viernes, 22 de enero de 2010

EL CEMENTERIO DE LAS PALABRAS MUERTAS

Llevo horas vagando sin destino, la ciudad se ha convertido en un saco de escombros, de ruido sin sonido que comunique. Sólo alaridos, quejas mudas.

Las calles están enterrando a las palabras porque no hay quien las escuche. Espectros que caminan con la prisa de salvarse porque han perdido la razón de ser.


La tierra nos ha devorado, no nos quedan ni los ojos. Nuestras lenguas se agitan para clamar al cielo que las entrañas dejen de rugir. Luego volvemos a enmudecer, al mutismo infernal de la desesperanza.


Doblo una esquina, un árbol a medio tumbar me llama. Me siento junto a él y cierro los párpados; necesito dejar de pensar lo que no pienso… Me duermo y cuando despierto, recito el sueño: mi humilde casa mirando al paraíso, campos sembrados de mango. A un lado de la casa, las sabanas secándose al sol tierno del mediodía. Lusandia chasqueando la mecedora mientras su sonrisa se tuesta en mis ojos; pronto dará a luz a nuestro primer hijo. Se llamara Adel, como mi padre. Tan sólo faltan dos semanas para tenerle en mis brazos y mis manos trabajaran la tierra para darle un porvenir mejor que el mío. Sabrá leer y escribir como su madre. Tal vez pueda ir a la universidad y hacerse doctor. Lusandia y yo le veremos crecer fuerte y vigoroso como la caña de azúcar…


Pero mis ojos al terminar de contarme el sueño se han topado con la oscuridad. Me he incorporado y he seguido caminando. Las estrellas iluminan lo poco que queda. Sigue el silencio, el humo entre los escombros; un gato negro se pierde entre las ruinas.


Un soldado me para enfocándome con una linterna. Me he puesto las manos delante de los ojos y me he dado cuenta que por ellas hay regueros de sangre seca… Me pregunta que a dónde voy. Le doy un manotazo y sigo mi camino, pero al rato, escucho el silencio mudo que se queja. Paro; vuelvo a escuchar un llanto tan débil que me asusta. Trato de orientarme y logro saber por donde sale el maullido; me acerco a unos escombros, ahora lo escucho con más nitidez, pero no tengo luz, no puedo ver nada. Vuelvo la cabeza en busca del soldado y corro por donde he llegado en su busca; me vuelve a enfocar mientras escucha mis palabras atropelladas. Los dos nos ponemos a correr hasta que llegamos donde creía haber escuchado el llanto; sólo hay silencio. El soldado me hace un gesto de que nos sentemos a esperar. Saca un cigarrillo, me ofrece uno, y la ceniza cada vez que la aspiro enciende como un pequeño fogata en mi interior… De nuevo un quejido. El hombre se levanta precipitadamente y me tiende la linterna. Nos acercamos a los escombros y mientras yo enfoco, él quita de aquí y de allá hasta que hace un agujero entre la montaña; gatea y le pierdo de vista. Yo, comienzo a temblar; las palabras han vuelto a enmudecer…


No tengo reloj, pero veo que el horizonte clarea. No he vuelto a escuchar al soldado. Apago la linterna y me siento. ¿Qué estoy esperando?, me pregunto; los milagros en mi pueblo no existen, me dicta mi subconsciente. Pero de pronto, tras de mí escucho algo; me vuelvo y los escombros que están alrededor del agujero que hizo el soldado se están moviendo. Corro hacia allí y me asomo. Una cabeza inerte asciende hacia mí. Tiro de ella y sale todo un cuerpo. Es el de una mujer. La arrastro hasta la calzada y pongo mi mano en su corazón. No late. Era joven, mucho, pero no me da tiempo a perderme en estas reflexiones, ahora tan absurdas porque sigo escuchando ruidos en el agujero y vuelvo hacia allí… Ya veo las manos del soldado que me están tendiendo un bulto; lo atrapo, corro hacia la calzada, lo deposito sin mirar y vuelvo al agujero. El soldado trata de salir. Le ayudo y cuando lo logra, queda tumbado encima de los escombros. Le muevo pues me he asustado de nuevo; no quiero quedarme solo, no lo resistiría… Está ya amaneciendo y el soldado gira su cabeza hacia mí. Está sonriendo y yo también.


De repente, me pregunta qué ha pasado con el bebé; no le entiendo. Se levanta tropezándose y se va a la calzada. Yo le sigo sin entender nada.

Se agacha y destapa el bulto; de él asoma una manecilla moviéndose, tan pequeña que, del susto, me caigo hacia atrás; el soldado suelta una carcajada y me extiende sus brazos para que coja al niño.

Estoy temblando, debe ser un recién nacido, es diminuto. Le acerco a mi pecho para darle calor. Debe gustarle pues su gesto es complacido. El soldado nos observa mientras se fuma un cigarrillo. Al cabo de un rato me dice.

-Cuídalo. Su madre es ésa que está ahí- vuelvo la cabeza a mirar el cuerpo; no me quedan lagrimas, y aprieto más fuerte a la criatura contra mi pecho.



… Ya no estoy solo ni lo que me rodea parece un cementerio de palabras muertas, Adel está dormido en mis brazos, no dejo de hablarle, sé que él me escucha. Voy buscando un poco de leche. ¿Saben ustedes dónde la podré encontrar?



2 comentarios:

Juan Antonio dijo...

Me parece maravilloso este relato y va mucho en mi linea .Has sacado de una experiencia terrible y sobrecogedora el milagro de la vida.Vida donde solo hay muerte y destruccion, pero la tierra se vuelve fecunda y genera vida,devuelve vida por que es su ciclo natural.Bonito relato para asesorar de una manera rotunda a aquellos que luchan por el derecho a matar a un "feto".A pesar de todo y por que confio en mi Dios ,tengo la esperanza que tambien en Haiti volvera a amanecer.Gracias por escribir como escribes

Albino dijo...

Has estado soñando con Haití y lo describes estupendamente, como si lo hubieras vivido.
Yo tuve la desgracia y la suerte de vivir un terremoto grande en Santiago de Chile. La desgracias por ver los daños, aunque en mi casa solo se desplomó una chimenea y se requebrajó un tabique y la suerte porque, por un azar, fui el unico periodista que pudo dar la primera noticia a todo el mundo.
Un beso