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domingo, 12 de julio de 2009

MÁS LIGERO QUE EL AIRE

No fueron las alas de una gaviota, sino un globo de seda rebosante de gas, más ligero que el aire, que recorrió cuarenta y tres kilómetros desde París. Sin embargo, hay quien sostiene que su ligereza llegó más allá del tiempo…

París, 21 de noviembre 1783

-¡Padre, ha sido impresionante! Todo París estaba allí; dicen que más de cuatrocientas mil personas.
-Y esta vez ¿no se han perdido los animales?
-Padre, usted jamás me escucha. Eso fue en septiembre, en Versalles y delante del rey, Luis XVI; los hermanos Montgolfier metieron en un cesto cilíndrico suspendido del globo, a una gallina, un cerdo y un pato para averiguar si en las capas superiores del aire podría sobrevivir la vida animal. El globo desapareció en el cielo. Pero hoy padre ¡Ha salido todo fabuloso! El marqués d’Arlandes y Rozier han permanecido suspendidos en el aire veinticinco minutos y han recorrido unos nueve kilómetros. Han aterrizado cerca del camino a Fontainebleau.
-¡Ay François! Tú si que estás suspendido en el aire; el día que aterrices hijo mío, será un gran día para tu madre y para mí.

¿Por qué su familia no le quería entender? Siempre estaban achacándole un exceso de imaginación, unos gustos estrafalarios. Desde muy pequeño amó los experimentos y no hay duda que quien contribuyó en su carácter fue su vecino, el físico Alexandre Cesar Charles; de él decían muchas cosas en París, la menos cruel era que estaba un poco loco. Pero, François de la Riviere a sus veintiún años, consideraba a este hombre una musa para desarrollar sus dotes de investigador y así se pasaba las horas muertas metido en la casa del señor Charles.
-Por fin señor ¿Para cuando prevé, usted, el vuelo?
-Todo estará listo para el uno de diciembre. ¿Has visto las últimas modificaciones? Tiene dos cuerdas de mando; una deja salir el gas por una válvula en lo alto del globo para descender, y otra abre la juntura del cierre para desinflar el globo una vez que se ha posado. Debajo de la cesta lleva una especie de amortiguadores de mimbre para que el golpe al aterrizar se aminore. Voy a llevar un estatoscopio, así conoceré la variación de la presión exterior y sabré si el globo asciende o desciende.
Llegó el treinta de noviembre, por cierto, era el cumpleaños de François y víspera del nuevo intento del hombre por volar. El muchacho no había convencido al señor Charles de que le dejara ser su acompañante. Había increpado hasta la saciedad a la sensibilidad del físico pero, éste, hizo caso omiso a las súplicas del jovencito.
Había caído la noche muy temprano en París, y François no hacía más que dar vueltas al globo, contemplar y admirar su belleza. En un arrebato inconsciente, se metió dentro de la cesta de mimbre; observó que estaban todos los detalles preparados, hasta las cosas más simples como ropa de abrigo, algunos alimentos pero se dio cuenta, mirando hacia el exterior, que el ancla no estaba bien sujeta; cuando bajase apretaría fuerte el artilugio, pensó.
Mientras, si mal no recordaba, el señor Charles le había dicho que había que tener exquisito cuidado a la hora de arrojar el lastre de arena, pues si se echaba demasiado no tendría una altitud constante para compensar la salida gradual del gas y ascendería.
Tan embebido estaba en examinar los pasos que se tendrían que dar, que no se percató de que no estaba haciendo un repaso mental sino que… estaba realizándolos.
Algo extraño le despertó; le dolía fuertemente la cabeza y apenas podía abrir los ojos, aunque sí pudo vislumbrar un enorme animal delante de sus ojos. Del susto, intentó incorporarse pero los picotazos en una de sus manos, se lo impedían ¿Qué era aquello? Centró más la visión, se sentía muy mareado, con ganas de devolver y perdió el conocimiento.
-Buen hombre ¿cómo se encuentra? La gallina con sus picotazos le ha dejado la mano destrozada. El otro animal lo tiene bien alimentado; por estas tierras no hay de esa clase ¿qué bicho es? El pato como no lo ate, se meterá en el agua.
-El animal es un cerdo, señor ¿Dónde estoy?
-En el mar de galilea o lago Tiberiades. Me llamo Simón y soy pescador. Volvía a casa cuando lo encontré. Se ha dado un buen golpe; tiene moratones por todo el cuerpo y la ropa destrozada. Por cierto ¿De qué va vestido?
-¿Dónde me ha dicho que me hallo? Según terminó de balbucear la última palabra, François volvió a caer en la inconsciencia.
De nuevo sus ojos se abrieron, pero en esta ocasión la sensación era muy distinta; no le dolía el cuerpo ni la cabeza; las nauseas habían desaparecido y lo que sí notaba era un apetito feroz. Se incorporó lentamente. Frente a él había una fogata encendida que daba un resplandor extraño y cálido; la temperatura era suave y junto al fuego vio a tres hombres que charlaban tranquilamente… también vio varios animales de distintas especies reposando placidamente.
-¿Mejor? Come un poco de pescado, te sentará bien- Aquella voz sonaba a remanso de paz, pensó François, pero lo que de verdad le conmovió fue la mirada del hombre; jamás había visto esa profundidad, bondad, seguridad… humildad. Estaba impresionado aunque, si era sincero consigo mismo, tanto la voz como aquellos ojos le eran familiares
- Acércate al fuego.
-Gracias- François no dijo más, simplemente escuchaba y observaba; tenía la sublime sensación de estar asistiendo a un hecho… nada común.
-Os anuncio que el reino del Señor está cerca; debéis ser consecuentes con vuestros actos, arrepentiros y purgad vuestros pecados… bautizaros en estas aguas benditas por Yahvé. Pronto llegará la tormenta celestial a reclamar a sus hijos lo que es suyo. Toda Judea, mercaderes, recaudadores de impuestos, soldados, hasta fariseos y saducéos vienen a tomar el bautismo en las aguas del Jordán.
-Oye Juan- preguntó Simón- ¿Acaso crees estar iluminado por ser un asceta que ha pasado años meditando en el desierto, que predicas la misma vida austera y ruda que tú llevas, y de quien Isaías pronosticó tu llegada?- el pescador se echó a reír de buena gana. Se notaba que era un hombre tosco pero franco, poco versado en las aptitudes espirituales aunque su actitud estaba carente de toda maldad.
-Tú que te haces llamar profeta de Yahvé, que te haces eco de los grandes profetas de Israel ¿crees acaso que el verdadero Mesías se acercará a tus aguas?-Ahora hablaba el hombre que había sobrecogido tanto a François- Si es el hijo de Dios, carne de su carne ¿Cómo puedes pensar que se halle en pecado?
-Pronto vendrá; ni Él mismo sabe, por estar recubierto por la carne de hombre, quién es. Se sumará a la muchedumbre arrepentida, y siguiendo los pasos de publicanos y pecadores, recorre como un peregrino anónimo el surco de la miseria, de la esperanza humana.Y tú, muchacho raro, aplícate la lección, arrepiéntete, echa el demonio fuera de tu espíritu.
-Él ya fue bautizado-habló de nuevo aquel hombre extraño- aunque aún no sepa quién es Dios, ni qué significa el pecado.
Según terminó de hablar el hombre, se retiró del grupo y se fue a sentar al borde del río.
François no podía pensar más allá de la incoherencia; su estado anímico, acusado por el golpe, pensaba, le hacía estar viviendo de forma real un sueño, o que la altitud del vuelo, la presión, le hubieran afectado a la cabeza de tal modo, que imaginara una vivencia inimaginable. Sin embargo, lejos de desear despertar, regresar a su realidad, quería seguir viviendo esa experiencia. Era consciente de todo lo que estaba pasando aunque fuera un somnolencia; no se preguntaba dónde se hallaba el globo, qué hacían allí los tres animales desaparecidos en el vuelo del último septiembre delante de Luis XVI, la gallina, el cerdo y el pato, cómo volvería a casa… eso ahora era lo de menos ¿Por qué no vivir un poco más aquella locura?
Se durmió placidamente al lado del fuego, acunado por el murmullo de la discusión entre Juan y Simón, y sólo a media noche volvió a despertar. El cielo estaba plagado de estrellas, jamás había visto tantas, quizá porque al vivir en una gran ciudad, eso es imposible; el brillo y la luz impresionaban. La luna caía reflejada en las aguas tranquilas del Jordán e iluminaba una sombra que seguía al borde del agua: era aquel hombre de extraña naturaleza, de temple controlado y rodeado de un misterio que a François le subyugaba.
Se acercó a él como los polos opuestos que se atraen; silenciosamente, se sentó a su lado y sin saber por qué, preguntó:
-¿Sabes que hago aquí?-El hombre sin inmutarse, siguió mirando al infinito y de su garganta volvió a surgir la voz.
-Penetra en tu interior, pregúntatelo, yo no soy quien para responderte. Obra justamente, busca tu sentido, el por qué y para qué. No has de ser un autómata sino corroborar a la bondad de quien te ha creado; volcar ese don en tus hermanos. Te has preguntado quizá cómo es tu mundo, si el error impera, si es la ceguera quien guía tus pasos y los de otros; si cada mañana, te impones la justicia al débil como premisa para tus actos. Si es la verdad la que ilumina tu palabra; respóndete a todo esto y sabrás un por qué.
-¿Quién eres?
-Nadie más que tú; cargo con mi cruz, como tú con la tuya. Cada quien es libre de elegir su camino de espigas, piedras víboras y lobelias. He venido a que Juan, ese hombre vestido con piel de camello y alimentado durante años de grillos y miel salvaje, me bautice, a convertirme en árbol que de buen fruto.
-¿Eres judío? ¿Seducéo?
-Soy Judío; me crié en las enseñanzas de La Torá, pero no soy seducéo; no pertenezco a ninguna rama aristocrática. Soy hijo del pueblo. Ellos creen que Yahvé no se inmiscuye en sus vidas cotidianas; no creen en la inmortalidad del alma ni en la resurrección de los muertos… yo sí.
-Yo tampoco creo en nada de eso.
-¡Pobre ignorante, tu oscuridad es total! ¿Acaso crees que vienes de la nada y a la nada regresarás? Polvo eres y en polvo te convertirás, pero eso vale para las vestiduras con las que tapas tu alma; el cuerpo, la carne, vuelven a la tierra y ¿Tú? ¿Crees que también eres polvo, arena del desierto, que nace porque sí y muere olvidada en la nada eterna? ¿No será quizá un ser supremo que nos done estos bienes sagrados de la vida y el sentimiento?
-En mi mundo no imperan las creencias celestiales; se vive sin más. Unos gozan, otros sufren… es condición de vida, porque ¿Tú crees que si existiera un ser altísimo y bondadoso permitiría atrocidades? Respondedme.
-Se os da el don de la vida, vosotros elegís el camino.
-No me digas eso. Nadie elige la pobreza ni el dolor; a unos, se da todo; a otros, se les quita hasta la luz ¿Cómo entonces me puedes hacer creer en una justicia divina, que hay un antes y un después, que somos libres de elegir? Si es que hay un Dios es tan ciego e insensible que no se merece creer en él.
-Bucea dentro de tu alma, pues la tienes. No preguntes a otros dónde está la dirección; toda respuesta está dentro de ti. Allí encontrarás la paz, la conciencia del bien y del mal. Darás lo que siembres si eres capaz de regar tu corazón para que quites la paja del trigo y, cuando lo hayas hecho, estará tu Dios particular esperándote. No es sino en la humildad, en el reconocimiento de tus limitaciones donde se halla la grandeza de espíritu, la luz de tu vida, antes, mientras y, después de tu muerte física.
Dicho esto, ambos silenciaron la palabra; la luz del día se acercaba con paso majestuoso, tiñendo el horizonte de un rojo suave aunque sí muy luminoso. Se disipaba una tierra fértil de palmeras, olivos, nogales e higueras. A lo lejos, François podía observar campos de trigo y vid; si era verdad donde se encontraba, en alguna ocasión había oído decir al señor Charles que aquella zona era el punto más bajo de la tierra, como unos cuatrocientos metros bajo el nivel del mar. Ahora, asombrado en su contemplación, daba gracias, no sabía a quién, pero las daba, por aquel sueño, por aquella realidad tan distinta a la que él, François de la Riviere, nacido en París del siglo XVIII, futuro científico, acostumbrado a investigar, a profundizar, a averiguar el porqué de las cosas, estaba acostumbrado; si aquello era una excusa para pensar, discernir y aclarar otras ciencias ocultas dentro de él ¡Bienvenido aquella alucinación tan real! Y una vez hecha la reflexión, sintió como su cuerpo se incorporaba y seguía con decisión los pasos de la muchedumbre que caminaba hacia el punto donde Juan se encontraba.
-François, hijo despierta ¡Apareció el globo! Corre por todo París la buena nueva. ¡Dios mío! ¿Qué hacen esos tres bichos metidos aquí?
El muchacho miró en dirección de los animales y, con una profunda e indescifrable sonrisa contestó:
-Lo sé padre, lo sé…
-¿Cómo es qué lo sabes si estabas dormido profundamente? Levántate, ha mandado a buscarte el señor Charles, no le hagas esperar.

P.D. En realidad, cuentan que fueron un pollo, una cabra y un pato quienes volaron durante ocho minutos por los cielos de Versalles, aterrizando sin incidencias, y que jamás el globo del científico Charles desapareció, pero los cuentos son a veces para soñar…

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