Vídeo promocional de Mujeres descosidas

miércoles, 3 de junio de 2009

TRES DISPAROS

Una mañana de primeros de junio... Es agradable caminar a estas horas. El vientecillo agita las copas de los árboles haciendo de la luz que se cuela entre las ramas un vaivén de rayos temblorosos y cristalinos.
He caminado cuesta bajo más de una hora temiendo que cuando llegue al llano, el sol estará en lo alto y, antes de llegar a mi destino, me deshidrate como no encuentre al menos un riachuelo donde poderme refrescar...

Mi vida había cambiado mucho en los últimos años, a peor, pero no me lamentaba; era lo que había buscado inconscientemente. Ahora era libre, pobre, pero la vida se abría ante mí sin necesidad de rendir cuentas a nadie.
Siempre fui una persona de recursos, ninguna traba me impidió demostrarme que todo era posible y, aunque luego no consiguiera la meta, mi conciencia descansaba en paz porque, al menos, lo había intentado.
Ahora tenía treinta y ocho años, todavía era joven para empezar de nuevo. Mi madre decía que la madurez de una mujer comienza a partir de los treinta y cinco... La echaba de menos, pero su recuerdo me había levantado el ánimo estos años. Tanto, como para aguantar la prisión durante trece malditos años, pero eso era ya pasado.
Esta misma mañana, al amanecer, me habían soltado con una bolsa de deportes, el colgante indio que me regaló Paco, como únicas pertenencias materiales y cien euros guardados en el sujetador tal como me pidió Gabriela que lo hiciera..
Por dentro, no se medían las perdidas en años y, aunque dudosa, me inclinaba a pensar que había ganado muchas cosas...
Cuando entré en la cárcel de mujeres creí adentrarme en un mundo sórdido; en cierta mediada lo era, pero sólo si te quedabas parado en las primeras apreciaciones. A mí no me quedó más remedio que inmiscuirme en aquel planeta que fluctuaba entre el bien y el mar, entre el horror y la soledad. Todas aquellas sensaciones me vinieron a bocajarro aquel 6 de septiembre de mil novecientos setenta y uno cuando, en un juicio plagado de irregularidades, me declararon culpable de asesinato con premeditación.
No hubo premeditación, lo juro. Sí, asesinato. Lo acepte con los ojos de frente mientras me leían la sentencia. Pagaba con mi libertad lo que mi cuerpo y mi mente habían sufrido durante cinco años. Resignada caminé esposada, pero sabiendo que ya nunca más tendría miedo. Y, aunque en la cárcel vence el más fuerte y, a su sombra, se cobijan los satélites hermanos de la debilidad y la inmundicia, aquello sin ser el edén, no me quitó el sueño.
Los primeros tiempos fueron duros, las mujeres recelaban de mis silencios, de mis ojos mirando a la nada menos a ellas. Sí, lo reconozco, me daban asco las lesbianas, las putas, las yonquis, de ahí que tratara de ignorarlas. Pero gracias a que ellas no me ignoraron pude ir lentamente, no sin dolor, conociéndolas y dándome cuenta que no era ni mejor ni peor que ellas. De algún modo, todas nosotras habíamos terminado tras unas rejas después de sufrir verdaderos traumas porque lo que sí estoy convencida que para llegar a hacer lo que habíamos hecho cada una de las reclusas que estábamos allí era la única salida para liberar el mal que nos tragaba sin remedio.
Una a una, nos creábamos nuestra fama de alguna manera. Puta Esmeralda, por ejemplo, que en la realidad se llama Gabriela, su obsesión era robar cualquier tipo de tela y en la oscuridad de la celda cortar con los dientes aquellos andrajos, sábanas, manteles..., lo que fuera e imaginar que era costurera. Calva, que su verdadero nombre era Noelia, era la peluquera. Ver un cabello bonito y ella esculpir en él un peinado. A mí me dio por subir y bajar escaleras, dar vueltas al patio corriendo... No sé, me daba la sensación que neutralizaba la furia que se mecía dentro de mí. Al poco tiempo, una docena de reclusas corrían detrás de mí, y a los dos años me nombraron profesora de gimnasia... ¡Qué cosas!
Lo que de verdad me liberaba era la lectura. Cuando mis ojos y mente se imbuían en las hojas de un libro, presentía que me nacían las alas y volaba, volaba muy lejos de allí; sin duda leía para sentir que no estaba sola.
Al poco de nombrarme como profesora, a Puta Esmeralda se la hicieron realidad sus sueños: dirigir un taller de corte y confección. Sus manos, que no su gusto, eran prodigiosas y muchas nos apuntamos a sus clases. Además de la creatividad impresa en sus dedos, era una mujer viva con unos golpes de humor magistrales. Lástima que cuando la daban las crisis, sus ojos se nublaban y debían aislarla para que no hiciera daño al resto.
Alguien con alma, menos mal, se dio cuanta de que aquel taller de tijeras, aguja e hilos amortiguaba las crisis de Puta Esmeralda y, poco a poco, fueron desapareciendo. En una de las últimas que la dieron, al devolverla a su celda, me pidieron si sería capaz de compartir la celda con ella para amortiguar su soledad. Me habían elegido a mí porque cada vez estaba desarrollando más fuerza en los brazos y en las piernas y ante una crisis de Esmeralda, la podría reducir con facilidad... Y comenzamos a intimar, a saber del ayer que nos había llevado al hoy. Ella estaba encerrada por haber matado a su padre a hachazos después de haberla obligado a prostituirse durante años; no pudo demostrar nada. Sufría pesadillas constantemente y las tijeras con las que cortaba las telas sus puntas eran redondeadas y sus filos apenas cortaban. Sudaba hasta que la tela se avenía a sus apetencias y el último año que estuvo en la cárcel, la dejaron utilizar unas tijeras de verdad; fue toda una fiesta al igual que el día de su partida. Alegres aunque todas lloramos su ausencia. La última noche que estuvimos juntas nos la pasamos en vela haciendo proyectos cara al futuro. Estaba empeñada en que cuando saliera yo me bajara al sur y ella me estaría esperando. Puta Esmeralda quería abrir una boutique de ropa de mujer. Dentro habría un pequeño taller donde se harían las piezas y me propuso ser su socia. Aquello no me dejaba de parecer descabellado, pero se la veía tan feliz que no sólo no la quité la idea de la cabeza, sino que, además, la animé a que diera el paso, y yo estaría encantada de ser su socia.
Un año después, recibí una carta diciéndome que el proyecto había sufrido un pequeño traspié pero que en breve estaría solucionado. Mientras había tenido que recurrir de nuevo a la prostitución para hacer frente a los gastos, y había tenido que claudicar a un negocio que aunque la había partido el alma, anto todo era su supervivencia.
Después de haber tenido durante meses cartas repletas de faltas de ortografías, pero llenas de esperanza, su última misiva fue demoledora; perdí la fe en ella y en mi futuro.
Me sumergí sin darme cuenta en una honda tristeza, ni la lectura podía distraerme y, sin saber cómo, volvieron mis miedos y cada noche soñaba con Paco: siempre le veía a mis pies. En su tórax, tres agujeros de los cuales ya no manaba sangre. Ésta yacía seca mientras los ojos de Paco me miraban fijamente. Otras veces, me despertaba en medio de la noche porque creía oír su voz amenazándome o vomitando aquellos insultos tan vejatorios... Nunca lo denuncié, me podía más el miedo a las represalias, así que seguí aguantando sus celos, los arrebatos de rabia cuando su miembro viril no reaccionaba, decía que era culpa mía y... Aquella madrugada entró dando un portazo, no sé que le había pasado, pero estaba fuera de sí. Yo me hallaba desvistiéndome pues había esperado con la cena puesta desde las nueve de la noche. A la una decidí irme a la cama. Fue cuando Paco llegó y al verme se abalanzó sobre mí; me violó como un animal. Después, se quedó dormido; yo me levanté y al ir a recoger la ropa que estaba tirada en el suelo, de su chaqueta cayó una pistola pequeña. Primero la miré durante un largo rato. La toqueteé, no sabía cómo funcionaba; luego..., disparé tres veces.

... Dos días antes de salir de la cárcel volví a recibir noticias de Puta Esmeralda; fue la tabla de salvación.
Lo que nunca me había pasado, ahora se me hacía cuesta arriba. Mi futuro no era negro, simplemente no existía y de nada había valido que recuperara mi libertad; en esos momentos mi inseguridad me ahogaba. No hacía otra cosa que pensar que después de trece años adónde iría, qué haría... Pero la misiva de Gabriela despejó mis dudas.
Se había establecido en la costa, un lugar turístico y donde corría el dinero, según ella. Si iban mal las cosas, allí sería más fácil encontrar salida... Me maliciaba las salidas de Gabriela en caso de que el negocio de costura nos fuera mal. Ella volvería a la prostitución, seguro o, a esos negocios oscuros que la había mencionado en una de sus cartas. ¿Pero yo?
Esta mañana cuando me han soltado, he cogido una línea de Autobús siguiendo las indicaciones de Gabriela. Cuando he llegado al cruce de caminos que explicaba en el correo, me he bajado del bus y tomado el bosquecillo que baja hacia la costa. Lo llaman el Bosquecillo Encantado y me insistió Gabriela que veré un panorama de la costa tan hermoso que nunca olvidaré.
Me gusta este paseo, nada de dar vueltas al patio, correr para no avanzar. Ahora voy andando, trece años de entrenamiento para poder avanzar hacia un presente durante veinte kilómetros. Siento mis piernas fuertes, vivas, con ganas que se acercan ya al mar pues lo veo ya desde este alto en el horizonte. Mis ojos están llenos de belleza y presiento que he llegado a mi destino; no quiero más, por fin soy feliz, estoy en paz... ¿Qué es lo que veo? No puede ser, no, no puede ser... El terror me ha paralizado...

Epílogo

14 de junio, 1974

El periódico local reseña los sucesos acaecidos la semana pasada en el Bosquecillo Encantado, un área extensa de bosque mediterráneo que baja hasta la costa, donde la semana pasada la guardia civil encontró el cadáver de una mujer con tres disparos en el pecho; en su mano izquierda, una pequeña pistola.
Hasta el momento poco se ha sabido de este hecho ya que se ha declarado secreto de sumario.
Únicamente ha transcendido que el cadáver de la mujer pertenecía a una ex reclusa que esa mañana había salido en libertad después de cumplir trece años de condena, y se sospecha que es un ajuste de cuentas, no un suicidio.

3 comentarios:

Juan Escribano Valero dijo...

Hola María de los Ängeles: Tienes una gran capacidad para escribir relatos, que además son muy interesantes, hoy que he tenido un rato de tiempo libre he leido tambien el titulado "DESDE EL ABISMO" espero ponerme al día pronto
Un fuerte abrazo

joselop44 dijo...

Saludos, aunque sin tiempo para leer quería al menos dejarte el saludos. Espero que esta noche o mañana a más tardar pueda leer lod dos últimos relatos. No por obligación sino por devoción.
Un abrazo y feliz domingo.

joselop44 dijo...

Me ha encantado, el final me ha dejado sin aliento.
Saludos