domingo, 12 de abril de 2009

EL ALQUIMISTA DE PASIONES

-¡Buenos días!, traigo este correo certificado para Don Sebastián Mairena.
-Soy yo. ¿Dónde he de firmar?... ¡Gracias!
He cogido el sobre y me he retirado al jardín. Me gusta observar las cosas con la lentitud que produce el silencio, exprimir el jugo que pueda encerrar cada escena para que la sensibilidad despierte. Cualquier detalle, por nimio que sea, puede ser muy valioso. Don Arturo me enseñó que la vida cotidiana guarda el suficiente engranaje para que el artista pueda plasmar la esencia de una belleza vaga que, a primera vista, no se ve si no se tiene la paciencia suficiente y la calma necesaria para pensarla y ver como emerge el capullo que podrá convertirse en una hermosa rosa.
El sobre es de un papel delicado, diría que caro. De un color extraído al blanco, pero sin llegar a su luminosidad. La letra es perfecta; pausada y uniforme; sólo una mujer puede dibujar esos trazos tan sensibles aunque seguros. Mi nerviosismo crece ante la expectativa de que una dama pueda rondar mi solitaria intimidad. Sin darme cuenta, he acercado el sobre a la nariz; he cerrado los ojos para concentrarme en su aroma. Huele a jazmín. La sorpresa aumenta porque me trae recuerdos, recuerdos muy hondos cuando, hace mucho tiempo, mi olfato que estaba acostumbrado a las nubes del trigo, heno y el polvo de la tierra, desembarcó un aroma nuevo, tan sutil como el canto de un mirlo. Sí, intuía, mirando a la naturaleza, que en la piel de un pétalo podía esconder un mundo de sensaciones para mí desconocidas, pero que no era aún el momento y…, aquel instante llegó…

Hace años fui invitado a una tertulia en casa de una aristócrata francesa en Granada; dama elegante y refinada. A la reunión acudí acompañando a mi entrañable profesor Don Arturo que me había prohijado para aprender el oficio de fotógrafo. Le conocí de la manera más absurda: el sombrero de Don Arturo voló calle abajo y fui detrás de él hasta atraparlo. Se sintió muy agradecido ya que, tiempo después, me relataría que había sido el último regalo de su esposa, Doña Rosario, fallecida hacía tres años, por lo que para él aquel sombrero de ala ancha tenía un significado muy profundo y, desde que ella había partido, no se despegaba del sombrero porque tenía la sensación de que su amada le acompañaba a todas partes; ahí comencé a descubrir el alma romántica de mi maestro, lo que él quiso imprimir en mi carácter para dotar a mis futuras obras del áurea que permanecería a través de los tiempos.
Yo no había nacido artista, sin embargo, desde la pubertad, sentí una querencia por las artes plásticas pero, al proceder de una familia humilde y sin posibles, me tuve que conformar con observar y trabajar en el campo hasta que, el golpe de fortuna al conocer a Don Arturo, cambió mi vida.-Sebastián, ya soy mayor y mis hijos no han heredado mi afición que se ha convertido en el pulmón de mi vida. Tu compañía me será grata y veremos si puedo hacer de ti algo más que un gusto por el arte.
De esa manera, recogí en un atillo mis escasas pertenencias y me trasladé con Don Arturo a Cabra de Santo Cristo, en Jaén. Por el camino, notaba la mirada de mi mentor puesta en mis gestos mientras trataba de digerir el paisaje de encinas, pinares y las bastas extensiones de olivares y almendros. A partir de aquel momento me convertí en su sombra, en el lazarillo de su extinguida juventud. Él decía que aprendía de mí la inconsciencia de la juventud, la inocencia que guarda la ignorancia, las ganas de beber la vida. Yo, de él, aprendí todo hasta sentirme el hombre más afortunado y el ser más insignificante de la faz de la tierra poseído de la belleza que yace en el universo.
Mis ojos, si siempre habían mirado curiosos, Don Arturo los convirtió en cirujanos de la realidad circundante. Me acostumbró a tallar los cincos sentidos, a diseccionar el sonido, el silencio, a leer en los labios de los siglos dormidos en La Alhambra. A segmentar los sabores en el paladar hasta sentir una eclosión de placer aunque fuera por una miga de pan recién orneado. A que las yemas de mis dedos bucearan en la piel de una amapola, en la arena de una playa. A sentarme un día entero ante el azahar hasta emborracharme de su perfume.
Los días se me hacían esqueléticos para lo que yo necesitaba. Leíamos juntos su correspondencia, analizábamos el contenido, seccionábamos las frases de gentes, igualmente eruditas que Don Arturo, versadas en otros campos de la belleza y el arte, como el pintor Sorolla o su amistad con Cecilio Pla. A veces, le pillaba observándome con un gesto entre divertido y asombrado para terminar con una de sus frases favoritas: “Qué mal repartido está el mundo; no perdamos tiempo”
Sí, recuerdo aquella reunión muy bien…
La velada a la que habían acudido otros invitados fue un éxito y, allí, se inició la trama de lo que posteriormente me deparó el futuro. Recuerdo como si estuviera sucediendo en este mismo instante, la cara de Madelaine, sobrina de la anfitriona, entrando en el salón. Nunca había visto a una mujer con aquella piel tan blanca, parecía nácar. Su pelo, entre cobre y rayos disueltos en reflejos dorados, era espeso, recogido en una cascada en la nuca y decorado con un gracioso lazo que le daba un toque ingenuo. Sus ojos…, eran del pálido azul de un cielo cuando despierta en la mañana. Pero, todo esto, fue la primera impresión. No estaba acostumbrado a ese tipo de belleza y, menos, con tanto refinamiento. En mi pueblo como en Cabra, las mujeres son de otra manera, que no digo exentas de belleza, pues ésta es robusta, fuerte como un trigal y de piel curtida. De senos henchidos y desafiantes y caderas preparadas para traer al mundo zagales, uno detrás de otro. Sin embargo, la cintura, las caderas de Madelain,e eran un suspiro.
La reunión constó de tres partes muy bien definidas y al gusto, como me dijo Don Arturo, muy francés. Después de la cena, los varones nos retiramos a un saloncito, anexo al comedor, y cuyos ventanales daban a un exuberante jardín. Al fondo, se podía ver perfectamente la silueta de La Alhambra. No había visto nunca una casa de ese estilo que en Granada se llaman cármenes: dee tapiales rebosantes de verdura que ocultan el rinconcito íntimo y hogareño y, éste en concreto, estaba ubicado en el Albaycín; me dije a mí mismo que algún día yo tendría un lugar así.
Me contó Don Arturo que Chateaubriand llamaba a los cármenes "verdaderos eremitorios de los placeres, asilo de la cansada vida"… Aquel lugar me fascinó, de tal manera, que rehusé tomar la copita de Brandy para pasearme por aquel espacio mágico. Esa noche, el cielo estaba despejado y semejaba a una enorme cúpula de diminutas lucecillas. Tan ensimismado estaba, que no oí las voces que reclamaban mi presencia en el interior; hubo de venir el mayordomo a por mí.
Si fuera, en aquel jardín, tuve la sensación de estar flotando en un universo reservado sólo para unos pocos, lo que me esperaba en el saloncito fue algo que, aún, no atino con las palabras acordes para definirlo.
Dentro, sólo habían quedado tres personas: el afamado pintor granadino, José María López Mezquita, el Señor Rodríguez y mi mentor, que estaba preparando la cámara fotográfica.
-Disculpe, Maestro, por mi descortesía… ¿desea que le ayude?
-Sebastián, por favor, coloca ese haz de luz detrás de la cheese longue- me quedé tan parado ante la palabra que desconocía su significado, que Don Arturo lo captó rápidamente, y, para que los presentes no se dieran cuenta de mi ignorancia, y no herir mis pobres conocimientos, hizo un gesto indicándome lo que era la cheese longue.
Mientras colocaba la luz, me di cuenta del colorido de la estancia. Las paredes estaban tapizadas en tela un verde de hoja madura, lo que hacía que el color de la cheese longue resaltara, convirtiéndola, al ojo espectador, como si fuera la pieza central del saloncito. Su rojo era atrevido, pendenciero, incluso…, pensé en la sangre derramada de Madelaine. Frente a mí, estaban apoyados en un biombo de seda adamascada con pajarillos exóticos, Don José Mª y el Señor Rodríguez, observado muy concentrados todos los preparativos.Yo me movía al unísono de las órdenes de Don Arturo sin darme tiempo a preguntar realmente qué se iba a hacer, cuál iba a ser la siguiente escena. Cuando terminamos, pude ver el rostro de mi maestro que esperaba deseoso el siguiente paso; mis gestos se quedaron mudos cuando la puerta se abrió.Apareció Madelaine con la cabeza alta y una sonrisa triunfal, pero al ver nuestros ojos desgajando sus gestos, la piel de su cara se torno del color de la manzana reineta camuesa, pequeña y roja.
Se había cambiado de indumentaria y, ahora, aparecía con una especie de bata suelta del color de su piel. Estaba tan impresionado que mis sentidos permanecían paralizados; sólo el galopar de mi corazón se escuchó en aquellos breves momentos iniciales. Segundos después, la vi moverse, no sólo con gracia y desparpajo, sino como que si estuviera acostumbrada a esa escena.
Se sentó en la cheese longue y dijo:
-Cuando, usted, desee, Don Arturo.
Mi maestro con un leve gesto de complacencia, movió la cabeza y se dispuso a maniobrar la máquina fotográfica. Madeleine fue lentamente con sus dedos diminutos soltando cada broche de la bata; intuyo que tanto el Señor Rodríguez como Don José Mª no respiraban. Yo comencé a sudar; notaba las gotas resbalar tan lentas como la prisa de mi cuerpo en descargar emociones.
Madeleine, en un gesto gracioso, levantó la cara y nos sonrió con dulzura y naturalidad a todos; después, echó para atrás la bata hasta quedar todo su torso desnudo a la luz del foco, a la electricidad de mis ojos desorbitados.
Su piel nacarina era como un regalo al rojo explosivo y que, sin embargo, Madeleine, con su sola presencia, había anulado el resplandor de aquel terciopelo grana.
No sé decir cuál me gustaba más, si sus brazos redondeados, más carnosos de lo que parecían vestidos o, sus senos directos y bien plantados. No cabían, seguro, en la palma de mi mano; eran más grandes, pero ni mucho menos sugerían que fueran soeces por su tamaño. Aquellos pechos me sugirieron dos primaveras en un día soleado de invierno, que agradeces esos rayos sobre tu cuerpo encogido por el aire gélido. Su figura me irradiaba un goce a la vida, amar la esplendidez fecunda de aquel cuerpo de formas redondeadas y cintura de medio suspiro. Hasta mí llegó el aroma de su piel que no supe qué olor era, pero la sensación que me provocó, fue la de un crepúsculo único en mi, hasta ahora, pobre existencia.Desee recorrer los caminos de aquella mujer llamada Madeleine; estaba dispuesto a dejar todo y correr tras ella. No tocar ni un centímetro de su piel, sólo disfrutar de aquella áurea que despedía.
Aquella noche no pude dormir y comencé a pasear pasillo arriba, pasillo abajo, hasta que desperté a Don Arturo y le hice cómplice de mis pensamientos, no reaccionó como otras veces ante mis salidas de tono. Entonces era indulgente, pero paciente y, cuando se me aplacaba el ánimo, me hacia ver que no era el comportamiento adecuado, que una vez metido en la materia, debía ser capaz de salirme de ella, de cortar el cordón umbilical que me unía a ella y ser el ojo objetivo que comprendiera un total para plasmar la poesía que pudiera encerrar lo que me había conmovido.
No, en esta ocasión, su gesto fue adusto, como si su pensamiento estuviera malhumorado por mis palabras.
-Sebastián, es el momento de que vueles solo, que te encuentres únicamente con tu pensamiento, que te aísles cuan anacoreta y, luego, regreses y seas capaz de plasmar la belleza.
Así, con estas palabras nos despedimos; a la mañana siguiente, cuando me desperté, él ya había partido para Cabra. La dueña de la pensión me entregó el material fotográfico de Don Arturo, un sobre con dinero y una nota escueta que versaba lo siguiente: “Vete a la oscuridad para descubrir la luz”
Y, así, partí rumbo a la costa pensando siempre, siempre en Madeleine.
Pasaron varios meses en que no toqué la máquina; comía muy poco para dar de sí el dinero. La dueña de la casa donde me alojé, se empeñaba en que iba a caer enfermo, me miraba con tristeza, trataba de arrancarme las palabras, pero yo apenas le esbozaba una leve sonrisa. Paseaba horas por la playa; arrastraba mis pies por la arena hasta sentir que las plantas reaccionaban. Mi aroma se convirtió en salitre, mi piel en el tueste de un sol cariñoso que me arropaba y la ola fue mi refugio.
Un buen día desperté y, al fin, vi algo, mi ceguera estaba llegando a su fin. Había logrado despejar de mis telarañas nocturnas los senos de Madeleine y, ahora, estaba contemplando estupefacto el delantal de Dola Lavinia, la posadera. Según me estaba sirviendo el café, la vi, vi el resplandor, la pulcritud y humildad en su quehacer y fui corriendo a por la máquina; ella posó de todas las maneras que mi sensibilidad fue capaz. Paciente, campechana, estuvo con la complacencia esteoritipada en su rostro y mi ojo fue capaz de captarlo.
Mi creatividad se acercó a los pescadores, a sus redes, a sus rostros quemados por el sol. A esa mujeres, millones de mujeres que habían pasado ante mis ojos y que sólo mi cuerpo de hombre había reaccionado. Ahora no, veía seres maravillosos, sencillos y frescos que me inspiraban un todo para aunarlo y plasmarlo en la belleza de una época. Esas mujeres quedarían atrapadas en mi cámara y, a través de los tiempos, surcar sobre la sensibilidad de quien las mirara.El dinero se me acababa, no podía comprar más material y, para colmo, tenía miedo a salir de mi retiro. Miedo a que cuando volviera, las musas se hubieran evaporado en un verano y el otoño sólo me regalara ocres muertos en mi naciente imaginación.
Doña Lavinia me animó a que me acercara a Cádiz a vender mi obra y volví con el ánimo ausente y mi trabajo guardado en las carpetas; no había tenido éxito.
A la posadera no le sobraba el dinero y, aunque su afecto por mí era sincero, no podía mantenerme. Me comí el amor propio y escribí a Don Arturo mandándole lo mejor de mi creación; esperé inútilmente. No recibí contestación alguna.De pronto, me entró el temor que a don Arturo le hubiera pasado algo y nadie me hubiera notificado su óbito; fue la primera vez en mi vida que pensé en la muerte y en el miedo a perder un ser querido. Hasta ese momento, siempre había tenido la sensación de la eternidad en los seres que me habían rodeado, en la seguridad que me daba pensar que ellos estaban ahí y con su presencia, aunque fuera en la distancia, era inagotable, inmune a la muerte; me sentía protegido con esa sensación. Sin embargo, la palabra muerte comenzó a rondar, cada vez con más fuerza, en mis pensamientos y, una mañana de invierno, salí zumbando para Cabra de Santo Cristo.
En el camino paré a ver a mis padres, qué viejecillos les encontré. Me impresionó el respeto, el cariño con que me recibieron a pesar de mi despego hacia ellos. Ahí redescubrí mis raíces y, mi amor se desdobló en orgullo y agradecimiento. Antes de partir, quemé mis últimos cartuchos: hice una serie de fotografías que sentí muy intimas y especiales; el tiempo me dijo que sí. Fue la última vez que vi a mis padres. Una epidemia de gripe se los llevó.
Según me iba aproximando a Cabra, noté la ausencia del vergel, tupido por nacientes jaramagos, lirios y otras florerillas primaverales a las que estaba acostumbrado en Cabra; no me daba cuenta que era ya casi pleno invierno.Me dejaron a la entrada del pueblo; deseaba caminar, respirar ese aire de olivar dormido, otear en la lontananza a sierra Mágina. Y allí encontré entre sus callejuelas, refugiada la figura encorvada de mi maestro. Caminaba despacio, presentí sus pensamientos midiendo ese invierno en su cuerpo de anciano. Sentí, entonces, por él, una ternura indescriptible, una sensación hermosa que en silencio, con la no contestación a mi misiva, había clamado a mi corazón que volviera a Cabra y bebiera de sus últimos amaneceres.
Me aproxime a él despacio, mucho, y cuando estuve a su altura, seguimos caminando como si nunca nos hubiéramos separado. Cuando entré en la casa, mi habitación estaba tal como la dejé y en la mesa esperándome un sabroso cabrito con ajos. Me lo comí todo. Limpié el plato como si hiciera años que no comía y, así, reanudamos nuestra vida en común, nuestro último trayecto juntos.
Tres meses después de mi llegada, recibimos la visita de Madelaine que regresaba de París a Granada. Mis sentimientos habían cambiado. La miré con gratitud, con aplomo de quien mira a una estatua bellísima, valora sus formas, pero no hay atisbo de placer carnal.Comió con nosotros y Don Arturo le pidió antes de partir si sería tan amable de posar para que su alumno captara todo su resplandor. Seguía siendo muy hermosa, ahora con una madurez en su rostro que hacía de ella casi un ser irreal. También, ahora, supe que su aroma era el de los jazmines tiernos.
Don Arturo se empeñó en que tratara de reproducir la misma escena que años atrás en Granada.
Cuando la revelamos, simplemente me dijo:
-Hijo, ya has encontrado la luz.
- Maestro tiene una forma de decir que sólo lo sabe decir el sabio, el que está lejos de lisonjas y apura su humildad- oí mi voz como un eco mientras grababa en mi memoria el rostro de aquel hombre tan grande.
Estuve con él hasta que un 15 de febrero, cuando el sol estaba nublado por la nube ceniza, voló a otros cielos y allí estará sin duda retratando a los alevines de Dios.
La lluvia de recuerdos que han venido hasta mí mientras mantenía el sobre en mis manos, me ha hecho bien. Cada vez que reaparece en mi memoria Don Arturo, es como si una serie de fogonazos misteriosos avivaran mis sentidos para sacar de dentro de mí el artista que él creó.
Abro el sobre y aparece una nota que dice: “Vuelvo a Granada el 13 de mayo, al despuntar el jazmín; él nos inundará con su aroma los atardeceres del verano. Siempre tuya, Madeleine”Junto a la nota, las dos fotos que se hicieron de aquella escena costumbrista, el desnudo que me abrió las puertas del edén de un alquimista de pasiones.
Un poeta árabe escribió:
“El cenador de jazmín es un cielo; sobre él hay pequeños escudos blancos plateados y pequeñas lanzas... Son estrellas de plata que descubren un cielo de crisolita"Don Arturo me dio todo y el tiempo me devolvió a Madeleine envuelta en jazmín.

10 comentarios:

Adolfo Payés dijo...

Me prepare unos cafés para poder leerte con tranquilidad, y aquí me tenes, re leyéndote...

sigo con mis cafés--

te dejo un abrazo inmenso con mis saludos fraternos de siempre

Juan Escribano Valero dijo...

Hola María de los Ángeles: A mi regreso de Vitoria, lo primero que quiero hacer es visitar a mis amigos y, uno por uno decirle.
No se si eres creyente, pero como yo si lo soy me he tomado la libertad de poner tu nombre en mi lista para pedir a Dios en la oración diaria que tengas

FELICES PASCUAS

Un abrazo fraterno en el Amor de Cristo

Felipe Sérvulo dijo...

Mª Ángeles:
Hace tiempo que no te visito. Eso tiene arreglo: te agrego como "seguidor" y me dispongo a leerte.
Un fuerte abrazo.

joselop44 dijo...

Me ha encantado el relato, que además sucede en parte en mi Granada. Mira que son bonios los cármenes, y qu´granadino es el olor a jazmín. Debería salir a la calle a ver si encuetro a alguna Madeleine.
Saludos

Rosario Alonso dijo...

Una historia apasionante donde la belleza no está en el físico sino en lo que representa la luz. El marco de Granada y la vista de la Alhambra no podías ser mejores. Te felcito he disfrutado mucho con la lectura.

Un abrazo

goyo dijo...

Hola Rubia, te dejo comentario en mi primera lectura por que en las demas no lo voy hacer.
Es para leerlo varias veces... es jugoso, nostalgico, poetico,tierno, etc. etc.
Muy lindo, como todo lo tuyo.
Sos una pluma increible.
Ja...tengo una amiga en Madrid, que escribe como lo dioses, comento por estos lares !!! Estoy orgulloso de conocerte.
un beso enorme para ti. mujer bonita.

César Lamara dijo...

Qué bonita historia y qué estampas tan entrañables. Tus descripciones de Granada me han transportado a las imágenes y a los tiempos de Richard Ford, Washington Irvirng, George Borrow...
Aunque Granada es intemporal, como la buena literatura que tú escribes. Un fuerte abrazo.

GAB dijo...

hoLA Angeles buena historia, no soy de Granada pero como si estuviera.

Te tengo sorpresa en el blog..
un abrazo.

Alatriste dijo...

Para un granadino como yo, tu relato fue una caricia en el alma. Desde la fotografía elegida hasta la última palabra, todo es maravilloso en este conjunto de sensaciones convertidas en historia. De lo mejor que te he leído. De lo que más me ha gustado. Espero que Sebastián no vuelva a perder a Madeleine. Besos.

Rosa M. Arroyo dijo...

¡Qué delicia de relato!

Has plasmado de maravilla la luz del paisaje físico de la tierra pero, además, la luz de un paisaje interior con mucha belleza y sensiblidad.

Tiene poesía. Te felicito.