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jueves, 17 de marzo de 2016

EN LAS CALLEJUELAS DE LA VIDA

Esta es una historia breve. No se necesitan muchas palabras para adentrarnos en una mujer que ni siquiera sabemos su nombre, no hace falta, sus hechos hablan por sí solos, pero como toda historia que se precie hay un protagonista y posee un nombre, nosotros la llamaremos Ana. Un nombre sencillo, universal…
Ana no pasa desapercibida aunque muchos no la vean. Es una mujer de mediana estatura, delgada. Su cabello llega por sus pequeños hombros. Su caminar, alzado siempre a unos buenos tacones, es vital, precipitado en algunas ocasiones. Su tez tostada por sol o polvos, según la época. Sus ojos, dos farolillos incandescentes y vivarachos, marrones para más señas. Su boca es una sonrisa permanente y su barbilla siempre elevada que no se esconde ni rehúye nada que se la ponga por delante. Como mujer, da gusto mirarla, emana feminidad, no una fémina explosiva, no, simplemente mujer que ya es mucho, muchísimo. Elegante, discreta, juvenil, su indumentaria.
Pero su incandescencia viene por otros caminos más tortuosos que han de verse bajo otros prismas sosegados, tal vez rodeados de murmullos de gente que charla también a su alrededor que no molestan para nada, enriquecen más si cabe porque es capaz a su compañero de viaje momentáneo centrarse en su voz vital, repleta de matices, en sus gestos quizá versados de dolor, otrora de alegría y esperanza. Escucha y te hace sentir el centro de su intelecto. Habla y su interlocutor se siente escuchado, acogido, respetado y entendido.
Ana posee un camino de ida y vuelta, siempre el mismo, con paradas intermitentes pues su vida no ha sido fácil. Bueno, como la de cualquier ser humano que vive y hace frente a las dificultades sin huir de ellas “Es lo que toca”, dice pausadamente mientras te mira a los ojos de tu corazón.
Nació en una familia normal de cualquier ciudad de provincias. Se enamoró como cualquier muchacha de su edad temprana, también normal. En un tiempo que había trabajo, ella lo tuvo, lógico. Su trabajo la gustaba, lo hacía bien. Se casó, normal para su época en la que te ibas de casa si a tu dedo iba prendida una alianza. Ella era feliz, tuvo algún que otro embarazo fallido hasta que apareció el rayo de luz que daría aún más consistencia a su vida, el porqué de sus desvelos, la razón de su sonrisa perenne, el motivo más grande que puede tener una persona para que la dificultad se convierta en razón de un caminar seguro, con un objetivo único: un hijo.
Víctor se llama el zagal, una criatura que vino al mundo de la imperfección pero que para los ojos de todos es grande, maravilloso.
Ana es madre, como muchísimas mujeres. Se desvela, vive, sufre, levita por su cachorro de hoy 23 años. Un pipiolo con sus limitaciones, con sus costuras cosidas de pespuntes tartamudos que sus padres tratan de coser cada día para que Víctor camine como cualquier otro chiquillo, para que se adapte a una sociedad que gira y gira sin parar. Para que camine con ilusión y tenga sueños como cualquier otro. Para que se enfade y busque su porqué. Para que encuentre su identidad, para que sea uno más en una sociedad llena de socavones, incomprensión, rechazos y dislates.
Ana y yo hemos encontrado nuestro rincón de invierno, rodeadas de otras voces, risas y chascarrillos, pero a nosotras no nos impide sumergirnos en nuestros mundos, susurrar nuestras cuitas entorno a un vino de la tierra de un rosa suave, fresco que corren por nuestras gargantas mientras desgranamos nuestras vidas con luz eléctrica y acogedora sentadas en una taberna, en una mesa silente llena de historias calladas que nadie conoce.
Me despido de Ana, esa gran mujer como hay muchas en el mundo, con el deseo de dar voz a todas esas mujeres que brillan con luz propia  aunque pasen desapercibidas.

Yo me erijo como voz de la calle, esa voz que grita por las callejuelas de la vida para no ser invisible.

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