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sábado, 12 de abril de 2008

PASEANDO ENTRE ALMENAS


Hubo una época en mi vida donde todo cambió; la urna de cristal en la que mis padres me habían protegido se rompió y comencé a barruntar sentimientos desconocidos. En aquel entonces yo era un adolescente de ésos que dicen mutantes porque igual queremos ser bomberos como a la media hora ser astrólogos, pero siempre, siempre, radicales.
Tenía una tía que era la vergüenza de la familia Oliú pero a mí de verdad que me gustaba y me reía mucho con sus aventuras; el lema “Vive y deja vivir” era la enseña de su bandera y yo tenía la sensación de que estaba ante un personaje auténtico, no de fachada. Envidiaba su vida porque volaba, hacía lo que le daba la gana, mientras el resto de la humanidad sólo podíamos soñar. Hasta aquel fatídico verano en que mis padres se espachurraron en un accidente de tráfico; quedé huérfano y fui a parar a sus manos. Fue entonces cuando me enteré de que no todo en la vida parece lo que es…Ahora sé que el traje de madre le venía grande y más de un androide como yo pero, en los papeles estaba bien claro que era el familiar elegido para heredar el tesoro más pesado de los Oliú Heredia, es decir yo y mis circunstancias.
Me miró primero con asco, después con una cara difícil de valorar para a continuación decir secamente “Coge lo imprescindible, lo demás tíralo”. Me paseé por toda la casa buscando aquello que ella consideraría imprescindible; miré las paredes, los objetos, hasta dentro de los armarios y al final me decanté por seis cosas: la brújula, los prismáticos, Lucas mi mascota de trapo, una foto de mis padres sonriendo, el atrapa sueños de mi madre que lo compró en una tribu sioux, y un pequeño boceto que pintó mi padre de la Alhambra y que siempre que mamá lo miraba, me decía “Tolo, es lo mejor que ha hecho la humanidad”. No sabía bien qué quería decirme pero seguro que era algo profundo. Metí mis nexos con la vida anterior en la mochila y me cerraron la puerta del pasado para siempre.

La primera sensación que tuve de mi nueva vida fue la de perro y no bien tratado precisamente; iba tras de ella a todas horas, no me daba explicaciones, actuaba como si yo no existiera. Me llevó al médico haciéndome pruebas de todo y vacunándome del tifus, malaria y paludismo, después me sacó el pasaporte y ahí no pude callar y pregunté ¿Dónde vamos, tía? Ella me respondió: a la India, Tolomeo. Sinceramente, me amargó la emoción al llamarme Tolomeo, era un nombre horrible del cual me avergonzaba pues en el colegio se habían reído siempre de mí llamándome meón. Mi padre decía que el nombre heredado de bisabuelos y abuelos había que llevarlo con la cabeza muy alta, pero yo cuanto más escondida mejor.
Nunca había viajado en avión y la excitación me quitó el sueño y el hambre; no pregunté cuánto iba a durar el viaje, me estaba acostumbrando a no preguntar, observar y sacar mis propias conclusiones; el proceso de comunicación con el mundo exterior se interceptaba sin yo querer. Mi tía no era lo que yo me había imaginado porque recuerdo que vomité en el avión varias veces y me llamó de todo menos bonito. Cuando aterrizamos en la aduana y registraron nuestros equipajes comencé a sufrir de veras; un hombre de tez morena, sudoroso y uñas negras cogió a Lucas y lo rajó por la mitad. Empecé a chillar, a darle patadas hasta que mi tía me dio dos bofetadas. “Están buscando droga, imbécil”. Enmudecí; cogí los restos de Lucas y los metí en una bolsa de plástico.
El llanto nubló la visibilidad y sólo sentí el polvo que se mezclaba con mis lágrimas, mientras caminábamos por calles atestadas de gente cuyo idioma no entendía. Cuando llegamos a nuestro destino me indicó que me acostara en una especie de cama que estaba en el suelo y se fue. Me tumbé y perdí la noción del tiempo; al despertar noté que estaba abrazado a la bolsa de plástico y que algún resto de Lucas navegaba perdido por el camastro. Volví a meter cuidadosamente los restos en la bolsa y salí a aquel mundo extraño.
Busqué un grifo pero allí no había ni grifos ni duchas. Encontré un cántaro y usé toda el agua ¡Menudo enfado el de mi tía! El agua nunca se debía desperdiciar. Los primeros días fueron duros, estuve más tirado que una colilla y pasé miedo. Ella se iba a trabajar y me dejaba notas para decirme lo que debía hacer, nada más; la comida era muy distinta de lo que yo había estado comiendo hasta ese momento y toleraba mal las especias y picantes, así que decidí no comer, pero como las tripas me rugían yo también puse una nota a mi tía para que no se molestara en hacerme la comida, yo me la guisaría. Aburrido, decidí dar mis primeros paseos por los alrededores de la casa, llevándome la brújula por si me perdía; una angustia muy rara me invadía al observar ese modo de vida tan diferente al mío. Cuando atardecía me iba a casa, bien claro me lo había dicho mi tía, no debía deambular a ciertas horas por la calle; allí permanecía horas solo, mirando con los prismáticos las luces lejanas que parecían tener vida propia, o enfocando a las estrellas por si en alguna estaban mis padres hasta que ella aparecía; me percataba de que se lavaba y se metía en la cama. No sentía curiosidad por si yo estaba en casa o si había cenado; sin hacer ruido me acercaba y me sentaba en el suelo a observar su cara. Dormida parecía otra persona más afable y comunicativa, semejaba estar muerta; gracias a estas observaciones comencé a dejar de tener miedo a la muerte.
Recuerdo una de las noches en que la estaba contemplando en la oscuridad, hacía un calor sofocante y me imaginaba a mi tía muerta pero bañándose en un río de agua fresca y limpia, que volvía la cabeza hacia mí y me sonreía… De pronto, mis pensamientos fueron rotos por un relámpago; penetró por el ventanuco iluminando todo su cuerpo, después comenzó a llover y las gotas salpicaron sobre la cama pero como ella estaba profundamente dormida ni se enteró. Me levanté y abrí la puerta de la calle; cerré bien la bolsa de plástico y me puse debajo de la lluvia, comprobé como me crecía el pelo; me desnudé y me quedé en calzoncillos ¡qué sensación más gratificante! Después de un mes de estar allí era lo primero bueno que me pasaba, notaba incluso que mi cara sonreía. Sentí que alguien me miraba y me volví, era ella. En segundos pensé que mi fiesta se acababa y que la regañina iba a ser morrocotuda, pero me equivoqué; sin decirme nada se sentó en el suelo en la postura típica de yoga y cerro los ojos. “Ahora es una muerta sentada que sonríe mientras se moja”, pensé y me dispuse a hacer lo mismo; me senté a su lado pero no cerré los ojos, me gustaba ver la lluvia y su rostro iluminado. Estuvimos así hasta que las nubes se vaciaron, ya amanecía.
-Tolo, vamos dentro o cogeremos frío – y acariciándome el pelo se levantó y se fue. Me dejó perplejo su actuación pero no me hice ilusiones, y cogí mi bolsa de plástico y me fui a dormir.
Otra noche en la que ya no pude soportar el silencio, la esperé sentado en la cocina y cuando ella entró para coger un vaso de agua, me puse a hablar; me resultó raro oír mi voz.
-Tía, ¿por qué ya no eres simpática conmigo como antes?
-¡Qué bobadas dices, Tolo! Antes te veía cinco minutos al año, ahora tengo que aguantarte todo el día.
-¿Por qué no te querían los abuelos, los tíos y mis padres? Eres mala pero mi madre me enseñó que debíamos perdonar y querer a la gente como es, por eso yo te perdono pero no te quiero porque no me dejas ¿Qué hiciste?
-Nada y todo; ser distinta.
-He visto en un cajón un álbum de fotos; son todas mías. He leído una carta de mi padre en la que te dice que si tuvieras vergüenza irías a verme más ¿Qué quería decir papá?
-¿Quién te manda hurgar en mis cosas enano de mierda?
-Estoy todo el día solo, me aburro.
-Hasta que empiece la escuela, a partir de mañana, vendrás conmigo y sabrás lo que es vivir aquí.- Se levantó muy enfadada y se fue, esa noche no volvió a casa.
La amenaza se cumplió y el resto del mes que faltaba para ir a la escuela me llevó a aquel lugar tan especial donde colaboraba con una ONG; ayudaban a las viudas hindúes rechazadas por sus familias políticas. Yo llamaba a aquel sitio el gueto del olvido.
Allí trabajaban siete personas; tres asalariados, dos estudiantes voluntarios que se iban rotando aprovechando las épocas no lectivas de sus universidades, y otros dos voluntarios ya mayores que habían decidido dejar todo por ayudar a otros. Me gustaba estar en el gueto porque durante aquellas horas mi soledad se difuminaba. Unos impartían formación laboral a las más jóvenes y otros, prestaban atención a las viejas. Todos parecían contentos con lo que estaban haciendo menos mi tía que era una autómata, cuyo trabajo, el más desagradable de todos, semejaba un sacrificio íntimamente impuesto; cuidaba de las ancianas moribundas y, ayudada por uno de los médicos, aliviaba como podía su dolor hasta que se dormían definitivamente. Los primeros días iba de un lugar a otro mirándolo todo; hice mentalmente varios grupos de las mujeres de blanco, signo de viudez en la India: las viejas asquerosas, cubiertos sus huesos de pellejos; las orantes que pasaban el día entonando recitaciones, por lo que deduje que sus cabezas les funcionaban bien; y, por último, las viudas que aún servían para hacer algo. Pasaba desapercibido para todos pero no porque no me quisieran hacer caso, eso se notaba a la legua, sino porque estaban concentrados en su trabajo al cien por cien. Cuando decidí colaborar me di cuenta de que el hablar no es importante; los gestos, las obras avalan a tu persona comunicándote con el resto de los mortales. De todas formas aprendí a marchas forzadas el inglés y el indi. Me encargué de la cocina; trataba de memorizar los pasos que daba mi madre delante de una cazuela e imitar lo que recordaba; mis guisos no eran buenos pero estaba convencido de que eran más sanos para aquellas pobres viudas abandonadas. Había una en concreto que me inspiraba sensaciones contradictorias; al darle cada día los cuatro granos de arroz que le correspondían o las lentejas, se quedaba mirando muy fijamente la bolsa de plástico que llevaba sujeta al cinturón y un día osó preguntar qué era; se lo expliqué. Aquella imagen no se me olvidará en la vida, quedó grabada a fuego en mis retinas; de su gastada y rota vestimenta, sacó unos cuantos hilos y cuando consideró que eran suficientes, tomó con suma delicadeza la bolsa de plástico y sacó los restos de Lucas. Sin duda hizo magia pues el muñeco de trapo fue lentamente recobrando su fisonomía anterior; cuando terminó, sonriéndome con su boca desdentada me entregó el muñeco. Esa mujer me daba mucha grima pero, al besarla en un impulso, me llenó de un calor perdido. A partir de aquel día, una parte de mi comida la compartía con ella; sabía que por mucho que mendigara, había tanta hambre y tan pocos alimentos que era casi imposible que a Güla, como se llamaba y viuda desde los catorce años, le llegara algo más que los cuatro granos de arroz o lentejas.
Pasaron los años, inexorable máquina del tiempo y poco se modificó mi vida; me aclimaté perfectamente a aquel país; hice míos las especias, el incienso, los animales, los ricksows, el mosaico de razas y religiones, el calor humano… los males endémicos como la pobreza eran calcinados por tanta belleza que guardaba aquella compleja cultura. En mi décimo séptimo cumpleaños los compañeros de la ONG me tenían preparado un regalo extraordinario: una bicicleta reparada a base de trozos de otras. A mí me pareció la mejor del mundo; con ella paseé mi soledad. Sé que mi tía aunque apenas me hablara, me observaba en la sombra y se sentía orgullosa de mí, no obstante, no olvidaré nunca sus palabras cuando le entraron aquellas fiebres; sacaron a relucir toda su amargura.
Me dijo palabras tan duras como que, si ella hubiera podido elegir, yo no habría nacido; entonces entendí que yo había sido un accidente en su camino. Era tarde para hacer más preguntas, ella cerró los ojos y su rostro se dulcificó para siempre. La quemaron en una pira y sus cenizas volaron con el viento que vino a por ellas; aún hoy siento que ella sigue por el espacio tan libre como quiso ser hasta que mi persona se interpuso en su vida. En la ONG no sabían qué hacer conmigo, yo me negaba a regresar, me sentía un paria y así quería seguir; les demostré que podían confiar en mí y que mi ayuda era valiosa a pesar de ser tan joven, me sentía maduro para hacer frente a lo que viniera. Me especialicé como mi tía en ser conductor de las ancianas viudas hacia la vida eterna; cuando su mirada perdida se clavaba en mi rostro con un agudo gesto de dolor, les apretaba la mano con todas las fuerzas de que era capaz y me agachaba a besar sus frentes arrugadas, entonces se producía el milagro: la huella del sufrimiento se evaporaba y daba paso a la paz en su vida marginada. Si en alguna ocasión la tristeza me hundía, me abrazaba a Lucas, con el dedo meñique movía el atrapa sueños y fijaba la vista en las almenas de la Alhambra, entonces sentía algo muy especial, como si estuviera caminando entre ellas y de pronto parara y mirara al lejano horizonte; mis pulmones se llenaban del aire puro de Sierra Nevada y mis ojos dejaban su estado lacrimógeno; aquellas sensaciones tan grandes me hicieron comprender las palabras de mi verdadera madre…

6 comentarios:

Jaume Canals Lanacemia dijo...

¿Tiene algo que ver con la fábula de Rubén Darío titulada El zorzal y el pavo real que nos la ha recordado una estrella?
un personaje auténtico… el traje de madre le venía grande... Para acabar con:
entonces entendí que yo había sido un accidente en su camino.
Pero tienes disculpa cuando en su estado lacrimógeno comenta: aquellas sensaciones tan grandes me hicieron comprender las palabras de mi verdadera madre… ¿Quien no se rinde ante la Alhambra o al aire de Sierra Nevada?.¿QUIÉN?

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Bon día don Jaume... pues puede que tenga similitud a lo que nos contaba Estrella con la fábula de R. Darío... puede.
Y ahora de nuevo estoy en la India con el relato que estoy escribiendo "Las pasajeras deltren del Olvido", en Kachí; no sé cuándo lo terminaré. Un besote de café

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Hace pocos días estabas en Sevilla y aun no has pronunciado ese deje andaluz que te has ido a la india…
¡Hija no paras!.
Gracias por el sabor a café, me he ahorrado el carajito.

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

jAJAJA, que no me he ido a la India, que no te enteras, estoy escribiendo un cuento ubicado en la India, Es lo que tiene escribir: VIAJAS MUCHO jajajajaja
en Sevilla sí que he estado, mi arma.
Un beso quillo con zabó a mansanilla
Por cierto, preparo unos carajillos de muerte súbita

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Con el carajito súbito y el gustillo de manzanilla ¡mi arma!. Ya no se si escribo con la pluma del indio o de la gaviota que ha volado desde Sevilla.
Eso si, no dudo que volando de un sitio a otro tienes tiempo para escribir que es un gusto.
Un abrazo

romm|na dijo...

hola, me ha gustado mucho tu blog.... los articulos y las entradas, son bastante interesantes, por eso queria intercambiar enlaces con tu blog, tengo dos blogs bailandoya
y soloprimicias
Saludos y exitos!