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lunes, 22 de marzo de 2010

ÁNGELES CUSTODIOS

Hoy…

Son cerca de las cuatro de la mañana. Hace escasa media hora las campanas han rasgado el silencio de la noche. Él ya está en el paraíso. Me acaban de comunicar que mi trabajo aquí también ha terminado. Al fin sé todo.


Hace una semana…

Me desperté de un sobresalto; sin duda, había tenido una pesadilla. Mi respiración era entrecortada, estaba sudando. Me levanté, bebí un vaso de agua y encendí un cigarrillo. Llevaba ocho meses sin fumar, pero la última cajetilla nunca la tiré. Recuerdo que dejé de fumar cuando él me pilló haciéndolo; allí estaba totalmente prohibido pero había sido un día duro de entrenamiento. Los nervios hacían estragos en la renovada plantilla. Abrí la ventana que está al final del pasillo, por allí no pasa prácticamente nadie, menos, él. Ese día pasó.

“Hijo mío, fumar mata.” Según me lo decía, metió la mano en el bolsillo de mi camisa, y tomando la cajetilla, se la acercó a la nariz: “¡Qué bien huele!”, afirmó. Después, la volvió a meter donde estaba y se fue. Quizá por eso, la guardé, pero tampoco volví a encender otro pitillo hasta este amanecer.


Me asomé a la ventana y la visión me asombró. Estaba amaneciendo y la ciudad estaba inmaculada, totalmente blanca: había nevado. El jardín parecía un edén encantado. Levanté la vista y él también miraba maravillado. Apenas ya duerme, y si lo hace, es sentado ya que temen que se asfixie.

Tocaron levemente a mi puerta y respondí. Sor Eulalia me miraba con cara de circunstancias.

-¿Qué pasa, hermana?- no hacía más que frotarse las manos y mirarme con dolor.

-Manuel: ha sucedido lo que temíamos…


Me ha costado llegar hasta la basílica de San Juan de Letrán; el tráfico en un día como éste es aberrante. El rumor se ha extendido por toda la ciudad; no hay más que ver la larga cola que espera pacientemente su turno a la entrada de la basílica.

Cuando logro entrar, ya me está esperando un grupo nutrido de sotanas muy nerviosas… Me han llevado directamente a la parte lateral derecha del segundo pilar, allí donde reposan los restos de Silvestre II.


De leyendas vive el hombre… A finales del siglo XI se extendió por el pueblo llano una leyenda que decía que cuando se acerca la muerte de un pontífice, hay signos visibles que permiten anticipar su final.

La tumba de Silvestre II exuda un tipo de humedad intensa cuando la muerte de su sucesor está cerca.

-Manuel: ¿qué opinas?- sus ojos se clavan en los míos.

-¿Qué voy a decir, padre?... no puedo decir nada.

-¿Se lo vas a contar?

-No hace falta; cuando nosotros vamos, Él está de regreso. Su vida está en la calle, entre su rebaño. El día que asumió su carga, lo hizo hasta el último aliento, aunque conozca de antemano el instante de su final. Su vocación apostólica inspira su vida, y le impide protegerla. Además, de sobra sabe, padre, que estas cosas hay que cogerlas con pinzas, y por otra parte, soy agnóstico en cuanto a estos temas.


Parece mentira que después de tantos años metido en este ambiente, me siga pareciendo curioso. Me fascinan ciertas creencias, aunque yo sea un escéptico. Tan vinculado a la Iglesia como estoy, no me explico mi actitud, tan lejana en cierto modo a sus pensamientos. Él lo sabe. Jamás hemos hablado de ello, pero nuestras miradas se han cruzado muchas veces a lo largo de estos veinticinco años juntos. Nunca me ha reprochado nada, y me acepta tal como soy. Sin embargo, el ejemplo de cada minuto junto a él, ha hecho crecer en mí una espiritualidad paralela.

Cuando requirieron mis servicios, me presté encantado. Era por aquel entonces joven y vital. Apenas treinta años. Tenía los requisitos indispensables para el puesto: hablar distintos idiomas, ser católico y dominar las artes marciales. Mi trabajo sería formar parte de un cuerpo de seguridad de elite, pero nada me dijeron para quién trabajaría. Lo supe cuando le tuve delante. A partir de aquel día mi objetivo fue abatir cualquier sombra sospechosa que pudiera hacerle daño. No he tenido vida personal, tampoco la he echado de menos. Mi tiempo se ha concentrado en este trabajo de veinticuatro horas y en viajar por medio mundo.


Apenas he comido; tengo un nudo en el alma. No sé de mi tristeza. El lado más vulnerable de mi persona se ha desmoronado. Deseo refugiarme en mis recuerdos.

Es gracioso: tengo la sensación de que mi vida comenzó hace veinticinco años, es decir, cuando le conocí. El antes de aquellas fechas es difuso o nulo. Sólo recuerdo que desperté en una habitación con olor a medicamentos. Me empeñaba en fijar la vista pero todo era borroso. Alguien me acariciaba la frente con inmensa ternura. Su voz era música en mis tímpanos. Osé preguntar qué me pasaba. Ella susurró que había sufrido un accidente de moto pero que pronto me encontraría bien. Antes de cerrar de nuevo los ojos, percibí de forma difuminada su imagen: era bellísima, vestida de blanco. Cuando volví a despertar, pregunté por ella pero nadie me contestó.

Poco a poco me fui recuperando, aunque no recordaba nada. Estuve meses en aquel centro, nadie me reclamó, temía que me dieran el alta pues no sabría donde ir. Mi casa se había convertido en aquel enorme edificio.

Ese tiempo sirvió para conocerme. Me sorprendí de hablar cuatro idiomas, de saber teología y ética, hasta unos mínimos conocimientos de medicina y parapsicología. Las artes marciales no tenían secretos para mí. Descubrí que conocía profundamente a Jesucristo, a pesar de mis reticencias a creer en él. Me comportaba discretamente. Era cauto y alegre… pero de quién era yo antes del accidente: ni rastro.

Cuando tuve el alta, me asombró comprobar que tenía unos ahorros. ¿Su procedencia?: ni idea. Con ellos monté una escuela de entrenamiento, y allí me fueron a buscar.

Muchas veces pensé tirar del hilo umbilical para conocer hasta dónde podía llegar mi esencia como persona de este mundo, pero a la cuarta vez de intentarlo, me recorrió un escalofrío que me dejó sin habla: en ningún registro aparecía el nombre de Manuel Barbarín: mi nombre.

El cardenal Philippe me recomendó, al poco tiempo de trasladarme a vivir con ellos, que dejara de atormentarme, ya que consideraba que buscar lo incomprensible sería desgastar mis energías, pero… ¿qué me quiso decir realmente? No lo sé. Me entregué a aquella vida en cuerpo y alma. Y fui feliz. Nunca más volví a pensar en mis orígenes hasta hoy…

Su salud se agrava por momentos; se tienen pocas esperanzas. El silencio que reina estremece. Sólo se oyen murmullos; no hace falta adivinar que son oraciones…


Hoy…

Me ha pasado algo muy curioso: estaba fuera de la casa cuando me han llamado al móvil, comunicándome que su situación es irreversible, cuestión de horas. He comenzado a caminar todo lo deprisa que mis piernas eran capaces cuando una moto se ha precipitado sobre mí. He tardado unos minutos en incorporarme del suelo, pero cuando lo he hecho, mi sensación era la de estar flotando: no me dolía nada. Sin mirar atrás, he reemprendido la marcha. Quedaba poco tiempo.

No hace falta que abra la puerta, simplemente la traspaso. Me he acercado a su lecho. Nadie se ha percatado de mi presencia, sólo él. Ha girado los ojos en dirección a mí y me ha dicho.

-Manuel: vámonos. Ya he terminado aquí.

Después, a los pocos minutos, ha entrado el camarlengo de la Santa Sede a certificar la muerte a través de un viejo rito: golpear tres veces la frente del fallecido con un martillo de plata en el que figura el escudo de armas del muerto mientras le llama por su nombre de pila.

“Qué extraño, cuando muere un presidente buscan a otro en una hora; cuando muere un rey gritan: ¡viva el Rey!; cuando muere el Papa todo se detiene” David Telleman, teólogo

4 comentarios:

Juan Julio de Abajo dijo...

Hay misterios incognoscibles que ni la razón entiende, por mucho que se razonen.

¿La fe? Cuestión íntima e insobornable: o sí, o no. No es lícito el término medio.

¿Los "apegos" mundanos? Clarísimo: sin ellos no se puede vivir ni respirar; una unidad en el mar brumoso de la convivencia es autodestructivo.

¿Y los propósitos? Esos, mi entrañable amiga, sólo lo sabes tú...


Un beso con paz y entrañable afecto.

JULIO.

www.fancyediciones.es
juan@fancyediciones.es

Juan Antonio dijo...

Siempre me dejas la miel en los labios.besitos

Albino dijo...

Parece que escribiste una novela de historia-ficcion de esas que ahora estan muy de moda. Y lo hiciste muy bien.
Cariños

José Ignacio dijo...

Interesante relato con trasfondo histórico.
Imagino que por el tiempo superior a veinticinco años puede estar situado en el papado de Juan Pablo II.
Partiendo de una amnesia el narrador solo dispone de una vivencia y su vida una finalidad que acaba con la muerte del papa.
El relato parece indicar, al inicio que el papa muere antes que el guardaespaldas y al final es al contrario ¿lo entendí bien?.
Un buen fin de semana


El mármol a que te refieres dicen corresponder a un cenotafio por no estar allí los restos del muerto.