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jueves, 24 de noviembre de 2011

LA FÁBRICA DE TARADOS

La ambición es el último refugio del fracaso” Oscar wilde

Recuerdo como era en aquel entonces en que la vida me absorbía a borbotones. Mi tiempo asemejaba a una tierra sin fronteras que todo alcanzaba. Claro, mi esfuerzo me costaba, pero el tesón era un faro que iluminaba a mi cabeza; ésta hacía el resto.
Me sentía sin edad con el espíritu repleto de energía para llegar a la cima; llegué aunque tuve que pagar un alto precio que hoy, al mirar atrás cada cierto tiempo, me doy cuenta de todo lo que dejé en el camino; nunca pensé que me fuera a pasar a mí, pero pasó.
Algo en mí me hacía estar por encima del bien y del mal, estaba segura de mí misma. Es cierto que era una corredora de fondo, no destacaba nunca en los primeros puestos, aunque al final llegaba la primera con sensible diferencia del resto de corredores. Entonces, levantaba mi trofeo al viento sonriendo de mi proeza con el orgullo de no deber nada a nadie, ningún favor, todo lo iba consiguiendo sin ayuda, sólo conmigo misma y, ya en el podio, pensaba en mi siguiente reto.
Para llegar a la cumbre tuve que transitar demasiados caminos, algunos eran eriales, otros, pantanosos y, muchos, estercoleros humanos.
Sin embargo un día mi mecanismo se paró; no se sabía a ciencia cierta qué era lo que pasaba. Primero se dijo que era el cansancio, el agotamiento de estar funcionando sin descanso. Pero, después, a la maquinaria la comenzaron a salir desperfectos. Andaba, pero sin motivo aparente se quedaba tiritando en un momento impreciso, bloqueada, sin movimiento, temblando sin poder dar el paso siguiente.
De ahí se pasó a que la máquina le costaba repetir, tartamudeaba, se le caían las piezas sin querer… Así hasta desconectar del mundo, de la realidad; cualquier ruido la hacía asustarse, se movía temerosa e insegura…
Hoy el día amaneció chato y gris*. El cielo carbonizado, de plomo, como si hubieras pasado por encima una goma de borrar*… La cita era a las nueve de la mañana. Inusualmente, me desperté en mis cabales, tranquila y despejada. En la garganta se me atascaba la saliva con lo que apenas  podía pronunciar una palabra, pero mi pensamiento era nítido.
Según me acercaba, la sensación de comparecer ante el sanedrín me iba achicando, pero mi determinación de acabar cuanto antes, me hacía continuar mirando de frente, sin esconder los ojos nublados.
Nada más subir las escaleras me previno una nueva sensación. Cogí un número, tal como me indicaron, y me senté a esperar. Este día yo no estaba por la labor de esconder la mirada y taponar los oídos. Con el mentón bien levantado mis pupilas se fueron a dar un paseo mientras mi ánimo sereno aguardaba el encuentro inevitable con el sanedrín.
Entonces ellos, los ojos, me pusieron una película. Sí, estaba en una fábrica de piezas rotas o imperfectas. Había  trozos cojos, otros tuertos o mancos, o directamente locos, veletas a merced del viento, de ese aire que siempre está en movimiento aunque nosotros no lo notemos. En resumen, era una fábrica de tarados. Cada uno tenía su partitura sonando una melodía desestructurada.
Alguien indicó por megafonía que nos pusiéramos en la cola; sentí que estaba en la carnicería esperando mi vez; me dieron nuevamente otro numerito que, al cabo de minutos precisos, se iluminó en una pared tan sórdida como aquel edificio de piezas deficientes.
Caminé un largo pasillo repleto de puertas con un número asignado; mis pasos tartamudos avanzaban silenciosos hasta llegar a mi destino.
Llamé con inquietud y, sin esperar respuesta, abrí la puerta.
Una mujer de bata blanca preguntó sin más dilación cuál era mi nombre, si había traído la documentación.
La mujer estaba perdida en esos mundos de Internet buscando mi informe donde se detallaba cuáles eran mis malformaciones. Los segundos se hicieron eternos hasta que levantó la cabeza y dijo “Puede usted marcharse” Sin embargo mi maquinaria rehusó la orden… Y de pronto, ella, mi maquinaria, comenzó a chispear todos sus males, todos, sin dejar ni uno dentro. Mis ojos gotearon tantas lluvias como ciclones por cada nervio de mi cuerpo. La mujer  de bata blanca en cuyo bolsillo estaba escrita la palabra doctora, no sabía qué hacer conmigo. Nerviosa, primero llamó a un sitio, después a otro, hasta que me dijo “Levántese y vaya”, pero mi máquina no respondía. Agarrotada, cosida a aquel momento permanecía aullando dolor hasta que una pastilla se fue disolviendo en mi boca, viajó por mi sangre hasta llegar al cerebro y, éste, pudo comenzar a mitigar la lluvia de escalofríos y desaguar los ojos hasta dejarlos secos.
Sentaron a mi máquina en una silla de ruedas trasladándola nuevamente por aquel pasillo de puertas y pulcritud desafiante.
He vuelto a mi casa, ya no tiemblo, sigo sin voz y me refugiado en la oración; ésa que sin querer sale espontánea, honda, pidiendo auxilio y perdón al Altísimo porque me haya roto de esa manera; al fin y al cabo, yo fui la culpable de que mi máquina se despedazara. La ambición pudo más que la realidad. Hice caso omiso a las llamadas de atención de mi máquina para que parara, y me vendí al maltrato laboral que, un hombre sin escrúpulos, abusó de mi buena fe vestida de pies a cabeza por la ambición.
Hoy pertenezco a esa fábrica de tarados sin saber si alguna vez volveré a ver los días en que el sol del membrillo acaricie mis tardes, o sea conciente del susurro de un beso o, me bañé en esos días grises que tanto amo soñando que soy una gaviota que alza el vuelo para beber la vida sabiendo lo que eso significa.

* frases cedidas por Carlos García

1 comentario:

Mónica dijo...

hola mariangeles... como estás? tanto tiempoooo

lindo leerte de nuevo.

bss nos vemos-