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lunes, 5 de diciembre de 2016

RETRATO DE UN HOMBRE, SULFUROSO

Mi madre aunque se va evadiendo a otros mundos a los que a veces no llego, su reloj sin manecillas y con el único registro de un gallo que la canta unas horas imprecisas, también la recuerda que yo estoy, que he llegado a pasar unos días con ella. Entonces sus rutinas mudas y sin vida, se llenan de momentos precisos en los que aparezco a su lado y su vida toma un color especial. Intuye a la hora que emerjo de la nada, la ilusiona cuando no me espera y siente un beso de vaho que se cuela por las sábanas o llego con la compra y a hurtadillas me roba un currusco de pan. Para ella significo esa arruga en el tiempo que no terminó de planchar y cuando al fin me tiene a su lado alisamos las horas juntas con la medida precisa de una rutina sin soledad.
Entre nuestros hábitos monótonos se ubica la hora del rosario en esa hora de la tarde que en invierno los árboles del jardín se hacen sombras estirándose hasta la ventana de su dormitorio y que tanto me gusta observar mientras la voz de la monja de turno destila rezos y plegarias con una voz gangosa y sin sentido. Reconozco que a las monjas las tengo en mi punto de mira para dispararlas en el momento que una se mueva en la foto. Todavía no me he cruzado con una monja que presienta que Dios habita en ella, a no ser esas religiosas que brotan en las ondas narrándote su labor en tierras muy lejanas. Labores de renuncia a sí mismas en pos de los olvidados, pero son escasas estas asombrosas mujeres, al menos para mí. En fin yo acompaño a mi madre en ese momento del día que la gusta compartir conmigo en intima comunión. Mientras reza veo que trata de verme en la penumbra, yo la sonrío y la envío besos con mis labios, ella me llama boba y que me centre en el rosario, esa letanía pastiza que solo me anima cuando empieza el “ora pro nobis” y entonces comienzo a mover el cuerpo al son de esa musiquilla entre briosa y anunciante de que ya terminan los veinte minutos de oraciones y plegarias y mi madre entre esa medio risa que trata de aplacar me llama irrespetuosa. Pero es que ayer domingo nuestra rutina se fue a tomar vientos. La monja gangosa debía estar en otros menesteres y surgió de las ondas la voz de Sulfuroso ¡Qué bien nos lo pasamos las dos con la vivencias de joven padre Sulfuroso!
El juvenil Sulfuroso se ordenó sacerdote el mismo día que cumplía los setenta y ocho años, después de haber estado viudo dos años y sentir que el mejor compañero para terminar su camino terrenal era Jesucristo, seguir sus huellas. Ese esplendido día estuvo acompañado de su hijo Sulfuroso, de su nuera y de sus nietas, la pequeña acaba de cumplir seis meses. También estaba presente su hijo Vicente colgado de una estrella desde aquel 11 de marzo en el que unas bombas se llevaron a mucha gente. Su mujer Carmina, su fiel compañera y escudero, narraba Sulfuroso, le besaba el corazón mientras enunciaba sus votos.
Su nieta mayor, Anita, decía que el abuelo llevaba un traje muy bonito con un pequeño cuello blanco y que ella quería uno así. Y justamente ayer había hecho su primera confesión a un hombre mucho más joven que él que solía coincidir todas las mañanas en el autobús y cuando terminó sintió un halo de perdón y humildad que se convertiría sin duda en uno de los momentos más especiales de su vida.
Mamá y yo estábamos tan metidas en la narración de Sulfuroso que, aunque sentía mi móvil piar estrepitosamente, no lo hice caso ¡A Dios gracias!, pues era una de mis primas tratando de vender cuadros para una ONG muy especial y llevaba más de cinco días en cansina actitud de cambiar un no por un sí, pero no lo lograba. Todas la decíamos que en vez de cuadros, la dábamos kilos de comida, pero ella tan pesada como las monjas del rosario, erre que erre. No cuento como terminó la prima y sus puñeteros cuadros, encima pedía a una de sus hermanas que fuera al carnicero de confianza a pedirle un lechón para subastar… Pero esta historia, menos mal, la leí mucho más tarde y mamá y yo seguimos con Sulfuroso que finiquitó sus dulces y hermosas historias pidiendo que rezáramos por él para él ejercer su ministerio con amor, perdón y humildad.

Me vino, nos vino, como anillo al dedo escuchar a este hombre en un día que madre e hija presentíamos al ser humano como un descastado y despreciable ser egocéntrico y de bajas pasiones. Hay días y días en los que crees que oscurecerá sin ninguna luz que alumbre tu ánimo y, de pronto, surge un ser mágico que te da luz en la esperanza perdida, o te provoca unas buenas carcajadas pretendiendo venderte un cuadro.

2 comentarios:

Ricardo Tribin dijo...

Curioso ejemplar, mi querida Ma.Angeles.

La sotana se me pareció a la de Fernandel.

Un abrazo.

Macondo dijo...

Me sucede como a ti. Admiro a los misioneros, pero a pocos curas y monjas más. Mucho menos a los que tratan de redimirte, tratando de que sigas el camino que ellos te marcan para poder alcanzar el paraíso.