Vídeo promocional de Mujeres descosidas

domingo, 16 de abril de 2017

SALUSTIANO EL FLORES,finalista en el concurso de “Relats d’amor” en el X Premis Literaris Constantí

“Aquí conoció la luz, el huerto claro, la fuente y el limonero” Versillos que moran a la entrada del palacio de Dueñas…
Cada uno se enamora de quien quiere si no, miren ustedes a doña Cayetana, genio y figura hasta la sepultura. Lo mío también fue un flechazo. Nada más verlo, sentí  que mi profesión sería eso: sepulturero.
Rondaba yo los trece años cuando mi padre, un pobre labriego, fue a pedir sustento a un rico de la noble villa de Simancas. Íbamos por un camino tortuoso, unas veces andando y otras en burro, así nos turnábamos padre y yo con el viejo Teófilo, el burro, cuando vimos a lo lejos, no sólo el hermoso perfil de Simancas con su archivo glorioso montado a lomo de un pequeño montículo, sino además, tres hermosos y sílfides cipreses. Según nos fuimos aproximando dichas bellezas estaban enclaustradas entre unos muros a punto de desnucarse contra la tierra polvorienta. El calor acechaba a pesar de ser finales de septiembre, con lo cual mi padre decidió descansar al abrigo de esos viejos muros antes de empinar la cuesta. El cansancio, el calor y los tragos de vino hicieron mella en mi austero padre quedándose un rato traspuesto. Entretanto, yo me distraje  observando aquellas ruinas. Pertenecían a un cementerio chiquito, abandonado;  un paisaje impregnado de espiritualidad. Yo por aquel entonces era un muchacho torpe pero con un caudal imaginativo a punto de estallar. Me imaginé aquel sacro lugar tal como estaba, pero con hondas pinceladas de romanticismo… Si hasta poseía una diminuta capilla, derruida también, claro. Miraba y miraba mi entorno y, cuánto más miraba, más pena sentía por los cuatro muertos que allí vivían olvidados por los suyos.
Despertó mi padre y me halló en éxtasis ganándome un pestorejo que subí la cuesta caliente. Llegamos al pueblo; a mí me gusta llamarlo villa, que vaya por delante. Es el pueblo más bonito de la provincia de Valladolid. Enseguida encontramos la casa que buscábamos.  ¡Eso era una casa!, y no la cochambre en la que vivíamos nosotros. El dueño fue muy amable, pero las esperanzas de mi padre se hundieron. Al salir, fue un golpe de gracia no hay duda, me volví hacia aquel hombre gallardo y de porte noble, y osé preguntarle:
-Señor, ¿no hay nadie que cuide las ruinas del cementerio?- lo siguiente que sentí fue otro pestorejo de mi padre, pero para sorpresa de ambos, el caballero contestó:
-¡Qué más quisiéramos, zagal!, pero no hay muertos por estas tierras, y nadie se quiere hacer cargo de ese viejo y romántico cementerio como diría Lord Byron.
-Yo quiero… Si me permite aunque no conozca al señor Byron- oí mi voz en un susurro. Era angustiosa pero determinante.
-Todo tuyo, muchacho. Si tu padre lo permite, puedes quedarte. Tendrás lecho y comida caliente. Te pondré un mes aprueba, ¿conforme?
Han pasado desde entonces cuarenta años.  Me conocen como Salustiano el Flores o, a secas, el Flores. Mi cementerio es la envidia de cualquier pueblo de alrededor. Sigue siendo pequeño, aunque ahora parece que no les da tanto reparo morirse al ver que van a ir sus restos a una morada tan bella. Los muros los he levantado con mis manos. La capilla sigue siendo diminuta con un pequeño altar donde se halla la Virgen del Arrabal, patrona de Simancas, con flores frescas y cuatro reclinatorios; no cabe más. En la pared del altar había un pequeño ventanuco que yo decoré con cristales de colores y, cuando el sol pasa besando esa pared, la luz de la capilla se torna un arco iris.
He hecho hileras de tumbas y a sus pies he puesto unas jardineras que tienen flor todo el año, pues planté detrás de las tapias del cementerio un jardín; es como mi laboratorio. Cuando crecen las voy trasplantando a las jardineras según la estación.
Mi cementerio no es un lugar triste. Tú observas la quietud del lugar, y es como si  invitara a la mente a concentrarse en lo esencial. Vamos, en mi  camposanto se abren  los poros del espíritu.
Ningún entierro es grato, no nos vayamos  a engañar, pero como yo digo “Hay muertos de cuatro clases: los ancianos que ya han vivido todo y, por lo tanto, su obligación es descansar eternamente. Los jóvenes que son muy dolorosos porque tenían una vida por delante sin vivir. Los que se mueren porque sí, sin una edad concreta, con lo que el duelo duele, pero ya se sabe lo que dicen por ahí, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Y, por último, los niños, estos me superan”… Me entra una pena gorda que tardo meses en quitármela de encima. Son muertes que no son justas pues apenas habían nacido. ¿Cómo Dios puede permitir que nos dé ángeles y luego nos los quita?
Y hablando de ángeles, una de mis tumbas favoritas es la de un pequeño infante que murió a los pocos meses; fue un drama, vino el pueblo entero. A las pocas semanas, era una mañana de ese frío castellano que se te mete en los huesos y ya puedes tomarte el orujo de la región entera, que lo único caliente que se te queda es el aliento… Bueno, pues como contaba, se acercó una mujer, yo no la vi hasta que sentí unos ruidos y me acerqué a ver qué estaba pasando…  Me volví a enamorar, esta vez de una mujer. Colocaba afanosamente un angelito a cada lado de la tumba del niño que les contaba anteriormente. Me quedé mudo, no reaccionaba… A ver cómo me explico para que se me entienda: rubia, con todas las curvas en su sitio, ni más ni menos, las justas, pero bien contorneadas y ¡Madre mía qué piernas!... Debió de pensar que, además de gilipollas, era un descarado porque me echó una mirada que me fulminó cual rayo con centella, todo junto.
Así me acostumbré a esperar con ansias el día de la semana que aparecía la Charito; la tengo totalmente consentida porque en mi cementerio nadie pone flores nada más que yo y, sin embargo,  ella hace lo que le viene en gana y yo no digo ni esta boca es mía. Pero si es que si la conocieran ustedes, pensarían lo mismo que yo ¡Es una mujer de bandera!
Nunca he tenido esperanzas con ella, no me voy a engañar. Es más, me echa unas miradas que parece que me están diciendo con mayúsculas ¡DEGENERADO! Y yo respondo con una sonrisa bobalicona, ya se sabe cómo de tonto se vuelve uno cuando se enamora.
Pero este amor es platónico y morirá virgen… ¿Por qué mi afirmación tan tajante? Muy sencillo: porque la Charito está muy enamorada de su marido. Bueno, ahora de otra manera… Es que se me ha quedado viuda y ha enterrado a su marido en mi cementerio. Le ha puesto un caballo a cada lado de la sepultura. Total que también hace y deshace a su antojo y ya tengo dos tumbas que son distintas al resto aunque muy hermosas, esto que vaya por delante, aunque me temo que algún familiar se me va a revelar y querrá hacer lo mismo que mi viuda bandera, pero de eso nada, antes tendrían que pasar sobre mi cadáver; la Charito es la Charito y los demás, son otra cosa.
Cuando me muera yo también quiero que me entierren aquí. Lo he convertido en un lugar de paz, y el emporio que he levantado alrededor de mis muertos lo heredará Casimiro… No les he hablado de Casimiro, perdonen. Es mi hijo bastardo. No lleva mis apellidos y nacido fuera del matrimonio porque ya le dije a la Lupe que en mi corazón sólo cabía la Charito. Pero ya saben que la sangre del hombre es caliente y ha de dejarla correr. La mía la descargo en el club de alterne “Lupanar&Lujuria” que es precisamente donde conocí a la Lupe. Casimiro ha crecido al abrigo de esos muros de lujuria con lo que sus necesidades de varón están cubiertas y el zagal mientras su madre trabajaba se queda a mi lado con lo que la profesión de sepulturero la borda y le gusta.
Así que ésta es mi vida. Soy feliz y no me falta compañía ni conversación. Mis muertos me susurran y yo hablo con ellos. Incluso cuando me afano en una tumba, siento que el resto se pone a mi lado para que mi trabajo sea aún mejor que el anterior.
Si alguien piensa que los muertos no tienen costuras morales, están equivocados; lo tienen todo bien atado. Me di cuenta de ello un día en que la Charito vino más revuelta que de costumbre, y se puso a llamar al marido sinvergüenza… Luego le dijo que le perdonaba y le quería, así que hicieron las paces ¡Qué bonita es la fidelidad! Entonces ustedes comprenderán que yo sea fiel hasta la eternidad a mi bella Charito, la flor más bella del cementerio.

El amor viene por muchos caminos y cuando te lo coses al corazón sintiéndole maullar en noches frías, ¡Qué calorcito te da el verdadero amor!

sábado, 15 de abril de 2017

PAISAJES DE SENSACIONES

Valladolid…

He vuelto a casa con el silencio de la ciudad prendido a su asfalto; apenas quedaban huellas de los seis días atrás que acababan de culminar. Minúsculos grupos de gente hablando en voz baja se despedían y la luz amarillenta de las farolas se ha diluido en mi persona.

Una especie de nostalgia, de vaho  nocturno, iba recalando en mi ánimo. Tal vez fue la luz azul, los grados, los poros de mi piel preparados para absorber o mi alma deseosa de sentir, no sé…, tomaba, al fin, conciencia de haber recuperado el ritmo vital que guía a mis sensaciones a palpar cada cosa que pasa por mi lado y roza la sensibilidad dormida.

Un collage de sensaciones, de visiones, decoran, ahora, mi memoria. Miradas brillantes, escenografías a media luz, sonrisas blancas, rostros vivos, una bulla tan castellana como feliz colándose por cualquier rincón de mi ciudad. Mis niños Dawn con sombrerito de paja o gorra de beisbol, tan tiernos como amorosos, sorprendiéndose que el mundo girara a su lado y ellos fueran capaces de tocarle con sus dedos torpes mientras la mano de un hermano, de un padre, sujetaba a su persona. Esa estela de cortinilla humeante acariciando nuestra nariz con un perfume de incienso. El redoble de tambores haciendo que las plantas de los pies saltaran sobre el asfalto. El sonido de una gaita, un coro de pajarillos, la corneta, la trompeta y el trombón junto a una minúscula partitura y la cadencia de una marcha procesional. Virgen del valle, Bajo tu palio un rosario, Hosanna in excelsis, un Gaudeamus igitur universitario en un jueves santo…, tantas marchas como cortejos, tantas músicas como para elevar a cualquier vallisoletano a un mundo reposado y bien sentido donde cabía un vino, una oración y un encuentro.

Y, sobres nuestras cabezas, flotando Flagelados, Madres dolorosas y Crucificados. Si hasta he visto, hemos visto, los pasos menudos, el rachear del dolor de un Hombre camino de su calvario, con tanta dignidad como humildad. Para, más tarde, nuestros ojos embelesados barnizarse de su piel  de nácar, azuladas sus venas y racimos de sangre correr por su pecho y costado.

Sí, estos días he vivido balanceándome en estos paisajes costumbristas de mi tierra mientras amaba a mi ciudad y, ahora, que el silencio se ciñe a mi cintura, que mi olfato descansa y que la rutina me espera, la memoria se apresura a hilvanarse a los recuerdos de unos días cuya voz posee el color de la belleza.

martes, 28 de marzo de 2017

PENUMBRA

Isabel tiene la mirada gastada. Ha visto tanto que no quiere seguir viendo. Es noche cerrada, toma el aire en la terraza bajo un cielo de agosto lleno de estrellas. Respira pausadamente, el frescor de la hora alivia su incertidumbre. Su hija Ana, cuando le ha confesado su verdad, se ha puesto histérica “Mamá llevas toda la vida con papá. Tienes sesenta y seis años, ¿qué vas a hacer, dónde vas a ir?” Isabel contestó “A vivir un poco. ¿Tan malo es eso, hija?”
Sabía que no lo entendería. Se ahorra el bochorno de explicárselo a Elisa y María, sus otras dos hijas.
Sin embargo piensa que es justo que la respeten como ella ha respetado la vida de sus hijas. Está cansada de vivir una mentira. Ahora ya nadie la necesita por lo tanto es el momento de emprender la marcha.
Claro que piensa que las puede perder y hacer frente común con su padre. Incluso dejarla en la calle; lo sabe y no la importa, con la pequeña pensión tiene suficiente y, si no lo tuviera, puede limpiar casas, cuidar ancianos, niños... Aún tiene fuerzas para luchar para ella. Porque es la hora de que haga algo, no por los demás, sino para ella misma.
Ha tragado, ha consentido y sabe que no puede echar la culpa a nadie; ella es la culpable por callar, por no parar los pies a Germán, su marido.
Hay mujeres que callan, que consienten, por un estatus, por dinero, por no perder la buena vida y una cuenta corriente. Piensan que es mejor la zona de confort en la que viven que arriesgar por lo incierto y, tal vez, la penuria. Pero no es su caso.
Isabel se casó enamorada, estuvo muchos años amando a su marido, de veras, con esos amores que no fallan nunca. Con sacrificio, en silencio, con bondad… Hasta que un día vio como no llegaba el dinero a casa, y no porque no le faltara trabajo a Germán, sino porque se lo gastaba con otras.
Entonces el mundo de Isabel se resquebrajó, y lo que antes había pasado por alto con ternura y bondad, ahora la hería. Sí, la hacía daño cómo Germán chillaba a los chiquillos, las castigaba por nimiedades. A ella la insultaba, la menospreciaba, la escupía…, la maltrataba. Pero ella continúo al lado de Germán, en silencio, cada vez más rota más triste.
Un grillo canta en algún lugar mientras Isabel hace acopio de fuerzas para hablar con Germán. Ya tiene la maleta hecha. Poco lleva, no necesita más. Con las ganas de vivir una vida en paz son suficientes.
Escucha los pasos de Germán e Isabel tiembla, el corazón se desboca cuando le ve aparecer. Se frota las manos sudorosas y con un hilo de voz se dirige a él.
-Germán, me voy. Te dejo que vivas tu vida. Ya es hora de que ambos lo hagamos.
-¿Se puede saber de qué, coños, me estás hablando, Isabel? Hoy estoy muy cansado y no tengo sentido del humor.
-Te abandono, Germán. Sólo eso- Isabel se levanta de la silla, pero Germán se abalanza sobre ella acorralándola en la barandilla de la terraza.
-Muerta de hambre, ¿dónde vas a ir si no sirves para nada? Si ya no sirves ni para follar.
-Déjame salir, Germán, por favor…-la súplica es tan débil que Germán no la escucha. Zarandea el cuerpo de Isabel igual que el de un muñeco. Ella trata de escapar, pero la fuerza de él es mayor que la suya y, en un momento dado, Germán la empuja. La empuja tanto que…

En la penumbra de una farola de la calle Sarmiento yace el cuerpo de una mujer. En el quinto piso hay un hombre apoyado a una barandilla fumando tranquilamente. Cuando acaba el cigarrillo se da la media vuelta y se va a dormir.
Un gato callejero lame la sangre desparramada en el asfalto; es el único testigo.


domingo, 19 de marzo de 2017

SOCORRO MARMOL BRIS

"Dadaísmo...
Movimiento artístico y literario, iniciado por Tristan Tzara (1896-1963) en 1916, que propugna la liberación de la fantasía y la puesta en tela de juicio de todos los modos de expresión tradicionales"

Soco Mármol Brís, mi mentora, quien me enseña los cuatro pilares básicos de lo que debe ser un escritor: humilde, generoso, poner mucha ilusión y cada día trabajar muchísimo. Socorro presentó mi nueva novela, Mujeres descosidas y de ella os saco un extracto: 
"De lo que sí que estoy segura es de que esta novela es DADÁ, puritito dadá. La novela es ingenua y perversa, innovadora y retrógrada, se mueve entre la seducción por lo baladí y la inmersión en lo siniestro. De su agresividad nadie podrá dudar una vez leída y, sin embargo, EXISTE un lugar para la ternura; y la ternura está en los propios paisajes. Encuadro una obra en un determinado estilo, reconociendo públicamente que hay que renovar conceptos tan agarrotados y quizá desfasados..."

Esta mujer, cuyo CV no es nada desdeñable, Nacida en Sierra Mágina (Bedmar) Maestra Nacional, Abogada, Profesora de Mediación. Escritora con obra publicada en España y América. Mi primer Libro impreso fue MÁGINA MÁGICA Cuchicheos y Patrañas, en el que se contienen relatos imaginados en mi Tierra Integrante de varias Asociaciones Literarias y Miembro de la Junta de la Asociación Versos Pintados del Café Gijón Promotora del I Encuentro Internacional de Literatura Virtual en PUERTO RICO, Universidad de Mayagüez… Premios Primer Premio de Relato VILLA MARÍA (Coruña) en 1999, con el Relato EL BINGO…Primer Premio Relato Villa María 2000 con el Relato DON GEDEÓN PELLOPINCHO …Segundo Premio de Relatos del Colegio de Abogados de Málaga con el Relato YO TE QUIERO, PANCHO Varios en Poesía y Narrativa.

¡Muchísimas gracias, Socorro!

martes, 14 de marzo de 2017

MANZANAS PODRIDAS

29 de marzo 2014
La primavera se ha vuelto del revés. Alocada y alegre, igual hace sol que el viento atiza las persianas bamboleando una lluvia pertinaz.
Me he acercado hasta Cibeles, es una zona preciosa de ese Madrid inesperado y acogedor en el que nada más  cruzar el umbral de la puerta de Alcalá te sientes un turista accidental.
Este paseo me sentará bien, es más, el aire zumbón, tal vez, me despeje las ideas. Llevo días sin descansar. Todos desde que mi madre, en su lecho de muerte, me confesara que en el armario del trastero había unas carpetas, que las sacara de allí inmediatamente y que hiciera con ellas lo que creyera pertinente. Ella confiaba en mí a pesar de todo, y estaba convencida de que aquel material lo utilizaría con mesura y mano firme.
Después del entierro, de comer con la familia, me retiré; estaba cansada, triste, sin ganas de hablar ni cubrir más paripés. Todo había surgido muy deprisa, sin tiempo para digerir nada: mi aborto, los cuernos de Paco, la separación y, por último, la muerte de mamá. Sí, era joven, con mucha vida por delante aún, pero a mis treinta y siete años, la mochila de Amelia Rodríguez Antúnez pesaba demasiado y, sin querer, recordaba las palabras de mi padre “La vida es larga, pero pasa muy deprisa. Atrápala antes de que se te escape”… Así que descolgué el teléfono, cogí la llave del trastero y subí. Allí, sentada en un suelo frío y polvoroso, me adentré en la vida de quienes creía conocer hasta ese momento. Consumí tantos cigarrillos como todos los que tenía a mano mientras las letras, a veces manchadas de sangre y lágrimas se escurrían bajo mis ojos ahumados de tanto desconocimiento.

29 de Marzo de 1939…
Mi familia tenía un bar en la Cava Baja, al lado de hostales centenarios, se llamaba “Bar Central” ubicado en una calle que podía ser de un siglo perdido que ya nadie recuerda. Mi abuelo despachaba vino con tanto tanino que dejaba la garganta más seca que un erial y los labios amoratados. Mi madre, entonces, tenía onces años. Siempre revoloteando detrás de sus dos hermanos. Jesús, tenía diez, y José, siete. Eran felices a pesar de tanta carestía, y tanta pena en el centro de aquella guerra que ellos aún no entendían. Ya decía mi abuela Daniela que la pena une más que la alegría aunque mis tíos y mi madre no estuvieran conformes con la reflexión de su madre. A ellos les gustaba aquel abanico de colores que entraba a ráfagas por la puerta del bar: labriegos huidos de sus tierras, más que nada por el miedo pintado en sus caras, los falangistas estirados de camisa tan azul como su corazón. A mi madre la gustaba mirarles tan altos, tan gallardos, tan enjabonados y sin miedo; ella quería ser como ellos porque estaba rodeada de pavor, de días oscuros pasados en la bodega codo con codo con caras ajenas a ella aunque pertenecieran a su mundo, mientras los bombardeos arrasaban la vida de los malos. Su padre se enfadaba con ella cada vez que la oía decir que los malos eran los republicanos “Mocosa, aquí no hay buenos ni malos sino todos somos unos pobres desgraciados” “De pobre nada, Padre, nosotros tenemos un bar”… Mamá ya entonces apuntaba maneras.
Lo cierto es que en casa de mis abuelos, y esto lo tengo que afirmar yo que me críe con ellos, jamás se decantaron por ningún bando, o al menos nunca sentí manifestación alguna. Claro que hablaban de política, pero siempre presentí que el respeto se cincelaba en sus palabras.
Aquel veintinueve de marzo, la Carmina, una vecina de mis padres, apareció con su hijo Miguelito que iba a dar un paseo hasta la Cibeles y si mi abuela lo tenía a bien poderse llevar a toda la chiquillería. Mi abuelo dio el beneplácito  y allá se encaminó la Carmina con su jardín de infancia tan peculiar. Digo lo de peculiar, porque nada más llegar en lo alto de la Cibeles había chiquillos desenterrando a la diosa (Protegida por la Junta de Protección Tesoro Artístico del Gobierno de la República –que abandonó la capital dos años y medio antes-. No era la única, también habían sido recubiertas como se pudo, con lo que había, las otras fuentes de Apolo y Neptuno, las estatuas de Felipe III y Felipe IV)
Mis tíos y mi madre no lo dudaron y se encaramaron por los ladrillos hasta llegar a la arena. Según palabras de la Carmina, las carcajadas de los niños iluminaron aquel Madrid torturado después de cuatro años; era el rostro de los supervivientes. Los mayores, abajo, contemplaban fascinados aquel insólito juego mientras sus personas comenzaban a mudar de piel, de corazón y otros a oprimir y ocultar sus ideas.
En esto apareció algún que otro fotógrafo a inmortalizar el momento. La chavalería que se percata comienza a levantar los brazos. Mamá y sus hermanos no sabían cuál era el brazo bueno en aquel instante y lanzaban sus huesos bien alto con la mano estirada en ademán de engancharse a una ilusión.
Sí, mi familia se había ido adaptando a los colores de cada estación política guardando para sí sus íntimos pensamientos, sus aguerridas convicciones.
El uno de abril del treinta y nueve amaneció aparentemente para la familia  Antúnez como un día más. Sin embargo ese día mí abuelo no abrió el bar ni se oyó ruido en su casa, ni siquiera la cacharrería se desplomó en el pilón para que el agua bendijera su limpieza. Mi abuela hizo café y se sentó con el abuelo en la mesa camilla, se agarraron muy fuertes las manos y encendieron la radio. El sonido no era tal sino un susurro que sólo ellos oían. Sus ojos permanecían catapultados en aquel altavoz enrejado. Mi madre salió de puntillas y se paró  en las cortinillas que separaban su habitación del cuarto de estar. Allí, medio engatusada por la escena de sus padres, y la curiosidad que siempre había corrido por sus venas, pudo plasmar aquella escena que no olvidaría jamás.
Lo escuchó nítidamente aunque el sonido de la radio fuera un tintinear de palabras que ella en ese momento no entendió: En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”, firmado por “el generalísimo”, Francisco Franco, en Burgos.
Entonces mis abuelos se fundieron en un abrazo, lágrimas y risas, añadiendo mi abuelo “Hemos ganado, al fin la guerra, Daniela”… Mi madre les seguía espiando atónita mientras sus pensamientos infantiles la venían a dar la razón de que su familia era de derechas, pero de derechas de toda la vida. Tanta era su emoción ante el descubrimiento que no se dio cuenta que su padre la había pillado “Papá, Papá, somos ganadores, ya no hay que ocultarlo ¡Viva Franco! ¡Viva la República! ¡Viva los anarquistas!”...Después de sus osadas y locas manifestaciones sin sentido, mi abuelo la daría la única y más sonora bofetada de su vida “Mocosa del demonio, no sabes ni lo que dices. Todos somos perdedores, hija mía… Dime, ¿cuántas compañeras del colegio te quedan, eh? ¿Desde cuándo no vas a casa de una amiga a merendar, a jugar? Tu padre te contestará: has perdido a tus amigas, has perdido juegos y meriendas… ¿Y los amigos de tus padres dónde están? Muertos, Amelia, muertos. Aquí hemos perdido todos, hija mía”… Pero Amelia aún vio un atisbo de luz en el rostro de su padre que se había apagado de repente “Papá, niégamelo, pero tú vas con Franco” “Qué más da con quién vaya, Amelia, al fin ahora habrá paz”
Pasaron los años y mi familia vivió como las demás, con más penas que gloria. Fueron años difíciles y, aunque ellos se sintieran ganadores franquistas, siguieron acogiendo a todos, con miedos, con silencios. Respetaron al régimen porque eran los suyos aunque jamás lo reconocieran y, aunque los exterminios franquistas de las manzanas podridas les abrieran las carnes por crueles e injustificados, pero como dijo mi abuelo, un día, al haber crecido ya sus hijos “En todos los lugares hay gente buena y gente mala y no siempre el fin justifica los medios. No por ser franquista has de ser malo. No por ser republicano o anarquista, vas a ser el demonio. Unos mataron antes, los otros después, pero todos, hijos míos, mataron,  mataron para defender, por miedo a las represalias, por convencimiento. Tantos son los motivos del hombre que su número es infinito. Vuestros padres podían tener sus ideas pero jamás, ¿me entendéis? Jamás se chivaron ni delataron a nadie porque lo que no quieras para ti, no lo desees para los demás”


1 de abril del 2014
Sí, mi abuela Daniela tenía parte de razón cuando sostenía que las penas unen más que las alegrías, sin embargo, hoy en día, aún los vencedores de antaño que fueron y son buena gente, les da vergüenza aquel espolio de nuestra España más reciente. Se esconden entre las letras de mi teclado como si fueran en parte autores de crímenes sin sentido, pero decidme, ¿qué guerra es justa?

Hoy he vuelto a bajar a la Cibeles, es un día de primavera lluvioso y frío, pero mi corazón se siente cantarín, tal vez porque las golondrinas no se acerquen a la gran ciudad porque no encuentran ya alimento entre tanto asfalto  y sea yo, una descendiente de una buena y honrada familia de derechas que ve en la cabeza de la diosa Cibeles cómo las manos infantiles de unos niños de ayer desenroscan la belleza para que vuelva la luz y la paz a un mundo tan encrespado como el de hoy.

viernes, 3 de marzo de 2017

INSTATÁNEA y NADA ES LO QUE PARECE


Estos son dos relatos escritos para un concurso que preparó Luis Posadas Lumbeiro del grupo Recuerdos e Infancias de Valladolid aquí, en Facebook... Buen fin de semana a todos!!!!


INSTANTÁNEA
Don Gorgonio Campos Rollan enciende un puro; no son horas pero el día lo merece. Hoy es su santo, 9 de septiembre, y el rey llega esa misma tarde a Valladolid. En su casa, sita en la Acera de Recoletos 9, no hay quien pare, pero él ya está acostumbrado después de bregar con seis mujeres desde que enviudó. Suspira y piensa que Dios bien le podía haber dado un hijo varón, sin embargo mientras observa a sus hijas, el orgullo de padre se refleja en su rostro, hasta el bigote asciende de satisfacción. Son buenas chicas, de eso no le cabe duda pero ¡todas solteras!, “Algo he hecho mal” se dice. Gertrudis, la mayor, posa serena mirando a la cámara. Con permiso de don Gorgonio se ha puesto el ramillete de flores secas que tanto gustaba a su difunta madre y al final, se ha colocado el vestido de terciopelo malva. “Es un derecho por ser la hermana mayor” Dice a su padre suplicando con sus ojos castaños, “Tan dulces como los de su madre” piensa don Gorgonio. Las otras cinco hijas van de colores oscuros, discretos y elegantes, no le gusta que destaquen ni que llamen en demasía la atención. Cosa que no ha logrado pues sus hijas hacen lo que las viene en gana. Bueno, menos Purita que permanece sentada con el brazo apoyado en la falda de su hermana Carmina. Quiere ser monja pese a quien le pese y don Gorgonio se resiste; es su niña pequeña, su debilidad. Quienes más le preocupan son las gemelas, Evarista y Pilar. Las estudia detenidamente, una de pie posando tímidamente la mano en el hombro de su gemela. Estas dos se dedican a corretear por la ciudad enseñando a leer y escribir al primero que se pone delante “Padre, en esta ciudad la mayoría son analfabetos, nuestro deber es enseñar”, dicen al unísono en una arenga enfebrecida de convicción, y su padre las deja hacer. Luego está Cecilia, alta, esbelta y con la misma cintura de avispa que poseía su madre. Por don Leoncio, el médico de la familia, se ha enterado que Cecilia trastea siempre que puede con los enfermos. Quiere ser médico, enfermera, lo que la dejen pero estar cerca de un enfermo. Por último recala en Carmina que parece no romper un plato, pero en los mentideros del casino ha oído rumorcillos que su hija es demasiado ligerita con los hombres; don Gorgonio se santigua “Virgen del Carmen, que no me sea puta, te lo ruego por favor”

¡Señor, Señor, mándame seis varones! Clama al cielo don Gorgonio mientras el fotógrafo imprime la mejor instantánea de la vida de este acaudalado y bonachón vecino de Valladolid.


NADA ES LO QUE PARECE
Celedonio pide otro brandy, hoy no hay forma de entrar en calor. Este Valladolid de sus amores le mata en invierno aunque, se echa a reír pensando la manera de paliar sus males. Sus pensamientos son interrumpidos por Críspulo que entra como un huracán en el casino pidiendo a voces un café con un chorrito de coñac.
-¡Vaya día más inhóspito que se ha levantado! Por cierto, no te veía desde la semana pasada, bribón. ¿Dónde te has metido?
-Por aquí y por allá-contesta mientras suelta una carcajada que llama la atención del resto del salón.
-Cuenta, cuenta, que últimamente ando descalentado. Tengo un revuelo en casa que si te cuento, no paro. Esta ciudad de provincias cada día está más aburrida. O te vas a Madrid o…-baja la cabeza taciturno y Celedonio se preocupa.
-No me digas que te has enamoriscado a tu edad, ¡no me fastidies, Críspulo! Anda, acércate que te enseño una delicia, ya verás cómo se te pasan todos tus males-Celedonio mete la mano en su levita y saca una foto- Mira, mira qué seis joyitas me tienen entretenido ¡delicatessen pura!... Si quieres, luego vamos-Críspulo arranca de las manos de su amigo la fotografía. No hace más que mirarla, se ha quedado pálido.
-Estas mujeres, Celedonio, ¿Quiénes son?
-Ya te he dicho, Críspulo, delicatessen recién llegadas de Santander y Burdeos. Bueno eso cuenta Bárbara que ya sabes que imaginación no la falta a la hora de vender su local. Por cierto, la que está sentada en el medio mirando a la cámara se llama Charlotte, es la francesa. ¡Su piel huele, cómo huele, Críspulo!-Críspulo permanece callado mirando en una sola dirección a la foto.
-La de la esquina, la más guapa, la que lleva esas flores al cuello, ¿quién es?
-De Santander, Catalina y no vale un clavel. Solo tiene fachada. Debajo de las sábanas, un tempa…
Celedonio no ha podido terminar la frase. Un puñetazo en la nariz le ha dejado fuera de combate. Críspulo le tiende un pañuelo pues Celedonio no hace más que sangrar. Cuando recupera el resuello, pregunta malhumorado a su amigo.
-Pero, ¿qué coños, te pasa, tío?-grita a Críspulo.

-¿Qué me pasa? Pues esa mujer ni es de Santander ni se llama Catalina, ¡cabrón! Es mi hermana Virtudes.

miércoles, 22 de febrero de 2017

LA DEUDA

Miré la hora. El teléfono marcaba las cinco menos cuarto. El dolor me atravesaba las sienes como dos puñales pero pude pulsar la luz del móvil al que me agarraba como si me fuera la vida en ello. Apenas me podía mover. Seguía tumbado en el suelo sin ver lo que me rodeaba, la oscuridad apagaba hasta las sombras. Volví a cerrar los ojos, a tratar de pensar, sin embargo el miedo me bloqueaba, era incapaz de coordinar ningún recuerdo. Solo me acordaba de mi llegada llamando al timbre del portal, esperando pacientemente a que Begoña, mi última conquista, me abriera. Mientras, mi nariz se distraía en el suave perfume de la media docena de rosas que iba a regalarle. Sí, era una costumbre en mí cada vez que una mujer me invitaba a su casa. Claro, la adquirí cuando mi sueldo fue lo suficientemente sólido. Sabía que era un detalle que a cualquier chica le gustaba, daba igual que fuera moderna o clásica… La verdad es que a mí me gustan todas. El mundo femenino es mi mejor distracción después de una buena reunión de amigos con cervezas y futbol; esto es lo primero y luego, ellas.
Jamás me he comprometido con ninguna, ni creo que lo haga. Tengo treinta y seis años y, en mi vida, en mi apartamento de cuarenta metros cuadrados, no cabe ninguna mujer. Disfruto de ellas, ellas de mí y punto final. Dicen que soy un amante de quitarse el sombrero. Delicado, paciente, respetuoso. En mis encuentros no escatimo nada. En sus casas, en la mía no ha entrado ninguna, solo mi madre y mi hermana Patricia. Me fio mucho de su gusto. Ambas son interioristas. Además, una vez al mes las invito junto a mi hermano Eduardo a cenar. Me gusta cocinar para ellos, los preparativos, la sobremesa, el aroma a velas perfumadas que compra Patricia. Mi padre si no hubiera sido un cabrón también estaría sentado con nosotros, pero le tachamos de la agenda familiar cuando puso los cuernos a mi madre con su íntima amiga. Una historia vieja como la vida misma, vulgar y muy repetitiva. Éramos entonces tres críos. Mi padre estaba de viaje, por lo visto tenía un cliente en Almería con mucho dinero y muchos líos también. Nuestro padre era abogado. Bueno, Eduardo y yo también lo somos y trabajamos en el bufete de mi padre que ahora es nuestro; en cuanto pudimos le echamos a patadas de allí. En nuestras retinas tenemos grabada la escena de entrar en la casa de la sierra con nuestra madre. Todo revuelto, botellas y copas vacías, comida seca, putrefacta casi, y silencio, mucho silencio. Mi madre nos dijo, al ver todo aquello, que nos quedáramos en la puerta. Ella entró, nosotros oímos voces y nos asustamos. Fuimos corriendo en busca de nuestra madre y la encontramos en su dormitorio. Mi padre estaba sentado en el sofá, desnudo con una sonrisa tonta en su cara mirando a mi madre sin verla. En la cama dos tías igualmente desnudas. Una era Clara la íntima amiga de mi madre tumbada boca arriba con una rosa tatuada al lado del ombligo, con la misma sonrisa gilipollas que mi padre. La otra mujer permanecía bocabajo convulsionándose. Mi madre no se dio cuenta que nosotros tres estábamos allí, parados, quietos, nuestras bocas abiertas sin decir nada, solo mirando. Salió de allí y fue  al salón. La oímos hablar por teléfono. Recuerdo que Patricia se soltó de mi mano, y se puso a devolver. A mí lo único que se me ocurrió fue ir al baño a por una toalla para limpiar a mi hermana pero no pude. Al llegar vi un hombre en el suelo. Estaba desnudo, tenía una jeringuilla en el brazo. Yo también me puse a devolver. Al rato, sentimos una sirena, mi madre se había olvidado de nosotros. La vimos llorar en el salón mientras un hombre vestido de policía la calmaba. La casa, nuestra casa de la sierra se convirtió en un hervidero de policías y camillas que iba y venían. Al hombre del baño vi que lo tapaban, a la mujer que se convulsionaba, llevársela en una camilla y alguien cogernos por los hombros y sacarnos de allí.
Recuerdo que las huellas de mi padre desaparecieron de casa, nunca más volvimos a la casa de la sierra. La obsesión de mi hermano y mía fue estudiar derecho. Él termino tres años antes y tuvo los huevos de pedir trabajo a mi padre. No lo habíamos vuelto a ver. Se lo dio, luego terminé yo e hice la misma operación que mi hermano y, en cuanto pudimos, le denunciamos por trapicheos en el bufete. En esta ocasión funcionó la justicia y pasó cinco años en la trena. Salió antes de ayer.
Se ha hecho de día, entra luz por la ventana. Soy capaz de acercarme el móvil. Tecleo 112.
-Policía…
-Calle Albatros nº5, 2ºD, no sé lo que ha pasado-pero según tuerzo la cabeza veo dos cuerpos, uno encima del otro. Debajo está Begoña, tiene los ojos abiertos, miran a un punto fijo. El cuerpo que está encima no se le ve la cara, pero veo una jeringuilla en su brazo izquierdo… ¡Dioooos! La imagen acaba de estallar en mi cabeza.
-Begoña abre, soy Álvaro-según voy a empujar la puerta, un aliento fétido se pega a mi nuca.
-Ni rechistes, hijo de puta y tira hacia delante-no le veo la cara pero su voz me es conocida. Nos metemos en el ascensor y me empuja hacia una de las paredes. Sigo sin ver su cara pero su voz no deja de hablar.
-¿Qué te pensabas? ¿Acaso creíais que os ibais a salir de rositas, cabrones de mierda? Hoy te toca a ti, pero mañana iré a por vuestra madre y luego a por tus hermanos.

La puerta de Begoña está abierta. Entramos y el hombre dice “Hola guapa. Vengo a ajustar cuentas con mi hijo. Ya verás qué bien nos lo pasamos los tres”

domingo, 19 de febrero de 2017

DE SEVILLA AL BRONX

Camino de Cádiz, perdido entre la belleza andaluza de costa, olivar y arte, encuentro una nota disonante, solapada y escondida, llena de vida y bajeza, palpitante su grito de justicia y ayuda para no morir en la más mísera pobreza humana y espiritual.
Línea fronteriza que no existe como tal y que, sin embargo, separa dos mundos contrapuestos: el avance y la marginación.
El Taxista se niega a continuar y, después de pagar, me deja tirado en el asfalto. Pongo mi mano a modo de visera pues el sol me ciega y no veo el vasto territorio que se expande ante mí. Un paisaje desolador en el que no existe sombra alguna y, por el desierto de arena, polvo, ratas y jeringuillas, me encamino a mi destino.

Después de andar cerca de media hora y no encontrar un alma por la calle, avisto una tienda de ultramarinos que parece estar abierta. Nada más entrar, lo primero que se ve es un enorme cartel que advierte "No se fía". El tendero, un tipo musculoso, con delantal a la cintura y camisa desabrochada por la cual se deja entrever un tatuaje justo en el centro del pecho. El escudo del Betis reluce en el torso velludo. Sin mirarme, pero apreciando mí presencia me pregunta, mientras sigue cortando rebanadas de salchichón para una mujer desdentada y casi calva:
-¿Qué busca por estas tierras, amigo?- su voz no puede ser más desafiante.
-Busco la casa de Esperanza Jiménez, la mujer del "Trole".
-Bajando esta calle, el segundo portal a la izquierda, pero a esta hora no hay nadie.
-Gracias, esperaré. ¿Me puede indicar un bar?
-Detrás de esta tienda, encontrarás uno… Chico, ¿sabes dónde estás?- su cara denota preocupación por mí, lo cual agradezco.
-En el Bronx andaluz.-El tendero suelta una carcajada que asusta a la vieja compradora de salchichón que con voz muy tenue pregunta:
-¿Eres Pascual, el amigo del Trole que conoció en prisión?- esa pregunta me pilla desprevenido y, más, procediendo de aquella mujer que, de pronto, no me parece ni vieja, ni calva sino un ser humano.
-Sí, señora, el mismo. Él me ofreció techo para cuando saliera y aquí estoy. Es hombre de promesa fiable, su palabra es ley y como un padre se comportó.- la miro tan fijamente, que ella esconde sus ojos en el suelo.
-Es mi hijo.

De su boca desdentada no salen más palabras, pero mi memoria recuerda como una noche el Trole me contó como de un puñetazo dejó a su madre sin dientes porque se negaba a dar más dinero para una dosis. Después de aquello, con unas tenazas desinfectadas, sacó de su boca dos muelas de oro para que su hijo pudiera comprar heroína.

-Me alegro de conocerla, señora Tomasa, su hijo me habló mucho de usted. Sepa que, para él, su madre es el héroe silencioso del sol y la lluvia en su vida. De él, aguantó insultos y desprecios y aquí está usted para lo que sea necesario para el hijo mal pario como el Trole gusta decir.- en mis palabras iba todo el coraje y admiración que mi protector puso en la descripción.
-Cuando eché al mundo a este esperpento de hijo, los dolores del parto me anticiparon lo que sería mi vida. Anda, acompáñame, hoy hay pa comer cocido de acelgas, pobre pero caliente. Paco dame la cuenta y no cobres de más que te conozco.
-Tomasa morirás desconfiando, vieja zorra- contestó el tendero en un tono de confianza y cariño hacia la mujer. Salimos a la luz y, ya más relajado, pude observar según íbamos andando el panorama de bloques de hormigón, fachadas desconchadas y olvidadas por todos, tierra sin infraestructura, maleza que crece por doquier, que oculta escombros y suciedad. Cerca ya de la casa, nos encontramos un grupo, mezcla de payos y gitanos en amena charla y bebiendo cerveza.
-Señora Tomasa, pronto empiezan a beber.
-No tienen trabajo, ni lo buscan tampoco. Sus horas pasan así y, mientras sea hablando, no vamos mal, lo malo es que muchos caen en el pillaje.
-¿No limpian la basura?- las calles estaban decoradas por bolsas rotas, restos de comida, botellas vacías y, de ahí, las ratas que se pasean.
-La policía municipal no viene, los servicios de limpieza tampoco aparecen. Dios se olvidó de esta tierra y nosotros nada hacemos y, cuando alguien recala para ayudar, sale a pedradas… ¿Quién va a querer venir?

Enfilamos las escaleras, varios tramos aparecen con la barandilla arrancada por lo que hay que subir con cuidado si no quieres caer al sótano. Por una puerta sale una voz que canta algo con mucho sentimiento. La Tomasa, al pasar toca la puerta y rápidamente se abre.
-¡Tomasa!, pase. Mi hijo está ensayando la última canción que preparé para él. Ande, venga, no se haga la remolona y tome un chato con nosotros.- el hombre que invita es mayor, está en pijama y sin peinar, pero sus ademanes denotan sencillez y buena acogida.
-Vengo con un amigo de mi hijo. Pascual, pasemos, te presento a Gerardo, su hijo Antonio, el cantante, y su mujer Daniela. Son buena gente, de lo mejor-sonrío con timidez a sus palabras y asiento.
-Chico, así que eres amigo del Trole ¿Nuevo por aquí? No te asustes de lo que veas, aquí hay de tó, mucho malo, pero también gente humilde y honrá.
-Gerardo, estoy muy agradecido al Trole. No tengo donde caerme muerto. Los últimos cinco años he estado en la cárcel. Mi familia no quiere saber nada y les comprendo-Daniela escucha con avidez mis palabras que me salen a borbotones, como si estuvieran deseosas del roce con alguien.
-¿Qué hiciste?- pregunta Antonio, con la guitarra en la mano.
-De todo. Desde arruinar a mi gente, hasta casi matar a mi novia por no quererme dar una raya. Caí en la mierda, pero el Trole me levantó y me enseñó a no perder el coraje y la esperanza. Nuestra amistad desde el principio fue un intercambio, recorrimos un camino de aprendizaje mutuo- por el rostro de Tomasa caen lágrimas y su cara se ilumina.
-Cuando recibí la carta escrita por él y que el nieto me leyó, no podía creer que mi hijo fuera capaz de emborronar aquel papel.
- Lo tomó muy en serio, señora Tomasa.- contesto yo-, y no vea cómo sumaba y
dividía, más tarde, él enseñó a otros presos. Nos llamaban "los maestros"
- Tú, chico, no eres de nuestra ralea, ¿eh? Se nota en tus modales-comenta Gerardo.
- Ya no soy de nada, maté mi mundo y en la cárcel empecé a construir otro.
- Así se habla, chico, que no digan que no hay oportunidades. Pal que no las quiera, puede. Antonio toca y celebremos. Eres mejor que Vicente Amigo tocando la guitarra y tu voz no la ha oído José Mercé, pero... tiempo al tiempo- Antonio, satisfecho de los comentarios de su padre saca de sí mismo lo mejor que tiene para los presentes.

-El trole me contó que este barrio sevillano de” Las tres mil viviendas” era conocido, no sólo por su parte oscura de drogadicción, absentismo laboral y escolar, boca del infierno que inocula el virus de la violencia, sino también por ser cantera de artistas flamencos.
-Los mantiene vivos a muchos esa ilusión por el cante, y es raro no ver en cada familia, un artista en ciernes-dice Gerardo.
-Recuerdo que cada instante que allí viví en la cárcel, lo absorbí como si me fuera la vida en ello. Un día me hice el firme propósito de que mi vida no la volvería a tirar, que disponía de dos manos y una cabeza para salir adelante y ofrecer a otros mi experiencia. No desaprovecharía esta oportunidad y, aunque fuera entre miseria y estiércol, lucharía-añadí yo.
Se ha pasado la mañana entre bulerías y bailes del "Chepa", otro vecino, éste versado en el arte del baile, evasión para olvidar como el SIDA carcome minuto a minuto las escasas horas que le quedan. A las dos de la tarde, Tomasa ha levantado el campamento y la fiesta termina. Su preocupación es haber olvidado el cocido de acelgas para los suyos y dedicarse al disfrute humilde de la compañía sana y relajada de unas gentes que tienen mucho que decir. La ayudo con las bolsas y nos vamos dos tramos para arriba. Ambos subimos hechizados del rato que hemos pasado y con alegría la vieja desdentada se pone a cocinar.

La vivienda no puede ser más pobre, muebles destartalados, cada uno de un padre y una madre. Los únicos signos de ostentación son un televisor en blanco y negro, una radio y una foto enmarcada de La Macarena y, por supuesto, el olor a limpio que reina en los escasos metros, ¡es digno de alabanza! Se siente que la puerta de la calle se abre y como arrastran algo por el suelo. La Tomasa sale rápida al encuentro y yo tras ella. Acaba de llegar Esperanza, la mujer del Trole con todos los bártulos de su mercadillo ambulante. Yo, ya la conocía de sus visitas a la prisión, de sus ojos enamorados y sumisos a los requerimientos del Trole. Sin duda, es una belleza andaluza, de pelo negro, pulcro y ensortijado. Ausencia de carne en sus huesos debido a tanto trabajo y la pena que en un tiempo ocupó su ánimo, pero los dos arbustos que enfilan el torso femenino, siguen tiesos y firmes para que el Trole se pierda por ellos en las horas de pasión.
-¡Pascual, qué alegría! El Trole salió en tu busca a la carretera. Te has adelantado-mientras pronuncia estas palabras, se abalanza sobre mí para estrecharme entre sus brazos, lo cual me emociona en lo más profundo.
-¡Cuánto me alegro de verte, Esperanza! Cogí un taxi para llegar más rápido.
-¡Mira el niño rico! Tú gasta lo poco que tienes y verás. Mañana mismo tienes que acompañarme a por ropa. Me dejarán un coche, el Trole me dijo que sabes conducir. Al no encontrarte, se fue a recoger cartón, llegará tarde.
-Espero no tener el carné caducado y, si no, empujo el coche. Por una dama como tú, lo que haga falta.
-¡Uy! Me llamas dama.- suelta una risa que nos contagia a la Tomasa y a mí.
-He hablado con mi marido y está todo organizado. De momento, me ayudarás en el mercadillo, el resto, el Trole ya te contará. Dormirás en una colchoneta ahí, al lado de la mesa, es el único lugar libre de la casa, a no ser que el Trole te deje dormir conmigo- otra risotada en sus últimas palabras que hace que el ambiente, aún, sea más distendido.
-Mujer, si quieres que el Trole vuelva a la cárcel, hazlo y verás. De una cuchillada me manda al otro barrio- comento yo, en tono jocoso- él tiene cuatro cosas sagradas: su madre, sus dos hijos y la mujer que calienta su corazón y el cuerpo.

Entre bromas, nos sentamos a comer el agua deslavada con cuatro garbanzos y acelgas; me sabe a manjar de dioses y, sin querer, levanto los ojos al cielo y doy gracias a un Dios que olvidé entre rayas de coca.

A media tarde, llega el Trole lleno de mugre, pero con rostro satisfecho. Nos abrazamos en un intenso abrazo bajo las miradas de la familia. Lloramos ambos como niños y cuesta separar los cuerpos tanto tiempo sin tocarse. Nos contemplamos como dos desconocidos; un año da para mucho. El Trole está más gordo y los surcos oscuros que jalonaban los ojos han desaparecido. Lleva el pelo rizado, más largo y recogido en una coleta. Yo, me he dejado barbas y mi pelo está salpicado de canas a pesar de mis veintinueve años. De nuestros brazos no han desaparecido las huellas del pasado y, como cicatrices perennes, recuerdan a ambos por donde no debemos volver.
-¡Joder!, pareces un poeta.- se separa para contemplarme con sus ojos vivarachos. Yo le miro con mi luz apagada; necesito graduar las gafas, he perdido vista en los últimos meses.
-Macho, pues tú pareces un obispo. Las mujeres te han mimado, no pareces el mismo.
-Me lavo y salimos a dar una vuelta por el barrio y te pongo al día.

Esperanza corre a preparar la ropa limpia y la ducha para su esposo. No puedo evitar una chispa de envidia por mi amigo. Él tiene una familia y me pregunto, ¿seré capaz yo de tener algo así? Está anocheciendo cuando aparece el Trole inmaculado, oliendo a jabón. Tomasa y Esperanza le miran con tanto orgullo y amor, que a mí se me parte el alma. En ese instante, más que nunca, me siento un tipo con suerte.

Salimos a la calle, ahora sí que hay vida en ella. En los portales hay gente sentada tomando el fresco, corrillos de jóvenes cantado y dando palmadas, otros, se intuyen que lo suyo es la noche y denotan que algo están preparando… Presiento, que no es nada bueno. En un callejón vemos como un chavalín, con menos de quince años, ofrece a quien pasa unas papelinas.
-Esto, Pascual, es el pan nuestro de cada día. Veo a estos niños y tiemblo por mis hijos y quisiera salir de aquí, que no vean esta miseria, que no caigan como cayó su padre, pero no tengo salida amigo, estoy desesperado.
-Venga, no me seas pesimista o acaso, ¿olvidaste todo lo que hablamos en aquellas cuatro paredes? Vamos a luchar, nada ni nadie nos parará- él me escucha mientras bebe la cerveza y pierde la mirada en el vacío.
-A veces pienso que no puedo más. Cuando vuelvo a casa con las manos vacías y cuatro pares de ojos imploran comida y yo nada tengo que ofrecer, me dan ganas de salir huyendo y pincharme hasta morir tirado como una mierda que es al fin y al cabo lo que soy. Sé que volveré a caer Pascual y tengo mucho miedo. Robar no quiero y me salen trabajos, no creas, pero me aferro a los cartones como si ellos fueran mi salvación. Por las noches meto la cabeza entre las tetas de la Esperanza y pasó allí las horas como un maldito cobarde, esperando que pase la tempestad.
- Sé de que hablas. Yo también tengo mucho miedo y cuando me invade ese temor sordo y punzante, saco papel y bolígrafo y me pongo a escribir. Pinto mis sueños con letras mal rimadas, dibujo a la mujer que me hará perder el seso y así pasa la tormenta. Tío, cinco años sin tocar a una mujer; creo que si me topo con una, mi picha ni se enderezará.
-Jajajajaja, amigo, eso no se olvida jamás. Ya buscaremos algo para que te inicies- a pesar de su risa, su rostro no pierde el halo de preocupación y franqueza sobre los temores que revolotean en su cabeza.

Cayó definitivamente la noche. Seguimos bebiendo cerveza y sentados en un bordillo. Nos hemos quedado callados, perdidos cada uno en sus pensamientos, tan negros como el cielo que nos arropa. Miro a lo alto en busca de luz, y veo las estrellas, las mismas que estaban en el patio de la cárcel y deseo ser una de ellas, puras y blancas, que duermen y se despiertan, pero estoy aquí, en el mundo real, fuera de prisión con una vida por delante, peligros que salvar y mi debilidad como salvoconducto. Sin darme cuenta de lo que hago, busco la mano del Trole y la aprieto, necesito fuerza para vencer este miedo que me atrapa. Él me mira, está llorando y solo acierta a decir:
- ¡Venceremos, Pascual! Estamos juntos- mientras pronuncia su sentencia, la voz de Camarón se escucha en la lejanía, una guitarra rasga el silencio. Una sombra se acerca a nosotros, es Esperanza. Se hace hueco entre ambos y se sienta en medio permaneciendo callada. Al rato, se incorpora y tendiéndonos sus manos dice:
- Vamos a casa, mañana nos espera un nuevo día. Si hay luz, si en verdad existe un mañana y un Dios creador, ¡ojalá que no permita un retroceso!

Podemos vivir con miedo, pero no sin la voluntad para superar nuestros temores... nuestras debilidades.

martes, 14 de febrero de 2017

SIEMPRE

“Manuel, nos estamos haciendo viejos” Pero Manuel no se entera, últimamente ha perdido audición del oído izquierdo y se niega ir al otorrino. Dice que es un tapón y que él sabe cómo quitárselo pero nunca lo hace. Triana le mira meneando la cabeza y se da la media vuelta. Está limpiando los armarios de la cocina, ese polvo inexistente que se empeña en quitar con tal de rellenar los huecos de las horas. Sin embargo hoy ha intentado subirse al taburete y no ha podido. Un vértigo y un dolor de rodilla se lo han impedido. Como tonta, se ha puesto a llorar. Antes ¡hacía tantas cosas! y ahora encuentra trabas por todos los lados, y a Manuel no puede recurrir porque la lía. Ayer se fundió una bombilla y al ir a quitar el casquillo, rompió la bombilla y se cortó en los dedos; tuvieron que ir a urgencias. Hace dos días, Triana se puso a freír pescado y siempre que guisa se pone a pensar; se la quemó el pescado. Del humo que se preparó, se saltó la alarma y de nervios ni ella ni él supieron apagarla ¡un desastre!
Los chicos, son tres hijos, hace tiempo que se fueron de casa. Se marcharon a cuentagotas. Cada vez que uno se iba, Triana dormía un par de meses en la cama vacía. Se agarraba a la almohada y sentía que su hijo aún estaba allí. El día que se fue el último, Triana y Manuel se agarraron de la mano y salieron a pasear, el silencio de la casa les apabullaba. Cuando volvieron, se metieron en la cama y durmieron abrazados.
Los chicos les regalaron hace tres años un perrillo. Es pequeño y agradecido. Manuel sostiene que muy putas tuvo que pasar el animal para esa mirada tan triste y ese temor que tiene a quedarse solo. Marina, su hija, se fue a una perrera y rescató un animal. Se llama García y con él van a todas partes o se deprime, incluso por las noches duerme entre los dos. Manuel es el encargado de cuidar al chucho: paseos, comida, veterinario… Largas charlas hay entre ambos. García le adora, siempre está a sus pies y cuando Manuel habla, el perro le mira como si en el mundo no hubiera nada más.
Desde que García llegó apenas viajan, hecho que a Manuel le satisface sobremanera pues se ha pasado media vida arrastrando una maleta por la manía de Triana a viajar. Ella no quería regalos como otras mujeres, solo que la llevaran de aquí para allá. Ahora un par de veces al año y gracias. García se queda normalmente con Marina y ellos se van a Málaga a casa de unos amigos de toda la vida. Antes salían los sábados con un matrimonio amigo pero dejaron de salir pues uno de ellos tiene un Alzheimer galopante y es un lío salir con él a la calle. Otros dos amigos se fueron a Valencia a vivir cerca del hijo. Otro se murió el año pasado y el anterior dos casi a la vez. Manuel se restriega las manos “Se van quedando solos” piensa mientras trata de leer en el ordenador noticias económicas, su hobby.
Manuel y Triana ya no discuten; antes no paraban. Si él decía negro, Triana, blanco. Sin embargo ahora es distinto. Triana no le lleva la contraria. Se le queda mirando y cuando Manuel termina su arenga, ella suspira y solo dice “Manuel, Manuel, qué sabelotodo has sido toda tu vida”
Su rutina diaria siempre es la misma. Bueno, no. Ahora han incorporado ir a misa todos los días y juntos, y esto es desde que a Triana el corazón les dio un susto. Desde entonces, más de una noche  ha abierto los ojos y se ha encontrado a Manuel mirándola mientras dormía “¿Por qué haces esto?” pregunta Triana y Manuel responde “Porque te quiero”
A media tarde se toman un café descafeinado y luego Manuel lee en alto a Triana “Te has vuelto vaga, Triana, no sé por qué no lees tú sola” “Me gusta tu voz, Manuel. Anda lee y deja de refunfuñar”

“Cuando seas viejo, te quiero con sabor rancio pero gallardo; independiente y eternamente gaviota. Parco, raspa y salado como tu mar. Cuando tu piel se marchite y tu esqueleto se curve, deseo tu envoltura ácida, pero tierna en tu interior. Cuando el tiempo rasque nuestras voces, sueño con oír tu susurro en mi tímpano. Cuando las nubes fluyan a tus ojos, porque la edad todo deteriora, anhelo tu chispeante mirada de pícaro empedernido. Cuando tus manos tiemblen, espero tu roce tibio sobre mi cuerpo, pues mi deseo por tu persona no habrá tiempo que lo acalle. En los albores de tu senectud… te estaré esperando, te estaré esperando siempre”… La voz de Manuel enmudece. Levanta los ojos para mirar a Triana. Allí está pegadita a él enjuagándose las lágrimas “Ay, Manuel, nos estamos haciendo viejos. Tú cada vez más despistado y yo cada vez más torpe” Los dos se echan a reír y un día más ha llegado a su fin y siempre juntos.

jueves, 9 de febrero de 2017

HISTORIA DE UNA NOVELA Y MIS INESPERADAS SEÑALES

El tiempo es denso cuando la espera es incierta, cuando tu hijo recala en unas primeras manos que las sientes doctoras y analizan a tu criatura. Días largos en que nada sabes pero cuentas las horas mientras tu cabeza se precipita a preguntas sin contestar.
No dejo de pensar que mis novelas nacen con duende o  un ángel protector que no deja de manifestarse para que no pierda el desánimo y tire “Palante” Yo lo llamo señales, nadie me cree, da igual.  Con Sevilla…Gymnopédies recibí una señal impactante. No estaba sola. Mi marido la vivió conmigo.
Mientras espero el día D y la hora H, distraes el pensamiento como puedes y hoy me he regodeado en cómo nace una novela, una historia. Son muchas fases, muchos registros, una labor de zapa con mucho trabajo por medio. Hay quien le lleva años escribir una novela. Mi experiencia es de un año aproximadamente trabajando cinco horas diarias incluidas fiestas de guardar, y exceptuando periodo vacacional en el que no dejas de escribir, de una manera distinta, pero sigues con ojo avizor y libreta en mano por si salta la liebre en cualquier esquina.
Lo mío comienza sin pies ni cabeza, como soy yo, pura vehemencia.  Mi segunda novela, Mujeres descosidas, se fraguó delante de un vino mientras esperaba a una amiga. Mirando el líquido ensangrentado, difuminado el color  de la sangre mientras dejaba olas transparentes por las paredes del cristal me dije “Una mujer que viaja en el tiempo” Sin embargo, la novela que ahora estoy escribiendo nació de un anciano al tropezarme con él en un parque. Él se fue a sentar a un banco debajo de una catalpa. Me enamoré de los dos, un flechazo instantáneo, corrí a casa, encendí el ordenador Y comenzó su singladura Catalpa Bunguei y Abelardo.
Es decir, una novela, para mí, no nace de una idea consolidada en tu cabeza sino se gesta a partir de un punto muerto, de un barro sin forma que cada día vas modelando. Ni tú mismo sabes qué pasará en el capítulo siguiente. Es una sensación mágica que va creciendo delante de tus ojos, cobrando forma, identidad, y realismo.
MUJERES DESCOSIDAS bien puede ser  thriller psicológico, es una novela doliente, una lucha encarnizada de una mujer contra sí misma. Una historia de supervivencia que, de humana, se convierte en real. Me costó meterme en el papel de Juana, la analicé del derecho y del revés, de arriba abajo, con ojos intrusos y críticos porque ese tipo de personas las rechazo de plano, pero por algo que desconozco ahí estaba dando vida a esa mujer. No fue hasta cuatro meses después de haber iniciado su gestación cuando un amigo me invitó a un Martini. Le había pedido documentación para la novela, a grandes rasgos le conté de qué iba la historia. Entonces se metió un momento en casa y salió con una pistola. Yo, jamás había cogido una pistola, la sensación me daba vértigo solo con tenerla delante de las narices. Mi amigo la depositó en mis manos, recuerdo que me temblaban. Cuando cayó ese peso sobre mis palmas, juro que me transmuté; acababa de recibir la primera señal. Era la misma pistola de la que había escrito días antes. Me fui a casa siendo Juana, Ángeles se había quedado en el limbo para no regresar hasta ocho meses después. A partir de ahí, mis dedos fueron unos cirujanos del alma de una mujer hundida en su propio caos, o la salvaba o moría sin liberación. Fueron horas, días, meses, de dolor, de sufrimiento ajeno que lo había hecho mío. Estaba obsesionada con Juana y su deriva emocional, obstinada en poner un tapón al vomitero de mis tres personajes para que no se fueran por el desagüe la esperanza, el motor de cualquier vida. Levanté muros de contención y di luz a unas vidas rotas con Regalito, Jesús y Úrsula, los otros personajes. Pocos meses después de aquella primera señal, recibí la segunda que me dejó noqueada un par de días. Mujeres descosidas gira en torno a trece cartas encontradas por Juana. Un día mi madre me pidió algo y tuve que abrir los cajones de su cómoda. De pronto, en el fondo de uno de ellos reposaba una bolsa de plástico marchitada por el tiempo que llevaba allí. Mi corazón comenzó a galopar como un loco sin rumbo. Me senté en el suelo a serenarme pues sin haber abierto aquella bolsa, mi intuición me decía lo que había dentro. Esa noche despejé mis dudas; abrí la bolsa y encontré trece cartas. Mi duende me había mandado su segunda señal.
Antes que se despegue de las manos del autor, cada novela vive sus propias fases en el periodo de incubación y gestación. Las letras queman kilómetros de horas. Unas veces fructíferas otras dolorosas y muchas pérdidas. Pero llega el día del epílogo, del punto final. Es un instante despiadado, agotador y terco, en el que te sientes autor para bien o para mal de una vida que has creado a fuego lento, eres el artífice de dar vida o muerte.
Pase días con el ordenador apagado, pero en un amanecer lo volví a encender, grabé la novela en un pincho y me fui a imprimirla. Tenía los ojos limpios, la conciencia en paz, la mente despejada. Me puse un vino, descorché cigarrillos y desde la distancia comencé a leer. Un día entero sola, en Valladolid, frente a frente descuartizando con mis ojos cada renglón, husmeando con la cabeza la belleza emocional o no de cada personaje. Cuando leí el último renglón, paré, ¡seré tonta!, estaba llorando como alma en pena, me había enamorado de la historia.
El amor, no siempre llega por el mismo camino. Sus designios son inescrutables.

P.D. Hace una semana, recibí la tercera señal. Mujeres descosidas se presenta en Madrid el 16 de marzo, una fecha como otra cualquiera. El editor me dio a escoger entre varios días y no dude ni un instante en el día 16. Cuando lo comenté con unas personas allegadas me preguntaron “¿Sabes de quién era el cumpleaños el 16 de marzo?”… Me explicaron; era el cumpleaños de la hermana que no tuve. Apenas la traté, no hubo ocasión pero siempre pensé que era un ángel entre tanta barbarie en la que le tocó vivir sus cortos años.

Para muchos serán casualidades. Para mí no.