miércoles, 18 de enero de 2017

DA IGUAL QUE HUYAS

Marisa sin sospechar que iba a ser degollada una hora después, se fue tranquilamente a dar un paseo por la vereda del río, todos los días lo hacía. La gustaba mucho aquella ruta, lejos del ruido de la ciudad, sólo escuchando el ruido del agua, el canto de los pájaros, el murmullo de sus pasos al pisar las hojas secas. Hoy era su día de descanso. Llevaba seis meses trabajando de cocinera en la cantina de la estación. Su trabajo era agobiante dependiendo de la hora y sus guisos siempre los mismos: emparedados de jamón y queso, empanadillas de bonito y su famosa tortilla de patata. Todo casero, como en su día se lo enseñó su madre. Entraba a trabajar a las siete hasta las tres de la tarde, pero cuando se iba dejaba  hasta quince tortillas hechas, dos docenas de empanadillas y tres bandejas repletas de emparedados, y cada mañana podía comprobar que no había quedado nada, todo se había vendido. El dueño, Ramón, era un tipo retraído con sus cosas, simpático detrás del mostrador, buen jefe, mejor persona. Marisa le preguntó si quería, ella podía hacer más tortillas, pero él dijo que no, con lo que hacía era suficiente. Ella meneó la cabeza pues era la primera persona que conocía que no quería enriquecerse de más ¡Allá cada cual! Pensó, lo importante era que ella tenía trabajo, la gustaba lo que hacía, estaba bien valorada y la permitía ir ahorrando. Su sueño era volver algún día a su tierra, Cádiz de donde emigró porque no había trabajo y algo más que nunca contó a Ramón.  
Marisa con veintitrés años tenía dos hijos. Sí, en su tierra se casan jóvenes, pero ella para colmo eligió mal. Se enamoró perdidamente de Paco, un chaval de su misma edad sin oficio ni beneficio. La dejó preñada con diecisiete años y se casaron. Cómo decía su padre “Esto está condenado al fracaso” Eran dos niños. Vivieron en casa de los padres de Marisa y Paco hizo amagos de ponerse a trabajar, pero lo único que le gustaba era trapichear con las drogas. Sacaba dinero pero poco dejaba en casa pues lo que de verdad le ponía a Paco era estar de juerga las veinticuatro horas.
Eso sí, estaba enamorado de Marisa hasta las trancas y procuraba colmarla de regalos absurdos que ella aceptaba complacida. Al año de nacer Rubén, su primer hijo, se volvió a quedar embarazada. A Paco le pillaron en una movida y fue a parar al trullo durante dos años y cuatro meses. Cuando salió parecía otro. Más viejo, más amargado, más oscuro. Marisa, en aquel entonces comenzó a limpiar casas junto a su madre mientras su padre, ya jubilado, cuidaba de los niños. Marisa le pidió el divorcio, se divorciaron y Paco cada quince días pasaba un fin de semana con sus hijos…, cuando lo pasaba pues la mitad ni aparecía a por sus hijos. Marisa se lo reprochó y lo único que logró fue una buena paliza, la primera. Después de esa vinieron más. Luego llegaron las denuncias, orden de alejamiento… Marisa logró la custodia de sus hijos y junto a sus padres se fue de Cádiz.
Viven tranquilos en un pisito de una barriada humilde. Marisa tiene amigas, cuenta con ayuda psicológica y duerme de un tirón. Sus dos hijos, Rubén y Carmencita, de seis y cinco años van al colegio. Marisa, sus padres, respiran tranquilos.

…Marisa, escucha unos pasos a su espalda. Se vuelve con una sonrisa pensando que es su amiga Milagros, pero su gesto se hiela. No es Milagros, es Paco.

miércoles, 11 de enero de 2017

DON SERVANDO Y SUS TIEMPOS

Menudo disgusto tiene don Servando; maldice y maldice sin atisbo de arrepentimiento. Pasa por el Altar y apenas mira a su Señor por miedo a que le eche en cara que esa actitud no es de un cura. Pero, ¿Qué cura va a ser si no sabe cuidar de sus ovejas? Si éstas se le han desmadrado y ya no impone ningún respeto… ¡Ah! Qué tiempos aquellos en los que don Servando paseaba por la alameda, y todo aquel que se le cruzase le miraba con respeto y, algunos, hasta con devoción. Tiempos en que recibía lo mejor de la matanza de sus feligreses estaba en la despensa de don Servando, tiempos en que sus obras de caridad eran conocidas por toda la provincia. ¿Por qué? Su acólito, Fernandito, cada misa, rosario, novena y funeral, recorría los bancos de la iglesia y todos, cada uno de los devotos que llenaban cada día la parroquia depositaban, en el cestillo de Fernandito, monedas y billetes.
Sus homilías eran escuchadas con más pasión y fervor que las mismísimas palabras del Caudillo de España.  Pero han pasado treinta y siete años de aquello y a su humilde iglesia no va ni Cascorro, el borrachín del pueblo que se pasaba las horas muertas en el penúltimo banco durmiendo la mona. Ha tenido que reducir sus homilías, apenas doña Sepúlveda y Paquita la del churrero, son sus oyentes más fervorosas. Ha tenido que disminuir las misas, ni muertos hay para oficiar un triste funeral. El rosario lo reza con Leocadio, más sordo que una tapia y que le da igual una novena que un vía Crucis. ¿A dónde fueron a parar los ricos chocolates con finos picatostes de las tardes de domingo en casa del señor alcalde? Si ahora el alcalde es agnóstico aunque don Servando va mucho más lejos y piensa que su iglesia está en medio de un nido de ateos.
Las cosas comenzaron a ir mal cuando la democracia llegó y los socialistas subieron al poder allá por mil novecientos ochenta y dos. Pero el colmo de los colmos es que ahora gobiernan los populares y no sólo siguen en el empeño del matrimonio homosexual, es que no quitan la ley del divorcio ni el maldito aborto… ¡Señor, Señor! Dónde vamos a ir a parar…
Sin embargo eso en estos momentos es pacata minuta para este cura enfurecido, lo que de verdad le preocupa a este hombre dedicado a Dios desde hace más de cincuenta años ya no es que haya perdido predicamento entre su rebaño sino que le roban, le roban la nada que entra en su parroquia.
Primero le robó Fernandito, su acólito, hubo de hablar con él y descubrió que realmente era un mandado de su madre con lo cual fue a hablar con ella y, efectivamente, eran un encargo de una madre desesperada porque habiendo enviudado tenía que sacar a sus cinco retoños con unos ingresos efímeros. Así que don Servando de la nada que entraba en su parroquia cada día daba algo a Fernandito. Incluso fue a pedir al colmado de Eladio unos garbanzos, unas alubias, arroz… lo que fuera. A regañadientes se lo dio, claro, a cambio de un par de velas por su alma ya que Eladio era temeroso de Dios aunque no pisara la iglesia.
Escribió al arzobispado para contar su situación desesperada, pero le contestaron que “ajo y agua” y don Servando cayó y empezó a peregrinar por las casas de los pudientes del pueblo que cada vez eran menos. Cuando esta salida se acabó, comenzó a tirar de sus precarios ingresos hasta quedarse sin velas en la parroquia, Dios se iluminaría solo, pensaba el pobre cura.
Una noche tuvo un sueño que, además de discutir con su Señor por permitir tanta hambre, soñó que guardaba bajo siete llaves tesoros parroquiales que sólo sacaba una vez al año en las fiestas de la Purísima, lo cual era verdad, pero vio en su sueño que iba al Monte de Piedad de la capital a empeñar las joyas para poder seguir ayudando a los más desfavorecidos… Se despertó sobresaltado, sudoroso tratando de recordar toda aquella pesadilla. Cuando lo hizo sonrió, Dios, su Señor, no le había abandonado, pensó el muy ingenuo. Se levantó y, cogiendo las llaves del armario en el que guardaba los tesoros fue a contabilizar lo que le podrían dar en la casa de empeño, pero el sueño no le había desenmascarado su pesadilla real pues al llegar al armario descubrió con gran zozobra que tales tesoros había desaparecido, ¿cuándo? Y quién lo sabe… Volvió a su lecho a calentarse los huesos y la pena.
Y, así, comenzó su calvario particular. Poco a poco, este cura hecho a la antigua usanza agotó sus posibilidades de supervivencia en favor de su rebaño hasta que un buen día sus dos feligresas más piadosas e incondicionales se sobresaltaron al ver que don Servando no había abierto las puertas para misa de ocho. Esperaron y esperaron inútilmente y, cuando se cansaron de esperar, fueron al cuartel de la benemérita a dar razón de lo acontecido.
Al forzar la puerta de la casa parroquial, encontraron el cuerpo sin vida de don Servando, de rodillas, en sus manos un rosario, en sus hombros una manta roída y, su cabeza, postrada en el reclinatorio; el medico del pueblo certificó su muerte por inanición y frío.
Sus feligreses, los descreídos, los devotos y demás comparsa, no daban crédito a lo acontecido “Si se pasaba el día pidiendo”, comentaba don Edmundo, el farmacéutico. Don Constancio, el único ricachón del pueblo que quedaba, iba más allá, echando las culpas al obispado por dejar en la penuria a uno de sus siervos.
A su entierro fue todo el mundo, los de aquí, los de allá y entre comidillas y asombros, todos descubrieron que don Servando había renunciado a su vida en pos de las demás, un claro ejemplo para todos sus feligreses y los de kilómetros a la redonda.
Desde aquel día cenizo y lluvioso en el que enterraron a este hombre, no faltan flores en su tumba, nadie sabe quién se las pone, la mayoría dicen que salen por generación espontánea por lo que aquello consideran que es un milagro. El segundo, apuestan que a los más necesitados no les ha vuelto a faltar de nada, al menos las necesidades más básicas de cualquier ser humano están cubiertas por una mano benefactora que susurran que es la de Dios.
Ante estos hechos acaecidos el obispado para añadirse una medalla más ha solicitado a la curia romana una investigación profunda y en caso de hallar pruebas contundentes, comenzar con el proceso de canonización.
¡Pobres diablos! No saben discernir entre realidad, superstición, miedo y demás gabelas mundanas. Es la mano oscura de don Constancio, el ricachón del pueblo, el que mueve los supuestos milagros. Demasiado miedo en su cuerpo, quintales de superchería en su cabeza; ha de aplacar como sea esa ansiedad que le carcome habiendo prometido al Altísimo, aunque no crea en Él, pero por si las moscas fueran a ser que sí existe, voto de silencio, nadie sabrá jamás de sus ayudas a los otros.

Y, así, se acaba la historia, amigos míos, de este hombre que en poco le veremos en los altares. Yo, personalmente, qué quieren que les diga, simplemente me remito a un refrán castellano “Llámame perro, pero dame de comer”

domingo, 8 de enero de 2017

UNA HISTORIA SENCILLA

Miguel me atusa dulcemente la mano. Parece mentira con lo hoscas y atribuladas que eran sus manos, con el tiempo han logrado refinamiento, dominio sobre su fuerza bruta.
Levanto la cara, me está mirando. Me mira con esos ojos de cachorro perdido y lastimero; con lo cenizo que es, seguro que me está llorando antes de irme…, le conozco tan bien que… Sobre sus ojos se ha posado la niebla de los años aunque no han perdido la ternura a pesar de estar arrebolados de arrugas que acarician su años.
Le miro sintiendo la gratitud que se me escapa sin querer, con ese amor que da el roce, el tiempo…, y busco entre las telarañas de la memoria aquel joven que conocí con apenas veinte años.
Miguel era guapo, muy guapo. Extrovertido, parlanchín, culto y divertido. Como se decía en aquellos tiempos, hubo flechazo en el mismo instante en que nuestras voces se rozaron en el aire. Yo era camarera, y él un señorito bien de una ciudad de provincias. Yo, trabajaba para sacarme unos estudios con el enfado de mi padre que deseaba que me quedara en el pueblo y desposara con alguien que acrecentara las tierras familiares; para mi tiempo era una muchacha díscola e independiente en mi fuero interno.
Miguel era ya un apuesto abogado, además de tener novia reconocida y de su misma clase, pero hubo algo que condujo a sus sentimientos por caminos muy distintos a los de Casida, su chica como dicen ahora.
Al principio, él se debatió entre lo correcto que era Casilda y la pueblerina que era yo, sin haberes y, como único aval, mi belleza. Sí, hasta yo debía reconocer cuando veía fotos mías de aquella época que era muy hermosa. De esas bellezas limpias, sanas, sin necesidad de acudir a afeites que engalanaran mi tarjeta de presentación. Tampoco tenía falsas pretensiones y mis pies estaban demasiado clavados a la tierra para permitirme ciertos sueños. La discreción y la prudencia, mi carácter tranquilo me ayudaron a escalar los montículos sociales que nos separaban. Bueno, fue una ficción porque el tiempo demostró que no trepé ni las paredes de mi casa.
Nos enamoramos poco a poco, sin prisa, pero sin pausas. La declaración oficial de sus sentimientos a sus padres fue toda una tormenta que no acalló ni tiempo después de estar sus padres en la tumba. A él le perdonaron, pero no a mí que había truncado los planes de futuro para su hijo. Era una sociedad hipócrita, consintiendo, tapando cualquier desmán moral; todos estaban corrompidos, hasta Don Severino, el guía espiritual de mi suegra. Gracias a su ejemplo, dejé de pisar la iglesia. Ellos taparon los escarceos de faldas de Miguel. Claro, mi culpa fue callar, asentir, y hacer que nada veía. Le amaba demasiado hasta que dejé de quererle. Todo tiene un límite, hasta los sentimientos.
¿Por qué no me fui? Mis hijos, mis hijos me ataron a la pata de la cama de su padre. No, nunca tuve miedo de perder, Dios lo sabe bien. Sabía que no tenía nada, odiaba esa sociedad mentirosa, ellos tampoco me querían. No me fui porque el amor a mis hijos era lo que de verdad era real, limpio y puro en mi vida mientras su padre iba de triunfo en triunfo. Pero como todo en este mundo, los caminos se agotan, y has de volver a caminar, esta vez de regreso, cuesta abajo. Y allí estaba Matilde, yo, para recoger los escombros.
Los años pasaron, la vejez llegó, y Miguel se acopló a mi brazo hasta hoy.
No quiere escuchar a los médicos ¡Pobre!, tiene terror a la soledad, al eco de las paredes de su alma. Por él estoy aguantando, me da lástima. Guardo las pocas fuerzas que me quedan para cuando Miguel se acerca silencioso, se sienta, me agarra la mano y me mira con esos ojos de perrillo maltratado, abandonado.
El ser una octogenaria me ha hecho perdonar, olvidar mis duelos…, he dejado de sufrir por mi pasado, aunque no olvido que Miguel está aquí, ahora, porque su vejez le ha prohibido todos los placeres de la juventud.

… Me vuelve a acariciar la mano, se la acerca a la boca y me la besa suavemente; es lo último que he sentido antes de cerrar los ojos…

jueves, 5 de enero de 2017

PAULA Y EL CONEJO MATÍAS

Me he despertado pasadas las cinco y media. La cama pesaba demasiado, el nerviosismo se adueñaba de mi persona y decidí levantar el campamento. Las ideas eran saltimbanquis en mi cabeza sin poder asentar ni una sola. Un café recalentado ha terminado de rematarme, así que he perdido los ojos por los periódicos de cabecera hasta terminar preguntándome qué de verdad habría detrás de cada noticia, qué finalidad esconderían las letras de los periodistas, a dónde nos teledirigen aquellos que supuestamente nos informan… Demasiadas preguntas en un amanecer que pinta precaución en un cinco de enero por miedo a que un loco o varios arruinen los sueños de miles de niños aprovechando la marabunta, o que una cabalgata se convierta en reivindicación secesionista y, de paso, unos cuantos reclamen coherencia cultural cuando estamos a la cola en educación y son precisamente los que reclaman, aquellos que son proclives a las verdades a medias…Mi cabeza ya es una jaula grillos, así que me decanto por una hoja de ruta en blanco, a crear una historia, igual que el que coge unos pinceles y un lienzo, o dos agujas y lana y comienza.
Necesito sujetarme a algo bueno, con esperanza, algo puro en lo que creer y de pronto me acuerdo de una promesa que hice hace unos días y me esencia se ilumina. Hoy 5 de enero, un día tan especial como mágico solo debería tener un fin: los niños.

Y mi niña se llama Paula…
Eran una tarde de navidad, de un frio que vaporizaba las ideas, sin embargo fuera, en la calle, la plaza se acababa de iluminar de luces de colores y un Tiovivo daba vueltas de ensueño a niños que reían mirando a sus padres mientras los caballitos de cartón subían y bajaban. De repente, la puerta de la tienda se abrió con energía y por ella se asomó uno de los rostros más bonitos que yo hubiera visto nunca. La cara era una luna blanca, sus ojos dos estrellas luminosas decoradas con unas gafas. Su pelo era un bosque de castaños con un pequeño lazo en un lado. Su boca, una eterna sonrisa y su cuerpecillo, grande y vital. Según entró como un huracán se fue a las estanterías de cuentos infantiles y se puso a rebuscar. Entonces pensé “Esta es la mía. Voy a manifestarme”
-¡Eh, niña! Mírame, estoy a tu izquierda-la niña se sobresaltó y se echó para atrás, pero yo insistí- Mueve el cuento de la izquierda, por favor, estoy atrapado- rápidamente la niña hizo lo que la pedí y salí medio espachurrado- ¡Gracias!
-¿Tú quién eres?-preguntó mientras me miraba con sus bonitos ojos.
-¿Yo? El conejo Matías, a tu servicio… Y tú, ¿quién eres?
-Yo soy Paula. He venido con mi madre y mi hermano y su novia a comprar un libro para la tía Carmen.
-¿Tú no lees?, ¿no crees en la magia de los cuentos?
-No-Paula me miraba muy segura de sí misma.
-Entonces, ¿qué haces hablando conmigo, para qué me has rescatado si no lees ni crees en la magia?
-Porque tú me has pedido que te sacara. Mi madre me ha enseñado que he de ayudar a todo aquel que me lo pida, y al que no me lo pida, también.
-Paula, yo soy un conejo, sólo existo en tu imaginación y tú te acabas de meter en mi cuento.
-Yo no estoy metida en ningún cuento, conejo Matías.
-Anda, ven Paula conmigo, te enseñaré mi bosque. Hay un río con peces de colores, ¿los ves? Y mira a aquel árbol, ahí están mis amigos los pájaros. Colibrí, Azulejo, Atrapamoscas ¡Ah! Mira la cresta tan divertida que tiene Carcajada…
-Son preciosos esos pájaros, conejo Matías, pero te tengo que dejar, mi madre me llama. Otro día nos vemos, ¿vale?
-Pide un sueño, Paula-dijo conejo Matías.
-Mañana vienen los Reyes Magos. Ahora mismo voy a pedirles que me traigan un conejo como tú-y Paula se fue dando saltos contando a MªÁngeles, su madre, que había estado con un conejo parlanchín.
La mañana de Reyes Paula estaba muy, muy dormida, pero algo que la hizo cosquillas es sus pies la despertó. Tenía tanto sueño que volvió a cerrar los ojos, pero un picoteo insistente en su oreja la molestó. Paula dio un manotazo y entonces escuchó:
-¡Jo, Paula, me has hecho daño!- Paula dio un salto, se puso las gafas y miró a su alrededor-Debajo de la almohada, Paula, estoy esperándote-Paula metió su manecita debajo de la almohada y encontró un paquete envuelto en un papel muy bonito con dibujos de zanahorias. Lo abrió nerviosa hasta estrellar sus bonitos ojos con un cuento “Las aventuras del conejo Matías”. Paula fue corriendo con el cuento entre sus manos hasta la cama de su madre y la gritó.

-¡Mamá en este cuento hay magia potagia!

lunes, 2 de enero de 2017

ALFREDO Y RENO

Cuando la última estrella se retiró del cielo y la luz se derramaba tímidamente por los campos, Alfredo como cada día ya llevaba al menos una hora levantado. No había perdido la costumbre de madrugar aunque los años se fueran hacinando a sus espaldas impidiéndole hacer muchas cosas que, antes, emergían solas y sin esfuerzo alguno. Delante de su tazón de café, café negro, solo y tres cucharadas de azúcar, lo mira sumergiendo sus ojos claros en esa oscuridad líquida buscando un porqué para dar sentido a sus próximas horas. Carmina sigue en la cama, apostada en su posición fetal, agarrada a la almohada para que no se la escape el último calor de Alfredo. Cincuenta y tres años juntos “¡Cómo pasa la vida!”, se dice Alfredo desde aquella mañana de mayo en que dijo “Sí, quiero” a Carmina en la ermita de Simancas, el segundo proyecto de su vida. El primero fue implantar un gallinero con el terruño que heredó de su abuelo Marcial y cuando las gallinas comenzaron a dar beneficios, pidió la mano de Carmina al Antonio, primo segundo de su padre que vivía en Valladolid y se ganaba la vida de chófer. Y fue el Antonio precisamente el primero que ayudó a Alfredo con el negocio de las gallinas. Por aquel entonces el Antonio no tenía coche propio pero trabajaba para don Manuel, un avezado comerciante de ultramarinos, que poseía ya dos coches a finales de los años cincuenta. Cuando los sábados terminaba de trabajar y si don Manuel no necesitaba los servicios del Antonio, éste le pedía el favor para que le prestara el Citroën 2CV. Se subía a Simancas y ayudaba a repartir los huevos a Alfredo, desde Tordesillas hasta Zamora.
Nada más casarse Alfredo y Carmina, ésta se quedó preñada de de Toñín, pseudónimo de Antonio, y a los nueve meses, un día y tres horas nació Toñín, un niño avispado, cariñoso, lleno de vida, igual que su madre. El primer juguete de Toñín fue Clara, una pobre gallina muy paciente con el niño y que murió prematuramente de tanto achuchón que la daba el niño. Pero Toñín pronto se olvidó de la gallina Clara el mismo día que su padre apareció con un flamante coche de su propiedad. Para ello, tuvo que hipotecar el terruño, las gallinas, incluso la casa, pero Carmina, mujer de visión amplia y decidida, le animó. Su suegro no las tenía todas consigo pero siempre había considerado a su hija pequeña, Carmina, como una chica sensata y muy predispuesta, así que los dos fueron al Banco Central, solicitaron el préstamo y, después de haber ido más de diez veces al concesionario de la Renault a ver, pedir toda serie de datos, Alfredo compró un flamante coche, el Renault 4. Noches sin dormir se pasaron Carmina y Alfredo pensando en la inversión, en sus riesgos. “Mira, Carmina, tiene cuatro cilindros en línea, una potencia de treinta y cuatro caballos, motor delantero y una velocidad máxima de 116Km/h” Carmina le escuchaba atentamente aunque no entendía nada; sus ojos solo veían aquel rojo brillante, sus cuatro puertas e imaginaba la cantidad de huevos que cabrían allí dentro. Así que un cuatro de mayo de 1964 Alfredo y don Antonio entraron en Simancas con un Renault 4, con las ventanillas bajadas saludando a todos los vecinos que se habían congregado en la plaza mayor.  La gente hablaba de Renault mientras el pequeño Toñín les escuchaba, tanto oyó esa palabra extraña que cuando su padre se apeó del coche, el niño se tiró a los brazos de su padre y le dijo “Padre, súbame a Reno”, y así se quedó bautizado el nombre del primer coche de Alfredo. Pasaron los años, se pagó el préstamo, cosa que a Carmina y que nunca confesó a Alfredo, le quitaba el sueño pues una pregunta la martilleaba noche y día en silencio “¿Y si el negocio de las gallinas se va a pique y nos quedamos sin nada porque no podemos pagar a Reno?” Pero el día que se pagó la última letra del coche, Carmina y Alfredo durmieron profundamente; es más, se pusieron a procrear hijos. Un total de cinco.
Posteriormente el negocio de las gallinas sufrió sus altibajos pero jamás faltó un plato de lentejas y garbanzos en la mesa de Alfredo y de Carmina. También hay que decir que aunque Alfredo era muy trabajador, se conformaba con poco y Carmina era una mujer muy apañada, con lo cual gastaban lo justo. Dieron carrera a dos de sus hijos., Mari Carmen estudió Filosofía y letras, sacó una oposición y actualmente vive en Bruselas. Viuda y con tres hijos. Alfredo junior estudió derecho y tiene un bufete muy pomposo en la calle Santiago de Valladolid. Casado con una mujer acaparadora, insaciable consumista con la que ha tenido dos hijos; apenas van a Simancas, Alfredo junior, imbuido por los aires de su mujer reniega un poco de sus orígenes humildes. Marcial, el penúltimo hijo de Alfredo y Carmina les salió rana. Vago y crápula y se fue a conocer mundo; llevan tres años sin saber nada de él. Sólo una postal de felicitación por navidad. Carmina las guarda como “oro en paño”, es lo único que tiene de su hijo y aunque vividor y casquivano, es su hijo. Teresa, la última, sintió la llamada de Dios y se metió monja de clausura, asunto del que casi no se habla en casa pues Alfredo está muy enfadado con Dios y más de una noche, cuando se sienta al fresco, mira al cielo y dice “Dios mío, ¿no podías poner a tu servicio a monjitas del continente africano, que hay muchas, en vez de llevarme a mi Teresita con lo bien que se la daban las gallinas?” Pero Dios no le responde y Alfredo, cada noche, apaga las luces encogidas y tristes. No ha superado la muerte de Toñín, tan bueno, servicial y trabajador. Siempre al lado de su padre, aportando ideas, a veces descabelladas, pero que Alfredo acataba como si le fuera la vida en ello. Un día, hace más de diez años, Toñín se puso malito, no sabían lo que le pasaba. Le bajaron al hospital y sólo pudieron certificar una septicemia; en treinta y seis horas estaban enterrando al muchacho. Desde entonces a Carmina no la brillan los ojos y su duelo es perpetuo aunque silencioso, no quiere alterar más la pena que siente Alfredo.
Poco a poco las gallinas fueron desapareciendo hasta que se quedaron reducidas a seis que tanto Carmina como Alfredo cuidan con esmero. Viven de los ahorros y la pequeña pensión de Alfredo. No necesitan más.
Alfredo, ya se ha tomado su café, tan negro como la noche, con sus tres cucharadas bien colmadas de azúcar. Es muy goloso. Se levanta de la silla de enea y sus movimientos son mecánicos y las costumbres, enraizadas.
Abre la puerta de la casa, respira hondo el frescor del amanecer y, apoyado de su bastón se encamina al antiguo gallinero. Abre la portezuela, enciende la luz y dice “Buenos días Reno, ¿cómo has descansado?” Los ojos de Alfredo se encienden de cariño aunque una lágrima furtiva se escapa. Tan embelesado está contemplando a su coche, un Renault 4 que revienta sangre de rojo que es a pesar de los años transcurridos, que no siente los pasos sigilosos de Carmina. Ella llega, se agarra al brazo de Alfredo y sonríe aunque su corazón llore. Ese coche rezuma historia. La historia de una familia sencilla que un día apostó por un coche, el único que tuvieron, no hizo falta más, y que su hijo Tonín llamó Reno.

Alfredo, coge un plumero, pasa el polvo inexistente al coche. Después coge la mano de Carmina y se van lentamente a casa. Un nuevo día acaba de despertar.

sábado, 17 de diciembre de 2016

TALLER DE RECUERDOS

Este año me han hecho un encargo especial. En la residencia donde vive mi madre hay un taller de recuerdos, y me ha pedido que el día 20 de diciembre lea algo para los ancianos. Y esto es lo que he escrito para ellos...

NOCHEBUENA
-Niña, ¿has puesto la mesa?
-Sí, madre, cómo a ti te gusta.
-Niña, faltan cinco platos.
-No, madre, somos siete. Todo está bien.
-Te digo que no, hija. Faltan cinco, ¡si lo sabré yo!-Marina menea la cabeza enfadada con su hija Carmen.
-¿De qué me hablas, madre? Están los platos de tus cuatro nietos, tu plato, el de mi marido y el mío. Está todo bien puesto, madre.
-No, hija no. Faltan los dos de mis padres, el de mi hermano Julián, el de
tu padre y el de mi hijo Adrián. Faltan cinco platos.

Marina baja la mirada a sus manos. Se atusa sus dedos largos y siente cómo Adrián, su marido,  desde el cielo atusa las manos de Marina con amor incondicional. Ese amor que compartieron durante tantos años juntos. Siempre le añora, cada día cuando despierta, su primer recuerdo es para él, su mirada tierna de desvelos, su aterciopelada voz. ¡Claro que pasaron calamidades! Cincuenta y dos años juntos dan de sí para mucho, más, en aquellos años de la posguerra en que no había nada, y Adrián trabajaba los campos con ahínco mientras las bocas se multiplicaban, y no todos los años la cosecha era buena. Pero cuando eso pasaba, Marina hacía magia y de la despensa sacaba el garbanzo guardado y así, si el año  había sido malo, encontraba de dónde tirar. Lo aprendió de sus padres, también de tierra de campos, y de su único hermano, Julián, que de padre hizo con Marina cuando los progenitores marcharon aquel crudo invierno para nunca más volver. Sin embargo, al llegar cada Nochebuena sus platos estaban en la mesa y juntos cantaban villancicos. Al partir Julián, el hermano de Marina, ésta recogió el testigo y en la Nochebuena añadía a su mesa los tres platos que faltaban.
De pronto a Marina se la escapa una lágrima recordando aquella víspera de navidad en la que su hijo pequeño se puso enfermo y Dios se lo llevo sin dar tiempo a que la mano del hombre sanase a aquella criatura. Marina no lloró, estaba tan enfadada con Dios y esa pena que solo una madre siente, que ese año no quiso saber nada de la navidad, la tristeza puso con Marina. Al año siguiente Marina y Adrián añadieron a su mesa de Nochebuena el plato de su hijo… Y así fue pasando la vida. Los rostros queridos se esfumaban pero no su amor por ellos, su recuerdo, la tradición del plato, el villancico… Porque si Marina cierra los ojos, a pesar de las penas y los duelos, solo siente los recuerdos buenos Y ahora, por ejemplo,  está viendo sus rostros, escuchando sus voces desafinadas cantando al Niño Dios.

-Mira Madre junto al pesebre he colgado tus cinco estrellas.
-Y el nacimiento, ¿has puesto al niño en el pesebre?
-Sí, madre, cómo a ti te gusta.
Marina suspira y elevando la vista al cielo dice en voz baja “Adrian tu hija Carmen este año no te pone el plato. Te ha metido en una estrella como a mis padres, a mi hermano, nuestro hijo... Comprende, los tiempos cambian”




HAY DÍAS Y DÍAS

Hay días que me despierto con el miedo cosido a la piel. No sé lo qué temo, pero pensar que he de salir al mundo a lidiar mis horas, agarrota mis huesos y las sensaciones se esconden.
Hay días en que aunque me empeñe en pintar soles sobre mis paredes, no alcanzo a ver la luz.

Hay días en que el reloj de la vida araña a mi ánimo.

Hay días en que me levanto con ganas de no hacer nada, de mandar todo al carajo y quedarme contemplando a la nada.

Hay días en que no encuentro mi camino, me levanto ciega y si no fuera por mis lazarillos blancos, no hallaría mis horas.

Hay días en que la cabeza no responde a los impulsos externos; sólo quiero llorar. Estoy cansada y me siento devaluada como una moneda, pero llegan Chus, Montse, Virginia… mis palomas blancas y recupero mi memoria.

Hay días que me despierto y pienso que todo lo hago mal, que la edad me está facturando la energía consumida.

Hay días que me siento avestruz desplumada, cobarde y pusilánime… Y, sin embargo, la vida me llama a que salga a su encuentro.


Hay días en que necesito una sonrisa, una palabra de ánimo que me invite a bailar las horas con el coraje y el humor suficientes, pero no lo tengo. Entonces surgen como de una nube mis palomas blancas  para decirme con la luz de su mirada ¡Feliz navidad!

jueves, 8 de diciembre de 2016

RETRATO DE MUJER, CELINA

Hoy es tu santo, 21 de octubre. Sí, claro que lo recuerdas, menudas fiestas te hacía Remigio, tu esposo. ¡Cuánto le añoras!, sin embargo eres mujer de fe, y sabes que él te está esperando. Cada mañana le pides que te lleve con él, pero la naturaleza es obstinada,  y no te quiere aún por esos cielos que tanto miras cuando sales a pasear.
¿Sabes lo que más me gusta de ti, Celina? Tu esencia de mujer crecida en campos de arado, en tu Castilla más profunda. Ni que tu nuera, ¡Maldita arpía!, te trajera a la ciudad,  hizo que perdieras el aroma de trigales y encinas creciendo al lado de tu casa. Vistes como las mujeres de antes, mujeres que sólo conocieron su pueblo antes de arrancar sus raíces y plantarlas en hormigón y asfalto. De negro, verano e invierno. Un luto se casaba con el siguiente y así toda tu vida. La única licencia que te permites es quitarte las medias tupidas de azabache en verano. Medias que siguen contigo desde hace lustros; las coses y recoses como antaño,  y hogaño las sigues zurciendo tú misma porque la vista, a pesar de tus gafas, la mantienes esplendida.
Tu pelo es un monte de espeso paisaje nevado que lavas cada tres días y cae un mechón juguetón sobre tu ojo izquierdo. Tu rostro es una planicie, lindando el campo segoviano. Surcos arañados a tantas tempestades que no por eso dejaron tu boca enmarcada en una sonrisa escondida tras tu timidez. Igual que tus ojos,  abarcando extensos espacios azules que miran con gratitud y prudencia, tan limpios de nubes como tu carácter, un recio prisma de virtudes cristianas sin saltarte ninguna de ellas. Ni siquiera con tu nuera, ¡Menuda bruja!, que motivos te dio y que, no por eso,  dijiste una palabra fuera de otra, si tu hijo era feliz con ella, pues tú feliz. Claro que añorar,  añoras tu casa, tan limpia y luminosa, repleta sus ventanas de florecillas y Capullo, tu perro… Vinieron tiempos de bonanza, y la nuera vio buenos cuartos por las tierras del pueblo,  y con engaños y pantomimas,  Celina y Capullo acabaron en casa del hijo, en la ciudad. Pero ¡Ojo!, lo justo para quedar bien porque a los tres meses, ni un día más, ni un día menos, a Celina la llevaron a una residencia y a Capullo a la perrera. Sí, a la perrera. Menos mal que Celina, con una cabeza que conserva prodigiosa se enteró, cogió un bus, sacó a Capullo, un pastor alemán de cinco años, y se presentó en la residencia de ancianos.  Qué diría, qué haría Celina, que Capullo se quedó a vivir en la residencia junto al guarda de seguridad. Por el día dormita o pasea con Celina. Por la noche trabaja husmeando cada rincón, poniendo en aviso a Tomás, el guarda, ante cualquier ruido sospechoso. Celina corre los visillos y le mira con orgullo, amor y agradecimiento. Dentro de lo malo los dos están bien. Es más,  de vez en cuando aparece el hijo y la nuera de visita,  e invitándola de medio lado a ir a comer a su casa. Va, no porque quiera estar con ellos,  sino por ver a sus dos nietos ya que a la residencia no les llevan porque se pueden deprimir, y la única manera de verles crecer es tragarse su orgullo, poner cara de tonta como si no se enterara de nada, y ver a esas dos criaturas que crecen preciosas y sanas. Son buenos chicos. Lara tiene doce años  y el pelo como la paja. Los ojos son verdosos. Lo malo es que algo se parece a la madre, pero cuando se queda a solas con Lara la dice “Aprende de tu padre, hija, obsérvale,  es como un libro hablándote de bondad” Arturito, ay Arturito, calcadito a su padre, en todo. El otro día pidió a su hijo una foto de los chicos y la llevó tres; la que está la nuera, la ha guardado en el cajón y las de los nietos las ha puesto en dos marquitos de plata. Bueno, plata no será porque los compró en una tienda de chinos, pero son muy bonitos. Los ha puesto en la mesita que está al lado del sillón orejero. Un tapete hermosísimo de ganchillo, herencia de su madre, cubre la pobre y desvencijada mesita que ahora luce como la que más. Allí te aposentas cuando gustas recordar cómo la  niebla cubría tu terruño y las encinas asomaban su perfil tras ella.
 Hoy es tu santo, Celina, veintiuno de octubre. Las auxiliares te han contado que hoy habrá pasteles en tu honor. Tímidamente has dado las gracias mientras tu piel se ha ruborizado; has cogido tu monedero que lo aprietas con ganas y has salido a la calle con Capullo. Hace una mañana hermosa de sol agradecido, y un airecillo suave te ha besado las mejillas mientras pensabas qué bueno es Dios contigo.


lunes, 5 de diciembre de 2016

RETRATO DE UN HOMBRE, SULFUROSO

Mi madre aunque se va evadiendo a otros mundos a los que a veces no llego, su reloj sin manecillas y con el único registro de un gallo que la canta unas horas imprecisas, también la recuerda que yo estoy, que he llegado a pasar unos días con ella. Entonces sus rutinas mudas y sin vida, se llenan de momentos precisos en los que aparezco a su lado y su vida toma un color especial. Intuye a la hora que emerjo de la nada, la ilusiona cuando no me espera y siente un beso de vaho que se cuela por las sábanas o llego con la compra y a hurtadillas me roba un currusco de pan. Para ella significo esa arruga en el tiempo que no terminó de planchar y cuando al fin me tiene a su lado alisamos las horas juntas con la medida precisa de una rutina sin soledad.
Entre nuestros hábitos monótonos se ubica la hora del rosario en esa hora de la tarde que en invierno los árboles del jardín se hacen sombras estirándose hasta la ventana de su dormitorio y que tanto me gusta observar mientras la voz de la monja de turno destila rezos y plegarias con una voz gangosa y sin sentido. Reconozco que a las monjas las tengo en mi punto de mira para dispararlas en el momento que una se mueva en la foto. Todavía no me he cruzado con una monja que presienta que Dios habita en ella, a no ser esas religiosas que brotan en las ondas narrándote su labor en tierras muy lejanas. Labores de renuncia a sí mismas en pos de los olvidados, pero son escasas estas asombrosas mujeres, al menos para mí. En fin yo acompaño a mi madre en ese momento del día que la gusta compartir conmigo en intima comunión. Mientras reza veo que trata de verme en la penumbra, yo la sonrío y la envío besos con mis labios, ella me llama boba y que me centre en el rosario, esa letanía pastiza que solo me anima cuando empieza el “ora pro nobis” y entonces comienzo a mover el cuerpo al son de esa musiquilla entre briosa y anunciante de que ya terminan los veinte minutos de oraciones y plegarias y mi madre entre esa medio risa que trata de aplacar me llama irrespetuosa. Pero es que ayer domingo nuestra rutina se fue a tomar vientos. La monja gangosa debía estar en otros menesteres y surgió de las ondas la voz de Sulfuroso ¡Qué bien nos lo pasamos las dos con la vivencias de joven padre Sulfuroso!
El juvenil Sulfuroso se ordenó sacerdote el mismo día que cumplía los setenta y ocho años, después de haber estado viudo dos años y sentir que el mejor compañero para terminar su camino terrenal era Jesucristo, seguir sus huellas. Ese esplendido día estuvo acompañado de su hijo Sulfuroso, de su nuera y de sus nietas, la pequeña acaba de cumplir seis meses. También estaba presente su hijo Vicente colgado de una estrella desde aquel 11 de marzo en el que unas bombas se llevaron a mucha gente. Su mujer Carmina, su fiel compañera y escudero, narraba Sulfuroso, le besaba el corazón mientras enunciaba sus votos.
Su nieta mayor, Anita, decía que el abuelo llevaba un traje muy bonito con un pequeño cuello blanco y que ella quería uno así. Y justamente ayer había hecho su primera confesión a un hombre mucho más joven que él que solía coincidir todas las mañanas en el autobús y cuando terminó sintió un halo de perdón y humildad que se convertiría sin duda en uno de los momentos más especiales de su vida.
Mamá y yo estábamos tan metidas en la narración de Sulfuroso que, aunque sentía mi móvil piar estrepitosamente, no lo hice caso ¡A Dios gracias!, pues era una de mis primas tratando de vender cuadros para una ONG muy especial y llevaba más de cinco días en cansina actitud de cambiar un no por un sí, pero no lo lograba. Todas la decíamos que en vez de cuadros, la dábamos kilos de comida, pero ella tan pesada como las monjas del rosario, erre que erre. No cuento como terminó la prima y sus puñeteros cuadros, encima pedía a una de sus hermanas que fuera al carnicero de confianza a pedirle un lechón para subastar… Pero esta historia, menos mal, la leí mucho más tarde y mamá y yo seguimos con Sulfuroso que finiquitó sus dulces y hermosas historias pidiendo que rezáramos por él para él ejercer su ministerio con amor, perdón y humildad.

Me vino, nos vino, como anillo al dedo escuchar a este hombre en un día que madre e hija presentíamos al ser humano como un descastado y despreciable ser egocéntrico y de bajas pasiones. Hay días y días en los que crees que oscurecerá sin ninguna luz que alumbre tu ánimo y, de pronto, surge un ser mágico que te da luz en la esperanza perdida, o te provoca unas buenas carcajadas pretendiendo venderte un cuadro.

martes, 29 de noviembre de 2016

RETRATO DE UN HOMBRE, EL FRANCÉS

-José, tienes una visita.
-¿Otra? ¿Esta vez quién é?
- Uno con pinta chiflado. Dice que es colaborador del periódico “Voz gitana”
-¡Joder con la raza calé! Con periódico propio y tó. ¿Cuánto tiempo tengo?
-Quince minutos. La hora de visita ya se ha terminado; esto es una excepción.
José mira hacia el ventanuco; la luz está cayendo, pronto se hará de noche…

 Una luz en el firmamento:

Jacinto Paredes había cosechado a sus cuarenta y cuatro años, una centena de trabajos que le reportaron escasos ahorros para un futuro inmediato.
 De sus dos relaciones amorosas no tuvo fruto que dar de comer, y según llegaron, partieron; de ellas no quedó ni el humo de un cigarrillo.
Después de esto, llegó a la conclusión que lo suyo eran los prostíbulos para dar rienda suelta a su ímpetu de lobo solitario. Una botella de güisqui era mejor compañera y más barata.
 Desde hacía un par de años, trabajaba por libre, unas veces sus artículos no veían la luz aunque se los hubieran pagado. Otras, escribía en periódicos locales poco o nada conocidos.
Él se trasladaba con la mochila al hombro y su ordenador, sus únicas pertenencias, a donde la apetencia le pidiera sin tener que rendir cuentas a nadie.
 Una mañana, sonó el teléfono. Era temprano, Jacinto estaba desayunando unos macarrones secos  de hacía dos días. Lo dejó sonar varias veces. Al fin lo descolgó y estuvo hablando escasos minutos. Al colgar se mantuvo pensativo, a continuación, se encaminó al dormitorio y metiendo cuatro cosas en la mochila, recogió el ordenador, dejando el suculento desayuno que se pudriera para mejor ocasión. Fue en busca del coche.
 Después de recorrer una veintena de kilómetros por una carretera ensortijada, que cada curva le elevaba un centímetro más al cielo, así hasta llegar a la cumbre de una estrella.
Ante sus ojos apareció un pueblo tan inmaculado como la nieve. 
Dejando aparcado el coche en la plaza, sacó un papel arrugado del bolsillo de su gabardina negra y se encaminó por callejuelas tan estrechas y enroscadas como la propia carretera en busca de su destino.

-Buenas noches ¿Don Pedro?
-¿Quién es usted?- Unos ojos del tamaño de una hormiga lo escrutaban con desconfianza. Una voz que procedía del patio, sacudió el interrogatorio e invitó a Jacinto a pasar-
-Siéntese Jacinto. ¿Hace una copita fino?- la voz era ronca y arrastrada, con ese deje andaluz que los años y la distancia no borran.
-Sí, gracias. Usted dirá.- La atmósfera era placentera, en un espacio que bien imitaba a un patio árabe, entre espeso y cuidado follaje; el agua de una fuente ponía el sonido junto a una melodía que parecía un susurro, imitando la voz de Camarón.
-Seré breve. El hablar no e lo mío, sí, actuar. Usté no tié donde caerse muerto, sin embargo, me han dicho que es mu bueno en el retrato y la letrilla. Yo no sé ni leé ni escribí, no tuve tiempo. Quiero una foto de mi nieto que haga justicia y hunda a tanto mal nasío que hay en este mundo. Yo le contaré cosillas, usté hablará con él cuanto sea necesario. Vivirá mientras tanto aquí pa que se acerque a su ambiente, donde él cresió. Le pagaré mu bien.
-¿Cuánto?- Jacinto no se iba por las ramas y aunque le gustaba la proposición del viejo, intuía que ésta era buena oportunidad para engrosar sus débiles caudales.
-Déjelo de mi mano. Me gusta usté, es directo y se nota que es un payo legal.

 Una mota de polvo en el cielo:

He soñado tantas veces con volver, que ya mis sueños están gastados y las lágrimas derramadas son tantas, que he creado un lago en mi alma. Allí navego en las noches oscuras en busca de recuerdos que me devuelvan a la orilla.
 ¿Sabe usted, amigo forastero, lo que significa escuchar el rumor del viento, el canto de un pajarillo sin alcanzar a ver sus alas? No, no lo sabe.
Aquí he aprendido a dominar el coraje, la soledad y el miedo. A mirar a los ojos y a leer en ellos.
 La injusticia se me hace chica ante el pensamiento de la honestidad creciente, ante una ley que desconozco pero sé que alguien vigila para que se cumpla y la libertad vuelva a mí.
Cinco años con sus días y noches es mucho tiempo sin aire. Me ha dado tiempo a buscar mi camino, reflexionar y conocer mi querer.

Ayer cumplí treinta años, ya estoy a tres de la edad de Cristo, ése que me acompaña en cada momento y que no conocía hasta que la cancela mecánica se ciñó a mi persona.
Fue un celador quien me trajo un librillo. En aquel entonces apenas sabía hacer unos pobres garabatos sobre el papel. Con paciencia y determinación, me enseñó lo bello que es ver reflejado tu pensamiento sobre la hoja sepia.
La lectura me llevó a Dios que se incrustó en mi corazón como una lapa. Él me hizo ver por los derroteros que mi vida andaba y, ¿sabe una cosa? No me arrepiento de ná porque ná hice para merecer este calvario.
 Confié en quien no debía. La amistad pa mí es como una hermana, unía por un cordón umbilical invisible. Das tó por el amigo en un aprieto…, pero desconoces que te vaya a clavar la navaja por la espalda.
 Mentir no he mentío ¿Qué sé de drogas? Tó amigo, pero eso no quie decir que mis horas estuvieran entre estupefacientes que matan a la juventud.
Tengo cuatro polluelos que crecen a ca minuto, si pa ellos quiero lo mejor, ¿cómo voy a echar una simiente pa que ellos se ahoguen en ella? Lo mío, es cantar canciones que nacen de mi alma, y que hablan del corazón y del amor.
¿Quién no ha fumau alguna vez? ¡Venga hombre!, hasta la pasma lo probó y no por ello le privaron de la bombona de oxígeno.
¿Qué es la verdad? No soy nadie, por eso estoy aquí… Otros con influencias y billetes no hubieran estado aquí.
 Las preguntas que me hago, muchas se quedan enredadas entre los barrotes despintados, pero siempre hay alguien que te echa un cable, ése por ejemplo, el que está apostado en la esquina, mató a uno por odio, pero es mejor que muchos que andan sueltos, que dicen ser santos con el puñal escondío bajo la camisa.
Aquí los sentimientos se acrecientan…, una calada prestada de un cigarrillo es un manjar, una mano en el hombro es un beso.
El asesino del que le hablo, me dijo un día “Tú no eres pa estar dentro, lo llevas marcau en la cara” Eso me animó a buscar mi esencia, amigo.
Cuando las rejas me aprisionaron, lo acepté con rabia pero apreté los dientes y seguí pa lante. Juré venganza…, sin embargo, hoy esa palabra carece de sentío, más bien deseo aire pa volar y voz pa gritar.

La voz ausente:

Jacinto sentía pasar las horas como lentas gotas de ámbar en una noche interminable, fría y sin estrellas.
Muchos meses de probar y no lograr la inocencia perdida, desbarataba sus esperanzas, pero no por eso  desistió en el intento de hacer justicia a un preso redimido de nada que arrepentirse.
Si la escritura es un medio para llevar un corazón a otros que no lo tienen, bien merece el intento.
 La realidad bien mirada, tiene esencia surrealista, y cada uno puede luchar por una verdad que aunque débil puede hacerse fuerte.
 Había llegado el día; las doce treinta, era la hora de nuestro encuentro…

 Estrella en el firmamento:

José llevaba tres horas en la calle respirando aire fresco y su faz se ha  tornado rosácea. Un brillo extraño en sus ojos, un mirar henchido de satisfacción aunque las manecillas del reloj son imparables y marcan la hora de la asfixia.
 Le han concedido el tercer grado y cada ruido que siente en el asfalto, por leve que sea, retumba en su corazón con la potencia de un trueno.
 Con la guitarra al hombro para cantar su romanticismo calé y las lágrimas como nublado, la voz quebrada y la compostura triste… camina José El Francés  en busca de de su libertad total… mientras, un rocío pasea por su alma.

P.D. Este relato es ficción, es parte de alguna verdad en la vida de una persona que, sin duda, existe.
Como él, hay muchos diseminados por las cárceles de la tierra, del alma y de uno mismo.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

LA DECISIÓN


Llevaba días con molestias y cuando la venía un golpe fuerte de dolor, se sujetaba la tripa. Esa misma tarde, cuando terminara de limpiar las oficinas, se acercaría a urgencias. ¡Tenía tanto miedo!, pero el miedo no da de comer, ni ese miedo sordo hace que hubiera un marcha atrás. Tomó la decisión a la desesperada, mucho había de cobardía, lo reconocía pero, ¡sentía tanta lástima por su pecado!, que tiro hacia delante pensando que siempre que llueve, escampa. Sin embargo la hora de la verdad se acercaba y seguía arreciando el temporal.
Paco la dejó tirada, ¿qué se podía esperar de él? Nada, eso lo tuvo muy claro desde el principio, hasta la noche de marras en que no quiso, no tenían dinero y sin preservativo se lanzaron a una orgía de pasión. Después, la primera falta, más tarde la segunda y decidió hablar con Paco ¡Ti aborta, estás a tiempo, gratis!, pero Cristina no supo, no fue capaz y calló. Poco a poco, Paco fue desapareciendo y cuando aparecía preguntaba ¿Ya has ido a quitarte el petate? Ella movía la cabeza y él respondía “Pues conmigo no cuentes”, y definitivamente una noche de abril desapareció. La dio risa al pensar que la pasó lo mismo que al chiste. Paco dijo “Espera, voy a por tabaco, hoy tengo dinero”, y no volvió. Tampoco esperaba que volviera, pues sabía que de aquella relación nada serio podía sacar a no ser sexo puro y duro. Paco era un irresponsable, un tipo divertido y un vago. Se conocieron una tarde de verano en el Retiro. El calor era sofocante, pero en el césped se estaba medianamente bien. Ella estaba con dos amigas de la empresa de limpieza y llegaron unos chicos haciendo ruido de guitarras, con porros y litronas de cerveza; ahí empezó todo. De eso hacía casi tres años. Su relación fue intermitente porque de vez en cuando Paco desaparecía y cuando volvía, no daba explicaciones. Cristina lo admitió. Estaba muy a gusto con él a pesar que casi siempre corriera con los gastos, pero Paco si tenía dinero, era muy espléndido hasta que se acababa el último euro del bolsillo.
Ha vuelto otro dolor fuerte. Cristina para el aspirador y se sujeta la tripa.
-¿Qué te pasa Cristina?-vuelve la cabeza y encuentra al jefe de planta. Un hombre entrado en años amable y respetuoso.
-Nada, nada, un pinchazo ¡Gracias!
-Te has quedado pálida. Deja el aspirador ahora mismo y que venga una compañera a sustituirte.
-No, no se preocupe. Además estoy sola. Están con restructuración de plantilla en mi empresa y me he quedado sola para todo el edificio.
-¡Mujer, así no puedes trabajar! Ven, siéntate.
-No, que no, ¡Gracias!, pero como venga alguno de mis jefes, me voy a la puta calle. De verdad, gracias, pero no puedo permitírmelo.
- ¿Cómo que no? Puede estar pasándole algo a la criatura. Por favor, hazme caso-Cristina se deja llevar, cada vez el dolor es más intenso.
El hombre amable y respetuoso, llama a un taxi y se van al hospital.  Enseguida la atienden. El parto es inminente. Llega casi dos meses de antelación. La criatura nace casi asfixiada por el cordón umbilical, pero al hombre amable y respetuoso le dicen que se ha cogido a tiempo aunque la criatura ha de estar un tiempo en la incubadora.
A los dos días a Cristina la dan el alta y se va sin su niña. Cada tarde la va a ver cuando termina de limpiar un par de casas que la han salido. Todo bajo cuerda pues oficialmente en la empresa de limpieza está de baja maternal. La corresponden dieciséis semanas, pero ante el temor de ser despedida, se presenta a la sexta semana en la empresa para coger el alta voluntaria, y a la semana la despiden. Su hija ha tenido complicaciones y sigue ingresada.
Se va a despedir del hombre amable y respetuoso. Le cuenta lo que ha sucedido y la dice:
-Si te prestas a ser conejillo de indias, mi hijo acaba de terminar la carrera de derecho. No es justo lo que han hecho contigo-y Cristina ¡Claro que se presta! Y ganan el juicio y es readmitida en la empresa.
Entre tanto, Cristina ha seguido limpiando un par de casas y han dado de alta a su hija. Duermen, o mejor dicho, dormían juntas todas las noches, pero la esposa del hombre amable y educado, la ha dicho que no es bueno, no vaya a ser que estado dormida Cristina espachurre a la niña. Así que duerme agarrada a la mano de su niñita que duerme plácidamente en un cochecito que la ha prestado la dueña de la pensión donde vive.
Pasa el tiempo, Cristina hace “encaje de bolillos” para compaginar su vida laboral con la de madre. Lleva a su hija a una guardería pública y luego deja a la niña en la pensión o en casa del hombre amable y respetuoso. Han cogido mucho cariño a Cristina y la niña es casi para ellos una nieta. Tanto que María, así se llama lo primero que ha aprendido a decir es “Buuu” cuando mira a Francisco, el hombre amable y respetuoso.
Muchas veces piensa en Francisco y su familia. Eran gente triste cuando les conoció. Por lo visto, su hijo mayor, una calavera, les hizo la vida imposible hasta que se largó de casa. Desde entonces, no volvieron a saber nada de él. La madre le llora mucho mientras se lo cuenta a Cristina, pero desde que aparecieron María y Cristina en sus vidas, es como si la pena fuera menos.
Ha llegado la navidad y a Cristina la han invitado a cenar en casa de Francisco la Nochebuena. Ella acepta encantada y mientras están cenando, llaman a la puerta. Maruja, la mujer de Francisco va abrir la puerta y solo se oye un chillido. Todos salen corriendo. Es la policía, han encontrado el cadáver de su hijo en un descampado. Cristina se queda con Maruja consolándola mientras que Francisco y su hijo, el abogado, van a reconocer el cadáver.
Maruja tiene esperanzas de que la policía se haya equivocado. A las dos horas sientes que la puerta de la calle se abre. Cristina y Maruja se levantan. Miran a Francisco y a su hijo. Ellos mueven la cabeza afirmativamente. Se abrazan a Maruja que llora sin consuelo y no hace más que decir “Mi hijo, mi hijo”
Cristina prepara unas tisanas para todos y una vez servidas, Francisco dice:
-Cristina, tengo una cosa para ti-Cristina le mira sin comprender. Francisco saca del bolsillo de la americana una foto y se la entrega a Cristina.
-Estaba entre las pertenencias de mi hijo Paco.
Cristina sufre un vahído ¡Es Paco! Chilla sin poderse controlar. Maruja no entiende nada. Arranca de las manos de Cristina la foto y aprecia una imagen 

viernes, 18 de noviembre de 2016

RETRATO DE MUJER, CARMEN

Te lo debía, Carmen…
Me acuesto y me levanto con la misma rutina: miro por la ventana. La calle dormida, el asfalto sonámbulo, y la casa de enfrente, el número 16… Mi último recuerdo, mi primer pensamiento es ese balcón, ese mirador, hogaño ambos abandonados. Sin embargo no fue siempre así. Allí resplandecían las macetas mimosas a pesar del rigor del invierno castellano. Esa luz tenue y confortable cuando el resplandor natural se había fugado, tu balcón, tu mirador se encendían de paz y recogimiento. Crecí al amparo de esa imagen mientras tú me mostrabas el mundo de los adultos. Fuiste una especie de hermana mayor que me leías los claroscuros de la vida, mis cimientos se amamantaron de ti aunque nunca aprendí tu entrega, resignación y sacrificio. Tal vez por eso me difuminé de tu vida.
La bondad era intrínseca a tu persona y la realidad que dibujaste a tu alrededor, descarnada. Renunciaste a todo por nada. Carmen sigo sin entenderlo.
Te abandonaste al destino sin salir a combatir, ni siquiera en tu muerte, ahí sola dijiste adiós sin hacer ruido para no molestar. Carmen, sigo sin comprender tu postura dramatizada por tu compostura.
Cierto, tus sueños, ¡Ninguno!, se cumplió y fuiste soltando amarras para agarrarte a la esclavitud de la renuncia. No me entra en la cabeza, Carmen.
Eras alegre, vital, parlanchina, disfrutona, leal y conciliadora y, de pronto, te fuiste olvidando de tu esencia… Algún capítulo me perdí en aquel entonces.
Yo era tu niña, doce años nos separaban, pero tu carácter no tenía edad entonces, ¿cuándo comenzó tu declive, tu crepúsculo? Dime…
Acaso, ¿cuándo se fue el gran amor de tu vida?, ¿cuándo renunciaste obligada a tu negocio? Tal vez, ¿cuándo te viste abocada a cuidar de una madre usurpadora de tu vida? O, ¿Cuándo te defenestraron a una calle sin salida? Dime…
Te perdí en las brumas del tiempo, quizá de Semana Santa a Semana Santa nos encontrábamos detrás de un cirio y me balbuceabas soledades con una media sonrisa entre la nostalgia y la acidez de tus sombras. Hasta que un buen día te encontré por la calle, arrastrabas tus pasos, la ropa que vestía a tus huesos, de holgada y trasnochada, se caía en la acera. Te mire, tu pelo no era el tuyo, tus ojeras azulinas, tu voz sin expresión, tus ojos grises sin gris. Te estabas muriendo. Un cáncer había venido a por ti. Y te fuiste un veinte de diciembre con el mismo sacrificado silencio que te impusiste. Sonó mi móvil, eras tú, pero la voz que salió de él era la voz de un hombre sin expresión comunicándome que te habían enterrado en la afonía de la soledad.
Hubo un tiempo que al acostarme, creía ver una candela en tu mirador, en tu ventana. Candela temblona, pero luz. Entonces pensaba que eras tú que aún morabas en las paredes de un tercer piso. Que te resignabas, ya tarde, a abandonar este mundo. Quería pensar que era tu espectro que seguía allí. Y comencé a hablar contigo cada noche. Una variedad de diálogos sordos instauré entre tu ausencia y la mía. Otro día vi que sacaban a plena luz del día muebles de tu portal. Enseguida los reconocí ¡Qué coraje me sobrevino!... Otro día vi a un hombre colgando de tu balcón un letrero “Se vende” y, una noche, cuando me iba a dormir, saliste al encuentro para decirme adiós y te fuiste sin más.

Hoy, cada noche y cada mañana, me despierto y me duermo  con el hermetismo de tu ausencia.

sábado, 12 de noviembre de 2016

EL VIAJE

Hay días en que presientes que el horizonte de infinito también es ancho y que podrás aguantar lo que te echen.
Hay días en que nada más despertar al nuevo amanecer, presientes la flojera en el alma, en ese ánimo que horas antes se retorcía de risa y sin embargo, horas después, ves el camino chiquito y empedrado, empinado y puesto del revés, la nube venir y el agua ahogar. Días en que una mirada puede ser una ametralladora.
Hay días y días, hasta días mentirosos que crees que son algo y según los vives te dan ganas de besarles o darles un puntapié.
Yo amanecí sociable, respetuosamente tranquila con el mundo. Nada hacía presagiar que debajo de la niebla hubiera una capa de ira que enturbiara mi carácter bien nacido. No se puede uno fiar ni de la hora que te vio nacer.
Todo iba sobre ruedas. Café, ducha, ultimas compras, regadas las plantas, calefacción apagada, alarma  puesta, echo la llave y me encamino a la estación bajo una niebla meona que reconfortaba al intimismo de los últimos pensamientos.
Llego a la estación, un grado bajo cero. Una cola interminable para pasar el check in y este está cerrado aunque el tren ya está allí. Empiezo a pensar que hacer pasar frio innecesariamente es absurdo si el tren está. Los chicos de Renfe están dentro en amena tertulia y  los tontos de los pasajeros en el andén… esperando. A los veinte minutos abren y cuando llega mi turno pretenden que pase por el escáner una planta, una empanada, unos buñuelos, unos huevos de corral; mis adentros o mis hormonas comienzan a alterarse, pero no pierdo la sonrisa ni mi postureo de niña bien de Valladolid con estudios… Pero me niego en rotundo a que mis huevos, mi empanada, mi planta y mis buñuelos pasen por el túnel del tiempo a ver si dentro de ellos hay una navaja o una bomba fétida. Lo consigo y sin perder la sonrisa, aunque la noto que algo ladeada está.
Llego a una ventanilla con el billete en la boca; las manos las tengo ocupadas con mi sobredosis de chismes, y la señorita de turno mira mi billete y me pide el carnet. Despliego mi sonrisa y le digo que llevo las manos saturadas  y detrás de mí hay mucha gente esperando y un grado bajo cero. La señorita de turno empecinada en hacer su trabajo bien pero a desmano insiste y yo, con una parsimonia magistral deposito la planta, mis huevos de corral, mis buñuelos, mi empanada, la maleta y mi bolsito de Vuitton en el suelo…, sin prisa, para no estresarme y menos que se me rompan mis huevos. La gente se impacienta, normal. Me vuelvo y les hago un gesto de comprensión, vamos que les entiendo, pero…
Vuelvo a cargar con mis chismes y llego al tren ¡Abarrotao! No cabe un alfiler, y yo con mis huevos, mis buñuelos… Me siento ¡Qué placer! Vuelve a fluir la sonrisa, mi buen rollito por un mundo testarudo y ¡Qué olor a pies!, casi me ahogo. Busco en mi bolsito un kleenex con aroma a menta y me tapo mis naricillas, ¡qué alivio!
Pero de repente me doy cuenta que voy en un habitáculo de cuatro: dos jovencitas de Córdoba muertas de risa por unas fotos… La verdad que son dos crías deliciosas, da gusto mirarlas y escuchar su gracejo andalú.
El mundo del tren parece tranquilo, metidos sus ojos, sus mentes, en los móviles hasta que suena una bachata; un hombre contesta al sonido de la bachata. Es un comercial de ollas a presión. Me entero de todo lo que ha vendido en Castilla León, pero antes de terminar, esta vez suena el himno nacional. Lo descuelga una señora que en ese momento se estaba comiendo un bocata jamón con una pinta magnífica; debe ser su hija que la llama para saber si está ya sentada en su asiento y darla las últimas recomendaciones. La mujer se cabrea porque la hija, Mari Pili, debe insistir en que mire si es su asiento y la madre la reprocha que no se fie de su madre. Total, la hija tenía razón, llega el dueño auténtico del asiento y quiere su asiento y no otro. A la mujer se la cae el bocadillo, pan por un lado, jamón por otro. Lo recoge y se lo mete en el bolso… Suspiro, de nuevo silencio hasta que casi a la altura de mi oreja derecha una mujer hablando a toda velocidad y altura en catalán; solo entiendo “Cuyons”, muchos cuyons”. En el cachito que me correspondía de mesa llevaba depositados con esmero mis huevos, mi empanada y mis buñuelos. La mujer de los cuyons se cabrea con quien está hablando, da un golpecito en su trocito de mesa, de rabia digo yo, y mis buñuelos del susto acaban encima de las dos jovencitas cordobesas. Miro mis huevos, impertérritos ¡Qué burra la tía! Lo malo es que colgó el teléfono y llamó a alguien, esta vez hablaba francés ¡Ozú, qué voces! Ahí me enteré que un programador, hijo de Satanás, la había hecho una pirula que la había costado de su bolsillo 30 euros… Yo, por treinta euros no pierdo los nervios, puedo aguantar hasta los cuarenta y cinco sin despeinarme. En fin, la doña cuelga, llama a otro y después a otra, un calvario porque, además,  el teléfono de la bachata no deja de sonar y mi cabeza es ya una olla exprés de alta gama, y no me puedo concentrar ni en los santos de mi revista. Así que dejo de lado la revista y concentro la mirada en el paisaje humano al que mi vista alcanza.
¡Qué delicia dos pijas a estribor! ensayando el postureo para cuando lleguen a la capi. Eso me mola y me concentro en ellas. Para que no resultara muy descarado mirarlas fijamente me pongo las gafas de sol y el sombrero, ¡qué agobio!, pero todo por olvidar el olor a pies, la bachata con sus ollas y la catalana cabreada por un programador que la ha hecho gastar treinta euros.
Me concentro en las súper guays. Son madre e hija. Son iguales, pero idénticas, hasta que noto algo raro, raro, ¡claro, cómo no he caído antes!, las ha operado el mismo cirujano plástico. El mismo molde, la misma forma de gesticular, bueno si es que aquello se puede decir gesticular porque son dos momias cuyas bocas se mueven como los muñecos de Mari Carmen, ¡qué lástima!, y si me apuro está peor la madre que la hija porque una madre con la misma melena que la hija queda visualmente muy, pero muy anacrónico. Bien, una vez analizado el físico paso a ver qué oigo pues hablan muy alto, pero las ondas expansivas de la bachata con sus ollas y la catalana estafada por treinta euros me lo ponen bastante difícil, pero alcanzo a escuchar que una de ellas ha dado propina a la tata por espiar a uno de sus hijos. La madre pregunta qué cuanta propina la ha dado a la tata y la hija contesta que diez euros. Va la madre y la recrimina que la ha dado una barbaridad. Me sale de dentro y me santiguo, ¡cuánta rata hay por el mundo, qué lacerante la humanidad de algunos!, pero lo más tomate, lo que me llevó a santiguarme dos veces seguidas que, por cierto, al ver mi gesto las jovencitas cordobesas se echaron a reír… el tren se había convertido en una calle de doble dirección, unos nos observábamos a otros.
A lo que iba, lo más fuerte de aquellas dos chipiguays cuya costra artificial se había cargado a la madre naturaleza con tanta cirugía y silicona, fue cuando la hija vocifera “Pero qué me dices, mama”, ¡Mama sin acento! Me hundió del todo. El postureo de estas dos señoras se había venido abajo. La mujer del Cesar no solo tiene que serlo, sino parecerlo también. ¿De qué me sirve una supuesta belleza física si es incapaz de decir mamá con acento en la segunda a? Entonces amé a la catalana estafada porque rezumaba ser una tía currante, hecha a sí misma, defendiendo su esfuerzo con uñas y dientes. Hasta me dieron ganas de bailar la bachata del hombre olla, otro currante.
Sin embargo aquel descalabro emocional que sentí fue pagado con creces cuando el viaje finiquitó y las jovencitas cordobesas me regalaron una amplia sonrisa y me dijeron adiós y como postre, una jovencita japonesa me ayudó a bajar del tren a mis huevos, mi empanada, mis buñuelos, mi maleta, hasta mi Vuitton.

Todo mi malhumor se quedó dentro de aquel tren.

martes, 8 de noviembre de 2016

RETRATO DE DOS MUJERES

En tierras de Castilla, las fechas señalan que es tiempo ya de heladas, niebla, y ese frío que se mete en los huesos y que no te abandona hasta bien entrada la primavera. Un suave rumor de castañas se cuela en tu olfato. Cierro los ojos para saborear ese instante efímero. Los aromas te hacen viajar a las estanterías más añejas de la memoria. Allí sin ninguna dificultad reconoces momentos vividos como si estuvieras ahora anclada en aquel tiempo que fue. Perfume de acerolas, castañas asadas, ajo, jabón de Moussel Legrain, y galletas; esos son mis recuerdos Allí están colocados al alcance de mi olfato, pero no está el de Azul. Una tristeza invisible se apodera de mi memoria, Sí, en los tiempos que Azul y yo éramos chiquitas, los extremos se alejaban sin conciliación posible. El carácter de los adultos era así, la sociedad, también. Con lo cual perdías el aroma de tu gente. Tú eras un niño sin voz ni voto, y tus padres rompían puentes que, cuando crecías, habías olvidado que una vez hubo allí un camino.  A Azul y a mí no nos dieron oportunidad y nuestros caminos jamás se conocieron…
La mirada se ha ido a la ventana, los cristales empañados afloran lo que hay fuera, pero aún sin grados a la vista, hay un cielo de azul Blanquecino que despierta a un nuevo día. Precisamente ha sido ese color el que me ha traído el recuerdo de Azul. La pusieron ese nombre porque nació pequeña y azulada. Nada sé de aquellos primeros pasos por el mundo destinado para Azul. Sin embargo, un día de esos que nacen tuertos porque la gente, algunos, están empeñados nuevamente en traer pasados que por su edad es imposible que los hayan podido vivir y, sin embargo, se empecinan en deletrear aquel rencor y odio, en dilatar castas de acomplejados sociales, me vi abocada a dejar de leer la prensa, y sin venir a cuento un nombre se puso delante de mis pupilas, Azul García. A partir de aquel día, Azul y yo nos encontrábamos por esos mundos de alambres invisibles. Palabras correctas que se fueron expandiendo hasta llegar a reconocer, o mejor saber, que por las venas de Azul y por las mías había una sangre en común.
Ha transcurrido el tiempo, vamos acumulando momentos, escribiendo una historia llana entre las dos. Un relato que comienza como quien dice antes de ayer, pero ya tenemos varios capítulos escritos juntas. Me gusta esa sensación sanguínea aunque la comunión de la sangre se escriba de roce y convivencia, no de un líquido común.
A la sombra de un gato llamado Rocío y unas chanclas de un chino, en la habitación de un hostal, dos mujeres desnudan sus recuerdos, sus gustos, algún secreto.
No sé qué descubriría Azul de mí. A mí ella me asombró. Me asombró su osadía para mirar la vida de frente y no de costado. Viuda muy joven, de repente se vio truncado su camino; agarrados a su faldriquera, tres polluelos. Se tuvo que inventar una autopista, pintar el asfalto, poner señalizaciones, todo. Muchos años después aquí está con los brazos en jarra, con la determinación suficiente para que ningun obstáculo se ponga delante de sus pies porque si osaran entorpecer su camino, Azul sería capaz de dar un puntapié tan severo como firme. Su voz es pausada, su tranquilidad, manifiesta. Ríe con ganas y por las comisuras de sus labios se escapa su espíritu práctico, de rompe y rasga si llega el caso. Una generosidad se vislumbra en ojos de caramelo tostado, su bondad te la entrega a puñados pues para ella compartir es esencia vital.
Me gusta, sí, esa sensación sanguínea que nunca tuve, como esa otra sensación de compartir unas chanclas de un chino a 2€… Nuestras vidas son trenes y estaciones. Unos suben, otros bajan. Temes perder el tren, pero si te empeñas lo alcanzarás a tiempo, en el último segundo, pero te subirás a él y mientras dure el trayecto de nuestras vidas, iremos escribiendo capítulos de nuestra existencia.

Azul y yo comenzamos en el segundo piso sin ascensor en una calle de una sola dirección en la que tocábamos el cielo con las yemas de nuestros dedos.