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sábado, 27 de marzo de 2010

ESTACIÓN DE ESPERA

Paquita Alarcón es una mujer chiquitilla y carnes consumidas, pero en sus ojos hay una llama encendida, y en su boca un gesto amable que recibe a quien se detiene a mirar un rostro que nadie mira.
Su vida es tan simple como un grano que espera ser germinado.
Lleva ya dos años sola. Desde entonces cada día va a esperar el tren de las cuatro. Trabaja de asistenta en una casa de muchos posibles venida a menos, tan a menos que ya no la dan comida. Dejan el pájaro volar a las tres para así no darle el alpiste y el sueldo hace tiempo que dejó de esponjarse. Pero a Paquita Alarcón la da igual; es de esos seres que necesita poco para continuar pedaleando en la vida. Primero fue su madre, una tirana que cortó las alas a la chiquilla en el momento que enviudó. Todos los hijos volaron del nido menos Paquita, la pequeña y dócil hija. Sus mejores años los pasó cuidando de una madre déspota y posesiva. Pero a ella le debe haber conocido al amor de su vida: Juan Gómez al que espera cada tarde a las cuatro en punto sentada en un banco de la estación del norte.
Cada vez que recuerda su primer encuentro, la carita de la muchacha, porque Paquita tiene los cincuenta ya muy pasados, pero sigue siendo una muchacha de frescas esperanzas, al menos para su Juan… Era una tarde cobriza de finales de verano, ella estaba con doña Severiana, su madre, y su prima Suplicio que la habían acompañado a coger el tren de las cuatro. El anden estaba a abarrotar y Paquita, que las multitudes la han fascinado siempre, se despistó de la familia mirando a unos y a otros hasta que se topó con un apuesto joven con boina calada hasta las cejas; ambos se miraron, no hizo falta más. Él se la acercó y la dijo:
-Señorita, ¿busca a alguien? Permítame ayudarla, Soy Juan Gómez.
Paquita fue a contestarle cuando sintió en su hombro el mordisco de una zarpa; era su madre chillándola de atolondrada. Juan Gómez la dedicó una enorme sonrisa y desapareció del gentío. Después le vio que subía en el tren de las cuatro, como su prima. Y, aún, pudo atisbar un saludo con su mano. No le volvió a ver.
Ella soñaba cada día con aquel extraño, soñaba con él, imaginaba… Imaginaba tanto que se hizo realidad.
Pasó el tiempo, nunca podía acercarse a la estación para ir al encuentro de Juan; su madre la fiscalizaba cada minuto. Pero el día que doña Severiana murió, Paquita aún llorando su ausencia, vio cómo sus alas volvían a crecer.
Así que, ahí está Paquita Alarcón, como cada día, esperando el tren de las cuatro a ver si llega Juan Gómez, el amor de su vida. Porque ella piensa que si no es hoy, será mañana y él aparecerá de alguno de los trenes de las cuatro de la tarde para llevársela con él por siempre jamás.

5 comentarios:

Juan Escribano Valero dijo...

Hola María de los Angeles: Tu relao de hoyMe ha recordado una canción de Concha Piquer titulada la Chica de la Estación "pasaron meses y meses/ y aquel galan no volvio/... en fin me ha encantado tu relato.
Un fuerte abrazo

Juan Julio de Abajo dijo...

En todos tus cuentos siempre hay un canto a la esperanza teñida de una nostalgia que no es de ahora...

Las estaciones, la lluvia, lo que pudo ser y no fue, la resignación ante lo inevitables, el conformismo pese a los infortunios e incomodidades, los árboles y los parques...

El patetisto lírico, así lo llamaría yo, si se me permite.


Quizás por esto, precisamente, es por lo que me gusta leerte.


Un beso en el ya mortecino día.

JULIO.

calamanda dijo...

Te envío saludos.Estoy enferma y
espero recuperarme lo antes posible.Lo leeré todo lo perdido,
que ya sabes lo mucho que me gusta.

Un abrazo.

bixen dijo...

Soy de Irún y además jugaba de chico al Monopoly.
Por el 94 un amigo, de noche, me enseñaba el otro Madrid y le dije:
-Llévame a la estación del Norte.
-Ya no queda nada.
-Es igual, vamos!
A la media hora...
-Esta era la entrada de la estación.
-Qué bonita (dije), vámonos!

Albino dijo...

Muy tierno este relato de la chica de la estación, la que tuvo oportunidad de encuentrar un amor y por egoismo de una madre posesiva, se esfumó.
Espero que no se repita, aunque el mundo, lamentablemente, es muy igual.
Cariños