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martes, 20 de abril de 2010

OJOS

Mis lunas color castaño son tan etéreas como la misma luna blanca que me acompaña en las noches de insomnio.
Los párpados de mis sueños más negros emulan abanicos agitados por pestañas que caen de una en una para no hacer ruido y así, no despertar a mis ojos abiertos. No se cierran jamás y las órbitas de mi imaginación confunden destellos con ansias de llegar ¿Dónde? Al sueño eterno.
Veo el más mínimo detalle, perfilo cuantiosas fortunas de un dolor
que apenas siento. Esta constante aún por dura que parezca, que lo
es, no termina de definir la peor faena de mi vida. No busco el
burladero, al contrario, deseo encontrar el pitón certero y su asta mortífera, pero esta muerte me desdeña. Se hace anhelar como el mejor amante del mundo, y no sabe que no quiero amante posible sino el fin que no llega.

Ya no hay ráfaga de viento que alivie mis ansias más profundas de
caminar hacia la puerta grande, ésa ya no existe para mí, se cerró de un portazo cuando el sol jugaba entre mis dedos infantiles. Desde entonces, estoy en vigilia viendo la vida pasar, la de otros por supuesto, la mía, inútil es que descifre los designios de un todo poderoso que decretó que mi cuerpo se postrase en humilde posición, que la cabeza moviera los hilos dorados del entendimiento en mis noches de luna constante, y mis ojos permanecieran en una visión continua de lo que acontece en mi calidad de observadora implacable.

Ni el sonido desvela mi lucidez más astuta, no oigo. Mi lengua
trémula no se agita como la de otros, permanece inerte, así como mis gestos ausentes desde el más allá, nunca más regresaron, se
evaporaron con mi sonrisa, con el guiño a la vida que yo amaba. Crecí sin rencor para estallar cuando él apareció, entonces quise morir. No sabía qué era la muerte pero la ambicioné, la deseé tanto como amé a sus manos que me rozaban en afán de templar un corazón que existía, él lo sabía. Mis ojos penetraban en sus gestos que pedían caridad, pero se me negó también.

Deseché la idea de morir y quise hablar, expresar una poesía para que él viera que yo era persona, no pude, mis cuerdas estaban mudas. Entonces, dejé de querer, de desear y esperé a la nada con mis ojos desvelados.

De niña, pasé a mujer y los rostros que asomaban a mis dos ventanas iban mutando como las sensaciones que corrían por mis venas. Alguien que subsistió al tiempo se le ocurrió un buen día poner frente a mí un calendario, cada día que pasaba lo tachaba y cuando ese diario acababa, ponía otro, para mí era un martirio recordar como se cuentan los días sin años, sin techumbre donde guarecer el dolor de mi constancia.
Pero, apareció él, y aún después de que la nada fuera mi virtual
amiga, él desdijo a los hechos consumados de un fin que no llegaba. Aquella noche, cuando mis lunas se bañaban placidamente sobre su
rostro, él se convirtió en el picador más experto. Atizó en mis venas la nada más luminosa que yo hubiera imaginado.

Sólo siento no haber podido decirle ¡Gracias!

2 comentarios:

Juan Julio de Abajo dijo...

Sólo se empieza a vivir cuando se deja de intentarlo. Si no puedes - o no sabes - decir ¡gracias!, di ¡adiós! El pesimismo es la negación del portentoso poderío ante los imponderables. Y tus arrastres, cadenas de eslabones que bien debieras - quizás por tu bien - ir desmembrando uno por uno hasta la libertad y todo lo que ella - la libertad - conlleva.

Un beso y un abrazo, de corazón a corazón.

JULIO.

Fran dijo...

Impresionante, trágico y sorprendentemente poético.