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martes, 11 de marzo de 2014

DANIEL

El sol ha despertado en el horizonte, tibio, amable. Nos hemos mirado como si no nos conociéramos, pero ambos callábamos, es un día donde sobran las palabras y los recuerdos surgen a borbotones como hachazos en la memoria.

Cada doces meses, surjo en la sombra de las letras de mi autora. Realmente no existo si no es en su imaginación, pero juro por Dios que tuve vida, vibré, gocé, amé. Pero un solo mordisco en el tiempo se llevó cualquier sentimiento y aunque ella, MªÁngeles, tratara de reanimarme, de volverme a dar un haz de luz, no pude superar la ausencia de mi fiel compañera Macarena; hoy es su aniversario. Para mí, un once de marzo sin fecha de caducidad.


MªÁngeles busca entre las hojas de la memoria mi piel, mi esencia y sólo encuentra el frío del vacío, la soledad de mis palabras.
Mi existencia era maravillosa. Macarena y yo viajábamos y contábamos nuestras experiencias, la convivencia, el día a día de nuestro amor. Los lectores estaban encantados con nosotros, pero un once de marzo, a eso de las ocho treinta de la mañana, cuando estábamos preparados para iniciar una nueva aventura, las entrañas de nuestro Madrid rugieron, bramaron polvo y dolor, y los dedos de MªÁngeles se rompieron, entre líneas de lágrimas montó a mi Macarena en uno de esos trenes que nunca llegaría a su destino… Y yo, Daniel, de profesión cuenta cuentos, me quedé paralizado en el andén de una estación esperando el regreso de Macarena.


Como cada año, mi figura es desempolvada para poner voz a una sensación y aparezco entre la bruma con la misma pena que hace TRES MIL SEISCIENTOS CINCUENTA días, pero sé que MªÁngeles me saca para que la brisa de la vida me infunda el aliento necesario para deciros que Macarena como aquellas ciento noventa y dos personas que murieron con ella no se olvidarán nunca y, aunque sus sueños están enterrados en las vías de un tren, revolotean entre nosotros para que hagamos realidad lo que ellos no pudieron.


Macarena, te quiero…
Daniel


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