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lunes, 24 de marzo de 2008

LA MISERIA POSEE LUZ PROPIA


El humo de las fábricas se llenó de color y alegría; después, una pelota se hunde en el lodo.Jaramillo mira con los ojos llenos de legañas aquella esfera roja que desaparece sin remedio y piensa “¡Qué bonita era!

”Medellín, Colombia 21 PM.
-¿Qué pasa, Enano?
-Nada. ¿Has traído algo?
-¿Lloras, acaso, de hambre? Los hombres son fuertes y dominan el rugido de las tripas.
-No es eso. Jennifer lleva tosiendo todo el día; está azul.- el niño aprieta contra su cuerpo un bulto, mientras unos débiles mocos caen como reguero de pólvora.

Giovanni extiende los brazos para que Jaramillo le entregue el fardo; éste hace amago de moverse, pero a continuación se queda quieto.Sus labios agrietados besan aquello que está envuelto en bolsas de basura para que así tenga más calor.

Al roce, el envoltorio se mueve y, entre los plásticos, emerge una diminuta mano… Es Jennifer.

Giovanni Arteaga es a sus diecinueve años un superviviente de las calles colombianas, un héroe, según se mire. A ellas llegó hace diez años, escapando de La Cruz.

A los siete años fue vendido por su tía; sus papás habían sido acribillados a balazos por la guerrilla. A los nueve, escapó de los malos tratos y, junto a otros campesinos que huían de los combates entre la guerrilla- los paramilitares y el ejercito-, marchó a la ciudad a engrosar un número más en la miseria y el olvido.

Al muchacho todos le miran con respeto y algunos, incluso, con temor. Su mirada descarnada, cuerpo famélico, dedos roñosos y un rayón en la frente que deja al descubierto el cráneo, son sus señas de identidad; quizá, ésta última es la que más atemorice a los chavales de la calle. Le dieron un machetazo cuando buscaba entre la basura algo que comer.
Desde aquellos días pasados, comprobó con desolación que la fortuna y los Ángeles del cielo que tantas veces su mamá imploró, también a él le habían abandonado, pero no quería morir. Al principió se unió a los más fuertes; esnifó pegamento para olvidar y vio como otros sufrían abusos de todo tipo. Entonces, huyó también de allí a sobrevivir en soledad.
Se refugió en las ruinas de una fábrica donde montó su campamento; la suerte le sonrió por primera vez cuando, en el contenedor de un restaurante, encontró una especie de hacha pequeña, tan afilada como una hoja. Adhirió a su cuerpo el arma y a todo aquel que buscaba guerra o confrontación, sacaba aquel cuchillo; sólo con verlo salían como alma que lleva el diablo.Buscaba chatarra para vender y era un experto en la utilidad; siempre veía en el objeto desechado algo que hacer con él.

A su manera encontró una paz, una reconciliación entre la tierra y el cielo.
-Me voy a llevar al hospital a Jennifer o se nos morirá.
-Giovanni, nos la quitaran.- la voz de Jaramillo estremece de dolor con tal pensamiento.
-No digas bobadas. La cura el doctorcito y me llevo de nuevo a nuestra muñeca.
-Aquello está lleno de policías, no te dejaran entrar.
- Jaramillo aprende de una vez que para sobrevivir no te han de oler el miedo, ni tener ante tus ojos barreras, pues éstas te cortarán el camino- el niño sigue con suma atención las palabras del que hace dos años se convirtió en su papacito. No le llama así pues Giovanni se enfada; dice que son hijos arrancados de las entrañas de la tierra a pedradas. No tienen origen ni condición; por tanto, han de luchar y buscarse una entidad sólo con sus manos y la fe que ellos creen… nada más.
-¿Te conoces bien el edificio?- la pregunta es dicha casi en un susurro.
-Sí, tranquilo, como la palma de mi mano. Recuerda las veces que he trepado los muros como un ratón para robar medicinas y vitaminas para ti. ¿Te acuerdas, Enano?- le pasa su mano por la cabeza llena de piojos. Al niño este gesto le reconforta.
-Voy contigo.
-No, te quedas aquí con Pluto; volveré rápido.- El perrillo reconoce su nombre al instante y se abalanza encima del niño. Sabe cual es su misión; cuidar de él mientras su amo no esté.

Mientras pedalea las ruedas de la bicicleta destartalada, Giovanni observa las luces lejanas de la ciudad como van quedando atrás y, allí también, su corazoncito. Vuelve tranquilo; las enfermeras dicen que sufre de vitaminosis y que en una semana estará bien. Nada han preguntado, simplemente dio sus papeles, falsos como Judas, pero muy bien hechos.

Cuando se ha ido, de paso ha robado unas cuantas cosillas; se siente seguro teniendo el botiquín abastecido.Se va acercando ya a casa y este pensamiento le hace sonreír. Ahora tiene una familia por la que luchar y una esperanza; hasta tiene perro como los ricos.

Recuerda a Jaramillo llorando en una esquina; había sido abandonado como él. Al menos eso se imagina. El niño nunca contó nada ni él preguntó, ¿para qué remover más la mierda?Él hubiera querido que alguien le hubiera recogido y no fue así. Ahora actúa como el sueño callado que durante años fraguó en su mente.

¿Y Jennifer? Su cuerpecillo permanecía encallado en un nudo de basura y gracias a un gato que hincó el diente en un muslo de la niña, se percató que el grito era humano y no de origen animal.

Giovanni no sabía nada de ternura, sí del llanto y la desolación, pero cuando vio a semejante criatura, un hueco en el espeso humo de su vida se abrió y por él se coló un rayo de luz.

Hospital Central, Medellín 4,30 AM.

Tres días después.Los pasillos están desiertos y las puertas cerradas. Giovanni se arrastra cuan serpiente sigilosa en busca de su presa y encuentra el botín, pero una enfermera hace guardia dormitando en una silla.Un trapo con formol será suficiente para que el sueño del guardián sea profundo; después, busca a Jennifer. Cada cuna tiene un letrero pero él no sabe leer y busca ansioso la carita angelical. Jennifer abre los ojos y se ilumina en una enorme sonrisa… le ha conocido.

Arranca hasta con el colchón, la niña necesita de cuidados y descansar cómoda; sale precipitado por las escaleras de incendios y su corazón galopa a cien por hora.Ya lejos de allí, para y respira hondo. La oscuridad no le deja ver el rostro deseado, pero lo toca y esta calentito. Reemprende la huída.

-¡Jaramillo, despierta! Hemos de irnos o nos encontrarán.- el niño se restriega los ojos, tiene mucho sueño.
-Voy- sale al aire de la noche y siente frío- ¿Dónde vamos?
- A los cafetales. Nos esconderemos allí y después… no sé, ya buscaré una salida. ¡Venga! Monta en el carro, te taparé.Empieza a amanecer y un sol se prende en el horizonte.

En la lejanía, por tierras sin carretera, alguien tira de un carro. No se le ve la cara pues está tapada por una gorra de béisbol descolorida. Va silbando con el viento de cara y un perro sin raza y de siete madres, va saltando a su lado.En Colombia, según los últimos datos, hay dieciséis millones de menores.

Uno de cada tres, vive en la miseria y… sin esperanza de vida; no traspasan el umbral de los veinte años.

3 comentarios:

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Recuerdos de una bella ciudad en cuya entrada se encontraban laderas y cimas que afeaban el paisaje por el crecimiento de esas pequeñas barracas que habían ido apareciendo como por obra de magia.
Durantes largos años se pudieron contemplar, si allí donde la ciudad cambiaba de nombre… Incluso algún escritor subió como la espuma por un libro que habla de vida…
Cuentan que un día, con la escusa de un acto internacional, cuando el país comenzaba a salir de su miseria, paso el dictador por allí y dijo que aquello se tenía que solucionar…
Ahora, medio siglo después la miseria se esconde. Pero en otros países se revive el triste paisaje de ciudades donde la ciudad cambia de nombre.
Conocí a una Jennifer, ahora, mujer casada con un buen hombre. Esta orgullosa de sus tres hijos, y de un pisito que se ha comprado. ¡Fueron años duros! Pero hemos tenido una suerte bárbara, aunque haya sido trabajada.
Un abrazo.

Jaume Canals Lanacemia dijo...

¡Por cierto! Esa clásica bicicleta estilo "holandezz", no tiene pinta de ser destatalada... Ni sus ruedas... Giovanni de esa bicicleta saca 50 como la suya.
Un abrazo.
Pd. cuida los detalles.

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Buenos días Jaume, tienes razón: esa bici no pega ni con pegamento.