domingo, 27 de diciembre de 2015

BAR LA ESPERANZA

José paseaba por los pasillos del supermercado semejando a un sonámbulo, o al menos era la sensación que transmitía a la gente que se topaba con él. Sin embargo José paseaba deleitándose de todos los manjares que allí veía. Se paró en la cámara frigorífica donde unos filetes de buey reposaban ya empaquetados “¡Qué pinta, madre mía!”Pensó mientras los miraba con cara entre avaricia y gula. Después reemprendió la marcha y recaló en la sección de vinos “Para ese filete, Pepe, un buen vino. Mira un Marqués de Murrieta le iría al pelo” Sonrió complacido ante su pensamiento y siguió su pasó lánguido por las estanterías de latas y conservas. Unos botes de cristal con espárragos le guiñaron el ojo, pero la boca se le hizo agua cuando llegó a la sección de embutidos. Unos pequeños paquetes de embutidos ibéricos le atrajeron sobremanera. Miró a ambos lados, todo el mundo estaba a lo suyo, nadie se daría cuenta que cogía un paquete de aquellos y lo escondía entre su plumas. Lo dudó unos instantes. Él nunca había robado pero la ocasión lo merecía. Alargó la mano y el paquete de jamón y lomo se acomodó en su pecho como si fuera el lugar idóneo para guardar doscientos gramos de embutido selecto embasado al vacio. Reanudó la marcha y se fue a la parte de bollería y panadería. Una hogaza de pan le provocaba desde la última balda. La cogió y se la llevó a la nariz. Olía a leña, harina, a hogar; aún estaba caliente. Con las mismas volvió a la sección de vinos y busco un bric de tinto. Había uno de uno con ochenta de Castilla la Mancha que tal vez no fuera excesivamente malo. Lo apretó contra el pecho y se dirigió a la caja. Todas estaban a rebosar, colas infinitas con carros a reventar. José esperó pacientemente su turno. Mientras se distrajo jugando a las adivinanzas “Esa mujer de cara hermética está haciendo algo que la repatea… Claro que ese hombre de bigote con el carro de botellas será el dueño de un bar…Los chicos con botellas de güisqui y ginebra buscando el DNI para que la cajera les deje llevar el alcohol, seguro que están preparando una fiesta de órdago a la grande. No hay más que mirar sus rostros iluminados…”La cola corría muy lentamente, pero a José no le importaba. Allí estaba caliente, rodeado de gente. Como que la soledad en el supermercado le pesaba menos. La mujer que iba delante de él se volvió y al ver que José sólo llevaba dos paquetes, le ofreció pasar delante de ella. Tan amable le pareció la voz de aquella extraña que no supo decirla que no, y José se puso delante de ella dándola las gracias con esa mueca tan suya entre sonrisa y tristeza, con su mirada lastimera de hombre derrotado.
Cuando al fin estaban llegando casi a la altura de la caja, la mujer que le había cedido el puesto le tocó suavemente la espalda. José se volvió topándose con la mujer. Antes no se había fijado pero ahora sí. Tenía unos ojos azules, pero de ese azul en el que te hundes y no quieres salir de ellos. Bondadosos, se dijo José mientras la miraba sin decir nada “Súbase un poco más la cremallera, se le ve el paquete. José en ese momento sintió que el fuego de la vergüenza subía sin remedio a su rostro “Pepe, te han pillado. Tú esto nunca lo has hecho y se te nota un montón” Sin embargo, José subió su cremallera con manos tartamudas que no atinaban. Luego volvió a mirar a la mujer y le dio las gracias. Pero un gracias muy distinto al que decía habitualmente, palabra que siempre estaba preparada en su boca. Era un gracias agradecido desde lo más hondo de su espíritu. Un gracias humilde hacia una desconocida que sin embargo era capaz de ponerse en su lugar.
Llegó su turno y con gran pena sacó de su bolsillo un billete de cinco euros. Su única fortuna. En la calle hacía frio, la niebla embrujaba aquella hora de la tarde. José se subió la capucha y cruzó de acera. Enfrente había un estanco. Le conocían de toda la vida. Le daba vergüenza entrar pero entró. Carmen le miró complacida de verle aunque de su mirada se escapó un halo de lástima por aquel hombre.
-Buenas tardes, Carmen. Lo que te voy a pedir es raro pero, ¿me podrías dar unos pocos cigarrillos de lo que sea? Sólo tengo dos euros con sesenta- según pronunció aquellas palabras en lo más hondo de su ser sintió pena por el mismo pues presentía que su dignidad se había volatilizado hacía tiempo, su orgullo, también.
-No unos pocos, te regalo una cajetilla de Malboro ahora mismo y encantada de hacerlo.
-No, Carmen, por dios, con unos pocos me conformo.
-No hay más que hablar. Toma el tabaco y un mechero-miró a su estanquera de toda la vida tan agradecido como hundido. Extendió su mano. Ella se la apretó con el calor que a veces se dan los seres humanos, unos a los otros. Se dio la vuelta y salió.
La mano vacía la metió en el bolsillo apretando las monedas que guardaba como un tesoro; el resultado de haberse encontrado aquella mañana un billete de cinco euros en el suelo. Se agachó a cogerlo. Miró a ambos lados y no vio a nadie pues no pasaba gente por lo que decidió con codicia quedarse aquel tesoro.
Ya había llegado a casa. Espero en la calle a que unos vecinos subieran en el ascensor y luego entró en el portal. No quería ver a ningún vecino, la puñetera vergüenza se lo impedía.
Abrió la puerta sin hacer ruido. Todo estaba a oscuras. Hacía dos meses que le cortaron el agua y la luz. Encendió la vela que estaba en la camilla. Las sombras eran fantasmagóricas y compañeras de José desde hacía dos meses. Ya no le daban miedo. Se sentó abrió el bric y cogió una copa. Una copa de cristal de Bohemia, opulencia y recuerdo de otros tiempos. Se sentó en el sofá repasando mentalmente que no le faltaba nada. Incluso aquella mañana se había acercado a la fuente a rellenar la garrafa de agua para así beber y lavarse. Luego pensó que metería en la mochila unas pocas pertenencias, para qué más. A las ocho de la mañana tendría que salir de su casa para siempre. La orden de desahucio estaría allí, pero José se iría un poco antes porque la puta vergüenza si no, le mataría.
Se paseó por la casa con la vela en la mano, ya apenas quedaba nada. Todo lo había ido vendiendo o malvendiendo en esos últimos cuatro años. Perdió el trabajo primero, buscó trabajo, no había. Volvió a buscar trabajo en lo que fuera y tampoco. Los ahorros se fueron volatilizando y llegaron los últimos cuatro años que fueron el infierno. Y la gente fue desapareciendo de su vida, poco a poco, casi sin darse cuenta. Las tres últimas semanas había recalado en un comedor social y el rancho que daban calentaba su cuerpo al menos.
Volvió a sentarse. Se fumó un par de cigarrillos, bebió tres copas de vino. Apagó la vela y se quedó dormido. A las siete menos cuarto sonó el despertador. Se levantó, preparó la mochila. Un par de mudas, calcetines, un pantalón y un jersey. La radio, una foto de sus padres, su ordenador portátil para recordar lo que una vez fue y tuvo,  y un par de libros, Se lavó a conciencia, se puso ropa limpia y salió de su casa para siempre. Pegó una nota en la puerta diciendo que las llaves estaban debajo del felpudo.
La ciudad comenzaba a despertar. Tres bajo cero, pero Pepe no lo sentía. Buscaba un bar que le diera un café, barato. Siguió andando hasta que en la plaza vio que habría en ese momento un bar. A él se dirigió.
-Cuando pueda, por favor, me pone un café.
-Un momento caballero, ahora se lo pongo. Se ha puesto enferma la señora de la limpieza. Al camarero le despedí ayer porque me robaba y estoy solo.
-Le puedo yo ayudar, si me lo permite.
-Por dios, caballero, no se preocupe. En cinco minutos tiene su café.
-No tengo prisa, tengo todo el tiempo del mundo. No tengo trabajo y me acaba de quitar la casa. Fíjese…
-¿Qué me dice? Tome la escoba y comience a barrer. Desde ya tiene trabajo.

En la plaza de un barrio, de cualquier ciudad, hay un bar. Lo llevan dos hombres. Es un bar modesto, de barrio obrero, que tiene mucha fama entre su clientela. La cocina la lleva el dueño, Gervasio. Un tipo de unos cincuenta años y divorciado de una mujer que él la llama la sanguijuela. Tiene unas manos primorosas para los guisos. En la barra está un camarero, José, aunque todos le llaman Pepe. Sonríe, da conversación, atiende rápidamente y siempre pregunta al paisano que entra por su familia, negocio, o la novia de turno. Es un hombre amable, educado, no le pega para nada ser camarero pero el desempeña la labor como un camarero de postín. Además, se acuerda del nombre de cada uno de los clientes del bar La Esperanza.

2 comentarios:

Rafael Humberto Lizarazo dijo...

Un cuento muy bonito y esperanzador... mis abuelos me decían: "todo pasa por algo, hijo, no hay mal que por bien no venga".

Espero hayas disfrutado una muy Feliz Navidad.

Abrazos.

Ricardo Tribin dijo...

Muy querida amiga Ma. Ángeles:

Reciban tú y los tuyos mis mejores augurios por un 2016 lleno de bienestar

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