Vídeo promocional de Mujeres descosidas

domingo, 19 de marzo de 2017

SOCORRO MARMOL BRIS

"Dadaísmo...
Movimiento artístico y literario, iniciado por Tristan Tzara (1896-1963) en 1916, que propugna la liberación de la fantasía y la puesta en tela de juicio de todos los modos de expresión tradicionales"

Soco Mármol Brís, mi mentora, quien me enseña los cuatro pilares básicos de lo que debe ser un escritor: humilde, generoso, poner mucha ilusión y cada día trabajar muchísimo. Socorro presentó mi nueva novela, Mujeres descosidas y de ella os saco un extracto: 
"De lo que sí que estoy segura es de que esta novela es DADÁ, puritito dadá. La novela es ingenua y perversa, innovadora y retrógrada, se mueve entre la seducción por lo baladí y la inmersión en lo siniestro. De su agresividad nadie podrá dudar una vez leída y, sin embargo, EXISTE un lugar para la ternura; y la ternura está en los propios paisajes. Encuadro una obra en un determinado estilo, reconociendo públicamente que hay que renovar conceptos tan agarrotados y quizá desfasados..."

Esta mujer, cuyo CV no es nada desdeñable, Nacida en Sierra Mágina (Bedmar) Maestra Nacional, Abogada, Profesora de Mediación. Escritora con obra publicada en España y América. Mi primer Libro impreso fue MÁGINA MÁGICA Cuchicheos y Patrañas, en el que se contienen relatos imaginados en mi Tierra Integrante de varias Asociaciones Literarias y Miembro de la Junta de la Asociación Versos Pintados del Café Gijón Promotora del I Encuentro Internacional de Literatura Virtual en PUERTO RICO, Universidad de Mayagüez… Premios Primer Premio de Relato VILLA MARÍA (Coruña) en 1999, con el Relato EL BINGO…Primer Premio Relato Villa María 2000 con el Relato DON GEDEÓN PELLOPINCHO …Segundo Premio de Relatos del Colegio de Abogados de Málaga con el Relato YO TE QUIERO, PANCHO Varios en Poesía y Narrativa.

¡Muchísimas gracias, Socorro!

martes, 14 de marzo de 2017

MANZANAS PODRIDAS

29 de marzo 2014
La primavera se ha vuelto del revés. Alocada y alegre, igual hace sol que el viento atiza las persianas bamboleando una lluvia pertinaz.
Me he acercado hasta Cibeles, es una zona preciosa de ese Madrid inesperado y acogedor en el que nada más  cruzar el umbral de la puerta de Alcalá te sientes un turista accidental.
Este paseo me sentará bien, es más, el aire zumbón, tal vez, me despeje las ideas. Llevo días sin descansar. Todos desde que mi madre, en su lecho de muerte, me confesara que en el armario del trastero había unas carpetas, que las sacara de allí inmediatamente y que hiciera con ellas lo que creyera pertinente. Ella confiaba en mí a pesar de todo, y estaba convencida de que aquel material lo utilizaría con mesura y mano firme.
Después del entierro, de comer con la familia, me retiré; estaba cansada, triste, sin ganas de hablar ni cubrir más paripés. Todo había surgido muy deprisa, sin tiempo para digerir nada: mi aborto, los cuernos de Paco, la separación y, por último, la muerte de mamá. Sí, era joven, con mucha vida por delante aún, pero a mis treinta y siete años, la mochila de Amelia Rodríguez Antúnez pesaba demasiado y, sin querer, recordaba las palabras de mi padre “La vida es larga, pero pasa muy deprisa. Atrápala antes de que se te escape”… Así que descolgué el teléfono, cogí la llave del trastero y subí. Allí, sentada en un suelo frío y polvoroso, me adentré en la vida de quienes creía conocer hasta ese momento. Consumí tantos cigarrillos como todos los que tenía a mano mientras las letras, a veces manchadas de sangre y lágrimas se escurrían bajo mis ojos ahumados de tanto desconocimiento.

29 de Marzo de 1939…
Mi familia tenía un bar en la Cava Baja, al lado de hostales centenarios, se llamaba “Bar Central” ubicado en una calle que podía ser de un siglo perdido que ya nadie recuerda. Mi abuelo despachaba vino con tanto tanino que dejaba la garganta más seca que un erial y los labios amoratados. Mi madre, entonces, tenía onces años. Siempre revoloteando detrás de sus dos hermanos. Jesús, tenía diez, y José, siete. Eran felices a pesar de tanta carestía, y tanta pena en el centro de aquella guerra que ellos aún no entendían. Ya decía mi abuela Daniela que la pena une más que la alegría aunque mis tíos y mi madre no estuvieran conformes con la reflexión de su madre. A ellos les gustaba aquel abanico de colores que entraba a ráfagas por la puerta del bar: labriegos huidos de sus tierras, más que nada por el miedo pintado en sus caras, los falangistas estirados de camisa tan azul como su corazón. A mi madre la gustaba mirarles tan altos, tan gallardos, tan enjabonados y sin miedo; ella quería ser como ellos porque estaba rodeada de pavor, de días oscuros pasados en la bodega codo con codo con caras ajenas a ella aunque pertenecieran a su mundo, mientras los bombardeos arrasaban la vida de los malos. Su padre se enfadaba con ella cada vez que la oía decir que los malos eran los republicanos “Mocosa, aquí no hay buenos ni malos sino todos somos unos pobres desgraciados” “De pobre nada, Padre, nosotros tenemos un bar”… Mamá ya entonces apuntaba maneras.
Lo cierto es que en casa de mis abuelos, y esto lo tengo que afirmar yo que me críe con ellos, jamás se decantaron por ningún bando, o al menos nunca sentí manifestación alguna. Claro que hablaban de política, pero siempre presentí que el respeto se cincelaba en sus palabras.
Aquel veintinueve de marzo, la Carmina, una vecina de mis padres, apareció con su hijo Miguelito que iba a dar un paseo hasta la Cibeles y si mi abuela lo tenía a bien poderse llevar a toda la chiquillería. Mi abuelo dio el beneplácito  y allá se encaminó la Carmina con su jardín de infancia tan peculiar. Digo lo de peculiar, porque nada más llegar en lo alto de la Cibeles había chiquillos desenterrando a la diosa (Protegida por la Junta de Protección Tesoro Artístico del Gobierno de la República –que abandonó la capital dos años y medio antes-. No era la única, también habían sido recubiertas como se pudo, con lo que había, las otras fuentes de Apolo y Neptuno, las estatuas de Felipe III y Felipe IV)
Mis tíos y mi madre no lo dudaron y se encaramaron por los ladrillos hasta llegar a la arena. Según palabras de la Carmina, las carcajadas de los niños iluminaron aquel Madrid torturado después de cuatro años; era el rostro de los supervivientes. Los mayores, abajo, contemplaban fascinados aquel insólito juego mientras sus personas comenzaban a mudar de piel, de corazón y otros a oprimir y ocultar sus ideas.
En esto apareció algún que otro fotógrafo a inmortalizar el momento. La chavalería que se percata comienza a levantar los brazos. Mamá y sus hermanos no sabían cuál era el brazo bueno en aquel instante y lanzaban sus huesos bien alto con la mano estirada en ademán de engancharse a una ilusión.
Sí, mi familia se había ido adaptando a los colores de cada estación política guardando para sí sus íntimos pensamientos, sus aguerridas convicciones.
El uno de abril del treinta y nueve amaneció aparentemente para la familia  Antúnez como un día más. Sin embargo ese día mí abuelo no abrió el bar ni se oyó ruido en su casa, ni siquiera la cacharrería se desplomó en el pilón para que el agua bendijera su limpieza. Mi abuela hizo café y se sentó con el abuelo en la mesa camilla, se agarraron muy fuertes las manos y encendieron la radio. El sonido no era tal sino un susurro que sólo ellos oían. Sus ojos permanecían catapultados en aquel altavoz enrejado. Mi madre salió de puntillas y se paró  en las cortinillas que separaban su habitación del cuarto de estar. Allí, medio engatusada por la escena de sus padres, y la curiosidad que siempre había corrido por sus venas, pudo plasmar aquella escena que no olvidaría jamás.
Lo escuchó nítidamente aunque el sonido de la radio fuera un tintinear de palabras que ella en ese momento no entendió: En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”, firmado por “el generalísimo”, Francisco Franco, en Burgos.
Entonces mis abuelos se fundieron en un abrazo, lágrimas y risas, añadiendo mi abuelo “Hemos ganado, al fin la guerra, Daniela”… Mi madre les seguía espiando atónita mientras sus pensamientos infantiles la venían a dar la razón de que su familia era de derechas, pero de derechas de toda la vida. Tanta era su emoción ante el descubrimiento que no se dio cuenta que su padre la había pillado “Papá, Papá, somos ganadores, ya no hay que ocultarlo ¡Viva Franco! ¡Viva la República! ¡Viva los anarquistas!”...Después de sus osadas y locas manifestaciones sin sentido, mi abuelo la daría la única y más sonora bofetada de su vida “Mocosa del demonio, no sabes ni lo que dices. Todos somos perdedores, hija mía… Dime, ¿cuántas compañeras del colegio te quedan, eh? ¿Desde cuándo no vas a casa de una amiga a merendar, a jugar? Tu padre te contestará: has perdido a tus amigas, has perdido juegos y meriendas… ¿Y los amigos de tus padres dónde están? Muertos, Amelia, muertos. Aquí hemos perdido todos, hija mía”… Pero Amelia aún vio un atisbo de luz en el rostro de su padre que se había apagado de repente “Papá, niégamelo, pero tú vas con Franco” “Qué más da con quién vaya, Amelia, al fin ahora habrá paz”
Pasaron los años y mi familia vivió como las demás, con más penas que gloria. Fueron años difíciles y, aunque ellos se sintieran ganadores franquistas, siguieron acogiendo a todos, con miedos, con silencios. Respetaron al régimen porque eran los suyos aunque jamás lo reconocieran y, aunque los exterminios franquistas de las manzanas podridas les abrieran las carnes por crueles e injustificados, pero como dijo mi abuelo, un día, al haber crecido ya sus hijos “En todos los lugares hay gente buena y gente mala y no siempre el fin justifica los medios. No por ser franquista has de ser malo. No por ser republicano o anarquista, vas a ser el demonio. Unos mataron antes, los otros después, pero todos, hijos míos, mataron,  mataron para defender, por miedo a las represalias, por convencimiento. Tantos son los motivos del hombre que su número es infinito. Vuestros padres podían tener sus ideas pero jamás, ¿me entendéis? Jamás se chivaron ni delataron a nadie porque lo que no quieras para ti, no lo desees para los demás”


1 de abril del 2014
Sí, mi abuela Daniela tenía parte de razón cuando sostenía que las penas unen más que las alegrías, sin embargo, hoy en día, aún los vencedores de antaño que fueron y son buena gente, les da vergüenza aquel espolio de nuestra España más reciente. Se esconden entre las letras de mi teclado como si fueran en parte autores de crímenes sin sentido, pero decidme, ¿qué guerra es justa?

Hoy he vuelto a bajar a la Cibeles, es un día de primavera lluvioso y frío, pero mi corazón se siente cantarín, tal vez porque las golondrinas no se acerquen a la gran ciudad porque no encuentran ya alimento entre tanto asfalto  y sea yo, una descendiente de una buena y honrada familia de derechas que ve en la cabeza de la diosa Cibeles cómo las manos infantiles de unos niños de ayer desenroscan la belleza para que vuelva la luz y la paz a un mundo tan encrespado como el de hoy.

viernes, 3 de marzo de 2017

INSTATÁNEA y NADA ES LO QUE PARECE


Estos son dos relatos escritos para un concurso que preparó Luis Posadas Lumbeiro del grupo Recuerdos e Infancias de Valladolid aquí, en Facebook... Buen fin de semana a todos!!!!


INSTANTÁNEA
Don Gorgonio Campos Rollan enciende un puro; no son horas pero el día lo merece. Hoy es su santo, 9 de septiembre, y el rey llega esa misma tarde a Valladolid. En su casa, sita en la Acera de Recoletos 9, no hay quien pare, pero él ya está acostumbrado después de bregar con seis mujeres desde que enviudó. Suspira y piensa que Dios bien le podía haber dado un hijo varón, sin embargo mientras observa a sus hijas, el orgullo de padre se refleja en su rostro, hasta el bigote asciende de satisfacción. Son buenas chicas, de eso no le cabe duda pero ¡todas solteras!, “Algo he hecho mal” se dice. Gertrudis, la mayor, posa serena mirando a la cámara. Con permiso de don Gorgonio se ha puesto el ramillete de flores secas que tanto gustaba a su difunta madre y al final, se ha colocado el vestido de terciopelo malva. “Es un derecho por ser la hermana mayor” Dice a su padre suplicando con sus ojos castaños, “Tan dulces como los de su madre” piensa don Gorgonio. Las otras cinco hijas van de colores oscuros, discretos y elegantes, no le gusta que destaquen ni que llamen en demasía la atención. Cosa que no ha logrado pues sus hijas hacen lo que las viene en gana. Bueno, menos Purita que permanece sentada con el brazo apoyado en la falda de su hermana Carmina. Quiere ser monja pese a quien le pese y don Gorgonio se resiste; es su niña pequeña, su debilidad. Quienes más le preocupan son las gemelas, Evarista y Pilar. Las estudia detenidamente, una de pie posando tímidamente la mano en el hombro de su gemela. Estas dos se dedican a corretear por la ciudad enseñando a leer y escribir al primero que se pone delante “Padre, en esta ciudad la mayoría son analfabetos, nuestro deber es enseñar”, dicen al unísono en una arenga enfebrecida de convicción, y su padre las deja hacer. Luego está Cecilia, alta, esbelta y con la misma cintura de avispa que poseía su madre. Por don Leoncio, el médico de la familia, se ha enterado que Cecilia trastea siempre que puede con los enfermos. Quiere ser médico, enfermera, lo que la dejen pero estar cerca de un enfermo. Por último recala en Carmina que parece no romper un plato, pero en los mentideros del casino ha oído rumorcillos que su hija es demasiado ligerita con los hombres; don Gorgonio se santigua “Virgen del Carmen, que no me sea puta, te lo ruego por favor”

¡Señor, Señor, mándame seis varones! Clama al cielo don Gorgonio mientras el fotógrafo imprime la mejor instantánea de la vida de este acaudalado y bonachón vecino de Valladolid.


NADA ES LO QUE PARECE
Celedonio pide otro brandy, hoy no hay forma de entrar en calor. Este Valladolid de sus amores le mata en invierno aunque, se echa a reír pensando la manera de paliar sus males. Sus pensamientos son interrumpidos por Críspulo que entra como un huracán en el casino pidiendo a voces un café con un chorrito de coñac.
-¡Vaya día más inhóspito que se ha levantado! Por cierto, no te veía desde la semana pasada, bribón. ¿Dónde te has metido?
-Por aquí y por allá-contesta mientras suelta una carcajada que llama la atención del resto del salón.
-Cuenta, cuenta, que últimamente ando descalentado. Tengo un revuelo en casa que si te cuento, no paro. Esta ciudad de provincias cada día está más aburrida. O te vas a Madrid o…-baja la cabeza taciturno y Celedonio se preocupa.
-No me digas que te has enamoriscado a tu edad, ¡no me fastidies, Críspulo! Anda, acércate que te enseño una delicia, ya verás cómo se te pasan todos tus males-Celedonio mete la mano en su levita y saca una foto- Mira, mira qué seis joyitas me tienen entretenido ¡delicatessen pura!... Si quieres, luego vamos-Críspulo arranca de las manos de su amigo la fotografía. No hace más que mirarla, se ha quedado pálido.
-Estas mujeres, Celedonio, ¿Quiénes son?
-Ya te he dicho, Críspulo, delicatessen recién llegadas de Santander y Burdeos. Bueno eso cuenta Bárbara que ya sabes que imaginación no la falta a la hora de vender su local. Por cierto, la que está sentada en el medio mirando a la cámara se llama Charlotte, es la francesa. ¡Su piel huele, cómo huele, Críspulo!-Críspulo permanece callado mirando en una sola dirección a la foto.
-La de la esquina, la más guapa, la que lleva esas flores al cuello, ¿quién es?
-De Santander, Catalina y no vale un clavel. Solo tiene fachada. Debajo de las sábanas, un tempa…
Celedonio no ha podido terminar la frase. Un puñetazo en la nariz le ha dejado fuera de combate. Críspulo le tiende un pañuelo pues Celedonio no hace más que sangrar. Cuando recupera el resuello, pregunta malhumorado a su amigo.
-Pero, ¿qué coños, te pasa, tío?-grita a Críspulo.

-¿Qué me pasa? Pues esa mujer ni es de Santander ni se llama Catalina, ¡cabrón! Es mi hermana Virtudes.

miércoles, 22 de febrero de 2017

LA DEUDA

Miré la hora. El teléfono marcaba las cinco menos cuarto. El dolor me atravesaba las sienes como dos puñales pero pude pulsar la luz del móvil al que me agarraba como si me fuera la vida en ello. Apenas me podía mover. Seguía tumbado en el suelo sin ver lo que me rodeaba, la oscuridad apagaba hasta las sombras. Volví a cerrar los ojos, a tratar de pensar, sin embargo el miedo me bloqueaba, era incapaz de coordinar ningún recuerdo. Solo me acordaba de mi llegada llamando al timbre del portal, esperando pacientemente a que Begoña, mi última conquista, me abriera. Mientras, mi nariz se distraía en el suave perfume de la media docena de rosas que iba a regalarle. Sí, era una costumbre en mí cada vez que una mujer me invitaba a su casa. Claro, la adquirí cuando mi sueldo fue lo suficientemente sólido. Sabía que era un detalle que a cualquier chica le gustaba, daba igual que fuera moderna o clásica… La verdad es que a mí me gustan todas. El mundo femenino es mi mejor distracción después de una buena reunión de amigos con cervezas y futbol; esto es lo primero y luego, ellas.
Jamás me he comprometido con ninguna, ni creo que lo haga. Tengo treinta y seis años y, en mi vida, en mi apartamento de cuarenta metros cuadrados, no cabe ninguna mujer. Disfruto de ellas, ellas de mí y punto final. Dicen que soy un amante de quitarse el sombrero. Delicado, paciente, respetuoso. En mis encuentros no escatimo nada. En sus casas, en la mía no ha entrado ninguna, solo mi madre y mi hermana Patricia. Me fio mucho de su gusto. Ambas son interioristas. Además, una vez al mes las invito junto a mi hermano Eduardo a cenar. Me gusta cocinar para ellos, los preparativos, la sobremesa, el aroma a velas perfumadas que compra Patricia. Mi padre si no hubiera sido un cabrón también estaría sentado con nosotros, pero le tachamos de la agenda familiar cuando puso los cuernos a mi madre con su íntima amiga. Una historia vieja como la vida misma, vulgar y muy repetitiva. Éramos entonces tres críos. Mi padre estaba de viaje, por lo visto tenía un cliente en Almería con mucho dinero y muchos líos también. Nuestro padre era abogado. Bueno, Eduardo y yo también lo somos y trabajamos en el bufete de mi padre que ahora es nuestro; en cuanto pudimos le echamos a patadas de allí. En nuestras retinas tenemos grabada la escena de entrar en la casa de la sierra con nuestra madre. Todo revuelto, botellas y copas vacías, comida seca, putrefacta casi, y silencio, mucho silencio. Mi madre nos dijo, al ver todo aquello, que nos quedáramos en la puerta. Ella entró, nosotros oímos voces y nos asustamos. Fuimos corriendo en busca de nuestra madre y la encontramos en su dormitorio. Mi padre estaba sentado en el sofá, desnudo con una sonrisa tonta en su cara mirando a mi madre sin verla. En la cama dos tías igualmente desnudas. Una era Clara la íntima amiga de mi madre tumbada boca arriba con una rosa tatuada al lado del ombligo, con la misma sonrisa gilipollas que mi padre. La otra mujer permanecía bocabajo convulsionándose. Mi madre no se dio cuenta que nosotros tres estábamos allí, parados, quietos, nuestras bocas abiertas sin decir nada, solo mirando. Salió de allí y fue  al salón. La oímos hablar por teléfono. Recuerdo que Patricia se soltó de mi mano, y se puso a devolver. A mí lo único que se me ocurrió fue ir al baño a por una toalla para limpiar a mi hermana pero no pude. Al llegar vi un hombre en el suelo. Estaba desnudo, tenía una jeringuilla en el brazo. Yo también me puse a devolver. Al rato, sentimos una sirena, mi madre se había olvidado de nosotros. La vimos llorar en el salón mientras un hombre vestido de policía la calmaba. La casa, nuestra casa de la sierra se convirtió en un hervidero de policías y camillas que iba y venían. Al hombre del baño vi que lo tapaban, a la mujer que se convulsionaba, llevársela en una camilla y alguien cogernos por los hombros y sacarnos de allí.
Recuerdo que las huellas de mi padre desaparecieron de casa, nunca más volvimos a la casa de la sierra. La obsesión de mi hermano y mía fue estudiar derecho. Él termino tres años antes y tuvo los huevos de pedir trabajo a mi padre. No lo habíamos vuelto a ver. Se lo dio, luego terminé yo e hice la misma operación que mi hermano y, en cuanto pudimos, le denunciamos por trapicheos en el bufete. En esta ocasión funcionó la justicia y pasó cinco años en la trena. Salió antes de ayer.
Se ha hecho de día, entra luz por la ventana. Soy capaz de acercarme el móvil. Tecleo 112.
-Policía…
-Calle Albatros nº5, 2ºD, no sé lo que ha pasado-pero según tuerzo la cabeza veo dos cuerpos, uno encima del otro. Debajo está Begoña, tiene los ojos abiertos, miran a un punto fijo. El cuerpo que está encima no se le ve la cara, pero veo una jeringuilla en su brazo izquierdo… ¡Dioooos! La imagen acaba de estallar en mi cabeza.
-Begoña abre, soy Álvaro-según voy a empujar la puerta, un aliento fétido se pega a mi nuca.
-Ni rechistes, hijo de puta y tira hacia delante-no le veo la cara pero su voz me es conocida. Nos metemos en el ascensor y me empuja hacia una de las paredes. Sigo sin ver su cara pero su voz no deja de hablar.
-¿Qué te pensabas? ¿Acaso creíais que os ibais a salir de rositas, cabrones de mierda? Hoy te toca a ti, pero mañana iré a por vuestra madre y luego a por tus hermanos.

La puerta de Begoña está abierta. Entramos y el hombre dice “Hola guapa. Vengo a ajustar cuentas con mi hijo. Ya verás qué bien nos lo pasamos los tres”

domingo, 19 de febrero de 2017

DE SEVILLA AL BRONX

Camino de Cádiz, perdido entre la belleza andaluza de costa, olivar y arte, encuentro una nota disonante, solapada y escondida, llena de vida y bajeza, palpitante su grito de justicia y ayuda para no morir en la más mísera pobreza humana y espiritual.
Línea fronteriza que no existe como tal y que, sin embargo, separa dos mundos contrapuestos: el avance y la marginación.
El Taxista se niega a continuar y, después de pagar, me deja tirado en el asfalto. Pongo mi mano a modo de visera pues el sol me ciega y no veo el vasto territorio que se expande ante mí. Un paisaje desolador en el que no existe sombra alguna y, por el desierto de arena, polvo, ratas y jeringuillas, me encamino a mi destino.

Después de andar cerca de media hora y no encontrar un alma por la calle, avisto una tienda de ultramarinos que parece estar abierta. Nada más entrar, lo primero que se ve es un enorme cartel que advierte "No se fía". El tendero, un tipo musculoso, con delantal a la cintura y camisa desabrochada por la cual se deja entrever un tatuaje justo en el centro del pecho. El escudo del Betis reluce en el torso velludo. Sin mirarme, pero apreciando mí presencia me pregunta, mientras sigue cortando rebanadas de salchichón para una mujer desdentada y casi calva:
-¿Qué busca por estas tierras, amigo?- su voz no puede ser más desafiante.
-Busco la casa de Esperanza Jiménez, la mujer del "Trole".
-Bajando esta calle, el segundo portal a la izquierda, pero a esta hora no hay nadie.
-Gracias, esperaré. ¿Me puede indicar un bar?
-Detrás de esta tienda, encontrarás uno… Chico, ¿sabes dónde estás?- su cara denota preocupación por mí, lo cual agradezco.
-En el Bronx andaluz.-El tendero suelta una carcajada que asusta a la vieja compradora de salchichón que con voz muy tenue pregunta:
-¿Eres Pascual, el amigo del Trole que conoció en prisión?- esa pregunta me pilla desprevenido y, más, procediendo de aquella mujer que, de pronto, no me parece ni vieja, ni calva sino un ser humano.
-Sí, señora, el mismo. Él me ofreció techo para cuando saliera y aquí estoy. Es hombre de promesa fiable, su palabra es ley y como un padre se comportó.- la miro tan fijamente, que ella esconde sus ojos en el suelo.
-Es mi hijo.

De su boca desdentada no salen más palabras, pero mi memoria recuerda como una noche el Trole me contó como de un puñetazo dejó a su madre sin dientes porque se negaba a dar más dinero para una dosis. Después de aquello, con unas tenazas desinfectadas, sacó de su boca dos muelas de oro para que su hijo pudiera comprar heroína.

-Me alegro de conocerla, señora Tomasa, su hijo me habló mucho de usted. Sepa que, para él, su madre es el héroe silencioso del sol y la lluvia en su vida. De él, aguantó insultos y desprecios y aquí está usted para lo que sea necesario para el hijo mal pario como el Trole gusta decir.- en mis palabras iba todo el coraje y admiración que mi protector puso en la descripción.
-Cuando eché al mundo a este esperpento de hijo, los dolores del parto me anticiparon lo que sería mi vida. Anda, acompáñame, hoy hay pa comer cocido de acelgas, pobre pero caliente. Paco dame la cuenta y no cobres de más que te conozco.
-Tomasa morirás desconfiando, vieja zorra- contestó el tendero en un tono de confianza y cariño hacia la mujer. Salimos a la luz y, ya más relajado, pude observar según íbamos andando el panorama de bloques de hormigón, fachadas desconchadas y olvidadas por todos, tierra sin infraestructura, maleza que crece por doquier, que oculta escombros y suciedad. Cerca ya de la casa, nos encontramos un grupo, mezcla de payos y gitanos en amena charla y bebiendo cerveza.
-Señora Tomasa, pronto empiezan a beber.
-No tienen trabajo, ni lo buscan tampoco. Sus horas pasan así y, mientras sea hablando, no vamos mal, lo malo es que muchos caen en el pillaje.
-¿No limpian la basura?- las calles estaban decoradas por bolsas rotas, restos de comida, botellas vacías y, de ahí, las ratas que se pasean.
-La policía municipal no viene, los servicios de limpieza tampoco aparecen. Dios se olvidó de esta tierra y nosotros nada hacemos y, cuando alguien recala para ayudar, sale a pedradas… ¿Quién va a querer venir?

Enfilamos las escaleras, varios tramos aparecen con la barandilla arrancada por lo que hay que subir con cuidado si no quieres caer al sótano. Por una puerta sale una voz que canta algo con mucho sentimiento. La Tomasa, al pasar toca la puerta y rápidamente se abre.
-¡Tomasa!, pase. Mi hijo está ensayando la última canción que preparé para él. Ande, venga, no se haga la remolona y tome un chato con nosotros.- el hombre que invita es mayor, está en pijama y sin peinar, pero sus ademanes denotan sencillez y buena acogida.
-Vengo con un amigo de mi hijo. Pascual, pasemos, te presento a Gerardo, su hijo Antonio, el cantante, y su mujer Daniela. Son buena gente, de lo mejor-sonrío con timidez a sus palabras y asiento.
-Chico, así que eres amigo del Trole ¿Nuevo por aquí? No te asustes de lo que veas, aquí hay de tó, mucho malo, pero también gente humilde y honrá.
-Gerardo, estoy muy agradecido al Trole. No tengo donde caerme muerto. Los últimos cinco años he estado en la cárcel. Mi familia no quiere saber nada y les comprendo-Daniela escucha con avidez mis palabras que me salen a borbotones, como si estuvieran deseosas del roce con alguien.
-¿Qué hiciste?- pregunta Antonio, con la guitarra en la mano.
-De todo. Desde arruinar a mi gente, hasta casi matar a mi novia por no quererme dar una raya. Caí en la mierda, pero el Trole me levantó y me enseñó a no perder el coraje y la esperanza. Nuestra amistad desde el principio fue un intercambio, recorrimos un camino de aprendizaje mutuo- por el rostro de Tomasa caen lágrimas y su cara se ilumina.
-Cuando recibí la carta escrita por él y que el nieto me leyó, no podía creer que mi hijo fuera capaz de emborronar aquel papel.
- Lo tomó muy en serio, señora Tomasa.- contesto yo-, y no vea cómo sumaba y
dividía, más tarde, él enseñó a otros presos. Nos llamaban "los maestros"
- Tú, chico, no eres de nuestra ralea, ¿eh? Se nota en tus modales-comenta Gerardo.
- Ya no soy de nada, maté mi mundo y en la cárcel empecé a construir otro.
- Así se habla, chico, que no digan que no hay oportunidades. Pal que no las quiera, puede. Antonio toca y celebremos. Eres mejor que Vicente Amigo tocando la guitarra y tu voz no la ha oído José Mercé, pero... tiempo al tiempo- Antonio, satisfecho de los comentarios de su padre saca de sí mismo lo mejor que tiene para los presentes.

-El trole me contó que este barrio sevillano de” Las tres mil viviendas” era conocido, no sólo por su parte oscura de drogadicción, absentismo laboral y escolar, boca del infierno que inocula el virus de la violencia, sino también por ser cantera de artistas flamencos.
-Los mantiene vivos a muchos esa ilusión por el cante, y es raro no ver en cada familia, un artista en ciernes-dice Gerardo.
-Recuerdo que cada instante que allí viví en la cárcel, lo absorbí como si me fuera la vida en ello. Un día me hice el firme propósito de que mi vida no la volvería a tirar, que disponía de dos manos y una cabeza para salir adelante y ofrecer a otros mi experiencia. No desaprovecharía esta oportunidad y, aunque fuera entre miseria y estiércol, lucharía-añadí yo.
Se ha pasado la mañana entre bulerías y bailes del "Chepa", otro vecino, éste versado en el arte del baile, evasión para olvidar como el SIDA carcome minuto a minuto las escasas horas que le quedan. A las dos de la tarde, Tomasa ha levantado el campamento y la fiesta termina. Su preocupación es haber olvidado el cocido de acelgas para los suyos y dedicarse al disfrute humilde de la compañía sana y relajada de unas gentes que tienen mucho que decir. La ayudo con las bolsas y nos vamos dos tramos para arriba. Ambos subimos hechizados del rato que hemos pasado y con alegría la vieja desdentada se pone a cocinar.

La vivienda no puede ser más pobre, muebles destartalados, cada uno de un padre y una madre. Los únicos signos de ostentación son un televisor en blanco y negro, una radio y una foto enmarcada de La Macarena y, por supuesto, el olor a limpio que reina en los escasos metros, ¡es digno de alabanza! Se siente que la puerta de la calle se abre y como arrastran algo por el suelo. La Tomasa sale rápida al encuentro y yo tras ella. Acaba de llegar Esperanza, la mujer del Trole con todos los bártulos de su mercadillo ambulante. Yo, ya la conocía de sus visitas a la prisión, de sus ojos enamorados y sumisos a los requerimientos del Trole. Sin duda, es una belleza andaluza, de pelo negro, pulcro y ensortijado. Ausencia de carne en sus huesos debido a tanto trabajo y la pena que en un tiempo ocupó su ánimo, pero los dos arbustos que enfilan el torso femenino, siguen tiesos y firmes para que el Trole se pierda por ellos en las horas de pasión.
-¡Pascual, qué alegría! El Trole salió en tu busca a la carretera. Te has adelantado-mientras pronuncia estas palabras, se abalanza sobre mí para estrecharme entre sus brazos, lo cual me emociona en lo más profundo.
-¡Cuánto me alegro de verte, Esperanza! Cogí un taxi para llegar más rápido.
-¡Mira el niño rico! Tú gasta lo poco que tienes y verás. Mañana mismo tienes que acompañarme a por ropa. Me dejarán un coche, el Trole me dijo que sabes conducir. Al no encontrarte, se fue a recoger cartón, llegará tarde.
-Espero no tener el carné caducado y, si no, empujo el coche. Por una dama como tú, lo que haga falta.
-¡Uy! Me llamas dama.- suelta una risa que nos contagia a la Tomasa y a mí.
-He hablado con mi marido y está todo organizado. De momento, me ayudarás en el mercadillo, el resto, el Trole ya te contará. Dormirás en una colchoneta ahí, al lado de la mesa, es el único lugar libre de la casa, a no ser que el Trole te deje dormir conmigo- otra risotada en sus últimas palabras que hace que el ambiente, aún, sea más distendido.
-Mujer, si quieres que el Trole vuelva a la cárcel, hazlo y verás. De una cuchillada me manda al otro barrio- comento yo, en tono jocoso- él tiene cuatro cosas sagradas: su madre, sus dos hijos y la mujer que calienta su corazón y el cuerpo.

Entre bromas, nos sentamos a comer el agua deslavada con cuatro garbanzos y acelgas; me sabe a manjar de dioses y, sin querer, levanto los ojos al cielo y doy gracias a un Dios que olvidé entre rayas de coca.

A media tarde, llega el Trole lleno de mugre, pero con rostro satisfecho. Nos abrazamos en un intenso abrazo bajo las miradas de la familia. Lloramos ambos como niños y cuesta separar los cuerpos tanto tiempo sin tocarse. Nos contemplamos como dos desconocidos; un año da para mucho. El Trole está más gordo y los surcos oscuros que jalonaban los ojos han desaparecido. Lleva el pelo rizado, más largo y recogido en una coleta. Yo, me he dejado barbas y mi pelo está salpicado de canas a pesar de mis veintinueve años. De nuestros brazos no han desaparecido las huellas del pasado y, como cicatrices perennes, recuerdan a ambos por donde no debemos volver.
-¡Joder!, pareces un poeta.- se separa para contemplarme con sus ojos vivarachos. Yo le miro con mi luz apagada; necesito graduar las gafas, he perdido vista en los últimos meses.
-Macho, pues tú pareces un obispo. Las mujeres te han mimado, no pareces el mismo.
-Me lavo y salimos a dar una vuelta por el barrio y te pongo al día.

Esperanza corre a preparar la ropa limpia y la ducha para su esposo. No puedo evitar una chispa de envidia por mi amigo. Él tiene una familia y me pregunto, ¿seré capaz yo de tener algo así? Está anocheciendo cuando aparece el Trole inmaculado, oliendo a jabón. Tomasa y Esperanza le miran con tanto orgullo y amor, que a mí se me parte el alma. En ese instante, más que nunca, me siento un tipo con suerte.

Salimos a la calle, ahora sí que hay vida en ella. En los portales hay gente sentada tomando el fresco, corrillos de jóvenes cantado y dando palmadas, otros, se intuyen que lo suyo es la noche y denotan que algo están preparando… Presiento, que no es nada bueno. En un callejón vemos como un chavalín, con menos de quince años, ofrece a quien pasa unas papelinas.
-Esto, Pascual, es el pan nuestro de cada día. Veo a estos niños y tiemblo por mis hijos y quisiera salir de aquí, que no vean esta miseria, que no caigan como cayó su padre, pero no tengo salida amigo, estoy desesperado.
-Venga, no me seas pesimista o acaso, ¿olvidaste todo lo que hablamos en aquellas cuatro paredes? Vamos a luchar, nada ni nadie nos parará- él me escucha mientras bebe la cerveza y pierde la mirada en el vacío.
-A veces pienso que no puedo más. Cuando vuelvo a casa con las manos vacías y cuatro pares de ojos imploran comida y yo nada tengo que ofrecer, me dan ganas de salir huyendo y pincharme hasta morir tirado como una mierda que es al fin y al cabo lo que soy. Sé que volveré a caer Pascual y tengo mucho miedo. Robar no quiero y me salen trabajos, no creas, pero me aferro a los cartones como si ellos fueran mi salvación. Por las noches meto la cabeza entre las tetas de la Esperanza y pasó allí las horas como un maldito cobarde, esperando que pase la tempestad.
- Sé de que hablas. Yo también tengo mucho miedo y cuando me invade ese temor sordo y punzante, saco papel y bolígrafo y me pongo a escribir. Pinto mis sueños con letras mal rimadas, dibujo a la mujer que me hará perder el seso y así pasa la tormenta. Tío, cinco años sin tocar a una mujer; creo que si me topo con una, mi picha ni se enderezará.
-Jajajajaja, amigo, eso no se olvida jamás. Ya buscaremos algo para que te inicies- a pesar de su risa, su rostro no pierde el halo de preocupación y franqueza sobre los temores que revolotean en su cabeza.

Cayó definitivamente la noche. Seguimos bebiendo cerveza y sentados en un bordillo. Nos hemos quedado callados, perdidos cada uno en sus pensamientos, tan negros como el cielo que nos arropa. Miro a lo alto en busca de luz, y veo las estrellas, las mismas que estaban en el patio de la cárcel y deseo ser una de ellas, puras y blancas, que duermen y se despiertan, pero estoy aquí, en el mundo real, fuera de prisión con una vida por delante, peligros que salvar y mi debilidad como salvoconducto. Sin darme cuenta de lo que hago, busco la mano del Trole y la aprieto, necesito fuerza para vencer este miedo que me atrapa. Él me mira, está llorando y solo acierta a decir:
- ¡Venceremos, Pascual! Estamos juntos- mientras pronuncia su sentencia, la voz de Camarón se escucha en la lejanía, una guitarra rasga el silencio. Una sombra se acerca a nosotros, es Esperanza. Se hace hueco entre ambos y se sienta en medio permaneciendo callada. Al rato, se incorpora y tendiéndonos sus manos dice:
- Vamos a casa, mañana nos espera un nuevo día. Si hay luz, si en verdad existe un mañana y un Dios creador, ¡ojalá que no permita un retroceso!

Podemos vivir con miedo, pero no sin la voluntad para superar nuestros temores... nuestras debilidades.

martes, 14 de febrero de 2017

SIEMPRE

“Manuel, nos estamos haciendo viejos” Pero Manuel no se entera, últimamente ha perdido audición del oído izquierdo y se niega ir al otorrino. Dice que es un tapón y que él sabe cómo quitárselo pero nunca lo hace. Triana le mira meneando la cabeza y se da la media vuelta. Está limpiando los armarios de la cocina, ese polvo inexistente que se empeña en quitar con tal de rellenar los huecos de las horas. Sin embargo hoy ha intentado subirse al taburete y no ha podido. Un vértigo y un dolor de rodilla se lo han impedido. Como tonta, se ha puesto a llorar. Antes ¡hacía tantas cosas! y ahora encuentra trabas por todos los lados, y a Manuel no puede recurrir porque la lía. Ayer se fundió una bombilla y al ir a quitar el casquillo, rompió la bombilla y se cortó en los dedos; tuvieron que ir a urgencias. Hace dos días, Triana se puso a freír pescado y siempre que guisa se pone a pensar; se la quemó el pescado. Del humo que se preparó, se saltó la alarma y de nervios ni ella ni él supieron apagarla ¡un desastre!
Los chicos, son tres hijos, hace tiempo que se fueron de casa. Se marcharon a cuentagotas. Cada vez que uno se iba, Triana dormía un par de meses en la cama vacía. Se agarraba a la almohada y sentía que su hijo aún estaba allí. El día que se fue el último, Triana y Manuel se agarraron de la mano y salieron a pasear, el silencio de la casa les apabullaba. Cuando volvieron, se metieron en la cama y durmieron abrazados.
Los chicos les regalaron hace tres años un perrillo. Es pequeño y agradecido. Manuel sostiene que muy putas tuvo que pasar el animal para esa mirada tan triste y ese temor que tiene a quedarse solo. Marina, su hija, se fue a una perrera y rescató un animal. Se llama García y con él van a todas partes o se deprime, incluso por las noches duerme entre los dos. Manuel es el encargado de cuidar al chucho: paseos, comida, veterinario… Largas charlas hay entre ambos. García le adora, siempre está a sus pies y cuando Manuel habla, el perro le mira como si en el mundo no hubiera nada más.
Desde que García llegó apenas viajan, hecho que a Manuel le satisface sobremanera pues se ha pasado media vida arrastrando una maleta por la manía de Triana a viajar. Ella no quería regalos como otras mujeres, solo que la llevaran de aquí para allá. Ahora un par de veces al año y gracias. García se queda normalmente con Marina y ellos se van a Málaga a casa de unos amigos de toda la vida. Antes salían los sábados con un matrimonio amigo pero dejaron de salir pues uno de ellos tiene un Alzheimer galopante y es un lío salir con él a la calle. Otros dos amigos se fueron a Valencia a vivir cerca del hijo. Otro se murió el año pasado y el anterior dos casi a la vez. Manuel se restriega las manos “Se van quedando solos” piensa mientras trata de leer en el ordenador noticias económicas, su hobby.
Manuel y Triana ya no discuten; antes no paraban. Si él decía negro, Triana, blanco. Sin embargo ahora es distinto. Triana no le lleva la contraria. Se le queda mirando y cuando Manuel termina su arenga, ella suspira y solo dice “Manuel, Manuel, qué sabelotodo has sido toda tu vida”
Su rutina diaria siempre es la misma. Bueno, no. Ahora han incorporado ir a misa todos los días y juntos, y esto es desde que a Triana el corazón les dio un susto. Desde entonces, más de una noche  ha abierto los ojos y se ha encontrado a Manuel mirándola mientras dormía “¿Por qué haces esto?” pregunta Triana y Manuel responde “Porque te quiero”
A media tarde se toman un café descafeinado y luego Manuel lee en alto a Triana “Te has vuelto vaga, Triana, no sé por qué no lees tú sola” “Me gusta tu voz, Manuel. Anda lee y deja de refunfuñar”

“Cuando seas viejo, te quiero con sabor rancio pero gallardo; independiente y eternamente gaviota. Parco, raspa y salado como tu mar. Cuando tu piel se marchite y tu esqueleto se curve, deseo tu envoltura ácida, pero tierna en tu interior. Cuando el tiempo rasque nuestras voces, sueño con oír tu susurro en mi tímpano. Cuando las nubes fluyan a tus ojos, porque la edad todo deteriora, anhelo tu chispeante mirada de pícaro empedernido. Cuando tus manos tiemblen, espero tu roce tibio sobre mi cuerpo, pues mi deseo por tu persona no habrá tiempo que lo acalle. En los albores de tu senectud… te estaré esperando, te estaré esperando siempre”… La voz de Manuel enmudece. Levanta los ojos para mirar a Triana. Allí está pegadita a él enjuagándose las lágrimas “Ay, Manuel, nos estamos haciendo viejos. Tú cada vez más despistado y yo cada vez más torpe” Los dos se echan a reír y un día más ha llegado a su fin y siempre juntos.

jueves, 9 de febrero de 2017

HISTORIA DE UNA NOVELA Y MIS INESPERADAS SEÑALES

El tiempo es denso cuando la espera es incierta, cuando tu hijo recala en unas primeras manos que las sientes doctoras y analizan a tu criatura. Días largos en que nada sabes pero cuentas las horas mientras tu cabeza se precipita a preguntas sin contestar.
No dejo de pensar que mis novelas nacen con duende o  un ángel protector que no deja de manifestarse para que no pierda el desánimo y tire “Palante” Yo lo llamo señales, nadie me cree, da igual.  Con Sevilla…Gymnopédies recibí una señal impactante. No estaba sola. Mi marido la vivió conmigo.
Mientras espero el día D y la hora H, distraes el pensamiento como puedes y hoy me he regodeado en cómo nace una novela, una historia. Son muchas fases, muchos registros, una labor de zapa con mucho trabajo por medio. Hay quien le lleva años escribir una novela. Mi experiencia es de un año aproximadamente trabajando cinco horas diarias incluidas fiestas de guardar, y exceptuando periodo vacacional en el que no dejas de escribir, de una manera distinta, pero sigues con ojo avizor y libreta en mano por si salta la liebre en cualquier esquina.
Lo mío comienza sin pies ni cabeza, como soy yo, pura vehemencia.  Mi segunda novela, Mujeres descosidas, se fraguó delante de un vino mientras esperaba a una amiga. Mirando el líquido ensangrentado, difuminado el color  de la sangre mientras dejaba olas transparentes por las paredes del cristal me dije “Una mujer que viaja en el tiempo” Sin embargo, la novela que ahora estoy escribiendo nació de un anciano al tropezarme con él en un parque. Él se fue a sentar a un banco debajo de una catalpa. Me enamoré de los dos, un flechazo instantáneo, corrí a casa, encendí el ordenador Y comenzó su singladura Catalpa Bunguei y Abelardo.
Es decir, una novela, para mí, no nace de una idea consolidada en tu cabeza sino se gesta a partir de un punto muerto, de un barro sin forma que cada día vas modelando. Ni tú mismo sabes qué pasará en el capítulo siguiente. Es una sensación mágica que va creciendo delante de tus ojos, cobrando forma, identidad, y realismo.
MUJERES DESCOSIDAS bien puede ser  thriller psicológico, es una novela doliente, una lucha encarnizada de una mujer contra sí misma. Una historia de supervivencia que, de humana, se convierte en real. Me costó meterme en el papel de Juana, la analicé del derecho y del revés, de arriba abajo, con ojos intrusos y críticos porque ese tipo de personas las rechazo de plano, pero por algo que desconozco ahí estaba dando vida a esa mujer. No fue hasta cuatro meses después de haber iniciado su gestación cuando un amigo me invitó a un Martini. Le había pedido documentación para la novela, a grandes rasgos le conté de qué iba la historia. Entonces se metió un momento en casa y salió con una pistola. Yo, jamás había cogido una pistola, la sensación me daba vértigo solo con tenerla delante de las narices. Mi amigo la depositó en mis manos, recuerdo que me temblaban. Cuando cayó ese peso sobre mis palmas, juro que me transmuté; acababa de recibir la primera señal. Era la misma pistola de la que había escrito días antes. Me fui a casa siendo Juana, Ángeles se había quedado en el limbo para no regresar hasta ocho meses después. A partir de ahí, mis dedos fueron unos cirujanos del alma de una mujer hundida en su propio caos, o la salvaba o moría sin liberación. Fueron horas, días, meses, de dolor, de sufrimiento ajeno que lo había hecho mío. Estaba obsesionada con Juana y su deriva emocional, obstinada en poner un tapón al vomitero de mis tres personajes para que no se fueran por el desagüe la esperanza, el motor de cualquier vida. Levanté muros de contención y di luz a unas vidas rotas con Regalito, Jesús y Úrsula, los otros personajes. Pocos meses después de aquella primera señal, recibí la segunda que me dejó noqueada un par de días. Mujeres descosidas gira en torno a trece cartas encontradas por Juana. Un día mi madre me pidió algo y tuve que abrir los cajones de su cómoda. De pronto, en el fondo de uno de ellos reposaba una bolsa de plástico marchitada por el tiempo que llevaba allí. Mi corazón comenzó a galopar como un loco sin rumbo. Me senté en el suelo a serenarme pues sin haber abierto aquella bolsa, mi intuición me decía lo que había dentro. Esa noche despejé mis dudas; abrí la bolsa y encontré trece cartas. Mi duende me había mandado su segunda señal.
Antes que se despegue de las manos del autor, cada novela vive sus propias fases en el periodo de incubación y gestación. Las letras queman kilómetros de horas. Unas veces fructíferas otras dolorosas y muchas pérdidas. Pero llega el día del epílogo, del punto final. Es un instante despiadado, agotador y terco, en el que te sientes autor para bien o para mal de una vida que has creado a fuego lento, eres el artífice de dar vida o muerte.
Pase días con el ordenador apagado, pero en un amanecer lo volví a encender, grabé la novela en un pincho y me fui a imprimirla. Tenía los ojos limpios, la conciencia en paz, la mente despejada. Me puse un vino, descorché cigarrillos y desde la distancia comencé a leer. Un día entero sola, en Valladolid, frente a frente descuartizando con mis ojos cada renglón, husmeando con la cabeza la belleza emocional o no de cada personaje. Cuando leí el último renglón, paré, ¡seré tonta!, estaba llorando como alma en pena, me había enamorado de la historia.
El amor, no siempre llega por el mismo camino. Sus designios son inescrutables.

P.D. Hace una semana, recibí la tercera señal. Mujeres descosidas se presenta en Madrid el 16 de marzo, una fecha como otra cualquiera. El editor me dio a escoger entre varios días y no dude ni un instante en el día 16. Cuando lo comenté con unas personas allegadas me preguntaron “¿Sabes de quién era el cumpleaños el 16 de marzo?”… Me explicaron; era el cumpleaños de la hermana que no tuve. Apenas la traté, no hubo ocasión pero siempre pensé que era un ángel entre tanta barbarie en la que le tocó vivir sus cortos años.

Para muchos serán casualidades. Para mí no.

sábado, 4 de febrero de 2017

UN LIBRO ABIERTO DE VIDA

Hola, me llamo Amaya. Mi nombre no me gustaba ya desde pequeña, menos que me llamaran May en todas partes pero, bueno, todos crecemos con algún complejo y el mío era ese nombre que se la ocurrió a mi madre por llevar la contraria a su suegra.
De mi vida no hay nada que destacar, ninguna notoriedad en mi aval personal. Soy la pequeña de cuatro hermanos que no nos parecemos en nada; cada uno es un mundo en sí mismo. Yo soy una mezcla de mi padre y de mi madre. De mi progenitor he sacado mi verborrea, no me callan ni debajo del agua. De mi madre, el amor al arte. Su sensibilidad hacia las cosas hermosas aún taladra mis recuerdos de ella. De ambos tengo su constancia, su lucha, una manera de sobrevivir muy particular aunque tenga la soga al cuello, y ser muy amante de mi gente a la cual adoro y me entrego a ella sin restricciones.
No soporto las miradas lastimeras de la gente, ni siquiera la de los amigos. A cada uno le toca vivir su propia historia. Tú la cimientas y la vida se encarga de desbaratártela. No me planteo pensar en la buena y en la mala estrella, ¿para qué? ¿Acaso me resolvería algunos de mis conflictos o dificultades? Pues no, así que tiro de mi carro como buenamente puedo y como Dios me da a entender porque, eso sí, soy creyente de que hay un Dios. Soy católica practicante. Muchos me preguntan si eso me sirve para algo y siempre contesto lo mismo. Un sí tajante y sin fisuras. A mí, Dios me ayuda aunque parezca lo contrario. Le siento a mi lado, más, en días oscuros cuando me falta hasta el aire que respiro.
Provengo de una familia acomodada. Mis hermanos no quisieron entrar en el negocio familiar; yo sí. Mi madre murió cuando yo era una joven de apenas 18 años. Mis hermanos volaron pronto de casa y mi padre y yo formamos un tándem perfecto. Él se acopló a mi ritmo de vida y yo al de él; donde estaba la soga, se hallaba el caldero.
Líos de familia, malas inversiones y peores consejos, nos hicieron perder casi hasta nuestra propia identidad. Perdimos todo, hasta la casa. No mudamos a un piso bajo, modesto, chiquito y la dignidad la pusimos nosotros. De aquel desbarajuste económico tan solo quedó un pequeño local muy lejos de donde vivíamos al cual me traslado cada mañana en un peregrinaje de una hora de ida y otra de vuelta. Reducimos todos los placeres al mínimo. Solo nos quedaron la lectura, unos pocos amigos y el periódico que compraba cada mañana; era un placer que a mi padre no se lo iba a quitar. El pequeño negocio daba de sí lo que daba ya que estaba enclavado en una barriada humilde. Lo fui adaptando a las necesidades haciendo hasta encaje de bolillos y vendiendo de casi todo con tal de que, al apagar la luz cada noche, el estómago lo tuviéramos medio lleno y las facturas pagadas.
Tuve un novio durante diez largos e intensos años. Estaba loca de amor y con él aprendí a ser o sentirme mujer. Perdí la virginidad en sus brazos rudos de hombre de campo, de nuestro amor hicimos un hogar y fui muy feliz. Quise ser madre pero mis ovarios eran inservibles ¡Qué buena madre hubiera sido!, pero se me negó y lo acepté. A todo esto mi padre, aunque de mente aperturista, no llevaba bien eso de no estar casada y viviendo en pecado los fines de semana, así que a Paco le apreté las tuercas y después de ronronear durante meses la idea del matrimonio, una tarde de un sábado de febrero después de haber hecho el amor me dijo “Mañana mismo hablamos con el cura” Y hablamos, y me compré el vestido y preparamos el bodorrio, pero quince días antes de dar el sí quiero, Paco se presentó una noche en casa, mi padre y yo estábamos cenando, su semblante era serio, tal vez demasiado taciturno, y sin más preámbulo me dijo que no estaba preparado, no se podía casar “Estate tranquila, yo te quiero, pero no me puedo casar contigo ni con ninguna” Rompí con él, creo que por rabia y el coraje que me dio que me dejara plantada, como quien dice, delante del altar. Decisión que me he arrepentido muchas veces de haberla tomado porque él me sigue queriendo a su manera, pero lo hecho, hecho está. De Paco me queda un par de revolcones al mes que nos damos y luego cada uno sigue su vida.
Mi padre murió hace cinco años de cáncer de pulmón a los 87 años; se fumaba hasta el papel de periódico, pero yo me digo que esa maldita palabra que siega vidas desde pequeños, no segó a mi padre; a él le dio tiempo a vivir de todo, no como otros.
Su ausencia me sumió en una honda tristeza casi rallando la depresión pero un revés económico no me dejó regodearme de mi pena. Sin la pensión de mi padre volvía, esta vez en solitario, a la vulnerabilidad económica; casi me cortan hasta la luz si no llega a ser por una clienta que me habló del programa de estudiantes extranjeros. Fui a la Universidad a enterarme, luego al ayuntamiento y después de recorrer las cuatro esquinas, rellenar miles de formularios, entré en el programa. Ahora tengo dos estudiantes viviendo en casa conmigo, cada tres meses me llegan unos distintos. Con todo el dolor de mi corazón, recogí el santuario de mi padre que era su dormitorio y lo acoplé a mi nuevo ritmo de vida.
Cuando todo parecía que volvía a funcionar, cogí una gripe de la cual no me recuperaba por más antibióticos que me echara para el cuerpo. Comenzaron a hacerme pruebas hasta que se destapó el pastel: cáncer de pulmón. Nunca había fumado. Me extirparon un trozo y luego vino la quimioterapia, el mal cuerpo, adiós a mi  pelo, lo más bonito de mi persona. Me fui a vivir a Barcelona a casa de mi hermana a que me cuidara. Tuve que cerrar mi negocio, dejar los estudiantes. No tenía donde caerme muerta. Mis hermanos, entre todos, seguían pagando el alquiler de la casa para que no la perdiera, pero yo, a esas alturas de la película, todo me importaba una mierda. Me encontraba tan mal física y anímicamente que quería bajarme del mundo, allí no pintaba nada. Ni fuerzas, ni energía, ni ilusión, ni esperanza.
Uno de los día que tenía que ir a “La Barbería” como así llamaba a las sesiones de quimio pues los asientos me recordaban muchísimo a la barbería donde iba mi padre, cuando me enchufaron a la máquina, cerré como siempre los ojos, dos largas horas me esperaban sentada allí. Iba sola y luego me recogía mi cuñado, o mi hermana, depende. Muchos iban acompañados. Mientras recibían “El rico elemento” en sus cuerpos charlaban o veían la tele; yo no. Ni hablar ni ver, ni nada.
Cuando estaba en mi nube con los ojos bien apretados, oí una voz a mi izquierda “¿Por qué cierras los ojos? Se te ha escapado una lágrima y esto no duele” Abrí lentamente los ojos y giré con esfuerzo la cabeza. Una diminuta bola de billar que lo único que tenía en su rostro eran dos lunas inmensas del color del chocolate me miraban. Su piel era tan cetrina como desvaída, tan azul como pálida. Su boca perfilada de dos labios finos me entregaba una pequeña sonrisa. ¿Qué edad podría tener aquella criatura?, ¿ocho, diez años? No más. Mis ojos no podían ya cerrarse, estaban borrachos del candor con el que me miraba aquel niño. Me puse a llorar sin freno, no podía parar aquel llanto tan absurdo como inapropiado, parecía como si mis penas, hasta entonces guardadas en mi corazón, se escapan de mí, se liberaran de mi cerebro, no sé cómo explicarlo…
-Me llamo Juan, ¿y tú?
-Amaya.
-¡Cómo mola tu nombre!... Yo vivo aquí dentro,  ¿y tú?
Aquel día vomité todo mi dolor, mi impotencia, rabia y el posible rencor acumulado. Juan y yo nos hicimos amigos y siempre que me encontraba bien, iba a verle y contarle cuentos. Juan murió un 15 de agosto. Murió  en su última batalla mientras su madre le leía Pulgarcito, su cuento favorito. Le enterraron con la sonrisa colgada de su pequeña boca, parecía un ángel de alas recortadas.
A los cinco meses me dieron el alta. Dos más estuve en casa de mi hermana y volví a mi vida. Mi pequeño negocio, mis estudiantes y ahora he añadido a mi repertorio a mis ángeles  a los cuales voy a ver dos días a la semana. Son un libro abierto de vida, una escuela perenne de aprendizaje. Cuando entro en su planta ya oigo chillar “Amaya, Amaya, ya viene Amaya”

¡Cómo me gusta escuchar mi nombre!

martes, 31 de enero de 2017

BAJO EL INFLUJO DE LA LUNA

Miré la hora. Cuatro menos cuarto de la madrugada y silencio total. No sé por qué pero un leve escalofrío recorrió mi cuerpo. Miré hacia la ventana, la persiana estaba levantada y vi una sombra pasar. Apagué la luz y me arrebujé en las sábanas sin dejar de mirar al cristal, yo había visto precipitarse una sombra, no era una ilusión óptica, de eso estaba segura. Tuve miedo.
Tres meses atrás…
Me costó abrir la puerta. No había vuelto desde la muerte de mi madre, días después ingresamos a mi padre y la casa se cerró, ninguno nos preocupamos por ella, de eso habían pasado dos malditos años. Tiempo que a mí me fue de mal en peor. Perdí el trabajo, aborté perdiendo a mis gemelos y terminé divorciándome. Paco, un putero. ¿Algo bueno? Absolutamente nada. Solo me quedaba el refugio de mis padres, la casa. Mis dos hermanos, uno vive en Ginebra y otro en Chicago, y mi padre olvidado en una residencia de ancianos. En los dos años habré ido cuatro veces a verle, no más. Mis hermanos, ninguna. Me dicen “¿Para qué? Ni se entera de quiénes somos” A lo cual les respondo en silencio “¡Ojala pareciera yo Alzheimer y olvidarme de mis desastres!”
Olía a rancio, una nube de polvo en suspensión la hacía misteriosa. Dejé mis pertenencias en el hall; dos maletas enormes y una bolsa. Hay tres puertas selladas, abro la primera, el salón, las rendijas de las viejas persianas dejan entrar unos rayos sombríos que se depositan en los rincones; en uno de ellos está el enorme esqueleto de la planta favorita de mi madre. De repente me pregunto “La dejamos morir o, ¿la matamos?” Dejo el salón atrás y abro una segunda puerta; la cocina. Devastada por el tiempo, tres vasos con pintura de labios en sus bordes, cinco platos con restos de comida convertida en moho, un par de telarañas alrededor de las banquetas y virutas de polvo girando sobre sí mismas. Abro la nevera, me ha entrado sed, el tufo que sale me hace cerrarla; está encendida. Me voy de allí y abro la tercera puerta, el pasillo. Inconscientemente cuento las puertas que guarda aquel largo rectángulo; nueve. Una ventana deja entrar la única alegría que parece viva en esa casa, la luz de un otoño temprano. Voy abriendo puertas como escandalosos recuerdos que me van surgiendo en el desván de la memoria. Todo parece haber sido usado ayer si no fuera por ese maldito polvo y las telarañas. Tres camas sin hacer, armarios abiertos, plantas disecadas, pelos en la bañera, periódicos en el suelo… Abro la última puerta, mi dormitorio, el de la juventud perdida que mi madre quiso guardar tal como lo dejé al casarme. Pulcro, ordenado, parece mentira que esté así después de haber visto el resto de la casa. Me siento al borde de la cama y no dejo de preguntarme “¿Qué ha pasado durante este tiempo dentro de estas paredes?”
Mi móvil suena, es Patricia mi amiga de la infancia que llama para saber si he llegado bien. Respondo lacónica y ella me dice que esa misma tarde mandará a su asistenta, estará conmigo los días que la necesite hasta que esté la casa habitable. Me ofrece que me quede en su casa mientras la mía, la de mi padre más bien, esté habitable. Rechazo cortésmente su ofrecimiento, prefiero hundirme en esa soledad, me lo pide la cabeza, me lo solicitan las entrañas.
Pasaron seis largos días hasta que por la casa comenzó a desfilar vida, aire fresco, aroma de recuerdos impregnados de ayer. Por las noches apenas podía dormir. Nunca había sido miedosa, sin embargo ahora sentía el miedo pegado a mis pestañas, sólo el influjo de la luna calmaba mis nervios hasta que caía rendida y, hasta ese momento, me dedicaba hacer recuentos mentales, parecía como si esa luna nocturna me indicara que lo hiciera; todo lo iba anotando en un cuadernillo que encontré en el despacho de mi padre. Anoté desde el instante en que decidí no tirar el esqueleto de la planta favorita de mi madre. ¿Por qué esa decisión absurda de guardar una naturaleza muerta? No lo sé, sí sé que empecé a regarla cada dos días, poquitas gotas, tal como mi madre lo hizo durante años.
El edificio de cinco pisos con dos casas por planta estaba todo habitado, había tenido la oportunidad de coincidir con los vecinos que iba catalogando nada más entrar en casa. Todo era gente nueva exceptuando la del segundo izquierda, la viuda de Aguirre y Anglada, familia de rancio abolengo en la ciudad de mi niñez. Por ella parecía que no hubieran pasado los años, un pacto con el diablo la debió venir a socorrer, era la única explicación. Recuerdo que fue la primera viuda del edificio, luego al poco tiempo fueron muriendo a cuenta gotas el resto de los hombres del edificio, todos seguidos de intervalos de tres, cuatro meses, dejando solo viudas menos un viudo, mi padre. ¡Curioso!
Y desde ese momento de mis recuentos anotados con todo detalle en el cuadernillo, comenzaron a pasar cosas muy extrañas. El periódico El Norte De Castilla catalogó el edifico como la casa maldita; cada dos semanas, alguien se tiraba por la ventana. Lo terrorífico es que yo los veía caer. Siempre de noche, descolgándose por el cristal de mi ventana, una sombra se precipitaba. De nada servía que el edificio estuviera vigilado, custodiado por policías de traje o camuflados… Siempre en las noches de los martes y todos hombres. Nadie entendía nada y las pesquisas de la policía no daban fruto porque ciegos eran los datos hasta entonces. Por supuesto, al ser suicidios, los psiquiatras estaban en jaque sin explicaciones coherentes. Todos los suicidios correspondían a gente normal sin haber dado señales de desequilibrios mentales anteriormente, ni siquiera problemas acuciantes en sus vidas.
Yo callaba, estaba aterrorizada, nada dije a la policía de las sombras nocturnas; algo dentro de mí me amordazaba.
Ayer cuando entraba en el portal coincidí con la viuda de Aguirre y Anglada. Me miró de una forma rara, como si quisiera desnudar mis pensamientos, después me sonrió de una manera aún más extraña y acariciando mi rostro me dijo:
-Tranquila, Ana, esto se va a acabar. Quien sea, tengo el pálpito que se ha vengado ya de todos sus rencores-la miré sin comprender.
Esta noche vi la sombra caer, menos mal que estaba la luna haciéndome compañía.
Me he levantado temprano, he oído un jaleo por las escaleras y he abierto la puerta. Un policía subía en ese momento.
-Por favor, métase en casa. Ha habido otro suicidio-le he mirado perpleja pero he sido capaz de articular una pregunta.
-¿Quién ha sido?
-La anciana del segundo izquierda- y yo he musitado “La viuda de Aguirre”
Me he metido en casa temblando, me he tomado un café para entrar en calor y me he sentado en el salón con la mente en blanco. Mis ojos han ido a tropezar con el esqueleto de la planta de mi madre. No lo veía como otros días aunque por más que miraba no sabía el porqué. He decidido levantarme y he visto, por fin, la diferencia. Un escalofrío hiriente ha recorrido toda la columna vertebral.
Han pasado dos meses desde la muerte de la viuda de Aguirre y Anglada, no ha vuelto a haber más suicidios. He salido a la calle, es un invierno benigno. Me he acercado a ver a mi padre y hemos dado un paseo. Me hace sentir ternura, paz, cada vez que estoy a su lado; me sienta bien estar junto a mi progenitor.
A la vuelta he abierto el buzón, mucha correspondencia. Me he sentado en el salón con mi copa de tinto, he vuelto a reanudar la viejas costumbre de tomar una copa de vino al medio día. Me gusta su color, su aroma me ayuda a recordar. He abierto todos los sobres y el último me ha dejado sin aliento; venía a mi nombre. Dentro una carta, sin fecha, solo cinco líneas.
Ana, ya no temas nada. Te he vengado, me he vengado. Te paso el testigo. En este edificio los hombres nos han tratado mal. Infieles hasta la médula, menos tu padre, pero he hecho justicia, tranquila, ya todo ha pasado.
Siempre cuidaré de ti
Patricia Estévez, viuda de Aguirre y Anglada
He levantado la mirada que ha chocado con el esqueleto de la planta de mi madre; ya tiene cinco hojas y diminutos brotes.
Lo curioso, lo inquietante, es que la misiva de la Viuda de Aguirre y Anglada está escrita con mi letra.

He ido a mi dormitorio, he bajado la persiana decidida a nunca más ver el influjo de la luna.

jueves, 26 de enero de 2017

DNI Y UNAS VIEJAS GAFAS DE LEER

DNI Y UNAS VIEJAS GAFAS DE LEER

Carlos se ha despertado sobresaltado. No sabe qué sonó antes si el despertador o la llamada del móvil. Apenas pudo tartamudear un par de palabras. La noche anterior había caído rendido en la cama…
 A mediados de septiembre, cuando aún el calor aprisionaba el asfalto de las calles sevillanas, Carlos salía a hacer la ronda diaria que consistía en ir mirando los ventanales de bares y comercios de su barrio, Heliópolis. Guardaba la esperanza maltrecha de encontrar una señal en ellos que dijera “Se busca empleado, camarero…”, lo que fuera, pero un trabajo. Aquel día, 15 de septiembre, cinco años atrás, hacía un calor asfixiante y en su cartilla apenas 300 euros como última fortuna. Tenía tanta  sed que al pasar por una tienda de ultramarinos vio un cartel que decía “Bebidas frías”. Mentalmente pensó que siempre daría más de sí una botella de agua de litro y medio que una cerveza por mucho que fuera esta última lo que más pidiera su cuerpo beber. Rastreó en el bolsillo y palpó unas monedas y con ellas agarradas a sus dedos entró. Un ventilador de aspas grande colgaba del techo agitando el aire caliente y bajo el ventilador, un hombre entrado en muchos años a sus espaldas tratando de levantar una caja muy pesada para aquel cuerpo comenzado a curvarse.
-Espere, espere, déjelo en el suelo, se lo levanto yo-dijo Carlos.
El hombre levantó su rostro sudoroso. En mitad de su nariz aparecían unas viejas gafas apostilladas a punto de precipitarse al vacío. Y el hombre se dejó ayudar, y después de esa caja vinieron más. La tienda era un colmado de cajas sin abrir, mercancías secretas esperando su colocación y Carlos, olvidando el calor, se puso a llevar y traer las cajas de un lado para otro tal como le iba indicando el dueño de la tienda. Por lo menos habría pasado más de una hora sin que nadie entrara en la tienda, sin mediar más palabras que indicaciones de un hombre a otro.
-¿Una cerveza, chiquillo?
-No, muchas gracias, no puedo pagarla, pero sí una botella de agua-contestó Carlos sonriendo.
-Invita la casa-contestó el dueño mientras descorchaba dos cervezas- ¿Vives por el barrio?-y tendiéndole la mano dijo “Soy Manuel”.
-Carlos… Sí, vivo aquí desde que nací. No conocía esta tienda y tiene su puntito-contestó Carlos mirando a su alrededor y deleitándose entre las hileras de baldas, la mayoría vacías pero las que estaban con género, un orden reinaba en ellas.
-¿Del Betis?-preguntó Manuel escrutando con sus ojillos a Carlos.
-¡A muerte!-y los dos se echaron a reír-… No tengo nada que hacer, si me permite le ayudo. Además, aquí dentro hace algo más de fresco que ahí fuera.
Y así comenzó la relación entre Carlos y Manuel. Mientras vaciaban cajas, se ordenaba aquel pequeño recinto medio abandonado, fueron desgranando sus vidas. Uno, viudo y desde entonces tratando de sobrevivir mientras añoraba a su fiel escudera Hortensia, sin hijos y habiéndose hecho cargo de las obras de caridad de su mujer. Carlos, veintinueve años, en paro desde los 26, sin novia, con tres amigos que estaban casi como él y viviendo con su madre viuda cuya pensión apenas alcanzaba los cuatrocientos euros. Y Manuel contrató a Carlos. La tienda de ultramarinos al principio no daba casi ni para vivir a Manuel y lo poco que sacaba era para pagar la mercancía, pero contrató a Carlos que en  los primeros tiempos le pagó con latas de conserva a punto de caducar. Abrían todos los días de la semana, Manuel no estaba de acuerdo pero Carlos insistió convenciéndole que los fines de semana lo que tenía que hacer era irse al comedor del Pumarejo, de las Hermanas de la Caridad donde Hortensia había guisado tantos años, y que se mantenía actualmente estabilizado en unos 300 almuerzos diarios. Sor Esperanza, la directora, agradecía todo lo que Manuel llevaba y más, sus guisos hechos a fuego lento las noches de los viernes. Mientras, en aquellos fines de semana Carlos se iba haciendo con un público heterogéneo, igual vendía alcohol que una lata de sardinas, unas lentejas que unas alubias. La simpatía de Manuel, su buen hacer, iba ganando clientela fija. Colocó un cartel que versaba “No se fía” pero con permiso de Manuel bajaba el precio a quien viera necesitado.
Cuando a Manuel le comenzaron a fallar las piernas, la ruta que hacía como voluntario de “Levántate y anda” cada noche del año para ayudar a los sin techo, pasó el testigo a Carlos. Manuel se quedaba en la tienda, abierta hasta las doce y Carlos se iba a recorrer las calles sevillanas prestando su ayuda. Mantas, café, caldo, conversación..., lo que hiciera falta en cada ocasión.  A Manuel no le hizo gracia quedarse en la tienda. A esas horas tenía un público que no le pillaba el punto, pero Carlos le dio unas cuantas lecciones. Le habló de los asiduos, de los que no, de lo que debía vender y lo que no. “Nos hemos convertido en una tienda de chinos, cualquier día dormimos aquí dentro, la vida es algo más” Rezongaba Manuel, pero Carlos le calmaba diciéndole que necesitaba reflotar el negocio “¿Para qué?” Protestaba Manuel “No necesito tanto dinero” A lo cual Carlos le contestaba “Medio millón de personas está sin hogar, necesitan tu dinero” Y con esto Manuel callaba y claudicaba.

…Carlos se mete en la ducha mientras su madre le prepara ropa limpia. Sale corriendo hacia el hospital, pero cuando llega solo le pueden oficializar la muerte de Manuel. Dos navajazos terminaron con su vida. Ni siquiera fue un intento de robo pues solo echaron de menos el DNI y las gafas de Manuel, un vecino desde la ventana lo vio. Por lo visto quiso parar la reyerta entre dos paisanos pasados de vuelta en la acera del colmado. Cayó al suelo pero se levantó y fue capaz de meterse en la tienda. El vecino se levantó a las cinco para ir a trabajar y vio el colmado abierto. Entró y encontró a Manuel en medio de un charco de sangre. Fin.


Los domingos, la madre de Carlos va A Pumarejo, Carlos sigue recorriendo las calles de Sevilla cada noche. Heredó el colmado con ciertas condiciones que impuso Manuel en su testamento “Sábados y domingos por la tarde el colmado de Manuel permanecería cerrado al igual que sus puertas se cerrarían todos los días a las diez de la noche. Hay que disfrutar y vivir también” Y Carlos así lo hace. Se acaba de casar con Triana, una voluntaria de Caritas que conoció atendiendo a un borracho. Por cierto, el borracho se llama Manuel. Ha dejado de beber y trabaja en el colmado. Fue una señal que Carlos sintió al registrar en los bolsillos del borracho y encontrar envuelto en una hoja de periódico, un DNI y unas viejas gafas de leer… Eran de Manuel.