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miércoles, 31 de agosto de 2016

ENRIQUE

Estaba escuchando las últimas noticias del día cuando sonó un mensaje de Facebook. Era ya madrugada, una de esas horas en las que  María disfruta en la cama de los últimos rescoldos del día, la hora de hacer sus balances íntimos y personales, donde sobrevienen las mejores imágenes de las horas pasadas, las sensaciones gratificantes de un agua cristalina zambulléndose en ella, esa emoción de vaguedad tirada en el césped mientras las sonrisas fluyen y el sol la rocía con su calor, o la conversación escueta con un hijo, las preocupaciones y locuras de los otros hijos…
Entre las manos sostiene la lectura de un maravilloso libro que la provoca pensamientos mientras pierde sus ojos por cada hoja que pasa. Pero al llegar a la página 118 de “Un millón de muertos” vuelve a releer los renglones, la intensidad emocional que provoca el miedo y que los protagonistas lo distraen con cualquier minucia. Porque en la novela quienes sienten el miedo correr por sus venas lo despistan clasificando los gatos apostados en una valla: los fascistas, los rojos y los arribistas que son aquellos gatos que militan en un bando u otro dependiendo las circunstancias. Y María sin querer piensa en su madre, su imagen se apoya en la almohada para escuchar su latido temeroso. El rostro de tristeza de una madre que se esfuma entre las rendijas del corazón, y se pregunta si llega ese día aciago, qué será de ese hueco indestructible, ese hueco anidado en su corazón sin posible relleno, ya vacío de por vida. Porque la madre de María se va, se va sin enterarse, evaporándose por segundos mientras sus ojillos temblorosos miran lo que no ve. Y cuánto más piensa en su madre más relaciona el miedo de ésta con el miedo de esos encarcelados que cuando no atinan con los gatos, se enganchan a un recuerdo, o a los barrotes del ventanuco para disipar el pavor de la inconstancia, de lo desconocido, del destino traidor como inevitable. La madre de María se cose a un mundo que nadie entra, solo ella. Y la hija percibe el mundo de ese  miedo de la madre en el temblor de las manos ancianas, en una frase “¿Ya te vas?”, temiendo la certeza, temiendo el abandono, mordiendo la soledad…
El sonido del móvil vuelve a aterrizar entre las sábanas de la cama, y María abandona sus sensaciones para saber quién le escribe a esas horas. Sí, tiene la certeza que en la madrugada fluyen buenas conversaciones que inspiran las estrellas, aunque también emerge la soledad y el miedo por la oscuridad más oscura, por la afasia del silencio. El móvil palpita por su pierna y decide rescatarlo. Efectivamente no es un wasap sino Facebook; la intriga quién puede ser en la madrugada de un agosto que muere.
La escribe un tal Enrique que no conoce de nada, ni siquiera de un foro, de un comentario; su rastro, su huella, no existe en la memoria de María. Por un instante piensa, piensa a la velocidad de la luz, tantas cosas que no sabe qué hacer, si ignorar o contestar “¿Y si…?” María nunca ha sido temerosa, no es de mal pensar, pero eso de que alguien insista tanto no es normal. Ella nunca llama demasiado la atención, más bien pasa sin hacer ruido, sin meterse con nadie. “¿Entonces, qué puñetas querrá este tío?” Va y contesta un hola tan lacónico como neutro, y el tal Enrique con brevedad envidiable la resume de dónde procede. Mientras María lee las palabras de Enrique no hace más que pensar que odia a quien no lleva rostro, lo encaja fatal, lo reconoce. “Razona, María, te pueden engañar igualmente con foto. No seas obsesa”, se va diciendo mientras las líneas de Enrique fluyen en una batería de preguntas que María responde, intuye que secamente, pero sin abandonarla la educación. “¿Y si es alguna pluma reconocida camuflada que la interesa tus letras?... ¿Un periodista acaso?” “Por dios, María, deja de pensar sandeces” Se habla así misma  contestando con inercia a Enrique, pero María no puede más y le pregunta “¿No tienes cara, rostro?” Enrique se queda desconcertado, no entiende la pregunta de María, y ésta siente un placer inusual “Le he dado una coz en los riñones”, se dice mientras se estira en la cama. Enrique reacciona, pide disculpas y procede a poner rostro y huella a su persona; María se avergüenza de su actitud desconfiada “Pobre hombre, hasta parece buena gente y tú siendo una sota de bastos”
María enmienda su proceder y hace un hueco en su cama al desconocido; la amabilidad fluye y el sueño también.

Esta mañana María se ha despertado como todos los días a las seis menos cuarto. Se despereza, toma su café y lee las noticias. A las siete y cincuenta y tres un rayo de sol se cuela entre las cortinas como cada amanecer y, de repente, se lleva las manos a la cabeza y se dice “¡Ostras, Enrique! ¿Le metí en mi cama o fue un sueño?”

6 comentarios:

Miriam Jaramillo dijo...

De visita en tu blog.Es un placer leerte.Te invito a leerme.
caminantecaminemos.blogspot.com.
Mi saludo con infinito respeto.

Miriam Jaramillo dijo...

De visita en tu blog.Es un placer leerte.Te invito a leerme.
caminantecaminemos.blogspot.com.
Mi saludo con infinito respeto.

Ricardo Tribin dijo...

Enrique, real, ficticio, pero gustoso.

Te dejo mi abrazo con inmenso aprecio.

Ricardo Tribin dijo...

Tus visitas me enaltecen y agradan.

Un abrazo, muy querida amiga.

Macondo dijo...

Recuerdo de niño la trilogía de Gironella sobre la vida civil española en la biblioteca de mi padre. Nunca llegué a leerla. Creo que se la dejó a alguien que no se le devolvió. "Los cipreses creen en Dios", "Un millón de muertos" y "Ha estallado la paz".

Ricardo Tribin dijo...

Querida amiga.

Vuelvo, te visito, y me voy muy contento de poder estar en contacto contigo.

Un gran abrazo!!!