lunes, 28 de junio de 2010

HISTORIA DE UNA CASA

Se me acaba de caer un tornillo de la puerta trasera. Espero que no haya demasiado viento y se vaya por el desagüe porque esta medianamente bien y mi ama lo podrá volver a poner. Claro que como tiene tampoco ayuda y yo tantos desperfectos, no la da tiempo a reparar cuando otra cosa se me ha roto. Y es que el invierno ha sido muy duro para una anciana como yo. Pronto cumpliré los noventa y cinco; demasiado bien me conservo para lo poco que han invertido en mí últimamente. Ahora estoy decrépita, pero os aseguro que una vez fui muy hermosa, admirada en kilómetros a la redonda. Mi jardín tenía las mejores rosas del lugar. Mi césped era una melena suave y mullida. Los frutales daban manzanas y peras. La hiedra galopaba por las cuatro fachadas y las ventanas se abrían al campo entre visillos blancos oliendo a jabón. La mesa y las sillas del jardín así como la escalera eran de hierro forjado muy bello; hoy carcomido y las sillas que quedan sanas, apenas son media docena.

Recuerdo cuando me construyeron. Alberto, mi primer dueño, me hizo pensando cuando se jubilara, incluso dejó un hueco entre los tamarindos para hacer un huerto donde plantaría tomates, cebollas y lechugas. Marta, mi ama, dio a luz a sus dos hijos en el dormitorio principal. Guillermo y Aurora crecieron en mis muros; todos éramos tan felices, pero vino la gran depresión y Alberto se arruinó y me tuvo que vender. Mi segundo amo, don Marcial, un tipo prepotente, carente de sensibilidad y mano dura con los suyos me redecoró. No había centímetro en mi cuerpo que estuviera vacío, pero eso no me importó. Lo que más me dolió es que talara varios de mis árboles favoritos para hacer un estanque… horroroso y pretencioso. Por mi césped pasaron los seres más dañinos para la población y yo me convertí en testigo silencioso de horrendas manipulaciones sociales hasta que llegó la guerra y don Marcial y los suyos huyeron; me dejaron abandonada en aquellos terribles años. Cerca de mí cayeron bombas, las tejas, infinidad de ellas se rompieron lo que me produjeron demasiadas goteras. Entraron por las ventanas y me robaron; no me quedaba mucho, ya don Marcial se preocupó de llevarse lo más valioso, pero hicieron añicos los pocos cristales que me quedaban y por aquellos huecos entro la lluvia, el frío y la humedad.


Allá por la primavera del cuarenta y seis, a pesar de todo me sostenía en pie, el jardín era una selva, pero una mañana de primavera un hombre se paró delante de mí. Me miró largamente. Tanto insistí mentalmente que empujara la verja que al final lo hizo. Le fui llevando con mi mano invisible por los rincones más hermosos que un día tuve. Supo, además, el lugar emblemático de mi basto cuerpo: un banco junto a dos cipreses y una fuente de piedra que no funcionaba, claro. Se sentó y perdió la mirada. ¡Cómo me hubiera gustado saber lo que pensaba!, aunque me di por satisfecha saber que mi lugar preferido seguía siendo un nido de inspiración.

A las pocas semanas de aquella visita se volvió a presentar el mismo hombre junto a dos más. Hablaban delante de mí, estaban negociando mi precio ¡Volvería a tener dueño!

Estaba tan concentrada en escuchar lo que decían que no me di cuenta de una cabeza que revoloteaba por la Madreselva; sólo se la veía un grácil sombrerito de plumas de colores hasta que se movió del todo y la tuve delante de mí… Mi adorada Isabel; nunca había visto un rostro más hermoso que aquel lleno de ingenuidad y chispa.


Y sí, finalmente tuve la fortuna de ser adquirida por Vicente e Isabel. Se quedaron sin dinero al comprarme, pero Vicente con paciencia y mucho trabajo me fue reparando el mismo hasta dejarme aún más hermosa de lo que fui porque ahora poseía el sabor añejo de quien ha sabido conservar y el gusto exquisito de una mano sensible para sacar de mí lo mejor. Isabel volvió a hacer crecer las rosas, los tulipanes y los magnolios.

Fui testigo de fiestas entrañables, llenas de sabor familiar y Clarita, la única hija de mis amos, me heredó… y volví a la ruina.

No porque no me quiera, me quiere demasiado, pero no tiene un centavo, tampoco las manos de su padre aunque sí la sensibilidad de su madre; con eso me conformo.

Es cierto, estoy rota por infinidad de sitios, sin embargo soy la madriguera de poetas y escritores. Sí, Clarita es escritora y sus amigos la visitan con frecuencia. En verano prepara tertulias literarias y la noche cae sobre mí con la dulzura de una rima.

Nunca volveré a resplandecer como antaño, lo sé, pero siento que en mí hay tanto amor, estoy rodeada de ternura y cariño que, aunque mi fachada esté llena de desconchones mi vida al lado de Clarita será larga y productiva, y si alguna vez llega el ocaso a mi vida, sabré que di lo mejor de mí y que viví intensamente para ser una casa y que mis escombros podrán contar mil y una historia de este lugar.

1 comentario:

Juan Antonio dijo...

Mi casa es mi castillo.
felicidades...