Vídeo promocional de Mujeres descosidas

viernes, 20 de marzo de 2009

EXPIACIÓN

Mi querida Expiación…
Te escribo para que no pienses que me olvidé de ti y tu reclamo de una justificación. Más bien sería un explicación, sabes que no me gusta justificarme, "A lo hecho, pecho", soy como una gaviota errante posándome allá donde se despierte mi querer. Y aquella tarde deseé subir a su casa y lo hice. No sabía lo que me iba a deparar el destino, pero me sentía atraída, turbada, por su invitación. Adolfo vivía en un primer piso. Subí los peldaños despacio, sintiendo aquella madera gastada bajo mis pies sin alas. Al llegar a la puerta, estuve unos instantes parada, escuchando las voces que emanaban de aquella puerta vieja y descolorida. Desde un principio sabía que una de aquellas voces era de Penélope; sin duda se me había adelantado. Conociéndola, no me extrañó. Ella y su puntualidad milimétrica, ella y su prudencia exacta…
Llamé y enseguida sentí pasos que se acercaban. La puerta chirrió al abrir y, frente a mí, Adolfo. Apenas le veía con claridad, Un velo blanquecino envolvía la atmósfera, lo cual, no me extrañó porque para Adolfo el orden y la limpieza no estaban dentro de su escala de urgencias. Además, él siempre decía que el desorden inspiraba a su poesía.
Entré tímida, insegura, pero al instante de estrecharme Adolfo entre sus brazos, sentí que estaba en casa. Olía a jabón y canela. Entre risas me dijo que estaba terminando de preparar todo, y sin más preámbulos me arrastró de la mano a la cocina.
¡Qué desastre de lugar!, nada había en su sitio y la grasa corría por los azulejos en busca del riachuelo de una suciedad infinita. Y sin embargo, en medio de aquel caos, me sentía bien. Penélope estaba enzarzada en la salsa de los calamares. El vaho que salía de la cazuela, lo atrapaba en sus manos y decía "Huele, huele" y yo acerqué la nariz embrujándome la tinta del calamar… Penélope era perfecta hasta delante de un cazo cochambroso.
Adolfo me indicó que me quitara el abrigo y que fuera a sentarme al cuarto de estar y así lo hice. No tenía pérdida, una luz plata me guió.
… Me encontré con la habitación más hermosa que nunca me hubiera imaginado. Seguía siendo un caos aquella estancia, pero encumbrada de un ángel especial. La luz plata venía de un pequeño balconcillo por donde entraban los últimos rayos de sol de aquella tarde de principios de primavera; lo abrí y me rocié de una polución muy grata. El olor a carbón de las máquinas llegaba justo hasta aquella microscópica terraza y se oía perfectamente el anuncio de la llegada de los trenes. Mi vista se posó en tres almendros en flor que caían justo frente a donde yo estaba. Eran pequeños, rechonchos y coquetos. Imaginé a Adolfo observarlos en sus horas de soledad… ¿Cuántos versos habrían salido de aquella imagen?
Una paloma vino a sacarme de mi ensoñación, la verdad es que era perfecta para aquel cuadro. En ese momento llegó Penélope junto a mí. No dijo nada, ella respetando siempre las parcelas íntimas del prójimo. Así estuvimos las dos sin decirnos nada, pero sintiendo, seguro, lo mismo.
La voz de Adolfo nos anunció que estaba ya todo. Nos volvimos las dos al unísono y es cuando contemplamos la habitación en su pleno esplendor.
Las volutas de polvo bailaban al son de los rayos menudos que se colaban por el balcón. Una pila de cajas en un rincón adormecían los sueños de cualquier avispado lector que se hubiera hecho con ellas. En la pared colgaba un cuadro torcido cuyo paisaje era un remanso de paz.
Adolfo colocó las tres únicas sillas que había; viejas, descoloridas, pero guardando la dignidad de aquello que fue bello en su época dorada.
Mis ojos se toparon con una librería repleta de libros bailando un desorden inusual entre ceniceros llenos de colillas. Pero, insisto, lejos de afear, expandía mi conocimiento hacia los entresijos de mi amado Adolfo. Siempre me he imaginado que un poeta debería vivir en su propia estercolara para que sus versos semejaran a flores de azahar, pavanas sin música ni tiempo…
Y allí estaban los manjares, mezclando aromas, sentimientos de placer. Si los calamares en su tinta estaban buenos, las torrijas eran como adornar tu boca con un beso y jugar con él al escondite hasta desaparecer por el tragaluz de tu garganta.
En esto estábamos cuando mi vista reparó en un esquinazo de la estancia. Allí estaba ella, blanca, mortecina, esquelética, sentada con la mirada perdida y lágrimas secas en su rostro… vestidita de novia cuyo tul ilusión era la rancia telaraña que fue creciendo en su espera. Nunca había sentido tanta pena, tanta lastima por nadie como en aquel instante fugaz.
Digo lo de fugaz porque el hechizo se evaporó, los calamares y las torrijas vinieron a mi boca con el sabor amargo de la realidad… Y me volví hacia Adolfo, mirándole como si no le conociera, condensando todo mi estupor en mis ojos ensangrentados de odio, y me tiré hacia él con toda la rabia. La mala fortuna es que le pilló desprevenido, cayéndose hacia atrás justo en el momento que Penélope pasaba. Ambos cayeron al suelo y la luz plata fue bañada por hilitos de sangre.
Era una escena bellísima, Expiación, sacada de cualquier cuadro de Bacon, el pintor que tanto le gustaba a Adolfo…
¿Qué hice? Nada, bueno, sí. Me senté en el suelo junto a ellos mientras el polvo se tragaba mis sensaciones.
Cuando la policía llegó, me encontró comiéndome los calamares y las torrijas, ¡estaban tan buenos!…
Me tomaron declaración y aquí estoy, entre rejas, soñando con Penélope y Adolfo, y pensando que es una lástima que se murieran, cocinaban muy bien.
Debajo de la cama guardo el maniquí vestido de novia y unos cuantos poemas de Adolfo.
Expiación, ésta es la única verdad de lo que pasó aquella tarde, te lo juro. Como verás estoy pagando cara mi locura.

Hasta que cumpla condena, siempre tuya… Lola
P.D. Foto cedida por Rafael Ruiz.

4 comentarios:

Luis y Mª Jesús dijo...

Menudo genio, después me quejo yo. La verdad es que ya de tener que expiar, hizo bien en comerse los calamares y las torrijas, total se iban a desperdiciar.
Me ha gustado mucho el relato. He presenciado cada esquina de la estancia.
Un beso
María Jesús

César Lamara dijo...

Muy bueno, Mari Ángeles. Un final sorprendente y crudo. Los calamares no, que al parecer estaban bien guisados. He podido sentir su olor perfectamente, en serio, y hasta me ha entrado apetito. Enhorabuena.

Silvia Cristina dijo...

Que relato... Que final...Que imaginación...

Me gusta mucho leerte....aunque sea este relato...

Un cariño,

Silvia

Nómada planetario dijo...

Disculpa la demora, pero esta semana el lío reformista más el de la facu ha sido de espanto.
Has sacado el jugo bien a este relato.
Veredicto: culpable de robarle el alma al lector.
Besos con la venia.