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lunes, 20 de diciembre de 2010

LLUVIAS DE ABRIL

El tráfico a partir de las tres de la tarde de los viernes es para sujetarse los nervios con cinturón de seguridad. La emoción de escapar de la rutina laboral se me empaña. Tengo la sensación de ser una gata en celo enjaulada en un mar de coches. Ya no cuento si llueve… los vehículos se meten debajo del agua y se paran a reflexionar. Mientras, me muerdo las uñas, miro al reloj con un ojo y con el otro al contador del taxi “Carmen pierdes el tren”… Nunca lo pierdo, es verdad, en el último minuto el taxista saca sus alas de ángel y llego a la estación de Atocha con los nervios en la boca a punto de vomitar blasfemias por mi mala suerte. Porque desde que trabajo en ese polígono perdido, donde no llega ningún medio de transporte, me paso la vida corriendo, subiendo y bajando cuestas hasta llegar a la civilización urbana. Las ciudades grandes con bastas áreas dominadas por cajas cuadradas, colocadas de tal manera que cuando miras al cielo sientes que es un desierto azul donde no vuelan los pájaros y en el aire no cuaja el oxigeno humano, hacen de estas urbes un ente deshumanizado en el cual sólo impera la prisa.

Por eso, cuando llega el viernes y trato de recuperar mi vida, me ahoga la sensación de asfixia. Hasta que llego a la estación son minutos interminables como si fueran los últimos metros a recorrer de un calvario.

Me bajo a toda prisa, de tal manera que más de una vez el taxista ha tenido que correr detrás de mí “Señora, Señora, se olvida usted la maleta, el abrigo, las vueltas…”

Lo primero que hago nada más entrar es mirar el panel. Claro, ya hace rato que se ha anunciado la vía. Me precipito por las escaleras arrastrando mis enseres hasta que me topo con una larga cola esperando los controles de seguridad; agradezco el frenazo. Son microsegundos para recuperar el aliento y rebuscar en el bolso el billete. “Mierda, ¿dónde lo has metido?” Me recrimino nerviosa mientras se me caen las gafas al suelo, el peine, la barra de labios… En esto, la cola avanza, la gente me esquiva y yo a gatas recogiendo mis pertenencias. Pero aquí no acaba mi estrés porque cuando he terminado de estar en el suelo y me incorporo, el móvil suena; yo casi ya estoy alcanzando la garita de seguridad. Me van a pedir el billete “¿Qué hago? ¿Cojo el móvil o espero a pasar el control?” Alguien decide por mí y me cuelga antes de haber tomado la decisión.

Pongo la maleta, el paraguas y el bolso en la cinta y adelanto unos pasos. El equipaje se apelotona. Todos tratamos de darnos prisa en recogerlo para no entorpecer, pero yo no sé cómo me las arreglo que termino taponando el habitáculo. Mis manos se vuelven torpes y mis dedos no aciertan a ser hábiles tentáculos. Una voz amable, pero con rastros de rutina y desidia, me recuerda que me quite del medio. Miro el reloj, apenas quedan diez minutos para que arranque el tren y a mí me ha tocado justo el último coche. Corro para atrapar mi objetivo y, cuando llego delante de la puerta, siempre, siempre hago lo mismo, soy hija de los actos repetidos una y otra vez: miro a un lado y a otro, tiro las cosas al suelo, meto la mano en el bolsillo y saco un cigarrillo pero no encuentro el mechero. Ya veo a uno que está fumando y me acerco. Justo en el momento que estoy encendiendo el cigarrillo, megafonía anuncia que en breves instantes arrancará el tren. Corro a recoger mis cosas con el cigarrillo en la boca; toso, normal, el humo se me ha metido hasta en el pelo. Subo los dos peldaños y la puerta se cierra; me ahogo. Busco el billete, no lo encuentro. Una mujer me ve y me indica que se me ha caído algo; el billete.

El tren aún no ha arranco, me da tiempo a colocar la maleta y buscar mi asiento; he tenido suerte, me ha tocado ventanilla. Pero no todo puede ser perfecto. Incordiamos mis chismes y yo al pasajero que ya estaba cómodamente instalado; pido disculpas mientras le rozo la cara con mi trasero.

Al fin me siento y aquí llega mi primer placer vestido de duende mágico y deseado. Liberada toda mi carga estresante, cierro los ojos; una especie de nube de placer me envuelve en esos instantes. Siento en el pecho cómo los latidos del corazón vuelven a un ritmo de vals pausado, mimético. Mis manos, agarrotadas y eléctricas al mismo tiempo, parecen en ese momento como si se estiraran, crecieran sus huesos y su piel se planchara. No deseo abrir los ojos, aún no. El silencio del coche penetra en mis oídos; me encanta esa afonía, presiento identificarme con todos los que vamos allí sentados. Seguro que callamos porque el requiebro del ánimo necesita unos instantes de mutismo. El tren arranca, y mece el cansancio con la dulce nostalgia de cambiar de vía mientras una lágrima solitaria se pega a tu mejilla… Y llega el sueño, ése que repara aunque no cura las heridas. De vez en cuando abres los ojos sin ver nada. Paisajes difuminados que corren al son del ave que vuela al sur.
Vuelvo a cerrarlos, pero algo me obliga a abrirlos: el tren frena en un océano de llanura, tan verde, tan plana, tan amarilla; parece un cuadro que estoy palpando.
Entonces, acontece el segundo placer: siento como mi cuerpo se bambolea dulcemente, suave, lento; el tren está arrancando de nuevo. Casi no respiro, no quiero que se esfume esa sensación tan placentera. Me vuelvo niña acurrucada en unos brazos que mecen mis pesares. Así, de esa guisa me quedo, inerte, dormida, desfallecida. Es como una necesidad interna de recobrar el equilibrio, de mitigar el cansancio, de devolver la seguridad a tu mente al abrigo de un tren que siempre me lleva a un destino. Y mientras llego, me va proporcionando una serie de placeres que la vida diaria me arrebata.


Deseo olvidarme de todo y de todos, que el mundo me pierda el rastro, que siga rotando sin mí mientras yo recaudo los ríos que me fueron extirpados. Floto y a lo lejos el murmullo del manantial serena el espíritu infundiéndome el ánimo para volver a volar. Sí, sueño con amores que no llegaron a ser, sus ojos nunca me vieron, sin embargo yo a ellos les sigo añorando. En esos sueños ni unos ni otros tenemos una edad definida, simplemente ahí estamos. ¡Qué paz! Con esta sensación entreabro los ojos, el ventanal se convierte en diapositivas fugaces aunque nítidas; un inmenso paisaje. Un racimo de pueblos diminutos tocando el sol con sus espadañas, caminos de cipreses y puentecillos sorteando el caudal de algún riachuelo. La espesa llanura no tiene confines y el cielo la hace más eterna pues no hay montañas que la corten ni anzuelos que rematen la lejanía. Se oye el silencio por los caminillos de tierra, se presiente el sosiego por esa Castilla de primavera; el calor que sale junto a mis pies me reconforta. Me restriego en el asiento de placer. Parece mentira que sólo, en un tren, sea la única dueña de mi vida. No hay premura, nadie me busca, el tiempo allí es sólo para mí. Dos horas y veinticinco minutos siendo dueña de mis actos. ¿No es maravilloso?

Me apetece una copa, pero el paisaje es tan hermoso que mi cuerpo se cose al asiento.

El cielo, camino del sur, sigue muy oscuro. El juego de luces en el cielo es soberbio; nunca pensé que el gris fuera tan multicolor ni su variedad tan extensa. La lluvia se pega a los cristales. Sus lágrimas se precipitan atropelladamente al tobogán de la tierra. A veces se estrellan. Otras, se requiebran a su paso por el ventanal. Claro, es que vamos casi a trescientos kilómetros hora, pero tu cuerpo no nota la rapidez.

Estoy embelesada y no me doy cuenta de que alguien me pregunta; me vuelvo y es una azafata tendiéndome una bandeja. Al ver los micro alimentos me doy cuenta del hambre que tenía y me como todo con gula, incluso pido un trozo de pan para comérmelo con mantequilla. Mientras mastico más pausadamente vuelvo la vista nuevamente al paisaje; parece que ha dejado de llover, pero no veo el arco iris aunque en la tierra revolotea de color. El verde bajo la capota ceniza es aún más verde y tengo la sensación de que los olivos paren y paren más olivos. El terreno se hace ondulante. Multitud de riachuelos se convierten en espejos sin luna, pero vestidos de plata. Y es que la tierra estaba anoréxica de agua; ahora bulle en sus meandros, emerge de sí misma gritando que es primavera en el sur.

Vuelve la azafata a recogerme la bandeja y ahora sí la pido una copa con mucho hielo; lástima que no se pueda fumar porque en este momento veo cómo la tierra se equilibra, y me gusta tragarme estos instantes con nubes de humo en la boca.

Afuera, un rayo desafía a la nube y se desnuda delante de ella. Pego la frente junto al cristal; esa luz inspira a mis sentidos. Es curioso cómo la luz transforma la percepción. El sol de la mañana platea los campos y el de la tarde, ese sol de manzanilla, serena el espíritu.

Y sigo paseando con la mirada mientras el tren galopa por el acero y yo trato de forjar en la memoria las sensaciones y, así, sobrevivir al furor de la prisa que marchita mi apego a la vida.

Recuerdo que ha habido viajes en que he visto amanecer montada en este caballo que se me antoja llamarlo Balbanera. Era cómo si el tren galopara a un mismo trote tratando de alcanzar la luz en el horizonte, esa luz que despierta a la tierra mientras ésta se desperezaba de sus sabias y la niebla algodonosa meciera sus últimos bostezos. Sí, me gusta el sol tibio de las primeras horas del día; endulza sin quemar. Suele venir acompañado de un silencio dormilón que, a veces, bosteza sin molestar, y hace de ese instante un regocijo íntimo por la sensación de paz que te produce esa mudez contenida. Su luz es suave y no ciega sino todo lo contrario: te hace abrir más los ojos a mirar el día que aún es tierno para ser cruel. Es un sol bajito y rechoncho, incluso tímido, que se deja acariciar por tu piel descolorida del invierno rudo, seca de aire y agua.

La tarde se ahoga en una melancolía ceniza... En abril llueve y sus lágrimas hacen bien a la tierra; esencia de su fruto.

Y el tren, un caballo obstinado en alcanzar la meta mientras me deja acariciar en el espejo de un ventanal al sol que emerge de los grises mientras los raíles encienden chispas de pasión y vida. Observar, así, en distancias cortas es palpar realidades que a simple vista no se ven, como mi deseo de volar a otra vida dejando atrás esa trashumancia en que se han convertido los años de mi existencia. Sólo he vivido para trabajar, me he refugiado en despachos ficticios sin sangre. He dejado escapar las ansias de la juventud y, cuando el cansancio se ha apoderado de mi corazón, tomo conciencia de que mi cuerpo no fue fértil y mis labios se ajaron por no echarles de beber amor.

¿Qué tengo ahora? Añorar el fin de semana para montarme en un tren y olvidar el vacío, ser conciente que la luz se me va y que la lluvia de abril no empapa mis campos secos…

Llegamos a Córdoba y rebusco a toda prisa el tabaco. El horizonte se difumina en esa nube baja y plomiza haciendo que el aire se ciña de nostalgia. Para el tren; me apeo a ensanchar los pulmones de esta Andalucía de primavera en penumbra.

No es una estación que invite a nada, más bien te diluye las querencias; demasiado hormigón sin luz natural para una ciudad tan hermosa. La estación de Segovia, por ejemplo, es distinta a ésta. Los aledaños a Guiomar son de una belleza pausada y silenciosa, aunque la estación posee una personalidad fría como la de Córdoba; el hormigón la resta dulzura y elegancia. Sin embargo, no hay visión más hermosa que una parte de la vía que mira al norte, iluminada por los últimos rayos que se escapan al plomo que truena y que se pegan con amor a los raíles. El hierro se funde en azafranados reflejos, y tu vista se pierde en la lontananza; la visión no puede dar más paz, exaltación al espíritu y grandeza al paisaje.

Y, si miras al sur, la vía se empotra en la majestuosa sierra de Guadarrama, aún blanca por este invierno tan níveo.


... Pero cuando llueve, Guiomar como hoy en Córdoba, me presta su traje melancólico de lluvia fina y melosa mientras el cielo cenizo se desploma en mis brazos, y envuelve mis dedos en causas permanentes.

Dicen que para gozar hay que hallar una causa y Guiomar, en esas tardes, se me acicala de limón y violeta.

…Fumo deprisa, el tren va a arrancar y sin querer me llegan recuerdos de aquella tarde cuando subí los tres peldaños despacio con la humedad de las palabras de mi amiga Pilar bailando aún una bachata, prendidas en el cuello del abrigo, y los ojos de una madre chapoteados de soledad; no volví la cabeza. Son momentos en que uno siente que un trozo de su piel se ha quedado en el andén.


… Y el tren arrancó meciendo un adiós incondicional que ya no supuraba lagrimas de viento que no van a ninguna parte. Recuerdo la persona que iba a mi lado llevaba los ojos apretados; la imité. Intuía que estaba tratando de atrapar sensaciones. Tal vez con ese leve chasquido de parpados entornados atrajeran lo que había dejado atrás porque la vida, no nos engañemos, es dejar para encontrar y vuelta a comenzar.


… Y el tren se balanceó suavemente sobre sus vías mojadas por el llanto de una tarde de abril mientras me servía unas aspirinas para el alma: conversaciones a media luz entre dos amigas debatiéndose en impulsar senderos de escape para seguir siendo cenicientas por un rato. O la alegría de unos pasos tartamudos al vislumbrar un brazo donde coser tristezas. La sonrisa de Pilar volvió a zapatear en mis ojos mientras el tren reanudaba su marcha en pos de su destino.

Arranca el tren, y digo, entre sueños, adiós a esa estación de paso. Sin duda, ella ha sido capaz por unos instantes de hacerme olvidar el deber, y sumergirme en el placer de los sentidos. Vuelvo a la realidad de una Andalucía de cal y albero que me engancha la vista fuera del tren; doy unos sorbos a la copa. El frío recorre mi garganta intensificando las ansias de un amor junto a mi vacío.Las sensaciones son constantes vitales que laten al tic-tac del bombeo de tu corazón. Estrellas errantes encendiendo los sentidos que guían las emociones…
El tren, hechicero de fortunas y pasajeros anónimos.
Estaciones lluviosas de forja y metal. Silenciosas testigos de encuentros y despedidas. Elegantes y melancólicas esperando, esperando hasta el fin.
… Siempre tengo la misma sensación, el mismo aroma a recuerdos húmedos, de flashes iluminando trozos de paisaje, agitando las emociones con vaivén del tren mientras avanza a tu destino… Las vías, espejos de zinc, insinuantes caminos de hados y peregrinos. Catenarias sosteniendo el faro guía de un destino, alimentando las percepciones. Y es que una estación, un tren, posee un alo mágico y nostálgico a través de sus andenes, de sus ventanales. La lluvia se desliza en lágrimas transparentes pegadas a un adiós, y también abrazos de esperanza. Siempre, siempre soltando lastres, dejando atrás y avanzado por el carril de un destino. Afuera, el paisaje dorado es ahora el desplome del cielo buscando refugio en la tierra. El tren avanza, y la cortina de agua envuelve las fotografías rápidas que se adhieren a mis ojos.
Mientras, la tarde se derrumba sobre los campos. Enormes océanos en colores dormidos, melancolía infinita…, y mi tren, en el rumbo fijo hacia el silencio más absoluto.

Hay días que te sientes apestosamente abandonado, descolgado de la catenaria de tu vida y hasta la soledad, tu innegable amiga, se vuelve en contra tuya. No te sientes cómplice de las horas que emergen a tu alrededor, y tejes vacíos sin darte cuenta en la tela de araña en que has metido a tus sensaciones muertas de asco. Sólo el deber manda en ti, anulando todo lo demás.
Arrastras el cansancio y la desidia hasta un asiento dejando caer tus huesos descompuestos en mil pedazos, sin más objetivo que cerrar los ojos y perderte.
Imbuida en esta maraña de sensaciones entrelazadas con pensamientos, megafonía me anuncia alegremente que llegamos. Mi cuerpo, mi mente, están perfectamente recompuestos. El tren frena, para. Y de mí surge una energía inusitada. Una voz interna me dice “Carmen, es Sevilla quien te da lo que arrebataste a tu vida”

Quizá la frase de Coelho sea cierta “Cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla”… Camino por el andén con la cabeza alta; busco, busco una oportunidad antes de que llegue el lunes y me olvide nuevamente de mí.

2 comentarios:

Ricardo Miñana dijo...

En estas fiestas tan entrañables, con mis mejores deseos de ilusión, paz y felicidad.

¡¡FELIZ NAVIDAD!!

Un abrazo.

Victoriana Díaz dijo...

El estrés es nuestro compañero de viaje hoy en día amiga, pero tenemos que parar y no vivír contra reloj. Devemos trabajar para vivir, pero no vivir para trabajar...
MIS MEJORES DESEOS EN ESTA NAVIDAD