jueves, 29 de octubre de 2009

PUNTITO CHIQUITO

El tren frenó estrepitosamente. Los cuerpos de los viajeros avanzaron más allá de sus asientos y los enseres rodaron por los coches sin amo ni rumbo. Algunos que iban durmiendo, se despertaron y se pusieron a chillar en defensa propia, por si acaso.
-Mi arma, cállese o terminará asustando al tren- ésta es la voz de Paquito que también iba durmiendo placidamente cuando el frenazo le arrancó de los escenarios. Soñaba que el teatrillo estaba lleno y la gente en pie no paraba de aplaudir. Su espectáculo se llamaba Triana… Pero la realidad es más cruda, irreversible, diría Paquito...
Se estira en el asiento como puede ya que la mujer que sigue gritando es tan gorda como las vacas de su tío Rufo y apenas le deja hueco; no hay problema, Paquito es la mínima expresión de ser humano que te puedes echar a la cara. Según su padre, a la madre que le parió se le acabaron las fuerzas después de nueve embarazos y, cuando se quedó preñada de Paquito, no había más materia, así que la criatura que llegó al mundo era diminuta. Con el tiempo, el muchacho aprendió a tener las espaldas anchas y echarse en ellas todas las risotadas que provocaba su persona. Sin embargo, se le reconocieron rápidamente tres cualidades: era fuerte, alegre y su voz como la de un ruiseñor.
Desde chico corrió por sus venas el flamenquito y, cuando las monedas se acababan en su casa, no dudaba en irse a la taberna, subirse a una silla y cantar. Al terminar, se bajaba de la silla, la colocaba en su sitio y, estrujando su gorrilla, pedía una limosna.
Nunca nadie, hasta ese momento, se había preocupado, ni siquiera su madre, de saber qué dotes tenía aquella criatura diminuta de ojos cristalinos y alma al viento, pero un día en la taberna, un hombre que siempre se sentaba en el rincón derecho junto a la ventana, posó los ojos en el niño. Era un hombre extraño con la mirada perdida y, en sus manos, invariablemente una copa de anís y una pluma.
Paquito pasó con su gorrilla junto a la mesa de aquel hombre y vio el papel que había encima de la mesa lleno de dibujos incomprensibles para él y osó preguntar:
-¿Qué es eso?-como el hombre no contestó, Paquito insistió- ¿Qué hace usted, señor?- entonces el hombre bajó el rostro en dirección del niño y le sonrió. Paquito recuerda que fue la primera sonrisa con cariño que le dedicó un ser humano; la guarda en su corazón como el mejor tesoro.
-Escribo poesía, chaval.
-Dígame una poca, señor. Yo, después la cantaré- y el hombre le leyó y Paquito con aquel desconocido aprendió a soñar.
Desde aquel día, todos los días se escapaba un rato e iba a buscar al poeta. Éste se apiadó del chiquillo y comenzó a enseñarle a escribir. Su alumno puso tal énfasis en las enseñanzas que en apenas dos meses el chico comenzó a trazar sus primeros garabatos. Pero el padre del muchacho, un hombre violento, descubrió lo que su hijo se traía entre manos, y una tarde se acercó a la taberna propinando al poeta tal paliza que le rompió uno de las manos y la mandíbula. El padre pasó un par de semanas en el calabozo, y el poeta no volvió a escribir; le había destrozado la mano derecha. El poeta comenzó a beber, beber tanto que un día Paquito lo encontró tirado en el camino.
-Maestro, maestro despierte. Venga, le llevaré debajo de aquel árbol y robaré una poca leche para usted… Maestro despierte.
-Paquito déjame, quiero morir.
-¿Y qué voy a hacer solo? No puede morir aún, no ha terminado de enseñarme a escribir.
-Paquito…-el maestro en ese momento tosió sangre manchando a Paquito con puntitos rojos la camiseta andrajosa que llevaba puesta. El maestro al darse cuenta, se echó a reír- Paquito mira esos puntitos chiquitos que te he regalado, son como tú- hizo una pausa para luego reanudar su voz con enorme esfuerzo- Paquito camina, camina y coge un tren. Vete de aquí…
-Maestro me iré con usted. Venga levante.
Pero el maestro de Paquito no volvió a levantarse. Le enterraron en una fosa del cementerio junto a la tapia donde cada día se colaba un hermoso rayo de sol, y allí iba todas las tardes el chiquillo con papel y un lápiz que robó al tabernero para escribir mientras su maestro descansaba eternamente.

Pasaron cinco años antes de que Paquito se subiera a un tren como le pidió el poeta y, cuando lo hizo, sintió que sus pulmones se llenaban de aire. Había soñado tanto en viajar en tren, un sueño de ida y vuelta meciendo la magia de las letras que crearía sobre un raíl, sobre el humo de una locomotora, que sólo pensarlo tiritaba de emoción.
Con él llevaba un atillo con sus escasísimas pertenencias que se resumían en los poemas de su maestro, papel, lápiz y la camiseta ensangrentada de aquel día; no más.
Contaba diecisiete años. Su madre acababa de morir, de lo cual Paquito se alegraba. No es que la deseara ningún mal porque jamás hubiera reparado en su hijo pequeño, pero éste la respetaba a pesar de todo y sentía que su madre era una eterna desgraciada, así que era bueno que dejara de sufrir. Él la defendió de las palizas del padre y, cuando ella voló al cielo, Paquito estuvo seguro que su madre se hallaría en alguna de las estrellas que tanto brillaban en las noches de verano… Y el chiquillo se metió de polizón en un vagón de ganado que iba camino de Cádiz. Allí, precisamente, con el traqueteo y el aroma a carbón escribió su primera coplilla o lo que entendía él que debería ser una copla “Entre paja y vacas, mi alma desplegó las alas para convertirse en el tren de los sueños…”

La primera vez que Paquito vio el mar lloró, una emoción honda corrió por sus adentros. Pasó cuatro días en la playa contemplando la inmensidad plata que se extendía ante él. Por las noches dormía con el rumor de las olas y despertaba con el canto de la gaviota. Cuando le rugieron las tripas, levantó el campamento y fue en busca de algo que comer. Pero no lo buscó en cualquier sitio. A él lo que le tiraban eran las tascas, las tabernas. Iba recorriendo calles, se asomaba como un perrillo sin amo y proseguía camino. Hasta que encontró una que se llamaba “El Aguilucho”; entró. Pidió una tosta de pan con aceite y un vaso de agua. Se apoyó en la barra a contemplar el ambiente y, después de un buen rato, llegó a la conclusión de que aquel lugar tenía magia.
-Señor, ¿necesita ayuda? Puedo fregar, barrer, cantar a cambio de un poco de comida- Paquito no perdía nada por preguntar aunque estaba seguro de la contestación y, a continuación, le echarían a patadas. Pero se equivocó.
-¿Comes mucho?
-Menos que un pajarillo, Señor.
-Vete al fondo, coge el delantal que está colgado y ponte a barrer la entrada.
Y así comenzó una de las épocas más bonitas de su vida. Trabajaba mucho y duro, pero era feliz. Por las noches la tasca se llenaba de gente. A la semana de estar barriendo y fregando, Paquito se atrevió a preguntar a Pascualón, el dueño, si le dejaba cantar.
-Súbete a la silla porque si no, nadie te verá- y Paquito se subió a la silla y comenzó a cantar su flamenquito que salía del alma, de aquel ser diminuto que no llegaba en estatura al uno cincuenta.
Una noche, sirviendo unos vasos de vino en una mesa, un hombre le preguntó entre carcajadas cuál era su nombre artístico, y él muy serio se quedó callado unos segundos y después contestó “Puntito Chiquito, señor”
Su tiempo en el Aguilucho duró tres años, treinta y seis meses de vida cómoda y en paz para Paquito. Cada noche se subía al escenario improvisado y cantaba las letras surgidas de un rostro que pasó por allí, de una tortillita de camarones…, de cualquier cosilla que le inspiraba para que el flamenco fluyera por su garganta. Y siempre terminaba con la misma canción “Subido al tren de un sueño”.

Pero Paquito sabía que su vida eran retazos descosidos y que todo se terminaba para él, y una vez más enterró a un ser querido. Pascualón murió una mañana sin más, sin hacer ruido, se le paró el corazón y Paquito hizo su atillo volviéndose a montar en un tren tres años después.
De nuevo de polizón y, entre ovejas siguió escribiendo sus letrillas hasta llegar a Sevilla. Esa ciudad le hipnotizó aunque le faltaba la mar. Vagó varios días sin rumbo, regresando a dormir a las puertas de un convento. ¿Por qué allí? Se preguntaba Paquito. No era el mendrugo de pan que se encontraba cada mañana al despertar lo que le ataba a aquel lugar sino las campanas, las voces angelicales que escuchaba antes del amanecer tras aquellas puertas. El aroma a incienso que salía por debajo de la puerta… Esas pequeñas cosas que a Paquito le abrieron un mundo de sensaciones nuevas.
El colofón fue cuando una mañana cruzó el río a ver que encontraba en esa parte de la ciudad y vio una iglesia abierta y entró; su corazón se quedó prendido a la imagen que estaba ante él. No sabía rezar, nunca lo había hecho y comenzó a musitar su flamenquito a aquella mujer cubierta con un manto cuyo rostro emanaba bondad. Al salir, frente a la iglesia había una tasca y preguntó tímidamente que si la imagen que había en esa iglesia tenía nombre. El hombre que estaba secando un vaso en ese momento, le miró con recelo primero y, después le vomitó a la cara:
-¿Pero tú de dónde sales, quillo? Es la Esperanza de Triana.
-¿Puedo ayudarle a secar los vasos?- Y Paquito comenzó una nueva etapa de su vida cuyo futuro nadie sabía. Él, acostumbrado a no tener esperanzas, aquel lugar le hizo sentir como si hubiera llegado a algún puerto.
“Anselmo, el dueño, es tan buena gente como el difunto Pascualón”, pensaba Paquito cuando se sentaba invariablemente en el último banco de la capilla de los marineros a contemplar a la mujer cuyo rostro le achicaba el corazón. También le daba por pensar que le hubiera gustado tener una madre y esconder en su regazo el rostro cuando sentía miedo porque Paquillo comenzaba a sentirse muy solo a pesar de que toda la vida había estado solo. Pero nunca había sentido la soledad como ahora. Sus letras cambiaron, eran más tristes, más profundas. Algún amanecer que otro se acercaba al convento -ahora ya no dormía allí sino en el patio de la tasca tapado con cartones- a escuchar las voces angelicales y él, Paquito, Puntito Chiquito, desde la calle cantaba su flamenquito triste haciendo coro a las otras voces.
Una mañana se preguntaba mirando a la virgen de la Esperanza el porqué de su tristeza, y de algún sitio surgió una voz que le dijo “Es Triana”
Y es que Triana era la hija de Anselmo, mujer que según entraba con el cesto de la compra en la tasca de su padre a Paquito se le arrugaba el estómago. Claro, al pobre Paquito no se le había podido imaginar que el amor había llamado a su corazón. No reconocía un sentimiento tan universal como el amor. ¿Pero cómo una mujer de semejante belleza cuyos ojos despedía fuego y pasión, iban a posarse en un hombre como él?
Para dar rienda a su quemazón cantó y cantó su flamenquito en la tasca de Anselmo. Toda Triana se hizo eco de la voz desgarrada y honda del chaval, y de esta manera llenó los bolsillos del dueño de la tasca; él apenas unas monedas, pero acostumbrado a no tener nada, con sólo que le dejaran cantar ya tenía bastante.
Y llegó el día más triste de la vida de Paquito después de la muerte de su maestro. Triana se desposaba con un hombre que no era él.
Antes del amanecer, recogió su atillo, besó la estampita de su Virgen y se acercó a despedirse de las voces angelicales. Fue un instante mágico, recuerda ahora Paquito. En un momento en que cantaban cual gorrioncillos, él, Puntito Chiquito les hizo coro, pero en un minuto determinado, los gorriones enmudecieron, escuchándose tan sólo la voz aflamencada de Paquito resonando en el empedrado de la calle estrecha y retumbando en los muros de las casas; fue sin duda un santiamén bendito.
Cuando se hizo la luz, Paquito se encaminó a la estación a ver en qué tren se iba; su vida se había convertido en una sucesión de estaciones donde entraba y salía dejando amores en unas, enterrando pasiones en otras, y buscando futuros en los trenes que le esperaban.

… Y para la primera vez que pagaba un billete como Dios manda, le había tocado al lado de una gorda que no dejaba de gritar.
Paquito se levantó, no soportaba más a esa mujer. El tren estaba parado en medio de la vía y bajó a darse un paseo, a pensar, afición por la que cada día sentía más apego y ya que la mañana pintaba hermosa, tal vez encontraría inspiración; todo menos estar con aquella mujer gorga y chillona.
Aunque con la pena pegada a sus entrañas, debía probar fortuna e ir a Madrid como muchos otros que llegaron a la capital con las manos vacías como él. Recordó al hombre que una noche se le acercó después de cantar y le extendió una tarjeta diciéndole:
-Si alguna vez te decides ir a Madrid, ven a verme. No te faltará trabajo.
Paquito con la mano izquierda metida en el bolsillo del pantalón, manoseaba el trozo de papel del desconocido “Sí, nada más bajarme en la estación de Atocha iré a verle”, se dijo.
Era la primera vez que intuía algo de su futuro y, aunque estaba desgajado por dentro y los ojos de Triana quemando sus entrañas, le hacía ilusión acercarse a la capital de España. Allí también llegó un día Manolo Caracol y triunfó. ¿Por qué no le iba a pasar eso a Puntito Chiquito? Alguna vez la suerte se quedaría con Paquito y así podría hablar largo y tendido de los misterios de la vida, cantar hondo, sin prisas ni miedos para aliviar penas y lejanías, y convertir definitivamente el flamenco es una forma de vivir.

La vía brillaba con los rayos del sol, era como la plata de su mar gaditano, pensó Paquito mientras fumaba. Al volver la cabeza, la escena seguía siendo bellísima: unas suaves colinas plagadas de olivos se despedían del sur en el que había transcurrido hasta ahora su vida… Y como siempre hacía cuando la emoción le subía a la boca, se puso a cantar su flamenquito hondo. Tan concentrado estaba en los versos que surgían de la garganta que no oyó que el tren arrancaba, ni el maquinista vio a un hombre diminuto a un lado de la vía; las ruedas pasaron por encima de una voz que desgarraba en ese momento un sentimiento.
Una pasión quedó aplastada por el chucuchú del tren. El cuerpo de Puntito Chiquito quedó tendido sobre el acero plata, tan plata como el mar gaditano.
Dentro, en el tren, la mujer gorda, tanto como las vacas del tío Rufo, había callado. Para estar más cómoda tiró un bulto que estaba en el asiento de al lado; era la vida de Paquito envuelta en un atillo.
Ya no habría más estaciones para Puntito Chiquito; ésta había sido la última.
Él, que ahora creía intuir un futuro…

En algún coche del tren alguien canta un fandanguillo, una bulería, un tango…, qué más da, pero la letra dice así: “En el tren va mi futuro/ ya llega mi suerte maestro/ ya llega montá en un tren/ vestidita de plata y ojitos negros como mi Triana”
-Es la voz de un ruiseñor. ¿Quién canta?, ¿sabe usted?-pregunta la señora gorda a otra que está más seca que la mojama.
-Tal vez un ángel, señora, que dejó sus alas rotas en la vía de un tren.

4 comentarios:

calamanda dijo...

Aquí donde vivo te dirían ¡Ole
por ti!...tremendo relato,tengo que
decirte que antes de leer que
Paquito iba camino de Cádiz, yo ya
me lo imaginaba en un tabanco de
El Puerto de Santa María, Chipiona,
Sanlúcar de Barrameda...pueblos que
yo conozco bastante bien, pero
hubiera mencionado primero a Jerez,
no lo he hecho porque el mar queda a 11 Km.

Se te echaba de menos.

Un fuerte abrazo.

Tengo la mala suerte de que mi blog
no se actualiza.

Juan Escribano Valero dijo...

Hola María de los Ángeles: Tremendo relato me ha dejado tan triste que no se si podre conciliar el sueño bien, de todos modos me ha gustado como siempre.
Un abrazo

Albino dijo...

Has escrito nuna historia entre sentimental y trágica. No se si habrá muchos Paquitos por el mondo. Lo más probable es que si, pero ninguno tendrá una biógrafa como tu.
Enhorabuena, Maria Angeles, por tu buen hacer en este campo de la literatura que es narrar una vida dificil con un final en el que se mezcla lo tragico de la muerte y posiblemente lo positivo de la reureccion. Porque Paquito volverá.
Un beso

JAVIER dijo...

Vaya que buen relato, lleva su poquito de tristeza pero tambien una gran carga de reflexión... Mejor no pudo quedarte.

Un gran abrazo desde Japón.