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martes, 21 de julio de 2015

UN HOMBRE Y SU PERRO

El día se está despertando; el mar es una balsa meciéndose en sí mismo.
La bruma, desperezándose sobre la arena recién planchada, inmaculada.

La playa a esa hora está desierta y, entre los pinos que bajan casi hasta el agua, aparecen un hombre y su perro.
Ambos se sientan en la orilla; beben la calma de la hora silenciosa. De vez en cuando, el hombre, sin dejar de mirar al horizonte, atusa el lomo del animal; éste restriega su hocico en la pierna de su amo. Se vuelven a quedar quietos respirando la paz, tragando el Mediterráneo mientras la ola derramada llega a sus pies y patas.

… Entonces, el perro, como si el cosquilleo de la espuma le hubiera despertado, se levanta y, cojeando, se adentra en las olas; sobre sus crestas, las gaviotas.
Se derrite la espuma al llegar a la orilla y, mientras llora la gaviota, aparece la cabeza del animal ladrando; es feliz y su amo vuelve a rezumar salitre. El sol asciende a su universo y el hombre dibuja lágrimas en un papel; la soledad pesa. Hoy hace dos años que ella partió y el tiempo quedó enredado entre ese amor que no muere y la vida que sigue su peregrinar inexorable.
Dos días después de su marcha, depositó sus cenizas donde ella siempre había querido reposar: en medio de las olas. 

Según terminaba, escuchó entre el rumor de la mar un débil quejido. Se acercó hacia las rocas; había un pequeño cachorro, abandonado, cojeando. Se preguntó “¿Será ella que regresa?” Y desde entonces caminan juntos, a veces, extraviándose en las olas. Otras, buscando el puerto donde amarrar ausencias.

El día ya despertó… Allá se pierden entre los pinos un hombre y su perro; mañana será otro día.

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