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sábado, 2 de abril de 2016

LA PRIMA BLANCA

La idea no fue mía, sino que partió de mi prima Blanca cuando dijo “La silla de" pensar"..., lo has clavado. Anda que si mi taburete de la cocina hablara” Me quedé observando aquellas palabras, mirando a la pantalla deseando coger mi silla de pensar y traspasar con ella la pantalla del ordenador, seguro que Blanca me estaría esperando sentada en su taburete. Nos miraríamos largamente como si nunca lo hubiéramos hecho, al fin y al cabo nunca lo hicimos; las circunstancias familiares de algún modo lo prohibieron. Pero un buen día, como si todo tuviera su momento, como si la hora X estuviera esperando su oportunidad, nuestros caminos se cruzaron. 
Al principio no me di cuenta, yo iba a lo mío, pero una mañana un destello del ordenador, de esa pantalla con la que paso muchas horas mirándola, pensándome, creando, hizo que me parara y mirara un nombre, un apellido. ¡Ostras!, me dije y me eché a reír y cada una seguimos caminando con nuestras vidas aunque los encuentros iban siendo más asiduos, sin forzar, dejándose caer, con naturalidad y aceptación.
No obstante no podía dejar de pensar en mi madre “Si mamá lo supiera, te mandaba al paredón de fusilamiento de sus fantasmas particulares”. Ante este pensamiento me revelaba pues los hijos no tenemos la culpa de errores, malos entendidos, confrontaciones familiares del pasado, de nuestros padres. Y así seguí con mi ruta personal hasta que otro día y también de forma casual nuestras primeras palabras se entrelazaron, comunicaron algo que aún no sé definir pero que prendieron la primera fogata tibia para  comenzar a cocinar un caldo de sentimientos y una inteligencia intuitiva, no sé si de Blanca o mía, pero que nos permitía aflorar nuestras conciencias y emociones de manera pausada, sin prisa, a fuego lento.
Así iban surgiendo las primeras cuitas, las primeras risas, la primera capacidad de recordar sin duelos pues mi mochila era grande y pesarosa, traspasada de mis padres que sin pena ni culpa, yo era la heredera de un pasado al que estaba atada por el cordón umbilical de mis orígenes que para mí eran bastante escabrosos y, aunque interiorizados, aún no era capaz a mirarlos de frente. Es más, no sabía si quería mirarlos o no. Tal vez, me decían mis cavernas interiores, ya no es el momento, ha pasado demasiado tiempo, déjalo estar.
Sin embargo, la vida habla, habla constantemente y escribirla es la manera más profunda de leerla. Tal ver por eso cuando Blanca escribió esa frase, deseé coger mi silla de pensar y correr al encuentro de Blanca, sentarnos frente a frente y cada una con sus pensamientos, nuestras sensaciones, escribir una historia juntas donde no hubiera oscuridad sino entendimiento, al margen de familias que nunca entendí y las que me impusieron sensaciones que tragué sin masticar. Las familias unen, pero también son capaces de matar a los más nobles sentimientos y afectos.

“No hay lugar en el mundo como una cocina”, dije a Blanca. “Allí no solo se mascan alimentos sino todo un mundo de sabores emocionales al calor de un puchero o en la soledad sentada en tu banqueta de pensar” Ambas nos reímos mientas yo me daba cuenta cómo íbamos tejiendo un nuevo linaje a la sombra de un recuerdo que no impedía escribir nuevas páginas de nuestras vidas, esta vez juntas.

2 comentarios:

Ricardo Tribin dijo...

Mi querida amiga.

Escribes como los...indicados en tu bello segundo nombre. Eres pues un Ángel de la pluma.

Me encanta esta parte " paredón de fusilamiento de sus fantasmas particulares”. Dame la dirección, por favor.

Un besazo

Reina Letizia dijo...

La cocina es donde pienso más. Así me quemó siempre.

Besos de Reina