viernes, 11 de septiembre de 2009

LUNA DE ABRIL

... Fue una historia de amor; aún la recuerdo. Fue la primera vez, la única. Yo era muy joven y salía de la iglesia con mi madre. Veníamos de hacer la novena a San Antonio... Era junio de mil novecientos treinta y seis, y los colores del día eran tan tiernos como mis pensamientos; nada hacía presagiar a mi alrededor los tiempos turbios que se avecinaban. Mi madre resbaló y aunque la quise sujetar, su peso me venció a mí también. No me preocupaba mi rodilla que sangraba con profusión, pero sí el gesto dolorido de mi madre. Alguien por detrás de nuestros cuerpos nos preguntó que si estábamos bien. Levanté mi rostro asustado y le vi.
Sus ojos azules camuflados tras una gafas de concha me miraban con interrogación, y yo me perdí en aquel océano sin contestar a su pregunta.
Al ver mi nula reacción, se agachó decidido, primero a inspeccionar a mi madre que con sumo cuidado incorporó llevándola a un banco próximo. Después, volvió a por mí que seguía anclada en el mismo lugar mirando embelesada a aquel hombre joven de pelo engominado, maneras amables y pinta de intelectual.
Claro que había visto muchos hombres. Mi padre tenía una pequeña cantina heredada de mi abuelo. Éste fue un rico terrateniente venido a menos que procuró dejar a cada hijo un mínimo para que subsistieran. A padre le tocó la cantina de la estación y madre y yo ayudábamos, una en la cocina y yo en la barra. Mis hermanos trabajaban la tierra de otros. Así que hombres había visto muchos, pero no como aquel..., nunca.
Sacó un pañuelo inmaculado del bolsillo para limpiarme la herida. La suavidad de sus dedos me hizo temblar. Él ante mi reacción, paró para mirarme, y sé que en aquel instante nuestras vidas se fundieron para siempre.
Remigio, como así se llamaba, era un maestro de escuela de un pueblo a setenta kilómetros del mío, y estaba en mi pueblo a ver a Pascualón, mi maestro. Tenía entonces veintiséis años (nueve más que yo) y amaba la poesía. El día que le conocí iba camino de la estación. Había quedado en Madrid con un editor interesado en sus cuadernillos de poesía. Pascualón le había animado, decía que tenía madrera de poeta.
Nos acompañó hasta la cantina y le vi montarse en el expreso de las nueve y cuarto de la noche... Los raíles del tren reflejaron el ocaso de aquella tarde de junio, y el humo de la locomotora se llevó mi corazón prendido tras él.
Recibí a los pocos días una carta en la cantina, era de Remigio contándome la buena nueva de su próxima publicación; le escribí, me volvió a contestar y así hasta el dieciséis de julio en que se presentó una mañana en el tren de las diez.
Le vi entrar espigado, gallardo..., y padre me dio el día libre.
¿Qué decir de aquellos tres días? Fueron un sueño, a veces dudo que existieran si no fuera por...
Creo que nuestros corazones presintieron lo que se avecinaba. Remigio había oído, había visto en Madrid cosas que no le habían gustado. Yo no entendía de qué me hablaba; entonces era demasiado inocente, infantil y fantasiosa.
Me entregué a Remigio en cuerpo y alma en aquellos días de antesala a la guerra civil; el dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis fue la última vez que le vi.
Tres años después le mataron por rojo, su poesía decían que atacaba al nuevo régimen. Pasó cerca de dos años en la cárcel hasta su fusilamiento. Remigio era un hombre de paz, amante de los libros y que nunca hizo daño a nadie. Lo sé.
Pude escribirle un par de cartas contándole que tenía una hija que había nacido bajo una luna hermosa de abril y que se llamaba Amapola como el título de una de sus poesías, pero tengo la duda que le entregaran aquellos mensajes.
Al terminar la guerra, no me quedaba nada: ni padres, muertos en un bombardeo, ni cantina, y mis hermanos no me hablaban por ser la puta de un rojo.
Entregué en adopción a mi Amapola y yo me fui a un convento de Carmelitas.

En mil novecientos setenta y ocho me enteré por un periódico (sé que Dios estaba detrás de esa noticia) que una profesora de Salamanca había ganado un importante premio de poesía. Corría el mes de abril y yo miraba como cada noche a la luna, se había convertido en una costumbre, tal vez porque buscaba una respuesta en ella que nunca llegaba. Después, me puse a pelar unas patatas y guardando las mondas en las hojas de un periódico cuando leí la noticia y vi la foto de la mujer.
Entonces comprendí que tanto la vida de Remigio como la mía habían tenido un sentido, no habían muerto después de aquellos días de julio del treinta y seis; la respuesta había tardado, pero había llegado.
Amapola, nuestra hija, con otros apellidos, pero con la misma facciones que su padre y el mismo amor a la poesía que él, era la respuesta de aquella luna de abril.
Mi historia de amor, que pensé arrancada de cuajo, había cerrado su círculo felizmente.

11 comentarios:

joselop44 dijo...

¡Me encanta! me has emocionado y no es fácil conseguirlo. Disfruto de las historias que te envuelven en un círculo que termina cerrándose.
¿Tienes algo que ver con los trenes?
Un gran abrazo mi bella amiga.

calamanda dijo...

¡Hola! Me parece precioso...
Bonita imagen y bonita entrada en el blog.

Un beso.

Pilar "Camino del sur" dijo...

Tierno de esa ternura emanada de lo màs profundo de los sentimientos, me ha encantado!!!!,


Cariños

Albino dijo...
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Albino dijo...

Una bonita historia que me recuerda, solo en el ambiente, la serie "Amar en tiempos revueltos". En 1936, cuando la guerra estaba a punto de comezar, yo tenía 7 años y aunque no sabía que era eso del amor, me ponía muy nervioso siempre que en la escalera de casa me cruzaba con Pepita, la niña del segundo, que tenía dos años más que yo. Como es lógico, en aquellos tiempos íbamos a distintos colegios, porque la separación de sexos empezaba casi desde el día del nacimineto.
Tu eres una muchacha joven, pero has sabido contar muy bien una historia vieja.
Un beso

12 de septiembre de 2009 9:22

Albino dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Albino dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Albino dijo...

Yo suprimi estos comentarios poruqe fueron "cagadas" equivocadas, pero vale el que queda.
Besos

Perlita dijo...

Hija,Mª Ángeles...Vuelvo y me encuentro con esta narración, muy bonita, pero...¡qué triste, corcho! Y es que si entras en mi blog, no ando muy sobrada de alegrías, entonces, casi lloro...¡Lo dices tan rebién!
Un beso...

Deprisa dijo...

Triste y hermoso a la vez. Muy conmovedor.

Javier Camacho dijo...

Buenísimo. Como todos!! Al principio creí que tú eras la protagonista y me asusté cuando vi que aquella chica había vivido la guerra civil. Rápido me di cuenta que era imposible! No te echo más de 23 o 24 años!! ;)
Un beso. Sigue así!