jueves, 5 de noviembre de 2020

ANGELI DEL FANGO (Ángeles de barro)

 


“Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas de inefable y deliciosa compañía”

Jorge desde que tenía doce años, los sábados acompañaba a su abuelo a dar un paseo por la Cuesta Moyano a revolotear costana arriba y abajo. Primero era un paseo lento en el que observaba al abuelo como sus ojos radiografiaban los treinta puestos; no tocaba nada, simplemente se dedicaba a bucear con la mirada tranquila y el gesto amable mientras saludaba a cada uno de los dueños de aquel valle de sueños por su nombre.

A esa edad Jorge, a parte de su bicicleta no tenían ninguna pasión. Era un muchacho dócil, reservado, tranquilo y no mostraba ningún entusiasmo por los libros, aunque le apasionaba que su abuelo le desvelara los misterios de su biblioteca, pero él entendía que eran cuentos inventados de la imaginación del yayo y no como una realidad de aquella sucesión de estanterías en cuyas baldas estaban señaladas por títulos como “Ciencia, ficción, historia, clásicos, generación del 98…”

Una vez que el abuelo hubiera paseado los ojos, comenzaba la captura. Sus dedos ágiles se convertían en depredadores quedándose paralizados cuando encontraban algo que llamara la atención al intelecto. Entonces, el tiempo quedaba suspendido, las manecillas del reloj se paraban y comenzaba a examinar el hallazgo de arriba abajo. A veces Jorge pensaba que si a su abuelo no le daría asco manosear ciertos libros cuyo aspecto no podía ser más mugriento.

Una mañana de otoño y lluvia intermitente, se encaminaron a su habitual paseo sabatino. Ese día Jorge se mostraba más parlanchín de lo habitual cuando el abuelo le dijo mirando al cielo “Con suerte, un par de nubes se retirarán y saldrá un rayo que acaricie los libros. Hoy puede ser un gran día, ya verás…”, entonces Jorge le preguntó “Yayo, ¿hoy qué vamos a buscar?” y el anciano paró un instante, miró profundamente a su nieto y con una sonrisa de compresión le contestó “A la Cuesta Moyano no vamos a buscar sino a encontrar”

Aquel verbo “Encontrar” despertó la imaginación de Jorge y al contrario del abuelo, según llegó y apareció el rayo de plata que pronosticó el senil hombre, el chiquillo se puso a perder sus manos entre los cajones allí expuestos. Olvido el asco de rozar el material, alguno deteriorado demasiado. Al cuarto cajón, entre los libros, expuestos sus lomos para poder leer fácilmente los títulos, vio uno con letras doradas que ponía “Angeli del fango (Ángeles de barro)”

Lo sacó con sus dedos inexpertos y se quedó con las tapas de cartón duro entre las manos. Entonces trató de sacar con sumo cuidado las hojas que habían quedado solitarias entre otros libros; después las colocó en la envoltura de cartón. Todo él estaba muy deteriorado hasta las hojas amarillentas y subrayados algunos párrafos. Miró y la edición era de 1967, de Arnoldo Mondadori editore. Automáticamente, Jorge se dio cuenta que estaba escrito en italiano y que, sin embargo, las anotaciones en los bordes de las páginas estaban en castellano. Volvió al principio y en la segunda página había una dedicatoria en letra inglesa tan clara y cuya tinta estaba tan viva que podría haber sido escrita cinco minutos antes de que Jorge reparara en el libro; decía así, “Florencia, 4 de noviembre 1967… Mi querida Teo, aquí está la aventura que te prometí sellarla en letra del aciago 4 de noviembre de 1966 cuando Florencia se convirtió en un inmenso lago sumergido en las tinieblas. Tu fiel amante Giorgio”

Jorge se volvió y preguntó a Matías, el dueño de la caseta “Por favor, ¿me puede decir qué día es hoy?” y el hombre respondió “4 de noviembre, hijo”. A Jorge se le salía el corazón del pecho, aquel libro era un presagio que, a sus doce años aún no sabía de qué. Preguntó el precio, rebuscó en el bolsillo y sacó la única moneda que tenía. “Solo tengo esto”, dijo tendiendo el dinero a Matías y este sonrío satisfecho por el comportamiento del chico y añadió “Llévatelo”

Ese fue el inicio de la gran aventura con los libros de Jorge. Con el tiempo aprendió italiano con el único afán de comprender aquellas noventa páginas. No obstante, con las notas escritas en español pudo irse haciendo una idea de la historia que narraba aquel libro tomando conciencia que los libros poseen secretos muy bien escondidos.

Nunca dejó de ir a la Cuesta Moyano cada sábado, incluso después de haber fallecido su abuelo. Sacó oposiciones a Bibliotecas y hoy es un experto que navega en el mundo oculto de un libro. Tiene verdaderas colas de lectores para aceptar sus consejos. En su casa tiene una habitación dedicada a biblioteca donde están expuestos los volúmenes que heredó del abuelo; cada día descubre algo nuevo, sobre todo las notas adyacentes de su abuelo. Reflexiones, frases…

¿Qué contaba Angeli del fango?” … Giorgio el cuatro de noviembre era un joven estudiante de Bellas Artes en Florencia. Con la crecida del río Arno que llegó a alcanzar la altura de cinco metros. 5000 familias perdieron sus viviendas, 6.000 negocios tuvieron que cerrar. 101 personas perecieron bajo las aguas. Jóvenes estudiantes de arte, entre ellos, Giorgio, no solo eran fiorentinos, sino que algunos viajaron hasta Italia con el único fin de ayudar. Se contó con la colaboración de fuerzas armadas de diferentes países para salvar las joyas del Renacimiento. La Galería de los Uffizi para evacuar piezas del museo como Magdalena penitente de Donatello, Cristo Crucificado de Giovanni Cimabue, y Puertas del paraíso de Lorenzo Ghiberti, libros y pergaminos de archivos y bibliotecas, como los archivos de la Ópera del Duomo, la tercera parte de la colección de la Biblioteca Central nacional… A estos rescatadores de tesoros se los conoció como Los ángeles de barro.

PD. Cristo Crucificado de Giovani Cimabue que muestra la foto estuvo más de 12 horas sumergido en el lodo. Más de un 60% de la obra se perdió lo que conllevó 10 años de restauración.

Ángeles Cantalapiedra, escritora

©La vida secreta de las mariposas ©Un lugar al que llegar ©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla... Gymnopédies

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