martes, 1 de abril de 2008

EL PORTUGUÉS

Antonio Díaz el Portugués yace demacrado, pálido, casi sin aliento, en el camastro que ocupó en los últimos años.
Está irreconocible, es puro hueso cubierto de piel; apenas mueve las manos para hacer un leve gesto, la voz ya no surge por su garganta, todo él está quemado por dentro. La muerte acecha por las cuatro patas de la cama, es un buitre que cuenta los minutos que faltan para tirarse a su presa, y ésta no se resiste a su destino, el último fósforo le encendió para tirarse a la Chelito, la más pinta del barrio, de esto ya hace varios meses…

Corre la primavera del año 1997, la plaza de Tragaluz es un hervidero de gente que va y viene, es el día de mercado. Unos venden, otros compran y el Portugués ronda los bolsillos ajenos en busca de la solución para su existir diario. La cosa está cruda porque la pasma hoy abunda y sus venas piden fuego, su sangre se apaga y necesita movimiento.
Con un cigarrillo en la comisura izquierda de su boca, en la derecha insinúa su sonrisa cínica habitual. Los ojos no les abre demasiado y no es el sol quien les entorna: mirar de frente jamás, quebraría su misterio, desnudaría su verdad. Un par de rizos negros como el carbón resbalan por su frente dándole un aire de pillo travieso a punto de cometer su próxima fechoría.
Atisba su presa y se abalanza sobre ella con la sutileza del puma y la certeza del colmillo de un león. La vieja dama distraída compra un kilo de plátanos, la cartera resbala de sus manos sin darse cuenta, pero dos ojos que observan ven el punto final del botín y arrastrándose por el suelo se hace con él. Corre como alma que lleva el diablo a cualquier portal recóndito donde descubrir el caudal. Veinte mil pesetas son la presa, el pasaporte para un sueño, el destino de una muerta anunciada.
Busca al Fifo por doquier, pero se ha esfumado como las nubes que anunciaban tormenta, nadie sabe de él y Antonio comienza a alterarse. Son muchas horas transcurridas desde el último chute y cada vez se encuentra peor. Si no hay dinero, no hay vuelo y si lo hay, no haya quien suministre billete. Con tan mala fortuna encuentra por su vagar desatinado al Mingui, un rufián de baja estopa que por vender, si hace falta, vende a su madre. De hecho, ha prostituido a sus tres hermanas, la pequeña tiene catorce años, carnes prietas, descaro y la misma arrogancia que su hermano; ella se llama Chelito.
No tiene la mercancía que requiere el momento, pero dice poseer algo mejor que le hará llegar al éxtasis. Antonio ya enloquecido toma en sus manos su sentencia y por ella paga todo su caudal. No pierde el tiempo y en el primer esquinazo inicia su travesía. Aprieta los ojos… ¡Qué sensación más distinta!Abre los ojos, entre nieblas ve ante él una mujer y desea abalanzarse sobre ella, pero las fuerzas le han abandonado; cierra los ojos nuevamente.Desde aquella primavera, Antonio Díaz el Portugués emprendió un camino sin retorno. Estaba predestinado desde hacía mucho tiempo, pero aquella mierda vertida en sus venas y la Chelito con mil enfermedades venéreas, aceleraron la partida.
Aquella mujer fue mucho para él, no solo juventud, alegría y bien hacer su oficio de fulana, es que lo más grave fue que él, un hombre de vuelta y media, se enamoró perdidamente de una niña que era la viva estampa de Satanás con faldas. Le sacó hasta la muela de oro que heredó de su abuelo y, cuando ya nada hubo sino piel sobre hueso, marchó con viento fresco a otra parte dejando al más chulo de todos los chulos de Tragaluz y sus alrededores al borde del abismo.

Hoy, cuatro años después, un hilo de vida pende de ese hombre tirado sobre un camastro. Es Antonio Díaz el Portugués, un rufián de poca monta, ladrón con mucho afán y poco éxito, un putero y un drogata. Al fin de cuentas…, un pobre diablo que no halló su camino más certero.

5 comentarios:

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Ayer lo leí y hoy lo he vuelto a hacer... Sigo pensando que debería de haberse trabajado más.
Un abrazo.

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Buenas noches jaume... Sí, puede que tengas razón.
En cierto modo escribirlo fue un reto porque el mundo de la droga me deprime de tal manera que con este relato que es más bien un boceto de algo más grande..., como si fueras a un bar y no entraras, sólo te quedas en las cristaleras mirando lo que hay dentro. ¿Me explico?
Puedo bucear en muchas miserias, imaginar, indagar y luego desarrollar, pero la droga...
Recuerdo uno de mis primeros trabajos en madrid que en el portal del edificio donde trabajaba casi todos los días había alguno/a que tenías que llamar para que le fueran a reanimar; estaba acostumbrada a esas escenas. Era desgarrador.
En fin, si algún día supero, volveré a intentarlo y no dejar un boceto.
Gracias por leerlo DOS VECES.
Un besote de buenas noches

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Bueno, debo de reconocer que no lo he leído “DOS VECES”…
Lo he leído mas veces antes de escribirte la primera vez.
Ahora he vuelto a limpiar los cristales del bar para mirar más detenidamente lo que hay dentro. ¡Duele! Otro día sera.
Un abrazo y gracias por el confortable besote.

Mónica...Cine Cuentos. dijo...

Hola ma. angeles,... tanto tiempo sin visitarnos ¿no?

Me gustó tu relato. Duro... pero muy bueno. No es fácil escribir sobre este tema en tan poco espacio.

Bss. Me gustó.

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Mónica, buenos días. Gracias por tu visita. Te voy a poner ahora en favoritos, así no volveré a perder tu rastro.
Buen fin de semana