martes, 27 de junio de 2017

LA PACA, LA MUJER DE LA ESPAÑA INVERTEBRADA

La Paca es una mujer muy sentida. Su yerno decía que pertenecía a la España invertebrada. Cuando comentaba esto, la Paca se le quedaba mirando y en sus adentros murmuraba “Semejante mamarracho, bien podría estar callado, qué sabrá él…” Y ella seguía siendo ella, mujer sencilla y de arrestos “echá palante”
Sin titubear, ve la vida con maestría, otra cosa no puede hacer. A ver, qué remedio la quedó a la Paca al quedarse viuda de un borracho y cinco hijos que sacar hacia un futuro incierto, oscuro el panorama que vio delante de ella cuando se quedó sola con cinco renacuajos... Y, después, la otra desgracia, la más grande, la que nunca imaginó que le fuera a suceder...

¿Leer? A duras penas, y escribir, su nombre en trazos temblones. Eso sí, sumar y restar, hasta con los ojos cerrados.
Aprendió a llamar a todas las puertas, a convertir un no en un sí, a comerse el orgullo y llevar el pan cada día a sus hijos. Limpió la mierda de otros, las horas extras eran las veinticuatro horas del día y su hucha, una lata de aceite que encontró en la basura. “El chisme este e mu bonito” Pensó y, una vez lavado, lo puso de decoración, un recordatorio de todo lo que hubo de purgar en aquellos años de penas y miserias. Nada más entrar cada noche pasaba por la lata a meter sus sobras, pocas, pero tacilla a tacilla, la hucha fue engordando a base de sacrificios, de lágrimas tragadas y la alegría de ser ella y no otra.

Sus cincos hijos, Paco, Manuel, Sebastián, Carmela y Lorena tuvieron buena escuela con su madre. Bueno, menos la pequeña Lorena, la debilidad de la Paca. A veces, cuando todos dormían, a la Paca la gustaba pensar y soñar, y soñaba que la Lorena llegaría a ser algo grande, para eso llevaba el nombre de una radionovela, la favorita de la Paca que escuchó bien de jovencilla y se dijo que un día tendría una hija tan bonita como la muchacha de la radio. Casi se la escapa su sueño, pues su difunto marido quería que la niña se llamara Ambrosia. “Y un jamó”, dijo la Paca.

La madrugada en que se puso de parto, llamó a Paco, su hijo mayor y le dijo “Da vino a Padre, y mucho, la noche será larga”… Amaneció y al mediodía, el marido de la Paca seguía durmiendo la mona, lo que aprovechó ella para ir al registro y llamar Lorena a la destinada a ser Ambrosia, la niña de sus ojos.

Sí, ella daba paría en casa con la ayuda de su amiga Genara, la comadrona del pueblo, y al día siguiente se levantaba como nueva a seguir la faena.
A veces, la Paca piensa que las mujeres de antes eran de otra pasta y ahora se derriten como la margarina. Las comodidades no las ha beneficiado para nada. Además, para ellas la familia no es lo primero y eso antes podía ser un pecado, pero ahora nadie peca, todo vale… “¡Dios, mío, qué mundo” Piensa la Paca mientras  recuerda aquel aciago día. Observaba cómo se arreglaba su Lorena.
-¿Dónde vas, hija, con esas pintas? Que sepas que así, de esa guisa, vas pidiendo guerra.
-Mamá, es lo que quiero.
-¿Y tu marido qué opina?
-¿Ése? Cualquier día le doy boleto y me largo. Pretende tenerme en casa metida cuidando de los niños. Lo tiene claro…
-A ver, tienes a la jodía de tu madre para que les cuide. Esos niños necesitan una madre y no una abuela.
-Mamá, tú vales por las dos. Vendré tarde, no me esperes.
Lorena cerró estrepitosamente la puerta y la Paca pensó que hizo mal llamando a la niña Lorena. Debía haberse llamado Ambrosia, seguro que su carácter hubiera sido distinto y, para colmo, tuvo que aguantar un yerno que decía que ella, la Paca, era de la España invertebrada “será mamarracho”, pensaba mientras ideaba a ver qué contaría al yerno cuando llegase esa noche a casa y no encontrara a la Lorena.
“La niña era un poco puta” Reconoce la Paca, pero para pringada ya estaba su madre o su hermana Carmela, tan tonta como la madre, razonó la Paca… “¿No habría un término medio, Señor?” Suplicó a Dios mientras daba cenar a los dos nietos… “Y es que mi yerno es un capullo, ¿cómo le voy a dejar a mis dos nietos?, ¿para qué les convierta en dos vertebrados españoles?, ¿qué querrá decir este mamarracho con la España invertebrada?... Y así se durmió la Paca aquella noche en que no padeció insomnio, y más la hubiera valido haberlo padecido, así, quizá, tal vez, su Lorena estaría viva.
Porque aquella madrugada el yerno de la Paca llegó a casa y al ver que la Lorena no estaba, la esperó en la puerta con el cuchillo de trocear las gallinas y cuando la muchacha fue a abrir la puerta, de las sombras apareció el mamarracho vertebrado rasgando la vida y la belleza de la Lorena, la chiquilla con nombre de radionovela. Después, él se cortó las venas.

Ha pasado el tiempo y aún la Paca se pregunta quién era quién en aquella España invertebrada de aquel entonces, si su yerno, la Lorena o la misma Paca. Por si acaso, la Paca ha mando a estudiar a sus dos nietos para que sus mentes sean libros abiertos y cerrados, no vaya a ser que los invertebrados vuelvan a rondar su casa.


domingo, 25 de junio de 2017

LAS CARAS DE LA VIDA

La mañana ha nacido plagada de nubes grises, un abanico digno de mirarse mientras tú te vistes de azul y respiras un aire suave y bebes a sorbos tu primer café.
Alguien por los mundos cibernéticos sugiere leer esto, lo otro y lo de más allá, te da los buenos días y me dejo arrastrar encantada pues mi cabeza, aún virgen a estas horas, despierta queriendo saber, pero no saber lo de siempre, lo de todos los días que envenena el ánimo y te hace dar traspiés ya en el alba. No, algo que abra mis poros y me deje sentir que el mundo es otro además del que existe y me muestra reiteradamente la misma faz desagradable y doliente.

Comienzo leyendo poesía, Neruda, Hernández, Salinas, incluso algún poeta que no conozco. Luego, instintivamente, sin darme cuenta, buceo algo que clame la sensibilidad, que pinte mi percepción de sonrisas, de ánimo, de positividad.

Porque estoy harta de políticos, ladrones, criminales, maltratadores, estrellas rutilantes del firmamento futbolístico… Y es una hartura incongruente pues lo que hago es echarles la culpa a ellos y mirar hacia otro lado, y esta mañana en el poso del café me estaba esperando una pregunta “¿Qué haces tú para mejorar todo aquello que te irrita?” Mis ojos dormidos leían los posos sin ver y una segunda pregunta, esta vez era el azúcar quien me preguntaba, “¿Huir esa es tu respuesta?”
Como me eran dos preguntas incómodas, las he aparcado y he seguido viaje por la autopista de la información hasta que una amiga sugiere a hora temprana que leamos un artículo de Aberasturi y allá que me ido.

Me gustó, me gustó mucho y me hizo trasladarme a cuarenta y ocho horas antes. Era la noche de San Juan, estaba atardeciendo y mi ciudad, Valladolid, se hallaba más silenciosa de lo habitual. El calor nos había regalado una tregua a todos.
Recuerdo que íbamos paseando despacio, tranquilamente y casi sin rumbo, simplemente por el placer de dejarse llevar cuando, por una calle que bajaba hacía el río vi dos escenas que me encandilaron e instantáneamente me enamoraron…

La primera, un anciano con sombrero de paja, camisa abotonada hasta el cuello, en silla de ruedas y encima de sus piernas descansaba un bastón. La silla en cuestión iba empujada por un chico joven, no más de veintidós años e iba dando animada conversación al anciano; solo pude oír este fragmento:
-Abuelo, tú no te asustes porque habrá mucha gente pero te lo voy a enseñar todo. Seguro que las hogueras ya están encendidas.
-Tira, tira, tú tranquilo. Para mí esto es una aventura. Luego compramos churros, pero no se lo cuentes a tu madre que nos pela. Vive obsesionada que todo me cae mal al estómago.
Caminamos un rato tras de ellos y sentí ternura y amor.

Segunda escena, llegábamos al paseo de las Moreras. Abarrotado de gente, policías organizando  para que nada quedara al azar y pasan por nuestro lado dos mujeres de distintas edades; bien podían ser madre e hija. Iban agarradas del brazo en amena conversación y señalando con sus dedos a uno y a otro lado. En un momento dado la mujer más joven apoya la cabeza en el hombro de la otra mujer. Escuché sus risas y como la mano de la más mayor acariciaba el rostro de la más joven.

Escenas menudas, simples, pero reconocedme cargadas de belleza. Esa belleza humana que hoy no se ve o no queremos ver.
…He vuelto a los posos del café, al azúcar y he tratado de analizar sus preguntas. No me esculpo de mi actitud, la rabia y el rechazo, no me abandonan, pero quiero pintar mi mundo de colores y que mi gesto lo copien otros o yo lo copie de ellos. Tal vez nuestros hechos hablarán más que nuestras palabras e induzcan a otros a imitarlos.

PD Os recomiendo leer este artículo… http://grego.es/?p=8485

miércoles, 21 de junio de 2017

GESTANDO

Ayer fue uno de esos días que amanecen en gris; cielo y ánimo. Juntos los dos, la luz de tu pensamiento se torna igualmente ceniza. Eso tiene sus pros y sus contras.
Por un lado, cuando el color plomizo te rodea, tu percepción se amplifica, la sensibilidad imprime carácter a tus horas y puedes escuchar mejor el dolor, el desánimo, la languidez en tu propia piel y así escribir con ojos de drama las partes oscuras de la vida que, cuando eres feliz y positivo, no eres capaz de transmitir los duelos en su plena intensidad.
Por otro lado, si despiertas con el día sombrío, incluso con el petricor ajustado a tu olfato, eres incapaz de ver luz en tus minutos; todo te molesta, todo te distrae. Tu tiempo es tiempo perdido en los suburbios de la negatividad.

Y ayer me dio por pensar en mi nueva hija al ver un anuncio que decía a todo color “Descárgate gratis las últimas novedades literarias”; fue lo que me faltaba para presentir temporal en mi ánimo que no se cosía al nuevo día.
Seguramente habrá escritores fecundos, rápidos, ágiles, que con nada se enganchan a un teclado, a una hoja de papel en blanco y crean maravillas sin más; no es mi caso.
Lo normal es que la gestación de una obra literaria, ensayo, poesía, narrativa… lleve sus duelos impresos, sus ausencias, días de sangre en que no ves ni el alba ni el crepúsculo. Días en que como ave de rapiña buscas documentación, meses de claroscuros en los que prende la llama en ti, meses de ceniza en los que tu trabajo se estanca y no avanza por mucho que te empeñes. Horas de absoluta soledad y de ejercicios espirituales en los que te adentras en descuartizar sentimientos…

Yo, cuando comienzo una nueva novela tengo la sensación de tener barro en mis manos, o un lienzo níveo con pinceles y pinturas esperando a mi lado, o un bloque de madera con cincel en ristre… De pronto, ves una pequeña lucecilla y te sujetas a ella; anotas y sigues buceando en tu cabeza, incluso comienzas a manchar el lienzo, a manosear el barro entre tus dedos y no paras hasta que ves ante tus ojos un posible personaje, hasta que sientes que a tu corazón llega una nueva vida y te vistes de ella y vives para ella y terminas siendo ella. Sí, esa persona que vive en cualquier estantería de tu memoria, que viste un día que no recuerdas pero que selló su existencia para que tú la dieras vida en papel.

Se sorprendió la periodista, incluso mis compañeros de tertulia literaria aquel día en que manifesté que yo no regalaba mi obra por respeto a mi trabajo principalmente… ¿Acaso regalarías tus jornadas de trabajo? ¿A qué no? Por propia dignidad, por tu esfuerzo personal y, no nos engañemos, económicamente los escritores desconocidos nadie nos ayuda, somos nosotros quienes tiramos de nuestra cuenta corriente para sufragar el sueño de ser escritor.
Una media de trece meses escribiendo más siete u ocho corrigiendo tú y los que te ayudan a evaluar tu trabajo y a sellar que la historia no haga aguas, no se rompa por ninguna esquina.
Llevo seis capítulos de mi nueva novela mientras se corrige “La ruta de la vainilla”…Seis capítulos en los que cada amanecer me pongo a manosear unas vidas que no logro dar vida, no las hago mías aunque sueñe con ellas, aunque camine, respire e imagine. Sin duda un sobreesfuerzo como haces tú muchas veces en tu trabajo.
¡Por favor, no descargues gratis libros!

Vete a la biblioteca, pídelos prestados, cómpralos… Lo que no te guste para ti, no lo quieras para los demás.

jueves, 15 de junio de 2017

LA CASA

Bajé del coche y arrastré mis pasos; mi ánimo hacía juego con el ambiente que me rodeaba. La tarde era ceniza, lluviosa, como si la vida ese día se hubiera maquillado de gris.

Allí estaba ella esperándome desde hacía al menos ocho meses. Las huellas de las últimas tormentas se dejaban ver entre sus canas, sin embargo se mantenía erguida, con su aparente modernidad de una época que ya pasó, y aquel silencio que encerraba tantas risas, encuentros y recuerdos. La volví a mirar y no pude reprimir esa ternura que siempre me aflora al contemplar su perfil añoso y gastado. “Yo también pinto canas en el alma, amiga” La dije calladamente antes de abrir la puerta. Un vientecillo suave se arremolinó junto a mis pies para regalarme como bienvenida un ramillete de hojas secas.

La puerta se dejó seducir por mi mano y se abrió dulcemente y, entonces, mi olfato se disparó. Un olor rancio y húmedo era lo único que quedaba con vida en sus paredes atrincheradas de años. Mi vista se paseó en la penumbra con la tristeza haciendo aguas en el quicio de mis ojos. Todo estaba tapado con sábanas de colores esperando que yo desempolvara sus secretos. Las persianas estaban bajadas, pero por sus rendijas se colaba la luz gris perla de esa tarde de junio. 

Me senté en uno de los sillones a esperar que mi mente se aclimatara a los nuevos cambios en mi vida y, sin darme cuenta, un pequeño rayo de luz opaca enfocó la mesita que estaba al lado del sillón. Entre la sábana que la cubría se podía adivinar un bulto. Lo palpé pero no supe qué era.

Desde el jardín mi marido reclamaba mi presencia para que le ayudara con los bultos. Los vecinos también se habían hecho eco de mi llegada, sin embargo yo seguía allí dentro sentada pensando en las musarañas, en aquellos pedazos de telas descoloridos aguardando tal vez a que yo les diera vida. 

Y de repente me encontré hablando a ese aire empolvado y hacinado en el ambiente “Me siento cansada, ¿sabes? Todo me sobra, tan solo necesito un rincón para mis huesos, un par de silencios para pensar, una risa agradecida y un abrazo para calentar el corazón, no necesito más”… Mascullé mientras ella me contemplaba y asentía a mis reflexiones.

En el jardín seguía habiendo ruido, palabras inconexas, ladridos y, para colorear aquel momento, unos cuantos truenos cargaban al cielo de aplausos lluviosos, pero yo seguía aislada en ese mundo que no se toca, solo se siente. Entonces decidí levantar aquella sábana vieja que cubría la mesita; mis ojos, de pronto, se iluminaron. Acababan de reencontrarse con su último verano.
Una agenda de hojas sepias, onduladas de humedad, aromatizadas por crema de  sol sellada a su piel. Estaba abierta con su bolígrafo preparado. En la última hoja se podía leer “El tiempo descansa sobre nosotros, los días, los meses, no pasan, los llevamos encima. Solo falta que tú pongas letra y música”… Sonreí comprendiendo que un halo misterioso está siempre pendiente de nosotros ayudándonos a dar sentido a nuestras huellas.


Sentí la dulzura de su abrazo, la voz de mis padres en las cortinas, las carcajadas de mis amigos en la bodega, los gritos infantiles de mis hijos en los muebles.

Y me levanté de aquel sillón. Ya no sentía cansancio sino urgencia. Levanté persianas, abrí ventanas, encendí la nevera y me asomé por la puerta de esa casa que siempre me espera desde mi tierna juventud. Después, con la luz que faltaba a esa tarde gris, mi rostro se encendió y dije al aire de mi jardín “¡Hola, ya he llegado!”

lunes, 5 de junio de 2017

LA CHAQUETA

Te conocí en algún lugar que no recuerdo. Tu cara menuda, aquel gesto tan tuyo de esconder la cabeza por vergüenza, el rascarte la sien izquierda convulsivamente. Tu lengua mojando tus labios resecos de palabras. Tus manos de dedos afilados juntándose para sentir la valentía que te faltaba. Aquel pelo lacio de un trigo descolorido. ¿Y la nariz? Tan chiquita como tú misma, respiraba a trompicones.

Sí recuerdo el calor, caía como un centauro sobre nosotros y sin embargo tú llevabas chaqueta; temblabas de frío. Te miraba y te miraba, había algo en ti que se me escapaba. Tu mirada huidiza me clamaba pero no sabía el qué.

El grupo comenzó a charlar animadamente y sé que escuchabas. A veces te asombrabas, otras reías y muchas te evaporabas hasta que, sin darte cuenta, tu piel se desnudó; te quitaste la chaqueta y mis ojos acusaron el dolor.
Rasguños de cicatriz, moratones recientes; no pude seguir, habías pillado mis ojos grapados a tu piel.

Corriste a buscar tu chaqueta, te la pusiste del revés y te levantaste precipitadamente. Corrí tras de ti hasta alcanzar uno de tus brazos; paraste. No por mi fuerza sino por el tormento de mis dedos en tu piel. Entonces vi tus ojos, tus ojos llenos de nubes. Luego llegó la tormenta.
Palabras mudas, silencios y así fui desgranando tu triste realidad… A veces es tan duro ser mujer que no hay valentía posible para ciertas realidades.
Te acuné en mi pecho, no tenía práctica, pero tú te dejaste porque de mujer a mujer hay algo invisible que une.

No pudiste superar el miedo. Esa misma noche, el amor rabioso, el amor celoso, el amor que destruye…, te fulminó.

Vi tu historia negra en el periódico y aún me pregunto, ¿qué pude hacer por ti y no hice?

martes, 30 de mayo de 2017

DE TEJADOS Y VENTANAS

Las ventanas poseen un mágico imán para mí. Es asomarme a ellas y sentir que mis ojos despliegan sus alas paseándose por las nubes, los edificios, mojándose de lluvia, niebla o de perpetuos amaneceres…

Era una mañana soleada de grados templados y cielos rasos. La espera se me hacía incisiva a pesar de estar rodeada de soñadores como yo aguardando el turno de una cita que no llegaba. En un momento indeterminado sentí que a mis pulmones no les llegaba el oxigeno necesario y pedí una ventana, una soledad, un silencio. 
Me depositaron en un despacho al abrigo de la calma y volví a encontrarme, aunque tuve que salir corriendo tras mis ojos pues se escapaban por una ventana. Nada más sujetar a ese par de ladrones de sensaciones supe el porqué de su fuga. 
La ventana era chiquita con un par de plantas en su poyata. Algunas hojas estaban secas de hielo, los fríos atrasados las mataron. Las quité con cuidado y emergió la belleza simple sin florituras ni ornamentos, la sencillez estampaba su riqueza. Entonces volví a sentir la fuga de mis ojos que volaban lejos a la lontananza de una sierra nevada en sus picos para regresar y depositarse como dos pajarillos en un tejado.

¿Por qué me parecen tan románticos y evocadores los tejados, techumbre de secretos inconfesables, bóvedas de amores clandestinos? Tejas gastadas de edificios llamados viejos y alturas bajas, de vertientes a dos aguas que en esas horas amainaban sus fríos pasados a un sol alegre de finales de enero.
Tejados de tejas de colores gualdos, rubios, pajizos, ambarinos y dorados. Una amalgama en la que mis ojos se mecían en el sosiego de una hora incierta hasta encaramarse en la barandilla de una balconada, un mirador de trastos abandonados pero aún así de vivo clamor por la vida. Una bicicleta colgada de su pared desconchada, una maleta mal cerrada, un minúsculo ventanuco entreabierto flagelando de airecillo sus raídas cortinillas. La colada tendida de un hombre pulcro sin duda por los elementos encajados de mayor a menor tamaño en pinzas de madera. Dos espontáneos geranios de rojo reventón ponían la nota colorista a aquella naturaleza muerta como si de un cuadro de Agustín Arrieta se tratara. Un perfecto bodegón de nubes, tejados y la vida de un balcón, morada de un hombre sin conocer.

Se abrió la puerta, ya era mi turno. De mis ojos colgaban esa belleza cotidiana que nunca miramos.

domingo, 14 de mayo de 2017

TOCANDO EL CIELO


“Para que cualquier faceta de la vida sea verdadera y tangible hay que luchar porque tus sueños sean creíbles, rebuscar su savia, el fuego que hay prendido en ellos, sólo entonces y, en ese instante, las manos de la tierra te abrazarán como hijo suyo que ha sabido caminar en pos de todo el sol de un amanecer”
Este pensamiento me lo enseñó mi padre en un cuadernillo que él escribió, un buen hombre al que nadie comprendió, ni siquiera yo…

Era ese típico ser humano que crece hacia adentro y cuya condición es el silencio, único compañero al que respetó toda su vida. Al resto, desdeñó y pisoteó cuanto pudo con su saliva, obra y olvido. Sin embargo, nunca dejé de pensar que tenía algo bueno en algún recóndito lugar de su corazón. Me gustaba observarle en la distancia -cerca, me hubiera dado un cachete con esas manazas que tenía-cualquier cosa le irritaba-, sobre todo en las tardes de otoño cuando el sol membrillero doraba los campos calentando nuestros rostros con su últimos rayos mientras merendábamos a la vuelta de la escuela. Liaba pausadamente el tabaco y perdía la vista en el infinito. Rufo, nuestro perro, se acercaba a él arrastrándose para no hacer ruido y se acurrucaba a su lado. Padre, a pesar de estar sumergido en ese mundo en el que ninguno de nosotros transgredimos jamás, notaba su presencia y con una ternura que, al recordarla, me produce escalofríos, pasaba muy lentamente su palma por el lomo de Rufo.
En otros momentos, mientras madre preparaba la cena, veía como él la miraba de una forma extraña, entre la admiración y un amor que nunca le demostró.
Tenía fama, porque lo oí muchas veces en la bodeguilla cuando madre me mandaba a comprar un real de vino, de irse de putas a la capital y gastarse más de lo que teníamos. Años después, Doña Socorro, la maestra, gran artífice de lo que hoy soy, me explicó que mi padre pertenecía a una generación de hombres cuya virilidad y patriarcado lo demostraban en una serie de gestos como ése.
Con quince años yo era un chico apocado, pero curioso. Tímido, pero agradecido. Obediente, aunque una silente rebeldía iba comiendo terreno con los años. Se me daba mejor escribir que hablar, condición que Doña Socorro enseguida se dio cuenta incitándome a la lectura de los clásicos y a que le enviara cartas expresando mi parecer. Aquel juego rápidamente arraigó en mi ánimo.

En casa, padre no podía ver que leyera, demasiado ya dejaba que fuera a la escuela unas cuantas horas. Oficialmente iba tres, pero en la realidad estaba más; madre y Doña Socorro se encargaban de taparme. Los libros que me iba prestando la maestra los guardaba debajo del jergón. Por ser el hijo pequeño, el último en llegar a la familia, tenía la peor habitación de la casa: fría, escuálida y sin apenas muebles. Para mí aquello era un palacio. Dormía a cachos. madre me pasaba “el fraile” por la cama para que estuviera caliente, y me dormía placidamente, así no molestábamos a padre. A media noche, cuando todos dormían, abría desmesuradamente los ojos, yo llamaba a aquel momento, la hora mágica. Encendía el candil y comenzaba a tocar el cielo… Sabía que detrás de aquellos muros de adobe había un mundo que me esperaba y, en el cual, algún día, formaría parte de él. Después de leer y antes de volver a entornar los ojos, escribía unas líneas a Doña Socorro con el resultado de mis impresiones y más alguna duda que me hubiera surgido.
De ahí, ella, en una misiva, me explicaba la condición del hombre en la sociedad en la que yo vivía y nada entendía. Yo le decía que cómo teniendo a una mujer en casa, se fuera a buscar... Entonces, Doña Socorro me respondió con una frase tan compleja que me pasé tiempo haciendo cábalas de lo que me habría querido decir “a los machos les puso Dios el cerebro en el pito”… Hoy aún me río de mi ingenuidad por aquel entonces.

Recuerdo mi niñez tan hermosa a pesar de mi padre, que me encandilo con los recuerdos; él no pudo nublar mis sensaciones de amor a la vida, a su misterio, la sensación de abrir los ojos y encontrarme tocando el cielo con mis manos de barro, manos de niño que cree que todo puede ser posible.
En invierno, hacia mediados de diciembre, comenzaban a caer copiosas nieves, incluso hubo años en que estuvimos aislados durante semanas. Madre, en el mes de octubre, comenzaba el acopio de alimentos. Durante el verano, mi hermano mayor y padre habían llenado el granero de leña… Leña que iluminaba el fuego del hogar mientras el caldero colgado rezumaba vahos exquisitos. Las brasas perduraban toda la noche y hasta el mediodía, mi hermana Clara no echaba más. Aquel momento era un rito para mí. Veía las llamas transformarse en personajes fantasmagóricos: cabezas de dragón, de perros aullando al diablo. Clara reía mientras me oía de una forma muy especial que he buscado, ya de adulto, en las mujeres que han morado en mi cama. Había química entre mi hermana y yo; una complicidad que aún, después de muerta, sigo conservando con ella.
Clara era para mi padre un ángel, no es que se lo demostrara en vida, no, eso no. La trataba como a mi madre, es decir, ignorándolas hasta la saciedad. Sin embargo, el día que murió, hubo que separarle del ataúd; pedía a Dios justicia… Nunca volvió a pisar una iglesia, y su carácter aún se enturbió más. Madre lloraba en silencio mientras yo le preguntaba por qué Clara no era un ángel en la tierra.
“Mateo, las manos de la tierra han reclamado lo que era suyo. Dios no tiene nada que ver. Clara, desde que nació, tenía el corazón muy débil y un día dejó de latir…Piensa, hijo mío, que pudimos disfrutar de ella veintitrés benditos años…” Callaba, y se iba al cajón a seguir acariciando la ropa inerte de Clara.
Desde que ella se fue, mi casa aún fue más silenciosa de lo que era, sólo rasgado aquel silencio cruel por los ladridos de Rufo, tantos, que una noche padre, con dos vasos de vino de más, salió y le pegó tres tiros; las patas del animal siguieron unos instantes temblando mientras tocaban el cielo.
Lo enterramos cuando padre se quedó dormido. Mi hermano lloraba desconsoladamente y se secaba las lágrimas con rabia. Madre le pasaba la mano por el hombro con intención de calmarle, pero él, enfurecido le decía:
“Madre, cualquier día tenemos un disgusto… No aguanto a mi padre”.

Y así fue… Una tarde de verano, eran las fiestas del pueblo y padre no le dejó ir a la verbena, decía que debía descansar pues había mucho trabajo. Madre estaba en la novena de la Virgen del Carmen, sólo estaba yo en casa comiéndome un mendrugo con el chocolate que nos había regalado la señora maestra. Hacía un calor sofocante, y mi hermano bebía del botijo cuando padre le dijo:
-Menos beber y más trabajar- Jacinto se volvió con furia y, sin mediar palabra, le estrelló el botijo contra la cabeza. Entonces, el agua se mezcló con la sangre, y ya no era de aquel rojo intenso de las heridas sino de color de la frambuesa tierna. Los ojos de padre permanecían muy abiertos, fijos en un punto indeterminado... Terminé pensando que estaban tocando el cielo donde estaban Clara, Dios y Rufo.
Jacinto y yo seguíamos parados, extasiados mirando el cuerpo de Padre cuando, un grito, a nuestras espaldas, nos sacó del ensimismamiento.
Madre apretó la cara de Jacinto contra su pecho antes de que la guardia civil se le llevara. Luego, llegaron el alguacil y el médico para certificar la defunción y, después, con toda la parsimonia de este mundo, mi madre se puso a amortajar el cuerpo sin vida de su marido. No quiso ayuda de nadie; se encerró en el dormitorio y yo pegué la oreja a la puerta. No sé si en afán de protección o queriendo buscar la explicación a mi indiferencia y la confusión de mis sentimientos extraviados.
Oía a mi madre murmurar, hasta le llamó mal hombre, eso sí que lo entendí. Supe, entonces, que le reprochó todo lo que llevaba dentro callado toda su vida.
Cuando salió del dormitorio conyugal, tanto su rostro como el de mi padre estaban serenos, como si hubieran llegado a un consenso, como si se hubieran dicho todo lo que nunca se dijeron con palabras ni con gestos… Entonces, respiré muy hondo y supe que mi vida, en ese instante, había cambiado.
Entré a ver a mi padre. Tenía puesto el traje de los domingos y las manos en posición de plegaria. Por un hueco sobresalía un papel; me asomé más para saber qué era. Ya no tenía miedo a mi padre, le miraba de frente, toqué su cara recién afeitada… olía a jabón. Traté de hurgar en sus manos hasta que comprobé que madre le había colocado en ellas una foto de Clara.
Al día siguiente del entierro, mi madre me despertó temprano y me dijo:
-Vístete, Mateo. Tenemos que ir a hablar con Don Segismundo.
-Madre, no he hecho nada, me confesé la semana pasada con él.
-No es eso, Mateo. Quiero meterte en un seminario.
-Pero, Madre, yo no quiero ser cura. Quiero ser maestro como Doña Socorro.
-Primero aprendes allí. Tienes cama y comida gratis. Luego cuando sepas, te vas.
-Madre, yo quiero quedarme con usted.
-Tu padre nos ha dejado en la calle, lo poco que teníamos ya no es nuestro.
-¿Ni las tierras, madre?
-Tus manos no han nacido para trabajar la tierra… Y no, no son nuestras.
-¿De quién son?
-De Saturnino, el de La Bodeguilla.
-¿Por eso me daba vino gratis, madre?
-Por eso, hijo, por eso…

Cinco años pasé en el seminario; aborrecí los rezos, odié los sabañones, pero aprendí mucho. Me alimentaba de las cartas de Doña Socorro y las noticias que me traía de mi familia. Madre enfermó en el invierno del cincuenta y tres y “tocó el cielo” una madrugada del mes de enero. A esas alturas, mis ojos se habían secado, no sabía llorar, pero no me encontraba solo. Aún me quedaba la señora maestra, mi hermano encarcelado y mis sueños. Del pasado, cuatro cicatrices, un cuarto kilo de penas y la furia para no hacer lo que habían hecho mis padres. Gracias a los curas, hice magisterio y luego me largué. Entré una noche en la capilla y pedí recomendación a Dios. Él me dijo que me entendía y que saliera al mundo a dar todo lo que había dentro de mí.
Con suerte y con buenas relaciones -todo hay que decirlo-, logré el puesto de Doña Socorro y volví a mis orígenes. La maestra, al morir, me dejó cuatro perras, su inmensa sabiduría y un cuadernillo de anotaciones hechas por mi padre, ¡quién me lo iba a decir!, mi padre escribiendo…
Con el dinero, volví a comprar la casa que me vio nacer y parte de las tierras que fueron nuestras y me dispuse a esperar a que mi hermano saliera de la cárcel.
Cada otoño, después de las clases, me siento a la puerta de casa, a que me dore el sol membrillero mientras que con mis manos toco el cielo, precisamente, con las manos que viven la tierra.
PD. No tuve ocasión de preguntarle a doña Socorro por qué tenía ella aquel cuadernillo escrito por mi padre… Pero, gracias a él, me enteré que padre tenía todas sus esperanzas puestas en mí.


sábado, 29 de abril de 2017

EL LARGO VIAJE DE MATISTA

Matista era una mujer gorda o, al menos, era lo primero que veían de ella los demás. Pero estaba acostumbrada a esas miradas de asco, tanto, que las encontraba normales. Se creó un mundo de carne con pelos lacios y vetas blancas, uñas amarillas por la nicotina, y sucia toda su persona. La boca era igualmente carnosa y sus dientes iban marcando ausencias y pronunciando orificios.
Su físico, en verdad, repelía a bucear en ese ser llamado Matista, nombre que surgió por una noche en que su madre se lio con un joyero; de aquel roce, nació una niña por casualidad, porque la madre estuvo meses barajando la posibilidad del aborto. Al final, se hizo tarde y dejó correr al ser que medraba dentro de ella sin hacer ruido ni molestar.
Matista creció en un suburbio tan descascarillado como la ausencia de niñez. Una muñeca y un perrillo fueron los únicos pasajeros que le acompañaron en esos años. Cuando Rufo fue atropellado intencionadamente por el vecino carbonero que guardaba rencor a la madre de Matista por haber sido rechazado a pesar de que la daba un buen botín por acostarse con él, el corazón de Matista murió.
Apenas fue a la escuela, la aburría. Era torpe y nadie le hacía caso. Además, le molestaba que los chicos le corearan "Mati, la hija de la puta". Ella no entendía aquellas palabras, pero por dentro comprendía que aquello que le decían no era bueno. Tampoco su madre paraba mucho en casa para haberle preguntado el significado de puta. Siempre estaba ocupada en el negocio de los placeres carnales. Si tenía clientela, Matista se pasaba el día sentada en las escaleras con la muñeca y Rufo. Cuando éste murió, encontró refugio en pelar patatas. Comenzó como un juego para tapar carencias y terminó siendo un negocio para su madre. Su habilidad corrió como la pólvora y rápidamente su madre se percató de que tenía una fuente más de ingresos.
Al estar sentada todo el día, comenzaron a reblandecerse sus carnes, a crecer y rodear su ánimo hasta llegar a lo que se había convertido.
No hablaba con nadie, incluso una vez que murmuró más de tres palabras seguidas se asustó de la voz que salía de su garganta. Ella gritaba para sí en silencio, concentrada en sus patatas y, cuando hacía un alto, dedicaba su vista a observar, principalmente a las ratas que iban y venían por las escaleras. A los gatos los envidiaba y, gracias a ellos, descubrió su subsistencia…
Un día, un felino de pelo algodonoso se plantó ante sus narices sentándose junto a ella. Matista apenas se atrevía a respirar para no asustarle, pensaba que aquel animal era mucho más bonito que los roedores que siempre le acompañaban. Al rato, el gato se cansó y decidió subir las escaleras; Matista le siguió llegando hasta la azotea. Allí nunca había subido y, casi, cayó al suelo al contemplar el panorama que se extendía ante sus ojos. A partir de aquel momento, decidió trasladarse a ese lugar. Daba igual que fuera verano o invierno, que lloviera, hiciera frío o nevara. Había hallado un horizonte tibio sobre el que volar, un mar en calma por encima de la podredumbre.
Aprendió a respirar el oxigeno de la libertad mirando a los tejados, al vuelo de los pájaros, al cielo rosa, añil, fresa y carbón. Se lavaba con la lluvia y le fascinaba las gotas de agua sobre sus patatas. Allí arriba se cultivó en el color del otoño, se ilustró en sonrisas y comprendió la soledad que había vivido. Su rostro osco mutó al azúcar. Ya no le importó ser rechazada, ni estar sola.
Contando Matista veintitrés años, su madre murió. Fue la primera y la última vez que pisó un hospital, no sabía ni que existieran, como desconocía que hubiera médicos que sanasen al cuerpo, a ella nunca la vio ninguno… Y Matista conoció el amor. No sabía que aquello que sentía, que hacía acelerar su corazón fuera lo más hermoso que ella había experimentado jamás, incluso por encima del cariño a Rufo, su extinguido chucho. Y sintió profundamente que su madre muriera, no porque le diera pena su ausencia porque no sentía gran cosa por su madre, sino por dejar de ver a aquel hombre de barbas y mirada de chocolate. Fue la única persona en la vida de Matista que la miró con ternura, incluso le habló algo más que para pedirle que le pelara dos kilos de patatas.
Después de enterrar a su madre, llegó una etapa dura para Matista, la tonta del barrio. El negocio de la patata no le llegaba para pagar el piso donde había vivido con su madre, así que la echaron, pero la dejaron quedarse en la azotea.
Y…, así pasaron los años y Matista subida en la cúspide viendo amanecer sobre la escoria, anochecer sobre sueños de cartón. Declararon el edificio en ruina y lo desalojaron. Nadie se acordó de ella, olvidaron a la mujer que pelaba patatas y se alimentaba del horizonte que se expandía a su lado cada día.
Demolieron el edificio y, al retirar los escombros encontraron a Matista con los ojos abiertos y abrazada a un gato; en su cara había perfilada una sonrisa… El obrero pensó, según la observaba, que era la mujer más hermosa que hubiera vito jamás.

miércoles, 26 de abril de 2017

UN CLAVEL EN TU BOCA

La fortuna vino a mi suerte. En aquel entonces huía de todo y de nada; solo sé que el miedo iba cosido a la solapa de mi piel. Llegué a esa ciudad camino de alguna parte y me quedé. La vida a veces se manifiesta de maneras que no entiendes hasta mucho más tarde, cuando el tiempo se cuelga en la alacena de tu memoria y comienzas a digerir todo un acontecer que fue el que hizo que hoy sea lo que soy.
Llegué una mañana de finales de mayo a la ciudad de Sevilla. Iba camino de Cádiz. En mis bolsillos, la manutención para dos meses escasos; después ya se vería qué hacía con mi vida. Lo importante estaba. Había saldado las deudas que un día dejó mi padre y acababa de enterrar a mi madre. Ya podía desplegar mis alas si es que era capaz de volar por mi misma después de una vida entregada a unos padres que mucho me quisieron. A mi padre le perdió el juego y mi madre fue tapando agujeros con su costura hasta que sus manos se negaron a continuar. El oficio de mi madre se puede decir que se extinguía por falta de clientela que prefería acudir a tiendas baratas de ropa ya confeccionada. A mí no me gustaba, pero seguí su huella. Cada noche, mientras la máquina de coser apañaba rotos, descosidos y alguna creación, mi imaginación volaba al sur. Me había hablando tanto de su luz, de sus acentos y del mar que, allá en tierra adentro donde los ríos corren mansos y escasos en verano y raudos en época de deshielo, yo pensaba y pensaba que un día me sumergiría en esas aguas que para mí ya eran magnéticas.
Bajé del tren y lo primero que noté fue una bofetada de calor pegajoso. Arrastré mis pertenencias hasta la taquilla correspondiente para sacar el billete a Cádiz cuando me sorprendió una conversación de dos personas que iban delante de mí.
-Piénsatelo mejor. Cómo en Sevilla, en ningún sitio.
Una frase trivial que me hizo recapacitar y preguntarme “¿Por qué no te quedas un par de días?” Y dicho y hecho. Me retiré de la cola y salí de la estación. En ese momento pasaba un autobús que a regañadientes aceptó que me subiera en él por lo voluminosa que era mi maleta. Me puse donde no estorbaba y me perdí por un ventanal. No sé el tiempo que pasó hasta que la voz del conductor me dijo”Señora, fin de trayecto” Levanté la cabeza y como una sonámbula descendí del autobús.
Me quedé varada sin saber qué hacer, ni siquiera sabía dónde estaba. El cansancio, el calor y ese sol que rociaba abrasando hasta el asfalto, terminó de fulminarme. Crucé de acera buscando una sombra y cuando la encontré, me senté en el bordillo abrazada a la maleta y me puse a llorar. Me sentía tan desvalida, tan perdida, que una lástima por mi misma me vino a abrazar.
-Joven, ¿se encuentra bien?- al principio no escuché la voz, tuvo, creo, que repetir la pregunta un par de veces antes de que yo levantara la cabeza y mis ojos abotargados de pena pudieran fijarse en la imagen de un hombre que miraba con curiosidad.
-Sí…No, disculpe- y volví a ocultar la cara en mis brazos sudorosos.
-¿La puedo ayudar en argo?
-No sé dónde estoy.
-En el sielo, mi arma. Calentito, pero en el sielo- aunque mis lágrimas seguían rodando, no pude evitar una leve sonrisa.
-Eso me gusta má. Ande levántese de ahí y acompáñeme ar Clavel. Una servesita fresquita le hará bien.
Y me dejé guiar por aquel extraño hasta un bar chiquito atestado de gentes con un mismo acento. Todos parecían conocerse y miraban con curiosidad a la mujer y su maleta.
-Jasinto, por una servesita para esta dolorosa que farta la hase.
Aquella cerveza no sé qué contenía, si una pócima quita penas o un elixir tranquilizante, pero al tercer sorbo, me hallé contando mis miserias a un extraño que me miraba con interés y me escuchaba sin interrupción. Cuando vomité todas mis penas, me dijo muy bajito.
-Yo no entiendo a Dios la mayoría de las veces, pero jamás le he llevado la contraria porque, al final, he comprendido que, en su misterio, se halla una razón superior y, lo más grande, es que esa razón tiene pies y cabeza-muy bien no entendí sus palabras y solo acerté a decir:
-¿En qué parte de Sevilla estamos?-cómo si con esa pregunta fuera a centrar mis ideas.
-En Triana, niña, en Triana… Por curiosidad, ¿qué años tienes?
-Treinta y nueve.
-Yo, creo, hay días que se me olvida, voy camino de 90, aunque ayer soñé que acababa de traspasar el kilómetro 100 de mi existencia. ¡Qué ahogo me entró! Me desperté sudando la gota gorda. Yo quiero irme ya de una vez con mi Sagrario y con nuestro Esteban. Lo llevo deseando desde que ella se fue hace 15 años pero no hay manera, Dios no quiere ¿Qué hago yo en este mundo solo? Naaaaaada- se atusa la calva y continua-… Esteban, mi hijo, murió al poco que Sagrario. Era camionero y en un desafortunado accidente Dios me lo arrampló- y su voz se quebró y los dos nos perdimos en nuestros pensamientos.
-Tome usted, señorita, e un clavé reventón, obsequio de la casa.
Desde aquel primer clavel, han pasado cinco años. Sí, me quedé en Triana con Esteban y aquí seguimos juntos del brazo y despacito. En el patio cultivo claveles para Jacinto, el del bar.
Esteban me compró una máquina de coser de segunda mano. En una habitación de su casa he puesto un pequeño taller; igual arreglo, que zurzo, que creo modelos para mis clientas.
En la puerta de la calle, Esteban ha puesto una placa “Un clavel en tu boca…Arreglos y confección de señora”


domingo, 16 de abril de 2017

SALUSTIANO EL FLORES,finalista en el concurso de “Relats d’amor” en el X Premis Literaris Constantí

“Aquí conoció la luz, el huerto claro, la fuente y el limonero” Versillos que moran a la entrada del palacio de Dueñas…
Cada uno se enamora de quien quiere si no, miren ustedes a doña Cayetana, genio y figura hasta la sepultura. Lo mío también fue un flechazo. Nada más verlo, sentí  que mi profesión sería eso: sepulturero.
Rondaba yo los trece años cuando mi padre, un pobre labriego, fue a pedir sustento a un rico de la noble villa de Simancas. Íbamos por un camino tortuoso, unas veces andando y otras en burro, así nos turnábamos padre y yo con el viejo Teófilo, el burro, cuando vimos a lo lejos, no sólo el hermoso perfil de Simancas con su archivo glorioso montado a lomo de un pequeño montículo, sino además, tres hermosos y sílfides cipreses. Según nos fuimos aproximando dichas bellezas estaban enclaustradas entre unos muros a punto de desnucarse contra la tierra polvorienta. El calor acechaba a pesar de ser finales de septiembre, con lo cual mi padre decidió descansar al abrigo de esos viejos muros antes de empinar la cuesta. El cansancio, el calor y los tragos de vino hicieron mella en mi austero padre quedándose un rato traspuesto. Entretanto, yo me distraje  observando aquellas ruinas. Pertenecían a un cementerio chiquito, abandonado;  un paisaje impregnado de espiritualidad. Yo por aquel entonces era un muchacho torpe pero con un caudal imaginativo a punto de estallar. Me imaginé aquel sacro lugar tal como estaba, pero con hondas pinceladas de romanticismo… Si hasta poseía una diminuta capilla, derruida también, claro. Miraba y miraba mi entorno y, cuánto más miraba, más pena sentía por los cuatro muertos que allí vivían olvidados por los suyos.
Despertó mi padre y me halló en éxtasis ganándome un pestorejo que subí la cuesta caliente. Llegamos al pueblo; a mí me gusta llamarlo villa, que vaya por delante. Es el pueblo más bonito de la provincia de Valladolid. Enseguida encontramos la casa que buscábamos.  ¡Eso era una casa!, y no la cochambre en la que vivíamos nosotros. El dueño fue muy amable, pero las esperanzas de mi padre se hundieron. Al salir, fue un golpe de gracia no hay duda, me volví hacia aquel hombre gallardo y de porte noble, y osé preguntarle:
-Señor, ¿no hay nadie que cuide las ruinas del cementerio?- lo siguiente que sentí fue otro pestorejo de mi padre, pero para sorpresa de ambos, el caballero contestó:
-¡Qué más quisiéramos, zagal!, pero no hay muertos por estas tierras, y nadie se quiere hacer cargo de ese viejo y romántico cementerio como diría Lord Byron.
-Yo quiero… Si me permite aunque no conozca al señor Byron- oí mi voz en un susurro. Era angustiosa pero determinante.
-Todo tuyo, muchacho. Si tu padre lo permite, puedes quedarte. Tendrás lecho y comida caliente. Te pondré un mes aprueba, ¿conforme?
Han pasado desde entonces cuarenta años.  Me conocen como Salustiano el Flores o, a secas, el Flores. Mi cementerio es la envidia de cualquier pueblo de alrededor. Sigue siendo pequeño, aunque ahora parece que no les da tanto reparo morirse al ver que van a ir sus restos a una morada tan bella. Los muros los he levantado con mis manos. La capilla sigue siendo diminuta con un pequeño altar donde se halla la Virgen del Arrabal, patrona de Simancas, con flores frescas y cuatro reclinatorios; no cabe más. En la pared del altar había un pequeño ventanuco que yo decoré con cristales de colores y, cuando el sol pasa besando esa pared, la luz de la capilla se torna un arco iris.
He hecho hileras de tumbas y a sus pies he puesto unas jardineras que tienen flor todo el año, pues planté detrás de las tapias del cementerio un jardín; es como mi laboratorio. Cuando crecen las voy trasplantando a las jardineras según la estación.
Mi cementerio no es un lugar triste. Tú observas la quietud del lugar, y es como si  invitara a la mente a concentrarse en lo esencial. Vamos, en mi  camposanto se abren  los poros del espíritu.
Ningún entierro es grato, no nos vayamos  a engañar, pero como yo digo “Hay muertos de cuatro clases: los ancianos que ya han vivido todo y, por lo tanto, su obligación es descansar eternamente. Los jóvenes que son muy dolorosos porque tenían una vida por delante sin vivir. Los que se mueren porque sí, sin una edad concreta, con lo que el duelo duele, pero ya se sabe lo que dicen por ahí, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Y, por último, los niños, estos me superan”… Me entra una pena gorda que tardo meses en quitármela de encima. Son muertes que no son justas pues apenas habían nacido. ¿Cómo Dios puede permitir que nos dé ángeles y luego nos los quita?
Y hablando de ángeles, una de mis tumbas favoritas es la de un pequeño infante que murió a los pocos meses; fue un drama, vino el pueblo entero. A las pocas semanas, era una mañana de ese frío castellano que se te mete en los huesos y ya puedes tomarte el orujo de la región entera, que lo único caliente que se te queda es el aliento… Bueno, pues como contaba, se acercó una mujer, yo no la vi hasta que sentí unos ruidos y me acerqué a ver qué estaba pasando…  Me volví a enamorar, esta vez de una mujer. Colocaba afanosamente un angelito a cada lado de la tumba del niño que les contaba anteriormente. Me quedé mudo, no reaccionaba… A ver cómo me explico para que se me entienda: rubia, con todas las curvas en su sitio, ni más ni menos, las justas, pero bien contorneadas y ¡Madre mía qué piernas!... Debió de pensar que, además de gilipollas, era un descarado porque me echó una mirada que me fulminó cual rayo con centella, todo junto.
Así me acostumbré a esperar con ansias el día de la semana que aparecía la Charito; la tengo totalmente consentida porque en mi cementerio nadie pone flores nada más que yo y, sin embargo,  ella hace lo que le viene en gana y yo no digo ni esta boca es mía. Pero si es que si la conocieran ustedes, pensarían lo mismo que yo ¡Es una mujer de bandera!
Nunca he tenido esperanzas con ella, no me voy a engañar. Es más, me echa unas miradas que parece que me están diciendo con mayúsculas ¡DEGENERADO! Y yo respondo con una sonrisa bobalicona, ya se sabe cómo de tonto se vuelve uno cuando se enamora.
Pero este amor es platónico y morirá virgen… ¿Por qué mi afirmación tan tajante? Muy sencillo: porque la Charito está muy enamorada de su marido. Bueno, ahora de otra manera… Es que se me ha quedado viuda y ha enterrado a su marido en mi cementerio. Le ha puesto un caballo a cada lado de la sepultura. Total que también hace y deshace a su antojo y ya tengo dos tumbas que son distintas al resto aunque muy hermosas, esto que vaya por delante, aunque me temo que algún familiar se me va a revelar y querrá hacer lo mismo que mi viuda bandera, pero de eso nada, antes tendrían que pasar sobre mi cadáver; la Charito es la Charito y los demás, son otra cosa.
Cuando me muera yo también quiero que me entierren aquí. Lo he convertido en un lugar de paz, y el emporio que he levantado alrededor de mis muertos lo heredará Casimiro… No les he hablado de Casimiro, perdonen. Es mi hijo bastardo. No lleva mis apellidos y nacido fuera del matrimonio porque ya le dije a la Lupe que en mi corazón sólo cabía la Charito. Pero ya saben que la sangre del hombre es caliente y ha de dejarla correr. La mía la descargo en el club de alterne “Lupanar&Lujuria” que es precisamente donde conocí a la Lupe. Casimiro ha crecido al abrigo de esos muros de lujuria con lo que sus necesidades de varón están cubiertas y el zagal mientras su madre trabajaba se queda a mi lado con lo que la profesión de sepulturero la borda y le gusta.
Así que ésta es mi vida. Soy feliz y no me falta compañía ni conversación. Mis muertos me susurran y yo hablo con ellos. Incluso cuando me afano en una tumba, siento que el resto se pone a mi lado para que mi trabajo sea aún mejor que el anterior.
Si alguien piensa que los muertos no tienen costuras morales, están equivocados; lo tienen todo bien atado. Me di cuenta de ello un día en que la Charito vino más revuelta que de costumbre, y se puso a llamar al marido sinvergüenza… Luego le dijo que le perdonaba y le quería, así que hicieron las paces ¡Qué bonita es la fidelidad! Entonces ustedes comprenderán que yo sea fiel hasta la eternidad a mi bella Charito, la flor más bella del cementerio.

El amor viene por muchos caminos y cuando te lo coses al corazón sintiéndole maullar en noches frías, ¡Qué calorcito te da el verdadero amor!

sábado, 15 de abril de 2017

PAISAJES DE SENSACIONES

Valladolid…

He vuelto a casa con el silencio de la ciudad prendido a su asfalto; apenas quedaban huellas de los seis días atrás que acababan de culminar. Minúsculos grupos de gente hablando en voz baja se despedían y la luz amarillenta de las farolas se ha diluido en mi persona.

Una especie de nostalgia, de vaho  nocturno, iba recalando en mi ánimo. Tal vez fue la luz azul, los grados, los poros de mi piel preparados para absorber o mi alma deseosa de sentir, no sé…, tomaba, al fin, conciencia de haber recuperado el ritmo vital que guía a mis sensaciones a palpar cada cosa que pasa por mi lado y roza la sensibilidad dormida.

Un collage de sensaciones, de visiones, decoran, ahora, mi memoria. Miradas brillantes, escenografías a media luz, sonrisas blancas, rostros vivos, una bulla tan castellana como feliz colándose por cualquier rincón de mi ciudad. Mis niños Dawn con sombrerito de paja o gorra de beisbol, tan tiernos como amorosos, sorprendiéndose que el mundo girara a su lado y ellos fueran capaces de tocarle con sus dedos torpes mientras la mano de un hermano, de un padre, sujetaba a su persona. Esa estela de cortinilla humeante acariciando nuestra nariz con un perfume de incienso. El redoble de tambores haciendo que las plantas de los pies saltaran sobre el asfalto. El sonido de una gaita, un coro de pajarillos, la corneta, la trompeta y el trombón junto a una minúscula partitura y la cadencia de una marcha procesional. Virgen del valle, Bajo tu palio un rosario, Hosanna in excelsis, un Gaudeamus igitur universitario en un jueves santo…, tantas marchas como cortejos, tantas músicas como para elevar a cualquier vallisoletano a un mundo reposado y bien sentido donde cabía un vino, una oración y un encuentro.

Y, sobres nuestras cabezas, flotando Flagelados, Madres dolorosas y Crucificados. Si hasta he visto, hemos visto, los pasos menudos, el rachear del dolor de un Hombre camino de su calvario, con tanta dignidad como humildad. Para, más tarde, nuestros ojos embelesados barnizarse de su piel  de nácar, azuladas sus venas y racimos de sangre correr por su pecho y costado.

Sí, estos días he vivido balanceándome en estos paisajes costumbristas de mi tierra mientras amaba a mi ciudad y, ahora, que el silencio se ciñe a mi cintura, que mi olfato descansa y que la rutina me espera, la memoria se apresura a hilvanarse a los recuerdos de unos días cuya voz posee el color de la belleza.

martes, 28 de marzo de 2017

PENUMBRA

Isabel tiene la mirada gastada. Ha visto tanto que no quiere seguir viendo. Es noche cerrada, toma el aire en la terraza bajo un cielo de agosto lleno de estrellas. Respira pausadamente, el frescor de la hora alivia su incertidumbre. Su hija Ana, cuando le ha confesado su verdad, se ha puesto histérica “Mamá llevas toda la vida con papá. Tienes sesenta y seis años, ¿qué vas a hacer, dónde vas a ir?” Isabel contestó “A vivir un poco. ¿Tan malo es eso, hija?”
Sabía que no lo entendería. Se ahorra el bochorno de explicárselo a Elisa y María, sus otras dos hijas.
Sin embargo piensa que es justo que la respeten como ella ha respetado la vida de sus hijas. Está cansada de vivir una mentira. Ahora ya nadie la necesita por lo tanto es el momento de emprender la marcha.
Claro que piensa que las puede perder y hacer frente común con su padre. Incluso dejarla en la calle; lo sabe y no la importa, con la pequeña pensión tiene suficiente y, si no lo tuviera, puede limpiar casas, cuidar ancianos, niños... Aún tiene fuerzas para luchar para ella. Porque es la hora de que haga algo, no por los demás, sino para ella misma.
Ha tragado, ha consentido y sabe que no puede echar la culpa a nadie; ella es la culpable por callar, por no parar los pies a Germán, su marido.
Hay mujeres que callan, que consienten, por un estatus, por dinero, por no perder la buena vida y una cuenta corriente. Piensan que es mejor la zona de confort en la que viven que arriesgar por lo incierto y, tal vez, la penuria. Pero no es su caso.
Isabel se casó enamorada, estuvo muchos años amando a su marido, de veras, con esos amores que no fallan nunca. Con sacrificio, en silencio, con bondad… Hasta que un día vio como no llegaba el dinero a casa, y no porque no le faltara trabajo a Germán, sino porque se lo gastaba con otras.
Entonces el mundo de Isabel se resquebrajó, y lo que antes había pasado por alto con ternura y bondad, ahora la hería. Sí, la hacía daño cómo Germán chillaba a los chiquillos, las castigaba por nimiedades. A ella la insultaba, la menospreciaba, la escupía…, la maltrataba. Pero ella continúo al lado de Germán, en silencio, cada vez más rota más triste.
Un grillo canta en algún lugar mientras Isabel hace acopio de fuerzas para hablar con Germán. Ya tiene la maleta hecha. Poco lleva, no necesita más. Con las ganas de vivir una vida en paz son suficientes.
Escucha los pasos de Germán e Isabel tiembla, el corazón se desboca cuando le ve aparecer. Se frota las manos sudorosas y con un hilo de voz se dirige a él.
-Germán, me voy. Te dejo que vivas tu vida. Ya es hora de que ambos lo hagamos.
-¿Se puede saber de qué, coños, me estás hablando, Isabel? Hoy estoy muy cansado y no tengo sentido del humor.
-Te abandono, Germán. Sólo eso- Isabel se levanta de la silla, pero Germán se abalanza sobre ella acorralándola en la barandilla de la terraza.
-Muerta de hambre, ¿dónde vas a ir si no sirves para nada? Si ya no sirves ni para follar.
-Déjame salir, Germán, por favor…-la súplica es tan débil que Germán no la escucha. Zarandea el cuerpo de Isabel igual que el de un muñeco. Ella trata de escapar, pero la fuerza de él es mayor que la suya y, en un momento dado, Germán la empuja. La empuja tanto que…

En la penumbra de una farola de la calle Sarmiento yace el cuerpo de una mujer. En el quinto piso hay un hombre apoyado a una barandilla fumando tranquilamente. Cuando acaba el cigarrillo se da la media vuelta y se va a dormir.
Un gato callejero lame la sangre desparramada en el asfalto; es el único testigo.