viernes, 24 de octubre de 2008

¿QUÉ HAY ENTRE TU CORAZÓN Y TÚ?

-Disculpe, ¿para llegar a la plaza de San Diego?
-Vaya recto y la segunda a la izquierda. Aparque por aquí el coche pues los aledaños están cortados por ser un día tan especial. Ya sabe, Los reyes, ministros…, todo un revuelo.
-Muchas gracias.
Arturo arranca de nuevo el coche, no sin antes mirar por el retrovisor para ver si su hermano le sigue.
-¿Cómo estás, Mamá? Vas muy callada y con una expresión risueña e irónica a la vez.
-Disfrutando, hijo, de cada segundo.
-Abuela, ¿te sientes importante?- la pregunta de Guillermo ha hecho reír a todos.
-Eso lo dejo para la gente joven. Tengo una edad, Guille, en la que se valoran otras cosas.
Según termina de decir estas palabras, mira por la ventanilla del coche, el cristal se convierte en un reflejo de fotografías emocionales que van pasando una a una…

Tiempo atrás…
Anita se esconde debajo de la mesa; hasta allá abajo llega el perfume a ajo y el ruido minucioso y equilibrado del cuchillo en manos de su abuela al estrellarse con la madera. Es su mundo perfecto, el refugio donde se imagina mil historias mientras acaricia al infiel Tobías, éste pronto la abandonará por una sabrosa costra de gamba, los gatos son así.
Oye la voz de tío Guillermo pidiendo “¡Dos de gambas al ajillo!”, y desea que llegue la noche y ya en la cama, uno al lado del otro, la cuente una historieta nueva entre doña Gamba y el señor Ajo. Las niñas en el colegio la dicen que se eche colonia “Anita, hueles a ajo”, pero como su madre dice que en la vida hay que ser únicos y especiales, ella, Anita Martos, será la primera mujer que lleve dicho aroma.
-Anita, sal de ahí, es tarde y aún no me has dicho la tabla de multiplicar del número ocho. Como se entere tu madre, se enfadará con las dos.
-Abuela no digas mentiras o te crecerá la nariz como a Pinocho. A mi madre no le importa nada lo que yo haga. ¿Cuánto hace que no viene a verme?
-Está muy ocupada ¿Acaso no estás bien con el abuelo, el tío Guillermo y conmigo? Y esos vestidos tan bonitos, ¿quién crees que te los compra? Tu madre.
-No quiero vestidos abuela, quiero…
-¡A callar! Dime ¿8 por 3?
-24…

Tiempo después…

-Ana ¡Cuatro a la plancha! Rápido, no te duermas en los laureles.
-Voy pesado… Mamá, sígueme contando mientras preparo el pedido de tío Guillermo; lo que más siento, es que vas a salir de aquí con un tufo a ajo que no habrá quien se acerque a ti.- Las dos se han echado a reír.
-No te preocupes hija, como te iba diciendo, este año tampoco te podré pagar los estudios, es muy caro mandarte fuera, ya ves, el bar da para malvivir y la enfermedad de la abuela, las medicinas…
-No te preocupes mamá, me gusta mucho trabajar aquí. La abuela baja los días que se encuentra mejor y me ayuda, soy feliz con lo que tengo. Y tú, cuéntame, dónde has estado.
De las cosas que más le agradan a Ana es llegar a casa y meterse en la bañera, el dolor de piernas por haber estado tantas horas de pie desaparece. Después, se va a la cama de sus abuelos a charlar un rato con ellos y, al final, una vez en su humilde habitación, saca de debajo de la cama una caja de cartón, no quiere que la vea nadie en la casa. Son unos libros que ha sacado de la biblioteca municipal; uno es de términos literarios, otro es de Plutarco “Vidas paralelas” y el último, el diccionario de Corripio de sinónimos. Junto a ellos sitúa el bloc que ha comprado, es el primero de una larga lista, se dice a sí misma mientras juguetea entre sus manos con una cabeza de ajo. Espera con todo su corazón llenarlos; únicamente tiene el tiempo de la noche pues durante el día no le queda libre ni un segundo, pero con fuerza y voluntad…

Y sigue pasando el tiempo…
El día es lluvioso, frío y desolador; según regresan a casa en el autobús el granizo se estrella contra los cristales. Ana se aprieta todo lo que puede al brazo de tío Guillermo, nunca se ha sentido tan triste. Vienen de enterrar al abuelo que no pudo soportar la marcha de la abuela cuatro meses atrás; ya, sólo se tienen uno al otro, no queda nadie más. Su mundo se ve resquebrajado, cruelmente mutilado, pero esto lo piensa hacia dentro mientras mira con ternura a su tío, hombre que no tuvo juventud por estar pegado a la barra de un mostrador. Se sabe poseedora del único eslabón que ata a Guillermo a la realidad feliz de una vida carente de muchas cosas.
-Tío Guillermo, ¿te has fijado como te mira doña Adelaida cuando le sirves el café?
-No. ¿Acaso ha reparado en mi persona?-pregunta intrigado a su sobrina.
-Te devora con la vista. ¿Cuánto años tienes, tío?
-Treinta y ocho.
-¿Por qué no la invitas mañana a dar un paseo? Sabes que las tardes de los miércoles son muy tranquilas, me puedo quedar sola en el bar.
-Y tú, ¿salir los lunes con la chica de la floristería?
-¡Hecho!- ambos se han abrazado tratando de buscar un calor que no tienen.
Esa noche, Ana escribió la historia más triste de su vida…

Y los meses pasaron…
-Señorita, ¿me pone un cortado por favor?- Ana ha levantado la cabeza como si fuera un resorte; le ha sonado aquella palabra tan bonita, que no ha podido reprimir una de sus mejores sonrisas a aquel extraño. No era un hombre joven, ni guapo siquiera, sin embargo, tenía algo especial. Se da cuenta que su tío la está mirando y sonrojándose, ha salido rauda de la barra para refugiarse en la cocina junto a doña Adelaida que se convirtió hace un año en su tía postiza. Es muy buena persona, piensa Ana, aunque sienta que no ha visto jamás una mujer más inútil que ella, pero lo importante es que a su tío todo lo de ella le parece estupendo, con lo cual, a Ana también. Es una boca más que alimentar ahora que estaban un poco más desahogados de dinero después de pagar todas las deudas que había dejado el abuelo al morir y que ellos ignoraban, pero doña Adelaida comía como un pajarito y nunca pedía nada a su esposo, se debía sentir tan agradecida por haberla librado de la soltería y la soledad que, para esa mujer, diez años mayor que su tío, la pobreza en la que actualmente vive, le parece la mayor felicidad.
Ana desde que se casó su tío, ha escrito una sola historia, pero cree que no es tan mala como las anteriores, incluso animada, se la dio a leer al bedel de la biblioteca, que bajo cuerda, después de años de amistad, la dejaba sacar más de dos libros, y él opinó que era el momento de lanzarse…De aquello, habían pasado tres años; Ana aún recordaba la vergüenza que sintió cuando aquel hombre enano y calvo, sin ninguna sensibilidad, la tiró casi a la cara sus dos cuadernillos. No lo ha vuelto a intentar aunque no ha dejado de escribir. Su vida ahora está colmada de novedades; desde hace un par de años mantiene relaciones con Gustavo, el hombre que una vez al mes se pasaba por el bar a tomarse un cortado. Todo esto sucedió gracias al tío Guillermo que se convirtió en celestino entre la sobrina y el viajante. Gustavo es un buen hombre que llenaba a Ana de atenciones; la invitaba al cine, la regalaba medias de cristal y hasta discos. Ana no le confesó que no tenía tocadiscos y recibía igualmente ilusionada los presentes, de sobra sabía que para Gustavo esos gastos le suponían comer un par de platos menos de albóndigas, su comida favorita. Cuando él la pidió el matrimonio aquella tarde de octubre, Ana se sintió la mujer más dichosa del mundo.

Y los años se acumularon…
Con treinta y cinco años ser viuda con dos hijos es muy duro y costoso, pero no imposible. Mientras Ana y tío Guillermo trabajaban, a doña Adelaida no le quedó más remedio que espabilar y arrimar el hombro; se encargaba de los niños. A veces a Ana la daba lástima ver a sus hijos sucios y mal vestido, pero igual que a ella, no les había faltado amor desde que nacieron. A los pocos meses de llegar al mundo, Gustavo, hombre de salud muy precaria, enfermó y tan dulcemente como fue siempre su carácter, se fue al otro mundo. Ana sintió su pérdida en lo más profundo de su corazón, pero no tenía tiempo para lamentaciones. De nuevo, alguien se había quedado encargado de dejar deudas y, Tío Guillermo y Ana se pusieron a tapar agujeros.
Sus escritos tomaban otros cauces, mucho más maduros y sólidos. Fue entonces cuando se animó a presentarse al primer concurso, no daban dinero de premio, sólo una placa honorífica. Lo ganó y puso el trofeo entre las botellas de Anís del Mono y el coñac Napoleón; todos los clientes la felicitaron.

La vida continuó…
-Mamá, acaba de llegar una carta por correo certificado.
-Gracias Guillermo, léeme lo que pone mientras termino de pelar los ajos.
-Lo de siempre; tu novela ha quedado registrada con el número 317 para el concurso. ¿Mamá, hay tanta gente con imaginación?
-Ya lo ves que sí; Según Onésimo, el del quiosco, dice que ya antes de empezar, la mayoría están dados o los que se escriben por encargo como El Planeta, pero hijo, todo son rumores, no hay que perder las esperanzas, además, yo escribo por hobby, ya lo sabes.
Así llevaba años, yendo de concurso en concurso para nada, gastando dinero en registrar su obra. ¿Para qué? Prefería no pensarlo. Ir a una editorial era una bobada, desde aquella vez que la tiraron los cuadernos a la cara no lo había vuelto a intentar. En toda su trayectoria de escritora anónima había conseguido dos reconocimientos públicos, nada más.

Arturo, su otro hijo, tenía tanta fantasía como ella y se le ocurrió hacía unos meses dar otro aire al bar. ¿De dónde sacó el muchacho el dinero para comprar mesas y sillas de segunda mano? Prefería no saberlo, siempre estaba metido en chanchullos. El caso es que decoró un rincón del establecimiento y en las paredes colgó fotografías de Unamuno, Valle Inclán, Machado etc., imprimió cuentos de su madre y un par de novelas y a la hora del café, junto a los periódicos, ponía los escritos de su madre encima de las mesas. Hay que reconocer que la zona de las mesas estaba ahora mucho más agradable, con más clase decía el tío Guillermo. Arturo estaba convencido que algún día recalaría por el bar alguien que valorara a su madre.

El tiempo no perdona…
No estaba con los ánimos suficientes para encarar una entrevista; hacía dos días que habían enterrado a doña Adelaida y el tío Guillermo como los chicos no tenían consuelo. Ninguno quería ir al bar, pero no se podían permitir el lujo de tenerlo cerrado. Tanto dudó en coger el coche de línea para ir a la capital y acudir a la cita, que los tres hombres de su vida reaccionaron y una vez que logró el compromiso de que ese día abrirían el negocio, por fin se fue.
De la estación de autobuses hasta el lugar del encuentro fue dándose un paseo, disfrutaba mucho las pocas veces que iba a la ciudad aunque siempre terminaba diciéndose que nunca viviría allí, tanto ruido y gente no eran para ella.
Ese día le llamaba la atención que los hombres a su paso la miraran descaradamente, iba vestida de luto riguroso y lejos de afearle, aún destacaba más su belleza, algo que nunca Ana se paró a valorar y con 47 años conservaba el frescor de la juventud, cosa que a un hombre no le pasaba desapercibido igual que a Mariano Morales, un librero de la capital que un día recaló con unos amigos en el bar de Ana; sentados en una mesa, él, su mujer y unos amigos, se fijó primero en un escrito que reposaba en la mesa, después, preguntó al camarero quién lo había escrito; el chaval lleno de orgullo contestó “Mi madre, señor” y corriendo fue a por ella trayéndola a rastras. Mariano se quedó fascinado por lo que sus ojos contemplaban, había algo en ella muy distinto a las mujeres que él acostumbraba a tratar, quizá fuera su sencillez y naturalidad lo que prendó al librero. La pidió si se podía llevar una selección de lo que había escrito y la dijo que se pondría en contacto con ella… Hoy se iban a encontrar, por teléfono, la comentó que había mucha materia que explotar y a Ana la recorrió un gusanillo por todo el cuerpo.

Los hijos…
Arturo no quiso estudiar, lo suyo era el bar junto al tío Guillermo, ahora convertido en un anciano que cada mañana se sienta en una mesa a contemplar orgulloso a su sobrino; el establecimiento sigue conservando el sabor de antaño, pero el joven le ha dado un toque muy especial y es raro que no recale gente en el pueblo sin pasar por el bar de los escritores como lo conocen ahora. Guillermo estudió periodismo y vive en la capital; Ana sigue metida en la cocina entre ajos y hojas de color sepia donde vuelca sentimientos, sensaciones, experiencias e imaginación. Sus novelas comienzan a verse expuestas para su venta en librerías y grandes superficies; nunca agradecerá lo suficiente a su mecenas, Mariano, lo que ha hecho por ella. Una vez al mes se citan para hablar de ventas y literatura, aunque en el fondo sus conversaciones terminan en el terreno personal. Son más que amigos, los dos lo saben, pero Ana considera a Mariano un hombre prohibido, él lo sabe por lo que ninguno de los dos menciona palabras que puedan enturbiar esta amistad tan sólida. Ana cada día antes de acostarse, dedica el último pensamiento a su amor secreto.

El presente…
Mariano espera confundido entre las autoridades la llegada de Ana y su familia; es un 23 de abril hermoso y florido, este año la primavera ha llegado temprano y, hoy, es un día luminoso para premiar la obra de una autora española cuya contribución al patrimonio cultural han considerado decisiva. Honran una obra literaria completa de la primera mujer que recibirá de manos de S.S.M.M. los Reyes de España el premio Miguel de Cervantes, el galardón literario más importante en lengua castellana. La Antigua Universidad de Alcalá de Henares recibe a una mujer de modales sencillos, que conserva a pesar de sus años, la ingenua naturalidad de una adolescente, la humildad de quien no ha olvidado de donde proviene y está en paz consigo misma y su corazón. Aparece del brazo de un anciano; camina despacio sin perder la sonrisa ni la compostura a sabiendas que es el centro de atención.
-Ana estás muy bonita ¿Nerviosa?- le pregunta Mariano.
-Feliz, sólo eso. ¿Te parece poco?
Su familia la arropa y se dispone a esperar el gran momento.
-Mamá, ¿qué pasa entre tu corazón y tú en este momento?- Ana sonriéndole, contesta:
-Agradecimiento, hijo mío, agradecimiento y orgullo…

3 comentarios:

Jaume Canals Lanacemia dijo...

¡Simplemente!. Emotiva.
Un abrazo.

Perlita dijo...

¡Por Dios, Mª Angeles! ¿Cómo se te ocurre hacer un relato así? ¿No ves que cualquiera sueña despierto/a? Ha sido precioso, pero no cabe duda que con cada renglón que se va leyendo, una esperanza furtiva va naciendo en cada uno de los que hacemos malabarismos con las letras. Bien es verdad...mucha verdad, que se escribe porque te gusta ir plasmando tus ideas en el papel, hacer poesía con aquello que te marcó e hizo muescas en tu alma pero...te aseguro que no iba a llorar si SS MM me dan el premio Cervantes. Si lo logro, te invitaré,no lo dudes( ja, ja)
Ha sido muy bonito y emotivo. Enhorabuena como siempre.

Gilbamar dijo...

Agradou-me sobremaneira teu lindo blog e o belo texto merecedor de especial parabéns. Pretendo voltar mais vezes para visitar-te porque fiquei cativo de tuas letras.

Abraços