miércoles, 3 de abril de 2013

HISTORIAS DE UN AUTOBÚS: Un viudo y una viuda


El estar prejubilado, o jubilado del todo tiene sus ventajas: viajas en autobús como un marqués, sin apretujones y eligiendo el asiento. Yo, esta mañana sin ir más lejos, me subí como una marquesa y me senté al lado de una ventana para ver bien el discurrir diario de este Madrid caótico… ¡Lástima! Mi pequeño placer se vio interrumpido por dos nucas que iban sentadas delante de mí; no me pude reprimir mirarlas y observar que, aunque la vida envejece demasiado rápido, hay quien lleva con armonía  y belleza esa edad que esfuma la juventud dejando demasiados estragos no sólo en el espíritu sino, también, en el físico.
Una de las nucas pertenecía a un varón, Rubén, así se presentó a la otra nuca, María. Calva brillante, morena y su pelo blanco perfectamente cortado. La nuca de María era un bosque poblado de ceniza.
La nostalgia de la memoria pronto prendió en los dos ancianos. Ambos se confesaron viudos y la suerte que tuvieron al haber compartido más de cincuenta años con sus respectivas parejas. Rubén vivió desde que se casó en el barrio de la concepción donde iban a parar todas las parejas de su época. María en Claudio Coello, casa heredada de sus padres y que ahora sus hijas se empecinaban en que se marchara de allí por ser muy grande “¿Sabe lo que opino de la actitud de mis hijas, Rubén? Se quieren quedar con la casa, en vez de vivir en Getafe, pero a mí no me echan hasta que me muera” Rubén asentía a las palabras de María “Yo vivo también en mi casa con una hija soltera, pero muchas veces pienso que la estorbo, no porque me lo diga ella, es demasiado buena, sino porque la corto las salidas, los viajes, por no dejarme solo y ¡Con lo a gusto que estoy cuando me quedo solo!” María le cuenta que está encantada de vivir sola porque hace y deshace lo que le da la gana aunque cuando llega la noche, las paredes se ponen a hablarla y le dan demasiado respeto “¿Usted cree, Rubén, que es normal que toda la casa se empecine en hablarme? Se me encoje el estómago y cada día tengo más miedo” “Doña María, con los años crecen los fantasmas. Yo vivo con mi hija y por la noche vienen a mi cama a darme la tabarra… Son muy pesados”
Pasamos por la Puerta de Alcalá y a sus pies crece colorida la primavera “Pues yo vengo de la casa del libro de comprar un libro, me gusta leer mucho. No vea el dineral que me dejo en libros; luego los que menos me han gustado los llevo a la biblioteca del barrio porque los otros los releo…. Cómo la memoria es tan frágil…” “Yo hago ganchillo ¡Qué cosas más bonitas hago, Rubén! La pena que mis hijas, ya sabe cómo es la gente joven ahora, no lo valora. Pero lo que de verdad me gusta es la zarzuela, me pirria” “¿Qué la gusta la zarzuela” A mí me encanta. Ahora ponen Doña Francisquita… ¿Querría usted regalarme el honor de acompañarme?” “¿De verdad, Rubén, que me llevaría?” “Pues claro que sí, mujer… ¿Tiene usted, algo que hacer mañana” Porque podríamos quedar en la cafetería Miami y luego acercarnos a por las entradas a ver qué días hay?” “¿La cafetería Miami? Si ahí iba con mi marido…”
…Un despropósito, estaba llegando a mi parada y sentía pena tener que abandonar a aquella pareja adorable de ancianos. Me levanté hacia la puerta y aún pude ver sus rostros carcomidos por el tiempo pero lo que los años no pudieron borrar de ellos fue la luz de sus ojos y la expresión de adolescentes cuando están entusiasmados por algo.
Me pescaron mirándoles y, en vez de dirigirme una mirada desaprobatoria, me regalaron una sonrisa…

miércoles, 27 de marzo de 2013

ESTE HOMBRE QUE NO MARCHITA


Apenas ha amanecido y necesito pintar de gris a un hombre; es el color que mejor le va. El canto de un pájaro solitario lo ha traído hasta mi ventana. Porque él tenía un ruiseñor en la garganta; de esto hace muchos años.
Sus ojos son ahumados, perdidos en la nube del incienso de esa iglesia que tanto ama. Dice que se emociona al hablar de un Cristo que le mira sin tapujos, como si achicara aguas en sus ojos cuando levanta la mirada hacia Él.
Su voz no se rompe  aunque trague saliva al contemplar a su virgen… La palabra menudea en un afán de confidencia al reconocer que Ella, está tan presente en su vida, que caminan ambos cogidos de la mano.
Chispeante su verborrea al narrar cualquier cosa, es un don el que tiene al contar historias, a traerte el pasado a este presente tan incierto; se pasa la mano por sus labios para ajustar la precisión de cada vocablo; este es un gesto muy suyo.
Me gusta miarle de costado, donde los pliegues de los años han hecho mella en su persona. Ha recuperado la sonrisa que campa en cualquier esquina de su ser. Es un hombre que está en paz, que navega en su interior reconociendo cualquier sentimiento. Aún siendo tan parlanchín, sus raíces crecen hacia la esencia de sus valores disfrutando del silencio mientras la reflexión se amuebla en su cabeza.
Atrás quedaron los tiempos en los que su vida se pasaba tras la barra de un bar donde, sin duda, se gestaron tantas vivencias que imprimieron su carácter de hombre enjuto y, su esqueleto, al igual que un varal, corrían de un extremo a otro aquel mostrador al que ató su vida sin quererlo.
Ya tiene cinceladas muchas décadas a sus espaldas, pero las canas no se pintan en sus sienes, y los años han engordado el atractivo varonil de este hombre que se llama José; hasta el nombre le va bien a su personalidad.
Viste con discreta elegancia, da igual que vaya de señor con su termo oscuro y abrigo de paño. Puedes encontrártelo de sport, parece que lo informal se ajusta igualmente a su piel. Pero donde su porte se ensalza es cuando se cubre con el hábito de su cofradía; ahí luce con orgullo la espiritualidad que se escapa por los poros de este hombre… Cuando la pasión de Cristo, sus últimos días, sale a la calle, él va tras ella persiguiendo amores que jamás se esfuman.
Su ironía es fina e implacable, al igual que al exponerte una idea, se explica tan bien que, aunque no comulgues con ella, ésta va hacia tus interiores para que pienses detenidamente.
Hombre que se derrite con un niño “al que come a besos”, según sus palabras, al no poder evitar la ternura que le provoca la santa infancia; hoy sus hijos le han regalado nietas a las que adora tanto como a su Dolorosa, esa que va con él vaya donde vaya.
Ahora que mi vida se ha empeñado en recoger los años perdidos, voy recuperando cada tramo de un tiempo que se me fue sin saber el porqué.
Ahora mi vida me ofrece una segunda oportunidad y, tonta sería, si la desperdiciara. Por tanto estos días  que son de gris de tanto llanto acumulado en los cielos, lejos de vestirme de ceniza son las brasas del ayer las que calientan mi ánimo para recuperar personajes que, sin duda, cincelaron mi persona. De hecho este hombre llamado José escribió tantas páginas en mis horas de ayer que mis dedos de escultor de palabras se afanan en describir el retrato de un hombre que, sin hacer ruido, dejó tanta huella en mí.
Hombre que no marchita, hombre de una y mil primaveras, hombre de fe, hombre de tierra, aire y fuego, que no destiñe sus sombras por las que camina escribiendo aún la vida que le rodea.

lunes, 11 de marzo de 2013

BODEGA SAN JOSÉ, RETRATO DE UN AMIGO


Entre la telaraña de amigos, conocidos, familiares y, personajes que más vale que no hubieras conocido jamás, unos inspiran más que otros, y esto no quiere decir que a unos les aprecies menos que a otros, sin embargo hay personas que te hablan por doquier sin necesidad de usar palabras; sus hechos, los gestos elocuentes, entusiasmo, tristeza o pena, o sus bajezas más íntimas, llegan un buen día y se ponen a teclear cada sílaba, cada vocal para que tú conformes una historia…

Había estado lloviendo intermitentemente todo el día; el gris más negro, le sucedía un azul pálido y entre las nubes se colaban unos rayos que los adoquines de cualquier calle de Sevilla se convertían en diminutos espejos donde mirarte. A primera hora de la mañana habíamos caminado por la vereda del Guadalquivir entre el fresquillo del despertar, el aroma a un incipiente azahar, se coló en mis pulmones un oloroso salitre que sin duda lo había traído el viento venido de la costa.
Nos paramos en el puente de los Reyes Católicos a contemplar la calle Betis; un abanico multicolor de casas jalonadas, entre el albero, el azul, el chocolate y blanco, mezclados todos ellos por la luz tamizada del chubasco de turno, hacía de aquella perspectiva un momento mágico que merecía la pena embriagarse de él para recordarlo en esos momentos en que el ánimo se pierde en espesuras de la vida cotidiana.

Al volver, pasamos por la calle Adriano, y ya casi en la esquina de la freiduría El Arenal, vimos una pequeña bulla; apenas se veía un toldo que rezaba “Bodega San José, especialidad en gambas” y según terminaba de leerlo, mi cabeza me decía “Esta noche vienes”

…Y así fue. Justo al terminar el concierto de Siempre Así, salíamos con el ánimo encendido de tanta algarabía, y en que lo único que piensas es en la pena de no haber podido compartir aquellas dos horas tan buenas con tus amigos de verdad, llegamos a la Bodega San José. En la puerta seguía la misma bulla que por la mañana; chicos y chicas con cerveza en mano e imbuidos en amenas conversaciones. Lo bueno de Sevilla es que la bulla hace hueco a más bulla y así pudimos entrar en la bodega. Todo eran cabezas y sólo podía disipar un techo amarillento de tanta grasa y en trozos desconchados. De repente una voz a mi lado me sustrajo de aquel techo:
-Pasen al fondo, hay hueco, incluso mesa por si quieren sentarse… Era una mujer mayor quien nos había hablado. Al mirarla lo primero que vi fue la luz de sus ojos gastados, la sonrisa suave en su boca, y una chaqueta de punto gordo tan vieja como el techo. Fue un instante, pero el justo para que algo me sacudiera, y viniera a aposentarse a mi lado, a pesar de los kilómetros que nos separaban, mi amigo Juanjo y, lo más extraño, es que no se fue en todo el rato en que estuvimos en la bodega.

Nos sentamos en una mesa de esas de tijera, más vieja que la mar, pero limpia; tal vez lo único porque no recordaba un lugar “tan cutre” desde hacía mucho tiempo. Según mi marido decía que no lo habían limpiado desde que terminara la guerra civil. Incluso me decía “Mira, mira, todo el local está apuntalado, podemos morirnos aquí dentro” comentario muy propio de su espíritu cenizo, pero se perdió su voz cuando miré a la barra… Sin saber por qué allí presentí a Juanjo de niño, correteando detrás de una pelota, porque él, igual que yo, crecimos a la vera de un mostrador y, tal vez por eso, nuestros ojos hoy beban tantas cosas que otros no ven… Y en ese pensamiento me enfrasqué sin querer pensando en el amigo ausente y el orgullo del que me llenaba al recordar su person: gente hecha así misma sin más ayuda que su afán y obstinación por llegar a donde se propone, Tan reservado para lo suyo y tan extrovertido para compartir sus emociones. Su sensibilidad es fruto de crecer hacia dentro y encontrarla de frente cuando menos te la esperas, cuando se le escapa por cualquier rendija de su personalidad. Incluso al mirar aquellas paredes tan manidas, como si su cabezonería hubiera sido la artífice para seguir en pie, igual que Juanjo.

Un muchacho, guapote él, se acercó para preguntarnos qué queríamos; pregunta absurda porque apenas nos dejó abrir la boca. Su entusiasmo era tal que, además de embelesados, nos dejaba con la boca cerrada… Igual que Juanjo cuando nos cuenta algo que le apasiona.
No hubo duda: aquel chico no nos defraudó… Como Juanjo. Nos trajo unas gambas de Isla Cristina para llorar de buenas. “Una pringá” hecha por la abuela, según dijo. No tuve dudas de quien hablaba: era la mujer anciana que nos recibió. Una ensaladilla de gambas de quitar el hipo. Y, por último, nos sirvió una manzanilla de Sanlúcar para haberse bebido la botella, sin etiquetar, entera y verdadera. El color era de un rubio albino, y el sabor tan suave como esos besos que das cuando estas con la sensibilidad a flor de piel. No tardaron en surgir las risas, iguales a las que nos provoca Juanjo con su gracejo.

Al salir, no pude evitar acercarme a la abuelilla que estaba ensimismada en recoger platos y vasos, como si la fuera la vida en ello o más bien, por su edad, lo que la tenía bien cosida a este mundo.
 La di las gracias, y comenté que era un lugar delicioso. Incluso, con el morro que me caracteriza, la pregunté su nombre “Charo, me llamo Charo” y al mirarla a la cara, fue algo especial, tal vez porque desde que tenemos Pachus y yo un ángel en el cielo, “habemus” conexión con el más allá…, el caso es que vi la cara, la sonrisa, los ojos, de Carmina, la madre de Juanjo.

Salí de aquel lugar flotando, vitaminada, y ronroneándome la voz de Juanjo diciendo “Esto es cojonudo, tenemos que volver”
Y sí, amigos lectores, después de haberos contado esto, os diré que creo en la magia, la hacemos nosotros, nuestros seres queridos, y nuestra emotividad… Tan solo es cuestión de abrir las compuertas de nuestra sensibilidad y dejarnos arrastrar por esos ratos únicos, eso sí: perceptibles para muy pocos.

lunes, 25 de febrero de 2013

EL AMOR ETERNAMENTE ÉL


Mi querido Amor:

Ahora, que el tiempo ya no vuelve y que pierdes las vergüenzas, me gusta pasear por el mundo con el alma a la intemperie y hacer lo que antes, por pudor, me heló la sangre.

Sí, me gusta escribir sobre ti, desnudarte lentamente parándome en cada uno de tus recovecos. Manosear tus dobleces, las contradicciones a las que se te ve sometido. Saborear la dulzura de tus momentos acompasados.
Cierro los ojos y escucho tus susurros que van calando muy dentro en la burbuja de mi corazón. Te sonrío, disfruto de tu arritmia… Y, más tarde, me alejo de ti, me voy por donde llegué sin frío ni calor, no sintiendo tus mordiscos amargos, sabiendo que soy libre de tu estigmática figura de eterno enigma.

Tú, el amor, eternamente tú, díscolo y achispado, soberbio y malhumorado, tierno y acaramelado…, nunca me dejas indiferente.
Por eso hoy me he decidido a escribirte sin la afasia que siempre me caracterizó cuando te mostrabas ante mí, y yo me ocultaba en tu bosque, avergonzada de ser tuya, un árbol más de tu paisaje eterno.

No me olvides como el otoño y su hoja caduca, a pesar de todo recuerda que soy perenne en tu jardín de sueños inalcanzables.

Siempre tuya

Debilidad

sábado, 9 de febrero de 2013

EL MUCHACHO CON PIES DE ALAS



 …Es risueño, aunque prudente. Jocoso, pero discreto. Hombre con alma de niño y una inocencia encomiable.
De sobra sé que, a pesar de su juventud, está de vuelta de muchas cosas y, en otras, se hace el gallito, tal vez para disimular sus carencias (todos las tenemos), pero insisto que es un buen muchacho a la par que entrañable; le miro de hurtadillas, y mis ojos se llenan de amor.
Goza de un estatus que muchos de los mortales no conocemos y, quizá, marchemos de este mundo sin saber qué es. Él conoce esta fortuna añadida, y trata de disfrutar al máximo de ella y, como añadidura, es consciente que debe aprender todo lo que pueda mientras anide en él, y esta suerte le sonría.
De todas formas me gustaría que supiera que estas circunstancias beneficiosas son pasajeras, vulnerables y muy susceptibles a la transgresión…
Mientras tanto le rodea una mañana hermosa de un domingo primaveral. Como siempre hace, se dispone a correr a primera hora que hace más fresquito; le avisan que puede correr por los montes del Pardo (*Está considerado como el bosque mediterráneo más importante de la Comunidad de Madrid y uno de los mejor conservados de Europa, tanto en lo que respecta a su flora, con 120 especies catalogadas, como a su fauna, con aproximadamente 200 especies vertebradas.1 Se extiende alrededor del curso medio del río Manzanares, a lo largo de 16.000 hectáreas, considerado como uno de los principales pulmones de la ciudad de Madrid, (conejo, perdiz roja, paloma torcaz...) como mayor (ciervo, gamo, jabalí... El Monte de El Pardo también reúne poblaciones de aves de presa de gran interés ambiental, caso del águila imperial, el elanio y el búho real, además de otras aves como urracas, buitres negros y picapinos. El Monte de El Pardo cuenta con árboles centenarios, como el caso de dos olmos, a los que se les atribuye una edad de 200 años, situados junto al río Manzanares. También se encuentran alcornoques de grandes proporcione)
Se entusiasma porque, aunque no es la primera vez que tiene la suerte de correr por allí, sabe que es un enorme privilegio… Avanza entre pinos mudos, caminos silenciosos, y una belleza natural lejos de la visualización de cualquier simple mortal.
El muchacho avanza a buen ritmo, ahora el camino se ha tornado estrecho y ensortijado oliendo a tierra recién regada por las nubes. De pronto, a lo lejos, otea un ciervo
 y su corazón comienza a palpitar a una frecuencia incontrolable; el ciervo no se mueve, y le mira fijamente como si estuviera midiendo sus posibilidades frente al enemigo… Aparece otro ciervo, es hembra y el muchacho aminora el paso… Entre los pinos aparece un cervatillo, el chico sonríe y piensa “Una familia” Y sus zancadas se van acercando al grupo, y el muchacho tiembla, tiembla de miedo, y a la altura de los ciervos aprieta la marcha, huye… También los ciervos huyen despavoridos.
El chico para, recupera el pulso, la respiración y sonríe, sonríe satisfecho pensando ¡Qué espectáculo más maravilloso acabo de vivir!
Reemprende la marcha, a lo lejos corren ciervos y entre sus zapatillas cruzan conejos. A sus pies les crecen las alas mientras su ánimo se prepara para el siguiente maratón porque su vida es así: llegando a la meta cada día con una voluntad de hierro.

sábado, 2 de febrero de 2013

DE TRIANA A PLATERIAS


¿Qué tienes Mujer que imploras al cielo huérfano y helado? Son días fríos de candelas y hermandad más, por la calle Platerías bajan peregrinos a buscar bajo la Vera Cruz de tu manto el consuelo. Tú eres madre y, aunque llevas escondido en tu corazón el dolor y enmudeces ese grito ausente, todos sabemos que con mirarte, el consuelo de tus hijos abrazas, por eso, porque eres Madre grande y hermosa, reflejo de la mujer castellana: austera, silente, fuerte como un roble que crece con el vigor de su raza.

…Dicen que cuando calla Sevilla, habla Triana y, entre callejuelas de azahares reina La más grande, la Esperanza, la de Triana; al otro lado del Guadalquivir la encontrarás… ¡Ánimo, valientes, todos por igual! Se oye  decir por la calle Pureza mientras pétalos de rosa revolotean cual pajarillos en la noche más ilustre. Por allí camina la otra Madre, tan hermosa como la recia castellana.
Son dos madres que mecen a su hijo mientras sus rebaños, vallisoletanos y sevillanos, van tras sus pasos acompañando el dolor de esas dos Madres.

¡Al cielo con Ella! Anuncia una voz rasgada, firme, y el puente de Triana se plaga de aplausos… Después, silencio, adoración, respeto, un murmullo de pequeños pasos acompasados y mecidos por el susurrar de las aguas; transportan entre nubes de amor a su Esperanza en busca del pueblo llano que la espera con toda la gracia andaluza, que es mucha.

En Castilla, patria del conde Ansúrez, cuyos amaneceres son polvorientos cotilleos de nubles blancas a ras del suelo, y que tanto amo, por ser tierra que me prohijó cuando tenía apenas tres años mal contados. Mi corazón de niña se escribió a la Vera de su Cruz; mi casa lindaba a la de mi Madre Dolorosa. De su rostro aprendí la dulzura, el amor callado y resignado y, hoy, muchos años después, cuando mi alma se agita o mi corazón agradece, voy a sentarme en uno de sus rincones a mirarla de frente para que me dé el valor que Ella tiene, la fuerza para seguir escalando mis horas, y descubrir que dar es la más alta alegría que un hombre puede tener.

Lo mío con Triana fue un amor a primera vista, sin empaques, con descaro, llenándose cada uno de mis poros de su sobria humildad; Ella me recibió como si de toda una vida me hubiera estado esperando. Tiempo después, fíjense en lo que les digo, un buen amigo, a sabiendas de mi hondo amor por la Esperanza, me mandó en un tramo doloroso de mi existencia, agua bendita de la capilla marinera donde habita una de mis Madres. A Ella apreté mis miedos, y de Ella me llegó su luz y, así, de esta manera silenciosa a la par que de bulla se llenaban mis pulmones, comenzó nuestra historia escrita en aroma de azahar y, que cada cuaresma, cuando el sol comienza a  nutrir los tejados de primavera, vengo a su encuentro, a reposar mis huesos de soldado, cansados y desnutridos, a contar  mis tiempos del revés en la más íntima y personal comunión entre una Madre y una hija.

Se abren, pues, las puertas de la cuaresma para píos e incrédulos, escuchadme, por favor… Si es menester que en un hueco de vuestras vidas haya tiempo para mirar del derecho, del revés, de frente y de costado a estas dos grandes Mujeres, Madres de todos, impíos y crédulos, viajad a Ellas, bajad vuestras voces y abrir el corazón apesadumbrado, frío y descreído, os aseguro que notaréis el calor que solo una Madre saber dar a su hijo.

Calle Platerías, calle, Pureza, se os llena el asfalto de farolillos blandos, tiernos melocotones alumbrando la Fe, caminad, caminad sin temor, la belleza está expuesta en toda su dimensión para vuestros ojos y, si de vuestras bocas surge plegaria de Salve, cantad, cantad, no hay mayor Salve que la Marinera y la Castellana.

lunes, 28 de enero de 2013

DON SERVANDO Y SUS TIEMPOS


Menudo disgusto tiene don Servando; maldice y maldice sin atisbo de arrepentimiento. Pasa por el Altar y apenas mira a su Señor por miedo a que le eche en cara que esa actitud no es de un cura. Pero, ¿Qué cura va a ser si no sabe cuidar de sus ovejas? Si éstas se le han desmadrado y ya no impone ningún respeto… ¡Ah! Qué tiempos aquellos en los que don Servando paseaba por la alameda, y todo aquel que se le cruzase le miraba con respeto y, algunos, hasta con devoción. Tiempos en que recibía lo mejor de la matanza de sus feligreses estaba en la despensa de don Servando, tiempos en que sus obras de caridad eran conocidas por toda la provincia. ¿Por qué? Su acólito, Fernandito, cada misa, rosario, novena y funeral, recorría los bancos de la iglesia y todos, cada uno de los devotos que llenaban cada día la parroquia depositaban, en el cestillo de Fernandito, monedas y billetes.
Sus homilías eran escuchadas con más pasión y fervor que las mismísimas palabras del Caudillo de España.  Pero han pasado treinta y siete años de aquello y a su humilde iglesia no va ni Cascorro, el borrachín del pueblo que se pasaba las horas muertas en el penúltimo banco durmiendo la mona. Ha tenido que reducir sus homilías, apenas doña Sepúlveda y Paquita la del churrero son sus oyentes más fervorosas. Ha tenido que disminuir las misas, ni muertos hay para oficiar un triste funeral. El rosario lo reza con Leocadio, más sordo que una tapia y que le da igual una novena que un vía Crucis. ¿A dónde fueron a parar los ricos chocolates con finos picatostes de las tardes de domingo en casa del señor alcalde? Si ahora el alcalde es agnóstico aunque don Servando va mucho más lejos y piensa que su iglesia está en medio de un nido de ateos.
Las cosas comenzaron a ir mal cuando la democracia llegó y los socialistas subieron al poder, allá por mil novecientos ochenta y dos. Pero el colmo de los colmos es que ahora gobiernan los populares y no sólo siguen en el empeño del matrimonio homosexual, es que no quitan la ley del divorcio ni el maldito aborto… ¡Señor, Señor! Dónde vamos a ir a parar…
Sin embargo eso en estos momentos es pacata minuta para este cura enfurecido, lo que de verdad le preocupa a este hombre dedicado a Dios desde hace más de cincuenta años ya no es que haya perdido predicamento entre su rebaño sino que le roban, le roban la nada que entra en su parroquia.
Primero le robó Fernandito, su acólito, hubo de hablar con él y descubrió que realmente era un mandado de su madre con lo cual fue a hablar con ella y, efectivamente, eran un encargo de una madre desesperada porque habiendo enviudado tenía que sacar a sus cinco retoños con unos ingresos efímeros. Así que don Servando de la nada que entraba en su parroquia cada día daba algo a Fernandito. Incluso fue a pedir al colmado de Eladio: unos garbanzos, unas alubias, arroz… lo que fuera. A regañadientes se lo dio, claro, a cambio de un par de velas por su alma ya que Eladio era temeroso de Dios aunque no pisara la iglesia.
Escribió al arzobispado para contar su situación desesperada, pero le contestaron que “ajo y agua” y don Servando cayó y empezó a peregrinar por las casas de los pudientes del pueblo que cada vez eran menos. Cuando esta salida se acabó, comenzó a tirar de sus precarios ingresos hasta quedarse sin velas en la parroquia, Dios se iluminaría solo, pensaba el pobre cura.
Una noche tuvo un sueño que, además de discutir con su Señor por permitir tanta hambre, soñó que guardaba bajo siete llaves tesoros parroquiales que sólo sacaba una vez al año en las fiestas de la Purísima, lo cual era verdad, pero vio en su sueño que iba al Monte de Piedad de la capital a empeñar las joyas para poder seguir ayudando a los más desfavorecidos… Se despertó sobresaltado, sudoroso tratando de recordar toda aquella pesadilla. Cuando lo hizo sonrió: Dios, su Señor, no le había abandonado, pensó el muy ingenuo. Se levantó y, cogiendo las llaves del armario en el que guardaba los tesoros fue a contabilizar lo que le podrían dar en la casa de empeño, pero el sueño no le había desenmascarado su pesadilla real: al llegar al armario descubrió con gran zozobra que tales tesoros había desaparecido, ¿cuándo? Y quién lo sabe… Volvió a su lecho a calentarse los huesos y la pena.
Y, así, comenzó su calvario particular. Poco a poco, este cura hecho a la antigua usanza agotó sus posibilidades de supervivencia en favor de su rebaño hasta que un buen día sus dos feligresas más piadosas en incondicionales se sobresaltaron al ver que don Servando no había abierto las puertas para misa de ocho. Esperaron y esperaron inútilmente y, cuando se cansaron de esperar fueron al cuartel de la benemérita a dar razón de lo acontecido.
Al forzar la puerta de la casa parroquial, encontraron el cuerpo sin vida de don Servando, de rodillas, en sus manos un rosario, en sus hombros una manta roída y, su cabeza, postrada en el reclinatorio; el medico del pueblo certificó su muerte por inanición y frío.
Sus feligreses, los descreídos, los devotos y demás comparsa no daban crédito a lo acontecido “Si se pasaba el día pidiendo, comentaba don Edmundo, el farmacéutico. Don Constancio, el único ricachón del pueblo que quedaba, iba más allá, echando las culpas al obispado por dejar en la penuria a uno de sus siervos.
A su entierro fue todo el mundo: los de aquí, los de allá y entre comidillas y asombros, todos descubrieron que don Servando había renunciado a su vida en pos de las demás; un claro ejemplo para todos sus feligreses y los de kilómetros a la redonda.
Desde aquel día cenizo y lluvioso en el que enterraron a este hombre, no faltan flores en su tumba, nadie sabe quién se las pone, la mayoría dicen que salen por generación espontánea por lo que aquello consideran que es un milagro. El segundo, apuestan que a los más necesitados no les ha vuelto a faltar de nada, al menos las necesidades más básicas de cualquier ser humano están cubiertas por una mano benefactora que susurran que es la de Dios.
Ante estos hechos acaecidos el obispado para añadirse una medalla más ha solicitado a la curia romana una investigación profunda y en caso de hallar pruebas contundentes, comenzar con el proceso de canonización.
¡Pobres diablos! No saben discernir entre realidad, superstición, miedo y demás gabelas mundanas, es la mano oscura de don Constancio, el ricachón del pueblo, el que mueve los supuestos milagros. Demasiado miedo en su cuerpo, quintales de superchería en su cabeza: ha de aplacar como sea esa ansiedad que le carcome, habiendo prometido al Altísimo, aunque no crea en Él pero por si las mosca fueran a ser que sí existe, voto de silencio, nadie sabrá jamás de sus ayudas a los otros.
Y, así, se acaba la historia, amigos míos, de este hombre que en poco le veremos en los altares. Yo, personalmente, qué quieren que les diga, simplemente me remito a un refrán castellano “Llámame perro, pero dame de comer”

jueves, 24 de enero de 2013

LISBOA


Estaba pensándote en el recuerdo que me traje de ti, esa tristeza calada en tus ojos ahumados, ese rictus encubierto de desengaño, ese andar tuyo alocado hacia delante para olvidar que una vez fuiste mujer de un solo hombre y, que una vez más,  se escapaba de ti la buena estrella y volvías a ser la de siempre: la gran perdedora o, al menos, es lo que piensas de tu vida, sin darte cuenta la gran persona que eres a pesar de tus taras, ¿quién no las tiene mi querida Flor de otoño?... Las joyas que llevas detrás de tus solapas, pero no las ves, tan convencida estás que lo tuyo no es suerte sino despojos que encuentras perdidos por otros al pasar por tu lado que, cuando yo no espero nada de mi escritura, apareces tú para que yo pueda disfrutar de las palabras que siempre me inspiras, las más sentidas, dejándome volar por la imaginación y descubriendo tus penas, sentimientos guardados a cal y canto, los pasadizos más insospechables de tu persona. Y así es cuando surge, pues, el personaje inédito que tú me inspiras, y que yo vivo mientras tecleo los abismos de tu propia verdad que una vez olvidaste, y que tú siempre me permites entrar en ella, una intromisión en lo más íntimo y personal de tu esencia y, de esta manera, volar juntas de nuevo como si nada ni nadie nos pudiera separar, como si esa sensación tuya de que mi vuelo se aleja de ti, cuando no es verdad( sigo volando a tu lado) aunque a veces me transforme en gaviota díscola yéndome a otros océanos donde crees que no estás… Y, entre mis suertes, es que todo lo anoto y, hoy, cuando la lluvia se hacina en mis espejos, y la aurora amanece cobriza, ha aparecido Lisboa, escrita, una vez más, inspirada por ti, en aquellos días en que te convertiste en nube glaseada de llanto, sin embargo ahora, cuando se acerca el trémulo aniversario de la partida de tu gran amor, parece que él quisiera dictarme estas palabras para ti y es que, aunque tú no creas en estas cosas, yo pienso que el más allá me habla…
El día anterior había llovido, como si el cielo y el viento se hubieran inspirado en el fin de un amor rotundo, atronador, tajante.
La lluvia hacía más intenso el verde de la tierra, y sobre las piedras crecía el musgo. Los edificios, perdidos en un tiempo que fue, se sostenían entre tanta lágrima derramada. El empedrado de las calles se convertían en espejos de agua acariciando tus pies.
El tranvía subía melodioso la colina con el tran tran  de no esperar un reloj, como si hiera mucho tiempo que las manecillas no tocaban ninguna hora.
Sentí, entonces, que Lisboa me recibía pensando en ella, la mujer que había perdido la luz en su vida pero que, aún sin luz, pensé que también la belleza brillaba aunque fuera en su decadencia, porque esta ciudad es tan nostálgica que la tristeza anida en cada doblez, y no para de divulgar las penas si no es para sumergirte en lo más íntimo de la hermosura. De esta manera me traduje en tu pena, y con ella ascendí a lo más alto de Lisboa hasta ver los tejados desconchados de tu ser por tan enorme pérdida.
Pero, al día siguiente, Lisboa amaneció con el cielo limpio de sospechas. El aire era frío, recordemos que era febrero, pero el sol acariciaba cualquier perspectiva.
La playa estaba vacía y el océano, ese magno Atlántico, reposaba en su música ayudándote a penetrar en el silencio de la soledad, la tuya…
Al rato de estar embrujada en el vaivén del agua, llegó ella, la gaviota; no sé por dónde llegó, pero se aposentó en la arena, sencilla, majestuosa, para mirarme inquisitivamente y dictarme estas palabras para ti, para que supieras que está aquí contigo a pesar de la lejanía del más allá y la vida, tu vida… Primero se acercó como queriéndome susurrar los aires que la maldijeron con aquel infarto fulminante pero, al poco, retrocedía en sus pasos buscando comida para tu alma. Me desconcertaba su calma y a la vez su canto al cielo para que tú la escucharas; después, desapareció volando tímida, pero volando al fin y al cabo, y eso me animó al dirigirme, por último, una sonrisa para ti, y diciéndome que la umbría no dura para siempre, que llega un momento en que la luz vuelve a desplegar tus alas recortadas de mujer triste y desolada, lanzándote a ese aire que, aunque gélido, está lleno de vida. Y antes de desaparecer de mi vista, me dijo que comprendía que ni a cucharadas del dulce más dulce se tragan los momentos más amargos porque son así: totales y excluyentes de dulzura; los tragos amargos son eso, secos como la ginebra, y aún con eso, la gaviota, tu gaviota, mi querida Flor de otoño, Pilar de mis pensamientos, me dijo que te dijera que fueras feliz y, por eso mismo, que vivieras por los dos.
…El suelo de Lisboa parecen miles de tostadas a mis pies, tostadas desiguales y diminutas, untadas de mantequilla. Según las pisas, notas en tus plantas el chasquido de sus desajustes y, cuando llueve, son mínimos espejos reflejando la luz de la vida correr.
Se me cuelgan de la boca estas últimas palabras para ti: Yo también te quiero, Lisboa…

jueves, 10 de enero de 2013

EL LLANTO DE UN NIÑO


Hay difíciles de digerir y la imaginación de un escritor queda menguada cuando se topa con ciertas realidades…
La lluvia se precipitaba sobre el asfalto de tal manera que rebotaba hacia la nube como deseando volver a sus orígenes. Observaba la escena con parsimonia mientras esperaba noticias del médico; sólo el murmullo de las máquinas alteraba el silencio. “Mi tiempo plano” me dio por pensar “Un tiempo  suspendido en espera de algo”… Pero ese silencio que me hacia revolotear entre la estampa de la lluvia y los pensamientos absurdos, se vio rasgado; el llanto de un niño era un trueno que dejó mudos al rumor de las máquinas. No era un llanto sino, más bien, el bramido de un dolor sin respuesta. Callaba para luego erguirse con más fuerza si cabe. No me atrevía ni a respirar para no perder el control del sonido del dolor. Unas voces dulces, entrecortadas por su propia tristeza, trataban a duras penas cantar una nana Duérmete niño de cuna/duérmete, niño de amor, /que a los pies tienes la Luna /y a la cabecera, el SolDos voces, una de mujer y la otra de hombre seguían sin cesar hasta que lograron aplacar aquel llanto desgarrador.
Salí a fumar un cigarrillo y en la puerta me topé con un joven que fumaba mientras lloraba, Era bien parecido, su flequillo caía enmarañado por la frente mientras sus lágrimas se confundían con la lluvia. Me daba tanta pena aquel joven que me acerqué a él sin saber ni qué decir.
-Hola…
-Hola-se secó las lágrimas con las mangas del jersey-… Disculpa, no puedo contenerme.
-Tranquilo, seguro que te viene bien llorar-paré un momento mi voz como buscando palabras para poder continuar-… ¿Tienes a alguien en el hospital?
-Sí, a mi hijo de tres meses-volvieron las lágrimas con ímpetu a sus ojos.
-Pobre… ¿Es el bebé que llora tanto?
-Sí… No sabemos qué tiene… Le están haciendo pruebas.
-La nana que le habéis cantado tu mujer y tú ha dado resultados.
-No tengo mujer, soy viudo, ella se murió en el parto. Es mi madre la que canta conmigo- tragué saliva ¿Qué podía decir a ese hombre? No hay palabras de consuelo posibles… Le tendí un cigarrillo que aceptó sin pensárselo dos veces.
-El niño nació prematuro por los dos ataques de eclampsia de mi mujer y aunque ha estado en la incubadora desde que le llevamos a casa hace un mes  la pobre criatura no ha levantado cabeza, cada vez le sale algo distinto… ¿Tú crees en Dios?- la pregunta hecha a bocajarro me dejó atónita ¿qué responderle?
-A veces sí, otras no… No sé, mi fe es bastante endeble.
-Pues yo creía y mucho. He sido buen cristiano pero cuando murió Natalia fue como si mis sentimientos hacia Dios se hubieran ido con ella… Y ahora, con mi niño, le maldigo. Si le pudiera esculpir, te aseguro que lo haría-hizo una pausa y siguió- Y tú, ¿qué haces aquí?
-Mi madre, muy mayor, se la acaba su tiempo…
-Me voy adentro… Gracias por tu compañía.
-No hay de qué… Estoy cerca, así que si sales, dame un toque, y nos fumamos un cigarrillo juntos.

No hubo tiempo; el llanto de aquella criatura siguió mientras se sucedían nanasA la nanita nana/Duerme mi niño; /Va entornando los ojos, /Tiene sueñito” El sonido de la campana en un convento cercano dando la una de la madrugada de aquel mismo día fue seguido
De un bramido desgarrado maldiciendo a Dios…Después el silencio mientras yo me preguntaba dónde estaba El Altísimo mientras la nada se llevaba a aquella criatura dejando a una anciana vagando por un mundo que no la necesitaba.
El hospital siguió su curso mientras el tiempo se suspendía en una nada esperando algo.

jueves, 31 de mayo de 2012

LA PEQUEÑA LIBRERÍA DE LA ESQUINA


HOY…
- Don Eusebio… Me gustan las adivinanzas, los misterios… De sobra sé que tengo una imaginación calenturienta, pero es que el tema que he encontrado en la hemeroteca sobre aquel accidente en mil novecientos cincuenta y ocho, en las minas de San Siriato, me parece fascinante… ¿Me podría valer como tesina?… 
-Inténtelo, Aurora, ya veremos si vale o no. Usted es demasiado cabezota, de nada servirá que le diga que no.
-Gracias, Don Severiano, no le defraudaré.
AYER…
-Buenas tardes Srta. Martínez… Cuéntenos, por favor, lo sucedido. La escuchamos.
-¿Seguro que me quieren escuchar? Sé de fuentes solventes y para nada cotillas que no es la primera vez que vienen a narrarles algo parecido y, una vez contado, no sólo se conformaron con echar de aquí a esa buena gente sino que, además, les trataron de tarados.
-Bien sabe Srta. Martínez que en estas tierras abundan las personas incultas y timoratas. En cambio usted…
-Yo soy igual que ellas. Esa gente merece un respeto. Son seres humanos que, por la actitud de ustedes, ahora están más asustados y piensan que, justamente ustedes, el cuerpo de policía quieren acallar unos rumores, tal vez por intereses, ¿no cree usted?
-Srta. Martínez bien sabe que jamás hemos fallado a su familia. Tenemos en gran consideración a su difunto padre que, en la gloria esté.
-Mi padre era un ser pendenciero con mínimos principios. Buen padre y esposo, eso sí, pero el resto del mundo lo utilizaba vilmente y cuando nada podía aprovechar, simplemente los tiraba  al cubo de basura.
-Cómo puede ofender de esta manera la memoria de su padre…
-No digo nada nuevo bajo el sol, capitán Campos. Sí, tal vez haya omitido deliberadamente su honda relación con mi padre. Los enormes favores que se hicieron ambos. Lo recuerda, ¿verdad?
-Éramos muy amigos, sí, casi como hermanos, por eso me duele tanto sus palabras,  Srta. Martínez, creo que no sabe muchas cosas de su padre.
-¿Sí? , ¿Usted cree que aún no sé cosas de mi padre? Tal vez entonces es el momento de que me las cuente…
-Póngase cómoda, por favor… Han pasado muchos años… Conocí a su padre cuando faltaban unos pocos meses para terminar la guerra. Recuerdo que estaba obsesionado por salvar a los insalvables, por eso nos hicimos tan amigos. Los dos creíamos en la justicia, daba igual el bando en que nos había tocado vivir aquellos años. Llegué al pueblo con las fuerzas nacionales. Su padre, era un ciudadano respetable con las apariencias de estar en el bando que ganaría meses después. Rico hacendado, teniente alcalde, toda la gente del pueblo hablaba maravillas de él, créalo por seguro, Srta. Martínez… No sé por qué no me chocó aquella respuesta ciudadana ya que a los que fuimos apresando del bando republicano también hablaban bien de él.
Una noche en la que me quedé de guardia, al estar el pueblo tan tranquilo, decidí dar un paseo por los campos adyacentes cuando, de pronto, vi unas sombras que se movían con sigilo. Me agazapé para poder observar aunque no distinguía quienes podían ser. En total eran tres sombras…, y me dispuse a seguirlas. Cuando llegaron al pueblo se encaminaron hacia la plaza y, una vez allí, se dirigieron a la librería. Uno de ellos sacó las llaves y entraron los tres. Entonces me pregunté, ¿en qué lío anda metido el librero? Esperé y esperé y, a eso de la una de la madrugada, la puerta de la librería se abrió. Solo salió una persona y no era precisamente el dueño… ¿Sabe quién era, Srta. Martínez? Nada menos que su padre. No le detuve sino que esperé al día siguiente y, cuando estaba tomando un café plácidamente en el casino, me acerqué a él como el que no quiere la cosa.
-Buenos días don Raimundo, ¿puedo compartir con usted el café?
-Por supuesto capitán Campos, siéntese… ¿Cómo van las cosas por el cuartel? ¿Han apresado a algún maqui más?
-No, Don Raimundo, aún no, pero estamos cerca, no crea.
-Cuénteme, cuénteme… Bueno, disculpe mi osadía, si es que lo puede contar…
-Sólo retazos… ¿Usted conoce bien a don Gervasio?
-¿Don Gervasio, el librero?
-Sí.
-Magnífica persona, se lo aseguro, no hay dobleces en él… No me vendrá ahora, capitán Campos, que don Gervasio es un sospechoso…
-No, no, tranquilo, pero me ronda en la cabeza que puedan estar utilizando a su persona.
-¿Qué me dice?
-Usted no habrá visto u oído algo…
-¿Yo? No, en absoluto…
Entonces, Srta. Martínez, él, su padre, se dio cuenta que yo sabía algo, se vio acorralado y acercándose hacia mí, habló en voz baja y me dijo:
-Capitán Campos, he notado en usted buen juicio ¿Usted cree de verdad en esta barbarie de guerra? Creo que usted piensa parecido a mí… Su padre me miró de una forma que comprendí al instante que, no solo confiaba en mi discreción, sino además, deseaba hacerme su cómplice… Y lo logró, Srta. Martínez. A partir de aquel día nos unió la justicia tan como la entendíamos ambos.
… La librería poseía un pasadizo por el cual cada noche íbamos liberando a gente para que huyera… Hasta que sucedió la desgracia.
-¿De qué desgracia me habla?
-Ya sabe cómo son en los pueblos, más, en aquel entonces. El miedo atenazaba a todos, y todos sospechaban de todos, los chivatazos eran constantes, daba igual que fuera verdad o mentira y, en uno de esos chivatazos se descubrió el pasadizo. Ese día su padre y yo, sorprendentemente, estábamos a esa hora en el casino y, mientras disimulábamos tomando un café, estábamos trazando las líneas a seguir para esa noche ya que nos traían un camión repleto de gente que huía.
Dos de mis soldados, aburridos por un chivato, al fin le hicieron caso y se acercaron a la librería, descubriendo el pastel. En el pasadizo en aquel momento habría una treintena de fugitivos esperando una orden.  Mis soldados sin encomendarse a nadie, decidieron destruir el pasadizo y con él a toda la gente que se encontraba escondida. Todo quedó anegado… Les tuve que condecorar al final de la guerra… Y eso es todo, Srta. Martínez…
-… Desconocía esa parte de la vida de mi padre… Gracias por narrármela… Sin embargo no me ha aclarado nada.
-Piense, piense, Srta. Martínez…
-Mejor, dígamelo usted… Desde hace años, muchos, corre una leyenda por el pueblo. Nunca la hice caso…, hasta que la he vivido en primera persona. Explíquemela, por favor…
-Si alguien estuviera escuchando esta conversación, nos encerrarían a los dos… La leyenda, Srta. Martínez es cierta, lo que ha vivido usted, también.
-Usted no sabe que me encerraron en la librería sin venir a cuento, que he pasado la noche encerrada allí. Sombras pululando a mi alrededor y diciéndome todas al unísono “Libertad” ¿Qué es eso capitán Campos?
-… Tal vez las ánimas atrapadas desde aquel fatídico día… También he sufrido yo eso mismo. La diferencia que a mí me vienen a buscar a mi casa, durante la noche. Hasta tal punto, que he tenido que mudarme de habitación para que mi esposa no se enterara…
-¿Qué vamos a hacer…?
-Liberarlas, Srta. Martínez, liberarlas.
-Sí pero, ¿cómo?
-Explosionando la entrada y luego enterrando sus restos cristianamente.
-Entonces… Todo el pueblo sabría que es cierta la leyenda y… saldría a relucir toda la verdad.
-¿Qué quiere? ¿Qué todo siga igual? ¿No es mejor hacer justicia de una vez? Su padre no está, pero las ánimas saben quién es usted y nos han venido a buscar a los dos.
-Bien, usted dirá…
-Mañana, a las doce treinta, que es la hora en la que sucedió la tragedia, la espero en el camino de la fuente… ¿Sabe qué camino la digo?
-Cómo no saberlo si mi padre estaba obsesionado con aquel lugar…
-Era la salida del pasadizo… Hasta mañana, entonces, Srta. Martínez

HOY…
-¿Qué haces, Aurora?
-Leyendo una noticia de  mil novecientos cincuenta y ocho…
-¿Y qué dice para tenerte tan ensimismada?
-Te leo:
“Ayer dos de junio de mil novecientos cincuenta y ocho, sucedió una tragedia de enorme calado en la comarca por haber fallecido dos insignes vecinos,  en uno de los pueblos de la sierra norte, en concreto en San Siriato. Estalló una de las minas que estaban en el camino de la fuente quedando atrapados el capitán Campos y la Srta. Cristina Martínez. Las causas se ignoran. Entre todos los escombros han sido hallados, además, restos humanos. Hoy recibirán cristiana sepultura.
Desde hace años en San Siriato corría una oscura leyenda de unas ánimas que pedían libertad. Los vecinos siempre estuvieron muy asustados aunque ninguno supo dar razón nunca de dónde provenía dicha leyenda”

lunes, 21 de mayo de 2012

TE QUIERO TANTO...


Ayer te amé sobre todas las cosas y tú no lo entendiste por lo que me vi obligado a enderezar tu amor por mí; te di dos tortas, fui demasiado blando.
Hoy al volver del trabajo, me has puesto la comida distraída, absorta en tus propios pensamientos. Es más, no me has mirado a los ojos con lo que me gusta que te hundas en los míos. Te he preguntado qué te pasaba y me has contestado un nada anodino disfrazado de indiferencia; bien sabes que me molesta que me mientas; no me ha quedado otro remedio que darte otras dos bofetadas… Eres insensible a mi amor por ti, ni has reaccionado, sabes que esa indiferencia me pone furioso; no me ha quedado otro remedio que darte un golpecito. No ha sido fuerte, no te quejes, un hilillo menudo de sangre sin fuerza se ha escapado de tu nariz.
Pero lo que ya me ha irritado, sacado de mis casillas es que cuando he vuelto por la noche, cansado, sudoroso pero con unas ganas tremendas de verte, de rozar tu cuerpo, no me has hecho caso. Has seguido bañando a las niñas como si yo no existiera… ¿Te das cuenta que las quieres más que a mí? Yo cada día te quiero más y más y tú, cada vez menos.
Después de cenar, he ido en tu busca. Estabas fregando los cacharros. Te he besado en el cuello, he recorrido con mis manos sedientas tu perfil y tú, no has hecho nada por devolverme una pizca de tu amor. Has sobrepasado los límites. Me he dado la vuelta y me ido al cajón de la mesa de la cocina, no me temblaban las manos y mi ánimo era determinante: yo no puedo vivir sin ti y tú sí…
Tú seguías ensimismadas con tus platos y cacerolas, jugando con las pompas de jabón. Me he acercado a ti tan amoroso como siempre. Te he vuelto a besar en el cuello. Después te he clavado el cuchillo jamonero en tu costado izquierdo; no te has movido ¡Buena chica, así me gusta!
He apagado las luces de la cocina y me he ido a dormir; hoy estoy más cansado que de costumbre. He olido tu perfume en la almohada; me ha excitado y me ha hecho muy feliz. Nunca te volverás a separar de mí… Te quiero tanto.

miércoles, 2 de mayo de 2012

UN PERRO EN EL ARCO IRIS


Amaneció lloviendo, como si el cielo quisiera acompañarme en la  tristeza. Los paraguas hacinados unos contra otros daban el toque fúnebre al día sin dejar paso ni al agua ni al cielo encapotado; me estaba ahogando por la falta de espacio. Miré de reojo a Rosa, la pobre no tenía consuelo. Notó que la observaba y apretó con más fuerza su mano a la mía. Una voz me sacó del ensimismamiento que estaba con la mirada pegada al yeso de la sepultura.
-Angelines, ¿quieres leer el poema de despedida?- a duras penas pude mover una de mis manos buscando en el bolso el libro. Me hicieron paso  hasta dejarme un hueco lo suficientemente amplio para que pudiera sujetar el libro con las dos manos; busqué la señalización y leí:
 El campanario de la iglesia/es un escamoteo de prestidigitación/saca de su campana una bandada  de palomas/Mientras las viejecitas/con sus gorritos de dormir/entran en la nave/para emborracharse de oraciones/y para que el silencio/deje de roer por un instante las narices de piedra de los santos… Y enmudecí perdida en los versos de Girondo, el poeta preferido de Luis, aunque una leve sonrisa afloró en mis labios. Recordaba un día que había quedado con Luis en la cuesta Moyano, no le vi llegar y me sorprendió con su voz pegada a mi nuca” ¿Has visto a Dios?”  Me lo soltó a bocajarro. Me volví risueña y le contesté “Está contigo, acaso no lo ves, cegato” Descreído del mundo, de Dios y todos los santos, su fina ironía era el sello existencial de Luis.
Pensando en él, no me di cuenta que había desaparecido prácticamente todo el mundo, sólo quedábamos sus hijos, Socorro, Rosa y yo .Paseábamos nuestras miradas bajo el silencio lluvioso y nuestra pena como bandera; eso sí, la bandera era del Real Madrid hondeando entre una de las coronas que había llegado del club con la firma de Florentino Pérez. Rosa adivinando lo que estaba pensando me susurró.
-Angelines, doy fe que se le ha enterrado como él quería. Llevaba puesta la camiseta del Madrid y en los pantalones le han metido bolígrafo, una libreta, tabaco y el encendedor-… Ciertas eran las palabras de Rosa. Cuántas veces nos había dicho que cuando se muriera quería que se le enterrara de esa guisa, así tendría las cosas que más le gustaron en esta vida: escribir, el Real Madrid y el tabaco… Aunque había otra con la cual perdía la cabeza y, de hecho, había sido uno de los mayores quebraderos en su vida: las mujeres ¡Bendito, Luis! No había conocido un hombre igual, tan culto, de ademanes exquisitos y galantes. Voz aterciopelada, inteligencia sagaz, unos ojos que más que ojos eran dos mares dulces y profundos… Tan culto y ameno que a su lado perdía la noción del tiempo. Ese tiempo que tanto aborrecía Luis. Y cuántas veces le dije entre bromas y risas que el tiempo nos había pasado una mala jugada. O Luis nació demasiado temprano, o yo demasiado tarde. Porque si ambos hubiéramos sido jóvenes en una misma época de nuestras vidas, nuestros caminos se habrían fundido; estoy segura.
En la puerta del cementerio nos despedimos todos  dándonos hondos abrazos y palabras huecas. Decliné la oferta de Socorro de acercarme en su coche hasta mi casa porque prefería volver andando, rumiando mis sentimientos mientras la lluvia se pegaba a mi cuerpo. El camino era hermoso, cuesta abajo y al fondo la silueta de Madrid envuelta en  niebla y agua, aunque tenía pinta de ir aclarando el día porque, al pararme en un semáforo, levanté la cabeza y vi el arco iris. Tan bonito me pareció que quise acercarme a él; más, cuando, de repente, entre el verde y el lila apareció un perro canela. No oí el sonido del claxon…
-Doctor, doctor, venga rápido. Está abriendo los ojos.
-¿Qué me ha pasado? ¿Quién es usted, dónde estoy? ¿Y mi marido? ¿Mis hijos?
-Calme, señorita. Estese tranquila.
-Me duele mucho la cabeza ¿Por qué tengo enyesado el brazo?
-Yo se lo cuento, tranquila. Yo me llamo Manuel. Soy el médico del hospital. Tuvo usted un accidente. No vio un coche al cruzar y éste la atropelló. El brazo lo tiene roto, pero el mayor impacto lo sufrió en la cabeza. Ha estado veinte días en coma. Creíamos que no salía usted de ésta. Ha tenido que ver usted a Dios y éste la ha ayudado a regresar- terminó la frase con una enorme sonrisa que me tranquilizó.
-Tengo mucha sed…  Dónde está mi marido…
-Poco a poco… Piense que el golpe en su cabeza ha sido tremendo y no coordina bien.
-Insisto, ¿dónde está mi marido?- Mi voz ya tenía el toque de la desesperación. Lo último que vi fue acercarse una enfermera y clavarme una jeringuilla en el brazo…
Cuando abrí los ojos, la luz me cegaba y los volví a entornar hasta que escuché una voz muy dulce que me decía:
-Ahora, ¿se encuentra mejor?- no contesté y la voz me siguió hablando- hemos mirado en su bolso y sólo llevaba su DNI, unas llaves y una cajetilla de tabaco. Hemos buscado en el listín de teléfonos y usted no existe… Recuerda quién es usted…
-Mª Ángeles  García y vivo en Maestro Pérez  22. Estoy casada y tengo dos hijos. Trabajo en el banco Sabadell desde hace ocho años. Nací el veintisiete de septiembre de mil novecientos sesenta.
-¿Está usted segura?
-Pues claro que estoy segura-mi voz volvía a ser desesperada pero me di cuenta que como siguiera por ese camino me volverían a inyectar un sedante, con lo cual hice una pregunta con bastante sentido- Disculpe mi obstinación, ¿es que acaso no coincide lo que yo la digo con mi DNI?
-Así es, Mª Ángeles. Su nombre y apellido coinciden, pero nada más. En la dirección que nos indica, hay una cárcel de mujeres. Así, que vamos a llamar a la policía para que se acerque al domicilio que figura en su DNI.
-¿Cuántos días llevo aquí?
-Un mes y nadie ha puesto una denuncia de su desaparición, pero tranquila, todo se solucionará. El golpe fue muy fuerte y es muy probable que aún esté confusa.
-¿Qué día es hoy?
-Veintiocho de agosto.
-… El cumpleaños de Luis… pero eso es imposible-callé por un instante haciendo mis cálculos. Si Luis había muerto un veinte de febrero, y teniendo en cuenta que llevaba en el hospital un mes, como mucho sería finales de marzo-… ¿En qué año estamos?-no sé por qué hice esa pregunta tan absurda ya que de sobra sabía que era dos mil doce.
-Mil novecientos cincuenta, Mª Ángeles.
-¿Cómo? Pero, ¿qué dice usted, doctora? Eso es imposible- mi voz volvía a ser histérica… No sentí más pues mis párpados se plegaron.
Pasaron muchos días y yo no volví a pronunciar palabra ni siquiera a los doctores que me atendían. Me hicieron innumerables pruebas, yo me dejaba hacer de todo, estaba en sus manos y nada de lo que me decían lo entendía. Sólo me entretenía mirando a un árbol muy frondoso que se colaba por la ventana. Del verde de sus ojos, éstas pasaron a un color rojizo y de ahí, a un dorado. El tiempo corría y Jesús, mi marido, no había aparecido. Empecé a pensar que me estaba volviendo loca.
Una mañana, entró una de las enfermeras asiduas. Era muy amable y siempre en su rostro llevaba prendida una sonrisa amplia acompañada de una voz dinámica y cargada de energía.
-Buenos días, Ángeles, ¿has visto que mañana ha amanecido más romántica? Comienza a llover. Te voy a levantar y vas a desayunar junto a la ventana. Verás más de cerca tu árbol y si tienes suerte cuando escampe tal vez puedas ver el arco iris- fue oír la palabra arco iris y me levanté de un salto. Mercedes, la enfermera me miró feliz.
-¡Caray, así me gusta! Sin ayuda y con ganas… ¿Te apetece un café o Cacao, Ángeles?
-Café, por favor…-se me hacía extraño escuchar mi voz, pero ahí estaba.
-Y hablas… Bueno, bueno, si me permites voy a llamar al doctor Alcocer ahora mismo- Escuchar el apellido Alcocer me estremeció. Era el apellido de Luis.
No tardó en aparecer  con el médico; estaba abstraída mirando la lluvia y no les sentí entrar, pero cuando la voz masculina comenzó a hablar no necesité volver la cabeza. La voz era la de Luis y de nada me servía romperme la cabeza pensando en lo absurdo de la situación. ¡Cuántas ves había hablado con él sobre la máquina del tiempo! Sobre todo desde que leí en mi juventud “El caballo de Troya” y ahora, yo misma estaba metida en el túnel del tiempo o, ¿ya estaba loca del todo?
Me volví despacio, saboreando el momento de ver cómo era Luis de joven y no me decepcionó; era tal como me lo imaginé siempre. Su sonrisa cínica planeaba a sus anchas  por la cara y los ojos de un mar en calma estaban allí mirándome como si fuera la primera vez que me miraban.
-¡Hola, Luis!...  Dime quién soy, por favor te lo ruego…
-Vamos por partes. Yo soy Luis Alcocer, psiquiatra desde hace cinco años. Ella es Mercedes mi fiel escudero, además de esposa desde hace tres meses. Y por último me preguntas quién eres… Por qué no me lo dices tú, Ángeles, ¿quién eres?
-No lo sé…, de verdad que no lo sé- enmudecí un momento para reordenar mis sensaciones, y poco después, mirándole fijamente le pregunté: ¿has comenzado ya a escribir?
-… Además de dama misteriosa, nuestra  Ángeles es adivina… Mercedes, querida, hablas demasiado a los pacientes de mí.
-Mercedes no me lo ha contado, simplemente lo sé- callé deliberadamente unos instantes y, a continuación me puse a recitar: El Universo entero la Tierra azul y tú semidesnuda;
mientras esperas, el mar cree acariciarte los pies. /El campo refleja extraños sarmientos índigos. /La montaña nevada contrasta con el Sol, se hace mujer. /Una niña virgen, tan blanca como un sueño, sentada en el suelo, /apoya la cabeza en sus rodillas. Descansa o duerme. /Una madre da el pecho y sus ojos sonríen, /luego, al cambiar los pañales, se llena de recuerdos. /El arco iris sobre el campo y cuatro gaviotas ciegas…
-…Para, por favor, Mª Ángeles… ¿Me puedes decir de dónde has sacado esos versos?
-Eso es lo de menos, Luis…  ¿Ya los has puesto título?
-No.
-Llámalos “Imágenes”
-De acuerdo, así sea-no le dejaba de mirar. Tanto su rostro como el de Mercedes estaban demudados. Y eso me reconfortó pues en muchos meses era la primera certeza que tenía de mi misma: en algún momento yo había existido, no era fruto de mi imaginación lo que contaba o sentía; había una realidad en todo aquello.
-Hazme un favor, Mercedes,  recoge todas las llamadas, estaré aquí toda la mañana con Ángeles, ¿de acuerdo? Ahora, déjanos- Mercedes obediente y silenciosa desapareció cerrando la puerta sin hacer ruido. Luis cogió una silla y la aproximo a la mía, junto a la ventana.
-Soy psiquiatra que no, adivino, y en este momento estoy desconcertado. Dime de dónde has salido…- Le narré todo lo que recordaba hasta el momento del accidente. Luis me escuchaba con suma atención. De vez en cuando, me hacía alguna pregunta con la timidez y la discreción que su carácter siempre había hecho gala. En el fondo, había momentos que me daba la risa, pues del absurdo, ese humor negro que tiene la vida y que tan bien describía Luis en sus relatos, lo estábamos viviendo en nuestras carnes…
-¿Y cuándo dices que me muero? ¡Ah! ¿Cuántas veces me caso y cuántos hijos tengo?- Ambos nos echamos a reír unos instantes para, luego, quedarnos callados. Un silencio sosegado, respetándonos uno al otro los pensamientos de cada uno. Al rato dejó de llover y entre las ramas del árbol apareció el arco iris.
-¡Mira!  Hay un perro en el arco iris-los dos mirábamos como niños a aquel milagro de la naturaleza. Entonces, en un momento dado, Luis cogió mi cara entre sus manos y me besó en la frente. Quise que aquel instante mágico durara toda la eternidad…

-Gordita, gordita, despierta. Son más de las siete y media. Vas a llegar tarde a trabajar.
Me desperté sobresaltada, apenas podía abrir los ojos. La luz que se colaba por la ventana era un haz de luz tímido, melancólico…
-Levántate o no llegarás. Está lloviendo y Madrid está atascado en días así.
-Tú, ¿quién eres?
-¿Yo? El coco, no te fastidia.
Me levanté sin saber muy bien por dónde me andaba. Me puse la bata y me acerqué a  subir la persiana. Llovía, llovía a cántaros pero a los lejos vi un arco iris y sonreí…