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miércoles, 27 de marzo de 2013

ESTE HOMBRE QUE NO MARCHITA


Apenas ha amanecido y necesito pintar de gris a un hombre; es el color que mejor le va. El canto de un pájaro solitario lo ha traído hasta mi ventana. Porque él tenía un ruiseñor en la garganta; de esto hace muchos años.
Sus ojos son ahumados, perdidos en la nube del incienso de esa iglesia que tanto ama. Dice que se emociona al hablar de un Cristo que le mira sin tapujos, como si achicara aguas en sus ojos cuando levanta la mirada hacia Él.
Su voz no se rompe  aunque trague saliva al contemplar a su virgen… La palabra menudea en un afán de confidencia al reconocer que Ella, está tan presente en su vida, que caminan ambos cogidos de la mano.
Chispeante su verborrea al narrar cualquier cosa, es un don el que tiene al contar historias, a traerte el pasado a este presente tan incierto; se pasa la mano por sus labios para ajustar la precisión de cada vocablo; este es un gesto muy suyo.
Me gusta miarle de costado, donde los pliegues de los años han hecho mella en su persona. Ha recuperado la sonrisa que campa en cualquier esquina de su ser. Es un hombre que está en paz, que navega en su interior reconociendo cualquier sentimiento. Aún siendo tan parlanchín, sus raíces crecen hacia la esencia de sus valores disfrutando del silencio mientras la reflexión se amuebla en su cabeza.
Atrás quedaron los tiempos en los que su vida se pasaba tras la barra de un bar donde, sin duda, se gestaron tantas vivencias que imprimieron su carácter de hombre enjuto y, su esqueleto, al igual que un varal, corrían de un extremo a otro aquel mostrador al que ató su vida sin quererlo.
Ya tiene cinceladas muchas décadas a sus espaldas, pero las canas no se pintan en sus sienes, y los años han engordado el atractivo varonil de este hombre que se llama José; hasta el nombre le va bien a su personalidad.
Viste con discreta elegancia, da igual que vaya de señor con su termo oscuro y abrigo de paño. Puedes encontrártelo de sport, parece que lo informal se ajusta igualmente a su piel. Pero donde su porte se ensalza es cuando se cubre con el hábito de su cofradía; ahí luce con orgullo la espiritualidad que se escapa por los poros de este hombre… Cuando la pasión de Cristo, sus últimos días, sale a la calle, él va tras ella persiguiendo amores que jamás se esfuman.
Su ironía es fina e implacable, al igual que al exponerte una idea, se explica tan bien que, aunque no comulgues con ella, ésta va hacia tus interiores para que pienses detenidamente.
Hombre que se derrite con un niño “al que come a besos”, según sus palabras, al no poder evitar la ternura que le provoca la santa infancia; hoy sus hijos le han regalado nietas a las que adora tanto como a su Dolorosa, esa que va con él vaya donde vaya.
Ahora que mi vida se ha empeñado en recoger los años perdidos, voy recuperando cada tramo de un tiempo que se me fue sin saber el porqué.
Ahora mi vida me ofrece una segunda oportunidad y, tonta sería, si la desperdiciara. Por tanto estos días  que son de gris de tanto llanto acumulado en los cielos, lejos de vestirme de ceniza son las brasas del ayer las que calientan mi ánimo para recuperar personajes que, sin duda, cincelaron mi persona. De hecho este hombre llamado José escribió tantas páginas en mis horas de ayer que mis dedos de escultor de palabras se afanan en describir el retrato de un hombre que, sin hacer ruido, dejó tanta huella en mí.
Hombre que no marchita, hombre de una y mil primaveras, hombre de fe, hombre de tierra, aire y fuego, que no destiñe sus sombras por las que camina escribiendo aún la vida que le rodea.

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