domingo, 27 de abril de 2008

EN BUSCA DEL SUEÑO PERDIDO

-¿De que sirven los sueños si casi nunca se cumplen, abuelo?- la cara de Guillermo era todo un drama de Chéjov esperando una inminente respuesta. Sabía que su abuelo siempre tenía respuestas para todo.
-Guille, hijo mío, las cosas no son como nosotros queremos a veces, pero podemos intentar su conquista. ¿Qué te parece?- el niño se atusa la cabeza con los dedos llenos de mugre. Ha estado escarbando en el jardín; su caja de canicas no aparece.
-Abuelo, entendámonos. Dices que la gente no hace más que filosofar y es basura lo que dice, y ahora tú me vendes una moto sin ruedas. No es justo.- Guille se queda callado, se siente impotente, frustrado por no saber ni el mismo su inquietud.
- Abu… ¿Cómo supiste que tus sueños eran una fantasía y que nunca se cumplirían?
-… Cuando me presenté delante del Teatro Calderón con un ramo de rosas para invitar a Celia Gámez a cenar. Como yo, había trescientos hombres esperando con las mismas intenciones. Yo, muy buen mozo, aunque mi aspecto de pueblerino no me había dado tiempo a sacudírmelo. Mi carrera de medicina recién terminada, cuatro perras en el bolsillo y algo muy importante que me decía mi madre “Hijo tienes carisma”. Muy bien no sabía lo que significaba aquello, pero yo me hice mi composición mental y pensé que aquel vocablo extraño que mi madre oyó en una película de Valentino era suficiente para que Celia Gámez no me rechazara… Y ya ves Guille, no pude ni acercarme. Sin embargo, según me iba, vi a una chica parada contemplando fascinada la salida de la gente del teatro. Me cayó simpática y le regalé las rosas. Por cierto, me las tiró a la cara y dos años después me casé con ella. Quise que Celia Gámez fuera la madrina, al fin y al cabo, ella en cierto modo era un poco cómplice, ¿no crees? Pues bien, tu abuela que es muy suya, no sólo se rió de mí, sino que anuló nuestro compromiso. Tuve que comerme mi orgullo y mi admiración por Celia, y prometer a Nuria que jamás volvería a mencionar a esa mujer.
-Y… y, ¿te quedaste tan pancho abuelo? Ya lo dice la abuela que eres un calzonazos.
- Guillermo pone todo su máximo esfuerzo en que su cara sea de asco absoluto, de rechazo a la actitud de su abuelo, como cuando su madre le pone el plato de lentejas con acelgas, comida que odia con todas sus ganas… Aunque, pensándolo bien, quizá ese sea su sueño no desvelado “No comer más ese asqueroso alimento”.
-No renuncié Guille.- de pronto el abuelo baja el tono de voz y se pone muy misterioso.
- Cuando quieras, bueno, cuando se vaya la abuela a la compra, si quieres subimos al desván y te enseño…
-¡Abuuuuu eres la bomba!- el entusiasmo, la esperanza, han vuelto a renacer en el corazón infantil.- Por cierto abuelo, ¿tú crees que con mi edad ya tengo cataclismo como decía tu madre?
-Carisma Guille… Eres joven aún y muy tozudo, pero si te trabajas el carácter quizá un día…

En las paredes del despacho de Guillermo Salazar no cabe ya ni un alfiler; todos son diplomas honoríficos de cursos, especializaciones; sólo una nota disonante rompe la monotonía del paisaje: justo en el centro de la estancia, en la pared que está tras la mesa, hay dos fotos colgadas. Una es de un hombre de bigote cuidado y pelo ondulado bien engominado. La otra fotografía es de una mujer muy bella, de la misma época que la del hombre.
Anabel Plaza no hace más que reír contemplando ese pequeño gran detalle, es más, piensa que es la última esperanza que tiene para lograr llevar a su abuelo a la consulta; decirle que el doctor Salazar tiene colgada en la pared una sorpresa para él.Guillermo entra en su despacho mirando unas radiografías; un carraspeo le saca de su concentración. Busca el ruido distraído y se encuentra que hay una chica sentada. Es bonita, piensa, se parece a Michelle Pfeiffer en sus ojos, en su sonrisa, en su sencillez… Agita fuertemente la cabeza. Ya está, como siempre, comparando a todas las mujeres con su actriz favorita.-Soy el doctor Salazar ¿Qué desea?
Guillermo conduce por la autopista; le gusta esta época del año cuando todos han vuelto de sus vacaciones, el se va. Ha parado a repostar gasolina y mientras espera, contempla la forma en que vuelan los pájaros; su vuelo le induce a pensar que el otoño está cerca. Como una nube sin lluvia se alejan todos juntos, grises y silenciosos. El canto mudo del aleteo de sus alas es uno de los sonidos que más estremece a Guillermo en su estación favorita.Hace tiempo que recibió su herencia, pero no quiso ni pensar en ella, le hacía daño. Sin embargo las palabras de la joven que acudió a su consulta revolotearon con tal insistencia en su cabeza, que hicieron débiles su temores y fuertes sus añoranzas “Doctor tiene gracia. Mi abuelo siempre deseó conocer a Celia Gámez, pero siempre termina diciéndome que los sueños son espinas clavadas en el corazón, deseos que nunca llegamos a cumplir…”

Aquella mañana de final de verano, cuando Guille subía los peldaños con su abuelo camino del desván, éste de pronto se sintió indispuesto y cayó escaleras abajo. El niño contempló la escena petrificado. Salió a la calle en busca de ayuda, pero el miedo le impidió vocalizar una sola palabra. No volvió jamás a la casa de los abuelos.Los años transcurrieron, la vivienda no sabía por qué extraña razón no se vendía; allí nadie vivía, estaba abandonada y su abuela se había ido a vivir con ellos. Cuando ésta falleció, se enteró que ya en el testamento de su abuelo, dejaba como único heredero de la casa a su nieto Guillermo, con la única condición de que fuera a ella sólo y exclusivamente cuando sintiera el deseo. Confiaba en la honestidad y el carácter de su nieto que así lo haría.

Ahora Guillermo se preguntaba cómo podía saber su abuelo en aquel entonces el carácter que tendría su nieto cuando fuera mayor; no había duda de que su abuelo entre los muchos dones que poseyó, también estaba el de adivino; no se equivocó.Los seiscientos cincuenta kilómetros de distancia los recorrió casi en un suspiro, llegando a la caída del sol. Las hojas de los árboles habían comenzado ya a descender, extendiéndose por el césped como una bonita alfombra dorada. El murmullo del oleaje al chocar en el acantilado le dio la bienvenida; sintió como si retrocediera en años, como si abriera la puerta que cerró precipitadamente una vez. Aspiró el aroma del salitre tanto como pudo y se apoyó en árbol donde transcurrieron muchas horas de su infancia. Sin darse cuenta de lo que hacía, se agachó, y se puso a escarbar en la tierra; no pasó mucho rato hasta que sus manos pararon y todo su cuerpo quedara colapsado de la emoción: delante de sus ojos había una caja de latón oxidada, pero que no se habían borrado del todo los dibujos y el nombre de Galletas Fontaneda. Tomó con sumo cuidado el objeto. El pelo enmarañado, revuelto por la huella dactilar del viento, caía por la frente, sensación que aún le acercaba más al día que escondió su tesoro. Abrió la tapa y allí estaban sus canicas, justo treinta y tres; las contó una a una y se dio cuenta que aquello bien podía ser premonitorio; era la edad que Guillermo tenía en ese momento.
Despertó con el silbido del aire y un olor a brasas; la noche anterior al entrar en la casa no pudo dar un paso más allá de la cocina, uno de los lugares favoritos en su niñez y se sorprendió al hallarla tal como era en aquel entonces: la mesa de madera donde directamente cortaba la abuela los ajos dejando marcada la huella del cuchillo, la alacena repleta de vasos, platos y bandejas en perfecto orden de tamaño, con sus baldas cubiertas de tela y rematadas con encaje. El fogón donde se cocinaba y Guille se calentaba las manos en inverno. El punto central de la estancia era una mecedora; unas veces era la abuela quien se sentaba a repasar los calcetines y hacer ganchillo; otras, era el abuelo quien, al calor de la lumbre, se sentaba a fumarse la pipa mientras observaba el trajinar de su esposa o… contaba historias a su nieto.
La escena era tal real que Guillermo tenía la sensación de que estuviera sucediendo en ese preciso instante; no hacía más que sonreír por los recuerdos tan gratos que se agolpaban en su cabeza. Él también se sentó en ella y meciéndose, el sueño le sobrevino.Después de tomarse un café con leche con unas rebanadas de pan que le habían sobrado de las provisiones que trajo, se dispuso al fin a pasearse por las otras habitaciones de la casa.
Fue abriendo las contraventanas para que pudiera pasar la luz; ni siquiera había polvo suspendido en el aire, como si las sábanas blancas que cubrían los muebles hubieran absorbido cualquier suciedad; olía a cera y aún a limón, olores que ahora él comprendía como en su casa siempre los ambientadores que elegía eran de esas características. Le hacía gracia como los recovecos de la mente humana guardan espejismos que un día desvelan las causas del porqué está allí.

Pasaron tres días. Guillermo era feliz rodeado de su pasado; no echaba en absoluto de menos compañía alguna; la soledad como única compañera le inspiraba en paseos, lecturas, limpiar el jardín de hojas… Durmió a pierna suelta en su cama, tal como lo hacía de pequeño, tapado hasta las orejas, cosa que no había vuelto a hacer desde entonces.
Al amanecer del cuarto día, un ruido en el techo le despertó; provenía sin duda del desván, estancia que no había visitado todavía. El ruido se volvió a repetir y Guillermo decidió ir a ver qué era lo que estaba pasando.Subió lentamente los peldaños, la luz del descansillo aún funcionaba de manera intermitente; con un suave golpe, se quedó estable, como lo hacía su abuela. Abrió la puerta y la oscuridad era tal que no se veía nada. Encendió la linterna que había subido por si la luz fallaba y buscó en la pared cercana el interruptor; el desván se iluminó.Se apoyó en el quicio de la puerta para digerir la maraña de trastos y cómo no, ordenados de la mano de su limpia, pulcra y maniática abuela. Todos los objetos inservibles podían tener utilidad por lo que jamás iban a la basura; eran depositados en aquel cajón de sastre en espera de que alguien necesitara una parte, una pieza o… cualquier cosas de ellos.
El ruido provenía de la diminuta ventana y de un pájaro que se había quedado atrapada una de sus alas. Se acercó a rescatar al pobre bicho y éste en vez de irse, entró, posándose en un rincón tranquilamente. Se acercó a él lentamente, no quería asustarlo y cuando estuvo próximo, se dio cuenta de que se había posado encima de una caja; el animal voló hacia otro rincón, y Guillermo pudo coger la caja de cartón que no pesaba mucho. Ya con ella en las manos, buscó donde sentarse y aunque había un par de sillas, vio que estaban totalmente cojas, así que se dejó caer directamente al suelo.
Lo primero que observó del contenido fueron las gafas del abuelo, un bloc de dibujo de Guille, un sobre con fotografías y un cuaderno; una vez echo el recuento, decidió analizar detenidamente aquellos objetos.Se puso las gafas y el mundo fue borroso, pero no se las quitó; cogió el sobre y sacó las fotos. Se preguntaba quién serían aquellas figuras difuminadas, hasta que sacó una grande, tan conocida para él, que aunque fuera desdibujada la imagen por las dioptrías de los cristales, de sobra sabía quien era. Delante de él y en exclusiva para Guillermo Salazar estaba la única e irrepetible Celia Gámez, la misma foto que él tenía en el despacho, pero con una diferencia; estaba dedicada.Se quitó las gafas para leer con claridad “A mi fiel y tierno Gerardo… Celia” Guillermo abrió los ojos tanto como pudo ¿Cómo es que el abuelo tenía una foto dedicada? Eso de fiel y tierno,¿a qué se refería? ¿Sería lo que su abuelo le iba a contar el día que murió?”Joder abuelo, qué putada me hiciste con morirte”, musitó Guillermo; ahora siempre le quedaría la duda de qué hubo entre ellos. ¿A quién se lo iba a preguntar si los dos protagonistas del misterio estaban criando malvas desde hacía mucho tiempo?”Abueloooooooooo”, chilló Guille; del susto, el pájaro revoloteó, posándose esta vez en la misma cabeza de Guillermo.”¿Qué, pajarraco, vienes a explicarme si al calzonazos de mi abuelo se le cumplieron sus sueños?”… El pájaro se movió y se puso encima del sobre. “¿Tú, enano qué pretendes? ¿Qué me vuelva más loco?” Sin terminar el diálogo que mantenía con aquel extraño animal, cogió el sobre y sacó más fotografías; los abuelos en Palma de Mallorca, el abuelo recogiendo un diploma en manos del General Franco “Ostras abuelo”, ¿pero no me dijiste que nunca te fiaste de este tío? ¿Qué haces ahí estrechándole la mano y para colmo sonriéndole?”Una foto de mamá cuando era pequeña, la abuela en el huerto ¡Menudos tomates sacaba! Yo, unas navidades con la pelota que me regaló un amigo de papá… ¡Coño, el abuelo y la Celia juntos! ¿Pusiste los cuernos a mi abuela, truhán?Guillermo alucinaba en colores con sus descubrimientos; unas veces se enfadaba con su abuelo, otras, le felicitaba por haber tenido un par de narices al luchar aunque fuera por un sueño absurdo, pero que sin duda, había significado mucho en su vida.
No se dio cuenta hasta mucho tiempo después, de que no había abierto el pequeño cuaderno; fue el pájaro de nuevo quien le indicó el camino.La letra allí escrita era sin duda la de su abuelo; una caligrafía perfecta, dibujada con tinta negra. Casi todas las hojas estaban ocupadas “Y yo abuelo que siempre he pensado que lo de escribir en un diario era una mariconada de las mujeres… y ahora me sale tú con estas”
27 de septiembre: Guillermo ha cogido la muñeca que Nuria guardaba con tanto celo de nuestra querida hija, y le ha abierto en canal, sin duda será un cirujano excelente pues le ha hecho un corte limpio.
”Efectivamente abuelo, soy cirujano cardiovascular, recuerda que tú me metiste en la cabeza la profesión; tanto contarme cuentos de autopsias, mira las consecuencias”

2 de abril: Estuve con ella. Le encontré más enferma que unas semanas antes; el mal avanza rápidamente. Sin embargo, sus piernas a pesar de que empiezan a aparecer llagas, siguen siendo preciosas. ¡Ay Celia mía!, qué pena que te haya conocido en estas circunstancias, pero al menos me consuela que mi humilde persona te sirviera aunque fuera de médico. ¡Recuerdo tantas veces el día que nos conocimos! Llegaste a mi consulta bajo un nombre falso, no querías levantar sospechas en la prensa; elevé la vista y se me quedó clavada en aquel cuerpo tan familiar. De pronto, apareció como en un sueño tu rostro… ¿Quién osó decir que los sueños, sueños son?Desde entonces, he visto amanecer en tu piel los surcos del mal, que se han convertido en el camino de mi arado para calmar tu dolor, y así será hasta el fin.
”Abuelo, ¿me quieres decir que gracias a la medicina cumpliste tu sueño? En confianza abuelo, y sin que salga de entre nosotros ¿Tú crees que me debo ir a USA, ejercer allí de medico para conocer a Michelle Pfeiffer? Te entiendo, me podía haber buscado una mujer española, pero abuelo, estos son otros tiempos, y hay invasión de americanos para todo. ¿Qué opinas?... Espera un segundo abuelo que está sonando el móvil, ahora vengo…
-¿Sí? Salazar al aparato.-Doctor Salazar, buenos días soy Anabel Plaza. ¿Me recuerda? Le llamo porque mi abuelo ha accedido a ir a su consulta.
-Sí, la recuerdo perfectamente; me alegro mucho. Volveré a Madrid en una semana aproximadamente ¿Le llamo previamente y cenamos juntos? Podremos hablar tranquilamente de su abuelo ¿Le parece?
”¡Abueloooooooooooooooo!, siéntate que te cuento: no es La Pfeiffer precisamente, pero se parece mucho, y su abuelo era un forofo de la Gámez. Le he invitado a cenar con la excusa de que su abuelo padece del corazón ¿Qué opinas de la estrategia para ligar con mi Celia particular, calzonazos?
Creo abuelo, que éste bien puede ser el sueño de tu nieto…”

4 comentarios:

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Si no fuera por mi mama que no me deja... La toalla haría rato que habría desaparecido...

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Jauuuuuuuuuuuuuuuuuuuuume, bon día, Pollo.
¿Qué me has querido decir?
Estoy con las neuronas aun muy dormidas.
No besos

Jaume Canals Lanacemia dijo...

¿Sabes lo que le dice la gallina al gallo?... ¿oh, era al pollo?.

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Jajajajaja. Yo tenía un compañero en el banco que llamaba a los clientes pollos. Se acercaba a mi mesa y me decía "Ángeles, ¿dirás lo que me acaba de decir este Pollo?"
Un besote de buenos días