domingo, 19 de febrero de 2017

DE SEVILLA AL BRONX

Camino de Cádiz, perdido entre la belleza andaluza de costa, olivar y arte, encuentro una nota disonante, solapada y escondida, llena de vida y bajeza, palpitante su grito de justicia y ayuda para no morir en la más mísera pobreza humana y espiritual.
Línea fronteriza que no existe como tal y que, sin embargo, separa dos mundos contrapuestos: el avance y la marginación.
El Taxista se niega a continuar y, después de pagar, me deja tirado en el asfalto. Pongo mi mano a modo de visera pues el sol me ciega y no veo el vasto territorio que se expande ante mí. Un paisaje desolador en el que no existe sombra alguna y, por el desierto de arena, polvo, ratas y jeringuillas, me encamino a mi destino.

Después de andar cerca de media hora y no encontrar un alma por la calle, avisto una tienda de ultramarinos que parece estar abierta. Nada más entrar, lo primero que se ve es un enorme cartel que advierte "No se fía". El tendero, un tipo musculoso, con delantal a la cintura y camisa desabrochada por la cual se deja entrever un tatuaje justo en el centro del pecho. El escudo del Betis reluce en el torso velludo. Sin mirarme, pero apreciando mí presencia me pregunta, mientras sigue cortando rebanadas de salchichón para una mujer desdentada y casi calva:
-¿Qué busca por estas tierras, amigo?- su voz no puede ser más desafiante.
-Busco la casa de Esperanza Jiménez, la mujer del "Trole".
-Bajando esta calle, el segundo portal a la izquierda, pero a esta hora no hay nadie.
-Gracias, esperaré. ¿Me puede indicar un bar?
-Detrás de esta tienda, encontrarás uno… Chico, ¿sabes dónde estás?- su cara denota preocupación por mí, lo cual agradezco.
-En el Bronx andaluz.-El tendero suelta una carcajada que asusta a la vieja compradora de salchichón que con voz muy tenue pregunta:
-¿Eres Pascual, el amigo del Trole que conoció en prisión?- esa pregunta me pilla desprevenido y, más, procediendo de aquella mujer que, de pronto, no me parece ni vieja, ni calva sino un ser humano.
-Sí, señora, el mismo. Él me ofreció techo para cuando saliera y aquí estoy. Es hombre de promesa fiable, su palabra es ley y como un padre se comportó.- la miro tan fijamente, que ella esconde sus ojos en el suelo.
-Es mi hijo.

De su boca desdentada no salen más palabras, pero mi memoria recuerda como una noche el Trole me contó como de un puñetazo dejó a su madre sin dientes porque se negaba a dar más dinero para una dosis. Después de aquello, con unas tenazas desinfectadas, sacó de su boca dos muelas de oro para que su hijo pudiera comprar heroína.

-Me alegro de conocerla, señora Tomasa, su hijo me habló mucho de usted. Sepa que, para él, su madre es el héroe silencioso del sol y la lluvia en su vida. De él, aguantó insultos y desprecios y aquí está usted para lo que sea necesario para el hijo mal pario como el Trole gusta decir.- en mis palabras iba todo el coraje y admiración que mi protector puso en la descripción.
-Cuando eché al mundo a este esperpento de hijo, los dolores del parto me anticiparon lo que sería mi vida. Anda, acompáñame, hoy hay pa comer cocido de acelgas, pobre pero caliente. Paco dame la cuenta y no cobres de más que te conozco.
-Tomasa morirás desconfiando, vieja zorra- contestó el tendero en un tono de confianza y cariño hacia la mujer. Salimos a la luz y, ya más relajado, pude observar según íbamos andando el panorama de bloques de hormigón, fachadas desconchadas y olvidadas por todos, tierra sin infraestructura, maleza que crece por doquier, que oculta escombros y suciedad. Cerca ya de la casa, nos encontramos un grupo, mezcla de payos y gitanos en amena charla y bebiendo cerveza.
-Señora Tomasa, pronto empiezan a beber.
-No tienen trabajo, ni lo buscan tampoco. Sus horas pasan así y, mientras sea hablando, no vamos mal, lo malo es que muchos caen en el pillaje.
-¿No limpian la basura?- las calles estaban decoradas por bolsas rotas, restos de comida, botellas vacías y, de ahí, las ratas que se pasean.
-La policía municipal no viene, los servicios de limpieza tampoco aparecen. Dios se olvidó de esta tierra y nosotros nada hacemos y, cuando alguien recala para ayudar, sale a pedradas… ¿Quién va a querer venir?

Enfilamos las escaleras, varios tramos aparecen con la barandilla arrancada por lo que hay que subir con cuidado si no quieres caer al sótano. Por una puerta sale una voz que canta algo con mucho sentimiento. La Tomasa, al pasar toca la puerta y rápidamente se abre.
-¡Tomasa!, pase. Mi hijo está ensayando la última canción que preparé para él. Ande, venga, no se haga la remolona y tome un chato con nosotros.- el hombre que invita es mayor, está en pijama y sin peinar, pero sus ademanes denotan sencillez y buena acogida.
-Vengo con un amigo de mi hijo. Pascual, pasemos, te presento a Gerardo, su hijo Antonio, el cantante, y su mujer Daniela. Son buena gente, de lo mejor-sonrío con timidez a sus palabras y asiento.
-Chico, así que eres amigo del Trole ¿Nuevo por aquí? No te asustes de lo que veas, aquí hay de tó, mucho malo, pero también gente humilde y honrá.
-Gerardo, estoy muy agradecido al Trole. No tengo donde caerme muerto. Los últimos cinco años he estado en la cárcel. Mi familia no quiere saber nada y les comprendo-Daniela escucha con avidez mis palabras que me salen a borbotones, como si estuvieran deseosas del roce con alguien.
-¿Qué hiciste?- pregunta Antonio, con la guitarra en la mano.
-De todo. Desde arruinar a mi gente, hasta casi matar a mi novia por no quererme dar una raya. Caí en la mierda, pero el Trole me levantó y me enseñó a no perder el coraje y la esperanza. Nuestra amistad desde el principio fue un intercambio, recorrimos un camino de aprendizaje mutuo- por el rostro de Tomasa caen lágrimas y su cara se ilumina.
-Cuando recibí la carta escrita por él y que el nieto me leyó, no podía creer que mi hijo fuera capaz de emborronar aquel papel.
- Lo tomó muy en serio, señora Tomasa.- contesto yo-, y no vea cómo sumaba y
dividía, más tarde, él enseñó a otros presos. Nos llamaban "los maestros"
- Tú, chico, no eres de nuestra ralea, ¿eh? Se nota en tus modales-comenta Gerardo.
- Ya no soy de nada, maté mi mundo y en la cárcel empecé a construir otro.
- Así se habla, chico, que no digan que no hay oportunidades. Pal que no las quiera, puede. Antonio toca y celebremos. Eres mejor que Vicente Amigo tocando la guitarra y tu voz no la ha oído José Mercé, pero... tiempo al tiempo- Antonio, satisfecho de los comentarios de su padre saca de sí mismo lo mejor que tiene para los presentes.

-El trole me contó que este barrio sevillano de” Las tres mil viviendas” era conocido, no sólo por su parte oscura de drogadicción, absentismo laboral y escolar, boca del infierno que inocula el virus de la violencia, sino también por ser cantera de artistas flamencos.
-Los mantiene vivos a muchos esa ilusión por el cante, y es raro no ver en cada familia, un artista en ciernes-dice Gerardo.
-Recuerdo que cada instante que allí viví en la cárcel, lo absorbí como si me fuera la vida en ello. Un día me hice el firme propósito de que mi vida no la volvería a tirar, que disponía de dos manos y una cabeza para salir adelante y ofrecer a otros mi experiencia. No desaprovecharía esta oportunidad y, aunque fuera entre miseria y estiércol, lucharía-añadí yo.
Se ha pasado la mañana entre bulerías y bailes del "Chepa", otro vecino, éste versado en el arte del baile, evasión para olvidar como el SIDA carcome minuto a minuto las escasas horas que le quedan. A las dos de la tarde, Tomasa ha levantado el campamento y la fiesta termina. Su preocupación es haber olvidado el cocido de acelgas para los suyos y dedicarse al disfrute humilde de la compañía sana y relajada de unas gentes que tienen mucho que decir. La ayudo con las bolsas y nos vamos dos tramos para arriba. Ambos subimos hechizados del rato que hemos pasado y con alegría la vieja desdentada se pone a cocinar.

La vivienda no puede ser más pobre, muebles destartalados, cada uno de un padre y una madre. Los únicos signos de ostentación son un televisor en blanco y negro, una radio y una foto enmarcada de La Macarena y, por supuesto, el olor a limpio que reina en los escasos metros, ¡es digno de alabanza! Se siente que la puerta de la calle se abre y como arrastran algo por el suelo. La Tomasa sale rápida al encuentro y yo tras ella. Acaba de llegar Esperanza, la mujer del Trole con todos los bártulos de su mercadillo ambulante. Yo, ya la conocía de sus visitas a la prisión, de sus ojos enamorados y sumisos a los requerimientos del Trole. Sin duda, es una belleza andaluza, de pelo negro, pulcro y ensortijado. Ausencia de carne en sus huesos debido a tanto trabajo y la pena que en un tiempo ocupó su ánimo, pero los dos arbustos que enfilan el torso femenino, siguen tiesos y firmes para que el Trole se pierda por ellos en las horas de pasión.
-¡Pascual, qué alegría! El Trole salió en tu busca a la carretera. Te has adelantado-mientras pronuncia estas palabras, se abalanza sobre mí para estrecharme entre sus brazos, lo cual me emociona en lo más profundo.
-¡Cuánto me alegro de verte, Esperanza! Cogí un taxi para llegar más rápido.
-¡Mira el niño rico! Tú gasta lo poco que tienes y verás. Mañana mismo tienes que acompañarme a por ropa. Me dejarán un coche, el Trole me dijo que sabes conducir. Al no encontrarte, se fue a recoger cartón, llegará tarde.
-Espero no tener el carné caducado y, si no, empujo el coche. Por una dama como tú, lo que haga falta.
-¡Uy! Me llamas dama.- suelta una risa que nos contagia a la Tomasa y a mí.
-He hablado con mi marido y está todo organizado. De momento, me ayudarás en el mercadillo, el resto, el Trole ya te contará. Dormirás en una colchoneta ahí, al lado de la mesa, es el único lugar libre de la casa, a no ser que el Trole te deje dormir conmigo- otra risotada en sus últimas palabras que hace que el ambiente, aún, sea más distendido.
-Mujer, si quieres que el Trole vuelva a la cárcel, hazlo y verás. De una cuchillada me manda al otro barrio- comento yo, en tono jocoso- él tiene cuatro cosas sagradas: su madre, sus dos hijos y la mujer que calienta su corazón y el cuerpo.

Entre bromas, nos sentamos a comer el agua deslavada con cuatro garbanzos y acelgas; me sabe a manjar de dioses y, sin querer, levanto los ojos al cielo y doy gracias a un Dios que olvidé entre rayas de coca.

A media tarde, llega el Trole lleno de mugre, pero con rostro satisfecho. Nos abrazamos en un intenso abrazo bajo las miradas de la familia. Lloramos ambos como niños y cuesta separar los cuerpos tanto tiempo sin tocarse. Nos contemplamos como dos desconocidos; un año da para mucho. El Trole está más gordo y los surcos oscuros que jalonaban los ojos han desaparecido. Lleva el pelo rizado, más largo y recogido en una coleta. Yo, me he dejado barbas y mi pelo está salpicado de canas a pesar de mis veintinueve años. De nuestros brazos no han desaparecido las huellas del pasado y, como cicatrices perennes, recuerdan a ambos por donde no debemos volver.
-¡Joder!, pareces un poeta.- se separa para contemplarme con sus ojos vivarachos. Yo le miro con mi luz apagada; necesito graduar las gafas, he perdido vista en los últimos meses.
-Macho, pues tú pareces un obispo. Las mujeres te han mimado, no pareces el mismo.
-Me lavo y salimos a dar una vuelta por el barrio y te pongo al día.

Esperanza corre a preparar la ropa limpia y la ducha para su esposo. No puedo evitar una chispa de envidia por mi amigo. Él tiene una familia y me pregunto, ¿seré capaz yo de tener algo así? Está anocheciendo cuando aparece el Trole inmaculado, oliendo a jabón. Tomasa y Esperanza le miran con tanto orgullo y amor, que a mí se me parte el alma. En ese instante, más que nunca, me siento un tipo con suerte.

Salimos a la calle, ahora sí que hay vida en ella. En los portales hay gente sentada tomando el fresco, corrillos de jóvenes cantado y dando palmadas, otros, se intuyen que lo suyo es la noche y denotan que algo están preparando… Presiento, que no es nada bueno. En un callejón vemos como un chavalín, con menos de quince años, ofrece a quien pasa unas papelinas.
-Esto, Pascual, es el pan nuestro de cada día. Veo a estos niños y tiemblo por mis hijos y quisiera salir de aquí, que no vean esta miseria, que no caigan como cayó su padre, pero no tengo salida amigo, estoy desesperado.
-Venga, no me seas pesimista o acaso, ¿olvidaste todo lo que hablamos en aquellas cuatro paredes? Vamos a luchar, nada ni nadie nos parará- él me escucha mientras bebe la cerveza y pierde la mirada en el vacío.
-A veces pienso que no puedo más. Cuando vuelvo a casa con las manos vacías y cuatro pares de ojos imploran comida y yo nada tengo que ofrecer, me dan ganas de salir huyendo y pincharme hasta morir tirado como una mierda que es al fin y al cabo lo que soy. Sé que volveré a caer Pascual y tengo mucho miedo. Robar no quiero y me salen trabajos, no creas, pero me aferro a los cartones como si ellos fueran mi salvación. Por las noches meto la cabeza entre las tetas de la Esperanza y pasó allí las horas como un maldito cobarde, esperando que pase la tempestad.
- Sé de que hablas. Yo también tengo mucho miedo y cuando me invade ese temor sordo y punzante, saco papel y bolígrafo y me pongo a escribir. Pinto mis sueños con letras mal rimadas, dibujo a la mujer que me hará perder el seso y así pasa la tormenta. Tío, cinco años sin tocar a una mujer; creo que si me topo con una, mi picha ni se enderezará.
-Jajajajaja, amigo, eso no se olvida jamás. Ya buscaremos algo para que te inicies- a pesar de su risa, su rostro no pierde el halo de preocupación y franqueza sobre los temores que revolotean en su cabeza.

Cayó definitivamente la noche. Seguimos bebiendo cerveza y sentados en un bordillo. Nos hemos quedado callados, perdidos cada uno en sus pensamientos, tan negros como el cielo que nos arropa. Miro a lo alto en busca de luz, y veo las estrellas, las mismas que estaban en el patio de la cárcel y deseo ser una de ellas, puras y blancas, que duermen y se despiertan, pero estoy aquí, en el mundo real, fuera de prisión con una vida por delante, peligros que salvar y mi debilidad como salvoconducto. Sin darme cuenta de lo que hago, busco la mano del Trole y la aprieto, necesito fuerza para vencer este miedo que me atrapa. Él me mira, está llorando y solo acierta a decir:
- ¡Venceremos, Pascual! Estamos juntos- mientras pronuncia su sentencia, la voz de Camarón se escucha en la lejanía, una guitarra rasga el silencio. Una sombra se acerca a nosotros, es Esperanza. Se hace hueco entre ambos y se sienta en medio permaneciendo callada. Al rato, se incorpora y tendiéndonos sus manos dice:
- Vamos a casa, mañana nos espera un nuevo día. Si hay luz, si en verdad existe un mañana y un Dios creador, ¡ojalá que no permita un retroceso!

Podemos vivir con miedo, pero no sin la voluntad para superar nuestros temores... nuestras debilidades.

martes, 14 de febrero de 2017

SIEMPRE

“Manuel, nos estamos haciendo viejos” Pero Manuel no se entera, últimamente ha perdido audición del oído izquierdo y se niega ir al otorrino. Dice que es un tapón y que él sabe cómo quitárselo pero nunca lo hace. Triana le mira meneando la cabeza y se da la media vuelta. Está limpiando los armarios de la cocina, ese polvo inexistente que se empeña en quitar con tal de rellenar los huecos de las horas. Sin embargo hoy ha intentado subirse al taburete y no ha podido. Un vértigo y un dolor de rodilla se lo han impedido. Como tonta, se ha puesto a llorar. Antes ¡hacía tantas cosas! y ahora encuentra trabas por todos los lados, y a Manuel no puede recurrir porque la lía. Ayer se fundió una bombilla y al ir a quitar el casquillo, rompió la bombilla y se cortó en los dedos; tuvieron que ir a urgencias. Hace dos días, Triana se puso a freír pescado y siempre que guisa se pone a pensar; se la quemó el pescado. Del humo que se preparó, se saltó la alarma y de nervios ni ella ni él supieron apagarla ¡un desastre!
Los chicos, son tres hijos, hace tiempo que se fueron de casa. Se marcharon a cuentagotas. Cada vez que uno se iba, Triana dormía un par de meses en la cama vacía. Se agarraba a la almohada y sentía que su hijo aún estaba allí. El día que se fue el último, Triana y Manuel se agarraron de la mano y salieron a pasear, el silencio de la casa les apabullaba. Cuando volvieron, se metieron en la cama y durmieron abrazados.
Los chicos les regalaron hace tres años un perrillo. Es pequeño y agradecido. Manuel sostiene que muy putas tuvo que pasar el animal para esa mirada tan triste y ese temor que tiene a quedarse solo. Marina, su hija, se fue a una perrera y rescató un animal. Se llama García y con él van a todas partes o se deprime, incluso por las noches duerme entre los dos. Manuel es el encargado de cuidar al chucho: paseos, comida, veterinario… Largas charlas hay entre ambos. García le adora, siempre está a sus pies y cuando Manuel habla, el perro le mira como si en el mundo no hubiera nada más.
Desde que García llegó apenas viajan, hecho que a Manuel le satisface sobremanera pues se ha pasado media vida arrastrando una maleta por la manía de Triana a viajar. Ella no quería regalos como otras mujeres, solo que la llevaran de aquí para allá. Ahora un par de veces al año y gracias. García se queda normalmente con Marina y ellos se van a Málaga a casa de unos amigos de toda la vida. Antes salían los sábados con un matrimonio amigo pero dejaron de salir pues uno de ellos tiene un Alzheimer galopante y es un lío salir con él a la calle. Otros dos amigos se fueron a Valencia a vivir cerca del hijo. Otro se murió el año pasado y el anterior dos casi a la vez. Manuel se restriega las manos “Se van quedando solos” piensa mientras trata de leer en el ordenador noticias económicas, su hobby.
Manuel y Triana ya no discuten; antes no paraban. Si él decía negro, Triana, blanco. Sin embargo ahora es distinto. Triana no le lleva la contraria. Se le queda mirando y cuando Manuel termina su arenga, ella suspira y solo dice “Manuel, Manuel, qué sabelotodo has sido toda tu vida”
Su rutina diaria siempre es la misma. Bueno, no. Ahora han incorporado ir a misa todos los días y juntos, y esto es desde que a Triana el corazón les dio un susto. Desde entonces, más de una noche  ha abierto los ojos y se ha encontrado a Manuel mirándola mientras dormía “¿Por qué haces esto?” pregunta Triana y Manuel responde “Porque te quiero”
A media tarde se toman un café descafeinado y luego Manuel lee en alto a Triana “Te has vuelto vaga, Triana, no sé por qué no lees tú sola” “Me gusta tu voz, Manuel. Anda lee y deja de refunfuñar”

“Cuando seas viejo, te quiero con sabor rancio pero gallardo; independiente y eternamente gaviota. Parco, raspa y salado como tu mar. Cuando tu piel se marchite y tu esqueleto se curve, deseo tu envoltura ácida, pero tierna en tu interior. Cuando el tiempo rasque nuestras voces, sueño con oír tu susurro en mi tímpano. Cuando las nubes fluyan a tus ojos, porque la edad todo deteriora, anhelo tu chispeante mirada de pícaro empedernido. Cuando tus manos tiemblen, espero tu roce tibio sobre mi cuerpo, pues mi deseo por tu persona no habrá tiempo que lo acalle. En los albores de tu senectud… te estaré esperando, te estaré esperando siempre”… La voz de Manuel enmudece. Levanta los ojos para mirar a Triana. Allí está pegadita a él enjuagándose las lágrimas “Ay, Manuel, nos estamos haciendo viejos. Tú cada vez más despistado y yo cada vez más torpe” Los dos se echan a reír y un día más ha llegado a su fin y siempre juntos.

jueves, 9 de febrero de 2017

HISTORIA DE UNA NOVELA Y MIS INESPERADAS SEÑALES

El tiempo es denso cuando la espera es incierta, cuando tu hijo recala en unas primeras manos que las sientes doctoras y analizan a tu criatura. Días largos en que nada sabes pero cuentas las horas mientras tu cabeza se precipita a preguntas sin contestar.
No dejo de pensar que mis novelas nacen con duende o  un ángel protector que no deja de manifestarse para que no pierda el desánimo y tire “Palante” Yo lo llamo señales, nadie me cree, da igual.  Con Sevilla…Gymnopédies recibí una señal impactante. No estaba sola. Mi marido la vivió conmigo.
Mientras espero el día D y la hora H, distraes el pensamiento como puedes y hoy me he regodeado en cómo nace una novela, una historia. Son muchas fases, muchos registros, una labor de zapa con mucho trabajo por medio. Hay quien le lleva años escribir una novela. Mi experiencia es de un año aproximadamente trabajando cinco horas diarias incluidas fiestas de guardar, y exceptuando periodo vacacional en el que no dejas de escribir, de una manera distinta, pero sigues con ojo avizor y libreta en mano por si salta la liebre en cualquier esquina.
Lo mío comienza sin pies ni cabeza, como soy yo, pura vehemencia.  Mi segunda novela, Mujeres descosidas, se fraguó delante de un vino mientras esperaba a una amiga. Mirando el líquido ensangrentado, difuminado el color  de la sangre mientras dejaba olas transparentes por las paredes del cristal me dije “Una mujer que viaja en el tiempo” Sin embargo, la novela que ahora estoy escribiendo nació de un anciano al tropezarme con él en un parque. Él se fue a sentar a un banco debajo de una catalpa. Me enamoré de los dos, un flechazo instantáneo, corrí a casa, encendí el ordenador Y comenzó su singladura Catalpa Bunguei y Abelardo.
Es decir, una novela, para mí, no nace de una idea consolidada en tu cabeza sino se gesta a partir de un punto muerto, de un barro sin forma que cada día vas modelando. Ni tú mismo sabes qué pasará en el capítulo siguiente. Es una sensación mágica que va creciendo delante de tus ojos, cobrando forma, identidad, y realismo.
MUJERES DESCOSIDAS bien puede ser  thriller psicológico, es una novela doliente, una lucha encarnizada de una mujer contra sí misma. Una historia de supervivencia que, de humana, se convierte en real. Me costó meterme en el papel de Juana, la analicé del derecho y del revés, de arriba abajo, con ojos intrusos y críticos porque ese tipo de personas las rechazo de plano, pero por algo que desconozco ahí estaba dando vida a esa mujer. No fue hasta cuatro meses después de haber iniciado su gestación cuando un amigo me invitó a un Martini. Le había pedido documentación para la novela, a grandes rasgos le conté de qué iba la historia. Entonces se metió un momento en casa y salió con una pistola. Yo, jamás había cogido una pistola, la sensación me daba vértigo solo con tenerla delante de las narices. Mi amigo la depositó en mis manos, recuerdo que me temblaban. Cuando cayó ese peso sobre mis palmas, juro que me transmuté; acababa de recibir la primera señal. Era la misma pistola de la que había escrito días antes. Me fui a casa siendo Juana, Ángeles se había quedado en el limbo para no regresar hasta ocho meses después. A partir de ahí, mis dedos fueron unos cirujanos del alma de una mujer hundida en su propio caos, o la salvaba o moría sin liberación. Fueron horas, días, meses, de dolor, de sufrimiento ajeno que lo había hecho mío. Estaba obsesionada con Juana y su deriva emocional, obstinada en poner un tapón al vomitero de mis tres personajes para que no se fueran por el desagüe la esperanza, el motor de cualquier vida. Levanté muros de contención y di luz a unas vidas rotas con Regalito, Jesús y Úrsula, los otros personajes. Pocos meses después de aquella primera señal, recibí la segunda que me dejó noqueada un par de días. Mujeres descosidas gira en torno a trece cartas encontradas por Juana. Un día mi madre me pidió algo y tuve que abrir los cajones de su cómoda. De pronto, en el fondo de uno de ellos reposaba una bolsa de plástico marchitada por el tiempo que llevaba allí. Mi corazón comenzó a galopar como un loco sin rumbo. Me senté en el suelo a serenarme pues sin haber abierto aquella bolsa, mi intuición me decía lo que había dentro. Esa noche despejé mis dudas; abrí la bolsa y encontré trece cartas. Mi duende me había mandado su segunda señal.
Antes que se despegue de las manos del autor, cada novela vive sus propias fases en el periodo de incubación y gestación. Las letras queman kilómetros de horas. Unas veces fructíferas otras dolorosas y muchas pérdidas. Pero llega el día del epílogo, del punto final. Es un instante despiadado, agotador y terco, en el que te sientes autor para bien o para mal de una vida que has creado a fuego lento, eres el artífice de dar vida o muerte.
Pase días con el ordenador apagado, pero en un amanecer lo volví a encender, grabé la novela en un pincho y me fui a imprimirla. Tenía los ojos limpios, la conciencia en paz, la mente despejada. Me puse un vino, descorché cigarrillos y desde la distancia comencé a leer. Un día entero sola, en Valladolid, frente a frente descuartizando con mis ojos cada renglón, husmeando con la cabeza la belleza emocional o no de cada personaje. Cuando leí el último renglón, paré, ¡seré tonta!, estaba llorando como alma en pena, me había enamorado de la historia.
El amor, no siempre llega por el mismo camino. Sus designios son inescrutables.

P.D. Hace una semana, recibí la tercera señal. Mujeres descosidas se presenta en Madrid el 16 de marzo, una fecha como otra cualquiera. El editor me dio a escoger entre varios días y no dude ni un instante en el día 16. Cuando lo comenté con unas personas allegadas me preguntaron “¿Sabes de quién era el cumpleaños el 16 de marzo?”… Me explicaron; era el cumpleaños de la hermana que no tuve. Apenas la traté, no hubo ocasión pero siempre pensé que era un ángel entre tanta barbarie en la que le tocó vivir sus cortos años.

Para muchos serán casualidades. Para mí no.

sábado, 4 de febrero de 2017

UN LIBRO ABIERTO DE VIDA

Hola, me llamo Amaya. Mi nombre no me gustaba ya desde pequeña, menos que me llamaran May en todas partes pero, bueno, todos crecemos con algún complejo y el mío era ese nombre que se la ocurrió a mi madre por llevar la contraria a su suegra.
De mi vida no hay nada que destacar, ninguna notoriedad en mi aval personal. Soy la pequeña de cuatro hermanos que no nos parecemos en nada; cada uno es un mundo en sí mismo. Yo soy una mezcla de mi padre y de mi madre. De mi progenitor he sacado mi verborrea, no me callan ni debajo del agua. De mi madre, el amor al arte. Su sensibilidad hacia las cosas hermosas aún taladra mis recuerdos de ella. De ambos tengo su constancia, su lucha, una manera de sobrevivir muy particular aunque tenga la soga al cuello, y ser muy amante de mi gente a la cual adoro y me entrego a ella sin restricciones.
No soporto las miradas lastimeras de la gente, ni siquiera la de los amigos. A cada uno le toca vivir su propia historia. Tú la cimientas y la vida se encarga de desbaratártela. No me planteo pensar en la buena y en la mala estrella, ¿para qué? ¿Acaso me resolvería algunos de mis conflictos o dificultades? Pues no, así que tiro de mi carro como buenamente puedo y como Dios me da a entender porque, eso sí, soy creyente de que hay un Dios. Soy católica practicante. Muchos me preguntan si eso me sirve para algo y siempre contesto lo mismo. Un sí tajante y sin fisuras. A mí, Dios me ayuda aunque parezca lo contrario. Le siento a mi lado, más, en días oscuros cuando me falta hasta el aire que respiro.
Provengo de una familia acomodada. Mis hermanos no quisieron entrar en el negocio familiar; yo sí. Mi madre murió cuando yo era una joven de apenas 18 años. Mis hermanos volaron pronto de casa y mi padre y yo formamos un tándem perfecto. Él se acopló a mi ritmo de vida y yo al de él; donde estaba la soga, se hallaba el caldero.
Líos de familia, malas inversiones y peores consejos, nos hicieron perder casi hasta nuestra propia identidad. Perdimos todo, hasta la casa. No mudamos a un piso bajo, modesto, chiquito y la dignidad la pusimos nosotros. De aquel desbarajuste económico tan solo quedó un pequeño local muy lejos de donde vivíamos al cual me traslado cada mañana en un peregrinaje de una hora de ida y otra de vuelta. Reducimos todos los placeres al mínimo. Solo nos quedaron la lectura, unos pocos amigos y el periódico que compraba cada mañana; era un placer que a mi padre no se lo iba a quitar. El pequeño negocio daba de sí lo que daba ya que estaba enclavado en una barriada humilde. Lo fui adaptando a las necesidades haciendo hasta encaje de bolillos y vendiendo de casi todo con tal de que, al apagar la luz cada noche, el estómago lo tuviéramos medio lleno y las facturas pagadas.
Tuve un novio durante diez largos e intensos años. Estaba loca de amor y con él aprendí a ser o sentirme mujer. Perdí la virginidad en sus brazos rudos de hombre de campo, de nuestro amor hicimos un hogar y fui muy feliz. Quise ser madre pero mis ovarios eran inservibles ¡Qué buena madre hubiera sido!, pero se me negó y lo acepté. A todo esto mi padre, aunque de mente aperturista, no llevaba bien eso de no estar casada y viviendo en pecado los fines de semana, así que a Paco le apreté las tuercas y después de ronronear durante meses la idea del matrimonio, una tarde de un sábado de febrero después de haber hecho el amor me dijo “Mañana mismo hablamos con el cura” Y hablamos, y me compré el vestido y preparamos el bodorrio, pero quince días antes de dar el sí quiero, Paco se presentó una noche en casa, mi padre y yo estábamos cenando, su semblante era serio, tal vez demasiado taciturno, y sin más preámbulo me dijo que no estaba preparado, no se podía casar “Estate tranquila, yo te quiero, pero no me puedo casar contigo ni con ninguna” Rompí con él, creo que por rabia y el coraje que me dio que me dejara plantada, como quien dice, delante del altar. Decisión que me he arrepentido muchas veces de haberla tomado porque él me sigue queriendo a su manera, pero lo hecho, hecho está. De Paco me queda un par de revolcones al mes que nos damos y luego cada uno sigue su vida.
Mi padre murió hace cinco años de cáncer de pulmón a los 87 años; se fumaba hasta el papel de periódico, pero yo me digo que esa maldita palabra que siega vidas desde pequeños, no segó a mi padre; a él le dio tiempo a vivir de todo, no como otros.
Su ausencia me sumió en una honda tristeza casi rallando la depresión pero un revés económico no me dejó regodearme de mi pena. Sin la pensión de mi padre volvía, esta vez en solitario, a la vulnerabilidad económica; casi me cortan hasta la luz si no llega a ser por una clienta que me habló del programa de estudiantes extranjeros. Fui a la Universidad a enterarme, luego al ayuntamiento y después de recorrer las cuatro esquinas, rellenar miles de formularios, entré en el programa. Ahora tengo dos estudiantes viviendo en casa conmigo, cada tres meses me llegan unos distintos. Con todo el dolor de mi corazón, recogí el santuario de mi padre que era su dormitorio y lo acoplé a mi nuevo ritmo de vida.
Cuando todo parecía que volvía a funcionar, cogí una gripe de la cual no me recuperaba por más antibióticos que me echara para el cuerpo. Comenzaron a hacerme pruebas hasta que se destapó el pastel: cáncer de pulmón. Nunca había fumado. Me extirparon un trozo y luego vino la quimioterapia, el mal cuerpo, adiós a mi  pelo, lo más bonito de mi persona. Me fui a vivir a Barcelona a casa de mi hermana a que me cuidara. Tuve que cerrar mi negocio, dejar los estudiantes. No tenía donde caerme muerta. Mis hermanos, entre todos, seguían pagando el alquiler de la casa para que no la perdiera, pero yo, a esas alturas de la película, todo me importaba una mierda. Me encontraba tan mal física y anímicamente que quería bajarme del mundo, allí no pintaba nada. Ni fuerzas, ni energía, ni ilusión, ni esperanza.
Uno de los día que tenía que ir a “La Barbería” como así llamaba a las sesiones de quimio pues los asientos me recordaban muchísimo a la barbería donde iba mi padre, cuando me enchufaron a la máquina, cerré como siempre los ojos, dos largas horas me esperaban sentada allí. Iba sola y luego me recogía mi cuñado, o mi hermana, depende. Muchos iban acompañados. Mientras recibían “El rico elemento” en sus cuerpos charlaban o veían la tele; yo no. Ni hablar ni ver, ni nada.
Cuando estaba en mi nube con los ojos bien apretados, oí una voz a mi izquierda “¿Por qué cierras los ojos? Se te ha escapado una lágrima y esto no duele” Abrí lentamente los ojos y giré con esfuerzo la cabeza. Una diminuta bola de billar que lo único que tenía en su rostro eran dos lunas inmensas del color del chocolate me miraban. Su piel era tan cetrina como desvaída, tan azul como pálida. Su boca perfilada de dos labios finos me entregaba una pequeña sonrisa. ¿Qué edad podría tener aquella criatura?, ¿ocho, diez años? No más. Mis ojos no podían ya cerrarse, estaban borrachos del candor con el que me miraba aquel niño. Me puse a llorar sin freno, no podía parar aquel llanto tan absurdo como inapropiado, parecía como si mis penas, hasta entonces guardadas en mi corazón, se escapan de mí, se liberaran de mi cerebro, no sé cómo explicarlo…
-Me llamo Juan, ¿y tú?
-Amaya.
-¡Cómo mola tu nombre!... Yo vivo aquí dentro,  ¿y tú?
Aquel día vomité todo mi dolor, mi impotencia, rabia y el posible rencor acumulado. Juan y yo nos hicimos amigos y siempre que me encontraba bien, iba a verle y contarle cuentos. Juan murió un 15 de agosto. Murió  en su última batalla mientras su madre le leía Pulgarcito, su cuento favorito. Le enterraron con la sonrisa colgada de su pequeña boca, parecía un ángel de alas recortadas.
A los cinco meses me dieron el alta. Dos más estuve en casa de mi hermana y volví a mi vida. Mi pequeño negocio, mis estudiantes y ahora he añadido a mi repertorio a mis ángeles  a los cuales voy a ver dos días a la semana. Son un libro abierto de vida, una escuela perenne de aprendizaje. Cuando entro en su planta ya oigo chillar “Amaya, Amaya, ya viene Amaya”

¡Cómo me gusta escuchar mi nombre!

martes, 31 de enero de 2017

BAJO EL INFLUJO DE LA LUNA

Miré la hora. Cuatro menos cuarto de la madrugada y silencio total. No sé por qué pero un leve escalofrío recorrió mi cuerpo. Miré hacia la ventana, la persiana estaba levantada y vi una sombra pasar. Apagué la luz y me arrebujé en las sábanas sin dejar de mirar al cristal, yo había visto precipitarse una sombra, no era una ilusión óptica, de eso estaba segura. Tuve miedo.
Tres meses atrás…
Me costó abrir la puerta. No había vuelto desde la muerte de mi madre, días después ingresamos a mi padre y la casa se cerró, ninguno nos preocupamos por ella, de eso habían pasado dos malditos años. Tiempo que a mí me fue de mal en peor. Perdí el trabajo, aborté perdiendo a mis gemelos y terminé divorciándome. Paco, un putero. ¿Algo bueno? Absolutamente nada. Solo me quedaba el refugio de mis padres, la casa. Mis dos hermanos, uno vive en Ginebra y otro en Chicago, y mi padre olvidado en una residencia de ancianos. En los dos años habré ido cuatro veces a verle, no más. Mis hermanos, ninguna. Me dicen “¿Para qué? Ni se entera de quiénes somos” A lo cual les respondo en silencio “¡Ojala pareciera yo Alzheimer y olvidarme de mis desastres!”
Olía a rancio, una nube de polvo en suspensión la hacía misteriosa. Dejé mis pertenencias en el hall; dos maletas enormes y una bolsa. Hay tres puertas selladas, abro la primera, el salón, las rendijas de las viejas persianas dejan entrar unos rayos sombríos que se depositan en los rincones; en uno de ellos está el enorme esqueleto de la planta favorita de mi madre. De repente me pregunto “La dejamos morir o, ¿la matamos?” Dejo el salón atrás y abro una segunda puerta; la cocina. Devastada por el tiempo, tres vasos con pintura de labios en sus bordes, cinco platos con restos de comida convertida en moho, un par de telarañas alrededor de las banquetas y virutas de polvo girando sobre sí mismas. Abro la nevera, me ha entrado sed, el tufo que sale me hace cerrarla; está encendida. Me voy de allí y abro la tercera puerta, el pasillo. Inconscientemente cuento las puertas que guarda aquel largo rectángulo; nueve. Una ventana deja entrar la única alegría que parece viva en esa casa, la luz de un otoño temprano. Voy abriendo puertas como escandalosos recuerdos que me van surgiendo en el desván de la memoria. Todo parece haber sido usado ayer si no fuera por ese maldito polvo y las telarañas. Tres camas sin hacer, armarios abiertos, plantas disecadas, pelos en la bañera, periódicos en el suelo… Abro la última puerta, mi dormitorio, el de la juventud perdida que mi madre quiso guardar tal como lo dejé al casarme. Pulcro, ordenado, parece mentira que esté así después de haber visto el resto de la casa. Me siento al borde de la cama y no dejo de preguntarme “¿Qué ha pasado durante este tiempo dentro de estas paredes?”
Mi móvil suena, es Patricia mi amiga de la infancia que llama para saber si he llegado bien. Respondo lacónica y ella me dice que esa misma tarde mandará a su asistenta, estará conmigo los días que la necesite hasta que esté la casa habitable. Me ofrece que me quede en su casa mientras la mía, la de mi padre más bien, esté habitable. Rechazo cortésmente su ofrecimiento, prefiero hundirme en esa soledad, me lo pide la cabeza, me lo solicitan las entrañas.
Pasaron seis largos días hasta que por la casa comenzó a desfilar vida, aire fresco, aroma de recuerdos impregnados de ayer. Por las noches apenas podía dormir. Nunca había sido miedosa, sin embargo ahora sentía el miedo pegado a mis pestañas, sólo el influjo de la luna calmaba mis nervios hasta que caía rendida y, hasta ese momento, me dedicaba hacer recuentos mentales, parecía como si esa luna nocturna me indicara que lo hiciera; todo lo iba anotando en un cuadernillo que encontré en el despacho de mi padre. Anoté desde el instante en que decidí no tirar el esqueleto de la planta favorita de mi madre. ¿Por qué esa decisión absurda de guardar una naturaleza muerta? No lo sé, sí sé que empecé a regarla cada dos días, poquitas gotas, tal como mi madre lo hizo durante años.
El edificio de cinco pisos con dos casas por planta estaba todo habitado, había tenido la oportunidad de coincidir con los vecinos que iba catalogando nada más entrar en casa. Todo era gente nueva exceptuando la del segundo izquierda, la viuda de Aguirre y Anglada, familia de rancio abolengo en la ciudad de mi niñez. Por ella parecía que no hubieran pasado los años, un pacto con el diablo la debió venir a socorrer, era la única explicación. Recuerdo que fue la primera viuda del edificio, luego al poco tiempo fueron muriendo a cuenta gotas el resto de los hombres del edificio, todos seguidos de intervalos de tres, cuatro meses, dejando solo viudas menos un viudo, mi padre. ¡Curioso!
Y desde ese momento de mis recuentos anotados con todo detalle en el cuadernillo, comenzaron a pasar cosas muy extrañas. El periódico El Norte De Castilla catalogó el edifico como la casa maldita; cada dos semanas, alguien se tiraba por la ventana. Lo terrorífico es que yo los veía caer. Siempre de noche, descolgándose por el cristal de mi ventana, una sombra se precipitaba. De nada servía que el edificio estuviera vigilado, custodiado por policías de traje o camuflados… Siempre en las noches de los martes y todos hombres. Nadie entendía nada y las pesquisas de la policía no daban fruto porque ciegos eran los datos hasta entonces. Por supuesto, al ser suicidios, los psiquiatras estaban en jaque sin explicaciones coherentes. Todos los suicidios correspondían a gente normal sin haber dado señales de desequilibrios mentales anteriormente, ni siquiera problemas acuciantes en sus vidas.
Yo callaba, estaba aterrorizada, nada dije a la policía de las sombras nocturnas; algo dentro de mí me amordazaba.
Ayer cuando entraba en el portal coincidí con la viuda de Aguirre y Anglada. Me miró de una forma rara, como si quisiera desnudar mis pensamientos, después me sonrió de una manera aún más extraña y acariciando mi rostro me dijo:
-Tranquila, Ana, esto se va a acabar. Quien sea, tengo el pálpito que se ha vengado ya de todos sus rencores-la miré sin comprender.
Esta noche vi la sombra caer, menos mal que estaba la luna haciéndome compañía.
Me he levantado temprano, he oído un jaleo por las escaleras y he abierto la puerta. Un policía subía en ese momento.
-Por favor, métase en casa. Ha habido otro suicidio-le he mirado perpleja pero he sido capaz de articular una pregunta.
-¿Quién ha sido?
-La anciana del segundo izquierda- y yo he musitado “La viuda de Aguirre”
Me he metido en casa temblando, me he tomado un café para entrar en calor y me he sentado en el salón con la mente en blanco. Mis ojos han ido a tropezar con el esqueleto de la planta de mi madre. No lo veía como otros días aunque por más que miraba no sabía el porqué. He decidido levantarme y he visto, por fin, la diferencia. Un escalofrío hiriente ha recorrido toda la columna vertebral.
Han pasado dos meses desde la muerte de la viuda de Aguirre y Anglada, no ha vuelto a haber más suicidios. He salido a la calle, es un invierno benigno. Me he acercado a ver a mi padre y hemos dado un paseo. Me hace sentir ternura, paz, cada vez que estoy a su lado; me sienta bien estar junto a mi progenitor.
A la vuelta he abierto el buzón, mucha correspondencia. Me he sentado en el salón con mi copa de tinto, he vuelto a reanudar la viejas costumbre de tomar una copa de vino al medio día. Me gusta su color, su aroma me ayuda a recordar. He abierto todos los sobres y el último me ha dejado sin aliento; venía a mi nombre. Dentro una carta, sin fecha, solo cinco líneas.
Ana, ya no temas nada. Te he vengado, me he vengado. Te paso el testigo. En este edificio los hombres nos han tratado mal. Infieles hasta la médula, menos tu padre, pero he hecho justicia, tranquila, ya todo ha pasado.
Siempre cuidaré de ti
Patricia Estévez, viuda de Aguirre y Anglada
He levantado la mirada que ha chocado con el esqueleto de la planta de mi madre; ya tiene cinco hojas y diminutos brotes.
Lo curioso, lo inquietante, es que la misiva de la Viuda de Aguirre y Anglada está escrita con mi letra.

He ido a mi dormitorio, he bajado la persiana decidida a nunca más ver el influjo de la luna.

jueves, 26 de enero de 2017

DNI Y UNAS VIEJAS GAFAS DE LEER

DNI Y UNAS VIEJAS GAFAS DE LEER

Carlos se ha despertado sobresaltado. No sabe qué sonó antes si el despertador o la llamada del móvil. Apenas pudo tartamudear un par de palabras. La noche anterior había caído rendido en la cama…
 A mediados de septiembre, cuando aún el calor aprisionaba el asfalto de las calles sevillanas, Carlos salía a hacer la ronda diaria que consistía en ir mirando los ventanales de bares y comercios de su barrio, Heliópolis. Guardaba la esperanza maltrecha de encontrar una señal en ellos que dijera “Se busca empleado, camarero…”, lo que fuera, pero un trabajo. Aquel día, 15 de septiembre, cinco años atrás, hacía un calor asfixiante y en su cartilla apenas 300 euros como última fortuna. Tenía tanta  sed que al pasar por una tienda de ultramarinos vio un cartel que decía “Bebidas frías”. Mentalmente pensó que siempre daría más de sí una botella de agua de litro y medio que una cerveza por mucho que fuera esta última lo que más pidiera su cuerpo beber. Rastreó en el bolsillo y palpó unas monedas y con ellas agarradas a sus dedos entró. Un ventilador de aspas grande colgaba del techo agitando el aire caliente y bajo el ventilador, un hombre entrado en muchos años a sus espaldas tratando de levantar una caja muy pesada para aquel cuerpo comenzado a curvarse.
-Espere, espere, déjelo en el suelo, se lo levanto yo-dijo Carlos.
El hombre levantó su rostro sudoroso. En mitad de su nariz aparecían unas viejas gafas apostilladas a punto de precipitarse al vacío. Y el hombre se dejó ayudar, y después de esa caja vinieron más. La tienda era un colmado de cajas sin abrir, mercancías secretas esperando su colocación y Carlos, olvidando el calor, se puso a llevar y traer las cajas de un lado para otro tal como le iba indicando el dueño de la tienda. Por lo menos habría pasado más de una hora sin que nadie entrara en la tienda, sin mediar más palabras que indicaciones de un hombre a otro.
-¿Una cerveza, chiquillo?
-No, muchas gracias, no puedo pagarla, pero sí una botella de agua-contestó Carlos sonriendo.
-Invita la casa-contestó el dueño mientras descorchaba dos cervezas- ¿Vives por el barrio?-y tendiéndole la mano dijo “Soy Manuel”.
-Carlos… Sí, vivo aquí desde que nací. No conocía esta tienda y tiene su puntito-contestó Carlos mirando a su alrededor y deleitándose entre las hileras de baldas, la mayoría vacías pero las que estaban con género, un orden reinaba en ellas.
-¿Del Betis?-preguntó Manuel escrutando con sus ojillos a Carlos.
-¡A muerte!-y los dos se echaron a reír-… No tengo nada que hacer, si me permite le ayudo. Además, aquí dentro hace algo más de fresco que ahí fuera.
Y así comenzó la relación entre Carlos y Manuel. Mientras vaciaban cajas, se ordenaba aquel pequeño recinto medio abandonado, fueron desgranando sus vidas. Uno, viudo y desde entonces tratando de sobrevivir mientras añoraba a su fiel escudera Hortensia, sin hijos y habiéndose hecho cargo de las obras de caridad de su mujer. Carlos, veintinueve años, en paro desde los 26, sin novia, con tres amigos que estaban casi como él y viviendo con su madre viuda cuya pensión apenas alcanzaba los cuatrocientos euros. Y Manuel contrató a Carlos. La tienda de ultramarinos al principio no daba casi ni para vivir a Manuel y lo poco que sacaba era para pagar la mercancía, pero contrató a Carlos que en  los primeros tiempos le pagó con latas de conserva a punto de caducar. Abrían todos los días de la semana, Manuel no estaba de acuerdo pero Carlos insistió convenciéndole que los fines de semana lo que tenía que hacer era irse al comedor del Pumarejo, de las Hermanas de la Caridad donde Hortensia había guisado tantos años, y que se mantenía actualmente estabilizado en unos 300 almuerzos diarios. Sor Esperanza, la directora, agradecía todo lo que Manuel llevaba y más, sus guisos hechos a fuego lento las noches de los viernes. Mientras, en aquellos fines de semana Carlos se iba haciendo con un público heterogéneo, igual vendía alcohol que una lata de sardinas, unas lentejas que unas alubias. La simpatía de Manuel, su buen hacer, iba ganando clientela fija. Colocó un cartel que versaba “No se fía” pero con permiso de Manuel bajaba el precio a quien viera necesitado.
Cuando a Manuel le comenzaron a fallar las piernas, la ruta que hacía como voluntario de “Levántate y anda” cada noche del año para ayudar a los sin techo, pasó el testigo a Carlos. Manuel se quedaba en la tienda, abierta hasta las doce y Carlos se iba a recorrer las calles sevillanas prestando su ayuda. Mantas, café, caldo, conversación..., lo que hiciera falta en cada ocasión.  A Manuel no le hizo gracia quedarse en la tienda. A esas horas tenía un público que no le pillaba el punto, pero Carlos le dio unas cuantas lecciones. Le habló de los asiduos, de los que no, de lo que debía vender y lo que no. “Nos hemos convertido en una tienda de chinos, cualquier día dormimos aquí dentro, la vida es algo más” Rezongaba Manuel, pero Carlos le calmaba diciéndole que necesitaba reflotar el negocio “¿Para qué?” Protestaba Manuel “No necesito tanto dinero” A lo cual Carlos le contestaba “Medio millón de personas está sin hogar, necesitan tu dinero” Y con esto Manuel callaba y claudicaba.

…Carlos se mete en la ducha mientras su madre le prepara ropa limpia. Sale corriendo hacia el hospital, pero cuando llega solo le pueden oficializar la muerte de Manuel. Dos navajazos terminaron con su vida. Ni siquiera fue un intento de robo pues solo echaron de menos el DNI y las gafas de Manuel, un vecino desde la ventana lo vio. Por lo visto quiso parar la reyerta entre dos paisanos pasados de vuelta en la acera del colmado. Cayó al suelo pero se levantó y fue capaz de meterse en la tienda. El vecino se levantó a las cinco para ir a trabajar y vio el colmado abierto. Entró y encontró a Manuel en medio de un charco de sangre. Fin.


Los domingos, la madre de Carlos va A Pumarejo, Carlos sigue recorriendo las calles de Sevilla cada noche. Heredó el colmado con ciertas condiciones que impuso Manuel en su testamento “Sábados y domingos por la tarde el colmado de Manuel permanecería cerrado al igual que sus puertas se cerrarían todos los días a las diez de la noche. Hay que disfrutar y vivir también” Y Carlos así lo hace. Se acaba de casar con Triana, una voluntaria de Caritas que conoció atendiendo a un borracho. Por cierto, el borracho se llama Manuel. Ha dejado de beber y trabaja en el colmado. Fue una señal que Carlos sintió al registrar en los bolsillos del borracho y encontrar envuelto en una hoja de periódico, un DNI y unas viejas gafas de leer… Eran de Manuel.

miércoles, 18 de enero de 2017

DA IGUAL QUE HUYAS

Marisa sin sospechar que iba a ser degollada una hora después, se fue tranquilamente a dar un paseo por la vereda del río, todos los días lo hacía. La gustaba mucho aquella ruta, lejos del ruido de la ciudad, sólo escuchando el ruido del agua, el canto de los pájaros, el murmullo de sus pasos al pisar las hojas secas. Hoy era su día de descanso. Llevaba seis meses trabajando de cocinera en la cantina de la estación. Su trabajo era agobiante dependiendo de la hora y sus guisos siempre los mismos: emparedados de jamón y queso, empanadillas de bonito y su famosa tortilla de patata. Todo casero, como en su día se lo enseñó su madre. Entraba a trabajar a las siete hasta las tres de la tarde, pero cuando se iba dejaba  hasta quince tortillas hechas, dos docenas de empanadillas y tres bandejas repletas de emparedados, y cada mañana podía comprobar que no había quedado nada, todo se había vendido. El dueño, Ramón, era un tipo retraído con sus cosas, simpático detrás del mostrador, buen jefe, mejor persona. Marisa le preguntó si quería, ella podía hacer más tortillas, pero él dijo que no, con lo que hacía era suficiente. Ella meneó la cabeza pues era la primera persona que conocía que no quería enriquecerse de más ¡Allá cada cual! Pensó, lo importante era que ella tenía trabajo, la gustaba lo que hacía, estaba bien valorada y la permitía ir ahorrando. Su sueño era volver algún día a su tierra, Cádiz de donde emigró porque no había trabajo y algo más que nunca contó a Ramón.  
Marisa con veintitrés años tenía dos hijos. Sí, en su tierra se casan jóvenes, pero ella para colmo eligió mal. Se enamoró perdidamente de Paco, un chaval de su misma edad sin oficio ni beneficio. La dejó preñada con diecisiete años y se casaron. Cómo decía su padre “Esto está condenado al fracaso” Eran dos niños. Vivieron en casa de los padres de Marisa y Paco hizo amagos de ponerse a trabajar, pero lo único que le gustaba era trapichear con las drogas. Sacaba dinero pero poco dejaba en casa pues lo que de verdad le ponía a Paco era estar de juerga las veinticuatro horas.
Eso sí, estaba enamorado de Marisa hasta las trancas y procuraba colmarla de regalos absurdos que ella aceptaba complacida. Al año de nacer Rubén, su primer hijo, se volvió a quedar embarazada. A Paco le pillaron en una movida y fue a parar al trullo durante dos años y cuatro meses. Cuando salió parecía otro. Más viejo, más amargado, más oscuro. Marisa, en aquel entonces comenzó a limpiar casas junto a su madre mientras su padre, ya jubilado, cuidaba de los niños. Marisa le pidió el divorcio, se divorciaron y Paco cada quince días pasaba un fin de semana con sus hijos…, cuando lo pasaba pues la mitad ni aparecía a por sus hijos. Marisa se lo reprochó y lo único que logró fue una buena paliza, la primera. Después de esa vinieron más. Luego llegaron las denuncias, orden de alejamiento… Marisa logró la custodia de sus hijos y junto a sus padres se fue de Cádiz.
Viven tranquilos en un pisito de una barriada humilde. Marisa tiene amigas, cuenta con ayuda psicológica y duerme de un tirón. Sus dos hijos, Rubén y Carmencita, de seis y cinco años van al colegio. Marisa, sus padres, respiran tranquilos.

…Marisa, escucha unos pasos a su espalda. Se vuelve con una sonrisa pensando que es su amiga Milagros, pero su gesto se hiela. No es Milagros, es Paco.

miércoles, 11 de enero de 2017

DON SERVANDO Y SUS TIEMPOS

Menudo disgusto tiene don Servando; maldice y maldice sin atisbo de arrepentimiento. Pasa por el Altar y apenas mira a su Señor por miedo a que le eche en cara que esa actitud no es de un cura. Pero, ¿Qué cura va a ser si no sabe cuidar de sus ovejas? Si éstas se le han desmadrado y ya no impone ningún respeto… ¡Ah! Qué tiempos aquellos en los que don Servando paseaba por la alameda, y todo aquel que se le cruzase le miraba con respeto y, algunos, hasta con devoción. Tiempos en que recibía lo mejor de la matanza de sus feligreses estaba en la despensa de don Servando, tiempos en que sus obras de caridad eran conocidas por toda la provincia. ¿Por qué? Su acólito, Fernandito, cada misa, rosario, novena y funeral, recorría los bancos de la iglesia y todos, cada uno de los devotos que llenaban cada día la parroquia depositaban, en el cestillo de Fernandito, monedas y billetes.
Sus homilías eran escuchadas con más pasión y fervor que las mismísimas palabras del Caudillo de España.  Pero han pasado treinta y siete años de aquello y a su humilde iglesia no va ni Cascorro, el borrachín del pueblo que se pasaba las horas muertas en el penúltimo banco durmiendo la mona. Ha tenido que reducir sus homilías, apenas doña Sepúlveda y Paquita la del churrero, son sus oyentes más fervorosas. Ha tenido que disminuir las misas, ni muertos hay para oficiar un triste funeral. El rosario lo reza con Leocadio, más sordo que una tapia y que le da igual una novena que un vía Crucis. ¿A dónde fueron a parar los ricos chocolates con finos picatostes de las tardes de domingo en casa del señor alcalde? Si ahora el alcalde es agnóstico aunque don Servando va mucho más lejos y piensa que su iglesia está en medio de un nido de ateos.
Las cosas comenzaron a ir mal cuando la democracia llegó y los socialistas subieron al poder allá por mil novecientos ochenta y dos. Pero el colmo de los colmos es que ahora gobiernan los populares y no sólo siguen en el empeño del matrimonio homosexual, es que no quitan la ley del divorcio ni el maldito aborto… ¡Señor, Señor! Dónde vamos a ir a parar…
Sin embargo eso en estos momentos es pacata minuta para este cura enfurecido, lo que de verdad le preocupa a este hombre dedicado a Dios desde hace más de cincuenta años ya no es que haya perdido predicamento entre su rebaño sino que le roban, le roban la nada que entra en su parroquia.
Primero le robó Fernandito, su acólito, hubo de hablar con él y descubrió que realmente era un mandado de su madre con lo cual fue a hablar con ella y, efectivamente, eran un encargo de una madre desesperada porque habiendo enviudado tenía que sacar a sus cinco retoños con unos ingresos efímeros. Así que don Servando de la nada que entraba en su parroquia cada día daba algo a Fernandito. Incluso fue a pedir al colmado de Eladio unos garbanzos, unas alubias, arroz… lo que fuera. A regañadientes se lo dio, claro, a cambio de un par de velas por su alma ya que Eladio era temeroso de Dios aunque no pisara la iglesia.
Escribió al arzobispado para contar su situación desesperada, pero le contestaron que “ajo y agua” y don Servando cayó y empezó a peregrinar por las casas de los pudientes del pueblo que cada vez eran menos. Cuando esta salida se acabó, comenzó a tirar de sus precarios ingresos hasta quedarse sin velas en la parroquia, Dios se iluminaría solo, pensaba el pobre cura.
Una noche tuvo un sueño que, además de discutir con su Señor por permitir tanta hambre, soñó que guardaba bajo siete llaves tesoros parroquiales que sólo sacaba una vez al año en las fiestas de la Purísima, lo cual era verdad, pero vio en su sueño que iba al Monte de Piedad de la capital a empeñar las joyas para poder seguir ayudando a los más desfavorecidos… Se despertó sobresaltado, sudoroso tratando de recordar toda aquella pesadilla. Cuando lo hizo sonrió, Dios, su Señor, no le había abandonado, pensó el muy ingenuo. Se levantó y, cogiendo las llaves del armario en el que guardaba los tesoros fue a contabilizar lo que le podrían dar en la casa de empeño, pero el sueño no le había desenmascarado su pesadilla real pues al llegar al armario descubrió con gran zozobra que tales tesoros había desaparecido, ¿cuándo? Y quién lo sabe… Volvió a su lecho a calentarse los huesos y la pena.
Y, así, comenzó su calvario particular. Poco a poco, este cura hecho a la antigua usanza agotó sus posibilidades de supervivencia en favor de su rebaño hasta que un buen día sus dos feligresas más piadosas e incondicionales se sobresaltaron al ver que don Servando no había abierto las puertas para misa de ocho. Esperaron y esperaron inútilmente y, cuando se cansaron de esperar, fueron al cuartel de la benemérita a dar razón de lo acontecido.
Al forzar la puerta de la casa parroquial, encontraron el cuerpo sin vida de don Servando, de rodillas, en sus manos un rosario, en sus hombros una manta roída y, su cabeza, postrada en el reclinatorio; el medico del pueblo certificó su muerte por inanición y frío.
Sus feligreses, los descreídos, los devotos y demás comparsa, no daban crédito a lo acontecido “Si se pasaba el día pidiendo”, comentaba don Edmundo, el farmacéutico. Don Constancio, el único ricachón del pueblo que quedaba, iba más allá, echando las culpas al obispado por dejar en la penuria a uno de sus siervos.
A su entierro fue todo el mundo, los de aquí, los de allá y entre comidillas y asombros, todos descubrieron que don Servando había renunciado a su vida en pos de las demás, un claro ejemplo para todos sus feligreses y los de kilómetros a la redonda.
Desde aquel día cenizo y lluvioso en el que enterraron a este hombre, no faltan flores en su tumba, nadie sabe quién se las pone, la mayoría dicen que salen por generación espontánea por lo que aquello consideran que es un milagro. El segundo, apuestan que a los más necesitados no les ha vuelto a faltar de nada, al menos las necesidades más básicas de cualquier ser humano están cubiertas por una mano benefactora que susurran que es la de Dios.
Ante estos hechos acaecidos el obispado para añadirse una medalla más ha solicitado a la curia romana una investigación profunda y en caso de hallar pruebas contundentes, comenzar con el proceso de canonización.
¡Pobres diablos! No saben discernir entre realidad, superstición, miedo y demás gabelas mundanas. Es la mano oscura de don Constancio, el ricachón del pueblo, el que mueve los supuestos milagros. Demasiado miedo en su cuerpo, quintales de superchería en su cabeza; ha de aplacar como sea esa ansiedad que le carcome habiendo prometido al Altísimo, aunque no crea en Él, pero por si las moscas fueran a ser que sí existe, voto de silencio, nadie sabrá jamás de sus ayudas a los otros.

Y, así, se acaba la historia, amigos míos, de este hombre que en poco le veremos en los altares. Yo, personalmente, qué quieren que les diga, simplemente me remito a un refrán castellano “Llámame perro, pero dame de comer”

domingo, 8 de enero de 2017

UNA HISTORIA SENCILLA

Miguel me atusa dulcemente la mano. Parece mentira con lo hoscas y atribuladas que eran sus manos, con el tiempo han logrado refinamiento, dominio sobre su fuerza bruta.
Levanto la cara, me está mirando. Me mira con esos ojos de cachorro perdido y lastimero; con lo cenizo que es, seguro que me está llorando antes de irme…, le conozco tan bien que… Sobre sus ojos se ha posado la niebla de los años aunque no han perdido la ternura a pesar de estar arrebolados de arrugas que acarician su años.
Le miro sintiendo la gratitud que se me escapa sin querer, con ese amor que da el roce, el tiempo…, y busco entre las telarañas de la memoria aquel joven que conocí con apenas veinte años.
Miguel era guapo, muy guapo. Extrovertido, parlanchín, culto y divertido. Como se decía en aquellos tiempos, hubo flechazo en el mismo instante en que nuestras voces se rozaron en el aire. Yo era camarera, y él un señorito bien de una ciudad de provincias. Yo, trabajaba para sacarme unos estudios con el enfado de mi padre que deseaba que me quedara en el pueblo y desposara con alguien que acrecentara las tierras familiares; para mi tiempo era una muchacha díscola e independiente en mi fuero interno.
Miguel era ya un apuesto abogado, además de tener novia reconocida y de su misma clase, pero hubo algo que condujo a sus sentimientos por caminos muy distintos a los de Casida, su chica como dicen ahora.
Al principio, él se debatió entre lo correcto que era Casilda y la pueblerina que era yo, sin haberes y, como único aval, mi belleza. Sí, hasta yo debía reconocer cuando veía fotos mías de aquella época que era muy hermosa. De esas bellezas limpias, sanas, sin necesidad de acudir a afeites que engalanaran mi tarjeta de presentación. Tampoco tenía falsas pretensiones y mis pies estaban demasiado clavados a la tierra para permitirme ciertos sueños. La discreción y la prudencia, mi carácter tranquilo me ayudaron a escalar los montículos sociales que nos separaban. Bueno, fue una ficción porque el tiempo demostró que no trepé ni las paredes de mi casa.
Nos enamoramos poco a poco, sin prisa, pero sin pausas. La declaración oficial de sus sentimientos a sus padres fue toda una tormenta que no acalló ni tiempo después de estar sus padres en la tumba. A él le perdonaron, pero no a mí que había truncado los planes de futuro para su hijo. Era una sociedad hipócrita, consintiendo, tapando cualquier desmán moral; todos estaban corrompidos, hasta Don Severino, el guía espiritual de mi suegra. Gracias a su ejemplo, dejé de pisar la iglesia. Ellos taparon los escarceos de faldas de Miguel. Claro, mi culpa fue callar, asentir, y hacer que nada veía. Le amaba demasiado hasta que dejé de quererle. Todo tiene un límite, hasta los sentimientos.
¿Por qué no me fui? Mis hijos, mis hijos me ataron a la pata de la cama de su padre. No, nunca tuve miedo de perder, Dios lo sabe bien. Sabía que no tenía nada, odiaba esa sociedad mentirosa, ellos tampoco me querían. No me fui porque el amor a mis hijos era lo que de verdad era real, limpio y puro en mi vida mientras su padre iba de triunfo en triunfo. Pero como todo en este mundo, los caminos se agotan, y has de volver a caminar, esta vez de regreso, cuesta abajo. Y allí estaba Matilde, yo, para recoger los escombros.
Los años pasaron, la vejez llegó, y Miguel se acopló a mi brazo hasta hoy.
No quiere escuchar a los médicos ¡Pobre!, tiene terror a la soledad, al eco de las paredes de su alma. Por él estoy aguantando, me da lástima. Guardo las pocas fuerzas que me quedan para cuando Miguel se acerca silencioso, se sienta, me agarra la mano y me mira con esos ojos de perrillo maltratado, abandonado.
El ser una octogenaria me ha hecho perdonar, olvidar mis duelos…, he dejado de sufrir por mi pasado, aunque no olvido que Miguel está aquí, ahora, porque su vejez le ha prohibido todos los placeres de la juventud.

… Me vuelve a acariciar la mano, se la acerca a la boca y me la besa suavemente; es lo último que he sentido antes de cerrar los ojos…

jueves, 5 de enero de 2017

PAULA Y EL CONEJO MATÍAS

Me he despertado pasadas las cinco y media. La cama pesaba demasiado, el nerviosismo se adueñaba de mi persona y decidí levantar el campamento. Las ideas eran saltimbanquis en mi cabeza sin poder asentar ni una sola. Un café recalentado ha terminado de rematarme, así que he perdido los ojos por los periódicos de cabecera hasta terminar preguntándome qué de verdad habría detrás de cada noticia, qué finalidad esconderían las letras de los periodistas, a dónde nos teledirigen aquellos que supuestamente nos informan… Demasiadas preguntas en un amanecer que pinta precaución en un cinco de enero por miedo a que un loco o varios arruinen los sueños de miles de niños aprovechando la marabunta, o que una cabalgata se convierta en reivindicación secesionista y, de paso, unos cuantos reclamen coherencia cultural cuando estamos a la cola en educación y son precisamente los que reclaman, aquellos que son proclives a las verdades a medias…Mi cabeza ya es una jaula grillos, así que me decanto por una hoja de ruta en blanco, a crear una historia, igual que el que coge unos pinceles y un lienzo, o dos agujas y lana y comienza.
Necesito sujetarme a algo bueno, con esperanza, algo puro en lo que creer y de pronto me acuerdo de una promesa que hice hace unos días y me esencia se ilumina. Hoy 5 de enero, un día tan especial como mágico solo debería tener un fin: los niños.

Y mi niña se llama Paula…
Eran una tarde de navidad, de un frio que vaporizaba las ideas, sin embargo fuera, en la calle, la plaza se acababa de iluminar de luces de colores y un Tiovivo daba vueltas de ensueño a niños que reían mirando a sus padres mientras los caballitos de cartón subían y bajaban. De repente, la puerta de la tienda se abrió con energía y por ella se asomó uno de los rostros más bonitos que yo hubiera visto nunca. La cara era una luna blanca, sus ojos dos estrellas luminosas decoradas con unas gafas. Su pelo era un bosque de castaños con un pequeño lazo en un lado. Su boca, una eterna sonrisa y su cuerpecillo, grande y vital. Según entró como un huracán se fue a las estanterías de cuentos infantiles y se puso a rebuscar. Entonces pensé “Esta es la mía. Voy a manifestarme”
-¡Eh, niña! Mírame, estoy a tu izquierda-la niña se sobresaltó y se echó para atrás, pero yo insistí- Mueve el cuento de la izquierda, por favor, estoy atrapado- rápidamente la niña hizo lo que la pedí y salí medio espachurrado- ¡Gracias!
-¿Tú quién eres?-preguntó mientras me miraba con sus bonitos ojos.
-¿Yo? El conejo Matías, a tu servicio… Y tú, ¿quién eres?
-Yo soy Paula. He venido con mi madre y mi hermano y su novia a comprar un libro para la tía Carmen.
-¿Tú no lees?, ¿no crees en la magia de los cuentos?
-No-Paula me miraba muy segura de sí misma.
-Entonces, ¿qué haces hablando conmigo, para qué me has rescatado si no lees ni crees en la magia?
-Porque tú me has pedido que te sacara. Mi madre me ha enseñado que he de ayudar a todo aquel que me lo pida, y al que no me lo pida, también.
-Paula, yo soy un conejo, sólo existo en tu imaginación y tú te acabas de meter en mi cuento.
-Yo no estoy metida en ningún cuento, conejo Matías.
-Anda, ven Paula conmigo, te enseñaré mi bosque. Hay un río con peces de colores, ¿los ves? Y mira a aquel árbol, ahí están mis amigos los pájaros. Colibrí, Azulejo, Atrapamoscas ¡Ah! Mira la cresta tan divertida que tiene Carcajada…
-Son preciosos esos pájaros, conejo Matías, pero te tengo que dejar, mi madre me llama. Otro día nos vemos, ¿vale?
-Pide un sueño, Paula-dijo conejo Matías.
-Mañana vienen los Reyes Magos. Ahora mismo voy a pedirles que me traigan un conejo como tú-y Paula se fue dando saltos contando a MªÁngeles, su madre, que había estado con un conejo parlanchín.
La mañana de Reyes Paula estaba muy, muy dormida, pero algo que la hizo cosquillas es sus pies la despertó. Tenía tanto sueño que volvió a cerrar los ojos, pero un picoteo insistente en su oreja la molestó. Paula dio un manotazo y entonces escuchó:
-¡Jo, Paula, me has hecho daño!- Paula dio un salto, se puso las gafas y miró a su alrededor-Debajo de la almohada, Paula, estoy esperándote-Paula metió su manecita debajo de la almohada y encontró un paquete envuelto en un papel muy bonito con dibujos de zanahorias. Lo abrió nerviosa hasta estrellar sus bonitos ojos con un cuento “Las aventuras del conejo Matías”. Paula fue corriendo con el cuento entre sus manos hasta la cama de su madre y la gritó.

-¡Mamá en este cuento hay magia potagia!