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martes, 1 de diciembre de 2009

SEPTIEMBRE

Para ser una tarde de primeros de septiembre, el viento aullaba dolorido. Las hojas se arremolinaban a mis pies mientras trataba de abrir la verja. Estaba oxidada y me costó que la llave del candado funcionara. Tardé en meter el coche porque me quedé varada en medio de aquel jardín fantasmagórico o al menos a mí me lo parecía. Su abandono hubiera podido ser una insultante belleza en otro momento: la naturaleza en estado salvaje. Sin embargo en ese momento me hizo sentir tan yo misma que aún me hundí más en la tristeza. Aquel paraje gritaba soledad hiriente, oscuridad y vida muerta.
Hice un esfuerzo en levantar la trampa del garaje y bajé mis cosas. Había huellas de que el agua había inundado ese sótano; el barrizal estaba pegado al suelo y las huellas adheridas a las paredes.
Me temblaba la mano según trataba de abrir la puerta. Sin duda era miedo. Siempre había sido una miedosa, incluso ahora al enfrentarme con mis fantasmas, conocidos todos ellos durante años y yo huyendo de ellos como alma que lleva el diablo hasta que me cansé o se me terminaron las fuerzas y determiné dar la cara y cerrar el último capítulo de mi vida.
Al abrir la puerta de la casa se escapó un hedor entre muerte y humedad. Traté de dar la luz pero no funcionaba el interruptor; no me hacía falta, me sabía de memoria el camino. Subí el primer tramo de escaleras palpando la pared y notando bajo mis pies las telas de araña que iba aplastando. Al llegar al rellano abrí la ventana para poder a continuación desempolvar la contraventana. La luz asustó a los habitantes de la casa. Una serie de sonidos me dejaron petrificada, no tuve valor para volverme, sólo miraba hacia afuera como si de un salto pudiera escapar. El maullido de un gato me despertó del terror. Se restregaba contra mi tobillo. Miré hacia abajo y el hacia arriba y a mitad de camino se encontraron nuestras miradas desorientadas. Fueron décimas de segundos pero las suficientes como para entender que él estaba tan tirado como yo. A continuación se dio ha vuelto y subió por el siguiente tramo de escaleras; yo le seguí embrujada. Parecía conocerse cualquier recoveco. Después de un salto desapareció por el ventanuco del baño que estaba frente a la cocina. El cristal estaba roto y una vez que se fue el gato, se coló un pájaro. Revoloteaba asustado dándose contra las paredes. Añadió más angustia a mi estado de ánimo. Corrí a la cocina a abrir la ventana para que el pobre pudiera escapar ya que yo no podía. Cuando al fin estuve sola me dispuse a ir abriendo las ventanas de toda la casa para ahuyentar aquel olor a orín, polvo, humedad, muerte.
Pensé que volver a la casa en esa época sería más fácil. Aún el verano revoloteaba en el horizonte aunque las tardes fueran menguando. Tendría el tiempo suficiente para prepararme antes de que llegara el invierno. El otoño en esa parte del mapa era muy intenso, pero muy breve. Un buen día amanecería y encontraría la nieve en la puerta.
Ahora que estaba allí, me preguntaba por qué deseaba sufrir en vano. Hay ciertos recuerdos que más vale dejarlos enterrados por mucho que pienses que tu capacidad de sufrimiento ya está agotada. No, mientras tu corazón late, aunque esté deshojado aún es capaz de sentir y mientras sientes el sufrimiento corre por tus venas.
Después de tiempo de convivir con la soledad hasta que he llegado a la casa no me he dado cuenta de lo atroz que puede llegar a ser. En cierto modo había olvidado ese dolor seco que produce el reencontrarte con el ayer. Al abrir la puerta de uno de los dormitorios y abrir la contraventanas, la luz tibia de la mañana se reflejo en cada una de las paredes…, incluso sobre la cama reposó un rayo de sol extraviado. Allí con toda su intensidad entre la maraña de polvo y telas de arañas tejidas con primor estaba una camiseta, ahora blanquecina, abandonada de cualquier forma. A su lado un peluche. No sé cuánto tiempo tuve la mirada clavada, tal vez hasta que mis ojos picaron de dolor y las lágrimas se secaron sobre mi rostro. Me agaché a coger el osito y estrecharlo entre mis brazos; fue como volver a tener a mi hijo Rubén entre mis brazos, a oler su piel a canela tierna. A pesar de estar temblando, por dentro sentí el calor perdido desde el día que él se fue para no volver.
Cuando hallé las fuerzas suficientes, arranqué mis pies de aquella estancia y fui a abrir las contraventanas del salón. Fue un alivio sentir el gorgojeo del aire tratando de arrastrar el polvo, la luz trepar por los muebles a pesar de ir descubriendo cómo se quedó el ayer estancado en un instante. En el sillón orejero yacía un periódico cuyas hojas amarillentas bailaban al son del viento, unas gafas de leer en el suelo y un vasito en la mesa tan tupido de tela de arañas que parecía estar conservado en una urna de cristal; el teléfono estaba en el suelo. Todo había quedado sellado como en las páginas de aquel periódico que marcaban cinco de septiembre de mil novecientos noventa y tres; estábamos en el dos mil cinco.
Recogí del garaje la maleta y los víveres y volví a subir las escaleras hacia mi dormitorio. Según pasaba por una de las puertas de una habitación que aún permanecía cerrada, salió de ella un ruido; me paré en seco. Dejé los bultos en el suelo y abrí con celeridad la puerta; había olvidado el miedo.
La habitación estaba rodeada de una atmósfera grisácea, casi transparente, diría que mágica. Entraba la luz alegremente y a pesar de que no haber un hueco libre para más suciedad, se me presentaba bellísima la visión que estaba ante mí. Así era mi hijo Andrés, porque aquella estación había sido de él. Aunque la tristeza agrietó de nuevo mis paredes internas, era un dolor suave, dulce. Nunca podría recordar a aquel chaval que se comía a mordiscos el mundo con tristeza. Para él no había problemas ni fronteras; todo en la vida parecía haberle sonreído.
Me senté en la mesita de su escritorio. Allí yacían un bolígrafo, una radio, libros desordenados y unas hojas bajo aquel bolígrafo. La última palabra escrita estaba sin terminar. Las tomé entre mis manos y las letras se enredaron en mi cabeza. Era una carta de amor. Mi hijo estaba enamorado en aquel momento y yo sin saberlo; ella se llamaba Patricia… Los años de pronto se apelotonaron en mis sienes y volví a gritar al silencio que no existía justicia. Al sonido de mis lamentos volvió a aparecer el gato. Me miraba asustado. De un salto se subió a la cama expectante, sólo cuando dejé de vociferar se tumbó a mi lado y cerró los ojos.
Nacemos para morir, todos lo sabemos, pero hay que vivir un tiempo prudencial, beber la vida y cuando se agote el manantial, tumbarte en la sombra a esperar la muerte en paz. Hasta entonces siempre pensé que Dios era justo y amable y yo por tanto le correspondía con cada uno de mis actos dándole gracias cada día antes de dormirme.
Pero aquel cinco de septiembre se me paró el reloj; Dios me arrancó las entrañas dejándome el corazón latiendo sin sentido. Desde entonces le he odiado y maldecido cada segundo que mi corazón ha seguido latiendo moribundo.
…Era un septiembre hermoso. El calor había dejado paso a días dulces y el jardín volvía en cierto modo a latir pausado dándonos las últimas flores de aquel estío en que todos habíamos gozado del agua, el sol, el descaso estival. La casita que estaba en medio del campo la heredé de mis padres. Ellos la habían construido para cuando llegara la jubilación poderse retirar al campo, cerca de la ciudad, pero con el aliciente del huerto, los árboles y la chimenea que tanto les gustaba; no dio tiempo. La muerte les vino a buscar antes. Por aquel entonces yo me había casado y ya había tenido a mis tres hijos. Decidimos no vender la casa y a partir de primavera trasladarnos a ella cada año. Allí crecieron mis hijos, allí disfrutamos de ellos como de nuestros amigos.
Aquel cinco de septiembre estaba en el jardín recogiendo las huellas de la fiesta de la noche anterior. Manuel, mi marido estaba dentro de la casa leyendo el periódico, Mi hijo Andrés permanecía en su habitación y Rubén había bajado a la ciudad con su hermana laura a despedirse de sus abuelos paternos. Eran gemelos. Al día siguiente volaban a Londres a continuar sus estudios. Tenían veintiún años recién cumplidos el ocho de agosto.
Sonó el teléfono, yo lo oí y la siguiente imagen fue cuatro ojos mirándome desolados. No recuerdo más. Sé que cuando abrí los ojos estaba en un lugar desconocido, rodeada de gente desconocida. En aquel lugar estuve tres meses hasta que fui recordando. Cuando el puzzle de mi memoria puso todas las piezas en su lugar se me comunicó que yo había tenido un accidente según íbamos al hospital donde mis hijos gemelos yacían muertos; se había empotrado contra un camión… y nosotros nos salimos de la carretera, íbamos a gran velocidad.
Trece años vagando como un fantasma sin atreverme a volver a la casa, a aquel día en que el tiempo se congeló.
Cuando he despertado, tenía un frío helado entre mis huesos. Estaba abrazada al osito de peluche y el gato dormitaba a mi lado; era de noche. He bajado a la cocina, recordaba que en la despensa guardábamos velas para cuando se fuera la luz ya que era muy frecuente que eso sucediera en aquel lugar; el gato me ha seguido.
La llama de la vela entonaba las sombras. Éstas bailaban al ritmo que el vientecillo peinaba el polvo que iba de un lado a otro. Me he sentado en la silla de la cocina. Respiraba tranquila y si esa escena que estaba contemplado era para dar miedo, yo insospechadamente no lo sentía. Muy por el contrario, me encontré a mi misma sonriendo. El gato se ha subido encima de la mesa y yo le he acariciado mientras la llama de la vela se intensificaba y me rodeaba de una luz muy bella.
En ese momento he visto aparecer a Paco, a los gemelos y a Andrés. Me tendían sus manos y yo me he refugiado en sus brazos.
El gato y yo, por fin, hemos dejado de estar solos para siempre.

6 comentarios:

joselop44 dijo...

Es una historia apasionante con la quehas conseguido ternerme con el alma en vilo.
Un fuerta abrazo guapísima.

Albino dijo...

Parecia que habias entrado en la casa de Drácula. Menos mal que fue un sueño, aunque más podría calificarse como una pesadilla con final feliz.

Juan Escribano Valero dijo...

Hola María de los Ángeles: He tenido un poco abandonado el mundo bloguero porque he estado algo pachucho, y como mi mujer es una enfermera muy exigente (¡que feliz tiranía! Pues no he tenido más tiempo que el mientras ella ventilaba y arreglaba la habitación. Todavía estoy en convalecencia. Impresionante tu relato aunque yo no estoy para lecturas tristes, pero no cabe duda que tiene que ser muy triste y doloroso despedir a un hijo de esa manera, lo natural es que los hijos entierren a los padres, lo contrrio es antinatural, tu lo has retratado muy bien.
Un abrazo

Carla dijo...

Una historia realmente apasionante, muy intrigante.
Me encantó leerte!

☼El Rincón del Relax☼ *Beatriz* dijo...

Hola guapisima, con tiempo y dedicación me pongo en ello a leer, todo lo que me queda....

Darte siempre las gracias por tus visitas.


Siempre un placer pasar a visitarte, aun no sea tan seguido como mereces, pero no dispongo del tiempo que desearía.

Recibe un relajante y enérgico abrazo de luz para tu ser.

Beatriz

MarianGardi dijo...

Qué corrección al relatar.
Que presente y vivido resulta todo.
¡Qué magia!