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martes, 29 de marzo de 2016

EL MUCHACHO DE LA BICICLETA BLANCA


Pedrito era un chaval de catorce años cuando sintió por primera vez la llamada de la envidia.
Estaba todo el día retozando en las calles con su único tesoro: una pelota de fútbol. Soñaba que un día no muy lejano sería un gran jugador; su padre siempre lo decía a sus amigos “Mi hijo tiene unas piernas de plata y unos pies de oro”… Y Pedrito se lo creía, era un estímulo para él. Así que cuando salía del colegio, en vez de ir tras las chicas, él se dedicaba a un entrenamiento exhaustivo con el balón, su mejor compañero.
Un día, acababa de ser navidad, Pedrito retozaba con su pelota, vestido con el traje del Real Madrid, su equipo favorito, que le acababa de regalar la Señora Pascuala, la rica del barrio a donde iba su madre a limpiar. Esta mujer tenía un hijo y éste tenía un traje de futbolista que se le había quedado pequeño. La madre de Pedrito lo lavó, lo cosió y quedó como nuevo; fue el gran regalo de Reyes para Pedrito.
Al ponérselo, el pecho se le infló de orgullo y salió a la calle a dar patadas al balón como nunca lo había hecho hasta entonces. Estaba tan concentrado que no vio venir a una bicicleta y sólo se enteró cuando sintió el golpe. Al levantarse del suelo su desolación no pudo ir más allá: el traje estaba roto, el blanco, impregnado de barro. No le dolía la herida de la rodilla que sangraba como una fuente, sino por su traje; le había durado dos días nada más.
Entre la tristeza vio alejarse una bicicleta blanca, preciosa, pensó, sin pararse ni volver la cabeza a ver qué había pasado; sintió rabia, coraje e impotencia y con las mismas, secó sus lágrimas y se fue a casa. Su madre aún no había llegado de trabajar, así que cogió jabón y se puso a restregar el traje mientras se iba deshilachando por los agujeros rotos y aún Pedrito lloraba más y más. Tanto, que el hipo alertó a su padre que fue corriendo a ver qué pasaba. El niño no tenía conuelo y padre no tenía dinero para reponer el sufrimiento del niño. Esa noche Pedrito no soñó que sería algún día futbolista, no tenía traje.
Al día siguiente comenzaron las clases y la rutina de Pedrito con su entrenamiento a la salida del colegio. Eran las cinco de la tarde, lo recuerda muy bien, cuando se disponía a dar la primera patada al balón, vio acercarse una bicicleta. Esta vez la vio nítidamente. De la sensación que le produjo aquel vehículo de dos ruedas, manillar brillante y ruedas que giraban acompasadas al pedaleo de su dueño, soltó la pelota. Nunca había visto una bicicleta tan bonita, ni jamás sintió hechizo semejante por nada. La vio pasar casi babeando de envidia mientras su subconsciente gritaba “¡Ojalá te caigas y se te rompa la bici!”… Esa noche, Pedrito soñó que tenía una bicicleta blanca con la que iba al campo de fútbol.
Así pasaron los días. Pedrito como un clavo, esperaba a las cinco de la tarde para ver pasar al muchacho de la bicicleta blanca y siempre deseando que se diera contra cualquier esquina. Y sus deseos se hicieron realidad al décimo día. El muchacho de mirada altiva, que miraba a Pedrito al pasar como si fuera un escarabajo, se tropezó contra un banzo y cayó de la bicicleta blanca. Pedrito salió corriendo al ver las ruedas de la bici dar vueltas en punto muerto. Acarició el metal con tal veneración, que el dueño de la bicicleta, al ver semejante gesto, se levantó y cojeando se acercó a Padrito.
-¿Quieres montar?
-No sé andar en bicicleta. Nunca he tenido ninguna.
-Venga, yo te enseñaré.
… Han pasado los años y Pedrito no llegó a ser futbolista, pero sabe andar en bicicleta y tiene un amigo que se llama Ramón. Son amigos desde que tenían catorce años. En su tiempo libre juegan juntos en un equipo de fútbol y se vuelven a casa en bicicleta. Ambas son exactas y blancas como un rayo.

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