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sábado, 4 de octubre de 2008

LUGARES COMUNES

“Hay frases que son campos de exterminio,
sienes pegadas a los dedos,
puños del insomnio,
yeguas sorprendidas detrás de los espejos” Joaquín Tena

Lo que os voy a contar no es nuevo. Si tienes sed de una historia impactante, novedosa, no sigas leyendo. “Lugares comunes” es el relato de la experiencia de un chico corriente como tú o esa persona anónima que te topas a diario. Mi propia vida entrelazada con la de él.

Tengo necesidad de difundir este mensaje. Presiento que me quedan pocas horas y estoy ordenando mis papeles. Entre ellos he encontrado esto que escribí hace mucho, mucho tiempo…

“Hoy me he encontrado con Pablo, no era el mismo. Me gustó mirarlo a los ojos, escuchar su voz. Hasta su ropa era distinta. Hace pocos meses estaba desahuciado…

Pablo había sido alumno mío; número uno de su promoción. Estaba convencido que llegaría lejos en la vida. Pasó el tiempo y un buen día me lo encontré sentado en una terraza. Me alegró muchísimo encontrarle e hicimos balance de los años transcurridos. Me contó que había vivido en un mundo demasiado fácil. Poseía todo y no tenía nada, hasta que se dio cuenta de que moría por dentro y él lo ignoraba. Yacía en el estío cuando su corazón moribundo leyó un anuncio y vio las fotos de unos ojos.
-“Éstos me miraban fijamente, Manuel. Los ojos de Combo, victima de una paliza. María, tirada en una basura. Edurne, abandonada en el orfanato. Muni, perdida en el campo. Jorge, nacido sin ser querido… removieron los cimientos de mis cinco sentidos: el sonido de los golpes, el sabor del hambre, el olor al miedo, el tacto del recuerdo y la mirada de tristeza… Parece tonto que alguien reaccione ante un anuncio, pero yo sí. Sin duda era conmovedor, para remover los principios de cualquiera…”

Yo seguía en silencio escuchando su verdad, expectante a su experiencia…
-“Era verano. La época del año para encontrarte con tu corazón, mirar a los ojos del alma y reconocerte… Eso es mentira. Preparaba como un autómata las vacaciones. Buscaba en el mapa qué lugar aún no había recorrido. Era frustrante que aquello que muchos esperan, yo no sintiera ni frío ni calor. Tiré el mapa al suelo y tomé el periódico; allí estaba el anuncio de unos ojos con un mensaje cada uno. Cogí el coche rabioso y pisé fuerte. Me invadió una necesidad de perderme en la autovía. Paré en la gasolinera a repostar. Miraba distraído sin ver, haciendo tiempo a que se llenara el depósito. Tres coches delante de mí estaba la familia tipo que siempre me ha reventado: hombre con tripa cervecera chillando a dos niños maleducados mientras una mujer sacaba del coche algo que a primer golpe de vista no vi. Después se montaron a toda prisa y salieron como alma que lleva el diablo. Su proceder fue insólito. El peso de sus vidas debía ser tal, pensé, que arrancaron el coche rumbo a lo desconocido, sin importarles lo que dejaban atrás…Era el caso de Muni. El animal corrió tras sus amos pero ellos pisaron el acelerador. Algo, dentro de mí, se rasgó…”

Pablo ha parado de hablar. Calla y medita. Yo hago lo mismo. Trato de encajar las piezas, de adivinar dónde me llevarán las palabras de muchacho…

-“Mientras esto sucedía, sonó el móvil. Era una amiga que me llamaba aturdida por las sensaciones. Acababa de volver de un viaje. A miles de kilómetros de distancia había dejado su corazón. Me decía que podía oír perfectamente como se escapaban, de un edificio, llantos inconsolables, lágrimas sin destino, babas y mocos perdidos, corazones chiquitos que se quedaban cuan cachorros mudos y desvalidos. La burocracia del hombre impedía que unos niños encontraran un hogar antes de que se terminaran de morir por dentro. Se lamentaba profundamente, la pobre chica, que aún hoy sucedieran cosas así. Su relato acabó por descolocarme. En ese momento no necesitaba coger el volante sino una dosis de alcohol donde olvidar los sentimientos, que me estaban naciendo, que aún me incomodaban más que la sensación de vacío…”

Cada vez notaba su relato más centrado. Mi cabeza se afanaba en digerir, en una necesidad de empatizar con Pablo y ponerme en su lugar…

-“De pronto, pensé que leer al mundo era odiar irremediablemente al hombre. Me corroía la rabia sorda ante la intolerancia, el egoísmo, la indecencia… necesitaba chillar y quizá soltar un exabrupto. No tenían la culpa la puta ni la perra de que hubiera tanto cabrón en tan pocos kilómetros a la redonda, sin embargo siempre se apelaba a los hijos de las dos mencionadas para tachar a la gente sedienta del dolor y sangre.
Me di cuenta que cada vez me costaba más hacerme un hueco en mi vida como ser humano…”

Sin duda eran demasiadas barbaridades para escandalizar al corazón moribundo de Pablo. Éste afirmó:
-“En el fondo me remordía la conciencia porque no me espantaba cuando oía los ataques terroristas que dejaban al mundo sobrecogido.
Sin embargo, gracias a esos ojos colgados de un anuncio, mi cabeza se conmovió. Aquellos niños abandonados, mirándome con descaro, sin teta que llevarse a su corazón. Los ojos perrunos cargados de tristeza y nostalgia, reclamaban caridad. No eran un traje que se podía guardar, usar o tirar. Siempre se ha dicho que los perros eran el mejor amigo del hombre. Por otra parte, la historia que me contó mi amiga… Todo, absolutamente todas esas sensaciones nimias me pedían, de pronto, vivir una breve inmersión en otro mundo, bucear otro orden de valores distinto al que había vivido hasta ese momento…”

Pablo hace una pausa y enciende un cigarrillo. Pierde su mirada en alguna parte, traga saliva y reanuda la palabra…
-“De repente me avergonzaba de mí mismo. Nunca había hecho daño a nadie, es verdad, pero me preguntaba “¿Has hecho algo por otro?”. Mi sensibilidad estaba muerta. No me asustaba el dolor de otros, la soledad del vecino. Mi vida era prisa, hueca. Escurría el bulto de responsabilidades con una agilidad pasmosa. Mi fracaso matrimonial, es cierto que me imprimió un carácter especial, duro, sobrado de pasotismo. Me tomaba las relaciones posteriores con ironía y sarcasmo. Ponía cuernos por doquier sin importarme las consecuencias y los sentimientos de las mujeres que pretendían quererme. Al fin y al cabo, estaba repitiendo lo que había hecho mi mujer conmigo, con la diferencia de que yo no vendía humo a la mujer que moraba esporádicamente en mi cama. Me cuidaba muy mucho de implicarme con nadie.
Ganaba mucho dinero y lo utilizaba en juergas y, ¿en compartir? Se me había olvidado el significado de esa palabra…”

Pablo volvió a silenciar su voz. Me gustó que lo hiciera para darme tiempo a reflexionar a mí también.
En algún momento, y ya no era tan joven porque rozaba el instante de la jubilación, pensé que yo mismo era en algunos aspectos demasiado frágil para vivir en este mundo. Mis altos ideales se habían desmoronado hacía tiempo y me había convertido en un agnóstico. Tampoco me sorprendía por nada y nada esperaba de la vida. Fuera de las aulas me convertí en un anacoreta. Quizá era el disfraz para que nadie me rozara y me hiciera daño. Mi ración de sufrimiento estaba cumplida. Y dar, cada día me entregaba a muchachos jóvenes para que aprendieran las luces del conocimiento, la sabiduría de reconocer que un ser no es nada y que sólo en la lectura, en los libros y en el pensamiento hallarían el consuelo para poder sobrevivir hasta que su llama personal se extinguiera en el calendario terrestre. Incluso, en alguna ocasión, me había preguntado qué sería de mí cuando la universidad prescindiera de mi trabajo, si sería capaz de aguantar las veinticuatro horas en soledad, en silencio. Y lo más fuerte es que llegaba siempre a la triste conclusión de que la salida más digna sería el suicidio, desaparecer y eliminarme de las calles de mundo como los muebles inservibles.
Al escuchar a Pablo su relato sereno, que aún desconocía su final, sentí profunda envidia. Se había dado cuenta a tiempo del mal endémico que le corroía. Tuvo salvación pero, ¿yo? Los años no perdonan, mi tiempo estaba finiquitando.
Un leve carraspeo, me sacó de mis profundidades.

-“Don Manuel, ¿conoce usted el monasterio de Leyre?- sin esperar contestación, Pablo continuo hablando- Yo lo conocí por casualidad. Es un lugar único para encontrarse. Debería ir, le gustará.
Desde entonces, vivo muy cerca de allí. Creé un refugio para necesitados de cuerpo y alma. Sólo vuelvo a la civilización cuando necesito dinero. Hago trabajos esporádicos y desaparezco de nuevo. Si alguna vez quiere visitarme o necesita cualquier cosa, pregunte en la hospedería de Leyre, le indicarán.
Ahora con su permiso, me voy. Me están esperando para un trabajillo. Espero que sea productivo y pueda irme cuanto antes. Cada vez me molesta más el ruido.”

Le vi alejarse fresco y lozano. Volví a sentir profunda envidia. Tanta, que en las navidades siguientes me fui en su busca y nunca más regresé. Allí me quedé con Pablo colaborando con mis conocimientos, trabajando la tierra, ayudando a quienes llegaban con las manos sucias y el corazón vacío…”


Manuel, dejó caer la pluma sobre la mesa. Estaba profundamente cansado. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Suspiró profundamente mientras se deleitaba en la paz que le venía de pronto.
Alguien llamó a la puerta, pero no lo oyó. Cuando Pablo entró en los aposentos de Manuel, aún tuvo tiempo, mientras sus ojos se posaban en Lucas, el perro lazarillo de Manuel, apoyado su hocico en los pies de su amo, una voz que decía: “Señor, llévame contigo. He hecho lo que estaba en mis manos”

En la tumba de Manuel no faltan las flores frescas; Pablo se encarga de ello. Y Lucas sigue pegado a un nicho esperando a que regrese su amo.

9 comentarios:

Wilhemina Queen dijo...

Simplemente lloré connesta historia. Se me abrió el corazón de tal forma que no he podido ni quise, interrumpir mis lágrimas.

Mi abrazo María Ángeles!

Vero

Ricardo Tribin dijo...

Una historia sentida y dolida.

Me alegra haberte visitado.

amor en libertad dijo...

me he quedado pensando el joaquín tena del principio, creo que no sé quién es

un beso

Noray dijo...

¡Excelente! Has logrado conmoverme.

Un abrazo

PS: "Hay frases que son campos de exterminio,
sienes pegadas a los dedos,
puños del insomnio,
yeguas sorprendidas detrás de los espejos” Joaquín Tena ¡Qué gran verdad!

El Club de los Parados dijo...

Ante todo gracias por dedicar tu preciado tiempo para visitar mi pequeña y humilde ventana en internet. Para mi has sido un gran descubrimiento. Me alegra haber llamado la atencion de alguien con un perfil y un vagage tan importante como el tuyo, sobre todo porque me ha permitido conocerte. Sin duda seguire visitandote y sobre todo hacerte saber que tienes las puertas abiertas siempre que quieras regresar.
En cuanto al texto que has publicado, es admirable por la forma en la que hilvanas las palabras para hacer frases que no dejan indiferente a quien te lee.
Un saludo.
Nos leemos

EL HIPPIE VIEJO dijo...

"Por favor, díme si te gustó",
si, me gustó mucho!!!
Debo decirlo, me emocionó!

No sé como llegué aquí...
me voy contento.

Saludos y
buena semana!!!

Adal

JAVIER AKERMAN dijo...

Un relato conmovedor y profundo.
Tienes respuesta a una pregunta tuya en mi blog, sobre música en los blog.
Un abrazo.

Alatriste dijo...

Gracias por visitar mi desván. Espero no haberte defraudado. Soy fan acérrimo de Alatriste y de Reverte. De ahí el nick.
Seguí tus huellas hasta tus rincones y te estuve leyendo en tus blogs.
¡Qué maravilla de creatividad!
Te doy la enhorabuena por lo bien que escribes y por los bellos parajes que creaste.
Me tienes para lo que necesites y a ver si esto es el comienzo de una bonita amistad.
Un beso muy fuerte.

Perlita dijo...

Una pena todo lo que he leído.Me mortifican las penas de los niños, pero todo es impactante.

Te dejé mi comentario en tu final del relato anterior y mi espíritu disfrutó más que con las angustias de Manuel...¡Lo dices tan bien!
Besos