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domingo, 10 de mayo de 2009

CUALIFICATIVO

Mi hermano Cuali medía a las mujeres por el tamaño de sus culos. A mí no me dejaba de exasperar aquella actitud tan obsesiva porque, ¿qué tenía que ver el tamaño del cerebro con el de un culo? Nada. Claro, así le iba en su vida amorosa: cuánto más culo, menos cabeza. Sí, sí, aquel que me escuche esta afirmación se hará de cruces, pero durante años estudiando a las mujeres que pasaron por la vida de Cuali, llegarían a la misma conclusión que yo.
¿Por qué esa cerrazón con una parte de la anatomía femenina tan vulgar? La culpa la tuvo nuestra abuela Gabriela. Ella, en aquella época en que despiertas a otros horizontes más allá de los coches, la pelota, la bicicleta y las pistolas, cuidaba de nosotros mientras mi madre trabajaba. No teníamos padre reconocido, ni siquiera el mismo padre; la madre era común, no más… Y nuestra madre tenía que sacar para adelante a los tres hijos.
Recuerdo aquella etapa de nuestras vidas como la de los grandes descubrimientos porque no sólo descubría los míos sino también Cuali se encargaba de abrir mi mente; y la abrió menos en el tema de lo de los culos.
La abuela, después de comer sistemáticamente, se quedaba dormida y era el momento de investigar e instruir a nuestra hermana Rosarito que, aún siendo más mayor que nosotros, era más corta que las mangas de un chaleco. La tuvimos que enseñar lo que era la menstruación porque el susto que se llevó la pobre en su primera visita femenina, si no hubiera sido porque Cuali espiaba en el baño de la casa a todo aquel que entrara, hubiéramos pensado que nuestra hermana se desangraba sin remisión.
Hay que decir que nacer pobre tiene sus ventajas, ya que no te queda más huevos que aprender deprisa, y hacer acopio de tus propios recursos. Y en una casa de cuatro pisos, a cinco hogares por planta, llena de pobres, tienes una enciclopedia entera de enseñanzas.
Nos hubiera gustado seguir enseñando a Rosarito, pero mi madre después de que nuestra hermana se hiciera mujer, comenzó a desarrollar una hermosas tetas y… menudo culo; recuerdo Cuali pasándose la noche mirando al trasero de Rosarito. Cuando estaba profundamente dormida, se levantaba silencioso, se acercaba a su cama y, retirando las sábanas, se pasaba horas acariciando su culo.
… Y como iba contando, nuestra madre decidió llevarse a Rosarito a trabajar con ella.
Volvían de trabajar, casi a la misma hora que Cuali y yo íbamos a colegio y se levantaban a la hora de comer. Se acicalaban y se volvían a ir, festivos inclusive; la verdad es que eran muy trabajadoras.
Con edad de quince años, Cuali sintió la necesidad imperiosa de una hembra. Yo tenía trece y no sabía muy bien lo que quería decir mi hermano, sólo sé que me mandaba robar unas monedas a la abuela mientras dormía la siesta. Después, nos íbamos dos calles más abajo de la nuestra, y nos metíamos en un portal. Cuali me decía que esperara sentado en las escaleras a que él bajara; bajaba rápido, y yo le preguntaba por qué tanta prisa, y me contestaba que con tan poco dinero sólo le daba para una paja. Yo seguí sin entender nada, y él al ver mi cara replicaba que ya habría tiempo para comprender.
El día que cumplí quince años fue de los días más tristes y tenebrosos de mi vida; se paró el reloj de mis sueños, de mi imaginación. Me gustaría borrarlo del arsenal de recuerdos que martillean en mi cabeza, pero no puedo, y eso que han pasado ya nueve años de aquello… Me desperté nervioso, excitado de emoción porque Cuali llevaba más de dos meses diciéndome que el día que cumpliera quince años dejaría de ser “un panoli”, pardillo para entendernos, y que su regalo sería ponerme el mundo a mis pies. Yo qué sé lo que me imaginé, bueno, en aquel tiempo pude soñar de todo, desde que Cuali me regalaría una bicicleta con la cual me iría lejos de aquel mundo, hasta una tableta de chocolate negro, vicio que no he perdido, o que me regalaría un libro de historias ya que en aquel momento había cogido mucha afición a leer.
La pobreza no quita que muchos tuvieran ansias de expandir su mente y Teófilo, el vecino del primero, un raterillo de poca monta, tenía muchos libros. Cuando volvía de trabajar en el robo fácil, se tumbaba en su camastro a leer. Yo le espiaba por la escalera de incendios, y siempre pensaba que yo también querría tener aquella cara de felicidad que a Teófilo se le ponía en el momento que sus ojos se topaban con aquellas hojas amarillentas llenas de letras… Pero no entiendo cómo conociendo a mi hermano, pensé, soñé, con aquellos regalos que a él jamás se le pasaron por la imaginación.
Él era mucho más práctico, lo entiendo; yo un ingenuo y soñador. Nuestra vida era demasiado pobre para soñar con cosas tan poco prácticas para subsistir en aquel mundo.
Así que me desperté con los ojos de pícaro de Cuali clavados en mi rostro. Sólo me dijo que me lavara bien porque después del colegio esperaba mi regalo. Le pregunté que me diera una pista, y sólo me contestó “Es el momento de iniciarte a la vida. Llevo robando a la abuela meses para que el mundo hoy se ponga a tus pies”
No pude centrarme en nada, sólo miraba el reloj de la pared, que de viejo, había ratos que se paraba. A las cuatro Cuali me estaba esperando fumando un cigarrillo en la esquina de la escuela; él hacía tiempo que había dejado de ir. Gracias a la recomendación de un señor importante, según palabras de nuestra madre, Cuali entró a trabajar en un almacén de chico de los recados, pero últimamente no iba muchos días. Me contaba que no le importaría que le echaran pues había descubierto otro trabajo que le reportaba más dinero sin hacer casi nada. No sé qué era, tampoco se lo pregunté. Notaba en mis tripas que, aún queriendo mucho a mi hermano y siendo el epicentro de mi vida, silenciosamente se iba levantando un muro muy grande entre los dos.
Al encontrarnos, me dijo que mi regalo había cambiado de ubicación. Le habían contado de un lugar que era muy bueno, él no lo conocía, pero iríamos allí. Yo callé nervioso y le seguí. Me gustó que pudiéramos montarnos en el tranvía, además, pagando, sin temor a que nos echaran a patadas. Me senté junto a una ventana y disfruté cómo iba cambiando el paisaje de los suburbios a zonas mucho más elegantes. Después de casi tres cuartos de hora, nos bajamos y tiramos calle arriba hasta llegar al número cincuenta y tres.
No era un gran edificio, pero olían a limpio según ascendíamos por las escaleras… Me dio por pensar que aquel lugar olía a mi madre… ¡Qué cosas!
Llamamos a una puerta del tercer piso y no tardaron en abrirnos. La mujer que se apostó en la puerta me dejó helado: casi no llevaba ropa y sus caderas eran muy jugosas, y su pelo caía rojizo por sus tetas.
Cuali me empujó hacia dentro con una sonrisa nerviosa: yo también estaba nervioso, pero de miedo. Nos pasaron a una sala bastante oscura. Caían sobre la ventana unas espesas cortinas de un verde gastado que hacía de la luz un misterio. Y curioso, allí dentro olía más a mi madre.
La mujer de las caderas jugosas me tomó de la mano y me arrastró por un pasillo casi tan oscuro como la sala. Al final del pasillo abrió una puerta y me empujó adentró y, a continuación, cerró con cuidado y se fue.
No se veía nada. Me quedé parado hasta que noté que algo gateaba a mi espalda; me estremecí, pero una mano se posó en mi boca y, después, me empujó hasta caer en una cama, supuse.
Lo que vino a continuación no sé explicar aquel cúmulo de sensaciones, era un niño, un infeliz y pazguato chaval de un barrio de pobres que soñaba con otra vida mejor, pero jamás despertar a esa vida en brazos de una mujer que mareaba constantemente mi cola hasta estallar en una locura. Al terminar, la mujer que estaba tumbada a mi lado habló por primera vez.
¡Dios!, ¿para qué abriría la boca? Reconocí su voz, ¡dios! claro que la reconocí. Era la voz de mi hermana Rosarito. El aullido que di, ella también lo reconoció y rápidamente dio la luz. Nos miramos como dos extraños para que, a continuación, yo saliera desnudo, corriendo sin rumbo. ¿Por qué me tuve que encontrar por el camino a mi hermano, dios mío? Yo, estaba loco, fuera de sí y ni siquiera conocía las fuerzas que me sobrecogieron para agarrar del cuello a mi hermano hasta estrangularlo. Nadie me pudo apartar hasta que el rostro de Cuali, con los ojos desorbitados se quedaron en un punto fijo, y la piel de su cara se puso del color de las lilas mustias.
Un grupo de mujeres me acorralaron; yo ya no tenía fuerzas. Lloraba incontroladamente al lado de una ventana. Mis ojos eran un diluvio. Pero cuando levanté la vista que la tenía pegada a una tarima desgastada lo primero que vi fue a mi madre. Iba vestida como la mujer de las caderas jugosas. Lloraba, gimoteaba; no pude soportar la visión y me abalancé sobre ella. Caímos los dos al suelo. Ella estaba debajo de mí en medio de un charco de sangre.
… Han pasado nueve años de aquello. Me metieron en un reformatorio porque era un menor, luego me trajeron aquí. He aprendido un oficio, he tenido la oportunidad de leer mucho en estos años, y mañana salgo a la calle.
Rosarito, que ahora trabaja de sirvienta en una casa fina, eso es lo que ella me cuenta, me ha dicho que me vendrá a buscar y empezaremos una nueva vida juntos, como si el ayer no existiera.
… Y me pregunto, ¿eso será posible?, ¿habrá una vida nueva para nosotros?

6 comentarios:

Adolfo Payés dijo...

La vida es siempre un mundo en constante movimiento tu desarrollo en cuanto menos lo esperas tienes lo que quieres y aveces ni lo esperas..

un gusto leerte siempre.

llegue tarde a tu anterior post, estos días he estado muy perdido..pero ya estoy mas tranquilo
espero no fallar en leerte..

saludos fraternos con mucho cariño
un abrazo

un beso

☼El Rincón del Relax☼ *Beatriz* dijo...

Hola Mª Angeles, que tal sigue todo?? ESpero y deseo que todo esté estupendamente!

Siempre hay una esperanza.. nuevas ilusiones.. y si! una nueva vida.. lo que pretendemos y queremos, será lo que seamos y logremos.

Amiga como siempre un placer leerte, ahora con más detenimiento me leo entradas pendientes.

Te dejo un relajante, cálido y fuerte abrazo para todo tu ser!

Beatriz

goyo dijo...

estoy sin palabras...
Tu pluma anda por las miserias de la vida.
Sigo sorprendido...
Angeles, te llamas como mi hija,no es necesario todo esto en ti,
Un abrazo amiga

Juan Escribano Valero dijo...

Hola María de los Ángeles: Tremendo tu relato. Hace tiempo que no te visito, pero es que he estado malito incluso ingresado en un hospital durante 11 días ese ha sido el motivo pero ya estoy mejor a un que no bien del todo te visitaré con más frecuencia.
Un fuerte abrazo

Perlita dijo...

Ya estoy de vuelta, guapa y...¡qué cosa tan amarga de relato que me encuentro! Triste historia muy , pero que muy bien narrada y envuelta en ese halo de humor fugitivo y breve, algo sangrante que a mí tanto me ...marca. La exposición de esas vidas que, aunque de ficción han existido y existen, siempre te dan qué pensar y cuando ves al pequeño golfillo espabilado que merodea por los alrededores de álguien o algo que le pueda facilitar algo que suavice su día a día entre ello el hurto, aunque sea famélico, estoy convencida de que nadie sentirá por él la lástima que debiera...Así es la vida y la escuela de la calle, siempre es por algo y tiene un trasfondo amargo. De esto, como maestra de chavales difíciles que si me soplaban me sentaban de culo, creo que sé de lo que va tu estupenda exposición.
Enhorabuena y me has conmovido así que por eso me extiendo y te pido disculpas si lees demasiado.
Muchos besos.

César Lamara dijo...

Me encantó tu cuento. Desoladoramente sensible, de una dureza inocente y limpia. Y el final, impresionante y sorpresivo. Un abrazo.