sábado, 6 de febrero de 2010

NADA QUE DECIR

Alfonso no tiene nada que decir a Mercedes; hace tiempo que se agotaron las palabras.
Cada día, como único gesto de comunicación, se miran, nada más. Son miradas perdidas, ciegas. No se ven. El tiempo se encargó de acrecentar la bulimia de sus sentimientos y, ahora, están varados en un puerto sin agua. Ya navegar es imposible piensa Mercedes mientras enciende la cafetera. El eco de las paredes araña tanto a su corazón que lo siente en carne viva.
Dicen que las mujeres tienen un buen flotador para no ahogarse, que siempre pueden llegar nadando hasta la orilla. Pero Mercedes no, porque aquello que la mantenía a flote te ha evapora.
El día en que se dio cuenta de que ya no amaba a Alfonso no lo dio importancia, simplemente pensó que el roce, los años en común en sus mochilas, serían suficientes. Además, tenían cuatro hijos. Pero estos se fueron poco a poco del nido hasta quedarse frente a frente, solos.
Entonces, los años se desplomaron. Cada día Mercedes pensaba qué hacía allí, qué sentido tenía permanecer en esa si nada había; estaba vacía. Se sentía enterrada en vida cada vez que miraba de reojo a Alfonso.
El rostro de Alfonso era impenetrable, ¿qué pensaría?, se preguntaba Mercedes.
Desde que en la fábrica hicieron regularización de plantilla, Alfonso había sido de los primeros en ser despedido. No dijo nada. Llegó a casa como todos los días, preguntó qué hay de cenar y, mientras sorbía la sopa, comentó que ya no tendría que madrugar. Mercedes levantó la cara del plato y le miró tratando de taladrar su mente, no pudo. A partir de aquel día, cada mañana se levantaba a la misma hora, tomaba el café muy despacio y se dejaba caer en el sillón con la mirada nublada. Mercedes pasaba por su lado con el plumero del polvo para quitar las telarañas que cada vez se hacían más espesas y sentía lástima por el saco de huesos que permanecían sentados sin alma. Algo la decía que él no deseaba vivir o mejor dicho, no sabía vivir.
Desde los catorce años trabajando casi dieciséis horas diarias, no había tenido tiempo para aprender, palpar, oler, otras sendas de vida. Con cincuenta y siete años su único camino había sido cortado de cuajo y para Alfonso el respirar no tenía sentido; de esto estaba convencida Mercedes.
Ella, mientras Alfonso trabajaba, se dedicó a los chicos y a hacer encaje de bolillos para sacar a la familia adelante. Ella tampoco conoció la vida; eran otros tiempos. Se casó con dieciséis años, el día anterior al desposorio guardó sus muñecos en el armario para siempre.
Tuvo nueve hijos de los cuales sólo sobrevivieron cuatro, pero los otros cinco tienen aún su hueco en la memoria de Mercedes; una madre nunca olvida. ¿Cuántas veces se quitó las lentejas de la boca para dársela a sus polluelos, a Alfonso, incluso? Estaba flaca, siempre lo fue, pero ahora sus pocas carnes se descolgaban por el precipicio de su cuerpo y…, se sentía tan sola.
Nunca fue amante de chismes, sólo señora de su casa y si lo hubiera sido, tal vez ahora tendría con quién hablar.
El silencio era un sonido ronco que machacaba sus oídos. Sólo la quedaba la televisión y esos programas de cotilleo para vivir de las vidas ajenas y olvidar la suya.
Mercedes tenía cincuenta y seis años y parecía una anciana, no se teñía el pelo que nacía plata por sus sienes. Hacía cinco años que no se compraba un vestido, ¿para qué? Si apenas salía.
Salió al patio a tender la colada: dos calzoncillos, una toalla, dos paredes de calcetines y unas bragas; anoréxica hasta la colada. Miró a lo alto viendo en la casa de al lado cómo se secaba la ropa de la vecina con alegre vaivén del viento. Mientras se agachaba a quitar las cuatro hojas secas de sus plantas, también miró a hurtadillas a su vecina: era de su edad y parecía quince años más joven que Mercedes. Un día, incluso, la vio entre los visillos como salía de casa con una falda por encima de las rodillas. Mercedes se escandalizó primero. Después, sintió envidia. No de la largura de la falda sino del espíritu de la vecina, algo que Mercedes no tenía.
Suspiró y decidió echar agua a las plantas, pero de repente, sus pensamientos fueron arrancados de cuajo por una voz:
-Mujer, ¿quieres que mañana vayamos a la verbena del Arrabal?- Mercedes se volvió asustada. No recordaba la voz de Alfonso y sólo la reconoció por la expresión “Mujer”, ya que él jamás la llamó por su nombre.
-¿Y qué se nos ha perdido por allí?- preguntó Mercedes con voz cansina.
-Ya es hora, Mujer, de dar por cerrado el luto de nuestras miserias. Lo que nos queda, sepamos cómo es.
Mercedes calló. Tanta palabrería junta, seguida, tan honda, la habían dejado hasta sin pensamiento. Alfonso desapareció y Mercedes fue directa a la cocina. De uno de los armarios sacó una caja de latón y fue a sentarse. La abrió despacio, como si tuviera miedo a que saliera volando su contenido. Esa caja llevaba años con ella, quizá toda la vida. Buscó detenidamente hasta que encontró dos recortes de revista. Cada vez que Mercedes iba a tirar la basura, miraba en el contenedor y si veía alguna revista, se la llevaba a casa, la escondía y en las noches de insomnio se dedicaba a soñar.
Uno de los recortes era un vestido camisero de flores…, ¡era tan bonito!, pensó Mercedes y seguro que fácil de hacer. El otro recorte era la foto de una mujer que exhibía un peinado que la gustaba mucho a Mercedes. Era de una publicación de hacía cuatro años, ¿y qué?, volvió a pensar Mercedes mientras se atusaba la coleta que había llevado toda la vida.. De repente se levantó como un resorte y fue de nuevo al armario y de él sacó otra lata, ésta mucho más pequeña. La abrió y volcó todo su contenido encima de la mesa. Eran monedas, algunas hasta estaban roñosas; eran sus ahorros, lo poco que había ido guardando en cuarenta años. Nunca tuvo necesidad de abrir aquel bote y si la hubo, Mercedes esperó hasta último momento y no tuvo necesidad porque siempre se las ingenió para salir para adelante sin recurrir a al bote.
Ahora miraba las monedas, algunas estaban hasta fuera de uso. Volvió a meter las que no la servían, y las otras se las metió en el monedero que llevaba guardado en el pecho. Después, se despidió de Alfonso diciéndole que iba al mercado y se fue.
El Arrabal, romería de la Virgen del Arrabal…
Es septiembre, hace buen tiempo y este año hay gran afluencia en la verbena. El pueblo despide al verano paseando a la Virgen del Arrabal, bailando y bebiendo limonada. Hasta la juventud está animada con la orquesta.
-Mira Pascuala, mira allí…
-¡Jesús Bendito!, si es el Alfonso, el hijo de la Carmina. ¿Con quién va del brazo?
-¡Qué desvergüenza!, presentarse en la verbena con una cualquiera… Ahora no me extraña. Su mujer es una rancia, no habla con nadie y está muy mayor. Y ya sabes, el hombre quiere carne fresca.
Alfonso camina despacio mirando aquí y allá. Comenta el colorido de los farolillos con Mercedes que mira extasiada el ambiente. Antes de salir de casa, Alfonso se ha quedado con la boca abierta al ver aparecer a su mujer. Se ha quitado las canas y la coleta y luce un hermoso vestido floreado que se lo ha hecho ella misma durante la noche.
Mercedes aprieta el brazo de su marido y él al mirarla, le regala una tierna sonrisa.

4 comentarios:

Juan Antonio dijo...

Que bonito tu mensaje a la esperanza,ese pensar que siempre algo mas es posible.me ha encantado y he pensado lo nien que se hubiera llevado tu "Mercedes" con mi " Juan".
Siempre es un bendito placer leerte.Besos

Albino dijo...

Tuvo paciencia Mercedes, pero al final tuvo su premio, aunque yo creo que el mas premiado fue Alfonso.
Lo importante fue olvidar de un golpe el duro pasado er ir a la verbena.
Un beso

Blue dijo...

ha sido lindo descubrir tus letras, las verdad estuve presa de ellas hasta el final, ambos le ganaron la batalla al tedio.
abrazos
Blue

bixen dijo...

- ¿Dónde vas Alfonso XII?
¡Dónde vas, triste de ti!
- Voy en busca de Mercedes
Que ayer tarde no le vi.
...

Canción popular con mensaje; aunque prefiero el tuyo: Sobre todo su final!