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viernes, 15 de octubre de 2010

LÍA

“Hasta los pijos tienen un corazón sensible y noble”… Lo pensé mientras me alejaba del lugar y abrazaba a Lucas con todas mis fuerzas…

Aquel día Lucas despertó mal; tenía la cara hinchada y apenas podía abrir los ojitos. Llamé al teléfono de urgencias que me habían dado y me dijeron que me acercara a la clínica lo antes posible. Le tapé con una manta de bebé y me encaminé apresuradamente. Era una mañana gris, de viento desapacible y, según caminaba, las hojas otoñales revoloteaban a nuestro alrededor. El otoño había llegado sin hacer ruido, sin casi enterarme que se había ido un verano más en mi vida. En un escaparate anunciaban ya Halloween; las calabazas jugueteaban tras el cristal dando una nota alegre frente al día cenizo.


Cuando llegué a la clínica, hube de esperar; la trampilla permanecía cerrada. De reojo pude ver un coche con dos personas dentro que parecían estar esperando al abrigo del calor. Al poco, vi acercarse a Manuel, el hombre que siempre nos atendía desde que había nacido Lucas. Era un chico joven, afable y que adoraba su profesión. Es algo intuitivo pues quien ha nacido para realizarse en la vida con algo, tienen una sensibilidad especial que hace que sus acciones sean doblemente buenas.


Entré detrás de Manuel, pero sentí a mi espalda el golpe seco al cerrar las puertas de un coche; debían ser los que estaban esperando, pensé.


Mientras Manuel encendía las luces, me volví para ver los rostros de los dos desconocidos. Cual fue mi sorpresa al descubrir que nada menos estaban los dos más pijos del barrio. Era una pareja de mediana edad que rebosaba glamour por los cuatro costados, no lo voy a negar: siempre bien vestidos con ropa cara y de marca, ademanes elegantes, gestos muy chic aunque altamente insoportables. Solía coincidir con ellos a última hora de la tarde en el supermercado, sin duda salían como yo del trabajo y, camino de casa, aprovechaban para hacer la compra. Más de una vez me quedé mirándoles hasta que desaparecían por el largo pasillo del súper, tal vez fascinada por sus andares jactanciosos, y como si se hubieran tragado el palo de una escoba que les impidiera encorvarse, por lo que miraban con actitud altiva a sus semejantes. Al llegar a caja, más de una vez, les vi detalles despreciables como no dejar pasar al típico anciano que va con una lata de cualquier cosa; sólo un bulto mientras ellos iban cargados. O no devolver la sonrisa a la cajera que estaba haciendo un esfuerzo por ser agradable con el cliente olvidando las horas que llevaba de pie, o el cansancio que se restregaba contra sus entrañas.


… Una vez que me sobrepuse de la sorpresa, vi como ella se quitaba unas enormes gafas de sol y rompía estrepitosamente a llorar; acción que me descolocó totalmente. Hasta Lucas hizo un esfuerzo por intentar abrir los ojos y ver que pasaba. El hombre llevaba un enorme bulto en los brazos tapado con una manta. Rápidamente intuí lo que podía pasar. La intuición me hizo estrechar más aún a Lucas contra mi pecho.


Manuel me indicó que pasara y que le entregara a Lucas; éste se agarraba a mí con todas sus fuerzas. Su cuerpecillo diminuto temblaba como si le estuvieran dando espasmos. Después, me salí de la consulta y me dispuse a esperar. Me fui directa a sentarme junto a la pija que no cesaba de llorar mientras besaba incesantemente con pena, con, rabia, sin consuelo, al bulto que portaba el pijo.


De pronto, la mujer se volvió hacia mí y llorando me dijo:


-Se me muere, tiene un tumor incurable, no deseo que Lía siga sufriendo. ¿Por qué Dios se lleva a los seres más buenos, por qué, dime por qué?


Quise balbucear alguna palabra de consuelo, pero mi voz se negaba. Se había quedado atragantada a medio camino. No así mis manos que corrieron a estrechar a aquella mujer tan pija y que, en ese momento, se había derrumbado esa capa extraña e insensible con que la sociedad suele dorar a algunos seres humanos. Ella no dejaba de repetir su propia desgracia mil veces, éstas intercaladas con un sincero gracias por el consuelo que intentaban ofrecer mis manos.


En esto, salió Manuel para indicarme que debería esperar un poco pues la inyección que tenían que poner en vena a Lucas estaba agotada en la clínica y la había solicitado a la farmacia que se la llevaran cuánto antes. Al terminar la explicación, se volvió hacia la pareja de pijos y, con enorme ternura, les indicó que no se debería dilatar ese momento tan triste de la separación. Ella se abalanzó sobre el bulto descubriendo un rostro aterido de dolor; entonces sí surgió mi voz como si viniera de ultratumba mientras mis manos la apretaban a la pija con más fuerza.


-Déjala partir. Dejará de sufrir y volverá a ser feliz donde quiera que vaya su espíritu.


Ella, a pesar del berrinche, comprendió mis palabras y levantándose dijo:


-¡Adiós mi amor, adiós mi pequeña y fiel Lía!


Manuel y el pijo desaparecieron de mi campo visual y la pija y yo nos quedamos abrazadas olvidando que el mundo seguía girando sobre sí mismo. Sólo un leve aullido de dolor nos sacó de aquel estado de enajenación en el que nos encontrábamos ambas; era el aullido de Lucas.


Tiré de la mano de la pija en ademán de que me acompañara y las dos nos adentramos en la sala dónde se hallaba Lucas. Ella comenzó a acariciar a Lucas como si estuviera acariciando a su pequeña Lía.


Allí permanecimos prácticamente toda la tarde Lucas y yo junto a la pija; no me podía separar de ella. Comprendía su pena, entendía su dolor como si hubiera cristalizado su tristeza en mi corazón.


Cuando salimos de la clínica estaba ya cayendo la tarde. El sol, ese dora membrillos que decora las tardes de otoño seguro que se había ido con Lía para iluminarla el camino hacia el paraíso


No había llegado a la esquina de la calle cuando oí pronunciar mi nombre; me volví y vi a la pija que corría a mi encuentro.


-Muchas gracias por tu consuelo, no lo olvidaré jamás. Lía me la regaló Juan un día antes de casarnos. Ha estado con nosotros quince años. Era una perra adorable, lista, alegre… Si quieres me puedes dar tu teléfono y algún día quedar. Veré a Lucas crecer, pasar de ser un cachorro a ser un perro grande… Me gustará porque sé que me recordará a Lía.

6 comentarios:

Victoriana Díaz dijo...

El dolor, la alegría y todo clase de sentimiento dicen mucho del ser humano. Todos tenemos nuestro corazoncito los pijos y la gente normalita a todos nos toca lidiar con ello más tarde o más temprano. Creo que tu vecina se derrumbó y en ella afloró unos sentimientos sinceros y dignos de tener encuenta amiga.
Tú por tu parte le diste consuelo y apoyo que era justo lo que ella necesitaba. Mi felicitación y gracias por ofrecernos estos pequeños relatos que nos hacen meditar y cerciorarnos de nuestros errores.
Mi abrazo

Albino dijo...

Eres pura ternura
Besos

Albino dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Luciano Doti dijo...

Los perros son casi humanos.

João Videira Santos dijo...

Siempre un placer leerte.
Abrazo

Concha Signes dijo...

Me gusta mucho leer tus relatos, este me ha parecido muy bueno.
Un abrazo