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lunes, 12 de mayo de 2008

UNA HISTORIA COMÚN

Mi querido Pedro:

He buscado mil formas de confesarte todas las sombras que nos han abrazado a lo largo de nuestra convivencia…, pero he sido una cobarde. Aún hoy, en esta hora tan difícil, no he sabido enfrentarme a ti, por eso he optado por la postura más irracional y escribirte esta carta; te la guardo en el bolsillo izquierdo de la chaqueta, al lado del corazón, para que la sientas con el relajo que incita la eternidad. No deseo engañarte más, no te lo mereces…
Con el silencio y todo el sol de este amanecer púrpura que me invade en este momento, te descubro la otra mujer que soy.

Durante mucho tiempo he acelero mis pasos y rematado los temas pendientes: que no hubiera un reproche, nada que removiera mi conciencia. He hecho lo que se esperaba de mí, un ejercicio que rayaba casi la perfección. He tenido años de entrenamiento, hasta mi sonrisa era la adecuada para una madre y esposa casi impoluta. Pero tengo otra vida, Pedro, que nadie conoce, mucho he cuidado de que fuera así.

Con avidez, encendía cada día el ordenador. Cerraba los ojos y suspiraba. Entonces, el hastío desaparecía de mi vida. Me olvidaba de quién era, de mis miserias y me abandonaba a la grandeza de soñar porque, esto, lo hago dormida y despierta, Pedro. Algo dentro de mí chillaba”Tú, tú y sólo tú”… Abría la ventana y un aire gélido atrapaba mi sensibilidad con aroma de otro hombre… Era mi gran secreto.

Hace años que llevo así, navegando en un silencio espeso con palabras que son una cortina de humo a una verdad que me hiere en lo más íntimo. En momentos de vigilia obligada, me preguntaba si haría bien, pero rápido surgía la respuesta “Eres buena, Manuela, estate tranquila” y continuaba mi paseo por las nubes.

No deseaba la vida que llevaba encarcelando mis deseos y ansias de volar. No te amaba, Pedro. Cada día llegabas cansado y sin resquicio de humor, muda tu voz y tus labios secos como un erial. No deseaba pasar horas entre fuegos y fogones, ni tampoco el trabajo de aguantar a otros sus limitaciones. La maternidad no la sentía mía y, sin embargo, ahí he estado como modelo a seguir. Ni una mala cara, mi paciencia, tú lo sabes, es ilimitada y mi dulzura el premio para los vosotros. Aplaudíais mis actos, recogía la cosecha y continuaba obedeciendo a mi conciencia. Es lo mínimo que podía hacer: ser responsable con mi historia.
Paralelamente, escribía otra muy distinta que nada tenía que ver con mi otra realidad.

Comencé cuando tomé conciencia de cómo eran las cosas. No hubo lamentos y sí aceptación. No obstante, cierta frustración me embargó y busqué soluciones. Todas las salidas que pensaba, desembocaban en hacerte daño, Pedro. Tú eras buena persona, mis hijos como otros chavales de su edad, el trabajo uno más de los miles que existen en el mundo. La salud y la economía doméstica ahí estaban presentes… Una familia con luces y sombras ya que nada es perfecto, ¿entonces? Para mí no era suficiente, algo faltaba y que se escribía con cuatro letras.
Lo encontré de manera fortuita, sin buscarlo ni pensarlo y, ahora soy feliz, Pedro. No había engaño por ambas partes, cada uno tenía su vida. Uno, el mar y la literatura, yo, la familia.
Le fui a pedir una autógrafo y me quedé para siempre entre sus páginas. Nuestros ojos se cruzaron y quedaron fijos los unos en los otros. El silencio dijo mucho de nosotros en aquellos instantes fugaces. Él se definía como un canalla; yo, como una ingenua amante de la diatriba.
El primer beso nos lo dimos en un parque, escondidos de ojos intrusos…, era otoño y llovía. Refugiados bajo un paraguas, sacudimos cientos de formas que conlleva el amor y, Pedro, aquel roce me hizo despertar en un mundo que desconocía en mi madurez liviana. Él, a vuelta de todo, se sorprendió de la pureza que escondían mis labios tibios…, había olvidado lo que era sentir aquello.
Claro que, quisimos cortar, la situación era descabellada, pero no pudimos o, no quisimos, el caso es que fuimos tejiendo nuestra otra vida, lejos del mundo bullicioso que te atrapa y te ahorca en redes sin sentido, donde el qué dirán es la moneda de cambio habitual.
Para él, yo soy y seré el final que supone el entendimiento del amor. Para mí, él es el salvoconducto para ser yo misma, la mujer que adormece dentro de mí cuando estoy contigo, Pedro.

… Cada día abro el correo y allí está él, esperando ser leído…, entonces la distancia deja de existir.

Hoy, cuando la tierra cubra tu cuerpo y la oscuridad empañe definitivamente la luz de mi traición, sé que me perdonarás… porque en vida, recuérdalo Pedro, nada te faltó y te supe hacer feliz. Qué mínimo, ahora que nos despedimos, serte sincera y, si bien, mi amor lo perdiste no así mi cariño.
Por último, Pedro, no temo que la huella del tiempo borre lo importante que fuiste para mí.

Tu esposa
Manuela

2 comentarios:

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Y DEJE A UN AMIGO ESTA NOTA POR SI SE TE OCURRIA ESCRIBIRME UNA CARTA.

Hasta en la tumba me llevas…
este mal recuerdo.
Te deje tus espacios para que crecieras
y nada me contabas.
Sufrí por dentro tu no sentir
y fingí aplaudiendo tus actos.
Pero aun así y todo…
amor no me dabas.
Descubrí tu secreto antes de partir
¿Y ahora en la tumba me lo guardas?
Si antes llegaba cansado a casa
para no hacerte sufrir
Ahora me dejas esta carta
para que yo no poder dormir.

Pd. Si has recibido la nota, quitame esta carta del bolsillo izquierdo de la chaqueta.
Gracias

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Jajajajaja, trae, ya la he quitado. Ayer ordenando el correo encontré esta epistola que la envié a un concurso de engaños; no gané, claro.
Non día, pollo y gracias por hacerme reir a estas horas.