jueves, 8 de diciembre de 2016

RETRATO DE MUJER, CELINA

Hoy es tu santo, 21 de octubre. Sí, claro que lo recuerdas, menudas fiestas te hacía Remigio, tu esposo. ¡Cuánto le añoras!, sin embargo eres mujer de fe, y sabes que él te está esperando. Cada mañana le pides que te lleve con él, pero la naturaleza es obstinada,  y no te quiere aún por esos cielos que tanto miras cuando sales a pasear.
¿Sabes lo que más me gusta de ti, Celina? Tu esencia de mujer crecida en campos de arado, en tu Castilla más profunda. Ni que tu nuera, ¡Maldita arpía!, te trajera a la ciudad,  hizo que perdieras el aroma de trigales y encinas creciendo al lado de tu casa. Vistes como las mujeres de antes, mujeres que sólo conocieron su pueblo antes de arrancar sus raíces y plantarlas en hormigón y asfalto. De negro, verano e invierno. Un luto se casaba con el siguiente y así toda tu vida. La única licencia que te permites es quitarte las medias tupidas de azabache en verano. Medias que siguen contigo desde hace lustros; las coses y recoses como antaño,  y hogaño las sigues zurciendo tú misma porque la vista, a pesar de tus gafas, la mantienes esplendida.
Tu pelo es un monte de espeso paisaje nevado que lavas cada tres días y cae un mechón juguetón sobre tu ojo izquierdo. Tu rostro es una planicie, lindando el campo segoviano. Surcos arañados a tantas tempestades que no por eso dejaron tu boca enmarcada en una sonrisa escondida tras tu timidez. Igual que tus ojos,  abarcando extensos espacios azules que miran con gratitud y prudencia, tan limpios de nubes como tu carácter, un recio prisma de virtudes cristianas sin saltarte ninguna de ellas. Ni siquiera con tu nuera, ¡Menuda bruja!, que motivos te dio y que, no por eso,  dijiste una palabra fuera de otra, si tu hijo era feliz con ella, pues tú feliz. Claro que añorar,  añoras tu casa, tan limpia y luminosa, repleta sus ventanas de florecillas y Capullo, tu perro… Vinieron tiempos de bonanza, y la nuera vio buenos cuartos por las tierras del pueblo,  y con engaños y pantomimas,  Celina y Capullo acabaron en casa del hijo, en la ciudad. Pero ¡Ojo!, lo justo para quedar bien porque a los tres meses, ni un día más, ni un día menos, a Celina la llevaron a una residencia y a Capullo a la perrera. Sí, a la perrera. Menos mal que Celina, con una cabeza que conserva prodigiosa se enteró, cogió un bus, sacó a Capullo, un pastor alemán de cinco años, y se presentó en la residencia de ancianos.  Qué diría, qué haría Celina, que Capullo se quedó a vivir en la residencia junto al guarda de seguridad. Por el día dormita o pasea con Celina. Por la noche trabaja husmeando cada rincón, poniendo en aviso a Tomás, el guarda, ante cualquier ruido sospechoso. Celina corre los visillos y le mira con orgullo, amor y agradecimiento. Dentro de lo malo los dos están bien. Es más,  de vez en cuando aparece el hijo y la nuera de visita,  e invitándola de medio lado a ir a comer a su casa. Va, no porque quiera estar con ellos,  sino por ver a sus dos nietos ya que a la residencia no les llevan porque se pueden deprimir, y la única manera de verles crecer es tragarse su orgullo, poner cara de tonta como si no se enterara de nada, y ver a esas dos criaturas que crecen preciosas y sanas. Son buenos chicos. Lara tiene doce años  y el pelo como la paja. Los ojos son verdosos. Lo malo es que algo se parece a la madre, pero cuando se queda a solas con Lara la dice “Aprende de tu padre, hija, obsérvale,  es como un libro hablándote de bondad” Arturito, ay Arturito, calcadito a su padre, en todo. El otro día pidió a su hijo una foto de los chicos y la llevó tres; la que está la nuera, la ha guardado en el cajón y las de los nietos las ha puesto en dos marquitos de plata. Bueno, plata no será porque los compró en una tienda de chinos, pero son muy bonitos. Los ha puesto en la mesita que está al lado del sillón orejero. Un tapete hermosísimo de ganchillo, herencia de su madre, cubre la pobre y desvencijada mesita que ahora luce como la que más. Allí te aposentas cuando gustas recordar cómo la  niebla cubría tu terruño y las encinas asomaban su perfil tras ella.
 Hoy es tu santo, Celina, veintiuno de octubre. Las auxiliares te han contado que hoy habrá pasteles en tu honor. Tímidamente has dado las gracias mientras tu piel se ha ruborizado; has cogido tu monedero que lo aprietas con ganas y has salido a la calle con Capullo. Hace una mañana hermosa de sol agradecido, y un airecillo suave te ha besado las mejillas mientras pensabas qué bueno es Dios contigo.


lunes, 5 de diciembre de 2016

RETRATO DE UN HOMBRE, SULFUROSO

Mi madre aunque se va evadiendo a otros mundos a los que a veces no llego, su reloj sin manecillas y con el único registro de un gallo que la canta unas horas imprecisas, también la recuerda que yo estoy, que he llegado a pasar unos días con ella. Entonces sus rutinas mudas y sin vida, se llenan de momentos precisos en los que aparezco a su lado y su vida toma un color especial. Intuye a la hora que emerjo de la nada, la ilusiona cuando no me espera y siente un beso de vaho que se cuela por las sábanas o llego con la compra y a hurtadillas me roba un currusco de pan. Para ella significo esa arruga en el tiempo que no terminó de planchar y cuando al fin me tiene a su lado alisamos las horas juntas con la medida precisa de una rutina sin soledad.
Entre nuestros hábitos monótonos se ubica la hora del rosario en esa hora de la tarde que en invierno los árboles del jardín se hacen sombras estirándose hasta la ventana de su dormitorio y que tanto me gusta observar mientras la voz de la monja de turno destila rezos y plegarias con una voz gangosa y sin sentido. Reconozco que a las monjas las tengo en mi punto de mira para dispararlas en el momento que una se mueva en la foto. Todavía no me he cruzado con una monja que presienta que Dios habita en ella, a no ser esas religiosas que brotan en las ondas narrándote su labor en tierras muy lejanas. Labores de renuncia a sí mismas en pos de los olvidados, pero son escasas estas asombrosas mujeres, al menos para mí. En fin yo acompaño a mi madre en ese momento del día que la gusta compartir conmigo en intima comunión. Mientras reza veo que trata de verme en la penumbra, yo la sonrío y la envío besos con mis labios, ella me llama boba y que me centre en el rosario, esa letanía pastiza que solo me anima cuando empieza el “ora pro nobis” y entonces comienzo a mover el cuerpo al son de esa musiquilla entre briosa y anunciante de que ya terminan los veinte minutos de oraciones y plegarias y mi madre entre esa medio risa que trata de aplacar me llama irrespetuosa. Pero es que ayer domingo nuestra rutina se fue a tomar vientos. La monja gangosa debía estar en otros menesteres y surgió de las ondas la voz de Sulfuroso ¡Qué bien nos lo pasamos las dos con la vivencias de joven padre Sulfuroso!
El juvenil Sulfuroso se ordenó sacerdote el mismo día que cumplía los setenta y ocho años, después de haber estado viudo dos años y sentir que el mejor compañero para terminar su camino terrenal era Jesucristo, seguir sus huellas. Ese esplendido día estuvo acompañado de su hijo Sulfuroso, de su nuera y de sus nietas, la pequeña acaba de cumplir seis meses. También estaba presente su hijo Vicente colgado de una estrella desde aquel 11 de marzo en el que unas bombas se llevaron a mucha gente. Su mujer Carmina, su fiel compañera y escudero, narraba Sulfuroso, le besaba el corazón mientras enunciaba sus votos.
Su nieta mayor, Anita, decía que el abuelo llevaba un traje muy bonito con un pequeño cuello blanco y que ella quería uno así. Y justamente ayer había hecho su primera confesión a un hombre mucho más joven que él que solía coincidir todas las mañanas en el autobús y cuando terminó sintió un halo de perdón y humildad que se convertiría sin duda en uno de los momentos más especiales de su vida.
Mamá y yo estábamos tan metidas en la narración de Sulfuroso que, aunque sentía mi móvil piar estrepitosamente, no lo hice caso ¡A Dios gracias!, pues era una de mis primas tratando de vender cuadros para una ONG muy especial y llevaba más de cinco días en cansina actitud de cambiar un no por un sí, pero no lo lograba. Todas la decíamos que en vez de cuadros, la dábamos kilos de comida, pero ella tan pesada como las monjas del rosario, erre que erre. No cuento como terminó la prima y sus puñeteros cuadros, encima pedía a una de sus hermanas que fuera al carnicero de confianza a pedirle un lechón para subastar… Pero esta historia, menos mal, la leí mucho más tarde y mamá y yo seguimos con Sulfuroso que finiquitó sus dulces y hermosas historias pidiendo que rezáramos por él para él ejercer su ministerio con amor, perdón y humildad.

Me vino, nos vino, como anillo al dedo escuchar a este hombre en un día que madre e hija presentíamos al ser humano como un descastado y despreciable ser egocéntrico y de bajas pasiones. Hay días y días en los que crees que oscurecerá sin ninguna luz que alumbre tu ánimo y, de pronto, surge un ser mágico que te da luz en la esperanza perdida, o te provoca unas buenas carcajadas pretendiendo venderte un cuadro.

martes, 29 de noviembre de 2016

RETRATO DE UN HOMBRE, EL FRANCÉS

-José, tienes una visita.
-¿Otra? ¿Esta vez quién é?
- Uno con pinta chiflado. Dice que es colaborador del periódico “Voz gitana”
-¡Joder con la raza calé! Con periódico propio y tó. ¿Cuánto tiempo tengo?
-Quince minutos. La hora de visita ya se ha terminado; esto es una excepción.
José mira hacia el ventanuco; la luz está cayendo, pronto se hará de noche…

 Una luz en el firmamento:

Jacinto Paredes había cosechado a sus cuarenta y cuatro años, una centena de trabajos que le reportaron escasos ahorros para un futuro inmediato.
 De sus dos relaciones amorosas no tuvo fruto que dar de comer, y según llegaron, partieron; de ellas no quedó ni el humo de un cigarrillo.
Después de esto, llegó a la conclusión que lo suyo eran los prostíbulos para dar rienda suelta a su ímpetu de lobo solitario. Una botella de güisqui era mejor compañera y más barata.
 Desde hacía un par de años, trabajaba por libre, unas veces sus artículos no veían la luz aunque se los hubieran pagado. Otras, escribía en periódicos locales poco o nada conocidos.
Él se trasladaba con la mochila al hombro y su ordenador, sus únicas pertenencias, a donde la apetencia le pidiera sin tener que rendir cuentas a nadie.
 Una mañana, sonó el teléfono. Era temprano, Jacinto estaba desayunando unos macarrones secos  de hacía dos días. Lo dejó sonar varias veces. Al fin lo descolgó y estuvo hablando escasos minutos. Al colgar se mantuvo pensativo, a continuación, se encaminó al dormitorio y metiendo cuatro cosas en la mochila, recogió el ordenador, dejando el suculento desayuno que se pudriera para mejor ocasión. Fue en busca del coche.
 Después de recorrer una veintena de kilómetros por una carretera ensortijada, que cada curva le elevaba un centímetro más al cielo, así hasta llegar a la cumbre de una estrella.
Ante sus ojos apareció un pueblo tan inmaculado como la nieve. 
Dejando aparcado el coche en la plaza, sacó un papel arrugado del bolsillo de su gabardina negra y se encaminó por callejuelas tan estrechas y enroscadas como la propia carretera en busca de su destino.

-Buenas noches ¿Don Pedro?
-¿Quién es usted?- Unos ojos del tamaño de una hormiga lo escrutaban con desconfianza. Una voz que procedía del patio, sacudió el interrogatorio e invitó a Jacinto a pasar-
-Siéntese Jacinto. ¿Hace una copita fino?- la voz era ronca y arrastrada, con ese deje andaluz que los años y la distancia no borran.
-Sí, gracias. Usted dirá.- La atmósfera era placentera, en un espacio que bien imitaba a un patio árabe, entre espeso y cuidado follaje; el agua de una fuente ponía el sonido junto a una melodía que parecía un susurro, imitando la voz de Camarón.
-Seré breve. El hablar no e lo mío, sí, actuar. Usté no tié donde caerse muerto, sin embargo, me han dicho que es mu bueno en el retrato y la letrilla. Yo no sé ni leé ni escribí, no tuve tiempo. Quiero una foto de mi nieto que haga justicia y hunda a tanto mal nasío que hay en este mundo. Yo le contaré cosillas, usté hablará con él cuanto sea necesario. Vivirá mientras tanto aquí pa que se acerque a su ambiente, donde él cresió. Le pagaré mu bien.
-¿Cuánto?- Jacinto no se iba por las ramas y aunque le gustaba la proposición del viejo, intuía que ésta era buena oportunidad para engrosar sus débiles caudales.
-Déjelo de mi mano. Me gusta usté, es directo y se nota que es un payo legal.

 Una mota de polvo en el cielo:

He soñado tantas veces con volver, que ya mis sueños están gastados y las lágrimas derramadas son tantas, que he creado un lago en mi alma. Allí navego en las noches oscuras en busca de recuerdos que me devuelvan a la orilla.
 ¿Sabe usted, amigo forastero, lo que significa escuchar el rumor del viento, el canto de un pajarillo sin alcanzar a ver sus alas? No, no lo sabe.
Aquí he aprendido a dominar el coraje, la soledad y el miedo. A mirar a los ojos y a leer en ellos.
 La injusticia se me hace chica ante el pensamiento de la honestidad creciente, ante una ley que desconozco pero sé que alguien vigila para que se cumpla y la libertad vuelva a mí.
Cinco años con sus días y noches es mucho tiempo sin aire. Me ha dado tiempo a buscar mi camino, reflexionar y conocer mi querer.

Ayer cumplí treinta años, ya estoy a tres de la edad de Cristo, ése que me acompaña en cada momento y que no conocía hasta que la cancela mecánica se ciñó a mi persona.
Fue un celador quien me trajo un librillo. En aquel entonces apenas sabía hacer unos pobres garabatos sobre el papel. Con paciencia y determinación, me enseñó lo bello que es ver reflejado tu pensamiento sobre la hoja sepia.
La lectura me llevó a Dios que se incrustó en mi corazón como una lapa. Él me hizo ver por los derroteros que mi vida andaba y, ¿sabe una cosa? No me arrepiento de ná porque ná hice para merecer este calvario.
 Confié en quien no debía. La amistad pa mí es como una hermana, unía por un cordón umbilical invisible. Das tó por el amigo en un aprieto…, pero desconoces que te vaya a clavar la navaja por la espalda.
 Mentir no he mentío ¿Qué sé de drogas? Tó amigo, pero eso no quie decir que mis horas estuvieran entre estupefacientes que matan a la juventud.
Tengo cuatro polluelos que crecen a ca minuto, si pa ellos quiero lo mejor, ¿cómo voy a echar una simiente pa que ellos se ahoguen en ella? Lo mío, es cantar canciones que nacen de mi alma, y que hablan del corazón y del amor.
¿Quién no ha fumau alguna vez? ¡Venga hombre!, hasta la pasma lo probó y no por ello le privaron de la bombona de oxígeno.
¿Qué es la verdad? No soy nadie, por eso estoy aquí… Otros con influencias y billetes no hubieran estado aquí.
 Las preguntas que me hago, muchas se quedan enredadas entre los barrotes despintados, pero siempre hay alguien que te echa un cable, ése por ejemplo, el que está apostado en la esquina, mató a uno por odio, pero es mejor que muchos que andan sueltos, que dicen ser santos con el puñal escondío bajo la camisa.
Aquí los sentimientos se acrecientan…, una calada prestada de un cigarrillo es un manjar, una mano en el hombro es un beso.
El asesino del que le hablo, me dijo un día “Tú no eres pa estar dentro, lo llevas marcau en la cara” Eso me animó a buscar mi esencia, amigo.
Cuando las rejas me aprisionaron, lo acepté con rabia pero apreté los dientes y seguí pa lante. Juré venganza…, sin embargo, hoy esa palabra carece de sentío, más bien deseo aire pa volar y voz pa gritar.

La voz ausente:

Jacinto sentía pasar las horas como lentas gotas de ámbar en una noche interminable, fría y sin estrellas.
Muchos meses de probar y no lograr la inocencia perdida, desbarataba sus esperanzas, pero no por eso  desistió en el intento de hacer justicia a un preso redimido de nada que arrepentirse.
Si la escritura es un medio para llevar un corazón a otros que no lo tienen, bien merece el intento.
 La realidad bien mirada, tiene esencia surrealista, y cada uno puede luchar por una verdad que aunque débil puede hacerse fuerte.
 Había llegado el día; las doce treinta, era la hora de nuestro encuentro…

 Estrella en el firmamento:

José llevaba tres horas en la calle respirando aire fresco y su faz se ha  tornado rosácea. Un brillo extraño en sus ojos, un mirar henchido de satisfacción aunque las manecillas del reloj son imparables y marcan la hora de la asfixia.
 Le han concedido el tercer grado y cada ruido que siente en el asfalto, por leve que sea, retumba en su corazón con la potencia de un trueno.
 Con la guitarra al hombro para cantar su romanticismo calé y las lágrimas como nublado, la voz quebrada y la compostura triste… camina José El Francés  en busca de de su libertad total… mientras, un rocío pasea por su alma.

P.D. Este relato es ficción, es parte de alguna verdad en la vida de una persona que, sin duda, existe.
Como él, hay muchos diseminados por las cárceles de la tierra, del alma y de uno mismo.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

LA DECISIÓN


Llevaba días con molestias y cuando la venía un golpe fuerte de dolor, se sujetaba la tripa. Esa misma tarde, cuando terminara de limpiar las oficinas, se acercaría a urgencias. ¡Tenía tanto miedo!, pero el miedo no da de comer, ni ese miedo sordo hace que hubiera un marcha atrás. Tomó la decisión a la desesperada, mucho había de cobardía, lo reconocía pero, ¡sentía tanta lástima por su pecado!, que tiro hacia delante pensando que siempre que llueve, escampa. Sin embargo la hora de la verdad se acercaba y seguía arreciando el temporal.
Paco la dejó tirada, ¿qué se podía esperar de él? Nada, eso lo tuvo muy claro desde el principio, hasta la noche de marras en que no quiso, no tenían dinero y sin preservativo se lanzaron a una orgía de pasión. Después, la primera falta, más tarde la segunda y decidió hablar con Paco ¡Ti aborta, estás a tiempo, gratis!, pero Cristina no supo, no fue capaz y calló. Poco a poco, Paco fue desapareciendo y cuando aparecía preguntaba ¿Ya has ido a quitarte el petate? Ella movía la cabeza y él respondía “Pues conmigo no cuentes”, y definitivamente una noche de abril desapareció. La dio risa al pensar que la pasó lo mismo que al chiste. Paco dijo “Espera, voy a por tabaco, hoy tengo dinero”, y no volvió. Tampoco esperaba que volviera, pues sabía que de aquella relación nada serio podía sacar a no ser sexo puro y duro. Paco era un irresponsable, un tipo divertido y un vago. Se conocieron una tarde de verano en el Retiro. El calor era sofocante, pero en el césped se estaba medianamente bien. Ella estaba con dos amigas de la empresa de limpieza y llegaron unos chicos haciendo ruido de guitarras, con porros y litronas de cerveza; ahí empezó todo. De eso hacía casi tres años. Su relación fue intermitente porque de vez en cuando Paco desaparecía y cuando volvía, no daba explicaciones. Cristina lo admitió. Estaba muy a gusto con él a pesar que casi siempre corriera con los gastos, pero Paco si tenía dinero, era muy espléndido hasta que se acababa el último euro del bolsillo.
Ha vuelto otro dolor fuerte. Cristina para el aspirador y se sujeta la tripa.
-¿Qué te pasa Cristina?-vuelve la cabeza y encuentra al jefe de planta. Un hombre entrado en años amable y respetuoso.
-Nada, nada, un pinchazo ¡Gracias!
-Te has quedado pálida. Deja el aspirador ahora mismo y que venga una compañera a sustituirte.
-No, no se preocupe. Además estoy sola. Están con restructuración de plantilla en mi empresa y me he quedado sola para todo el edificio.
-¡Mujer, así no puedes trabajar! Ven, siéntate.
-No, que no, ¡Gracias!, pero como venga alguno de mis jefes, me voy a la puta calle. De verdad, gracias, pero no puedo permitírmelo.
- ¿Cómo que no? Puede estar pasándole algo a la criatura. Por favor, hazme caso-Cristina se deja llevar, cada vez el dolor es más intenso.
El hombre amable y respetuoso, llama a un taxi y se van al hospital.  Enseguida la atienden. El parto es inminente. Llega casi dos meses de antelación. La criatura nace casi asfixiada por el cordón umbilical, pero al hombre amable y respetuoso le dicen que se ha cogido a tiempo aunque la criatura ha de estar un tiempo en la incubadora.
A los dos días a Cristina la dan el alta y se va sin su niña. Cada tarde la va a ver cuando termina de limpiar un par de casas que la han salido. Todo bajo cuerda pues oficialmente en la empresa de limpieza está de baja maternal. La corresponden dieciséis semanas, pero ante el temor de ser despedida, se presenta a la sexta semana en la empresa para coger el alta voluntaria, y a la semana la despiden. Su hija ha tenido complicaciones y sigue ingresada.
Se va a despedir del hombre amable y respetuoso. Le cuenta lo que ha sucedido y la dice:
-Si te prestas a ser conejillo de indias, mi hijo acaba de terminar la carrera de derecho. No es justo lo que han hecho contigo-y Cristina ¡Claro que se presta! Y ganan el juicio y es readmitida en la empresa.
Entre tanto, Cristina ha seguido limpiando un par de casas y han dado de alta a su hija. Duermen, o mejor dicho, dormían juntas todas las noches, pero la esposa del hombre amable y educado, la ha dicho que no es bueno, no vaya a ser que estado dormida Cristina espachurre a la niña. Así que duerme agarrada a la mano de su niñita que duerme plácidamente en un cochecito que la ha prestado la dueña de la pensión donde vive.
Pasa el tiempo, Cristina hace “encaje de bolillos” para compaginar su vida laboral con la de madre. Lleva a su hija a una guardería pública y luego deja a la niña en la pensión o en casa del hombre amable y respetuoso. Han cogido mucho cariño a Cristina y la niña es casi para ellos una nieta. Tanto que María, así se llama lo primero que ha aprendido a decir es “Buuu” cuando mira a Francisco, el hombre amable y respetuoso.
Muchas veces piensa en Francisco y su familia. Eran gente triste cuando les conoció. Por lo visto, su hijo mayor, una calavera, les hizo la vida imposible hasta que se largó de casa. Desde entonces, no volvieron a saber nada de él. La madre le llora mucho mientras se lo cuenta a Cristina, pero desde que aparecieron María y Cristina en sus vidas, es como si la pena fuera menos.
Ha llegado la navidad y a Cristina la han invitado a cenar en casa de Francisco la Nochebuena. Ella acepta encantada y mientras están cenando, llaman a la puerta. Maruja, la mujer de Francisco va abrir la puerta y solo se oye un chillido. Todos salen corriendo. Es la policía, han encontrado el cadáver de su hijo en un descampado. Cristina se queda con Maruja consolándola mientras que Francisco y su hijo, el abogado, van a reconocer el cadáver.
Maruja tiene esperanzas de que la policía se haya equivocado. A las dos horas sientes que la puerta de la calle se abre. Cristina y Maruja se levantan. Miran a Francisco y a su hijo. Ellos mueven la cabeza afirmativamente. Se abrazan a Maruja que llora sin consuelo y no hace más que decir “Mi hijo, mi hijo”
Cristina prepara unas tisanas para todos y una vez servidas, Francisco dice:
-Cristina, tengo una cosa para ti-Cristina le mira sin comprender. Francisco saca del bolsillo de la americana una foto y se la entrega a Cristina.
-Estaba entre las pertenencias de mi hijo Paco.
Cristina sufre un vahído ¡Es Paco! Chilla sin poderse controlar. Maruja no entiende nada. Arranca de las manos de Cristina la foto y aprecia una imagen 

viernes, 18 de noviembre de 2016

RETRATO DE MUJER, CARMEN

Te lo debía, Carmen…
Me acuesto y me levanto con la misma rutina: miro por la ventana. La calle dormida, el asfalto sonámbulo, y la casa de enfrente, el número 16… Mi último recuerdo, mi primer pensamiento es ese balcón, ese mirador, hogaño ambos abandonados. Sin embargo no fue siempre así. Allí resplandecían las macetas mimosas a pesar del rigor del invierno castellano. Esa luz tenue y confortable cuando el resplandor natural se había fugado, tu balcón, tu mirador se encendían de paz y recogimiento. Crecí al amparo de esa imagen mientras tú me mostrabas el mundo de los adultos. Fuiste una especie de hermana mayor que me leías los claroscuros de la vida, mis cimientos se amamantaron de ti aunque nunca aprendí tu entrega, resignación y sacrificio. Tal vez por eso me difuminé de tu vida.
La bondad era intrínseca a tu persona y la realidad que dibujaste a tu alrededor, descarnada. Renunciaste a todo por nada. Carmen sigo sin entenderlo.
Te abandonaste al destino sin salir a combatir, ni siquiera en tu muerte, ahí sola dijiste adiós sin hacer ruido para no molestar. Carmen, sigo sin comprender tu postura dramatizada por tu compostura.
Cierto, tus sueños, ¡Ninguno!, se cumplió y fuiste soltando amarras para agarrarte a la esclavitud de la renuncia. No me entra en la cabeza, Carmen.
Eras alegre, vital, parlanchina, disfrutona, leal y conciliadora y, de pronto, te fuiste olvidando de tu esencia… Algún capítulo me perdí en aquel entonces.
Yo era tu niña, doce años nos separaban, pero tu carácter no tenía edad entonces, ¿cuándo comenzó tu declive, tu crepúsculo? Dime…
Acaso, ¿cuándo se fue el gran amor de tu vida?, ¿cuándo renunciaste obligada a tu negocio? Tal vez, ¿cuándo te viste abocada a cuidar de una madre usurpadora de tu vida? O, ¿Cuándo te defenestraron a una calle sin salida? Dime…
Te perdí en las brumas del tiempo, quizá de Semana Santa a Semana Santa nos encontrábamos detrás de un cirio y me balbuceabas soledades con una media sonrisa entre la nostalgia y la acidez de tus sombras. Hasta que un buen día te encontré por la calle, arrastrabas tus pasos, la ropa que vestía a tus huesos, de holgada y trasnochada, se caía en la acera. Te mire, tu pelo no era el tuyo, tus ojeras azulinas, tu voz sin expresión, tus ojos grises sin gris. Te estabas muriendo. Un cáncer había venido a por ti. Y te fuiste un veinte de diciembre con el mismo sacrificado silencio que te impusiste. Sonó mi móvil, eras tú, pero la voz que salió de él era la voz de un hombre sin expresión comunicándome que te habían enterrado en la afonía de la soledad.
Hubo un tiempo que al acostarme, creía ver una candela en tu mirador, en tu ventana. Candela temblona, pero luz. Entonces pensaba que eras tú que aún morabas en las paredes de un tercer piso. Que te resignabas, ya tarde, a abandonar este mundo. Quería pensar que era tu espectro que seguía allí. Y comencé a hablar contigo cada noche. Una variedad de diálogos sordos instauré entre tu ausencia y la mía. Otro día vi que sacaban a plena luz del día muebles de tu portal. Enseguida los reconocí ¡Qué coraje me sobrevino!... Otro día vi a un hombre colgando de tu balcón un letrero “Se vende” y, una noche, cuando me iba a dormir, saliste al encuentro para decirme adiós y te fuiste sin más.

Hoy, cada noche y cada mañana, me despierto y me duermo  con el hermetismo de tu ausencia.

sábado, 12 de noviembre de 2016

EL VIAJE

Hay días en que presientes que el horizonte de infinito también es ancho y que podrás aguantar lo que te echen.
Hay días en que nada más despertar al nuevo amanecer, presientes la flojera en el alma, en ese ánimo que horas antes se retorcía de risa y sin embargo, horas después, ves el camino chiquito y empedrado, empinado y puesto del revés, la nube venir y el agua ahogar. Días en que una mirada puede ser una ametralladora.
Hay días y días, hasta días mentirosos que crees que son algo y según los vives te dan ganas de besarles o darles un puntapié.
Yo amanecí sociable, respetuosamente tranquila con el mundo. Nada hacía presagiar que debajo de la niebla hubiera una capa de ira que enturbiara mi carácter bien nacido. No se puede uno fiar ni de la hora que te vio nacer.
Todo iba sobre ruedas. Café, ducha, ultimas compras, regadas las plantas, calefacción apagada, alarma  puesta, echo la llave y me encamino a la estación bajo una niebla meona que reconfortaba al intimismo de los últimos pensamientos.
Llego a la estación, un grado bajo cero. Una cola interminable para pasar el check in y este está cerrado aunque el tren ya está allí. Empiezo a pensar que hacer pasar frio innecesariamente es absurdo si el tren está. Los chicos de Renfe están dentro en amena tertulia y  los tontos de los pasajeros en el andén… esperando. A los veinte minutos abren y cuando llega mi turno pretenden que pase por el escáner una planta, una empanada, unos buñuelos, unos huevos de corral; mis adentros o mis hormonas comienzan a alterarse, pero no pierdo la sonrisa ni mi postureo de niña bien de Valladolid con estudios… Pero me niego en rotundo a que mis huevos, mi empanada, mi planta y mis buñuelos pasen por el túnel del tiempo a ver si dentro de ellos hay una navaja o una bomba fétida. Lo consigo y sin perder la sonrisa, aunque la noto que algo ladeada está.
Llego a una ventanilla con el billete en la boca; las manos las tengo ocupadas con mi sobredosis de chismes, y la señorita de turno mira mi billete y me pide el carnet. Despliego mi sonrisa y le digo que llevo las manos saturadas  y detrás de mí hay mucha gente esperando y un grado bajo cero. La señorita de turno empecinada en hacer su trabajo bien pero a desmano insiste y yo, con una parsimonia magistral deposito la planta, mis huevos de corral, mis buñuelos, mi empanada, la maleta y mi bolsito de Vuitton en el suelo…, sin prisa, para no estresarme y menos que se me rompan mis huevos. La gente se impacienta, normal. Me vuelvo y les hago un gesto de comprensión, vamos que les entiendo, pero…
Vuelvo a cargar con mis chismes y llego al tren ¡Abarrotao! No cabe un alfiler, y yo con mis huevos, mis buñuelos… Me siento ¡Qué placer! Vuelve a fluir la sonrisa, mi buen rollito por un mundo testarudo y ¡Qué olor a pies!, casi me ahogo. Busco en mi bolsito un kleenex con aroma a menta y me tapo mis naricillas, ¡qué alivio!
Pero de repente me doy cuenta que voy en un habitáculo de cuatro: dos jovencitas de Córdoba muertas de risa por unas fotos… La verdad que son dos crías deliciosas, da gusto mirarlas y escuchar su gracejo andalú.
El mundo del tren parece tranquilo, metidos sus ojos, sus mentes, en los móviles hasta que suena una bachata; un hombre contesta al sonido de la bachata. Es un comercial de ollas a presión. Me entero de todo lo que ha vendido en Castilla León, pero antes de terminar, esta vez suena el himno nacional. Lo descuelga una señora que en ese momento se estaba comiendo un bocata jamón con una pinta magnífica; debe ser su hija que la llama para saber si está ya sentada en su asiento y darla las últimas recomendaciones. La mujer se cabrea porque la hija, Mari Pili, debe insistir en que mire si es su asiento y la madre la reprocha que no se fie de su madre. Total, la hija tenía razón, llega el dueño auténtico del asiento y quiere su asiento y no otro. A la mujer se la cae el bocadillo, pan por un lado, jamón por otro. Lo recoge y se lo mete en el bolso… Suspiro, de nuevo silencio hasta que casi a la altura de mi oreja derecha una mujer hablando a toda velocidad y altura en catalán; solo entiendo “Cuyons”, muchos cuyons”. En el cachito que me correspondía de mesa llevaba depositados con esmero mis huevos, mi empanada y mis buñuelos. La mujer de los cuyons se cabrea con quien está hablando, da un golpecito en su trocito de mesa, de rabia digo yo, y mis buñuelos del susto acaban encima de las dos jovencitas cordobesas. Miro mis huevos, impertérritos ¡Qué burra la tía! Lo malo es que colgó el teléfono y llamó a alguien, esta vez hablaba francés ¡Ozú, qué voces! Ahí me enteré que un programador, hijo de Satanás, la había hecho una pirula que la había costado de su bolsillo 30 euros… Yo, por treinta euros no pierdo los nervios, puedo aguantar hasta los cuarenta y cinco sin despeinarme. En fin, la doña cuelga, llama a otro y después a otra, un calvario porque, además,  el teléfono de la bachata no deja de sonar y mi cabeza es ya una olla exprés de alta gama, y no me puedo concentrar ni en los santos de mi revista. Así que dejo de lado la revista y concentro la mirada en el paisaje humano al que mi vista alcanza.
¡Qué delicia dos pijas a estribor! ensayando el postureo para cuando lleguen a la capi. Eso me mola y me concentro en ellas. Para que no resultara muy descarado mirarlas fijamente me pongo las gafas de sol y el sombrero, ¡qué agobio!, pero todo por olvidar el olor a pies, la bachata con sus ollas y la catalana cabreada por un programador que la ha hecho gastar treinta euros.
Me concentro en las súper guays. Son madre e hija. Son iguales, pero idénticas, hasta que noto algo raro, raro, ¡claro, cómo no he caído antes!, las ha operado el mismo cirujano plástico. El mismo molde, la misma forma de gesticular, bueno si es que aquello se puede decir gesticular porque son dos momias cuyas bocas se mueven como los muñecos de Mari Carmen, ¡qué lástima!, y si me apuro está peor la madre que la hija porque una madre con la misma melena que la hija queda visualmente muy, pero muy anacrónico. Bien, una vez analizado el físico paso a ver qué oigo pues hablan muy alto, pero las ondas expansivas de la bachata con sus ollas y la catalana estafada por treinta euros me lo ponen bastante difícil, pero alcanzo a escuchar que una de ellas ha dado propina a la tata por espiar a uno de sus hijos. La madre pregunta qué cuanta propina la ha dado a la tata y la hija contesta que diez euros. Va la madre y la recrimina que la ha dado una barbaridad. Me sale de dentro y me santiguo, ¡cuánta rata hay por el mundo, qué lacerante la humanidad de algunos!, pero lo más tomate, lo que me llevó a santiguarme dos veces seguidas que, por cierto, al ver mi gesto las jovencitas cordobesas se echaron a reír… el tren se había convertido en una calle de doble dirección, unos nos observábamos a otros.
A lo que iba, lo más fuerte de aquellas dos chipiguays cuya costra artificial se había cargado a la madre naturaleza con tanta cirugía y silicona, fue cuando la hija vocifera “Pero qué me dices, mama”, ¡Mama sin acento! Me hundió del todo. El postureo de estas dos señoras se había venido abajo. La mujer del Cesar no solo tiene que serlo, sino parecerlo también. ¿De qué me sirve una supuesta belleza física si es incapaz de decir mamá con acento en la segunda a? Entonces amé a la catalana estafada porque rezumaba ser una tía currante, hecha a sí misma, defendiendo su esfuerzo con uñas y dientes. Hasta me dieron ganas de bailar la bachata del hombre olla, otro currante.
Sin embargo aquel descalabro emocional que sentí fue pagado con creces cuando el viaje finiquitó y las jovencitas cordobesas me regalaron una amplia sonrisa y me dijeron adiós y como postre, una jovencita japonesa me ayudó a bajar del tren a mis huevos, mi empanada, mis buñuelos, mi maleta, hasta mi Vuitton.

Todo mi malhumor se quedó dentro de aquel tren.

martes, 8 de noviembre de 2016

RETRATO DE DOS MUJERES

En tierras de Castilla, las fechas señalan que es tiempo ya de heladas, niebla, y ese frío que se mete en los huesos y que no te abandona hasta bien entrada la primavera. Un suave rumor de castañas se cuela en tu olfato. Cierro los ojos para saborear ese instante efímero. Los aromas te hacen viajar a las estanterías más añejas de la memoria. Allí sin ninguna dificultad reconoces momentos vividos como si estuvieras ahora anclada en aquel tiempo que fue. Perfume de acerolas, castañas asadas, ajo, jabón de Moussel Legrain, y galletas; esos son mis recuerdos Allí están colocados al alcance de mi olfato, pero no está el de Azul. Una tristeza invisible se apodera de mi memoria, Sí, en los tiempos que Azul y yo éramos chiquitas, los extremos se alejaban sin conciliación posible. El carácter de los adultos era así, la sociedad, también. Con lo cual perdías el aroma de tu gente. Tú eras un niño sin voz ni voto, y tus padres rompían puentes que, cuando crecías, habías olvidado que una vez hubo allí un camino.  A Azul y a mí no nos dieron oportunidad y nuestros caminos jamás se conocieron…
La mirada se ha ido a la ventana, los cristales empañados afloran lo que hay fuera, pero aún sin grados a la vista, hay un cielo de azul Blanquecino que despierta a un nuevo día. Precisamente ha sido ese color el que me ha traído el recuerdo de Azul. La pusieron ese nombre porque nació pequeña y azulada. Nada sé de aquellos primeros pasos por el mundo destinado para Azul. Sin embargo, un día de esos que nacen tuertos porque la gente, algunos, están empeñados nuevamente en traer pasados que por su edad es imposible que los hayan podido vivir y, sin embargo, se empecinan en deletrear aquel rencor y odio, en dilatar castas de acomplejados sociales, me vi abocada a dejar de leer la prensa, y sin venir a cuento un nombre se puso delante de mis pupilas, Azul García. A partir de aquel día, Azul y yo nos encontrábamos por esos mundos de alambres invisibles. Palabras correctas que se fueron expandiendo hasta llegar a reconocer, o mejor saber, que por las venas de Azul y por las mías había una sangre en común.
Ha transcurrido el tiempo, vamos acumulando momentos, escribiendo una historia llana entre las dos. Un relato que comienza como quien dice antes de ayer, pero ya tenemos varios capítulos escritos juntas. Me gusta esa sensación sanguínea aunque la comunión de la sangre se escriba de roce y convivencia, no de un líquido común.
A la sombra de un gato llamado Rocío y unas chanclas de un chino, en la habitación de un hostal, dos mujeres desnudan sus recuerdos, sus gustos, algún secreto.
No sé qué descubriría Azul de mí. A mí ella me asombró. Me asombró su osadía para mirar la vida de frente y no de costado. Viuda muy joven, de repente se vio truncado su camino; agarrados a su faldriquera, tres polluelos. Se tuvo que inventar una autopista, pintar el asfalto, poner señalizaciones, todo. Muchos años después aquí está con los brazos en jarra, con la determinación suficiente para que ningun obstáculo se ponga delante de sus pies porque si osaran entorpecer su camino, Azul sería capaz de dar un puntapié tan severo como firme. Su voz es pausada, su tranquilidad, manifiesta. Ríe con ganas y por las comisuras de sus labios se escapa su espíritu práctico, de rompe y rasga si llega el caso. Una generosidad se vislumbra en ojos de caramelo tostado, su bondad te la entrega a puñados pues para ella compartir es esencia vital.
Me gusta, sí, esa sensación sanguínea que nunca tuve, como esa otra sensación de compartir unas chanclas de un chino a 2€… Nuestras vidas son trenes y estaciones. Unos suben, otros bajan. Temes perder el tren, pero si te empeñas lo alcanzarás a tiempo, en el último segundo, pero te subirás a él y mientras dure el trayecto de nuestras vidas, iremos escribiendo capítulos de nuestra existencia.

Azul y yo comenzamos en el segundo piso sin ascensor en una calle de una sola dirección en la que tocábamos el cielo con las yemas de nuestros dedos.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

RETRATO DE MUJER, AMPARO

El reloj de la plaza da tres campanadas. Una luz blanquecina entra por la ventana. Amparo está desvelada y se levanta a correr las cortinas; con luz no puede dormir. No duerme desde hace tres años, un mes, dos semanas y cinco días, pero ella lo intenta con fruición cada noche al meterse en la cama y pensar en situaciones, imágenes gratas, como le ha recomendado el psiquiatra. Por mucho que rebusca en su mente cuando encuentra, sale huyendo de dolor, e imaginación no tiene para imaginar un mundo, una sensación, en el que quiera recalar. Porque Amparo desea morir, acabar de una vez, pero algo se lo impide. No es valiente, se acobarda con facilidad, es temerosa de un más allá del que tanto se ha hablado, pero que ella no capta.
Suspira, enciende a tientas la luz, busca las zapatillas y la bata. Mientras se lo pone agudiza la mirada entre esas cuatro paredes en las que cobija su pena cada noche.  Cuando la oscuridad baña las horas, hace que las sensaciones se acrecienten; las sensaciones negativas vienen a por Amparo y al punto de asfixiarla llega la luz del nuevo día y Amparo cae exhausta. Un par de horas en las que cae rendida en un viejo colchón, el mismo desde hace veinte años. Al cabo de ese tiempo, sus ojos se abren como un resorte, una trampilla tira de sus párpados y vuelta a empezar. Un día, otro y otro. La soledad martillea sus sienes, recorre una delgada línea invisible buscando el agujero por donde poder entrar al corazón de Amparo. Entra sin dificultad, sisea al oído de Amparo. A ésta se la semeja una serpiente que penetra lentamente, sin hacer ruido hasta que la retiene con su cuerpo, de pies a cabeza impidiéndola cualquier movimiento, varada en el vacío.
Se acerca a la ventana, la abre y el vientecillo de octubre entra silbando tempestades. ¡Cuánto daría por abrazar a sus hijos en ese momento!, pero una carretera secundaria de Valladolid a Rioseco se quedó con ellos. Venían de ver a los abuelos, los padres de Juan. Un atardecer despejado, los cuatro venían cantado “A la rueda, rueda, de pan y canela, dame un besito y vete a la escuela. Si no quieres ir, acuéstate a dormir”, letrilla fácil para que Juanito de dos años le fuera fácil aprender. Roque, como hermano mayor, instaba a su hermano a repetir y repetir una y otra vez. ¡Cuánto habían deseado esos hijos! Diez años de calvario para quedarse embarazada pero al final vinieron, llegaron como un regalo de vida para Amparo y Juan y, ¿para qué? Si la vida se truncó en una carretera comarcal. De frente venía un coche circulando por el medio de la calzada. Juan le hizo señas con los faros, pero aquel coche se empecinó en ir contra ellos. Segundos, instantes de tiempo suspendidos. Ruido, humo, fuego, silencio. Se terminó la historia. En el periódico del Norte de Castilla salió la noticia. Seis personas fallecidas, tres de ellas carbonizadas, un superviviente; Amparo que salió despedida por el parabrisas al no llevar cinturón. Dos minutos antes del accidente se lo quitó para coger del suelo el peluche que Juanito había lanzado. Ella estuvo un mes en la UCI, dos en enterarse del fatal desenlace.
¿Qué hago con mis cuarenta y un años? Se pregunta Amparo mientras mira por una ventana que la provoca para que vuele por ella. Pero es cobarde, miedosa y trata de que su fe vuelva aunque esta murió carbonizada también.
Ha comenzado a llover. Un relámpago lo anunció hace un rato. Amparo mira al cielo y ve otro y otro, hasta cuatro dibujos extraños de color blanco sobre la noche carbonizada y agua, mucha agua. Lluvia rabiosa llorando sobre su rostro, resbalando por las fachadas, estrellándose sobre el asfalto. Amaina, el agua es más dulce, oye un ladrido, después nada. Pero el ladrido vuelve, regresa quejoso, doliente. Amparo saca medio cuerpo fuera de la ventana para oír mejor, localizar el ladrido angustioso. Ahora lo vuelve a oír más cerca; tal vez dos portales más allá del suyo, no más. Y vuelve el aullido desconsolado y Amparo se acongoja; algo bajo la lluvia pertinaz sufre tanto o más que ella, y decide ponerse la gabardina y unos zapatos y zambullirse en medio de la noche. Cuando llega al portal y se queda varada en la puerta de la calle ya no se escucha nada, como si la lluvia hubiera barrido la vida. Decide volver a entrar cuando un aullido largo, denso, se queda colgado del silencio; vuelve a llover intensamente y un trueno cruza la calle. Amparo sale y busca por donde ella cree que viene el quejido, sin embargo falla, no encuentra nada. Dos rayos más iluminan la calle y, de pronto, en la acera de enfrente, en la entrada de un garaje percibe algo, cruza. Ya no llueve, diluvia.
Efectivamente. En un rincón pegado al portón de entrada al garaje hay un perro desmayado. Amparo se acerca con sigilo y su mano mojada y temblorosa se posa en el lomo del animal; este no se mueve, parece muerto. Un nuevo rayo cae con virulencia extrema y Amparo, del susto, se cae al lado del  perro muerto. Tarda unos instantes en reaccionar, los justos para notar algo al lado de uno de sus muslos. “Ratas”, piensa Amparo y el asco se apodera de ella que, además, la impide moverse. Cierra los ojos mientras que su muslo  se nota atacado por rasguños sin fuerza pero persistentes.
El camión de la basura se pone en funcionamiento. Son las seis de la mañana cuando comienza su labor diaria. Va al runrún cadencioso del ruido que le acompaña vaciando contenedores por las calles solitarias de una ciudad de provincias que aún duerme. Cuando llega a la calle de Amparo está amaneciendo en gris mortecino. Amparo se despierta, el ruido choca con su sueño. Se pasa las manos por el pelo; está mojado como toda ella. Tiene frío, está entumecida. Abre los ojos lentamente y lo primero que ve es un perro muerto; feo, grande. Vuelve la náusea y trata de incorporarse, pero cuando lo va a hacer, nota encima de ella, a la altura de su tripa un peso tan liviano como una pluma. Baja la mirada y ve tres bolitas de dos colores, negro con diminutas machas manchas tostadas. Se restriega los ojos para afinar la vista, y comprueba que son tres cachorros dormitando mientras que tiritan de frío…, como ella.
Los coge con cuidado, están húmedos, su contacto es gelatinoso a las yemas de los dedos de Amparo. Se incorpora con dificultad, cruza la calle, abre el portal. Se topa con vecino que huele a jabón. Amparo aspira con deleite ese aroma. Se monta en el ascensor, entra en casa y va al baño. Extiende una toalla en el suelo y deposita su botín. Los cachorros se estiran, tratan de ponerse en pie pero caen despanzurrados, apenas tienen fuerza pero se cobijan los unos en los otros formando una pequeña pelota. Amparo sonríe, siente ternura, tanta, que se asombra.
Mira el reloj. Son las ocho y media. Tapa a los cachorros con la toalla. Se hace café, se mete en la ducha. Hace la cama. Mira las Páginas Amarillas buscando un veterinario cercano. Lo encuentra. Llama y una voz en Off la comunica que el horario al público es de diez a dos y de cuatro a siete. Busca el bolso, busca en la cartera a ver si hay dinero. Vuelve a mirar el reloj. Diez menos cuarto. Se pone un chubasquero de plástico, se agacha, recoge sus presas y sale a la calle.
-¡Buenos días! Anoche encontré tres cachorros recién nacidos.
-¿Los trae para adopción o para que los veamos?
-Son míos-Amparo se acaba de escuchar. Su voz es resoluta.
-Bien, siéntese, por favor.
De esto, han pasado cuatro meses. Amparo es otra. Ella lo nota, los demás también. Por su rostro empiezan a relajarse los surcos del sufrimiento, las ojeras amoratadas van desapareciendo. Duerme mejor, más. Su mente descansa en un himpas.
Luz, Sombra y Noche, persiguen las zapatillas de Amparo, su juguete favorito, mientras Amparo embala enseres. Se muda. Esas cuatro paredes ya no la aprisionan. Desea irse de allí. Un camión de mudanzas la espera en la calle. Da una última mirada a la casa. Pasa por la habitación que fue de sus hijos y besa la pared; ahí quedan las huellas de Roque y Juanito, alguien las borrará. Ella lleva dentro de su corazón, de su cabeza, a los tres seré que nunca morirán mientras ella esté viva.

Atrás queda la ciudad. El camión se bambolea mientras Amparo sonríe y siente pequeños mordisquillos en sus manos que salen del cesto que lleva encima. Se va lejos, muy lejos. El mes pasado leyó que hay un pueblo cerca de Granada que busca habitantes. No lo pensó dos veces. Una fuerza interior tira ahora de ella. Hizo sus indagaciones, la entrevistaron varias veces por teléfono. La dan una pequeña casa con patio. No necesita más. Ferreira de Monte Santo les espera. Amparo no se siente sola.

sábado, 29 de octubre de 2016

RETRATO DE UN HOMBRE, JAIME


Jaime se despierta. Suda, su cuerpo se baña en agua al igual que las sábanas. Está desnudo, hace tiempo que duerme así. Se ha acostumbrado a no llevar nada encima, al menos en las horas nocturnas. Por el día va desnudo por dentro.
Está desorientado, no hay luz, no sabe dónde está. Se levanta a trompicones y ve una ventana y exclama al vacío ¡Una ventana!, y se precipita hacia ella. Mira con intensidad. Ve edificios sin luz, noche sin estrellas, farolas con suaves reflejos amarillentos, y nota ese aire de la noche que resbala por su piel vapuleando la cabeza a que se despeje y averigüe qué es todo aquello. Sonríe, suspira y vuelve, ahora, a mirar el paisaje dormido de una ciudad. El placer se va colando poco a poco por su cuerpo. Hasta un hormigueo por las manos le hacen sentir un orgasmo de libertad. Sí, libertad. Lo que para un simple mortal, un ciudadano corriente, la sensación de autonomía es intrínseca a su ser, para Jaime es mucho más. Había olvidado ese significado, se vio obligado durante siete años, dos meses y dicaseis días a borrar de su mente, de sus sensaciones, de su corazón, de su alma, autoestima y dignidad, la voluntad de volar, facultad que tiene el ser humano de obrar o no obrar según su inteligencia y antojo, el poder o privilegio que se otorga uno mismo. Todo eso lo tuvo hasta los cuarenta y tres años, luego lo perdió por una ambición, por una cleptomanía que se apoderó de él como un veneno que no notas cuando llega hasta que, en el último suspiro, percibes un adiós irreversible.
Jaime fue un chico que siempre destacó en lo que se propusiera. En sus genes brillaba la inteligencia, la clarividencia, espontaneidad, simpatía, el tesón. Su carácter era arrollador, se significaba por las causas justas convirtiéndose en guerrillero de élite en defensa del necesitado. Alguien, muchos, se fijaron en él y pronto fue un currante de bases de un partido político. Conoció a Triana, niña bien andaluza. Se casaron, tuvieron tres hijos… Jaime tenía todo, pero sobre todo, credibilidad.
Pero como el que fuma un primer porro, no tuvo miedo, es inocuo se dijo, y siguió y siguió fumando y bebiendo poder. Cuando ya estaba borracho de poder, cuando su perfil psicológico fue mutado al narcisismo, operando más allá de una legalidad simple, cuando su afán de poder era ya incontrolable, ya no hubo remedio. Jaime, el otro Jaime había muerto. Murió por el síndrome de hubris, concepto griego que significa desmesura. Murió como Aquiles, Hitler, Ícaro o Napoleón.
Sus huesos fueron enterrados en una cárcel cualquiera. De allí le llovieron juicios y pérdidas. Triana pidió el divorcio y la custodia de sus hijos. Perdió sus bienes, su casa, su autoestima, todo. Pero allí en aquel cementerio de hombres vivos aprendió lo mejor y lo peor de esa nueva condición de preso. Pero también recuperó su realidad, su nueva verdad.
Han pasado siete años, dos meses y dieciséis días. Hoy es el día uno en que Jaime se despierta en una noche oscura, sofocado y asustado. Enciende un cigarrillo, sigue desnudo exhibiendo un cuerpo atlético, en la cárcel se esmero en hacer mucho deporte para pagar sus penas y rabia íntimas. Su pensamiento en esa hora nocturna en que silba el silencio de la ciudad es cerrar un pasado, hacer borrón y cuenta nueva. La angustia, el desasosiego, el miedo el arrepentimiento, ya los deja fuera. No tiene nada, ni siquiera hijos ni amigos, hasta su madre murió de pena al saber la sentencia de su hijo modélico. Todo ha muerto para Jaime menos él mismo.
Siempre hay una mañana para empezar de nuevo. Es un don que regala la vida.
En la ventana de enfrente hay otro noctámbulo. Observa a Jaime. Le produce envidia cómo su vecino a esas horas fuma con placer, mira con rigor por ese trozo de agujero suspendido sobre el asfalto. Se encela de ese hombre que sonríe ácidamente. No entiende cómo él no se siente igual que el hombre desnudo.


La noche confunde, la oscuridad más. De sobra sabe Jaime que no es oro todo lo que brilla.

sábado, 8 de octubre de 2016

LA GUERRA DE PEPITA

Érase una vez en una gran ciudad llena de tráfico y polución, en pleno centro de la urbe, en uno de sus barrios con más solera, había una cárcel para mujeres; fue construida en el año 1931, durante la Segunda república. Ideada por la destacada feminista Victoria Kent, primera directora general de Prisiones. El proyecto consistía en  construir una prisión para mujeres porque éstas eran hacinadas en muy malas condiciones. Con esta nueva cárcel lo que se perseguía  era dignificar la condición de la mujer reclusa de cara a su reinserción.
Según testimonio recogido por Tomasa Cuevas, una de las reclusas “Ventas era un edificio nuevo e incluso alegre. Ladrillos rojos, paredes encaladas. Seis galerías de veinticinco celdas individuales, ventanas grandes (con rejas, desde luego), y en cada galería un amplio departamento con lavabos, duchas y váteres. Talleres, escuela, almacenes (en los sótanos), dos enfermerías y gran salón de actos transformado inmediatamente en capilla. En cada celda hubo según dicen, una cama, un pequeño armario, una mesa y una silla. En el 39 había once o doce mujeres en cada celda, absolutamente desnuda, los colchones o los jergones de cada una y nada más. Todo vestigio de la primitiva dedicación de las salas había desaparecido: se había transformado en un gigantesco almacén, un almacén de mujeres”
Tras el fin de la guerra civil, en mil novecientos treinta y nueve, la dictadura franquista convierte a aquel lugar, nacido para dar una oportunidad a mujeres con pasado turbio o pecaminoso, en un lugar triste, infrahumano y sin futuro para sus habitantes; pensada para que vivieran en ella cuatrocientas cincuenta mujeres y, en vez de eso, las reclusas llegaron a ser hasta cuatro mil.
Entre las reclusas más conocidas que hubo en la cárcel estuvieron Las Trece Rosas y otra nada conocida que fue Pepita Bonilla. La cárcel permaneció abierta hasta el año mil novecientos sesenta y siete, año en que fue demolida. El Estado se desprendió de la propiedad a favor de una sociedad bancaria, por trescientos millones de pesetas, la cual levantaría sobre el solar un complejo residencial…

Ayer…
Pepita nació en Fuentesoto en el año de la inauguración del siglo XX. Hija única de un pastor  aprendió a escribir y leer a escondidas de un padre analfabeto que jamás la llevó a la escuela. Al cumplir los dieciséis entró a servir en casa de los Fuencisla que veraneaban todos los años allí. Una de las hijas, de la misma edad de Pepita, Henar se llamaba, fue quien la enseño los primeros rasgos de las letras. Era una muchacha sociable, nada estirada para su categoría social por lo que charlaban  mucho y alguna tarde que otra se iban a pasear por el antiguo camino de Tejares a Fuentidueña, a unos 4 km al suroeste de Fuentesoto; allí había una cruz con una inscripción que Pepita siempre que la veía pensaba qué pondría allí. Al pasar el tiempo y ganarse la confianza de Henar, un día la preguntó qué ponía en la cruz. Henar con voz clara y serena se lo leyó "Aquí fue asesinado don Patricio Sanz y Peña el día 2 de diciembre de 1902 R.Y.P." Al terminar de leerlo, la muchacha preguntó a Pepita que si conocía aquella historia. Pepita con la cara iluminada la contó que según se decía  le estuvieron esperando para robarle, ya que venía de hacer unas ventas en Fuentidueña. El burro volvió solo hasta Tejares y por eso la gente se enteró que le había ocurrido algo y salieron a buscarle, encontrándole en dicho lugar. Entonces Henar, al percibir la emoción de Pepita, se propuso enseñarla a escribir y leer. En mil novecientos veinte, los Fuencisla propusieron a Pepita irse con ellos a Madrid a seguir sirviendo para ellos en la época invernal. Los domingos salía de paseo un par de horas con chicas de su misma condición conocidas entre recado y recado en el barrio Salamanca donde vivían los Fuencisla. Esos años fueron cruciales para Pepita pues conoció a Mariano con el que se casaría en mil novecientos treinta; él sería quien abriría la mente a Pepita, a cultivar sus ideales y a sentir la justicia y la igualdad de deberes y derechos como patrimonio de todos.  Pero la vida y sus realidades más amargas siempre te esperan en la esquina más insospechada y al comenzar la guerra, justo al año, Mariano murió por luchar al lado de la república, y el calvario de Pepita comenzó.
Bastaba que cualquiera, una vecina, un compañero de trabajo, una viuda o un familiar de algún muerto por los rojos se presentase en una comisaría, un cuartelillo de la Guardia Civil o un centro de Falange, denunciando sin demasiadas precisiones las ideas o los hechos de cualquiera, para que la persona fuese detenida, maltratada y enviada a pudrirse a la cárcel… Pepita fue denunciada por el vecino fisgón que cada vez que la veía la desnudaba con la mirada. En primera instancia fue llevada a gobernación donde pasó dos meses además de no saber nada de su hijo, un niño de seis años que vio cómo se llevaban a su madre.
Pepita fue torturada para que cantara pero no lo hizo, más que nada porque su difunto marido procuró que la no supiera nada de sus actividades clandestinas. Al no sonsacarla nada, fue humillada y violada tantas veces que al ser trasladada a la cárcel de ventas descubrió que estaba embarazada; corría finales del treinta y ocho. En el verano del treinta y nueve Pepita dio a luz; nunca supo qué tuvo, si varón o hembra, pues nada más  dar a luz se lo quitaron para darlo en adopción a la nueva clase social emergente, primordialmente militares.
Aquella cárcel que nació para la reinserción se convirtió en un nido de hambre, piojos, enfermedades de todo tipo, malos tratos, charlas religiosas, misas e himnos.
Alguna carcelera, previo pago, pasaba vituallas, productos de aseo y hasta libros. Pepita, que ya nada tenía que perder, se vendió muchas, demasiadas veces; sólo a cambio de algún libro, un cuadernillo y un lápiz, los tres fieles compañeros hasta que fue fusilada en el cuarenta y uno en las tapias del cementerio.
Pepita para amortiguar el dolor de sus compañeras las leía por la noche y cuando se la acababa el libro volvía a vender su cuerpo para que la pasaran otro y así continuar su labor docente tan particular. En los ratos de ocio salían al patio y debajo de un almendro desgarbado se sentaba Pepita  a escribir su vida, sus recuerdos, a besar lo único que la quedaba: una foto hecha en el estanque del Retiro. Mariano, el niño y ella sonreían mientras los tres saludaban con la mano. Después, con cuidado de que nadie la viera, se levantaba el vestido andrajoso y se metía en las bragas el cuaderno y el lápiz.
A principios del cuarenta y uno y antes del alba comenzaron a llevarse mujeres, hembras de todas las edades; las metían en un camión y desaparecían para siempre.
En el mes de abril, en concreto el día cinco, se escuchó un fuerte rumor de que esa misma noche se llevarían a doscientas presas, entre ellas Pepita. Esa misma tarde cuando salió al patio miró con más cariño a ese almendro, tal famélico como ella, hasta besó su tronco devastado; después, se agacho y con todas las pocas fuerzas que la quedaban comenzó a arañar la tierra hasta que de sus uñas surgió la sangre. Con cuidado se quitó las bragas, escribió unas palabras en su cuaderno y, besando la foto mil y una veces, envolvió el cuaderno y el lápiz en la braga. Después lo depositó en el agujero y comenzó a taparlo con la tierra sustraída.
Esa misma noche, a las once menos cuarto, se oyeron voces, pasos, hasta llegar donde estaba Pepita. Dijeron su nombre, ella se levantó y salió. Un sacerdote la estaba esperando, la pidió con dulzura su arrepentimiento. Pepita levantó la cabeza y mirándole a los ojos le dijo “¿De qué me voy a arrepentir, acaso de vender mi cuerpo para ayudar a mis compañeras, eh? Mi Dios no es el suyo. No es ladrón, no es un asesino…Quizá el que se deba de arrepentir sea usted por estar ayudando a esta barbarie”… Fueron las últimas palabras pronunciadas por Pepita Bonilla, natural de Fuentesoto e hija de un pastor analfabeto.
Hoy…
Es veinte de marzo, ya es primavera. La mañana es soleada aunque fresca y a lo lejos acechan nubes muy negras. Nati está terminando de recoger la casa; ya ha hecho la comida y Gus, la mascota de la familia, no hace más que ladrarla. Tiene que darse prisa para bajar al perro. Ella nunca le baja, pero hoy ninguno de sus hijos está en casa. Bien claro se lo dijo Carlitos “Mamá baja a Gus y llévale a la parcela que expropiaron a la comunidad. Allí van todos con los perros y disfrutan mucho los animales” Asintió pensando en que se bajaría un libro para entretenerse mientras el perro juega.
Nati llega sobre las doce al descampado, suelta a Gus que se va corriendo hacia unos árboles. Como hace fresco y el sol se está esfumando, decide pasearse por aquel lugar tan decrépito. Recuerda cuando compraron la casa. El descampado de hoy era un bello jardín que pertenecía al Parque Residencial Isabel II. Después de expropiar ese terreno, el ayuntamiento lo dejó para uso y disfrute de todos los vecinos de la zona. Nunca el ayuntamiento cuidó de aquel trozo lleno de vida y con los años se fue deteriorando… Ahora piensa Nati mientras observa con pena y nostalgia aquellos árboles tan frondosos que es lo único que queda.
Entre tanto pensamiento ha perdido de vista a Gus; camina hacia los árboles y allí le encuentra escarbando frenéticamente al lado de un almendro en flor. Es un árbol precioso, grande, al menos de tres metros, calcula según le mira, poblado de pequeñas florecillas blancas, acudiendo al pensamiento de Nati que se le asemeja al brillo de la pureza. Recrimina a Gus pero éste hace caso omiso a su dueña y sigue escarbando. Nati se acerca y le retira del agujero enorme que ha hecho. Cuando, de repente, al irse a dar la vuelta con el animal ya sujeto, se da cuenta que hay algo en el fondo del agujero; se agacha y explora… Parece un trapo sucio, piensa mientras tira de él y, al tirar, de él se desprende un objeto pesado. Lo toma entre sus manos y se da cuenta, después de retirar la tierra que es un cuaderno. Se mete la mano en el bolsillo y saca una bolsa de las que utiliza para los excrementos de Gus y mete todo el hallazgo en la bolsa: el trapo, un lápiz y un cuaderno. Ha comenzado a chispear, Nati corre con el perro por el descampado.

Ese día come sola, se acaba de dar cuenta. Guarda la comida en la nevera con la única satisfacción de que mañana no tendrá que comer. Se coge una copa de vino, enciende un cigarrillo y se dedica a escrutar su inusual tesoro… Son las nueve de la noche cuando el marido de Nati llega a casa; ella ni se entera, está tan enfrascada con algo entre sus manos mientras unas lágrimas corren silenciosas por su rostro. Su marido la pregunta “¿Qué lees?” Ella levanta los ojos y con una triste sonrisa le contesta “Leer la vida de una gran mujer” “¿Termina bien?” “Con la dignidad de ese tipo de personas que a veces mueren sin saber los demás quiénes fueron… Escucha sus últimas palabras ¡Hoy al fin termina mi calvario. Nada hice y todo pagué por una guerra que nunca debió ser!”


jueves, 15 de septiembre de 2016

UNA MUJER ESPECIAL



Estimado Sr Echagüe
Ante su insistencia y reiteradas adulaciones, no me queda por menos que sincerarme con usted y, ya que tiene propósitos serios conmigo, deseo que conozca al menos parte de mi pasado. Uno de los pasajes más hermosos que poseo y los que me han llevado hasta aquí.
Todo se lo debo a Doña Daniela Orcaríz de Mendoza, marquesa de Villa de Cabra del Santo Cristo…
 Daniela, Nela como le gustaba que la llamaran, tenía una mirada difuminada, dulce y a la par atrayente. Te miraba entre sus velos transmitiendo paz a cualquiera que se sentara a su lado. Charlar con ella era viajar a su vida repleta de desafíos.
Solía sentarse en un sofá granate con lo cual su figura aún destacaba más. Vestida en tonos neutros, de cuerpo pequeño y grácil, su cabello gris perla recogido en un moño bajo hacían de ella una mujer de plácida elegancia. En aquel entonces ya era mayor y su luz se apagaba por días. Me daba pena ese pensamiento aunque cuando la contemplaba por el rabillo del ojo, sé que ella estaba preparada para la marcha definitiva, pero aún con eso sentía que era una lástima perderla cuando apenas la había comenzado a conocer, a disfrutar de su compañía, a aprender su mágica sabiduría sobre la vida respecto a las mujeres.
La conocí por casualidad. Yo acababa de llegar a España con el trauma del desarraigo, pero con la fiel esperanza de que mi sacrificio sería compensado con un mundo mejor para mis hijos. Podría enviar dinero a Ecuador, de donde soy, y así mis padres poder alimentar bien a mis dos cachorros y llevarlos a una buena escuela. Con el dinero sobrante iría ahorrando y en un par de años o tres volvería a casa, y podría montar un pequeño negocio de hostelería y hacer las riquísimas recetas de mis raíces: ají de gallina, arroz relleno con palmito, bastones de yuca… ¡Ay! Y volver a hablar el quechua, el idioma ancestral de mis antepasados… En fin, perdóneme  usted, a veces recordar aquella la añoranza que era tan grande, me hace valorar este presente.
Iba para cinco años acá, en España, sin haber visto a mis hijos y, claro, era muy duro. Aunque la señora Nela en navidad me hizo un regalo precioso: un ordenador con ¡Web Cam! Y desde entonces, una vez por semana me aproximaba a mis hijos por ese ojo indiscreto, ¡eran tan lindos! Rubén ya tenía seis años y le gustaba jugar al fútbol. Bendita tenía casi ocho y quería ser peluquera.
Recuerdo el día que conocí a la señora Nela, era mi primer día en la residencia de ancianos.
-Exquisita, has de ir  al baño con dos ancianas. Las sientas en el retrete y hasta que no hagan sus necesidades, no las dejes levantar.
Fue un estreno espantoso, pensé que me echarían. Las dos viejecillas se me escaparon sin bragas e hicieron sus cosas en donde les vino en gana. No daba abasto a recoger excrementos. ¿Cómo dos cuerpecillos tan pequeños podían acumular tanta porquería? Me topé con la señora Nela por uno de los pasillos; había venido de visita a ver a una amiga. La debí de dar mucha lástima porque a pesar de su pinta de pacata y estirada, se remango aquella linda camisa celeste y se puso conmigo a fregar.
Después de aquel día, la vi con frecuencia, al menos un par de veces por semana. Recuerdo que pasaba por mi lado y me hacía un gesto tan elegante con su cabeza que lo memoricé hasta hacer yo lo mismo. En navidad de aquel año apareció cargada de paquetes, parecía un rey mago. Observaba a su amiga y no dejaba de preguntarme qué tenía en común aquellas dos mujeres; poco después me enteré que la señora Carmiña, su amiga, una mujer huraña y seca, había sido durante años el ama de llaves de la señora Nela. Cuando ésta aparecía, la señora Carmiña recobraba el brillo y esplendor de antaño; no me extraña, la señora Nela era mucha mujer.
Llevando allí dos años, una mañana escuché un gran revuelo en recepción. Me asomé a ver qué sucedía y cuál fue la sorpresa: la señora Nela se venía a vivir a la residencia; no lo podía comprender. Aquel lugar era para ancianos que no tienen dónde ir, pero ella… Más tarde alguien me chismorreó que fue decisión de ella, que deseaba pasar sus últimos años en sencillez y junto a su ama de llaves. Pero Carmiña duró menos que un suspiro, a los dos meses de la llegada de doña Nela murió como un angelito en sus brazos. Recuerdo que ya metida en la caja seguía conservando una suave sonrisa que en vida nunca se la vi, ¡curioso!
La señora Nela cayó en una profunda tristeza y apenas salía de su habitación. Tampoco recibía visitas, y sabía que al menos un hijo tenía porque en alguna ocasión la había ido a buscar. Una tarde que estaba limpiando uno de los pasillos, vi su puerta entornada. Me acerqué silenciosamente y pegué la oreja a la puerta. Se oía una suave música. Tan ensimismada estaba con aquellas notas que cuando escuché mi nombre, di un salto.
-¿Exquisita, eres tú?- al menos repitió la pregunta dos veces  y ya contesté toda turbada. No podía entender cómo había sabido que era yo.
-Sí, señora Nela, soy yo.
-Pasa, no seas vergonzosa.
-Estaba limpiando y al ver la puerta abierta…, y escuchar esa música tan bonita…
-Es la primavera de Vivaldi… Ven siéntate conmigo un rato. ¿Quieres un bombón?- y así, de aquella manera con el señor Vivaldi comenzamos a intimar. Todas las tardes me pasaba un ratico por allí y hablábamos de nuestras cosas. Penas, frustraciones, recuerdos, alegrías… Ella puso mucho empeño en españolizarme y enseñarme a leer. Porque no lo he contado: yo no sabía ni casi leer ni escribir, pero aprendí bajo la tutela de la señora Nela. Y siempre, al irme, me ponía la música de la primavera. Trató de enseñarme otras músicas, pero a mí la que más me gustaba era la primavera.
En la siguiente navidad, lo recuerdo muy bien, la noté tan triste que temía que se demenciara como varias señoras que había en la residencia, así que la invité a mi casa el día de la noche vieja. No dudó un instante y aceptó la invitación.
Parecía una rosa sacada de un jardín adornando un humilde compartimiento de inmigrantes, ¡fue tan feliz! Esa noche durmió en mi colchoneta y yo en el suelo. No me dejaba que durmiera en el suelo hasta que la expliqué que en mi familia era un honor dejar el jergón para que tu invitado durmiera en él… Y con la luz apagada comenzó a contarme su vida… La mayor de siete hermanos, le tocó trabajar en el campo, en las tierras de un rico terrateniente de Jaén. Pimientos, patatas, espárragos, algodón y aceituna… Sus manos encallecidas ayudaron a una madre viuda. Ella tampoco fue a la escuela ni sabía escribir ni en aquel tiempo tuvo tiempo de escuchar al señor Vivaldi hasta que sucedió el gran escándalo: uno de los hijos del terrateniente se fijó en Nela y ella en él. De nada sirvió que le mandaran por mis tierras, el amor cuando es grande es sólido como una roca. Él enseñó a Nela a rematar su escritura, a descubrir el amor por la lectura. Escritores como Unamuno, Azorín, Baroja y poetas como Salinas, Alberti, Lorca… fueron sus maestros.
Hugo, como así se llamaba el esposo de Nela, hizo de esta mujer una gran dama, aunque a veces cuando pienso en ella creo que ya lo era sin saber escribir ni leer y recogiendo la aceituna. Como yo, ella también emigró allende los mares.
Sí, mi estimado Echagüe, detrás de cada persona hay una historia. Doña Nela me decía, justito horas antes de morir en mis brazos, que yo había sido su luz al final de su camino, y a mí me dio tiempo a darle las gracias por haber pulido el escaparate de mi persona y sacado lustre a mi persona. Sí, en aquel tiempo que vivimos de caminos paralelos nos hicimos señora y cuidadora, amigas y confidentes y al final casi madre e hija.
Mucha pena cuando doña Nela partió al más allá que no ves aunque a mi lado la sentía cada día. Recogieron sus cosas de cualquier manera y las pusieron en estante de objetos casi perdidos a expensas de que alguien viniera a recogerlos. Yo pasaba todos los días a ver si seguían allí. Los acariciaba y me iba a mis cosas.
Un buen día, la directora de la residencia de ancianos me llamó a su despacho para comunicarme que debía personarme esa misma tarde en una dirección pues se iba a hacer lectura del testamento de doña Nela. Me mostró la carta que iba dirigida a mí y lo ponía muy claro. Y allí fui nerviosa y turbada mientras mis manos sujetaban con ansia las asas de mi bolso. Me mandaron sentarme. Era una estancia amplia y elegante repleta de cuadros, libros y gente que nunca había visto. Me senté sintiendo tantos sobre mí que no despegué los ojos del suelo ni siquiera cuando un hombre de voz cálida nombró mi nombre y mi apellido. Después oí un rugido de voces que aún me intimidaron más. Hubo de ser el mismo hombre que al rato me tocó en mi espalda y sentándose a mi lado me preguntó si me encontraba bien, si había entendido lo que allí se había dicho. Levanté mis ojos muy despacio hasta cruzarme con los suyos y después negar con la cabeza.
Sí, señor Echagüe, doña Nela me había dejado parte de su enorme fortuna. Aquella situación me desbordó durante un tiempo. Menos mal que por este mundo hay gente buena, muy buena y conocí al abogado de doña Nela que no sólo me ayudó sino me dirigió mis pasos y me enseñó a caminar por la vida de doña Nela. Me traje a mi familia a España, me fui a vivir a casa de doña Nela conjugando su mundo y el mío. Invertí su herencia comprando la residencia que como bien sabe ahora se llama “Daniela Orcaríz de Mendoza” El marquesado de Villa de Cabra del Santo Cristo lo he heredado recientemente pues estaba en posesión de su único hijo que murió hace cuatro meses en accidente de coche. Pude intimar con él, un soltero recalcitrante, maniático, introvertido pero con la esencia de su madre. Sorpresa muy grande me llevé al ser nombrada su heredera universal.
Nunca me he casado. Vivo volcada en la residencia de ancianos y en mi familia. Tengo cincuenta y cuatro años y en plenas facultades físicas y mentales y, ahora, usted me pregunta si deseo tener algún tipo de relación seria con usted. Y la verdad no sé qué decirle. Llevamos dos años escribiéndonos desde que falleciera su mamá en este centro. Nos vimos en escasas ocasiones como los escasos desencuentros en los que aproveché para enfadarme con usted por dejar a su mamá sin cariño, sin visitas, sin compañía.
Me gustan sus letras, sus palabras poéticas que a veces se cuelan en sus renglones. Me he habituado a sus misivas y, si en alguna ocasión usted se retrasa en escribirme, siento un gran vacío en mí. ¿Qué significa eso? Aún no lo sé. Tal vez estemos condenados a tener una relación simplemente epistolar.
Un saludo cariñoso y deseando recibir cuanto antes sus palabras melosas
Exquisita Bendita Sánchez