtudes más que voces 
se oían susurros que enmudecían cuando sentían acercarse a Virtudes. Y en el hogar de esta 
mujer sin más entendederas que la propia subsistencia, comenzó a crecer una brecha que ni 
ella misma comprendía ni se explicaba, pero su tozudez, su forma de ser reservada le impidió 
decir una palabra más alta que otra, ni siquiera un reflexión escapada en un momento de 
soledad, nada. 
Por su parte, tanto su marido como sus hijos, por amor, respeto y no querer herir a su madre, 
silenciaron pensamientos, verbos, todo, y en casa de Virtudes y Pere se instaló la afasia.
 
Tan atribulada estaba que hasta su propia hermana se lo notó y un buen día la invitó a dar un
 paseo. Se acercaron hasta la playa, el lugar predilecto de Virtudes. Ambas hermanas se 
descalzaron, a las dos las gustaba el contacto de la arena en sus pies. Caminaron hasta 
la orilla. Virtudes se volvió a su hermana y mirándola con una sonrisa extraña, dijo:
-Me hubiera gustado saber nadar para comprender qué sensación es la de flotar. 
¡Me gusta tanto el mar! No tiene patria ni condición…, es de todos. Nunca se me ocurrió 
pedirle a Pere que me enseñara. Si hubiera aprendido, quizá ahora sabría flotar entre dos 
aguas, hermana.
-Algo dejó caer Pere el otro día cuando estuvo en casa de mis señores y no te entiendo 
Virtudes. Cataluña te ha dado todo, en cambio España nos quitó todo- Virtudes al oír las 
palabras de su hermana se volvió y en su cara solo había estupefacción.
-Suplicio, ¿tú también reniegas de España?
-Mi patria es esta, Virtudes, no te digo  nada más. Es lo que siento.
 Las hermanas no hablaron más. Fueron por el reborde del agua mientras la tarde palidecía 
y una suave brisa agitaba  sus hebras de plata. Virtudes se agarró al brazo de su hermana 
pero presintió en él la frialdad del hielo y lo soltó.
 
Se dijeron adiós y cada hermana tiró en una dirección. Virtudes se montó en el autobús 
sentándose en un asiento de atrás del todo. Solía hacerlo con asiduidad siempre que estaba
 libre. Sentía que era el confesionario consigo misma mientras sus ojos se perdían por el 
ventanal viendo la ciudad. Esa tarde se sentía especialmente sola y abatida. Nunca  se había
 sentido así como si su corazón se hubiera rasgado y nadie acudiera a coser su herida.
El autobús paró en un semáforo y mientras ella miraba a lo lejos el Mediterráneo, 
un fuerte impacto rebotó en el autobús. El cuerpo de Virtudes salió despedido; apenas 
vivió unas horas.
 
- ¿Pare, on anem a soterrats a la mare?
-En el Mediterráneo.  No tiene patria ni condición y sus aguas darán eternamente cosecha.
Fue la única vez que Pere habló en castellano. El uno de octubre Pere y sus hijos fueron a votar.

miércoles, 17 de enero de 2018

MANTAS PARDAS

“Ortega y Gasset dijo que la vida se nos entrega vacía. El oficio de escritor, por su capacidad de imaginar, debe crear algo bueno y útil para los demás que ayude a vivir” Richard Ford

Encontré a Pedro una noche de otoño en esa Castilla que, en días de diario, se apea temprano de la vida mundana; oí las campanadas del reloj dar las diez. Caminaba deprisa, la acera era ancha, los arboles desmembrados y apenas un autobús vacío pasó por la calzada. Un vientecillo suave cosquilleó el silencio hasta que fue roto por un ronquido bronco, profundo. Aminoré el paso, incluso volví la cabeza y lo único que pude ver fue, en un rincón de un antiguo edificio de banca abandonado, un bulto tapado por una manta parda que subía y bajaba armoniosamente. Mis ojos no se acostumbran a ver esa imagen que tanto desamparo me infunde. Sin embargo, este verano volví a contemplar estas escenas en la Bretaña francesa. Entonces se me antojó pensar que, tal vez, era una postura contra el capitalismo, una forma de reivindicar otras formas de vida, pues aquellos rostros anónimos estaban lejos de la tristeza. Exhibían complacencia, hasta alegría.

A la mañana siguiente salí temprano a pasear a Gazpacho, un terranova que todo lo que tiene de grande lo tiene de bueno, aunque hay algo que le sobreexcita y no he llegado aún a comprender por qué después de tres años unidas nuestras almas de perro y humano. Cada vez que ve a un mendigo, se pone a ladrar desaforadamente; he tenido que dejar de pasar cerca de las iglesias pues a ciertas horas hay muchos inquilinos haciendo colecta. Sin embargo, esa mañana fue distinto. Gazpacho iba suelto husmeando todo lo que encontraba al pasar cuando, de repente, vino una nube a descargar tanta agua que el mismo Gazpacho fue corriendo a refugiarse en el primer sitio que encontró; el antiguo edificio del banco.

El perro llegó y se aposentó en un extremo dado que el otro estaba ocupado por un hombre cuyos ojos apagados contemplaban mansamente aquella agua que caía. A su lado, un perrillo “Mil leches” en la misma actitud que su amo. Yo me puse al lado de Gazpacho tratando de sujetarle por el collar temiendo que en cualquier momento se le cruzaran los cables y se pusiera a ladrar al mendigo. Pero no.

El contemplar el agua rabiosa era una escena, la verdad, fantástica. Relajaba tu mente, abría las compuertas de alguna sensibilidad dormida. Tan imbuida estaba en la escena que fue Gazpacho con un lametón el que me despertó.
-          ¿Un café? -giré la cabeza y el hombre me tendía un vaso humeante de un termo. En su boca se desplegaba una media sonrisa ácida que, a mí, no sé por qué, me supo a azúcar. Dudé unos segundos en aceptar o no aquel vaso que se me antojaba sucio, pero aquel brazo insistente y confiado, hizo que el mío saliera a su encuentro y que, por fin, mi mirada paseara por aquel rostro.

Mis ojos, desvergonzados y descarados, subieron y bajaron mil veces por una barba descuidada de hebras de plata, por una boca de labios finos y dientes amarillentos, por una nariz golfilla de ave rapaz, una frente de surcos profundos y una mirada tan honda que taladró a la mía. No sentí daño ni duelo en sus ojos pardos y anónimos, y leí tantos capítulos en ellos que me sentí afortunada. Fue un lenguaje de ausencia de palabras donde los gestos nacen para contarte que no siempre es mala una decisión descabellada, ni mucho menos descartar por simples apariencias, pues la verdad posee muchas formas.

Dejó de llover, despertaba la ciudad y el silencio se evaporaba para mejores momentos. Solté a Gazpacho y dije.
-Me llamo Rebeca. Tengo una manta en casa en desuso. Da mucho calor, no abulta y pesa poco, ¿me la aceptas?
-Yo me llamo Pedro. Pillo y yo estaremos encantados con tu regalo.

Hay pobrezas inexorables; mis ojos tardaron un buen rato en despegarse de su rostro marcado por demasiadas añadas malviviendo, o los estragos producidos por el deshoje de la margarita existencial, pero para nada arrepentidos… Quién sabe lo que lleva a un ser humano, además de la pobreza, a tirarse al asfalto y hacer de él una escuela de vida.