lunes 8 de febrero de 2010

CINCO HOMBRES Y UNA MUJER

Yo era una buena mujer. Lo juro. Aunque si volviera a nacer, estoy convencida de que estaría dispuesta a cometer los mismos errores. Por mis venas corre esencia de mujer, no de las de ahora que son más listas que los conejos, sino de las de antes: abnegadas, proclives a la anulación machista, dedicadas en cuerpo y alma al bienestar de la familia. Linaje que te chupa la sangre y, un buen día, despiertas hallándote más seca que la mojama.

Me casé muy jovencilla con el rico del pueblo. Un viudo que, según mi madre, era honorable con tierras, arcas llenas y un hijo de corta edad, Salustiano. Aquel hombre, Ubaldo, me daba asco, pero me enseñaron a obedecer y mis sueños poco importaron a nadie. Las noches eran un tormento cuando la potencia del macho desbocado caía sobre mí. Me salvaba aquel niñito desvalido que pronto sentí como mío. Compartió teta con mi primer hijo, Genaro, un cabrón como su padre.


En una de las romerías de los pueblos cercanos, vete tú a saber qué hizo mi esposo que volvió a casa borracho y me contagió una extraña enfermedad. Me quedé embarazada. A punto estuve de morir, ¿por qué Dios no se apiadaría de mí, muriéndome en aquel momento? Me hubiera ahorrado muchos sufrimientos. Nació una criaturita débil, retrasada, mi pobre Paquito.


Desde aquel parto, no volví a recuperar la salud. Mi marido me repudió y a trancas y barrancas, tiré de aquella familia. Los años pasaron y todo fue de mal en peor. Ubaldo a penas paraba en casa y, cuando lo hacía, era para armar bronca. Una noche, Salustiano, lleno de moratones por la paliza propinada por su padre, cogió una escopeta de perdigones y le frió. Genaro, al ver el cuerpo de su progenitor tendido, cogió el hacha de cortar leña y se abalanzó sobre su hermano.


Malvendí las tierras y me fui de aquel lugar con Paquito. Cuando se nos acabó el dinero, me puse a servir. Gano lo suficiente para los dos y un buen hombre, Ceferino, me acompaña a dar paseos alguna tarde; nunca traspasará las puertas de mi casa. No quiero más hombres en mi vida.


Dormíamos en paz hasta hace poco. El temor ha vuelto: Genaro ha salido de la cárcel y he oído que me asesinará si me encuentra… quizá le mate yo antes.

sábado 6 de febrero de 2010

NADA QUE DECIR

Alfonso no tiene nada que decir a Mercedes; hace tiempo que se agotaron las palabras.
Cada día, como único gesto de comunicación, se miran, nada más. Son miradas perdidas, ciegas. No se ven. El tiempo se encargó de acrecentar la bulimia de sus sentimientos y, ahora, están varados en un puerto sin agua. Ya navegar es imposible piensa Mercedes mientras enciende la cafetera. El eco de las paredes araña tanto a su corazón que lo siente en carne viva.
Dicen que las mujeres tienen un buen flotador para no ahogarse, que siempre pueden llegar nadando hasta la orilla. Pero Mercedes no, porque aquello que la mantenía a flote te ha evapora.
El día en que se dio cuenta de que ya no amaba a Alfonso no lo dio importancia, simplemente pensó que el roce, los años en común en sus mochilas, serían suficientes. Además, tenían cuatro hijos. Pero estos se fueron poco a poco del nido hasta quedarse frente a frente, solos.
Entonces, los años se desplomaron. Cada día Mercedes pensaba qué hacía allí, qué sentido tenía permanecer en esa si nada había; estaba vacía. Se sentía enterrada en vida cada vez que miraba de reojo a Alfonso.
El rostro de Alfonso era impenetrable, ¿qué pensaría?, se preguntaba Mercedes.
Desde que en la fábrica hicieron regularización de plantilla, Alfonso había sido de los primeros en ser despedido. No dijo nada. Llegó a casa como todos los días, preguntó qué hay de cenar y, mientras sorbía la sopa, comentó que ya no tendría que madrugar. Mercedes levantó la cara del plato y le miró tratando de taladrar su mente, no pudo. A partir de aquel día, cada mañana se levantaba a la misma hora, tomaba el café muy despacio y se dejaba caer en el sillón con la mirada nublada. Mercedes pasaba por su lado con el plumero del polvo para quitar las telarañas que cada vez se hacían más espesas y sentía lástima por el saco de huesos que permanecían sentados sin alma. Algo la decía que él no deseaba vivir o mejor dicho, no sabía vivir.
Desde los catorce años trabajando casi dieciséis horas diarias, no había tenido tiempo para aprender, palpar, oler, otras sendas de vida. Con cincuenta y siete años su único camino había sido cortado de cuajo y para Alfonso el respirar no tenía sentido; de esto estaba convencida Mercedes.
Ella, mientras Alfonso trabajaba, se dedicó a los chicos y a hacer encaje de bolillos para sacar a la familia adelante. Ella tampoco conoció la vida; eran otros tiempos. Se casó con dieciséis años, el día anterior al desposorio guardó sus muñecos en el armario para siempre.
Tuvo nueve hijos de los cuales sólo sobrevivieron cuatro, pero los otros cinco tienen aún su hueco en la memoria de Mercedes; una madre nunca olvida. ¿Cuántas veces se quitó las lentejas de la boca para dársela a sus polluelos, a Alfonso, incluso? Estaba flaca, siempre lo fue, pero ahora sus pocas carnes se descolgaban por el precipicio de su cuerpo y…, se sentía tan sola.
Nunca fue amante de chismes, sólo señora de su casa y si lo hubiera sido, tal vez ahora tendría con quién hablar.
El silencio era un sonido ronco que machacaba sus oídos. Sólo la quedaba la televisión y esos programas de cotilleo para vivir de las vidas ajenas y olvidar la suya.
Mercedes tenía cincuenta y seis años y parecía una anciana, no se teñía el pelo que nacía plata por sus sienes. Hacía cinco años que no se compraba un vestido, ¿para qué? Si apenas salía.
Salió al patio a tender la colada: dos calzoncillos, una toalla, dos paredes de calcetines y unas bragas; anoréxica hasta la colada. Miró a lo alto viendo en la casa de al lado cómo se secaba la ropa de la vecina con alegre vaivén del viento. Mientras se agachaba a quitar las cuatro hojas secas de sus plantas, también miró a hurtadillas a su vecina: era de su edad y parecía quince años más joven que Mercedes. Un día, incluso, la vio entre los visillos como salía de casa con una falda por encima de las rodillas. Mercedes se escandalizó primero. Después, sintió envidia. No de la largura de la falda sino del espíritu de la vecina, algo que Mercedes no tenía.
Suspiró y decidió echar agua a las plantas, pero de repente, sus pensamientos fueron arrancados de cuajo por una voz:
-Mujer, ¿quieres que mañana vayamos a la verbena del Arrabal?- Mercedes se volvió asustada. No recordaba la voz de Alfonso y sólo la reconoció por la expresión “Mujer”, ya que él jamás la llamó por su nombre.
-¿Y qué se nos ha perdido por allí?- preguntó Mercedes con voz cansina.
-Ya es hora, Mujer, de dar por cerrado el luto de nuestras miserias. Lo que nos queda, sepamos cómo es.
Mercedes calló. Tanta palabrería junta, seguida, tan honda, la habían dejado hasta sin pensamiento. Alfonso desapareció y Mercedes fue directa a la cocina. De uno de los armarios sacó una caja de latón y fue a sentarse. La abrió despacio, como si tuviera miedo a que saliera volando su contenido. Esa caja llevaba años con ella, quizá toda la vida. Buscó detenidamente hasta que encontró dos recortes de revista. Cada vez que Mercedes iba a tirar la basura, miraba en el contenedor y si veía alguna revista, se la llevaba a casa, la escondía y en las noches de insomnio se dedicaba a soñar.
Uno de los recortes era un vestido camisero de flores…, ¡era tan bonito!, pensó Mercedes y seguro que fácil de hacer. El otro recorte era la foto de una mujer que exhibía un peinado que la gustaba mucho a Mercedes. Era de una publicación de hacía cuatro años, ¿y qué?, volvió a pensar Mercedes mientras se atusaba la coleta que había llevado toda la vida.. De repente se levantó como un resorte y fue de nuevo al armario y de él sacó otra lata, ésta mucho más pequeña. La abrió y volcó todo su contenido encima de la mesa. Eran monedas, algunas hasta estaban roñosas; eran sus ahorros, lo poco que había ido guardando en cuarenta años. Nunca tuvo necesidad de abrir aquel bote y si la hubo, Mercedes esperó hasta último momento y no tuvo necesidad porque siempre se las ingenió para salir para adelante sin recurrir a al bote.
Ahora miraba las monedas, algunas estaban hasta fuera de uso. Volvió a meter las que no la servían, y las otras se las metió en el monedero que llevaba guardado en el pecho. Después, se despidió de Alfonso diciéndole que iba al mercado y se fue.
El Arrabal, romería de la Virgen del Arrabal…
Es septiembre, hace buen tiempo y este año hay gran afluencia en la verbena. El pueblo despide al verano paseando a la Virgen del Arrabal, bailando y bebiendo limonada. Hasta la juventud está animada con la orquesta.
-Mira Pascuala, mira allí…
-¡Jesús Bendito!, si es el Alfonso, el hijo de la Carmina. ¿Con quién va del brazo?
-¡Qué desvergüenza!, presentarse en la verbena con una cualquiera… Ahora no me extraña. Su mujer es una rancia, no habla con nadie y está muy mayor. Y ya sabes, el hombre quiere carne fresca.
Alfonso camina despacio mirando aquí y allá. Comenta el colorido de los farolillos con Mercedes que mira extasiada el ambiente. Antes de salir de casa, Alfonso se ha quedado con la boca abierta al ver aparecer a su mujer. Se ha quitado las canas y la coleta y luce un hermoso vestido floreado que se lo ha hecho ella misma durante la noche.
Mercedes aprieta el brazo de su marido y él al mirarla, le regala una tierna sonrisa.

jueves 4 de febrero de 2010

MIS PEQUEÑOS GNOMOS

El sol amanece en la ciudad. Ya no es tan huidizo y a ciertas horas se deja acariciar… Y entonces vuelven a aparecer, sin hacer ruido, con paso menudo. Sus ojillos, brújulas tartamudeantes les dirigen a ese solar que ayer estaba vacío y hoy le comienzan a crecer vigas espigadas, manos alzando el vuelo, como si desearan atrapar ese inmenso cielo azul.

Mis pequeños gnomos llegan a la alambrada, primero llevan sus manecillas, agrietadas de tantos soles, metidas en los bolsillos; aún hace frío y su esqueleto gastado se resiente. Luego, con la curiosidad de no perder el tiempo en un reloj, ya no les hace falta, las sacan y se agarran a las vallas. A veces, estiran el cuello para ver con más nitidez lo que se cuece en el hoyo que fabrica la escavadora.


Uno dice al otro que pronto llegará la primavera, que la obra va muy rápida y que si habrá compradores, la crisis achucha, pero el de voz grave y pausada sostiene que siempre hay especuladores armados para soltar sus redes en una buena inversión. Una tercera voz contesta que no puede haber quien compre esa hermosa casa. Mis pequeños gnomos levantan las cabezas, no pueden creer que alguien dude de sus afirmaciones. Sus ojos han visto demasiadas palomas alzarse al cielo, ni la lluvia ni el viento pudo con un solar vacío. Ellos son expertos, se pasan las estaciones mirando obras.


Al volver la cabeza se encuentran con un gnomo, es muy joven. Uno de mis pequeños gnomos, que peina ya demasiados hilos de plata en sus sienes le pregunta “¿Y tú de dónde sales, no tendrías que estar trabajando?” El joven gnomo pierde la vista donde ninguno de mis ancianos alcanza a ver, y con voz rota le contesta “No tengo trabajo. Me distraigo viendo crecer la promesa de un solar ya que yo no tengo”


Los tres callan y se sumergen en los giros de la grúa; al medio día son ya cuatro millones largos de jóvenes gnomos viendo espigarse los cimientos de un futuro demasiado afilado para sus tiernas carnes.

domingo 31 de enero de 2010

LA CLAVE SE LLAMA PRISCILA

Pablo estaba al otro lado del teléfono haciendo una confesión.
Antes de dar el paso, estuvo meditando durante varios días qué diría, cómo enfocaría el tema, no deseaba hacer más daño, pero la cobardía en el fondo le oprimía no dejándole afrontar su grave problema.
Temía la reacción de Ana más que a un nublado; primero se callaría, bajaría la cabeza para evitar miradas que delataran la ira que sentía, sin duda se pondría a llorar y por último, una batería de palabras hirientes e inconexas saldrían de su boca.
A pesar de todo, ella había sido muy paciente con Pablo, es más, intuía que algo pasaba.
Al comenzar aquella situación extraña, Ana preguntó por el proceder de Pablo, no era el mismo desde hacía un par de meses, llegaba tarde, estaba distraído, salía de casa a horas intempestivas, pero él callaba, gastaba una broma y cambiaba de conversación, fue entonces cuando ella enmudeció, esperó u olvidó.
Pablo no tenía muy claro lo que ocurría dentro de la cabeza de Ana, conociéndola tan bien, llegó a un punto que no supo qué estaba pensando su chica, como le gustaba llamar a Ana.

Recordaba el día en que decidieron vivir juntos: previamente hablaron largo y tendido del tema, ambos tenían miedo de dar un paso en falso, que su relación variara, que la libertad de ambos se viera coaccionada y al final, se perdieran tanto los principios de uno como de los del otro. Sin embargo, estos temores fueron infundados y el tiempo demostró que eran seres maduros, permisivos y preparados para una convivencia. Jamás ninguno de los dos pasó la barrera de la intimidad personal, esa parcela que cada ser humano desea guardar para sí.
Los dos eran felices y nada en el horizonte ni próximo ni lejano hacía predecir nubarrón alguno que enturbiara su balsa de amor hasta que llegó Priscila, la clave o la causante del problema de Pablo.
Una tarde del mes de mayo al salir Pablo de la oficina, decidió volver a casa andando porque la primavera ese año era templada, daba gusto pasear. Emprendió el paso y no había andado tres calles cuando la vio por primera vez.
Se paró en seco y mirándola a los ojos con descaró, sintió que una corriente eléctrica recorría su cuerpo, pensó lo bella que era y deseo pasar inconscientemente la mano sobre su piel. A Priscila llegó un momento en que no pudo soportar descaro semejante y se dio la vuelta, dejando a Pablo con la boca abierta.
A raíz de ahí, surgieron varios encuentros hasta que Pablo dándose cuenta que necesitaba a Priscila a su lado, dio el paso definitivo.
Ocultaron su relación a propios y extraños, hasta que fue descubierta por una compañera de trabajo de Pablo. Ésta le habló sinceramente y haciéndole ver que si descubrían en la empresa lo que estaba sucediendo, tal como era la organización, como pensaban en RRHH sobre estas cosas, y las normas tan estrictas que había, podría quedarse sin trabajo.
Pablo se asustó, no se había parado a evaluar las consecuencias de su relación con Priscila, sólo pensaba en Ana. Al fin, logró centrar sus ideas y fue cuando tomó la decisión de encarar su futuro junto a Priscila, era consciente que lo hacía así o perdía todo.
Con mano temblorosa descolgó el auricular y cuando oyó esa voz tan familiar estuvo a punto de colgar, pero Priscila que estaba a su lado, no le dejó.
- Ana
- Dime Pablo, ¿qué pasa? ¿Por qué llamas a estas horas?
- he de decirte algo y sé que no te gustará
- espera al llegar a casa y hablamos con tranquilidad
- No puedo Ana, ha de ser ahora
- ¿Tan grave es?
- Sí, mucho.-Ana respiró profundamente para tomar el aire que la faltaba. Un torbellino de pensamientos le invadía porque sus temores no eran infundados y sus celos tampoco.
- Pablo ¿hay alguien más entre nosotros?
- Sí
- ¿ Desde hace mucho?
- Dos meses más o menos
- ¿Por qué no me lo dijiste antes?
- No podía, no sabía cómo decir esto que me abrasa, sabía que tu reacción no sería buena y oculté todo.
- Ya
- Ana ¿puedo ir a casa?
- ¿A qué?
- Quiero que la conozcas, comprenderás todo
- ¿Estás loco?
- Por favor Ana, una sola vez, luego, recogeré mis cosas y nos marcharemos.-Ana calló, el silencio era cortante, pero no podía evitar su mutismo, no sabía como reaccionar. Quería a Pablo, estaba enamorada de él y estaba a punto de perderle.
- De acuerdo, venid pero cinco minutos, no creo que pueda soportar más
- Gracias, ahora vamos.

Agarrando a Priscila, salieron los dos temblando, caminaban inseguros de sus pasos, ni se miraban para no traspasarse nada, era la hora de la verdad. Cada uno se encerró en sí mismo hasta llegar al portal, allí pararon y, Pablo con enorme ternura besó la cara de Priscila.
Subieron por las escaleras para dar más margen y al llegar al piso, en vez de abrir la puerta con su llave, Pablo tocó el timbre.
Ana no abría y los dos parados en el felpudo, no sabían ni qué hacer hasta que de pronto, la puerta chirrió y se abrió.
Ana estaba muda, sus ojos parecían órbitas fuera de contexto.
- ¿Podemos pasar?
- Sí.
Primero pasó Pablo y después Priscila. Ésta comenzó a mover su cuerpo con toda la coquetería que era capaz y mirando a Ana con ojos entre tristeza, simpatía e incertidumbre. Ana no paraba de contemplarla, sus sentimientos oscilaban hacia extremos sin poder controlar la situación.
Allí, delante de ella, estaba su seria competidora, la que durante dos meses había logrado acaparar la atención de su amado, la que estaba a punto de romper su relación.
Priscila intuyendo este remolino de sensaciones paró en seco y se puso delante de Ana, cortándole el paso.
Como una histérica, se puso a ladrar, hasta que se asustó de sí misma, entonces, enmudeció. Era la primera vez con sus cuatro meses de vida, que por su garganta salía el sonido de su especie perruna.
Ana y Pablo se echaron a reír sin parar.
Una Terranova de cuatro meses se había colado en la intimidad de una pareja, pero por las caras que ponían, Priscila movió el rabo intuyendo que era bien recibida.


viernes 29 de enero de 2010

BOLICHE TANGUERO

-¿Española?... ¿Tenés un pucho?

Giré lentamente la cabeza y allí estaba él. En ese momento se ajustaba el sombrero. Su aspecto chulesco me dejó boquiabierta. Sin embargo, destilaba virilidad por los cuatro costados. No pude contener la risa mientras le ofrecía mi cajetilla de tabaco.


Si bien llegué perdida a aquel antro desconchado de tragos y bebidas, una vez aposentada en una mesa, tan roñosa como el propio local, junto a una ventana que filtraba la luz de un atardecer envuelto en nostalgia igual que yo; me sentí como de la casa: en una salsa tanguera.


Me puse a observar olvidando al intruso del pucho. Apuraban un trago muerto hace mucho con la necesidad fingida de ver pasar un tiempo inexistente. La atmósfera se hallaba tan cargada que semejaba a la niebla. Intuías sombras perdidas arrastrándose al ritmo de unas voces con palabras secretas y la cadencia sabia de una buena conversación.

-Vos sos muy linda. ¿Qué hacés sola?- me miraba de soslayo con las manos en los bolsillos.

Esta vez, levanté la cabeza asustada. Aquel hombre me había sustraído de mis pensamientos.

-Soy turista.

-¿Gallega?

-No. Soy de Albacete- contesté atónita mientras miraba de reojo el reloj de la pared.

-¿Bailás conmigo? Yo no vine a este mundo a perder el tiempo en un reloj. Además, ése está parado, como vos. Vení…- extendía sus manos hacia mí y no pude resistirme a ellas.

Sus labios se acercaron a mi oído y murmuraron:

-El tango no es cosa de nostálgicos. Nació a la vereda del río de la Plata. De ahí el sabor añejo, su olor portuario. Entre la opulencia y la pobreza, en tugurios y lupaneras.

Entonces, su mano se aferró a mi cintura y mi nariz se topó con su aliento en el momento que un viejo bandoneón expidió un sonido, tan sensual, que olvidé el mundo circundante. Mis piernas fueron suyas. Nuestros dedos se entrelazaron para siempre.


Desde aquel día, en un boliche del viejo Palermo, mi vida se transformó en un tango callejero enamoradizo, jamás fugaz. No tengo reloj que marque mis horas y sí una pasión: él.

En callejuelas adoquinadas, paradas al ritmo de un mundo que se precipita al abismo, seducimos al turista que pasa a nuestro lado mientras que una letra de Homero Manzi me recuerda lo que hizo un cigarrillo en mí:

“Con el pucho en los labios mira el nido vacío/un resplandor de rabia se enciende en el cigarro/ ¡Pucha…! No haberla visto cuando anudaba el lío/ para… como quien dice… para pararle el carro”


miércoles 27 de enero de 2010

EL TÍMIDO SEDUCTOR

Yo era una niña cuando oteé por primera vez a Evaristo. Vivíamos en un primer piso, y me pasaba las horas muertas en la ventana escudriñando a unos y a otros. A los más reticentes hubiera jurado conocerles por dentro: sus maneras de comportarse al hablar con algún conocido, los gestos, la forma de caminar, los movimientos mecánicos… me hablaban de sus estados del alma, de su forma de ser. El que más me cautivó fue el galán de doña Asunción, nuestra vecina del segundo piso. En aquel entonces aún era joven y apuesto.


Pasaron años en la misma actitud. Jamás le vi subir a su casa, y sí despedirse quitándose el sombrero para, después, besar con un leve roce de labios la mano de la mujer que en esos momentos parecía una dama aunque en la convivencia vecinal fuera insoportable. A doña Asunción la podías ver por las escaleras y darte ganas de vomitar por su mero aspecto: tez ajada, amarillenta. Su ropa olía mal, no tenía apenas cabello. Todo le molestaba, cuando era ella la que mortificaba al resto de la comunidad.


Sin embargo, en los encuentros con Evaristo dejaba una estela de perfume delicioso en el portal, la piel era tersa y de buen color. Su pelo semejaba un frondoso jardín de orquídeas en forma de mariposas brillantes. Al ver Evaristo se la iluminaba la cara con una sonrisa. Sus movimientos eran delicados así como la musicalidad de su voz al dirigirse a él.


Un buen día, estudiando yo primero de carrera, él desapareció de escena. En el decorado surgió un nuevo acompañante. Nada que ver con el anterior, y sí muy cercano a la verdadera doña Asunción. Éste subía a su casa y preparaban unas grescas que nos tenían a todos escandalizados. Una noche, mi padre tuvo que llamar a la policía. Cuando ésta llegó, era demasiado tarde. Él la había estrangulado. Por los periódicos nos fuimos enterando de los pormenores. En ese momento entendí muchas cosas, sobretodo la más importante: las apariencias son sólo eso. Engañan y ciertas situaciones a veces no son tan fáciles de comprender, y menos para juzgar. Lo único decente que tuvo esa mujer atropellada por las circunstancias, los maltratos de un marido que terminó matándola, fue aquel caballero que la cortejó durante los años en los cuales el esposo estuvo en la cárcel por ladrón y no sé cuántas cosas más.


… El verano en que me licencié, me salió trabajo en una de las bibliotecas municipales situadas, para la estación, en los parques de la ciudad. Principalmente los visitantes más asiduos eran los chavales de doce y trece años y, esporádicamente, algún adulto. A primera hora de la mañana se formaban largas colas para coger los libros. En una de ellas encontré de nuevo a Evaristo. No habían pasado los años por él, sin embargo se me antojó triste al apreciar las ojeras que jalonaban sus ojos a pesar de ir bien vestido con termo, corbata y sombrero de verano. Sus ademanes seguían siendo exquisitos y, con suma educación, me preguntó qué libros de poemas había en la biblioteca ambulante.

A partir de aquí comenzó una extraña relación con este hombre. Cada mañana a las diez en punto estaba esperando. Me regalaba una dulce y tímida sonrisa y, mientras yo buscaba su pedido, me contaba alguna anécdota de su vida. Después, se sentaba en un banco frente a la biblioteca. Al observarle, ofrecía una estampa muy hermosa aquel hombre que entraba en la ancianidad con porte y serenidad mientras se concentraba con agrado en la lectura; los rayos de sol que se colaban entre las hojas de los árboles iluminaban su silueta.

Si tenía algún hueco libre, me acercaba a charlar con él. Así pude conocer a poetas maravillosos como Francisco Pino, Oliverio Girando o Cesar Vallejo. Incluso saber que él era poeta. En alguna ocasión me leyó algún poema suyo: “Yo sólo creo en los placeres de la cama/ y en la irremediable soledad del alma”*… Entre sus versos intuí la forma que él tenía de ver el mundo, el desgarro de su lírica y su crispación ante el engaño y el desamor. Poseía, además, un fino e irónico humor al narrarme pasajes de su historia más personal. Era un descreído de la vida, se burlaba de ella, pero palpé que al fin y al cabo era un buen hombre.


Se había casado dos veces y en ambas fue abandonado, sin embargo los hijos de los dos matrimonios fueron a vivir con él hasta que se independizaron. Ahora, me decía, con una leve nostalgia, que vivía solo y el silencio a veces le pesaba demasiado.

Me moría de ganas por preguntarle por doña Asunción pero siempre había algo que me echaba hacia atrás. Él era tan comedido, delicado y cauto, que me intimidaba. Sí notaba que necesitaba hablar, oír su propia voz y yo, lo único que podía hacer por él, era acompañarle, escuchar sus sabias y cifradas palabras.

No obstante, una tarde en que yo estaba cerrando ya la biblioteca, se personó y me contó que venía del médico. Debí poner cara de susto porque enseguida me tranquilizó contándome que su dolencia venía de antiguo y que había aprendido a vivir con ella: sufría depresiones y el psiquiatra de vez en cuando le cambiaba el tratamiento. Me reconoció con renuencia que las pastillas no eran suficientes si no se acompañaban por una fuerza interior de búsqueda de valores espirituales. Los antidepresivos podían atenuar el dolor, pero no eran capaces sin la voluntad del enfermo de recuperar los alicientes que daba la vida, y él ya no tenía ganas de luchar ni de buscar. Su tiempo había pasado.

Aquella confesión me dejó desconsolada. Le noté totalmente entregado a su desgracia y yo no supe qué decir. Pero no me hizo falta pues Evaristo, con la amabilidad que le caracterizaba, se ofreció a acompañarme hasta el autobús y de paso, me narró el trozo más importante de su vida: doña Asunción...


Se conocieron siendo muy jóvenes y, su historia no tuvo nada de insólito y sí mucho de común con otras que suceden a diario. Evaristo era un chico muy apuesto, de buena familia y con gran éxito entre las mujeres aunque él nada hacía. Afirmaba que era la timidez junto a su buena conversación lo que más las atraía. Sin embargo, sus ojos se posaron en la menos adecuada. Asunción fue una mujer que le amó demasiado o demasiado poco, según se mire. La relación entre ellos resultó tóxica y dañina. Ella era incapaz de ser fiel a nadie. Le gustaba flirtear demasiado, quizá porque se supiera, en aquellos momentos, atractiva y que, junto a su amor por una mal entendida libertad, un buen día se largó, dejándole con dos niños. Tiempo después, quiso volver pero él sólo la ofreció amistad sincera, un hombro donde llorar penas y un corazón que la hiciera respetarse así misma… En voz queda, me explicaba: “Compréndeme, era la madre de mis hijos”.

Nunca llegó a entender el fracaso estrepitoso con las dos mujeres con las que se desposó, ni su falta de voluntad para liberarse de las redes del amor, ese eterno desconocido que marchitó su corazón. Cuando se enteró de la muerte de Asunción, él murió también… Escribió su último poema y rompió la pluma con la que siempre dibujó carencias y deseos.

Al acabar de relatarme ese pedazo de su vida, ya se había ido mi autobús. Las luces de la ciudad, los barrenderos y el silencio era el único rastro de vida que quedaba a esas horas. Sentados en la parada como dos estatuas, enmudecimos. Pasé mi mano por su hombro. En poco más de tres horas había envejecido una barbaridad. Me impresionó profundamente, no ya su historia sino su actitud al rato de terminar de hablar porque me dio las gracias de una forma, con un tono revelador de despedida, de agradecimiento tan profundo y sincero por haberle escuchado que, cuando a los tres días leí en la prensa el suicidio de un hombre, supe que era él.


A la semana de su desaparición, recibí una carta. El sobre contenía sólo un poema:

“Puede que sea la tristeza/ que nace con los brotes del otoño y muestra/ su talante umbrío cuando caen las tardes./ Tal vez la soledad que cubre de penumbras y algodones grises/ que empapan el silencio de lágrimas calladas y bajan/ entre surcos que la piel ampara./ O ¿por qué no? Las ilusiones entre cortinas mecidas por la brisa/ que son tan largas de dolores que el tiempo no las abandona y afloran/ los odres de recuerdos que al pasar han fundido en blanco y negro./ Puede que sea tanta la tristeza de este otoño/ que me da igual que muera yo o que mueran otros/ sólo me abrigo en la esperanza y sueño.”*


Al terminar de leerlo, me hundí en una dulce y triste nostalgia.

Nunca olvidaré que tuve el privilegio de conocer a un venerable anciano, victima de sus sentimientos. Un hombre honrado y un caballero… un tímido seductor.

*Luis Alfredo Alcocer.

martes 26 de enero de 2010

ASIGNATURA PENDIENTE

Nací, al menos eso es lo que dicen los papeles, en Barranquilla, Colombia. Soy adoptada y desconozco quienes son mis antepasados de sangre; puedo ser cualquier cosa pero, esto no me inquieta lo más mínimo.

En mi mundo infantil de agua y chocolate no existían distinciones entre los hombres, a no ser por la barrera entre gente mala y buena, nada más. Mi abuelo, un concienzudo trabajador pegado a la barra de un mostrador, me enseñó a servir a la clientela con una misma sonrisa para todos.


La primera vez que me choqué frontalmente con la mezcla de razas fue en Londres, yo contaba entonces con unos diecisiete floridos años. Jamás había visto tantas tonalidades de piel paseando por un mismo asfalto. Lejos de pensar que aquello era raro, lo interpreté como una característica más de aquel país. Tiempo después, llegué a París. Me encantaba sentarme en las profundidades del metro y observar el mundo multirracial que navegaba por el subterráneo parisino.

Más tarde, recalé en New York, allí encontré tanta piel de leche negra con mi misma lengua, que me confundí entre ellos, convirtiéndome en una más.


De vuelta a España, me casé y seguí trabajando; compaginar un abanico de quehaceres como el de ser madre, esposa, ama de casa y profesional, me condujeron a una profunda depresión. Pretender abarcar un todo y ser mujer diez, me hundió en la nada.

Estando de baja, un día sonó el timbre de la puerta. Las pastillas me tenían atolondrada y, en vez de ser cauta, abrí. Frente a mí estaba parada una mujer de piel ámbar; nunca he visto unos ojos tan desprovistos de esperanza ¡Qué lástima sentí!

Sin entender muy bien lo que me decía- una vez más la medicación estaba influyendo decisivamente en mi comportamiento- la invité a que se sentara en la cocina. Pasamos exactamente hora y media juntas. Se atiborró a leche con galletas, y en los descansos me contaba cómo había llegado a España, la necesidad de trabajar y los 5 niños que en Ecuador la estaban esperando.


Han pasado 10 años. Alexandra es mis pies y mis manos; me pregunto “¿Qué haría sin ella?” De vez en cuando por mi casa recala la novia de su hijo mayor. Es rumana y Alexandra la está enseñando el oficio. Anna, era maestra en su país; aquí, aprendiza de señora de la limpieza. Nos entendemos por gestos. Los más habituales son el abrazo y una sonrisa.

Llevo dos años seleccionando personal y me conocen por el apelativo “María la de la ONU”. Actualmente en la empresa están trabajando dos argentinos, un colombiano, un portoriqueño, un magrebí y un venezolano; los elegí porque sus Currículum eran envidiables, la riqueza moral, intachable, sus ganas de trabajar e ilusión, desbordantes.

Rodeada de este arco iris siento que crezco por dentro, por eso no entiendo la palabra “Racismo”, no está en mi código de valores, es más, no la quiero incorporar, aunque soy humana y a veces, cuando vuelvo a casa a altas horas de la noche, me estremezco si pasa por mi lado algún desconocido con alo de musulmán... Es mi asignatura pendiente después del 11M.

viernes 22 de enero de 2010

EL CEMENTERIO DE LAS PALABRAS MUERTAS

Llevo horas vagando sin destino, la ciudad se ha convertido en un saco de escombros, de ruido sin sonido que comunique. Sólo alaridos, quejas mudas.

Las calles están enterrando a las palabras porque no hay quien las escuche. Espectros que caminan con la prisa de salvarse porque han perdido la razón de ser.


La tierra nos ha devorado, no nos quedan ni los ojos. Nuestras lenguas se agitan para clamar al cielo que las entrañas dejen de rugir. Luego volvemos a enmudecer, al mutismo infernal de la desesperanza.


Doblo una esquina, un árbol a medio tumbar me llama. Me siento junto a él y cierro los párpados; necesito dejar de pensar lo que no pienso… Me duermo y cuando despierto, recito el sueño: mi humilde casa mirando al paraíso, campos sembrados de mango. A un lado de la casa, las sabanas secándose al sol tierno del mediodía. Lusandia chasqueando la mecedora mientras su sonrisa se tuesta en mis ojos; pronto dará a luz a nuestro primer hijo. Se llamara Adel, como mi padre. Tan sólo faltan dos semanas para tenerle en mis brazos y mis manos trabajaran la tierra para darle un porvenir mejor que el mío. Sabrá leer y escribir como su madre. Tal vez pueda ir a la universidad y hacerse doctor. Lusandia y yo le veremos crecer fuerte y vigoroso como la caña de azúcar…


Pero mis ojos al terminar de contarme el sueño se han topado con la oscuridad. Me he incorporado y he seguido caminando. Las estrellas iluminan lo poco que queda. Sigue el silencio, el humo entre los escombros; un gato negro se pierde entre las ruinas.


Un soldado me para enfocándome con una linterna. Me he puesto las manos delante de los ojos y me he dado cuenta que por ellas hay regueros de sangre seca… Me pregunta que a dónde voy. Le doy un manotazo y sigo mi camino, pero al rato, escucho el silencio mudo que se queja. Paro; vuelvo a escuchar un llanto tan débil que me asusta. Trato de orientarme y logro saber por donde sale el maullido; me acerco a unos escombros, ahora lo escucho con más nitidez, pero no tengo luz, no puedo ver nada. Vuelvo la cabeza en busca del soldado y corro por donde he llegado en su busca; me vuelve a enfocar mientras escucha mis palabras atropelladas. Los dos nos ponemos a correr hasta que llegamos donde creía haber escuchado el llanto; sólo hay silencio. El soldado me hace un gesto de que nos sentemos a esperar. Saca un cigarrillo, me ofrece uno, y la ceniza cada vez que la aspiro enciende como un pequeño fogata en mi interior… De nuevo un quejido. El hombre se levanta precipitadamente y me tiende la linterna. Nos acercamos a los escombros y mientras yo enfoco, él quita de aquí y de allá hasta que hace un agujero entre la montaña; gatea y le pierdo de vista. Yo, comienzo a temblar; las palabras han vuelto a enmudecer…


No tengo reloj, pero veo que el horizonte clarea. No he vuelto a escuchar al soldado. Apago la linterna y me siento. ¿Qué estoy esperando?, me pregunto; los milagros en mi pueblo no existen, me dicta mi subconsciente. Pero de pronto, tras de mí escucho algo; me vuelvo y los escombros que están alrededor del agujero que hizo el soldado se están moviendo. Corro hacia allí y me asomo. Una cabeza inerte asciende hacia mí. Tiro de ella y sale todo un cuerpo. Es el de una mujer. La arrastro hasta la calzada y pongo mi mano en su corazón. No late. Era joven, mucho, pero no me da tiempo a perderme en estas reflexiones, ahora tan absurdas porque sigo escuchando ruidos en el agujero y vuelvo hacia allí… Ya veo las manos del soldado que me están tendiendo un bulto; lo atrapo, corro hacia la calzada, lo deposito sin mirar y vuelvo al agujero. El soldado trata de salir. Le ayudo y cuando lo logra, queda tumbado encima de los escombros. Le muevo pues me he asustado de nuevo; no quiero quedarme solo, no lo resistiría… Está ya amaneciendo y el soldado gira su cabeza hacia mí. Está sonriendo y yo también.


De repente, me pregunta qué ha pasado con el bebé; no le entiendo. Se levanta tropezándose y se va a la calzada. Yo le sigo sin entender nada.

Se agacha y destapa el bulto; de él asoma una manecilla moviéndose, tan pequeña que, del susto, me caigo hacia atrás; el soldado suelta una carcajada y me extiende sus brazos para que coja al niño.

Estoy temblando, debe ser un recién nacido, es diminuto. Le acerco a mi pecho para darle calor. Debe gustarle pues su gesto es complacido. El soldado nos observa mientras se fuma un cigarrillo. Al cabo de un rato me dice.

-Cuídalo. Su madre es ésa que está ahí- vuelvo la cabeza a mirar el cuerpo; no me quedan lagrimas, y aprieto más fuerte a la criatura contra mi pecho.



… Ya no estoy solo ni lo que me rodea parece un cementerio de palabras muertas, Adel está dormido en mis brazos, no dejo de hablarle, sé que él me escucha. Voy buscando un poco de leche. ¿Saben ustedes dónde la podré encontrar?



sábado 16 de enero de 2010

EL BILLETE DE LOTERÍA

Domingo amaneció demasiado temprano. Eran las cinco de la mañana cuando su madre escuchó ruidos en la habitación contigua. Quiso incorporarse, pero sus huesos no se lo permitieron. El frío era demasiado atronador en aquella casa que tenía fisuras por todas las esquinas y, el poco calor que había, se escapaba a volar con la niebla. Sin embargo, Dionisia seguía dando gracias a Dios por tener un techo y saber que sus dos hijos aún seguían vivos. La guerra ya la había quitado bastante, ahora tenía que procurar que lo que la quedaba estuviera a buen recaudo.
Ella, apenas podía trabajar y se limitaba a conservar esas cuatro paredes para sus polluelos. El invierno venía muy crudo. Faltaban alimentos, sobraba hambre, pero las esperanzas seguían prendidas en el corazón de Dionisia. Sabía que algún día esa guerra terminaría, dejarían de fingir y vivirían en paz. Todos los días, sin que lo supieran sus hijos, se acercaba a la puerta de la parroquia y, a la salida de misa de una, se ponía en la puerta a mendigar; siempre regresaba con algo, aún quedaba gente caritativa.
Domingo, con diecisiete años, era el limpiabotas del bar Central, el más reputado de la ciudad, y Teresita, con quince años, había entrado a servir en casa del abogado Díaz, muy afamado aunque un hombre sobradamente tacaño. Pero Dionisia se conformaba con pensar que la niña estaba recogida y, aunque casi no la pagasen, tomaba un plato caliente al día. No así Domingo, que cada día estaba más escuálido. Lo poco que ganaba apenas les permitía comprar unas patatas y algún huevo. En el bar, de vez en cuando, le daban un poco de leche que en vez de tomársela él, se la llevaba por las noches a su madre. Dionisia añadía agua y con mendrugos de pan duro se tomaban un tazón cada uno.
Desde que muriera su marido, a principios del treinta y siete, en manos de los republicanos cuando volvía junto a Sebastián, su hijo mayor, todo había ido de mal en peor. Ni siquiera sabía dónde los habían enterrado. Sólo se acercó una pareja de la guardia civil a entregarle la documentación de su marido e hijo y comunicarla su fallecimiento acusándoles de desertores, además… Cuántas mentiras tuvo que escuchar y soportar aquellos días. Estuvo a punto de morir de pena y, si no llega a ser por los dos hijos que la quedaban, Dionisia se hubiera dejado morir.
De esto había pasado veintiún meses de calvario…
Domingo sacó a su madre de aquellos recuerdos. Apareció con el rostro encendido y una vela en la mano.
-Madre, hoy es el gran día.
-¿Ya estamos con esas, hijo?
-Madre, usted, déjeme a mí hacer. Hoy antes de que termine el día, todo habrá cambiado para nosotros y nos iremos los tres muy lejos de aquí.
-Sigue soñando, Domingo, y la torta que te vas a llevar se te romperán los huesos de por vida.
-Madre, le repito que aquel hombre era un ángel, un mago, un duende un…,bueno, daigual. Nunca le había visto por el bar. Me dijo que venía de tierras lejanas y cálidas. Después de limpiarle aquellos zapatos que parecían espejos, metió la mano en el bolsillo y me entregó el décimo de lotería. ¿Le leo el número, madre?
-No, Domingo, no. De sobra me sé el número, 36.758... Llevas mes y medio repitiéndomelo. Tengo miedo, hijo. Como te pesquen con el décimo, pensarán que lo has robado. ¿No lo comprendes, Domingo?
-Madre no se puede vivir con miedo. Estoy harto. Hoy nos iremos de aquí. Ya he preparado todo. Teresita no irá a trabajar.
-Domingo, no quiero que sigas, ¿de acuerdo? Teresita irá a trabajar a las ocho, como todos los días.
-No voy a discutir con usted, Madre. El hombre me lo dijo bien claro.
-¿Qué te dijo, hijo?
-No se lo puedo decir, Madre. Todo lo sabrá en su momento- Domingo se inclinó para dar un beso a su madre y salió precipitadamente para regresar con la manta de su cama para ponérsela a su madre. Con amorosa actitud tapó a su madre y como despedida sentenció: Madre a las once estése lista. A las diez treinta y cinco minutos nuestro destino habrá cambiado para siempre- y con estas palabras se dio la media vuelta y salió de casa.
Dionisia meneando la cabeza, rezó una plegaria a Dios para que protegiera a su hijo y cerró los ojos un rato más, la dolían demasiado los huesos.
Se despertó asustada cuando oyó las diez campanadas de la iglesia. Sin darse cuenta se levantó como una paloma que inicia el vuelo. Se sentía ágil, feliz, como si los años hubieran desaparecido de su dolorido cuerpo. La casa estaba en silencio y, aunque la pobreza era la misma que hacía unas horas, aquellas paredes a Dionisia la parecían muy distintas.
Las campanas de la parroquia dieron las medias y unos minutos después, una luz extraña se pegó a la ventana desvencijada de la habitación de Dionisia. Ésta la miró como si la hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo; sonrío y cogiendo el atillo se fue a la cocina. Se sentó con la calma que sabe que un fin está próximo y cunado las campanadas no habían terminado de dar las once, el chasquido de la puerta de la calle la hizo girar la cabeza. Se puso de pié sonriendo a Teresita y a Domingo. Los tres se abrazaron y salieron de aquella casa para siempre…
Domingo, su madre y hermana caminaban despacio, en cualquier momento aparecería el autobús que le dijo aquel hombre. Apretaba los billetes con su mano con temor a que se fueran a volar mientras rememoraba las palabras de aquel extraño “Domingo, pronto te cambiará la vida. Toma este décimo de lotería y estos tres billetes de autobús. El veintidós de diciembre a las once cogeréis un autobús hasta Burgos. Ingresarás el décimo en esta dirección. Allí te darán unas instrucciones. Síguelas. Pronto estaréis en Méjico. No digas nada, eres el elegido…”

Una radio no deja de sonar, unas voces infantiles cantan números. Es el veintidós de diciembre de mil novecientos treinta y ocho en una España de vencedores y vencidos; aún faltaban unos meses para que terminara aquella guerra de hermanos contra hermanos.
Sin embargo, para algunos, aquel día fue el principio de una esperanza… Y es que en navidad en aquel entonces, entre disparos, odios y muerte, aún pudo subsistir la magia.
 

domingo 10 de enero de 2010

ENTRE KAFKA Y KANDINSKY

Estaba nerviosa, y no lo quería reconocer. Bueno, realmente estaba histérica. La cama llena de ropa y no encontraba nada apropiado para ponerme en esa cita tan especial. No quería defraudar, deseaba que fuera un éxito y estaba convencida que, como siguiera por ese camino, sería un desastre. Llevaba noches que, cuando me iba a dormir repasaba qué diría, de qué podríamos hablar. Nada de religión, ni de política. Por supuesto, insospechable comentar temas económicos. ¿Qué tal hablar de Kafka o de Kant por eso de empezar ambos por K? Pero yo nunca había hablado de esos hombres… Tal vez, mejor hablar de de Kandinsky, más neutro… ¿Y si la obra de este genio no gustaba?

Y así me pasaba las noches en vela o con pesadillas. Estaba claro que había dejado de ser yo por una maldita cita, o que a mis cuarenta y ocho años me daba cuenta de la cruda realidad: inmadura e insegura.

He mirado el reloj, me quedan dos horas. Lo mejor es que me meta en la ducha, me duele la cabeza.

Ha sido todo un acierto; el agua ha caído como chispas frescas sobre mi cabeza y, quizá, sobre mi cerebro. Ha limpiado las telas de araña y abierto las compuertas de los recuerdos. No hace tanto tiempo que yo también fui joven, queriendo merendarme un mundo sin fronteras, bebiendo el elixir de la vida…, sólo interrumpido por un tropezón. ¡Dios mío!, un traspiés que me ha traído hoy hasta aquí veintisiete años después.

Respira hondo, mira a ver qué hora es, estírate la gabardina, ¡maldita sea!, cómo llueve, ¿para eso me he gastado quince euros en peluquería?... ¿Y si le llamo por teléfono y le digo que…, qué le digo?

No, no sirvo para estas cosas. Ahora mismo me daré la vuelta y me iré. Lo que él haga me va a parecer estupendo, siempre ha sido así. Nunca hemos tenido problemas entre los dos… hasta que vi esas fotografías seis meses atrás. Se lo pregunté y se hizo el sueco. Más tarde se hizo el alemán hasta que en octubre me dijo la verdad. En su rostro no podía haber más ilusión y en su voz, más amor atropellado.

Total, no me quedó más remedio que aceptar lo inevitable, lo lógico, lo normal.

Es navidad. A veces llueve, otras, nieva. Es una época hermosa, entrañable. Él sabe que me gusta por eso ha esperado para hacerme este regalo tan especial.

Ya no seremos dos sino tres… Pero, ¿tres no son multitud? ¿Quién sobra, entonces, en esta película?... Creo que yo.

-Mamá, ¿qué haces ahí parada mojándote?- me han pillado, se me ha estropeado el peinado, se me ha corrido el rimel- Ven, entremos y te presentaré a Ana.

He entrado como una cordera al matadero y de esa guisa, he conocido a la novia de mi hijo. Una maldita cita que me ha quitado el sueño, puesto dolor de cabeza y que ha sido todo un éxito.

¿De qué hablamos? De todo y de nada. A veces se me escapaba el ramalazo de futura suegra, pero Ana es deliciosa. ¡Ah!, la gusta Kandinsky, y es una forofa de la obra de Kafka.

viernes 8 de enero de 2010

SUEÑOS DE PAPEL

Y pregunto:
-¿Por qué aceptas seguir así?
-Soy musulmán y la fe en Alá me reconforta.
Moussa roza casi con sus yemas un cielo de futuros imperfectos.
Nervios aplacados por promesas venideras, ansiedad contenida, clandestinidad de meses, años. Sin embargo a su fin toca la noche de pateras, rejas y hacinamiento. Es la hora de la verdad legal y verdadera.
Tras de sí deja lágrimas, súplicas, abusos. Su historia es la de un fracaso y una negación concatenada a las miserias más humanas, a la incomprensión.

La prosperidad, el maná, es la única esperanza para rasgos faciales de distinta religión.

Moussa duerme para no sentir el rugido del hambre, para no enloquecer en la espera interminable y, en silencio, se dice:”Nada hay que perder y mucho que ganar”.
Con el coraje en su ánimo, el tesón en sus manos, se confunde entre miles de ojos negros que, al igual que él, intentan hacerse hueco en un mundo difícil de descifrar: fácil para unos, elitista para muchos, marginal para quien el tiempo juega en su contra.

Balanceándome en mis nubes de algodón contemplo el transcurrir de su lucha.
-Si me muero da igual, porque habré logrado llegar a España.
La piel se me eriza.
Se achica mi ánimo vulnerable.
Se me agranda el remordimiento de mis brazos inertes.

Asistentas, albañiles, camareros, serán las profesiones a las que asir el pan de los suyos. Después, si el mañana existe, ghettos de césped y jardín donde anidar recuerdos, nostalgias y carencias. Cada domingo, el parque será el mosaico de sus vidas, la exposición de sus realidades. Nacerán amores, compañerismo, calor. Unos a otros se apretarán para sentir que no están solos, para hallar la comprensión que no encuentran.

A Moussa le dolerá que miremos con desconfianza, que la hermandad recele, que dudemos de su honestidad y pensemos que todos son ladrones de guante sucio.

De franqueza se tiñe la mentira. Es el juego del falso y verdadero porque, mientras luchan por futuros mejores, la realidad viste la cara de una evidencia nada grata: racismo, odio, marginación, intolerancia, injusticia, revanchismo. Esta es la única verdad sincera.

Y mientras tanto:
las pateras- símbolo de libertad- seguirán navegando hacia la nada…
Escalera de leño, cosida con retazos de rabia y hambre, escalará al cielo, teñido de sangre y fuego, imposible sobre un mañana que no existe.
Muros de alambre que, a jirones, corta tu piel seca, Moussa, pero no así tu anhelo de la tierra prometida.
África negra, con la utopía de un futuro aún intacto, se cuela por las rendijas de agua y tierra. En tu rostro: dolor y pánico.
Pronto tus sueños serán de hojalata y su brillo habrá volado a paraísos perdidos.
Marea humana que camina por el desierto de infiernos venideros. No es arena, no hay oasis, sino un cementerio de cuerpos sin hados que, una vez, la estrella de David alimentó de miseria y esperanza para aquellos cuyas manos estaban vacías y, sin embargo, la quimera animó a su vuelo.

Moussa: ¡Corre, corre!… seguro que Alá te espera.

lunes 4 de enero de 2010

FLORES ROTAS

El caluroso sol va descendiendo sobre el horizonte dando una luz especial sobre la estrecha calle del Olvido que desemboca en una encantadora plaza de arbolillos y bancos de madera. Aunque la reliquia más preciada de ese rincón es la Iglesia de San Martín, una joya del siglo XVI cuyos muros son tan gruesos que sólo la voz de Dios los atraviesa. En una esquina de la plaza vive Jacinta con sus recuerdos.
Todas las tardes a eso de las ocho de la tarde, si es verano, hace de sus hechos un mismo ritual: descorre los visillos de ganchillo, sube la persiana y saca a Duque a tomar el aire. Acerca su banqueta a la barandilla y entre los geranios rojos asoma su rostro inmaculado a ver pasar la vida, a otear el tiempo que cae. Se abanica con maestría tratando de disuadir el sofocante calor y, aunque no haga calor, igualmente saca su abanico para que se sepa que ella no olvida.
Duque, un hermoso búho de ojos verdes, mira impasible las copas de los árboles y levanta su majestuosa cabeza cada vez que una ráfaga de vientecillo fresco surca por la plaza.
Jacinta le mira entre el orgullo y la angustia. Son compañeros desde hace doce años en que fue a parar el pájaro perdido al patio trasero de Jacinta. Venía con una pata herida. Pidió ayuda a “la casa grande”, rápidamente la llevaron un guante de cetrería para que el búho se posara en su mano sin hacerla daño. Lo cuidó con indulgencia y temor y, cuando estuvo sano, lo soltó. El animal voló por encima del tejado, pero a la mañana siguiente cuando Jacinta salió a regar sus hortensias, allí estaba Duque en un rincón con los ojos cerrados; nunca se volvió a ir. Y eso que Jacinta no lo tiene atado, sólo cuando hay visitas.
Últimamente piensa, cada vez que va al médico, que si a ella le pasa algo qué será de Duque y de sus flores. Y es que la enfermedad avanza, camina sin piedad hacia su destino y aunque la vida no la ha tratado con cariño, Jacinta ha sido feliz a su manera.

Contrae la respiración; ya salen de la novena del Carmen y pronto aparecerá él agarrado como siempre al brazo de Tomasa, su mujer. Es la ilusión de cada día, ver cómo alza al vuelo su mirada furtiva parándose unos segundos en el balcón de Jacinta. Un lenguaje sin palabras, silencioso, pero repleto de signos. Treinta y dos años así, buscándose sobre las horas, guardando distancias, que nadie diga nada. Ya ellos se lo dicen todo.
Manuel se para al unísono que su mujer y comienza a dar vueltas a su boina, la de toda la vida. La mima, la acaricia y siente que es como tocar a Jacinta y quiere que cada vez que se cruzan que ella lo vea y él nota que el abanico sigue agitando sus amores. Ni un solo día ha dejado de pensar en ella. Ha sido padre, esposo, hijo, todo lo que le han pedido y de manera ejemplar. Pero en sus cavernas íntimas nadie pasa, es lo único que le queda y está lleno de Jacinta, la modistilla del pueblo.
Él era un rico terrateniente, de una clase especial que sólo se roza, se junta y se multiplica con los de su misma clase. Ella, Jacinta, pobre de familia, heredó la profesión de costurera para los ricos y, en uno de sus trabajos acompañando a su madre, conoció a Manuel. Fue lo que se decía entonces “flechazo a primera vista”. Nadie se dio cuenta exceptuando la madre de Manuel que trató de evitar a toda costa lo imposible. Hasta pensaron en escaparse, pero antes de que aquello sucediera, a él le mandaron a ultramar a supervisar las posesiones de la familia en Manila. Manuel escribió largas cartas de las de ayer en las que la prosa se queda parada en cada recoveco tratando de decir hasta el suspiro que no se ve, pero se siente. Cartas en las que se palpaba en cada palabra el devenir diario, el amor solapado. De todas aquellas epístolas durante dos años, Jacinta pudo rescatar tres, el resto fueron interceptadas. Fueron suficientes para que la llama siguiera viva. De castigo, el padre de Jacinta se quedó sin trabajo y Jacinta preñada del hijo prohibido. Dicen que nació muerto.
Cuando Manuel volvió, vino con el botín más preciado para su madre: una esposa a medida, hija de un hacendado español en Manila, Tomasa.
El ayuntamiento que estaba muy agradecido al padre de Manuel por todo lo que hacía por ellos, les preparó un recibimiento acorde con su escalafón social. Todo el pueblo fue invitado a una verbena popular y hasta se renovaron los votos los recién casados en la iglesia de San Martín. Por la calle del olvido subieron los pomposos novios en el momento que Jacinta volvía de hacer entrega de un pedido en el pueblo de al lado. Bajaba canturreando encima de su pollino cuando la multitud la sorprendió.
Así se enteró de su destino en la calle del Olvido, esa calle que nunca olvida, que baja al mar y por la que vuelan de vez en cuando algunas gaviotas despistadas que lloran más tarde en la pequeña plaza.

Don Inocencio, el párroco, cuyos años son todos más los que ha olvidado, está contento. Su pequeño Guillermo cumplió votos y es quien le sustituirá. Don Inocencio mira con orgullo al chaval que posee la dulzura y la bondad de una madre a la que nunca conoció. De sobra sabe que hará bien su trabajo y, aunque el silencio ya le pesa, duda si seguir callando o hablar de una vez a esa madre que se asoma cada día a ver al padre que sigue en la inopia del fruto de un amor interrumpido.
Una mañana de invierno, hacía veintiocho años, llamaron a su puerta; aún no había amanecido. Salió su ama de llaves y encontró un bulto con un sobre. Al agacharse, vio unas diminutas manitas cerradas, haciendo fuerza por no llorar, por templar el frío. Lo cogió rápidamente y se lo llevo a Don Inocencio que en ese momento tomaba su tazón de leche.
Abrió el sobre que iba dirigido a él y encontró unas escuetas palabras en las que le indicaban que se devolvía a Dios el fruto del pecado. No debía comentarlo a nadie y olvidarse del asunto. Junto a las palabras, un buen fajo de billetes para la manutención de la criatura. Don Inocencio una vez mirado a ver si era niño o niña alquiló un ama de cría para los primeros meses y el niño comenzó a crecer como la espuma y llenar de alegrías y satisfacciones al padre putativo. Le bautizó con el nombre de Guillermo en recuerdo a un hermano que murió en la guerra.
Cada año en las mismas fechas, llamaban a la puerta a la misma hora. Antes de abrir ya sospechaban quién sería. Mejor dicho, quién no sería, pues sólo encontraban el sobre de rigor con dinero y un brevísimo texto dando las gracias y que guardara silencio; año tras año, la misma historia.
Cuando ya Guillermo se ordenó sacerdote, pensó Don Inocencio que el dinero y el mensaje pararían, pero se equivocó. Tres años llevaba Guillermo en el pueblo y el dinero seguía llegando. Con la ayuda de Jacinta habían creado una especie de casa para ayuda del desfavorecido. Jacinta se vio alagada que el joven sacerdote hubiera pensado en ella. Dios era muy listo, pensaba Don Inocencio. El establecer lazos invisibles entre el hijo y la madre, ambos ignorando quiénes eran realmente.

-Jacinta, ¿me acompañas esta tarde a llevar estos alimento a casa de Anselmo?
-Sí, pero no quiero, Padre Guillermo. Les tiene mal acostumbrados. ¿De dónde viene ese orgullo mal entendido? ¿Acaso es malo aceptar la bondad de otros? Que vengan a esta casa, como hacen todos. Además, hoy vendrá Casimira a leerme el último capítulo. La hace ilusión saber que ella misma ya sabe casar letras y, ¿cómo la voy a quitar ese capricho?
-¿Ves Jacinta? ¿Quién mal cría a quién? Estamos hechos del mismo paño.
-¿Don Guillermo sabe que podría tener un hijo de su edad? Se me murió… Si viviera sería bello como su padre.
-¿Eres viuda? Nunca nadie me dijo nada. Casi me he medio criado contigo y no conocí varón a tu lado.
-Es una larga historia, Padre, secreto de confesión.
-¿Quieres que nos vayamos al confesionario y me la cuentas?
-No sea tonto, Padre… Me hace gracia, es usted un cotilla.
-¡Ah! Y ¿tú no lo eres? Escuchas y callas, pero escuchas mucho.
-Jajajaja…
-Buenos días, ¿interrumpo, Padre?
-No, Doña Tomasa. ¿Qué la hace por aquí, tan temprano?
-Vengo en busca de ustedes dos. Mi marido, Manuel, hoy se ha levantado indispuesto y me ha pedido que desea confesión.
-¿Qué le pasa?-la voz de Jacinta es un hilo casi mudo envuelto en angustia.
-Nada de preocupar. Seguro que es un frío de verano, la maldita manía de ponerse entre corrientes para aliviar el calor. Pero le ha dado por pedir confesión y con Don Guillermo. Por cierto Jacinta, su búho está en la ventana de mi dormitorio, no hace más que mirar a mi Manuel.
-¡Ay, Dios mío! Disculpe usted, ahora mismo voy.
-Sí, porque tengo a la servidumbre atemorizada y ya he pescado a uno tirándole piedras.
--Sí, sí, ya me voy. ¡Adiós, buenos días!
Jacinta salió como alma en pena. Subió a casa a buscar el guante de cetrería para rescatar a Duque y montándose en su burro tomo el camino de la ermita que era el más directo para llegar a la casa grande.
Jacinta seguía la costumbre de muchos del pueblo de montar en burro. Ahora ya era casi una especie a extinguir con lo que el ayuntamiento anualmente les daba una pequeña manutención para estos animales.
Cuando llegó a la casa grande, se apeó del pollino y una vez saludado a dos sirvientes que encontró en el jardín, se puso a silbar a Duque. Ella no sabía en dónde estaba la habitación de Tomasa y Manuel, la casa era demasiado grande y caminaba intimidada, sintiendo que algo estaba violando. Al rato, Duque soltó uno de sus sonidos que orientó a Jacinta. Cuando llegó le vio en la poyata de una ventana que permanecía entreabierta. Se quedó parada un instante. Sabía que detrás de aquellos visillos que se movían graciosamente estaba Manuel.
Repitió el nombre de Duque, pero no la hizo caso hasta que una sombra se acercó a la ventana.
-Duque baja, tu ama te ha venido a buscar. Anda, vete.
El búho como si hubiera entendido las palabras, voló a la mano de Jacinta. Ella levantó la vista hacia la ventana y dio un gracias que casi fue un susurro para, a continuación, preguntar a Manuel.
-¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
-Me voy haciendo viejo y quería que me vinieras a ver- terminó la frase con una enorme sonrisa y Jacinta sintió todo el fuego en las mejillas.
-Espera que bajo, Jacinta.
Al cabo de un par de minutos, uno de los ventanales se abrió y apareció Manuel. En su rostro llevaba colgadas unas grandes ojeras y una barba de dos días sin rasurar.
-Te acompañaré un poco el camino si me permites Jacinta. El aire del mar me vendrá bien.
-No creo que sea procedente, puede dar lugar a murmuraciones.
-Ya está bien Jacinta, estoy arto. Toda la vida igual. ¿Cuánto nos queda de vida, Jacinta?
¿Dos, tres, veinte años? Es hora de vivir en paz con nuestras conciencias. Hemos sido buenos cristianos, yo creo que buen padre, esposo e hijo. Ahora quiero algo para mí. ¿Qué hay de malo que baje por el camino contigo y miremos al mar mientras caminamos?
Jacinta calló, era demasiada dicha para perderla en discusiones tontas

viernes 25 de diciembre de 2009

DESCOSIENDO TIEMPOS

Un hombre de unos cincuenta y muchos años, de pelo cano y aspecto cansado se acercó lentamente a mí…
-¿Daniela Vargas?
-Sí, soy yo.
-Su hija ha tenido un paro cardiaco- su voz enmudeció para instantes después reanudar su textura fría e impersonal- lo siento mucho, señora.
No tenía lágrimas, ni siquiera sentía nada. Oí mi corazón latir nada más.
El hombre de bata verde se dio la media vuelta y me dejó sola…, bueno, como siempre había estado. De repente sentí los años estrellarse contra mi cabeza sin siquiera avisarme del derrumbe. Sí, tenía cuarenta y tres años, ¿y qué? Como si aquello fuera a significar algo. Me veía vieja y cansada. Toda yo había fracasado en mis relaciones con los demás, no había sido capaz ni de querer a mi propia hija, ésa que tuve con apenas veintidós años y que siempre me estorbó en mi camino.
Me agaché al sofá a recoger el bolso y el abrigo; estaba lloviendo, hacía frío y quería cerrar los ojos y olvidar. Tres horas antes había recibido una llamada del hospital para comunicarme que mi hija había ingresado con parada cardiaca. Me avisaban a mí porque era el teléfono que ella llevaba en el móvil en caso de emergencia; no me dijeron más. Salí disparada y cuando llegué, pocas explicaciones me dieron, sólo que esperara. Y esperé hasta aquel fatídico desenlace. Un año si saber de mi hija y cuando supe…
-Señora, ¿se va?
-Sí. Sólo quiero rellenar los papeles y me iré a preparar las cosas…
-¿No va a ver a la niña?
-¿Qué niña?- miré a la enfermera desorientada, sin comprender de qué me hablaba.
-A su nieta, señora Vargas- ¿nieta? ¿De qué me hablaba aquella mujer?
-Venga, por aquí, por favor, la podrá ver en la incubadora… Es preciosa.
La seguí como una autómata, había algo que no cuadraba. Lo que me decía era imposible y, sin embargo allí estaba siguiéndola. Llegamos a una habitación con varias urnas de cristal. Era una sala templada, de luz tenue que te transmitía lasitud, el tiempo congelada. La mujer me sonrió indicándome con un dedo una de las urnas. Me acerqué lentamente sin poder parpadear hasta que con un hilo de voz pude garabatear con la voz unas breves palabras.
-El doctor no me dijo nada. Nadie me ha explicado nada…- y enmudecí. Un nudo en la garganta me impedía continuar.
-La recogieron desvanecida. Una sobredosis, señora Vargas. Su hija estaba embarazada de siete meses.
No pude contestar. La enfermera pasó su brazo por mis hombros; el primer gesto humano en horas.
Me llevó con delicadeza al bar del hospital, y me tendió un café humeante que agradecí infinito… Me comenzaba a sentir tan ruin, tan…, que necesitaba del calor de alguien a mi lado, daba igual quién fuera.
Los tres días siguientes fueron una pesadilla. Me había convertido en una mujer hipnotizada por el momento que estaba viviendo, arrastrada por los remordimientos. A mis padres no les di explicaciones, ni a mi hermana, ni siquiera al padre de mi hija. A todos oculté que en el final de mi hija había algo más; hasta pasados cuatro días no volví al hospital.
Después de dormir más de veinticuatro horas seguidas encerrada en mi soledad, en mi vacío, recibí una llamada un tanto extraña convocándome a una entrevista en el mismo hospital. Acudí con desgana, ni siquiera me importaba qué me fuera a comunicar. Sólo deseaba desaparecer. Se me habían descosido los tiempos y necesitaba repararlos huyendo.
La reunión fue un tanto ambigua, pero lo suficientemente directa para entender que me estaban preguntando si querría dejar a la neonata en adopción al no tener padre conocido. No puse reparos para la salida más digna para aquella criatura, y me volví a casa peor aún de lo que había salido.
Era de noche cuando entré en casa a oscuras chocando con algo. Encendí la luz y miré al suelo. Era una pequeña caja de cartón que me entregaron cuatro días antes en el hospital. La cogí y me fui con ella a la cocina. Una vez que me calenté un vaso de leche y encendí un cigarrillo, abrí la caja.
Unas playeras mugrientas, ropa interior descolorida, un pantalón vaquero, un blusón y una chaqueta agujereada; en el fondo de la caja, un bolso.
Lo volqué encima de la mesa. Parecían lágrimas cayendo diseminadas y sin amparo sobre la superficie: un móvil apagado, un peine casi sin púas, un encendedor, un monedero con tres euros y su carné, una agenda y un sobre… Todo eso dejaba resumida la vida de una joven de veintiún años totalmente desconocida para su madre.
Dudé unos instantes antes de decidirme a abrir el sobre o la agenda; me decanté por el sobre.
Una letra temblorosa y escueta decía:
“Por si me pasa algo, mi madre sabrá qué hacer. Daniela Vargas. Calle Cerrajería cuatro. Segundo derecha.
Mamá, perdóname… Si es niña quiero que se llame María, y si es niño, Pablo. Ámala como nosotras no supimos hacer”
Marta
… Sentí como la pena, al fin, brotaba.
Dos meses después dieron de alta a María. Fuimos a recogerla mis padres y Alfonso, mi ex marido.
Cuando nos dejaron solas en casa, un rayo de sol entró por la ventana del salón; supe que era mi hija que me daba una nueva oportunidad.

miércoles 23 de diciembre de 2009

LOS MONÓLOGOS DE EVA

A veces, cuando vago en el olvido y me dejo mecer por la desidia, siempre termino pensando que nací para ser gaviota. Gaviota contemplativa del horizonte, atisbando mareas y huracanes, observando la serenidad de la calma chicha.
Un día, hace muchos años, era yo aún muy niña, me plantificó mi padre en un muro de un puerto pesquero a ver salir a lar mar a los pescadores y sus redes. En la poyata donde estaba, llegó una gaviota que, con elegante ademán, sentí que me daba los buenos días. Del susto, osé no respirar hasta que no pude más y robé al viento todo el aire de que era capaz. Doña Gaviota me miró curiosa; yo también la miré de reojo y noté que su curiosidad iba más allá de los que mis sentidos podían abarcar. Quise imitarla, pero no me dio tiempo; voló tras el sonido del barco sumándose a una estela de gaviotas que surcaban un mar plácido, despertando en un día luminoso. Las oí cantar y cerré los ojos para guardar en mi memoria aquel instante efímero.
Al día siguiente, estando en la playa, la vi llegar. Sabía que era ella, mi instinto me lo decía. Se aposentó, de nuevo, junto a mí. Yo escarbaba la arena, y ella bebía de agua que brotaba. Quise imitarla y acerqué mi nariz a la tierra; fue aquel instante cuando el aroma a salitre se mezcló en mi esencia hasta convertirme en hija del mar.
Esta vez, me dio tiempo a examinarla con detenimiento. Era blanca con vetas levemente agrisadas. Un pico largo y amarillo; el contraste era espectacular. Tan ensimismada estaba con Doña Gaviota que no sentí, al principio, el tintinear de la lluvia ni siquiera arreciar el trueno; ella tampoco… Estábamos imbuidas en un mundo aparte, donde la sensibilidad humana pocas veces entra. Cuando mi padre avisó, ella presenció con absoluta calma mi partida y, a continuación, volvió a mirar al horizonte enfurruñado de gris y noche y, elevando su cabecilla, comenzó un cántico coreado por multitud de gaviotas. Al día siguiente me fui y nunca la volví a ver, pero siento que la llevo dentro, que hubo un milagro que la ciencia no podría explicar aunque se lo propusiera.
Hoy, muchos años después, mi cuerpo de niña me ha abandonado, ahora en mi piel surcan cicatrices blancas, mi pelo se viste de ceniza y por mis dedos emergen letras en amarillo.
Cuando me falta el aire, si puedo, me escapo al mar más cercano a tumbarme boca abajo, a la orilla de la ola, y barnizarme del salitre que me falta, a rociar mi espíritu del mensaje del agua al llegar a puerto que canta a esperanza en un mundo de incomprensión.
Me gusta reflexionar en el silencio del oleaje, mirar al horizonte y preguntarme por qué no entiendo al ser humano, por qué yo soy lo que no quiero ser.
Así estoy hasta que despierto con una trova de gaviotas que lamen mis heridas. Sé que mi cuerpo no posee alas, pero sí mi imaginación. Ella vuela tan alto como mis gaviotas y emigra a los mares del sur cuando el temporal arrecia el alma de Eva que llevo dentro.
A veces, cuando vago en el olvido y me dejo mecer por la desidia, siempre termino pensando que nací para ser gaviota y, como tal, pinto en una cuartilla mis vuelos rasantes con plumas cenizas, alimentando mi sed con los peces lectores que pesco en un mar de letras.
¡Feliz navidad, amigos!

viernes 18 de diciembre de 2009

FÁBRICA DE SUEÑOS

Leí atentamente la noticia:"Papa Noel ya no vive en Groenlandia, ni los Reyes magos en Oriente.Hasta San Nicolás se mudó de domicilio, y la bruja Befana se marchócon su escoba; trasladaron su mundo mágico a un polígono giganteentre Chantou y Dongguan. Tampoco ya hay duendecillos que fabriquen sueños. Éstos han sido sustituidos por niños; ellos son los artistas que crean y visten a Barbie ejecutiva, el último modelo de cocheteledirigido, el videojuego de moda..."
Me quité las gafas de leer, me sentía de pronto muy cansada, vieja, desfasada. Sin embargo apareció Catalina, y me sustrajo de aquella negra sensación. Su carita de ángel soñador me hizo recordar...

"Yo también fui niña una vez, y tuve dos clases de muñecas. El primer grupo era muy numeroso. Cada una de ellas tenía un nombre elegido cuidadosamente según sus cualidades físicas; todas las tardes al llegar a casa, una vez que había merendado y hechos los deberes, jugaba con ellas. Las peinaba hasta que sus cabellos perdían suavidad y brillo, las vestía, las desvestía mientras en sus trajes se esfumaba la elegancia de tanto manoseo. Eran mis mejores amigas, siempre estaban junto a mí. Cuando iba aterrada al médico, ellas me acompañaban en la fría sala de espera. En el primer día de curso las presentaba en sociedad; cuando tenía miedo se metían en mi cama. Nunca me fallaron. Pasaban los años y ellas seguían conmigo. Algunas tras largas batallas estaban mutiladas, ajadas, calvas, pero todas seguían siendo mis princesas. El otro grupo de muñecas era muy reducido, eso sí, su belleza era espectacular, los trajes de ensueño ¡Hasta tenían enaguas!. Sus caritas de porcelana pintadas a mano eran una obra de arte. Los cabellos caían en cascada sobre los hombros, y siempre al mirarlas pensaba lo mismo: ¡Ojalá fuera como ellas de bonita!.

Estas muñecas estaban prohibidas, no se podía jugar con ellas, sólo decoraban las estanterías de mi habitación; eran tan frágiles, que cualquier juego por inofensivo que fuera, las podía romper. No tenían nombre ¿para qué?, no necesitaba llamarlas ya que nunca acudirían.

Ha pasado el tiempo, mucho, el primer grupo, aún recuerdo sus nombres. Esperaron fieles guardadas en un cajón a que yo tuviera descendencia. Hoy, alguna de ellas ameniza los juegos de mi pequeña Catalina. Otras, son enfermas, abiertas en canal por Juan y Pedro,dos cirujanos de once y catorce años.

Respecto a las muñecas sin nombre ¿Dónde estarán? ¿Cómo eran? No recuerdo apenas nada de ellas. Son princesas sin reino. Mis muñecas me recuerdan lo autentico; las cosas frágiles pueden en primer momento deslumbrar, pero fácilmente son olvidadas. Sólo las cosas sencillas que comparten tu vida son las que ayudan en el día adía. Todas ellas, me las trajeron los Reyes Magos, venían de Oriente..."

Una vez divagado por un mar de recuerdos, continué leyendo la noticia:"El pequeño Bo rellena de algodón un peluche con sus diminutos deditos, apenas tiene once años. Vino de una aldea rural del oeste de China para trabajar en la fábrica de sueños. Vive en condiciones pésimas de salubridad; le pagan 50 euros al mes, lo mismo que cuesta la Barbie ejecutiva.

Sus deditos no son tiernos ni suaves como los de nuestros hijos; son manos encallecidas de jornadas de catorce horas diarias, siete días a la semana para inundar occidente de juguetes entre el seis dediciembre, San Nicolás, veinticuatro de diciembre, Papa Noel, y el seis de enero, Reyes Magos y la bruja Befana"

Terminé de leer. Sentía húmedo mi rostro, y asco por el recuerdo amis muñecas.

jueves 10 de diciembre de 2009

HELENA, MUJER DE FUEGO

"Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas"Mariano José de Larra.
Hécuba reposaba en su lecho, el embarazo hizo de ella una mujer débil.
Desde aquel sueño que tuvo en el cual daba a luz a una antorcha que incendiaba Troya, el descanso relajado desapareció.
Aquella premonición tiempo después, fue tomado como mal presagio y su carácter se enturbió pues su amado esposo indicó la muerte del niño nada más que naciera. A los primeros síntomas de parto huyó para salvar al bebé; dejó al recién nacido abandonado en el monte Ida. Unos pastores recogieron a la criatura haciendo de él su hijo adoptivo.
Los años transcurrieron y Paris acudió a unos juegos funerarios en Troya donde Casandra, la profetisa, reconoció al hermano perdido; Príamo, feliz, por encontrar al hijo perdido, le restituyó al lugar que le pertenecía.
Un buen día, Paris fue elegido como arbitro para seleccionar a la diosa más hermosa.
Tres eran las candidatas: Hera, Atenea y Afrodita. Cada una dio a su juez un presente sin embargo, él se decantó por el que le parecía más sugestivo y este era el de Afrodita, que le prometía el amor de la mujer más hermosa de la tierra.Helena, reina de Esparta, ignorante sobre la nube de fuego que se avecindaba, paseaba su hermosura ante los ojos de su esposo Menelao.
Paris llegó a Esparta con la estrategia calculada y sedujo a Helena mientras el cónyuge de ésta se hallaba en Creta para asistir a unos funerales; no sólo se conformó con raptar a la beldad sino además, saqueó a su paso cuantas riquezas pudo y llegando a Troya vivieron años felices haciendo caso omiso a los reclamos troyanos. Meneo desesperado ante su impotencia, solicitó ayuda de los príncipes griegos y así, poder vengar su honor y el de toda Grecia.
Diez años de duras batallas, en las cuales en una de ellas, Paris salió ileso gracias a la ayuda de Afrodita, que le envolvió en una nube, sin embargo murió en manos de una flecha envenenada.
La bella viuda desposó con otro hermano de Paris provocando los celos de Heleno, su cuñado, y éste ante el despecho, revelos a los griegos como tomar Troya. Fue entonces cuando Helena tomó parte activa para la caída y destrucción de la poderosa ciudad que una vez fue conocida como la dueña de Asia.
La tradición cuenta que Meneleo perdonó a su esposa y ésta en gratitud, se convirtió en ejemplo de todas las virtudes domesticas, terminando su recuerdo en que fue divinizada e inmortalizada.
Epílogo:
Clara está cansada, ha sido un día duro; su único pensamiento es llegar a casa. La mesa es un hervidero de papeles emborronados de notas que ya no tienen importancia. Suspira aliviada y feliz mientras apaga la luz cuando el teléfono suena; un gesto hosco no le hace olvidar su profesionalidad.
-Prismus y asosociados¿En qué podemos ayudarle?
-Buenas noches, deseaba abrir una cuenta con ustedes.
-Por supuesto. Permítame que me presente, soy Clara Fernández ¿me facilita su
nombre por favor?
-Elena Garcia Ruiz.
-¿Elena con h o sin ella?
-Señorita, sepa usted, que Elena ha sido y es sin h.
-Disculpe señora Garcia ¿conoce a Helena de Troya?
-Conozco al caballo de Troya, un restaurante magnifico y sé quien es ElenaGarcia ¿me abre la cuenta sí o no?
-Por supuesto, ahora mismo.

martes 1 de diciembre de 2009

SEPTIEMBRE

Para ser una tarde de primeros de septiembre, el viento aullaba dolorido. Las hojas se arremolinaban a mis pies mientras trataba de abrir la verja. Estaba oxidada y me costó que la llave del candado funcionara. Tardé en meter el coche porque me quedé varada en medio de aquel jardín fantasmagórico o al menos a mí me lo parecía. Su abandono hubiera podido ser una insultante belleza en otro momento: la naturaleza en estado salvaje. Sin embargo en ese momento me hizo sentir tan yo misma que aún me hundí más en la tristeza. Aquel paraje gritaba soledad hiriente, oscuridad y vida muerta.
Hice un esfuerzo en levantar la trampa del garaje y bajé mis cosas. Había huellas de que el agua había inundado ese sótano; el barrizal estaba pegado al suelo y las huellas adheridas a las paredes.
Me temblaba la mano según trataba de abrir la puerta. Sin duda era miedo. Siempre había sido una miedosa, incluso ahora al enfrentarme con mis fantasmas, conocidos todos ellos durante años y yo huyendo de ellos como alma que lleva el diablo hasta que me cansé o se me terminaron las fuerzas y determiné dar la cara y cerrar el último capítulo de mi vida.
Al abrir la puerta de la casa se escapó un hedor entre muerte y humedad. Traté de dar la luz pero no funcionaba el interruptor; no me hacía falta, me sabía de memoria el camino. Subí el primer tramo de escaleras palpando la pared y notando bajo mis pies las telas de araña que iba aplastando. Al llegar al rellano abrí la ventana para poder a continuación desempolvar la contraventana. La luz asustó a los habitantes de la casa. Una serie de sonidos me dejaron petrificada, no tuve valor para volverme, sólo miraba hacia afuera como si de un salto pudiera escapar. El maullido de un gato me despertó del terror. Se restregaba contra mi tobillo. Miré hacia abajo y el hacia arriba y a mitad de camino se encontraron nuestras miradas desorientadas. Fueron décimas de segundos pero las suficientes como para entender que él estaba tan tirado como yo. A continuación se dio ha vuelto y subió por el siguiente tramo de escaleras; yo le seguí embrujada. Parecía conocerse cualquier recoveco. Después de un salto desapareció por el ventanuco del baño que estaba frente a la cocina. El cristal estaba roto y una vez que se fue el gato, se coló un pájaro. Revoloteaba asustado dándose contra las paredes. Añadió más angustia a mi estado de ánimo. Corrí a la cocina a abrir la ventana para que el pobre pudiera escapar ya que yo no podía. Cuando al fin estuve sola me dispuse a ir abriendo las ventanas de toda la casa para ahuyentar aquel olor a orín, polvo, humedad, muerte.
Pensé que volver a la casa en esa época sería más fácil. Aún el verano revoloteaba en el horizonte aunque las tardes fueran menguando. Tendría el tiempo suficiente para prepararme antes de que llegara el invierno. El otoño en esa parte del mapa era muy intenso, pero muy breve. Un buen día amanecería y encontraría la nieve en la puerta.
Ahora que estaba allí, me preguntaba por qué deseaba sufrir en vano. Hay ciertos recuerdos que más vale dejarlos enterrados por mucho que pienses que tu capacidad de sufrimiento ya está agotada. No, mientras tu corazón late, aunque esté deshojado aún es capaz de sentir y mientras sientes el sufrimiento corre por tus venas.
Después de tiempo de convivir con la soledad hasta que he llegado a la casa no me he dado cuenta de lo atroz que puede llegar a ser. En cierto modo había olvidado ese dolor seco que produce el reencontrarte con el ayer. Al abrir la puerta de uno de los dormitorios y abrir la contraventanas, la luz tibia de la mañana se reflejo en cada una de las paredes…, incluso sobre la cama reposó un rayo de sol extraviado. Allí con toda su intensidad entre la maraña de polvo y telas de arañas tejidas con primor estaba una camiseta, ahora blanquecina, abandonada de cualquier forma. A su lado un peluche. No sé cuánto tiempo tuve la mirada clavada, tal vez hasta que mis ojos picaron de dolor y las lágrimas se secaron sobre mi rostro. Me agaché a coger el osito y estrecharlo entre mis brazos; fue como volver a tener a mi hijo Rubén entre mis brazos, a oler su piel a canela tierna. A pesar de estar temblando, por dentro sentí el calor perdido desde el día que él se fue para no volver.
Cuando hallé las fuerzas suficientes, arranqué mis pies de aquella estancia y fui a abrir las contraventanas del salón. Fue un alivio sentir el gorgojeo del aire tratando de arrastrar el polvo, la luz trepar por los muebles a pesar de ir descubriendo cómo se quedó el ayer estancado en un instante. En el sillón orejero yacía un periódico cuyas hojas amarillentas bailaban al son del viento, unas gafas de leer en el suelo y un vasito en la mesa tan tupido de tela de arañas que parecía estar conservado en una urna de cristal; el teléfono estaba en el suelo. Todo había quedado sellado como en las páginas de aquel periódico que marcaban cinco de septiembre de mil novecientos noventa y tres; estábamos en el dos mil cinco.
Recogí del garaje la maleta y los víveres y volví a subir las escaleras hacia mi dormitorio. Según pasaba por una de las puertas de una habitación que aún permanecía cerrada, salió de ella un ruido; me paré en seco. Dejé los bultos en el suelo y abrí con celeridad la puerta; había olvidado el miedo.
La habitación estaba rodeada de una atmósfera grisácea, casi transparente, diría que mágica. Entraba la luz alegremente y a pesar de que no haber un hueco libre para más suciedad, se me presentaba bellísima la visión que estaba ante mí. Así era mi hijo Andrés, porque aquella estación había sido de él. Aunque la tristeza agrietó de nuevo mis paredes internas, era un dolor suave, dulce. Nunca podría recordar a aquel chaval que se comía a mordiscos el mundo con tristeza. Para él no había problemas ni fronteras; todo en la vida parecía haberle sonreído.
Me senté en la mesita de su escritorio. Allí yacían un bolígrafo, una radio, libros desordenados y unas hojas bajo aquel bolígrafo. La última palabra escrita estaba sin terminar. Las tomé entre mis manos y las letras se enredaron en mi cabeza. Era una carta de amor. Mi hijo estaba enamorado en aquel momento y yo sin saberlo; ella se llamaba Patricia… Los años de pronto se apelotonaron en mis sienes y volví a gritar al silencio que no existía justicia. Al sonido de mis lamentos volvió a aparecer el gato. Me miraba asustado. De un salto se subió a la cama expectante, sólo cuando dejé de vociferar se tumbó a mi lado y cerró los ojos.
Nacemos para morir, todos lo sabemos, pero hay que vivir un tiempo prudencial, beber la vida y cuando se agote el manantial, tumbarte en la sombra a esperar la muerte en paz. Hasta entonces siempre pensé que Dios era justo y amable y yo por tanto le correspondía con cada uno de mis actos dándole gracias cada día antes de dormirme.
Pero aquel cinco de septiembre se me paró el reloj; Dios me arrancó las entrañas dejándome el corazón latiendo sin sentido. Desde entonces le he odiado y maldecido cada segundo que mi corazón ha seguido latiendo moribundo.
…Era un septiembre hermoso. El calor había dejado paso a días dulces y el jardín volvía en cierto modo a latir pausado dándonos las últimas flores de aquel estío en que todos habíamos gozado del agua, el sol, el descaso estival. La casita que estaba en medio del campo la heredé de mis padres. Ellos la habían construido para cuando llegara la jubilación poderse retirar al campo, cerca de la ciudad, pero con el aliciente del huerto, los árboles y la chimenea que tanto les gustaba; no dio tiempo. La muerte les vino a buscar antes. Por aquel entonces yo me había casado y ya había tenido a mis tres hijos. Decidimos no vender la casa y a partir de primavera trasladarnos a ella cada año. Allí crecieron mis hijos, allí disfrutamos de ellos como de nuestros amigos.
Aquel cinco de septiembre estaba en el jardín recogiendo las huellas de la fiesta de la noche anterior. Manuel, mi marido estaba dentro de la casa leyendo el periódico, Mi hijo Andrés permanecía en su habitación y Rubén había bajado a la ciudad con su hermana laura a despedirse de sus abuelos paternos. Eran gemelos. Al día siguiente volaban a Londres a continuar sus estudios. Tenían veintiún años recién cumplidos el ocho de agosto.
Sonó el teléfono, yo lo oí y la siguiente imagen fue cuatro ojos mirándome desolados. No recuerdo más. Sé que cuando abrí los ojos estaba en un lugar desconocido, rodeada de gente desconocida. En aquel lugar estuve tres meses hasta que fui recordando. Cuando el puzzle de mi memoria puso todas las piezas en su lugar se me comunicó que yo había tenido un accidente según íbamos al hospital donde mis hijos gemelos yacían muertos; se había empotrado contra un camión… y nosotros nos salimos de la carretera, íbamos a gran velocidad.
Trece años vagando como un fantasma sin atreverme a volver a la casa, a aquel día en que el tiempo se congeló.
Cuando he despertado, tenía un frío helado entre mis huesos. Estaba abrazada al osito de peluche y el gato dormitaba a mi lado; era de noche. He bajado a la cocina, recordaba que en la despensa guardábamos velas para cuando se fuera la luz ya que era muy frecuente que eso sucediera en aquel lugar; el gato me ha seguido.
La llama de la vela entonaba las sombras. Éstas bailaban al ritmo que el vientecillo peinaba el polvo que iba de un lado a otro. Me he sentado en la silla de la cocina. Respiraba tranquila y si esa escena que estaba contemplado era para dar miedo, yo insospechadamente no lo sentía. Muy por el contrario, me encontré a mi misma sonriendo. El gato se ha subido encima de la mesa y yo le he acariciado mientras la llama de la vela se intensificaba y me rodeaba de una luz muy bella.
En ese momento he visto aparecer a Paco, a los gemelos y a Andrés. Me tendían sus manos y yo me he refugiado en sus brazos.
El gato y yo, por fin, hemos dejado de estar solos para siempre.

lunes 23 de noviembre de 2009

COMO GRANOS DE ARROZ EN LA TORMENTA

Llamó y me lo contó casi en un susurro; me dijo que no podía redondear su vida desde que él faltaba. A pesar de la ternura con que el tiempo trata a las pérdidas y hace más pausado el asimilar el dolor, no lo superaba.
Él era un corazón forjado en la bondad, alegre y vital… Ahora, las sombras espesas que la abrazan son tan frías como el hielo en noches de invierno. La angustia comprime los surcos de su frente, la comisura de sus labios y su pelo ya no es el trigal de antaño sino la nieve difuminada en su cráneo.
Calló unos instantes, el silencio también sabe hablar de dolor, su lenguaje va más allá de las palabras. No la veía, pero me imaginaba su rictus perdido y preguntando lo que los años no han sabido responder.
Recuperó la voz para narrarme que sus duelos son como los granos de arroz en la tormenta: jamás se ablandan y hacen daño al estrellarse contra el corazón..., contra la razón. Se han convertido en el peso basculante entre la realidad y el deseo, entre la nostalgia y la memoria.
Sigue guardando en cada rincón, en cada pliegue del aire que respira, un trozo de él que pinza su existencia.
A veces, siente que sigue vivo, que entrará por cualquier ventana aquella sonrisa con que iluminaba su vida… También, a veces, le presiente en la afonía de las paredes mullidas por lágrimas secas. Su imagen se difumina y agarra la foto para pensar su cuerpo más alto, crecidas sus manos con el rigor de la madurez… ¿Cómo sería él ahora? Se pregunta.
Para ella, no hay fecha ni caducidad en su amor, éste será eterno. Da igual que los años se marchiten en un calendario; sólo pide saber qué pasó con él. Un día salió y la puerta no se volvió a abrir. Ella, sigue esperando..., esperando saber qué pasó aquel día en que su hijo desapareció.

martes 17 de noviembre de 2009

DE ALMA Y CARNE

No creo en las casualidades, ni siquiera en el destino. Sin embargo, he de reconocer que nuestra historia la escribimos nosotros con dosis de algo que está fuera de nuestro control. De nada sirve arrepentirse, lo hecho, hecho está y afrontas tus consecuencias como los estigmas que marcan tu presente y tu futuro, si es que éste lo tienes.
Aquel viernes salí de marcha con rabia, ganas de olvidar líos de trabajo, de familia y me enrollé con un tío que olía bien. Para eso, siempre, he sido muy mirada, el sexo me moló desde el instituto, pero mi olfato era el que determinaba con quién debía irme y, el chico de aquella noche de viernes, su perfume, además de jabón, era a colonia cara. Fuimos dos locos huyendo. Tal era nuestra urgencia que no nos preguntamos los nombres. No recuerdo su cara, ni me llevó a casa. Todo sucedió una y otra vez en el aparcamiento. Después, salí temblorosa, mareada y satisfecha. Me pasé el domingo en cama y el lunes volví a mi normalidad.
Dos meses después, comencé a encontrarme mal: cansada, con vómitos y sin ganas de comer; pensé que era la carga de trabajo, los viajes y el estrés de fin de año. Dos semanas antes de nochebuena me encontraba fatal y bajé al ambulatorio que estaba al lado de la oficina. Me miraron, me hicieron todo tipo de preguntas que me enfurecieron sobre mi vida íntima y, finalmente, me recomendaron unos análisis.
Recuerdo aquel nueve de diciembre como una pesadilla; no había diagnóstico, sólo una afirmación: estaba embarazada.
Me moví como los conejos atrapados, recabé toda la información posible y pedí un par de días libres en el trabajo. Todo lo que hacía era meditado, calculado, pero en mi interior me pedía a gritos sosiego pero, ¿qué iba a pensar? No había nada que pensar.
Eso me iba diciendo cuando me monté en un taxi camino de aquella clínica. El viaje se me hizo eterno. Me bajé asustada, hueca, vacía; jamás había tenido semejante sensación.
Al entrar percibí un a atmósfera fría, totalmente despersonalizada y una mujer, que no me miro a la cara, me preguntó a qué hora tenía la cita. Contesté con un hilo de voz y me tendió un papel para que lo rellenara. Me dio por pensar según iba rellenando las casillas que mi vida estaba en ese papel, incluso la de mi hijo. Aquella afirmación al hablarme a mí misma de un hijo al que en ese tiempo había ignorado y que, en unos instantes, le iba a negar el derecho a la vida, me hizo tiritar. Efectivamente, el cuerpo era mío pero la vida que crecía dentro de mí, ¿también? Volví a tiritar.
Entregué el papel y me pasaron a una salita. Allí estaban otras dos mujeres que ni siquiera levantaron la vista. La tenían apostillada en aquella moqueta azul cobalto escondiéndose de ellas mismas, lo sé.
Un silencio hierático traspasaba mis tímpanos y mis manos comenzaron a sudar al abrirse la puerta para que pasara una de las mujeres. Fue definitivo: el corazón galopaba desbocado hacía algún lugar y yo necesitaba aire en mis pulmones. Salí corriendo entre sollozos y lágrimas indescriptibles.
Han pasado cinco meses y siento a mi hijo como patalea cuando corro por los pasillos. Vive, vive por mi cobardía porque tuve miedo al holocausto al que le conducía sin medir que dentro de mí crecía un alma y una carne. Algún resorte moral se despertó dentro de mí…, puede que fuera eso, no sé.
No soy feliz porque, en cierto modo, me he fastidiado la vida, me he complicado la existencia, pero duermo tranquila, en paz, no me siento asesina de nadie y he llegado al convencimiento que no soy quién para negar la vida a nadie, ni siquiera a un hijo que no deseo.
Nuestra vida la escribimos nosotros, no es fruto de ninguna casualidad.

miércoles 11 de noviembre de 2009

EN BUSCA DEL SUEÑO PERDIDO

• ¿De que sirven los sueños si casi nunca se cumplen abuelo?- La cara de Guillermo era todo un drama de Chéjov mirando a su abuelo y esperando una inminente respuesta. Sabía que él siempre tenía respuestas para todo, sabía casi todo y… el todo estaba en la cabeza de abuelo.
• Guille hijo mío, las cosas no son como nosotros queremos a veces, pero podemos intentar su conquista ¿Qué te parece?- El niño se atusa la cabeza con los dedos llenos de mugre. Ha estado escarbando en el jardín; su caja de canicas no aparece.

• Abuelo entendámonos. Dices que la gente no hace más que filosofar y es basura lo que dice, y ahora tú me vendes una moto sin ruedas. No es justo-Guille se queda callado, se siente impotente, frustrado por no saber ni el mismo su inquietud.- Abu… ¿Cómo supiste que tus sueños eran una fantasía y que nunca se cumplirían?

• Cuando me presenté delante del Teatro Calderón con un ramo de rosas para invitar a Celia Gámez a cenar. Como yo, había trescientos hombres esperando con las mismas intenciones. Yo muy buen mozo, aunque mi aspecto de pueblerino no me había dado tiempo a sacudírmelo; mi carrera de medicina recién terminada, cuatro perras en el bolsillo, y algo muy importante que me decía mi madre “Hijo tienes carisma” Muy bien no sabía lo que significaba aquello, pero yo me hice mi composición mental y pensé que aquel vocablo extraño que mi madre oyó en una película de Valentino era suficiente para que Celia Gámez no me rechazara… Y ya ves Guille, no pude ni acercarme. Sin embargo, según me iba, vi a una chica parada contemplando fascinada la salida de la gente del teatro; me cayó simpática y le regalé las rosas. Por cierto, me las tiró a la cara y dos años después me casé con ella. Quise que Celia Gámez fuera la madrina, al fin y al cabo, ella en cierto modo era un poco cómplice ¿No crees? Pues bien, tu abuela que es muy suya, no sólo se rió de mí sino que anuló nuestro compromiso; tuve que comerme mi orgullo y mi admiración por Celia, y prometer a Nuria que jamás volvería a mencionar a esa mujer.

• Y… y ¿Te quedaste tan pancho abuelo? Ya lo dice la abuela que eres un calzonazos.- Guillermo pone todo su máximo esfuerzo en que su cara sea de asco absoluto, de rechazo a la actitud de su abuelo, como cuando su madre le pone el plato de lentejas con acelgas, comida que odia con todas sus ganas… aunque, pensándolo bien, quizá ese sea su sueño no desvelado “No comer más ese asqueroso alimento”

• No renuncié Guille.- De pronto el abuelo baja el tono de voz y se pone muy misterioso.- Cuando quieras, bueno, cuando se vaya la abuela a la compra, si quieres subimos al desván y te enseño…

• ¡Abuuuuu eres la leche!- El entusiasmo, la esperanza, han vuelto a renacer en el corazón infantil.- Por cierto abuelo ¿Tú crees que con mi edad ya tengo cataclismo como decía tu madre?

• Carisma Guille… eres joven aún y muy tozudo, pero si te trabajas el carácter quizá un día…En las paredes del despacho de Guillermo Salazar no cabe ya ni un alfiler; todos son diplomas honoríficos, de cursos, especializaciones; sólo una nota disonante rompe la monotonía del paisaje: justo en el centro de la estancia, en la pared que está tras la mesa, hay dos fotos colgadas. Una es de un hombre de bigote cuidado y pelo ondulado, bien engominado; la otra fotografía, es de una mujer muy bella, de la misma época que la del hombre. Anabel Plaza no hace más que reír contemplando ese pequeño gran detalle, es más, piensa que es la última esperanza que tiene para lograr llevar a su abuelo a la consulta; decirle que el doctor Salazar tiene colgada en la pared una sorpresa para él.Guillermo entra en su despacho mirando unas radiografías; un carraspeo le saca de su concentración; busca el ruido distraído y se encuentra que hay una chica sentada. Es bonita piensa, se parece a Michelle Pfeiffer en sus ojos, en su sonrisa, en su sencillez… Agita fuertemente la cabeza; ya está como siempre, comparando a todas las mujeres con su actriz favorita.

• Soy el doctor Salazar ¿Qué desea?

• Guille, hoy es tu último día de trabajo ¿Dónde vas de vacaciones?

• Estoy tan cansado, que lo único que deseo es tirarme en una tumbona bajo el sol.

• Llévate la foto de Celia Gámez que tienes colgada… te inspirará Jajajajajajaja.- Guillermo se vuelve hacia la pared y musita:

• No es mala idea. Quizá trate de recuperar algo de un pasado que se perdió.
Guillermo conduce por la autopista; le gusta esta época del año cuando todos han vuelto de sus vacaciones, el se va. Ha parado a repostar gasolina y mientras espera, contempla la forma en que vuelan los pájaros; su vuelo le induce a pensar que el otoño está cerca. Como una nube sin lluvia se alejan todos juntos, grises y silenciosos; el canto mudo del aleteo de sus alas es uno de los sonidos que más estremece a Guillermo en su estación favorita.
Hace tiempo que recibió su herencia pero no quiso ni pensar en ella, le hacía daño. Sin embargo las palabras de la joven que acudió a su consulta revolotearon con tal insistencia en su cabeza, que hicieron débiles su temores y fuertes sus añoranzas “Doctor tiene gracia. Mi abuelo siempre deseó conocer a Celia Gámez pero siempre termina diciéndome que los sueños son espinas clavadas en el corazón, deseos que nunca llegamos a cumplir…
”Aquella mañana de final de verano, cuando Guille subía los peldaños con su abuelo camino del desván, éste de pronto se sintió indispuesto y cayó escaleras abajo. El niño contempló la escena petrificado; salió a la calle en busca de ayuda pero el miedo le impidió vocalizar una sola palabra. No volvió jamás a la casa de los abuelos.Los años transcurrieron, la vivienda no sabía por qué extraña razón no se vendía; allí nadie vivía, estaba abandonada y su abuela se había ido a vivir con ellos. Cuando ésta falleció, se enteró que ya en el testamento de su abuelo, dejaba como único heredero de la casa a su nieto Guillermo, con la única condición de que fuera a ella sólo y exclusivamente cuando sintiera el deseo. Confiaba en la honestidad y el carácter de su nieto, que así lo haría.
Ahora Guillermo se preguntaba cómo podía saber su abuelo en aquel entonces el carácter que tendría su nieto cuando fuera mayor; no había duda de que su abuelo entre los muchos dones que poseía, también estaba el de adivino; no se equivocó.Los seiscientos cincuenta kilómetros de distancia, los recorrió casi en un suspiro, llegando a la caída del sol: Las hojas de los árboles habían comenzado ya a descender, extendiéndose por el césped como una bonita alfombra dorada. El murmullo del oleaje al chocar en el acantilado le dio la bienvenida; sintió como si retrocediera en años, como si abriera la puerta que cerró precipitadamente una vez. Aspiró el aroma del salitre tanto como pudo y se apoyó en árbol donde transcurrieron muchas horas de su infancia. Sin darse cuenta de lo que hacía, se agachó, y se puso a escarbar en la tierra; no pasó mucho rato hasta que sus manos pararon y todo su cuerpo quedara colapsado de la emoción: delante de sus ojos había una caja de latón oxidada, pero que no se habían borrado del todo los dibujos y el nombre de Galletas Fontaneda. Tomó con sumo cuidado el objeto. El pelo enmarañado, revuelto por la huella dactilar del viento, caía por la frente, sensación que aún le acercaba más al día que escondió su tesoro. Abrió la tapa y allí estaban sus canicas, justo treinta y tres; las contó una a una y se dio cuenta que aquello bien podía ser premonitorio; era la edad que Guillermo tenía en ese momento.

Despertó con el silbido del aire y un olor a brasas; la noche anterior al entrar en la casa no pudo dar un paso más allá de la cocina, uno de los lugares favoritos en su niñez y se sorprendió al hallarla tal como era en aquel entonces: la mesa de madera donde directamente cortaba la abuela los ajos dejando marcada la huella del cuchillo, la alacena repleta de vasos, platos y bandejas en perfecto orden de tamaño, con sus baldas cubiertas de tela y rematadas con encaje; el fogón donde se cocinaba y Guille se calentaba las manos en inverno. El punto central de la estancia era una mecedora; unas veces era la abuela quien se sentaba a repasar los calcetines, y hacer ganchillo; otras, era el abuelo quien al calor de la lumbre, se sentaba a fumarse la pipa mientras observaba el trajinar de su esposa o… contaba historias a su nieto.La escena era tal real que Guillermo tenía la sensación de que estuviera sucediendo en ese preciso instante; no hacía más que sonreír por los recuerdos tan gratos que se agolpaban en su cabeza. Él también se sentó en ella y meciéndose, el sueño le sobrevino.Después de tomarse un café con leche con unas rebanadas de pan que le habían sobrado de las provisiones que trajo, se dispuso al fin a pasearse por las otras habitaciones de la casa.
Fue abriendo las contraventanas para que pudiera pasar la luz; ni siquiera había polvo suspendido en el aire, como si las sábanas blancas que cubrían los muebles hubieran absorbido cualquier suciedad; olía a cera y aún, a limón, olores que ahora él comprendía como en su casa siempre los ambientadores que elegía eran de esas características. Le hacía gracia como los recovecos de la mente humana guardan espejismos que un día desvelan las causas del por qué está allí.

Pasaron tres días; Guillermo era feliz rodeado de su pasado; no echaba en absoluto de menos compañía alguna; la soledad como única compañera, le inspiraba en paseos, lecturas, limpiar el jardín de hojas… Durmió a pierna suelta en su cama, tal como lo hacía de pequeño, tapado hasta las orejas, cosa que no había vuelto a hacer desde entonces.

Al amanecer del cuarto día, un ruido en el techo le despertó; provenía sin duda del desván, estancia que no había visitado todavía; el ruido se volvió a repetir y Guillermo decidió ir a ver qué era lo que estaba pasando; subió lentamente los peldaños, la luz del descansillo aún funcionaba de manera intermitente; con un suave golpe, se quedó estable, como lo hacía su abuela. Abrió la puerta y la oscuridad era tal que no se veía nada; encendió la linterna que había subido por si la luz fallaba y buscó en la pared cercana el interruptor; el desván se iluminó.Se apoyó en el quicio de la puerta para digerir la maraña de trastos y cómo no, ordenados de la mano de su limpia, pulcra y maniática abuela. Todos los objetos inservibles podían tener utilidad por lo que jamás iban a la basura; eran depositados en aquel cajón de sastre en espera de que alguien necesitara una parte, una pieza o… cualquier cosas de ellos.

El ruido provenía de la diminuta ventana y de un pájaro que se había quedado atrapada una de sus alas. Se acercó a rescatar al pobre bicho y éste en vez de irse, entró, posándose en un rincón tranquilamente. Se acercó a él lentamente, no quería asustarlo y cuando estuvo próximo, se dio cuenta de que se había posado encima de una caja; el animal voló hacia otro rincón, y Guillermo pudo coger la caja de cartón que no pesaba mucho; ya con ella en las manos buscó donde sentarse y aunque había un par de sillas, vio que estaban totalmente cojas, así que se dejó caer directamente al suelo.Lo primero que observó del contenido fueron las gafas del abuelo, un bloc de dibujo de Guille, un sobre con fotografías y un cuaderno; una vez echo el recuento, decidió analizar detenidamente aquellos objetos.Se puso las gafas y el mundo fue borroso, pero no se las quitó; cogió el sobre y sacó las fotos. Se preguntaba quién serían aquellas figuras difuminadas, hasta que sacó una grande, tan conocida para él, que aunque fuera desdibujada la imagen por las dioptrías de los cristales, de sobra sabía quien era. Delante de él y en exclusiva para Guillermo Salazar estaba la única e irrepetible Celia Gámez, la misma foto que él tenía en el despacho, pero con una diferencia; estaba dedicada.

Se quitó las gafas para leer con claridad “A mi fiel y tierno Gerardo… Celia” Guillermo abrió los ojos tanto como pudo ¿Cómo es que el abuelo tenía una foto dedicada? Eso de fiel y tierno ¿A qué se refería? ¿Sería lo que su abuelo le iba a contar el día que murió? ¡Joder abuelo, qué putada me hiciste con morirte! Musitó Guillermo; ahora siempre le quedaría la duda de qué hubo entre ellos ¿A quién se lo iba a preguntar si los dos protagonistas del misterio estaban criando malvas desde hacía mucho tiempo?¡Abueloooooooooo! Chilló Guille; del susto, el pájaro revoloteó, posándose esta vez en la misma cabeza de Guillermo.¿Qué pajarraco, vienes a explicarme si al calzonazos de mi abuelo se le cumplieron sus sueños? El pájaro se movió y se puso encima del sobre: ¿Tú, enano qué pretendes? ¿Qué me vuelva más loco? Sin terminar el diálogo que mantenía con aquel extraño animal cogió el sobre y sacó más fotografías; los abuelos en Palma de Mallorca, el abuelo recogiendo un diploma en manos del General Franco ¡Ostras abuelo! ¿Pero no me dijiste que nunca te fiaste de este tío? ¿Qué haces ahí estrechándole la mano y para colmo sonriéndole?Una foto de mamá cuando era pequeña, la abuela en el huerto ¡Menudos tomates sacaba! Yo, unas navidades con la pelota que me regaló un amigo de papá… ¡Coño el abuelo y la Celia juntos! ¿Pusiste los cuernos a mi abuela truhán?Guillermo alucinaba en colores con sus descubrimientos; unas veces se enfadaba con su abuelo, otras, le felicitaba por haber tenido un par de narices al luchar aunque fuera por un sueño absurdo, pero que sin duda, había significado mucho en su vida.

No se dio cuenta hasta mucho tiempo después, de que no había abierto el pequeño cuaderno; fue el pájaro de nuevo quien le indicó el camino.La letra allí escrita era sin duda la de su abuelo; una caligrafía perfecta, dibujada con tinta negra. Casi todas las hojas estaban ocupadas “Y yo abuelo que siempre he pensado que lo de escribir en un diario era una mariconada de las mujeres… y ahora me sale tú con estas”

27 de septiembre: Guillermo ha cogido la muñeca que Nuria guardaba con tanto celo de nuestra querida hija, y le ha abierto en canal, sin duda será un cirujano excelente pues le ha hecho un corte limpio.

Efectivamente abuelo, soy cirujano cardiovascular, recuerda que tú me metiste en la cabeza la profesión; tanto contarme cuentos de autopsias, mira las consecuencias.

2 de abril: Estuve con ella. Le encontré más enferma que unas semanas antes; el mal avanza rápidamente. Sin embargo, sus piernas a pesar de que empiezan a aparecer llagas, siguen siendo preciosas ¡Ay Celia mía! Qué pena que te haya conocido en estas circunstancias, pero al menos me consuela que mi humilde persona te sirviera aunque fuera de médico. ¡Recuerdo tantas veces el día que nos conocimos! Llegaste a mi consulta bajo un nombre falso, no querías levantar sospechas en la prensa; elevé la vista y se me quedó clavada en aquel cuerpo tan familiar; de pronto, apareció como en un sueño tu rostro… ¿Quién osó decir que los sueños, sueños son?

Desde entonces, he visto amanecer en tu piel los surcos del mal, que se han convertido en el camino de mi arado para calmar tu dolor, y así será hasta el fin.

Abuelo ¿Me quieres decir que gracias a la medicina cumpliste tu sueño? En confianza abuelo, y sin que salga de entre nosotros ¿Tú crees que me debo ir a USA, ejercer allí de medico para conocer a Michelle Pfeiffer? Te entiendo, me podía haber buscado una mujer española, pero abuelo, estos son otros tiempos, y hay invasión de americanos para todo. ¿Qué opinas? Espera un segundo abuelo que está sonando el móvil, ahora vengo…

• ¿Sí? Salazar al aparato.

• Doctor Salazar, buenos días soy Anabel Plaza ¿Me recuerda? Le llamo porque mi abuelo ha accedido a ir a su consulta.

• Sí la recuerdo perfectamente; me alegro mucho. Volveré a Madrid en una semana aproximadamente ¿Le llamo previamente y cenamos juntos? Podremos hablar tranquilamente de su abuelo ¿Le parece?

¡Abueloooooooooooooooo! Siéntate que te cuento: No es La Pfeiffer precisamente, pero se parece mucho, y su abuelo era un forofo de la Gámez. Le he invitado a cenar con la excusa de que su abuelo padece del corazón ¿Qué opinas de la estrategia para ligar con mi Celia particular calzonazos?

Creo abuelo, que éste bien puede ser el sueño de tu nieto…

miércoles 4 de noviembre de 2009

UNA HISTORIA SENCILLA

Miguel me atusa dulcemente la mano. Parece mentira con lo hoscas y atribuladas que eran sus manos, con el tiempo han logrado refinamiento, dominio sobre su fuerza bruta.
Levanto la cara, me está mirando. Me mira con esos ojos de cachorro perdido y lastimero; con lo cenizo que es, seguro que me está llorando antes de irme…, le conozco tan bien que… Sobre sus ojos se ha posado la niebla de los años aunque no han perdido la ternura a pesar de esas arrebolados de arrugas que acarician su años.
Le miro sintiendo la gratitud que se me escapa sin querer, con ese amor que da el roce, el tiempo…, y busco entre las telarañas de la memoria aquel joven que conocí con apenas veinte años.
Miguel era guapo, muy guapo. Extrovertido, parlanchín, culto y divertido. Como se decía en aquellos tiempos, hubo flechazo en el mismo instante en que nuestras voces se rozaron en el aire. Yo era camarera, y él un señorito bien de una ciudad de provincias. Yo, trabajaba para sacarme unos estudios con el enfado de mi padre que deseaba que me quedara en el pueblo y desposara con alguien que acrecentara las tierras familiares; para mi tiempo era una muchacha díscola e independiente en mi fuero interno.
Miguel era ya un apuesto abogado, además de tener novia reconocida, y de su misma clase, pero hubo algo que condujo a sus sentimientos por caminos muy distintos a los de Casida, su chica como dicen ahora.
Al principio, él se debatió entre lo correcto que era Casilda y la pueblerina que era yo, sin haberes y, como único aval, mi belleza. Sí, hasta yo debía reconocer cuando veía fotos mías de aquella época que era muy hermosa. De esas bellezas limpias, sanas, sin necesidad de acudir a afeites que engalanaran mi tarjeta de presentación. Tampoco tenía falsas pretensiones y mis pies estaban demasiado clavados a la tierra para permitirme ciertos sueños. La discreción y la prudencia, mi carácter tranquilo me ayudaron a escalar los montículos sociales que nos separaban. Bueno, fue una ficción porque el tiempo demostró que no trepé ni las paredes de mi casa.
Nos enamoramos poco a poco, sin prisa, pero sin pausas. La declaración oficial de sus sentimientos a sus padres fue toda una tormenta que no acalló ni tiempo después de estar sus padres en la tumba. A él le perdonaron, pero no a mí que había truncado los planes de futuro para su hijo. Era una sociedad hipócrita, consintiendo, tapando cualquier desmán moral; todos estaban corrompidos, hasta Don Severino, el guía espiritual de mi suegra. Gracias a su ejemplo, dejé de pisar la iglesia. Ellos taparon los escarceos de faldas de Miguel. Claro, mi culpa fue callar, asentir, y hacer que nada veía. Le amaba demasiado hasta que dejé de quererle. Todo tiene un límite, hasta los sentimientos.
¿Por qué no me fui? Mis hijos, mis hijos me ataron a la pata de la cama de su padre. No, nunca tuve miedo de perder, Dios lo sabe bien. Sabía que no tenía nada, odiaba esa sociedad mentirosa, ellos tampoco me querían. No me fui porque el amor a mis hijos era lo que de verdad era real, limpio y puro en mi vida mientras su padre iba de triunfo en triunfo. Pero como todo en este mundo, los caminos se agotan, y has de volver a caminar, esta vez de regreso, cuesta abajo. Y allí estaba Matilde, yo, para recoger los escombros.
Los años pasaron, la vejez llegó, y Miguel se acopló a mi brazo hasta hoy.
No quiere escuchar a los médicos ¡Pobre!, tiene terror a la soledad, al eco de las paredes de su alma. Por él estoy aguantando, me da lástima. Guardo las pocas fuerzas que me quedan para cuando Miguel se acerca silencioso, se sienta, me agarra la mano y me mira con esos ojos de perrillo maltratado, abandonado.
El ser una octogenaria me ha hecho perdonar, olvidar mis duelos…, he dejado de sufrir por mi pasado, aunque no olvido que Miguel está aquí, ahora, porque su vejez le ha prohibido todos los placeres de la juventud.

… Me vuelve a acariciar la mano, se la acerca a la boca y me la besa suavemente; es lo último que he sentido antes de cerrar los ojos…

jueves 29 de octubre de 2009

PUNTITO CHIQUITO

El tren frenó estrepitosamente. Los cuerpos de los viajeros avanzaron más allá de sus asientos y los enseres rodaron por los coches sin amo ni rumbo. Algunos que iban durmiendo, se despertaron y se pusieron a chillar en defensa propia, por si acaso.
-Mi arma, cállese o terminará asustando al tren- ésta es la voz de Paquito que también iba durmiendo placidamente cuando el frenazo le arrancó de los escenarios. Soñaba que el teatrillo estaba lleno y la gente en pie no paraba de aplaudir. Su espectáculo se llamaba Triana… Pero la realidad es más cruda, irreversible, diría Paquito...
Se estira en el asiento como puede ya que la mujer que sigue gritando es tan gorda como las vacas de su tío Rufo y apenas le deja hueco; no hay problema, Paquito es la mínima expresión de ser humano que te puedes echar a la cara. Según su padre, a la madre que le parió se le acabaron las fuerzas después de nueve embarazos y, cuando se quedó preñada de Paquito, no había más materia, así que la criatura que llegó al mundo era diminuta. Con el tiempo, el muchacho aprendió a tener las espaldas anchas y echarse en ellas todas las risotadas que provocaba su persona. Sin embargo, se le reconocieron rápidamente tres cualidades: era fuerte, alegre y su voz como la de un ruiseñor.
Desde chico corrió por sus venas el flamenquito y, cuando las monedas se acababan en su casa, no dudaba en irse a la taberna, subirse a una silla y cantar. Al terminar, se bajaba de la silla, la colocaba en su sitio y, estrujando su gorrilla, pedía una limosna.
Nunca nadie, hasta ese momento, se había preocupado, ni siquiera su madre, de saber qué dotes tenía aquella criatura diminuta de ojos cristalinos y alma al viento, pero un día en la taberna, un hombre que siempre se sentaba en el rincón derecho junto a la ventana, posó los ojos en el niño. Era un hombre extraño con la mirada perdida y, en sus manos, invariablemente una copa de anís y una pluma.
Paquito pasó con su gorrilla junto a la mesa de aquel hombre y vio el papel que había encima de la mesa lleno de dibujos incomprensibles para él y osó preguntar:
-¿Qué es eso?-como el hombre no contestó, Paquito insistió- ¿Qué hace usted, señor?- entonces el hombre bajó el rostro en dirección del niño y le sonrió. Paquito recuerda que fue la primera sonrisa con cariño que le dedicó un ser humano; la guarda en su corazón como el mejor tesoro.
-Escribo poesía, chaval.
-Dígame una poca, señor. Yo, después la cantaré- y el hombre le leyó y Paquito con aquel desconocido aprendió a soñar.
Desde aquel día, todos los días se escapaba un rato e iba a buscar al poeta. Éste se apiadó del chiquillo y comenzó a enseñarle a escribir. Su alumno puso tal énfasis en las enseñanzas que en apenas dos meses el chico comenzó a trazar sus primeros garabatos. Pero el padre del muchacho, un hombre violento, descubrió lo que su hijo se traía entre manos, y una tarde se acercó a la taberna propinando al poeta tal paliza que le rompió uno de las manos y la mandíbula. El padre pasó un par de semanas en el calabozo, y el poeta no volvió a escribir; le había destrozado la mano derecha. El poeta comenzó a beber, beber tanto que un día Paquito lo encontró tirado en el camino.
-Maestro, maestro despierte. Venga, le llevaré debajo de aquel árbol y robaré una poca leche para usted… Maestro despierte.
-Paquito déjame, quiero morir.
-¿Y qué voy a hacer solo? No puede morir aún, no ha terminado de enseñarme a escribir.
-Paquito…-el maestro en ese momento tosió sangre manchando a Paquito con puntitos rojos la camiseta andrajosa que llevaba puesta. El maestro al darse cuenta, se echó a reír- Paquito mira esos puntitos chiquitos que te he regalado, son como tú- hizo una pausa para luego reanudar su voz con enorme esfuerzo- Paquito camina, camina y coge un tren. Vete de aquí…
-Maestro me iré con usted. Venga levante.
Pero el maestro de Paquito no volvió a levantarse. Le enterraron en una fosa del cementerio junto a la tapia donde cada día se colaba un hermoso rayo de sol, y allí iba todas las tardes el chiquillo con papel y un lápiz que robó al tabernero para escribir mientras su maestro descansaba eternamente.

Pasaron cinco años antes de que Paquito se subiera a un tren como le pidió el poeta y, cuando lo hizo, sintió que sus pulmones se llenaban de aire. Había soñado tanto en viajar en tren, un sueño de ida y vuelta meciendo la magia de las letras que crearía sobre un raíl, sobre el humo de una locomotora, que sólo pensarlo tiritaba de emoción.
Con él llevaba un atillo con sus escasísimas pertenencias que se resumían en los poemas de su maestro, papel, lápiz y la camiseta ensangrentada de aquel día; no más.
Contaba diecisiete años. Su madre acababa de morir, de lo cual Paquito se alegraba. No es que la deseara ningún mal porque jamás hubiera reparado en su hijo pequeño, pero éste la respetaba a pesar de todo y sentía que su madre era una eterna desgraciada, así que era bueno que dejara de sufrir. Él la defendió de las palizas del padre y, cuando ella voló al cielo, Paquito estuvo seguro que su madre se hallaría en alguna de las estrellas que tanto brillaban en las noches de verano… Y el chiquillo se metió de polizón en un vagón de ganado que iba camino de Cádiz. Allí, precisamente, con el traqueteo y el aroma a carbón escribió su primera coplilla o lo que entendía él que debería ser una copla “Entre paja y vacas, mi alma desplegó las alas para convertirse en el tren de los sueños…”

La primera vez que Paquito vio el mar lloró, una emoción honda corrió por sus adentros. Pasó cuatro días en la playa contemplando la inmensidad plata que se extendía ante él. Por las noches dormía con el rumor de las olas y despertaba con el canto de la gaviota. Cuando le rugieron las tripas, levantó el campamento y fue en busca de algo que comer. Pero no lo buscó en cualquier sitio. A él lo que le tiraban eran las tascas, las tabernas. Iba recorriendo calles, se asomaba como un perrillo sin amo y proseguía camino. Hasta que encontró una que se llamaba “El Aguilucho”; entró. Pidió una tosta de pan con aceite y un vaso de agua. Se apoyó en la barra a contemplar el ambiente y, después de un buen rato, llegó a la conclusión de que aquel lugar tenía magia.
-Señor, ¿necesita ayuda? Puedo fregar, barrer, cantar a cambio de un poco de comida- Paquito no perdía nada por preguntar aunque estaba seguro de la contestación y, a continuación, le echarían a patadas. Pero se equivocó.
-¿Comes mucho?
-Menos que un pajarillo, Señor.
-Vete al fondo, coge el delantal que está colgado y ponte a barrer la entrada.
Y así comenzó una de las épocas más bonitas de su vida. Trabajaba mucho y duro, pero era feliz. Por las noches la tasca se llenaba de gente. A la semana de estar barriendo y fregando, Paquito se atrevió a preguntar a Pascualón, el dueño, si le dejaba cantar.
-Súbete a la silla porque si no, nadie te verá- y Paquito se subió a la silla y comenzó a cantar su flamenquito que salía del alma, de aquel ser diminuto que no llegaba en estatura al uno cincuenta.
Una noche, sirviendo unos vasos de vino en una mesa, un hombre le preguntó entre carcajadas cuál era su nombre artístico, y él muy serio se quedó callado unos segundos y después contestó “Puntito Chiquito, señor”
Su tiempo en el Aguilucho duró tres años, treinta y seis meses de vida cómoda y en paz para Paquito. Cada noche se subía al escenario improvisado y cantaba las letras surgidas de un rostro que pasó por allí, de una tortillita de camarones…, de cualquier cosilla que le inspiraba para que el flamenco fluyera por su garganta. Y siempre terminaba con la misma canción “Subido al tren de un sueño”.

Pero Paquito sabía que su vida eran retazos descosidos y que todo se terminaba para él, y una vez más enterró a un ser querido. Pascualón murió una mañana sin más, sin hacer ruido, se le paró el corazón y Paquito hizo su atillo volviéndose a montar en un tren tres años después.
De nuevo de polizón y, entre ovejas siguió escribiendo sus letrillas hasta llegar a Sevilla. Esa ciudad le hipnotizó aunque le faltaba la mar. Vagó varios días sin rumbo, regresando a dormir a las puertas de un convento. ¿Por qué allí? Se preguntaba Paquito. No era el mendrugo de pan que se encontraba cada mañana al despertar lo que le ataba a aquel lugar sino las campanas, las voces angelicales que escuchaba antes del amanecer tras aquellas puertas. El aroma a incienso que salía por debajo de la puerta… Esas pequeñas cosas que a Paquito le abrieron un mundo de sensaciones nuevas.
El colofón fue cuando una mañana cruzó el río a ver que encontraba en esa parte de la ciudad y vio una iglesia abierta y entró; su corazón se quedó prendido a la imagen que estaba ante él. No sabía rezar, nunca lo había hecho y comenzó a musitar su flamenquito a aquella mujer cubierta con un manto cuyo rostro emanaba bondad. Al salir, frente a la iglesia había una tasca y preguntó tímidamente que si la imagen que había en esa iglesia tenía nombre. El hombre que estaba secando un vaso en ese momento, le miró con recelo primero y, después le vomitó a la cara:
-¿Pero tú de dónde sales, quillo? Es la Esperanza de Triana.
-¿Puedo ayudarle a secar los vasos?- Y Paquito comenzó una nueva etapa de su vida cuyo futuro nadie sabía. Él, acostumbrado a no tener esperanzas, aquel lugar le hizo sentir como si hubiera llegado a algún puerto.
“Anselmo, el dueño, es tan buena gente como el difunto Pascualón”, pensaba Paquito cuando se sentaba invariablemente en el último banco de la capilla de los marineros a contemplar a la mujer cuyo rostro le achicaba el corazón. También le daba por pensar que le hubiera gustado tener una madre y esconder en su regazo el rostro cuando sentía miedo porque Paquillo comenzaba a sentirse muy solo a pesar de que toda la vida había estado solo. Pero nunca había sentido la soledad como ahora. Sus letras cambiaron, eran más tristes, más profundas. Algún amanecer que otro se acercaba al convento -ahora ya no dormía allí sino en el patio de la tasca tapado con cartones- a escuchar las voces angelicales y él, Paquito, Puntito Chiquito, desde la calle cantaba su flamenquito triste haciendo coro a las otras voces.
Una mañana se preguntaba mirando a la virgen de la Esperanza el porqué de su tristeza, y de algún sitio surgió una voz que le dijo “Es Triana”
Y es que Triana era la hija de Anselmo, mujer que según entraba con el cesto de la compra en la tasca de su padre a Paquito se le arrugaba el estómago. Claro, al pobre Paquito no se le había podido imaginar que el amor había llamado a su corazón. No reconocía un sentimiento tan universal como el amor. ¿Pero cómo una mujer de semejante belleza cuyos ojos despedía fuego y pasión, iban a posarse en un hombre como él?
Para dar rienda a su quemazón cantó y cantó su flamenquito en la tasca de Anselmo. Toda Triana se hizo eco de la voz desgarrada y honda del chaval, y de esta manera llenó los bolsillos del dueño de la tasca; él apenas unas monedas, pero acostumbrado a no tener nada, con sólo que le dejaran cantar ya tenía bastante.
Y llegó el día más triste de la vida de Paquito después de la muerte de su maestro. Triana se desposaba con un hombre que no era él.
Antes del amanecer, recogió su atillo, besó la estampita de su Virgen y se acercó a despedirse de las voces angelicales. Fue un instante mágico, recuerda ahora Paquito. En un momento en que cantaban cual gorrioncillos, él, Puntito Chiquito les hizo coro, pero en un minuto determinado, los gorriones enmudecieron, escuchándose tan sólo la voz aflamencada de Paquito resonando en el empedrado de la calle estrecha y retumbando en los muros de las casas; fue sin duda un santiamén bendito.
Cuando se hizo la luz, Paquito se encaminó a la estación a ver en qué tren se iba; su vida se había convertido en una sucesión de estaciones donde entraba y salía dejando amores en unas, enterrando pasiones en otras, y buscando futuros en los trenes que le esperaban.

… Y para la primera vez que pagaba un billete como Dios manda, le había tocado al lado de una gorda que no dejaba de gritar.
Paquito se levantó, no soportaba más a esa mujer. El tren estaba parado en medio de la vía y bajó a darse un paseo, a pensar, afición por la que cada día sentía más apego y ya que la mañana pintaba hermosa, tal vez encontraría inspiración; todo menos estar con aquella mujer gorga y chillona.
Aunque con la pena pegada a sus entrañas, debía probar fortuna e ir a Madrid como muchos otros que llegaron a la capital con las manos vacías como él. Recordó al hombre que una noche se le acercó después de cantar y le extendió una tarjeta diciéndole:
-Si alguna vez te decides ir a Madrid, ven a verme. No te faltará trabajo.
Paquito con la mano izquierda metida en el bolsillo del pantalón, manoseaba el trozo de papel del desconocido “Sí, nada más bajarme en la estación de Atocha iré a verle”, se dijo.
Era la primera vez que intuía algo de su futuro y, aunque estaba desgajado por dentro y los ojos de Triana quemando sus entrañas, le hacía ilusión acercarse a la capital de España. Allí también llegó un día Manolo Caracol y triunfó. ¿Por qué no le iba a pasar eso a Puntito Chiquito? Alguna vez la suerte se quedaría con Paquito y así podría hablar largo y tendido de los misterios de la vida, cantar hondo, sin prisas ni miedos para aliviar penas y lejanías, y convertir definitivamente el flamenco es una forma de vivir.

La vía brillaba con los rayos del sol, era como la plata de su mar gaditano, pensó Paquito mientras fumaba. Al volver la cabeza, la escena seguía siendo bellísima: unas suaves colinas plagadas de olivos se despedían del sur en el que había transcurrido hasta ahora su vida… Y como siempre hacía cuando la emoción le subía a la boca, se puso a cantar su flamenquito hondo. Tan concentrado estaba en los versos que surgían de la garganta que no oyó que el tren arrancaba, ni el maquinista vio a un hombre diminuto a un lado de la vía; las ruedas pasaron por encima de una voz que desgarraba en ese momento un sentimiento.
Una pasión quedó aplastada por el chucuchú del tren. El cuerpo de Puntito Chiquito quedó tendido sobre el acero plata, tan plata como el mar gaditano.
Dentro, en el tren, la mujer gorda, tanto como las vacas del tío Rufo, había callado. Para estar más cómoda tiró un bulto que estaba en el asiento de al lado; era la vida de Paquito envuelta en un atillo.
Ya no habría más estaciones para Puntito Chiquito; ésta había sido la última.
Él, que ahora creía intuir un futuro…

En algún coche del tren alguien canta un fandanguillo, una bulería, un tango…, qué más da, pero la letra dice así: “En el tren va mi futuro/ ya llega mi suerte maestro/ ya llega montá en un tren/ vestidita de plata y ojitos negros como mi Triana”
-Es la voz de un ruiseñor. ¿Quién canta?, ¿sabe usted?-pregunta la señora gorda a otra que está más seca que la mojama.
-Tal vez un ángel, señora, que dejó sus alas rotas en la vía de un tren.

viernes 23 de octubre de 2009

PRÓXIMA ESTACIÓN

Hace un rato dejó de llover después de días carbonizados. Ahora entra un rayo de sol por la ventana: es tierno y mestizo. La habitación se ha vestido de alegría y yo también.
Las plantas apostadas en la ventana brillan reventando su color verde entre las estrellas de agua que resbalan por sus hojas; sé que a Marcos le gustará mi casa.
Prepararé un chocolate caliente y lo pondré en la mesa camilla; está en el mejor lugar de la casa porque ves el ir y venir de la vida. En esta mesa me paso horas. Navego por Internet dándome unas alas increíbles. De vez en cuando retiro la mirada de la pantalla y miro por la ventana; siento que el mundo sigue ahí ante mis ojos: por la mañana las amas de casa, los estudiantes. Por las tardes, el paseo, las compras...
Aquí también escribo a mis amigos, esos desconocidos que encontré en la vida de ínternauta y que tanto me han dado. Hoy, por ejemplo, el chocolate que voy a preparar es para Marcos. Llevamos meses escribiéndonos, chateando y, al fin, hemos decidido conocernos. Le he invitado a venir aunque me están entrando los nervios y sé el porqué.
Hay veces que le digo que él se ha convertido en mi mejor amigo, que me conoce mejor que yo. Desde que le conozco, sé que he cambiado, hasta mis padres me lo dicen. Antes era más huraña, insegura, reservada y de carácter agriado. Pero desde que mi padre me regalo el portátil, la vida de nuevo vino hacia mí.
... ¡Madre!, si son casi las cinco y estoy sin arreglarme; se me ha ido el tiempo en pensar lo feliz que soy...

José Daniel sigue delante del ordenador. Se atusa la calva tratando de encontrar una salida pero, ¿cuál?... Un padre hace por un hijo cualquier cosa que esté en su mano con tal de verle feliz. No repara en medios, ni en imaginación...
Cuando Beatriz, su hija de veintitrés años, tuvo el accidente de moto y se quedó postrada en una silla de ruedas, el mundo giró entorno a ella, pero nada de lo que hicieran devolvía un ápice de alegría a aquella criatura hasta que se le ocurrió comprarla un portátil... Lo malo es lo que siguió después: se inventó un personaje, Marcos, y fue una mentira que se fue agrandando día a día, hasta hoy. Su hija esperaba a Marcos con una taza de chocolate y él, su padre, sin poderse bajar en la próxima estación...
-José Daniel, ¿te pasa algo? Estás pálido.
-Ah, hola, Rubén... -José Daniel se quedó callado mientras miraba a Rubén, el joven y recién estrenado tesorero de la empresa- Por cierto, ¿estás casado o tienes novia?- Rubén le pilló por sorpresa la pregunta, pero no pudo reprimir una sonrisa de comprensión hacia ese hombre que le estaba implorando...
-¿Qué quieres pedirme, José Daniel? Me gusta mucho el chocolate, ¿me vas a invitar a tu casa esta tarde?
-¿Cómo sabías...?-Los ojos de Rubén brillaron mientras se daba la vuelta hacia su mesa; ya era hora que recibiera un encargo. Llevaba seis meses esperando, ejerciendo de tesorero cuando en realidad era un ángel que se debía ganar las alas.
“¿Cómo sería la joven Beatriz?” Se preguntaba Rubén mientras revisaba unas cuentas, y buscaba en la memoria el capítulo de cómo no enamorarse de una mujer viva...

jueves 15 de octubre de 2009

SILENCIO

Los ojos infantiles imploraron piedad, su madre acarició el rostro salpicado de lágrimas queriendo consolar el llanto cada vez más frecuente. No hallaba palabras que justificaran el panorama que se cernía sobre sus vidas ni una pobre justificación para calmar a aquel niño que veía como su familia se hundía.Tomó la mano infantil, primero la besó, después apretando el cuerpo tembloroso de su hijo hacia sí y dijo:
-¿Damos un paseo? El aire nos vendrá bien.
-Haz algo mami. Quiero ser como mis amigos, no temer por llegar a casa.
-Todo pasará.
-Nunca pasa nada. Llevamos dos años así y va todo a peor. ¿Mami, has visto tu cara? Se llena de arrugas como la de abuela, ya no gastas bromas, no nos hablas. Quiero una madre como mi compañero Edu. No quiero un padre, solo sirve para chillar y pegar. No quiero un hermano que sólo piensa en él , no te hace caso, y ya verás, terminará pegándote también.
-Nos necesitan, no podemos dejarlos tirados, debemos aguantar.
-Mami quiero paz, reírme, tener una casa. No me importa ser pobre como Raúl y no tener ventanas a la calle. No quiero juguetes en Navidad, pero llévame de aquí.
-Aún no, espera un poco más, se solucionará.
-¡Cobarde! Eres un fracaso mamá, a todo callas y nada haces.
-Ven, no digas eso.
-Déjame en paz, mentirosa, me prometiste hacer algo y no lo has hecho. Lloras cuando no te vemos y te pones sumisa delante de ellos. Me voy solo a dar un paseo, tú no sirves para nada.

Ha vuelto el silencio aunque la tensión persiste en el cuerpo de Matilde; se sienta y como cada día hace repaso de una vida.
Razón tiene su hijo, es un fracaso como madre y mujer, y lo triste no es que se dé cuenta sino que no sepa qué hacer. Su cabeza piensa, pero no acierta postura coherente. Observa su cuerpo y se congratula que no tiene marcas como los de otras mujeres, ellas están peor, Matilde solo tiene roto el corazón.

viernes 9 de octubre de 2009

DIARIO DE UN VIUDO

He pasado a engrosar las filas del clan de los solitarios: grupo de individuos que viven solos adoptando la convivencia consigo mismos y que, como mucho, comparten intimidad con una planta y un gato. A mí estos animales no me gustan, así que he añadido a Lucas, un perro con personalidad propia, que aguanta mis manías sin rechistar…

Me ha dado por pensar que la vida sigue irremediablemente su curso natural, y aunque te quiera retener a mi lado, vuelas cada día un poco más lejos de mí. Te tengo en mi corazón, pero a veces, para recordar tu cuerpo, he de clavar los ojos en una fotografía, pues el tiempo va difuminando tu imagen. La soledad es la peor enfermedad que puede sufrir un ser humano. Trato de compartir cosas contigo y me llaman loco: “está muerta, Daniel”- me dicen-. Cuando oigo eso, caigo abatido y mis lágrimas surgen como torrentes. Otras veces me digo que ya he llorado bastante, que es el momento de volver a empezar, pero siempre encuentro una excusa para quedarme en el punto de partida…

Menos mal que no estás: si ves la galería de la cocina como la tengo, das un portazo y te largas de nuevo. Las plantas están preciosas. No se han muerto, aunque alguna ha estado a punto: sobredosis de agua y vitaminas. He hecho lo que tú hacías, quizá me he excedido un poco, pero ahora, crecen a lo bestia. Lo malo es que me ha dado por guardar allí los envases de zumo de piña ¿Para qué? A lo mejor mi subconsciente quiere hacer un Exín Castillos, no sé. Tampoco he tirado los periódicos ni las latas de cerveza. La lavadora no la pongo hasta que se me agotan las existencias, o aparece mi madre por casa, echa un par de blasfemias por su boca, y se pone a hacer lo que yo no hago…

Los riesgos que corre un viudo es que parece que todo el mundo tiene derecho a opinar y dirigir tus pasos. La buena voluntad de los que te rodean cae sobre ti como una losa que llega a asfixiarte. Mi amigo Iñigo casi lo consigue. Una tarde de principios de junio quedamos para tomar una cerveza y, al segundo trago, desplegó toda su batería de reflexiones bienintencionadas:
-Basta ya de llorar, Daniel. Tu pena no la va a resucitar
-Juro por mi perro, que ni lloro ni me quejo delante de nadie. Esos estados anímicos los dejo para cuando me abrazo a mi soledad.
-La vida sigue, y lo que tienes que hacer es meterte en Internet y ligar, o afiliarte a un club de solteros, lo que se llama Speeddating. Entras en su Web, consultas próximos eventos y te apuntas a una de esas citas. Eliges un apodo, pagas la cuota y...
-Encima he de pagar dinero por ligar ¡Manda huevos!
-Déjame hablar, Daniel. El día acordado, te plantas allí. Tendrás siete minutos para conocer a cada uno de los participantes. Las estadísticas dicen que funciona en el veinte por ciento de los casos.
-Y si yo soy del ochenta por ciento restantes, ¿Me devuelven el dinero? ¡No te jode!
-Ya verás Daniel, se te arregla rápido, total, no eres tan feo.
-Mira qué condescendiente, da gusto tener amigos.
-Tienes 43 años, trabajo estable, casa propia…
Me hizo un currículum despiadado ¡Será capullo, el tío! Se pensaba que por ser amigo mío, debía de aguantar semejante ristra de bobadas... Pero aguanté estoico hasta que acabó. Cuando por fin le vi alejarse, respiré aliviado pensando que nada más llegar a casa me metería en Internet a buscar alguna oferta de viajes: me apetecía huir de mi verdad irrefutable…

Hay veces que me miro y no me reconozco: parezco un alma en pena…

Las cosas que me pasan a mí, no le pasa a casi nadie.
Hace un mes se murió Ulpiano Rodríguez, tío abuelo de Macarena. Hasta ahí, normal, tenía todos los años del mundo y era el momento de irse, al menos, eso creo yo.
La semana pasada recibí una llamada de su abogado porque hoy se iba a hacer lectura del testamento, y he ido. Allí estaba mi adorable suegra, tan encantadora como siempre.
-Ya veo Daniel que la viudez te ha sentado divinamente, estás moreno, te brillan los ojos. Me han dicho que tienes novia; muy pronto olvidaste a mi hija.
-Doña Emilia, no empecemos con sus sarcasmos, póngase las gafas. ¿No ve usted las canas que me han salido, o aún ve menos que antes? Estoy moreno porque es verano. Mis ojos brillan porque las vacaciones las he pasado durmiendo. Y, señora, no tengo novia, le han informado mal.
-Ya, Ya…-Siempre tiene que dar la nota. Me he mordido la lengua y me he sentado en un lugar discreto. La verdad, no sabía qué pintaba allí con aquel gallinero.
Siento decirte, Macarena, que tu familia tiene un pinzamiento cerebral. Están un poco tocados, mejor dicho, tocadas, porque se han muerto todos los varones y sólo quedan vivas las mujeres, y ¡qué mujeres! No me extraña que se hayan muerto. Discúlpame, Macarena, pero que Dios me libre de cualquiera de ellas.
¿Dirás? Tú bien sabes que eras la sobrina predilecta de tu tío; como tú ya no estás, me ha nombrado a mí heredero junto a sus dos hermanas vivas. La cara de tu madre al oírlo, era un poema. Pensé que le daba un ataque y también estiraba la pata.
A mí me ha tocado la casa del concejo de Quirós, el huerto y las tres vacas. Cuando he levantado la vista, tu prima Mari Rosi me estaba sonriendo de una forma que me ha dado miedo, ¿no querrá ligar conmigo, ahora que soy guapo heredero con tres vacas en mi haber, verdad? Es como un pecado de fea.
Pero, espérate, Macarena, que aún hay más: la herencia lleva condiciones. Como la casa era uno de tus lugares favoritos, pues no la puedo vender, y, atenta a la jugada: si me volviera a casar, me quitarían la casa.
Ahora que comienzo a reaccionar, me pregunto si me quitarían también las vacas, ¿Qué crees, Macarena? No me importaría porque ¿qué coños voy a hacer con tres vacas? ¿Darán leche? La madre que me parió…
Tu tía Paz me ha dicho que la casa es preciosa y que podía llevar a Mari Rosi a Asturias. Su pobre hija no ha salido de vacaciones. Y a mí ¿qué leches me importa, señora, que su niña no se haya ido de vacaciones? Llévela usted si quiere… lo he pensado, Macarena, pero no dicho, tranquila.
He pedido unos días de los que me quedan aún de vacaciones, y mañana partiré para allí. Voy contento, porque es una excusa estupenda para hacerme una excursión, y además, en Gijón está Mercedes con sus padres, me apetece mucho verla. Se ha convertido en una gran amiga…

Ayer no fui a trabajar. No hubiera soportado los golpecitos en la espalda, las miradas lastimeras. Preferí la soledad, mis cuatro paredes. Descolgué el teléfono. Me cogí una borrachera de las que marcan época y me sentó divinamente, aunque no pude olvidar qué día era.
No hice nada especial, sólo mirar tu foto. Abrazarte. Me sentí feliz hasta que el hechizo se rompió: llamaron a la puerta. No abrí, pero se me había olvidado que alguien tenía las llaves de casa: era la pesada de tu madre; aún sigue ejerciendo de suegra. Creo que tampoco ha asimilado que tú ya no estás. Me dio lástima y la invité a un güisqui. Se tomó tres ¡Tu madre bebiendo! No hacía más que mirarse las manos, no quería levantar los ojos y encontrarse con los míos. Cuando se fue, todo regresó a la calma y volví a sentirte a mi lado.
Entonces, me levanté y fui a por tus diarios. ¿Te acuerdas lo que me reía de ti por escribir aquellos cuadernos? Te defendías diciéndome que sería tu legado para nuestros hijos... No nos dio tiempo. Cogí uno al azar y me puse a leérselo a Lucas. Movía las orejas con mucho interés. Es un perro muy inteligente, te gustaría. Dormimos juntos…

Estoy aprendiendo a cocinar. Antes de invitar a gente, ensayo con Lucas: es infalible. Tiene un paladar de sibarita. De nueve platos, me ha dado el beneplácito con dos: macarrones “Mamma mía” y tortilla a la española, aunque se me olvidó echar las patatas. El resto del menú, provoqué al pobre animal una especie de ¿diarrea, gastroenteritis?...

Me pregunto cuándo dejaré de amarte, cuánto tiempo dolerá tu ausencia, cuándo se cerrará esta herida, Macarena...

sábado 3 de octubre de 2009

EL MUCHACHO DE LA MIRADA PERDIDA

Hoy no ha salido el sol. Y si lloviera aún sería mejor. Cuando llueve me pongo debajo del agua y parece que arrastra todo lo que soy, sobre todo los pensamientos. Miro a las nubes y me gustaría perderme en ellas, o ir al mar y, cuando estuviera bravo, me metería despacio para sentir como una ola me traga para siempre. O rizando el rizo, si tuviera una cerilla y un bidón de gasolina, prendería todo lo que me rodea.
Alguien estará pensando quién es este loco cuyos pensamientos son únicamente destructivos… Soy Pablo. Tengo veintitrés años y acabo de terminar la carrera de empresariales hace un año con premio extraordinario. Seguramente si no me mato antes, aprobaré las oposiciones. Es la única salida que tengo para trabajar porque no soportaría una entrevista, me tumbarían según entrase en la sala. No soy capaz de hilar con coherencia más de tres palabras seguidas. De ahí que esté más tirado que una colilla, no tenga con quién intercambiar una mirada, una frase; no tengo ni siquiera amigos.
Sé que los sentimientos no se fuerzan: nacen, te haces a ellos y convives civilizadamente como si fueran parte de ti mismo; y lo son. Muchas veces me pregunto desde cuándo estoy loco y no sabría decirlo, quizá ya el en vientre materno, yo apuntaba maneras; no me extraña. Tengo unos padres que como mejor estarían serían muertos o enjaulados. De esto me doy cuenta cuando ya no hay vuelta atrás, hay demasiado ladrillo y cemento encima de mí para que pueda salir de los escombros y recuperar el tiempo perdido.
Fui un niño, un adolescente tranquilo, buena gente y amigo de sus amigos. Me gustaba mirar a la gente, escucharla, andar en bicicleta, jugar a la pelota y comer helados. Pero los únicos que comían helados eran mis padres. Mientras mis hermanos y yo mirábamos como se relamían con aquel dulce tan sabroso. Alguna vez a escondidas, el padre de un amigo me invitaba y me lo comía en dos bocados. Después, cerraba los ojos y sentía el sabor, el placer de aquel fruto prohibido. Pero un día mi padre me descubrió aceptando la invitación de la madre de mi amigo Guille. Lo primero que hizo fue tirarme el helado, después, delante de todos, me dio dos tortas que el oído derecho comenzó a sangrar. Me tuvieron que llevar al hospital y dijo mi padre que me había caído; nadie levantó la voz al ver unos dedos marcados en mi mejilla, eran otros tiempos.
Mis padres sostenían que los vicios llevaban al camino de la debilidad y sólo con la abstinencia y una fe férrea en Dios hallaríamos nuestra salvación. Mis hermanos sobrevivieron, pero yo me fui hundiendo poco a poco.
Al principio me refugié en los juegos, en el colegio y cuando llegaba la hora de volver a casa, cerraba los ojos, apretaba los puños y subía tragándome las lágrimas. De todo esto no contaba nada a mis amigos, sé que ellos eran muy listos y se daban cuenta, y me apoyaban que era lo más importante.
Pero con dieciséis años todo se estropeó. Alonso, otro de mis amigos, había descubierto en la mesilla de noche de sus padres varios paquetes de preservativos y les mango uno; nos los repartió diciendo que ya teníamos edad de estar preparados para el sexo. Yo lo guardé en la cartera que siempre llevaba en el bolsillo y, cada noche, antes de apagar la luz, miraba profundamente aquel sobrecito negro de letras doradas como si fuera un mundo por explorar y deseando que llegara el momento de descubrirlo.
En la cartera también llevaba una pequeña foto recortada de Patricia, la chica de la que estaba enamorado desde que tenía cinco años y la vi meterse en la piscina de agua helada como si fuera un cisne… En una de esas noches contemplando mis dos tesoros, entró mi madre y me pilló. Inmediatamente llamó a mi padre.
Aquello no fue una paliza, fue algo más: se me partió el corazón, y me troncharon la mente al llevarme interno para espiar mis pecados.
Aquel internado fue la cárcel donde te lavaban el cerebro. Me encerré en mi mismo hasta que no aguanté la presión. Salí por navidad y deseé que terminaran las vacaciones para volver. Permanecí todo el curso y cuando llegó el verano, mis padres afirmaron que era un chico nuevo; lo era. Mis amigos me miraban como si fuera un extraterrestre cada vez que habría la boca y les decía de memoria algún pasaje de la Biblia. Poco a poco me fui quedando solo, hasta mis hermanos huían de mí; iba a todos los sitios con mis padres.
Pasó el tiempo, yo cada vez más trastornado con los consejos de mis padres y la abstinencia a todo aquello que estuviera fuera de la moral de ellos.
Yo estudiaba y estudiaba. Los profesores de la facultad estaban contentos conmigo, pero me decían que fuera de los libros también había un mundo y que debería conocerlo. Tanto insistieron que dejé de hablar con ellos. El único mundo bueno que tenía era el que me habían inculcado mis padres a base de prohibiciones y palizas; a todo se acostumbra uno hasta que lo encuentras de lo más normal.
El día en que se celebró la fiesta de fin de carrera caí del limbo, descubrí toda la verdad que me rodeaba y me odie, me odie profundamente al comprobar como mis compañeros de promoción reían, se miraban a los ojos mientras mi mirada estaba perdida. Bailaban cuando yo no sabía ni dar un paso. Bebían Gin Tonic y yo zumo de naranja. Me acerqué a la barra y, ¿dirán quién estaba allí como una sirena recién salida del mar con su melena rubia cayendo por sus hombros como si se tratara de una fina seda? Patricia.
Me miró, yo bajé los ojos, estaba muerto de vergüenza. Ella actuó como si no se diera cuenta de mi turbación y me saludó como si nada. Recobré medianamente la confianza en mí mismo que no tenía, y elevé la mirada a su rostro de nácar tostado. ¡Qué bonita estaba!, pero no sabía qué decirle ni qué contar; la dejé entonces que hablara ella mientras bebíamos alcohol; se me olvidó el zumo de naranja.
La trompa que me cogí fue monumental, devolví hasta la primera papilla que me dio mi madre en la infancia.
Cuando desperté, no sabía ni cómo había llegado a casa. Los ojos de mi padre me estaban mirando fijamente. Me di cuenta dentro del dolor de cabeza que tenía que su mirada era turbia. Habló y su voz se me antojó babosa. Me dijo que me levantara y, cuando lo hice, me dio una bofetada que fui directamente a parar contra la ventana. Los cristales cayeron sobre mí como una lluvia estrellada; al incorporarme vi a mi madre en la puerta observando la escena con la frialdad del hielo. Pensé en ese momento cómo sería sentir la ternura, una caricia… Acababa de aterrizar a mi realidad.
Durantes días permanecí castigado en mi habitación. Contaba veintidós años y de esto ha pasado un año.
Insisto, si no me mato o cometo una locura antes y apruebo las oposiciones, sacaré fuerzas de donde no las hay y me iré lo más lejos posible de aquí. Me compraré un perro para que me enseñe a ser un ser humano y, si lo consigo, volveré para conquistar a Patricia. También me gustaría recuperar a mis amigos, les echo tanto de menos, tanto…
¿Seré capaz?

martes 29 de septiembre de 2009

LA PSICÓPATA AGAZAPADA

Desperté sudando. Un sofoco frío recorría toda mi piel. Fijé la vista en el entorno y, al ser el cotidiano, me tranquilicé. Cuando la respiración volvió a la calma imaginé que había sufrido durante la noche una pesadilla que, sin embargo, según iba recuperando la conciencia, presentía que no era tal ya que pensar en ella me agradaba. Mi subconsciente había logrado lo que yo en las horas de luces y sombras era incapaz.
Sí, había soñado que, en el colmo de la desesperación, un arrojo interno sumando fuerzas de flaqueza había cogido una inmensa piedra y machacado el cráneo de mi instigador. Aquella sensación me hizo paladear un regustillo agridulce: volvería a ser persona con derechos. Recobraría mi vida privada. La sonrisa, esfumada, retornaría a mi rictus habitual así como el buen humor. Dormiría al menos siete horas seguidas. Saldría a horas normales, no cuando retiran las calles del mundo. Y sobre todo, recuperaría mi autoestima, vejada durante los últimos tres años… Rescataría mi salud mental y física.

Lejos de levantarme de la cama, ya era tarde, seguía en ella vagueando en el disfrute de mis pobres anhelos. No hacía daño a nadie, pero la atmósfera complaciente se vio interrumpida por el sonido del móvil. Miré la pantalla y comprobé que la realidad llamaba a mi puerta. Contesté con premura. Tomé un café rápido para despejarme y me dediqué a acicalarme con esmero. Luego salí corriendo o perdía el último tren.
Acercarme a la ciudad diariamente en ese medio me gustaba; un lapsus de tiempo para descansar, meditar… Aquella mañana veía todo con nitidez. Estaba contenta, resuelta.

-Buenos días, Clara.
-Buenos días, Ramón. Te dejé anoche el informe terminado. Dime tus puntualizaciones
y quedará perfecto.- le miraba de frente, alegre, segura de mi misma.
-Lo he tirado a la basura; no sirve.
Sí, creo que fue en ese momento cuando mis ojos se toparon con el regalo que le hice en la anterior navidad: un sujetapapeles de malaquita. La mano reptó hacia él con agilidad y… lo aplasté sobre su cabeza.

En este momento me hallo entre rejas sin remordimiento alguno. Cumplí mi sueño: me liberé de mi jefe.

miércoles 23 de septiembre de 2009

LUZ DE INVIERNO

Era la más bonita de todas las mujeres que cada mañana se arremolinaba en la parada del autobús.
Pulcra, delicada, femenina, amable... Juntando todos los adjetivos, faltarían aún para definir a Aurora.
Se sentaba en el penúltimo asiento y dividía su tiempo en la lectura de un periódico y mirando por la ventana. Yo me sentaba a cierta distancia de ella, pero siempre frente a su asiento. Me intimidaba su personalidad dulce y arraigada en códigos íntimos que se la escapaban por sus ojos almendrados, o por aquella boca diminuta de labios finos. Me conformaba con mirarla, perderme en ella deseando que llegara el siguiente día para volverla a ver. Los fines de semana se me hacían eternos y el lunes volvía la luz a mi vida.
La timidez me mataba, se lo conté a mi amigo Luis y me dijo que me lanzara, que el no, el rechazo ya lo tenía, pero el sí era un misterio, una suerte que debía correr tras ella. Si no lo hacía, siempre me quedaría la duda; me convenció.
Y llegó aquel tres de diciembre, eran las siete y media de la mañana cuando ambos llegamos a la parada casi a la vez. Entre la multitud que había esperando fui haciéndome hueco hasta que llegué a situarme detrás de ella. Nunca había estado tan cerca de ella... Y olía a especias y su pelo eran infinidad de trigos cayendo por su abrigo.
Llegaba el autobús y la gente comenzó a tomar posiciones. Yo no me despistaba del pelo de Aurora que como una dulce luz de invierno iba iluminando mis expectativas.
De pronto alguien me empujó y fui a parar a la calzada. Me incorporé rápidamente, pero noté que me dolía todo aunque el dolor se evaporó rápidamente...Entonces me di cuenta que un cuerpo yacía en medio de un charco y un coche estaba empotrado contra la marquesina del autobús. Nervioso, busqué a Aurora que lloraba en un rincón. Me acerqué sigilosamente, su cuerpo se agitaba entre el llanto y el miedo. Sin darme cuenta abrí los brazos y atraje su pecho al mío. Mi nariz se perdió en el aroma de su piel hasta que la magia se rompió por las voces que nos decían que subiéramos al autobús. Nos sentamos en el penúltimo asiento y tomé sus manos bajo las mías; comenzaba a amanecer y sus dedos estaban fríos.

... Soy feliz, Aurora y yo no nos hemos vuelto a separar desde aquel día de invierno, tengo la sensación de que nuestro amor es eterno. No me importa que ella haya envejecido después de cincuenta años, y yo me siga viendo igual. También me da lo mismo que ella no me pueda tocar, ni siquiera ver. Ya lo hago yo por los dos.

sábado 19 de septiembre de 2009

TRIGALES DE HORMIGÓN

Una forma de entrar en tierras castellanas es llegar a ellas en tren desde la capital del reino. Con ojos despiertos, avispados en diseccionar sensaciones, y mirar a través del ventanal cómo el paisaje se funde desde Ávila hasta Valladolid… Les aseguro que podrán ver la puesta de un sol macizo en sus enseres, tan espectacular, como las inmensas tierras con pueblecillos perdidos en la planicie.
También, podría empezar diciendo a los lectores que a mí me gusta mi tierra en cualquier versión… Y, lo tremendo, es que es la verdad, hasta cuando el calor achica las ideas y has de remojarlas en la ribera del Pisuerga, un río, a veces, demasiado sucio y contaminado por la mano oscura de la ambición y la desidia.
El otoño es dorado por estos pagos de Dios, las choperas se desnudan al sol que se enmudece y cubren el suelo de oro y grana. El pino mira impertérrito el tintinear de la hoja caduca; al pinar le da igual, bastante tiene él con no dejarse desforestar.
El invierno es crudo, la humedad del río se mete en el alma, pero crea una atmósfera encantada donde la niebla recrea la imaginación de los lugareños.
La primavera en la viña es hermosa como los cerezos en flor decorando alguna parte de una inhóspita autovía… Y, aquí viene la cruda y triste realidad porque, quizá, por el amor a esta tierra recia, hosca en el gracejo y cuyo silencio es digno de escuchar por austero e inexorable, me duele su paisaje trepado por la fiebre urbanitas. No hacen pueblos de casas con tejados a doble vertiente y teja clara. Calles de ventanas floridas y campanario para un cigüeñal; no, son setas pareadas o rascacielos en la nada, en mi estepa castellana… A vista de pájaro torcaz, es un suicidio con nombre de ladrillo y aroma a dinero, ¡si no hay gente para morar tanta seta pareada!… Lástima tener que decir que los alrededores de Valladolid ya no son campos extensos donde recrear los sentidos, sino masas ingentes de hormigón prensado, colmenas hacinadas donde, supuestamente, vivirán personas. Trigales suplantados por edificios donde se les olvidó plantar el frescor del verde y es el asfalto quien decora esas cárceles humanas; vamos, que no hace falta ir a la costa para ver crímenes urbanísticos.
Hay cosas que se me escapan al entendimiento: Acaso, ¿está reñida la belleza con la construcción?, ¿es necesario masacrar la tierra aledaña a la gran ciudad de esa forma tan ausente de estética y respeto al medio natural?
Temo las modas por torpes, incultas y olvidadizas. Por asesinas del espacio sin pudor… Y, así se crean superficies anodinas, sin rastro de un sello de identidad que las distingan del norte o del sur.
Me piden que hable de mi tierra y he de cerrar los ojos para sumergirme en ella…, porque cada vez es menos ella y más la otra, donde no hay siembra ni llanuras para perder la vista en ellas. Ni siquiera el aroma a pueblo, a pueblo de verdad en aquellos eneros de matanza y huevo frito… Y me pregunto, ¿Ustedes creen que esto es el progreso? Señores míos, mientras el alma y la mente no estén al abrigo de una naturaleza sana que alimente el quehacer diario, que alivie los sentidos en belleza, me temo que el hombre estará abocado, sin remedio, al ocaso.

El tiempo corre, galopa por la vega y no perdona al torso, talle, sustancia y materia de esta tierra llamada Castilla.
Pero, a pesar de eso, la amo por ser mi raíz de vida, por dejarme olvidar el ruido de la gran ciudad por las calles estrechas y tortuosas de Simancas. Edificios blasonados, diminutos balcones poblados de geranios y mirando a la vega de un río constante mientras pienso que “nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar…”

miércoles 16 de septiembre de 2009

LO QUE EL TIEMPO HIZO DE TI

El jardín está silencioso, es un remanso de paz, cosa que a Gabriel le incomoda, se aburre sin hacer nada y se pregunta cuánto faltará para que todo termine.
-Gabriel, hay un estudiante en la verja que pide permiso para entrar.
-¿Qué quiere?
-Tiene que hacer un trabajo y ha pensado en ti, si le puedes ayudar.
-¿Yo? Dile que pase.
Ya nadie se acuerda de él, las visitas dejaron de gotear hacía tiempo; esto es inesperado.
-Buenas tardes señor Fernández. Me llamo Javier Olivas, estudio cuarto de Periodismo en la Complutense y he de presentar un trabajo… había pensado en usted.- el joven mira implorante a Gabriel, su timidez no le deja expresarse más.
-Juventud, divino tesoro ¿qué años tienes?
-Veintitrés, señor.
-¿Qué has hecho para no haber terminado la carrera? A esa edad, yo ya estaba zascandileando por el mundo con el título en el bolsillo ¿Eres tan parado normalmente? Con esa actitud Olivas no te comerás un rosco en el periodismo. Siempre habrá alguien que te pise y se lleve tu trabajo por delante ¿Sabes mentir? Hay que ser honesto e íntegro con tu trabajo pero al de al lado, ni agua ¿Sabe alguien que estás aquí? ¿Te has molestado en averiguar de qué van los trabajos del resto de la gente? ¿Eres perro solitario? Sí, creo que sí, no hay más que contemplarte ¿Fumas?
-No señor, es malo.
-Anda, mete la mano en el bolsillo de mi bata y enciéndeme uno, fumar es como aspirar el aroma de una mujer ¿Cuánto ha de ocupar tu trabajo? ¿De qué tiempo dispones?
-No hay límite señor; pienso que cuanto más extenso mejor y he de presentarlo en cinco meses.
-Primer error: la calidad ha de primar, no la cantidad ¡Capacidad de síntesis chiquillo! Decir mucho en poco para atrapar al lector sin cansarle y que cuando termine, tenga la necesidad de más ¿Comprendes? Natacha por favor, enciende la chimenea, empieza a hacer fresco; vamos a dentro Olivas, hay poco tiempo.-Javier ¿cuánto dinero tienen tus padres?
-Una posición acomodada, señor.
- Tu ropa es cara y tus modales denotan que hasta ahora no has tenido que luchar por nada ¿Aún no te has destetado verdad?
-¿Cómo dice, señor?
-Déjalo. Bien, comencemos. Enséñame cómo has pensado enfocar el trabajo ¿Es un best-sellers de mi vida? ¿Qué preguntas tienes preparadas? ¿De qué documentación dispones?
-Pensaba que usted me lo diría porque no sé si quiero hacer una radiografía de usted o de su pensamiento.
-Mira tú por donde, te has vuelto a equivocar. Vete ahora mismo a tu casa y cuando tengas una maqueta hecha, vuelves.
-Si, señor.
-Deja de una puta vez el señor. Por favor, llámame Gabriel a secas.
-Sí, señor.
Con esta respuesta Javier Olivas se marchó cabizbajo, oyendo mientras se alejaba, el eco de los gritos del anciano, era verdad lo que había oído decir de aquel hombre.
-Pregunté en el estanco y me dijeron que este tabaco huele muy bien ¿Le enciendo uno señor?
-Eso es una mariconada hijo, te han engañado, pero pruébalo tú y me dices; no tosas encima de mí.
-Pues no está mal su sabor, es suave ¿desde cuando fuma, señor?
-Desde que vestía pantalón corto; compraba un cigarrillo suelto todos los días marca Bisonte y, me sentaba en un bordillo para ver mejor las piernas de las mujeres ¿sabes? Fui un canalla con ellas pero nunca maltraté a ninguna, sólo disfruté de sus personas. Recuerdo a Margot ¡Magnífica mujer! Era un poco mayor que mi madre, me enseñó a ser un as en la cama ¿Tú cuándo has echado el último polvo? Bebe un poco de coñac, estás temblando.
-¿Yo, señor? ¿He de responder? Y disculpe pero no bebo.
- Pues Bebe ¡Coño! Prueba primero. Tu cara, tu expresión nunca han de ser el reflejo de lo que piensas o sientes, además, ninguna pregunta o actitud te deben pillar desprevenido, como si por tus venas no corriera la sangre ¿No me ves a mí? Estás patético.
-Sí, señor, pero es que usted es un viejo cascarrabias ¿Usted siempre ha sido así?
-Recuerda que siempre hay más preguntas que respuestas. La hipocresía social me abrumó desde bien chiquito, yo quería aproximarme a la verdad; me acercaba al suceso, lo contemplaba y después, velaba porque esa escena cotidiana no fuera camuflada por un cheque en blanco. Tenía ambición de ser libre, no poderoso. Javier ¿Qué es para ti la honestidad?
-¿Para mí, señor? No hacer daño.
-Muchas veces comprendí que lo que contaba no era oportuno ni conveniente por eso alguna vez pasé por los calabozos; en aquella época me convertí en un periodista incomodo para el régimen.
-Entonces ¿Dónde están los límites?
-¿Cómo puedes ser tan mamarracho al preguntarme eso? Tú sabrás, yo luché por no ser reo de otros ni siquiera de mi mismo, al menos en cuanto al trabajo. Chico, cada persona es un mundo, tú lo has de saber. Cada vez que vas al baño, ¿tu mamá te dice como te has de limpiar el trasero?

El reloj marcó las cinco. Gabriel miraba por la ventana hacia el jardín, era una tarde lluviosa pero no se convertía en el principal pretexto para que el muchacho llevara media hora de retraso en la cita, cada vez odiaba más la falta de puntualidad o ¿Es que la paciencia se iba agotando? Le caía bien aquel chico asustadizo, crecido entre libros y mermado de vida. Los tres últimos meses había notado un empeoramiento y aquel chaval, le hacía olvidar, sentir nostalgia del tiempo.
-Buenas tardes señor, disculpe mi tardanza, me he entretenido con un par de compañeros; les pregunté de qué iba su trabajo ¡Una tontería! Se limitan a recopilar información de periódicos sobre el hundimiento de Mario Conde ¿Recuerda aquel caso señor?
-Y tú ¿Qué les has dicho del tuyo?
-Nada, señor, que ni siquiera había empezado.
-¿Te has mirado al espejo? Estás horrible con esas melenas que te has dejado.
-A mí me gustan, señor, es la primera vez que me gusto cuando me veo ¿Usted se ha gustado siempre?
-Siempre es un término absoluto. Todos los días me miro, más que nada para corroborar que el del espejo no soy yo, la imagen va por un lado y yo por otra. Esta situación me ha hecho vulnerable y para luchar contra eso, me recuerdo mi estado mirándome; siento orgullo de mi proeza y vergüenza de mi cuerpo.
-Pues yo llevo media vida avergonzándome de mi mismo aunque, desde que le visito, noto que tengo más agallas, no me escandalizo de mí mismo. Usted ¿Cuándo se sintió hombre?
-Desde que me explicaron que las niñas tienen vagina y los niños pene; me gusta frivolizar con los temas serios y tomar en verdad las tonterías más banales, la aparente simplicidad de la vida. Por eso, me llamaban los colegas el alquimista de sueños cuando de verdad, era un idealista que no se había quemado a pesar de tanta porquería que me rodeó. Amé mi profesión como un enamorado a una mujer; no me dejé arrastrar por el miedo de saber realidades como las de las cárceles cubanas o el comprobar que el Tratado de la Convención de Ginebra apenas se cumplía… el enfermo de SIDA, el político corrupto, los pederastas. Sólo sabía que mi pluma debía hablar, llevar la verdad, la opinión que me merecía todo aquello que palpaba, está aún guardada.
-Señor ¿No le quema tanta reflexión sin compartir? Sepa usted que eso es un filón.
-¿No me digas que te has vuelto un sabihondo? Lo mío es mío y un perfecto desconocido no tiene derecho a saber mis secretos más íntimos.
-Señor, mas que contarme su vida, me está enseñando a ver; soy un ciego con ojos sanos. A usted ¿le hubiera gustado que haciendo su trabajo, le hicieran un corte de mangas como el que me acaba de hacer a mí? Mañana se muere y ¿Para que sirvió su experiencia? ¿Para los gusanos?
- ¡Ójala sucediera! A mí nadie me impone nada.
-Sepa usted que es un amargado; no quiere compartir porque no quiere recordar, la nostalgia duele ¿A que sí?
-Te has vuelto un descarado.
-Usted me ha enseñado a escarbar, a desear la verdad. Es un viejo carcamal y me largo.
-Recuerda cuando termines el trabajo, que no me llamo señor, sino Gabriel Fernández.
-No se preocupe señor… Gabriel, no pienso hablar de usted.
Javier Olivas salió al jardín y se acercó al estanque; el agua reflejaba su persona y sonriendo se marchó todo lo rápido que pudo. Tenía que escribir y sabía que ahora sí podía; conocer a aquel viejo chocho era lo mejor que le había pasado.
El agua del estanque es un espejo arbolado en días de sol primaveral, mientras que en el otoño se transforma en una manta dorada de hojas flotantes. Una silla de ruedas reposa tranquila en su borde; está ocupada por un hombre cuya mirada no puede ocultar la tristeza. Sus brazos yacen inertes, la hemiplejia sigue su curso imparable; desde hace cuatro años, Gabriel mira hacia delante, pelea silenciosamente contra la naturaleza y las limitaciones que trae con ella. Su consuelo después de conocer al joven aprendiz, es pensar que aún la cabeza funciona y la capacidad de seguir sus huellas es más que nunca el salvoconducto para no caer en la desesperación. Piensa, estructura los caminos y rumbos que tomó su existencia durante sesenta y cuatro años vividos intensamente, demasiado deprisa recapacitaba a veces, sin embargo hoy, se han convertido en un pozo inagotable de reflexiones; ese muchacho tímido e inseguro le ha hecho revivir lo que el tiempo hizo de él.
-Natacha por favor, llama al mamarracho de Olivas, quiero ver lo que está haciendo.

viernes 11 de septiembre de 2009

LUNA DE ABRIL

... Fue una historia de amor; aún la recuerdo. Fue la primera vez, la única. Yo era muy joven y salía de la iglesia con mi madre. Veníamos de hacer la novena a San Antonio... Era junio de mil novecientos treinta y seis, y los colores del día eran tan tiernos como mis pensamientos; nada hacía presagiar a mi alrededor los tiempos turbios que se avecinaban. Mi madre resbaló y aunque la quise sujetar, su peso me venció a mí también. No me preocupaba mi rodilla que sangraba con profusión, pero sí el gesto dolorido de mi madre. Alguien por detrás de nuestros cuerpos nos preguntó que si estábamos bien. Levanté mi rostro asustado y le vi.
Sus ojos azules camuflados tras una gafas de concha me miraban con interrogación, y yo me perdí en aquel océano sin contestar a su pregunta.
Al ver mi nula reacción, se agachó decidido, primero a inspeccionar a mi madre que con sumo cuidado incorporó llevándola a un banco próximo. Después, volvió a por mí que seguía anclada en el mismo lugar mirando embelesada a aquel hombre joven de pelo engominado, maneras amables y pinta de intelectual.
Claro que había visto muchos hombres. Mi padre tenía una pequeña cantina heredada de mi abuelo. Éste fue un rico terrateniente venido a menos que procuró dejar a cada hijo un mínimo para que subsistieran. A padre le tocó la cantina de la estación y madre y yo ayudábamos, una en la cocina y yo en la barra. Mis hermanos trabajaban la tierra de otros. Así que hombres había visto muchos, pero no como aquel..., nunca.
Sacó un pañuelo inmaculado del bolsillo para limpiarme la herida. La suavidad de sus dedos me hizo temblar. Él ante mi reacción, paró para mirarme, y sé que en aquel instante nuestras vidas se fundieron para siempre.
Remigio, como así se llamaba, era un maestro de escuela de un pueblo a setenta kilómetros del mío, y estaba en mi pueblo a ver a Pascualón, mi maestro. Tenía entonces veintiséis años (nueve más que yo) y amaba la poesía. El día que le conocí iba camino de la estación. Había quedado en Madrid con un editor interesado en sus cuadernillos de poesía. Pascualón le había animado, decía que tenía madrera de poeta.
Nos acompañó hasta la cantina y le vi montarse en el expreso de las nueve y cuarto de la noche... Los raíles del tren reflejaron el ocaso de aquella tarde de junio, y el humo de la locomotora se llevó mi corazón prendido tras él.
Recibí a los pocos días una carta en la cantina, era de Remigio contándome la buena nueva de su próxima publicación; le escribí, me volvió a contestar y así hasta el dieciséis de julio en que se presentó una mañana en el tren de las diez.
Le vi entrar espigado, gallardo..., y padre me dio el día libre.
¿Qué decir de aquellos tres días? Fueron un sueño, a veces dudo que existieran si no fuera por...
Creo que nuestros corazones presintieron lo que se avecinaba. Remigio había oído, había visto en Madrid cosas que no le habían gustado. Yo no entendía de qué me hablaba; entonces era demasiado inocente, infantil y fantasiosa.
Me entregué a Remigio en cuerpo y alma en aquellos días de antesala a la guerra civil; el dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis fue la última vez que le vi.
Tres años después le mataron por rojo, su poesía decían que atacaba al nuevo régimen. Pasó cerca de dos años en la cárcel hasta su fusilamiento. Remigio era un hombre de paz, amante de los libros y que nunca hizo daño a nadie. Lo sé.
Pude escribirle un par de cartas contándole que tenía una hija que había nacido bajo una luna hermosa de abril y que se llamaba Amapola como el título de una de sus poesías, pero tengo la duda que le entregaran aquellos mensajes.
Al terminar la guerra, no me quedaba nada: ni padres, muertos en un bombardeo, ni cantina, y mis hermanos no me hablaban por ser la puta de un rojo.
Entregué en adopción a mi Amapola y yo me fui a un convento de Carmelitas.

En mil novecientos setenta y ocho me enteré por un periódico (sé que Dios estaba detrás de esa noticia) que una profesora de Salamanca había ganado un importante premio de poesía. Corría el mes de abril y yo miraba como cada noche a la luna, se había convertido en una costumbre, tal vez porque buscaba una respuesta en ella que nunca llegaba. Después, me puse a pelar unas patatas y guardando las mondas en las hojas de un periódico cuando leí la noticia y vi la foto de la mujer.
Entonces comprendí que tanto la vida de Remigio como la mía habían tenido un sentido, no habían muerto después de aquellos días de julio del treinta y seis; la respuesta había tardado, pero había llegado.
Amapola, nuestra hija, con otros apellidos, pero con la misma facciones que su padre y el mismo amor a la poesía que él, era la respuesta de aquella luna de abril.
Mi historia de amor, que pensé arrancada de cuajo, había cerrado su círculo felizmente.

lunes 7 de septiembre de 2009

UN HOMBRE Y SU PERRO

El día se está despertando; el mar es una balsa meciéndose en sí mismo.
La bruma, desperezándose sobre la arena recién planchada, inmaculada.
La playa a esa hora está desierta y, entre los pinos que bajan casi hasta el agua, aparecen un hombre y su perro.
Ambos se sientan en la orilla; beben la calma de la hora silenciosa. De vez en cuando, el hombre, sin dejar de mirar al horizonte, atusa el lomo del animal; éste restriega su hocico en la pierna de su amo. Se vuelven a quedar quietos respirando la paz, tragando el Mediterráneo mientras la ola derramada llega a sus pies y patas.
… Entonces, el perro, como si el cosquilleo de la espuma le hubiera despertado, se levanta y, cojeando, se adentra en las olas; sobre sus crestas, las gaviotas.
Se derrite la espuma al llegar a la orilla y, mientras llora la gaviota, aparece la cabeza del animal ladrando; es feliz y su amo vuelve a rezumar salitre. El sol asciende a su universo y el hombre dibuja lágrimas en un papel; la soledad pesa. Hoy hace dos años que ella partió y el tiempo quedó enredado entre ese amor que no muere y la vida que sigue su peregrinar inexorable.
Dos días después de su marcha, depositó sus cenizas donde ella siempre había querido reposar: en medio de las olas. Según terminaba, escuchó entre el rumor de la mar un débil quejido. Se acercó hacia las rocas; había un pequeño cachorro, abandonado, cojeando. Se preguntó “¿Será ella que regresa?” Y desde entonces caminan juntos, a veces, extraviándose en las olas. Otras, buscando el puerto donde amarrar ausencias.
El día ya despertó… Allá se pierden entre los pinos un hombre y su perro; mañana será otro día.

jueves 3 de septiembre de 2009

ALGO QUE DECIR, ALGO QUE CONTAR

Tomaba el primer café y mis ojos estaban perdidos en las noticias del día. Mi intelecto no me hacía más que decir “No sigas Raimundo, los periódicos ya no tienen nada que contar”.
Sin embargo, seguí mi búsqueda mientras el café despejaba las entrañas. Pero llegué hasta la última hoja y nada. De rabia, lo tiré al suelo y, cuando me fui a levantar, mis ojos chocaron con una hoja; me agaché, no daba crédito a lo que leía. Rezaba así “Por falta de hechos, los periodistas, a partir de mañana, contarán lo que pasa por la vida”

P.D. I CERTAMEN DE MICRORRELATOS SEVILLA PRESS

miércoles 26 de agosto de 2009

EL PLAYERO

El Pau se despereza; estira los brazos en ademán de abrazar el aire que le viene a despertar como cada día. Mira al cielo y sonríe. De su boca surge una mueca placentera y con pocos dientes. Es feliz, tiene todo lo que necesita aunque algunos cuando le ven pasar piensen “Ahí va el infeliz del Pau”, pero nadie sabe lo que le ha costado llegar aquí y alcanzar el consenso de lo que hay exprímelo hasta el último jugo.
Es cierto, no tiene nada. Bueno no es cierto, lo que pasa que nadie lo sabes pero su mayor tesoro está oculto en una de las cuevas del acantilado y pronto reunirá el suficiente dinero para volver a empezar; es cuestión de tiempo y al Pau lo que le sobra es paciencia.
Mira al cielo y lo ve despejado. Piensa “Hoy habrá mucho trabajo”, y se pone manos a la obra. Después de un buen baño entre las olas calmadas, se pone el traje de baño, la camiseta desteñida donde reza “El Playero” y se pone a desayunar. Gasta poco en alimentos porque el dueño del chiringuito playero le guarda muchos restos de comida aunque este año con la crisis los turistas no dejan ni las raspas.
Cuando baja de su refugio ve que acaban de limpiar la playa. La arena se le antoja un colchón mullido de plumas de gaviota. Abre la sombrilla, trae la mesa y la silla y se dispone a plantar las sombrillas y las hamacas. Todas en hileras de seis con la suficiente distancia para que la gente esté cómoda. Se le da bien el trabajo, y le gusta. Ya no es sólo agradecimiento a Sergi, el dueño de media cala y sus alrededores que le recogió cuando estaba a punto del suicidio. Había perdido todo hasta “la mareta” su barquita con la que iba a pescar. Eulalia, su gran amor, acababa de morir de cáncer y él ya no tenía en qué sujetarse. Le dio por beber, pasar los días tirado en la Mareta hasta que lo encontró Sergi. Le quitaron todo, pero con unos mínimos cuidados de este hombre, el Pau resurgió de sus cenizas. Para que no estuviera mendigando por la cala y espantara a los turistas, Sergi le ofreció hacerse cargo del negocio de las tumbonas en verano. Pau se había vuelto huraño, pero aceptó. Poco a poco cogió gustillo al asunto y pronto le dio a mayores el Sergi que se hiciera cargo de unas embarcaciones de alquiler. Todos los días, las limpiaba, las pulía y a media mañana ya las tenía alquiladas todas para el resto del día. Sergi le pagaba bien con lo que ahorraba toda la paga y vivía de las propinas.
Lo malo era el invierno. Los turistas desaparecían y el Pau se quedaba sin trabajo. Entonces se bajaba al puerto y ayudaba a remendar las redes de los pescadores. No le pagaban nada,, pero siempre caía algún pescado que otro con lo que ir tirando.
Habían pasado cinco años ya y el negocio iba en aumento. Joan, el dueño del chiringuito no hacia más que decirle que la cueva no era un lugar para vivir, que debía tomar cartas en el asunto y alquilar aunque fuera la habitación. Un día se puso tan pesado que ya el Pau le tuvo que contar su secreto.
-Allí no estoy solo. Escondo la Mareta. Con lo que ahorre este verano ya podré comprar los artilugios para pescar y en otoño cuando todo el mundo se haya ido, saldré con ella.
--Lo que tú digas, pero vivir en una cueva no es lugar para una persona.
-Tengo de todo y el suelo lo he forrado de las losetas que sobraron del hotel. En invierno enciendo el fuego y estoy tan calentito. Me tapo con los vestidos de la Eulalia. A pesar del tiempo,, aún huelen a ella. Hay noches que me corro con su aroma. Veo amanecer y por las noches hablo con la Mareta. ¿Qué más puedo pedir?
-Estás loco, Pau.
-Tengo más de lo que muchos desearía. He pintado ya la Mareta. De blanco y el azulón que a la Eulalia le gustaba tanto.
…Es finales de septiembre, ya queda poca gente. El tiempo viene revuelto, pero el Pau le parece bien. Anteayer cogió en bus y bajó a Mahón; ha comprado una red y un par de cañas. Lleva dos noches que no duerme, no puede, no deja de mirara a su Mareta, a sus cañas de pescar y a la red que la tiene arrebujada entre la ropa de la Eulalia.
Mediados de octubre… Joan está preocupado. Hace tres días que no hace más que mirar hacia la cueva del Pau. Ni entra ni sale. Piensa “¿Dónde se habrá metido este truhán?”, y vuelve a mirar. Hace tres días justos, por la noche hubo una gran tormenta. El diablo vino a hacerse con la cala. Las olas arrastraron todo, hasta las hamacas y las sombrillas del Sergi; las embarcaciones de recreo se han dado por perdidas.
Joan vuelve a mirar en la misma dirección. Entonces deja de barrer, se quita el delantal y se encamina hacia las rocas.
Sí, menos mal, allí está el Pau, en su cueva, abrazado a su Mareta mientras una red le tapa la cabeza.
Joan se agacha, no puede reprimir el llanto; El Pau se ha ahogado por el maldito temporal. Lo sabía que hago pasaba. Le quita con cuidado la red y descubre el rostro de su amigo. En él está pintada una sonrisa.

martes 4 de agosto de 2009

EN EL CORAZÓN DEL ABISMO (Hasta septiembre, amigos, me voy de vacaciones)

Me llamo Ismaiel. Me llamo Khadija. Voy a contarles un trocito de mi vida. Tan cercana como la nuez en mi garganta. Tan lejana como esos planetas que rondan en el universo…

Aquel día de principios de verano, acabábamos de terminar el último alimento de la jornada. Mi madre estaba fregando los cacharros, mientras que mis hermanas recogían del patio la ropa recién secada por los últimos rayos del sol que se me antojaba abrasador. Mi padre y mi hermano mayor, tumbados en unos modestos pero recién mullidos cojines, se hallaban sumergidos en una charla mientras fumaban. La luna era muy joven a esas horas pero no impedía otear el fulgurante destello de chispitas luminosas en el cielo. El silencio de la noche era hermoso, decía mi padre a mi hermano. La hora bruja que hace que te concentres en las pequeñas cosas sucedidas durante el día. El momento idóneo para que las mastiques, como el tabaco, y saques la savia que hay en ellas. De repente, un trueno rasgó nuestra paz. La descarga de metralla duró unos pocos segundos. Los suficientes para destrozar nuestras vidas.
Tenía apenas 11 años cuando vi morir a mi hermano mayor. Mi padre enloqueció y fue ingresado en un psiquiátrico. Mi madre perdió el nuevo hijo que esperaba. A nuestro alrededor todo era muerte y desolación. No quedó vivo ni un vecino. Nosotros cuatro éramos el único atisbo de vida en aquel espacio chamuscado. Situación que mi progenitora aprovecho a favor nuestro. Nadie nos conocía, nada nos quedaba sino esos hilos ensangrentados y doloridos de cuatro vidas a la deriva. A esa edad tan temprana -y algo más que mi madre procuró guardar como el mayor de los secretos-, yo me convertí en el sostén familiar…
Mi cara y cuerpo eran irreconocibles después de las terribles quemaduras sufridas por el misil, y a pesar de que la policía obligaba incluso con golpes en público a llevar como mínimo la longitud de la barba del tamaño de un puño de varón, a mí nadie me preguntó por qué no me crecía.
Primero trabajé cortando hierba. Mis manos eran demasiado pequeñas y de escasa fuerza, por lo que me echaron sin haber cobrado nada. Esos días vagué por las calles de la ciudad mordiendo el polvo, comiendo mis lágrimas y mocos infantiles y pidiendo limosna… robando fruta en el mercado para que comieran mi madre y mis hermanas. Al fin, encontré un trabajo transportando ladrillos: me pagaban poco muy poco pero lo suficiente para que mi familia pudiera llevarse unos granos a la boca y no morir de inanición. Mis dedos crecieron, las palmas se encallecieron y atrás dejé la niñez. Después, pasé al terreno de la construcción, haciendo agujeros para el cableado eléctrico y colocación de tuberías. Mis espaldas ensancharon y se robustecieron. Trabajos mal pagados pero que al menos permitían que viviéramos con cierta dignidad.
Ser hombre me posibilitó hacer muchas cosas a las que mis dos hermanas debían constantemente renunciar: ir a la escuela, andar solas por la calle, montar en bicicleta, ganar dinero ni defender a su familia.
Un hombre recibe el aire limpio de los amaneceres hechizados de mi tierra, tan bellos que no parecen reales. Mientras, a la mujer se le tapona la luz hermosa de la mañana en la oscuridad del burkha… Me podrían sentenciar por estos pensamientos, por estas palabras. No soy valiente aunque estoy aprendiendo, por eso hablo tan bajito, conformándome que el corazón de ustedes me oiga…
Mi vida estaba bien encauzada por aquel entonces y me sentía medianamente satisfecho hasta que me ofrecieron en la escuela aquellas clases de inglés. Tenía en aquel momento 19 años cuando conocí a Siddiq. Me enamoré perdidamente de él y mis desgracias llegaron todas juntas. Olvidé que era hombre y me dejé arrastrar por el corazón de la mujer que con tanto celo trató de guardar mi madre para que no muriéramos en un mundo donde el varón era la pieza clave para subsistir. Si descubrían el doble juego, no sólo perderíamos lo poco material que teníamos, sino además, lo único valioso: nuestras vidas.
A mi madre le habían adjudicado, por ser viuda, el honor de confeccionar “nan”, --el pan sin levadura que comíamos todos los afganos- para otras viudas, huérfanos y personas con insuficiencias económicas. A mi madre eso le vino bien para olvidar su propia amargura y desesperación al ver a sus hijas enflaquecidas jugar sin alegría en un suelo sembrado de recordatorios de guerra: cartuchos de proyectiles, tanques quemados y árboles desmochados por la crueldad de los cohetes. La fortaleza que crecía en el interior de mi madre era fruto de una silenciosa lucha por la vida, no la suya, sino la de su descendencia. Ahora comprendo muy bien la bofetada que me propinó mi madre la noche en que me pilló probándome un zapato de tacón que había comprado en un mercado prohibido, así como adornando mis mejillas de un suave color. Pedí perdón por la ofensa, pero mi corazón bramaba por ser mujer y mostrarme con mi burkha al hombre de habla inglesa.
No tuve picardía alguna y me tomaron como un maldito homosexual. La áspera y cuarteada piel de mis manos rozó el brazo de Siddiq. Esa fue mi primera manifestación de mi sexo controvertido. La segunda y definitiva fue cómo le miré públicamente sin pudor, llena de amor.
Me pasearon por las mordisqueadas calles de Kabul en una camioneta de caja descubierta con el rostro ennegrecido con aceite de motor. Después, me llevaron junto a otros dos homosexuales a la base de un enorme muro de barro y ladrillo y, por medio de un tanque, lo derribaron sobre nosotros. Permanecimos enterrados bajo los escombros media hora, yo logré sobrevivir. Estaba condenado a seguir caminando… Los designios de Alá son inescrutables.
Permanecí en el hospital varios meses hasta que me recuperé. Allí supe que a las mujeres se les permitía ser enfermeras. Aquello me gustó y decidí llevar una doble vida: por un lado no deshonraría más a mi familia, por lo que seguiría siendo el cabeza de familia tal como lo proyectó mi madre cuando yo era una niña de apenas 11 años. En mis horas robadas, estudiaría enfermería bajo un supuesto nombre que al fin y al cabo era el real: Khadija.
El tiempo continuó su transcurso lento y agónico. Los talibán prohibieron toda forma concebible de entretenimiento que, de todos modos, siempre escaseaba en un país pobre y lleno de privaciones como es aún hoy Afganistán. A los afganos nos entusiasmaba el cine, pero las películas, la televisión, los vídeos, la música y el baile fueron vetados. Nos dijeron que la gente necesitaba cierta diversión y que para eso podíamos ir a los parques y ver las flores.

Yo todavía no he recuperado mi identidad. Sigo siendo hombre al despuntar el día mientras acarreo fajos de ladrillos. En las tardes, soy una eficiente ayudante de enfermería. Mientras tanto, lucho en tres frentes muy distintos: como hombre, en ser más humano en una sociedad machista; como mujer, en defensa de nuestros derechos; y mi tercer frente, el más duro quizá, es el de defender a aquellos que han nacido homosexuales, no se han hecho ya que es una condición biológica no una opción. Que la sociedad acepte y reconozca su derecho a ser diferentes, a que dejen de ser objeto de palizas, difamaciones, chantajes y, en el mejor de los casos, burlas o conmiseraciones. Y que ellos mismos sepan afrontar su condición. Son homosexuales. Personas, seres humanos como usted, como yo.

Desde el fondo de la espesa bruma, Ismaiel va emergiendo en su bicicleta como cada día. Va para diez años desde aquella negra noche…

Mí presencia aquí no fue elección mía;
A mi pesar el destino me acosa
para que me vaya.
Levántate, envuelve un trapo
a tu cintura, mi SakÍ,
Y embriágate para alejar la miseria
de este mundo.
Si hubiera sido mi elección,
¿habría venido?
¿Y en que me habría convertido?
¿Qué mejor fortuna podríahaber hallado
Que no venir, devenir o incluso ser?
RUBA-I-YYAT OMAR AL-JAYYAM

jueves 30 de julio de 2009

LOS HOMBRES TAMBIÉN LLORAN

Nuestro rollete nació en un bar en una noche de verano y sin yo saberlo que es lo más grande de esta historia. Contado así todo parece romántico, una historia bonita al uso; pero todo es pura apariencia…
El bar era cutre que te cagas y no sé cómo llegué hasta allí después de que Natalia me hiciera un corte de mangas rompiendo después de once años juntos, y yo beberme para olvidar hasta el agua de los floreros.
Pedí un daiquiri, el dueño de aquel antro me miró y después de unos segundos puso encima del mostrador de mármol un vaso chiquito y lo llenó de güisqui. No protesté, pero tuve la sensación de estar en una película del oeste y que si rechistaba, mi cabeza recibiría el tiro de gracia
Estaba apoyado en el mostrador para no caerme mientras lloraba cómodamente. Si, cojones, los hombres también lloran y el que no lo hace es un maricón reprimido... Y mientras hacía estas reflexiones, oigo una voz que dice:
-Un daiquiri, por favor. Ponga el ron más barato que tenga. Sabrá mejor.
Giré la cabeza instintivamente y vi a una especie de hombre de melena rubia y ademanes afeminados esperando a que el camarero le pusiera el güisqui como a mí. Pero no. A esa cosa le sirvieron mi daiquiri. A duras penas me acerqué a ver qué tenía aquella persona que no tuviera yo; estaba claro: yo estaba mamado y la cosa se hallaba sobria.
Pero todo es pura apariencia, insisto. La cosa en cuestión se bebió el daiquiri de un trago. Miré atentamente cómo bajaba el líquido por su garganta. Después, con un leve toque aposentó la copa en la barra y el camarero se apresuró a prepararle otro. Yo alcé mi vasito a ver si colaba y me daba mi daiquiri; inútil. A la cosa se lo dio y a mí el consabido güisqui.
La escena se repitió seis veces y aquella especie de persona la comenzó a hacer efecto el ron barato hasta que en un momento impreciso –digo lo de impreciso porque me fui a mear y cuando volví, la cosa estaba cerca de mi vaso- me miró de arriba abajo, sin verme, seguro, y me dijo:
-¿Tú qué tipo de cabrón eres?- yo repliqué entonces, después de desanudar mi lengua.
-¿Cuántas clases hay?
-Decenas, centenas y millares- evalúe su respuesta dentro de lo que el alcohol me dejaba y contesté.
-Cabrón solitario. Se ha ido con sus dos periquitos- a continuación me dirigí al camarero y le increpé... -Dos daiquiris, invita la casa.
¡Qué rico estaba!, y mientras la cosa hablaba, yo me bebía el suyo y el mío hasta que decidí echar por mi boca una frase profunda.
-Me he perdido, no sé qué te pasa, pero si necesitas llorar, hazlo. El hombre que no llora es un maricón reprimido- según terminé de exorcizar mi frase, la cosa me arreó tal bofetada que caí al suelo según la echaba encima la pota.

Fin de la historia. No me preguntéis cómo llegué a mi casa, ni cómo recordé pasadas varias semanas del incidente aquel bar cutre donde preparaban los mejores daiquiris que había probado en mi vida. No volví a coincidir con la cosa tampoco. Se preguntarán por qué lo llamaba cosa. Mis recuerdos son vagos, pero mi percepción jamás se ha equivocado: era un ser extraño, un maricón que no lloraba. Vamos, que no se había atrevido a salir del armario.
Hoy me he casado con Laura, una mujer maravillosa. Apenas seis meses de relación, pero no hemos necesitado más tiempo; hubo química desde el primer instante.
Cuando todo el rollo del bodorrio se ha terminado, mi mujer me ha dicho que me iba a dar una sorpresa.
¿Quieren saber cuál era? Me ha llevado al barucho. Sí, el cutre.
Nos hemos apostado en la barra. Andrés, el camarero ha actuado como si no me conociera, no entendía el porqué, pero como estaba tan alucinado de que Laura me llevara precisamente allí que no he preguntado nada.
Ella con voz pausada ha pedido dos daiquiris. Hemos brindado y cuando se ha llevado la copa a la boca, he mirado su garganta, cómo el líquido corría dentro de ella. Después, con un leve toque ha depositado la copa en la barra. Andrés ha acudido ante ese gesto y nos ha puesto uno, y dos, y tres y..., así hasta darme cuenta que Laura era la cosa.
Sí, me he puesto a llorar, pero esta vez de risa.

lunes 27 de julio de 2009

CARTAS DE AYER: LUIS RODRÍGUEZ ESPINOSA

Navidad, 1938

El aire viene cargado de un humo opaco, se mezcla con los copos densos de nieve. El silencio está enquistado de miedo, de advertencia; nada parece lo que es. Sin embargo todos hacemos un mundo paralelo al horror, a la espera de que en cualquier momento, retomemos el fusil y salgamos a morir.
Paco, mi compañero de trinchera, se embelesa en leer cartas de haces meses de Dionisa, su novia. Muchas veces, en esas noches en que el frío arrecia, que no hay el calor del cigarrillo de picadura liada, ni el aguardiente para olvidar, nos lee alguna misiva de ella. Me hace gracia, todas terminan de la misma manera: “Si me quieres escribir ya sabes mi paradero…” famosa letra de la canción que nos abandera a ambos frentes. Son lienzos que desmenuzan la vida en la retaguardia. Nos cuenta las penurias, la carestía de la vida cotidiana, el temor de las palabras del general Franco que corren como ríos de pólvora: “Juro aplastar y hundir al que se interponga en nuestro camino”. Sí, esto era el único lamento de Dionia y, a pesar de eso, transmitía esperanza, luz a una próxima victoria, a una paz que no parecía llegar jamás…

Paco, en su fuero interno, guarda con celo un secreto inconfesable a sus compañeros de trinchera, exceptuando yo. Dionisia es enlace entre dirigentes del PCE. Él, francisco Barroso, comandante de una de las legiones de Franco. Eso, por mucho que se quiera poner voluntad en digerir, puede llevarles a los dos a una muerte previamente anunciada. Dos mundos, ideologías contrapuestas, pero el amor no sabe de ideas, sólo de sentimientos y Paco se enamoró de aquella niñita de cara angelical la primera vez que la vio; poco le importó el que dirán en la sociedad provinciana en la que vivía hasta antes de la guerra, ni siquiera la diferencia de edad que les separa. La chica es menor de edad, 19 años; Paco, rondando la treintena.

Es Nochebuena, un lápsus para el fuego abierto al enemigo. Trato implícito de acallar los disparos en ambos bandos: preservar la tradición y que el niño Dios reine en todos nuestros corazones.
Acabo de escribir a casa contando “una milonga”, todos hacemos igual; nadie cuenta la verdad. “Estamos todos bien, apostados cerca de un caserío, donde hay abundancia de huevos y leche”. La verdad es otra: tenemos frío, mucho. Las tripas rugen desesperadas desde hace días. La cena ha consistido esta noche en agua caliente con sabor a mondas de patata y, cada uno a su manera, ha llorado lágrimas de hiel, abandonado el traje de valentía, necesitamos el calor de los nuestros y todos sabemos que estos, quizá, ya no vivan. Hace exactamente cinco meses que no llegan cartas y, aunque la guerra parece lenta, los acontecimientos se precipitan de tal manera que en un momento es gloria y al instante, tu vecino yace sin vida con un hilo de sangre escapado de su nariz como último signo de que una vez fue alguien.

Quiero señalar en papel que soy Rubén Brisac, recordarme, cada día que puedo, quién fui y, ahora, qué soy. Escribir este cacho de diario me reconforta; no tengo a nadie a quien enviar cartas… Bueno, tampoco es cierto esto que afirmo, ahora lo explico. Vengo de un pueblo en que todos desaparecieron. Por allí pasó un batallón y me enrolé. Antes de este infierno, iba a la escuela, de ahí que sepa casar letras. El maestro me enseñó el amor a la lectura y tenía mis planes: compaginaría las labores del campo junto a padre y Mariano, mi hermano; trabajaría en la biblioteca del ayuntamiento, pero la guerra se adelantó.
No entendía de odios y he terminado machacando las vísceras de mi hipotético enemigo que, por cierto, no conocía de nada.
Ahí, de verdad, comenzó mi verdadera aventura y no esta apestosa contienda.
Entramos, una madrugada del mes de agosto, a descansar en un camposanto. Creíamos que estaría vacío de vivos y la sorpresa fue mayúscula cuando fuimos recibidos por balas a diestro y siniestro. Sé que en aquel momento perdí miedo al fusil. Inconscientemente decidí vivir, defenderme de la muerte; lo logré, pero, cuando se hizo la luz, al alba, descubrimos un reguero de cadáveres que removería la conciencia de todos los que podamos sobrevivir a ese horror. Allí había niños, ancianos, mujeres abrazadas a machetes. Sí, también estaba el cuerpo de Luis Rodríguez Espinosa. Sus ojos valientes me miraban fijamente; una mano caía sobre su arma, la otra reposaba sobre el pecho. Un bulto sobresalía de él. Me agaché y recogí el paquete que él defendió hasta morir; cerré sus ojos y me marché como si la frialdad se hubiera apoderado de mi ánimo
.
Al caer la noche, recordé el paquete. Miré alrededor, todos parecían descansar. Lo abrí. Era un montón de cartas y dos fotos avejentadas, seguramente de tanto manoseo. Una era el retrato de boda de los padres de Luis. Antonia, la madre, era muy guapa y rolliza, perfectamente enlutada para los cánones de la época. Luis, el padre, se mostraba altivo, sereno, distante. La otra era de la chica más hermosa que yo hubiera visto jamás. Blanca Manzanero era el amor de Luis; después pasó a ser el mío. Una vez leídas a borbotones aquellas cartas repletas de sentimientos, ilusiones y contradicciones, decidí que Luis Rodríguez Espinosa no moriría para esas personas mientras yo pudiera.
Así comencé mi vida paralela. Escribí una carta para cada uno de ellos, advirtiéndoles que, si me contestaban, pusieran en el sobre el nombre de Rubén Brisac.

22 de febrero, 1939

He recibido tres cartas; una de “mis padres” y dos de Blanca. Puff, he sentido una angustia que no sé describir. Al principio no me he atrevido a abrirlas, me veía como un farsante; luego, una vez leídas, he sentido una paz difícil de contar, un sentimiento de que ya no volvería a ser jamás Rubén.
Ella me cuenta que no se fía de nadie pues ha oído que los franquistas han metido chivatos en todos los sitios: “Tenía tanta hambre, Luis, que me he vendido por un plato de lentejas de Negrín. Cuando todo ha terminado, he salido corriendo; en el camino se me han caído unas pocas, pero hoy todos hemos comido caliente. Mi casa parecía una fiesta. Cuando me he metido en el petate, he visto tu cara desangelada; amorcito mío, ¿sabrás perdonarme? Si no recibo respuesta, sabré entenderte. Sólo te pido que no me guardes rencor. Las gente buena no sabe de esas bajezas…”

“Mi padre” parece un hombre muy riguroso en sus ideas. Intuye que pronto terminará en el paredón y “me instiga” a que sea fiel a mis ideas, que no caiga, por debilidad, en los brazos del enemigo. Una cosa es pasar por uno de ellos para salvar a muchos y, otra, que olvide a los camaradas que confían en mí. “Querido hijo: pronto me iré de este mundo. La única pena que me llevo es no poder darte el último abrazo porque, por lo demás, la conciencia va alta; no he hecho mal a nadie. Son los fascistas quienes matan y no respetan. Cuida de tu madre cuando yo falte. Tienes que sobrevivir por todos nosotros…”

Hay un trozo de espejo colgado en la pared de la trinchera. Me miro y me pregunto quién tiró la primera piedra. No me veo como fascista; mis compañeros son buenas personas, ¿entonces?


4 de agosto, 1939

Aún no he regresado a casa, ¿qué casa?, desde que terminó la guerra. Blanca me insta, una y otra vez y yo le doy largas. Pero hoy me he avalentonado y le escribí una carta conjunta a ella y a “mi madre” contándoles la verdad. No se me ocurría cómo terminarla y decidí poner la letra de la canción:”Si me quieres escribir ya sabes mi paradero/Tercera Brigada Mixta, /primera línea de fuego…”

Lo más seguro es que haya decidido enfrentarme a mi única verdad por la desolación de mi buen Paco. Estamos en Madrid, a las puertas de las Ventas; vamos a pasar la noche, aquí, apostados. Al alba ejecutarán a Dionisia, la novia, menor de edad, de Paco. A mi amigo, no le dejo solo con este trago; dicen que las llevarán escoltadas por la guardia civil a las tapias del cementerio del Este.
Llora sin consuelo. Sus lágrimas no son las de la trinchera. La rabia yace en ellas y contengo su ímpetu para que no salga corriendo y una bala atraviese su espalda.
Le calmo, le susurro que si nosotros somos los triunfadores, aprovechemos esa circunstancia para salvar al vencido… Me ofrezco a leer la última carta de Dionisia; está aún cerrada; él asiente:
“Muero, mi amor, pero no reniego, no me escondo. Me reuniré con mi padre y mis dos hermanos. Descansaré, al fin. No quiero que se me olvide felicitarte a ti y a los tuyos por vuestra gran victoria, pero no la uses para humillar. No me lloréis, que mi nombre no se borre de la historia. Mi causa fue honesta…”. He parado de leer. Nos hemos abrazado muy fuerte y llorado juntos.


Navidad, 2005

El telefonillo del portal de la calle Maestro Alonso, 22, 3ºC no hace más que sonar.
-Luis, hijo, ¿no oyes el timbre?
-Voy, abuela…

Luis regresa con un paquete y se lo tiende a su abuela. Va a nombre de ella, Blanca Manzanero. Abre un sobrecito pequeño y le dice a su nieto que se lo lea:

“Estimada Sra. viuda de Luis Rodríguez Espinosa y de Rubén Brisac: tenemos el gusto de enviarle el documental “Que mi nombre no se borre de la historia” que se emitirá a primeros de enero en TVE y, que usted, tan amablemente ha colaborado tanto con su testimonio como con el diario de su marido.
Le deseamos unas felices fiestas, camarada Manzanero”

martes 21 de julio de 2009

UN ANTES, UN DESPUÉS

He descubierto un lugar delicioso y solitario: es el hueco de la escalera de incendios; Entre dos puertas. Allí corre una fina brisa y la vista de una de ellas es a un trozo de cielo.
Me siento libre como un pájaro.

Me escondo allí a fumar, a pensar y a leer. Está un poco sucio, pero no me importa, aunque esa suciedad me acerca el recuerdo de mi armario cuidadosamente cerrado con naftalina de olor a lavanda. Allí están guardados trajes de siete años; “Me sentaban muy bien, me favorecían, he de reconocerlo” me digo para saciar mi vanidad perdida.
Sin embargo, ahora voy hecha un cuadro, mi condición de proletaria me induce a ponerme cualquier trapo para equipararme al resto y no sobresalir de la masa en nada; he olvidado mi imagen y, si alguna vez en el ascensor me miro, no me reconozco. Antes subida a unos andamios y ahora rozando el suelo. “¿Cuál es más real?” Me pregunto mientras ese trozo de cielo me regala un rayo de sol que no quema y me endulza... Nunca dejé de ser yo de alguna manera, pero la soledad siempre me ha perseguido. Antes, por ser quién era, debía guardar las distancias, y ahora..., no sé lo que debo guardar, la verdad, pero aquí estoy sola, nadie se acerca a mí desde que llegó la maldita crisis y comenzaron a rodar cabezas, sueldos. Después llegaron los despidos, los llantos, los orgullos heridos y… yo.
No me mandaron a la calle, es cierto, pero me hicieron toda clase de judiadas; mi vida se convirtió en un infierno hasta que una mañana cuando llegué a trabajar con mis tacones de vértigo me encontré sin despacho. Mi vida laboral se resumía a una caja arrinconada y a una maceta.
Me agaché a mirar la planta, no recordaba tenerla. Estaba allí pacientemente esperando a ser recogida por alguien. Su humildad me hería; tan simple que su belleza irradiaba luz. Recogí mis chismes y la planta y me dirigí al departamento de RRHH a que me leyeran el futuro; de esto hace un año.

… Ahora, pienso que nos ofuscamos en no ver la belleza de las cosas cuando éstas están deseando ser descubiertas, palpitando por una mirada sin ceguera.

Pisoteo el cigarrillo, lanzo un suspiro a la nada y retorno al trabajo. Ser proletario tiene sus ventajas: no he de mandar, sólo dejarme llevar y mis tiempos son sólo míos.
He sentido tras de mí el airecillo humilde que rozaba mi espalda y he sonreído; desde entonces no he dejado de sonreír.

sábado 18 de julio de 2009

INCIERTO

…Hace frío. Estoy temblando por más que me arrebujo al abrigo. He tenido una pesadilla, una premonición, o cómo se quiera llamar esa sensación. El caso que me he despertado pulverizada de miedo, con ese encogimiento del corazón que tenía de pequeña cuando en medio de la noche abría los ojos y todo era oscuridad. Me ponía a chillar hasta que las suaves manos de mi padre acariciaban mi pelo y el calor volvía a mi cuerpo… Me gustaría que estuviera ahora aquí para consolarme. El alma de un adulto por mucho que madure, en algún rincón lleva pegado el sello de la niñez y a lo largo de la vida emerge aunque sea unos instantes. Es como una regresión en el que ves con toda nitidez aquel ayer, sientes como entonces y meces a ese niño entre tus manos encallecidas de desilusiones.
…Qué lastima que no tenga un cigarrillo; he palpado en los dos bolsillos y no hay nada. Es muy raro, siempre llevo chismes en ellos, pero ahora están tan vacíos como yo. También quisiera mirar la hora, pero no tengo reloj. No me digas que no es extraño, nunca me quito el reloj… Voy a cerrar los ojos, a recordar y así olvidar este abandono, pero el caso es que no puedo hacerlo; a ver si me explico: quiero, pero no puedo. Mis ojos ya no se cierran y mi último recuerdo es el que acabo de narrar de mi padre. Después de eso no hay nada.
Páginas en blanco, brumas. Las palabras se me hacen indómitas y cada vez peso menos. Como si fuera aligerando lastres, desprendiéndome de lo que hasta ahora iba conmigo… Y este lugar tan silencioso, no se ve a nadie. ¿Cómo habré llegado hasta aquí? Caminaré si es que el miedo me permite aunque ya no es miedo la sensación que me recorre sino, más bien, una soledad, una clarividencia cada vez más palpable de soledad, de que no soy nada, de estar flotando sin saber más… Allá, entre la niebla parece que he visto algo; es una puerta.
… No ha hecho falta que la abriera, se ha abierto sola según me acercaba. Lo que he visto me ha dado la sensación de una película. Debía mirar hacia abajo para ver… Llovía, era una carretera, un coche circulaba; se acaba de salir de la calzada y se ha empotrado contra unos árboles. Sale humo, pero no hay grandes desperfectos, sólo el morro del coche; menos mal… Ay, parece que se abre la puerta delantera. Sale alguien del coche y mira para todos los lados. Está desorientada… Llega otro coche. No, son tres coches; paran. Se bajan y corren hacia donde está el coche empotrado. Ella se hace a un lado. Sí, es una mujer la del coche accidentado y observa lo que hacen las otras personas. No la hacen caso. Ella trata de hablarlos, pero es inútil, la ignoran. Llega una ambulancia, sacan una camilla. ¡Por fin!, alguien la ha visto, la invitan amablemente a que repose en la camilla y ella acepta.
Antes de tumbarse, ella eleva la cabeza hacia arriba y saluda en dirección a donde yo estoy; me ha visto. Yo también la saludo, pero cuando se han cruzado nuestros ojos, he visto algo más… Era yo.
La puerta se ha cerrado de golpe.
Mi cuerpo ha comenzado a temblar, tirito por dentro y por fuera; no entiendo nada. Estoy llorando, mis lágrimas rebotan como chispas de cristal…, vuelvo a sentir miedo… Noto un roce en mi espalada. Me vuelvo, ¡es mi padre!
Me he refugiado en sus brazos y he sentido que había llegado al final de mi camino.

domingo 12 de julio de 2009

MÁS LIGERO QUE EL AIRE

No fueron las alas de una gaviota, sino un globo de seda rebosante de gas, más ligero que el aire, que recorrió cuarenta y tres kilómetros desde París. Sin embargo, hay quien sostiene que su ligereza llegó más allá del tiempo…

París, 21 de noviembre 1783

-¡Padre, ha sido impresionante! Todo París estaba allí; dicen que más de cuatrocientas mil personas.
-Y esta vez ¿no se han perdido los animales?
-Padre, usted jamás me escucha. Eso fue en septiembre, en Versalles y delante del rey, Luis XVI; los hermanos Montgolfier metieron en un cesto cilíndrico suspendido del globo, a una gallina, un cerdo y un pato para averiguar si en las capas superiores del aire podría sobrevivir la vida animal. El globo desapareció en el cielo. Pero hoy padre ¡Ha salido todo fabuloso! El marqués d’Arlandes y Rozier han permanecido suspendidos en el aire veinticinco minutos y han recorrido unos nueve kilómetros. Han aterrizado cerca del camino a Fontainebleau.
-¡Ay François! Tú si que estás suspendido en el aire; el día que aterrices hijo mío, será un gran día para tu madre y para mí.

¿Por qué su familia no le quería entender? Siempre estaban achacándole un exceso de imaginación, unos gustos estrafalarios. Desde muy pequeño amó los experimentos y no hay duda que quien contribuyó en su carácter fue su vecino, el físico Alexandre Cesar Charles; de él decían muchas cosas en París, la menos cruel era que estaba un poco loco. Pero, François de la Riviere a sus veintiún años, consideraba a este hombre una musa para desarrollar sus dotes de investigador y así se pasaba las horas muertas metido en la casa del señor Charles.
-Por fin señor ¿Para cuando prevé, usted, el vuelo?
-Todo estará listo para el uno de diciembre. ¿Has visto las últimas modificaciones? Tiene dos cuerdas de mando; una deja salir el gas por una válvula en lo alto del globo para descender, y otra abre la juntura del cierre para desinflar el globo una vez que se ha posado. Debajo de la cesta lleva una especie de amortiguadores de mimbre para que el golpe al aterrizar se aminore. Voy a llevar un estatoscopio, así conoceré la variación de la presión exterior y sabré si el globo asciende o desciende.
Llegó el treinta de noviembre, por cierto, era el cumpleaños de François y víspera del nuevo intento del hombre por volar. El muchacho no había convencido al señor Charles de que le dejara ser su acompañante. Había increpado hasta la saciedad a la sensibilidad del físico pero, éste, hizo caso omiso a las súplicas del jovencito.
Había caído la noche muy temprano en París, y François no hacía más que dar vueltas al globo, contemplar y admirar su belleza. En un arrebato inconsciente, se metió dentro de la cesta de mimbre; observó que estaban todos los detalles preparados, hasta las cosas más simples como ropa de abrigo, algunos alimentos pero se dio cuenta, mirando hacia el exterior, que el ancla no estaba bien sujeta; cuando bajase apretaría fuerte el artilugio, pensó.
Mientras, si mal no recordaba, el señor Charles le había dicho que había que tener exquisito cuidado a la hora de arrojar el lastre de arena, pues si se echaba demasiado no tendría una altitud constante para compensar la salida gradual del gas y ascendería.
Tan embebido estaba en examinar los pasos que se tendrían que dar, que no se percató de que no estaba haciendo un repaso mental sino que… estaba realizándolos.
Algo extraño le despertó; le dolía fuertemente la cabeza y apenas podía abrir los ojos, aunque sí pudo vislumbrar un enorme animal delante de sus ojos. Del susto, intentó incorporarse pero los picotazos en una de sus manos, se lo impedían ¿Qué era aquello? Centró más la visión, se sentía muy mareado, con ganas de devolver y perdió el conocimiento.
-Buen hombre ¿cómo se encuentra? La gallina con sus picotazos le ha dejado la mano destrozada. El otro animal lo tiene bien alimentado; por estas tierras no hay de esa clase ¿qué bicho es? El pato como no lo ate, se meterá en el agua.
-El animal es un cerdo, señor ¿Dónde estoy?
-En el mar de galilea o lago Tiberiades. Me llamo Simón y soy pescador. Volvía a casa cuando lo encontré. Se ha dado un buen golpe; tiene moratones por todo el cuerpo y la ropa destrozada. Por cierto ¿De qué va vestido?
-¿Dónde me ha dicho que me hallo? Según terminó de balbucear la última palabra, François volvió a caer en la inconsciencia.
De nuevo sus ojos se abrieron, pero en esta ocasión la sensación era muy distinta; no le dolía el cuerpo ni la cabeza; las nauseas habían desaparecido y lo que sí notaba era un apetito feroz. Se incorporó lentamente. Frente a él había una fogata encendida que daba un resplandor extraño y cálido; la temperatura era suave y junto al fuego vio a tres hombres que charlaban tranquilamente… también vio varios animales de distintas especies reposando placidamente.
-¿Mejor? Come un poco de pescado, te sentará bien- Aquella voz sonaba a remanso de paz, pensó François, pero lo que de verdad le conmovió fue la mirada del hombre; jamás había visto esa profundidad, bondad, seguridad… humildad. Estaba impresionado aunque, si era sincero consigo mismo, tanto la voz como aquellos ojos le eran familiares
- Acércate al fuego.
-Gracias- François no dijo más, simplemente escuchaba y observaba; tenía la sublime sensación de estar asistiendo a un hecho… nada común.
-Os anuncio que el reino del Señor está cerca; debéis ser consecuentes con vuestros actos, arrepentiros y purgad vuestros pecados… bautizaros en estas aguas benditas por Yahvé. Pronto llegará la tormenta celestial a reclamar a sus hijos lo que es suyo. Toda Judea, mercaderes, recaudadores de impuestos, soldados, hasta fariseos y saducéos vienen a tomar el bautismo en las aguas del Jordán.
-Oye Juan- preguntó Simón- ¿Acaso crees estar iluminado por ser un asceta que ha pasado años meditando en el desierto, que predicas la misma vida austera y ruda que tú llevas, y de quien Isaías pronosticó tu llegada?- el pescador se echó a reír de buena gana. Se notaba que era un hombre tosco pero franco, poco versado en las aptitudes espirituales aunque su actitud estaba carente de toda maldad.
-Tú que te haces llamar profeta de Yahvé, que te haces eco de los grandes profetas de Israel ¿crees acaso que el verdadero Mesías se acercará a tus aguas?-Ahora hablaba el hombre que había sobrecogido tanto a François- Si es el hijo de Dios, carne de su carne ¿Cómo puedes pensar que se halle en pecado?
-Pronto vendrá; ni Él mismo sabe, por estar recubierto por la carne de hombre, quién es. Se sumará a la muchedumbre arrepentida, y siguiendo los pasos de publicanos y pecadores, recorre como un peregrino anónimo el surco de la miseria, de la esperanza humana.Y tú, muchacho raro, aplícate la lección, arrepiéntete, echa el demonio fuera de tu espíritu.
-Él ya fue bautizado-habló de nuevo aquel hombre extraño- aunque aún no sepa quién es Dios, ni qué significa el pecado.
Según terminó de hablar el hombre, se retiró del grupo y se fue a sentar al borde del río.
François no podía pensar más allá de la incoherencia; su estado anímico, acusado por el golpe, pensaba, le hacía estar viviendo de forma real un sueño, o que la altitud del vuelo, la presión, le hubieran afectado a la cabeza de tal modo, que imaginara una vivencia inimaginable. Sin embargo, lejos de desear despertar, regresar a su realidad, quería seguir viviendo esa experiencia. Era consciente de todo lo que estaba pasando aunque fuera un somnolencia; no se preguntaba dónde se hallaba el globo, qué hacían allí los tres animales desaparecidos en el vuelo del último septiembre delante de Luis XVI, la gallina, el cerdo y el pato, cómo volvería a casa… eso ahora era lo de menos ¿Por qué no vivir un poco más aquella locura?
Se durmió placidamente al lado del fuego, acunado por el murmullo de la discusión entre Juan y Simón, y sólo a media noche volvió a despertar. El cielo estaba plagado de estrellas, jamás había visto tantas, quizá porque al vivir en una gran ciudad, eso es imposible; el brillo y la luz impresionaban. La luna caía reflejada en las aguas tranquilas del Jordán e iluminaba una sombra que seguía al borde del agua: era aquel hombre de extraña naturaleza, de temple controlado y rodeado de un misterio que a François le subyugaba.
Se acercó a él como los polos opuestos que se atraen; silenciosamente, se sentó a su lado y sin saber por qué, preguntó:
-¿Sabes que hago aquí?-El hombre sin inmutarse, siguió mirando al infinito y de su garganta volvió a surgir la voz.
-Penetra en tu interior, pregúntatelo, yo no soy quien para responderte. Obra justamente, busca tu sentido, el por qué y para qué. No has de ser un autómata sino corroborar a la bondad de quien te ha creado; volcar ese don en tus hermanos. Te has preguntado quizá cómo es tu mundo, si el error impera, si es la ceguera quien guía tus pasos y los de otros; si cada mañana, te impones la justicia al débil como premisa para tus actos. Si es la verdad la que ilumina tu palabra; respóndete a todo esto y sabrás un por qué.
-¿Quién eres?
-Nadie más que tú; cargo con mi cruz, como tú con la tuya. Cada quien es libre de elegir su camino de espigas, piedras víboras y lobelias. He venido a que Juan, ese hombre vestido con piel de camello y alimentado durante años de grillos y miel salvaje, me bautice, a convertirme en árbol que de buen fruto.
-¿Eres judío? ¿Seducéo?
-Soy Judío; me crié en las enseñanzas de La Torá, pero no soy seducéo; no pertenezco a ninguna rama aristocrática. Soy hijo del pueblo. Ellos creen que Yahvé no se inmiscuye en sus vidas cotidianas; no creen en la inmortalidad del alma ni en la resurrección de los muertos… yo sí.
-Yo tampoco creo en nada de eso.
-¡Pobre ignorante, tu oscuridad es total! ¿Acaso crees que vienes de la nada y a la nada regresarás? Polvo eres y en polvo te convertirás, pero eso vale para las vestiduras con las que tapas tu alma; el cuerpo, la carne, vuelven a la tierra y ¿Tú? ¿Crees que también eres polvo, arena del desierto, que nace porque sí y muere olvidada en la nada eterna? ¿No será quizá un ser supremo que nos done estos bienes sagrados de la vida y el sentimiento?
-En mi mundo no imperan las creencias celestiales; se vive sin más. Unos gozan, otros sufren… es condición de vida, porque ¿Tú crees que si existiera un ser altísimo y bondadoso permitiría atrocidades? Respondedme.
-Se os da el don de la vida, vosotros elegís el camino.
-No me digas eso. Nadie elige la pobreza ni el dolor; a unos, se da todo; a otros, se les quita hasta la luz ¿Cómo entonces me puedes hacer creer en una justicia divina, que hay un antes y un después, que somos libres de elegir? Si es que hay un Dios es tan ciego e insensible que no se merece creer en él.
-Bucea dentro de tu alma, pues la tienes. No preguntes a otros dónde está la dirección; toda respuesta está dentro de ti. Allí encontrarás la paz, la conciencia del bien y del mal. Darás lo que siembres si eres capaz de regar tu corazón para que quites la paja del trigo y, cuando lo hayas hecho, estará tu Dios particular esperándote. No es sino en la humildad, en el reconocimiento de tus limitaciones donde se halla la grandeza de espíritu, la luz de tu vida, antes, mientras y, después de tu muerte física.
Dicho esto, ambos silenciaron la palabra; la luz del día se acercaba con paso majestuoso, tiñendo el horizonte de un rojo suave aunque sí muy luminoso. Se disipaba una tierra fértil de palmeras, olivos, nogales e higueras. A lo lejos, François podía observar campos de trigo y vid; si era verdad donde se encontraba, en alguna ocasión había oído decir al señor Charles que aquella zona era el punto más bajo de la tierra, como unos cuatrocientos metros bajo el nivel del mar. Ahora, asombrado en su contemplación, daba gracias, no sabía a quién, pero las daba, por aquel sueño, por aquella realidad tan distinta a la que él, François de la Riviere, nacido en París del siglo XVIII, futuro científico, acostumbrado a investigar, a profundizar, a averiguar el porqué de las cosas, estaba acostumbrado; si aquello era una excusa para pensar, discernir y aclarar otras ciencias ocultas dentro de él ¡Bienvenido aquella alucinación tan real! Y una vez hecha la reflexión, sintió como su cuerpo se incorporaba y seguía con decisión los pasos de la muchedumbre que caminaba hacia el punto donde Juan se encontraba.
-François, hijo despierta ¡Apareció el globo! Corre por todo París la buena nueva. ¡Dios mío! ¿Qué hacen esos tres bichos metidos aquí?
El muchacho miró en dirección de los animales y, con una profunda e indescifrable sonrisa contestó:
-Lo sé padre, lo sé…
-¿Cómo es qué lo sabes si estabas dormido profundamente? Levántate, ha mandado a buscarte el señor Charles, no le hagas esperar.

P.D. En realidad, cuentan que fueron un pollo, una cabra y un pato quienes volaron durante ocho minutos por los cielos de Versalles, aterrizando sin incidencias, y que jamás el globo del científico Charles desapareció, pero los cuentos son a veces para soñar…

martes 7 de julio de 2009

VIDAS ROBADAS

Ana, se llama Ana Padilla, cuarenta y ocho años, y dos hijos que nunca quiso tener. Sin carrera, sin futuro y que acaba de divorciarse. Se frota las manos ante esa sensación nueva que significa libertad. Al fin, se siente libre aunque lleva un buen rato parada en la calle; no sabe a dónde dirigir sus pasos de su recién estrenada condición de ex.
Se pone a caminar despacio, sin rumbo, rozando el aire su incipiente piel marchita, sus despreciables síntomas de mujer en los albores menopáusicos.
Todo se ha desencadenado tan rápido, apenas hace seis meses vivía una cómoda hipocresía, nada hacía preveer semejante desenlace. Tan acomodada estaba en su condición “de”, que llevaba años siendo arrastrada a ser un objeto más de una vida que aunque renegó al principio, después se fue adaptando hasta bordar el papel.

Las brumas del tiempo fueron borrando aquella chiquilla que gustaba atraer la atención de los demás, perdiéndose en el mundo de las sensaciones al límite. Transcurrían parejas lo que navegaba en sus adentros con lo que afloraba en el exterior. Porque aquella vida más falsa que Judas se tragó la juventud del corazón, y sus ojos se nublaron de vejez y desidia. Toda ella olía a olvido y, sin embargo, siguió montada en aquel estatus cómodo y práctico. Pero Paco, su marido, la sirvió en bandeja la puerta grande.

Como pasa a muchos cuando llegan a cierta edad y han perdido por el camino la ilusión, a la vuelta de una esquina encuentran sin buscar la miel de la segunda oportunidad enganchada al escote de una joven, seguramente quince años más jóvenes que ellos y, entonces, en esos corazones marchitos y apagados se enciende una linterna que ilumina todos sus recovecos.
Paco rejuveneció, tiró por la ventana lastres innecesarios y se fue de casa.
Al principio, Ana tardó en digerir su nueva realidad de mujer canjeable y abandonada; estaba tan acostumbrada a cerrar páginas en blanco que…

En el despacho del abogado ha sido todo tan frío y materialista que parecía que no había ni siquiera sentimientos ni un ayer para recordar. “Paco está loco”, pensaba Ana mientras éste no discutía ni un punto de los acuerdos. Ella se quedaba con todo: casa, coche, acciones… Él no quería nada. En principio la dolió porque veintiséis años de matrimonio no se pueden tirar por la borda de esa manera, ¿no? Ana, cuánto más reflexionaba, más ofendida estaba hasta que el abogado pronunció la pregunta “¿De mutuo acuerdo?”, y ambos, sin titubear, contestaron que sí.

… Ana, está sentada en un banco del Retiro respirando hondo mientras una chicharra se afana en recordarla que hace calor; ella no siente nada si no es culpabilidad. Sí, se siente culpable de no haber tenido coraje y haber roto muchos años atrás. Ha robado una vida a Paco, se la ha robado a ella misma… Y, ¿ahora será capaz de encontrar una nueva para ella?
Cae la tarde, Ana sigue sentada en el mismo banco. Sigue pensando, tiene miedo, se siente sola, se siente una cobarde y se pregunta, “¿Cómo se construirá un mañana después de haber destrozado un ayer?”… Entonces, se acuerda que en casa alguien la espera; hay dos hijos que tampoco Paco ha querido discutir; también son para Ana, y ella no les quiere quitar lo que sus padres se quitaron así mismos.

domingo 5 de julio de 2009

LA HUELLA

María está fregando los cacharros. Mientras, escucha en la radio un programa muy entretenido. En el mejor de los momentos, lo interrumpen para dar paso a los anuncios, y una voz tan alegre como el sol que entra por la ventana, dice: "Amigo, no se olvide. Hoy es San Valentín".
Para su trajinar y, secando la piel de sus manos, prepara un café y se sienta. Enciende un cigarrillo. Fuma con placer y su pensamiento asciende igual que las volutas de humo…

María olvidó cómo es el amor. Ni siquiera recuerda qué textura tiene, o el sabor que produce en el paladar del corazón.
Le gustaría ser como los otros que dicen amar, sonreír porque la dicha vive en ellos. Pero no, ella es distinta, tan diferente, que a sus años, su amor está marchito. Se secó una primavera y jamás volvió a florecer.
… Lo contempla con ternura y sus ojos entristecen. Aún conserva sus lágrimas tatuadas en ellos.Se pregunta cómo sería ahora su vida con amor. No sabe, no contesta.
Hace memoria y, aunque el tiempo desdibuja los recuerdos, hay imágenes que no se pueden olvidar.
Entonces, el rostro de María se ilumina y la mirada se pinta de amor.
Suspira, ¡qué tiempos aquellos!, y se funde de nuevo en el olvido.

jueves 2 de julio de 2009

NANA PARA UNA CEBOLLA ANCIANA

“En la cuna del hambre/ mi niño estaba. / Con sangre de cebolla/ se amamantaba. /Pero tu sangre, / escarchada de azúcar, / cebolla y hambre…” Miguel Hernández

¡Buenos días! Voy a subir un poquito la persiana, pero no demasiado para que los rayos de sol no te molesten, y ¡es una pena! porque hoy es un día precioso de primavera; la temperatura es deliciosa. Se nota alegría en el ambiente, y parece que, por fin, la tristeza del invierno se ha ido.


… He visto en el jardín los rosales en flor ¡qué colores!, los más bellos son los rojos y amarillos, los colores que a ti te gustan. Ya verás como este tiempo te sienta estupendamente.
He traído zumo de pomelo. Como dices que tiene tantas vitaminas y es muy sano, te vas a tomar a pequeños sorbos un vasito, ¿vale?
... ¿Te acuerdas cuántas veces me hiciste llorar cuando no me dejabas ir al colegio sin tomarme el zumo de pomelo? No me gustaba y sigue sin gustarme pero, ahora, hago lo mismo que tú; según se despiertan los niños, les preparo el dichoso pomelo.
No me pongas mala cara, que te veo venir ¿Te has dado cuenta que ahora haces lo mismito que nosotros cuando éramos enanos? La higiene es fundamental; ya verás, una vez que te lave, te echaré la colonia que te gusta... ¡Qué recuerdos me trae! ¿Alguna vez te lo he contado? Cuando ibas a salir y te empezabas a arreglar, yo, me escondía muy cerca de donde estabas y observaba cada paso que dabas ¡Cómo me gustaba! Pensaba que no había en el mundo una mujer más femenina que tú; grababa cada gesto tuyo en mi mente porque cuando fuera mayor, deseaba ser exactamente igual que tú. Y ya ves, mucho no me equivoqué pues dicen que me parezco muchísimo a ti ¡Mira mi pelo! Así lo tenías tú, pero que sepas, que a pesar de que ahora lo tengas cano, sigues siendo la más bonita; claro que tienes la piel marchita, pero esos surcos en tu piel también te hacen linda de veras, dando carácter a tu edad... ¡No te muevas! o no terminaré en la vida de peinarte…
Por cierto, te contaré que tengo un nuevo novio; me gustaría que le conocieras ¡Ay!, no me mires así. Reconóceme que no he tenido la suerte de mis hermanos; sigo al pie de la letra tus consejos, pero no me dan resultado. Tú viviste en otra época y de las cosas que me aconsejabas, hoy en día se han quedado obsoletas. ¡Sí! No pongas esa cara, no pienso ser una esclava para nadie. Tú de todas formas, es que has sido demasiado buena, complaciendo siempre a todos, pero yo no soy así.
…¿Qué camisón te pongo, el azul o el rosa con encajes? ¿Éste? Sí, es cierto, no me había dado cuenta; es más bonito. Eres una llorona, te quejas y sigues siendo la mejor; nada se te escapa. ¡Bien!, mírate en el espejo ¡No seas boba!, nadie nos ve ¡Ven, acércate! Haz un esfuerzo; he de decirte un secreto que creo que no lo sabes, y te va a gustar mucho ¡No, no y no! Sí que puedes, yo te ayudo ¿No me digas que no quieres oírlo? Pues es tan sencillo como que te muevas ¡Así!...Jajajajajaja, me encanta la cara de niña traviesa que pones; ya te lo cuento ¡Déjame abrazarte! Así nos lo hacías tú ¿Te acuerdas? Te has vuelto tan mimosas como éramos nosotros; bueno ahí va el secreto del día ¿Preparada? Me encanta verte sonreír: ¡Te quiero mucho, mucho mamá!
¿Qué quieres que te lea hoy? ¿Tu poeta preferido, un cuento mío? ¡Vale! Las dos cosas:
“Una mujer morena/ resuelta en luna/ se derrama hilo a hilo/ sobre la cuna. / Ríete niño, / que te traigo la luna/ cuando es preciso…” Miguel Hernández.

martes 23 de junio de 2009

EL VIEJO PROFESOR

Amanece despacio y el sol comienza a acariciar los edificios de Viena. El astro no entiende quién de ellos es más añejo e importante…, así la vanguardia y la historia se entremezclan naciendo lentamente a un nuevo día.

El viejo profesor se retira después de una noche de guardia bajo las estrellas alimentando su obra, llena de páginas con olor a mar, su último trabajo finalizado hace escasos minutos. Relee para el firmamento, masticando las palabras a fin de que tengan estructura y entendimiento. Arrastra su voz por cada línea, tachando o añadiendo un sentido a la percepción de un sentimiento, quiere sentir su trabajo, desea que quien lo compre para deleite, comprenda cada milímetro. Su voz aún joven a pesar de los años, acompaña por última vez al silencio de la noche, único camarada en su travesía.

Esa mañana tiene una vieja añoranza dormida durante tiempo y despertada sin saber por qué en el amanecer. Antes de la retirada, vuelve a echar una ojeada a la ciudad en la que se refugió muchos años atrás. Desde la azotea adivina cada rincón en el cual alguna de sus piezas magistrales había encontrado inspiración. Para un instante en el recorrido, un golpe de tos interrumpe su paseo mental, esos detonantes les están matando poco a poco, es consciente.

Una vez pasado el pequeño temporal bronquial, hace algo prohibidísimo por su médico de cabecera: enciende un cigarrillo cuyo tabaco está tan seco como el mismo, prepara un melange bien cargado de cacao y crema y se sienta a respirar el aire fresco de la mañana que se acerca. A vista de pájaro presiente Mozarts Figarohaus en cuyo patio tantas veces recibió vibraciones insultantes, deseando correr a casa y ponerse a reflejar con los cinco sentidos aquello. Desviando la vista, adivina la calle donde se ubica el café Central ¡Cuántas horas pasadas allí! Perdidas en conversaciones rítmicas con el sonido de fondo de un viejo piano, e iluminadas por la claridad de pensamiento de sus contertulios, iconoclastas como él de la vieja retaguardia...

Sí, demasiados recuerdos buenos plasmados en un trabajo que disfrutarían otros a través del tiempo. Nada de qué arrepentirse el viejo profesor de literatura, su gran amor clausura definitivamente página.

Cierra los ojos y se deja llevar, comprende que se va, no así su obra, historias de amor, desazón, esperanza, guerra y tal vez alguna frustración..., mayor placer no pudo sentir, esto también lo percibe. Fue lo que siempre deseó ser: escritor de las pequeñas cosas.

El sol brilla en lo alto de la gran ciudad y, en una azotea no muy lejana, alguien espera quien le sustituya para la vela diurna... Las estrellas se han quedado desamparadas, claman un nuevo compañero que las duerma cada noche con una historia.
¿Quieres ser tú?

domingo 14 de junio de 2009

LA MUJER DEL CORSÉ INVISIBLE

Ella, era una mujer de las de antes; de ésas que llevan en el ojal de la chaqueta prendidos silencios y renuncias. Nunca la veías con un mal gesto, ni siquiera una mueca de fastidio. Su dulzura traspasaba los límites de lo incierto y se entrega a los demás sin falsas objeciones.
Amante del arte, de la cultura que se esconde entre las líneas de un libro, y en la novela de moda donde yacían sueños jamás descubiertos.
Su charla era pausada, amena y certera; sin duda, tenía una mente brillante aunque su humilde porte no dejaba entrever lo que en sus entrañas se cocía.
Se casó porque todas las mujeres de su generación lo hacían, ella no iba a ser menos, y entregó lo que se suponía que debía de dar: su virginidad, su persona…, su libertad.
Nadie dudó que su vida sería un éxito como así fue. Cualquier papel, de ama de casa, madre y esposa, lo bordó. Su marido la exhibía como el trofeo más preciado y ella no dejaba de sonreír con su sonrisa de Mona Lisa.
Siempre tan acorde con el momento y la situación… Vestía con rigor y sencillez. Una leve elegancia envolvía cada movimiento que surgía de su cuerpo menudo, delgado, bello. Sus ojos eran dos hojas de otoño enmarcadas en un rostro de perfil griego, boca chiquita y una frondosa selva de pelo negro que caía suavemente por sus hombros como la lluvia de primavera.
… Y así pasaron los años: pañales, estudios, crianzas, ausencias y su piel se fue marchitando. Una mañana de un templado febrero se miró al espejo y no se reconoció. ¿Quién era esa mujer que se presentaba delante de su espejo con ese corsé invisible?
No, no era ella porque Laura tenía una chispa encendida en su corazón. Insinuante y sensual que gustaba de volar, amar y ser real. Sin embargo, la mujer del espejo se la antojaba seca, comprimida, artificial.
Tanto impacto la produjo el descubrimiento de la mujer del corsé invisible que la seguía a todas partes, que se movía con la fuerza del huracán ahogando a la pobre Laura…, apenas ya tenía aire en sus pulmones por culpa de aquella mujer que, aún sin espejo, la presentía a su vera.
Dejó de hacer las camas, de pasar el plumero, de hacer la comida; se vistió y salió corriendo del castillo de naipes.
Se precipitó al banco, sacó dinero y huyó a la estación de trenes; se montó en el primero que pasó.
… De aquello, han pasado dos años, no se supo más de Laura; se la tragó la tierra, o tal vez las entrañas del infinito.
Hoy Manuel, el esposo abandonado, está leyendo el periódico en una terraza de Marbella; es verano, cae la tarde y es delicioso el rumor del mar al llegar a puerto. Un leve perfume le ha revuelto su concentración. Levanta la vista en busca de algo. No encuentra nada hasta que choca con una sombrilla, tres mesas a la izquierda de la suya. Está sentada una mujer con la cabeza hacia tras; la postura no puede ser más insinuante. Está fumado, tomándose una copa y presiente la mirada de un extraño. Se vuelve y le mira con unos ojos del color de las hojas de otoño; le sonría y se gira hacia otro lado.
Manuel ha sentido un pellizco en sus adentros…, le ha recordado tanto a Laura. Pero no, Laura era su esposa, de esas mujeres de las de antes. En cambio, la mujer de la sombrilla es de las de hoy. No lleva corsé, es simplemente una mujer que rema su propia vida.
Manuel, ladea la cabeza en afán de despreciar esos pensamientos locos. Saca unas monedas del pantalón. Paga y se va, no sin antes volver a mirar a la mujer… Le recuerda tanto a Laura, tanto…

domingo 7 de junio de 2009

HOY EL CIELO ESTÁ GRUESO

Dicen que hoy lloverá. El cielo está grueso, oscuro. Marta mira por la ventana mientras toma un café. Le duele la cabeza, apenas ha dormido. Ha amanecido como el día y es consciente que ese ánimo no ayuda. Hoy más que nunca ha de hacer un esfuerzo, olvidar que tiene memoria. Marta hija se lo merece; es su día.
Hoy a las siete de la tarde se casará con su chico. Un sueño mecido desde que corría por el parque y veía a David, un niño valiente trepando por el tobogán y jugando a espías y ladrones.
Comienza a llover, son las ocho de la mañana y el día llora con Marta. Su soledad la pesa demasiado. Tiene cincuenta y dos años y, cada año a sus espaldas, es una losa. Dicen que es joven, que tiene una segunda juventud para disfrutar en el penúltimo tramo y, sin embargo, se siente vieja, abandonada. Pero no puede fallar hoy a su hija. Tolo, el perro que compró Marta a su madre hace un par de meses, siente a sus pies. Llegó para sustituir el hueco que hoy Marta hija dejará en casa.
Pero nadie entiende que el frío que corre por el cuerpo de Marta sólo lo puede entibiar una persona, y esa persona ya no quiere estar con Marta. Hace seis meses firmaron el divorcio. De un plumazo se borraron veintiocho años de amor…, porque para marta y Alberto hubo amor y mucho… Pero él un día se cansó de sufrir, de aguantar y se fue.
Se fue y Marta se ha quedado estancada en aquel día; se paró su reloj sentimental, biológico.
Dicen que Alberto vuelve a sonreír, es feliz, y Marta aún siente más el dolor. Se piensa que cuando el amor se rompe es por culpa de terceras personas y éstas son mucho más jóvenes; Marta no opina así, no en su caso. Ella, sin saberlo, fue quebrando una ilusión casi desde el mismo día que se casó con Alberto; es consciente de que fue ella, y nadie más que ella, la culpable de no hacer porque la barca flotara, pero la lejanía de sus raíces la fueron hundiendo poco a poco, como los buenos venenos que no te enteras hasta que estás muerto.
Y mientras, Alberto aguantando el temporal, enderezando el timón hasta que se cansó de remar. Sus hijos ya no le necesitaban, y él requería despertar en paz, sin temor, volver a ver la luz; ni siquiera se llevó su ropa, no le hacía falta.

Han salido un par de rayos de sol en el horizonte, y en el cielo se pinta el arco iris. Marta llega del brazo de su padre. Siente que el mundo se pone a sus pies mientras se embelesa en la mirada de David. En una esquina, Marta madre contempla la escena. Primero mira a su hija y a su yerno; la ternura la inunda. Llora, llora y sonríe. Después, mira a Alberto; está más joven, tan varonil y guapo como el ayer que se quedó estancado en su memoria.
Entonces, Marta madre siente una punzada en el estómago y palpa que está tan enamorada de Alberto como el primer día… Pero ya es tarde. Él pasa por su lado y ni la mira.

miércoles 3 de junio de 2009

TRES DISPAROS

Una mañana de primeros de junio... Es agradable caminar a estas horas. El vientecillo agita las copas de los árboles haciendo de la luz que se cuela entre las ramas un vaivén de rayos temblorosos y cristalinos.
He caminado cuesta bajo más de una hora temiendo que cuando llegue al llano, el sol estará en lo alto y, antes de llegar a mi destino, me deshidrate como no encuentre al menos un riachuelo donde poderme refrescar...

Mi vida había cambiado mucho en los últimos años, a peor, pero no me lamentaba; era lo que había buscado inconscientemente. Ahora era libre, pobre, pero la vida se abría ante mí sin necesidad de rendir cuentas a nadie.
Siempre fui una persona de recursos, ninguna traba me impidió demostrarme que todo era posible y, aunque luego no consiguiera la meta, mi conciencia descansaba en paz porque, al menos, lo había intentado.
Ahora tenía treinta y ocho años, todavía era joven para empezar de nuevo. Mi madre decía que la madurez de una mujer comienza a partir de los treinta y cinco... La echaba de menos, pero su recuerdo me había levantado el ánimo estos años. Tanto, como para aguantar la prisión durante trece malditos años, pero eso era ya pasado.
Esta misma mañana, al amanecer, me habían soltado con una bolsa de deportes, el colgante indio que me regaló Paco, como únicas pertenencias materiales y cien euros guardados en el sujetador tal como me pidió Gabriela que lo hiciera..
Por dentro, no se medían las perdidas en años y, aunque dudosa, me inclinaba a pensar que había ganado muchas cosas...
Cuando entré en la cárcel de mujeres creí adentrarme en un mundo sórdido; en cierta mediada lo era, pero sólo si te quedabas parado en las primeras apreciaciones. A mí no me quedó más remedio que inmiscuirme en aquel planeta que fluctuaba entre el bien y el mar, entre el horror y la soledad. Todas aquellas sensaciones me vinieron a bocajarro aquel 6 de septiembre de mil novecientos setenta y uno cuando, en un juicio plagado de irregularidades, me declararon culpable de asesinato con premeditación.
No hubo premeditación, lo juro. Sí, asesinato. Lo acepte con los ojos de frente mientras me leían la sentencia. Pagaba con mi libertad lo que mi cuerpo y mi mente habían sufrido durante cinco años. Resignada caminé esposada, pero sabiendo que ya nunca más tendría miedo. Y, aunque en la cárcel vence el más fuerte y, a su sombra, se cobijan los satélites hermanos de la debilidad y la inmundicia, aquello sin ser el edén, no me quitó el sueño.
Los primeros tiempos fueron duros, las mujeres recelaban de mis silencios, de mis ojos mirando a la nada menos a ellas. Sí, lo reconozco, me daban asco las lesbianas, las putas, las yonquis, de ahí que tratara de ignorarlas. Pero gracias a que ellas no me ignoraron pude ir lentamente, no sin dolor, conociéndolas y dándome cuenta que no era ni mejor ni peor que ellas. De algún modo, todas nosotras habíamos terminado tras unas rejas después de sufrir verdaderos traumas porque lo que sí estoy convencida que para llegar a hacer lo que habíamos hecho cada una de las reclusas que estábamos allí era la única salida para liberar el mal que nos tragaba sin remedio.
Una a una, nos creábamos nuestra fama de alguna manera. Puta Esmeralda, por ejemplo, que en la realidad se llama Gabriela, su obsesión era robar cualquier tipo de tela y en la oscuridad de la celda cortar con los dientes aquellos andrajos, sábanas, manteles..., lo que fuera e imaginar que era costurera. Calva, que su verdadero nombre era Noelia, era la peluquera. Ver un cabello bonito y ella esculpir en él un peinado. A mí me dio por subir y bajar escaleras, dar vueltas al patio corriendo... No sé, me daba la sensación que neutralizaba la furia que se mecía dentro de mí. Al poco tiempo, una docena de reclusas corrían detrás de mí, y a los dos años me nombraron profesora de gimnasia... ¡Qué cosas!
Lo que de verdad me liberaba era la lectura. Cuando mis ojos y mente se imbuían en las hojas de un libro, presentía que me nacían las alas y volaba, volaba muy lejos de allí; sin duda leía para sentir que no estaba sola.
Al poco de nombrarme como profesora, a Puta Esmeralda se la hicieron realidad sus sueños: dirigir un taller de corte y confección. Sus manos, que no su gusto, eran prodigiosas y muchas nos apuntamos a sus clases. Además de la creatividad impresa en sus dedos, era una mujer viva con unos golpes de humor magistrales. Lástima que cuando la daban las crisis, sus ojos se nublaban y debían aislarla para que no hiciera daño al resto.
Alguien con alma, menos mal, se dio cuanta de que aquel taller de tijeras, aguja e hilos amortiguaba las crisis de Puta Esmeralda y, poco a poco, fueron desapareciendo. En una de las últimas que la dieron, al devolverla a su celda, me pidieron si sería capaz de compartir la celda con ella para amortiguar su soledad. Me habían elegido a mí porque cada vez estaba desarrollando más fuerza en los brazos y en las piernas y ante una crisis de Esmeralda, la podría reducir con facilidad... Y comenzamos a intimar, a saber del ayer que nos había llevado al hoy. Ella estaba encerrada por haber matado a su padre a hachazos después de haberla obligado a prostituirse durante años; no pudo demostrar nada. Sufría pesadillas constantemente y las tijeras con las que cortaba las telas sus puntas eran redondeadas y sus filos apenas cortaban. Sudaba hasta que la tela se avenía a sus apetencias y el último año que estuvo en la cárcel, la dejaron utilizar unas tijeras de verdad; fue toda una fiesta al igual que el día de su partida. Alegres aunque todas lloramos su ausencia. La última noche que estuvimos juntas nos la pasamos en vela haciendo proyectos cara al futuro. Estaba empeñada en que cuando saliera yo me bajara al sur y ella me estaría esperando. Puta Esmeralda quería abrir una boutique de ropa de mujer. Dentro habría un pequeño taller donde se harían las piezas y me propuso ser su socia. Aquello no me dejaba de parecer descabellado, pero se la veía tan feliz que no sólo no la quité la idea de la cabeza, sino que, además, la animé a que diera el paso, y yo estaría encantada de ser su socia.
Un año después, recibí una carta diciéndome que el proyecto había sufrido un pequeño traspié pero que en breve estaría solucionado. Mientras había tenido que recurrir de nuevo a la prostitución para hacer frente a los gastos, y había tenido que claudicar a un negocio que aunque la había partido el alma, anto todo era su supervivencia.
Después de haber tenido durante meses cartas repletas de faltas de ortografías, pero llenas de esperanza, su última misiva fue demoledora; perdí la fe en ella y en mi futuro.
Me sumergí sin darme cuenta en una honda tristeza, ni la lectura podía distraerme y, sin saber cómo, volvieron mis miedos y cada noche soñaba con Paco: siempre le veía a mis pies. En su tórax, tres agujeros de los cuales ya no manaba sangre. Ésta yacía seca mientras los ojos de Paco me miraban fijamente. Otras veces, me despertaba en medio de la noche porque creía oír su voz amenazándome o vomitando aquellos insultos tan vejatorios... Nunca lo denuncié, me podía más el miedo a las represalias, así que seguí aguantando sus celos, los arrebatos de rabia cuando su miembro viril no reaccionaba, decía que era culpa mía y... Aquella madrugada entró dando un portazo, no sé que le había pasado, pero estaba fuera de sí. Yo me hallaba desvistiéndome pues había esperado con la cena puesta desde las nueve de la noche. A la una decidí irme a la cama. Fue cuando Paco llegó y al verme se abalanzó sobre mí; me violó como un animal. Después, se quedó dormido; yo me levanté y al ir a recoger la ropa que estaba tirada en el suelo, de su chaqueta cayó una pistola pequeña. Primero la miré durante un largo rato. La toqueteé, no sabía cómo funcionaba; luego..., disparé tres veces.

... Dos días antes de salir de la cárcel volví a recibir noticias de Puta Esmeralda; fue la tabla de salvación.
Lo que nunca me había pasado, ahora se me hacía cuesta arriba. Mi futuro no era negro, simplemente no existía y de nada había valido que recuperara mi libertad; en esos momentos mi inseguridad me ahogaba. No hacía otra cosa que pensar que después de trece años adónde iría, qué haría... Pero la misiva de Gabriela despejó mis dudas.
Se había establecido en la costa, un lugar turístico y donde corría el dinero, según ella. Si iban mal las cosas, allí sería más fácil encontrar salida... Me maliciaba las salidas de Gabriela en caso de que el negocio de costura nos fuera mal. Ella volvería a la prostitución, seguro o, a esos negocios oscuros que la había mencionado en una de sus cartas. ¿Pero yo?
Esta mañana cuando me han soltado, he cogido una línea de Autobús siguiendo las indicaciones de Gabriela. Cuando he llegado al cruce de caminos que explicaba en el correo, me he bajado del bus y tomado el bosquecillo que baja hacia la costa. Lo llaman el Bosquecillo Encantado y me insistió Gabriela que veré un panorama de la costa tan hermoso que nunca olvidaré.
Me gusta este paseo, nada de dar vueltas al patio, correr para no avanzar. Ahora voy andando, trece años de entrenamiento para poder avanzar hacia un presente durante veinte kilómetros. Siento mis piernas fuertes, vivas, con ganas que se acercan ya al mar pues lo veo ya desde este alto en el horizonte. Mis ojos están llenos de belleza y presiento que he llegado a mi destino; no quiero más, por fin soy feliz, estoy en paz... ¿Qué es lo que veo? No puede ser, no, no puede ser... El terror me ha paralizado...

Epílogo

14 de junio, 1974

El periódico local reseña los sucesos acaecidos la semana pasada en el Bosquecillo Encantado, un área extensa de bosque mediterráneo que baja hasta la costa, donde la semana pasada la guardia civil encontró el cadáver de una mujer con tres disparos en el pecho; en su mano izquierda, una pequeña pistola.
Hasta el momento poco se ha sabido de este hecho ya que se ha declarado secreto de sumario.
Únicamente ha transcendido que el cadáver de la mujer pertenecía a una ex reclusa que esa mañana había salido en libertad después de cumplir trece años de condena, y se sospecha que es un ajuste de cuentas, no un suicidio.

sábado 30 de mayo de 2009

DESDE EL ABISMO

… Está anocheciendo; se agradece que la luz se apague. Ha hecho un calor infernal aunque dentro de mí el frío helaba toda sensación de vida.
Llevo días, tal vez semanas, encerrado, durmiendo a todas horas y no he ingerido ni un solo alimento. Al principio me obligué, pero al ver que todo lo vomitaba me abstuve y mi cuerpo lo agradeció. Ahora mi estómago está tan vacío como yo mismo y agradezco esta sensación de abandono, de desconexión con todo.
El primer día descolgué el teléfono nada más que sonó; era mi madre con la voz tan angustiada que terminé yo consolándola a ella. Debe ser muy duro para un padre ver sufrir a un hijo y no poder hacer nada ni devolverle lo que la vida te ha robado.
La segunda vez que sonó, también lo descolgué como una autómata. Era mi hermano Pedro para echarme una charla sin sentido; sabía que ponía buena voluntad, pero su fuerte precisamente nunca fueron las palabras.
Después estuvo como una hora el teléfono mudo y cuando repicó, dude si contestar, aunque al final contesté. Me daba igual quien fuera, pero intuía que el que fuera, no quería que yo estuviera solo. El ser humano es inhumano, sin embargo, en los momentos estelares de la vida, una corriente interna hace despertar dentro de él la ternura, la solidaridad, el cariño y, por unos momentos, el hombre se transforma. Olvida el animal que lleva dentro y se transforma en persona. Con estos razonamientos contesté nuevamente. Era Javier, mi amigo del alma. Me habló con esa voz honda que le sale cada vez que quiere dar un toque de atención. Quería recordarme que el miércoles me pasaría a buscar a las ocho para ir a ver la final de la Champions. Con picardía me atacaba en mi debilidad. Pero cuando llamó a la puerta no abrí. A esas horas del veintisiete de mayo se me había parado el reloj y había desconectado con todo lo relacionado con la vida.
Mis ojos, mi cuerpo, mi alma estaban con ella, Sus manos rozaban mi piel con suavidad, como sólo sabía hacer Ana. Tras ella gritaba Guillermo diciendo “Papá tírame la pelota”… A mi lado dormía placidamente la pequeña María.
Con esas sensaciones tan gratas, tan familiares, me sumergí en el mundo de los sueños porque sólo quería atarme a lo que quería, y así pasó el tiempo hasta hoy en que he despertado a esta dimensión donde impera el vacío.
Y ahora cae la noche, irremediablemente trepa la oscuridad a hacerme compañía… Un ruido me ha sacado de mi abstracción; me he vuelto y he visto un bulto en el sofá del fondo del salón. Me he acercado cauteloso y la sorpresa ha sido mayúscula; Javier dormía plácidamente. Me he sentado en el suelo, frente a él a observarle. Su rostro aniñado cuajado de barba de hace días no le hacía más maduro. Su gesto era como él mismo: sonriente, confiado, generoso. Al cuello llevaba atada la bufanda del Barça, su equipo, el mío, el de mi hijo…
Como si sospechara que alguien lo estuviera mirando ha abierto lentamente los ojos y las últimas luces del día se han pegado a ellos; parecían un espejo.
-¡Hola, cabronazo!- ha dicho con voz infantil. No he respondido y me he limitado a sonreír. Llevamos juntos desde los tres años, no hace falta que nos hablemos; con mirarnos nos leemos.
-¿Quién ganó la Champions?- me pregunta.
-¿Cómo que quién ganó? Dímelo tú-le espeto indignado.
-¿Qué día es hoy?- su voz es pesada, como si le costara pronunciar cada palabra.
-Y yo qué sé. ¿Desde cuando llevas aquí?
-Vine a buscarte el miércoles veintisiete. Como no abrías, me fui a por las llaves a casa de tu madre. Entré, vi que estabas dormido, llamé a tus padres para que se quedaran tranquilos y me desconecté del mundo… Por cierto, ¿qué mierda es esa que te has tomado? Qué dolor de cabeza. Me tomé las pastillas que quedaban.
-¿Tú eres gilipollas? Son las pastillas de dormir de Ana. ¿Para qué te las tomaste?
-… Para encontrarte, cabronazo… ¿Qué día es hoy?
-¡Joder!, te he dicho que no lo sé.
-Llama a Telepizza. Tengo el estómago vacío y enchufa el vídeo. Vamos a ver el partido.
-¿Lo grabaste?
-Síiii…, para verlo juntos cuando volviéramos… Hijo de puta, llego a estirar la pata por la mierda esa que me tomé y te enteras de mí toda la eternidad. Trae unas cervezas.
-¡Gracias!... No sé si quiero seguir viviendo, Javier.
-No digas sandeces, tío. Lo superaremos juntos, no sé cómo, pero saldremos de ésta.
-¿Por qué, Javier?
-Por qué, por qué… No hay respuestas. Pasa y pasó, y te lo tienes que comer crudo o con cuscús, como te dé la gana. La vida es cruel, pero hay que echarla huevos… A ver, ¿por qué estoy yo en una silla de ruedas? Yo circulaba por mi carril, no iba deprisa, pero la moto patinó, choqué contra un coche, y aquí estoy clavado a ese carromato desde hace ocho años. Es inútil preguntarse por qué, Pablo…-su voz se ha apagado y con gesto rabioso se seca una lágrima furtiva.
-… Me he quedado sin nada- repito para mí mismo con afán de lamerme las heridas.
-Te has quedado sin familia como yo me quedé sin piernas. La puta carretera, coño… Es como una guadaña. ¿Sabes por qué aún estoy vivo? Por un hijo puta como tú. Te empeñaste y te empeñaste en que saliera adelante, y aquí estoy… Llama a Telepizza y deja de marear la perdiz. Es la hora de reemprender el camino.
-Voy…-le he contestado con desgana y me he puesto a llamar a Telepizza.

… Me he colocado la bufanda de mi hijo y, abrazado al peluche de María, me he puesto a devorar la pizza.
-¡Gollllllllllllllllllllll!... Ya tenemos el primero en el bote… Por cierto, ¿te funcionará bien la pilila, no? Cuando llegue el momento, habrá que ponerla en funcionamiento-me ha espetado la pregunta con la boca llena de pizza mientras me daba un codazo y me miraba con ojos de pícaro. No he podido por menos que soltar una carcajada… Con o sin ganas, he sentido que la vida volvía a rodar por mis venas.

jueves 28 de mayo de 2009

LOCAS DE ATAR

-¿Qué tal hoy?
-Fatal.
-Ya.-¿Acaso no me crees, eh? Sí, reconozco que estoy descontrolada, descentrada, desquiciada…, vamos, muy “des” en todo.No quería venir, ¿sabes? Fue Leonor, mi amiga, quien me suplicó que diera el paso, que pusiera una solución en este caos, que te buscara, que tú mi ayudarías, y a lo único que te limitas es a escuchar y decir “Ya”
-Ya, continúa…-Oye guapito de cara, que sepas que en mi presupuesto no estaba pagar sesenta euros semanales para que me digan “Ya” Para eso, mi amiga, sí, la pelirroja, la de la risa floja, es más barata que tú; le invito a una caña, me escucha, y que sepas que no se limita a decir”Ya”… Me aconseja, me riñe, me…, bueno, a ti qué puños te importa lo que me dice. Sólo faltaría que te contara nuestras intimidades ¿Qué? Ya sé lo que me contestarías”Ya, ya” como somos dos, doble repetición.
-Relájate…-Es que me pones, ¡Ay como me pones! ¿Lo haces con todas? Es que, ¿yo no te inspiro algo distinto? Sinceramente, siempre pensé que la gente, cada persona éramos diferentes unos a otros, pero tú me haces sentirme mal, francamente, más mierda de lo que soy, y no me gusta, que lo sepas, no me gusta nada.
-No te trates así…-Sí, admito que si estoy aquí es porque algo me falta; Leonor me aprecia y pensó que tú me darías eso que tanto… vamos, eso que sólo tú me puedes dar, pero no puedo soportar esa cara de pusilánime que pones cada vez que me ves. Si eres un especialista, que la fama te avala como único en tu especie… por cierto ¿Tus orgasmos también acaban en “Ya”
-¿Ves? Tienes sentido del humor…
-¡Qué horror! No me explico qué hago aquí tumbada contigo; encima este sistema es incomodísimo. ¿Dónde lo aprendiste? No cabemos, y si me muevo, tu aliento se mete en mis narices. Si me quedo quieta, tu respiración taladra mi tímpano… creo que hoy será mi último día, no vendré más.
-Ya.
-Lo siento de veras, pero es que no has saciado mis expectativas. Fíjate: Leonor me dijo que la mujer de su jefe la dejaste como nueva. Qué tú le dabas lo que su marido no le daba: Tiempo, comprensión, relax… ya sabes. Disculpa si no soy más clara, en el fondo soy muy tímida y mi situación “Des” aún lo acentúa más y más.
-Ya.
-Sé que mi amiga no exageró, que ella es paranoica como yo, que su vida se reduce a cogerse un par de globos al día, no más, como yo, pero es sincera y si lo dijo, lo que dijo tenía fundamento… No creas, no es fundamentalista islámica, la pobre no tiene tiempo para esas cosas; con dar de comer al gato, regar las plantas y limpiar el armario de polvo y paja cada quince días ya tiene suficiente. Bueno, también tiene sus vicios, pero entre tú y yo, no los quiere confesar…, me da pena en el fondo, por eso la dejo.
-¿Vicios?
- ¿Qué, qué vicios tiene? Ella se cree que es Sherlock Holmes, y de corridillo en sus locuras, yo me convierto en su ferviente seguidora el doctor Watson…, un desastre, lo sé y precisamente por eso, me fastidia que no pongas cara de sorpresa… ¿Cuántas has visto como yo? Ninguna, sí, dilo, ninguna, eres única en tu especie.
-Y lo eres…
-Bueno, me voy a levantar y vestirme; cerraré esa puerta y jamás me volverás a ver. No creas, me alegro de haberte conocido; tenía mis reticencias hacia los de tu especie. Ahora ya no. Tengo las ideas muy claras. A partir de este momento, me las apañaré yo solita, no te preocupes, buscaré medios…, es más ¿Ves eso? No pienses que sólo lo tienes tú, hay muchas tiendas que lo venden. No, no están vetadas, es más, admiten tarjeta VISA, y si es necesario, forraré toda una habitación con ese trasto… para excitarme más y sacar toda mi impotencia fuera. ¿Tienes algo más que decirme?
- Ya.


-¿Leonor?... Hola cielo, ¿cómo estás hoy? Yo, genial. Mira, te doy las gracias por el consejo que me diste, pero no voy a volver. Me he comprado… Jajajajajaja ¿Leonor me escuchas? No te oigo ¿Qué? ¡Ah! Cada día estoy más sorda, perdona es que estoy un poco histérica.
Como te decía, compré un diván rojo, una grabadora y dos espejos de tamaño natural. Que me noto mal, voy y me tumbo; enciendo la grabadora y grabo todo lo que diga. Después, cuando termine, me levanto y me miro al espejo profundamente ¿Me sigues? Él es lo que hace, después de escucharme todo el arsenal de bobadas que cuento, me planta delante del espejo y hace que me mire para ver si me reconozco. Según él, debía cada vez que me miro, descubrir una faceta más de mi misma, comenzar a quererme, a respetarme, a aceptarme, pero Leonor, de verdad te lo digo, la tía esa que aparece delante del espejo es espantosa… ¿Cómo es? ¿Qué dices? ¡Que mierda de teléfono! No se oye nada ¿Leonor?... ¡Ah, estás ahí! Te contaba que no es nuestro tipo de mujer; es baja, con el culo caído, más bien gorda, tiene celulitis en los muslos. El pelo, ni te cuento; lo tiene teñido, las cejas son gruesas y si tiene la boca cerrada no vamos mal, pero si la abre ¡Espanto, Leonor! Parece Drácula con colmillos incorporados. Más tarde, ese esperpento de mujer se pone a hablar. Sale de su boca una voz nasal, fría y metálica, pero lo peor no es eso sino lo que dice.Además, que comente que no se gusta, lo entiendo, pero cuando comienza a decir que se siente débil, insegura, llena de temores, sin personalidad, que no le gusta la vida que lleva pero que no se atreve a cambiar por temor a ser rechazada… ¿Qué te parece Leonor? Amiga mía, esa no soy yo, y tú lo sabes. Estoy zumbada, ese es mi problema, pero no soy ese esperpento de Valle Inclán que aparece el espejo de psiquiatra ¿A qué no?
En el fondo Leonor, me siento ofendida contigo. ¿De verdad, me ves tan loca para recomendarme un psiquiatra? Yo a ti te veo bastante peor que yo, y sin embargo jamás osé mandarte a un loquero. La vida que llevamos es un poco deprimente, pero sólo un poco; el día debería tener al menos veintisiete horas, sabes que nos falta tiempo. Estamos constantemente corriendo, de bus en bus. Llegas a la oficina, una mesa cargada de papeles y un jefe con la intención de joderte el resto del día. En la hora de comer, no comemos; hacemos la compra, que si huevos, pan, fruta, desodorante, papel higiénico, parece que nuestros hijos tienen diarrea a todas horas pues anda que no gastan celulosa… Terminamos la jornada laboral y corre que te corre a una reunión en el colegio de tus hijos. Anotas las palabras del profesor, del psicólogo infantil; en el autobús atestado de gente, vas interiorizando todo lo que te han dicho. Llegas a casa, lavadoras, deberes de matemáticas, cenas, imprevistos y cuando al fin te quedas sola para poder recobrar el equilibrio que perdiste, te has quedado dormida en la silla y abrazada al muñeco de peluche en vez del hombre de tus sueños.… Leonor escúchame ¿En ese maratón tenemos tiempo para pensar? Nooooo, porque cuando estás a punto de hacerlo, te acuerdas que tienes la cuenta del banco en descubierto y te pasarán el recibo de la luz y allí no hay ni un mísero euro. Esa sensación de desamparo te produce insomnio, y al día siguiente te levantas con ojeras, de mal humor y lo que es peor: desequilibrada…, y no te he mencionado el asunto de los globos, tan proclives ambas; eso sí que es de estudio. Vamos a ver, ¿de qué nos sirve ser cirujanas de los actos ajenos? Para nada Leonor, para nada. No nos aporta otra cosa que mosqueos, deprimirnos, pensar lo mala que es la gente y lo idiotas que somos tú y yo. Claro que… ¿Y si nos cargamos al resto del mundo y nos quedamos solas? No, no es buena idea, nos aburriríamos.
En fin, como veras Leonor, te he hecho un balance frío y calculado; esto que nos pasa, en tu caso mucho peor, insisto que lo tuyo es más grave porque te dedicas a descuartizar cada palabra que dice cualquiera que pase por tu lado, sea el frutero o tu pareja, y de paso me contagias. Tía, que eso lleva mucho tiempo y no lo tenemos. Como te decía, esto que nos sucede no lo arregla un psiquiatra ¿Quién entonces? No sé, si tuviera tiempo para pensar te lo diría.
Quizá la solución estribe en que tú me digas lo estupenda que soy, y yo te diga lo maravillosa que resulta tu sonrisa en un día nublado. Es más barato, acrecienta nuestra autoestima y quizá…, cuando seamos viejas, hayamos logrado aceptarnos como somos ¿Qué te parece?-Ya.
¡Mierda! ¡Maldita sea mi estampa! ¿Qué he hecho para merecerme esto?... Se ha cortado la llamada. Llamaré a Daniela, seguro que me da una respuesta.
-¿Daniela? ¿Te he despertado? Soy Leonor. Si te cuento lo que me ha pasado, te caes de la silla. El caso es que… ¿Daniela? Ya estamos, como siempre hablando sola, se cortó el teléfono ¿Cuántas veces le habré dicho que se compre uno nuevo? Miles… Y ahora volver a empezar, a contarle todo, y eso no es lo malo. Lo peor es que esté de mal humor, y cuando está así, se queda sorda y me dice que no oye, que si no le cuento las cosas… Decididamente, voy a dejar de pensar. Mañana mismo me voy a un psiquiatra.


P.D. Dedicado a todos los locos, estresados y zumbados. A todas esas mujeres que tratan de ser “Superwoman” y, al final, son simplemente, seres humanos, con vicios y virtudes, que sienten y padecen… que están vivos y que calladamente piden… una sonrisa.

miércoles 20 de mayo de 2009

LOS AMANTES DE PRISCILA

El reloj marcó las ocho; la mejor hora del día para Rita. Acababa de salir de la ducha y se sentía limpia, relajada. Se puso el pijama. La prenda no podía estar más desgastada, los dibujos ya ni se veían, pero lo peor de ese atuendo no eran sus años sino el antídoto de la lujuria. Nadie hubiera deseado a Rita si la vieran de esa guisa vestida aunque eso a ella le importaba poco. Era su pijama y la sensación de confortabilidad que la transmitía era suficiente.

Fue a la cocina, llenó un vaso de hielos, echó un buen chorro de ginebra y después la tónica. Abrió la mini lata de aceitunas y las echó en el plato. Siempre el mismo vaso, el mismo plato, los mismos ritos. A Rita seguir un guión establecido, le daba sensación de seguridad, de tener todo bajo control, de no depender de eventualidades.

Lo puso en la bandeja y se encaminó hacia la terraza. Faltaba un mes para que llegara el verano. Las flores estaban en plena ebullición y a esas horas su color era espectacular; tanto o más que el de las primeras horas del día. Se sentó en el sillón y respiró hondo antes de dar el primer trago. Miraba al horizonte. La puesta de sol desde aquel ángulo era como contemplar el paraíso, pero esa tarde la belleza de las plantas la hacía titubear; no sabía dónde posar la mirada.

Nada más encender un cigarrillo, sonó el teléfono y, con una mueca de fastidio, se levantó a descolgarlo; al menos tardó en volver más de treinta minutos y, cuando volvió, los hielos habían casi desaparecido y el rictus en la cara de Rita mutaba entre el desconcierto y la desolación. No debía haber descolgado el teléfono, tal vez así hubiera seguido disfrutando de esa soledad que la hacinaba día a día en su propio mundo. El impuesto, el buscado… La vida sin duda era complicada, y Rita había dejado de apostar al juego de la fortuna. No así su amiga Priscila que seguía jugando a la ruleta rusa; la misma persona que la había desestabilizado después de haberla tenido media hora al teléfono contándole las aventuras con su nuevo amante y el próximo viaje a New York. Un regalo de un hombre que, según Priscila, la cuenta corriente era gigantesca, pero lo mejor de él eran sus juegos amorosos, lo impredecible que era, o lo divertido que podía llegar a resultar estar con alguien echado hacia delante, sin temores, seguro de sí mismo y con unas enormes ganas de vivir.

Rita se preguntó cuánto le duraría la nueva adquisición varonil. La media eran tres, cinco meses a lo sumo; después se volatilizaban, pasaba una temporada en barbecho y volvía renacida, con las mismas ganas e ilusión por encontrar su príncipe definitivo, el último y sublime que la retiraría de la caza de la felicidad.

Aunque, ¿qué significaría para Priscila la felicidad? ¿Tener un hombre a su lado, no sentir la soledad, tener con quien hablar?

Todo eso ya lo había buscado Rita tantas veces que tenía el cuerpo, el alma y la mente con tantas cicatrices que no se podía permitir un traspié más. ¿Cuántas veces había mirado por su adorada terraza hacia abajo con el afán de terminar y olvidar para siempre? Sin embargo una vez superado el último fracaso, y que a punto estuvo de concluir su vida con todos los barbitúricos que encontró en casa y que la llevaron a estar tres días en coma, llegó a la conclusión de que no servía para ser feliz, ni para conservar un amante y ni siquiera para suicidarse; en todo había fracasado.

El psiquiatra que la había tratado en el hospital la regaló ciertas claves que la hicieron reflexionar, y el descanso, el mar, la calma y lejos de lo cotidiano habían logrado que Rita fuera una mujer nueva.

Dejó de buscar y se encontró consigo misma. Sin embargo, cada vez que Priscila aparecía en escena algo dentro de Rita se crispaba e incluso sentía que por dentro se resquebrajaban los cristales de su alma, tan débil y vulnerable a pesar de las cerraduras y armaduras que había puesto para que nada ni nadie alterara esa soledad que tan dañina y cruel ataba sin misericordia a Rita a su vacío existencial.

Mientras pensaba todo esto, también pensaba qué tenía Priscila que no tuviera ella… Sí, belleza. Pero eso no era suficiente, nunca lo sería. En cambio ella había sido generosa, sociable, de sentimientos nobles… Claro, los resultados estaban a la vista: tampoco eso era la clave del éxito.

¿Qué secreto guardaba Priscila que nunca había compartido con Rita? Priscila siempre había sido egoísta, fría y, sin embargo, había disfrutado a tope hasta de la cosa más nimia. Aparecía una oportunidad, y la engarzaba como el mejor pescador del mundo... Y sus trofeos fueron los hombres.
Rita pasó la noche en vela. En el momento que tornaba los ojos, aparecía Priscila y sus amantes riéndose delante de ella; una noche de pesadilla.
Así que decidió llamar al trabajo y comunicar que no iría ese día; la migraña era espantosa. Llamó al médico de cabecera para que se acercara a hacerla una visita médica. El centro de salud le comunicó que irían hacia las trece horas. Se pasó la mañana con las persianas bajadas y una toalla húmeda en la frente.
A las trece treinta sonó el timbre de la casa de Rita. Ésta tardó en abrir la puerta y, al abrirla, el médico se quedó impresionado del mal aspecto de Rita; le dio tanta lástima de aquella mujer que, lo que la recetó, bajó él mismo a por ello para, treinta y cinco minutos después, regresar a casa de Rita con la medicación. Volvió a tardar en abrir la puerta y cuando abrió, el médico se preocupó; aún tenía peor aspecto.
-¿Qué hace con zapatos puestos, mujer? Póngase unas zapatillas. Antes las tenía usted puestas, estará más cómoda.

Cuando se fue el médico Rita volvió a la cama y no despertó hasta las diez de la noche; su teléfono no paraba de sonar. Al colgar el auricular, el rostro de Rita era la palidez extrema: era uno de los hermanos de Priscila comunicándola que su hermana había fallecido. Se la encontró muerta su último amante; debió de fallecer entre las trece treinta y las catorce horas.

Tardaron tres días en enterrarla, lo justo para que la hicieran la autopsia. Parecía que había muerto envenenada y el presunto culpable era el amante., todas las pruebas le incriminaban. Sólo había una pieza que no encajaba: la declaración de la portera. Sostenía que oyó a Priscila discutir con una mujer esa misma mañana. Pero no se hallaron otras huellas que las del amante y las de la propia difunta, y nadie vio entrar ni salir a ninguna mujer aquella mañana del edificio.

… Han pasado cinco años, Rita es feliz; no ha vuelto a acordarse de Priscila, y los amantes de ésta ya no la acosan en sueños.