Vídeo promocional de Mujeres descosidas

lunes, 21 de noviembre de 2011

DONDE EL SILENCIO DUERME

-Mamá, llámame para lo que sea, ¿vale?
-Mamá, pon la alarma. No se te olvide.
-No os preocupéis, hijos. Marcharos ya, los niños llevan todo el día sin vosotros.
Carmen escuchó cerrar la puerta y suspiró tranquila. Estaba demasiado mareada para estar con gente, necesitaba estar sola y en silencio. Los últimos días habían sido largos y angustiosos; todos estaban cansados, necesitaban recuperar sus vidas y, ella, Carmen, aprender a caminar… sola.
Cerró la puerta con llave, dio la alarma, gestos cotidianos, nada novedosos aunque sí el ruido de sus pasos por el pasillo. Entró en el baño y lo primero que hizo fue mirarse al espejo. No conocía a la mujer que allí veía. Demacrada, pálida, ojerosa, los ojos sin vida y unos surcos en la frente y en la comisura de los labios, profundos. Pensó que debía ser ella, lo que pasaba es que hacía mucho tiempo que no se miraba. Había vivido mecánicamente, entregada a Ramón que se había olvidado de ella misma.
Se lavó la cara con agua fresca, se puso el camisón colgado detrás de la puerta y apagó la luz. Fue a dirigirse hacia su dormitorio, pero a medio camino cambió de opinión y se fue a la habitación  de Álvaro. Siempre la había parecido una estancia luminosa, alegre y decorada con buen gusto. No cambió de ella ni un ápice a pesar de que ya Álvaro no viviera allí.
Se acostó; las sábanas estaban frías y lo agradeció. No cerró los ojos, no podía dormir. Estaba tan agotada que el propio cansancio la mantenía en alerta. Escuchó los ruidos de la casa, vio las sombras de las luces de otras ventanas hasta que en una hora imprecisa se durmió.
Le despertó el sonido del teléfono; no sabía ni dónde estaba, no reconocía nada. Se levantó despacio y justo cuando alcanzó el teléfono, éste dejó de sonar, hecho que la molestó sobremanera, pero pronto cambió de sensaciones. El día estaba lluvioso, muy gris como a Carmen le gustaban; le recordaba mucho a su Galicia natal y no comprendía que a la gente ese tipo de días les molestara… “Eran tan hermosos y decadentes”, pensó mientras el teléfono volvía a sonar.
-Diga…
-Mamá, soy Paula.
-Buenos días, hija ¿Qué hora es?
-Las doce, mamá. Me tenías preocupada, te he llamado varias veces. ¿A qué hora te paso a buscar para ir a votar?
-¿Qué día es hoy?
-Domingo, mamá y hay que ir a votar a Ignacio.
Cuando colgó recordaba todo. No la apetecía salir, ni ver a nadie, ni siquiera votar y menos encontrar a conocidos y aguantar condolencias. Pero ella era educada, dócil, amante de sus hijos, de la familia, no les podía dar esquinazo. Abrió el armario, sacó una camisa blanca, un pantalón negro y, del joyero, el collar de perlas. Pronto estuvo preparada y con ganas de huir de aquella casa. De repente todo la recordaba a Ramón y no podía aguantar tanta memoria, tantos años, tanto de todo…
Lo más desagradable no fue tener que ir a votar sino que las casualidades son a veces escabrosas. No había mirado hacia ninguna parte, Paula la llevaba casi en vuelo, hasta le dio los sobres preparados. Lo triste es que cuando les llegó la vez, una voz demasiado conocida, le pidió el DNI. Sintió como si el tiempo se parara y retrocediera diez años atrás. La voz volvió a repetir la solicitud. Carmen, abrió el bolso y sacó el DNI. Antes de entregarlo miró la fecha de nacimiento y mentalmente calculó los años que tenía. Cincuenta y cuatro, cifra que repitió mentalmente varias veces y se dijo”Carmen qué joven eres y cuánto de sí se ha dado la vida… Claro, recuerda que te casaste con dieciocho ¡Qué barbaridad! Si eras una cría y Ramón, ¿cuántos años te llevaba? Quince, y treinta y seis años de casados… ¡Qué horror, cuántos!... Y cuatro hijos, Carmen. Ignacio, Álvaro, Teresa y Paula…
-Mamá, entrega el DNI
-Ay, sí, perdón- y ahí es cuando Carmen levantó la vista y clavó los ojos en aquella mujer que estiraba la mano. Vio la sortija de brillantes, aquella que Carmen pensó que era un regalo sorpresa para ella y sin embargo…
Marisa se conservaba bien, es más, y eso le dolió más que reconocer que esa mujer estaba estupenda, es que cuando la miró sin decir palabra pero diciendo todo, vio que no había dolor en aquella mujer, ni rastro de insomnio, ni ojos inflamados de llanto ¡Qué va! Estaba tan fresca.
Paula no sabía nada de aquella mujer, bueno, no sabía nada de su padre. Para sus hijos, Ramón fue el padre perfecto… Y así seguiría, pensó Carmen. Remover la mierda nunca fue lo suyo… Pero realmente, ¿qué era lo suyo? Carmen movió la cabeza. Ella no fue nadie para sí misma, sin embargo para los demás fue una mujer dulce, enamorada, disciplinada, excelente ama de casa… Pero, ¿acaso eso le importaba? Pues no. Hizo lo que se esperaba de ella, nada más.
Paula tendió dos sobres a su madre: uno sepia y otro blanco. Carmen fue a cogerlos cuando se preguntó por qué estaba votando al PSOE… “¿Acaso, Carmen comulgas con las ideas de ese partido? Pues no… Entonces ¿para qué les votas? Ignacio es el tercero en la lista para diputado… Vale, vótalo y a las Cortes generales vota a quién te dé la gana…”
-Perdón, perdón, es que me acabo de dar cuenta que no he metido bien las papeletas- no dio tiempo a más, Carmen salio huyendo ante la cara atónita de su hija Paula y la sonrisa gélida de Marisa.
Carmen, refugiada entre unas cortinas, trataba de pensar… “Vota a PU, por un mundo más justo. No sé quienes son, pero su nombre me gusta…”
Volvió por donde había venido y con una sonrisa amplia dijo “Ya estoy preparada” Después cogió del brazo a Paula con fuerza y salieron a la calle.
No dejó subir a Paula a casa, con carantoñas la forzó a irse. Cuando abrió la puerta su gesto era de determinación, algo le impulsaba a tomar esa actitud. Se puso un Martín, encendió un cigarrillo y comenzó a llamar uno a uno a sus hijos y por último a su cuñada Fátima, hermana de Ramón.
-Fátima, querida. Mañana vienes los chicos a llevarse lo que quieran de su padre. Pásate pasado mañana por si te quieres llevar también un recuerdo de tu hermano- no la dejó reaccionar, tampoco dejó a sus hijos preguntar; simplemente les dio una orden.
Cuando terminó, se fue primero al despacho de Ramón y comenzó a sacar todos sus enseres; desde una pluma de oro hasta su bloc de notas. Éste último se abrió sin querer por el día veintitrés de noviembre. Es decir, tres días después. Miró la anotación con la letra inconfundible de su marido y ponía: cumpleaños de Marisa. Recoger regalo en joyería… “Será cabrón, pensó Carmen” Al lado de la anotación estaba el resguardo de la joyería Zúñiga.
Rápidamente olvidó la nota y se dirigió al dormitorio de matrimonio. Con la misma determinación, vació el armario de su marido y todos los cajones. Con cuidado lo llevó todo al salón y ordenándolo con esquito esmero, quitó las fotos de Ramón y cerró la puerta. Se tomó un vaso de leche con una pastilla de Zolpidem y se acostó. Oyó reiteradamente sonar el teléfono pero no hizo amago de descolgar.
Cuando despertó, eran las ocho y diez de la mañana del día siguiente. Se puso un café bien cargado y se sentó en la terraza. Era una mañana hermosa, el cielo gris brotando nubes de algodón empapadas de agua contrastaba con el verdor de sus plantas. No parecía otoño, pero Carmen tampoco semejaba a una mujer que había enterrado a su esposo tres días atrás aunque algo le hacía presagiar que estaba en el preludio de una nueva vida. Había guardado durante años sus pequeños dramas secretos, ya era el momento de incinerarlos como a Ramón. La falta de tiempo para ella misma había matado sus horas; no era tarde para empezar a vivir en armonía consigo misma. Sus hijos la necesitaban, se es madre hasta que una se muere, pensó, pero ellos tenían sus vidas. Carmen había cumplido con lo que se esperaba de ella. Sin duda pasarían algunos meses hasta que la herencia de Ramón quedara como él quería; ella aguardaría… y después comenzaría su vuelo.
Cuando terminó el café, se arregló y se fue directamente a la joyería con el resguardo que encontró en el bloc de notas de Ramón. La dependienta, una vez transmitido el pésame, le entregó dos pequeños paquetes indicándola que su difunto esposo ya los había pagado. No preguntó lo qué era, no la interesaba; ya no.
La hora de comer llegó rápida. Antes de ir a casa, Carmen entró en el Corte Inglés y compró comida preparada. Al llegar, preparó una bonita mesa con pequeños bouquets de margaritas blancas tal como le gustaba a Ramón… “Todo por mis hijos” se dijo Carmen.
A las dos en punto sus cuatro hijos estaban en casa; sus caras de preocupación lo decían todo. Carmen no pudo reprimir una sonrisa de ternura al observarlos, para ella seguían siendo sus polluelos, siempre sería así.
-No pasa nada, hijos. Simplemente me apetecía estar a solas con vosotros y dejaros tranquilos al saber que estoy bien y daros algunas cosas de papá. Álvaro e Ignacio, id a salón y coged lo que queráis de papá… Ah, os he puesto un par de fotos también de papá por si os las queréis llevar. Y para vosotras, papá tenía dos encargos en la joyería. No sé lo qué es, así que escoged cada una un paquete.
Fue una comida maravillosa, hasta hubo risas recordando anécdotas de Ramón, vivencias divertidas… Sí, sin duda sus hijos habían tenido una infancia feliz, no les había faltado el cariño de sus padres ni su apoyo y calor. El resto, pensó Carmen, no vale nada… nada.
A las cuatro de la tarde sus hijos salieron pitando hacia sus trabajos. Teresa se hizo la remolona y se quedó la última. Estrecho con todas sus fuerzas a su madre y le dijo:
-Mamá, gracias por ser como eres y guardar los secretos de papá. Tu silencio ha dormido el tiempo necesario. Ahora vive, mamá… Todos te queremos muchísimo.

1 comentario:

Alondra dijo...

¡Hola! me he bebido tu relato... le has puesto tal cantidad de sentimiento que le daría un abrazo a Carmen, al igual que muchas mujeres se olvidó de vivir, me alegra que cierre el libro con orgullo personal. ¡Nunca es tarde!
Besitos