lunes, 16 de marzo de 2020

LA CITA



La puerta, el móvil, ambos parecían dos histéricos a punto de saltar sobre mí, y yo sin poder moverme. A duras penas alcancé el móvil y descolgué y la voz de Andrea explotó en mi oreja.
- Abre, llevo media hora en la puerta llamando.
Me fui dando golpes contra las paredes del pasillo. No encontraba las llaves, tuve que volver al dormitorio hasta que por fin pude abrir. Entró como un huracán a la cocina y se puso a hacer café. Yo me senté, era una zombi frente a mi amiga llena de vida y energía.
- Te dije que cuando regresaras, me mandaras un mensaje, o si no regresabas, igualmente avisabas, ¿no te acuerdas?
- Habla más bajo, me duele la cabeza- solo pude articular esa frase. Trataba de hacer memoria de lo que me estaba hablando cuando mis ojos chocaron con una cajetilla de tabaco encima de la mesa…
Me llamo Paloma, soltera por convicción. Auxiliar administrativo en una empresa pequeña desde hace veintitrés años. Estudié Empresariales y rápidamente encontré trabajo. Tengo un hermano y dos sobrinos. Siempre viví con mis padres a los que cuidé hasta hace un año en que partió el último, mi padre. Desde entonces, mi amiga de la infancia, Andrea, le dio la manía persecutoria de que yo debía tener pareja hasta que hace dos meses en mi cumpleaños me apuntó a una app de citas, Bum, bum, que te pillo, para que encontrara pareja.
Para mí ha supuesto un calvario, mientras que para Andrea ha sido un divertimento, una ilusión arrolladora. Después de dos citas truncadas, más que nada porque yo entré en pánico, ayer culminó el sueño de mi amiga; una cita a ciegas en la que Sergio debía de llevar un chaleco amarillo mostaza y yo una diadema. Quedamos en el Central de la Plaza Mayor a tomar café, un lugar público con dos entradas, una como salida de escape en caso que la cosa se torciera. Tomar un café implica que con media hora te das cuenta si la cosa tiene chispa, en cambio, una cena como mínimo son dos horas y encima Sergio había propuesto un restaurante asiático, cuando no sé mover los palillos y para colmo a mí me gustan los huevos fritos o la pasta, pero Andrea decía que eso era muy arriesgado porque no todo el mundo sabe comer pasta y tal vez Sergio sorbiera la pasta y a mí me daría asco… Bobadas de mi amiga que, por otra parte, lo tenía todo calculado, yo simplemente me dejé llevar.
“No saques el móvil, no hables de política ni de religión, vete discreta pero sexy. Por Dios, no practiques el yoísmo, no bebas, no fumes…” Más que una mujer saliendo de caza tras de un macho guapo, bien situado, sin cargas familiares ni económicas, a ser posible con piso propio en el centro, con estudios, bien vestido, divertido, ameno y que supiera besar, me sentía un ente robótico programado y acotado.
¡Qué desastre! Hice todo lo contrario de lo que debía hacer. Él no era guapo, pero me parecía un oso de peluche desvalido. No era de capital sino de un pueblo. Tiene tierras de labranza y sin carrera universitaria. Iba muy limpio, educado, aunque olía a gallina; ya me explicó que tienen un gallinero. Le gusta el tinto y a mí la Coca-Cola pero bebí tinto, creo que demasiado. Del café pasamos a la merienda en un bar apartado del centro en el cual sirven las mejores ancas de rana de la ciudad. ¡Qué asco, por Dios! Pero él disfrutó y a mí me gustó ver como resbalaba toda la grasaza hasta llegar a los puños de la camisa. Nos hicimos un selfi, nos reímos y me confesó que votaba a Vox y yo me sinceré que era virgen y barajaba a corto plazo la vida contemplativa. Nada coincidía de lo que habíamos puesto en la ficha de contactos. Sergio estaba allí por hacer feliz a su madre y yo, por Andrea.
Luego me llevó a casa, no atinaba a subirme al autobús; el tinto me hacía ver la vida oscura y por triplicado. Me tuvo que ayudar a entrar en casa, me preparó un café, esperó a que vomitara todo el tinto…
- ¡Qué feo es! Bueno, tú tampoco sales bien en el selfi... No se te habrá ocurrido quedar con él de nuevo, ¿verdad? Paleto y encima de Vox… Esos tíos son trogloditas.
- Andrea, el único defecto que tiene es que huele a gallina…
- ¡Has vuelto a quedar con él! Ay si tu padre levantara la cabeza, un republicano de pro…
- Deja a mi padre quieto.
- Pues tu madre, una feminista de toda la vida… ¿No es mejor que sigas pensando en lo de la vida contemplativa?
- Andrea, me estás levantando dolor de cabeza, cállate un poco.
- Dime que no has quedado y me callo.
- Sí, he quedado esta tarde. Me quiere presentar a su pareja.
- ¡Ah!... ¿Te enseñó una foto? Seguro que es mentira
- No miente, y se llama Fernando.
- ¿Quién se llama Fernando?
- Su pareja, Andrea.
M Ángeles Cantalapiedra, escritora
©Un lugar al que llegar ©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla...Gymnopédies

miércoles, 12 de febrero de 2020

UN LUGAR AL QUE LLEGAR



Bueno, aquí está la cubierta de mi quinta novela y su título, y lo que opina mi prologuista de cabecera Gabriel Neila, para que os vayáis aproximando a esta nueva aventura literaria.
No os puedo negar el vértigo que me produce cada vez que presento un nuevo trabajo, pero la ilusión me arrastra. Ahora que estoy corrigiendo las pruebas de imprenta y la estoy releyendo de nuevo, os puedo decir que no os va a defraudar.
"Un lugar al que llegar supone una novedosa vuelta de tuerca, en cuanto a tensión literaria se refiere, con respecto a su última entrega narrativa Largas tardes de azul. En ella nos sorprendió con una novela con aires de thriller y unos personajes muy bien confeccionados. En esta ocasión, los lectores seremos partícipes de algunas novedades muy interesantes. Cantalapiedra nos presenta en estas páginas, mediante un convincente comienzo in media res, la segunda oportunidad que la vida le da a Francisco García Belloso, un hombre que acaba de salir de la cárcel y cuya vida vamos a ir conociendo con todo lujo de detalles.
He querido titular esta invitación a la lectura con la frase Cuando la vida te da una segunda oportunidad, puesto que es, sin ningún género de dudas, el principal leitmotiv de la novela. Los personajes que pueblan estas páginas tienen comportamientos toscos y duros, quizás por ese caparazón que les protege de una vida hostil y llena de contrariedades. Por si esto fuera poco, todos están buscando su lugar en un mundo al que tienen que hacer frente. Ahí es donde la inteligente pluma de Cantalapiedra juega su papel y concede a sus personajes una nueva vida, a pesar de que el peso del pasado siempre se convierta en un contrapeso atenazador.
Después de haber leído toda su obra, creo destacable mencionar que Mª Ángeles Cantalapiedra está ganando en profundidad y hondura a cada novela que publica. Si ya en la fresca Sevilla… Gymnopédies, dio buena muestra de lo que apuntaba a ser una novelista de raza, Un lugar al que llegar no desmerece a todo el trabajo que ha venido realizando durante estos últimos años. Su literatura, pulcra y accesible, se dirige al corazón de los lectores de forma directa y sin ambages.
Un lugar al que llegar, el quinto trabajo narrativo de Mª Ángeles Cantalapiedra transita por un terreno que se mueve entre el thriller y la novela psicológica, y es ahí donde su literatura sigue dando lo mejor de sí misma. Nuestra autora no trabaja con tabús preconcebidos, puesto que no duda en narrar con rigor y respeto los aspectos más crudos de nuestra sociedad. Ahí es donde radica el éxito de sus novelas. Cuentan historias que nos hacen ser mejores personas, sintiendo empatía por el prójimo, aunque quizás esté pasando malos momentos, o no se comporte de la forma más aceptada socialmente..."
Gabriel Neila
Presentación en Madrid el próximo 5 de marzo y en Valladolid, el día 11 de marzo.

domingo, 9 de febrero de 2020

EL HOMBRE DEL SAXO

Hace tiempo que se lo debía, sin embargo, siempre encontraba un tema mejor del que hablar, o se me olvidaba su triste figura. Pero esta mañana, de primavera anticipada y sol amable, el semáforo me hizo parar y contemplarte durante unos minutos, los justos para resumir nuestra vida juntos…

Recuerdo aquella otra mañana de hace treinta y cuatro años, yo acababa de aterrizar en Madrid, recién casada y pegada a una nube de algodón dulce, cuando mi marido se incorporó al trabajo, y me quedé sola rodeada de cajas con mis chismes; estos no me consolaron, muy al contrario, hicieron despertar a la chica de provincias echando de menos a su Valladolid natal, familia, amigos, perro y trabajo. Salí corriendo de aquellas paredes que no sentía mías y deparé en una plaza. Había un hombre joven tocando un saxo. Su música tan triste como desafinada hizo aún más mella en mi ánimo, y decidí sentarme en un banco a mezclarme con esa melodía afligida y alicaída como yo. Perdí la noción del tiempo y, en un momento dado, me di cuenta que mis lágrimas rodaban a ninguna parte, el saxo había enmudecido, y un hombre me observaba desde el otro extremo del banco.
- Niña, ¿qué te pasa?, ¿puedo ayudarte? –me miraba con la ternura del que comprende.
- Nada, no me pasa nada- y detrás de mi respuesta, aún más llanto.
- Me llamo Mariano y, ¿tú?
- Belinda-dije seca, lacónica-… ¿Sabes tocar otra cosa?
- No. El saxo es de uno que dormía junto a mí a orillas del Manzanares. Se murió abrazado a él y yo me lo llevé. Soy autodidacta.
- Lo haces muy mal.
- Lo sé, pero a mí me gusta ese sonido, lo he inventado yo, y me suena a mí.

Me levanté sin más, dije un adiós sin mirar hacia atrás y, desde entonces, ahí ha seguido, debajo de un chopo retorcido que, en verano, le da sombra y, en invierno, sus ramas tintinean frio y agua sobre su triste melodía. Nuestros encuentros se han escrito a través de los años en unas monedillas y un “¡Hola Mariano!, ¡Hola Belinda!” Sin mirarnos siquiera, y con el mismo lamento del saxo de un hombre muerto.

Y esta mañana, rociada de la vida de una primavera anticipada y benévola, el semáforo ha interrumpido mi paso, y me he quedado reconociendo la sombra sin hojas del chopo y su dueño. Han venido a mí tantas sensaciones como reconfortantes cada una de ellas. Sin saber de nuestras vidas, era un decálogo de sinfonías que hacían identificarme con Mariano plenamente.

- ¡Buen día, Mariano!-me he parado por primera vez ante él después de treinta y cuatro años. Ha dejado de tocar y me ha sonreído con una boca vacía, y un mechón cano cubriendo la frente arada. Su mirada me ha parecido un cafetal de ricos aromas a verdad- Oye, ¿Cuándo vas a dejar de tocar esa canción espantosa?
- Nunca, Belinda, nunca. Soy yo y me gusta, me hace feliz- me ha vuelto a mirar con la ternura de un padre cuando abraza en la distancia a un hijo- Y tú, ¿cuándo vas a abandonar la nostalgia?
- Nunca, Mariano, nunca. Me hace sentir cerca de lo que amo y no está en este asfalto que pisamos.

He dejado las monedas de rigor y, sin despedida, he reemprendido mi marcha. Tras de mí volvía a sonar un saxo desafinado del hombre que quiso ser lo que es.

M Ángeles Cantalapiedra, escritora
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla...Gymnopédies

martes, 4 de febrero de 2020

EL ESCORT COMPLACIENTE


Jaime tiene treinta y cuatro años y disfruta con la ducha desde que su madre a los nueve años le dijo “No tengo tiempo, he de ir a trabajar. Dúchate tú solo”. ¿Cuántas veces lo puede hacer al día? Depende del trabajo, pero dos o tres, seguro. Tiene la sensación que cuando el agua cae sobre su cuerpo por el desagüe se va el trabajo acometido. Deportista desde el colegio, es puro músculo. Mide uno setenta y uno, ojos de miel poblado de espesas pestañas. De su mirada rezan las malas lenguas que hipnotiza y seduce, pero esto último lo hace con su desparpajo, naturalidad y simpatía. De aspecto elegante y discreto cuida su imagen al milímetro, igual que su mente que la depura. De hecho cada día dedica como mínimo un par de horas a su cultivo y equilibrio. Para ello el yoga le es fundamental, después la prensa, economía, arte e historia, hace el resto, y un par de días tiene clase de inglés con su amiga Buffy, una inglesa asentada en España desde hace siete años; sus clases de idioma son pagadas con amplios retozones en la cama.

Jaime no tiene familia, vive en el barrio de la Concepción de Madrid, un tercer piso heredado de su madrina. Humilde piso decorado con un gusto exquisito. Las  vecinas le adoran  por su educación y belleza y los vecinos le admiran como le envidian; es un punto histriónico en un barrio tan humilde ver salir en esmoquin a un vecino o irse de viaje con maletas de Louis Vuitton pero…, así es Jaime.

 

Estudió Historia del Arte para nada o para mucho, depende como se mire. Al año de haber acabado la carrera, sus padres se mataron en un accidente de coche; tuvo que renunciar a la herencia porque todo eran deudas. Sin casa, sin trabajo, se fue a vivir con su madrina, doña Engrasi,  viuda y catalana de pura cepa viviendo en Madrid por amor toda su vida y en el barrio de la Concepción. Aprendió catalán para hacerla feliz y lo que en un principio le pareció una pérdida de tiempo, el tiempo le hizo comprender que de inútil nada pues ahora su trabajo casi siempre era el puente aéreo Madrid Barcelona.

Una noche, después de haber estado dando tumbos buscando trabajo, se pasó por  Blazer, un lugar de copas. Se pidió un par de tequilas para ahogar su frustración, cuando oyó a su lado una voz que se dirigía a él.

-          ¡Qué hermoso eres! Pareces un Apolo. ¿Me acompañarías a una fiesta?

 

Jaime se volvió hacia ese acento hispanoamericano y vio ante sí a una mujer entrada en años, de aspecto cuidado. Se puso a hablar con ella, ¡qué mujer más culta! Se pasaron la noche charlando. Ella acaudalada viuda venezolana viajaba por Europa. Al final, cuando ya amanecía, ella le ofreció que le pagaría una buena suma de dólares si le acompañaba no solo a la embajada francesa a una recepción en la embajada francesa sino, además a recorrer Italia. Dicho y hecho, así comenzó su carrera de Escort –“Persona que actúa como acompañante remunerado, es decir, alguien a quien un cliente paga por acudir con él o ella a reuniones, fiestas, salidas a otra ciudad, etc. con estudios, y capaces de ofrecer interesantes conversaciones La contratación puede incluir o no sexo”-

 

Jaime lleva nueve años en este negocio. No pertenece a ninguna agencia, va por libre y cobra quinientos euros la noche y en efectivo. Su tapadera es ser modelo y su book es solicitadísimo por las mejores agencias; su último trabajo para la revista Esquire y GQ le ha lanzado al estrellato efímero como el gentleman más deseado del momento.

Pero él sigue feliz viviendo en el Barrio de la Concepción de Madrid, su verdadera esencia, donde, cuando llega y después de una ducha, vuelve a ser Jaime, el de toda la vida con un único sueño: ser marchante de arte algún día.

 

Jaime baja las escaleras rociando cada recodo de Esencia de Loewe, con los pies pegados al granito limpio de su humilde y verdadera vida.


M Ángeles Cantalapiedra, escritora
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla...Gymnopédies


jueves, 16 de enero de 2020

SOBRE LAS CUMBRES MOJADAS




Adolfo es un tipo dolorosamente lúcido cuyas canas del alma pesan muchos años de rigores pero, a pesar de eso, aún le gustan las mujeres. A ser posible las rellenitas aunque una flaca, para salir de un apuro, también le vale.
Él fue agricultor; bueno, tampoco. Trabajaba la tierra de otros. Allá en la sierra giennense no había muchas salidas por no decir ninguna.
Con el tiempo, los chicos de su edad se fueron marchando a las ciudades de alrededor, pero Adolfo no tenía miras ni ganas. Al principio, eran un chaval apocado, de mirada huidiza, obediente y trabajador. Al verse sólo y rodeado de mujeres, éstas comenzaron a jalearle, a instruirle en la vida. Así comenzó a perder las capas de cebolla que cubrían al bueno de Adolfo. Las mujeres y la tierra fueron su mundo, su libro de historia y de aprendizaje.

 Decían las malas lenguas, entre ellas la de su madre, Rosarito y Terencia, sus hermanas, que era muy buen mozo; Adolfo no se lo creía porque, aunque iba espabilando con los años, seguía guardando la inocencia y frescura de una tierra sin malear. De hombros anchos, estatura respingona, pelo de espesos trigales, y ojos de castaños iluminados por el sol. Su boca era como los jardines en flor perpetuos; la sonrisa siempre le acompañaba.
En los ratos muertos de verano, cuando el sol achicharraba las ideas, Adolfo se sentaba debajo del almendro que crecía desde los años de la postguerra. Su abuelo decía que Largueta, variedad del almendro, era un valiente excombatiente que aguantó condiciones extremas de hambre y frío y, a pesar de eso, sobrevivió dando su fruto y sombra a la familia Pascual. Así que Largueta era uno más de la familia, el silente amigo y compañero de cuitas en noches de verano, del flirteo de sus hermanas, y las lágrimas de sal de su madre, doña Rubina.

Pues como decía, Adolfo se perdía bajo la sombra del tronco agrietado y oscuro de Largueta, dedicándose a hacer un instrumento, al menos eso era lo que pensaba Adolfo cuando trabajaba la madera imitando a una flauta que conservaba como herencia de sus antepasados, y guardada en una funda de terciopelo rojo. Le fascinaba aquel instrumento, y se inventaba historias de cómo había llegado a la familia Pascual. Contaba a sus amadas que hubo un famoso trovador en su familia. El tiempo diluyó los músicos en la saga de los Pascual hasta que nació él, Adolfo Pascual, destinado a perpetuar la gloria musical de su familia.
Mientras trabajaba la madera, Adolfo se reía de sus invenciones, no entendiendo cómo se podían tragar las jóvenes campesinas aquellas historias que variaban igual que el viento. La verdad de la flauta no era más que en la batalla y asedio a Barcelona, su padre fue disparado en una pierna arrastrándose a un refugio donde sólo había un hombre muerto abrazado a un paquete. En aquellas horas de espera, humo y ráfagas de disparos, su padre se entretuvo con aquel paquete, olvidando el miedo mientras observaba una flauta de oro y platino- él no entendía de oros y platinos, pero se le antojaba que ambas palabras eran ricas en texturas y dineros-  y envuelta en terciopelo rojo… Adolfo pensó que la flauta había sido mágica salvando a su padre de una muerte segura; el resto, lo hizo su imaginación.

Tres años después de que Adolfo intentara asemejar con la madera a la flauta mágica, terminó la suya aunque después de tanto esfuerzo se preguntó “Y ahora, ¿qué, chaval?” Él soplaba aquel tubo hasta que el sonido le ponía dolor de cabeza. Lo guardaba y, al día siguiente, volvía a la labor de hacer sonar aquel chisme rudimentario. Hasta que un buen día, tratando con sus dedos gordos, aunque ágiles de tapar y destapar unos agujeros, salieron un par de sonidos que le atraparon. Quiso memorizar los pasos para no olvidar aquellos sonidos; con un lapicero y un cacho de papel de periódico anotó los pasos. Desde aquel momento y durante un tiempo, Adolfo olvidó a las mujeres que fueron canjeadas por aquella música extraña.
Una tarde en la que se hallaba juntado unas notas con otras, al terminar, no salió de su asombro cuando escuchó frente a él aplausos. Levantó la cabeza y allí, delante del bueno de Adolfo, el truhán de historias, y leyendas de una flauta, con el único fin de conquistar mujeres, se encontraba un ramillete surtido de damas. Digo lo de surtido, porque también estaba doña Inocencia, la rica y acaudalada esposa de don Venancio, el mayor sinvergüenza de la comarca, al que todo el mundo respetaba más bien por el miedo que provocaba. Adolfo conocía muy bien las curvas de Inocencia y el aroma de sus sábanas, pues cuando don Venancio se largaba, Adolfo se metía en su cama a calentar la soledad de su esposa.

Pues bien, Inocencia, arrebolada de entusiasmo, dijo a Adolfo que le ayudaría a triunfar. Aquellas palabras le hicieron gracia, pero no la quitó la ilusión; menos mal, porque a partir de ahí y gracias a Inocencia, se inició la carrera de Adolfo siendo considerado sucesor de Richard Egües o André Jaunet.
La primera obra que creó se llamó “Largueta” como su almendro, aunque la obra máxima de Adolfo será recordada por el bello nombre “Cumbres mojadas” en honor a Inocencia, su mentora, y dueña de los mejores orgasmos que una mujer de carnes rellenitas le haya podido dar a un hombre.
Ahora, cuando los años se amontonan unos encima de otros, Adolfo, sentado bajo Largueta suspira imaginado a una mujer mientras acaricia el cuerpo alargado de su flauta.

PD. Adolfo jamás se casó, no tuvo tiempo. Demasiado ocupado entre camas cubiertas de carnes magras y conciertos.
Adolfo Pascual es una leyenda viva enterrado bajo Largueta que yace y vive en mi exclusiva imaginación.

M Ángeles Cantalapiedra, escritora
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla...Gymnopédies

martes, 3 de diciembre de 2019

FUI YO


Se ha hecho de noche, demasiado, pero no importa. No necesito la luz para nada.
¿Cómo se puede perder todo en unos segundos? Si lo pienso bien, me advirtieron, pero yo no quise escuchar. El caso es que ahora ya no hay vuelta de hoja. Esto es lo que hay… Aunque, qué distinto hubiera sido todo si la prisa, locura adyacente en mi vida, no hubiera invadido mi carril. Ahora seguiríamos riendo o discutiendo si el tío Alfredo fue más generoso que la pasada navidad, o el asado de mi madre, que siempre ha sido el mejor que mi paladar haya probado, estaba más salado que de costumbre…, quién sabe.

Llegaríamos a casa, tiraría los zapatos al alto y la camisa al suelo. Encendería el tocadiscos y sonaría la misma música de siempre. Soy un vago, pero me encanta la monotonía de ciertos actos. No me cansan, es una rutina imprescindible en mi intimidad. Después, descorrería las cortinas y con una copa en la mano y un cigarrillo en la comisura izquierda de mi boca, contemplaría la ciudad a mis pies. Ana me distraería con algún comentario tonto, pero pronto, volvería a los subterráneos de esos pensamientos en los que me gusta perderme. Me preguntaría por qué sí y no a esto o a aquello. Terminaríamos repasando el día y pensaría en mañana.

Sin embargo, ahora, aquí, no hay mucho qué hacer porque he perdido todo. Todo por la maldita prisa… Ya no volveré a ver los ojos de Ana, esa mirada verde en la que me extraviaba hasta hacer locuras. Tampoco volveré a pasear bajo la lluvia con mi perro Ralph, ni me sentaré en la orilla de cualquier mar con mi hijo. Ya no construiré más castillos de arena…

No existirán más amaneceres junto a mi gente, ni borracheras con Gustavo y Marcos, mientras adivinábamos el porvenir; el mío ya lo sé.

¿Por qué no iría más despacio? El sabor dulce se me hace pequeño,  necesitaría un trago más para llevármelo conmigo y, cuando cerrara los ojos, ver la boca de Ana, la sonrisa de Lucas y sentir el beso de mi madre…

¿Aquí no existirán atardeceres? Seguro que por no haber, no hay estaciones. El tiempo siempre será el mismo, y no veré marchitarse las rosas ni el otoño en un jardín. Ni siquiera azotará el viento y mi piel no se quemará por el sol.

Siempre, palabra eterna, me abruma porque me gusta mirar el reloj y ver pasar el tiempo, pero aquí no hay minuteros que marquen mis huellas. A partir de ahora, la eternidad será mi única compañera… Si al menos, hubiera creído en algo, ahora me aferraría a ese algo. Todo está tan negro que me asusta. ¡Ojalá! Ana no haya corrido la misma suerte que yo, y tenga una oportunidad. Mis imprudencias no las han de pagar otros.
… ¡Maldita prisa! No entiendo por qué tomé aquella curva a esa velocidad con la que estaba cayendo. La cortina de agua me restaba toda visibilidad y yo seguí apretando el acelerador; choqué contra algo... Me pasaré la eternidad en este túnel. Cerraré los ojos para olvidar… Espera, no los cierres aún. ¿Ves allá? ¿Dónde? Allá, al fondo. Hay una chispa, mira, no cierres lo ojos, fíjate bien. Camina hacia ella…

-          ¿Señor López?
-          ¿Cómo está mi hijo? ¿Vivirá?
-          Treinta y seis horas para decir. De momento hemos logrado estabilizarlo.
-          ¿Mi nuera?
-          Lo lamento…
-          ¿Y el otro coche?
-          Los cinco han fallecido.

PD. Estos días, si conduces, no bebas. Si conduces, hazlo con prudencia.

M Ángeles Cantalapiedra, escritora
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla...Gymnopédies

sábado, 12 de octubre de 2019

HISTORIAS OLVIDADAS

Hoy, al abrir el ordenador, he visto una carpeta llamada Historias olvidadas; la he abierto y visto su contenido…Al alba, cuando comienzo mi peregrinaje por el mundo internauta, suelo fijarme en artículos de lo más variopinto, pero todos ellos con un calado humano. En total, tenía guardados once. Uno de ellos, cuenta el periodista que se ha hecho una película, no sé si se habrá estrenado; la historia es preciosa…
Imaginaros que nos montamos en una corbeta. El barco se llama María Pita. Corre el año 1803, un 30 de noviembre cuando zarpa del puerto de La Coruña con 37 pasajeros, de los cuales hay 22 niños en edades comprendidas entre dos y diez años. Criaturas ilegítimas, abandonadas nada más nacer en tornos de conventos, puertas de iglesias y establos, o huérfanos de padre y madre. Son traídos de la casa cuna de Santiago de Compostela, de la inclusa de Madrid y de la misma Coruña.
Poco a poco la Torre de Hércules, el faro más antiguo de occidente, se desdibuja, y os preguntaréis, ¿a dónde van? A combatir la viruela que ha diezmado ciudades enteras provocando la muerte y, en el mejor de los casos, ceguera o marcas faciales de por vida.”El método consistía en inocular el pus de una vesícula de viruela vacuna en el brazo. En el barco, se les inoculaba a los niños por parejas, se les haría esa incisión en el brazo y se les inocularía a lo largo de la travesía el pus con el virus. Iban a transmitirlo de brazo a brazo, y así, en cadena, regalarían la inmunidad al mundo con el fin de salvarlo. Los niños deberían ser bien tratados, alimentados y educados, A cada uno de ellos se les procuraron ropa y sus correspondientes mudas tanto de verano como de invierno, dos pares de zapatos, pañuelos para el cuello y la nariz, un sombrero, un peine y un juego completo de cubiertos y platos”
¿Quién cuidaba a estas criaturas? Isabel, mujer instruida: sabía leer, escribir y también manejaba los números. Ese extraño matiz, que la hacía brillar entre las demás chicas de aldea que huían del hambre y la pobreza, yendo a servir a las ciudades. Isabel fue a trabajar como niñera en la casa de un rico comerciante coruñés, y pese a quedar embarazada, por su diligencia permaneció en la casa hasta que fue llamada por el Orfanato de la Caridad de La Coruña. Al poco tiempo se convirtió en la rectora, demostrando su buena mano como enfermera, cuidadora y administradora. Y de ahí, a recibir el encargo de cuidar y velar por la salud y el bienestar de huerfanitos que portarían la vacuna, viva, en su organismo.
El rastro de esos peques se pierde en el Nuevo Mundo y yo quiero soñar que les fue bien.
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla...Gymnopédies
PD Información extraída de un artículo de Laura Garófano

sábado, 7 de septiembre de 2019

SAUDADES


Hay recuerdos que por hermosos escuecen y los guardas en una de las estanterías de tu memoria para no perderlos; ahí duermen reposados, preñados de lluvia, gaviotas y luz. Pero un buen día suena el teléfono y el ayer vuelve con toda su intensidad…
Me llamaron para saber si quería ir a un congreso y dar una conferencia en Finisterre, por supuesto acepté. Hacía más de veinte años que no iba a Galicia y cuando colgué el teléfono las campanillas de mi memoria sonaban alborozadas. Hice el viaje en autobús con el resto de los ponentes. Buena compañía no fui, pues una vez finalizadas las presentaciones, me disipé en mis pensamientos, en mirar el paisaje desde la ventanilla y esperar gozosa el olor a eucaliptus que embadurnó mi niñez y juventud. Se me pasó el viaje sin sentir y cuando bajé del bus un vientecillo impío, un silencio sordo camuflado de pajarillos adolescentes me vinieron a recibir. El cielo era añil, en ninguna parte del mundo he visto ese color. Levanté la mirada y en aquella capota tan azul volví a ver los ojos que dejé veinte años atrás cuando me obligaron a irme a estudiar a Madrid. La ciudad era un pretexto pues en Santiago podía estudiar la misma carrera. Lo que querían era que me alejara de Manuel, pues para él había otros planes mucho más ambiciosos y no emparentar con la hija del dueño de la fonda Do Miño. Y lloramos, lloramos como dos críos al separarnos y nos prometimos un amor incondicional, eterno y cartas y llamadas y escapadas, pero no pasó nada de eso.
Mis padres me llevaron a Santiago, me montaron en un avión y no volví. Fueron mis padres, los que al poco tiempo llegaron desarraigados a Madrid, y allí los tres echamos unas raíces endebles, pobres, pero el tiempo lo cura todo y el dinero ayuda. Mi padre vendió la fonda y con ese dinero y mucho más que no supe hasta tiempo después de dónde lo sacó, compró un pisito coqueto y un local chiquito en el barrio de Usera y cambiamos el mar por el asfalto. Nunca más volví a saber de Manuel ni mis cartas fueron contestadas ni tampoco mis llamadas; los años hicieron el resto. Yo no perdí el tiempo, estudié, viajé, me doctoré, viví intensamente, pero no me casé, no amé a nadie...
Nada más dejar la maleta en el hotel, he bajado corriendo a la playa. Tanto tiempo mis sentimientos dormidos y de pronto tan despiertos. La luz en mi piel, la espuma blanca del mar bravo. Mis pies hundiéndose en mi arena y un perro ladrando a una gaviota, pero esta ha insistido en acercarse a mí y con la mirada la he acariciado. Han llegado las nubes, el añil se ha ido, ha descendido la bruma y la lluvia ha venido a reconocer mi estado jubiloso de volverme a encontrar con “miña terra”
De repente, me ha dado por mirar la hora y he vuelto a echar a correr; en apenas media hora comenzaban los actos. Ni me ha dado tiempo a mirarme en el espejo. Me he vestido precipitadamente y con el pelo calado he ido deprisa hasta el salón de actos del ayuntamiento. Me he sentado en el primer hueco que he encontrado y he respirado hondo para recobrar la calma y esperado con la sonrisa abierta y la mirada encendida.
Estaba sentada en la esquina de la última fila cuando mis ojos chocaron con una silla de ruedas tres filas más adelante. El pelo canoso del hombre no coincidía con la vitalidad de sus gestos por lo que deduje que no era un anciano. Fueron instantes furtivos en los que mis ojos se pegaron a aquella figura que, sin ser conocida, me era muy familiar, pero el acto comenzó, las luces se apagaron y después de la inauguración, tocó el momento de mi ponencia. Con paso seguro y decidido avancé hacia el estrado y, después de mis saludos en mi lengua madre, comencé a desarrollar el tema que llevaba preparado.
Costumbre adquirida en mis numerosas charlas es la de fijar la vista y moverla en tres emplazamientos y así lo hice. Busqué tres puntos de referencia siendo uno de ellos aquel hombre de la silla de ruedas que, sin ver su rostro por la lejanía y la falta de luz, me daba la seguridad necesaria. Una vez terminada mi ponencia, las luces y los aplausos se encendieron y lentamente después se fue desalojando la sala para pasar a tomar un coctel de cortesía. Me demoré en recoger mis papeles y, cuando levanté la vista, en la sala solo quedaba el hombre de la silla de ruedas.
Una ternura aterciopelada que se aleja del deseo carnal recorrió todo mi espíritu para sumergirme en el cuerpo encorvado donde se hacinan los años y el tiempo que fue de aquel hombre que, sin ser un anciano, la vida le había tratado de una manera cruel.
De Manuel quedaba lo más importante: sus ojos, su sonrisa y su voz; poco después descubrí que también guardaba de él aquel amor que nos juramos.
Los planes de sus progenitores no se llevaron a cabo; un terrible accidente de moto sesgó las esperanzas de unos padres que compraron a otros padres para que retiraran de la circulación a su hija. Manuel tampoco se casó, pero realizó dos de sus sueños: ser veterinario y poeta…
Nos vimos, después de conocernos,
cuando el amor se nos había olvidado,
cuando yo, ya no quería amar,
la tristeza asentada en mi regazo
no me dejaba admitir,
lo que hacía tiempo, yo sentía.
Más llegaste tú y con tus ojos,
echaste por tierra
esa pared que tanto me costó levantar,
mis heridas y yo, tanto tiempo juntas,
nos separamos aquella noche
cuando me diste tu mano.
De esta historia que acabo de relatar han pasado ya tres años. Volví a mis orígenes y me casé con Manuel. He renunciado a parte de mi vida profesional, pero he ganado en intensidad pues me siento viva por cualquier arista de mi ser. Ambos somos uno a pesar de aquella arruga en el tiempo que no nos dio tiempo a planchar.
M Ángeles Cantalapiedra, escritora
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla...Gymnopédies
PD. Poema de Oren Carton

miércoles, 12 de junio de 2019

UNA HISTORIA DE AMOR SENCILLA


“¿Quién no tiene un fantasma en su armario?” Se preguntó Almudena mientras buscaba su vestido de seda azul para una fiesta que no deseaba ir. No conocía a nadie, no era amiga de saraos sino de una vida apartada y simple, con sus manías, rutinas, y recuerdos que cada vez pesaban más.
Sin embargo, el trabajo de Paco, la obligaba una y otra vez a estar expuesta en un escaparate donde saludaba, sonreía y escuchaba, no más. ¿Qué tenía en común con ese mundo? Absolutamente nada. Claro que tampoco con Paco y ahí lleva con él más de quince años entretanto su gran amor, Manolo, yacía colgado en una percha en el fondo de su armario.
Aún, después de casi dos décadas se pregunta por qué se decantó por el equivocado y no por el que de verdad amaba. El dinero, el puñetero y vil metal. Uno era un soñador sin oficio ni beneficio. A Manolo le conoció en la universidad. Acabó con buenas notas, hizo oposiciones y se fue a dar clase a Soria. Amaba la literatura y escribir, y ella ni Soria, ni literatura ni escritura, pero estaba enamorada de él, casi desde el instante que se topó con Manolo en un pasillo de la universidad… Sus ojos, la dulzura de su voz, su galantería…
Paco, rico por su casa. Lo suyo no era estudiar pero sí los negocios y ella, harta de estrecheces, de trabajar y estudiar a la vez, de llevar el mismo vestido una y otra vez pues…
Costó que la familia de Paco aceptara a Almudena pues ni apellido ni dinero, solo su simpatía y belleza. Una boda bonita que rezumó amor, por parte de él, ella ponía la felicidad de abandonar la miseria, pero esto nadie lo supo.
-Paco, ¿seguro que hace falta que vaya yo hoy a esa fiesta?
-Sí, pesada, hoy te lo pasarás bien. Es la entrega de unos premios literarios que patrocina la empresa.
Y allá está Almudena con su vestido de seda azul bebiendo cava y aplaudiendo a los premiados.
-Y el primer premio es para un escritor audaz, fiel a sus letras, Manuel Hormigosa Fernández.
A Almudena se le ha parado el corazón y su vista está clavada en el hombre premiado. Él agradece con palabras suaves mientras su mirada reposa en el caudal de deseos que encierran los ojos de Almudena.

viernes, 7 de junio de 2019

LA CAÍDA DEL GIGANTE Y EL ESTRATEGA


“Se tenía que ir, se tuvo que ir mucho antes, no sé por qué no se fue…”Pensamientos en la cabeza de Isidro que no le habían abandonado desde hacía setenta y dos horas, pero su honorabilidad estaba en juego y eso no lo podía permitir.
“¿Para qué te ha servido el orgullo, Isidro?” “Yo he hecho bien las cosas en la compañía, no se me puede acusar de nada…Acuérdate cómo estaba la empresa cuando yo tú llegaste  y mira ahora…” “Isidro, reconóceme que estuviste muy mal rodeado o no vigilaste a tu gente y el responsable eres tú… Vete, olvídate de todo esto, hazte un favor a ti mismo, sal por la puerta con la cabeza alta antes de que te echen” “Que no, que no me voy, que me echen si tienen huevos…” Maruja, su secretaria, calla, siente lástima por su jefe, sabe que es un buen hombre, pero...

Y a Isidro le echaron, sus horas más amargas rodeado de sus árboles también caídos mientras el güisqui ahogaba sus penas; la jauría de lobos, como así llamaba a sus enemigos y detractores, terminaron devorándole.
En su hogar, Guillermina seguía las noticias estupefacta, incrédula, porque sabía que podía pasar, desde hacía meses la sombra de la guadaña estaba al acecho. Era una mujer inteligente, pero una cosa es sospechar y, otra, vivir tus presagios hechos realidad.

A varios kilómetros de distancia, en la calle Fuenterrabía, todo son felicitaciones, risotadas, abrazos y los oportunistas hacen cola en la puerta del despacho de Genaro. Este comprime la satisfacción, no es el momento. Sabe que ha ganado su batalla de fuego, una conjunción de situaciones le han sido favorables y ¡sorpresa!, los hados se han puesto de su parte, de sobra sabía que el gigante se tambaleaba, su situación era insostenible, solo era cuestión de buscar los aliados idóneos que rezumaran odio por el gigante. Este ya no servía a los clientes, sus ideas estaban caducas, la empresa necesitaba algo más que un estancamiento.
Genaro ha seguido una estrategia de manual, para eso es un gran estratega de pico y pala, ha sabido levantarse cuando ha caído sin mermar sus ganas. Logró el foco de atención y aprovechó el momento. Una elección de tiempos adecuada, rítmica, a cada uno dando lo suyo… Se mira al espejo, le tiembla la mandíbula, los hombros los tiene caídos, el susto, la responsabilidad, le ahogan, pero no es el momento. Gesticula, se coloca y decide salir a dar la cara; no hay vuelta de hoja.
-          ¡Buenas tardes! Tengo el orgullo de poderles presentar la composición de los nuevos Caramelos Huracán que, sin duda, no solo salvarán a nuestra empresa sino que, además, son un fiel reflejo de lo mejor de los clientes a los que aspiro servir a partir de ahora…

A varios kilómetros de distancia, en la calle Desafío, Isidro va metiendo sus cosas en una caja de cartón, las mismas que trajo hace dieciocho años. Reprimiendo las lágrimas le tiembla la mandíbula, los hombros están caídos al vacío. Se mira en el espejo, no encuentra su imagen… "¡Va! Eso ya no importa" Se dice mientras apaga la luz y cierra la puerta para siempre.

martes, 21 de mayo de 2019

OPINIONES...


Para un escritor conocer la opinión de un experto en lengua y literatura es muy importante como importante es despertarte con un ángel que eleve tus alas de escritor para continuar siéndolo y la doctora Cecila Casatro Lee, lo ha hecho...
Queridísima María Ángeles:
Acabo de terminar la lectura de tu novela Mujeres descosidas.
Eres de verdad una escritora extraordinaria. Me has atrapado desde la primera página hasta el final.
Me has sumergido en una gama de emociones de dolor, placer, miedo, ternura, risas y llantos.
Narras con gran acierto cada episodio creando suspensos y entretejiendo una trama de muchos niveles y matices.
Además de las incursiones en el pasado, combinas historia, arte, cultura popular, sabores y saberes, regionalismos con un tono ajustado a las circunstancias.
La caracterización de cada personaje es perfecta. Los pones a actuar y a hablar en diálogos llenos de interés
 que avanzan la trama y con un lenguaje apropiado a cada personaje, su contexto social, edad y su circunstancia.
Eso que los lingüistas llaman la “pragmática”.
Se escuchan muchas voces y acudes a muchos recursos, cartas, viajes, encuentros y desencuentros.
Cada personaje tiene su atractivo inclusive el perrito tan amoroso.
Presentas la guerra civil, incivil, como decía Unamuno, en toda su crueldad, pero sin tomar partido. Todos españoles….
Me maravilla la trama tan compleja moviendo a los personajes por diversos escenarios y logrando que la vida los lleve a felices encuentros.
Naturalmente que las mujeres descosidas logran inventarse, zurcirse nuevamente.
Logras transformaciones graduales. Es admirable ver a Juana leyendo esas cartas, meditando  y tomando conciencia de su potencial para ser feliz.
Tu novela es un gran logro literario y una acertada inmersión en el alma de tus personajes y en alma humana.
 Eres maravillosa en tu discurrir y en las descripciones de la naturaleza cargadas de lirismo.
Oigo tu voz y me haces feliz.
La tuya es una novela imaginativa, llena de sabor y sabiduría. Cale hondo.
Eso es lo que tú te has propuesto y lo has logrado conmigo.
Me has hecho sentir, pensar, reír y suspirar.
Sigue escribiendo. Es tu don.
Con todo mi cariño y muy sinceramente,
Cecilia