domingo, 14 de mayo de 2017

TOCANDO EL CIELO


“Para que cualquier faceta de la vida sea verdadera y tangible hay que luchar porque tus sueños sean creíbles, rebuscar su savia, el fuego que hay prendido en ellos, sólo entonces y, en ese instante, las manos de la tierra te abrazarán como hijo suyo que ha sabido caminar en pos de todo el sol de un amanecer”
Este pensamiento me lo enseñó mi padre en un cuadernillo que él escribió, un buen hombre al que nadie comprendió, ni siquiera yo…

Era ese típico ser humano que crece hacia adentro y cuya condición es el silencio, único compañero al que respetó toda su vida. Al resto, desdeñó y pisoteó cuanto pudo con su saliva, obra y olvido. Sin embargo, nunca dejé de pensar que tenía algo bueno en algún recóndito lugar de su corazón. Me gustaba observarle en la distancia -cerca, me hubiera dado un cachete con esas manazas que tenía-cualquier cosa le irritaba-, sobre todo en las tardes de otoño cuando el sol membrillero doraba los campos calentando nuestros rostros con su últimos rayos mientras merendábamos a la vuelta de la escuela. Liaba pausadamente el tabaco y perdía la vista en el infinito. Rufo, nuestro perro, se acercaba a él arrastrándose para no hacer ruido y se acurrucaba a su lado. Padre, a pesar de estar sumergido en ese mundo en el que ninguno de nosotros transgredimos jamás, notaba su presencia y con una ternura que, al recordarla, me produce escalofríos, pasaba muy lentamente su palma por el lomo de Rufo.
En otros momentos, mientras madre preparaba la cena, veía como él la miraba de una forma extraña, entre la admiración y un amor que nunca le demostró.
Tenía fama, porque lo oí muchas veces en la bodeguilla cuando madre me mandaba a comprar un real de vino, de irse de putas a la capital y gastarse más de lo que teníamos. Años después, Doña Socorro, la maestra, gran artífice de lo que hoy soy, me explicó que mi padre pertenecía a una generación de hombres cuya virilidad y patriarcado lo demostraban en una serie de gestos como ése.
Con quince años yo era un chico apocado, pero curioso. Tímido, pero agradecido. Obediente, aunque una silente rebeldía iba comiendo terreno con los años. Se me daba mejor escribir que hablar, condición que Doña Socorro enseguida se dio cuenta incitándome a la lectura de los clásicos y a que le enviara cartas expresando mi parecer. Aquel juego rápidamente arraigó en mi ánimo.

En casa, padre no podía ver que leyera, demasiado ya dejaba que fuera a la escuela unas cuantas horas. Oficialmente iba tres, pero en la realidad estaba más; madre y Doña Socorro se encargaban de taparme. Los libros que me iba prestando la maestra los guardaba debajo del jergón. Por ser el hijo pequeño, el último en llegar a la familia, tenía la peor habitación de la casa: fría, escuálida y sin apenas muebles. Para mí aquello era un palacio. Dormía a cachos. madre me pasaba “el fraile” por la cama para que estuviera caliente, y me dormía placidamente, así no molestábamos a padre. A media noche, cuando todos dormían, abría desmesuradamente los ojos, yo llamaba a aquel momento, la hora mágica. Encendía el candil y comenzaba a tocar el cielo… Sabía que detrás de aquellos muros de adobe había un mundo que me esperaba y, en el cual, algún día, formaría parte de él. Después de leer y antes de volver a entornar los ojos, escribía unas líneas a Doña Socorro con el resultado de mis impresiones y más alguna duda que me hubiera surgido.
De ahí, ella, en una misiva, me explicaba la condición del hombre en la sociedad en la que yo vivía y nada entendía. Yo le decía que cómo teniendo a una mujer en casa, se fuera a buscar... Entonces, Doña Socorro me respondió con una frase tan compleja que me pasé tiempo haciendo cábalas de lo que me habría querido decir “a los machos les puso Dios el cerebro en el pito”… Hoy aún me río de mi ingenuidad por aquel entonces.

Recuerdo mi niñez tan hermosa a pesar de mi padre, que me encandilo con los recuerdos; él no pudo nublar mis sensaciones de amor a la vida, a su misterio, la sensación de abrir los ojos y encontrarme tocando el cielo con mis manos de barro, manos de niño que cree que todo puede ser posible.
En invierno, hacia mediados de diciembre, comenzaban a caer copiosas nieves, incluso hubo años en que estuvimos aislados durante semanas. Madre, en el mes de octubre, comenzaba el acopio de alimentos. Durante el verano, mi hermano mayor y padre habían llenado el granero de leña… Leña que iluminaba el fuego del hogar mientras el caldero colgado rezumaba vahos exquisitos. Las brasas perduraban toda la noche y hasta el mediodía, mi hermana Clara no echaba más. Aquel momento era un rito para mí. Veía las llamas transformarse en personajes fantasmagóricos: cabezas de dragón, de perros aullando al diablo. Clara reía mientras me oía de una forma muy especial que he buscado, ya de adulto, en las mujeres que han morado en mi cama. Había química entre mi hermana y yo; una complicidad que aún, después de muerta, sigo conservando con ella.
Clara era para mi padre un ángel, no es que se lo demostrara en vida, no, eso no. La trataba como a mi madre, es decir, ignorándolas hasta la saciedad. Sin embargo, el día que murió, hubo que separarle del ataúd; pedía a Dios justicia… Nunca volvió a pisar una iglesia, y su carácter aún se enturbió más. Madre lloraba en silencio mientras yo le preguntaba por qué Clara no era un ángel en la tierra.
“Mateo, las manos de la tierra han reclamado lo que era suyo. Dios no tiene nada que ver. Clara, desde que nació, tenía el corazón muy débil y un día dejó de latir…Piensa, hijo mío, que pudimos disfrutar de ella veintitrés benditos años…” Callaba, y se iba al cajón a seguir acariciando la ropa inerte de Clara.
Desde que ella se fue, mi casa aún fue más silenciosa de lo que era, sólo rasgado aquel silencio cruel por los ladridos de Rufo, tantos, que una noche padre, con dos vasos de vino de más, salió y le pegó tres tiros; las patas del animal siguieron unos instantes temblando mientras tocaban el cielo.
Lo enterramos cuando padre se quedó dormido. Mi hermano lloraba desconsoladamente y se secaba las lágrimas con rabia. Madre le pasaba la mano por el hombro con intención de calmarle, pero él, enfurecido le decía:
“Madre, cualquier día tenemos un disgusto… No aguanto a mi padre”.

Y así fue… Una tarde de verano, eran las fiestas del pueblo y padre no le dejó ir a la verbena, decía que debía descansar pues había mucho trabajo. Madre estaba en la novena de la Virgen del Carmen, sólo estaba yo en casa comiéndome un mendrugo con el chocolate que nos había regalado la señora maestra. Hacía un calor sofocante, y mi hermano bebía del botijo cuando padre le dijo:
-Menos beber y más trabajar- Jacinto se volvió con furia y, sin mediar palabra, le estrelló el botijo contra la cabeza. Entonces, el agua se mezcló con la sangre, y ya no era de aquel rojo intenso de las heridas sino de color de la frambuesa tierna. Los ojos de padre permanecían muy abiertos, fijos en un punto indeterminado... Terminé pensando que estaban tocando el cielo donde estaban Clara, Dios y Rufo.
Jacinto y yo seguíamos parados, extasiados mirando el cuerpo de Padre cuando, un grito, a nuestras espaldas, nos sacó del ensimismamiento.
Madre apretó la cara de Jacinto contra su pecho antes de que la guardia civil se le llevara. Luego, llegaron el alguacil y el médico para certificar la defunción y, después, con toda la parsimonia de este mundo, mi madre se puso a amortajar el cuerpo sin vida de su marido. No quiso ayuda de nadie; se encerró en el dormitorio y yo pegué la oreja a la puerta. No sé si en afán de protección o queriendo buscar la explicación a mi indiferencia y la confusión de mis sentimientos extraviados.
Oía a mi madre murmurar, hasta le llamó mal hombre, eso sí que lo entendí. Supe, entonces, que le reprochó todo lo que llevaba dentro callado toda su vida.
Cuando salió del dormitorio conyugal, tanto su rostro como el de mi padre estaban serenos, como si hubieran llegado a un consenso, como si se hubieran dicho todo lo que nunca se dijeron con palabras ni con gestos… Entonces, respiré muy hondo y supe que mi vida, en ese instante, había cambiado.
Entré a ver a mi padre. Tenía puesto el traje de los domingos y las manos en posición de plegaria. Por un hueco sobresalía un papel; me asomé más para saber qué era. Ya no tenía miedo a mi padre, le miraba de frente, toqué su cara recién afeitada… olía a jabón. Traté de hurgar en sus manos hasta que comprobé que madre le había colocado en ellas una foto de Clara.
Al día siguiente del entierro, mi madre me despertó temprano y me dijo:
-Vístete, Mateo. Tenemos que ir a hablar con Don Segismundo.
-Madre, no he hecho nada, me confesé la semana pasada con él.
-No es eso, Mateo. Quiero meterte en un seminario.
-Pero, Madre, yo no quiero ser cura. Quiero ser maestro como Doña Socorro.
-Primero aprendes allí. Tienes cama y comida gratis. Luego cuando sepas, te vas.
-Madre, yo quiero quedarme con usted.
-Tu padre nos ha dejado en la calle, lo poco que teníamos ya no es nuestro.
-¿Ni las tierras, madre?
-Tus manos no han nacido para trabajar la tierra… Y no, no son nuestras.
-¿De quién son?
-De Saturnino, el de La Bodeguilla.
-¿Por eso me daba vino gratis, madre?
-Por eso, hijo, por eso…

Cinco años pasé en el seminario; aborrecí los rezos, odié los sabañones, pero aprendí mucho. Me alimentaba de las cartas de Doña Socorro y las noticias que me traía de mi familia. Madre enfermó en el invierno del cincuenta y tres y “tocó el cielo” una madrugada del mes de enero. A esas alturas, mis ojos se habían secado, no sabía llorar, pero no me encontraba solo. Aún me quedaba la señora maestra, mi hermano encarcelado y mis sueños. Del pasado, cuatro cicatrices, un cuarto kilo de penas y la furia para no hacer lo que habían hecho mis padres. Gracias a los curas, hice magisterio y luego me largué. Entré una noche en la capilla y pedí recomendación a Dios. Él me dijo que me entendía y que saliera al mundo a dar todo lo que había dentro de mí.
Con suerte y con buenas relaciones -todo hay que decirlo-, logré el puesto de Doña Socorro y volví a mis orígenes. La maestra, al morir, me dejó cuatro perras, su inmensa sabiduría y un cuadernillo de anotaciones hechas por mi padre, ¡quién me lo iba a decir!, mi padre escribiendo…
Con el dinero, volví a comprar la casa que me vio nacer y parte de las tierras que fueron nuestras y me dispuse a esperar a que mi hermano saliera de la cárcel.
Cada otoño, después de las clases, me siento a la puerta de casa, a que me dore el sol membrillero mientras que con mis manos toco el cielo, precisamente, con las manos que viven la tierra.
PD. No tuve ocasión de preguntarle a doña Socorro por qué tenía ella aquel cuadernillo escrito por mi padre… Pero, gracias a él, me enteré que padre tenía todas sus esperanzas puestas en mí.


sábado, 29 de abril de 2017

EL LARGO VIAJE DE MATISTA

Matista era una mujer gorda o, al menos, era lo primero que veían de ella los demás. Pero estaba acostumbrada a esas miradas de asco, tanto, que las encontraba normales. Se creó un mundo de carne con pelos lacios y vetas blancas, uñas amarillas por la nicotina, y sucia toda su persona. La boca era igualmente carnosa y sus dientes iban marcando ausencias y pronunciando orificios.
Su físico, en verdad, repelía a bucear en ese ser llamado Matista, nombre que surgió por una noche en que su madre se lio con un joyero; de aquel roce, nació una niña por casualidad, porque la madre estuvo meses barajando la posibilidad del aborto. Al final, se hizo tarde y dejó correr al ser que medraba dentro de ella sin hacer ruido ni molestar.
Matista creció en un suburbio tan descascarillado como la ausencia de niñez. Una muñeca y un perrillo fueron los únicos pasajeros que le acompañaron en esos años. Cuando Rufo fue atropellado intencionadamente por el vecino carbonero que guardaba rencor a la madre de Matista por haber sido rechazado a pesar de que la daba un buen botín por acostarse con él, el corazón de Matista murió.
Apenas fue a la escuela, la aburría. Era torpe y nadie le hacía caso. Además, le molestaba que los chicos le corearan "Mati, la hija de la puta". Ella no entendía aquellas palabras, pero por dentro comprendía que aquello que le decían no era bueno. Tampoco su madre paraba mucho en casa para haberle preguntado el significado de puta. Siempre estaba ocupada en el negocio de los placeres carnales. Si tenía clientela, Matista se pasaba el día sentada en las escaleras con la muñeca y Rufo. Cuando éste murió, encontró refugio en pelar patatas. Comenzó como un juego para tapar carencias y terminó siendo un negocio para su madre. Su habilidad corrió como la pólvora y rápidamente su madre se percató de que tenía una fuente más de ingresos.
Al estar sentada todo el día, comenzaron a reblandecerse sus carnes, a crecer y rodear su ánimo hasta llegar a lo que se había convertido.
No hablaba con nadie, incluso una vez que murmuró más de tres palabras seguidas se asustó de la voz que salía de su garganta. Ella gritaba para sí en silencio, concentrada en sus patatas y, cuando hacía un alto, dedicaba su vista a observar, principalmente a las ratas que iban y venían por las escaleras. A los gatos los envidiaba y, gracias a ellos, descubrió su subsistencia…
Un día, un felino de pelo algodonoso se plantó ante sus narices sentándose junto a ella. Matista apenas se atrevía a respirar para no asustarle, pensaba que aquel animal era mucho más bonito que los roedores que siempre le acompañaban. Al rato, el gato se cansó y decidió subir las escaleras; Matista le siguió llegando hasta la azotea. Allí nunca había subido y, casi, cayó al suelo al contemplar el panorama que se extendía ante sus ojos. A partir de aquel momento, decidió trasladarse a ese lugar. Daba igual que fuera verano o invierno, que lloviera, hiciera frío o nevara. Había hallado un horizonte tibio sobre el que volar, un mar en calma por encima de la podredumbre.
Aprendió a respirar el oxigeno de la libertad mirando a los tejados, al vuelo de los pájaros, al cielo rosa, añil, fresa y carbón. Se lavaba con la lluvia y le fascinaba las gotas de agua sobre sus patatas. Allí arriba se cultivó en el color del otoño, se ilustró en sonrisas y comprendió la soledad que había vivido. Su rostro osco mutó al azúcar. Ya no le importó ser rechazada, ni estar sola.
Contando Matista veintitrés años, su madre murió. Fue la primera y la última vez que pisó un hospital, no sabía ni que existieran, como desconocía que hubiera médicos que sanasen al cuerpo, a ella nunca la vio ninguno… Y Matista conoció el amor. No sabía que aquello que sentía, que hacía acelerar su corazón fuera lo más hermoso que ella había experimentado jamás, incluso por encima del cariño a Rufo, su extinguido chucho. Y sintió profundamente que su madre muriera, no porque le diera pena su ausencia porque no sentía gran cosa por su madre, sino por dejar de ver a aquel hombre de barbas y mirada de chocolate. Fue la única persona en la vida de Matista que la miró con ternura, incluso le habló algo más que para pedirle que le pelara dos kilos de patatas.
Después de enterrar a su madre, llegó una etapa dura para Matista, la tonta del barrio. El negocio de la patata no le llegaba para pagar el piso donde había vivido con su madre, así que la echaron, pero la dejaron quedarse en la azotea.
Y…, así pasaron los años y Matista subida en la cúspide viendo amanecer sobre la escoria, anochecer sobre sueños de cartón. Declararon el edificio en ruina y lo desalojaron. Nadie se acordó de ella, olvidaron a la mujer que pelaba patatas y se alimentaba del horizonte que se expandía a su lado cada día.
Demolieron el edificio y, al retirar los escombros encontraron a Matista con los ojos abiertos y abrazada a un gato; en su cara había perfilada una sonrisa… El obrero pensó, según la observaba, que era la mujer más hermosa que hubiera vito jamás.

miércoles, 26 de abril de 2017

UN CLAVEL EN TU BOCA

La fortuna vino a mi suerte. En aquel entonces huía de todo y de nada; solo sé que el miedo iba cosido a la solapa de mi piel. Llegué a esa ciudad camino de alguna parte y me quedé. La vida a veces se manifiesta de maneras que no entiendes hasta mucho más tarde, cuando el tiempo se cuelga en la alacena de tu memoria y comienzas a digerir todo un acontecer que fue el que hizo que hoy sea lo que soy.
Llegué una mañana de finales de mayo a la ciudad de Sevilla. Iba camino de Cádiz. En mis bolsillos, la manutención para dos meses escasos; después ya se vería qué hacía con mi vida. Lo importante estaba. Había saldado las deudas que un día dejó mi padre y acababa de enterrar a mi madre. Ya podía desplegar mis alas si es que era capaz de volar por mi misma después de una vida entregada a unos padres que mucho me quisieron. A mi padre le perdió el juego y mi madre fue tapando agujeros con su costura hasta que sus manos se negaron a continuar. El oficio de mi madre se puede decir que se extinguía por falta de clientela que prefería acudir a tiendas baratas de ropa ya confeccionada. A mí no me gustaba, pero seguí su huella. Cada noche, mientras la máquina de coser apañaba rotos, descosidos y alguna creación, mi imaginación volaba al sur. Me había hablando tanto de su luz, de sus acentos y del mar que, allá en tierra adentro donde los ríos corren mansos y escasos en verano y raudos en época de deshielo, yo pensaba y pensaba que un día me sumergiría en esas aguas que para mí ya eran magnéticas.
Bajé del tren y lo primero que noté fue una bofetada de calor pegajoso. Arrastré mis pertenencias hasta la taquilla correspondiente para sacar el billete a Cádiz cuando me sorprendió una conversación de dos personas que iban delante de mí.
-Piénsatelo mejor. Cómo en Sevilla, en ningún sitio.
Una frase trivial que me hizo recapacitar y preguntarme “¿Por qué no te quedas un par de días?” Y dicho y hecho. Me retiré de la cola y salí de la estación. En ese momento pasaba un autobús que a regañadientes aceptó que me subiera en él por lo voluminosa que era mi maleta. Me puse donde no estorbaba y me perdí por un ventanal. No sé el tiempo que pasó hasta que la voz del conductor me dijo”Señora, fin de trayecto” Levanté la cabeza y como una sonámbula descendí del autobús.
Me quedé varada sin saber qué hacer, ni siquiera sabía dónde estaba. El cansancio, el calor y ese sol que rociaba abrasando hasta el asfalto, terminó de fulminarme. Crucé de acera buscando una sombra y cuando la encontré, me senté en el bordillo abrazada a la maleta y me puse a llorar. Me sentía tan desvalida, tan perdida, que una lástima por mi misma me vino a abrazar.
-Joven, ¿se encuentra bien?- al principio no escuché la voz, tuvo, creo, que repetir la pregunta un par de veces antes de que yo levantara la cabeza y mis ojos abotargados de pena pudieran fijarse en la imagen de un hombre que miraba con curiosidad.
-Sí…No, disculpe- y volví a ocultar la cara en mis brazos sudorosos.
-¿La puedo ayudar en argo?
-No sé dónde estoy.
-En el sielo, mi arma. Calentito, pero en el sielo- aunque mis lágrimas seguían rodando, no pude evitar una leve sonrisa.
-Eso me gusta má. Ande levántese de ahí y acompáñeme ar Clavel. Una servesita fresquita le hará bien.
Y me dejé guiar por aquel extraño hasta un bar chiquito atestado de gentes con un mismo acento. Todos parecían conocerse y miraban con curiosidad a la mujer y su maleta.
-Jasinto, por una servesita para esta dolorosa que farta la hase.
Aquella cerveza no sé qué contenía, si una pócima quita penas o un elixir tranquilizante, pero al tercer sorbo, me hallé contando mis miserias a un extraño que me miraba con interés y me escuchaba sin interrupción. Cuando vomité todas mis penas, me dijo muy bajito.
-Yo no entiendo a Dios la mayoría de las veces, pero jamás le he llevado la contraria porque, al final, he comprendido que, en su misterio, se halla una razón superior y, lo más grande, es que esa razón tiene pies y cabeza-muy bien no entendí sus palabras y solo acerté a decir:
-¿En qué parte de Sevilla estamos?-cómo si con esa pregunta fuera a centrar mis ideas.
-En Triana, niña, en Triana… Por curiosidad, ¿qué años tienes?
-Treinta y nueve.
-Yo, creo, hay días que se me olvida, voy camino de 90, aunque ayer soñé que acababa de traspasar el kilómetro 100 de mi existencia. ¡Qué ahogo me entró! Me desperté sudando la gota gorda. Yo quiero irme ya de una vez con mi Sagrario y con nuestro Esteban. Lo llevo deseando desde que ella se fue hace 15 años pero no hay manera, Dios no quiere ¿Qué hago yo en este mundo solo? Naaaaaada- se atusa la calva y continua-… Esteban, mi hijo, murió al poco que Sagrario. Era camionero y en un desafortunado accidente Dios me lo arrampló- y su voz se quebró y los dos nos perdimos en nuestros pensamientos.
-Tome usted, señorita, e un clavé reventón, obsequio de la casa.
Desde aquel primer clavel, han pasado cinco años. Sí, me quedé en Triana con Esteban y aquí seguimos juntos del brazo y despacito. En el patio cultivo claveles para Jacinto, el del bar.
Esteban me compró una máquina de coser de segunda mano. En una habitación de su casa he puesto un pequeño taller; igual arreglo, que zurzo, que creo modelos para mis clientas.
En la puerta de la calle, Esteban ha puesto una placa “Un clavel en tu boca…Arreglos y confección de señora”


domingo, 16 de abril de 2017

SALUSTIANO EL FLORES,finalista en el concurso de “Relats d’amor” en el X Premis Literaris Constantí

“Aquí conoció la luz, el huerto claro, la fuente y el limonero” Versillos que moran a la entrada del palacio de Dueñas…
Cada uno se enamora de quien quiere si no, miren ustedes a doña Cayetana, genio y figura hasta la sepultura. Lo mío también fue un flechazo. Nada más verlo, sentí  que mi profesión sería eso: sepulturero.
Rondaba yo los trece años cuando mi padre, un pobre labriego, fue a pedir sustento a un rico de la noble villa de Simancas. Íbamos por un camino tortuoso, unas veces andando y otras en burro, así nos turnábamos padre y yo con el viejo Teófilo, el burro, cuando vimos a lo lejos, no sólo el hermoso perfil de Simancas con su archivo glorioso montado a lomo de un pequeño montículo, sino además, tres hermosos y sílfides cipreses. Según nos fuimos aproximando dichas bellezas estaban enclaustradas entre unos muros a punto de desnucarse contra la tierra polvorienta. El calor acechaba a pesar de ser finales de septiembre, con lo cual mi padre decidió descansar al abrigo de esos viejos muros antes de empinar la cuesta. El cansancio, el calor y los tragos de vino hicieron mella en mi austero padre quedándose un rato traspuesto. Entretanto, yo me distraje  observando aquellas ruinas. Pertenecían a un cementerio chiquito, abandonado;  un paisaje impregnado de espiritualidad. Yo por aquel entonces era un muchacho torpe pero con un caudal imaginativo a punto de estallar. Me imaginé aquel sacro lugar tal como estaba, pero con hondas pinceladas de romanticismo… Si hasta poseía una diminuta capilla, derruida también, claro. Miraba y miraba mi entorno y, cuánto más miraba, más pena sentía por los cuatro muertos que allí vivían olvidados por los suyos.
Despertó mi padre y me halló en éxtasis ganándome un pestorejo que subí la cuesta caliente. Llegamos al pueblo; a mí me gusta llamarlo villa, que vaya por delante. Es el pueblo más bonito de la provincia de Valladolid. Enseguida encontramos la casa que buscábamos.  ¡Eso era una casa!, y no la cochambre en la que vivíamos nosotros. El dueño fue muy amable, pero las esperanzas de mi padre se hundieron. Al salir, fue un golpe de gracia no hay duda, me volví hacia aquel hombre gallardo y de porte noble, y osé preguntarle:
-Señor, ¿no hay nadie que cuide las ruinas del cementerio?- lo siguiente que sentí fue otro pestorejo de mi padre, pero para sorpresa de ambos, el caballero contestó:
-¡Qué más quisiéramos, zagal!, pero no hay muertos por estas tierras, y nadie se quiere hacer cargo de ese viejo y romántico cementerio como diría Lord Byron.
-Yo quiero… Si me permite aunque no conozca al señor Byron- oí mi voz en un susurro. Era angustiosa pero determinante.
-Todo tuyo, muchacho. Si tu padre lo permite, puedes quedarte. Tendrás lecho y comida caliente. Te pondré un mes aprueba, ¿conforme?
Han pasado desde entonces cuarenta años.  Me conocen como Salustiano el Flores o, a secas, el Flores. Mi cementerio es la envidia de cualquier pueblo de alrededor. Sigue siendo pequeño, aunque ahora parece que no les da tanto reparo morirse al ver que van a ir sus restos a una morada tan bella. Los muros los he levantado con mis manos. La capilla sigue siendo diminuta con un pequeño altar donde se halla la Virgen del Arrabal, patrona de Simancas, con flores frescas y cuatro reclinatorios; no cabe más. En la pared del altar había un pequeño ventanuco que yo decoré con cristales de colores y, cuando el sol pasa besando esa pared, la luz de la capilla se torna un arco iris.
He hecho hileras de tumbas y a sus pies he puesto unas jardineras que tienen flor todo el año, pues planté detrás de las tapias del cementerio un jardín; es como mi laboratorio. Cuando crecen las voy trasplantando a las jardineras según la estación.
Mi cementerio no es un lugar triste. Tú observas la quietud del lugar, y es como si  invitara a la mente a concentrarse en lo esencial. Vamos, en mi  camposanto se abren  los poros del espíritu.
Ningún entierro es grato, no nos vayamos  a engañar, pero como yo digo “Hay muertos de cuatro clases: los ancianos que ya han vivido todo y, por lo tanto, su obligación es descansar eternamente. Los jóvenes que son muy dolorosos porque tenían una vida por delante sin vivir. Los que se mueren porque sí, sin una edad concreta, con lo que el duelo duele, pero ya se sabe lo que dicen por ahí, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Y, por último, los niños, estos me superan”… Me entra una pena gorda que tardo meses en quitármela de encima. Son muertes que no son justas pues apenas habían nacido. ¿Cómo Dios puede permitir que nos dé ángeles y luego nos los quita?
Y hablando de ángeles, una de mis tumbas favoritas es la de un pequeño infante que murió a los pocos meses; fue un drama, vino el pueblo entero. A las pocas semanas, era una mañana de ese frío castellano que se te mete en los huesos y ya puedes tomarte el orujo de la región entera, que lo único caliente que se te queda es el aliento… Bueno, pues como contaba, se acercó una mujer, yo no la vi hasta que sentí unos ruidos y me acerqué a ver qué estaba pasando…  Me volví a enamorar, esta vez de una mujer. Colocaba afanosamente un angelito a cada lado de la tumba del niño que les contaba anteriormente. Me quedé mudo, no reaccionaba… A ver cómo me explico para que se me entienda: rubia, con todas las curvas en su sitio, ni más ni menos, las justas, pero bien contorneadas y ¡Madre mía qué piernas!... Debió de pensar que, además de gilipollas, era un descarado porque me echó una mirada que me fulminó cual rayo con centella, todo junto.
Así me acostumbré a esperar con ansias el día de la semana que aparecía la Charito; la tengo totalmente consentida porque en mi cementerio nadie pone flores nada más que yo y, sin embargo,  ella hace lo que le viene en gana y yo no digo ni esta boca es mía. Pero si es que si la conocieran ustedes, pensarían lo mismo que yo ¡Es una mujer de bandera!
Nunca he tenido esperanzas con ella, no me voy a engañar. Es más, me echa unas miradas que parece que me están diciendo con mayúsculas ¡DEGENERADO! Y yo respondo con una sonrisa bobalicona, ya se sabe cómo de tonto se vuelve uno cuando se enamora.
Pero este amor es platónico y morirá virgen… ¿Por qué mi afirmación tan tajante? Muy sencillo: porque la Charito está muy enamorada de su marido. Bueno, ahora de otra manera… Es que se me ha quedado viuda y ha enterrado a su marido en mi cementerio. Le ha puesto un caballo a cada lado de la sepultura. Total que también hace y deshace a su antojo y ya tengo dos tumbas que son distintas al resto aunque muy hermosas, esto que vaya por delante, aunque me temo que algún familiar se me va a revelar y querrá hacer lo mismo que mi viuda bandera, pero de eso nada, antes tendrían que pasar sobre mi cadáver; la Charito es la Charito y los demás, son otra cosa.
Cuando me muera yo también quiero que me entierren aquí. Lo he convertido en un lugar de paz, y el emporio que he levantado alrededor de mis muertos lo heredará Casimiro… No les he hablado de Casimiro, perdonen. Es mi hijo bastardo. No lleva mis apellidos y nacido fuera del matrimonio porque ya le dije a la Lupe que en mi corazón sólo cabía la Charito. Pero ya saben que la sangre del hombre es caliente y ha de dejarla correr. La mía la descargo en el club de alterne “Lupanar&Lujuria” que es precisamente donde conocí a la Lupe. Casimiro ha crecido al abrigo de esos muros de lujuria con lo que sus necesidades de varón están cubiertas y el zagal mientras su madre trabajaba se queda a mi lado con lo que la profesión de sepulturero la borda y le gusta.
Así que ésta es mi vida. Soy feliz y no me falta compañía ni conversación. Mis muertos me susurran y yo hablo con ellos. Incluso cuando me afano en una tumba, siento que el resto se pone a mi lado para que mi trabajo sea aún mejor que el anterior.
Si alguien piensa que los muertos no tienen costuras morales, están equivocados; lo tienen todo bien atado. Me di cuenta de ello un día en que la Charito vino más revuelta que de costumbre, y se puso a llamar al marido sinvergüenza… Luego le dijo que le perdonaba y le quería, así que hicieron las paces ¡Qué bonita es la fidelidad! Entonces ustedes comprenderán que yo sea fiel hasta la eternidad a mi bella Charito, la flor más bella del cementerio.

El amor viene por muchos caminos y cuando te lo coses al corazón sintiéndole maullar en noches frías, ¡Qué calorcito te da el verdadero amor!

sábado, 15 de abril de 2017

PAISAJES DE SENSACIONES

Valladolid…

He vuelto a casa con el silencio de la ciudad prendido a su asfalto; apenas quedaban huellas de los seis días atrás que acababan de culminar. Minúsculos grupos de gente hablando en voz baja se despedían y la luz amarillenta de las farolas se ha diluido en mi persona.

Una especie de nostalgia, de vaho  nocturno, iba recalando en mi ánimo. Tal vez fue la luz azul, los grados, los poros de mi piel preparados para absorber o mi alma deseosa de sentir, no sé…, tomaba, al fin, conciencia de haber recuperado el ritmo vital que guía a mis sensaciones a palpar cada cosa que pasa por mi lado y roza la sensibilidad dormida.

Un collage de sensaciones, de visiones, decoran, ahora, mi memoria. Miradas brillantes, escenografías a media luz, sonrisas blancas, rostros vivos, una bulla tan castellana como feliz colándose por cualquier rincón de mi ciudad. Mis niños Dawn con sombrerito de paja o gorra de beisbol, tan tiernos como amorosos, sorprendiéndose que el mundo girara a su lado y ellos fueran capaces de tocarle con sus dedos torpes mientras la mano de un hermano, de un padre, sujetaba a su persona. Esa estela de cortinilla humeante acariciando nuestra nariz con un perfume de incienso. El redoble de tambores haciendo que las plantas de los pies saltaran sobre el asfalto. El sonido de una gaita, un coro de pajarillos, la corneta, la trompeta y el trombón junto a una minúscula partitura y la cadencia de una marcha procesional. Virgen del valle, Bajo tu palio un rosario, Hosanna in excelsis, un Gaudeamus igitur universitario en un jueves santo…, tantas marchas como cortejos, tantas músicas como para elevar a cualquier vallisoletano a un mundo reposado y bien sentido donde cabía un vino, una oración y un encuentro.

Y, sobres nuestras cabezas, flotando Flagelados, Madres dolorosas y Crucificados. Si hasta he visto, hemos visto, los pasos menudos, el rachear del dolor de un Hombre camino de su calvario, con tanta dignidad como humildad. Para, más tarde, nuestros ojos embelesados barnizarse de su piel  de nácar, azuladas sus venas y racimos de sangre correr por su pecho y costado.

Sí, estos días he vivido balanceándome en estos paisajes costumbristas de mi tierra mientras amaba a mi ciudad y, ahora, que el silencio se ciñe a mi cintura, que mi olfato descansa y que la rutina me espera, la memoria se apresura a hilvanarse a los recuerdos de unos días cuya voz posee el color de la belleza.

martes, 28 de marzo de 2017

PENUMBRA

Isabel tiene la mirada gastada. Ha visto tanto que no quiere seguir viendo. Es noche cerrada, toma el aire en la terraza bajo un cielo de agosto lleno de estrellas. Respira pausadamente, el frescor de la hora alivia su incertidumbre. Su hija Ana, cuando le ha confesado su verdad, se ha puesto histérica “Mamá llevas toda la vida con papá. Tienes sesenta y seis años, ¿qué vas a hacer, dónde vas a ir?” Isabel contestó “A vivir un poco. ¿Tan malo es eso, hija?”
Sabía que no lo entendería. Se ahorra el bochorno de explicárselo a Elisa y María, sus otras dos hijas.
Sin embargo piensa que es justo que la respeten como ella ha respetado la vida de sus hijas. Está cansada de vivir una mentira. Ahora ya nadie la necesita por lo tanto es el momento de emprender la marcha.
Claro que piensa que las puede perder y hacer frente común con su padre. Incluso dejarla en la calle; lo sabe y no la importa, con la pequeña pensión tiene suficiente y, si no lo tuviera, puede limpiar casas, cuidar ancianos, niños... Aún tiene fuerzas para luchar para ella. Porque es la hora de que haga algo, no por los demás, sino para ella misma.
Ha tragado, ha consentido y sabe que no puede echar la culpa a nadie; ella es la culpable por callar, por no parar los pies a Germán, su marido.
Hay mujeres que callan, que consienten, por un estatus, por dinero, por no perder la buena vida y una cuenta corriente. Piensan que es mejor la zona de confort en la que viven que arriesgar por lo incierto y, tal vez, la penuria. Pero no es su caso.
Isabel se casó enamorada, estuvo muchos años amando a su marido, de veras, con esos amores que no fallan nunca. Con sacrificio, en silencio, con bondad… Hasta que un día vio como no llegaba el dinero a casa, y no porque no le faltara trabajo a Germán, sino porque se lo gastaba con otras.
Entonces el mundo de Isabel se resquebrajó, y lo que antes había pasado por alto con ternura y bondad, ahora la hería. Sí, la hacía daño cómo Germán chillaba a los chiquillos, las castigaba por nimiedades. A ella la insultaba, la menospreciaba, la escupía…, la maltrataba. Pero ella continúo al lado de Germán, en silencio, cada vez más rota más triste.
Un grillo canta en algún lugar mientras Isabel hace acopio de fuerzas para hablar con Germán. Ya tiene la maleta hecha. Poco lleva, no necesita más. Con las ganas de vivir una vida en paz son suficientes.
Escucha los pasos de Germán e Isabel tiembla, el corazón se desboca cuando le ve aparecer. Se frota las manos sudorosas y con un hilo de voz se dirige a él.
-Germán, me voy. Te dejo que vivas tu vida. Ya es hora de que ambos lo hagamos.
-¿Se puede saber de qué, coños, me estás hablando, Isabel? Hoy estoy muy cansado y no tengo sentido del humor.
-Te abandono, Germán. Sólo eso- Isabel se levanta de la silla, pero Germán se abalanza sobre ella acorralándola en la barandilla de la terraza.
-Muerta de hambre, ¿dónde vas a ir si no sirves para nada? Si ya no sirves ni para follar.
-Déjame salir, Germán, por favor…-la súplica es tan débil que Germán no la escucha. Zarandea el cuerpo de Isabel igual que el de un muñeco. Ella trata de escapar, pero la fuerza de él es mayor que la suya y, en un momento dado, Germán la empuja. La empuja tanto que…

En la penumbra de una farola de la calle Sarmiento yace el cuerpo de una mujer. En el quinto piso hay un hombre apoyado a una barandilla fumando tranquilamente. Cuando acaba el cigarrillo se da la media vuelta y se va a dormir.
Un gato callejero lame la sangre desparramada en el asfalto; es el único testigo.


domingo, 19 de marzo de 2017

SOCORRO MARMOL BRIS

"Dadaísmo...
Movimiento artístico y literario, iniciado por Tristan Tzara (1896-1963) en 1916, que propugna la liberación de la fantasía y la puesta en tela de juicio de todos los modos de expresión tradicionales"

Soco Mármol Brís, mi mentora, quien me enseña los cuatro pilares básicos de lo que debe ser un escritor: humilde, generoso, poner mucha ilusión y cada día trabajar muchísimo. Socorro presentó mi nueva novela, Mujeres descosidas y de ella os saco un extracto: 
"De lo que sí que estoy segura es de que esta novela es DADÁ, puritito dadá. La novela es ingenua y perversa, innovadora y retrógrada, se mueve entre la seducción por lo baladí y la inmersión en lo siniestro. De su agresividad nadie podrá dudar una vez leída y, sin embargo, EXISTE un lugar para la ternura; y la ternura está en los propios paisajes. Encuadro una obra en un determinado estilo, reconociendo públicamente que hay que renovar conceptos tan agarrotados y quizá desfasados..."

Esta mujer, cuyo CV no es nada desdeñable, Nacida en Sierra Mágina (Bedmar) Maestra Nacional, Abogada, Profesora de Mediación. Escritora con obra publicada en España y América. Mi primer Libro impreso fue MÁGINA MÁGICA Cuchicheos y Patrañas, en el que se contienen relatos imaginados en mi Tierra Integrante de varias Asociaciones Literarias y Miembro de la Junta de la Asociación Versos Pintados del Café Gijón Promotora del I Encuentro Internacional de Literatura Virtual en PUERTO RICO, Universidad de Mayagüez… Premios Primer Premio de Relato VILLA MARÍA (Coruña) en 1999, con el Relato EL BINGO…Primer Premio Relato Villa María 2000 con el Relato DON GEDEÓN PELLOPINCHO …Segundo Premio de Relatos del Colegio de Abogados de Málaga con el Relato YO TE QUIERO, PANCHO Varios en Poesía y Narrativa.

¡Muchísimas gracias, Socorro!

martes, 14 de marzo de 2017

MANZANAS PODRIDAS

29 de marzo 2014
La primavera se ha vuelto del revés. Alocada y alegre, igual hace sol que el viento atiza las persianas bamboleando una lluvia pertinaz.
Me he acercado hasta Cibeles, es una zona preciosa de ese Madrid inesperado y acogedor en el que nada más  cruzar el umbral de la puerta de Alcalá te sientes un turista accidental.
Este paseo me sentará bien, es más, el aire zumbón, tal vez, me despeje las ideas. Llevo días sin descansar. Todos desde que mi madre, en su lecho de muerte, me confesara que en el armario del trastero había unas carpetas, que las sacara de allí inmediatamente y que hiciera con ellas lo que creyera pertinente. Ella confiaba en mí a pesar de todo, y estaba convencida de que aquel material lo utilizaría con mesura y mano firme.
Después del entierro, de comer con la familia, me retiré; estaba cansada, triste, sin ganas de hablar ni cubrir más paripés. Todo había surgido muy deprisa, sin tiempo para digerir nada: mi aborto, los cuernos de Paco, la separación y, por último, la muerte de mamá. Sí, era joven, con mucha vida por delante aún, pero a mis treinta y siete años, la mochila de Amelia Rodríguez Antúnez pesaba demasiado y, sin querer, recordaba las palabras de mi padre “La vida es larga, pero pasa muy deprisa. Atrápala antes de que se te escape”… Así que descolgué el teléfono, cogí la llave del trastero y subí. Allí, sentada en un suelo frío y polvoroso, me adentré en la vida de quienes creía conocer hasta ese momento. Consumí tantos cigarrillos como todos los que tenía a mano mientras las letras, a veces manchadas de sangre y lágrimas se escurrían bajo mis ojos ahumados de tanto desconocimiento.

29 de Marzo de 1939…
Mi familia tenía un bar en la Cava Baja, al lado de hostales centenarios, se llamaba “Bar Central” ubicado en una calle que podía ser de un siglo perdido que ya nadie recuerda. Mi abuelo despachaba vino con tanto tanino que dejaba la garganta más seca que un erial y los labios amoratados. Mi madre, entonces, tenía onces años. Siempre revoloteando detrás de sus dos hermanos. Jesús, tenía diez, y José, siete. Eran felices a pesar de tanta carestía, y tanta pena en el centro de aquella guerra que ellos aún no entendían. Ya decía mi abuela Daniela que la pena une más que la alegría aunque mis tíos y mi madre no estuvieran conformes con la reflexión de su madre. A ellos les gustaba aquel abanico de colores que entraba a ráfagas por la puerta del bar: labriegos huidos de sus tierras, más que nada por el miedo pintado en sus caras, los falangistas estirados de camisa tan azul como su corazón. A mi madre la gustaba mirarles tan altos, tan gallardos, tan enjabonados y sin miedo; ella quería ser como ellos porque estaba rodeada de pavor, de días oscuros pasados en la bodega codo con codo con caras ajenas a ella aunque pertenecieran a su mundo, mientras los bombardeos arrasaban la vida de los malos. Su padre se enfadaba con ella cada vez que la oía decir que los malos eran los republicanos “Mocosa, aquí no hay buenos ni malos sino todos somos unos pobres desgraciados” “De pobre nada, Padre, nosotros tenemos un bar”… Mamá ya entonces apuntaba maneras.
Lo cierto es que en casa de mis abuelos, y esto lo tengo que afirmar yo que me críe con ellos, jamás se decantaron por ningún bando, o al menos nunca sentí manifestación alguna. Claro que hablaban de política, pero siempre presentí que el respeto se cincelaba en sus palabras.
Aquel veintinueve de marzo, la Carmina, una vecina de mis padres, apareció con su hijo Miguelito que iba a dar un paseo hasta la Cibeles y si mi abuela lo tenía a bien poderse llevar a toda la chiquillería. Mi abuelo dio el beneplácito  y allá se encaminó la Carmina con su jardín de infancia tan peculiar. Digo lo de peculiar, porque nada más llegar en lo alto de la Cibeles había chiquillos desenterrando a la diosa (Protegida por la Junta de Protección Tesoro Artístico del Gobierno de la República –que abandonó la capital dos años y medio antes-. No era la única, también habían sido recubiertas como se pudo, con lo que había, las otras fuentes de Apolo y Neptuno, las estatuas de Felipe III y Felipe IV)
Mis tíos y mi madre no lo dudaron y se encaramaron por los ladrillos hasta llegar a la arena. Según palabras de la Carmina, las carcajadas de los niños iluminaron aquel Madrid torturado después de cuatro años; era el rostro de los supervivientes. Los mayores, abajo, contemplaban fascinados aquel insólito juego mientras sus personas comenzaban a mudar de piel, de corazón y otros a oprimir y ocultar sus ideas.
En esto apareció algún que otro fotógrafo a inmortalizar el momento. La chavalería que se percata comienza a levantar los brazos. Mamá y sus hermanos no sabían cuál era el brazo bueno en aquel instante y lanzaban sus huesos bien alto con la mano estirada en ademán de engancharse a una ilusión.
Sí, mi familia se había ido adaptando a los colores de cada estación política guardando para sí sus íntimos pensamientos, sus aguerridas convicciones.
El uno de abril del treinta y nueve amaneció aparentemente para la familia  Antúnez como un día más. Sin embargo ese día mí abuelo no abrió el bar ni se oyó ruido en su casa, ni siquiera la cacharrería se desplomó en el pilón para que el agua bendijera su limpieza. Mi abuela hizo café y se sentó con el abuelo en la mesa camilla, se agarraron muy fuertes las manos y encendieron la radio. El sonido no era tal sino un susurro que sólo ellos oían. Sus ojos permanecían catapultados en aquel altavoz enrejado. Mi madre salió de puntillas y se paró  en las cortinillas que separaban su habitación del cuarto de estar. Allí, medio engatusada por la escena de sus padres, y la curiosidad que siempre había corrido por sus venas, pudo plasmar aquella escena que no olvidaría jamás.
Lo escuchó nítidamente aunque el sonido de la radio fuera un tintinear de palabras que ella en ese momento no entendió: En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”, firmado por “el generalísimo”, Francisco Franco, en Burgos.
Entonces mis abuelos se fundieron en un abrazo, lágrimas y risas, añadiendo mi abuelo “Hemos ganado, al fin la guerra, Daniela”… Mi madre les seguía espiando atónita mientras sus pensamientos infantiles la venían a dar la razón de que su familia era de derechas, pero de derechas de toda la vida. Tanta era su emoción ante el descubrimiento que no se dio cuenta que su padre la había pillado “Papá, Papá, somos ganadores, ya no hay que ocultarlo ¡Viva Franco! ¡Viva la República! ¡Viva los anarquistas!”...Después de sus osadas y locas manifestaciones sin sentido, mi abuelo la daría la única y más sonora bofetada de su vida “Mocosa del demonio, no sabes ni lo que dices. Todos somos perdedores, hija mía… Dime, ¿cuántas compañeras del colegio te quedan, eh? ¿Desde cuándo no vas a casa de una amiga a merendar, a jugar? Tu padre te contestará: has perdido a tus amigas, has perdido juegos y meriendas… ¿Y los amigos de tus padres dónde están? Muertos, Amelia, muertos. Aquí hemos perdido todos, hija mía”… Pero Amelia aún vio un atisbo de luz en el rostro de su padre que se había apagado de repente “Papá, niégamelo, pero tú vas con Franco” “Qué más da con quién vaya, Amelia, al fin ahora habrá paz”
Pasaron los años y mi familia vivió como las demás, con más penas que gloria. Fueron años difíciles y, aunque ellos se sintieran ganadores franquistas, siguieron acogiendo a todos, con miedos, con silencios. Respetaron al régimen porque eran los suyos aunque jamás lo reconocieran y, aunque los exterminios franquistas de las manzanas podridas les abrieran las carnes por crueles e injustificados, pero como dijo mi abuelo, un día, al haber crecido ya sus hijos “En todos los lugares hay gente buena y gente mala y no siempre el fin justifica los medios. No por ser franquista has de ser malo. No por ser republicano o anarquista, vas a ser el demonio. Unos mataron antes, los otros después, pero todos, hijos míos, mataron,  mataron para defender, por miedo a las represalias, por convencimiento. Tantos son los motivos del hombre que su número es infinito. Vuestros padres podían tener sus ideas pero jamás, ¿me entendéis? Jamás se chivaron ni delataron a nadie porque lo que no quieras para ti, no lo desees para los demás”


1 de abril del 2014
Sí, mi abuela Daniela tenía parte de razón cuando sostenía que las penas unen más que las alegrías, sin embargo, hoy en día, aún los vencedores de antaño que fueron y son buena gente, les da vergüenza aquel espolio de nuestra España más reciente. Se esconden entre las letras de mi teclado como si fueran en parte autores de crímenes sin sentido, pero decidme, ¿qué guerra es justa?

Hoy he vuelto a bajar a la Cibeles, es un día de primavera lluvioso y frío, pero mi corazón se siente cantarín, tal vez porque las golondrinas no se acerquen a la gran ciudad porque no encuentran ya alimento entre tanto asfalto  y sea yo, una descendiente de una buena y honrada familia de derechas que ve en la cabeza de la diosa Cibeles cómo las manos infantiles de unos niños de ayer desenroscan la belleza para que vuelva la luz y la paz a un mundo tan encrespado como el de hoy.

viernes, 3 de marzo de 2017

INSTATÁNEA y NADA ES LO QUE PARECE


Estos son dos relatos escritos para un concurso que preparó Luis Posadas Lumbeiro del grupo Recuerdos e Infancias de Valladolid aquí, en Facebook... Buen fin de semana a todos!!!!


INSTANTÁNEA
Don Gorgonio Campos Rollan enciende un puro; no son horas pero el día lo merece. Hoy es su santo, 9 de septiembre, y el rey llega esa misma tarde a Valladolid. En su casa, sita en la Acera de Recoletos 9, no hay quien pare, pero él ya está acostumbrado después de bregar con seis mujeres desde que enviudó. Suspira y piensa que Dios bien le podía haber dado un hijo varón, sin embargo mientras observa a sus hijas, el orgullo de padre se refleja en su rostro, hasta el bigote asciende de satisfacción. Son buenas chicas, de eso no le cabe duda pero ¡todas solteras!, “Algo he hecho mal” se dice. Gertrudis, la mayor, posa serena mirando a la cámara. Con permiso de don Gorgonio se ha puesto el ramillete de flores secas que tanto gustaba a su difunta madre y al final, se ha colocado el vestido de terciopelo malva. “Es un derecho por ser la hermana mayor” Dice a su padre suplicando con sus ojos castaños, “Tan dulces como los de su madre” piensa don Gorgonio. Las otras cinco hijas van de colores oscuros, discretos y elegantes, no le gusta que destaquen ni que llamen en demasía la atención. Cosa que no ha logrado pues sus hijas hacen lo que las viene en gana. Bueno, menos Purita que permanece sentada con el brazo apoyado en la falda de su hermana Carmina. Quiere ser monja pese a quien le pese y don Gorgonio se resiste; es su niña pequeña, su debilidad. Quienes más le preocupan son las gemelas, Evarista y Pilar. Las estudia detenidamente, una de pie posando tímidamente la mano en el hombro de su gemela. Estas dos se dedican a corretear por la ciudad enseñando a leer y escribir al primero que se pone delante “Padre, en esta ciudad la mayoría son analfabetos, nuestro deber es enseñar”, dicen al unísono en una arenga enfebrecida de convicción, y su padre las deja hacer. Luego está Cecilia, alta, esbelta y con la misma cintura de avispa que poseía su madre. Por don Leoncio, el médico de la familia, se ha enterado que Cecilia trastea siempre que puede con los enfermos. Quiere ser médico, enfermera, lo que la dejen pero estar cerca de un enfermo. Por último recala en Carmina que parece no romper un plato, pero en los mentideros del casino ha oído rumorcillos que su hija es demasiado ligerita con los hombres; don Gorgonio se santigua “Virgen del Carmen, que no me sea puta, te lo ruego por favor”

¡Señor, Señor, mándame seis varones! Clama al cielo don Gorgonio mientras el fotógrafo imprime la mejor instantánea de la vida de este acaudalado y bonachón vecino de Valladolid.


NADA ES LO QUE PARECE
Celedonio pide otro brandy, hoy no hay forma de entrar en calor. Este Valladolid de sus amores le mata en invierno aunque, se echa a reír pensando la manera de paliar sus males. Sus pensamientos son interrumpidos por Críspulo que entra como un huracán en el casino pidiendo a voces un café con un chorrito de coñac.
-¡Vaya día más inhóspito que se ha levantado! Por cierto, no te veía desde la semana pasada, bribón. ¿Dónde te has metido?
-Por aquí y por allá-contesta mientras suelta una carcajada que llama la atención del resto del salón.
-Cuenta, cuenta, que últimamente ando descalentado. Tengo un revuelo en casa que si te cuento, no paro. Esta ciudad de provincias cada día está más aburrida. O te vas a Madrid o…-baja la cabeza taciturno y Celedonio se preocupa.
-No me digas que te has enamoriscado a tu edad, ¡no me fastidies, Críspulo! Anda, acércate que te enseño una delicia, ya verás cómo se te pasan todos tus males-Celedonio mete la mano en su levita y saca una foto- Mira, mira qué seis joyitas me tienen entretenido ¡delicatessen pura!... Si quieres, luego vamos-Críspulo arranca de las manos de su amigo la fotografía. No hace más que mirarla, se ha quedado pálido.
-Estas mujeres, Celedonio, ¿Quiénes son?
-Ya te he dicho, Críspulo, delicatessen recién llegadas de Santander y Burdeos. Bueno eso cuenta Bárbara que ya sabes que imaginación no la falta a la hora de vender su local. Por cierto, la que está sentada en el medio mirando a la cámara se llama Charlotte, es la francesa. ¡Su piel huele, cómo huele, Críspulo!-Críspulo permanece callado mirando en una sola dirección a la foto.
-La de la esquina, la más guapa, la que lleva esas flores al cuello, ¿quién es?
-De Santander, Catalina y no vale un clavel. Solo tiene fachada. Debajo de las sábanas, un tempa…
Celedonio no ha podido terminar la frase. Un puñetazo en la nariz le ha dejado fuera de combate. Críspulo le tiende un pañuelo pues Celedonio no hace más que sangrar. Cuando recupera el resuello, pregunta malhumorado a su amigo.
-Pero, ¿qué coños, te pasa, tío?-grita a Críspulo.

-¿Qué me pasa? Pues esa mujer ni es de Santander ni se llama Catalina, ¡cabrón! Es mi hermana Virtudes.

miércoles, 22 de febrero de 2017

LA DEUDA

Miré la hora. El teléfono marcaba las cinco menos cuarto. El dolor me atravesaba las sienes como dos puñales pero pude pulsar la luz del móvil al que me agarraba como si me fuera la vida en ello. Apenas me podía mover. Seguía tumbado en el suelo sin ver lo que me rodeaba, la oscuridad apagaba hasta las sombras. Volví a cerrar los ojos, a tratar de pensar, sin embargo el miedo me bloqueaba, era incapaz de coordinar ningún recuerdo. Solo me acordaba de mi llegada llamando al timbre del portal, esperando pacientemente a que Begoña, mi última conquista, me abriera. Mientras, mi nariz se distraía en el suave perfume de la media docena de rosas que iba a regalarle. Sí, era una costumbre en mí cada vez que una mujer me invitaba a su casa. Claro, la adquirí cuando mi sueldo fue lo suficientemente sólido. Sabía que era un detalle que a cualquier chica le gustaba, daba igual que fuera moderna o clásica… La verdad es que a mí me gustan todas. El mundo femenino es mi mejor distracción después de una buena reunión de amigos con cervezas y futbol; esto es lo primero y luego, ellas.
Jamás me he comprometido con ninguna, ni creo que lo haga. Tengo treinta y seis años y, en mi vida, en mi apartamento de cuarenta metros cuadrados, no cabe ninguna mujer. Disfruto de ellas, ellas de mí y punto final. Dicen que soy un amante de quitarse el sombrero. Delicado, paciente, respetuoso. En mis encuentros no escatimo nada. En sus casas, en la mía no ha entrado ninguna, solo mi madre y mi hermana Patricia. Me fio mucho de su gusto. Ambas son interioristas. Además, una vez al mes las invito junto a mi hermano Eduardo a cenar. Me gusta cocinar para ellos, los preparativos, la sobremesa, el aroma a velas perfumadas que compra Patricia. Mi padre si no hubiera sido un cabrón también estaría sentado con nosotros, pero le tachamos de la agenda familiar cuando puso los cuernos a mi madre con su íntima amiga. Una historia vieja como la vida misma, vulgar y muy repetitiva. Éramos entonces tres críos. Mi padre estaba de viaje, por lo visto tenía un cliente en Almería con mucho dinero y muchos líos también. Nuestro padre era abogado. Bueno, Eduardo y yo también lo somos y trabajamos en el bufete de mi padre que ahora es nuestro; en cuanto pudimos le echamos a patadas de allí. En nuestras retinas tenemos grabada la escena de entrar en la casa de la sierra con nuestra madre. Todo revuelto, botellas y copas vacías, comida seca, putrefacta casi, y silencio, mucho silencio. Mi madre nos dijo, al ver todo aquello, que nos quedáramos en la puerta. Ella entró, nosotros oímos voces y nos asustamos. Fuimos corriendo en busca de nuestra madre y la encontramos en su dormitorio. Mi padre estaba sentado en el sofá, desnudo con una sonrisa tonta en su cara mirando a mi madre sin verla. En la cama dos tías igualmente desnudas. Una era Clara la íntima amiga de mi madre tumbada boca arriba con una rosa tatuada al lado del ombligo, con la misma sonrisa gilipollas que mi padre. La otra mujer permanecía bocabajo convulsionándose. Mi madre no se dio cuenta que nosotros tres estábamos allí, parados, quietos, nuestras bocas abiertas sin decir nada, solo mirando. Salió de allí y fue  al salón. La oímos hablar por teléfono. Recuerdo que Patricia se soltó de mi mano, y se puso a devolver. A mí lo único que se me ocurrió fue ir al baño a por una toalla para limpiar a mi hermana pero no pude. Al llegar vi un hombre en el suelo. Estaba desnudo, tenía una jeringuilla en el brazo. Yo también me puse a devolver. Al rato, sentimos una sirena, mi madre se había olvidado de nosotros. La vimos llorar en el salón mientras un hombre vestido de policía la calmaba. La casa, nuestra casa de la sierra se convirtió en un hervidero de policías y camillas que iba y venían. Al hombre del baño vi que lo tapaban, a la mujer que se convulsionaba, llevársela en una camilla y alguien cogernos por los hombros y sacarnos de allí.
Recuerdo que las huellas de mi padre desaparecieron de casa, nunca más volvimos a la casa de la sierra. La obsesión de mi hermano y mía fue estudiar derecho. Él termino tres años antes y tuvo los huevos de pedir trabajo a mi padre. No lo habíamos vuelto a ver. Se lo dio, luego terminé yo e hice la misma operación que mi hermano y, en cuanto pudimos, le denunciamos por trapicheos en el bufete. En esta ocasión funcionó la justicia y pasó cinco años en la trena. Salió antes de ayer.
Se ha hecho de día, entra luz por la ventana. Soy capaz de acercarme el móvil. Tecleo 112.
-Policía…
-Calle Albatros nº5, 2ºD, no sé lo que ha pasado-pero según tuerzo la cabeza veo dos cuerpos, uno encima del otro. Debajo está Begoña, tiene los ojos abiertos, miran a un punto fijo. El cuerpo que está encima no se le ve la cara, pero veo una jeringuilla en su brazo izquierdo… ¡Dioooos! La imagen acaba de estallar en mi cabeza.
-Begoña abre, soy Álvaro-según voy a empujar la puerta, un aliento fétido se pega a mi nuca.
-Ni rechistes, hijo de puta y tira hacia delante-no le veo la cara pero su voz me es conocida. Nos metemos en el ascensor y me empuja hacia una de las paredes. Sigo sin ver su cara pero su voz no deja de hablar.
-¿Qué te pensabas? ¿Acaso creíais que os ibais a salir de rositas, cabrones de mierda? Hoy te toca a ti, pero mañana iré a por vuestra madre y luego a por tus hermanos.

La puerta de Begoña está abierta. Entramos y el hombre dice “Hola guapa. Vengo a ajustar cuentas con mi hijo. Ya verás qué bien nos lo pasamos los tres”

domingo, 19 de febrero de 2017

DE SEVILLA AL BRONX

Camino de Cádiz, perdido entre la belleza andaluza de costa, olivar y arte, encuentro una nota disonante, solapada y escondida, llena de vida y bajeza, palpitante su grito de justicia y ayuda para no morir en la más mísera pobreza humana y espiritual.
Línea fronteriza que no existe como tal y que, sin embargo, separa dos mundos contrapuestos: el avance y la marginación.
El Taxista se niega a continuar y, después de pagar, me deja tirado en el asfalto. Pongo mi mano a modo de visera pues el sol me ciega y no veo el vasto territorio que se expande ante mí. Un paisaje desolador en el que no existe sombra alguna y, por el desierto de arena, polvo, ratas y jeringuillas, me encamino a mi destino.

Después de andar cerca de media hora y no encontrar un alma por la calle, avisto una tienda de ultramarinos que parece estar abierta. Nada más entrar, lo primero que se ve es un enorme cartel que advierte "No se fía". El tendero, un tipo musculoso, con delantal a la cintura y camisa desabrochada por la cual se deja entrever un tatuaje justo en el centro del pecho. El escudo del Betis reluce en el torso velludo. Sin mirarme, pero apreciando mí presencia me pregunta, mientras sigue cortando rebanadas de salchichón para una mujer desdentada y casi calva:
-¿Qué busca por estas tierras, amigo?- su voz no puede ser más desafiante.
-Busco la casa de Esperanza Jiménez, la mujer del "Trole".
-Bajando esta calle, el segundo portal a la izquierda, pero a esta hora no hay nadie.
-Gracias, esperaré. ¿Me puede indicar un bar?
-Detrás de esta tienda, encontrarás uno… Chico, ¿sabes dónde estás?- su cara denota preocupación por mí, lo cual agradezco.
-En el Bronx andaluz.-El tendero suelta una carcajada que asusta a la vieja compradora de salchichón que con voz muy tenue pregunta:
-¿Eres Pascual, el amigo del Trole que conoció en prisión?- esa pregunta me pilla desprevenido y, más, procediendo de aquella mujer que, de pronto, no me parece ni vieja, ni calva sino un ser humano.
-Sí, señora, el mismo. Él me ofreció techo para cuando saliera y aquí estoy. Es hombre de promesa fiable, su palabra es ley y como un padre se comportó.- la miro tan fijamente, que ella esconde sus ojos en el suelo.
-Es mi hijo.

De su boca desdentada no salen más palabras, pero mi memoria recuerda como una noche el Trole me contó como de un puñetazo dejó a su madre sin dientes porque se negaba a dar más dinero para una dosis. Después de aquello, con unas tenazas desinfectadas, sacó de su boca dos muelas de oro para que su hijo pudiera comprar heroína.

-Me alegro de conocerla, señora Tomasa, su hijo me habló mucho de usted. Sepa que, para él, su madre es el héroe silencioso del sol y la lluvia en su vida. De él, aguantó insultos y desprecios y aquí está usted para lo que sea necesario para el hijo mal pario como el Trole gusta decir.- en mis palabras iba todo el coraje y admiración que mi protector puso en la descripción.
-Cuando eché al mundo a este esperpento de hijo, los dolores del parto me anticiparon lo que sería mi vida. Anda, acompáñame, hoy hay pa comer cocido de acelgas, pobre pero caliente. Paco dame la cuenta y no cobres de más que te conozco.
-Tomasa morirás desconfiando, vieja zorra- contestó el tendero en un tono de confianza y cariño hacia la mujer. Salimos a la luz y, ya más relajado, pude observar según íbamos andando el panorama de bloques de hormigón, fachadas desconchadas y olvidadas por todos, tierra sin infraestructura, maleza que crece por doquier, que oculta escombros y suciedad. Cerca ya de la casa, nos encontramos un grupo, mezcla de payos y gitanos en amena charla y bebiendo cerveza.
-Señora Tomasa, pronto empiezan a beber.
-No tienen trabajo, ni lo buscan tampoco. Sus horas pasan así y, mientras sea hablando, no vamos mal, lo malo es que muchos caen en el pillaje.
-¿No limpian la basura?- las calles estaban decoradas por bolsas rotas, restos de comida, botellas vacías y, de ahí, las ratas que se pasean.
-La policía municipal no viene, los servicios de limpieza tampoco aparecen. Dios se olvidó de esta tierra y nosotros nada hacemos y, cuando alguien recala para ayudar, sale a pedradas… ¿Quién va a querer venir?

Enfilamos las escaleras, varios tramos aparecen con la barandilla arrancada por lo que hay que subir con cuidado si no quieres caer al sótano. Por una puerta sale una voz que canta algo con mucho sentimiento. La Tomasa, al pasar toca la puerta y rápidamente se abre.
-¡Tomasa!, pase. Mi hijo está ensayando la última canción que preparé para él. Ande, venga, no se haga la remolona y tome un chato con nosotros.- el hombre que invita es mayor, está en pijama y sin peinar, pero sus ademanes denotan sencillez y buena acogida.
-Vengo con un amigo de mi hijo. Pascual, pasemos, te presento a Gerardo, su hijo Antonio, el cantante, y su mujer Daniela. Son buena gente, de lo mejor-sonrío con timidez a sus palabras y asiento.
-Chico, así que eres amigo del Trole ¿Nuevo por aquí? No te asustes de lo que veas, aquí hay de tó, mucho malo, pero también gente humilde y honrá.
-Gerardo, estoy muy agradecido al Trole. No tengo donde caerme muerto. Los últimos cinco años he estado en la cárcel. Mi familia no quiere saber nada y les comprendo-Daniela escucha con avidez mis palabras que me salen a borbotones, como si estuvieran deseosas del roce con alguien.
-¿Qué hiciste?- pregunta Antonio, con la guitarra en la mano.
-De todo. Desde arruinar a mi gente, hasta casi matar a mi novia por no quererme dar una raya. Caí en la mierda, pero el Trole me levantó y me enseñó a no perder el coraje y la esperanza. Nuestra amistad desde el principio fue un intercambio, recorrimos un camino de aprendizaje mutuo- por el rostro de Tomasa caen lágrimas y su cara se ilumina.
-Cuando recibí la carta escrita por él y que el nieto me leyó, no podía creer que mi hijo fuera capaz de emborronar aquel papel.
- Lo tomó muy en serio, señora Tomasa.- contesto yo-, y no vea cómo sumaba y
dividía, más tarde, él enseñó a otros presos. Nos llamaban "los maestros"
- Tú, chico, no eres de nuestra ralea, ¿eh? Se nota en tus modales-comenta Gerardo.
- Ya no soy de nada, maté mi mundo y en la cárcel empecé a construir otro.
- Así se habla, chico, que no digan que no hay oportunidades. Pal que no las quiera, puede. Antonio toca y celebremos. Eres mejor que Vicente Amigo tocando la guitarra y tu voz no la ha oído José Mercé, pero... tiempo al tiempo- Antonio, satisfecho de los comentarios de su padre saca de sí mismo lo mejor que tiene para los presentes.

-El trole me contó que este barrio sevillano de” Las tres mil viviendas” era conocido, no sólo por su parte oscura de drogadicción, absentismo laboral y escolar, boca del infierno que inocula el virus de la violencia, sino también por ser cantera de artistas flamencos.
-Los mantiene vivos a muchos esa ilusión por el cante, y es raro no ver en cada familia, un artista en ciernes-dice Gerardo.
-Recuerdo que cada instante que allí viví en la cárcel, lo absorbí como si me fuera la vida en ello. Un día me hice el firme propósito de que mi vida no la volvería a tirar, que disponía de dos manos y una cabeza para salir adelante y ofrecer a otros mi experiencia. No desaprovecharía esta oportunidad y, aunque fuera entre miseria y estiércol, lucharía-añadí yo.
Se ha pasado la mañana entre bulerías y bailes del "Chepa", otro vecino, éste versado en el arte del baile, evasión para olvidar como el SIDA carcome minuto a minuto las escasas horas que le quedan. A las dos de la tarde, Tomasa ha levantado el campamento y la fiesta termina. Su preocupación es haber olvidado el cocido de acelgas para los suyos y dedicarse al disfrute humilde de la compañía sana y relajada de unas gentes que tienen mucho que decir. La ayudo con las bolsas y nos vamos dos tramos para arriba. Ambos subimos hechizados del rato que hemos pasado y con alegría la vieja desdentada se pone a cocinar.

La vivienda no puede ser más pobre, muebles destartalados, cada uno de un padre y una madre. Los únicos signos de ostentación son un televisor en blanco y negro, una radio y una foto enmarcada de La Macarena y, por supuesto, el olor a limpio que reina en los escasos metros, ¡es digno de alabanza! Se siente que la puerta de la calle se abre y como arrastran algo por el suelo. La Tomasa sale rápida al encuentro y yo tras ella. Acaba de llegar Esperanza, la mujer del Trole con todos los bártulos de su mercadillo ambulante. Yo, ya la conocía de sus visitas a la prisión, de sus ojos enamorados y sumisos a los requerimientos del Trole. Sin duda, es una belleza andaluza, de pelo negro, pulcro y ensortijado. Ausencia de carne en sus huesos debido a tanto trabajo y la pena que en un tiempo ocupó su ánimo, pero los dos arbustos que enfilan el torso femenino, siguen tiesos y firmes para que el Trole se pierda por ellos en las horas de pasión.
-¡Pascual, qué alegría! El Trole salió en tu busca a la carretera. Te has adelantado-mientras pronuncia estas palabras, se abalanza sobre mí para estrecharme entre sus brazos, lo cual me emociona en lo más profundo.
-¡Cuánto me alegro de verte, Esperanza! Cogí un taxi para llegar más rápido.
-¡Mira el niño rico! Tú gasta lo poco que tienes y verás. Mañana mismo tienes que acompañarme a por ropa. Me dejarán un coche, el Trole me dijo que sabes conducir. Al no encontrarte, se fue a recoger cartón, llegará tarde.
-Espero no tener el carné caducado y, si no, empujo el coche. Por una dama como tú, lo que haga falta.
-¡Uy! Me llamas dama.- suelta una risa que nos contagia a la Tomasa y a mí.
-He hablado con mi marido y está todo organizado. De momento, me ayudarás en el mercadillo, el resto, el Trole ya te contará. Dormirás en una colchoneta ahí, al lado de la mesa, es el único lugar libre de la casa, a no ser que el Trole te deje dormir conmigo- otra risotada en sus últimas palabras que hace que el ambiente, aún, sea más distendido.
-Mujer, si quieres que el Trole vuelva a la cárcel, hazlo y verás. De una cuchillada me manda al otro barrio- comento yo, en tono jocoso- él tiene cuatro cosas sagradas: su madre, sus dos hijos y la mujer que calienta su corazón y el cuerpo.

Entre bromas, nos sentamos a comer el agua deslavada con cuatro garbanzos y acelgas; me sabe a manjar de dioses y, sin querer, levanto los ojos al cielo y doy gracias a un Dios que olvidé entre rayas de coca.

A media tarde, llega el Trole lleno de mugre, pero con rostro satisfecho. Nos abrazamos en un intenso abrazo bajo las miradas de la familia. Lloramos ambos como niños y cuesta separar los cuerpos tanto tiempo sin tocarse. Nos contemplamos como dos desconocidos; un año da para mucho. El Trole está más gordo y los surcos oscuros que jalonaban los ojos han desaparecido. Lleva el pelo rizado, más largo y recogido en una coleta. Yo, me he dejado barbas y mi pelo está salpicado de canas a pesar de mis veintinueve años. De nuestros brazos no han desaparecido las huellas del pasado y, como cicatrices perennes, recuerdan a ambos por donde no debemos volver.
-¡Joder!, pareces un poeta.- se separa para contemplarme con sus ojos vivarachos. Yo le miro con mi luz apagada; necesito graduar las gafas, he perdido vista en los últimos meses.
-Macho, pues tú pareces un obispo. Las mujeres te han mimado, no pareces el mismo.
-Me lavo y salimos a dar una vuelta por el barrio y te pongo al día.

Esperanza corre a preparar la ropa limpia y la ducha para su esposo. No puedo evitar una chispa de envidia por mi amigo. Él tiene una familia y me pregunto, ¿seré capaz yo de tener algo así? Está anocheciendo cuando aparece el Trole inmaculado, oliendo a jabón. Tomasa y Esperanza le miran con tanto orgullo y amor, que a mí se me parte el alma. En ese instante, más que nunca, me siento un tipo con suerte.

Salimos a la calle, ahora sí que hay vida en ella. En los portales hay gente sentada tomando el fresco, corrillos de jóvenes cantado y dando palmadas, otros, se intuyen que lo suyo es la noche y denotan que algo están preparando… Presiento, que no es nada bueno. En un callejón vemos como un chavalín, con menos de quince años, ofrece a quien pasa unas papelinas.
-Esto, Pascual, es el pan nuestro de cada día. Veo a estos niños y tiemblo por mis hijos y quisiera salir de aquí, que no vean esta miseria, que no caigan como cayó su padre, pero no tengo salida amigo, estoy desesperado.
-Venga, no me seas pesimista o acaso, ¿olvidaste todo lo que hablamos en aquellas cuatro paredes? Vamos a luchar, nada ni nadie nos parará- él me escucha mientras bebe la cerveza y pierde la mirada en el vacío.
-A veces pienso que no puedo más. Cuando vuelvo a casa con las manos vacías y cuatro pares de ojos imploran comida y yo nada tengo que ofrecer, me dan ganas de salir huyendo y pincharme hasta morir tirado como una mierda que es al fin y al cabo lo que soy. Sé que volveré a caer Pascual y tengo mucho miedo. Robar no quiero y me salen trabajos, no creas, pero me aferro a los cartones como si ellos fueran mi salvación. Por las noches meto la cabeza entre las tetas de la Esperanza y pasó allí las horas como un maldito cobarde, esperando que pase la tempestad.
- Sé de que hablas. Yo también tengo mucho miedo y cuando me invade ese temor sordo y punzante, saco papel y bolígrafo y me pongo a escribir. Pinto mis sueños con letras mal rimadas, dibujo a la mujer que me hará perder el seso y así pasa la tormenta. Tío, cinco años sin tocar a una mujer; creo que si me topo con una, mi picha ni se enderezará.
-Jajajajaja, amigo, eso no se olvida jamás. Ya buscaremos algo para que te inicies- a pesar de su risa, su rostro no pierde el halo de preocupación y franqueza sobre los temores que revolotean en su cabeza.

Cayó definitivamente la noche. Seguimos bebiendo cerveza y sentados en un bordillo. Nos hemos quedado callados, perdidos cada uno en sus pensamientos, tan negros como el cielo que nos arropa. Miro a lo alto en busca de luz, y veo las estrellas, las mismas que estaban en el patio de la cárcel y deseo ser una de ellas, puras y blancas, que duermen y se despiertan, pero estoy aquí, en el mundo real, fuera de prisión con una vida por delante, peligros que salvar y mi debilidad como salvoconducto. Sin darme cuenta de lo que hago, busco la mano del Trole y la aprieto, necesito fuerza para vencer este miedo que me atrapa. Él me mira, está llorando y solo acierta a decir:
- ¡Venceremos, Pascual! Estamos juntos- mientras pronuncia su sentencia, la voz de Camarón se escucha en la lejanía, una guitarra rasga el silencio. Una sombra se acerca a nosotros, es Esperanza. Se hace hueco entre ambos y se sienta en medio permaneciendo callada. Al rato, se incorpora y tendiéndonos sus manos dice:
- Vamos a casa, mañana nos espera un nuevo día. Si hay luz, si en verdad existe un mañana y un Dios creador, ¡ojalá que no permita un retroceso!

Podemos vivir con miedo, pero no sin la voluntad para superar nuestros temores... nuestras debilidades.