jueves, 7 de mayo de 2009

LA CIUDAD DEL VIENTO

Manuel huele el aliento de la muerte pegado a su nuca; hace tiempo que la espera. Mientras, hace cábalas entre manuscritos, libros y recuerdos. Es una forma de sobrevivir viviendo dos veces: el antes y el ahora tejidos en una maraña de luchas. Porque recordar, para él, sirve para saber que ha vivido alguna vez y que hubo sueños que sustentaron sus cimientos.
No tuvo opción a la vida que le ha tocado en suerte, pero ha sido fiel y leal a su existencia. Sus noventa y cinco años dan para mucho aunque su pasar se detuviera en una estación. El humo de una locomotora a vapor le mece en una nube y se ve así mismo sentado en aquel banco de madera viendo pasar un tren dos veces al día de junio a septiembre y en invierno una vez a la semana; eso, mientras la nieve no les aislara…
-¡Manuel, Manuel!, ven acá. Es la hora del desayuno y llegarás tarde a la escuela como no te des prisa.
-Voy, Madre. Oigo los latidos del tren; faltan sólo tres minutos para que llegue.
Desde muy chiquito, Manuel creció al lado de la vía del tren, mascando el polvo del carbón, soñando con sus pasajeros y sintiéndose una gaviota hostigando a las volutas del humo al partir.
Al llegar el verano, la ciudad del viento expandía sus alas al visitante. Sus callejuelas adoquinadas con aroma a especias se vestían de fiesta y las murallas, al caer el sol, se teñían de rojo. En el puerto trajinaban mucho antes del amanecer para que la lonja estuviera abastecida de pulpos y calamares y, así, los tres bares y los dos hoteles tuvieran vituallas marinas en las jornadas de verano. Es más, de pueblos colindantes se acercaban también a comprar. Manuel, al cumplir los diez años, tuvo el honor de acompañar a su padre una vez terminadas las clases en junio, cada mañana a la lonja. Se descalzaba y, con los pantalones remangados, ayudaba a recoger las redes. Le gustaba sentir el agua en sus plantas, el escalofrió de la espina clavarse en la carne. Cuando terminaba, se bajaba a la playa con restos de pescado para dar de comer a sus gaviotas. Precisamente allí conoció a los hermanos Martínez, Beatriz, Samuel y Luis, unos niños oriundos de Madrid que, cada verano, el 27 de junio recalaban allí tres meses, justo hasta mediados de septiembre. Casi todo le distanciaba de aquellos tres hermanos salvo la edad, pero los cuatro congeniaron por la curiosidad infantil de ser mundos antagónicos en los que crecieron. La admiración con la que oteaban a Manuel en su maña al recoger las redes o la capacidad de entendimiento con las gaviotas, les hizo acercarse a ese niño de piel morena y ojos de oleaje profundo. Manuel soñaba con las bicicletas de aquellos chavales, con sus maneras de pelar los langostinos con cubierto o los libros que Beatriz le enseñaba. Él, a cambio de aquellas enseñanzas tan valiosas para su mundo rudimentario, les hizo partícipes de los misterios que encerraba la pequeña estación del tren, como la huella de los pasajeros, mucho después de su partida, seguía tintineando por aquellas cuatro paredes. El sonido del silbato, que según Manuel, era una especie de rugido del viento llorando por la marcha de la gente y cómo el caminar por la vía del tren a la caída del sol hacía sentir bajo sus pies los latidos de la locomotora.
Al principio, las madres de los cuatro chiquillos se opusieron a esa amistad por estar fuera de sus clases sociales, pero el aroma a salitre, a la barbacoa de sardinas y al carbón de aquella pequeña estación de tren, fueron suficientes acicates para salvar barreras y entre ellos fue creciendo una amistad tan fuerte como las murallas que envolvían a la ciudad del viento como así llamaba Manuel a su pueblo.
-Manuel, ¿por qué la llamas así?
-Beatriz cierra los ojos y extiende los brazos. ¿Qué sientes?
-Nada, Manuel.
-Inténtalo de nuevo. ¿No escuchas el viento?, ¿no notas que te quema la piel?
-Sí, es verdad. Oigo maullar al viento.
-Ahora, te voy a dar la vuelta despacio y cuando yo te diga, abres los ojos… Ya, ábrelos.
-¡Caspita!, la muralla está roja y las hojas de los árboles que sobresalen se mecen al ritmo del vientecillo.
-¿Ahora, entiendes porque la llamo la ciudad del viento?
-¡Cuánta imaginación tienes, Manuel!, algún día llegarás a escribir libros maravillosos.
-Escribiré sobre tu pelo dorado y tus manos de pan recién horneado…
Manuel cierra los ojos para atrapar aquellas imágenes de entonces cuando la luna se reflejaba en su mar y el tren marcaba distancias. Aquellos días de sol, arena y viento alimentaban los meses de invierno cuando la ausencia de Beatriz, cada año que pasaba, dolía un poquito más.
A la edad de quince años comenzaron a escribirse cartas, letras que dibujaban pensamientos, añoranzas y sueños; un nexo de unión que una vez a la semana aquel tren que cruzaba la montaña, si la nieve no lo impedía, traía noticias de los tres hermanos. Pero, un buen día, el tren dejó de traer misivas así como tampoco trajo a los hermanos Martínez al llegar el verano y Manuel se sumió en un tiempo de dolor y silencio. Su madre le observaba y se afligía por la desdicha de su hijo, maldiciendo en la hora que claudicó a aquella amistad que ahora hacía sufrir tanto a su hijo.
-Qué vas a hacer, hijo? Tienes veintiún años y demasiados pájaros a tus espaldas.
-No sé, Madre. Me gustaría ocupar la vacante del señor Damián cuando se jubile en octubre.
-¿En la estación, Manuel? Pero si el tren en invierno pasa una vez a la semana. Con tu juventud, no puedes encerrarte en eso.
-Sí, Madre, así tendré tiempo de escribir y si me necesitáis, os podré ayudar.
-¿Has dicho escribir?, ¿de dónde has sacado esa idea tan peregrina?
-Eso es lo de menos, Madre; sé que lo quiero hacer y ya está. Es más, he de decirte que quiero viajar a Madrid. Estoy pensando en el dinero que gané el verano pasado; lo tengo guardado.
-¿Manuel qué quieres buscar tan lejos de casa? Nunca has salido de aquí.
-Ya es el momento. Quizá, no haya un mañana, Madre…
-Manuel, escúchame: Beatriz desapareció de tu vida hace tres años.
-Madre, me iré la semana que viene.
Y Manuel se fue y volvió con la tristeza prendida en el alma; nadie le supo dar razón del paradero de la familia Martínez, como si su existencia hubiera sido un sueño. En la portería sólo le supieron decir que vendieron el piso y se fueron; ninguna dirección, ni un rastro para seguir. Cuando se le acabó el dinero volvió; era finales de junio y se sentó en el banco de la estación a esperar, tanto, que le salieron canas. Según pasaban los años y al tren le sumaban cuatro vagones más de pasajeros de primera, segunda y tercera clase. La ciudad del viento crecía y era más conocida así como la prosa de Manuel mientras sus esperanzas se iban enterrando.
Su primer libro de relatos fue publicado con treinta años y fue un éxito de ventas, pero no dejó la pequeña estación. Había muchas horas oscuras que las empleaba en imaginar cómo sería la piel de Beatriz y si sus manos seguirían siendo pan recién horneado. Cuando el temporal arreciaba y se quedaban dos meses aislados, soñaba con sus labios; hasta los llegó a rozar con las yemas de sus dedos. Guardaba su último beso como la lumbre que avivaba su pluma cada vez más vigorosa y afianzada.
El mundo de Manuel se fue borrando; primero fue su padre y, más tarde, su madre. Ya estaba solo aunque su fama crecía, pero eso a él le daba igual. Escribía por necesidad:
"Escribo para ser otro, / para vivir lo que no he vivido, /para olvidar quien soy./Escribo para recordar que guardo esperanzas,/para huir de mi sombra/e incinerar la tuya./Escribo para saber qué sería si el viento soplara del norte/y mi piel fuera de otro color./Escribo para darte vida/con mi lenguaje de algodón/y el ocaso del sol en mis ojos./Escribo porque mi voz es ronca/y no sabe pronunciar los silencios del alma./Escribo para pensarte mejor,/ver deslizarte entre mis letras/y amarte con mis dedos"
En el año que cumplió cincuenta y cuatro años obtuvo un galardón y, a pesar de sus reticencias, no le quedó más remedio que ir a recogerlo a Madrid. Cada vez se sentía más de pueblo, más enraizado con sus costumbres, no le atraía nada el otro mundo del que hablaban los periódicos. Sin embargo, tenía un tema pendiente consigo mismo: no se había casado ni añoraba hacerlo, pero sí echaba en falta un hijo.
Además, se sonrojaba al pensarlo, a sus años era aún virgen. Los chicos del pueblo cuando salieron de allí para hacer la mili la habían perdido, pero él como no la hizo por ser hijo único, se mantuvo fiel a un celibato que, aunque paradójico, no le molestó en absoluto.
Según iba montado en el tren rumbo a Madrid, se preguntaba cómo serían las mujeres de la capital, qué diferencias habría entre ellas y las del pueblo…
Al llegar a la estación de Atocha, no pudo por menos que añorar la vez que fue, lleno de esperanzas, a buscar a Beatriz y sus hermanos, ¡cuánto tiempo había pasado! y, sin embargo, tenía la sensación de estar anclado en una época que aún no había superado.
El hotel que le habían reservado le abrumó. Estaba fascinado, no sólo por el lujo, sino por aquella claraboya gigante en cristales de colores justo encima del ambigú. Se sentó clavando los ojos en aquel cielo tan particular, cuando oyó una voz que pronunciaba su nombre.
-Buenas tardes. ¿Es usted Don Manuel Rasilla?
-Sí…¾ no acertó a decir más. Una muchacha de apenas veintitrés años le estaba mirando fijamente. Manuel sintió que le desnudaban y dejaban a un aire cálido traspasar sus muros más íntimos. Con la espontaneidad que da la juventud, la mujer le espetó:
-Es usted mucho más joven de lo que esperaba y sumamente atractivo. Permítame que me presente: soy Clara Maldonado de la editorial; vengo para acompañarle a la entrega de los premios.
Sí Manuel se quedó estancado en aquella pequeña estación cuando partió Beatriz y él contaba diecinueve años, esos días en Madrid le supusieron despertar de un sueño para entrar en otra dimensión. Si había pensado quedarse tres días, estuvo cuatro semanas y cuando se montó en el tren de regreso a la ciudad del viento, fue como si le arrancaran las entrañas.
Era consciente de que los sentimientos que aceleraban la sangre en sus venas no eran normales ni lógicos. Se había enamorado como un chaval de una chiquilla treinta y un años más joven que él. No hacía otra cosa que decirse así mismo que se olvidara de aquella locura, pero la voz de Clara insistía cada noche al teléfono hasta que, un día de principios de junio, se presentó en la pequeña estación. A partir de ahí, Manuel perdió el control y la voluntad; se convirtieron en amantes sin remordimientos ni prejuicios.
- ¡Caspita!, la muralla está roja y las hojas de los árboles que sobresalen se mecen al ritmo del vientecillo.
-¿Qué has dicho, Clara? ¾ Manuel había palidecido al oír aquella expresión.
- ¿Cuál?, ¿caspita?
-Sí.
- Siempre la pronunció mi madre.
-¿Cómo se llamaba? Nunca me has hablado de ella.
-Se llamaba Beatriz. Murió hace cuatro años de cáncer.
-Beatriz…
Así el pasado volvió a Manuel y lo revivió en los brazos de Clara con dulce cadencia y nostalgia. Tuvieron dos hijos aunque no se casaron hasta que el párroco se negó a bautizar al primero de ellos si los padres no estaban bendecidos antes por la Santa Madre Iglesia.
Compartieron cada minuto de su existencia, vieron unidos cada atardecer desde la muralla, navegaron con sus vidas mar a dentro en oleaje y en calma, sin rubor ni presunción. Un amor en calma, a veces, con pasión, otras. Clara constituía en su vida amar a dos mujeres en una y siguió escribiendo, tejiendo vidas en papel hasta que sus manos se negaron. Después fue Clara quien tradujo su pensamiento, el elixir de haber vivido tal como la savia de su conciencia le dejó.
Y el tiempo continuó cortando las hojas del calendario; la pequeña estación fue remodelada construyendo un segundo andén. Por respeto a Manuel, el banco en el que se sentaba de niño le dejaron en su lugar. A sus noventa y cinco años, seguía sujeto a la mano de su fiel Clara dando sombra y cobijo a las gaviotas que se acercaban.
Una tarde de agosto, cuando los rayos calentaban los raíles y Manuel escuchaba los latidos del tren, cerró los ojos mientras una gaviota se posaba a su lado y las murallas del la ciudad del viento se teñían de rojo.

2 comentarios:

joselop44 dijo...

No sé muy bien qué decir, me ha encantado. Te ha salido un rlato completamente redondo, emocionante, romántico, muy evocador para quienes escribimos o al menos lo intentamos. He disfrutado mucho de su ñlectura.
Saludos y feliz fin de semana

Adolfo Payés dijo...

Muy romántico si lo he sentido. y con ganas de seguir leyéndote..


saludos fraternos con mucho cariño

un abrazo inmenso

besos