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viernes, 12 de agosto de 2016

¡BONJOUR, FRANCE!

Talina suspira mientras mira por la ventana. Medita y se echa a reír. Su cara se ilumina al observar con ternura a Anacleto y se dice a sí misma “Este hombre no tiene remedio. Ha cogido afición a llevar la cámara al cuello y ahí está con ella en el jardín. Irá a sacar el tejado del vecino porque otra cosa no saca. Se ha especializado en tejados, gárgolas y vidrieras que no se ven. Un día me enfadé con él por sacar esas fotos tan absurdas y para retractarse me quería hacer fotos hasta haciendo mis necesidades detrás de unos matorrales ¡Mi Anacleto está disminuido cerebralmente!”
Talina se vuelve a coger su blog de notas donde guarda las sensaciones, algunas segadas de su viaje por Bretaña y Normandía. Se habían ido tres parejas de vacaciones en un monovolumen a hacer nada menos que 3400 km. Tadeo, adaptándose a las dificultades, resolviendo dudas con su móvil. Una languidez inexpresiva y apacible le envolvía. Sus ojos enfundados en unas gafas de sol no te dejaban ver la lectura de los acontecimientos, si bien cuando se despojaba de los lentes, sus pupilas descansaban en un mar de calma contenida. Su pareja, Baldomera, una muchacha audaz, valiente, creativa, cariñosa y divertida, disfrutaba leyendo el mapa de carreteras, buscando hasta los nombres imposibles de pronunciar y cuando los hallaba, sus ojos bailaban en felicidad. Paquita, la madre y esposa coraje. Intuitiva, honesta, de carácter fuerte y sincero, resolutiva y directa. Su esposo, Sindulfo, alterado y divertido, intuitivo y visceral. Gran conversador y extrovertido de emociones. Y Talina, la mujer de Anacleto, simpática y extrovertida, despistada e imaginativa, legal y cabezota. Este era el sexteto que se había embarcado en un monovolumen a la aventura vacacional. Prácticamente conducían siempre los mismos aunque por lógica deberían repartírselo pero Talina era un desastre; si a ella la hubieran dejado el volante, además de haberla dado un ataque de nervios es probable que en vez de visitar Francia hubieran visto Jerez de la Frontera. Anacleto el monovolumen le daba vértigo, en Baldomera nadie pensó, Tadeo conducía bien, Sindulfo conocía muy bien las carreteras francesas y Paquita conducía de maravilla. Tranquila, reposada y atenta al asfalto.
Tantos kilómetros metidos en aquel micro espacio dieron de sí para hacerse la peluquería, la manicura, divagar sobre nefastos políticos, el porqué de alimentar a tanto sinvergüenza, lectura o pasear por las nubes, actividad favorita de Talina. No obstante, a veces las horas se hacían demasiado lentas por carreteras que en vez de tardar un cuarto de hora, tardabas más de una hora.
El viaje comenzó alterado por una rueda en mal estado que hubo de cambiar y esperar un rato que se les hizo a todos eterno. Talina se sentó a esperar en una rueda de tractor delante de un ratón muerto hasta que se decidió la suerte de las cuatro ruedas. Cuando se volvieron a montar, Sindulfo, un enamorado de la música francesa, puso unos compases que hicieron volar a cada uno a sus rincones secretos, porque las sensaciones  tienen su personal vida secreta, así que aquella música, por ejemplo, hicieron soñar a Talina, de los campos castellanos a su amada costa amalfitana repleta de acantilados, aguas turquesas y cielos cuya inmensidad azul nunca termina. A reflexionar mientras tanto que hay que dar descanso al rencor y al odio que nada aportan sino malestar al espíritu. Dar oxigeno a la mente y al corazón porque, en definitiva, viajar es eso precisamente lo que te regala, además de vivir otras costumbres y paisajes, oxigenar tu vida para luego reincorporarte a tu rutina diaria y mirar la vida bajo otras perspectivas más amables y condescendientes.
La furgoneta masticaba kilómetros alegremente llena de sueños, maletas, embutidos y cervezas. Tintinearon botellas igual que campanillas desde Burdeos, Saint Emilión, Nantes, La Baule, Vannes, Josselyn, Rennes, Dinard, Saint Maló, Mont Saint Michel, Fougeres, Port en bessin, Deauville, Honfleur, la Rochelle y San Sebastián. Un vino batido través de kilómetros que habrá de reposar antes de ser bebido; soportó todos los rigores climatológicos.
Talina sigue repasando las hojas de su blog y suelta una carcajada; ahora comienzan a aflorar recuerdos chocantes y divertidos porque, cuando sales de casa, eliminas ese corsé que te auto impones delante de la sociedad para hacer cosas impensables como comer a la orilla de un cementerio un buen queso regado de cerveza o Coca-Cola bretona, darte un paseo entre las tumbas, pegar la hebra con una francesa que tiene un hijo en Madrid, darle un ataque de cólera al bueno de Anacleto porque Talina quería un currusco de pan y él lo estaba reservando para el resto de la expedición. Lavarte las manos en el grifo del cementerio y, si con eso no has tenido suficiente, te vas a tomar café a un bar coqueto frente a un concesionario de pompas fúnebres mientras que Paquita, Baldomera y Talina tocaban madera en sus cabezas.
Un viaje se resume por detalles mínimos, simples pero llenos de instantes únicos e intensos en la mente, en el corazón, en las retinas. Sensaciones que corren internamente de agrado, o desespero algunas veces. Esa mirada a una muralla, a un castillo, a un amigo. Tú te quedas en la sombra simplemente observando y ves como cada uno va  diluyendo sus sensaciones personales en un gesto de satisfacción, en una mueca contrariada, en una sonrisa que fluye libre y llena de satisfacción, en un ensimismamiento  al presentir la tranquilidad de un pueblo, al admirar la arquitectura local, al oler el aroma de un cruasán o el salitre de la mar en un pueblecillo pesquero mientras discurren barcos de colores y el canturreo de las gaviotas alegra a tus sentidos.
Todos los viajeros del monovolumen miraban glotones, respiraban con fricción, contaban los colores del mar, hasta cinco, desde el cobalto al esmeralda. Un mar de oscuras sombras alternándose con las aguas turquesas y un cielo, tan azul, que se desplomaba sobre aquel lugar de playas kilométricas y acantilados de cuchillo donde un 6 de junio de 1944 desembarcaron aquellos que proporcionaron la paz a Europa; un lugar que mientras paseabas perdido entre los pinos y las cruces se oyó el batir del toque a silencio y el himno de USA. Todos los americanos pararon y saludaron a su bandera y Anacleto, Baldomera, Tadeo, Sindulfo, Paquita y Talina sintieron envidia por ese respeto a un himno, a una bandera cuando en España se los pisotea a ambos.

Talina piensa que los hombres escarmientan poco, por eso vuelven a cometer sus mismos errores una y otra vez. Mientras se obstinan sin conseguirlo en poner atención a cuanto dicen, hacen y sienten porque están convencidos que con esa actitud sentirán la vida más cerca correr por sus venas y se darán cuenta que todo lo que les rodea encierra una enseñanza, sin embargo el hombre suele hacer todo lo contrario… Se acerca el blog a la naricilla y aspira su aroma. Su cabeza entonces se convierte en una filmoteca que salta de Burdeos, ciudad señorial y elegante, tremendamente chic y seductora, repleta de hippies contemporáneos y sus perros. A Nantes con sus chimeneas rectangulares y su línea verde para que el viajero la bordee… Talina de pronto se para y se pregunta “¿A ti que cosas te emocionan?” “Tantas”, se contesta…  “El azul del mar o del cielo. Su luz imprime carácter, te ensancha el espíritu, te confiere una serenidad especial de optimismo  que te hace pensar que todo es posible. Pero también me emociona la lluvia, un amigo con un detalle inesperado. Rafa Nadal, Pau Gasol, el himno nacional…” “Para Talina”, se reprocha, “que cuando te pones patriótica, desbarras” Entonces Talina  vuelve la mirada hacia el jardín y encuentra a Anacleto con su cámara al cuello enfocando al tejado “Este pobre hombre está como las maracas”, vuelve a sonreír, cierra el blog y se dice “Bonjour France” mientras coge el aspirador y vuelve a su realidad presente.
BURDEOS
SAINT EMILIÓN
NANTES
LA BAULE
VANNES
JOSSELYN
RENNES
DINARD
SAINT MALÓ
MONT SAINT MICHEL
FOUGERES
OMAHA, NORMANDÍA
DEAUVILLE
HONFLEUR
LA ROCHELLE
SAN SEBASTIÁN

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