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sábado, 16 de enero de 2016

MUNDOS DE DIOS

                                                                               
 Avila, 22 de marzo 1985

Excelentísimo Señor Don Custodio Germán, Obispo de Cáceres:

Según sus deseos, he terminado la investigación que tuve el honor de haber sido encomendado y confiado por usted para esclarecer los hechos acaecidos en el convento de Santa Clara en Villafranca.
Abusando de su bondad y paciencia, he retardado mi contestación, hasta estar plenamente seguro dentro de lo que la verdad esconde, como se desarrollaron y evolucionaron las circunstancias que desencadenaron tan fatal desenlace.
Ahora, con todos los datos en la mesa y colocados en riguroso orden, me dispongo a relatar una historia, que según mis indagaciones, es más frecuente de lo que la Iglesia  cree, pero sea la justicia infinita de Dios quien juzgue y dicte sentencia, si bien, nosotros aquí en la tierra, humildes representantes y pastores, tratemos de enderezar aquellas conductas que intuimos no correctas para los ojos de Dios.
Es difícil tener que escribir tan duras palabras, más cuando traté en todo momento de no inmiscuirme en los sucesos que se desarrollaron a una velocidad vertiginosa; ni dejarme arrastrar por mis sentimientos de ser humano sino por los de un sacerdote que está al servicio de Dios para llevar la verdad a cualquiera de sus hijos, que se pierden y han de ser iluminados con amor, comprensión y, reconducidos sus pasos hacia el Señor nuevamente.
El valorar cada una de las circunstancias, me llevó en muchos casos, a crisis de conciencia, que solo con la profunda meditación en el Señor y  el silencio en el que recogí mi alma, pude llegar a término de dicho encargo.
Si más dilación, paso a relatar lo que mis ojos vieron y mi mente captó.

PRIMERA PARTE:

La estrecha carretera no deja adivinar lo que encontrarás en la siguiente curva y la sorpresa es mayor cuando a 1350 metros de altitud, divisas el valle de río Corneja. Parece que has llegado al confín de la tierra, a los limites de la naturaleza pura y virgen, lejos de la mano del hombre, pero  cerca percibimos ya el objetivo y te das cuenta que por allí pasó la humanidad, con respeto y a cuenta gotas, pero estuvo.
Villafranca es un remanso de paz, calles empedradas, desérticas y mudas abren paso a una plaza porticada e irregular con casas blasonadas; semeja  un pueblo fantasma cerca de Gredos, sino fuera por el estallido de campanas que repican por todo el valle; su sonido viene del convento de Santa Clara.
Ya hemos llegado.

6 de la mañana. Laudes y una hora de oración:
Rocío se despereza en su jergón de paja; le pican a rabiar los sabañones nacidos en el último invierno; pensar en el agua helada, hace que  se refugie aún más en la escasa manta. Un toque en la puerta pone en alerta que la demora es inútil y a tientas enciende la vela; su vista recorre la celda y se pregunta si será pecado el goce que en ese momento siente  al contemplar las luces y sombras que bailan alrededor de ella.
Cuando llega al coro, las catorce hermanas ya están esperando; pasa delante  de sor Isabel sin mirar, de sobra conoce su mirada recriminatoria.
-¡Dios mío! Buenos días. Te fallo a cada instante, mi debilidad domina estos actos atropellados; no pienso en lo que hago y me dejo guiar por el instinto primario de la apetencia, la pereza y el egoísmo.- es la voz trémula de sor Juana quien confiesa  y Rocío busca sus pecados con afán pero duda y los interrogantes crecen cada día; no encuentra remordimiento a su conducta, quizás sea que Dios quiere que ella sea así. Un codazo alerta que debe confesar en alto.
-Señor, gracias por tu inmensa bondad, por darnos ese don esplendoroso para ser capaces de oír el canto del gorrión, para sentir el frío de la mañana al despertar. Yo, a cambio te doy el picor de estos sabañones míos, es pobre mi ofrenda pero te aseguro que padecer este mal es horroroso de verdad.- Un murmullo recorre la sala, sonrisas calladas son paradas por la madre priora. Rocío piensa que ha vuelto a meter la pata y decide enmudecer, pero antes termina diciendo:
-Mí arrepentimiento no existe pero hoy no comeré pan en el desayuno en sacrificio, pensaré mi Dios, que ese trozo que mi boca no cata, un pobre se lo estará comiendo.- según termina sus palabras, mira de reojo a sor Isabel en busca de la mirada beneplácita que confirme que sus pensamientos se han enderezado.

Ambas, en su fuero interno sienten debilidad una por la otra. La abadesa lleva allí cuarenta y ocho años, ha visto pasar muchas novicias, unas se fueron por no poder aguantar la austeridad de aquellas paredes y aunque sus esfuerzos fueron ímprobos por estar junto a Dios, estos no fueron suficientes para permanecer junto a él. Gente joven que llegó al convento buscando el silencio porque lo que vieron fuera no les llenó, e ingresaron  con grandes deseos de encontrar la respuesta a sus vidas en la meditación y en la oración; otras quedaron y siguieron la senda marcada como auténticos corderos del Señor.
Sin embargo, lo que sentía por la pequeña Rocío era totalmente distinto; fruto del pecado, fue abandonada a muy temprana edad, nadie quiso ni reclamó a la criatura, por lo que el tiempo fue pasando y la niña creciendo.
 Se sentía madre, protectora y guía de aquel alma cándido, fresco y virgen. Estaba convencida de que un  día el mirlo volaría del nido, no había que engañarse, la muchacha no tenía madera de religiosa y aunque sus dotes espirituales fueran mucho más grandes que algunas de las hermanas, no eran suficientes. Estos dones que Dios había otorgado a Rocío, brillarían más en otro lugar.

9 de la mañana; primera hora canónica.
Después del rezo y la misa que oyen a través de la reja, reciben a Dios en su corazón de las manos de un franciscano, y con él parten a sus quehaceres diarios; cada semana se reparten los trabajos, si bien, hay algunos que son fijos, según la habilidad de cada una de las quince hermanas que allí habitan.
Viven en la más rigurosa pobreza, pero apañan sus fuentes de ingreso con gran ingenio: los bordados, la encuadernación y las pensiones de las tres hermanas jubiladas son el único dinero que entra. Los donativos que reciben son siempre en especie, bien sean alimentos o ropa.
Cada hermana cuenta con mil pesetas al año, por lo que los dos hábitos que poseen cada una, han de durar  veinte años apróximadamente.
Las vacas, las gallinas y el huerto, son sus alimentos, que racionan con esmero, porque bien conocen los años malos y han de guardar en previsión.

Rocío parte con las vacas nada más terminar tercias; gusta retozar con ellas libremente por los pastos. También es la encargada del gallinero; entiende muy bien a los animales y hace sus tareas sin sacrificio alguno, aunque últimamente se siente inquieta. No sabe discernir esa sensación que la incomoda cada paso que da, pero reconoce para sí, que se siente observada por alguien que no atina a saber quien es; no solo dentro del convento sino también fuera de los muros. Cuando se aleja, siente a sus espaldas unos ojos clavados que escudriñan sus actos. Lo lleva palpando desde hace dos meses; no ha dicho nada pero hoy, incluso en la comunión, ha sido muy fuerte el sentimiento de acoso. Necesita contárselo a alguien ¿En confesión? Esto no la vale porque se confesó hace dos días, con lo cual hasta dentro de trece no podrá hacerlo de nuevo.  ¿A la madre abadesa quizá? Perturbada se pierde en el monte pero con la decisión tomada, de que cuando vuelva hablará.

SEGUNDA PARTE:

12,30 horas; hora canónica, rezan sexta y examen de conciencia.

Rocío entra sofocada, arreboladas sus mejillas y los ojos llenos de vida se entusiasman ante lo que contemplan.
-Por Dios sor Rocío, hija ¿Cuántas veces le he dicho que no son maneras de entrar así, parece un caballo desbocado?.- La voz amarga y recriminante de sor Juana corta en seco la entrada de la joven.
-Disculpe hermana por arrebatar su recogimiento; sentí el ruido de la furgoneta y no pude resistir la intriga. ¿Han llegado ya las novicias? Estoy deseando conocerlas. Sor Isabel me ha encargado que les explique unas cosillas.- La ilusión con que expresa sus palabras, aún acrecienta más la ira de sor Juana.-
-Eso no es asunto suyo, la maestra de novicias es sor María.
-Lo sé Hermana; no deseo tomar atribuciones que no son mías pero la madre abadesa ha pensado que como serán tan jóvenes como yo, es bueno que el recibimiento pueda hacerlo alguien casi como ellas. - la voz se quiebra  en súplica, no soporta y que Dios la perdone, el carácter irascible de sor Juana.
 Un muro se levanta cada vez más alto entre ambas, pero ¿Qué hace Rocío para molestar tanto a su hermana? Al principio trató de olvidar sus choques, pero estos de un tiempo a esta parte, se han acrecentado; no hay cosa que haga que no le moleste.-
-Va por mal camino sor Rocío y Dios le pedirá cuentas, y lo que es peor, también se las pedirá a la madre abadesa, quien consiente sus actuaciones de niña mal criada, lejos de ser humilde y entregada al amor del Señor.
-Perdón hermana.- sin más dilación, ha salido corriendo de la estancia; sentía miedo y ha ido en busca de refugio.

Sor Tatiana trabaja en absoluto silencio en el taller de encuadernación; lleva siete años dedicándose a esos menesteres con rigurosa maestría, pero no ha podido por menos que escuchar las voces sobresaltadas de las dos hermanas. Por su rostro no hay ninguna huella que haga pensar que por su cabeza ha pasado algún pensamiento que no sea su amado esposo, al que alaba y ofrece cada uno de sus actos desde el día que hizo su primera comunión y sintió la llamada del Señor; necesitaba una relación directa con él, por eso a los catorce años ingresó en la orden. Hoy no se permite el ingreso hasta los diecisiete años.
Son la una de la tarde y por el claustro se sienten pasos acelerados que se encaminan al receptorio, hoy es un día grande; tres nuevas postulantes ingresan, llenas de ilusión por conocer a Jesús.
Durante la comida, se les dará la bienvenida, la encargada será sor María, después, la hermana Celia, leerá en voz alta el telediario de Dios.
-          Nieves, Teresa, Purificación... bienvenidas a vuestro nuevo hogar hijas mías.
A partir de hora, recorreréis un largo camino hasta llegar a lo que habéis escogido.
El primer año, seréis postulantes; los dos años siguientes, serán el noviciado. A su termino, profesareis temporalmente durante tres años.
Estos seis años se consideran vuestra prueba; durante ellos, estudiareis teología y os preparareis para la oración.
Las palabras son escuchadas con avidez por las tres jóvenes; Rocío contempla sus caras maravillada. Ve en ellas tres amigas, calor y compañía; no sabe por qué tiene estos pensamientos, pero aún así, da gracias a Dios por esta oportunidad.

Hoy comen arroz con tomate y por ser día de fiesta, se ha emborrachado un bizcocho con leche y azúcar; Rocío pasa su porción a sor Juana, necesita limar asperezas con ella y lo hace feliz, ya habrá otra ocasión para comer este manjar.


15 horas; canónica, el oficio nona. Tres salmos y dos lecturas.

El hábito de franela marrón y chaqueta de lana de sor Felisa y sor Amparo relucen como el sol en esa fría tarde de diciembre; los manguitos blancos protegen las magas y se afanan por terminar la costura de hoy. Pronto se irá la luz y han de entregar la labor, vienen a buscarlo a las cinco.
Ambas se sientan a bordar al lado del ventanal porque entra una hermosa luz y de paso cuando elevan su mirada, el paisaje que ven es tan bello, que ilumina su labor para que salga aun más esmerada y bonita.
Sor Felisa ve a las vacas pastando; sin darse cuenta, se fija que falta una de las siete vacas y con el resto no está Rocío. Suspirando comenta:
-¿Dónde se habrá metido esta chiquilla con la vaca? Pronto anochecerá y me da miedo.
-Tranquila mujer, conoce el camino con los ojos cerrados y aunque parece despistada y siempre flotando, sabe muy bien lo que hace y a la seis como muy tarde la verás entrar con las siete vacas tan feliz.
Ambas han callado y se han vuelto a recoger; en silencio están rezando.

19 horas; Rosario, oración en silencio, vísperas y salmo.

Diecisiete voces entonan un cántico a María madre del Señor; después se arrodillan y comienza el rosario.
-¡Ave María, gratia plena, Dóminus tecum!
-Primer misterio: la encarnación del Hijo de Dios en el seno purísimo de María Santísima...
Con sigilo, sor Isabel sale de la capilla mientras siguen los rezos; le falta una oveja y ésta nunca fue impuntual. Va derecha al establo y al ver las puertas cerradas, respira con alivio, pues eso es signo de que ha regresado; abre uno de los portones y todo está en orden. No, se equivoca, falta una; de nuevo, cuenta pero sigue faltando. Apaga la luz y sale precipitada.
-¡Dómine, lábia mea apéries!
-¡Et os meum annunciábit laudem tuam!
La madre abadesa busca con la mirada entre sus hermanas pero no encuentra a Rocío, vuelve a salir y se encamina esta vez a la celda de la joven. Abre la puerta pero allí tampoco está. De nuevo, regresa a la capilla.
-¡Kýrie, eléison!
-¡Christe, eléison!... Christe, audi nos...
Se acerca a sor Juana y rozando su hombro, le hace una señal de que salga con ella. Una vez fuera, le comenta sus inquietudes y temores; las palabras se precipitan por la boca sin orden ni concierto. Sor Juana sujeta las manos de Sor Isabel en actitud de calmar el ánimo derrumbado.


TERCERA PARTE:

22 horas; última hora canónica. Completas.

Todo transcurre con normalidad; se ha tratado que nadie sospeche nada y con una mentirijilla piadosa, las hermanas siguen su último rezo. En esta ocasión, sor Tatiana ha escogido el salmo "Del temor y de la esperanza"
-¡Oh Jesús mío!  Atended a mi oración: Temo el infierno, temo el pecado mortal, temo presentarme delante de vos..."

Sor Juana con voz templada está hablando por teléfono; la guardia civil a esas horas de la noche no está preparada con la nevada que está cayendo para salir en busca de la novicia; han de esperar a que amanezca.
Ambas permanecen toda la noche en el oratorio de vigilia; sor Isabel tiene malos presentimientos y a veces contempla a sor Juana admirando su calma y confianza en el Señor. Ella no puede... y se derrumba; un llanto sordo aparece en la sala. Las dos vuelven sus cabezas en dirección del ruido y encuentran a sor Tatiana que pide confesión.

Son las cuatro de la mañana cuando las puertas del convento se abren; acaba de llegar Don  Pascual, el franciscano que da misa y confiesa. Va derecho a la capilla y allí, una vez vestido para la ocasión, se dispone a confesar.
-¡Ave María Purísima!
-Padre, tengo el dolor de mis pecados y me acuso de...


EPÍLOGO

Tierras marcadas por la dureza del clima, abandonadas por los trabajos tradicionales y el envejecimiento de la población, son inundadas al llegar la primavera por el renacer de una nueva vida.
No solo es la naturaleza que  florece, sino además, es obsequiado este paraje por la llegada de forasteros con el buen tiempo; Los hijos de lugar vuelven a sus orígenes en busca de sus ancestros.

Suenan las campanas en el convento de Santa clara; sor Juana ha comenzado a cultivar un jardín muy especial y éste, a pesar de su juventud, da ya sus frutos.
Margaritas tiernas, son blancas y amarillas que crecen hacia el cielo en busca de Dios.
Está convencida que tras de ellas, está la mano virginal que, sor Juana  Aguilar, religiosa desde los diecinueve años, envidiosa, pusilánime y amargada de carácter desde que Sebastián le abandonó antes del desposorio y enterrándose en vida en aquellos muros, no supo valorar aquella niña de aspecto dulce y tierno; los ángeles se la llevaron, pero su alma sigue viva entre las dieciséis hermanas.
Pidió perdón a Dios por no haber sentido amor, por no haber ejercitado la caridad con aquel ser que siempre fue bondadoso con ella, pero le recordaba tanto aquel hijo que perdió, que su odio no tuvo límites; hoy, cuida con esmero esas flores que plantó solo para Rocío.

Desde aquel diecisiete de diciembre, la pena jalona en el rostro de sor Isabel, está encadenada a un deber y lo lleva como puede; no se siente capacitada, muestras de ello dio, al no darse cuenta de lo que estaba sucediendo entre sus hijas; quiere abandonar y ser una más pero Dios le pidió este sacrificio y con él arrastra sus actos.
Cada noche al cerrar los ojos, ve aquella mañana cuando hubo de ir a reconocer el cuerpo sin vida de Rocío.
Yacía congelado entre unas rocas, al lado estaba la vaca, igual de muerta que ella: ambas, se habían despeñado monte abajo. Todo hacía pensar, que la vaca asustada por algo, cayó al precipicio y Rocío en amago de salvar al animal, había corrido la misma suerte.
Pero, la verdad, no se descubrió hasta días después...

Sor Tatiana, sigue a la espera en Avila, de ser juzgada por un tribunal eclesiástico;
La tranquila y equilibrada hermana, que jamás protestó por nada. La hormiga hacendosa y trabajadora, callaba y escondía su cruz personal.
Los celos infundados, los complejos no superados, la identidad falseada de sentir amor no por el esposo elegido, sino por una mujer de carne y hueso... infundieron a encaminar sus pasos por la senda del crimen revestido de meditación, recogimiento y rezos.
Directamente, ya se sabe, no mató a Rocío pero sí asustó al animal para que cayera con él.
Eso dicen que se llama... premeditación y alevosía.


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