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lunes, 17 de enero de 2011

REFLEJOS DE ESPECTROS... Y OTRAS COSAS MÁS

A Carmencita, como así conocen en el barrio a Carmen Valbuena, la toman por chiflada. Todo porque desde que se murió su madre dicen las malas lenguas que oyen ruidos extraños todas las noches en la casa de la difunta Felisa, madre de Carmencita. Hasta doña Servanda asegura que ve luces titubeantes entre los visillos gastados de la casa de su vecina. A esto, hay que añadir que el panadero, el frutero, el carnicero y todo aquel al que quieras escuchar imprimen un valor añadido de que Carmencita sonríe. Sonríe y la brillan los ojos de gacela cuando antes sus mirada era huidiza y su gesto más cenizo que el de su madre.

Felisa, la madre de Carmencita, era una mujer poco querida en el barrio, todo hay que decirlo. Siempre seca en palabras y, cuando éstas salían de sus labios caídos, más valen que se hubieran quedado mudas. No decía nada amable ni aunque la estuvieran pellizcando sus brazos de morcillo. Desconfiada, siempre tenía su última palabra para destruir a quien estuviera a su lado.


Pero como dicen los viejos del lugar, “Todo cerdo tiene su San Martín” y a doña Felisa la cogió desprevenida una rara enfermedad que la dejó el resto de sus días atada a una silla de ruedas, lo que recrudeció su amargado carácter, y Carmencita se quedó para vestir santos y al cuidado de su insufrible madre.


No es que la faltaran pretendientes, no. Carmencita, sin ser guapa, era una chica vistosa aunque temerosa de Dios y de su madre, lo que la llevó a rechazar cuántas propuestas la realizaron, y su vida quedó al margen del mundo para vivir la vida de una madre perturbadora y odiosa.


Un día de marzo, a Doña Felisa, no se sabe muy bien si por los años o por las carnes que se habían acumulado en su cuerpo, el corazón se la paró; a Dios gracias.


Prácticamente nadie fue al entierro a no ser sus dos hermanos que, por cierto, llevaban años sin hablarse con ella por egoísta y retorcida, y dos vecinos que, por educación más que por humanidad, acompañaron a la reservada Carmencita hasta el cementerio.


Cuando terminó la ceremonia, uno de sus tíos dijo a la sobrina “Carmencita borra a tu madre del mapa y lárgate bien lejos”, pero Carmencita se encerró varias semanas en su casa y, cuando salió, ya era como una aparición; eso es lo que dicen los vecinos.

Para mí, que la conocí por casualidad en un bar, me pareció una muchacha corriente, frustrada de haber perdido los mejores años, pero dispuesta a vivir a los cincuenta lo que la viniera; bueno o malo, no estaba cerrada a nada.

Recuerdo que me acerqué a ella por curiosidad ya que me hizo gracia que cada vez que intentaba tragar el humo de un cigarrillo, tosía de una manera que parecía que iba a vomitar hasta los pulmones.

Le di un caramelo que no me agradeció y, simplemente, me invitó a sentarme; de esa manera fortuita empezamos nuestra amistad.


Todos los días quedábamos a tomar un café y cuando el tiempo mejoró nos pasamos a la cerveza.

Tardó poco en coger confianza conmigo. Se la notaba deseosa de hablar con alguien sin que se la enjuiciara. Yo la escuchaba ensimismado porque a pesar de que sus palabras no tuvieran sentido alguno, poseían un imán y un halo de misterio. Cuando volvía a casa, yo me decía que simplemente lo que me pasaba es que estaba tan obsesionado con encontrar una buena historia para mi próxima novela que aquella mujer me atraía por sus increíbles experiencias. Porque lo que me narraba Carmencita era de locos o sobrenatural; en aquel entonces no me decantaba aún cuál de los dos pensamientos era el certero… Pero no tardé en certificar que, loca, Carmencita no estaba.


Una noche, cuando ya llevábamos más de ocho meses de amistad, me invitó a su casa. Recuerdo el olor que vino a saludarnos al abrir la puerta de su casa. No sé definirlo bien, pero estaba entre el aroma a naftalina y el de un hueso rancio de jamón. Noté en mi cogote cómo unas miradas se clavaban en él. Carmencita se volvió y me dijo “Tranquilo, Zacarías, son los cotillas de mis vecinos”

La casa tenía un pasillo muy largo y al final desembocaba en un cuarto cuyos reflejos de la calle venían a posarse en la ventana. Carmencita no encendió ninguna luz por lo que yo la seguí para no tropezarme con nada.

Al llegar a la salita, las propias luces de otras ventanas iluminaban la estancia dándola un aire misterioso. Carmencita me hizo un gesto para que me sentara en el sofá al mismo tiempo que me servía una copa de coñac y añadía con voz baja “Lo necesitarás”

Encendí un cigarrillo y esperé expectante a que Carmencita me dijera para qué me había llevado a su casa.

A oscuras permanecimos un buen rato hasta que la insinué que encendiera la luz; ella sin palabras me dijo con la cabeza que no y seguimos fumando y bebiendo hasta…, se me erizan los pelos sólo con recordar lo que pasó…

Llevábamos como media hora allí sentados cuando sentí unos pasos por el oscuro pasillo. Torcí la cabeza, pero no vi nada. Miré entonces a Carmencita que comenzaba a sonreír y me dijo “Ya viene”. No me dio tiempo a preguntarla quién venía; lo vi yo con mis dos ojos. Lo juro por lo más sagrado.

Era una señora muy mayor, erguida, alta, vestida de negro con una especie de chal en los hombros y un crucifijo en el pecho.

No entendía cómo la podía ver con tal nitidez si estábamos a oscuras… No entendía nada.

La anciana, al entrar en el salón, se fue directamente a mí y, después de observarme unos instantes, se volvió hacia Carmencita y la dijo “Y este mamarracho, ¿quién es?”

Carmencita no contestó. Muy por el contrario, se volvió hacia mí y con total naturalidad me dijo Zacarías, te presento a mi madre”

Yo, no sabía qué decir pues Carmencita me había contado que su madre había muerto en el mes de marzo… ¿Cuántas madres tenía esa mujer?

Mi amiga notó claramente mi incertidumbre y contestó a mis interrogantes: “Tranquilo. No hace nada, está muerta. Es su espectro que no se ha ido de aquí”

Tal afirmación me dejó de tal manera que me puse de pie en ademán de irme o salir corriendo. No estaba borracho, mi cabeza siempre había funcionado bien y mi única obsesión en la vida era escribir…, sólo eso.

“No estás loco ni borracho, Zacarías. Lo que ves es real. Es la bruja de mi madre que se niega a irse del todo para seguir mortificándome, pero lo que no sabe es que ahora la que disfruta soy yo y no ella. Hago, digo, siento… lo que me da la gana, sin esperar que una crítica suya me destruya. Es más, le cuento todo a pesar de que sé que la va a hacer daño y la repito, la repito hasta la saciedad que ahora ya soy libre… Eso la hace retorcerse en el sillón… y yo disfruto…”

Escuchaba a Carmencita sin dar crédito a lo que escuchaba diciéndome que yo también me había vuelto loco, loco de remate como mi amiga.


A las dos de la mañana me fui a mi casa y dormí tres días seguidos. Cuando desperté me dije “Zacarías has estado muy enfermo; todo ha sido una pesadilla… Ni siquiera Carmencita existe”

Así de convencido estaba porque incluso mi vecino Carlos, un músico frustrado, me certificó que había estado muy enfermo con unas fiebres muy raras y que él me había cuidado. Allí en mi mesilla estaban las medicinas, hasta el médico me vino a ver… Eso sí que era real.

Cuando me recuperé del todo, comencé a hacer vida normal. Seguí escribiendo mis artículos diarios para el periódico, paseando a mi perro Pancho, tomando notas para mi futura novela. Hasta quedé con mis amigos de siempre y nos fuimos de putas… Todo normal, gracias a Dios.


Una tarde de primavera, salía de la redacción del periódico cuando me encontré al íntimo amigo de mi padre, Lucas, médico de profesión.

-Lucas, cuánto tiempo sin verte… ¿Cómo estás?

-Bien, hijo, bien… Entretenido con un caso de locura transitoria aunque muy extraño.

-Cómo te gustan los locos, Lucas… Con dos historias tuyas yo me volvería rico.

-Sí, sí… Anda, si no tienes nada que hacer, acompáñame a tomar un café y te cuento una…

Le seguí encantado, y tres calles más abajo de donde nos habíamos encontrado señaló con el dedo un bar que se llamaba “Reflejos de espectros”… La verdad es que la fachada del establecimiento me sonaba muchísimo, pero no sabía a ciencia cierta que yo jamás había ido a ese lugar.

-Vamos a ese bar-me aclaró- Allí está un enfermo mío.

-No sabía que habías trasladado tu consulta a los bares-le espeté jocosamente.

No sabía lo que me estaba jugado porque si lo llego a saber, no acompaño al amigo de mi padre…

Según entramos allí estaba Carmencita sentada en una mesa; la misma mesa que recordaba de mi pesadilla. Fumando, dando grandes caladas al cigarrillo…

-Ven, acompáñame, te presentaré a mi enferma Carmen Valbuena… Dice que su madre esta muerta, pero vive con ella en casa.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La razón empieza donde la cordura termina. Nadie está en posesión de ninguna verdad porque hay tantas verdades como cerebros para elucubrar. Las ganas de vivir por algo o para algo ya es un logro. ¿Los demás? ¡Qué importan los demás! Ya tiene el ángel suficiente pena al ser ángel en un mundo de porcinos.

Un beso con tu aquiescencia.

Juan Julio.

bixen dijo...

Realismo mágico.
¡Me hago el listo!