lunes, 10 de noviembre de 2008

A RAS DEL CIELO

“En la segunda guerra mundial murieron alrededor de 55 millones de personas, muchas de ellas víctimas civiles inocentes. Grandes extensiones de Europa y del sureste asiático quedaron devastadas. Además de los objetivos militares, sufrieron bombardeos las casas, escuelas, carreteras y ferrocarriles. Los soldados al volver a casa, encontraron sus hogares destruidos y a sus familias desperdigadas. Sin embargo, en medio de la tragedia existía la esperanza de un nuevo mundo en el que no hubiese lugar para la tiranía...”
Historia Siglo XX, El País

Primavera, 1947
Al concluir la guerra, millones de soldados volvimos a casa paulatinamente para retomar la vida que habíamos dejado años atrás. ¡Mayor falacia, imposible! Nada de nuestro pasado se mantenía en pie.
El mundo, en algún momento impreciso, enloqueció y quien pensara que con una guerra se iba a conquistar la paz estuvo equivocado. Lo único que salió de las entrañas del hombre fue la bestia que envilece, que no ennoblece como se creía.
Me dijeron que había conquistado honores, más condecoraciones no podía amasar y que, junto a otros, había escrito un capítulo de la historia. Pero yo me miraba las manos encallecidas y cuarteadas, mi mente embrutecida de sólo pensar en matar, avanzar cada día dos palmos de tierra conquistable y sobrevivir, que era imposible que tuviera un honor que sólo correspondía a quien había caído sin desear ningún mal a nadie. Ahora volvía con el alma tan muerta como los muertos que había dejado por el camino. Mi mirada parecía perdida después de otear tanto horror y juro por mi alma que lo único que deseaba era el olvido. Sin embargo, me obligaban a seguir vivo y allí estaba ante las puertas de mi ciudad tan destruida como yo mismo.
Nada me sorprendió el saber que mi mujer se había fugado con un soldado aliado; ella pensó que yo había muerto, además la distancia todo lo enfría, ¿o no?
Mi madre y mi hermano menor eran los únicos supervivientes de la familia. Lentamente me iban narrando entre lágrimas y susurros las carencias, el miedo, los sufrimientos pasados. Les miraba sin ver más allá de mí mismo. Comprendía, no obstante, con exactitud cada palabra que surgía de sus bocas, el significado de sus dolencias. La tierra abrasada por los bombardeos estaba tan estéril como nuestros sentimientos, aunque cuando mi madre me miró de frente, entre el llanto y la pena, aún pudo regalarme una sonrisa. Pensé entonces que todavía quedaba alguna esperanza.
Caí roto en el camastro limpio y amoroso que madre me había preparado y allí permanecí durmiendo incontables horas. Después de días, desperté una buena mañana con el canto de un gorrión que descansaba en la poyata de la ventana. Madre me sirvió un buen tazón de agua caliente con trozos de algo parecido al pan, me trajo una palangana con agua y jabón y me dio ropa limpia. En un trozo de espejo, que sujetó a la pared como pudo, me miré después de no verme en meses; una barba poblada y negra, decorada con hilillos plateados, ocultaba un rostro demacrado y unos ojos hundidos tan oscuros como la noche. El cabello, que crecía indómito en todas las direcciones, me llegaba hasta los hombros. Madre trajo unas tijeras para cortarlo pero me negué y los sujeté en una coleta. Aquel aspecto estrafalario iba mucho con mi nueva condición de superviviente de la locura del mundo.
-Hijo, pareces cualquier cosa.- Sentenció mi madre. Pero yo sólo me agaché a besar su mejilla, mi extremada delgadez acrecentaba aún más la distancia en altura entre ella y yo. Con los años sus carnes habían perdido todo esplendor, sin embargo el roce de mis labios con aquella piel marchita me reconfortó para encarar mi nueva vida...
Antes de la guerra yo era un paisano que, como otros muchos, se dedicaba a la alimentación. Junto a mi padre y dos de mis hermanos teníamos un puesto de frutas y verduras ambulante que, a lo largo de la semana recorría los pueblos de la región; en uno de esos pueblos conocí a Amapola y al poco tiempo me casé con ella ; luego nos fuimos a vivir con mis padres y mis tres hermanos. A los cuatro meses de casarnos, estalló la guerra y nos reclutaron a mi hermano Patricio y a mí; él murió a las pocas semanas, y mi padre y mi hermana Yolanda en un bombardeo mientras recogían del huerto las verduras.
Lo primero que hice fue ir a visitar el huerto instalado en la parte trasera de la casa, junto a un cobertizo donde madre tenía gallinas; no quedaba nada, la tierra estaba calcinada, sólo quedaba un olivo y junto a él una cruz donde estaba enterrados, sin caja ni nada, mi padre y mi hermana; las malas hierbas crecían por doquier. La valla que aislaba el terreno estaba destruida y pensé que debía reconstruirla aunque, eso sí, no sabía cómo.
La casa de mis padres estaba ubicada muy cerca de la antigua estación, un edificio neoclásico, emblemático de la ciudad, del cual ahora sólo quedaba en pie la mitad de la fachada. Vi que allí había bastante revuelo y me acerqué a ver qué pasaba. Una anciana me contó que andaba buscando a su hija que había ido a recoger a uno de los niños huérfanos del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki; algunas de estas criaturas quedarían bajo la protección de familias de mi ciudad. Me quedé absorto mirando el revuelo que se produjo a la llegada del tren; la organización era caótica; los niños fueron bajando en brazos de enfermeras de la Cruz Roja Internacional y entregados a las familias que presentaban unos papeles, al menos eso me pareció. Aún no paro de reírme al recordar aquellos momentos; la verdad es que ese día cambió mi vida y dejé para siempre aquel dolor tan grande que sentía mi alma, convenciéndome de que siempre hay un antes y un después detrás de cada persona.Sin darme cuenta, la gente fue desapareciendo paulatinamente de la estación hasta que alguien se acercó a mí de manera muy educada y me solicitó mi documentación. Como un autómata la entregué, la revisaron y en un cuaderno anotaron mis datos para después devolvérmela. Les di las gracias y alguien detrás de mí rozó mi hombro. Me volví y una enfermera que me hablaba en inglés me dijo:
-Tome, éste es su hijo, se llama Gatenmaru, que significa en su idioma “Polilla Celeste”. Estos son sus papeles, tiene tres años. Que sean ustedes muy felices, es un niño muy bueno y sonriente.- Cogí como un autómata a aquel pedazo de carne con huesos sin dar crédito a lo que estaba pasando y, cuando me quise dar cuenta, estábamos solos en la estación la polilla celeste, mis circunstancias y yo...
Es fácil imaginar, cuando llegué a casa con el niño, el número que preparó mi madre; desde querer devolverle a las autoridades hasta decir que aquella criatura era una señal de Dios. Yo la miraba silencioso apoyado en un rincón, esperando que el vendaval pasara. Si antes de mi llegada la situación de mi madre y mi hermano era penosa, en ese momento ya era de una calamidad absoluta. No tenía capacidad para pensar qué comerían cuatro bocas cuando dos se arreglaban mal con patatas y tres trozos de pan que se repartían una vez por semana, ya que desde junio del 46 se había implantado el racionamiento del pan para alimentar a la población de las zonas de Alemania ocupadas por los británicos.
No pude soportar los gritos de madre y me salí al huerto. Sentía que de pronto mi vida iba demasiado deprisa y necesitaba un poco de aire puro. Deseaba de pronto mirar la realidad bajo un prisma que me permitiera ver lo invisible, para devolver a esa misma realidad todo su misterio, y eso me empujaba a querer seguir viviendo y así adivinar qué vendría después. Me puse a recoger piedras y trozos de escombros de los alrededores para levantar el muro derruido que nos separaba de la calle. Cuando consideré que tenía suficiente material, empleé todas mis fuerzas en engarzar piedras y escombros casi como si se tratara de un puzzle; la rabia y el coraje bañaban mi desolación, y entre sudor y lágrimas no paré hasta que unas manos diminutas me tendieron una piedra. Me volví y vi a Polilla que también lloraba en silencio y, aunque lejos de entender la situación, enrolado en un hábitat muy distinto al suyo, la criatura de tres años trataba de sobreponerse a la tragedia y aportar su granito de arena...
Verano de 1956
-Padre, ¿por qué no me parezco a ti?
-Hijo, misterios de la naturaleza.
-Ya.- La cara de Polilla era un poema, estaba claro que no le había convencido para nada mi parca y escasa explicación.
-¿Por qué no tengo madre como otros niños?
-Pues no sé qué decirte, ella está en el cielo.- Yo no estaba preparado para responder a un niño y menos con aquella cara que me ponía que se me partía el alma sólo con mirarla.-Pero eso tiene solución, Polilla, podemos buscar una.- ¿Pero qué demonios estaba diciendo?
-Padre, ¿podemos ir al mercado y comprar una, la que más nos guste a los dos? Bueno y que le guste también a la abuela y al tío Mario...- Su cara de pronto se había iluminado de una manera que parecía un ángel esperanzado.
-Pues mira, Polilla, no me parece mal tu idea.
-¿Cuándo, padre? ¿Rompo ya la hucha?
-No, espera, primero miramos, ¿de acuerdo?
Salió corriendo en dirección del huerto y yo, me quedé desarmado. ¿Dónde buscaba una mujer que nos quisiera a los dos? La verdad es que desde que desapareció Amapola de mi vida, no me había vuelto a fijar en ninguna mujer, bueno tampoco había tenido tiempo. Después de regresar de la guerra, me dediqué a trabajar como una bestia para sacar adelante a mi familia. Ahora volvíamos a vivir decentemente, aunque ya nada sería igual. Pero el huerto estaba muy bello, poblado de zanahorias, lechugas, tomates, patatas, cebollas y guisantes. Mi madre volvía a tener un magnífico gallinero, bueno 24 gallinas tampoco son para lanzar las campanas al vuelo, y a mi hermano le había dado por cultivar plantas. Su negocio no iba mal aunque siempre se quejaba de que tenía poco terreno. De su afición me llamó algo poderosamente la atención: Gatenmaru se pasaba horas observando a su tío y trataba, con sólo 7 años, de imitarle. Era un niño con una delicadeza especial. Si bien todo niño produce ternura ante los ojos de un adulto, Gatenmaru te sobrecogía de tal modo que llegué a pensar que era debido a sus genes y que ya era hora de que investigara su cultura para ofrecerle su pasado de una manera digna, de forma que un día él pudiera escoger lo que deseara. Con la venta de un injerto que daba una flor semejante a la de las peonías, a mi hermano le dieron un dinero y nos fuimos los tres hombres de la casa al mercado de segunda mano, bueno de cuarta o quinta mano, y compramos un sidecar marca BMW, una motocicleta de los años 40 pero que estaba en perfecto estado. Aquel verano fue muy especial, toda la familia disfrutamos de paseos montados en aquel trasto, baños en el río, largos atardeceres sentados en el huerto. Nos quedábamos extasiados observando como Gatenmaru se sentaba mirando los últimos rayos de sol y, cuando el último destello solar se despedía de nuestra vista, él abría los brazos para terminar besando la tierra... La verdad es que ya entonces mi hijo estaba lleno de una espiritualidad poco corriente.El primer día de escuela de aquel curso, Polilla deseó que toda la familia le acompañara, decía que tendría maestra nueva y que le daba cierto miedo. Me chocaba que en algunos aspectos fuera tan maduro y profundo para sus doce años y que sin embargo para otras fuera tan niño e ingenuo.
En escasas ocasiones había acudido a la escuela de Polilla, siempre iba mi madre y, cuando llegamos allí, me amilané un poco. Era un barullo de padres y un griterío infantil tremendo así que durante la espera decidí salir a un patio colindante a fumarme un cigarrillo. Sentado en uno de los escalones me di cuenta de que no estaba solo sino que a la sombra de un sauce se hallaba un mujer que parecía bastante joven repasando un bloc de notas. Se la veía concentrada, apenas veía su rostro al completo pero me pareció muy bonita y delicada como una flor; noté un pellizco en el estomago cuando ella levantó la vista y nuestros ojos chocaron. Aplasté el cigarrillo precipitadamente con la punta del zapato y me metí dentro, me sentía como un chiquillo. La cosa no quedó ahí, las casualidades de la vida nos juegan algunas pasadas que hacen pensar al final de la historia que tenían que suceder sin remedio: era la nueva profesora de Gatenmaru. Una mujer con una dulzura muy especial, menuda, sonriente, con una pizca de timidez que realzaba una elegancia extraña de dentro hacia fuera. Ni un padre osó rechistar mientras ella exponía el programa para el curso. Por un momento desvié la mirada hacia la derecha y encontré a mi hermano extasiado; unos celos absurdos me invadieron.
A partir de aquel día, siempre que podía, me acercaba a buscar a Polilla a la salida de clase. Allí estaba ella rodeada de niños hablando, escuchando y atusando a alguno de ellos. No me acercaba, me quedaba a cierta distancia para observarla mejor, vamos, eso me decía yo, pero creo que en realidad no me atrevía a acercarme por miedo a que pudiera leer en mis ojos la admiración que crecía desbocada hacia ella. Cuando dormía, Julia, que así se llamaba, revoloteaba en mis sueños y más de un día desperté avergonzado por estar manchado de esperma. Mi dulce espera para encontrar el momento idóneo y acercarme a ella se truncó aquel mismo invierno del 56. Recuerdo que nevaba muchísimo, pero de una manera muy especial. Eran copos muy espesos, grandes, que caían lentos pero sin descanso; vi nevar desde el cuarto de estar y me pareció aquello una especie de milagro. Llamé a Polilla que estaba haciendo los deberes para que se maravillara conmigo y el niño sugirió que saliéramos a pasear. Me pareció una excelente idea y nos encaminamos hacia las calles del centro. La visión parecía sacada de un cuento de Dickens, totalmente mágica, entre las lucecillas de los establecimientos, las farolas y las calles estrechas. Fue Polilla quien les vio sentados al lado de la cristalera del café Continental. Se miraban a los ojos mientas sonreían. Me quedé petrificado y, cuando quise darme cuenta, Polilla estaba dentro hablado con Julia y mi hermano. Era una escena preciosa, parecía sacada de un cuadro costumbrista de la escuela holandesa... Fue entonces cuando comencé a amar en silencio, con sufrimiento pero también agradeciendo a Dios el poder ver cada día a la mujer que amaría el resto de mi vida. Se casaron en primavera y se vinieron a vivir a casa, la economía no era nada boyante y Julia se adaptó estupendamente al ritmo familiar. Para mi madre aquella mujer fue una bendición, para mi hermano, fuente constante de inspiración y, por último, para Gatenmaru la madre que siempre deseó. Julia era estéril pero nunca añoró tener hijos, siempre me decía que era un gran honor para ella ejercer de madre de nuestra Polilla Celeste. Se encargó de enseñarle la cultura japonesa, sus orígenes y, si desde bien pequeño había demostrado una sensibilidad especial, agarrado de la mano de Julia caminó hasta hacerse un hombre, para mí, único.
Otoño de 1995...
Me he sentado debajo del viejo sauce de Babilonia que una vez plantó hace muchos, muchísimos años mi hermano en honor a Julia y he cerrado los ojos. El sonido de los trenes aún llega a esta parte de la casa; la estación sigue en pie tal y como la recuerdo aquella mañana en que comencé a vivir de nuevo. A mis 76 años me gusta perderme en los recuerdos, hacer una travesía por los secretos más íntimos que guardo y me da cierta tristeza comprobar lo deprisa que ha pasado la vida. Del pasado sólo quedan en pie el jardín con el huerto de mi madre, Julia que sigue humilde y atenta, aunque desde que partió mi hermano ya no es la misma, y yo sé que si estoy vivo es por ella, porque quise morir aquel 26 de octubre de 1991 junto a Gatenmaru. Una vez más la feroz guerra arrancaba de mis entrañas un ser querido.
Cuando acabó la segunda guerra mundial pensé que la humanidad había aprendido una sabia lección. ¡Craso error! Ahora me doy cuenta de que era un idealista porque pensaba que de los errores del pasado se sacaban lecciones importantes: rectificar, mejorar y que, una vez asimilado, el pasado quedaba atrás para caminar sobre el presente construyendo el futuro. Pero éste se diluyó en un flujo sin vida.
Nuestra Polilla Celeste manifestó a la edad de 18 años un afán por ayudar a otros, así que se trasladó a Vietnam en 1965, en el 82 a Las Malvinas, a las inundaciones de Bangladesh en 1988... Pero siempre volvía a casa victorioso, lleno de energía para transmitirla a los suyos. Hasta ese fatídico 26 de octubre en Dubrovnik, la perla del Adriático. La ciudad estaba totalmente sitiada, cortados los suministros de agua y luz. Un terrible bombardeo aquélla mañana del ejército yugoslavo acababa con la vida entre otros muchos, de una escuela donde se refugiaban enfermeras con niños, mujeres... allí estaba Gatenmaru.
Julia con su sensibilidad me agarró aquel día de la mano, como una vez hizo con nuestro hijo, y me ayudó a caminar hacia la luz con serenidad, sin rencor, sólo recordando los pasajes más bellos de mi vida...

2 comentarios:

Jaume Canals Lanacemia dijo...

Te estas superando.
¡TOCADO Y HUNDIDO!
En un mar de lagrimas por haber leído una preciosa historia.

El Rincón del Relax *Beatriz* dijo...

A mi me ha inspirado una profunda tristeza.. pero me ha dejado un alivio al descubrir el final con el perdón y esa luz..

Te dejo un abrazo grande!