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sábado, 5 de abril de 2008

EL TREN DE LA COLINAS DEL TÉ

Nilgiri es una palabra nativa que significa montañas azules. Las colinas están tapizadas de bosques frondosos, jugosos prados que se funden en aguas de mandarina y naranja.
En esas tierras nací yo.
La manera más romántica de adentrarse en ellas es coger un pequeño tren que aguarda aletargado en la vía de Mettupalayam al despertar el día. El cielo, entonces, se muestra azulado ante tus ojos, envuelto en bruma. La estación late adormecida hasta que comienza a bullir con la llegada del tren. Voces insistentes ofrecen diversas mercancías: café, bananas, tabaco, bálsamo de tigre… Respirar este ambiente es envolverte en magia.

Pensé que la manera más hermosa de despedirme de este mundo, sería volver a mis raíces. En esta zona vivía la tribu Toda, hombres altos con tradición ganadera hasta que llegaron los ingleses y sembraron mi paisaje de té, grandes extensiones que se denominan jardines. Primero, los hombres cuidan de su cultivo, poda y formación de setos. Luego, las mujeres lo recolectan en cestos de mimbre, y ataviadas con vistosos saris, seleccionan las hojas de mayor riqueza en tanino y teína. Su aroma se extiende por el aire… Aún oigo la voz de mi esposo contarme todas estas cosas. Él amó mi tierra y mi cultura tanto como yo.

Observar mis orígenes es como volver a nacer, el mismo milagro de las rocas del mar de Omán que se cubren cada doce años, de flores azules. Ver a mi hermano, Yang, bajar a ese mar y pescar con mallas chinas, o, en la lejanía, divisar las casas de techo rojo y el artesonado de mis templos que parece de encaje… No tardo en asimilar todas estas sensaciones que afloran a mi memoria, los colores vivos, la torta de arroz, las joyas ornitológicas que cantan en estas colinas.

Según avanzamos en este pequeño tren de juguete, cruje la madera, la maquinaria rechina. El jefe hace sonar con insistencia la sirena para alertar de nuestra presencia. Entonces, según te adentras, tienes la grata sensación de una vuelta al pasado, de formar parte de un grabado de la India colonial del XIX.
Recuerdo que toda mi vida cambió aquella mañana en la estación de Connor. Yo iba a trabajar a una gran casa señorial inglesa. Pensé que aquel hombre de andares ágiles y firmes era el chofer que venía a recogerme. Claro, que poco me duró la ignorancia: él era uno de los hijos de los grandes señores. Yo la sirvienta. Pero aquella diferencia social y cultural, no pudo evitar nuestra atracción.

Al principio, nuestros encuentros fueron a furtivos. De día, vestía, peinaba y cuidaba de sus hermanas. Al atardecer, cuando el sol se despedía extendiendo su manto hechizado, nosotros nos entregábamos a un acto de amor compartido y generoso. Mi forma de hacer sexo, le acercó al corazón de hombre que latía dentro de él, le aproximó al ser humano que ignoraba. Desperté su energía dormida: sensibilidad, sexualidad, sensorialidad y sensualidad. Él le gustaba decir que yo provocaba sus cuatro eses.
El sexo en occidente siempre me ha parecido vulgar, descarnado y falto de poesía… Cuestión de educación y mentalidad, seguramente. Allí no se cuidan los prolegómenos del acto amoroso.
Recuerdo que antes de encontrarme con mi esposo, me bañaba en aromas de jazmín. Éste estimula los sentidos, y la piel se convierte en seda. Los olores, sabores y colores son tan importantes que sin ellos la plenitud del goce amoroso es imposible. Entre la tenue luz de las velas y la suave música, recuerdo que nos perdíamos. Entonces, yo comenzaba a recorrer cada rincón de su cuerpo, cicatriz, vello, curva… Él tenía dos debilidades hacia mí: Succionar el lóbulo de mi oreja y los pezones. Si notaba que me encogía, entonces seguía hasta provocarme múltiples orgasmos. Estimulaba mis cinco deseos. Mis pensamientos hacia él hacían que la respiración fuera irregular, lo que predisponía a la vagina para que deseara la unión. Las fosas nasales se me dilataban y la boca pedía más y más. Mi esencia vital deseaba ser estimulada por lo que movía el cuerpo hacia arriba y hacia abajo. Mi corazón anhelaba manifestarse por lo que mi humor vaginal brotaba sin parar. Un último recuerdo me llevaba a sentir entre mis piernas algo tan poderoso como el hormigueo de una plenitud próxima. Alargaba el cuerpo y cerraba los ojos para que mis sensaciones me transportaran donde el tallo de jade deseara.
Mi esposo decía que olía a hierba recién cortada…

Mi vida ahora cabe en una mochila; el paso del tiempo me ha enseñado a ordenar las palabras que antes me fueron incomprensibles, y mi lucidez me ha mostrado que nací para amar a mi hombre en cuerpo y alma a través de nuestro sexo. Fui rehén en sus manos, y ellas cincelaron mi cuerpo con orgasmos. Fui su puta, como dicen los occidentales. A mí me gusta decir su amor sagrado, porque para nosotros, los hindúes, el contacto sexual no es una sensación sino un sentimiento sagrado. Mis padres me educaron para lograr la habilidad sexual. Mi esposo no fue un común varón ni yo su objeto sexual como se dijo en la colonia británica. No entienden los del otro extremo del mundo que, si el sexo obsesiona, no es una depravación ni lujuria, sino la marca del destino humano. Nacimos para el erotismo.

Los ingleses dicen ahora que soy lady Graves, me da igual que me llamen así o de otra manera. De verdad, soy Yin y moriré siendo Yin.
Mi esposo tenía alma de escritor; nunca publicó. Lo que escribía se lo regalaba a sus amigos junto con la flor de un jazmín. Antes de morir, me donó su cuento más bello: nuestra historia de amor. Versaba así:
“Yin paseaba entre un gran racimo de magnolios. Al pasar por el estanque, se sentó a contemplar el agua fresca y transparente.De pronto, ésta se convirtió en espejo, reflejando a Jade que se acercaba, y con su flauta comenzaba a tocar una hermosa melodía.Entonces, Yin extendió su cuerpo entre el borde del aljibe y el agua de mandarinas, e inició un vuelo hacia el paraíso hasta que el tallo de Jade la elevó definitivamente a una nube de algodón.Desde allí, descendió tan suavemente como la pluma de un ave, y cuando la flauta terminó su canción, Yin, abriendo los ojos dijo:-Jade, duerme y despiértame otra vez…”

Prohibieron que nos amáramos pero fue inútil. Nos fugamos un amanecer en aquel pequeño tren de las colinas del té… Mi tierra invitaba a soñar, a que los sueños hechizaran el corazón y volvieran realidad nuestros deseos… Lo recuerdo muy bien.
PD. Foto cedida por Nómada Planetario. ¡Ah! y este cuento está premiado.

8 comentarios:

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Muchas putas como Yin necesitaríamos en occidente, para que como bien dice: “Mi forma de hacer sexo, le acercó al corazón de hombre que latía dentro de él, le aproximó al ser humano que ignoraba. Desperté su energía dormida”.
Mucho tendremos que cambiar para llegar a ese erotismo amoroso. Pero soñar en alcanzarlo es hermoso.
Pd. Mi ignorancia sobre los cultivos, me dicen que la foto me recuerda más a los almendros floridos que a las naranjas, mandarinas o colinas de te.

Jaume Canals Lanacemia dijo...

A Yin la he adjetivado puta no porque lo fuera, sino por usar el lenguaje de occidente. Ya que nos cuesta reconocer a una mujer, “mujer” en una de sus plenitudes. Pero esta claro que Yin será siempre Yin, una mujer de pies a cabeza.
¡Que suerte tuvo su esposo de encontrarla y amarla!.

Amor dijo...

con razón está premiado, me gusta mucho, me gusta el detalle del amor sagrado que otros ven como algo vulgar, en esa concepción te acompaño, precisamente el gran error de occidente quizá sea precisamente convertir en malo y en pecaminoso lo que en realidad es santo y divino, sagrado

amor

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Bon dia Jaume... tengo en mi despachito colgado el diploma del premio y mis hijos que no sé de que galaxia son lo descualgan cada vez que viene un amigo suyo porque se averguenzan que su madre haya ganado un premio erótico ¡la madre que los perió!
Por cierto, no te rías, ¿sabes cómo escribi este relato? hablando en alto y poniendo acento extranjero para dar más realismo al asunto. ¿Qué estoy zumbada? Sí, claro, pero de cuerda no me lo paso bien.
Un besin con sabor a café (llevo ya 3 cafés)
Buen domingo muchacho

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Buenos días Amor. Muchísimas gracias por tu visita y lectura. Me he alegrado mucho verte por estos territorios.
un abrazo

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Nuestros hijos son los que más censuran. Y madre solo hay una y además se sabe cual es… No tienes escapatoria.
¿Serio? Se me escapa una sonrisa de pícaro, mientras mis labios húmedos degustan ese leve sabor a café que una mujer sonriente me ha dejado tras narrar con acento extranjero un hermoso relato.
Y mi sorpresa es... Que es de Valladolid. ¡Toma tomate!

Mawwulisa dijo...

Hola, es la primera vez que leo su obra y vengo por aquí.

Creo que se equivoca: sus hijos no se avergüenzan de que su madre haya ganado un premio erótico: sus hijos quizá teman comentarios más o menos hirientes de sus compañeros de colegio, ya que da mucho juego que su madre escriba relatos eróticos, como debería comprender.

Por otra parte, ¿qué es ganar un premio? Una coincidencia, como dijo Marsé: que su obra le guste a un grupo reducido de personas y que los que pagan el premio (cuando hay dinero) estén dispuestos a hacerlo efectivo con aquella persona.

Los premios son un reconocimiento humano, de un grupo reducido de personas. Quizá le debería preocupar más qué piensan sus hijos de que cuelgue sus premios...eróticos.

JL Martínez Hens dijo...

Que sorpresa se encuentra uno. Hoy he estado con una escritora y he estado viendo sus páginas cuando de repente me encuentro contigo y claro, como he visto tu relato premiado pues no he podido resistirme.

Me ha gustado. Lo único que mejoraría del relato es ese Lady Graves cuando debería ser la señora de Martínez.

José Luis.