miércoles, 12 de junio de 2019

UNA HISTORIA DE AMOR SENCILLA


“¿Quién no tiene un fantasma en su armario?” Se preguntó Almudena mientras buscaba su vestido de seda azul para una fiesta que no deseaba ir. No conocía a nadie, no era amiga de saraos sino de una vida apartada y simple, con sus manías, rutinas, y recuerdos que cada vez pesaban más.
Sin embargo, el trabajo de Paco, la obligaba una y otra vez a estar expuesta en un escaparate donde saludaba, sonreía y escuchaba, no más. ¿Qué tenía en común con ese mundo? Absolutamente nada. Claro que tampoco con Paco y ahí lleva con él más de quince años entretanto su gran amor, Manolo, yacía colgado en una percha en el fondo de su armario.
Aún, después de casi dos décadas se pregunta por qué se decantó por el equivocado y no por el que de verdad amaba. El dinero, el puñetero y vil metal. Uno era un soñador sin oficio ni beneficio. A Manolo le conoció en la universidad. Acabó con buenas notas, hizo oposiciones y se fue a dar clase a Soria. Amaba la literatura y escribir, y ella ni Soria, ni literatura ni escritura, pero estaba enamorada de él, casi desde el instante que se topó con Manolo en un pasillo de la universidad… Sus ojos, la dulzura de su voz, su galantería…
Paco, rico por su casa. Lo suyo no era estudiar pero sí los negocios y ella, harta de estrecheces, de trabajar y estudiar a la vez, de llevar el mismo vestido una y otra vez pues…
Costó que la familia de Paco aceptara a Almudena pues ni apellido ni dinero, solo su simpatía y belleza. Una boda bonita que rezumó amor, por parte de él, ella ponía la felicidad de abandonar la miseria, pero esto nadie lo supo.
-Paco, ¿seguro que hace falta que vaya yo hoy a esa fiesta?
-Sí, pesada, hoy te lo pasarás bien. Es la entrega de unos premios literarios que patrocina la empresa.
Y allá está Almudena con su vestido de seda azul bebiendo cava y aplaudiendo a los premiados.
-Y el primer premio es para un escritor audaz, fiel a sus letras, Manuel Hormigosa Fernández.
A Almudena se le ha parado el corazón y su vista está clavada en el hombre premiado. Él agradece con palabras suaves mientras su mirada reposa en el caudal de deseos que encierran los ojos de Almudena.

viernes, 7 de junio de 2019

LA CAÍDA DEL GIGANTE Y EL ESTRATEGA


“Se tenía que ir, se tuvo que ir mucho antes, no sé por qué no se fue…”Pensamientos en la cabeza de Isidro que no le habían abandonado desde hacía setenta y dos horas, pero su honorabilidad estaba en juego y eso no lo podía permitir.
“¿Para qué te ha servido el orgullo, Isidro?” “Yo he hecho bien las cosas en la compañía, no se me puede acusar de nada…Acuérdate cómo estaba la empresa cuando yo tú llegaste  y mira ahora…” “Isidro, reconóceme que estuviste muy mal rodeado o no vigilaste a tu gente y el responsable eres tú… Vete, olvídate de todo esto, hazte un favor a ti mismo, sal por la puerta con la cabeza alta antes de que te echen” “Que no, que no me voy, que me echen si tienen huevos…” Maruja, su secretaria, calla, siente lástima por su jefe, sabe que es un buen hombre, pero...

Y a Isidro le echaron, sus horas más amargas rodeado de sus árboles también caídos mientras el güisqui ahogaba sus penas; la jauría de lobos, como así llamaba a sus enemigos y detractores, terminaron devorándole.
En su hogar, Guillermina seguía las noticias estupefacta, incrédula, porque sabía que podía pasar, desde hacía meses la sombra de la guadaña estaba al acecho. Era una mujer inteligente, pero una cosa es sospechar y, otra, vivir tus presagios hechos realidad.

A varios kilómetros de distancia, en la calle Fuenterrabía, todo son felicitaciones, risotadas, abrazos y los oportunistas hacen cola en la puerta del despacho de Genaro. Este comprime la satisfacción, no es el momento. Sabe que ha ganado su batalla de fuego, una conjunción de situaciones le han sido favorables y ¡sorpresa!, los hados se han puesto de su parte, de sobra sabía que el gigante se tambaleaba, su situación era insostenible, solo era cuestión de buscar los aliados idóneos que rezumaran odio por el gigante. Este ya no servía a los clientes, sus ideas estaban caducas, la empresa necesitaba algo más que un estancamiento.
Genaro ha seguido una estrategia de manual, para eso es un gran estratega de pico y pala, ha sabido levantarse cuando ha caído sin mermar sus ganas. Logró el foco de atención y aprovechó el momento. Una elección de tiempos adecuada, rítmica, a cada uno dando lo suyo… Se mira al espejo, le tiembla la mandíbula, los hombros los tiene caídos, el susto, la responsabilidad, le ahogan, pero no es el momento. Gesticula, se coloca y decide salir a dar la cara; no hay vuelta de hoja.
-          ¡Buenas tardes! Tengo el orgullo de poderles presentar la composición de los nuevos Caramelos Huracán que, sin duda, no solo salvarán a nuestra empresa sino que, además, son un fiel reflejo de lo mejor de los clientes a los que aspiro servir a partir de ahora…

A varios kilómetros de distancia, en la calle Desafío, Isidro va metiendo sus cosas en una caja de cartón, las mismas que trajo hace dieciocho años. Reprimiendo las lágrimas le tiembla la mandíbula, los hombros están caídos al vacío. Se mira en el espejo, no encuentra su imagen… "¡Va! Eso ya no importa" Se dice mientras apaga la luz y cierra la puerta para siempre.

martes, 21 de mayo de 2019

OPINIONES...


Para un escritor conocer la opinión de un experto en lengua y literatura es muy importante como importante es despertarte con un ángel que eleve tus alas de escritor para continuar siéndolo y la doctora Cecila Casatro Lee, lo ha hecho...
Queridísima María Ángeles:
Acabo de terminar la lectura de tu novela Mujeres descosidas.
Eres de verdad una escritora extraordinaria. Me has atrapado desde la primera página hasta el final.
Me has sumergido en una gama de emociones de dolor, placer, miedo, ternura, risas y llantos.
Narras con gran acierto cada episodio creando suspensos y entretejiendo una trama de muchos niveles y matices.
Además de las incursiones en el pasado, combinas historia, arte, cultura popular, sabores y saberes, regionalismos con un tono ajustado a las circunstancias.
La caracterización de cada personaje es perfecta. Los pones a actuar y a hablar en diálogos llenos de interés
 que avanzan la trama y con un lenguaje apropiado a cada personaje, su contexto social, edad y su circunstancia.
Eso que los lingüistas llaman la “pragmática”.
Se escuchan muchas voces y acudes a muchos recursos, cartas, viajes, encuentros y desencuentros.
Cada personaje tiene su atractivo inclusive el perrito tan amoroso.
Presentas la guerra civil, incivil, como decía Unamuno, en toda su crueldad, pero sin tomar partido. Todos españoles….
Me maravilla la trama tan compleja moviendo a los personajes por diversos escenarios y logrando que la vida los lleve a felices encuentros.
Naturalmente que las mujeres descosidas logran inventarse, zurcirse nuevamente.
Logras transformaciones graduales. Es admirable ver a Juana leyendo esas cartas, meditando  y tomando conciencia de su potencial para ser feliz.
Tu novela es un gran logro literario y una acertada inmersión en el alma de tus personajes y en alma humana.
 Eres maravillosa en tu discurrir y en las descripciones de la naturaleza cargadas de lirismo.
Oigo tu voz y me haces feliz.
La tuya es una novela imaginativa, llena de sabor y sabiduría. Cale hondo.
Eso es lo que tú te has propuesto y lo has logrado conmigo.
Me has hecho sentir, pensar, reír y suspirar.
Sigue escribiendo. Es tu don.
Con todo mi cariño y muy sinceramente,
Cecilia

miércoles, 8 de mayo de 2019

TODO ESTÁ BIEN


Mauricio se rasca la cabeza, luego los riñones; se ha levantado hoy demasiado perezoso o no tiene motivación alguna por construir un domingo más con ilusión.
Se acerca a la nevera y rastrea con la vista, no sabe qué preparar para comer. Nueces se sienta a su lado en espera que su amo se decante por algún alimento y pille cacho de su decisión. Mauricio se da cuenta y tira de un paquete cualquiera y saca una raja de lomo y se lo da. El perro lo caza al vuelo y le mira agradecido pero al segundo le observa con angustia. Es animal, sin embargo percibe que su amo no está bien. Restriega el hocico contra el pantalón de Mauricio y este se agacha.

-Sí, Nueces, no estoy inspirado. Estoy tristón, hoy seremos de los pocos españoles que comemos solos y a ti y a mí nos gusta la familia, ¿verdad? Pero los chicos celebran el día de la madre con la bruja de Manuela…Hay que comprenderlos, es su madre y la quieren, es lógico, Nueces. Que nosotros no la aguantemos, no quiere decir que en mis hijos ese sentimiento exista.

Mauricio suspira y se decanta por una cerveza. Se va a la terraza y se sienta. Mira el cielo azul y piensa que hoy es un día bonito, lástima que esté solo.
Bueno, lleva viviendo cinco años así y vive como Dios. La tranquilidad volvió a su vida después de separarse de Manuela; lo que no entiende como no lo hizo antes… Pereza, desidia, egoísmo, quién sabe. El caso es que no se entendían ni en la cama y aquel fatídico día en que Manuela le montó un número por unas nueces..., sí, se había comido unas nueces que ella iba a emplear en un guiso. ¡Vaya tontería! Pero la justa que colmó el vaso después de veinte años de matrimonio, y la mandó a tomar por culo. Así, sin más. Ella, toda soberbia, altiva y déspota, eso que la dejaran colgada, sin terceras personas ni nada, significó la guerra; una separación traumática en la que él cedió por el bien de su hijos.
Total, le dejó poco más que con los calzoncillos puestos, ¡qué a gusto!, se cogió un apartamento que a duras penas podía pagar, se fue a la perrera a por un chucho abandonado, cosa que nunca pudo hacer porque Manuela odiaba los perros y volvió a dormir tranquilo. Los chicos iban todos los domingos a comer con él y Mauricio era feliz. Les ayudaba en todo lo que podía. Incluso llegó a pensar que era mejor padre que antes.
No se echó ni amante ni novias, más mujeres, no, por favor… Recuperó a los amigos que a Manuela, como no la caían bien, renunció a ellos y, ahora, todos los sábados queda con ellos a tapear, a tomar unas cervezas, ¿qué más quería? Vivía en paz, y feliz cada domingo cuando aparecían sus hijos o entre semana le llamaban con cualquier excusa tonta. Pero hoy…

De repente, Nueces se pone a ladrar como un poseso; llaman a la puerta. Mauricio mira el reloj y ve que marca las seis de la tarde. Se ha dormido, no ha comido, le rugen las tripas, ¿quién llamará?
Se levanta, abre la puerta y…

-¡Papi! Ya hemos comido con mamá, ¿nos invitas a una copa?
Mauricio sonríe, se le escapa la sonrisa por todo su rostro. Nueces salta entre unos y otros mientras la felicidad regresa por un rato al hogar de un divorciado.

M Ángeles Cantalapiedra
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla...Gymnopédies

viernes, 19 de abril de 2019

LA VENTANA




Hace un rato dejó de llover después de días carbonizados de agua y ceniza. Ahora entra un rayo de sol por la ventana. Es tierno y mestizo. La habitación se ha vestido de alegría y yo también.
Las plantas apostadas en la ventana brillan reventando su color verde entre las estrellas de agua que resbalan por sus hojas; sé que a Marcos le gustará mi casa.

Prepararé un chocolate caliente y lo pondré en la mesa camilla; está en el mejor lugar de la casa porque ves el ir y venir de la vida. En esta mesa me paso horas. Navego por Internet dándome unas alas increíbles. De vez en cuando retiro la mirada de la pantalla y miro por la ventana, siento que el mundo sigue ahí ante mis ojos. Por la mañana, las amas de casa, los estudiantes. Por las tardes, el paseo, las compras...

Aquí también escribo a mis amigos, esos desconocidos que encontré en la vida de internauta y que tanto me han dado. Hoy, por ejemplo, el chocolate que voy a preparar es para Marcos. Llevamos meses escribiéndonos, chateando y, al fin, hemos decidido conocernos. Le he invitado a venir, aunque me están entrando los nervios y sé el porqué.
Hay veces que le digo que él se ha convertido en mi mejor amigo, que me conoce mejor que yo. Desde que le conozco, sé que he cambiado, hasta mis padres me lo dicen. Antes era más huraña, insegura, reservada y de carácter agriado. Pero desde que mi padre me regalo el portátil, la vida de nuevo vino hacia mí.
... ¡Madre!, si son casi las cinco y estoy sin arreglarme; se me ha ido el tiempo en pensar lo feliz que soy...

José Daniel sigue delante del ordenador. Se atusa la calva tratando de encontrar una salida, pero ¿cuál?... Un padre hace por un hijo cualquier cosa que esté en su mano con tal de verle feliz. No repara en medios, ni en imaginación.
Cuando Beatriz, su hija de veintitrés años, tuvo el accidente de moto y se quedó postrada en una silla de ruedas, el mundo giró en torno a ella, pero nada de lo que hicieran devolvía un ápice de alegría a aquella criatura hasta que se le ocurrió comprarla un portátil. Lo malo es lo que siguió después. Se inventó un personaje, Marcos, y fue una mentira que se fue agrandando día a día, hasta hoy. Su hija esperaba a Marcos con una taza de chocolate y él, su padre, sin poderse bajar en la próxima estación...

-José Daniel, ¿te pasa algo? Estás pálido.
-Ah, hola, Rubén... -José Daniel se quedó callado mientras miraba a Rubén, el joven y recién estrenado tesorero de la empresa- Por cierto, ¿estás casado o tienes novia? - Rubén le pilló por sorpresa la pregunta, pero no pudo reprimir una sonrisa de comprensión hacia ese hombre que le estaba implorando.
- ¿Qué quieres pedirme, José Daniel? Me gusta mucho el chocolate, ¿me vas a invitar a tu casa esta tarde?
- ¿Cómo sabías...? -Los ojos de Rubén brillaron mientras se daba la vuelta hacia su mesa; ya era hora que recibiera un encargo. Llevaba seis meses esperando, ejerciendo de tesorero cuando en realidad era un ángel que se debía ganar las alas.

“¿Cómo sería la joven Beatriz?” Se preguntaba Rubén mientras revisaba unas cuentas, y buscaba en la memoria el capítulo de cómo no enamorarse de una mujer viva...

M Ángeles Cantalapiedra
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla...Gymnopédies

miércoles, 10 de abril de 2019

¿TE HE HABLADO ALGUNA VEZ DE HILDA?

Estaba cayendo lánguidamente la tarde, la lluvia era persistente, pero seguíamos paseando hasta que vimos una terraza cubierta, en la Plaza de la Universidad, con las estufas encendidas que invitaba a sentarte, dar un par de tragos y que una buena charla fluyera.
- ¿Te he hablado alguna vez de Hilda? -me dijo mirándome a ver si picaba mi curiosidad- Te advierto que es una historia de telenovela.
- Entonces no me la cuentes porque eso no se lo cree nadie.
- Tú escúchame y luego decides…-no me quedaron más cáscaras que escuchar.
Una vida puede ser corta en años, pero la intensidad de sus vivencias parecerte una eternidad. Hilda, al nacer, la dejaron abandonada en el banco de una plaza de una Ciudad de Méjico; alguien pasó y sin más se la llevó, y a los tres años volvió a ser abandonada recogiéndola los servicios sociales. Al poco tiempo, fue adoptada por un matrimonio americano que trabajaba eventualmente allí y, cuando el trabajo terminó se fueron a Estados Unidos. Hilda era una niña rebelde, fría, según su madre adoptiva sostenía que la criatura parecía que no tuviera alma. Todos los días les llamaban del colegio con quejas y con nueve años se juntaba con lo peor de cada casa; con diez años sufrió una sobredosis de estupefacientes…
- ¡Por dios, que dramón! No sigas, sabes que el tema de las drogas no puedo con él.
- Déjame que continúe…- di un trago largo al Pesquera y me armé de paciencia.
Con trece años, Hilda se fugó de casa liándose con un camello de poca monta que, al enterarse de que ella estaba embarazada, la abandonó. Hilda, perdida, desorientada, no sabía la manera de desembarazarse de la criatura y en uno de sus intentos casi la llevan al otro barrio. Alguien la encontró en la calle y la llevó al hospital; no era aún su hora de morir, pero tampoco la de su criatura y ambos se salvaron. Una enfermera que se apiadó de ella la buscó trabajo en el bar de una gasolinera, de esos que salen en las películas en medio del desierto y allí conoció a Alexander, un mecánico que la triplicaba la edad; él se enamoró de ella, e Hilda, por supervivencia, se fue a vivir con él. Conoció, entonces, lo más parecido a la felicidad. Tuvo una niña preciosa y Alexander la cuidó y la amó hasta que un infarto se lo llevó…
- ¡Vaya, por dios!
- -Cállate y déjame continuar, pesada.
Hilda, de nuevo comenzaba de 0, pero su hija era suficiente motivo como para superar cualquier calamidad. Su belleza no pasaba desapercibida y la aprovechó esta vez para encontrar trabajo en un club de carretera; no, no pienses que se prostituyó, ella era un simple reclamo en la barra. Y es allí donde conoció a su marido. Un hombre, esta vez solo la doblaba la edad, tratante de ganado, muy atractivo y ambos se enamoraron profundamente y se casaron, Con 18 años tuvo a su segunda hija y, un buen día llamaron a la puerta; era el FBI preguntando por Austin pues era no solo un traficante de drogas sino, además, pederasta buscado por tres estados… Por supuesto, le metieron en la cárcel y se divorciaron. Ella con dos niñas, harta de su mala suerte, acudió a sus padres adoptivos; lo hizo, no porque los quisiera, sino por sus hijas; ellos la acogieron, pero con una condición: se ocupaban de las niñas y ella tenía que ponerse a estudiar… Y así lo hizo, estudió tanto que entró a trabajar en la Casa Blanca, en uno de los gabinetes de Obama, cuando perdió las elecciones, Hilda fundó su propia empresa, hoy tiene a su cargo más de quinientas personas. En el departamento de RRHH está Santa, su amante desde hace cuatro años; acaban de tener un hijo de vientre de alquiler.
- Hilda, ¿ya no podía tener más hijos?
- Me supongo que sí, pero es que Santa es mujer.
- ¡Madre mía, qué giro!
- Bueno, a lo que vamos, ¿serás capaz de contar su historia?
- Yo qué sé, Isabel, yo qué sé. Todo lo que me puede pasar es que piensen que a Cantalapiedra la da, ahora, por los melodramas rebuscados e irreales…
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla... Gymnopédies
Mª Ángeles Cantalapiedra

jueves, 14 de marzo de 2019

LA CHAQUETA


Te conocí en Rodrigo de Triana sentada en una banqueta de la Bodega de Vargas tomando un café triste y frío. Tu cara menuda, aquel gesto tan tuyo de esconder la cabeza por vergüenza, el rascarte la sien izquierda convulsivamente. Tu lengua mojando tus labios resecos de palabras. Tus manos de dedos afilados juntándose para sentir la valentía que te faltaba. Aquel pelo lacio de un trigo descolorido. ¿Y la nariz? Tan chiquita como tú misma, respiraba a trompicones.
Sí, recuerdo el calor, caía como un centauro sobre nosotros, ya se sabe cómo es Sevilla cuando llega la caló, y sin embargo tú llevabas chaqueta; temblabas de frío. Te miraba y te miraba, había algo en ti que se me escapaba. Tu mirada huidiza me clamaba pero no sabía el qué.
El grupo comenzó a charlar animadamente y sé que escuchabas. A veces te asombrabas, otras reías y muchas te evaporabas hasta que, sin darte cuenta, tu piel se desnudó; te quitaste la chaqueta y mis ojos acusaron el dolor.
Rasguños de cicatriz, moratones recientes; no pude seguir, habías pillado mis ojos grapados a tu piel.
Corriste a buscar tu chaqueta, te la pusiste del revés y te levantaste precipitadamente. Corrí tras de ti hasta alcanzar uno de tus brazos; paraste. No por mi fuerza sino por el tormento de mis dedos en tu piel. Entonces vi tus ojos, tus ojos llenos de nubes. Luego llegó la tormenta.
Palabras mudas, silencios y así fui desgranando tu triste existencia… A veces es tan duro ser mujer que no hay valentía posible para ciertas realidades.
Te acuné en mi pecho, no tenía práctica, pero tú te dejaste porque de mujer a mujer hay algo invisible que une.
No pudiste superar el miedo. Esa misma noche, el amor rabioso, el amor celoso, el amor que destruye…, te fulminó.
Vi tu historia negra en el Diario de Triana y aún me pregunto, ¿qué pude hacer por ti y no hice?
M Ángeles Cantalapiedra, escritora
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla...Gymnopédies
Fotografía de Jesus Daza. Siempre le robo alguna instantánea pues son de una belleza singular; la de hoy para mí es un simbolismo de la soledad del hierro y la piedra de un Triana que sufre la lucha muda de cualquier mujer.

miércoles, 9 de enero de 2019

UNA NOCHE LOCA

Me desperté con el cuerpo igual que si hubiera pasado una apisonadora. No sabía ni qué hora era, ni siquiera dónde estaba. Me volví despacio, me retumbaba la cabeza y por una ventana entraba un haz de luz; el justo para observar que compartía almohada con otra cabeza. Me puse nerviosa “Gloria, cálmate, seguro que todo tiene una explicación”, me dije, pero no me acordaba de nada. Con la mirada busqué algo familiar, nada. Así que decidí salirme de la cama sin hacer ruido. Me fui tropezando con ropa desperdigada por el suelo “Dios mío, auxíliame. Está claro que me he acostado con alguien y algo más… Señor, estoy en bolas, está claro, ¿no?”
Con reflexiones absurdas y recogiendo mis pertenecías salí del dormitorio. La casa no sé a quién pertenecía, pero era una monada. Muy varonil, ordenada y con gusto. Pronto encontré el baño, ¡qué gozada, qué bonito!, yo de allí no podía irme sin darme una ducha y disfrutar de un baño cuatro veces el mío, y las toallas, ¡qué suaves!, buen algodón. Pero ni el agua me refrescó la memoria, sin embargo, se me ocurrió abrir el bolso y mirar el móvil, ¡una cuarenta y cinco y uno de enero!
Salí pitando de allí y al ir buscando la puerta de la calle, pasé por la cocina, ¡Dios mío! Era del tamaño de mi casa. Había una cafetera con café recién hecho que olía a gloria bendita; vi que era de esas con programador. Abrí la nevera: de todo y más; decidí hacerme un zumo cuando vi una coqueta mesita pegada al ventanal un roscón de reyes de la mejor pastelería de la ciudad.
“Gloria, maja, disfruta. Has ligado, no sabes con quién, pero se ve que está forrado, disfruta. Para miseria ya tuviste el 2018. Es una forma de comenzar el año a lo grande. Claro, mejor sería si te acordaras cómo había sido el polvo o los polvos” … Nada, de eso ni rastro, ni un triste ay recordaba. Pero según entraba aquel café por la garganta, mi memoria se iba aligerando…
Recordé el fiestón al que fui con Paquita y Sofía. No quería ir, no conocía a nadie. Es más, les dije que no salía en Nochevieja que solo había patosos, pero después de la cena de fin de año familiar en la que mi hermano Fernando terminó discutiendo con la estúpida de mi cuñada Ana y a mi madre casi le da un sofocón del disgusto, tenía tres opciones. Tirarme un tiro, irme a mi casa amargada después de fregar los platos o irme con las amigas. La decisión estaba clara; me fui.
La verdad es que era un fiestón por todo lo alto. Fenomenal organizado, la gente educada, las mujeres bien vestidas, no había más que ver sus atuendos, buenos y caros, no como el mío. En fin… Perdí de vistas a mis amigas, pero no me importó porque me entretenía bailando, bebiendo unos combinados de muerte y todo sola, tan ricamente.
En una de mis idas a la barra me senté en un taburete. Al lado había unos bebiendo tequila y me dije “Gloria, tómate un par de ellos como en la peli Armas de mujer”, y allí me puse yo con mis tequilas cuando alguien me preguntó “¿A qué te dedicas?” Con una caída de párpados contesté “Tengo una mente para las finanzas y un cuerpo para el pecado”, luego fijé la mirada en él… Guapo, olía de muerte, una sonrisa de dentista, unos ojos azules, un…”
“Madre mía, que era mi jefe, don Gustavo. Gloria lárgate de aquí ya… Gloria, un momento, pero tu jefe, ¿no era gay?... ¿Qué demonios has hecho?, ¿violar a un pobre gay? Vete, vete zumbando”
He bajado de cuatro en cuatro las escaleras y cuando he llegado al portal me he topado con…
- ¡Gloria, feliz año!
- Don Gustavo…
- ¿Has desayunado, ya se ha despertado mi hermano?
- No sé, ni idea. Me voy, me esperan para comer, ¡adiós!...
“Gloria, vete más despacio, te vas a ahogar… ¿Seguro que no te acuerdas de si fue uno, dos, tres, polvitos, ninguno? Podías haberte llevado algo de la nevera para comer, la tuya está vacía… Para una vez que ligas, qué desastre eres”... Continuará
M Ángeles Cantalapiedra
©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla...Gymnopédies

sábado, 24 de noviembre de 2018

LUNAS DE ABRIL

... Fue una historia de amor. La primera, la única. Yo era muy joven y salía de la iglesia con mi madre. Veníamos de hacer la novena a San Antonio... Era junio de mil novecientos treinta y seis, y los colores del día eran tan tiernos como mis pensamientos; nada hacía presagiar a mi alrededor los tiempos turbios que se avecinaban. Mi madre resbaló y su peso me venció a mí también. No me preocupaba mi rodilla que sangraba con profusión, pero sí el gesto dolorido de mi madre. Alguien nos preguntó si estábamos bien. Levanté mi rostro y le vi.

Sus ojos azules, camuflados tras unas gafas de concha, me miraban con interrogación, y yo me perdí en aquel océano sin contestar a su pregunta.
Al ver mi nula reacción, se agachó decidido, primero, a inspeccionar a mi madre que, con sumo cuidado, incorporó llevándola a un banco próximo. Después, volvió a por mí que seguía anclada en el mismo lugar mirando embelesada a aquel hombre joven de pelo engominado, maneras amables y pinta de intelectual.
Sacó un pañuelo inmaculado del bolsillo para limpiarme la herida. La suavidad de sus dedos me hizo temblar. Él ante mi reacción, paró para mirarme, y sé que en aquel instante nuestras vidas se fundieron para siempre.

Remigio, como así se llamaba, era un maestro de escuela de un pueblo a setenta kilómetros del mío, y estaba en mi pueblo a ver a Genaro, mi maestro. Tenía entonces veintiséis años, nueve más que yo, y amaba la poesía. El día que le conocí iba camino de la estación. Había quedado en Madrid con un editor interesado en sus cuadernillos de poesía. Genaro le había animado, decía que tenía madrera de poeta.
Nos acompañó hasta la cantina de la estación, era de mis padres, y le vi montarse en el expreso de las nueve y cuarto de la noche... Los raíles del tren reflejaron el ocaso de aquella tarde de junio, y el humo de la locomotora se llevó mi corazón prendido tras él.
Recibí a los pocos días una carta en la cantina, era de Remigio contándome la buena nueva de su próxima publicación; le escribí, me volvió a contestar, y así hasta el dieciséis de julio en que se presentó en el tren de las diez.
Le vi entrar espigado, gallardo..., y padre me dio el día libre.
¿Qué decir de aquellos tres días? Fueron un sueño, a veces dudo que existieran si no fuera por...

Creo que nuestros corazones presintieron lo que se avecinaba. Remigio había oído, había visto en Madrid cosas que no le habían gustado. Yo no entendía de qué me hablaba; entonces era demasiado inocente, infantil y fantasiosa.
Me entregué a Remigio en cuerpo y alma en aquellos días de antesala a la guerra civil; el dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis fue la última vez que le vi.
Tres años después le mataron por rojo, su poesía decían que atacaba al nuevo régimen. Pasó cerca de dos años en la cárcel hasta su fusilamiento. Remigio era un hombre de paz, amante de los libros y que nunca hizo daño a nadie. Lo sé.

Pude escribirle un par de cartas contándole que tenía una hija que había nacido bajo una luna hermosa de abril y que se llamaba Amapola como el título de una de sus poesías, pero tengo la duda que le entregaran aquellos mensajes.
Al terminar la guerra, no me quedaba nada: ni padres, muertos en un bombardeo, ni cantina, y mis hermanos no me hablaban por ser la puta de un rojo.
Entregué en adopción a mi Amapola y yo me fui a un convento de Carmelitas.

En mil novecientos setenta y ocho me enteré por un periódico (sé que Dios estaba detrás de esa noticia) que una profesora de Salamanca había ganado un importante premio de poesía. Corría el mes de abril y yo miraba como cada noche a la luna, se había convertido en una costumbre, tal vez porque buscaba una respuesta en ella que nunca llegaba. Después, me puse a pelar unas patatas y, guardando las mondas en las hojas de un periódico, fue cuando leí la noticia y vi la foto de la mujer.
Entonces comprendí que tanto la vida de Remigio como la mía habían tenido un sentido, no habían muerto después de aquellos días de julio del treinta y seis; la respuesta había tardado, pero había llegado.

Amapola, nuestra hija, con otros apellidos, pero con las mismas facciones de su padre e idéntico amor a la poesía, era la respuesta de aquella luna de abril.
Mi historia de amor, que pensé arrancada de cuajo, había cerrado su círculo felizmente.

M Ángeles Cantalapiedra
#Al otro lado del tiempo #Mujeres descosidas #Sevilla...Gymnopédies

lunes, 22 de octubre de 2018

LA DESPEDIDA



-     


 - Carmen, tengo los labios resecos. Dame un poco coñac
-          - Pero si son las siete y cuarto de la mañana, Venancio. Toma un poco de agua, te refrescará. Es pronto, duérmete.
-          - No quiero dormir, tengo una eternidad para hacerlo. Quiero coñac, mujer… ¿Qué más te da? El resultado va a ser el mismo… ¿Ha amanecido?
-          - Comienza a clarear.
-         -  Incorpórame un poco, lo quiero ver, ah, y abre la ventana- Carmen suspira y hace lo que Venancio la pide. Llena dos copas de coñac y enciende un cigarrillo.
-          - Hoy estamos de fiesta, Carmen- trata de mirar el perfil de su chica, así la ha llamado siempre-… dame una calada- mientras aspira, tose y vuelve a dar otra calada, agudiza la mirada…-Esto ya es el fin, Carmen, me encuentro de puta madre. Lo leí en no sé dónde que, cuando uno va a estirar la pata, incomprensiblemente mejora, incluso, recupera la lucidez y yo ahora te volvería a hacer el amor si no fuera por estos cables que me han colocado, ¿por qué no los arrancas? Seamos transgresores como cuando éramos jóvenes. Total. Con ellos voy a vivir media hora más, sin ellos voy a morir en la gloria. Carmen…

Carmen le mira, su fiel compañero desde hace treinta y un años, “¿Qué voy a hacer sin ti?”, piensa mientras reprime una lágrima.

-          - Venancio me hubiera gustado casarme contigo y vestirme de novia.
-          - ¿Ya estamos? Eso jamás. Somos pareja de hecho y pensión de viuda tendrás. ¡Ah! y nada de funeral ni meterme en una iglesia, soy del partido comunista, recuérdaselo a mi madre.
-          - Animal y cabezota hasta que te mueras… Venancio sigo enamorada de ti, me has hecho muy feliz, que lo sepas.
-          - Anda, quítame estas mierdas de los brazos y ayúdame a levantarme. Veamos juntos el último amanecer.
-          - Como vengan nuestros hijos me matan, Venancio-pero Carmen ya le está quitando los cables. Luego pasa sus brazos por el cuerpo de Venancio y en dos pasos están sentados en el sofá.
-          - A los hijos que les den por el culo, ¿no hacen ellos su vida? Pues tu y yo la nuestra… Carmen, vuélvete a casar, eres muy joven aún… ¿Eso es la luna? Lo veo un poco borroso?
-          - Sí, y el sol está naciendo a la izquierda… Haré lo que me dé la gana, hasta muriéndote estás mandando- Carmen apoya la cabeza en el pecho de Venancio, huele a medicinas.
-          - Dame un beso- ella se vuelve y posa sus labios dulcemente sobre los de Venancio. Él la besa largamente-… Te quiero, Carmen, ¿sabes? La vida junto a ti me ha sabido a poco. Me hubiera gustado estar más tiempo y volver a las rocas y soñar.
-          - Y a mí, mi amor y a mí...

La luz del día ha llegado. Carmen ha dejado de escuchar la respiración de Venancio. Se incorpora. Ve una sonrisa de felicidad en su rostro y muy suavemente le cierra los ojos. Levanta el brazo derecho, cierra el puño y dice:

-          ¡Hasta siempre, compañero!

domingo, 5 de agosto de 2018

UN PROTOCOLO NO ESCRITO


Gemma entra abrochándose los botones de la bata blanca. El pelo lo lleva guardado en un gorrito igualmente blanco. Sonríe, gasta bromas, besa a unos y a otros; llega de vacaciones. Acepta de buen grado las palmaditas con sorna de sus compañeros. Lógico, contó al marcharse que se iría, de las dos semanas que la corresponden en verano, una a Tarifa de vacaciones con su chico, a un camping. Irían solos, esta vez necesitaban evadirse del entorno, ni familia ni amigos. Deseaban montar un nidito de amor de agua, sal, olas, surf y sol a raudales. Verían las puestas de sol y tomarían cervezas en el chiringuito al son de la música. Se abrazarían, harían el amor como salvajes y escribirían un verano más, tan igual y distinto como los cuatro que han pasado juntos. Algo de todo eso hubo, pero no de la manera que Alberto y Gemma habían previsto…

Ambos viven en un pueblo no muy lejos de Tarifa, a treinta kilómetros, en Los Barrios, el segundo municipio gaditano con más deuda contraída con bancos y cajas es Algeciras. Allí faltan recursos, a muchos, trabajo, pero les sobra generosidad. Eso se mama, se ve día a día cómo se echan un cable los unos a los otros, “La necesidad manda”, siempre se lo ha oído a su madre, “No mires, ni preguntes. Si ves que te necesitan, ve. Si te piden, da” Es una ley no escrita que Gemma y Alberto han asumido con total naturalidad.

Así que, cuando llegaron a la playa, nada más montar la tienda de campaña, se fueron como dos tortolitos entre arrumacos a darse un baño; justo cuando iban a meterse al agua vieron una mancha oscura que se acercaba entre las olas. Alberto barruntó lo que era y Gemma se echó a nadar sin pensar. Era una patera medio volcada. Entre siete bañistas pudieron arrastrarla hasta la orilla. Enseguida, Los servicios de Salvamento Marítimo, Policía Nacional y Guardia Civil aparecieron como de la nada, igual que si estuvieran preparados que, de un momento a otro, surgieran seres humanos entre la espuma marina; llevaban así semanas. Para las costas gaditanas no era nada nuevo.

Gemma y Alberto se pusieron a las órdenes de dos hombres que dirigían a unos y a otros sabiendo muy bien lo que hacían; luego se enteraron que uno era de Cáritas y otro de la Iglesia Evangelista. Alberto se ha dedicado en los siete días a hacer bocadillos, envolverlos y con una furgoneta ir a los distintos lugares donde están repartidas tantas almas negras a la deriva. Gemma, por su parte, estaba en un puesto dedicado a recoger ropa de vecinos, calzado, lo que fuera. Organizarlo por tallas y meterlo en cajas.
-          ¡Eh, Gemma! Vaya carita de amor que traes. Cuenta, cuenta…- la dice un compañero con mucha gracia y entre guiños pícaros.
-          Tú no lo sabes bien, jajajajaja, creí que se me acaban los abrazos y los besos, pero, ¡qué va!, descansaba un poco y vuelta a la carga. Así los quince días.

Gemma se pierde sonriente entre sus compañeros. Van a dar las siete y ha de estar en su puesto.

lunes, 30 de julio de 2018

EL BANCO


Hace un día delicioso. Del cielo está emergiendo un azul templado, aunque intenso. El mar en calma se tiñe de índigo y un par de gaviotas revolotean alrededor de Ana y Joaquín que han llegado a primera hora. Ella no ha dormido nada. Está emocionada por el paso que van a dar, muy meditado, sopesado. Los dos creen que es el broche feliz para un final. Joaquín mira a hurtadillas a Ana mientras aprieta contra su pecho un pequeño bulto.

Ya llega el pequeño ferry. En unos minutos se ha formado una buena cola que va subiendo a la embarcación en riguroso orden. Arranca e Ibiza va dejando un bello perfil en la lejanía. Huele a salitre y las gaviotas revolotean tras el barco. Ana siente en su piel blanca los rayos soleados que calientan piel y espíritu. Joaquín la coge de los hombros y besa su cabello. Ambos tienen fijos sus ojos en un punto. Ya distinguen en la lejanía a Formentera. Él saca el mapa del bolsillo del pantalón bajo la atenta sonrisa de su esposa. Han llegado.

Alquilan una vespa y Ana se agarra a la cintura de Joaquín que parece tomar el rumbo certero, como si lo hubiera hecho cientos de veces. Y la verdad es que sí, lo lleva haciendo mentalmente dos años. Llegan a una pequeña curva, paran. La vista es espectacular. A ella se la escapan unas lágrimas de acero, son las últimas que guarda en la recámara para un momento así. Saca de la bolsa un pequeño ramillete de margaritas y lo deposita al lado de una piedra puntiaguda en cuya cúspide parece estar manchada de una sombra; se acerca a besarla. Joaquín respira hondo. La inmensidad le envuelve, se emborracha en ella y un silencio es roto por el ruido de unas motos. Se vuelve y las sonríe; se imagina a Gabriel haciendo lo mismo.

Se montan de nuevo en la vespa y a poco de más de tres kilómetros llegas a la playa de Illetes. Arena blanca, tan fina como la harina de hacer sus famosas croquetas, piensa Ana mientras hunde sus pies en ella. El agua no es índigo sino turquesa. Joaquín indica un punto, ya lo ven los dos. Se agarran de las manos y caminan despacio. Al fondo un horizonte tan recto, tan real como la vida que separa un cielo de un mar. Y, ante esa visión única y magistral que regala la naturaleza, un banco solitario. Ana lee en alto “No hay verano sin un beso”

Esperan a que una pareja se haga una foto. Joaquín y Ana sonríen ante aquel beso apasionado de juventud. Incluso se ofrece Joaquín a hacerles una foto. Luego los jóvenes les retratan a ellos. Cuando se quedan solos se miran y un beso largo acaricia sus labios. Él se levanta, mira a un lado y a otro, no hay nadie. Entonces coge su pequeño paquete y lo abre. Una urna de un verde sin brillo aparece y Joaquín la abre con cuidado, y comienza una lluvia de polvo a caer entre la arena y el agua. 

Después, regresa al banco, agarra a Ana por los hombros y la dice “Gabriel ya está definitivamente en el lugar que fue más feliz” Ana asiente mientras mira una foto de su hijo hecha dos años atrás en el mismo banco besando a su chica; un rato más tarde su vespa patinaría en una curva.