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lunes, 11 de marzo de 2013

BODEGA SAN JOSÉ, RETRATO DE UN AMIGO


Entre la telaraña de amigos, conocidos, familiares y, personajes que más vale que no hubieras conocido jamás, unos inspiran más que otros, y esto no quiere decir que a unos les aprecies menos que a otros, sin embargo hay personas que te hablan por doquier sin necesidad de usar palabras; sus hechos, los gestos elocuentes, entusiasmo, tristeza o pena, o sus bajezas más íntimas, llegan un buen día y se ponen a teclear cada sílaba, cada vocal para que tú conformes una historia…

Había estado lloviendo intermitentemente todo el día; el gris más negro, le sucedía un azul pálido y entre las nubes se colaban unos rayos que los adoquines de cualquier calle de Sevilla se convertían en diminutos espejos donde mirarte. A primera hora de la mañana habíamos caminado por la vereda del Guadalquivir entre el fresquillo del despertar, el aroma a un incipiente azahar, se coló en mis pulmones un oloroso salitre que sin duda lo había traído el viento venido de la costa.
Nos paramos en el puente de los Reyes Católicos a contemplar la calle Betis; un abanico multicolor de casas jalonadas, entre el albero, el azul, el chocolate y blanco, mezclados todos ellos por la luz tamizada del chubasco de turno, hacía de aquella perspectiva un momento mágico que merecía la pena embriagarse de él para recordarlo en esos momentos en que el ánimo se pierde en espesuras de la vida cotidiana.

Al volver, pasamos por la calle Adriano, y ya casi en la esquina de la freiduría El Arenal, vimos una pequeña bulla; apenas se veía un toldo que rezaba “Bodega San José, especialidad en gambas” y según terminaba de leerlo, mi cabeza me decía “Esta noche vienes”

…Y así fue. Justo al terminar el concierto de Siempre Así, salíamos con el ánimo encendido de tanta algarabía, y en que lo único que piensas es en la pena de no haber podido compartir aquellas dos horas tan buenas con tus amigos de verdad, llegamos a la Bodega San José. En la puerta seguía la misma bulla que por la mañana; chicos y chicas con cerveza en mano e imbuidos en amenas conversaciones. Lo bueno de Sevilla es que la bulla hace hueco a más bulla y así pudimos entrar en la bodega. Todo eran cabezas y sólo podía disipar un techo amarillento de tanta grasa y en trozos desconchados. De repente una voz a mi lado me sustrajo de aquel techo:
-Pasen al fondo, hay hueco, incluso mesa por si quieren sentarse… Era una mujer mayor quien nos había hablado. Al mirarla lo primero que vi fue la luz de sus ojos gastados, la sonrisa suave en su boca, y una chaqueta de punto gordo tan vieja como el techo. Fue un instante, pero el justo para que algo me sacudiera, y viniera a aposentarse a mi lado, a pesar de los kilómetros que nos separaban, mi amigo Juanjo y, lo más extraño, es que no se fue en todo el rato en que estuvimos en la bodega.

Nos sentamos en una mesa de esas de tijera, más vieja que la mar, pero limpia; tal vez lo único porque no recordaba un lugar “tan cutre” desde hacía mucho tiempo. Según mi marido decía que no lo habían limpiado desde que terminara la guerra civil. Incluso me decía “Mira, mira, todo el local está apuntalado, podemos morirnos aquí dentro” comentario muy propio de su espíritu cenizo, pero se perdió su voz cuando miré a la barra… Sin saber por qué allí presentí a Juanjo de niño, correteando detrás de una pelota, porque él, igual que yo, crecimos a la vera de un mostrador y, tal vez por eso, nuestros ojos hoy beban tantas cosas que otros no ven… Y en ese pensamiento me enfrasqué sin querer pensando en el amigo ausente y el orgullo del que me llenaba al recordar su person: gente hecha así misma sin más ayuda que su afán y obstinación por llegar a donde se propone, Tan reservado para lo suyo y tan extrovertido para compartir sus emociones. Su sensibilidad es fruto de crecer hacia dentro y encontrarla de frente cuando menos te la esperas, cuando se le escapa por cualquier rendija de su personalidad. Incluso al mirar aquellas paredes tan manidas, como si su cabezonería hubiera sido la artífice para seguir en pie, igual que Juanjo.

Un muchacho, guapote él, se acercó para preguntarnos qué queríamos; pregunta absurda porque apenas nos dejó abrir la boca. Su entusiasmo era tal que, además de embelesados, nos dejaba con la boca cerrada… Igual que Juanjo cuando nos cuenta algo que le apasiona.
No hubo duda: aquel chico no nos defraudó… Como Juanjo. Nos trajo unas gambas de Isla Cristina para llorar de buenas. “Una pringá” hecha por la abuela, según dijo. No tuve dudas de quien hablaba: era la mujer anciana que nos recibió. Una ensaladilla de gambas de quitar el hipo. Y, por último, nos sirvió una manzanilla de Sanlúcar para haberse bebido la botella, sin etiquetar, entera y verdadera. El color era de un rubio albino, y el sabor tan suave como esos besos que das cuando estas con la sensibilidad a flor de piel. No tardaron en surgir las risas, iguales a las que nos provoca Juanjo con su gracejo.

Al salir, no pude evitar acercarme a la abuelilla que estaba ensimismada en recoger platos y vasos, como si la fuera la vida en ello o más bien, por su edad, lo que la tenía bien cosida a este mundo.
 La di las gracias, y comenté que era un lugar delicioso. Incluso, con el morro que me caracteriza, la pregunté su nombre “Charo, me llamo Charo” y al mirarla a la cara, fue algo especial, tal vez porque desde que tenemos Pachus y yo un ángel en el cielo, “habemus” conexión con el más allá…, el caso es que vi la cara, la sonrisa, los ojos, de Carmina, la madre de Juanjo.

Salí de aquel lugar flotando, vitaminada, y ronroneándome la voz de Juanjo diciendo “Esto es cojonudo, tenemos que volver”
Y sí, amigos lectores, después de haberos contado esto, os diré que creo en la magia, la hacemos nosotros, nuestros seres queridos, y nuestra emotividad… Tan solo es cuestión de abrir las compuertas de nuestra sensibilidad y dejarnos arrastrar por esos ratos únicos, eso sí: perceptibles para muy pocos.

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